Rose abrió los ojos con rapidez por la mañana. Lo curioso era, que una parte de ella estaba esperando aquel día con ansias desde hacía mucho, pero otra parte de ella se había resistido. Tenía miedo.

Aparentemente, sus ansias habían ganado la batalla.

Tras unos buenos veinte minutos en la cama (solía levantarse pronto y rápido, pero aquel día se enrolló sobre sus propios pensamientos, y le fue difícil salir) se incorporó, trabajosamente, y fue a buscar una cosa a su baúl, apartándose el largo pelo cobrizo de la cara. Mientras estaba en ello, escuchó unos leves ruidos.

Christinne se había levantado ya, y estaría en el baño, posiblemente peinándose para estar lo más guapa posible. A Rose le había sorprendido la rapidez con la que la chica parecía estar hartándose de Albus, aunque aún le siguiera gustando mucho. Últimamente discutían, y a su primo parecía estar a punto de agotársele la paciencia.

Charlotte roncaba en su línea normal. Es decir, bastante ruidosamente. Sus otras compañeras habían acostumbrado su oído a ella.

Ann se despabilaba, todavía en la cama.

Rose sonrió, a pesar de todo. Aquel día no podía ser arruinado, independientemente de la respuesta de Harley. Fue su culpa darle una fecha límite para decidirse, pero para ella era desesperante saber que él la quería y no hacía nada en consecuencia; más bien todo lo contrario. Tenía esperanzas, a sabiendas de que pocas cosas habían cambiado en aquellos días. Quizás él, como ella, había entrado en razón.

Cogió el paquete y se dirigió a la cama de Ann, sentándose sin tener mucho cuidado de aplastarla. La chica gimió, despertando del todo.

-¡Feliz cumpleaños!

Incluso Charlotte se revolvió en sus sábanas.

Ann sonrió, todavía adormilada.

-Podías haberme felicitado de manera más delicada- le reprochó en broma, estirándose.

Rose se tumbó a su lado, y Ann se apartó un poco para que tuviera más espacio.

Se quedaron así un par de minutos, todavía medio adormiladas.

-Anda, ábrelo- Rose se movió-Tenemos que vestirnos dentro de nada- le mostró el regalo, expectante.

-No tenías que regalarme nada...

-Tonta. Ábrelo.

Ann accedió, desenvolviéndolo despacio.

Era un libro. Un libro que Ann conocía demasiado bien. Miró a Rose, incrédula. La chica la miraba, esperando su reacción.

-¿Es el tuyo?- preguntó, a sabiendas de la respuesta.

-Abre y mira lo desgastado que está- dijo, riendo- Sí, es el mío.

-No puedo aceptar esto- se negó en rotundo tendiéndoselo a Rose.

La pelirroja volvió a depositarLos cuentos de Beedle el Bardoen manos de Ann.

-Es muy importante para mí- le confesó, como muchas otras veces le había confesado- pero ahora es tuyo. Es una muestra de lo mucho que te quiero, y que siento haberme dejado llevar por mis problemas con alguien que nos une, pero que también nos ha separado. Es para que sepas que pase lo que pase, voy a seguir queriéndote. Siempre he sabido que somos muy distintas, pero aun así eres mi mejor amiga. Feliz cumpleaños.

Ann la abrazó, llorosa. Rose parpadeaba de la emoción, contiendo las lágrimas. Sonrió, de nuevo.

-Al lado de esto mi regalo es un asco- dijo, mientras todavía se abrazaban.

Rose se separó.

-¿Tu regalo?

-Hace meses que cumpliste diecisiete. Yo no te regalé nada- se lamentó Ann- sé que por Navidad sí, pero no por ser mayor de edad. Y es una edad muy importante. Así que hoy me parecía un buen día...- sacó de debajo de su almohada un pequeño paquete- no es mucho, pero a mí por lo menos me gusta, mucho.

-Tú sí que no tenías porqué...-empezó.

-Tonta. Ábrelo- se la devolvió Ann.

Era una fotografía de las últimas Navidades. Rose, Albus, Ann, Harley, Hugo, Lily, Roxanne...incluso Vic y Teddy. Había gente que aparecía y desaparecía en la foto: la abuela Molly por ejemplo, manejando con la varita el pavo que iban a comer el día de Navidad. Sus padres charlaban con su tío Harry, felices. Estuvo mirando la fotografía mucho rato, nostálgica. Notó cómo Harley miraba en determinado momento a algo, fijamente, y como si mil sentimientos se le pasaran por la cabeza.

La miraba a ella.

Subió la vista, para ver a Ann. Supo que había sido una de las razones para regalárselo.

-Es un gran regalo. Muchas gracias.

Scorpius llegó sonriente al Gran Comedor, a pesar de todo lo que llevaba encima: las amenazas, los hechizos para mutilarlo, y que los Neomortífagos lo consideraban un traidor, tenía motivos para sonreír. Ese motivo se lo cruzó en la entrada: ella iba con sus amigas, como siempre, pero esta vez no le importó, y le saludó, quizás demasiado alto.

-¡Hasta luego!

Ella lo miró, con sus ojos marrones enormes, y esas pecas tan graciosas bajo ellos.

-¡Ah, hola!

Y se alejó, pero para él era suficiente por un mes.

¿Sería que por fin comenzaba a acercarse a Lily? ¿Tras todos sus años de espera?

Días antes, la chica había aparecido en la enfermería. Scorpius en seguida había reparado en su presencia, pero su corazón no se aceleró tanto como normalmente. Le habían dado una poción que lo había atontado un poco. Se sentía como flotando en el aire, observando todo como en diferido.

-¿Malfoy? Hola- saludó la chica. ¿Podría ser? ¿De verdad venía a verlo a él?

-¿Lily?- dijo, incrédulo.

-Sí, hola- saludó de nuevo. Se terminó de acercar a él- ¿Cómo estás? Vengo a traerte apuntes que me ha dado mi prima para ti. Me ha pedido que te los trajera, ella está en una tutoría con el señor Longbottom y dice que va a tardar mucho.

Scorpius soltó una pequeña carcajada. Todavía no acababa de creerse que fuera real.

-Aunque pudiera moverme y pensar lo suficiente como para ponerme al día, no lo haría. ¿Cómo ha podido pensar que lo haría?

-Rose es así. Seguramente más tarde venga a decirte que lo hagas.

Rose Weasley estaba ganando escalones en su persona preferida del planeta.

-¿Tú eres buena estudiante?- preguntó. Tenía entendido que sí, pero aun así quería que se lo dijera.

Lily soltó una media sonrisa. Él la miraba, y no pudo evitar contagiarse.

-Muy normal. No soy como Rose.

