31 de diciembre.

Zefirus estaba muy nervioso. Aquella reunión era tremendamente peligrosa. Lógicamente, no había podido oponerse a las órdenes de su señor, pero aquello seguía pareciéndole muy arriesgado. La mesa estaba llena de comensales silenciosos, los conocía a todos, por supuesto. El mejor compañero de Zefirus, Hennicc Samdon, se revolvía un poco en su silla. Michael Mizar estaba tenso, mirando a un punto fijo de la mesa.

Sameor se paseaba, aparentemente tranquilo, por el gran comedor de la mansión del Ministro. Al ser año nuevo en una austera época, no se había realizado ninguna celebración especial con el resto de altos cargos del Ministerio o de asunto exterior, sino que la mayor parte de la casa, normalmente ruidosa, permanecía en un tenso y tenebroso silencio.

-Impresionante- dijo el hombre, todavía tapado por su enorme capucha negra, con una voz que pareció congelar las llamas de la chimenea- no dirás que no estás cómodo aquí, Zefirus.

-Estoy cómodo- afirmó este, ante la atenta mirada de su hijo, que tieso como un palo se limitaba a seguir a Sameor por toda la estancia. Xantos podía llegar a comprender por qué el mago oscuro prefería no desvelar su rostro: nadie espera que el mal tenga un rostro hermoso, aunque quizás eso, era lo que inspiraba más terror cuando tenía el rostro descubierto- pero sí hay...ciertas dudas que necesitaba compartir.

-Supongo que por eso has hecho venir a tus compañeros. Habla. Tenemos tiempo, todavía.

Todos vieron cómo Sameor desviaba la vista hacia las escaleras. Michael volvió a estremecerse. Rezaba, rezaba por muchas cosas. Algo dentro de su cuerpo se agitaba, de puro horror. No podría soportar ver tanta muerte. Quizás ver morir a un anciano, o a un sangre sucia...pero a una criatura inocente...no sabía si sería capaz. Vacilaba.

-Mi señor, las dudas acerca de si estoy detrás de una trama de Neomortífagos cada vez cobran más voz, mientras intento aplicar las nuevas medidas de las que ya hemos hablado, cada vez siento que le estamos dando más y más pie a los opuestos a nuestra causa a acusarnos, y a intentar rebelarse contra nuestros propósitos.

-¿Hablas de Harry Potter y su absurda pandilla de Aurores? Ya me comentó Samdon que no sería nada fácil evitar sus continuas pesquisas acerca de ti. Me gustaría encontrar un momento en el que se encuentre desprotegido para tener unas serias palabras con él- dijo, amenazante- lamentablemente, desprotegido es justo lo contrario de cómo está. Feliz año nuevo, Alaine- añadió, desprovisto de emoción.

La mujer de Scarbot entró en el enorme comedor, despacio. Se colocó cerca de su hijo, y Sameor no pudo contener una sonrisa que la familia pudo ver. A Xantos se le pusieron los vellos de punta, como cuando Ann le había amenazado hace tantos meses.

-Mi señor...están a punto de terminar.

-Perfecto- contestó, de nuevo con voz neutra- respecto a tus dudas, Xantos, tienen una fácil solución: si quieres implementar unas medidas más drásticas en el gobierno...adelante, no sé a qué esperas. Ya tienes el mando sobre ellos, no necesitas que yo te vaya ordenando lo que tienes o lo que no tienes que hacer. Ya estáis donde queríais, ese puesto de poder que jamás habríais soñado- se dirigió a todos los presentes- que fuera vuestro está en vuestras manos. Yo desde luego ya no desaprovecharía más la oportunidad. Pero Xantos, encárgate de que las leyes que protegen a los Potter y a los Weasley se anulen cuanto antes...muchacho.

Uno de los comensales, un joven de unos diecisiete años intentó mantener el contacto con Sameor, pero no fue capaz, se estremeció y miró al suelo.

-Asterope me aseguró que estás implicado en esta causa por tu odio hacia los Aurores. Conozco el odio muy bien, y sé que puede ser un arma de doble filo, una tremenda debilidad, y algo que puede evaporarse igual de rápido que aparece.

Asterope, sentado al lado del muchacho, juntó sus manos sobre la mesa, aparentemente tranquilo, mientras el joven intentaba que palabras salieran de su boca.

-Mi S-S-Señor, mi deseo de vengarme de los Weasley es demasiado grande. Viene de m-muchos años atrás, nunca podría retractarme de algo así.

