Ni Marvel ni High School DxD son de mi propiedad, pertenecen a sus respectivos autores. Yo hago esto sin ánimo de lucro, solo para pasar el rato. Este fic contiene/contendrá violencia, palabrotas y demás cosas. Leedlo bajo vuestra responsabilidad, que yo ya lo he puesto en categoría M.

—comentarios.

pensamientos.

—*hablando por teléfono, comunicador, etc.*

—[Ddraig, Albion, etc.]


Capítulo 11:

SIGUIENDO PISTAS


El sol se alzaba lentamente sobre el cielo de Kuoh, tiñendo de dorado los edificios aún somnolientos. Aunque el cielo se mantenía despejado, el ambiente arrastraba una humedad densa, pegajosa, de esas que hacen que el cuello de la camisa se adhiera a la piel y las ideas tarden en encontrar su forma.

Habían regresado al parque con los ánimos templados por el descanso, la mente despejada y la determinación afilada. Lavinia, con su bastón mágico en mano, fue la primera en moverse, colocando cristales de canalización a lo largo de los márgenes del parque. Natsume y Shigune la secundaron, delimitando la zona en la que sospechaban que Raynare pudo haber caído tras el ataque. Tobio se agachó en silencio junto a uno de los bancos del parque, posando la yema de los dedos sobre una zona de tierra removida. No quedaban rastros visibles a simple vista. Si bien la noche anterior habían revisado los alrededores con magia, con detección de auras, con talismanes de rastreo y todo tipo de métodos sobrenaturales al alcance del grupo, todos ellos se habían estrellado contra un muro de nada. Aún así decidieron volver a probar, por si se les había escapado algo la noche anterior.

—¿Nada? —preguntó finalmente Kouki, tras unos minutos de silencio incómodo.

Lavinia chasqueó la lengua, agachándose junto a una raíz parcialmente expuesta de uno de los árboles más viejos del parque.

—Nada relevante. El flujo mágico aquí es normal. Demasiado normal, diría yo. —Alzó la mirada hacia el cielo, meditando—. O bien no hubo ningún combate mágico, o algo muy potente lo bloqueó todo.

Sae, sentada sobre un banco cercano con su libreta de notas en mano, repasaba diagramas de análisis energético sin mucho entusiasmo.

—Si Raynare llevaba un inhibidor de poderes, es lógico. No habría residuos mágicos, ni de ella ni de su atacante.

—¿Y físicos? —inquirió Shigune mientras removía con cuidado parte del césped en un rincón apartado del parque—. Sangre, fibras, cualquier cosa…

—Dos meses —respondió Sae—. Dos malditos meses. Han limpiado, ha llovido, han pisoteado esta zona miles de veces. No esperes encontrar pelos o fibras. Lo raro sería que quedara algo.

Durante horas, el equipo recorrió cada palmo del lugar. Inspeccionaron arbustos, bancos, papeleras, incluso las ramas bajas de los árboles, buscando cualquier indicio: una prenda rasgada, una marca de lucha, algo. Pero todo estaba inmaculado, como si nada hubiese ocurrido jamás.

El segundo día transcurrió con una tónica similar. Se dividieron para peinar no solo el parque, sino también calles aledañas, callejones, zonas de carga y descarga de comercios. Se valieron de hechizos de detección de emociones residuales, de cambios en la densidad mágica ambiental, incluso de maldiciones sensoriales que detectaban traumas o enfrentamientos ocurridos en el pasado reciente. Nada.

—Esto es absurdo —masculló Kouki el segundo atardecer, sentándose en los escalones de una fuente del parque—. Parece que estemos buscando a un fantasma.

—En cierto modo, lo hacemos —replicó Tobio con calma—. Un ángel caído con sus poderes anulados y que desaparece sin dejar rastro. Casi lo mismo.

—Es frustrante —añadió Natsume, limpiándose el sudor de la frente—. Todo lo que sabemos nos lleva aquí, y aquí no hay absolutamente nada.

Lavinia se mantenía en silencio, absorta en un hechizo de rastreo que mantenía suspendido entre sus manos, pero incluso ella terminó por suspirar.

—Nada mágico. Nada físico. Nada anormal. Como si la Tierra misma se hubiese tragado a Raynare.

Tobio alzó la vista, contemplando el ocaso que teñía de anaranjado los contornos del parque. Sabía que aquel lugar había sido testigo de algo terrible, algo que en su momento alteró el rumbo de más de una vida. Y sin embargo, ahora no quedaba nada. Ni una señal. Ni una prueba. Solo un nombre y una pregunta sin respuesta.

—Mañana cambiaremos de método —anunció entonces, con voz firme—. Lo lógico ha fallado. Es hora de volver a lo básico.

—¿A lo mundano, te refieres? —preguntó Sae, alzando una ceja.

—Exacto. Cámaras de seguridad. Registros de vídeo. Tal vez incluso entrevistas. Todo lo que el mundo normal pueda ofrecernos. No será rápido, ni fácil, pero al menos… es algo. Nos dividimos. Comercios, estaciones, calles. Seguid la ruta lógica desde el centro comercial donde empieza la cita, hasta aquí. Usamos magia de manipulación para acceder, pero con cuidado. No debemos dejar rastro.

—Ni despertar alarmas —remató Samejima, que ya se ajustaba la chaqueta como quien se prepara para una jornada larga.

No era una victoria. Ni siquiera un avance. Pero era una nueva dirección. Y, en su mundo, eso ya era más que suficiente para seguir adelante. El día siguiente comenzó con el grupo centrado en el nuevo modo de investigación, aunque curiosamente era el clásico de toda la vida.

XXXXX

La luz del verano comenzaba a colarse a través de las cortinas del pequeño apartamento donde se alojaba el equipo Slash/Dog. Aún era temprano, pero el calor empezaba a presionar con esa insistencia húmeda y pegajosa tan propia de julio. Tobio ya estaba despierto. Se encontraba en la pequeña mesa del comedor con una taza de café medio frío entre las manos, leyendo por enésima vez las escuetas notas del día anterior. A su alrededor, el murmullo perezoso de los demás desperezándose lentamente llenaba el ambiente de una calma silenciosa antes del esfuerzo.

—Ha llegado —dijo Sae en cuanto entró en la estancia, sosteniendo una pequeña tableta entre las manos—. El software de Grigori, justo como pedimos anoche. Lo han adaptado para que reconozca facciones incluso bajo ilusiones débiles o cambios menores de apariencia.

—¿Y qué margen temporal tenemos disponible? —preguntó Tobio, dejando la taza a un lado.

—Desde el diez de mayo hasta hoy. Lo he cargado ya con las imágenes de Raynare. Incluidas las últimas tomas confirmadas de cada uno en la base de Grigori. Hará un escaneo transversal de las bases de datos municipales de seguridad, además de cámaras privadas de tráfico, bancos, centros comerciales y edificios institucionales.

—¿Y cómo accederemos a esos registros sin levantar sospechas? —preguntó Natsume, entrando en la habitación con una coleta desordenada y un yogur a medio abrir en la mano.

Lavinia apareció justo detrás, sonriendo levemente.

—Como siempre: con tacto. Si no hay supervisión humana directa, bastará con una presencia sutil en el sistema. Y si hay vigilancia física, usamos manipulación ligera. Nada invasivo, solo lo justo para que nos abran la puerta y luego olviden habernos visto.

—No me gusta hacer esto a civiles —masculló Samejima mientras se ajustaba la camiseta con gesto hosco—, pero si sirve para dar con esa mujer, que así sea.

—Buscamos a Raynare —repasó Tobio, sentándose frente al ordenador central que habían instalado el primer día—. Si ha pisado la zona urbana antes de desaparecer, alguien la habrá grabado. Aunque lleve ropas humanas o se oculte bajo ilusiones. El software es sensible a su estructuras óseas y patrones mágicos residuales.

Sae asintió y comenzó a distribuir tareas. Natsume y Shigune se encargarían de las cámaras privadas de las calles comerciales, bancos y grandes almacenes. Lavinia y Samejima revisarían las bases de datos públicas mediante enlaces mágicos camuflados. Tobio, por su parte, actuaría como nexo central y verificaría los resultados que el programa fuera filtrando.

