El Inframundo era un lugar lleno de fantasmas, y los seres que habitaban allí estaban acostumbrados a ello. A lo que cierto señor de los muertos no estaba acostumbrado era a que se le apareciesen los fantasmas del pasado.
Persefone se encontraba visitando a Deméter en su isla de Sicilia y ayudándole a preparar el festival de la cosecha. Seguramente las ninfas que habitaban en esa isla lo sabían y se habían encargado de ir a visitarle cuando ella no estuviera.
De alguna manera se habían encargado también de averiguar que Macaría y Melinoe no estarían en el palacio de los reyes del Inframundo. Ella quería verle a él a solas.
Lo que menos se esperaba el dios de pelo de fuego era verla allí, en la sala del trono. Pena y pánico se miraban entre sí con una mezcla de miedo y curiosidad. No era bueno que ella estuviera allí, pero por otro lado ¿ Porque estaba ella allí?
- Pena, Pánico, marchaos- Dijo su jefe con una mezcla de seriedad. Aquello no era bueno, yabía un deje demasiado suave en su voz.
Los diablillos no se lo pensaron dos veces y salieron de allí como alma que lleva al diablo. No querían arriesgarse a ser chamuscados.
-Hades.- Dijo la ninfa con un hilo de voz. Su aspecto no era tan bueno como él recordaba. Su pelo rojo estaba enmarañado, y presentaba grandes ojeras. Siempre había sido delgada pero le daba la sensación de que estaba todavía más delgada. Sea lo que fuese por lo que venía, no era algo bueno.
-Leuce… ¿ Qué haces tú aquí?.-
-No tengo mucho tiempo.- Respondió la ninfa.- Necesito tu ayuda.-
Perséfone volvía al Inframundo tras su visita a Démeter. Uno de los regalos que la diosa de la agricultura le hizo hace años fue ser diosa de la primavera y del renacimiento. Con los años había conseguido ir domando sus poderes, y ellos no sólo le daban derechos, si no también obligaciones. El festival de la cosecha estaba ya casi a punto, y a la diosa rubia le sorprendía lo que estaba disfrutando con aquello.
A pesar de todo su lugar favorito era el Inframundo, donde se encontraban su marido y su familia. Aquel lugar la había acogido años atrás, cuando no sabía muy bien donde estaba su lugar. Cuando volvía siempre notaba una maravillosa paz, y una descarga de energía. Aunque seguramente esto último estaba provocado por el nexo que le unía al reino de los muertos; la granada del Inframundo.
Nada más atravesar la puerta que la llevaba al muelle donde la esperaba Caronte respiró, y disfrutó de la sensación de energía y poder que sentía al estar allí.
Caminó por aquella oscuridad tan conocida para ella, y le sorprendió no ver la sombra negra que representaba la figura de Caronte.
- Que raro.- Dijo la diosa para si misma. Normalmente Caronte era puntual y se organizaba para estar siempre a la hora que ella llegaba. No tenía constancia de que hubiese habido ninguna emergencia ni ninguna catastrófe en el reino de los mortales.
Por suerte Hades le había enseñado todos los caminos y pasadizos de su reino. Cierto que podía haber llegado orbitando a la sala del trono, pero eso siempre la dejaba mareada y con un sabor metálico en la boca. Prefería caminar. Y así lo hizo. Sus ojos azul cielo se habían acostumbrado a la penumbra de aquel lugar y veía perfectamente en la oscuridad.
Mientras tanto una petición extraña cargada de nostalgia y viejos recuerdos flotaba en el salón del trono: - Ayúdame a descansar-
El dios de pelo de fuego no sabia bien como enfrentarse a aquello. El no era un dios emocional, solo con Perséfone podía abrirse, y aún así solo en ciertos momentos y cuando estaban a solas.
La mirada de la ninfa pedía ayuda, y como si fuese una intervención divina, o una interrupción oportuna apareció ella. La diosa de la primavera y la reencarnación. La diosa de la vida. Con un vestido verde y una tiara plateada, recién llegada del festival de la cosecha.
Cuando la diosa rubia entró al Inframundo y vio dos figuras no se imagino quien sería una de esas figuras. Sabía quien era ella, era Leuce.
El dios de los muertos vio una expresión en la cara de Perséfone. Una expresión de pánico. De duda, de incertidumbre. Una pregunta que no se atrevía a hacer.
Y en medio de aquel silencio donde por una vez Hades no sabía que decir Leuce habló:
-Poderosa Perséfone ayúdame.- Pidió la ninfa.
-¿Yo?- La diosa de la vida parpadeó. Si hacia cinco minutos alguien le hubiese dicho que iba a estar en esa situación habría apostado en su contra.
-Mi árbol esta muy enfermo. Estoy sufriendo. Necesito paz. Descansar. Y no puedo…-
la diosa rubia observó a la ninfa. Es verdad que su aspecto no es como recordaba. Se veía… enferma.