-Espero que cumplas mis órdenes como tu padre lo hizo, Tendersoz. Voy a encomendarte una misión muy importante. Una misión que yo mismo cumpliré cuando consiga entrar en Hogwarts, si tú no has conseguido obedecerme, y estás muerto y enterrado- amenazó, sin llegar a sonar airado- A Rose Weasley la quiero muerta. El hijo de Harry Potter es molesto, pero no tiene un lazo tan fuerte con Ann. Sea como sea, quiero ver las tumbas de ambos en los campos de Hogwarts. Y se nos escurre, señores, llevo un año intentando verla muerta y nadie ha dado el paso. Tú mismo, Asterope, has tenido mil oportunidades. Ahora que Harley está muerto- fingió voz de lástima-nadie podrá salvarla cuando alguno de nosotros la tenga delante

-Mi Señor, Rose Weasley está constantemente vigilada por alguien.

Darius sintió como una mano invisible lo ahogaba.

-No por nosotros, desde luego, tanto como para tu predilecto alumno como para ti, el primero que la enfrente, deberá matarla. No pienso esperar más- la voz del mago le sonó como si estuviera a centímetros de él, estrangulándolo. La sensación acabó, para su alivio- ha tenido mil oportunidades de estar ayudando a Ann Anderson, y como ella, toda su familia.

-Mi Señor- intervino Hennicc, alterado- ¿estáis completamente seguro de que Anderson está viva?

Todos pudieron ver como los ojos negros de Sameor parecían distinguirse tras el mismo fondo que tapaba su rostro, ya que los cruzó un destello rojo.

-¿Cómo has dicho? ¡Ya he repetido muchas veces que Ann está viva!- esta vez sí se alteró, fue la única vez que Michael se dio cuenta de que seguía siendo un humano, y al mismo, se dio cuenta de que además, era otra cosa- No la siento con la misma fuerza que antes, es verdad...está muy debilitada por la muerte de su hermano, pero aún está viva. Y acabar con ella es el objetivo más prioritario para mí, y debería de serlo también para vosotros.

Por no decir el único, pensó Michael. A Sameor solo le importaba acabar con su igual. Se preguntó si de verdad le interesaba gobernar sobre los demás, a los que no consideraba sus iguales. Cada vez que hablaba con su padre de aquellos temas, no parecía ver a Hennic muy convencido acerca de la soberanía de su señor. Años atrás, cuando ni siquiera él había nacido, y la profecía aún no había sido descubierta por los inefables del Ministerio, los Neomortífagos habían adoptado como su futuro señor a un joven que había destacado en su pequeño pueblo de Alemania por capacidades mágicas que no se había molestado en ocultar. Michael supuso que para el joven Sameor, que para entonces no debía de ser más que un niño de unos siete años; y que había matado a sus padres tras incendiar la casa con ellos dentro, la posibilidad de ver mundo y de gobernar sobre aquellos a los que ya consideraba inferiores fue todo un gusto. Pero claro, al saber que nacería alguien igual a él...sus planes debieron de trucarse mucho.

¿Cómo sabía Sameor que Ann era el bebé de la profecía? Instinto, le contaron a él. Magia a niveles que los magos corrientes no podrían entender jamás.

Por eso Sameor sabía que la bruja seguía viva. Y aunque ellos siempre había un momento en el que dudaban, debían obedecer.

Una anciana mujer apareció en el enorme salón de reuniones. Estaba cubierta de sudor y llevaba en las manos paños manchados de sangre, en medio de ellos su varita, larga y delgada.

-Ya ha terminado- murmuró, y algunos no la oyeron.

Pero no hizo falta, todos sabían.

Sameor se desapareció en cuestión de dos segundos.

Los presentes todavía allí, escucharon por fin los berridos de un niño, que lloraba con ganas tras acabar de nacer.

Alaine Scarbot quiso desaparecerse también, pero su marido en seguida la agarró del brazo, impidiéndole agarrar su varita de la capa.

La mujer lo miró, un tanto ansiosa.

-Es tu sobrino, Xantos...el hijo de tu hermana pequeña. ¿No vas a suplicar por su vida?

-Es el hijo de mi Señor- zanjó él- solo se hará su voluntad.

-Bien dicho, Xantos- alabó Darius Asterope- déjalo, Alaine. Todos sabíamos lo que enfrentábamos.

Michael cerró los ojos.

Primero se escucharon los gritos de una mujer, llenos de súplicas, y luego el grito furioso de Sameor, al ver un bebé que era hijo suyo, pero que no tenía nada de especial, no era como él. Quizás ni era mago, y había salidosquib. Las paredes retumbaron. De nuevo berridos. Y de pronto, ya solo los llantos de la madre, que ya no era madre. Michael parpadeó.

-¡Ann!

La luz de la habitación se cerró de pronto. Ann dejó de revolverse en la cama, al estar ya casi despierta. Harley acudió rápido a su lado.

-¿Has tenido una pesadilla?

La chica parpadeó varias veces, despacio. Ella estaba matando a un bebé. Sentía...rabia, frustración...

-Era muy real- solo musitó.

Yem entró también a la habitación, despeinado.

-¿Qué ocurre?

-Solo ha sido una pesadilla- repitió Ann, cuando consiguió orientarse del todo- ya está, no te preocupes.