-Ni falta que hace.

Ella frunció el ceño. Fue consciente de lo que había dicho.

-Me refiero...estás bien siendo como eres.

Sin duda, eso había sido la poción.

Se sonrojó un poco.

-Gracias- agradeció, un tanto incómoda. Estaba empezando a sobrar allí- Bueno...-se iba a marchar ya, pero en el último momento se giró, para decirle algo que pareció salir de muy adentro. No estaba todo dicho.

- Ella me ha contado lo que hiciste. Y quiero que sepas que me pareces muy valiente.

A Scorpius se le ensanchó la sonrisa. Ya solo por eso, todo merecía la pena.

-Y que siento haber pensado...que eras de otra manera. Estaba equivocada. Y lo siento.

Él rio.

-No pasa nada, te perdono, en serio- se miraron, levemente cómplices. Algo pareció salir de Scorpius, de golpe, como si el tiempo hubiera impulsado sus sentimientos, liberándolos en contra de su voluntad- tal vez deberíamos vernos más, y entonces no tendrías dudas acerca de quién soy.

Ella pareció impresionada por su valentía. O simplemente impresionada. Lo miró, varios segundos. Scorpius se limitó a alzar las cejas, procurando una seguridad que no tenía.

-Tal vez- consiguió decir ella- ahora mismo estoy un poco liada con los exámenes pero... ¿nos vemos por ahí?

No sabía qué había esperado exactamente. Aquella era la respuesta segura a una pregunta como aquella. Procuró razonar, y no parecer decepcionado. No parecer decepcionado era importante. No quería asustarla, o quedar como un cazador de Weasleys.

-Claro. Nos vemos por ahí- señaló a sus nuevos apuntes- y gracias.

Le dedicó una última sonrisa, y lo dejó allí, flotando todavía más, feliz pero decepcionado (aunque mucho más feliz), y entre la línea de la fantasía y la pura realidad.

Y se dio cuenta de que aunque lo ficticio parecía mucho mejor que lo real, al final tenía ese elemento de felicidad que, pensándolo bien, era mucho más placentero.

Albus bajó con soltura las escaleras que llevaban al gran Comedor. Aquella mañana tenía hambre. Y se sentía feliz. Incluso había pasado intencionadamente de esperar a Christinne, a sabiendas de que eso la cabrearía hasta límites insospechados.

Lo de ser amigo de Grace iba en serio, y a pesar de que no había pasado nada entre ellos, a ambos el asunto se le había empezado a ir de las manos.

El día anterior, Albus, cansado de su empalagosa o celosa o intensa o insoportable novia, decidió escaparse al único lugar al que ella no le seguiría. Al campo de Quidditch.

Cogió sus cosas y, sin tenerlo en absoluto planeado, chocó con Grace cuando se dirigía al estadio.

-¿Qué haces?- preguntó, a modo de saludo.

-Acabo de dejar a tu prima Rose en la biblioteca. No la soporto más, se ha puesto en modo cerebrito y no me deja en paz. ¡Dice que voy a suspender Transformaciones como siga sin estudiar, me está poniendo de los nervios!

Albus rio ante la ocurrencia de su prima. Ella era así. Además, le hacía gracia ver a Grace tan exasperada.

De pronto, se le ocurrió una idea impulsiva.

-Voy al campo de Quidditch, ¿vienes?

A Grace le sorprendió.

-¡No podemos ir al campo a nuestras anchas!

-Si nadie nos pilla...

-¿Quién eres, y qué has hecho con Albus Potter?

-Soy hermano de James- se explicó él- algo de su comportamiento tenía que pegárseme.

Aun así, Grace dudó. Albus sabía de sobra por qué dudaba.

-Un rato solo.

Ella seguía sin decidirse.

-Te espero en el campo- notificó, marchándose sin esperar siquiera respuesta.

Al final, ella accedió.

Albus cogió la snitch del maletín donde se guardaba, y solo ambos jugaron a atraparla. De vez en cuando, la observaba, procurando que no se diera cuenta. Estaba centrada en el juego, pero también pendiente de él. Ambos sabían que, en cierto modo, estaban rememorando el partido, el beso, la caída de Albus...

La snitch pasó justo por delante del chico, y la atrapó sin problemas. Soltó un grito de júbilo.

-¡Gryffindor atrapa la snitch! ¡Slytherin pierde!- la picó, mientras se acercaba a él con los ojos en blanco- ¡Nunca nadie ha derribado al buscador Albus Potter, y ha ganado el partido, como todas las apuestas vaticinaban!

Ella lo miraba, incrédula, negando varias veces.

-Te he dejado ganar- se justificó- estaba distraída. Además, jugar solo dos en un campo vacío no es lo mismo que jugar con el estadio lleno de gente gritándote de todo.

-Y aun así, has perdido.

Descendió al campo, con una leve sonrisa, mientras Grace lo insultaba entre dientes. Debía admitir que, a pesar de todo, de los recuerdos... estaba disfrutando de su compañía.

Quizás era un leve intento del chico de sanar su herida.

Bajó a tierra también, y lo observó de nuevo. Estaba más serio que hacía ni treinta segundos. Se sentó en un banco, como si estuviera cansado. Ella lo siguió, caminando despacio.

Albus miraba al medio del campo.

-Creo que voy a cortar con Christinne- confesó.

Ya tenía que estropearlo. Ya tenía que sacar a la dichosa chica de nuevo, y recordarle lo cobarde que había sido al no querer ocupar el puesto de la Gryffindor. Ya tenía que recordarle que, como ahora eran amigos, esas cosas con los amigos sí se hablan.

Pero Grace no sabía comportarse como una amiga con él. Lo intentó vagamente, como si supiera en el fondo que no era capaz.

-¿Por qué dices eso?

Él negó.

-Es que...a veces siento como si estuviera perdiendo el tiempo. Un tiempo que no podré volver a recuperar. Me angustia, pienso en ello muy a menudo. No voy a ser tan joven eternamente. No tendremos paz eternamente.

-Si ella no te gusta, quizás sí deberíais dejarlo.

-Supongo...pero la idea de estar solo no me resulta atractiva ahora mismo. ¿Tú estabas enamorada de tu exnovio?

A Grace le molestó que le hicieran esa pregunta: no le gustaba hablar de sus sentimientos. No le gustaba nada. Y menos hablar de ese tipo de pensamientos con el único del que realmente se había enamorado. Pero por él, se abrió.

-No. Enamorada no. Pero me gustaba mucho la atención, la sensación de que hay alguien ahí siempre...no sé, esas cosas.

-Supongo que ahora me pasa igual.

