Arnold intentó concentrarse en la materia que estudiaban ese día.

Ayudó a Edith con la tarea, quien dijo no entender muy bien, así que le explicó paso por paso cómo resolver las ecuaciones.

Pero de reojo notaba los gestos de Helga, su sonrisa segura cuando Phoebe confirmaba lo que decía, la forma en que preguntaba a Gerald, Nadine y Lila por sus respuestas y procesos, como daba jugaba con el lápiz, su mirada... su voz... su respiración...

Además, Brainy estaba ahí, junto a ella, en silencio, mirándola con devoción cada vez que explicaba algo, asintiendo y corrigiendo las notas en su cuaderno, compartiendo un borrador y un sacapuntas.

Debía reconocer que la venganza que Helga eligió era perfecta. No estaba haciendo absolutamente ningún esfuerzo, pero lo desquiciaba.

Y no podía desquiciarlo, no tenía que ser así, a él no debía importarle.

Al otro lado de la mesa Phoebe se culpaba por no haber predicho que algo pasaba cuando Helga apareció afuera de la sala de debate solo para decirle que había cambiado de opinión. En cuanto Gerald la dejó en su casa, estuvo hasta tarde planificando y organizando la distribución de las tareas y responsabilidades, de tal modo que pudieran apoyarse entre todos, analizando las habilidades y falencias de cada uno. Consideró que esa sesión serviría como una especie de prueba, pero Helga arruinó sus cálculos cuando incluyó a Brainy sin avisar.

Gerald tuvo que resistir la idea de molestar a Pataki. Seguro lo mataría si abría la boca, pero ¿tanto le gustaba el fenómeno para querer pasar con él unos minutos extra? Y con la audacia de haber encontrado una excusa perfecta para estar junto a él en público. Guau. ¿Así de enamorada estaba? ¿Pataki podía tener sentimientos? La sola idea le causaba gracia.

Nadine estaba concentrada y parecía agradecida de estar ahí. Se esforzaba por seguir el ritmo y comparaba lo que escuchaba con las notas en su cuaderno y el libro. Abría los ojos con admiración cada vez que Phoebe le explicaba de forma sencilla y ponía atención cuando era Helga quien le enseñaba alternativas.

Lila sonreía, orgullosa de haber conseguido que Helga aceptara integrarlas al grupo. Además, creía que era muy considerado y amable que incluyeran a Brainy. Sabía que a él no le iba tan bien y se distraía con facilidad, pero era claro que a él le interesaba Helga y eso parecía ser motivación suficiente para concentrarse y estudiar. Incluso era tierno que él se estuviera esforzando sólo por estar cerca de ella. ¿Su amiga sabía de la influencia que podía tener?

Edith miraba a Arnold. Le parecía que estaba un poco nervioso y eso la hacía sonreír. No le importaba que él le explicara mil veces lo mismo, los números no eran su fuerte, pero le gustaba que le estuviera hablando, además, era agradable estar sentada junto a él y compartir un cuaderno como excusa para acercarse un poco más.


Esa sesión terminó un poco más tarde de lo habitual y aunque estaban cansados, estuvo bien.

Helga le dijo al resto que podían irse. Ella tenía que hablar con el bibliotecario para saber si con ese grupo más grande podían seguir ocupando esa mesa o si les podían asignar otro lugar donde de paso no molestaran a otros estudiantes. Phoebe y Gerald sabían que era una excusa para quedarse a solas con Brainy y los dos se aseguraron de que los demás salieran de la escuela.


...~...


Dos días después, la siguiente sesión de estudios también fue tranquila. Esta vez Helga se fue temprano con Phoebe, ya que tenían otros proyectos en los que trabajar.

Al salir de la biblioteca Brainy se despidió de los demás y el resto del grupo caminó hasta la parada del autobús.

–Hermano, ¿planeas hacer algo la próxima semana?–Comentó Gerald.

–¿La próxima semana?–Arnold lo miró, confundido y luego de pensarlo un momento abrió mucho los ojos–. Oh, no lo creo

–Pero viejo, es tu cumpleaños

–Que no, Gerald

–¡Vamos!

–¿No harás una fiesta por tu cumpleaños?–Quiso saber Edith.–. Eso suena un poco triste

–Por lo general hago otras cosas–Admitió el chico.

–Aunque las fiestas en tu casa son divertidas, según recuerdo–Comentó Lila.– ¿No es verdad, Nadine?

–Así es–Confirmó ella.–. Recuerdo cuando le arruinaron la fiesta elegante de Rhonda

Arnold y Gerald rieron.

–¿Por qué hicieron eso?–Consultó Edith.

–Rhonda hizo una tonta lista de gente sosa que no podía ir a su fiesta y prácticamente nos puso a todos ahí... –Explicó Gerald.–. Incluso tuvo la osadía de ponerme ahí, ¡A mí!

Los demás rieron.

–Rhonda estaba enfadada contigo porque le ganaste la presidencia de la clase–Contó Nadine entre risas.

–¿Y la fiesta el verano cuando terminamos la primaria?–dijo Lila–. También lo pasamos bien

–No fue tan divertido cuando Harold intentó atrapar a Abner pensando que podía comérselo–Comentó Arnold frunciendo el ceño.