-¿Quieres que me quede un rato?- ofreció Harley- no podía dormir de todas formas...

Ann iba a decir que no, por un segundo. Pero fue mirar a Yem, en el umbral de la puerta, lo que le hizo cambiar de opinión.

-Por favor- solo dijo.

-¿De qué trataba?- interrogó.

La chica pareció pensar si le contestaba o no. Finalmente tragó saliva, tras pensar unos segundos sobre Harley: siempre había sido la persona en la que más había confiado. ¿Por qué no confiar en él ahora? No tenía muchas más opciones.

-Yo era él, creo.

Harley la miró.

-Estaba muy lleno de...lo sentí por dentro, no era nada agradable.

"Lo sé, gritabas" quiso decir él.

-¿Y qué estabas haciendo siendo él?

Ann miró a un punto fijo de la pared.

-Le decía a un hombre que matara a Rose y a Albus, pero...sentí que quería ver muerta a Rose, que Albus era...secundario en prioridades. Que era urgente, que me...-se le quebró la voz. Harley tampoco podía hablar.

-Que ese deseo me quemaba- musitó.

-No soñamos como nosotros mismos a veces, Ann. Muchas veces soñamos que somos otro, con otras ideas y otros deseos.

-Lo sé, pero esto era muy muy real. La ley que protege a los Weasley- dijo de pronto- le dijo a Scarbot que la eliminara a toda costa.

-Dios, Ann...-se incorporó de la cama, apretando mucho la mandíbula, como hacia cuando se agobiaba- ¿hay algo que haya hecho que no tenga que ver con alguno de nosotros?

La chica hizo una pausa.

-Tuvo un hijo. Una mujer lo dio a luz en la misma mansión del Ministro.

Harley no pudo evitar girarse para mirarla de nuevo.

-¿Cómo dices?

-Y lo mató. Yo sentí que era yo la que lo mataba.

-Espera, espera... ¿quién tiene un hijo para luego matarlo? No tiene sentido.

Pero en el fondo ya se temía una respuesta.

-No era cómo él.

Relató a Harley todo lo que recordaba.

-Hay que avisar cuanto antes a los Weasley- dijo Harley, visiblemente agobiado. Ann también salió de la cama- y si sigues teniendo estas conexiones con él...al menos podremos beneficiarnos de alguna manera.

-¿Y si él también puede verme? ¿Y si también puede sentirme? Le oí decir que tenía la certeza de que yo estaba viva. Por otro lado...-dijo, tras un par de segundos- creo que tiene dudas.

-Eso es bueno- se apresuró a opinar.

-Sí, supongo.

Silencio. Ann terminó de decidirse.

-Harley, tengo una idea. Una idea que puede que te guste y puede que no. Tiene que ver con los dos, con nuestra situación actual. Es...un plan bastante arriesgado, pero creo que si lo hacemos bien podemos conseguir algo bastante importante.

Él frunció el ceño.

-Te escucho, supongo.

8 de enero

-Nuestra familia está más expuesta que nunca- se lamentó Hugo, mientras subía el baúl de Rose con esfuerzo al tren- derrogada la ley que prohíbe a prensa y a demás personas rondar por nuestra casa... ¿qué tipo de gente crees que intentará quebrantar los hechizos de protección de La Madriguera, por ejemplo?- preguntó sin preguntar, refiriéndose a los Neomortífagos.

-Shh- le interrumpió Rose, nerviosa. Cierto era que no habían tenido tiempo de hablar a solas desde que se enteraron hacía dos días de que el Ministerio les había eliminado la protección especial con la excusa de ahorrar sueldos de aquellos que se encargaban de sus protecciones- pueden oírte, Hugo.

-Me da igual...¡que me oigan!- resopló, cansado- Rose ¿hasta cuando va a durar esto?- se acercó mucho a su hermana, para que solo ella pudiera oírla- ni siquiera has podido despedirte de ellos.

Rose se lamentó. No, claro que no había podido. Era demasiado arriesgado.

-Vamos...-le indicó a su hermano- ¡eh!- un alumno de Hufflepuff chocó con ella, bruscamente- ¡ten cuidado, hombre!- pero él siguió su camino, solo se giró para dirigirles una mirada llena de agresividad. Rose lo reconoció. Weistrich Tendersoz, hijo. Era amigo de Marthel Pentose, y miembro honorífico del C.D.O.

Suspiró.

-Esto es una pesadilla.

-Y que lo digas, Weasley- comentó una voz a sus espaldas.

La pelirroja se giró. Cygnus Magnus se erguía en toda su longitud ante ella. Estaba aún más delgado, y más serio que nunca- creo que antes de Navidad nos quedó una charla pendiente.

Rose entrecerró los ojos, curiosa. Se giró un momento, Hugo y Lily la esperaban para ir a un compartimento.

-Esperadme allí- les dijo.

