Sick

El timbre de uno de los más lujosos y elegantes departamentos, ubicado en uno de los más exclusivos complejos residenciales de la ciudad de Múnich, sonó por enésima ocasión sin que nadie fuera a abrir la puerta, por lo que una joven de rizados cabellos rubios y ojos grises rebuscó entre sus pertenencias hasta que finalmente encontró un llavero con el logo del equipo Bayern Múnich, el cual tomó en sus manos y, con la única llave que éste contenía, abrió el cerrojo de la puerta principal del departamento. Una vez que la chica tuvo acceso, ésta ingresó al recibidor y comenzó a andar por el pasillo con dirección a la sala, pero a pesar de que en el exterior aún había suficiente luz de día el lugar permanecía en penumbra por lo que no le fue muy fácil ver al interior hasta que sus ojos se acostumbraron al cambio de luz, aunque sí le pareció distinguir la silueta de alguien moviéndose en la sala.

— ¡Marie, te dije que no era necesario que vinieras! —se escuchó decir a Karl Heinz Schneider desde uno de los sillones, aunque su voz se notaba apagada y bastante ronca.

— No soy Marie —le respondió la joven, que no era otra más que su novia Elieth Shanks, llegando finalmente a la sala.

— ¡¿Meine Kaiserin?! —exclamó Karl, muy sorprendido de verle como si fuera una especie de alucinación creada por bruma de la enfermedad, antes de comenzar a toser con bastante fuerza.

— Sí, soy yo —expresó Elieth, mirándolo con preocupación al tiempo en que dejaba sus pertenencias en otro de los sillones.

Y fue entonces cuando ella pudo notar el desastre que había en el lugar: la maleta de entrenamiento del día anterior aún se encontraba tirada a medio pasillo, en la mesa de centro estaban esparcidas las llaves del auto y del departamento así como también la cartera de Karl y algunas otras pertenencias más, además de un par de vasos usados, una caja de Kleneex y varios pañuelos regados por todo el sitio; en el suelo descansaban la chamarra deportiva del pants que él aún traía puesto así como sus tenis y para completar la escena las cortinas de la estancia se encontraban cerradas. El sitio era un caos muy raro y diferente a como siempre solía estar el departamento, el cual por lo regular era tan pulcro y ordenado, y eso le hizo ver a Elieth que Schneider en verdad no debía sentirse nada bien como para soportar tremendo desorden.

— Marie está muy molesta contigo porque no la has dejado venir a verte —continuó diciendo Shanks, al tiempo en que se acercaba a las cortinas para abrirlas y dejar que el sol entrara e iluminara la habitación— Además, me contó que amenazaste con no abrirle la puerta si lo hacía.

— Ya les había dicho que no era necesario que vinieran —alegó Karl, frotándose las sienes y el rostro con las manos para después cubrirse los ojos para que no le lastimaran los rayos de luz que ingresaban a la estancia pues tenía un terrible dolor de cabeza.

— Sabes que eso no te va a funcionar conmigo —dijo tajantemente Elieth—. Para empezar necesitamos ventilar el lugar y que entre la luz de sol.

— ¿Cómo es que te enteraste? —preguntó él, tomando un nuevo pañuelo para cubrirse pues comenzaba a estornudar al tiempo en que un escalofrío le recorría el cuerpo.

— Genzo me contó que no fuiste al entrenamiento de hoy y que el día de ayer te veías muy mal —respondió ella tranquilamente, comenzando a recoger los vasos y los pañuelos—. Y como te estuve llamando y no respondiste a ninguno de mis mensajes decidí que lo mejor sería pasar a ver si aún seguías con vida.

— No debí haber escuchado el teléfono —confesó Karl, girándose a su alrededor algo aturdido para buscar el dispositivo—. No recuerdo en donde lo dejé.

— En verdad que te ves fatal —comentó Elieth, deteniéndose para mirarlo con mayor detenimiento.

Las mejillas del Káiser se encontraban bastante sonrojadas, lo que contrastaba demasiado con la palidez de su rostro, sus ojos se miraban rojos y llorosos, y a simple vista se notaba que le estaba costando mucho trabajo respirar, pues no sólo era por la constipación nasal que traía y lo roja que su nariz se encontraba ya sino además porque él trataba inútilmente de aspirar aire por la boca, lo que le ocasionaba mucho más malestar en el pecho, siendo que su garganta estaba bastante irritada, inflamada y reseca ocasionándole en ese instante un nuevo ataque de tos.