–¿Y cuál fue su excusa?–Preguntó Gerald.

Lila y Nadine intercambiaron una mirada y respondieron a coro imitando el tono de Harold "Tenía hambre".

Los cinco rieron.

–¿Harold trató de comerse a tu perro?–Preguntó Edith horrorizada.

–Oh, no, no es un perro–Arnold respondió mientras dejaba de reír.–. Abner es un cerdo

–¿Tienes un cerdo de mascota?

–La casa de Arnold es como un zoológico–dijo Nadine, entusiasmada.

–Exageras–dijo el chico.

–No hay tantos animales salvajes–Explicó Gerald.–, y más que un zoológico, parece un manicomio, deberías ver a los inquilinos... cada uno está más loco que el anterior

–¡Gerald!

–¿Inquilinos?–Continuó Edith, tratando de seguir el hilo.

–Vivo en La Casa de Huéspedes. Mis abuelos la administran–Explicó Arnold.

–Suena interesante–Reconoció la chica, volteando hacia él con atención.

–Bueno, a veces lo es, otras veces es un poco agotador–Admitió.

Gerald notó como Edith miraba a su amigo.

–Tal vez podríamos estudiar en tu casa el fin de semana–dijo el moreno.

–Sí, eso me gustaría–Añadió Edith, jugando con su cabello.

–Oh, no puedo. Estaré ocupado estos días–Respondió Arnold, arruinando sin querer el plan de su amigo.–. Pero podría ser en otra ocasión

En ese momento pasó el autobús y las chicas subieron, pero Gerald sujetó a Arnold del hombro y le dijo que caminaran.

–Lo siento nenas, tengo que hablar con mi amigo, asuntos del equipo

Lila y Nadine rieron.

–Nos vemos mañana–dijeron las tres.

–Adiós–dijo Arnold, justo antes que el autobús cerrara las puertas.

Los dos chicos siguieron su camino.

–¿Qué pasa, Gerald?

–Edith–Respondió él y se quedó en silencio como si no hiciera falta decir algo más.

–¿Qué pasa con ella?–dijo Arnold, sin entender.

–Parece agradable

–Lo es

Gerald se frustró.

–Deberías invitarla a salir

–¿Qué? ¿Por qué? Solo somos amigos

–¡NO PUEDE SER! ¿Por qué eres tan despistado?

–¿Qué? ¿Ahora qué hice?

–¡Viejo! La chica acaba de decir que quiere ir a tu casa

–¿Qué? No recuerdo que dijera algo así

–Si lo hizo

–¿En qué momento?

–Cuando dije que estudiemos en tu casa

–Ella solo dijo que eso le gustaría... oh...

Gerald empezó a reír de tan buena gana, que tuvo que sujetarse el estómago.

–¡Basta!–dijo Arnold–. Se mudó hace poco, no debe tener muchos amigos, tal vez solo quiere pasar el rato con nosotros

–Amigo, una chica como ella de seguro no hace planes para estudiar

–¿Qué quieres decir?

–Nada, nada. Solo deberías abrir un poco los ojos. Invítala a salir

–Edith es agradable, pero no me gusta-gusta... y no creo que yo le interese, Gerald

–Apostaría que sí... y puedo probarlo

–¿Qué harás? ¿Preguntarle directamente?

–No, eso no funciona con las chicas

Arnold rodó los ojos.

–¿Entonces cómo?–dijo, arrastrado por la curiosidad.

–En tu fiesta de cumpleaños

–No habrá fiesta

–¡Vamos, viejo! ¡Anímate!

–Gerald... sabes que no suelo sentirme bien en esas fechas

–Amigo, lo sé, pero ¿piensas vivir así toda tu vida?

–¡Claro que no! Pero no soy solo yo ¿Qué hay de mis abuelos? Sé que no lo demuestran, pero una cosa es que no se estén llorando todo el día y otra muy distinta cambiar los recuerdos por una celebración

–¿Alguna vez les has preguntado qué piensan?

–¿Qué?

–Viejo, tal vez no les importe

–¡Gerald! ¡Claro que les importa! ¡Hablamos de mis padres!–Arnold frunció el ceño.

–Ok, eso sonó mal. Lo siento. Lo que quise decir es que tal vez les agrade verte haciendo algo de un adolescente normal por tu propia iniciativa por una vez... y ya si quieres al día siguiente puedes volver a tu rito anual de sufrir en la miseria de tu habitación oscura

Arnold lo miró con los ojos entrecerrados.

–Si decido hacer esa fiesta ¿me ayudarás?

–Tenlo por seguro

Arnold suspiró.

–Prometo pensarlo–dijo.

–Está bien, pero no lo pienses demasiado, no tenemos mucho tiempo

–Mañana tomaré una decisión

–Perfecto, viejo, nos vemos en la escuela

Se despidieron con su clásico saludo de pulgares.


...~...


Al día siguiente Gerald fue a cenar con su amigo y después de comer acompañaron al abuelo a la sala. Arnold le comentó la idea después del tercer codazo de su amigo.

–¡¿Quieres hacer una fiesta de cumpleaños?!–dijo Phil, llevando su mano a su frente– ¡Válgame Dios!

