20 de septiembre de 2003.
Helen salió de la facultad de filosofía y por fin el sol tocó su piel blanquecina, haciéndola sentir un poco más terrenal, después de estar casi cinco horas hablando sobre la inmaterialidad del cuerpo humano y las teorías filosóficas del yo y sus distintas formas. Sus compañeras se sonreían entre ellas, alegres, y algunas ya estaban enganchadas al brazo de su novio charlando con soltura sobre ir a tomar un café frío en la calle principal de la ciudad. Helen sonrió, levemente divertida aunque todavía estremeciéndose un poco por el recuerdo. Hablaban sobre la cafetería en la que hacía meses había visto magos por primera vez, y de la que había huido perseguida por John. Aunque era un poco bajito, nadie corría más rápido que él.
Bajó los escalones con un poco de ansia. Su novio (su novio su novio su novio) había prometido ir a buscarla a la salida, como lo había hecho antes del verano.
Cuando lo vio, echó a correr de alegría, sin importar porque sus amigos se burlaran de ella después.
John sonrió mientras correspondía al efusivo abrazo de la chica, besándola en la mejilla y hundiendo su mano en su largo cabello.
-Dos semanas, John Anderson- le reprochó, a modo de saludo- no puedes estar tanto tiempo fuera, se hace eterno. Y no te lo he dicho en la carta, pero tu lechuza ha hecho de las suyas varias veces en mi piso.
John se rió.
-Yo también te he echado de menos, Sparks. Más probablemente que tú.
A Helen le había gustado preguntarle por su misión con los Aurores, ya que John tenía una marca horrible en la mejilla derecha y un ojo un poco amoratado, pero en seguida sus amigos se acercaron a ellos. John se tensó un poco, pero nada que desentonara, al fin y al cabo la reputación que se había ganado era la de un vecino de Helen, tímido y un poco misterio. Ella le cogió de la mano. Cuidaba de él como John cuidaba de ella. Eran diferentes, pero parecidos.
-¡Hola, John!- saludó el novio de su amiga Susan, al que John le caía bastante bien a pesar de conocerse solo de una fiesta muggle a la que el mago había accedido a ir- ¿Qué es de tu vida?
-Mucho trabajo- contestó él, sonriente-no me gustaría tener tanto tiempo libre como quisiera.
-Consuélate- dijo Maggie- al menos tú y Helen sois vecinos, no como Kevin y yo que vivimos en ciudades diferentes.
-Bueno, a veces nuestra impresión es esa- dijo Helen, con un deje de pena.
-Tú siempre estás estudiando- le reprochó John.
-Bueno, tranquilos parejita, que haya paz, por favor- ordenó Susan mientras agarraba a su novio del brazo, de nuevo- al final vamos a irnos a tomarnos algo por ahí ¿os venís?
Helen no le hizo falta mirar a John: ambos querían lo mismo.
-Vamos a irnos a dar una vuelta por ahí- se excusó.
-Ya claro, una vuelta- se burló Penny, y los demás sonrieron- a mí hace mucho que nadie me lleva a dar una vuelta...
-¡No necesitábamos esa información!
Absolutamente todos se rieron.
John y Helen se fueron alejando del grupo, sin prisa aparente. Caminaron de la mano hasta llegar a la esquina de la calle, y nada más cruzarla, él cogió a Helen por la baja espalda y la besó como si llevara meses sin verla. Helen soltó un gemido de sorpresa, pero en seguida se dejó hacer. Se besaron apasionadamente, sin importarles ya si alguien los veía.
Contra todo lo que sus amigos pudieran pensar, la relación con el mago avanzaba despacio. Se veían demasiado poco, tenían mucho todavía que aprender el uno del otro y sobretodo, tanto ella como él eran personas que por sus circunstancias personales no se entregaban a cualquiera en cuerpo y alma (aunque sospechaba que a John le costaba bastante menos que a ella).
A Helen al menos no le importaba ir despacio. Le parecía mucho más intrigante, un juego un poco más perverso. Pero no le importaba.
-Guau- exclamó ella cuando se separaron por falta de aire- quizás sí me hayas echado de menos.
-Tienes muchos amigos- comentó él, recogiéndole el pelo- yo no tengo tantos, y eso que tengo.
-Sabes que no todos son mis amigos- le respondió, aprendiéndose cada centímetro de su cara.
-Quiero presentarte a alguien. Nos está esperando, y me haría mucha ilusión que lo conocieras.
Helen se sorprendió.
-¿Quién?
-Ven, y lo verás.
Recorrieron unas cuantas calles hasta llegar a una gran plaza redonda que hacía de rotonda a los coches en la que habían pasado alguna tarde de verano riendo sobre cosas que ni tenían gracia.
John la condujo hasta uno de los bancos que rodeaban el pequeño estanque azul, en el que había un chico rubio y un más alto que John, sentado de manera formal en el banco. Por la descripción que John le había dado en más de una ocasión de su más fiel y mejor amigo, casi no tuvo dudas de quien se trataba.
Se acercaron lo suficiente a él como para entrar en su campo de visión. En cuanto el chico los vio, se incorporó, como sobresaltado. Prácticamente no dejó de mirar a Helen, como si no tuviera ni la más mínima idea de quien era. Ni la más mínima.
-Buenos días- saludó John, animado.