— ¿Y eso te importa? —cuestionó Schneider, después de que se calmó la tos.

— El hecho de que esté molesta contigo no significa que deseo lo peor para ti —le respondió Shanks, con demasiado amor y preocupación en la voz como para ocultar sus sentimientos, lo que desconcertó mucho al alemán.

— Si bien recuerdo, hace un par de días me dijiste que me odiabas y que no me querías volver a ver —comentó él con cierta cautela, para asegurarse de que no se hubiera imaginación el tono de preocupación de ella.

— Yo no recuerdo haber dicho semejante cosa —dijo la joven, fingiendo demencia al respecto, pues ambos sabían perfectamente bien que cuando ella se enojaba podía decir cosas que en verdad no sentía—. Creo más bien que ya estás delirando, a ver, acércate —agregó, sentándose a su lado para acariciarle el rostro y así poder comprobar lo que sospechaba—. Como pensaba, tienes fiebre y estás temblando mucho.

Elieth entonces miró a su alrededor y vio que en el sofá se encontraba una frazada amontonada en un rincón y que los cojines se hallaban mal acomodados e incluso había algunos tirados en el suelo, encontrándose uno de ellos junto a la manta, lo que le indicaba que Karl había estado acurrucado ahí.

— ¿Dormiste aquí? —le preguntó Shanks, bastante sorprendida.

— No me quise mover más —confesó Schneider— Me dolía todo el cuerpo, de hecho aún me duele.

— Vamos a la cama —comentó Elieth, a lo que Karl la vio durante unos segundos antes de enarcar una ceja—. ¡No seas idiota! —le dijo adivinando los pensamientos del alemán—. Eso no sucederá, no debes estar tan mal si andas pensando en eso.

— Entonces no hay razón para moverme —respondió él, acostándose de nuevo en el sofá y acurrucándose, con claras molestias para respirar.

— No repliques y vamos para que te recuestes en la cama y no estés tirado aquí en el sofá como un borracho —repitió ella, tomándolo de un brazo para levantarlo—. Estás todo empapado, ¿has estado teniendo fiebre?

— No lo sé —respondió Karl, dejándose levantar.

— Y supongo que tampoco has tomado nada para tus malestares, ¿correcto? —le cuestionó Elieth, abrazándolo al tiempo en que se dirigían a las escaleras que los conducirían a la planta alta del departamento.

— No, sólo llegué y me acosté en el sofá —explicó Schneider— Después de eso simplemente ya no me pude levantar de ahí.

— Mmm —suspiró Shanks, al subir las escaleras—. Llamaré a Lily para que venga a revisarte.

— No creo que sea necesario —respondió Karl, tratando de restarle importancia al asunto aunque él se sentía cada vez peor.

— Eso no lo decides tú —respondió ella, sin dale lugar a réplicas.

Una vez en el piso superior, Elieth ayudó a desvestirse a Karl para llevarlo al baño y que se metiera a dar una ducha tibia; al terminar le ayudó a secarse y vestirse, poniéndole una pijama para luego ir al baño en donde sacó, de uno de uno de los cajones en donde ella guardaba algunas de sus pertenencias, una secadora la cual utilizó para secarle por completo el cabello al alemán y una vez realizado esto lo acostó en la cama, arropándolo para luego sin decir palabra salir de la habitación y del departamento. Karl escuchó cómo ella cerraba la puerta y creyó que ya se había ido, lo que en el fondo lo hizo sentirse más mal que la propia enfermedad.

— Gracias —susurro él, para luego dejarse perder en el sueño que lo estaba embargando.

Sin embargo, luego de que pasaron más o menos unos veinte minutos, la joven regresó al departamento, trayendo consigo varias bolsas que depositó en la cocina para después subir a la habitación de Karl, al cual encontró muy inquieto removiéndose entre las sábanas debido a que la fiebre aparentemente comenzaba a aumentar. Elieth depositó una bolsa de la farmacia en la mesa de noche a un lado de la cama del futbolista para luego dirigirse al baño, en donde llenó con agua fría un tazón hondo en el cual remojó una toalla, se sentó en el colchón a un lado del alemán y de la bolsa de la farmacia sacó un termómetro que le colocó al joven al tiempo en que sacaba la toalla del agua y la exprimía para colocársela en la frente.