-Fui tonta. Supongo que no me importaba seguir con él, al menos hasta que encontrara alguien por el que mereciera la pena dejarlo. Luego el muy idiota me puso los cuernos y...fin. No hubo lágrimas por parte de nadie, la verdad.

-Por parte de ella sí las habrá- predijo él, con miedo.

-Yo diría que más bien intentará asesinarte. ¿Tienes miedo ya?

Ambos rieron, y Albus también de nuevo en el presente, al recordar todo lo sucedido.

Le faltaba algo sin Grace, claro que sí. Tenerla como amiga era mejor que no tenerla, al menos durante un periodo de tiempo que él esperaba que fuera largo. Ella le había dicho que tendrían que esperar, que todo en su momento...él solo intentaba hacer eso: no presionarla, no juzgarla...era difícil a veces, cuando ella se marchaba de su lado y al final del día, no eran nada; nada más que ellos mismos por separado. Tú y yo. Frunció el labio, mientras buscaba su sitio en la mesa de Gryffindor.

Harley había bajado pronto a desayunar. Estaba al lado de donde Al siempre se sentaba, levemente cabizbajo. Parecía estar pensado con la misma intensidad con la que se grita.

-Harley- saludó, sentándose deprisa. Estaba hambriento.

Él tardó en contestar.

-Hola, Al.

-Ann no ha bajado todavía, ¿no?

-Bajará ahora- contestó- es pronto- solo dijo.

Pero Rose llegó incluso antes.

-Buenos días- les saludó. Parecía determinada a algo, pero Al apenas lo notó.

-¡Hola, Rose! ¿Y Ann?

-Dijo que tenía algo muy importante que hacer- respondió. Estaba particularmente seria. O nerviosa. Se mosqueó. Estaba pasando algo. Pero no dijo nada, por el momento.

Notó como su prima miraba a Harley, desviando la vista desde su plato hacia él. El chico pareció ser consciente de esa acción, porque se tocó la nuca, como nervioso, y por fin se atrevió a alzar la mirada y mirarla también.

Fue solo un par de segundos, pero ella pareció comprender algo, y Harley ponía cara de estar suplicando perdón. Rose inspiró hondo. Pareció estar harta.

-¿Sabéis qué?- dijo, levantándose con rapidez- paso de desayunar hoy. Tengo muchas cosas que hacer.

Se echó la bolsa al hombro y salió del gran comedor, a diferencia de cómo había entrado, con grandes prisas.

Albus no se lo podía creer.

-Ni siquiera habéis hablado- soltó, sorprendido- ¿se puede saber qué le pasa, Harley?

Harley negó varias veces. Estaba serio.

-Nada en especial- tenía la voz ronca, como si llevara días sin hablar-Rose me pidió que hiciera algo...por el cumpleaños de Ann- aclaró- y se ha dado cuenta de que no lo he hecho. Está enfadada.

Él suspiró, exasperado.

-Ann- se sorprendió Yem, al ver a la chica entrar a la Enfermería a tal altas horas de la mañana. Esa noche también se había despertado demasiado pronto. Tenían a un alumno de tercero enfermo de lo que parecía Salmonella. Lógicamente no era tan grave, pero aun sí había que estar alerta.

-Iba a desayunar- siguió aclarando.

-Lo sé- respondió ella- Solo que no podía esperar a que terminaras; después tengo clases.

Yem se giró. Pomfrey ya estaba en el despacho. Podía marcharse. Le hizo un gesto con la cabeza mientras sonreía.

Podemos irnos

La voz de Yem resonó en la mente de Ann.

No hagas eso

¿Te sigue asustando?

¿Que puedas prácticamente leer mis pensamientos? Sí, me asusta.

Ambos caminaban por los pasillos, en aparente silencio.

Feliz cumpleaños. Ya eres adulta- felicitó.

Hace años que me siento adulta- respondió, contra toda respuesta. No lo dijo sin alarde, sino como si fuera un hecho-Quería hablar contigo, Yem. Sé que llevas unos cuantos días evitándome.

El rostro de Yem se ensombreció, levemente. No podía evitar el flujo de sus pensamientos.

Pomfrey cree que me he encaprichado de ti, y que tú no vas por un camino diferente respecto a mí.

Escuchó por sus oídos a Ann suspirar.

Era una de mis sospechas. Pero es verdad que hay un tema del que estoy más preocupada ahora mismo. Se trata de Harley. ¿Me evitas por él? Necesito saberlo.

Yem procuró tener la fuerza de Ann para evitar ciertas partes de su pensamiento. Estaba mostrando una fuerza para dominar ese tipo de magia que él no podría demostrar.

Así que, inevitablemente, recurrió a hablar.

-¿Qué te preocupa de tu amigo?

-Ha estado muy raro estos días- contestó, sin mencionar su desacuerdo por cambiar el canal de la conversación- como feliz, pero triste...fue desde que habló contigo, la noche...la noche que me escapé- su conversación parecía entorpecerse si la realizaban así. Si Ann era capaz de ocultar sus sentimientos incluso con telepatía, más en la comunicación oral.

Yem no quería mentir. Pero tampoco podía confesar.

-Ann, existe el secreto profesional, no puedo...-se resistió. La verdad gritaba en su cabeza. Fue solo cuestión de segundos.

Sin querer, confesó a Ann la verdad sobre Harley. Se quedó tiesa, repentinamente, unos segundos.

Finalmente, lo miró.

-¿Y si no es verdad, Yem?- preguntó, angustiada por el miedo y la incertidumbre- ¿Y si no se está curando? Le estás dando falsas esperanzas, y luego...si al final no está sanando, se derrumbará, y estará mucho peor de lo que lo ha estado nunca.

Había más. Ann era capaz de leer en el chico porque en el fondo, él quería contárselo.

-¿Crees que yo estoy curando a Harley? No te voy a negar que se me ha pasado por la cabeza alguna vez, pero no tiene sentido...ni siquiera estoy tan conectada a Sameor. Y se supone que somos lo mismo. Al menos, es lo que él me dijo.

Si Harley y Sameor son hermanos, es normal que te sientas conectada a ambos. Pero no puedes negar que algo no cuadra, Ann. Veo dentro de ti, escucho tus pensamientos...en el fondo, en tu interior, te niegas a creerlo-la chica se sintió desnuda, desprovista de ropa, insegura. Se estremeció-El sentimiento de posesión que sientes hacia tu amigo...claro que te has preguntado de dónde viene. Tus teorías me ahogan, cada vez que estamos cerca.

-No me veas, Yem- suplicó ella- no veas lo que hay dentro, no lo entenderías.

Sé que me evitas...pero hay veces que gritas, y no puedo evitar escucharte, y no puedo evitar querer ayudarte. Yo he estado pensando también.