Hades no se atrevía a articular palabra. Nunca, en sus siglos de vida, se habría imaginado estar en una situación así.
-¿Cómo puedo ayudarte?No puedo curar el árbol. Yo hace mucho tiempo curaba… personas… no plantas. No te ofendas.-
Dijo Perséfone tragando saliva, y mirando hacia el dios de los muertos que continuaba sin abrir la boca.
Leuce rió, acompañada de una pequeña tosecilla.- Realmente eres especial, siempre lo supe, porque él te eligió.-
El dios de los muertos intervino.- Lo que nos pides es ayuda, pero no podemos curar ni revivir el árbol.-
la ninfa habló:_ No pido eso, pido paz. Estoy enferma, cada vez que respiro siento dolor. Vivir es dolor. Quiero paz.-
Y Perséfone lo comprendió. No era muy distinto de lo que había visto en tiempos, cuando era una mortal de vestido blanco que trabajaba con Hipócrates. No era diferente de cuando había visto gente enferma por la que no se podía hacer nada, más que paliar su dolor. No era tan fácil como darle una bebida con una planta sedante y quitarle los dolores, pero ahora tenía otros recursos.
-Se lo que quieres, y puedo hacerlo.- Respondió la diosa.
-Gracias. Por favor, haced lo que tengáis que hacer.- Dijo leuce con un hilo de voz, pero con determinación.
Perséfone miró hacia su marido:- Necesito que destruyas el árbol.-
Hades se quedó petrificado. Pero no había odio ni maldad en la manera en que su mujer se lo estaba pidiendo. Iba a ayudar a Leuce de verdad.
-Antes de nada, dime donde está tu árbol.- Preguntó Perséfone. Y tras las indicaciones de la ninfa, Persefone se dispuso a hacer algo que no le gustaba nada, pero que en este caso era necesario, orbitar.
Miró a Hades antes de irse con una mirada de: Confía en mi, yo estoy confiando en ti. Y desapareció en un remolino de color blanco.
El señor de los muertos vió el remolino blanco, y lo comprendió. Miró hacia la ninfa que asintió, y un rayo de fuego partió el árbol en dos. Llenando todo de fuego y cenizas.
-Muchas gracias Hades. Aunque lo nuestro no funcionará, me alegro que la encontrarás a ella.-
El señor de los muertos asintió, viendo la paz en los ojos de la ninfa mientras se iba evaporando.
-De nada Leuce. Me encontró ella a mi.-
Tras un tiempo que el dios de pelo de fuego no sabía si eran unos minutos o una eternidad, su mujer volvió a aparecer orbitando. Y la miró. Sabía que odiaba orbitar, que acababa con naúseas y con sabor metálico en la boca.
El dios no sabia como preguntar, como hablar.- ¿Que has hecho?-
Perséfone miró hacia su marido. -He hecho lo que ella me ha pedido. Le he dado paz. Cuando destruiste su árbol, yo la reencarné en otro álamo, plantado al lado de la laguna Estigia. Ahora estará siempre allí, con paz y sin dolor.-
El señor de los muertos notó una incómoda sensación en su pecho. ¿Cómo podía ella ser tan perfecta?¿Qué había hecho para merecerla?. Se acercó a ella y la abrazó.- No te merezco-
La diosa de ojos azules sonrió, mientras enterraba su cabeza en su pecho.- Si que me mereces. Te mereces todo lo bueno que ha llegado a tu vida.-
El dios no podía con el torrente de sensaciones que inundaban su pecho. Seguía estando en la sala del trono, y aquello era más incómodo de lo que estaba dispuesto a reconocer. Apretó con más fuerza a Perséfone y habló, con su humor sarcástico habitual, sólo para escapar de unos sentimientos incomodos.
-Espero que Menta no venga pidiendo ayuda, porque no se de lo que serás capaz.-
Perséfone soltó una carcajada.- No me faltan ganas de convertirla en una macetita y ponerla en la mesilla de nuestra habitación, para que nos vea cada noche.-
Hades apretó más a Perséfone si era posible. -¿ sabes que solo te quiero a ti verdad?-
La diosa rió.- Pues claro que lo sé tonto. Si no lo supiera, ya te habría convertido en árbol a ti también.-
El dios de pelo de fuego sonrió.- Tienes un aspecto horrible después de invito a cenar. Con botella de vino caro del Inframundo incluida. De esas que cuando eras mortal te hacían tomar malas decisiones.-
-¿ De las que te sueltan la lengua y acabas confesando sentimientos inconfesables?- Rió la diosa.
-De esa mismo, de las que dan resaca a los dioses pero no pueden fastidiarnos el hígado porque somos inmortales.-
Y abrazados tras esa extraña situación, caminaron hacia el comedor.
Hola de nuevo! Parece que estoy algo inspirada, me apetecía hacer un capítulo de esto, que lo tenia algo olvidado desde hace unos años. Saludosssss
