Helga pestañeó varias veces. Un cosquilleo nervioso quemaba la palma de sus manos, subió por sus brazos y completó el camino hasta su pecho, donde sus latidos se convertían en un zumbido.
En ese instante el sol terminó de ponerse y las luces en la calle se encendían.
–¿En serio... quieres... quedarte?–Logró pronunciarlo apenas, mientras el rubor se extendía por sus mejillas, aunque oculta por las penumbras.
Arnold se sonrojó y evadió su mirada, para luego asentir, apretando los dientes, demasiado consciente del golpeteo en su pecho.
Ella se apartó y caminó hacia la puerta, mascullando para sí palabras que su novio no logró entender.
–L-lo siento. No debí pedir algo así–dijo con rapidez Arnold, nervioso.–. Está bien si no quieres...
–Me gustaría que te quedaras, cabeza de balón–Ella volteó a contestar con la misma urgencia, luego volvió a darle la espalda, rascando su brazo.–, solo no entiendo por qué querrías
–Disfruto estar contigo
–¿Por qué?
–Porque eres interesante, lista, agradable... y porque te amo
Ella abrió mucho los ojos y notó que él se acercaba. Apenada, tuvo que darle la espalda.
–¿Estás bien?–dijo él.
–¿Puedes...?–Tomó aire.– ¿Puedes volver a decirlo?
–¿Qué?
–Que lo repitas
–Te amo
–¿En serio?
–Te Amo, Helga–Añadió, jalando con suavidad la mano de la chica, esperando que ella se decidiera a voltear.
Ella apretó los ojos con fuerza antes de girarse a verlo.
–Dilo otra vez –Pidió, mirando el suelo.
–Te Amo, Helga Pataki–Concedió él, sujetándole el mentón para besarla.
Ella sonrió.
–También te amo, tonto cabeza de balón
–¡Ey!
Ella se apartó y encendió la luz.
–Puedes quedarte–Accedió.–. Mis padres no llegarán hasta mañana en la noche...
Arnold pudo notar lo nerviosa que ella estaba, a pesar de intentar fingir tranquilidad. Sonrió un poco más tranquilo.
–¿Quieres cenar?–dijo Helga de pronto, todavía evadiendo su mirada.
–Sí, suena bien–Contestó él con entusiasmo.–. De hecho, creo que tengo algo de hambre
–Sí, yo igual...
Volvieron a comer frente al televisor, distraídos, disfrutando de las últimas rebanadas de pizza y unas gaseosas entre risas.
–Si todavía piensas quedarte, creo que debo ordenar un poco la habitación–dijo Helga poniéndose de pie en cuanto el programa terminó.
–Puedo ayudarte
–No, no, no, no, no–dijo ella, agitando sus manos delante de él.–. No hace falta, quédate aquí
–Está bien
Arnold escuchó cómo ella subía los peldaños y decidió que podía llevar las cajas de pizza a la cocina con la intención de dejarlas en la basura. Una vez ahí, se dijo que podía ordenar un poco y pasó los siguientes quince minutos intentando adivinar dónde guardaban cada cosa y limpiando a medida que lograba desocupar.
–¿Qué haces?–dijo la chica al descubrirlo.
–Sólo quería ayudar–Contestó él, en tono de disculpa.
–Rayos, eres incorregible
Helga comenzó a lavar las ollas, bandejas, cubiertos y platos que había ensuciado en sus experimentos. Luego Arnold le ayudó a secar y guardar todo.
–Listo–dijo ella, con las manos en su cintura– ¿Contento?
–¿No te parece que así será más fácil desayunar mañana?–dijo él.
Ella se sonrojó otra vez. Lo odiaba. Arnold en serio iba a quedarse con ella... y estaba pensando en desayunar juntos... otra vez. Era más de lo que su corazón podía soportar y tuvo que abofetearse a sí misma.
–Helga...
–Era necesario, cabeza de balón
Luego de eso Arnold llamó a casa para avisar que se quedaría fuera, pero colgó antes que el abuelo le pidiera explicaciones.
–Tenemos que trabajar en eso–Comentó Helga.
–¿En qué?
–En tus excusas y mentiras, te falta práctica
–No quiero mentirle a mi abuelo
–¿Entonces por qué no dijiste la verdad?
–Porque sé que no me permitirán quedarme
–¿Y vas a afrontar las consecuencias?
Arnold asintió.
–¿Por qué? No vale la pena, ¿sabes?
–Eso puedo decidirlo por mi cuenta, Helga Pataki
Ella sonrió, satisfecha.