-A mí también- intervino Albus, que acababa de aparecer, supuso que por estar reencontrándose con Grace.

Cygnus miró a Albus, curioso, pero no se mostró disconforme.

Los tres esperaron a que la multitud se dispersara. Una vez el tren se puso en marcha, lo llevaron hacia el compartimento de la familia Weasley, asegurándose de que no se les veía juntos. Si Mawson se sintió incómodo en algún momento, no lo hizo notar. Una vez en el compartiento, con casi todos los miembros de la familia Weasley mirándolo, se limitó a tragar saliva. Pero lo contrastó lanzando a Lily una penetrante mirada que ella desvió, incómoda, mientras Rose y Albus acomodaban sus pertenencias.

-Bien, habla- instó Al.

Cygnus respiró hondo, mientras se cruzaba de brazos.

-He oído cosas, como que acaban de retiraros las protecciones especiales de las que disponíais tras la batalla del 98.

Rose se extrañó.

-¿Cómo sabes...

-No soy el único de mi familia que está un poco cabreado, por así decirlo, con los Neos. Supongo que los periódicos no publicarán algo como eso, no les interesa demasiado...

-Al grano, por favor- Albus no dejaba de desconfiar de Mawson. Grace sí que confiaba en él, y eso era quizás lo que más extrañaba al Gryffindor.

-De sobra sabéis que organicé un...pequeño "escuadrón", como llamabais antes a lo que ahora es vuestro ejército. Sí, yo soy el responsable de la Orden de la Serpiente, pero como supongo que ya habíais intuido, solo era una forma de ganarme vuestra confianza. No soy idiota, vosotros sois los hijos de Potter, Weasley y Granger, y a pesar de que compartamos el mismo propósito, o precisamente por eso, no me compensa mucho que nuestros caminos estén tan separados.

-¿Así que donde quieres llegar es...?

-Trabajemos juntos, sin Wilson de intermediaria, a poder ser. Sé perfectamente que os contaba cada uno de mis movimientos, precisamente por eso fue de las primeras que quise que estuvieran a mi lado.

Albus apretó un poco los dientes. Él tenía que esconderse para proteger a Grace y Mawson...presumiendo de la compañía de su novia como si nada. Bueno, en realidad, ¿eran novios?

¡No era momento para pensar en eso!

Rose intervino antes que él.

-Lo que dices está muy bien. Pero los miembros de...-calló.

-Del E.M- completó Mawson. Rose negó varias veces.

-Los miembros del E.M firman un contrato en el que prometen bajo un hechizo no contarle a nadie fuera de todo la existencia del mismo.

-¿Y qué hechizo sucede si lo cuentas? Por eso Grace no soltaba prenda y solo sé de vuestro grupito por gente que estuvo dentro el año pasado...- al ver que no le contestaban, chasqueó- mirad...haría el juramento inquebrantable si es preciso. ¿Os quedaríais contentos con eso?

Rose y Albus se miraron, dudosos.

-Que lo haga- instó Hugo- y estaremos todos en el mismo saco.

Albus le asintió a su prima, despacio.

-Grace confía en él- le recordó al chico, en voz baja, por si él se había olvidado por un momento. Un juramento inquebrantable podía llegar a suponer la muerte.

-Grace se puede equivocar, como todos- razonó. Cygnus soltó una corta risa.

Rose miró a Cygnus, largamente.

-No quiero ser la responsable de tu muerte, Mawson.

Él la miró, presuntuoso.

-No lo serás.

-Y todos los miembros de la Orden de la Serpiente se someterán a la firma del hechizo contra los chivatazos. Si no...también estarán fuera de tu grupo.

Asintió, despacio.

26 de enero

Albus tragó saliva. Una vez. Dos veces. El número de alumnos era el doble que cuando el grupo de debate del C.d.O se había inaugurado. El chico era consciente de que una gran parte iba para escucharlo a él. Quizás no todos porque simpatizaran con lo que decía, pero sí porque estaban dudosos, no sabían qué pensar, o pensaban lo contrario que él pero al menos quedaba un resquicio de esperanza por el que las palabras de Albus podía escabullirse, buscando la luz.