–Abuelo, entenderé si está mal– dijo Arnold, arrepentido.

–¡Pookie! ¡Pookie! ¡Ven! ¿Dónde estás, anciana loca?

Gerald y Arnold se miraron entre sí.

–¿Me llamabas?–dijo la abuela, apareciendo por la ventana, encaramándose con esfuerzo para entrar.

Su esposo se acercó a ayudarla, tomándola por debajo de los brazos para jalarla hacia el interior. Ambos cayeron al suelo entre risas y se levantaron con cuidado, sacudiéndose.

–¿Me buscaba, capitán?–Le recordó Gertie.

–¿Yo te llamé?–Respondió el hombre confundido y su esposa lo miró enfadada.

–Abuelo–dijo Arnold.

–¡Ah, cierto! ¡El hombre pequeño quiere hacer una fiesta de cumpleaños!

–¡Prometo ayudar en todo!–Se involucró Gerald.–. Y trataremos de no molestar a los huéspedes

–No quiero que sea una molestia–dijo Arnold–. No es importante y entenderé si creen que no es buena idea...

–¿Una fiesta de cumpleaños?–dijo la anciana, reflexiva– ¡Será la fiesta más maravillosa que haya tenido esta casa!

Los jóvenes intercambiaron otra mirada.

–¿En verdad puedo hacerlo?–dijo Arnold.

–Hemos esperado años que decidieras tener una fiesta–Contestó el abuelo.–. Sabemos que te pones un poco melancólico... así que no queríamos presionarte

–¿Entonces... puedo invitar a mis amigos?

–¡Por supuesto!–dijo la abuela.

–¡Gracias!

–Invita a toda tu clase

–¿Eso estará bien?

–Cierto, no es correcto. Tendrías que invitar a toda la escuela

–¡Abuela!

–Pero nada de drogas y alcohol, todavía son muy jóvenes para eso–Bromeó Phil, guiñándoles un ojo.

–Abuelo–dijo Arnold con una sonrisa incómoda.

Los chicos subieron a la azotea y con entusiasmo comenzaron a planear la fiesta. Dónde pondrían las mesas, el equipo de música, las luces y cuánta comida y refrescos debían comprar.


...~...


El lunes Arnold anunció sus planes a sus amigos. Invitó a toda la clase a celebrar el domingo, ya que el lunes era festivo podían quedarse hasta tarde. Habló con Nadine para que invitara a Rhonda. También invitó al equipo de baseball, el club de debate por Phoebe y el club de boxeo, por Helga y Lila. Enfatizó que no quería regalos, solo que asistieran, porque quería pasar un buen rato con todos.

La mayoría confirmó con entusiasmo en el momento en que él lo comentó y unas pocas personas dijeron que tenían que pensarlo, pedir permiso a sus padres o querían saber si iría tal o cual persona. Arnold no lo notó de inmediato, pero Gerald sí y lo ayudó a que confirmaran las personas de interés, para asegurar la asistencia de los demás.


...~...


Al día siguiente, durante el almuerzo, Gerald y Arnold no dejaban de comentar y revisar las listas de la fiesta: invitados, comida y música.

Nadine se acercó a ellos, acompañada de Lila y Edith.

–¿Qué hay, chicos?–Los saludó ella.

–Hola–Respondieron todos.

–Solo quería decirles que Rhonda estará encantada de asistir a tu fiesta–Comentó.

–Perfecto–Gerald buscó el nombre de la chica en una lista y dibujó un signo de verificación junto a éste.–. Asumo que ustedes también irán, ¿cierto?–Levantó la vista.

–Por supuesto–dijo Nadine.

–Claro que sí–Confirmó Lila.

–No me lo perdería–Añadió Edith, jugando con su cabello.

Gerald le dio una mirada a Arnold.

–Gracias, chicas–dijo el rubio.

–Bueno, nos vemos más tarde–Concluyó Nadine, marchándose con sus amigas.

–No me lo perdería–dijo Helga, imitando con burla los gestos y la voz de Edith.

Phoebe y Gerald le reían el chiste.

–¡Ey!–dijo Arnold, forzándose a ocultar que le causaba un poco de gracia– ¿Tienes algún problema con Edith?

–Relájate, cabeza de balón–dijo Helga, rodando los ojos–, solo estoy jugando

Arnold pretendió dejarlo pasar, pero algo le incomodaba de todo eso y no sabía qué.


Helga notó que Gerald intentaba distraer a su amigo con más conversaciones sobre la fiesta. Era lindo ver a Arnold entusiasmado de ese modo y una parte de ella quería ir, después de todo era normal ir a los cumpleaños de sus amigos, pero no estaba segura de cómo lo tomaría Brainy.

No se atrevió a preguntarle el día anterior. De hecho, ocupó todo el tiempo que tenían a solas besándolo, abrazándolo, dejando que él volviera a acariciar su cintura y buscar la piel de su espalda. No mucho, no demasiado, lo suficiente para no pensar.

Por un lado, no sabía siquiera si a él le interesaba ir a una fiesta. Y si él no quería asistir, ¿le molestaría que ella fuera? ¿Sería incómodo? Y, por otro lado, era su tonto fenómeno y si durante todo el tiempo que llevaban saliendo no mostró ni un gesto de celos en la escuela ¿lo haría en la fiesta? ¿Esto era diferente?

