Grady memorial hospital, Atlanta.
El sonido de sirenas aún resonaba en su cabeza.
Beth y Noah habían escapado del hospital, juntos. El plan funcionó, corrían entre callejones oscuros, sus cuerpos exhaustos y sus mentes atrapadas entre la adrenalina y el miedo.
No tenían armas, solo lo que llevaban encima, y cada sombra podía significar su fin.
Se refugiaron en un edificio en ruinas por unos días, atrapados entre el hambre y el temor. Afuera, las patrullas del hospital seguían peinando las calles.
—Beth, no creo que nadie venga a ayudarnos... susurró Noah, asomándose por una rendija.
La rubia no respondió de inmediato. Se abrazó a sí misma, temblando de frío y rabia.
— Daryl debe estar buscándome. murmuró, casi como si decirlo en voz alta lo hiciera real —Tengo que encontrarme con él o...
Noah se arrodilló frente a ella y le tomó las manos con urgencia.
—Escucha, no hay forma de que él sepa dónde estamos. Mejor vamos a mi hogar. Después lo buscaremos.
Beth miró el suelo. Él tenía razón, no habia otra opcion. Asintió sin palabras, y con las fuerzas que aún les quedaban, se pusieron en marcha.
Las semanas de viaje fueron un castigo.
Los días eran una tortura de hambre y caminatas interminables, los pies llenos de ampollas, la piel marcada por la suciedad y el sudor. Las noches, un infierno de frío y miedo a los caminantes. Beth seguía aferrándose a la idea de que Daryl la estaba buscando, que Maggie seguía viva, que en algún punto encontrarían al grupo. Pero a medida que los días pasaban, esa esperanza se desgastaba como la piel bajo sus uñas rotas.
"No nos queda mucho," dijo Noah, aunque su tono no tenía la misma firmeza de antes. Miró a Beth, tratando de sonreír.
"Lo sé," murmuró ella, observando las huellas de sangre ajena que quedaban en el suelo. "Solo tenemos que aguantar un poco más."
"¿Sabes? Si conseguimos llegar, podrías cantar algo para mí."
Beth lo miró, sorprendida, y luego una sonrisa, tímida apareció en su rostro. "¿A estas alturas?"
"Sí, algo que me distraiga de todo esto," añadió con una sonrisa cansada, "Tal vez un hit de los '80."
Beth soltó una pequeña risa. "No soy tan vieja, Noah."
"Yo no digo que lo seas," replicó él, levantando las manos en señal de rendición, aunque el tono grave de su voz traicionaba el esfuerzo por mantener la normalidad.
Beth susurró entonces una melodía olvidada, una canción que solía cantar cuando aún podía reírse sin temor. Las notas, aunque desgarradas por el cansancio, llenaron el espacio entre ellos por un momento. Cuando terminó, su voz se desvaneció en un suspiro.
"Quizá lo logremos," murmuró, mirando a Noah.
Cuando llegaron al asentamiento donde Noah había crecido, parecía un milagro. Pero el destino nunca jugaba limpio.
Noah se detuvo en seco, con la desesperación pintada en su rostro.
—No... no puede ser —balbuceó.
Las puertas estaban abiertas. Adentro, la muerte reinaba.
Los caminantes se arrastraban entre los restos de un pueblo que alguna vez fue un hogar. El hedor de la carne podrida se mezclaba con la podredumbre de los edificios abandonados. No había esperanza allí, solo muerte.
Un gruñido gutural rompió la quietud. De la nada, una horda se abalanzó sobre ellos.
Beth disparó. Una bala. Dos. Tres.
Click.
Sin balas.
El horror se reflejaba en los ojos de Beth mientras veía a los caminantes abalanzarse sobre Noah. Sin pensarlo, se lanzó hacia él, sus manos arañando con desesperación las extremidades podridas que lo sujetaban. Gritaba su nombre una y otra vez, sus dedos sangrando al intentar arrancarlo de entre las fauces de la muerte.
—¡Noah! ¡Noah, agárrate de mí!
Tiraba de su brazo, pateaba, golpeaba con lo que tenía, pero era como intentar vaciar un río con las manos. Noah ya estaba atrapado, las mandíbulas hundiéndose en su carne, los gritos saliéndole con esfuerzo mientras el dolor lo consumía.
—¡Beth, no!— jadeó, sus ojos vidriosos clavados en los de ella —¡Corre, por favor!
Ella negó con la cabeza, sollozando, pero entonces sintió sus manos, las manos de Noah, empujándola con la poca fuerza que le quedaba.
—¡Te lo ruego...! —susurró con la voz rota, antes de desaparecer bajo la masa de cuerpos podridos.