Cuando regresaron a la habitación, los tomos de poemas habían desaparecido y la puerta del closet estaba cerrada.
Helga se sentó en la cama, mirando el suelo.
–¿Cuál es el plan?–Murmuró.
Arnold se encogió de hombros.
–No hay plan... –Admitió.
Ella medio sonrió.
Entonces él tomó su mano y la invitó a ponerse de pie para luego besarla, abrazándola con afecto y ternura, disfrutando de poder tenerla entre sus brazos.
Helga correspondió el beso notando cómo sus latidos se incrementaban. Los gestos de él eran dulces, cálidos, pero ella quería más. Lo rodeó lentamente con sus brazos. Dudó un segundo y luego sujetó al chico por la espalda, acercando sus manos hacia los hombros, y se dejó caer en la cama, llevándolo con ella.
Arnold apenas logró reaccionar para apoyar uno de sus brazos al costado de la chica y evitar aplastarla con el peso de su cuerpo. La observó y ella sonreía de una forma que él supo que planeaba algo.
Ella disfrutó por un instante la mirada de confusa preocupación en los ojos de su amado y su desordenado cabello rubio cayendo sobre ella, tan cerca, que le hacía coquillas. Lo soltó para llevar sus manos hacia su rostro, pero cuando él intentó apartarse, Helga lo sujetó por el cuello de la camisa y volvió a besarlo de forma casi agresiva.
La lengua de su novia acariciando la suya con violencia, la forma en que lo sujetaba, era como si tuviera todo el control, a pesar de sus posiciones en ese momento. Podía sentir el cuerpo de ella bajo el suyo y el latente impulso de recorrer su piel. Y, rayos, perderse en esa sensación era tentador.
Estaban solos... nadie interrumpiría... entonces... ¿entonces...? ¿Era esto parte del plan de Helga? ¿O estaba improvisando porque él preguntó si podía quedarse? ¿Se sentía... ? ¿Se sentía presionada por las circunstancias? ¿Era...? ¿Era realmente lo que ella quería? ¿O solo estaba cumpliendo el papel? ¿Qué papel...?
Logró reunir la voluntad para dejar de besarla, apoyando su frente en la de ella, con los ojos cerrados. Respiraba agitado, intentando recuperar el aliento.
–¿P-pasa... algo malo?–Musitó Helga.
Su voz era suave en ese momento. Le gustaba tanto cuando ella bajaba todas sus defensas y le mostraba sus inseguridades, era tan diferente a la Helga que todos los demás conocían, era...
–Sólo quiero asegurarme de que todo esté bien–dijo él, sin abrir los ojos.
–¿A qué te refieres?
–Helga, sabes a qué me refiero...
Un descuido y sus labios se rozaron. Un cálido hormigueo recorrió sus bocas y ambos sabían que sólo se detendría si se besaban, pero ninguno lo hizo. Era una tortura exquisita.
–No sé... si tú... –Admitió Arnold.–. Quiero decir, quiero asegurarme de que estás segura... de lo que puede pasar si me quedo...
–¿De qué hablas, cabeza de balón?–dijo ella.
Su pretendida inocencia no engañó al chico y confirmó su sospecha al abrir los ojos y notar una sonrisa traviesa en sus hipnóticos labios.
Volvió a besarla, esta vez para distraerla y poder liberarse. En cuanto sintió que el agarre de sus dedos se relajaba, se apartó, sujetándole las manos para que no pudiera volver a jalar de su ropa.
Ella lo observó, divertida, en especial por la seriedad que él intentaba forzar.
–¿Podemos hablar un momento?
–Tengo ideas más interesantes para aprovechar el tiempo–Contestó ella, entrecerrando los ojos.
–¡Helga!
Arnold sintió el calor en su rostro y sus orejas. La soltó y caminó hacia el otro extremo de la habitación, dándole la espalda.
Ella, sentada en la cama, lo miraba con una sonrisa segura.
El chico apoyó las manos en el escritorio de su novia y pensó en cuántas veces estuvo ahí antes, eran muy pocas, casi ninguna. Incluso cuando sus mejores amigos empezaron a salir y los cuatro estudiaban juntos, Helga siempre evitaba que fueran a su casa y usualmente estudiaba en la escuela o con Phoebe. Pero tenía un escritorio que se notaba gastado. Entonces vio que algunas partes estaban rayadas con algo filoso, intentando borrar el nombre de Olga. En un rincón estaban las iniciales de su novia, con su bonita caligrafía.
Sentía una mezcla de molestia e incomodidad.