Se recordaba que él le había dicho que no esperaba que dejara de ser amiga de Arnold, pero eso fue cuando ella todavía lo evitaba como a la plaga. Ahora las cosas eran diferentes. ¿o no?

Odiaba darle tantas vueltas. Sabía que no podía adivinar, que tendría que preguntarle directamente, pero ¿pensaría él... que ella tenía otras intenciones si sacaba el tema?

¿Tenía otras intenciones?

«¡Claro que no!»

Pero ver a Arnold ahí, sonriendo, le causaba felicidad.

Sabía que él nunca querría más que una amistad con ella, así que estaba bien. Ella podía seguir con Brainy y él podía... hacer lo que quisiera.

Excepto que ahora había un nuevo problema: Edith.

Había decidido ignorar su presencia en el grupo de estudio y eso se volvió un dolor de cabeza. Sabía de antemano que la chica era una vaga, se tornaba irritante: no participaba, no ayudaba, no hacía nada, absolutamente nada.

Bueno, no era cierto, había algo que sí hacía: coquetearle a Arnold.

Y rayos, ni siquiera era sutil.

¿Acaso el cabeza de balón no se daba cuenta de cómo ella lo miraba? ¿De cómo cambiaba el tono de su voz cada vez que le hablaba? ¿De cómo intentaba llamar su atención? ¿Esos jueguitos de miradas? ¿Esos pestañeos? ¿Jugar con su cabello?

«¡Por supuesto que no!»

Arnold era tan distraído que jamás notaba nada.

El interés de Edith podría ser un camión a punto de atropellarlo y él no lo vería hasta que le hubiera pasado por encima.

Pero eso no era su problema.

No podía ser su maldito problema.


Helga intentó hacer todo lo posible por no estallar, durante la sesión de estudios de esa tarde Helga llegó al límite de su paciencia.

Edith llevaba media hora mascando chicle sin siquiera mirar su cuaderno -tampoco que hubiera mucho que mirar, porque no tenía ni una sola respuesta- y se limitaba a tomar nota cuando los demás llegaban a una conclusión.

Odiaba a las de su tipo: demasiado buena para estar con ellos, una reina que creía que se le debía algo por el simple hecho de compartir su aire.

Bueno, a Helga no le gustaban las monarquías y deseaba guillotinarla del grupo. Repasando La Revolución Francesa no dejaba de fantasear con la idea, riendo por dentro: María AntoniEdith debía ser decapitada y Arnold Vonn Fersen tal vez se iría al exilio.

¡Pop!

Una suave explosión la sacó de su imaginaria revuelta: Edith inflaba globos de chicle.

¡Pop!

Nadine murmuró la respuesta que había escrito y todos estuvieron de acuerdo.

¡Pop!

Lila leyó la siguiente, pero comentó que no estaba segura.

¡Pop!

Phoebe corrigió un par de datos y leyó la siguiente.

¡Pop!

Arnold comentó que no entendía el orden de algunas cosas.

¡Pop!

Gerald le explicó y luego miró a su novia para confirmar.

¡Pop!

Phoebe asintió.

¡Pop!

Brainy dio una respuesta corta.

¡Pop!

Nadine completó la idea.

¡Pop!

Gerald tenía la respuesta siguiente.

¡Paf!

Helga acababa de golpear la mesa con un libro y todos voltearon a verla.

–Oye, princesa. ¿Qué demonios te crees?–dijo, mirando a Edith.

–¿Me hablas a mí?–Contestó ella, con su mirada cansada de siempre.

–¿A quién más? Se supone que vienes a estudiar y solo te veo ahí mascando chicle

–Déjala en paz, Helga–Intervino Arnold.–. Es nueva en la escuela, todavía se está poniendo al día

–Aunque puedo entender que la presencia de Phoebe y la mía te confunden, cabeza de balón, este no es un instituto para superdotados, es una maldita escuela pública, así que debería ser capaz de seguirnos el ritmo. Ya estoy harta de regalarle la tarea

–¡No es así!

–Bien, entonces que la princesa nos diga las respuestas de las siguientes preguntas

–No las tengo, aún no llego a eso–Respondió Edith sin inmutarse.

–¿Lo ves?

–Acaba de decir que no llegó a eso–La defendió Arnold.–. Es comprensible, todos hemos tenido respuestas en blanco

–Error, cabeza de balón, Phoebe y Lila no han tenido respuestas en blanco. Y lo normal es tener una que otra, no TODAS. Acordamos hacer la tarea para hoy y comparar. Tenemos reglas

–¿Quién te puso a cargo?

–Yo organicé el grupo y yo reservo el espacio cada semana

–Eso puede hacerlo cualquiera

–Pero lo hago yo, así que la princesa puede acatar las reglas o irse de aquí

Nadine y Lila intercambiaron una mirada de incomodidad.

–Claro–dijo Edith, levantándose de su puesto.

–No tienes por qué irte–dijo Arnold, sujetándola por la muñeca con suavidad.

–¿Es broma?–Se quejó Helga.

–Es suficiente, Edith ya entendió

–Pero...

–No hay razón para que se vaya.