El otro joven se mantuvo tenso, esperando algo, quizás una explicación, mientras se metía las manos en los bolsillos.
-Es Helen Sparks. Ella es mi secreto. No tenías nada de lo que preocuparte. Solo estoy saliendo con una chica muggle.
Ella los miraba, alternativamente.
Se notaba que lo habían cogido por sorpresa, pero no tardó mucho en construir una expresión cordial y amable.
-Encantado- se presentó él.
Helen pensó, mientras se daban dos besos a modo de saludo, que ya había visto antes a ese chico. Y en seguida ató definitivamente cabos.
-Eizan Harley- dijo, confirmando sus sospechas.
-Ya me han presentado- contestó ella.
-Eizan pensaba que me ocurría algo raro porque desaparecía cada dos por tres y...bueno, no quiero que seas un secreto, Helen. Por si te lo estás preguntado, Eizan, sí, es la chica a la que perseguí hace ya tiempo aquí, en Southampton.
Eizan la observó de arriba a abajo, con cierto horror. Luego miró a su amigo, con reproche.
-¡No la desmemorizaste!- le reprochó.
John se encogió de hombros.
-Ella fue muy persuasiva.
-No me eches toda la culpa- se quejó Helen, a pesar de la timidez- se dejó convencer fácilmente.
-Ella me quitó mi varita- contraatacó- y ahora, demos concluido el asunto y seamos todos amigos. Menos tú y yo, He...
-John, esa es una falta muy grave- le siguió regañando él- podrían plantearse tu expulsión de ciertas misiones...
-Pero tú vas a guardar mi secreto- aseguró.
Harley apretó los dientes. Finalmente se resignó, mirándola a ella.
-Claro. Siempre.
John sonrió.
-Helen, te presento a Eizan. Compañero de cuarto, de casa, de Quidditch, de escuela, de trabajo y de vida.
-No te preocupes- le aseguró el rubio a Helen- no nos vamos a casar todavía, aunque él suene como si estuviera enamorado de mí.
-Eizan es muy buen chico, lo que pasa es que su único amor son las normas y jamás podría ponerles los cuernos conmigo.
-Lo estoy haciendo ahora, pedazo de estúpido. Además, se suponía que eras tú el enamorado de las normas.
-Y tú enamorado de tu tonto orgullo.
Helen sonrió.
-No me arrepiento de haberte conocido- dijo.
-Tampoco yo, a pesar de que sea ilegal- le contestó Eizan, con una sonrisa.
Los dos chicos pasaron con ella el resto de la tarde, charlando sobre el pasado de ambos, sobretodo de cuando eran niños, y haciendo hincapié en el profundo vínculo que los unía. Helen descubrió que ambos habían decidido hacerse Aurores en la batalla de Hogwarts, cuando no los habían dejado pelear lo suficiente como para vengar a su compañero de cuarto, que había muerto en la batalla. No eran todo cosas tristes los que los habían hecho inseparables, pero era lo que los mantendría unidos. Harley era para John un amigo, un hermano, una conciencia, un compañero de aventuras. Al presentárselo, John estaba entregando a Helen su parte más preciada de él mismo, que residía en el cuerpo de otro. Estaba compensando con creces el esfuerzo que Helen había hecho en verano por enseñarle el Orfanato en el que se había criado.
Ella se sintió completamente feliz.
Sin embargo, cuando el sol cayó y la luna llena y cientos de estrellas cubrían el cielo azul oscuro, que envolvía las calles como un murmullo suave invade la piel, John Anderson y Eizan Harley iniciaron su vuelta a casa, sin Helen, y Eizan no pronunciaba palabra y John silbaba una melodía rápida, fingiendo que no se había dado cuenta de ese hecho. Pero había algo en el ambiente que no le gustaba nada.
Tras muchos minutos, Eizan habló.
-Eres cruel- reprochó, de mal humor- me haces ser partícipe de todo esto.
-Explícate- le pidió John.
-¿A qué juegas con esa chica, John?
-No estoy jugando- negó, bastante serio, para lo que era él.
-Ella cree que lo sabe todo sobre ti, y no sabe ni la mitad. O lo que es lo mismo, sabe solo las partes bonitas. ¿Cuándo vas a dejar de mentirle, si es que vas a dejar de hacerlo alguna vez?
-Miento a mucha gente cada día- señaló- pero a ella no. Solo le tengo que ocultar ciertas cosas. Y ella lo tiene asumido.
-¿Asumido? Lo único que tiene asumido es que le gustas, y mucho. He visto bien cómo te mira. Te lo repito: no sigas jugando. ¿Qué pasará cuando vayamos a Hungría, eh? ¿Qué le vas a decir?
-Que estaremos mucho tiempo fuera por una misión con los Aurores, que no es mentir.
Eizan se detuvo en seco.
-No, John, no se trata de eso. No se trata de decir la verdad a medias. No decir la verdad es igual de malo que mentir. Se trata de ir a todo o nada con alguien con quien violas las normas de tu familia, cosa que respeto y respaldo, y las de tu trabajo, cosa que respeto pero no voy a respaldar.
-Sabes que me paso a mi familia por el forro.
-Helen no sabe que no te apellidas Anderson, ¿verdad?
John pareció agobiado.
-Merlín, si técnicamente ni te llamas John, colega.