El cuerpo de la chica soltó un respingo cuando él la tomó del brazo, para acercarla. Pero no se alejó. La tomó de las mejillas. Las manos del chico eran cálidas, seguras. No sintió miedo, ni rechazo. Lo miró a los ojos, con la boca entreabierta, de la sorpresa. Sus ojos verdes, grandes pero medio rasgados, brillaban como una esmeralda iluminada por el sol, y su impulsó fue apartarlos, cegada por la luz que parecían desprender.

Mira-susurró en su cabeza-mira dentro-la invitó.

Soltó un gemido de sorpresa. La sensación de desnudez aumentó. Todo su interior parecía brotar al exterior; como vomitándose a sí misma. Poco después, Ann se sumergió en algo que ya no era ella, y el mundo cambió de color, y los pensamientos dejaron de pertenecerle.

Se vio a sí misma, y se amó como nunca se había amado, buscándose, observando su propia resistencia a ser amada. A ser amado. Ya no lo sabía. Rostros que no conocía y sentimientos que no había sentido antes la apabullaron, todos de repente. Flotó en deseos que nunca había sentido, cumplió aspiraciones que jamás había ni siquiera tenido.

"Céntrate" dijo una voz en su cabeza. Ya no sabía si era ella o la otra entidad que se había unido a su solitaria existencia. Fuera quien fuera, ambos entes rebotaron, en busca de lo mismo, centrándose después de haberse maravillado. Sintió un cosquilleo en los labios, que casi le impidió pensar. Se habría abandonado a gusto a aquella sensación, pero entonces...

Harley.

Ella era el amor. El otro (Yem, consiguió recordar) era la lógica. Se vio a sí misma, tras mil imágenes y pensamientos inconclusos, unida a Harley como solo en sus menores sospechas se habría imaginado. Intentó rechazar esa propuesta: ¿y si no era cierto? Pero entonces Yem incluyó a Sameor, y sacó a relucir los sueños de su mente...y todo se encajó, en un sonoro "crack", de una manera que la aterrorizaba y la fascinaba al mismo tiempo.

Se separó, y todo acabó de repente. En un par de segundos, volvió a la normalidad. Respiraba agitadamente. Miró a Yem, principalmente asustada. Le temblaban las piernas. Él la miraba en el mismo estado.

De pronto, una voz que por lo visto ya había sonado antes, los sorprendió.

-¿Es que no me han escuchado?- la señorita Skeeter los miraba, con una mezcla de sorpresa y cierta repulsión- ustedes... ¡están quebrantado miles de normas, y no solo de Hogwarts!- miró a Yem, decepcionada- ¡pensé que eras un joven inteligente y centrado, chico!

Ellos seguían mirándose, ajenos casi a la bibliotecaria, que parecía enfadada por algo.

¿Se habrían besado? Ann no lo recordaba. Solo la casi completa certeza golpeaba su mente, como un latido ruidoso.

-No puedo hacer como que no he visto nada. Acompáñeme, Naints- exigió, llamándole por su apellido.

Él pareció reaccionar por fin.

-Sí, señorita- solo pudo decir, dócil. Echó una última mirada a Ann, serio.

Ann seguía allí plantada, sin poder creer del todo todavía.

La impotencia de Rose se le desbordaba de cada poro. Había esperado, había dado una fecha límite, para nada. Harley se había negado a aceptar sus sentimientos, de nuevo. Estaba enfadada, decepcionada, triste...pero irremediablemente, seguía enamorada, y su corazón seguiría esperando, sin romperse del todo jamás.

Pero ahora mismo, estaba un poco hecha añicos.

-Hola, Rose.

Ewan Thone se sentó a su lado, y ella apenas se dio cuenta de que estaba allí. El profesor Patterson no acababa de llegar y ella estaba deseando sumergirse en los libros para olvidarse un poco de sí misma.

En el último año, el chico le había pedido ayuda muchas veces con sus deberes. A ella le exasperaba, porque le costaba entender cosas que se presuponían como sencillas.

-Hola, Ewan- respondió, sin ganas. Nadie se había sentado a su lado, todavía. En realidad, Ewan se sentaba varias veces con ella y con Ann. Por el rabillo del ojo, vio como Albus y Harley se sentaban en otra mesa. ¿Dónde demonios se había metido Ann? Le dijo que iba a la enfermería, pero ya llegaba tarde a clase seguro...dentro de un par de horas, tendría que comenzar a buscarla.

-¿Cómo estás?- preguntó, levemente tímido.

-Bien- contestó secamente. Sonaba demasiado a mentira, pero no se esforzó por ocultarlo- ¿Qué ocurre?

Supuso que iba a pedirle ayuda de nuevo. Hacía meses que el chico parecía un campo sembrado de constantes dudas. Pero aquella vez no fue precisamente eso.

-Nada en realidad, solo estaba pensando...en una semana es la última excursión a Hogsmade, y no tengo nada que hacer, y aunque sé que tú siempre estás muy ocupada... pero ¿no querrías tomar algo en Las Tres Escobas, no? Solo si puedes- volvió a aclarar.

Frunció el ceño, más que sorprendida, tras un par de segundos, molesta. Y agradecida, en cierto modo. Le había dicho a Harley que no estaría atada a una eterna espera siempre, pero justo tras el último día que había tenido él para decidirse...todavía estaba asimilando que Harley no había sido lo suficientemente valiente.

Sabía que los estaba escuchando. Podía casi hasta sentir su mirada negra sobre la nuca de Ewan, calcinándosela en sus pensamientos. Solo tenía que decir sí, y ganaría el tácito pulso con él. Aunque en realidad ¿Qué ganaría? Perderlo un poco más, de nuevo, otra vez.

Suspiró.

-No creo que pueda, Ewan, lo siento- se disculpó.

Simplemente no era capaz. Quería a Harley. Solo a él. Al menos por el momento. No creía que eso fuera a cambiar jamás. Pero si cambiaba, no iba a ser de momento.

El chico pareció decepcionado. Estuvo así, callado, durante unos diez segundos. Rose se mordió el labio, nerviosa. Para entonces, ya solo Albus seguía observándolos. Le echó a su primo una rápida mirada de reproche, por observar, y éste desvió la suya, avergonzado, encogiéndose de hombros como si dijera que no había podido evitarlo.

-Bueno... ¿para el año que viene?- soltó, con leve esperanza.

Rose le sonrió, todo lo educadamente que pudo.

-Lo iremos viendo.

Entonces llegó el profesor Patterson por fin, y esa fue la primera clase de la mañana sin Ann.

La chica apareció a mitad de la mañana, desorientada, para la hora de Transformaciones.