El trabajo era tedioso. Los ojos se perdían entre una sucesión inacabable de caras humanas, de paseantes anónimos, escolares, turistas y trabajadores con prisas. Había que mirar uno por uno, aunque el software ayudase a marcar con puntos rojos las coincidencias parciales. La mayor parte eran errores: parecidos, sombras malinterpretadas, rostros parcialmente ocultos.

Pasaron las horas entre sorbos de café y resoplidos de frustración. El reloj superó las once y seguían sin encontrar nada relevante. Incluso Lavinia, por lo general serena, comenzaba a mostrar una impaciencia apenas contenida.

—¿Y si nunca se dejó grabar? —sugirió Shigune en voz baja—. Quizá usó rutas laterales, zonas rurales… o una ilusión más potente de lo que pensábamos.

—Quizá. Pero lo intentaremos un poco más —respondió Tobio sin apartar los ojos de la pantalla.

Y entonces, sin previo aviso, sonó un leve pitido desde la consola principal. Sae alzó la mirada primero, con las cejas enarcadas.

—¿Coincidencia?

—Sí… parcial. Pero el algoritmo le ha dado un noventa por ciento de fiabilidad. Suficiente como para investigarlo.

Todos se acercaron, concentrados.

La imagen era de un cruce peatonal en el centro de Kuoh, tomada desde una cámara de tráfico. Entre la multitud, una figura femenina cruzaba con paso ligero. Iba vestida con un uniforme escolar local —falda oscura, blusa blanca de manga corta, mochila en la espalda—. El rostro no era perfectamente visible, pero el escáner había captado los contornos del rostro, el patrón de movimiento, y un leve eco mágico en la zona del cuello.

—¿Raynare…? —susurró Natsume, acercando el rostro a la pantalla.

—Es ella —confirmó Lavinia tras unos segundos de análisis propio—. Disfrazada, pero no lo suficiente como para escapar a este sistema. Grigori ha hecho un buen trabajo. Y nosotros también.

—¿Hora y día? —preguntó Tobio.

—Veintiséis de mayo. Justo después del mediodía.

—El mismo día de su desaparición —dijo Samejima con tono grave—. Esta es la pista que buscábamos.

Sae ya había empezado a rastrear las cámaras cercanas al cruce. La ciudad estaba bien equipada: había tiendas, cafeterías, bancos y varios pasos de cebra con grabación continua. Con algo de paciencia, podrían reconstruir todo su trayecto. Paso a paso. Cámara a cámara.

—Bien —dijo Tobio, más serio que nunca—. A partir de aquí, no nos separamos de su sombra.

La investigación tomaba un nuevo rumbo. Y esta vez, el rastro era real. El reloj marcaba las doce y cuarto cuando volvieron a concentrarse frente a las pantallas. La imagen de Raynare, captada en mitad del cruce de Shimo-Kuoh, aún flotaba suspendida como una ventana al pasado. No había dudas: la postura altiva, el contoneo sutil, incluso disfrazada bajo el uniforme escolar típico de la región, era ella.

—Bien, retrocedamos dos minutos —ordenó Tobio—. Veamos de dónde vino.

Sae tecleó sin decir nada, y la grabación retrocedió hasta mostrar a la figura femenina doblando la esquina de una calle lateral. Una pequeña tienda de conveniencia se alzaba justo en esa esquina, y sobre su tejado, una cámara apuntaba hacia la acera.

—Perfecto —dijo Lavinia—. Voy a conectar con el sistema de seguridad de esa tienda. Es probable que la tenga grabada desde más cerca.

Con un movimiento ágil de los dedos y un encantamiento susurrado en italiano, la bruja estableció un vínculo fugaz con la red interna del establecimiento. Al otro lado del sistema, un dependiente bostezaba frente al mostrador sin notar nada. La manipulación era leve, solo lo justo para que no se percatase de que un archivo se estaba extrayendo del registro de vídeo.

—Aquí está —anunció Lavinia al cabo de unos segundos—. Grabación de las doce del veintiséis de mayo.

En la pantalla apareció Raynare caminando sola por la acera. El disfraz era impecable: pelo recogido en una coleta floja, mochila normal, expresión neutra, pasos relajados. Nada de su porte habitual, nada de alas negras ni esa sonrisa cruel que solía mostrar. Pero sus ojos… sus ojos no mentían. Fríos, calculadores. Observaban todo mientras fingía ser una adolescente más.

—No se comporta como alguien que esté huyendo —comentó Samejima—. Camina como si estuviese en control total.

—Probablemente aún no había decidido atacar —dijo Natsume—. O quizá ya lo tenía planeado, pero aún no había encontrado el momento.

—¿Veis eso? —preguntó Shigune, señalando el reflejo en la vitrina de la tienda—. No va sola.

En el reflejo borroso del cristal, apenas perceptible, podía distinguirse la silueta de otra figura, masculina, caminando unos metros detrás. No había detalles, solo una sombra. Pero suficiente para despertar el interés de todos.

—No podemos confirmarlo —dijo Sae, ampliando la imagen sin demasiado éxito—. Podría ser cualquier peatón. Aunque… no parece seguir el ritmo natural de los transeúntes.

—Apúntalo igual —dijo Tobio—. Lo incluimos en las notas. Ahora, sigamos. ¿A dónde fue después?

Poco a poco, fueron encadenando grabaciones. Primero desde otra cámara en la misma calle, después desde una sucursal bancaria cuya entrada captaba parte de la acera. Las tomas eran de ángulos diferentes, pero servían para trazar una línea clara: Raynare caminaba con rumbo definido, sin detenerse, sin perder tiempo. No miraba escaparates ni respondía a su móvil. Su objetivo parecía claro desde el primer momento.

—Aquí cruza hacia el centro comercial de Kuoh —anunció Sae, señalando una cámara de tráfico situada en el cruce principal.

El centro comercial, un edificio moderno de cuatro plantas, albergaba decenas de tiendas, restaurantes y cines. Era un punto habitual para citas juveniles. El software marcó una nueva coincidencia unos minutos después: Raynare entrando por una de las puertas laterales, eran poco más de las cinco de la tarde.

—Eso no es normal —comentó Natsume con el ceño fruncido—. ¿Habéis visto cómo mira? No está explorando el lugar, está… esperando.

—¿Una cita? —aventuró Samejima, entre incrédulo y divertido.

—Parece que sí —añadió Lavinia, ampliando el plano justo cuando otra figura masculina aparece en el borde del encuadre, caminando en dirección a Raynare.

El chico era joven, claramente un estudiante de instituto. Iba vestido con el uniforme masculino del Kuoh Gakuen, la mochila aún colgada de un solo hombro y una expresión ilusionada en la cara. Nada destacaba en él… excepto su ignorancia.

—¿Quién es ese? —preguntó Sae—. No lo tenemos registrado.

—No lo sé —murmuró Tobio—. Pero parece que vino directamente a encontrarse con ella. No hay duda: la cita es con él.

El vídeo continuó. Raynare le recibió con una sonrisa amplia, casi dulzona, impropia de ella si uno pensaba en los informes que Grigori había recopilado sobre su carácter. Se le abrazó por un instante breve, casi tímido, y luego ambos entraron juntos en el edificio. La puerta se cerró detrás.

Un silencio breve se instaló en la sala. Los miembros del grupo se miraron entre sí, sin saber del todo qué pensar.

—¿Una cita real o una trampa desde el principio? —preguntó Natsume.

—Conociendo a Raynare… apuesto por lo segundo —respondió Lavinia, cruzándose de brazos—. Aunque se metió tanto en el papel que da miedo. Si no la conociésemos, yo misma habría pensado que era una adolescente más.

—¿Y el chico? —preguntó Shigune, preocupada—. ¿Hay algún desaparecido?

Tobio negó lentamente con la cabeza.

—No nos consta ninguna desaparición ese día. Pero hay algo que no encaja. Si esto fue el preludio del ataque, entonces él podría haber sido la víctima. O uno de ellos.

—¿Y si no lo mató? —añadió Sae en voz baja—. ¿Y si lo dejó con vida?

—Entonces puede que él tenga las respuestas que buscamos —murmuró Tobio—. Pero primero, vamos a seguir el rastro. Todavía tenemos horas de grabación por delante.

El grupo se dividió las tareas. Sae, Lavinia y Natsume comenzaron a rastrear las cámaras internas del centro comercial, mientras Tobio, Samejima y Shigune se ocuparon de comprobar las salidas y accesos exteriores. Querían asegurarse de seguir los pasos de la pareja desde que entraron hasta que abandonaron el lugar. Quizás, pensaban, podrían determinar cuánto tiempo pasaron juntos y si alguien más los siguió.