No podía entender cómo era que sus padres... no, no solamente ellos. Arnold sabía que todos a su alrededor, excepto quizá Phoebe, ignoraban lo maravillosa que era Helga, lo inteligente, lo mordaz y lo apasionada que podía llegar a ser. Pero ella elegía esconder todo con pretendida indiferencia y un muro de agresividad. Era tan hermética, que le tomó años llegar a conocerla. Y en cuanto lo hizo, fue inevitable comenzar a adorar cada aspecto de la chica, amarla tanto... de tantas formas... que no sabía cómo expresarlo correctamente.
Helga ya no estaba entretenida, de hecho, había comenzado a molestarse. ¿Qué demonios le pasaba? No era como si sobraran oportunidades como esa. ¿Qué acaso estaba molesto por lo que hizo? Rayos, eran novios, podían tener momentos así ¿no? ¿O era por lo que había dicho?
Ni siquiera estaba segura. Estaba furiosa e incómoda. Quería golpearlo, lo odiaba... y, sin embargo, parecía tan dulce e introspectivo en ese momento.
«Basta»
Abrió la puerta de la habitación, sacando al chico de sus pensamientos.
–Puedes irte a casa, cabeza de balón–dijo ella, antes de salir.
Arnold tardó unos segundos en reaccionar, pero cuando lo hizo la siguió.
–Helga, espera...
Ella apretó los dientes y entró al baño, cerrando la puerta tras de sí.
Tras encender la luz se dejó caer al suelo, abrazándose a sí misma, intentando no llorar.
Escuchó dos golpes suaves al otro lado.
–Helga... ¿estás bien?
–Sí, vete
–Pero...
–Sólo vete. No tienes... –Apretó sus manos con fuerza, enterrando sus uñas en la piel de sus brazos.– no tienes que quedarte conmigo si no quieres
–Helga, ya dije que quiero quedarme contigo
Silencio.
Lágrimas buscando escapar.
La chica cubrió su boca, intentando ahogar los sollozos.
Consiguió controlarse.
–Helga, ¿podemos hablar?–dijo él desde el otro lado.
Ella tomó aire, se puso de pie, apretó los puños y miró su reflejo con decisión. Abrió la puerta, dispuesta a discutir lo que fuera que él quisiera decir, pero el abrazo que él le dio la tomó por sorpresa.
–Quiero quedarme contigo–Repitió él.
Ella asintió.
–Pero no tiene que pasar nada... si no quieres
–¿Qué quieres decir?
–Helga, solo quiero estar contigo, no... no tenemos que hacer nada en especial... el solo hecho de dormir a tu lado ya es suficiente...
–¿Entonces... no quieres que nosotros... ?
Arnold se apartó y la invitó a regresar a la habitación.
Helga apagó la luz del baño y cerró la puerta tras de sí, siguiéndolo.
–¿Podrías ser más claro?–dijo ella, sentándose en la cama, todavía algo molesta–. Pensé que tú querías... ya sabes...
Arnold sonrió, nervioso y con un gesto preguntó si podía sentarse a su lado. Helga se encogió de hombros y él se sentó. Rascó su nuca, nervioso, y dejó escapar un suspiro antes de hablar.
–Helga, solo quiero estar seguro de que quieres hacer esto
–¡Claro que quiero, doi!
Arnold rio, divertido.
–No me refiero a si solo quieres... también... si estás segura... de que quieres hacer esto... ahora...
–¿Tienes una mejor opción? ¿O pretendes agendar un día?
–Heeeeeeeeelgaaaaaaa–El chico frunció el ceño, en serio molesto.
–Lo siento–Masculló ella. Tomó aire, medio sonrió y trató de controlarse antes de continuar–. Pero dime, ¿acaso te dejarán solo en la casa de huéspedes para las vacaciones de primavera?
Arnold volvió a reír.
–Helga, lo entiendo, pero quisiera que fuera agradable para ambos... ya sabes...
–¿Y qué tiene esto de malo?
–Nada... sólo quería asegurarme de que estés bien... que es lo que quieres...
Ella volteó, apoyando una rodilla en la cama. Lo sujetó por el cuello de la ropa y presionó su nariz contra la de él.
–Escucha con atención y asimila esto en tu tonta cabeza de balón–dijo ella, amenazante.
Arnold levantó una ceja.
–No hay nada en el mundo que quiera más que estar contigo–Concluyó la chica.