-¡Ann!- Albus fue el primero en llamarla.

La chica tenía una expresión catatónica, como en su propio mundo.

Rose se separó de Grace, con la que estaba hablando de los deberes, para acercarse a su amiga.

-¿Ann?- preguntó Harley, al verla así.

La aludida pareció reaccionar.

-Voy a estar fuera toda la mañana- avisó, todavía un poco ida. Fijó la vista en sus tres amigos y les hizo un gesto para que se apartaran del resto. Lo hicieron despacio, de manera que justo antes de entrar al aula, nadie se fijó, excepto Grace que los miraba atentamente, intrigada.

La chica cogió mucho aire.

-Es posible que haya encontrado a Andrew.

A Rose la noticia la golpeó como un bate de Quidditch a una bludger. Harley tampoco decía nada.

-¿Cómo?- pudo reaccionar Albus- ¿Estás segura?

Ann miró a Harley a los ojos. Los azules suyos lo miraban con emoción. Por unos segundos, Rose se sintió una extraña. Más extraña que nunca.

-Creo que no podría estar jamás más segura- afirmó, con emoción. Cogió aire, saturada por sus propios sentimientos- pero ahora tengo que irme un par de horas. Es muy importante. Esperarme esta noche en la sala común. Os lo contaré todo.

Se abrazó fugazmente a Harley, que estupefacto no fue capaz de devolvérselo, y marchó corriendo por el pasillo.

Skeeter se había llevado a Yem, posiblemente para hablar con McGonnagall, y Ann, confusa y sorprendida de su descubrimiento, no había reaccionado. Pero por fin se había recuperado, y antes de revelar a sus amigos la verdad, tenía que hablar con la única persona a su acceso que podría contarle parte de las piezas del puzzle que no encajaban porque simplemente permanecían perdidas. Lo más rápido que pudo, llegó al despacho de la Directora.

-¿Contraseña?- preguntó la gárgola del despacho.

Ann no la sabía. Solo había esperado encontrar a Skeeter por allí.

Lejos de perder tiempo, se dirigió corriendo de nuevo al despacho de Skeeter, rezando por tener suerte y encontrarla. Llamó a la puerta, insistentemente.

-¿Quién es?

Bendijo su suerte.

-¡Ann Anderson!- bramó.

-¿Pero qué demo...-la señorita abrió la puerta con ganas- tu "amigo"- imprimió ironía en aquellas palabras- está con la directora. Posiblemente sea expulsado automáticamente de su programa de prácticas y será una mancha en su carrera difícil de borrar... ¿estarás contenta? A mí no vengas a suplicarme nada...

-He venido a hablar de Harley- soltó- de Eizan Harley. Y me da igual si no está dispuesta a contármelo, porque tiene que contármelo- exigió, apurada.

Skeeter se arrugó como una pasa.

-Ya te dije en su momento que no estaba dispuesta...

Ann entró como una bala en el despacho, sin recibir permiso. Se acercó a la chimenea, y después se giró.

-¿Sabía Eizan Harley de la existencia de una profecía que me uniría a Sameor? ¿Lo sabía, Eris?- preguntó urgentemente, llamándole por su nombre de pila- ¿Lo sabía usted? ¿Tuvo la cobardía y desfachatez de ocultármelo todos estos años? Hablemos claro.

Eris boqueó, enfadada. Pero el rostro determinado de Ann no daba lugar a ninguna discusión.

-Lo último que se supo de Harley fue que desapareció, tras ser descubierto como Mortífago encubierto en el cuerpo de Aurores. Pero esa no fue la versión real de los hechos, ¿verdad?

Ella se ponía roja, como una bombilla.

-Esa versión no tiene sentido. No se sostiene. Y menos por usted, que es la única persona que puede confirmar que Eizan era una buena persona.

Estalló.

-¡Claro que no era un Mortífago! ¿Crees que me hubiera comprometido YO con un asqueroso asesino? ¡No! Eizan llegó un día a mi casa, estaba nervioso, muy nervioso- contaba, a trompicones. Ann bebió la información como si hubiera estado un mes en el desierto- llevaba meses infiltrado en los Neomortífagos, pero todo formaba parte de un plan que había desarrollado con ese Anderson...siempre dejando que se arriesgara por él... ¡lo iban a descubrir! Me confesó que al principio lo hacía por descubrir sus planes, los de los horribles mortífagos, pero luego habían llegado el descubrimiento de esa...arma en forma de hombre- Ann supo que hablaba de Sameor- y la profecía. El "Señor del Mal", como se había llamar, estaba convencido de que la hija de John Anderson era la "Dama de Luz", así me dijo que la llamaba, que lo sentía en sus carnes y que iba a matarla, porque era la única persona con poder suficiente como para resultar una amenaza. Dijo que juntos habían desarrollado un plan para alejar a la niña de todo aquello, y el niño gemelo que esperaba con esa chica muggle tampoco se salvaría del martirio, la profecía hablaba de un tercero pero El Señor no sabía muy bien de quién hablaba; lo mataría igualmente. John y Eizan estaban muy asustados. ¡Muy asustados! Y cuando me lo dijo... ¡no me quedó otra que asustarme también! ¡Temí por él lo indecible!

Eris lloraba.

-El día que tú naciste y John fue asesinado, Eizan desapareció, y por años pensé...me atormentaba la idea de que al final, hubiera sido un mortífago de verdad. Todos en el cuerpo de Aurores lo confirmaban, y yo...fui una cobarde al no defenderle. Pero no estaba del todo segura. Dudaba.

-No lo era- respondió Ann por fin- cuidó de Harley como si fuera su hijo, con amor y respeto. No lo era.

-¿Qué tiene que ver tu amigo en todo esto? Me ha torturado todos estos meses con ese nombre...

-Sameor, El Señor del Mal- aclaró- vi su rostro hace un año en San Mungo. Él es muy similar a Harley, a Ciro- aclaró- dijo que el Harley de ahora era su hermano pequeño, y que él tenía a mi hermano Andrew; no me aclaro si simplemente oculto a mi existencia, o cautivo. Dijo que no había muerto, a pesar de que toda la documentación de San Mungo dice que sí murió- recalcó la afirmación- mentiroso- lo insultó- solo estaba jugando con mi cabeza, todo este maldito tiempo desperdiciado...y a pesar del silencio que guardan los que estaban en Hospital aquel día. Y había una parte que no cuadraba... ¿Qué hacía Eizan Harley con un niño que era hermano de Sameor? Si de verdad era un Mortifago...¿por qué no se encargaba Sameor mismo de su hermano?

Eris pareció pensarlo.

-Si su señor le pidió que lo cuidara...