El centro comercial no era especialmente grande, pero contaba con una distribución lo bastante enrevesada como para complicar el rastreo. Afortunadamente, el sistema de cámaras del edificio era decente y las grabaciones de aquel día aún se conservaban. Tras aplicar el programa de Grigori en cada feed, y con una buena dosis de paciencia, comenzaron a obtener resultados.

—Ahí están —dijo Lavinia con suavidad, señalando una pantalla donde aparecían Raynare y el chico cruzando el pasillo principal—. Planta baja, galería central, dirección norte.

Sae, que estaba conectando otros puntos de grabación, asintió.

—Pasaron por delante de varias tiendas de ropa, pero no entraron. Ella le estaba hablando… parece entretenida, incluso animada.

—Qué buena actriz —comentó Natsume, mirando con desagrado la expresión de la ángel caída—. Si no supiéramos quién es, diría que está enamorada.

—¿Están yendo hacia la zona de restauración? —preguntó Shigune, acercándose a observar mejor.

—Sí. Veamos si paran a comer algo.

Otra cámara mostró a la pareja subiendo por las escaleras mecánicas. Raynare iba delante, girándose de vez en cuando para decir algo, y el chico reía con nerviosismo. La actitud de ambos no dejaba lugar a dudas: se trataba de una cita bien construida, como si fuera parte de una rutina normal entre adolescentes.

—Está perfectamente integrada en el papel —murmuró Tobio—. Esto no parece una misión, parece una distracción para ella.

—O una trampa tan elaborada que bordea lo personal —añadió Lavinia, con el ceño fruncido.

Las cámaras del segundo piso los captaron sentándose en una pequeña franquicia de bebidas heladas, al borde de la zona de restauración. La cámara de seguridad del local enfocaba de forma oblicua, pero lo suficiente para verles frente a frente, con un par de vasos grandes y coloridos sobre la mesa.

—Diecisiete y veinte —anunció Sae, marcando la hora del nuevo archivo—. Estuvieron allí casi media hora.

Durante ese tiempo, el grupo de Slash/Dog observó cómo Raynare se mostraba risueña, conversadora, incluso juguetona. Tocaba su cabello de forma sutil, se inclinaba hacia el chico al hablar, reía con gestos breves. Era una escena típica de una cita adolescente.

—Pero eso no es solo una actuación —dijo Natsume, entornando los ojos—. Se está divirtiendo. No está fingiendo tanto como creemos.

—Puede que le gustase el papel más de lo esperado —sugirió Shigune, en voz baja.

—¿Puede que dudase al final? —preguntó Lavinia, sin mucho convencimiento.

—O puede que no tuviera intención de matarlo en ese momento —replicó Tobio—. Quizá estaba ganando su confianza para hacerlo después. Con calma. Con estrategia.

El vídeo los mostró levantándose y bajando de nuevo a la planta baja, sin prisas. Raynare se agarró brevemente del brazo del chico mientras caminaban hacia la salida este del edificio.

—¿Esa es la puerta que da hacia el parque? —preguntó Tobio.

Sae confirmó con un gesto.

—Sí. Si siguen ese camino, en diez minutos estarían en la zona norte del parque municipal. Por esa hora ya empieza a anochecer.

—Justo como pensábamos.

Volvieron a dividirse: ahora tocaba buscar cámaras de la vía pública que cubrieran ese trayecto. No sería tan fácil como en el centro comercial, pero contaban con el patrón de movimiento y la franja horaria. También sabían en qué estado de ánimo estaba Raynare, lo que, curiosamente, ayudaba a afinar su ruta.

—Puede parecer exagerado —murmuró Lavinia mientras tomaba nota—, pero las emociones condicionan el camino que uno elige. Si vas a matar a alguien, no paseas entre luces ni buscas calles transitadas.

—Y si estás jugueteando con tu víctima, quizás sí —replicó Shigune—. Le haces sentir cómodo, le haces pensar que no hay peligro. Que eres solo una chica guapa con interés.

Tobio se incorporó del asiento, estirando los brazos con suavidad.

—Vamos a por la segunda parte. A ver hasta dónde la seguimos antes de que desaparezca.

El seguimiento desde el centro comercial hasta el parque fue más laborioso, aunque menos revelador. A través de cámaras de tráfico, escaparates de tiendas, una farmacia con sistema de vigilancia propio y un par de cámaras municipales, el grupo de Slash/Dog logró trazar el recorrido de la pareja casi sin interrupciones.

La figura de Raynare —aún disfrazada de estudiante, con su andar ligero y expresión despreocupada— se mantenía constante. A su lado, el muchacho se mostraba nervioso pero sonriente, claramente entregado a la ilusión de la cita. Caminaban despacio, tomándose su tiempo, deteniéndose incluso ante algún escaparate. Nada parecía fuera de lugar. Todo estaba cuidadosamente diseñado para parecer real. Cuando la última cámara captó a la pareja cruzando el paso de cebra hacia el acceso norte del parque, el rastro se cortó.

—A partir de aquí, se acabó la vigilancia digital —dijo Sae, apagando la pantalla—. No hay cámaras dentro del parque ni en sus accesos secundarios.

—Ni falta que les hacía —añadió Natsume—. Si planeaba matarlo, lo habría llevado justo a donde no pudieran verlos.

—Pero ella no esperaba acabar capturada —recordó Tobio, cruzado de brazos—. Si es que realmente fue capturada.

—Solo hay una forma de saberlo.

El grupo se levantó casi al unísono, y poco después estaban saliendo del edificio, con el calor del mediodía filtrándose ya entre las calles. Volvían al parque, una vez más, pero ahora con una nueva perspectiva. Ya no iban a ciegas: sabían exactamente hasta dónde había llegado Raynare, y ese punto, esa franja exacta entre el mundo cotidiano y la emboscada, era donde volverían a buscar.

XXXXX

La mañana había avanzado sin sobresaltos, y ahora el grupo se hallaba de nuevo en el mismo parque que habían recorrido días atrás, pero esta vez con una nueva perspectiva. El calor comenzaba a asentarse entre las copas de los árboles, y una ligera brisa arrastraba el olor característico de los parterres urbanos: mezcla de césped recién segado, polvo y restos de polen seco. Era un lugar público, familiar para los vecinos del distrito, pero para el equipo Slash/Dog, aquel entorno se había convertido en un escenario donde el disfraz de lo cotidiano ocultaba una tragedia silenciosa.

Tobio se detuvo al pie del sendero de grava que nacía desde el acceso norte del parque, el mismo por el que Raynare —con su apariencia de adolescente y disfraz de colegiala— había entrado, según las grabaciones recuperadas. Se permitió un momento de pausa antes de avanzar. Shigune caminaba a su lado, con un pequeño bloc de notas donde ya había apuntado referencias y coordenadas visuales de los vídeos. Natsume, con el ceño ligeramente fruncido, escaneaba visualmente cada banco, cada farola, cada cruce de caminos con una atención casi quirúrgica. Lavinia iba unos pasos detrás, como si su ritmo estuviera sincronizado con algo más arcano. Shigune repasaba su libreta mientras avanzaban por el sendero principal del parque.

—La grabación la muestra llegando con él —murmuró, marcando la hora con el bolígrafo—. Parecían estar de cita. ¿Creéis que él era el objetivo desde el principio?

—Eso, o fue elegido por oportunidad —dijo Natsume, pensativa—. Aunque tal vez ella ya lo conocía de antes. No lo sabemos.

—De lo que sí podemos estar seguros —añadió Samejima— es de que él estaba con ella cuando entraron en el parque. Y que ahora no hay rastro de ninguno de los dos.

El parque no ofrecía nada en apariencia. Las bancadas estaban ocupadas por jubilados leyendo el periódico, adolescentes trasteando, madres que intentaban mantener a sus hijos dentro de los límites del césped. Todo demasiado vivo, demasiado ruidoso, demasiado... normal. Justo lo que dificultaba una investigación que pretendía desentrañar un suceso enterrado dos meses atrás.