— Aguanta por favor, Lily ya viene para acá —le susurró ella con mucha más preocupación en la voz de lo que podía admitir, creyendo que él no la oiría.

— Creí que ya te habías ido —susurró débilmente Karl, haciendo que Elieth saltara de la sorpresa.

— ¿Escuchaste lo que dije? —preguntó ella, sumamente avergonzada.

—Sí, estoy enfermo, no sordo —respondió él, ocasionando que la joven se cohibiera aún más.

— Y dime, de seguro fue alguna de tus amigas la que te enfermó —rezongó Elieth, como mecanismo automático de defensa al verse vulnerable.

— No, no fue así. En primera: ¿Cuántas veces te lo voy a decir? No tengo "amigas" de ésas a las que te refieres —explicó Karl, haciendo una pausa porque le faltaba el aliento—. En segunda: hace un par de días mi padre me pidió que le acompañara para comprarle algunos regalos a Marie, a Eva y a mamá y como fuimos saliendo del entrenamiento papá se llevó su auto y yo dejé el mío en el club; al terminar las compras nos fuimos a cenar con mi familia y como al final ya era muy tarde no quise que papá volviera a salir a la calle para traerme por lo que decidí tomar el U-bahn. Esa fue una noche muy fría, y creo que por eso me enfermé.

— Ja, ja, ja, ¿el "Gran Káiser de Alemania" viajando en el metro? —rio ella, de buena gana—. Sí, como no.

— Es en serio —comentó Karl, después de estornudar— Aunque no lo creas si sé andar en transporte público, no todo el tiempo tuve un Porsche en mi puerta.

— Ok, te concedo ésa, es cierto que alguna vez tuviste que andar a pie o en el transporte público pero no te voy a creer el cuento de que hace días caminaste en el frío de la noche y hasta ahora es que te enfermas —continuó alegando la joven, sin querer dar su brazo a torcer.

— Ya venía sintiendo muchos malestares desde hace días pero fue hasta ayer que de plano ya no pude continuar —contó Schneider, para luego tener un nuevo acceso de tos.

— Mmm —esbozó ella una mueca, sin decir nada más al respecto pues finalmente se dejó vencer más por la preocupación que tenía por él que por el enojo que sentía, tomando el termómetro que en ese instante pitó para verificarlo—. Como me lo suponía: la fiebre aumentó.

— Si no me crees, pregúntale a papá —continuó diciendo Karl, con evidente falta de aire y no queriendo ceder—. Ese día también compré un regalo para ti —agregó, casi sin aliento.

— Ya no hables, cada vez te ves peor —le pidió la joven, al tiempo en que sonaba el timbre de la entrada—. Ésa debe de ser Lily —comentó con cierto alivio, levantándose y apresurándose a abrir la puerta.

Después de unos minutos, la doctora ya se encontraba a un lado del enfermo, haciendo su trabajo y revisándolo cuidadosamente, siendo que Elieth se había quedado en la planta baja, alegando que prefería no molestar.

— ¿Cómo le hiciste para salirte del trabajo? —le preguntó Karl a su amiga, en cierto momento de la revisión.

— Cuando la Gatita se lo propone puede mover medio humanidad con tal de lograr sus objetivos —respondió Lily, al terminar de escucharle los pulmones con el estetoscopio—. Es más que obvio que está muy preocupada por ti y no iba a aceptar un "no" por respuesta, así le tuviera que hablar a la mismísima canciller de Alemania con tal de que te revisara.

— ¿Es en serio? —cuestionó Karl, sin creérselo del todo—. No lo parece, se veía que aún está muy enojada conmigo.

— ¡Ay, por favor, Schneider! —exclamó Lily, mirándolo fijamente—. No te pases de ingenuo; sí, está molesta contigo y eso es algo que lo tendrán que resolver después, pero aun así la Gatita no dudó ni un segundo en venir corriendo a verte en cuanto se enteró de que estabas enfermo —le comentó, con una sonrisa divertida—. Además, ella que no suele hacer absolutamente nada de labores de limpieza en el departamento ya te ordenó toda la casa, creo que hasta ya puso en la lavadora tus uniformes y hasta te está haciendo algo para que comas. Si eso no es amor, entonces no sé qué carajos es lo que siente por ti.