-¿¡Para qué!? ¿No se da cuenta de que nada de lo que pensamos cuadra?

-¡Entonces explícame de qué maldita manera cuadra, Anderon! ¡Ilumíname con tu inteligencia!- ironizó, fuera de sí.

-¡No hay manera de que cuadre! ¡El truco estaba en buscar dentro de mí, en ahondar tanto en mis sentimientos que acabara irremediablemente por descubrir lo que Sameor se ha empeñado en ocultarme! Todo formaba parte de su plan. Todo este año...ha estado esperando a que yo llegara a este punto.

-¿Y cuál es ese punto?

-Yo solo completé la tarea de Eizan y John- reveló- yo misma he escondido a mi hermano Andrew. Solo tenía que poder ver dentro de mí, y gracias a eso, he podido encontrarle.

Tras la noticia de que Ann había encontrado a su hermano por fin, la mente de Harley era un atolladero de sentimientos contradictorios.

Su miedo a sí mismo había hecho declinar el ultimátum de Rose: no había renunciado a él y dejado guiar por sus sentimientos. Lo había estropeado todo. Por eso las visiones de Ann juntaban a Andrew con Rose: él se había apartado por sí solo del camino.

A aquellas alturas, ya sabía que la amaba de verdad. Pero también la había amado el día que la alejó de él. Pero...

No se comprendía.

Solo comprendía que era cuestión de horas que Ann apareciera de nuevo para comunicar dónde estaba su hermano, o quizás, traerlo con ella así, tan de repente. Por un lado, estaba feliz como nunca por Ann. Por otro...un sentimiento empezó a cobrar vida en su corazón, y bramaba un nombre, y reclamaba felicidad, y bullía de celos.

Los minutos pasaban como días y las horas como semanas. Ni Albus ni Rose pronunciaban palabra. Estaban igual de estupefactos y expectantes que él, buscando a Ann con la mirada en el resto de intercambios de clase, y a la hora de comer.

No aparecía.

Rose se escapó a la biblioteca, harta de esperar. Tenía muchas cosas en las que pensar.

Andrew.

Recordaba los dibujos de Ann... ¿sería como ella, literalmente, lo había pintado? Amable, bueno...lo suficientemente merecedor de su "cariño". Aquella misma mañana había pensado que jamás podría querer a otro chico como quería a Harley... ¿Pero y si era posible? ¿Podría querer a alguien todavía más? ¿Podía su corazón estirarse tanto? ¿Podría por fin olvidar a Harley? ¿Quería a pesar de todo, olvidarlo?

No, no quería. Lo amaba. No había estado tan segura jamás. A pesar de las predicciones de Ann, a pesar de todo el daño, y las mentiras...

Lo amaba irracionalmente.

Golpeaba con la pluma el pergamino, sin hacer por primera vez nada en absoluto. Nada, salvo pensar en Andrew, y en Harley, y de nuevo...hasta que ambos se fundían en uno solo, y Rose era capaz de amarlos a ambos. Parpadeó, y en lo que pareció medio segundo, ya habían pasado un par de horas.

De pronto, alzó la cabeza, casi inconscientemente. Su instinto le había confesado que alguien la observaba.

El dueño de sus pensamientos la miraba, como llevaba haciendo desde hacía un rato. El corazón de Rose se aceleró, pero no apartó la mirada. Lo miró, como desafiante, como dolida, como enamorada...todo al mismo tiempo. Quería olvidar todo lo malo que les había sucedido: los errores de él, el orgullo de ella...pero ahí estaba, formaba parte de su historia, y ella no había conseguido quererlo menos, sino todo lo contrario. Eso fue, lo que Rose intentó expresar en una sola mirada. Que, al final del camino, simplemente lo amaba, y quería amarlo en la calidad en la que se debe amar a quien se ama. No le importaba siquiera la mirada de disculpa de Harley, ni la de pena, ni la de miedo o temor...en aquel momento, solo importaban los sentimientos de ella. No iba a olvidarle por Andrew. De nuevo, se recalcó a sí misma que lo amaba.

Pero hubo algo que le extrañó. La mirada de él.

No había todo lo que ella habría esperado. Vio...amor. Vio ansia, la aceptación que había esperado durante tanto tiempo...las cejas de él se relajaron, como si hubiera de dejado de luchar.

Rose se levantó de su asiento de la impresión. Él se encogió de hombros, como resignándose, o como pidiendo perdón, o como dejando de negar un "te quiero" que ella había escuchado de sus propios labios y casi se había atrevido a desmentir.

Corrió hacia él. Harley retrocedió hacía una fila de libros, vacía y más oscura que las demás. Para cuando lo alcanzó, la agarró de las caderas con fuerza, y cierta desesperación, y la besó con todas las ganas que había reprimido durante un año entero. Rose tuvo ganas de reír. La colmó de caricias, urgentemente, y ella hacía otro tanto, mientras su pecho ardía, y la ahogaba de plenitud. Aquello era real, por fin. Se olvidó de cualquier otra cosa que le rondaba la cabeza: se olvidó de Andrew.

Se separaron tras mil días de primavera sin lluvias. Ella lo miró, con los ojos brillantes.

-Harley-solo dijo, como si fuera lo más preciado que tenía.

Él solo tenía ojos para ella: le acariciaba el rostro, como si no se lo acabara de creer. La chica supo que acababa de desbordar todos sus sentimientos, que aquello no se repetiría jamás, que ni elVeritantrumhabía logrado un efecto tan fuerte.

-Perdóname, Rose, perdóname- suplicó, mientras depositaba sus labios sobre los de ella, varias veces. Ella lo buscaba de nuevo. Lo mantenía agarrado del cuello y respondía con ganas a cada beso.

-No...-replicó.

-Perdóname por ser tan egoísta- pidió.

Lo agarró de las mejillas, para que le mirara a los ojos.

-No- repitió- no lo eres.

-Lo he intentado...- se excusó- la sola idea de verte con él...con cualquier otro...incluso cuando te alejé y estabas con Malfoy, yo...- confesó sus celos, y Rose se vio reflejada en él como nunca antes- no puedo más, Rose. No quiero perderte para siempre. No quiero perderte.

Se rio, nerviosa,

-Todos hemos soportado nuestros propios celos, ¿no? Querer a alguien nos provoca eso-concluyó- No vas a perderme. No voy a perderte- aseguró.

Juntaron sus frentes, seguros de que se querían.

Seguros de que juntos podrían con cualquier cosa.

-Así que te vas.

Yem había dejado la puerta de su pequeño cuarto mientras hacía su maleta. Casi no había traído nada con él. Pomfrey acababa de llegar: Minerva acababa de comunicarle la noticia. Se marchaba. De noche, como un furtivo, como un cobarde. Como un valiente.