—Recordad que estamos hablando de dos meses de erosión ambiental —comentó Sae, que se había adelantado para revisar la zona de una pequeña glorieta—. Esto ya no es una escena del crimen, es un terreno corroído por el tiempo y el uso. Si buscamos rastros físicos, necesitamos pensar en lo que pudo haber perdurado: marcas en superficies duras, alteraciones en mobiliario, anomalías estructurales.

—O simplemente errores humanos en la rutina del lugar —añadió Natsume—. Algo que no cuadre con lo que debería estar.

El grupo recorrió los senderos más frecuentados por peatones, repasaron visualmente las farolas por si alguna había sido sustituida tras un daño no documentado, y examinaron bancos y estructuras de madera por si existían arañazos o quemaduras mínimas que hubieran pasado desapercibidas. Pero no hallaron nada concluyente.

En una bifurcación del sendero principal, Tobio se detuvo ante un pequeño cartel metálico oxidado, que indicaba la dirección de la salida sur. Se inclinó ligeramente, observando el suelo de grava a sus pies, y luego el arbusto más cercano. Algunas ramas habían sido claramente recortadas con tijeras de poda recientes.

—Demasiado limpio —murmuró—. Esto lo han arreglado hace poco.

—Podría ser mantenimiento rutinario —respondió Sae, revisando sus notas—. O puede que haya habido alguna alteración y lo hayan corregido para evitar preguntas.

No era una prueba. Ni siquiera una sospecha clara. Solo una acumulación de pequeños detalles que, por sí solos, carecían de valor, pero que empezaban a generar una atmósfera turbia. Una intuición que flotaba en el aire como una bruma invisible.

Lavinia cerró los ojos un instante, apoyando una mano sobre el tronco de un árbol cercano. No buscaba magia —porque ya sabían que no había nada—, sino silencio. Recuerdo. El peso invisible del lugar. Cuando volvió a abrir los ojos, los tenía más serios que de costumbre.

—Aquí fue donde algo se rompió —dijo en voz baja—. No físicamente. Pero alguien murió. O estuvo a punto. Y quien estuvo aquí... ya no lo está.

Tobio asintió. No necesitaba pruebas tangibles para aceptar esa impresión. Sabía leer los silencios de Lavinia, y esa afirmación bastaba.

—Creo que es hora de dejar lo físico —concluyó él, con voz firme—. Vamos a revisar los alrededores del parque. Cámaras de tráfico, grabaciones periféricas, cualquier cosa que nos muestre lo que ocurrió después. Aunque solo sea un segundo. Una sombra. Un movimiento.

El grupo asintió en silencio. Había que salir del parque. Pero no del caso. La búsqueda se trasladó a las inmediaciones. El grupo se dividió con discreción, cuidando de no levantar sospechas ni alterar el flujo normal de la ciudad. Tobio y Lavinia caminaron juntos hacia la avenida más cercana, mientras que Sae, con su aire metódico, se dirigió al pequeño puesto de vigilancia municipal que habían identificado previamente en el plano urbano. Natsume, Shigune y Samejima tomaron rutas opuestas, escudriñando cafeterías, negocios y cualquier edificio que pudiera albergar una cámara de seguridad externa.

El sol ya estaba alto, y el calor comenzaba a apretar. Las sombras se recogían contra las paredes, y los comercios, con sus toldos aún extendidos, se preparaban para la lenta actividad del mediodía. Fue en ese contexto —entre la normalidad de la ciudad y la tensión de su misión— donde se produjo el primer pequeño avance.

Sae, tras acceder con sutileza mágica a los sistemas de grabación de la caseta de vigilancia, se encontró con que las grabaciones no llegaban tan atrás como esperaban. Las cintas se sobrescribían cada treinta días, una práctica común. Frunció el ceño. No era inesperado, pero no dejaba de ser frustrante.

—Nada útil aquí. Seguimos —informó con brevedad a través del canal telepático que mantenían enlazado con magia.

Tobio, por su parte, había logrado entrar en contacto con el encargado de seguridad de una tienda de electrónica justo al borde del parque. Un hombre mayor, afable, aunque claramente aburrido de su rutina diaria. Bastó un leve susurro, un gesto con los dedos, y su mente quedó suavemente guiada por la magia de Lavinia, que sonrió con calidez mientras el hombre les permitía revisar los registros antiguos sin hacer demasiadas preguntas.

Las grabaciones eran numerosas, y la resolución no siempre ayudaba. Durante horas, el equipo fue reagrupándose por turnos, alternando vigilancia y análisis, rastreando cada minuto grabado durante la última semana de mayo. Fue un trabajo agotador. Lento. A veces desesperante.

—Volvamos a dividirnos —ordenó Tobio—. Y esta vez, preguntad también por cámaras privadas. Algunas viviendas pueden tener sistemas externos.

El sol ya comenzaba a inclinarse en el cielo cuando llegaron a la siguiente pista. Una cámara exterior de una pequeña papelería captó a la pareja a escasos metros del acceso norte al parque. La hora era coherente: algo pasadas las seis de la tarde. Raynare seguía sonriendo. El muchacho parecía nervioso, pero complacido. Y tras eso… nada. Las cámaras dejaban de captarlos. El parque se tragaba la historia.

—Las grabaciones posteriores al atardecer —añadió Sae—. Necesitamos al menos una imagen de lo que salió del parque.

Como si el destino les respondiera, fue Natsume quien, poco antes de caer la tarde, dio con algo.

—Venid a ver esto —avisó por el canal mental.

Se habían acercado a una tienda de conveniencia situada en una esquina opuesta al parque. La cámara de seguridad estaba orientada hacia la calle, no hacia el parque en sí, pero captaba un tramo del camino que conectaba con una de las salidas traseras. En la grabación, pasada ya la hora en que estimaban que el ataque habría tenido lugar, un vehículo todoterreno oscuro, de cristales tintados, se desplazaba lentamente frente a la tienda. Se detenía un instante. Luego seguía.

—No tenemos matrícula —gruñó Samejima—. ¿Es legal tener cristales tintados así?

—En Japón no tanto —respondió Sae—. Pero algunos vehículos gubernamentales o de seguridad privada sí los llevan.

—¿Hora? —preguntó Tobio.

—Veinte minutos después de la última grabación donde se les vio a ambos —respondió Lavinia—. Y no hay nadie más caminando por esa calle a esa hora. Ni antes, ni después.

—¿Alguien vio a Raynare salir del parque?

—No. Y si iba dentro de ese vehículo, no lo sabríamos.

El silencio se volvió denso.

—¿Y si no salió por su propio pie?

Tobio no respondió de inmediato. Solo miró fijamente la pantalla. Luego asintió.

—Entonces eso es lo que vamos a investigar.

El reloj marcaba casi las siete y media cuando el grupo se volvió a reunir cerca de la estación de tren más próxima al parque. Estaban sentados en los bancos de una pequeña plaza, rodeados por el murmullo constante de la ciudad en movimiento. A esa hora, familias con niños, oficinistas en pausa y ancianos charlando llenaban el ambiente con una normalidad que chocaba con el trabajo silencioso que habían llevado a cabo todo el día.

—No tenemos matrícula, no tenemos conductor, no tenemos imagen de la parte trasera —resumió Natsume, rascándose el cuello con fastidio—. Solo un vehículo que podría haber estado en el lugar justo en el momento justo.

—Y sin embargo —dijo Sae, abriendo la pequeña libreta donde había ido anotando cada pista—, es lo más cerca que hemos estado de saber qué le ocurrió después de entrar al parque. Si salió por su propio pie o no, sigue siendo un misterio. Pero si ese coche tiene algo que ver… no lo vamos a dejar pasar.

Tobio, que permanecía de pie junto a la barandilla que delimitaba la plaza, observaba el cielo con expresión impasible. Las nubes comenzaban a teñirse con los tonos cálidos del atardecer. Durante un largo momento, no dijo nada.

—¿Y si la estaban esperando? —preguntó finalmente—. ¿Y si la cita con el chico no era más que la excusa para atraerla a un sitio donde no pudiera defenderse?

—Tendría sentido, llevaban el inhibidor de poderes —dijo Lavinia, sin levantar la vista del termo de té frío que sostenía entre las manos—. Podría haber sido una emboscada… pero entonces, ¿por qué no hubo señales de lucha? ¿Por qué nadie vio nada?

—Porque no querían que se viera nada —dijo Shigune, con la voz más apagada de lo habitual—. Sea quien sea, lo hizo bien. Demasiado bien.