-Son tiempos cada vez más raros- dirigió una larga mirada a Weistrich Tendersoz, que acababa de exponer su opinión acerca de porqué las relaciones comerciales con el ministerio muggle agravaban la economía de los magos, y por supuesto, empeoraban su calidad de vida- por supuesto, todos hemos tenido que apretar bastante desde que empezó la crisis, bueno, qué decir tengo más que el Ministerio nos ha denegado la protección especial de la que gozábamos yo y el resto de mi familia desde hace tantos años- se creó un murmullo que acabó pareciendo viento en una tormenta. Albus prefirió no callarse algo así, sabía que eso generaría mucha desconfianza hacia el Ministro. Eso hacía que hasta las familias más privilegiadas estuvieran desprotegidas- francamente...si como dice Tendersoz las relaciones económicas con los muggles van tal mal...no hay que echarle la culpa a tales, ni a la supuesta enorme corrupción de la que todo el mundo parece hablar, sino tal vez hay que culpar a la gente que nos está haciendo creer que lo que acaba de decir nuestro compañero- señaló con el dedo a Tendersoz, eso era una parte importante- es real. Por supuesto que no es culpa tuya- dijo dirigiéndose explícitamente- pero de donde hayas sacado esa seguramente errónea información quizás sea la clave- ¿¡De donde salen esos rumores difamadores contra los muggles, los por supuesto causantes de todos nuestros problemas!?- ironizó- yo no lo sé- fingió Albus- pero quizás...quizás si lo pienso bien...sí sé a quién preguntarle. Hoy es todo lo que voy a decir.

Lily observó cómo su hermano comenzaba a bajar las escaleras, y después debió la vista y fue al encuentro de Scorpius, al que había visto muy poco tras las vacaciones. Lo agarró del brazo, con delicadeza. Él se giró, sorprendido. Ella señaló a la salida del Aula Magna. El chico la acompañó. Grace, al lado del chico, los observó irse, pero estaba perdida en sus propios pensamientos.

-Es el último- le gruñó a Josh, acto seguido- el último discurso que le escucho. Va a conseguir que lo...maten- pronunció, a regañadientes.

Tras la vuelta de vacaciones, en la primera reunión del E.M, la Orden de la Serpiente en su totalidad se había bautizado también como miembro del grupo liderado por Albus y Rose, y se había acordado por unanimidad proteger a ambos por encima de cualquier otro alumno, lo que suponía varias cosas: que Albus y Rose nunca estaban del todo solos, y Albus y Grace apenas se hablaban; que al sentirse un poco más seguro los discursos de Albus comenzaban a ser paulatinamente más arriesgados; y que todo ese aumento de belicosidad por parte de los discursos y el vandalismo del E.M en el castillo contra asignaturas como Artes Oscuras a secas, eran directamente proporcionales al peligro que todos corrían.

-Cygnus me lo ha contado. Así que en unas horas...la orden de la serpiente será parte del Ejército.

Albus la observó en la penumbra del viejo despacho de la profesora Lectern. Fuera, llovía amargamente, y el sonido de las gotas golpeando la primera superficie con la que se topaban casi se escuchaba más que sus susurros. Las partituras y el resto de papeles estaban tal cual la profesora las había dejado. Era un poco triste. Aquel cuarto era el reflejo de lo que suponía la guerra. Al cambiaría muchas cosas porque todo fuera tan normal como cuando tenía diez años.

-Es lo que Mawson ha querido desde el principio- se limitó a decir.

-Puede- sopesó Grace - pero quizás quería crear la Orden de todas todas. Necesitaba esa redención de los Slytherin. Demostrar a las demás casas que también estamos muy en contra de los ideales Neomortífagos...

Albus no sabía qué decir. La miraba y la miraba. Estaban en la tarde acordada en la que Grace y Josh vigilarían que nadie se acercara al chico, por eso habían podido escaparse solos. Tenían tantas cosas que decirse...pero al mismo tiempo, nada parecía fluir correctamente.

-¿Qué pasa?- interrogó ella.

Él negó.

-Estoy preocupado...por la Orden de la Serpiente, por la Orden del Fénix, el ejército, los Aurores, Harley, Ann...

-Lo sé. También yo.

-Tengo el presentimiento de que algo malo va a pasar- confesó el muchacho, inquieto- no sé si es porque cada vez Hogwarts parece más gobernada por el Ministerio y McGonagall no puede hacer nada para impedirlo...no sé si es que tengo miedo de que algún miembro de la OdS sea enviado por Asterope...

-Ningún miembro de la OdS es ningún enviado de Asterope- contradijo Grace, en seguida.

Albus giró la cabeza, preocupado.

Grace sintió que la distancia entre ellos le dolía en el pecho cada vez más, y avanzó hacia él, para que dejara de doler.

-Tú solo...no seas tonto, no te pongas en peligro, Al. Una cosa son las reuniones del E.M y otra cosa lo que haces en los debates. Ayer insinuaste que el virus de hace dos años y el inicio de esta...crisis, coincidían "demasiado bien" temporalmente.

-¿Y qué quieres que diga? Esa es la verdad- se defendió.

-Solo quiero que no nos pase nada.

Verde sobre verde.

-No sé si eso va a ser posible.

Scorpius se dejó arrastrar hasta salir del aula magna.

-¿Hasta dónde estás implicado con el EM, Scor?- preguntó Lily, urgente.

-¿A qué viene eso, Lily?- preguntó, extrañado. Tras las vacaciones, el vínculo entre ellos se estrechaba por momentos.

