Helga se acercó a la puerta del armario y miró alrededor, nerviosa. Arnold no estaba dormido, pero claramente no estaba del todo consciente. No podía intentar salir antes que Gerald volviera por el estúpido cerdo. La música arriba ya se había detenido y las voces intercambiaban despedidas.

–Helga–dijo Arnold de pronto, con un suspiro.

La rubia se sintió atrapada y se asomó desde el interior, abriendo un poco la puerta.

–Lo siento...–Comenzó a disculparse.

–¡¿Helga?!–dijo él, sentándose de golpe.

Incluso en las penumbras ella pudo notar que casi lo mata de un infarto y que definitivamente ese movimiento abrupto lo había mareado, porque de inmediato sujetó su cabeza entre sus manos.

–No quise asustarte, pensé que me habías visto–dijo la chica.

–¿Qué haces aquí?–dijo él.

–Esconderme, doi

Helga lo observó, había algo extraño en el rubio, además de que evidentemente estaba borracho, claro. Apoyó su hombro en el marco de la puerta del armario, sin salir por completo, con los brazos cruzados.

–¿Por qué dijiste mi nombre?–dijo ella, alzando un lado de su ceja.

–Estaba pensando en ti

–¿Por qué?

–Porque no puedo evitarlo

–¿Qué significa eso?

–Yo también quisiera saberlo–Arnold sonrió con tristeza, dejándose caer en la cama.

Ella se quedó inmóvil durante varios minutos. Cuando pensó que Arnold no iba a levantarse, se acercó a él y notó el mismo aroma que tenía Rhonda.

–Estuviste bebiendo con la princesa–Dedujo, completamente segura.

–¡No! Rhonda me dio algo "para calmarme"–Hizo las comillas en el aire.– y luego me puse a bailar... Edith tiene unas piernas larguísimas... me recuerda a Ruth McDougal

–Sí, será que son familia–Rodó los ojos

–¿Conoces a Ruth?

–De la escuela

Arnold asintió con comprensión.

Ella suspiró, todavía con los brazos cruzados. Arnold volvió a sentarse y le sonrió, invitándola a sentarse junto a él. Helga se encogió de hombros y aceptó.

–Espera...

La miró entrecerrando los ojos y luego acercó sus manos al rostro de ella.

–¿Qué haces, cabeza de balón?–Intentó apartarlo.

–Déjame–dijo frunciendo el ceño.

A Helga le hizo gracia que pusiera esa cara y bajó sus propias manos, dándole libertad.

Arnold jugó un poco con su cabello, acomodándole el flequillo, ladeó la cabeza, contemplándola como si fuera una obra de arte en la que trabajaba, volvió a acomodar su cabello y cuando estuvo conforme sonrió

–Listo

–¿Qué fue eso?

–Así te pareces a Cecile–dijo, con una risita.

–¿Quién es...? Oh

Helga tuvo un mini ataque de pánico. Lo había olvidado y ese día estaba peinada exactamente de la misma forma que cuando terminó esa cita de San Valentín.

Arnold la miró un segundo y luego volvió a recostarse.

–¿Por qué todo da vueltas?–dijo, cerrando los ojos.

La chica lo obligó a bajar un pie de la cama hasta tocar el suelo. Vio la botella que Gerald había dejado. Todavía tenía agua, ayudó a Arnold a beber un poco.

–¿Quieres más?–dijo Helga, preocupada.

–No

–¿Quieres subir a tomar aire?

–No

–¿Qué quieres hacer?

Arnold le sonrió.

–Quiero quedarme aquí

Helga iba a ponerse de pie, pero él tomó su mano.

–No te vayas

Ella se quedó paralizada, mientras él jugaba torpemente con sus dedos.

«¿Qué está pasando? ¿Por qué...?»

«Debería irme»

«Pero es Arnold»

«Y está horriblemente ebrio»

«¿Está bien que lo acompañe?»

«Necesita que alguien lo cuide»

«Pero... es Arnold... el estúpido cabeza de balón, el mismo al que -he amado ...¡NO!- amé por años...»

«Y está siendo ¿agradable?»

«Y críptico»

«No le pasará nada, Helga, debes irte»

Quería irse. Sentía el impulso de huir o al menos encontrar una salida a esa situación.