— ¿Hablas en serio? —preguntó Schneider, sin creer en la escena que Lily le describía.

— No tengo por que mentirte — Lily se encogió de hombros y continuó con la revisión.

Minutos después, Lily ya se encontraba con Elieth en la sala del departamento en donde la médica terminaba de realizar la receta correspondiente y le daba las indicaciones necesarias.

— Bien, me regreso al hospital —comentó la doctora Del Valle a su amiga, al terminar las indicaciones y dándole la receta—. Todo tuyo, consigue esto y dáselo como te dije, no debes tener ningún problema con la inyección pues ya te enseñe cómo aplicarla.

— Sí, gracias, Lapinette —le dijo Shanks con un tono que demostraba su preocupación, al tiempo en que la abrazaba con fuerza—. Perdón por sacarte de tu trabajo, te debo una.

— No te preocupes, Karl también es mi amigo —sonrió Lily al soltar a su mejor amiga—. Se pondrá bien, sólo cuidado y mímalo mucho.

— Sabes que no se lo merece —rezongó Elieth de inmediato.

— Pero sé que lo harás, porque aunque sean un par de mulas se aman con locura—comentó Lily, muy divertida, ocasionando que Elieth se pusiera roja de la vergüenza.

— Nada más por eso le pincharé su suculento trasero con fuerza para que le duela y mucho —gruñó Shanks.

— Ja, ja, ja, sé que no lo harás, Gatita, pues no harías nada que pudiera lastimarlo —se burló Del Valle, antes de despedirse de su amiga e irse.

Rato después, Elieth subió a ver cómo se encontraba Karl, llevando consigo una charola que contenía un tazón con un caldo humeante, una jarra de jugo de naranja natural y algunos medicamentos; colocó la bandeja en uno de los burós de noche y tomó los fármacos, preparando la inyección que Lily le había recetado.

— Karl, ¿estas despierto? —susurró la joven, sacudiéndolo suavemente por uno de sus hombros—. Necesito que te gires un poco para inyectarte.

— Mmm, ¿qué? —preguntó Schneider confundido, emitiendo algunos quejidos pero dejándose mover y colocándose en la posición que la joven le indicaba.

— Me dijo Lily que esto te ayudará a cortar más rápido la fiebre —le dijo Elieth, y con mucha delicadeza y cuidado para no lastimarlo, inyectó al futbolista.

Después de eso, Shanks ayudó a Schneider a sentarse en la cama y se fue a lavar las manos para luego colocar la bandeja con la comida en las piernas del joven.

— Te preparé algo de comer pues estoy casi segura de que no has probado bocado desde ayer —le dijo, al tiempo en que destapaba el platillo y servía el jugo de naranja en un vaso—. Ésta es una receta que mi madre nos solía hacer cuando enfermábamos, es muy buena para los resfriados, una receta tradicional de México que se llama caldo de pollo; te caerá bien, anda trata de comer algo.

— Gracias, Meine Kaiserin —comentó Karl, algo aturdido aún por la fiebre—. No sabía que preparabas este tipo de platillos —comentó, dándole un sorbo a la sopa.

— No suelo hacerlo muy seguido, pero mamá nos enseñó a todos para casos como éstos, sólo espero no envenenarte pues tiene mucho que no lo hacía —se burló ella.

— ¡Que ánimos me das! —sonrió él —. Pero por lo menos moriré con algo que sabe rico.

Elieth ayudó entonces a darle de comer en la boca a Karl y una vez que éste se terminó la sopa y el jugo, la joven retiró la charola, colocándola en un lugar seguro para luego meterse a la cama con el delantero, abrazándolo y acariciándole el cabello hasta que él se quedó completamente dormido entre sus brazos. La joven entonces prendió la televisión para entretenerse mientras cuidaba de su Emperador, siendo que mucho rato después se escuchó el sonido de un celular indicando que un mensaje había llegado, y como la joven no distinguió el sonido se quedó algo confundida hasta que de nuevo el tono se volvió a escuchar y esta vez ella pudo identificar que provenía de su saco. Ella entonces metió la mano al bolsillo y sacó un teléfono que había olvidado que se encontraba ahí.