-No sabemos a quién pedirle ayuda- dijo, apurada- escucha, no íbamos a hacerlo porque era demasiado arriesgado, pero visto, u oído lo mucho que Albus y Rose están poniendo de su parte para que el Ejército de Merlín sea más fuerte...mis primos y yo hemos decidido hacerlo. No sé si me fio tanto de Mawson, pero sí me fío de ti y de tu amiga Grace.

-¿Qué está pasando aquí?

-¡Stadler!- gritó, una voz a sus espaldas.

Heath se giró, para ver a Hugo Weasley acercarse a él, levemente fatigado. Su carrera hasta él había sido grande, y arrastraba con él un par de libros, imagen más típica de su hermana mayor, que había pasado de pasearse como un alma en pena, a estar acompañada de gente prácticamente todo el tiempo. Extraño cambio. Heath había oído cosas, como que ciertos alumnos se intentaban rebelar contra las injusticias de los nuevos profesores...pero quizás no eran rumores.

-¡Hola, Weasley! Echo de menos las apuestas en los partidos de Quidditch...una injusticia que lo hayan eliminado...

-Sí, sí, pero no lo digas muy alto- advirtió.

-Así que han retirado los hechizos de protección en casa de tu familia... ¿se las apañan bien? ¿Alguien les intenta hacer daño?- se interesó.

Hugo supo entonces por qué era Stadler el que gustaba a Edith, y no otro. Stadler era amable y correcto, justo lo que ella no era; seguramente él era capaz de hacer que ella se ablandara. Había tenido una novia el año pasado, cuyo nombre él no recordaba...vamos, que era un chico con éxito, no como él, que se tenía que arrastrar para hacer estas cosas.

-De momento han pasado a crearse sus propias protecciones mágicas...lo que no pueden hacer es vivir sin ninguna, con los tiempos en los que estamos. Precisamente de eso quería hablarte, bueno...creo que conoces a Edith Lawrence, es amiga mía- le costó decir que era su amiga.

-¿Lawrence? ¡Ah, ya sé! Perdona, ando despistado- salían de la biblioteca y se dirigían al aula en el que se practicaban Gobstones, el único equipo que no había dejado de funcionar gracias a Asterope. Quizás el Neomortífago sentía debilidad por el extraño juego, pero a Hugo no le dio tiempo a perfilar esa imagen en su cabeza- sí, claro que sé quién es Edith, aunque cualquiera la reconoce, con el cambio que ha dado... ¿qué pasa? ¿Está mejor ya? ¿No acaba de sobrellevarlo?

-Sí, pues...espera, ¿qué has dicho de sobrellevarlo?

-Claro...su padre murió unos días antes de acabar el curso anterior...me la encontré entre los arbustos de los jardines, llorando desconsolada.

Hugo boqueó.

-No sabía nada...Clary no me dijo nada...

-Ella me pidió que no lo fuera contado por ahí...pensé que como eras su amigo lo sabrías, os vi el otro día en la biblioteca y la verdad, parecíais bastante cercanos, por eso...-parecía arrepentido de haberse ido de la lengua.

-¿Y qué le pasó? Al padre...

-No lo sé. No pareció estar en condiciones de contármelo. Creo que estaba muy enfermo.

-Ah...bueno, no te preocupes, no se lo diré a nadie. Te estaba hablando de Edith porque sé que la conoces y bueno, porque nosotros dos, pertenecemos a un pequeño grupo de gente que, por así decirlo, no está muy contenta con lo que está ocurriendo.

A Stadler parecieron iluminársele los ojos.

-Creo que sé lo que quieres decir...tengo un par de amigos que desaparecen de vez en cuando, y no sé dónde se meten.

-Lo he estado hablando con Rose...creo que estás muy de acuerdo en que hay que hacer algo contra Asterope y los demás- Stadler asentía, convencido- mira, en dos horas...vuelve a la biblioteca, Albus y mi hermana te esperarán, y te contarán el resto- golpeó su hombro- ahora tengo que irme.

-No me pierdas de vista, Grace- le advirtió, no sin una pizca de preocupación, Cygnus.

Grace se giró para apuntarlo con su varita.

-No te estoy perdiendo de vista. ¿Estás asustado?- inquirió, no sin una pizca de burla.

-No estoy asustado- repuso- solo preocupado- se acercó a ella por si alguien, seguramente nadie, los escuchaba- siguen las rondas de prefectos, pero... ¿Quién te dice que los miembros de la C.d.O no patrullan por las noches?

-Fácil. Si lo hicieran se les reconocería por las caras de zombis que pondrían a la mañana siguiente...estoy agotada. Podría haber dejado la prefectura, como hizo Rose- se quejó.

-¿Y exponerte a dejar de ser la heroína de Slytherin?- le devolvió la pulla- cómo podrías hacerlo- dijo, irónico- espérame un momento- le dijo, de repente- voy a apagar aquella antorcha- refiriéndose a una antorcha que llameaba con peligrosa fiereza, amenazando con quemar el cuadro cercano. A veces sucedía, si el hechizo para provocar la llama se hacía sin demasiada atención.