–No me gustó verte lastimada–dijo él de pronto.

–Solo fue una broma, cabeza de balón, estoy sana y salva

–No me refiero a eso... no me gusta... verte herida, no me gusta verte sufrir... quisiera ayudarte

Arnold se sentó y acercó las manos de Helga a su rostro. Las miró con cuidado, acariciándolas, deteniéndose en las cicatrices. Ella no resistió mucho y apartó su mano con brusquedad.

El chico la miró con tristeza y luego volvió a recostarse con los ojos cerrados, respirando con dificultad.

–¿Qué demonios trajo Rhonda?–Comentó Helga, más para sí que para Arnold, luego recordó que los vasos de la fiesta eran casi de medio litro y definitivamente Arnold no era del tipo que bebía alcohol, pero ¿Cuánto había tomado?

Helga escuchó pasos en la escalera y volvió a esconderse en el armario, metiéndose al fondo entre unos abrigos, rogando que no hubiera arañas. Desde ahí espió con la puerta medio abierta.

–Bueno, amigo–dijo Gerald, encendiendo la luz–. Ya se fueron todos.–Se acercó a él y tomándolo de una mano lo hizo levantarse, para luego pasarle otra botella de agua.

–¿Gerald?–dijo Arnold, confundido.

–Toma–Lo obligó a beber.–. Mañana estarás mejor, duerme

–¡No! Volveré a la fiesta

–La fiesta acabó, viejo. Descansa

–¿Y dónde está Helga?

–Se fue hace rato

–Yo... estaba hablando con ella

–Estabas soñando, viejo

–No, en serio estaba aquí

–Estabas dormido... ¿Además, por qué Helga estaría contigo?

La chica en el armario cubría su boca y contuvo el aliento.

–Ya terminamos de limpiar–Continuó Gerald.–, así que nos vamos. Lila dice que bebas mucha agua

–Gracias, amigo... perdón por dejarte a cargo

–No fue tu culpa, si hay alguien a quien culpar, es a Helga

–¿Qué hizo?

–Ponerle alcohol a tu refresco

–No fue ella

–¿Entonces quién?

–Rhonda

–¿Qué?

–Ella me dio algo... era... dulce...

–¿Por qué Rhonda haría algo así?

–No lo sé... –Se dejó caer en la cama.–. Helga no hizo nada malo

–Está bien–Suspiró.–. Creo que le debo una disculpa

Helga todavía desde el armario tuvo que guardarse el "te lo dije", pero hizo una pequeña celebración, que terminó con un gesto rápido mientras se sacudía una araña de la manga.

–Descansa

Incluso borracho, se despidió de Gerald con su saludo de amigos. El moreno apagó la luz y salió cerrando la puerta.

–No Abner, Arnold necesita dormir, no creo que sea buena idea que lo molestes ahora

El cerdo gruñó con desaprobación.

–Ya dije que no, mañana podrás jugar con él

Helga esperó cinco minutos para salir de su escondite. Podía intentar huir por la escalera de incendios, solo debía pasar por la cama y escalar con cuidado, abrir la ventana y salir.

«Pan comido»

Al acercarse, dispuesta a ejecutar su plan, vio a Arnold recostado, medio dormido, con una respiración pesada.

Lo contempló y decidió que no tenía prisa, de todos modos ¿Qué importaba si llegaba en media hora o en hora y media? Ya se había ganado el regaño de todos modos, suponiendo que les importara, claro.

Se sentó en la cama con cuidado, mirándolo.

Perdió la noción del tiempo. Percibía el parpadeo regular de las luces del equipo de música. También los pasos de los residentes que probablemente se preparaban para dormir, un par de gruñidos del cerdo, la voz del abuelo de Arnold, algunas aves afuera, el lejano motor de un auto y con el pasar de los minutos se hizo el silencio de la madrugada.

No quería regresar a casa, no quería lidiar con Bob y otro de sus fracasos laborales, no quería contemplar el cansancio de Miriam.

En ese momento estaba tranquila y ¿Qué importaba si miraba a Arnold dormir? No era terrible, no tenía ni que enterarse y ella no iba a hacer nada más que mirar. Ya no quería cortarle mechones, ni aspiraba a robarle algún objeto, o siquiera escribirle poemas.