-Me llamo John- se defendió- y legalmente me apellido Anderson. No estoy mintiendo- repitió.
-¿No has pensado que si tu familia se entera puede que intenten matarla?
-Mi hermano jamás le pondrá una mano encima- siseó. Pero sonó más a una amenaza que a una certeza.
-Lo hará si así te hace daño a ti. Lo hará porque ella es muggle. Lo hará porque está loco. Seguro que ella no tiene ni idea de lo que se juega si sigue adelante contigo.
Su amigo parecía más angustiado que nunca, y Eizan sentía mucho tener que ser el que le estallara la burbuja. Pero tenía que hacerlo, porque Helen no se merecía sufrir: tenía una sonrisa demasiado bonita y que aparecía demasiado poco.
-¿Y qué quieres que haga? ¿No ser feliz por cómo realmente me llamo, pero no por quien realmente soy?
Eizan suspiró, reanudando su marcha. John lo siguió tras unos segundos.
- Vas a estar cuatro meses fuera, John. Cuatro. Ve con ella y dile toda la verdad, y pídele que te espere, con todo lo que eso le va a acarrear, o ve con ella y despídete para siempre.
John reflexionó sobre ello todo el camino, hasta que encontraron en lugar adecuado para desaparecerse.
-Tal vez debía haberla desmemorizado aquel día- se lamentó.
Definitivamente, su burbuja de felicidad le había estallado en la cara.
Había sido bonito, mientras era prohibido pero no peligroso.
Ellos nunca podrían llegar a ser nada.
Noviembre estaba haciendo su entrada en el castillo, y con él lo hacía el frío, que se colaba por la boca y la nariz contrastando con el calor humano hasta llegar a hacerse molesto. Los alumnos empezaban a sacar de sus baúles sus abrigos y alguna que otra bufanda hacía más que notable la separación de Hogwarts en varias casas de fundadores.
Harley estaba dando un paseo por los corredores del castillo, ensimismado. Últimamente evitaba a la gente (cosa que tampoco era nada anormal) y la gente no intentaba tampoco acercarse a él (cosa que sí era anormal). Él quizás no lo notaba, pero cada día que pasaba iba hundiéndose más y más en una desgana que parecía ser tan profunda como el lago negro. Ya no contaba chistes, ya no hablaba con sus compañeros sobre temas poco relevantes, ya no se burlaba de Christinne Bennet y ya no jugaba a darle a alguna chica la falsa esperanza de estar con él. Se limitaba a vivir cada día como un castigo impuesto, en el que solo tenía que poner un pie delante del otro y fingir que eso no le costaba esfuerzo y, si le quedaba tiempo, cuidar de Ann. Como Albus solía sacar inconscientemente algún tema que tuviera relación con Grace Wilson, Harley a menudo se acordaba de ella y se preguntaba si realmente estaría viviendo una vida mejor y deseando que no la estuviera teniendo, primero porque él era un egoísta y segundo porque de ser así, sentiría mucha envidia.
-¡Harley!- le llamó una voz que reconoció al instante, detrás de él.
Casi antes de que se hubiera dado la vuelta, Lily Potter ya caminaba a su lado, dejando a su grupito de amigas cuchicheantes y de risa fácil atrás.
-Hola- contestó él, secamente.
-Qué hay. Oye, quería preguntarte una cosa.
Los dos echaron a andar a paso rápido.
-¿Son ciertos los rumores que se van contando por ahí?
-Si tienen que ver conmigo, algunos sí y otros seguramente no- contestó.
-Sí hay rumores sobre ti, pero no quería preguntarte por esos- dijo, mientras conseguía por fin atraer la atención del amigo de Albus- preguntaba por lo que se cuenta de Rose.
Harley quiso no mostrar ningún tipo de emoción, pero no lo consiguió. Lily estaba muy atenta a cómo reaccionaba.
-¿Qué rumor?- preguntó, fingiendo desinterés.
-¿De verdad no lo sabes? Bueno...pues lo de Malfoy y ella.
-¿Qué ahora son muy amiguitos? Bueno, yo ya intenté ser amigo de Malfoy una vez, y me dejó por Michael Samdon, el que se peleó con su hermanastra en aquel jardín- lo señaló- dudo que Malfoy hiciera una buena elección, aunque bueno, nadie es perfecto.
-No estoy hablando solo de que sean amigos, Harley. Estoy hablando de algo más.
El chico apretó la mandíbula, pero no dijo nada.
-Dicen que Skeeter los pilló hace tiempo en un pasillo por la noches, solos, y que no intentaron negar nada entre ellos.
-¿Qué curiosidad morbosa te ha traído a venir a preguntarme si sé algo sobre eso?
-No es curiosidad morbosa- protestó Lily- es preocupación. Scorpius Malfoy no es un chico adecuado para ella. Es...-se pensó un adjetivo o varios que pudieran mostrar que ella tenía razón- insensible, retorcido, siniestro.
-En realidad eso es solo la fama que tiene. En realidad es un soso, aburrido y si me permites bastante feo, aunque esp no tenga mucho que ver.
La chica se adelantó dos pasos y se situó enfrente de Harley, alzando la cabeza para mirarle.
-Mírame a los ojos y di que lo apruebas.
El chico se inclinó hacia ella.