–Está ahí sentada sin hacer nada

–Igual que Brainy

Hubo un silencio general. Gerald y Phoebe se miraron con sorpresa y luego miraron al rubio.

–¿Qué fue lo que dijiste, cabeza de balón?–masculló Helga, furiosa.

–Está sentado a tu lado sin hacer nada –Continuó el chico.–. Si Edith se va por eso, él también

–Brainy está estudiando y no nos está copiando

–No me consta

–No se irá

–Tampoco Edith

–Que sí

–No

–Sí

–No

Se miraron furiosos unos cuantos segundos, hasta que Phoebe habló.

–Creo que Helga tiene razón–Señaló.–. Edith, la próxima sesión debes traer las respuestas de la tarea. Si no piensas poner de tu parte, es mejor que no vengas.

Edith asintió.

–Eso no es justo–masculló Arnold.

Entonces Helga tomó el cuaderno de Brainy y le enseñó a Arnold las respuestas, un par de ellas corregidas.

–Helga, son exactamente tus mismas respuestas–Reclamó Arnold.

–Porque son las mismas preguntas–Contestó ella, rodando los ojos.

–Le estás dando la tarea

–¡Claro que no! ¿Por qué haría eso?

–Porque él es...

–Porque... –interrumpió ella, girando su mano, al tiempo que arqueaba su ceja.

¿Era un desafío o un recordatorio?

–Eso pensé–dijo la chica.

Arnold bajó la mirada en silencio, resignado. No podía ganar.

–Adiós–dijo Helga, tomó sus cosas y salió, seguida por Brainy.

Phoebe miraba a Arnold con fastidio.

Gerald notó que su novia temblaba. Con delicadeza le colocó una mano en la rodilla, como forma de apoyarla.

–Edith, eres nuestra amiga y por eso estás aquí–dijo finalmente Nadine–, pero no tienes porqué venir si no quieres estudiar

–Es cierto. Llevas todo este tiempo sin aportar nada. Así que cumple con lo que pidió Phoebe o no vengas el jueves–Añadió Gerald.

–Está bien–dijo Edith, rodando los ojos.

–Creo... creo que deberíamos irnos por hoy–Sugirió Lila.


...~...


Helga caminaba furiosa y Brainy la seguía. Estaban saliendo de la escuela, pero ella seguía mascullando maldiciones contra Edith y Arnold.

–Helga...

El chico tomó su mano y ella se soltó de inmediato, mirando alrededor con terror. Tomó a Brainy por el cuello de la camisa y lo arrastró hasta el auditorio vacío. Cerró la puerta y lo arrinconó contra el muro, furiosa.

–No vuelvas a hacer eso

El chico asintió varias veces.

Ella se apartó y continuó su perorata dando vueltas.

–¿Quién se cree que es? ¿Qué acaso tenemos que darle todo en bandeja? Ser nueva no justifica que sea una inepta. Estúpido cabeza de balón, siempre el caballero blanco, como si ella fuera una dama indefensa... y encima meterse contigo... como si fueras igual de vago que ella...

–Helga, no es necesario que vaya a estudiar con ustedes–La interrumpió Brainy.

La chica se congeló y lo miró.

–Pero...

–No me importa mientras pueda seguir viéndote al almuerzo

–¡Ese no es el problema! El estúpido cabeza de balón estuvo a punto de decirlo delante de todos

–¿Decir qué?

Helga entonces cerró los ojos.

–Arnold sabe que estamos saliendo. Dijo que nos vio en el cine en las vacaciones

–¿Por qué no me lo dijiste?

–Me enteré hace poco

–¿Por qué te molesta que lo sepa?

–No lo sé–Respondió con una mezcla de sinceridad y furia-–, pero casi se le escapa

–Sé que te molesta que todos se enteren... pero hemos salido por meses ¿no sería mejor...?

–No. No quiero que todos se enteren

–¿Tan patético soy?

–No es eso

Brainy la observó mientras Helga se abrazaba a sí misma, evadiendo su mirada. Supo que ella no seguiría esa conversación, así que decidió cambiar el tema.

–No debiste regañar a Edith

–Edith es una sosa. Y no la hubiera regañado si siquiera lo intentara

–¿En verdad te molesta porque está copiando?

–¡Claro que sí! ¡Se roba nuestro trabajo!

–¿No será que te molesta que esté coqueteando con Arnold?

–¿Le está coqueteando? Ja... no lo había notado

–Claro que lo has notado, no es precisamente sutil. Quizá él sea el único que no lo nota

–Porque Arnold es tan despistado que no se daría cuenta, aunque pusieran un letrero de neón gigante delante de su ridícula cabeza de balón

Brainy medio sonrió, la sujetó por el mentón y la besó lentamente. Helga sentía poco a poco cómo se iba calmando.

–¿Sigues enfadada?–Preguntó el chico.

–Depende... ¿tendré otro beso si digo que sí?

Brainy volvió a besarla, abrazándola.

–Lo siento–dijo Helga–. Esto no habría pasado si no te hubiera invitado

–Como dije, prefiero verte al almuerzo... y también por las tardes, en nuestro lugar. Es mucho mejor que estar sentado a tu lado más de una hora sin poder hacer esto–La besó otra vez.