Samejima se frotó la frente con ambas manos y luego gruñó:

—¿Y qué hacemos con ese coche? ¿Buscar todos los vehículos similares en la ciudad?

—Lo he pensado —respondió Sae—. Pero no tiene sentido ir a ciegas. Hay cientos de todoterrenos con cristales tintados. Lo más probable es que no esté registrado de forma oficial, o que se haya usado solo para esto y luego haya desaparecido.

—Entonces, ¿qué? —preguntó Natsume, con una nota de impaciencia.

Tobio se giró hacia ellos. Su voz fue calma, pero con ese tono que siempre marcaba el rumbo.

—No lo descartamos. Nos quedamos con el modelo, la hora, la zona. Si vuelve a aparecer en alguna grabación más adelante, sabremos que estamos en lo cierto. Por ahora, nos toca rebuscar aún más.

—¿Cómo? —dijo Samejima.

—Las grabaciones de tráfico —intervino Lavinia—. Las públicas. Podríamos pedir acceso a Shemhazai, o... actuar por nuestra cuenta.

—Ya sabéis mi voto —dijo Natsume, alzando una ceja—. Cuanto menos tengamos que esperar autorizaciones, mejor.

—Yo estoy de acuerdo —añadió Shigune—. Hemos perdido ya demasiado tiempo. Y alguien que secuestra a un ángel caído con inhibidor y desaparece sin dejar rastro no va a esperarnos.

—Entonces —concluyó Tobio—. Esta noche descansamos. Mañana empezamos a rastrear el trayecto del coche desde el parque hacia cualquier otra zona donde haya pasado. Si tenemos suerte, podremos seguirlo hasta donde se detuvo.

El grupo asintió. No era mucho, pero era algo. A veces, una sola pista podía abrir puertas inesperadas. Y aunque estaban agotados, nadie estaba dispuesto a rendirse todavía.

Mientras el cielo oscurecía del todo y las luces urbanas empezaban a dibujar la silueta nocturna de la ciudad, cada uno emprendió el camino de regreso a su alojamiento, en silencio, con la imagen de aquel vehículo oscuro grabada en la memoria. Un coche sin rostro. Sin dueño. Y tal vez, con una respuesta dentro.

XXXXX

La mañana amaneció con un cielo grisáceo y un aire cargado de humedad, presagio de una posible tormenta que aún no se decidía a caer. A pesar del bochorno, el ambiente en la sala de reuniones provisional que habían montado en la pequeña posada donde se hospedaban era sobrio, metódico.

Tobio estaba ya despierto desde hacía rato, inclinado sobre la mesa mientras repasaba las notas de los últimos días. El portátil que Sae había dejado abierto emitía un tenue resplandor azulado. Sobre la pantalla, congelada, la imagen del todoterreno avanzando lentamente por las inmediaciones del parque a las 21:43 de la noche del ataque. A pesar de la escasa iluminación y los cristales tintados, la imagen era nítida dentro de lo posible.

Lavinia entró en la sala descalza, con una taza de té humeante entre las manos y su melena recogida de manera improvisada con un lápiz. Pese a la expresión relajada, sus ojos estaban alerta.

—¿Has dormido algo? —preguntó, dejándose caer en un futón junto a él.

—Lo justo para que la cabeza no estalle —respondió Tobio sin levantar la mirada—. Me he estado preguntando hacia dónde pudo ir ese coche. No salió en ninguna otra cámara de la zona cercana al parque.

—Lo que nos deja dos posibilidades —murmuró Lavinia, dándole un sorbo al té—. O giró hacia una calle sin vigilancia… o alguien borró su paso del resto de grabaciones.

Poco después, los demás comenzaron a aparecer uno a uno. Natsume con una bolsa de bollería recién traída de una panadería cercana; Shigune bostezando y atándose el cabello con una goma; Samejima arrastrando los pies con una expresión que pedía café y respuestas.

Sae fue la última en llegar, con su tablet en mano y el cabello aún húmedo de la ducha. Sin sentarse siquiera, la conectó al monitor principal de la sala.

—He recopilado todas las cámaras de tráfico activas en un radio de dos kilómetros alrededor del parque —anunció—. Algunas son del ayuntamiento, otras privadas, y he conseguido acceso gracias a un encantamiento de sugestión sobre dos técnicos municipales. No se acordarán de nuestra visita.

—¿Has empezado a revisar? —preguntó Natsume, ya con una magdalena a medio comer.

—Apenas. Pero si seguimos un esquema lógico de posibles rutas de salida, podemos cubrir más terreno. El vehículo no iba deprisa, eso es lo único a nuestro favor.

El grupo se organizó con rapidez. Dividieron la ciudad en sectores, estableciendo horarios de aparición y desaparición del todoterreno. Cada miembro tomó un bloque de grabaciones y comenzó la ardua tarea de observar vídeo tras vídeo, en busca de una silueta reconocible.

Las horas fueron pasando entre clics, retrocesos y suspiros. A ratos, se escuchaban frases sueltas:

—Nada por aquí. Solo un repartidor y dos ciclistas.

—¿Eso es un faro? No, una lámpara del semáforo.

—Retrocede dos segundos. No… falso aviso.

El sol ya colgaba alto cuando, por fin, Samejima alzó la mano. Estaba revisando las grabaciones de una intersección situada a tres calles al noreste del parque. Su voz, ronca por la concentración, sonó seca:

—Aquí. Las diez menos trece minutos. El todoterreno. Mismos cristales y modelo.

Todos se acercaron a mirar. Efectivamente, era el mismo vehículo. Había girado por una calle lateral, una poco transitada, con una tienda de conveniencia a medio cerrar al fondo. El ángulo era pobre, pero suficiente.

—Esto nos da una nueva dirección —afirmó Sae, anotando de inmediato el punto en el mapa—. Si seguimos esta vía, cruza con otras tres zonas con cámaras en las siguientes cinco manzanas.

Tobio asintió.

—Perfecto. Que no se nos escape. Esto podría llevarnos hasta su origen.

Lavinia dejó su taza vacía a un lado y se arremangó con elegancia.

—Sigamos el rastro de la sombra.

Y con eso, la segunda etapa del día comenzó: rastrear el recorrido de un vehículo que no debería haber estado allí, pero cuya mera existencia era ahora el único hilo firme que conectaba con Raynare. Tiempo después el reloj marcaba la una y veinte cuando Natsume lanzó un suspiro de agotamiento tan profundo que hizo vibrar el cartón de zumo que sostenía entre los dedos.

—No me importa deciros que me estoy quedando bizca —gruñó—. Si vuelvo a ver otra grabación nocturna de coches pasando en silencio, creo que voy a soñarlo durante semanas.

—Eso es buena señal —respondió Lavinia desde su rincón sin apartar los ojos de la pantalla—. Significa que estás en el punto justo entre desesperación y epifanía. Cuando más cerca estás de encontrar algo, más insoportable se vuelve todo.

—¿Eso es una frase de magos o una cita de autoayuda?

—Ambas cosas pueden ser ciertas.

Los vídeos fluían como ríos estáticos: luces titilando, peatones difuminados por la baja resolución, farolas parpadeando. Un lenguaje sin palabras que había que aprender a leer con los ojos entrecerrados y la mente en tensión. En uno de los monitores laterales, Shigune hizo un pequeño gesto con la mano.

—Es él otra vez. Mismo coche. Intersección a las diez menos once. Aquí —y señaló el mapa con precisión quirúrgica—. Toma la salida de la avenida principal hacia un paso elevado que cruza el río.

Sae se acercó con la tablet y superpuso la ruta anterior con esta nueva señal. Poco a poco, una línea discontinua iba trazando un itinerario incierto por los barrios del sur de Kuoh.

—No se aleja mucho —comentó Sae—. Parece que se mueve en círculo… o buscando algo.

—O esperando algo —dijo Tobio, pensativo—. Tal vez esperaban a que Raynare estuviese debilitada.

Lavinia se acercó y acarició con la yema del dedo el borde del mapa, como si la textura del papel pudiera susurrarle la respuesta.

—Si llevaban tiempo siguiéndola… podrían haber previsto todo. Hasta su caída. Tal vez incluso tenían a alguien vigilando el parque.

—¿Y cómo sabían que estaría allí? —cuestionó Samejima, cruzado de brazos junto a la ventana entreabierta—. No creo que una cita falsa con un chico local sea algo que puedas predecir.