-Aparentemente- contestó, malhumorado.

-Yemhal, te avisé...

-¿Sabe qué? No me importa- contestó, bruscamente, sin mirarla ni interrumpir su tarea- he vivido toda mi vida...sujeto a normas, a complejos, a...números, pociones, ciencia...quiero tener mi propia vida también. Tomar mis propias decisiones.

Pomfrey no le entendía.

-La gente no tiene ni idea de lo que es ser especial: vivir toda la vida...preocupado, pensando que alguien se acabará enterando. No me arrepiento de haber conocido a Ann- dijo, sin tapujos- me pregunté con ella en muchas ocasiones si alguna vez me había sentido tan comprendido.

Dejó un silencio necesario.

-Tal vez necesite un tiempo encontrándome a mí mismo, ayudándome a mí mismo, antes de poder ser alguien que ayude a los demás- concluyó- y respecto a mí y a esa chica...me estoy enamorando de ella, no lo he negado con la directora y no lo negaré- la mujer se tapó la boca con una mano- si usted, si todos fueran capaz de ver lo que yo veo...veo...luz- concluyó- veo cosas que no había visto antes, y francamente, me fascinan. Y sí, soy mayor. Sinceramente ¿a quién le importa? No tengo cuarenta años; solo veintitrés. Y si importa, esperaré a que termine de estudiar aquí. No la tocaré. Lo juro. Aunque solo sea por idioteces como ésta.

Cerró su baúl, bruscamente.

-Merlín- exclamó- tú de verdad la quieres. Pero entiende que pierdes profesionalidad, Yem. Si estás con una alumna, aunque yo te conozca y sepa que no será así... ¿qué les garantiza a los padres de las alumnas si se enteran de que no intentarás lo mismo con otra chica? ¿Con qué dudas acudirían a ti, para que las sanes?

Él la miró. Pareció escucharla, pero solo a medias, la verdad.

-De donde mi madre viene, solo puedes enamorarte una vez. Tal vez dos. Estudian el amor, y se lo toman como una magia que merece ser discriminada de todas las demás, como si tuvieran la certeza de que el amor puede unir dos almas como nada puede hacerlo. Me sentí una vez así. Pero ahora...ahora más que nunca estoy empezando a darme cuenta de lo que eso realmente significa. Estoy dispuesto a renunciar a tantas cosas, a que no me importe...

La mujer no sabía qué decir, cuando de pronto, escucharon un chillido proveniente de una de las ventanas del pasillo, que permanecía abierta.

Ambos dejaron de lado su conversación y se asomaron deprisa a ver qué ocurría, alertas.

Un grupo de hombres enmascarados y ataviados con túnicas largas y negras cruzaban los jardines de Hogwarts. La gente comenzó a correr en todas las direcciones, asustados.

-Neomortífagos- pronunció Yem, con terror.

Sus pesadillas retornaron, más fuertes que nunca. Se habían vuelto realidad. Los pasillos de San Mungo se transformaban en los pasillos de Hogwarts. Todo volvía a repetirse justo un año después.

Harley llevaba demasiado rato esperando a que Rose saliera del baño. Demasiado rato. Frunció el ceño, mosqueado. Su nube de felicidad era interrumpida por esos pequeños pinchazos de preocupación. Se aproximó a la entrada de los lavabos. Fuera, el sol se escondía por el horizonte, tiñéndolo todo de naranja. También estaba deseando encontrarse con Ann por fin, ahora que Rose y él estaban juntos, y podían encontrar a Andrew en paz.

-¿Rose? ¿Estás bien?

Nadie respondió.

Entró más, de manera que se situó en los lavabos de los baños. Vio casi todas las puertas cerradas.

-Rose, si es una broma, no tiene gracia- recordó el episodio con Emily Stump, cuando ella había estado a punto de matarla. No, definitivamente, Rose no era el tipo de chicas que eran capaces de bromear con eso.

El fantasma de Myrtle la Llorona apareció por uno de los cubículos que tenían la puerta abierta. Harley se sobresaltó. No había visto al fantasma desde hacía años.

-¡Lo he visto todo!- lloriqueó, asustada- ¡cómo la herían! ¡Tienes que escapar!- le advirtió, gritando.

Harley se puso alerta.

Escuchó un sonoro "plof", y el cuerpo inerte de Rose se desplomó en el suelo, a metros de él. Su corazón se paró.

-¡Rose!

Para cuando llegó corriendo hacia ella y procuró levantarla, la figura encapuchada que había estado esperando a que él se aproximara, oculta en el cubículo con la inconsciente chica pelirroja, lo hechizó también.

Todo se volvía negro, y se desplomaba sin remedio junto a Rose, como en una tragedia teatral.

Fue la misma Rose quien lo sacó de ese letargo, pronunciando su nombre una y otra vez, obsesivamente.

Ya era de noche, comprobó, al abrir los ojos. Hacía un poco de frío, pero ni rastro de aire corría por el bosque. Parpadeó varias veces. ¿Cómo habían llegado al Bosque Prohibido? Intentó moverse, pero no podía. Tenía las manos atadas a un árbol, por una cuerda invisible. Un hechizo. Rose estaba a su lado. La miró. Los ojos de ella desprendían terror, mientras brillaban por las lágrimas que habían derramado.

Solo entonces tuvo miedo de verdad, también.

-Harley- lo llamó con temor.

No sabía qué ocurría. Observó el bosque: figuras se movían como sombras alrededor de ellos.

-¿Qué pasa?- preguntó, aterrorizado.

-Son ellos, Harley...-repitió Rose una y otra vez, asustada.

Intentó notar el collar de chapa, ardiente por el peligro. Pero no había collar. Se los habían quitado.

Nadie sabría que estaban en peligro.

Varias figuras formaron un círculo ante ellos, solemnes. Los ojos del chico se movían rápido sobre cada uno. Calló en la cuenta: Neomortífagos. Los habían hechizado, y traído hasta allí. El ritmo de su corazón aumentó, hasta volverse del ritmo de una tempestad. Los encapuchados terminaron de organizarse. Solo uno de ellos, alto y también sin el rostro descubierto, avanzó despacio hacia ellos.

A Rose se le cortó la respiración, varios segundos. Harley no podía parar de intentar escapar.

-Es inútil- dijo, tras su máscara, y la sangre de Rose se heló. Nunca ninguna voz la había atemorizado tanto: parecía salir del mismo infierno. Y al mismo tiempo...

Reconoció cierto timbre de la voz de Harley ella.