«Oh, amado Arnold, mi dios de cabellos dorados...»

Bueno, si quería volver a escribir.

«Al menos una vez más, una última obra... para acabar al fin con este tormento...»

Cerró los ojos con fuerza, molesta consigo misma.

DEBÍA irse. No tenía ninguna buena razón para seguir ahí, ni siquiera preocuparse de Arnold, él estaba a salvo, no le pasaría nada.

Pero...

«¿Y si volvía a sentirse mal? ¿Si necesita ayuda?»

Además, él le había pedido que se quedara.

El chico rodó y ella se apartó bruscamente. El movimiento lo despertó.

–¿Helga?–dijo, frotándose los ojos– ¿Dónde...?–Miró alrededor.– ¿Por qué estás aquí?

Ella evadió su mirada.

–No quería dejarte solo con lo mal que parecías estar–Admitió.–, pero luces mejor y ya es tarde, así que... –Se encogió de hombros y se puso de pie.

–No puedes ir sola. Te acompaño–dijo él, intentando sentarse, pero todavía se sentía mal y para ella fue evidente.

–No

–Helga

–No pasa nada, no es tan lejos... puedo correr... y estoy aprendiendo a dar mejores golpes ¿lo olvidas?

–Te acompañaré, solo dame unos minutos

–No hace falta. Así como estás, créeme que es más seguro que me vaya sola

–No puedo, Helga, no estaré tranquilo si no me aseguro de que llegues bien

Ella medio sonrió.

–Puedo quedarme aquí–dijo en un impulso de estupidez suprema.

–¿Qué...?

–Olvídalo, no importa

–Puedes quedarte. Lo que no entiendo es por qué quieres quedarte

–No es que quiera, es que no quiero llegar a casa–Se encogió de hombros.

–Entonces soy la opción menos mala

–Supongo

Arnold la observó. ¿Qué estaba pasando en la vida de Helga que él -otra vez- ignoraba?

–Si mis abuelos descubren que estás aquí harán muchas preguntas–dijo.

–Entonces me marcho... –dijo ella.

–¡No!–La sujetó por la muñeca.–. Lo-lo siento.–La soltó de inmediato.–. Quédate, por favor. Pero no pueden enterarse, tendrás que irte a escondidas–dijo el chico.

Helga asintió.

–Puedes dormir en mi cama. Yo dormiré en el sillón–Intentó levantarse.

Helga con calma puso una mano delante del pecho de él, con sus dedos estirado, sin tocarlo.

–Me niego–Moduló con seguridad.

–Pero...

–Puedo dormir en el sillón, estaré bien

–Al menos déjame pasarte un manta–dijo.

Helga asintió y se apartó buscando el interruptor para encender la luz. El chico se levantó, tomó el control sobre una mesita y presionó el botón para hacer aparecer el sillón, luego fue al armario y movió algunas cosas antes de volver junto a Helga.

–Toma–Le pasó una manta y una camisa

–¿Y esto?–dijo mirando el diseño a cuadros tan típico de Arnold.

–La que llevas está manchada y debe seguir pegajosa, pensé que podrías usar otra cosa y, ya sabes, dormir un poco más cómoda

Helga dejó la manta sobre el sillón.

–¿Te importa?–dijo, mirándolo.

–Abre cuando estés lista–dijo el chico.

Arnold salió de su cuarto y, para darle algo de tiempo, fue a lavarse la cara esperando sentirse mejor. También fue a la cocina por más agua, pero solo encontró refresco. De todos modos, abrió una botella la bebió por completo.

Al regresar se sentó en la escalera, esperando. Abner lo observaba con curiosidad, sentado un par de peldaños más abajo. Ninguno hizo ruido.


Helga desató el pañuelo que rodeaba su cintura y desabotonó la blusa. Su brazo y cuello seguían un poco pegajosos, así que tomó la botella de agua y mojó la blusa sucia para volver a limpiarse.

«Mucho mejor»

Miró la camisa y la tomó con cuidado. Por un segundo se ilusionó.