Helga volvió a besarlo, botándolo sobre la cama. Arnold dejó que ella se apoyara en su pecho, disfrutando la humedad y calidez de su aliento. Sin pensarlo volvió a acariciar su espalda por debajo de la ropa, rasguñando suavemente, siguiendo su columna. Notó que ella se estremecía y antes que intentara apartarse, la sujetó por la nuca y empujó toda su lengua en la boca de ella.
Subió un poco por su espalda, arrastrando la tela. Las manos de ella bajaron a su cintura y subieron un poco su suéter, lo suficiente para que la piel de sus estómagos se encontrara.
Calidez.
Cosquilleo.
Ella se apartó un segundo, con una mirada vidriosa que él no resistió. Levantó su mentón para besarle el cuello, bajando lentamente hasta el borde de la ropa y Helga lo permitió, intentando en vano ahogar los quejidos que quemaban subiendo desde su vientre para ir a estallar en su garganta.
Arnold la sujetó con cuidado y se ladeó para que ambos estuvieran recostados sobre la cama. Volvió a besarla, abrazándola, mientras con su brazo libre recorría su costado, jugueteando con el borde su pantalón. Con suavidad apretó su cadera, acercándola a él.
Ella lo contempló, nerviosa, disfrutando a la vez el rubor en el rostro del chico y la decisión en su mirada.
Antes que pudiera decir algo, él volvió a besarla, empujándola sobre la cama, no del todo, pero lo suficiente para que ella pudiera sentir su piel expuesta y parte del peso de su cuerpo.
Helga no lograba hilar ideas en su cabeza, cada frase que hubiera recitado, cada verso que hubiera escrito, todo se mezcló caóticamente y sólo quedaban fragmentos viscerales, palabras sueltas, que se hundían y desaparecían en un cálido infierno de intensas sensaciones que la engullía por completo.
Solo había un concepto claro en su mente, como una única luz y guía en la tempestad: Arnold.
Perdida en el ensueño de esa fantasía, le permitió a él explorar libremente, apenas consciente de como las manos del chico aflojaban su ropa, de forma lenta, pero progresiva, como esperando tras cada movimiento alguna reacción negativa de su parte. Si tan solo supiera, si imaginara...
La boca de él volvió a ahogarla. Cristo, era tan intenso, tan impetuoso y a la vez tan afectuoso y delicado.
–Helga
Escuchó que él la llamaba, pero se sentía aturdida, distante, perdida.
Un bostezo escapó de su boca.
–Helga...
Arnold la miró con preocupación y de pronto cayó en cuenta ¿Cuánto tiempo le tomó preparar todo lo que había hecho? ¿Acaso había dormido la noche anterior? Lucía cansada, más de lo habitual.
–Helga–Murmuró por tercera vez.
–¿Sí, mi amor?–Contestó ella, sin abrir los ojos.
Arnold medio sonrió. Ella no solía llamarlo así.
–Vamos a dormir
–Lo que tú digas...
–Espera un momento
El chico le quitó los zapatos a su novia y también se quitó los suyos. La ayudó a meterse bajo las colchas, apagó la luz y se acurrucó junto a ella, abrazándola.
–Buenas noches, Helga–dijo, dándole un beso en la frente.
Ella se acomodó en su pecho, ya medio dormida y él acarició su cabello, esperando con sosiego ser pronto arrastrado al mundo de los sueños.
...~...
Helga despertó con la luz apenas iluminando su cuarto. No estaba segura en qué momento se durmió, pero había soñado con su amado cabeza de balón, su mirada perdida en ella, sus labios buscándola con anhelo, sus manos explorando su cuerpo con urgencia y curiosidad...
Un ronquido la hizo reaccionar y entonces se dio cuenta: Arnold la abrazaba, todavía dormido.
«Esto... ¿qué...?»
Notó con una mezcla de alivio y decepción que ambos conservaban su ropa del día anterior. ¿Realmente... estaba tan agotada que...?
Lo miró, sonrojada. ¿Había arruinado esa noche? ¿Estaría enfadado con ella? ¿Decepcionado?
«No, no, no, no»
Inmóvil, intentando no despertarlo, trató de frenar sus ideas. Arnold podría haberse marchado o podría haber dormido en el sillón de la sala si se hubiera molestado ¿no?
Otro ronquido la hizo levantar la vista.
Le gustaba contemplarlo.
Le gustaba que él estuviera ahí... dormido... en su cama...
Y se preguntaba qué pasaría cuando despertara...
Con cuidado movió su mano hasta la cadera de él, buscando el borde de su suéter y lentamente arrastró sus dedos hacia el estómago del chico. Se sentía bien, era cálido. Subió otro poco, intentando no despertarlo, disfrutando poder acariciarlo. Posó su mano en su pecho, atenta al ritmo de su respiración y sus latidos.