-Yo no tengo nada que aprobar, Lily. Por si no lo habías notado, Rose y yo no somos amigos.
La chica lo miraba como si quisiera seguir preguntándole eternamente sobre su prima pero, finalmente, suspiró negando con la cabeza y se alejó, murmurado una despedida resignada. Ahora el chico estaba de mucho peor humor de lo que lo estaba antes. Pero en su recién adquirida personalidad venía incluido el intentar alejar todos los problemas y dejar de pensar en todo, y pensar en nada.
Cuando se trataba de pensar en que él era hermano de Sameor no lo conseguía. Cuando se trataba de pensar en que Ann moriría quizás tarde o temprano, no lo conseguía. Cuando se trataba de pensar en que se estaba enamorando de Rose justo cuando ella estaba más lejos que nunca, tampoco.
Vivía con esa constante necesidad de querer salir corriendo hacia alguna parte que no fuera allí. Huir de todos los problemas. Huir de Sameor, con Ann, encontrar a Andrew, ir a donde nadie pudiera encontrarlos jamás.
Sus pasos se fueron apagando hasta detenerse enfrente de la enorme tribuna de trofeos. Con ojos cansados, buscó con la mirada los premios de la primera década del siglo veintiuno.
Ahí estaba. Ya lo había visto un par de veces, pero no demasiado para no recrearse en la casualidad. Además, el recuerdo de la única persona antes de Hogwarts que la había tratado con verdadero afecto y jamás le había fallado le dolía mucho más de lo que se atrevería a admitir.
Año 2000. Ravenclaw había ganado ese año la copa de Quidditch, y el nombre de todos los nombres del equipo aparecían grabados en la placa de plata.
Observó los nombres una y otra vez, una y otra vez.
GOLPEADORES:
John A. Anderson
Eizan T. Harley
Los miró hasta que le dolieron los ojos. Finalmente apartó la vista, apesadumbrado.
-No estaría orgulloso de mí, señor Harley- murmuró, sin escucharse ni a él mismo.
Y se alejó de allí, aplastándose el pelo hacia la frente, sin ganas de nada.
Eris Skeeter había tardado exactamente dos meses en habituarse a ser la nueva bibliotecaria de Hogwarts. Disfrutaba como una niña mientras se ocultaba entre paredes de libros, intentando descubrir algún chismorreo. Claro que muchas veces no lo podía hacer. La directora la tenía sometida a vigilancia extrema, debido a la situación del antiguo bibliotecario, que ya estaba a aquellas alturas pudriéndose en azkaban.
Pero le encantan los cotilleos e igualmente se las apañaba bien para conseguirlos. Había encontrado en varias chicas como Bullstrode o Bennet unas geniales ayudantes de captar y extender rumores. Incluso Nick cuyo apellido no recordaba, pero que era un Gryffindor que cursaba sexto, era una buena fuente de habladurías.
No lo hacía por malicia, y de hecho ella veía en informarse sobre cada detalle de cada alumno una actividad normal escudándose en su actividad como docente del castillo. Simplemente, le encantaban los chismorreos. Su época de redactora en Corazón de Bruja se había acabado antes de conseguir una plaza en el castillo, pero aun así había formas de existir en el mundo que jamás se podían olvidar o cambiar.
Oteó como un pirata en la mar por las distintas mesas de la biblioteca en busca de algo que se saliera de lo normal, y poco encontraba, a pesar de ser miércoles por la tarde y estar el lugar bastante abarrotado.
Su vista se detuvo un instante en la mesa en la que estaban sentados Ann Anderson y Albus Potter, hablando en voz baja y con las cabezas muy juntas. Se les notaba a la legua que están hablando de temas completamente secretos y absolutamente jugosos. Se lamentó por no por hacer nada por inmiscuirse en su charla.
Sin embargo, sus lamentaciones duraron muy poco, porque en seguida hubo otras personas que captaron su interés. Concretamente, el hecho fue debido a que Josh Wracen (ese chico alto y fuerte y del que sospechaba que no estaba interesado en mujeres) entró en la biblioteca y se dirigió a la mesa donde Rose Weasley estudiaba con la nariz casi sumergida en su libro de Aritmancia y que extrañamente aquella vez no estaba con Scorpius Malfoy que, a su lado, bostezaría mientras garabatearía en su propio pergamino.
Eris se acercó un poco para intentar escuchar.
-Te pasas media vida en la biblioteca. Entre Grace fuera, Scorpius con sus malditas pruebas para buscador, y tú que no paras de estudiar, es como si me hubiese quedado sin amigos- dijo Josh, a modo de saludo.
Sabía de sobra lo que la chica Weasley estaba pensando. Se había informado bien, y Rose y Josh solo habían empezado a ser amigos cuando ella y Malfoy pasaron a ser algo más que eso. Y además, no era por ser retorcida, pero Wracen necesitaría una substituta para su mejor amiga, la que ya no volvería a Hogwarts y por lo visto había tenido bastante popularidad entre los chicos de la escuela, así que la amistad de la chica le interesaba.
-Tenemos exámenes muy pronto. Tengo que estudiar.- contestó.
-¿Y qué hay sobre eso de divertirse de vez en cuando?
Rose suspiró, alterada.
-Pues vete- contestó, bruscamente- entre que no parece que te guste demasiado estudiar y que últimamente no soy una buena compañía...