–Cursilerías–dijo con una sonrisa–, pero si es lo que quieres, por mí está bien

Volvieron a besarse, refugiados por las sombras del auditorio vacío. ¿


...~...


En la biblioteca de la escuela, los demás terminaban de guardar sus cosas.

Todos estaban incómodos o molestos con la situación.

Nadine se despidió, saliendo de ahí con Edith, aunque ambas parecían incómodas.

–Cielos, eso estuvo mal, Arnold–murmuró Lila–. Realmente mal

–Sí, viejo, eso estuvo feo–Añadió el moreno.

–Lo que Helga dijo estuvo feo–Se defendió Arnold.

–No, Pataki tiene razón–Continuó.

Phoebe miró a Lila, esperando que se fuera y la pelirroja captó la indirecta.

–Adiós, chicos, nos vemos mañana–dijo, para luego correr y alcanzar a sus amigas.

Arnold tomó su mochila y estaba a punto de irse, así que Phoebe le dio un codazo a su novio.

–¿A dónde vas viejo?–dijo el moreno.

–A casa–Bufó el rubio.

–No tan rápido, tenemos que hablar–dijo Gerald.

–No estoy de humor, Gerald

–Tampoco yo, pero es necesario

–Ya me regañaron, ya entendí que debo dejar que Helga se salga con la suya

Phoebe los miró y suspiró.

–Lo sabes, ¿cierto?–dijo ella, frunciendo el ceño.

–¿Qué cosa?–Arnold la observó.

–Yo me encargo, bebé, puedes irte a casa–Agregó Gerald.

–Está bien–La chica le dio un beso en la mejilla a su novio y luego de despedirse de los chicos, se dirigió a la salida.

Gerald miró alrededor y decidió que podían irse por el patio de la escuela, así que arrastró a su amigo y se dirigieron a La Casa de Huéspedes.

–Sabes porqué Helga invitó a Brainy, ¿cierto?–le dijo mientras caminaban.

–Sé que él es su novio–Admitió.

–¿Pataki te contó?

–No, los descubrí por accidente. La semana pasada discutimos por lo del grupo de estudios, se me escapó y ella pensó que tú me habías contado

–Estoy muerto

–No. Le aclaré que los vi en el cine. Y no te hablé de eso porque pensaba que solo Phoebe lo sabía. Por cierto, gracias por contarme–Concluyó con sarcasmo.

–No tenía por qué decirte eso

–¡Eres mi mejor amigo! ¡Se supone que no tenemos secretos!

–No hay nada de mí que no te haya contado, viejo, pero ese secreto no era mío... y además sabes cómo es Pataki, si te hubiera dicho lo menos que haría conmigo sería atar mi cadáver a una bicicleta y arrastrarme alrededor del patio de la escuela

–Helga no podría hacerte eso

–No me arriesgaré a averiguar si puede–Gerald suspiró, frustrado.–. Viejo, escucha. Tienes que dejar de responder a todo lo que hace. Amigo, ¿Qué fue todo eso con Edith?–dijo Gerald.

–Tenía que defenderla

–No es cierto y sabes tan bien como yo que Pataki tenía razón

–Pudo ser más amable al momento de decirlo

–Tal vez hubiera sido más amable si no estuvieras actuando como un ex novio celoso

–¿Qué?

–Cada vez que ella voltea a explicarle algo a Brainy, tú haces lo mismo con Edith. Si Brainy le pide un borrador, tú le preguntas a Edith si necesita algo. Es muy obvio que algo pasa

–No es mi intención

–Oh, claro que sí

Arnold suspiró.

–Lo siento, Gerald. En serio no lo había pensado

–Y, amigo, prepárate, porque va a estar jodido... acabas de fastidiar a Helga G. Pataki ¿Acaso olvidaste el infierno que te hizo pasar?

–Ha cambiado, ya no hace esas cosas

–No sin una razón y acabas de darle una muy buena para que vuelva a molestarte

–¿Qué tan malo puede ser?


...~...


La mañana siguiente Arnold charlaba con su amigo de camino a su casillero. Notó el extraño ruido cuando iba a abrir la puerta, pero fue demasiado tarde. Todos los libros y cuadernos cayeron sobre él, botándolo al suelo.

Alrededor las miradas de sorpresa se mezclaban con las risas. Al final del pasillo Arnold pudo observar a Helga, de brazos cruzados, con una sonrisa, justo antes que se marchara al salón, conforme.

–Amigo, ¿estás bien –dijo Gerald, ayudándolo a levantarse.

–Sí, estoy bien–Respondió Arnold, resignado.

–Viejo, no quiero ser esa persona, pero...

–No digas nada

–...

–Ni una palabra

Con su rostro serio, Arnold recogió sus cosas y las ordenó, para luego cerrar con cuidado su casillero.

Los dos fueron al salón. Helga ni siquiera ocultó su sonrisa mientras él se acercaba su puesto.

En cuanto se sentó, sintió algo húmedo y pegajoso en su pantalón. Se puso de pie y con una de sus manos revisó que era.

–¿En serio, Helga?–Volteó a verla, con los ojos entre cerrados.– ¿Goma de mascar?