Sameor los había secuestrado fuera del castillo. Se encontraba cara a cara con el monstruo de las pesadillas de Ann, con el hermano de Harley y su peor castigo. Con su propio miedo.

-¡Suéltala!- bramó Harley, atado y desesperado. También había caído en la cuenta de con quién trataban en aquellos momentos- ¡No la metas en esto! ¡Es solo cosa nuestra!

Los demás los observaban en silencio. Alguno se removió, quizás divertido.

Sameor rio, y la tierra entera pareció estremecerse

-En las guerras también mueren soldados, Harley.

Bajó la capucha con lentitud, y se deshizo con un hechizo de la máscara. Debajo, no había otro rostro que el de Harley, con ligeros cambios, como la forma de la cabeza y los ojos, cien veces más oscuros, y el rostro bien envejecido por el tiempo. Rose tuvo que ahogar un grito, y dejar de mirar.

Con un elegante movimiento de varita, Sameor liberó las ataduras de Harley. Rose gritó cuando el chico fue consciente de su libertad y corrió con odio hacia su hermano. Pero algo lo interrumpió a mitad de camino. Algo que lo tumbó al suelo como una losa, y lo hizo retorcerse de dolor.

-¡Déjalo en paz! ¡Harley!- lo llamó Rose. Pero él no respondió. Apretó los dientes, con dolor.

-Impresionante- alabó Sameor, prácticamente a sus pies- ¿Te ayuda, verdad? A soportar el dolor...toda esa armadura de magia de la que no eres merecedor...- Harley se erguía del suelo, débil pero firme. Apoyaba ya los rodillas-¡Crucio!-pronunció esta vez, solo por el placer de oír los sollozos de Rose.

Harley se retorció de nuevo, con más intensidad, con más dolor. Tampoco chilló. Solo soltó gemidos que los gritos de Rose no dejaron oír.

No supo cuántos fueron. Para cuando llegó la última maldición de tortura, el chico chillaba, con ganas, como jamás lo había hecho. El dolor era insoportable. El mago más poderoso aplicaba la maldición una y otra vez, sobre él, ensañándose, pero sin dejar de perder esa calma heladora. Ningún espectador se movía, excepto la chica, que con lágrimas en los ojos, se removía, sufriendo por él, suplicando porque lo soltara, suplicando ser ella.

Sameor se agachó y lo agarró del pelo, con tanta fuerza que consiguió levantarlo. Harley gruñó. Lo alzó, hasta estar casi a la altura.

-Tú ni siquiera deberías estar vivo.

Lo lanzó hasta tirarlo de nuevo, contra las ramas. Sonó un ruidoso crack. Se dobló.

Solo entonces, cuando hubo reducido a Harley casi a la inexistencia, fue la primera vez que desvió su vista hacia Rose.

-¡Si hay algo que Ann tiene con ella y yo me temo que no- bramó- son servidores tan fieles como gente como tú, Rose Weasley!- pasó por encima de Harley, que se limitaba a temblar. Ella no vacilaba: su expresión era de odio, y desafío.

-No soy una servidora. Soy su amiga- corrigió, con lealtad. La voz no le tembló. Al menos, no demasiado.

Sameor sonrió, macabro, como Harley jamás había sonreído. No eran iguales. Rose había visto la luz de Ann en su amigo.

-Amor...-se burló- el amor no te salvará ahora, Rose. El amor no salvará a Harley...no por más tiempo. El amor no es la magia más poderosa de la que habla la profecía. Es poderoso, quizás- no negó- pero no es lo más poderoso.

-Ann te vencerá- soltó Rose, con rabia.

Sameor alzó las cejas.

-Lo siento- dijo, carente de emoción alguna- no lo hará. Estoy a minutos de matarla, y ella ni siquiera estará presente.

Rose pareció golpeada por aquella frase.

No tenía sentido.

Sameor se acercó a ella, hasta que sus labios casi rozan su oído. El olor era igual que el de Harley, aparentemente embriagador. Pero lejos de gustarle, sintió repulsión.

-Voy a matar a su hermano.

Rose se revolvió, de nuevo, desesperada.

-¡No! ¡No!- chilló, una vez más.

Harley los miraba desde el suelo, sin poder moverse.

El mago oscuro se dirigió a los Neomortífgos. Su cabeza parecía funcionar meticulosamente, por partes, teniendo todo planeado.

-¿¡Es irónico, no!?- preguntó, a nadie en concreto, mirando a todo el mundo- ¡Ann apenas acababa de descubrir la verdad! Sus pensamientos son tan poderosos...han llegado hasta mí sin problemas- se burló- Debió de ser más cauta. Debió de preveerlo. Por fin... ¡ha llegado el momento que esperábamos!- el resto se removió, expectante- ¡El hechizo que al nacer Ann Anderson imprimió sobre su hermano para salvar su vida, es ahora más poderoso que nunca! ¡Ahora, matarla resultará sencillo! ¡Solo hay que acabar con su mejor obra mágica, su propio hermano! ¡Y morirá, y no habrá nada que se interponga en nuestro camino!

Se escucharon gritos y vítores. Incluía a los Mortífagos en sus planes, de manera inteligente, para evitarse deslealtades. Pero en el fondo, solo pensaba en su propia victoria. En su propio poder. En su máximo poder.

La verdad se iba cerniendo sobre Rose, despacio.

-Ann nació como yo- explicó Sameor a Rose, divertido. Disfrutaba torturado, no solo con hechizos. La verdad podía dañar más- ella tenía la magia, tenía el poder, tenía el cuerpo extraordinariamente fuerte, y resistente a enfermedades, como yo. Así me lo confirmaron los medimagos aquella noche, y al menos durante sus primeros minutos de vida. La persona exactamente igual a mí, había nacido, para derrotarme. Pero entonces...Andrew Anderson nació muerto, y alguien cometió la imbecilidad de no separar a los hermanos, varios minutos.

El rostro de Rose se ensombreció.

-La niña tenía tanta magia en su interior, que al transferírsela a su hermano, le salvó la vida, sí. Ann por lo visto práctica mucho el arte de la curación. Pero Andrew iba a nacer un asqueroso e inservible muggle, y casi no pudo soportar la magia que lo había salvado. La misma magia que lo hacía vivir, lo convirtió en un mago desequilibrado durante años. Al fin y al cabo, Ann tampoco sabía controlar tampoco su propio poder.

Se derrumbó, abrumada por el propio peso de la verdad. ¿Cómo no pudo darse cuenta antes?

Sameor dio unos cuantos pasos hacia Harley, cuyos ojos se habían vuelto de piedra. Cuya existencia se había congelado, y había cobrado sentido al mismo tiempo.

-Tú eres Andrew Anderson.