—A no ser que no fuera tan falsa —dijo Natsume desde su asiento—. Puede que ese chico fuera su objetivo real… y se les escapó.

El silencio que se hizo entonces fue denso.

—No podemos asumir nada aún —interrumpió Tobio, volviendo al foco—. Sigamos el recorrido. Si lo perdemos, volvemos atrás. Y si no lo perdemos… tal vez lleguemos al lugar desde donde empezó todo.

La siguiente hora transcurrió entre pausas, marcas de tiempo, zooms digitales y frustraciones técnicas. En algunas grabaciones, el coche parecía un borrón de sombra entre luces; en otras, desaparecía justo al cruzar una esquina mal enfocada.

Pero a las dos y cuarto, una cámara privada de una lavandería veinticuatro horas —instalada por encima del toldo metálico— ofreció un ángulo inesperadamente generoso: la imagen del todoterreno cruzando lentamente por delante del local, tan cerca que pudieron distinguir con claridad un leve golpe en la parte trasera del vehículo. Un detalle nuevo. Un daño que no habían visto antes.

—Esto… esto es importante —dijo Sae, ampliando la imagen—. Este rasguño no estaba en las tomas anteriores. ¿Y si ocurrió en el parque? O incluso antes.

—¿Podemos obtener mejor resolución? —preguntó Lavinia, inclinándose hacia adelante.

—No, la calidad del vídeo está limitada —respondió Sae—. Pero el dueño del local aún usa discos duros físicos para las copias de seguridad. Si conservó las grabaciones originales, quizá podamos sacar algo más nítido.

Tobio ya estaba de pie.

—Vamos allá. Nada de magia hasta que estemos dentro. Luego, discreción. Acordaos: nadie debe recordar que estuvimos ahí.

Natsume cogió su mochila.

—¿Crees que el dueño será muy parlanchín?

—Si lo es —dijo Lavinia, ya calzándose—, pronto se le olvidará.

Y así, con una nueva dirección en el mapa y una posibilidad por exprimir, el grupo dejó atrás la posada, no para resolver un misterio, sino para seguir el rastro de un coche con los cristales tintados y un golpe en la carrocería. Un golpe que, tal vez, había sido el eco de una lucha invisible en una noche que ya parecía muy lejana.

El barrio tenía ese aire adormecido de media tarde que solo los días calurosos de verano pueden provocar. Las persianas medio bajadas, el zumbido sordo de los aires acondicionados, el canto lejano de una cigarra que parecía resistirse al asfalto. La lavandería estaba encajada entre una tienda de comestibles y una droguería cerrada por reforma. La fachada, aunque limpia, mostraba ya signos de desgaste: rótulo descolorido, un toldo que apenas daba sombra, y cristales ahumados que olían a suavizante rancio cuando se abrían las puertas automáticas.

Dentro, el propietario —un hombre de unos cincuenta años, con camiseta blanca sin mangas y gesto adusto— apenas levantó la vista del manga que estaba leyendo tras el mostrador. El aire acondicionado parecía no funcionar del todo, y el ambiente estaba cargado de un calor húmedo que se pegaba a la piel.

Tobio se acercó con paso tranquilo. A su lado, Lavinia sonreía con esa mezcla de dulzura e inocencia que le abría puertas con facilidad. Los demás esperaban afuera, salvo Shigune, que simulaba curiosear entre las lavadoras.

—Disculpe —dijo Tobio, inclinándose un poco—. Somos de un equipo de inspección de seguridad civil. Estamos realizando una comprobación de los sistemas de videovigilancia de la zona tras un incidente ocurrido hace unas semanas. Nada grave, pero necesitamos revisar algunas grabaciones antiguas de su sistema. Solo unos minutos. ¿Tiene un momento?

El hombre frunció el ceño, desconfiado.

—¿Incidente? ¿Qué tipo de inspección es esa? Yo no he oído nada. Además, las cámaras no siempre graban bien por la noche. Y tengo clientes, no puedo ir abriendo los discos así como así...

La queja se fue apagando a medida que Lavinia se acercó un poco más, inclinando la cabeza con una sonrisa tan pulcra como vacía. Sus ojos brillaban con una luz suave, sutil. Sus palabras llegaron en un susurro:

—Será solo un momento, de verdad. Y después de esto... se sentirá mucho mejor.

El hechizo era sutil, no una orden directa, sino una inclinación de la voluntad. Una amabilidad imposible de rechazar. El hombre parpadeó, ladeó la cabeza como si se hubiera mareado un instante, y luego asintió lentamente.

—Claro... claro. Pasad detrás. Tengo las grabaciones en el trastero. No lo toquéis mucho, que va justo de espacio.

Diez minutos después, estaban frente a un viejo ordenador de torre y varios discos duros externos apilados en una mesa plegable. El ventilador portátil giraba con un quejido agónico. Sae y Natsume conectaron los discos con precisión, mientras Tobio se aseguraba de que el dueño no recordaría nada al despertar del leve trance.

—Aquí está —murmuró Sae—. Grabaciones originales. No han sido sobrescritas.

Encontraron el fragmento exacto casi a la primera. La cámara de seguridad, más potente de lo que esperaban, ofrecía una visión lateral de la calle. El todoterreno pasaba despacio, como ya habían visto antes, pero ahora el vídeo era más nítido, con mayor contraste.

—Es aquí —dijo Lavinia, señalando la parte trasera—. Mira el golpe. Es más visible ahora. Justo encima de la rueda trasera izquierda.

—Parece reciente —dijo Shigune, que se había unido con un café frío en la mano—. No hay óxido. Ni polvo sobre el arañazo. Aún brillan los restos de pintura blanca que se han quedado pegados.

—Podría ser del parque —murmuró Tobio—. Quizá golpeó algún banco, un muro bajo, o incluso...

—...a alguien —completó Natsume, sombría.

Nadie habló durante unos segundos.

—¿Podemos mejorar la imagen? —preguntó Lavinia.

Sae amplió lo que pudo. Ninguna matrícula, ningún rostro tras los cristales tintados. Pero por un segundo —una décima de segundo, tal vez—, algo pareció moverse en el asiento trasero. Una sombra, una forma humana. Muy difusa. Casi invisible.

—¿Eso... es una persona? —preguntó Natsume.

—No lo sé —respondió Sae—. Pero no es una forma del tapizado. Eso es seguro.

—Podría ser Raynare —dijo Lavinia en voz baja.

—O alguien más —añadió Tobio, con tono grave—. Lo único que sabemos es que alguien estaba dentro. Alguien que no quería ser visto.

Silencio.

Luego Tobio se irguió, cruzó los brazos y dijo:

—Vamos a seguir el recorrido. Cámara por cámara. Este vehículo no se desvaneció en el aire. Si está en movimiento, en algún momento se detuvo. Y donde se detuvo, alguien lo estaba esperando. Quizá aún podamos encontrar el siguiente eslabón.

—¿Y si no? —preguntó Shigune, sin dramatismo.

—Entonces —dijo Lavinia—, crearemos el siguiente.

Durante las siguientes horas, el equipo se dividió para facilitar el rastreo: Natsume y Shigune se encargaron de las cámaras municipales en las calles colindantes; Kouki y Samejima cubrieron las grabaciones de los comercios cercanos; Tobio y Lavinia se quedaron en la furgoneta móvil que Shemhazai les había preparado para poder trabajar con todos los datos en tiempo real.

Las imágenes fluían, una tras otra, como un hilo de seda que apenas se deshilachaba. Allí estaba de nuevo el todoterreno oscuro, circulando con aparente normalidad, cruzando un semáforo en ámbar, girando en una rotonda. Ninguna señal clara de que llevase dentro a una víctima, o a un secuestrador. Solo su silueta, el reflejo apagado de los faros sobre el asfalto húmedo de una noche olvidada.

Y entonces, cuando ya parecía que estaban a punto de perderlo… apareció otra vez. Otra cámara, otro ángulo. Calle lateral, una grabación de una floristería con un sistema de seguridad anticuado. No era de buena calidad, pero bastaba.

—Ahí está —murmuró Lavinia, señalando la pantalla—. ¿Ves lo que yo veo?

Tobio entrecerró los ojos. En la esquina inferior izquierda, justo cuando el todoterreno avanzaba hacia la cámara, un segundo coche del mismo modelo apareció por detrás, integrándose en el tráfico con fluidez.