«Oh, Arnold, ¿Qué es esto? Siempre quise tener algo tuyo y ahora... »

«¡Concéntrate! Sólo es prestado y... »

Aspiró el aroma de la ropa.

«Suavizante»

«Claro que te pasó algo limpio ¿Qué esperabas? Doi»

«Aun así... »

Se vistió cerrando los ojos, dejando que la sensación de la tela sobre su piel se marcara en su memoria. Subió su mano hasta el cuello y buscó el primer botón y el ojal correspondiente. Con delicadeza bajó sus dedos por la costura y la cerró desde un poco más arriba de su busto hasta el botón inferior. Se aseguró de estar cómoda.

Abrió con cuidado la puerta, dejando entrar a Arnold, quien la miró de arriba a abajo.

–Te ves hermosa

«¡No digas eso, idiota!»

–Estúpido cabeza de balón sin filtro–Se quejó ella.

El chico no logró ahogar una risita.

Helga lo observó poner seguro a la puerta.

–¿Podrías... voltear?–dijo, con cierto temblor en la voz.

–Sí, claro, claro. No es como que quisiera verte desnudo, cabeza de balón–dijo ella, dándole la espalda.

Miró el techo, tratando de no pensar en que ya lo había visto antes, pero entonces apenas eran niños y una parte de ella se preguntó qué tanto había cambiado en ese tiempo. Sintió el rubor en sus mejillas y cerró los ojos con fuerza, intentando calmarse.

«Basta, mi adolorido y golpeado corazón»

–Listo–dijo el chico.

Ella volteó y el rubio le ofreció una almohada que Helga aceptó. Luego de apagar la luz se sentó en el sillón, mirándolo, mientras él se acomodaba en la cama.

–Gracias por dejar que me quede–Susurró la chica.

–Gracias por preocuparte por mi

–Alguien tiene que hacerlo

El chico se arropó, recostándose.

–Arnold–dijo ella de pronto.

–¿Sí?

–Esto no pasó

–Lo que tú digas, Helga. Buenas noches

–Buenas noches, cabeza de balón

La chica se quitó las botas y revisó el bolsillo izquierdo de su pantalón. Una de las bolsas de "sangre" se había reventado durante el forcejeo y definitivamente no quería dormir con esa sensación pegajosa en su piel. Miró al chico un rato.

–Arnold–Susurró.

Se levantó lentamente y se acercó a él con precaución. El chico dormía profundamente.

Helga regresó junto al sofá, desabrochó el pantalón con cuidado y lo dejó caer al suelo. Tomó la blusa manchada y buscando la parte que había humedecido antes la usó para limpiar desde su cadera hasta su muslo. Luego subió las piernas al sillón y se envolvió en la manta, cubriéndose por completo, apoyando su costado en el respaldo y poniendo la almohada en la parte más alta para descansar su cabeza.

La habitación de Arnold tenía seguro, incluso si alguien iba a verlo, tendría tiempo para esconderse, pero tal vez era mejor idea quedarse despierta.

Tendría que llevarse la camisa de Arnold, porque su blusa no se secaría a tiempo. No estaba segura si hizo eso de forma impulsiva o intencional, pero ya estaba hecho.

«¡Que lástima!»

Ahogó una risita y en eso notó que le dolía un poco el cuerpo por esa pelea con Curly. Sonrió pensando en eso. Fue una suerte que él reaccionara como esperaba, porque su plan original era fingir un accidente y eso habría sido mucho menos impactante. Tal vez debía llevarle dulces como agradecimiento.

«Oh, mierda»

Recordó que su abrigo, su sombrero y su bolso con su "tesoro" quedaron arriba. Qué importaba, ya no los necesitaba y probablemente Gerald los tiró, de todos modos, estaba enfadado con ella y no podía culparlo. Habría reaccionado exactamente la misma forma si a Phoebe le hubiera pasado algo así y ella hubiera visto lo que él vio.

Volvió a mirar a Arnold. El chico respiraba de forma regular y parecía tranquilo. Cerró los ojos un momento, cruzando las piernas sobre el sillón.

«Rayos»

Suspiró, furiosa consigo misma. ¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Por qué se había quedado? ¿Por qué no era capaz de irse? Sabía que no le pasaría nada, era Helga G. Pataki, no le asustaban las calles de la ciudad de noche. Pero ese día se resistía a volver y se negaba a pensar en la razón... y a que tal vez eran solo excusas.