–No sé de qué hablas

–¿No es muy de primaria para ti? Esperaba algo mejor–Explicó con una sonrisa.

Helga lo miró un segundo ¿Acaso no estaba...? Oh, sí, estaba molesto, furioso.

–Solo es el aperitivo, cabeza de balón

–Muero por llegar al plato fuerte

El chico decidió mirar al frente y poner atención en clases, sin molestarse en quitar la goma de mascar de su pantalón.

Gerald y Phoebe intercambiaron una mirada de resignada comprensión.

El resto de la clase ni siquiera se inmutó, es más, les había parecido extraño que durante los últimos meses Helga no hubiera hecho bromas pesadas a Arnold. Quizá se estaba poniendo al día.

El resto de la mañana fue Helga arrojándole bolas de papel al cabello, haciéndole una zancadilla al primer descanso y llenando de papel picado su mochila durante la siguiente clase.

Arnold creyó que estaría a salvo al almuerzo, pero la rubia de pronto apareció, volteando su bandeja de comida antes de desaparecer de la cafetería, dejándolo sin comer.

Al final del siguiente periodo derramó "accidentalmente" una bebida con hielo en sus pantalones.

–¿En serio?–Respondió Arnold.

–Uy, lo siento... tal vez quieras cambiarte... o pensarán que...

–¿Qué, Helga? ¿Todos pensarán que esto fue mi culpa? Como si nadie hubiera visto que fuiste tú quien me arrojó ese vaso encima

–Uf, no eres divertido

Helga se alejó y Arnold fue al baño con su bolso, para cambiar su ropa por el uniforme del equipo.

El efecto de eso fue que varias personas en el salón voltearon a verlo cuando volvió a sentarse, lo que no le agradó para nada a Helga, así que en cuanto sonó el timbre, tomó su bolso y golpeó a Arnold en la cabeza al retirarse.

–¿No piensas disculparte?–dijo Gerald, extrañado.

–¿Qué más da?–Contestó Arnold, sobando su cabeza.

–Amigo...

–Tarde o temprano va a cansarse


...~...


–Helga – dijo Lila cuando iban entrando al gimnasio.

–No intentes sermonearme–Respondió la rubia con indiferencia.–. Debo recordarle a ese camarón quien manda aquí

–No iba a sermonearte... yo... quería agradecerte por regañar a Edith

–¿Qué tú qué? Pensé que era tu amiga

–Lo es, pero también creo que tienes razón. Ella no está estudiando y yo no sabía cómo decirle

–¡Pues abriendo la boca!

–Sabes que yo no...

–Cobarde

Lila no supo cómo responder.

–¿Por qué tienes tanto miedo de ofender a los demás? Yo lo hago todo el tiempo y, sorpresa, el mundo no está en llamas por eso

–No es tan sencillo

–Demonios, Lila, por favor, ¡No puedes quedarte en silencio cada vez que algo te parece injusto! Eso es ser cobarde

–¿Qué sabes tú? ¡Vas por la vida sin que nada te importe!

–Oh, en eso te equivocas, pero te doy un punto por confrontarme–Le puso una mano en el hombro.–. Bien hecho, vas mejorando

Helga se apartó y se dirigió a los camarines para cambiarse.

–Espera–Lila la alcanzó en cuanto pudo reaccionar.– ¿N-no estás enfadada?

–Tal vez... ¿quieres averiguarlo mientras entrenamos?

–¿Vas a torturarme otra vez?

–Quizás

Helga alzó un lado de su ceja y a Lila le pareció una invitación. La pelirroja dudó un segundo y luego asintió.

Esa clase estuvieron practicando esquivar golpes y Lila decidió arriesgarse practicar con Helga. Poco a poco se les hizo más parecido a un baile que a una pelea y las dos eran buenas llevando el compás, tan buenas, de hecho, que pronto dejaron de seguir el ritmo del instructor y empezaron a moverse por su cuenta, lo que terminó con Lila cerrando los ojos justo antes que Helga la golpeara.

Lo siguiente que sintió fue la mano de Helga sujetando su hombro mientras se acercaba a ella y le susurraba.

–Nunca muestres miedo, campirana

Helga se apartó y la invitó a retomar la práctica. Las dos parecían entretenidas.


...~...


Al día siguiente Arnold abrió su casillero con cuidado, pero nada extraño ocurrió. Pudo ir a clases en paz y como Helga lo ignoró, pensó que había sido suficiente.

La chica pidió un pase para salir al baño y regresó en menos de cinco minutos, sin decir o hacer nada que levantara sus sospechas, así que cuando al siguiente descanso Arnold fue a abrir su casillero, no esperaba que una masa de confeti rosa con purpurina le explotara en la cara, cubriéndolo de pies a cabezas y causando un desastre en el pasillo.

Las risas generales no se hicieron esperar.

–¡Pareces una niñita disfrazada de princesa!–dijo Harold, sujetándose su estómago mientras reía.

–¡Eres una reina de belleza!–Gritó Sid, en el mismo tono.

Gerald, en tanto, sacudía de su cabello lo poco que le llegó a él, mientras miraba a su amigo que se quitaba la purpurina lo mejor que pudo.

–¿Ahora sí piensas hablar con ella?–dijo.