Grace le observó mientras se alejaba por el pasillo, y torció un momento, nerviosa.

Scorpius les había contado a Cygnus y a ella que los miembros Weasley (que no eran ni Albus ni Rose, debido a la constante vigilancia que siempre tenían encima) planeaban una arriesgada tarea, que podrían realizar con suerte con éxito, porque en su poder tenían la capa invisible de Harry Potter: podrían entrar en el despacho de Asterope y conseguir información sobre los Neomortífagos, sobre Sameor, y sobre sus planes. Seguro que si cada uno de ellos se paraba a pensarlo, era una tonta idea, y probablemente no conseguirían nada, pero Grace estaba empezando a ser consciente, sobretodo después de su último encuentro con Albus, de que el encierro, aunque fuera en Hogwarts, los trastornaba. Ella misma estaba siempre deseosa de ver llegar una carta de su padre: eso significaba que él estaba bien. Por eso era capaz de comprender levemente el comportamiento de los Weasley: su familia era de la que más peligro corrían. Además, ellos estaban bastante acostumbrados a la guerra; quizás sus hijos habían heredado esa capacidad de pelear. James, Al y Lily desde luego, cada uno a su particular manera, estaban dando todo de ellos, en lugar de esconderse. Entonces volvió a acordarse de Albus, en su insistencia de querer mantenerla lo más al margen de sus cosas, lo más al margen a los ojos de todos de él. ¿Para que estaban juntos por fin, si no era para compartir cargas, para correr el riesgo? Grace habría llegado a entender su comportamiento en cualquier otro muchacho, pero no en él, no en él que se exponía a límites muy extremos constamente, desde que había empezado el curso.

"Tiene miedo de que se sepa, de admitir sus sentimientos públicamente" "No te quiere lo suficiente" "Lo de protegerte es solo una buena excusa"

Sacudió sus miedos, sacudiendo la cabeza pues.

Había que centrarse. Cygnus y ella tenían una tarea que realizar.

-¿Cygnus?- se asomó de nuevo al pasillo, buscándolo con la mirada.

Con la luz de su varita y perdida en sus pensamientos, no se había dado cuenta de que toda luz que no fuera la suya, se había apagado. La varita de su compañero no iluminaba más.

-Cygnus, no tiene ninguna gracia- lo reprendió, cabreada.

Caminó varios pasos, alzando más su varita, procurando no temblar.

-¿Cygnus?

Giró sobre ella misma, asustada. Algo iba mal. El aire se sobrecargó de adrenalina.

-¡Cygnus!

Escuchó una voz a lo lejos, gritaba una maldición. Aquella no era la voz del Slytherin.

Echó a correr. Su collar de chapa quemaba. Se lo quitó, veloz. Aquel mismo día, le habían dado el suyo a Cygnus.

Se detuvo en seco tras unos treinta segundos. Vio a otra persona alzando su varita en alto, iluminando como ella el oscuro pasillo.

-Nox- pronunció, deprisa. Su luz se apagó.

Pero la otra persona había sido rápida.

-Sé que seas quien seas, estás ahí- pronunció una voz alterada. A Grace se le erizó todo el vello de la nuca, mientras procuraba con esfuerzo esconderse lo más posible tras una estatua de un caballero. Aquello no hizo más que hacer más ruido- ¡Sal!

Algo dentro de Grace hirvió. ¿Y si era el hombre-lobo que le había hecho...? ¿Y si era Hennicc Samdon?

Observó a una figura encapuchada inspeccionar con cierta torpeza todas las estatuas. Acabaría descubriéndola.

Aprovechó un momento en el que tuvo al Mortífago, tapado con máscara y capucha, de espaldas a ella.

-¡Desmai...

Él fue más rápido. La desarmó con unexpelliarmusque no pronunció. Grace retrocedió, ya sin varita, ante la imposibilidad de hacer otra.

-Debes de ser muy mal mortífago si tu labor es atacar a alumnas desprotegidas- dijo, sin poder evitar que a pesar de la osadía, la voz le temblara.

Le pareció que el brazo del Mortífago temblaba más incluso que su voz.

-Qué sabrás tú...- le dijo- no tienes ni idea...

Grace reconoció ese timbre. No era rabia, más bien, resentimiento. Aunque al mismo tiempo, miedo de algo. De alguna manera, lo supo.

-¿Michael?

Jamás lo había llamado.

Ambos escucharon un ruido a lo lejos. Alguien se acercaba.

El Mortífago pareció dividido en dos, en una importante lucha interna. Finalmente, giró la cabeza, nervioso.

-Por Merlín, escóndete- le ordenó, entre dientes, como si las palabras le salieran tras mucho esfuerzo.