Estaba un poco alterada.
Cualquier chico se habría limitado a fruncir el ceño. Pero Josh fue más suspicaz que eso.
-¿Te ocurre algo, Rose?
La chica se rascaba en cuello, nerviosa, aunque procuraba reprimirse un poco.
-Los nervios, eso es todo.
-¿Es por el partido?
Rose pareció asentir, con los gestos de ansiedad que realizaba repetitivamente.
-Mañana es el partido- confesó- y tengo miedo.
-¿Miedo de qué?
-¡De muchas cosas!- casi gritó- de no ser lo suficientemente buena, de no marcar ni una sola vez, de caerme de la escoba y hacer el ridículo...
-Eso no va a pasar- objetó él- fui al campo con Scorpius a ver vuestro entrenamiento, te he visto jugar, es prácticamente imposible que mañana alguien que no eres tú transformada por poción multijugos salga al campo y la cague.
Rose sonrió un poco.
-Es solo que los antecedentes en Quidditch de mi familia han dejado el listón un poco alto.
Josh negó varias veces.
-No entiendo tu estúpida obsesión por compararte con todo el mundo.
Rose no sonrió esta vez. Eso solía decírselo Harley.
-Me vas conociendo- contestó, casi con resignación- A mí y a mis mayores defectos.
-No te preocupes,- bromeó él- me sigues cayendo bien.
-¿Crees que cogerán a Scorpius de buscador?- preguntó ella.
-Espero que sí. Scor siempre supo que mientras Grace jugara en el equipo, jamás jugaría él. Pero le he visto volar muchas y le gusta de verdad. Y teniendo en cuenta que no se subió a una escoba hasta las clases de vuelo con Hooch, lo hace muy bien. Además, Scarbot es el capitán de Slytherin, eso le da muchísimo enchufe.
-Solo con pronunciar el nombre de Scarbot hace que se me ponga la piel de gallina. Al menos al estúpido liderazgo de Michael Samdon estaba acostumbrada.
-Scarbot no es tan listo, Rose. Piensa que Scorpius y tú lo engañáis casi sin problemas.
- Skeeter ha tenido un poco que ver en eso- señaló- que tenga enchufe en el equipo significaría que Albus y Scorpius se verían las caras- comentó, cambiando de tema.
Josh sonrió divertido.
-No te engañes, ya te he dicho que no será solo por el enchufe que da el capitán. Además, Potter versus Malfoy. Ni aunque tuviera la peor de las viruelas de Dragón me perdería ese partido. Pero de momento... ¿Por qué no te vienes conmigo a ver cómo tu noviete es seleccionado para ser el buscador?
Rose en el fondo admiraba la capacidad de su nuevo amigo para tomarse las cosas serias tan a la ligera. Pero negó resignada y comenzó a recoger sus cosas. Un poco de diversión no le vendría mal. Aunque no sabía cuándo ver las pruebas del equipo de Slytherin se había convertido en uno de sus pasatiempos.
-¿Entonces, a qué conclusión has llegado?
Ann paseó la mirada por la biblioteca, buscando una forma de explicarle a Albus las innumerables dudas que le asaltaban casia a cada segundo.
-Siempre me pareció muy raro que mi padre, asesinado por Sameor- le costó mucho pronunciar esas palabras, pero las tintó de rabia- tuviera un amigo de la infancia que se apellidara igual que como Ciro se hace llamar. Pero bueno, hay cosas más extrañas, pensaba que ya que existe la magia, podrían existir ese tipo de cosas. Pero la cosa es que cuando pasó todo lo de San Mungo empecé a preocuparme por esos detalles, y descubrí que Eizan desapareció de Inglaterra el día que yo nací. Mi teoría era que Eizan había cogido a Andrew y se lo había llevado con él, pero por alguna extraña razón, Ciro y Harley se encontraron cerca de la frontera entre España y Portugal, y Eizan no parecía estar buscando a Andrew, o protegiéndole en absoluto.
Dejó un par de segundos para que Albus siguiera el ritmo de la historia.
-Eizan no estaba buscando nada cuando Harley lo conoció. Tan solo era un hundido ex Auror que se dedicaba a sobrevivir lo más alejado de la civilización que podía.
-Pero Ann, eso no puede ser casualidad. El amigo de tu padre desparecido, Sameor dejando a Harley en otro país, que justo ellos dos se encuentren...
-¿Nunca te has preguntado por qué Harley está en Hogwarts, con lo lejos que está de su casa?
-Pensé que había sido porque su padre lo había mandado a estudiar en el extranjero, y no había mayor explicación- prácticamente se excusó.
-En parte sí, pero hay algo más. Quizás Harley no se haya dado cuenta, pero Eizan consiguió meterle la idea de Hogwarts en la cabeza.
-Donde ibas a estudiar tú, por cierto- completó Albus.
-¿Entiendes por qué hay tantas piezas del puzzle que no encajan, Al?
Él asintió, solemne.
-Supongo que Harley te habrá contado lo tremendamente obsesionada que estoy con saber de mi hermano.
-Es tremendamente comprensible- contestó, tras un breve silencio.
-Pero todo lo que encuentro que puede llegar a decirme algo sobre él nunca acaba de decirme nada. Estoy volviéndome un poco loca. Se crean muchas teorías en mi cabeza que sé que seguramente no serán reales, pero...no puedo evitar pensar que quizás lo sean.