Percibió un leve temblor en sus párpados. Contuvo el aliento ¿Acaso estaba despertando?
No abrió los ojos y ella se relajó, exhalando con lentitud.
De pronto sintió que él la abrazaba con fuerza, deslizando una de sus manos bajo su ropa, hasta la mitad de su espalda.
–¿No es un poco injusto que hagas eso mientras duermo?–dijo él, besándole la frente.
–No sé de qué hablas, cabeza de balón–Contestó ella, con una sonrisa.–. Yo te veo bastante despierto
Arnold sonrió y rasguñó suavemente el costado de su novia, siguiendo la forma de sus costillas.
Contempló su cabello desordenado y los mechones entre los que lograba percibir el azul de unos ojos que lo miraban expectantes.
–¿Quieres... seguir con... lo que empezamos anoche?–Preguntó él.
Ella asintió, mordiendo su labio.
El chico la abrazó otra vez, aspirando el olor de su piel, embriagado.
El sonido de las llaves y la puerta de la casa los hizo apartarse, mirándose con los ojos muy abiertos.
–¡Hermanita bebé! ¡Sorpresa!
–¡¿Olga?!–Helga no tuvo reparo en maldecir internamente por todos los antepasados que podía recordar y los que no también.
Escucharon pasos en la escalera y ambos se levantaron de la cama. Helga miró alrededor, abrió el closet y empujó a Arnold dentro. En una mirada rápida vio también los zapatos del chico, así que los tomó, los arrojó dentro del closet y cerró a tiempo para escuchar cómo su hermana movía la manija de la puerta.
–¿Qué rayos haces aquí?–dijo, la menor, molesta.
–¡Hermanita!–Olga se acercó a abrazarla, pero Helga la empujó de inmediato.
–¡No! ¡Déjame!
Vio a la mayor haciendo un puchero, pero no le importaba, estaba furiosa.
–Responde–Exigió Helga.– ¿Qué estás haciendo aquí?
–Ya que mamá y papá están fuera, pensé que sería la ocasión perfecta para tener un día de hermanas, solas tú y yo
Helga apretó los dientes.
–No–dijo.
–¡Vamos, será divertido!–Insistió con alegría.–. Traje todo para hacer un día de spa en casa y...
–Que no, Olga, tengo tarea por hacer
–Puedo ayudarte, ¿olvidas que fui la mejor de mi clase?
–Cada año desde tercer grado–Recitó exhausta, cruzando los brazos.– ¿Cómo olvidarlo? Bob no deja de repetirlo–Añadió, rodando los ojos.
–Vamos, busquemos algo cómodo para que te cambies y preparemos un día de relajo, solas tú y yo–Repitió, acercándose al closet.
Helga abrió mucho los ojos.
–Olga, espera... –Intentó que el pánico no se notara en su voz.
–¿Qué pasa, hermanita?
–Yo... ya que estás aquí... ¿por qué no salimos a desayunar? Nunca salimos juntas
–¿L-lo dices en serio?–La abrazó, apretándola mucho.
–Sí, de hecho... ¿por qué no vamos por Lila y salimos las tres?
Olga se apartó.
–¿Estás bien?
–Sí, sí... ¿por qué no vas por Lila mientras yo tomo un baño... y me preparo para salir? Ella es madrugadora, de seguro la encontrarás despierta
–¡Sí! ¡Esto será maravilloso! Las tres juntas compartiendo como hermanas
–Sí, Olga... lo que sea... ¿entonces?
–Regresaré en unos minutos, espero que estés lista
–Sí, lo estaré, pero apresúrate, antes de que Lila haga otros planes
Olga bajó, entusiasmada y salió de la casa. Helga esperó junto a la ventana a que encendiera el auto y diera la vuelta en la siguiente calle. Solo entonces abrió la puerta del closet.
Arnold la miró con una sonrisa incómoda y ambos rompieron a reír.
–Eso estuvo cerca–dijo el chico.
–Sí... estúpida Olga
Arnold le dio un beso en la mejilla.
–Creo que me iré antes de que regrese–dijo.
–Sí, es buena idea. Lo siento
El chico sonrió.
–Nos vemos mañana en la escuela
–Nos vemos mañana, cabeza de balón
...~...
NOTAS:
Sí, solo quería una excusa para meter a Arnold al closet (ba dum tss)
¿Qué creen que hubiera pasado si Olga no llegaba?
. . .
Próximo capítulo: Espinas