—¿Es el mismo…? —preguntó.

—No. Fíjate en la aleta delantera —respondió Lavinia, ampliando la imagen—. Ese está intacto. El otro tenía un golpe en el lateral.

Tobio se quedó en silencio unos segundos, procesando.

—Dos vehículos. Mismo modelo, mismos cristales tintados, misma matrícula cubierta… pero uno con un golpe, el otro sin él.

—Y hasta ahora pensábamos que era el mismo todo el tiempo —añadió Lavinia, con una mezcla de frustración y alivio—. Por eso algunas grabaciones no cuadraban. Eran dos rutas, pero creíamos que era una sola.

Tobio se pasó una mano por el rostro. La imagen cobraba una nueva dimensión.

—Raynare iba en el del golpe. Entonces… ¿quién iba en el otro?

Lavinia no respondió de inmediato. Ambos sabían lo que eso implicaba. Que Raynare fue capturada después de su cita con el chico desconocido. Que alguien más estaba en movimiento aquella noche, con preparación, con recursos, y lo bastante cerca como para intervenir justo después del ataque fallido.

—Sigue las rutas —ordenó Tobio al resto del grupo por el comunicador—. Ahora tenemos que rastrear dos coches, no uno.

—¿Duplicamos trabajo? —preguntó Natsume desde el otro lado, con tono cansado.

—Duplicamos posibilidades —respondió Tobio, más serio que nunca—. Uno de ellos puede llevarnos hasta quien se llevó a Raynare. El otro… quizás nos diga por qué.

El rastreo siguió durante el resto del día. Ahora con dos vehículos a seguir, la tarea se duplicó en dificultad, pero también en claridad. El cruce de trayectorias, los momentos en que los todoterrenos aparecían en cámaras distintas pero cercanas, les permitió componer una especie de coreografía silenciosa: uno adelantaba, el otro lo seguía. En otras ocasiones se mantenían a una distancia prudente, como si el segundo sirviese de apoyo, o incluso de distracción.

—Esto no fue improvisado —dijo Kouki, tras un largo silencio mientras revisaban una grabación desde un cruce en las afueras de Kuoh—. Esto estaba orquestado.

—Sí —asintió Tobio—. Y sabían lo que hacían.

Hacia el anochecer, la mayoría de cámaras urbanas dejó de ser útil. Algunos tramos no estaban cubiertos; en otros, la calidad del vídeo era tan baja que apenas distinguían formas. Pero consiguieron una última imagen clara: el vehículo con el golpe saliendo por la carretera nacional, dirección noreste, enfilando hacia la autopista.

—¿Tokio? —preguntó Natsume, mirando el mapa extendido sobre el capó del coche.

—Si no hay desvíos —dijo Shigune, haciendo cálculos mentales—, podría llegar al área metropolitana en poco más de dos horas. Menos si quien lo conducía no respetaba los límites.

—Y todo esto después del intento de asesinato —añadió Lavinia—. No encaja con alguien huyendo por miedo. Esto es una extracción.

El coche desapareció más allá de una curva sin cámaras, devorado por la oscuridad intermitente del asfalto y la falta de vigilancia en los tramos menos transitados. Tobio mantuvo la imagen fija unos segundos más, como si pudiera arrancarle un secreto que se resistía a salir.

—Se lo llevaron. A plena luz de la noche. Como si no temieran ser vistos.

—Y no hemos visto al otro coche desde hace media hora —añadió Kouki—. Quizá se quedó atrás a propósito. Un señuelo.

—Se lo llevaron —dijo por fin, en voz baja.

—¿Pero a dónde? —preguntó Natsume, frustrada—. Ya no hay más cámaras en las salidas de Kuoh. Hemos llegado al límite.

Kouki se frotó los ojos. Habían pasado horas encorvados frente a pantallas, rebobinando, ampliando, comparando.

—Y lo peor es que no sabemos si Raynare seguía viva cuando ese coche salió de aquí —añadió.

Shigune cruzó los brazos, apoyada contra la pared del pequeño puesto de control que les había permitido revisar las grabaciones con cierta privacidad gracias a un hechizo de ilusión sutil. Habían sido cuidadosos, metódicos. No querían dejar huellas. Pero lo que más les dolía era no encontrar respuestas.

—No tenemos pruebas —admitió Tobio—. Solo una hipótesis: que ese vehículo está implicado. Que tal vez Raynare estaba dentro. Viva o no.

—¿Y si no era ella? —planteó Lavinia, serena—. ¿Y si simplemente estamos siguiendo a quien la encontró... o a quien la hizo desaparecer?

Silencio.

Luego, muy despacio, Lavinia señaló el mapa de carreteras de la región que habían desplegado sobre una de las mesas auxiliares.

—Sea como sea, no desaparecieron en el aire. Siguieron una ruta. Si tiramos del hilo, quizá lleguemos a saber a dónde lo llevaban. O a quién se lo entregaron.

Tobio asintió despacio.

—No hay pruebas de que aún esté viva. Pero si ese vehículo no regresó... es porque fue a dejar algo. O a alguien.

—Y si fue un traslado —intervino Kouki—, podría haber ido a una instalación segura, a algún sitio apartado... o todo lo contrario: oculto a plena vista, en mitad de una gran ciudad.

Todos miraron el punto donde la carretera de salida de Kuoh se bifurcaba hacia Tokio. Era un trazo fino, recto y silencioso.

—No tenemos nombres. Ni rostros. Ni motivos —murmuró Tobio—. Pero tenemos un camino. Y si no encontramos el final... al menos encontraremos a quien lo construyó.

Lavinia recogió el mapa con suavidad. Luego habló con calma:

—Mañana saldremos temprano. No hay más que rascar en Kuoh.

Y así, sin aplausos, sin giros reveladores, sin grandes promesas, el grupo dio por cerrada una etapa. No porque lo quisieran… sino porque todo lo demás se había agotado.

XXXXX

La mañana era gris. No tormentosa, ni especialmente fría, solo gris. Ese tipo de luz que difumina las sombras y hace que todo parezca un poco más lejano. El aire olía a humedad vieja, de asfalto ya pisado, de ramas secas que nadie barría.

Tobio conducía el todoterreno que Grigori les había asignado: discreto, rápido y sin matrícula reconocible. Shigune iba a su lado, con una tableta conectada a la red segura de la organización, y en la parte trasera viajaban Lavinia, Kouki y Natsume, revisando las capturas de pantalla, los datos de tráfico y los registros recopilados durante la noche.

Ninguno hablaba mucho. Cada uno iba en lo suyo, pero con la atención enfocada como un láser. El mapa digital en la pantalla central del coche mostraba la ruta exacta que el vehículo sospechoso había tomado al salir de Kuoh.

—Según las grabaciones que recuperamos anoche, salió de la ciudad por la ruta ciento ocho—informó Shigune, ampliando la imagen del mapa—. Evitó la autopista principal durante un buen tramo. Posiblemente para esquivar los peajes, donde hay más cámaras frontales.

—¿Y luego? —preguntó Tobio sin apartar la vista de la carretera.

—Se incorporó a la cuatrocientos sesenta y cinco después de veinte minutos. Hay un cruce donde lo captaron dos cámaras de tráfico. Sigue con el mismo golpe en el lateral derecho, así que descartamos un cambio de vehículo.

—Inteligente —murmuró Kouki—. Si hubiesen cambiado de coche habríamos perdido el hilo. Pero eso también significa que no esperaban ser seguidos.

—O que creían que nadie se molestaría en buscarlos —dijo Lavinia en voz baja, mientras pasaba las imágenes una por una en su portátil.

Siguieron avanzando. Las carreteras secundarias que conectaban la región de Kuoh con la vasta periferia de Tokio pasaban por pueblos pequeños, zonas industriales y cruces anodinos. Cada uno de ellos era un posible punto de desvío, una bifurcación hacia el anonimato.

Pero el vehículo continuó sin detenerse.

—Aquí hay otro punto —avisó Shigune, marcando con un dedo—. Grabación de una estación de servicio, ya casi en las afueras de Tokio. Diez segundos, pero se ve pasar. No se detiene.

—¿Lo suficientemente claro para confirmar que es el mismo? —preguntó Tobio.