Beth cayó de espaldas por el empujón, y en ese instante, el rugido de los caminantes la envolvió Entonces, sus piernas se movieron por instinto, sin que su mente pudiera seguirles el ritmo. Corrió. Corrió como si pudiera escapar de aquel sonido: el de la carne siendo arrancada, el de los huesos crujiendo bajo mandíbulas hambrientas.
El bosque la recibió con un silencio abrumador.
Camino sin rumbo, cubierta de sangre. No estaba segura si era la suya o la de Noah. Su cuerpo dolía, pero su mente estaba aún más desgarrada.
"Nadie va a salvarme."
La voz en su cabeza sonaba como una sentencia.
Se encontró una cabaña abandonada y decidió quedarse allí. No por seguridad, sino porque sus piernas ya no podían sostenerla. Durante días se mantuvo viva como pudo, recogiendo chatarra, robando lo que encontraba. La cabaña tenía un arco con algunas flechas. No era la ballesta de Daryl, pero sería suficiente.
El hambre la obligó a aprender. Cazaba pequeños animales, su estómago revuelto por la necesidad de alimentarse con lo que fuera. Día tras día, la idea de su antigua vida se volvía más borrosa.
Cada rastro que encontraba, por insignificante que fuera, lo seguía. Volvía a calles donde creía haber estado con Daryl, con Maggie, con cualquiera que aún pudiera estar vivo. Su vida se convirtió en una búsqueda constante, de ciudad en ciudad, persiguiendo sombras del pasado. Viajaba tanto que hubo días en los que no sabía en qué parte del mapa se encontraba, lo unico que sabia es que ya no estaba en Georgia y, que no podía detenerse.
Pero...
Los días se convirtieron en semanas. Las semanas en meses. No estaba segura cuánto tiempo había pasado sola. La esperanza de encontrar a Maggie, a Daryl o a cualquiera del grupo se había esfumado.
El día que la encontraron, llovía.
Beth estaba junto al fuego, con la mirada perdida. Un ruido la alertó, demasiado tarde.
—Esto es mejor que cualquier lata de frijoles, ¿no lo crees, Bob? —la voz áspera de un hombre la hizo tensarse.
Un grupo de tres. Barbudos, sucios. Ojos llenos de algo peor que hambre.
—No busco problemas. Llévense lo que quieran. Dijo ella levantando las manos. —En la mesa... cacé algunas ardillas esta mañana. su voz tembló, sus dedos apretaron la tela sucia de la manga de su suéter.
Uno de ellos sonrió con una mueca asquerosa.
—¿Quién quiere ardillas cuando te tenemos a ti, cariño?
Silencio.
El corazón de Beth latía con fuerza, con miedo.
Reaccionó por puro instinto, sacando el cuchillo del cinturón.
Pero no fue suficiente.
En un parpadeo, la fuerza bruta de uno de ellos la derribó contra el suelo.
Intentó resistirse, pero sus movimientos eran torpes. Agotados.
No tenía energía.
No tenía nada.
No gritó. No peleó. Sabía que no podía ganar.
Cuando despertó, el suelo estaba frío y húmedo. La tormenta no se había detenido.
Permaneció en el mismo lugar por horas, con la mirada clavada en la madera podrida del suelo. Se sentía vacía. Se habían llevado todo. Hasta lo que no podían ver.
Ya no estaba viviendo. Solo intentaba no morir.
(...)
Los días siguientes se convirtieron en una serie de pasos mecánicos. Se movía de cabaña en cabaña, evitando a cualquier ser humano.
Cada ruido era una advertencia, cada sombra una amenaza. No miraba atrás. No había nada para ella en el pasado.
El sol castigaba su piel mientras caminaba hacia la costa. Había escuchado de su padre que el agua salada traía una calma distinta.
El calor era insoportable. Su cantimplora apenas tenía un sorbo de agua. Sus labios estaban partidos, su cuerpo al borde del colapso. Cayó de rodillas en la arena, sintiendo la brisa del mar.
Su respiración era superficial, su visión borrosa. Miró el horizonte una última vez y dejó que la oscuridad la envolviera.
La muerte no la había alcanzado aún. Pero tampoco la vida.
Sus ojos reflejaban el mar moviéndose entre olas, un océano frío e implacable que devoraba todo.
Y entonces lo pensó, la misma pregunta que alguna vez Daryl se hizo sobre ella...
¿Cómo demonios una persona como yo sigue viva en este mundo?No era fuerte como Michonne ni indomable como Maggie, pero de algún modo había llegado hasta allí.
Tal vez, solo tal vez, este era su límite.
Sus párpados se cerraron. El dolor se diluyó en la negrura. No sentía nada.