Echó la cabeza hacia atrás, mirando el cielo. La noche estaba despejada y las estrellas brillaban más allá de los cristales y las vigas.

Por largo rato contempló el infinito del espacio, dejando su mente divagar en ideas oníricas. Prefería los pensamientos sobre el vacío que volver a crear poesía, al menos en ese momento.

La voz de Arnold la sacó de su trance.

–Demonios–dijo el chico.

–¿Qué pasa, cabeza de balón?

–No me siento bien

–¿Vas a vomitar?

–Creo que sí

Helga se puso de pie y se acercó a él, ofreciéndole una mano.

–Vamos, te acompaño

–No tienes que hacerlo

–Lo sé

Arnold aceptó y con ayuda de la chica se levantó y bajaron la escalera. Sin encender las luces del pasillo caminaron lentamente hacia el baño. Helga cerró la puerta con cuidado, casi sin hacer ruido. Luego se sentó en el suelo helado y le sostuvo el cabello mientras él vomitaba. Podía notar que estaba...

«Mortificado.»

Arnold sabía que era posiblemente el estado más patético en que Helga lo vería. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser ella? Estaba seguro de que no lo dejaría en paz en meses. Odiaba haber bebido y lo peor era que ni siquiera era su culpa, él no quería tomar alcohol, de haberlo sabido no habría aceptado lo que Rhonda le dio. Y hablando de eso ¿por qué Rhonda metió alcohol a escondidas en la fiesta? ¿Y por qué creyó que era buena idea darle de beber?

Otra arcada interrumpió sus pensamientos y luego otra.

Sintió las caricias y palmadas de Helga en su espalda, como intentando confortarlo. Era raro. ¿Dónde estaban sus bromas, su desprecio, el asco y la repulsión? Muy por el contrario, ella estaba cuidándolo, preocupada, incluso... ¿afectuosa?

¿Por qué estaba siendo linda con él después de haberlo evitado toda la fiesta? ¿Por qué estaba siendo linda después de pasar todo el año tratando de mantenerlo lejos? ¿Acaso...?

Otra arcada.

Estuvo unos cinco minutos respirando lentamente hasta que notó que su abdomen dejó de contraerse y sintió el estómago liviano otra vez.

Con esfuerzo estiró su brazo para bajar la tapa y descargar el retrete.

–¿Ya estás mejor, cabeza de balón?–dijo ella con suavidad.

–Sí, gracias, Helga–dijo sin atreverse a mirar.

Todavía se sentía avergonzado.

Ella pasó uno de los brazos del chico por sobre su hombro, lo sujetó por la cintura y lo ayudó a ponerse de pie.

–Ya estoy bien–Comentó él.

Se soltó con cuidado y notó que ella se apartaba.

Con esfuerzo se plantó frente el lavamanos. Concentrado en lo que hacía tomó el jabón y restregó sus dedos, luego se mojó el rostro y cepilló sus dientes.

La rubia apoyó su espalda en la puerta, con los brazos cruzados, intentaba no pensar en que él evadía su mirada. ¿Acaso estaba molesto con ella? ¿Qué hizo ahora? Fue una tonta por preocuparse tanto. Era obvio que a él no le agradaba y la había dejado quedarse porque era San Arnoldo, él no sabía decir que no.

–Debes pensar que soy patético–dijo de pronto el chico.

Helga se sorprendió y lo miró con atención.

–¿Por qué dices eso?–dijo ella.

–Por lo que acabas de ver

–Supongo que es normal vomitar después de beber–Añadió, notando que él temblaba.–. Eso no te hace patético

Arnold levantó la mirada y la vio en el espejo. Se veía hermosa, con el cabello desordenado, esa mirada de preocupación, su camisa... cubriéndola hasta los muslos y...

«Sus piernas desnudas»

No podía apartar los ojos del reflejo de la chica y su rostro se estaba volviendo completamente rojo.

–Tomaré un baño–Decidió de pronto.

Ella asintió con comprensión y salió. Arnold escuchó atento. Casi no hizo ruido al subir la escalera. Era buena escabulléndose.