—Sí. Mismo modelo, mismo golpe. Y no hay más coches de ese tipo en ese tramo durante esa franja horaria. No es casualidad.

—Vale —suspiró Natsume—. ¿Y qué más?

—Después de eso... desaparece.

Todos giraron la cabeza hacia ella.

—¿Cómo que desaparece? —dijo Kouki, frunciendo el ceño.

Shigune negó con la cabeza.

—No literalmente. Pero a partir de ahí, no lo capta ninguna cámara más. Ni en peajes, ni en calles interiores. Es como si hubiese tomado una ruta completamente fuera de las vías principales... o hubiese entrado en alguna zona restringida.

—¿Restricción gubernamental? ¿Privada? —preguntó Tobio, ya pensando como agente.

—Ambas opciones son posibles. Hay muchas instalaciones en Tokio que no están precisamente en Google Maps —comentó Lavinia—. Y si alguien tenía acceso a esa información... podrían haber preparado todo el trayecto con antelación.

Silencio. Otra vez ese silencio tenso, pensante. Hasta que Tobio volvió a hablar:

—Vamos a la última cámara que lo captó. Desde ahí analizaremos las calles adyacentes, las zonas sin cobertura, y los posibles accesos ocultos. No hay un solo edificio en esta ciudad que no tenga una entrada, aunque esté enterrada bajo tierra.

—Y si realmente es una instalación privada —añadió Kouki—, quizá podamos rastrear qué compañías tienen acceso o licencias para operar en esa zona.

—Exacto —asintió Tobio—. No tenemos nombre. No tenemos rostro. Pero tenemos una grieta. Y eso ya es algo.

Lavinia lo miró de reojo. Luego volvió la vista al mapa, donde el icono rojo del vehículo marcado parpadeaba por última vez antes de perderse.

—Que se escondan bien —susurró—. Que lo disfruten mientras dure.

El sol descendía ya hacia el horizonte, proyectando sombras largas entre los edificios de la periferia tokiota. El tráfico era más denso de lo que esperaban a esas horas, por lo que el equipo había hecho una pausa poco antes de entrar en la zona señalada, un descanso breve para comer algo, repasar datos y dejar que los músculos se relajaran tras horas de conducción tensa.

Ahora, el todoterreno avanzaba a paso lento por una calle secundaria que no tenía nada de especial a primera vista. A ambos lados, construcciones bajas, árboles plantados en filas cuidadas, cables cruzando por encima y farolas como en cualquier otro barrio. Pero allí, al final de la calle, se alzaba el edificio.

—Ahí lo tienes —dijo Natsume en voz baja.

El edificio al final de la calle destacaba sin llamar la atención. Un equilibrio sutil, casi artístico. Su fachada era de piedra clara, con líneas sobrias y simétricas. Recordaba a las construcciones administrativas de principios del siglo XX: sólida, robusta, con marcos de ventanas ligeramente ornamentados y una cornisa que remataba el tejado de forma elegante. Nada de ostentación. Nada moderno. Solo una fachada antigua... demasiado perfecta.

—Demasiado limpio —murmuró Tobio, deteniendo el coche a una distancia prudencial—. No hay cables colgando, ni grietas, ni señales de deterioro real. Solo una fachada envejecida… con intención.

—Contad al menos siete cámaras visibles desde aquí —dijo Shigune, repasando con su mirada cada ángulo—. Más otras que probablemente estén ocultas o usando sensores de movimiento.

—Y dos drones fijos sobre el tejado —añadió Lavinia—. No se mueven, pero su campo de visión cubre toda la manzana. Tecnología puntera, civil o militar. Esto no es vigilancia habitual.

—No hay logos. Ni empresa, ni organismo. Ni siquiera placas de mantenimiento urbano —comentó Kouki, mirando con atención—. Como si quisieran que la gente pasara de largo.

—¿Y eso que hay junto al portón? —preguntó Shigune.

El portón principal, empotrado en un muro liso sin logos ni carteles, estaba cerrado, pero una luz azul parpadeaba de forma cíclica en un pequeño panel lateral. A su lado, un lector biométrico —mínimo, discreto— y una cámara de alta resolución.

—Ese es el punto exacto donde el coche desapareció de las cámaras —dijo Shigune, señalando su tableta—. Entró ahí. Las puertas se abrieron automáticamente. Luego nada.

—Y todo sin que se dispare ninguna alarma, ni quede registrado en tráfico como una zona restringida —añadió Kouki, alzando una ceja—. Esto es... muy alto nivel.

Silencio. El equipo miraba el edificio como si esperase que en cualquier momento se moviese. Como si respirara.

—No tenemos pruebas de que Raynare esté aquí —dijo Tobio, bajando del coche—. Pero todo apunta a que el vehículo terminó su trayecto en este sitio. Y eso lo convierte en nuestro nuevo epicentro.

Lavinia lo siguió, el viento agitando ligeramente su cabello rubio. A diferencia de otros lugares donde había magia, este no tenía resonancia sobrenatural. Pero sí algo más frío: control, precisión, vigilia.

—Hay sensores de proximidad bajo el asfalto —susurró ella al pisar el bordillo—. Calibrados para leer la presión de los neumáticos. ¿Hace falta que lo diga?

—No —respondió Tobio—. Aquí no entra ni un mosquito sin que alguien lo sepa.

Shigune bajó también, mirando a su alrededor con calma fingida, como si fueran simples peatones esperando cruzar la calle. Pero cada gesto estaba medido, cada mirada dirigida.

—¿Y no volvió a salir? —preguntó Kouki.

—No en las siguientes veinticuatro horas. O si lo hizo, fue por otro sitio… o camuflado.

—Esto no es un edificio civil —concluyó Tobio, con el ceño fruncido—. Estamos frente a una fachada de alta seguridad. No sabremos qué hay detrás hasta cruzarla.

—O hasta que alguien salga a nosotros —corrigió Lavinia con media sonrisa, aunque no era alegre.

El ambiente era denso. Habían estado en muchas situaciones tensas, pero aquello era distinto. No era magia. No era una criatura sobrenatural. Era otra clase de amenaza, más fría, más sutil. Una que operaba con cámaras en lugar de garras.

—Bien —dijo Tobio, saliendo del coche y cerrando la puerta sin apuro—. No vamos a actuar sin saber. Vamos a vigilar el edificio, ver si entra o sale alguien, qué tipo de movimientos hay. Mañana decidiremos si llamar a Shemhazai para que intervenga o si intentamos entrar por nuestra cuenta.

—¿Y si lo hacen desaparecer antes? —preguntó Kouki, aún dentro.

—No creo. Quienquiera que esté aquí no se esconde del todo. Se camufla. Eso lleva tiempo.

Lavinia bajó también, echando un vistazo a la fachada desde la acera de enfrente. El aire estaba más denso aquí. No por la magia, sino por la vigilancia.

—Este sitio… —susurró—. Está viendo más de lo que muestra.

Y detrás de esa fachada antigua, bajo capas de piedra falsa y puertas que se abrían sin necesidad de tocar nada, dormía la tecnología más avanzada del planeta. Nadie lo sabía. Nadie debía saberlo.

—Entonces, ¿vigilamos esta noche? —preguntó Kouki desde el coche.

—Sí —respondió Tobio—. Rondas, turnos, cámaras. Quiero saber cuántas personas entran y salen, a qué horas, con qué medios. Y si detectan nuestra presencia.

—¿Y si lo hacen? —preguntó Lavinia.

—Entonces nos están esperando.


Pues aquí la continuación de la investigación. ¿Veis como esto no está escrito por simplemente escribir? Que la cosa se va animando, solo pido tranquilidad. No quiero ir apresurado.

Zitfeng: pero aquí no pasará un año, por eso digo que las cosas no sucederán como en la novela. Si fuera el caso, hacía tiempo que habría aparecido Riser, y no lo ha hecho. Y oye, esa idea mola, aunque no sé si valdría la pena… quizás acabe muerto y adiós historia.

alexzero: solo investigación, sí, pero ya estamos viendo a dónde se dirige esto. No es poca cosa. Recuerda que está siendo entrenado como futuro agente de S.H.I.E.L.D. Eso significa que no solo aprenderá a usar la SG, sino que académicamente también está en ello, y obviamente entrenamiento físico, en herramientas, armas, estilos de lucha, etc.

Y sin más que decir, me despido.

¡Nos leemos!