Arnold solo negó y los dos fueron al salón.

Tuvo que soportar las bromas todo el camino, y al entrar las risas del profesor y el resto de la clase.

–¿Estás bien?–Preguntó Edith, acercándose con preocupación.

–Sí, no te preocupes...

–Pero tienes todo tu cabello...

–Rosado. Lo sé. También mi cara, la ropa... y creo que hasta los pulmones... –Bromeó.–. No es tan malo, solo un poco de brillo

El chico se sentó, sin poder ignorar que Helga parecía divertida.

Y el resto de la clase la chica se decidió patear su asiento a intervalos, desconcentrándolo.

Arnold decidió que era demasiado y le pasó una nota a Helga.


»¿Podemos hablar en el descanso?«


Helga leyó y releyó la nota. Ni siquiera sabía por qué estaba tan enojada, pero todavía lo estaba. ¿Le daría una oportunidad? No estaba segura, pero no perdía nada.

En cuanto la clase terminó, Helga tomó sus cosas, porque debía irse a Literatura.

–Tienes tres minutos–dijo en cuanto Arnold la siguió al pasillo.

–¿Podemos hablar a solas?–Rogó el chico.

Helga vio a Brainy adelantarse al salón de la clase avanzada, tomó a Arnold por un brazo y lo arrastró en dirección contraria.

–Ahí va un hombre muerto–Comentó Stinky al verlos y media clase asintió.


...~...


Helga lo llevó afuera de la escuela y lo soltó a un costado del edificio.

–¿Suficientemente a solas para ti?–dijo ella, cruzando los brazos.

Arnold asintió, sin levantar la vista.

–Te escucho

–Helga, lo siento

Woosh, por arte de magia eso borra tus culpas–dijo ella con sarcasmo.

–¿Por qué estás tan enfadada?

–Casi se te escapa lo de... –Bajó la voz.– el tonto fenómeno

–Pero no lo dije. Me estás castigando por algo que crees que iba a hacer ¿no te parece un poco injusto?

–Te castigo porque no era necesario que defendieras a Edith

–No tenías por qué decirle eso

–Sabes que tengo razón

–Tampoco tenías que tratarla así

La chica dio la vuelta.

–No la hubiera tratado así si te hubieras quedado en silencio

Arnold no pudo defenderse. Apretó los ojos y decidió aceptar la derrota.

–Tienes razón. Lo lamento. ¿Podemos dejar esta guerra?

–¿Ahora? Pero apenas empezaba a divertirme–Se burló.

Arnold levantó la vista con una sonrisa y ella le ofreció la mano.

–Tenemos una tregua, cabeza de balón

Arnold tomó su mano y la sacudió.

–Pero nunca olvides que no puedes enfrentarte a Helga G. Pataki ¿estamos claros?

El chico asintió, en silencio.

Helga se fue a su clase, dejándolo ahí.

Arnold sentía como sus hombros subían y bajaban, mientras su cuerpo temblaba.

Solo pudo dejar escapar una carcajada cuando estuvo seguro que Helga se había alejado lo suficiente.

¿Por qué se sentía tan bien que ella le pusiera atención otra vez?

Definitivamente estaba loco, pero había logrado comprobar algo: incluso si no era de la mejor forma, saber que estaba en los pensamientos de ella, al punto de desquiciarla, al punto de enfadarla, al punto de que le hiciera elaboradas bromas otra vez, se sentía mucho mejor que cuando ella lo ignoraba.


...~...


Esa tarde ni Edith ni Brainy llegaron a la biblioteca a estudiar, pero nadie quiso decir nada al respecto. A esa hora a Arnold todavía tenía brillitos en su cabello, pero había llegado al punto de simplemente bromear al respecto.

Tanto él como Helga parecían menos tensos y pasados los primeros minutos, el resto del grupo dejó de pensar en la discusión.

Al final del día, Nadine y Lila fueron a tomar el autobús y Phoebe y Gerald decidieron tener una cita; así que Arnold le ofreció a Helga acompañarla a casa.

Pasaron por afuera de Slausen's y ambos se quedaron mirando la vitrina un segundo.


Si llegamos solteros a los 25...


Helga miró el reflejo de Arnold y le pareció que estaba triste.

–¿Qué ocurre, cabeza de balón?

–¿Irás a mi cumpleaños?–dijo el chico, confirmando con su tono las sospechas de la chica.

Ella cayó en cuenta de que no había pensado en eso desde la discusión.

–No lo sé, soy una persona ocupada–Respondió con una soberbia tan fingida, que era obvio hasta para él.

–Podrías ir con...–Miró alrededor y no vio a nadie que conociera, pero de todos modos bajó la voz.– Brainy. Después de todo invité a toda la clase

Helga miró alrededor y Arnold la imitó con una sonrisa.

–No hay nadie cerca a quien le pueda importar–dijo él–. Por favor. Me gustaría que fueran. Mientras no se pongan como Phoebe y Gerald

Ambos rieron.

–No es que quiera que toda la clase se entere, cabeza de balón–La sonrisa del chico la animó.–. Prometo que intentaré desocupar mi agenda

–Te lo agradezco, Helga


...~...


NOTAS:
Próximo capítulo: Un tango y el cielo en su mirada