«Como si no lo supiera.»

Tomo una ducha para calmarse, pero otra vez la imagen de ella estaba en su cabeza. Todo eso había sido una mala idea. Que se quedara, que lo acompañara, pasarle la camisa. ¿Por qué demonios se había quitado los pantalones? Esas piernas...

«No debería pensar en ella de ese modo... »


...~...


Helga no era idiota y podía ser que su personalidad fuera un asco y que siguiera siendo la persona más agresiva y temida de la clase, pero estaba segura que Arnold se había sonrojado cuando se dio cuenta de cómo estaba vestida... o de lo poco vestida que estaba. Y sí, ella fue una tonta porque olvidó que estaba sin pantalones y lo acompañó así. Si alguien de la Casa de Huéspedes los hubiera visto habría sacado las conclusiones equivocadas.

Se sentó en el sillón, envolviéndose en la manta de nuevo y sujetando los bordes desde el interior de esa especie de capullo.

Sintió latir en su pecho un dolor cálido que conocía. No quería sentirlo, no quería que le importara, pero era su amigo. Era normal que le importara, pero además... además era Arnold, su rubio cabeza de balón, que inspiró tomos y tomos de poemas, quien la motivó para hacer incontables locuras... el mismo chico que hizo una absurda promesa como una tonta apuesta contra el destino para casarse con ella si llegaban solteros a los 25. Y era también quien meses atrás le rompió el corazón en pedazos... cuando ella entendió que esos años de agresiones la convirtieron en un monstruo a los ojos de él. ¿Y qué esperaba? ¿Un premio de la academia por su actuación?

Perdió la noción del tiempo y de la realidad, mientras su entorno se volvía cada vez más borroso en las penumbras de ese cuarto. Temblando, apretó sus manos en las mantas, asustada, furiosa, confundida. No quería volver a sentirse así, no quería reconocer que todavía lo amaba, ella no podía amarlo más, no estaba bien, era horrible a amar a alguien de esa manera tan obsesiva y era aún peor sabiendo lo que él realmente pensaba ¡Por supuesto que jamás cumplirían esa promesa!

«Helga... »

«¿Qué era eso?»

«Helga... »

«Eso era un nombre»

«Helga... »

«Era SU nombre»

«Helga... »

«¿Arnold?»

–Helga

Cuando ella reaccionó, el chico estaba arrodillado frente a ella, acariciándole las manos y murmurando su nombre.

–¿Qué pasa, Helga?–dijo él, con un tono preocupado, parecía buscar su mirada.

–¿Qué...?

Intentó responder, pero notó en el quiebre de su voz que lloraba. Se soltó del chico para esconder su rostro entre sus manos, subiendo las piernas al sillón, como intentando refugiarse y hacerse pequeña al mismo tiempo.

–Está bien, Helga, puedes llorar si quieres, no le diré a nadie–dijo él, sentándose junto a ella, abrazándola.

Helga lo permitió.

Estaba abrumada.

El dolor que él le provocaba era tanto como el que sanaba. Era lacerante tener esa certeza y era angustiante pensarlo.

El llanto no se detenía.

Estaba molesta con ella, con él, con las decisiones de ese día...

Helga sabía que no debió ir a esa fiesta.

Sintió la calidez con la que él intentaba confortarla.

Desde que soñó que él la besaba en el auditorio, las fantasías con Arnold regresaron con más fuerza que antes, con un toque distinto, como una nueva forma de tentación provocada por sus malditas hormonas de adolescente.

Y estaba furiosa consigo misma, porque sentía algo cálido y ¿lindo? en su ser cuando él la miraba y que era peor cuando él la tocaba.


No me gusta verte herida


Trató de regular su respiración y lo apartó, bajando sus pies al suelo y secando un poco sus ojos, aunque podía sentir cómo se acumulaban más lágrimas.

–¿Todavía me odias?–dijo con una voz que no le era propia, mirándolo con una expresión cargada de angustia.

Arnold se congeló y sólo podía sentir sus propios latidos. ¿Esa era la Helga vulnerable? ¿Asustada?

–Nunca te he odiado–dijo con una sonrisa triste acariciándole el rostro.