Albus la miró durante unos segundos, deseando pronunciar unas palabras y, finalmente, no pudo evitar que salieran de su boca, con sus incontrolables y manipulables a la vez cuerdas vocales.
-¿Como que quizás Eizan Harley era un Neomortífago encubierto?
El pecho de Ann se hinchó. Al había dado en uno de los blancos.
-Lo más seguro era que así fuera. Y no solo eso, sino que quizás Sameor le había encargado la tarea de vigilar a Andrew y a Harley allí, lejos de Inglaterra, donde tendría un plan para Harley, que supongo que consistió en hacer de su vida un infierno o yo qué sé, pero sobretodo tendría un plan para Andrew, que por lo pronto creo que consiste en acosarme con pesadillas que ya no sé si son pesadillas o son recuerdos de mi hermano, o es el futuro que le depara...no lo sé. No lo sé- repitió, apesadumbrada.
Por una vez en su vida, el joven Potter no sabía qué decir.
-No te agobies. Seguro que al final todo se acabará resolviendo.
Pero era evidente que no iba camino de ser así.
-Quiero ir a San Mungo- confesó Ann. Y le costó, porque era prácticamente el más primario y desesperado deseo de su corazón- quiero volver.
Como era natural, a su amigo le horrorizó ese hecho. Ann había oído que Harley tenía pesadillas horribles, y Rose se despertaba gritando y temblando en mitad de la noche, mientras sus compañeras de cuarto la miraban, preocupadas, mientras Ann desviaba la mirada con dolor.
-En San Mungo murió mi padre- empezó a argumentar- y supuestamente, mi hermano también murió allí. Además, casi todos a los que quiero casi mueren allí. Está claro que Sameor escoge ese lugar por alguna razón, no sé cuál, pero al menos, estoy deseando averiguar qué demonios pasó allí el día que nací, y eso solo lo conseguiré yendo hasta allí yo misma y preguntando a quien tenga que preguntar.
-Y aunque fuera algo normal el querer ir allí ¿Cómo piensas ir?
-Pidiendo permiso. Y si no...bueno, vosotros ya lo hicisteis a la fuerza una vez ¿no?
-Razón de más para que ahora te sea imposible ahora, Pomfrey tendrá medidas de seguridad muy fuertes. ¿Por qué no esperas hasta Navidad?- le sugirió.
Pero no era tan fácil de convencer.
-Porque la incertidumbre me está matando, Albus.
Rose se hundió un poco más en su fino abrigo. En las gradas, aunque eran las bajas, hacía más frío que en el suelo. El viento le golpeaba un poco enfadado en la cara, mientras sus labios se agrietaban por momentos. Josh y ella no pudieron evitarlo y no les pudo la vergüenza o la falta de confianza: se apretujaron el uno junto al otro mientras presenciaban las pruebas del equipo de Slytherin. No había muchas personas presenciando el pequeño acontecimiento, y estaban tan repartidas por las gradas que casi parecían los únicos espectadores. Abajo, Scarbot gritaba órdenes y algún que otro insulto intimidante a los nuevos aspirantes.
-Parece que Scorpius le cae bien, al menos ya no lo machaca como a principios de curso.
Ambos observaron al rubio, que era apenas un punto plateado encima de un delgado cuerpo escarlata, a su vez, subido en una escoba de calidad y de gran velocidad.
Rose negó.
-Es obvio que Scarbot opina que él le está resultando útil. De momento le hemos dado varios datos falsos respecto a Ann y el ejército de Merlín, así que estará satisfecho. Quizás le haya ido con el cuento al señor Samdon y le haya dado una palmadita en la espalda o algo. Y el ejército de Merlín ni siquiera existe ya. Ann se empeña en que no necesita ayuda- dijo, con rabia. Pero debajo de toda emoción, estaba escondida la más honda de las preocupaciones.
Josh se giró para mirarla, con la nariz ligeramente sonrosada del frío. No supo qué decir. La única chica a la que sabía comprender perfectamente era a Grace, Rose era todavía alguien por conocer.
-Si alguien con malos humos se da cuenta de que estoy aquí, querrá echarme a patadas. Pensará que estoy espiando estrategias de Slytherin, o algo así- se quejó ella, incómoda.
-No te engañes, Rose- contestó Josh- ya todos te han visto. Entre tu pelo y tu bufanda roja, el que no se ha fijado debe ser algún aspirante, que de lo nervioso que estará para andar mirando hacia algo que no sean las pelotas.
-Espero que Scorpius sí se fijé en mí. Estoy deseando hacerle un saludo de novia tonta y efusiva.
Cuando su compañero se echó a reír tras la demostración práctica de Rose, no pudo evitar seguirle. Eso sirvió para aliviar su tensión, y a quemar un poco el hielo de dentro de ella. Hacía tiempo que no se reía a carcajadas.
Volvió a ocupar su lugar junto a Josh, y presenciaron prácticamente en silencio las pruebas. No pudo evitar fijarse en los nuevos y viejos jugadores, y memorizar todos y cada uno de sus movimientos. Algún día jugaría contra ellos, y de momento le estaban permitiendo conocerlos como jugadores.