Grace no lo dudó ni un instante. Volvió a ocultarse tras la estatua. Michael echó a andar, apurado.

Una figura que ella no pudo ver interrogó a su hermano.

-¿Todo despejado?- otra voz alterada inundó el pasillo- hay que irse ya...he oído un ruido y no he podido terminar de matarlo, pero le doy apenas dos minutos...si no, ya sabes quién puede rematarlo...- dijo, con cierto gusto.

-Sí, claro...vámonos ya- apremió la voz distorsionada de Michael.

Grace esperó un agónico minuto, con más de cien pulsaciones en él. Tras él, salió de su escondite y, palpando el suelo en busca de su varita y una vez recuperada, volvió a echar a correr, temiendo que hubieran acabado con la vida de Cygnus. Todos morían. Se secó con brusquedad las lágrimas, mientras llegaba a un punto cercano a la habitación de Pomfrey y a la enfermería, preparada para ver a su compañero agonizando. Quizás por la cercanía a ayuda...quizás podría salvarse.

Pero no. Cygnus estaba bien, y por un momento, dirigió su vista hacia ella, mirándola con alivio.

-¿Q-q...- solo pudo balbucear.

Cygnus estaba ayudando a Fred y Lucy Weasley y a Lily Potter a cargar con una persona a la que le costaba reconocer, que tenía una sangrante herida en el lado izquierdo de su pecho. Estaba muy pálido, y casi completamente inconsciente.

Algo en su plan de irrumpir en el despacho de Asterope había salido mal. Pero...¿cómo? ¿Por qué?

-¡Llama a Pomfrey, Grace! ¡Ahora!

No tuvo que decírselo dos veces.

29 de enero

Consternado. Esa era la palabra. Enfadado. Furioso, quizás. Desesperanzado. Triste, traicionado. Temeroso, preocupado. A Yem se lo ocurrían mil adjetivos que describían cómo estaba él hora mismo.

Se tocó la cara, sin poder creérselo, una vez más, sentado en la mesa del comedor. Miró a Vic, y luego a Ted Lupin, su novio, incrédulo. A sus espaldas, el doctor Thomas intentaba buscar una explicación lógica.

-No me gustaría pensar así...preferiría pensar que se han ido por propia voluntad, pero... ¿y si los Neomortífagos han encontrado a Ann y se los llevaron a ambos?

-No se ha quebrantado ningún hechizo de los que protegen esta casa, ¡ya lo he dicho!- repitió Yem por décima vez aquella tarde- ¡los vi, los vi salir afuera, pero no pensé...no lo vi venir...

-Yem, no te tortures más, por favor- suplicó Victoire.

-Habían estado mucho tiempo solo estos días- dijo, histéricamente- pero yo que sé...pensé que solamente estaban recuperando su conexión...Harley está prácticamente recuperado, pensé que era la clave para que Ann se recuperara también...yo no le enseñé a desaparecerse- pareció excusarse, y miró desesperado a Ted, por si era él su culpable. Pero Ted negó.

-Le enseñé muchos hechizos, pero a desaparecerse...

-Supongo que habrá aprendido sola- caviló el señor Thomas- compinchada con su hermano, seguramente practicaron cuando tú no podías verlos.

-No los vigilé lo suficiente- Yem tenía ganas de llorar. Todos aquellos meses dedicados a Ann y a Harley, para que se escaparan a escondidas de él- pueden haberlos encontrado ya... ¿y si él la ha encontrado?-desde hacía un tiempo, ya no pronunciaban el nombre de Sameor. Sabían que podía usar el truco de la guerra en el que no se podía pronunciar el nombre del jefe de los Mortífagos- podría estar muerta...

Entonces oyeron un pequeño chasquido en el jardín. Todos salieron corriendo, pero Yem salió disparado de la silla, como si hubiera tenido un muelle todo el rato debajo. Una pequeña figura de ojos azules pisó con sus zapatos el porche de la casa, aparentemente intacta.

-¡Ann!- chilló primero Victoire, aliviada por verla con vida. En el fondo, temían que hubiera acudido al encuentro de Sameor.

-¿¡Se puede saber a dónde has ido!?- gritó Yem.

La chica se imitó a mirarlo, calmada. Cuando más poder recuperaba, más se parecía a la Ann de siempre.

-Lo siento mucho...-solo dijo.

-¿¡Que lo sientes!?- se balanceó de un lado para otro nervioso- ¿¡En qué diablos pensabas!?- Yem no dejaba hablar a los demás. Ann lo observaba tranquila, con muchísima atención, como queriendo memorizar cada uno de sus movimientos- ¿¡Dónde está Harley!?

-No ha venido conmigo- respondió.

Yem boqueó. Se había quedado sin palabras.

-¿Cómo que Harley no viene contigo?- interrogó el Sanador Thomas.

-Se ha ido- aclaró- se ha ido y yo le he ayudado a marcharse.