–No es cierto, yo lo escuché... en las montañas...

–Incluso si dije todas esas cosas horribles sobre ti, no te odiaba. Tenía miedo

–No quiero asustarte–Comenzó a explicar con prisa.–, no especialmente. Simplemente no quiero a la gente metiéndose en mi vida

–No me refiero a eso–Arnold la miró con afecto, limpiándole el rostro con sus pulgares.–. No me asustas tú, me asusta... –Cerró los ojos un momento y tomó aire antes de mirarla.– lo que me haces sentir

Durante largos segundos se miraron a los ojos.

Los latidos eran fuertes y desgarradores.

Mientras él parecía haber confesado sus pensamientos más profundos, liberado de un peso; ella intentaba entender lo que él acababa de decir, no quería malinterpretarlo, pero tampoco podía quedarse con eso, no era algo concreto, era demasiado ambiguo.

Helga necesitaba una respuesta, escucharlo decir cualquier cosa, explicar algo, lo que fuera. Abrió la boca, dispuesta a exigir información.

–¿Qué-qué quieres decir?–Logró pronunciar.

Arnold la observó. ¿Qué era lo que iba a decirle? ¿Cómo podía explicarle algo que él mismo no lograba entender?

No podía quedarse en silencio.

Latidos.

Estaban tan cerca.

Latidos.

Estaban solos.


Esto no pasó.


Se acercó a ella y besó sus labios, apenas lo suficiente para sentir la presión de su boca antes de darse cuenta de lo que hacía y apartarse.

Por un segundo Helga lo miró sorprendida, con una ligera punzada en el estómago. No quería hacer nada, ni empujarlo, ni corresponder ese beso.

–Esto está mal, Arnold–Logró decir ella.

–Lo siento–El chico la miró con tristeza.–. No volveré a hacerlo

«¿No?»

Helga se lanzó sobre él y lo abrazó por el cuello, besando con anhelo sus labios.

Arnold la sujetó por la cintura, correspondiendo.

Era cálido, suave y húmedo.

El chico sentía que perdía fuerza y comenzaba a marearse, pero no era desagradable, no era como la sensación de mareo del alcohol. Una niebla nubló su pensamiento y todo desapareció, excepto ella, su calidez, su aroma, su boca y la presión de los brazos de ella sobre sus hombros.

Cuando se apartaron para respirar, Arnold sonreía y ella evadía su mirada. Entonces él volvió a besarla, acomodando su cuerpo de tal modo que terminó empujándola contra el sillón.

Ella le respondió, disfrutando de ese contacto. La gentileza con la que la boca de él exploraba la suya, contrastaba con la presión del cuerpo que la aprisionaba.

Así estuvieron varios minutos. Cada vez que uno se apartaba, el otro lo buscaba. Era detestable y agradable a la vez.

–Helga...

El chico intentó dialogar, pero ella volvió a besarlo y él se dejó llevar.

–Helga–Lo intentó otra vez.

–No digas nada–dijo ella–. Esto es un sueño ¿está bien?

–¿Qué?

–Nunca estuve en tu habitación y no nos besamos. Es un sueño. Es la única forma en que me pienso quedar y en la que te voy a dejar seguir...

Arnold se acercó un poco a ella, concentrado en sus labios, desesperado por su aliento. Asintió y volvió a besarla. Quería un poco de ella, solo un poco, nada más que besos y sentirla cerca. Pero estaban solos en su habitación y cada contacto provocaba un cosquilleo cálido que se diseminaba hormigueando por todo su cuerpo. Y mientras disfrutaba esa sensación, parte de su concentración estaba en controlar sus manos, porque moría por acariciar esas piernas desnudas tan cerca de él.

Abrazados, besándose, a ratos deteniéndose para mirarse a los ojos por unos segundos y luego volviéndose a besar.

Era maravilloso.

–Besas bien–dijo él, en tono de broma.

–He tenido algo de práctica–Respondió ella siguiendo el juego.

Arnold se apartó y evadió su mirada. Eso no estaba bien y no le gustaba hacer ese tipo de cosas, pero era Helga, las cosas con ella nunca resultaban bien, siempre eran un poco caóticas, un poco peligrosas, un poco culposas.