Cuando le llegó el turno a Scorpius y a la otra candidata, y la snitch dorada salió disparada hacia ninguna y todas partes, el chico salió raudo y veloz en su búsqueda.
-Se mueve como Grace, maneja como ella- comentó Josh, después de estar un par de minutos observándolo- solían entrenar a veces juntos. Scor sabía de sobra que ella tiene un talento innato para ser buscadora...y nunca le molestó ser peor. Simplemente practicaba cada día que podía para ser un poco mejor que él mismo, sin compararse con ella. A pesar de que como puedes ver, él es muy bueno. Me imagino a mí en su piel, y para mí sería frustrante. Grace y yo lo admiramos por eso: a simple vista parece que nada le importa. Luego le conoces y te das cuenta de que todo lo que hace lo hace sin prisa, tiene paciencia, lo prepara todo bien, lo deja estar. Y al final...joder, al final a este capullo se sale casi todo bien. Hace que parezca como que todo pasa cuando tiene que pasar, si aportamos nuestro granito de arena cada día.
Rose frunció el ceño. Ella no habría descansado hasta ser mejor que Grace, y lo sabía. Y aunque fingía que ese deseo era normal, no lo era. Era hasta enfermizo. Al menos se daba cuenta de ello.
Se quedó divagando.
-Scorpius ha sufrido mucho ¿verdad? A pesar de lo que se dice de los Malfoys...no parece que él sea como su padre, o el resto de su familia. Le habrá costado defender su personalidad.
-Si te refieres a que estás empezando a sentir admiración por él y no encuentras el motivo, sí Weasley, es posible que un Malfoy te caiga bien y sigas viva para contarlo.
Rose sonrió, mientras negaba varias veces, despacio.
-Mira, ha atrapado la snitch. Así se hace.
Rose aplaudió, como el resto de asistentes, sin apartar la vista del nuevo buscador. Unas emociones nuevas empezaban a inundarla, como si su asiento de repente fuera más cómodo y unas hormigas le subieran por los talones, hacia arriba, hacia su frío corazón, que latió con un poco más de ganas.
Pero la sensación duró poco. Tanto ella como Josh fruncieron el ceño cuando Protea Bullstrode se acercó rápidamente a plantarle a Scorpius un gran abrazo, estrujándole, y casi pudieron ver los ojos del chico, abiertos como platos, ligeramente asustados.
-¿Pero qué hace?- preguntó Rose. No pudo evitarlo.
-Eso en idioma de Protea significa "mi cuerpo está a tu disposición las veinticuatro horas del día. Y, por ser tú, totalmente gratis"
-Pero Scorpius no puede hacer eso- dijo con rapidez- ...es decir, darle esperanzas.-se corrigió un poco.
-Podrá darle en privado, si quiere. Pero ahora no, concuerdo en que no sería un buen momento, estando tú- la miró- presente.
Rose no quitaba los ojos de Bullstrode, que estaba hablando con el rubio, demasiado cercana a él como para estar respetando su espacio personal.
Ella miró a Josh.
-¿Crees que debería hacer algo?
Se encogió de hombros.
-Tal vez. Incluso creo que deberías hacerte notar. Es que hay algo que no me cuadra...creía que a Protea le gustaba yo. Lo juro, pensé que se me insinuaba. O nos quiere a Scorpius y a mí juntos...o quizá esté poniendo a prueba la veracidad de la relación entre él y tú.
Rose tragó saliva.
Se incorporó despacio, pero fue aumentando el ritmo a medida que avanzó hacia los dos chicos. En el fondo estaba un poco herida, indignada, cabreada, un poco. Se supone que si ella tenía que hacer el paripé de que le gustaba Scorpius, él debía de comportarse igual. Pero lo cierto es que a Protea le hacía bastante caso, normalmente. Y en aquel momento...bueno, en aquel momento no estaba intentando quitársela de encima, lo cual no le honraba a sus ojos, precisamente. Bajó los altos escalones de las gradas a grandes zancadas. Scorpius se percató de su presencia un poco tarde de más, pero al menos la había mirado un par de segundos, mientras su compañera de Slytherin le contaba algo que tampoco le interesaba mucho.
-Pero claro, Figgins estuvo en cierto momento tan cerca de la snitch que tuve miedo por ti, pensé que no la ibas a atrapar tú, pero claro, obviamente no había nada de qué preocuparse...
-Hola- la interrumpió Scorpius, que saludaba a Rose. La chica acaba de llegar a su destino. Compuso la mejor de sus sonrisas y le dio la mano a su supuesto novio. El contacto del fino cuero del guante del rubio se afianzó gracias a él. Tal vez sí la habría estado esperando.
Rose le echó una mirada asesina a Protea. Tenía experiencia en esas miradas, solía lanzarlas muy a menudo hacía un tiempo.
-Qué hay- saludó, secamente.
-¡Weasley!- exclamó Bullstrode, sorprendida- vaya, no te he visto. ¿Estabas mirando la prueba?
-Claro- soltó Rose, con toda la naturalidad que fue capaz de aparentar. Se giró hacia Scorpius- lo has hecho muy bien.
Y, aunque no supo muy por qué, tal vez porque le apetecía picar a la Slytherin, tal vez porque le apetecía interpretar bien su papel, o tal vez porque le apetecía, simplemente, le plantó un rápido beso en la mejilla.