«Apenas unas horas atrás había besado a Stinky y ahora... »

–Lo siento, no debí decir eso–dijo ella, bajando la vista.

Arnold sujetó su mentón buscando sus ojos.

–Y yo no debí besarte. No me gusta ser esa clase de chico

–¿Qué clase?

–La clase de chico que no le importa que estés saliendo con alguien

–Si te hace sentir mejor, no estoy saliendo con nadie

–¿Qué?

–Lo que escuchaste

–¿En serio?

–Sí, además, esto es solo un sueño, ¿recuerdas?

–¿De verdad no tienes novio?

–¿Tengo que repetirlo?

–Por favor

–No estoy saliendo con nadie ¿Contento?

Arnold asintió.

–Helga, ¿puedo seguir soñando?

La chica asintió y dejó que él volviera a besarla.

«Rayos»

Ella era consciente de la cercanía, separados por la fina camisa y el delgado pijama del chico. Y aun así parecía que era demasiado. Por suerte para Helga los besos se volvieron cada vez más suaves y tiernos.

En algún momento lo apartó y colocó su dedo índice en la boca de él.

–Pero...

–shhhhhhh–dijo ella.

Arnold parpadeo y luego asintió.

–¿Tienes una toalla?

–Oh... debería haber en el armario

Helga se levantó y fue a buscar, siguiendo las indicaciones que Arnold le daba desde el sillón. Luego regresó y le ayudó a secar su cabello.

–¿Qué haces?–Se quejó.

–Tu cabello sigue mojado–Respondió ella.

–Puedo hacerlo solo

–Aparentemente no. Debiste hacerlo antes de subir

Se quedaron en silencio mientras ella frotaba su cabeza. Cuando terminó, arrojó la toalla al suelo.

–Gracias, Helga

–Esto es un sueño–Repitió ella.

–Un sueño y nada más

Helga sonrió, acurrucándose junto a él.

–Mis ojos están acá arriba–dijo ella con una sonrisa segura.

–Lo siento

La chica tomó la manta y la acomodó lo mejor que pudo para que ambos quedaran cubiertos por ésta.

–¿Todavía te impresionan las piernas de Edith?

–¿Qué?

–Dijiste algo sobre lo largas que eran sus piernas

–No sé de qué hablas

–Por favor, no soy ciega, llegó en minifalda y tacones

–Bueno... son largas

–Y ya que miraste tanto, ¿Qué piensas de las mías?

–¡Helga!

Ella sonrió con suficiencia al verlo sonrojar y volvió a acercarse a él, apoyando su codo en el respaldo del sillón y su rostro en su mano. El chico le sujetó el mentón y la besó otra vez, solo un beso.

Luego bostezó y subiendo una pierna, se giró, para mirar a Helga. La abrazó, acomodando su cabeza en el hombro de ella.

–¿Quién dijo que podías hacer eso?

–Estoy soñando–dijo, con una sonrisa.

–Tú ganas

Ella le acarició el cabello mientras él comenzaba a dormirse.

La chica se quedó pensativa, distraída, dejando su mente vagar entre las sensaciones, las ideas y las fantasías.


Horas más tarde, Helga reaccionó con el ruido del pasillo. Los habitantes de la casa de huéspedes peleaban por los turnos en el baño. Se levantó con cuidado, acomodando a Arnold en el sillón y asegurándose de que estuviera bien tapado.

Luego de recuperar sus pantalones, la blusa, botas y pañuelo -que esta vez le sirvió para cubrir parte de su rostro y cuello-, salió por la azotea, para escapar por la escalera de emergencia.

Entró a su casa con precaución. Miriam ya estaba en pie, en el baño, probablemente preparándose para trabajar. Helga tuvo la precaución de robarse una fruta de la cocina como excusa para estar en pie. Se encontraron en la escalera.

La mujer miró a su hija de arriba a abajo.

–Pareces... cansada–Comentó.

–Tuve pesadillas–dijo Helga.

–Trata de dormir entonces. Nos vemos en la tarde

–Como sea.

Helga se encerró en su habitación y luego de quitarse el pantalón se dejó caer sobre la cama, mirando con enfado la manzana que dejó en su velador, sin siquiera probarla.