-Josh y yo te esperamos fuera.
Un poco más lejos de allí, lejos de miradas que pudieran denotar su presencia, una pequeña figura vestida de oscuro se ocultaba entre las telas bajas de las gradas altas. Llevaba ya bastante rato observando el panorama, en silencio, con una silenciosa acompañante a su que no fue silenciosa por más tiempo.
-¿Sabes? Puede parecer raro pero nunca había visto a nadie jugar tan de cerca el Quidditch. Supongo que ahora que estudio en un colegio de Magia de verdad, llegaré a acostumbrarme.
-¿De dónde sales?- preguntó extrañada la figura con la que estaba hablando la nueva alumna de Hogwarts- el Quidditch es lo mejor del mundo mágico. A veces, es lo único bueno.
-Cuando has tenido muy pocas cosas buenas, cada pequeña cosa es tan importante como algo grande.
La figura le miró.
-¿Cómo decías que te llamabas?
-Emily. Emily Stump- contestó la nueva.
-Bienvenida a Hogwarts- solo dijo, mientras seguía con la mirada con el ceño fruncido a Rose Weasley, alejándose con Josh Wracen del campo de Quidditch.
Albus tenía planeado bajar pronto a cenar aquel día, había terminado sus deberes de Defensa contra las Artes Oscuras y quería meterse en la cama pronto: todo lo que le había dicho Ann le había dado mucho en lo que pensar, pero sinceramente estaba empezando a estar un poco harto de tener que pensarlo todo, de medir cada paso que daba y cada palabra que pronunciaba. Rose estaba disgustada con él por seguir siendo amigo de Ann y Harley (pero bueno, aún se hablaban, que no era poco), Ann estaba en otra nebulosa, y Harley estaba tan cabreado consigo mismo y con el mundo que no se atrevió a hablarle más de lo necesario. Henry Stump, su nuevo pero no tan nuevo compañero de cuarto, era un pesado. No palabra de soltar verborreas en cuanto tenía oportunidad de ello, y hasta Nick se sentía un poco agobiado con el nuevo. Era demasiado positivo, demasiado entusiasta. Tal vez habría caído mejor si hubiera llegado al castillo el año pasado, pero desentonaba mucho, porque era alguien feliz entre gente que últimamente solo buscaba un poco de paz.
Suspiró. Bueno. Al fin y al cabo, tampoco era un horror estar empezando a ser su amigo. Podía hablar con él (o dejarle hablar mejor dicho) de temas banales y sin importancia, y se olvidaría un poco de todos sus problemas.
Sí, eso haría. Cuando bajara al comedor, se sentaría a su lado y no al lado de Harley, a ver si se le pegaba un poco de su felicidad.
Pero no le hizo falta encontrarse con Henry Stump para ser un poco más feliz. Bajaba las escaleras de dos en dos en dos, hambriento y temiendo que no quedara nada que le gustara para cenar, cuando su vista se dirigió por todo el vestíbulo desde lo alto de la balaustrada, juraría que vio una visión, así que no le dio mucha importancia. Estaba un poco mareado. Bajó las escaleras, saludando con la cabeza a Ewan, el chico de Hufflepuff que había estado en el E.M. Y, finalmente al alzar la vista al frente, se dio cuenta de que esa melena rubia y ese cuerpo pequeño no era un espejismo. La chica lo miraba, pero no pudo descifrar qué es lo que le estaba transmitiendo porque sus huesos se habían puesto a bailar una extraña danza hasta entonces desconocida, y antes de que supiera qué estaba pasando.
Era Grace. No podía creérselo. Con su nuevo corte de pelo, prescindiendo de su flequillo rubio. Con su uniforme escarlata y plateado, con la serpiente en el escudo (nunca se había alegrado tanto de ver el emblema de Slytherin). Estaba acompañada de Wracen, como siempre. Aunque el chico parecía más contento que jamás desde que lo había visto tras las vacaciones, parecía estar discutiendo algo con su amiga, al mismo tiempo.
Todo volvía a ser igual. O al menos eso parecía, y ya era suficiente.
Le sonrió, consciente de que no debía de emocionarse demasiado para no perder la compostura, y bajó más rápido cada escalón, buscando su encuentro. Ella hizo lo mismo al darse cuenta de sus intenciones, pero al revés, y más despacio.
Nada podía haberle quitado el sueño tan de golpe. Sí. Sí. Sí. Estaba allí.
Cuando por fin se encontraron en el rellano, contuvo un segundo más las ganas de abrazarla. Porque quería abrazarla.
Y menos mal que no lo hizo, o que ella fue más rápida y habló primero, antes de nada.
-Si no tuviera ya la fama que tengo, podría abofetearte aquí mismo delante de todos, Potter- le dijo. Y, aunque oír su voz después de tanto tiempo era genial, y verla justo enfrente de él, e incluso poder llegar a sentir un poco de su colonia...
Espera. ¿Qué acababa de decirle?
El rostro de Grace se mantenía serio y duro, con el ceño ligeramente fruncido y los finos labios apretados hasta formar una línea, por estar comiéndose más palabras de las deseadas. Sus mejillas estaban sonrosadas, como siempre, pero a él se antojaron una causa de su enfado.
La expresión de Albus cambió a absoluto desconcierto.
-¿Cómo dices?