Cuando Elieth se encontraba ordenando la sala, había hallado el celular de Schneider tirado en el suelo, muy cerca de donde él estuvo recostado pero cubierto por los cojines que habían caído desde el sofá por lo que no se veía a simple vista, y al encontrarlo la joven lo metió en la bolsa de su saco y continuó con sus labores olvidándose de él hasta este instante; teniéndolo entre sus manos alcanzó a ver que el mensaje provenía de un número que aparecía como desconocido pues Karl no lo había registrado entre sus contactos pero lo poco que alcanzó a ver de dicho mensaje no le agradó para nada a la joven.

"Amor, me enteré de que estas enfermo….", se alcanzaba a leer en el mensaje.

— ¡Maldito mentiroso! —exclamó Elieth, estallando de nuevo en cólera e intentando desbloquear el dispositivo pero éste se encontraba bloqueado con código —. Y yo aquí de tonta cuidándote.

En eso, ella recordó que en la última discusión que tuvieron, debido a un mensaje similar que la joven vio que el delantero recibió en una situación parecida, Karl le aseguró que no conocía a la persona que le estaba enviando los mensajes y que no tenía ni idea de quién podría ser, además de jurarle que no había nada que ocultarle por lo que si ella lo deseaba podría ver su celular para que se convenciera de que eran ciertas sus palabras e incluso le dio el código del teléfono para que lo comprobara. Sin embargo, en esa ocasión los celos y el enojo pudieron más que la razón siendo que ella lo mandó derechito al carajo, diciéndole que lo odiaba y que no quería volver a verlo, y esto ocurrió hacía apenas unos días atrás. Al recordar que Karl le había dado el código, Elieth tomó su celular para buscarlo.

— ¡Vamos a ver si es verdad lo que dices, maldito mentiroso! —comentó ella, encontrando finalmente los dígitos del código —. Si no, te voy a echar cianuro en tu próxima sopa —refunfuñó, al tiempo en que tecleaba los números en el dispositivo—. Por lo menos el código es el correcto —se dijo, algo avergonzada.

Una vez desbloqueado el celular, lo primero que hizo ella fue ver completo el mensaje que había llegado.

"Amor, me enteré de que estás enfermo, espero que pronto te alivies y te sientas mejor, te extraño mucho, te mando muchos besos y abrazos para que te recuperes", decía el texto completo.

—¿Pero qué se cree ésta? —gruñó la francesa, con bastantes celos.

"Si necesitas quién te cuide y te apapache avísame e iré de inmediato a tu lado", se leía en otro mensaje.

La joven comenzó a ver los mensajes anteriores de la conversación y se dio cuenta de que todos tenían un patrón en común: por parte de ella los comentarios eran más bien acosadores, pero por parte de él, siempre le repetía una y otra vez que no sabía quién era, ni cómo es que había obtenido su número de celular pero le pedía de favor que le dejara en paz, diciéndole además en reiteradas ocasiones que él tenía una relación estable y que esos mensajes le podían ocasionar un serio problema con su novia.

— ¡Por supuesto que te los ocasionó! —exclamó Elieth, bastante molesta al leer esa parte—. Karl Heinz Schneider, en verdad que te pasas de ser muy buena gente o es que de plano eres demasiado inocente —le dijo al alemán, quien dormía profundamente, ajeno a lo que sucedía a su lado—. ¡La hubieras bloqueado desde hace mucho! —continuó gruñendo—. Aunque yo en tu lugar primero la hubiera mandado a freír espárragos como se lo merece.

Shanks en ese momento notó algo que le dio mucha curiosidad, el número desde el cual llegaban los mensajes se le hizo bastante familiar por lo que para no quedarse con la duda sacó su propio teléfono y comenzó a buscar entre sus contactos hasta que lo encontró.

—Así que eres tú… —gruñó Elieth, al saber la identidad de la mujer—. ¡Ahora verás! —comentó al tiempo en que tomaba el celular de Schneider y comenzaba a responder los mensajes.

—¿Olga Meier? —escribió Shanks en el mensaje.

— ¡Oh! ¿Ya adivinaste quién soy? —contestó de inmediato el destinatario —. ¿Cómo estás? Me enteré de que estabas muy mal, puedo ir a verte si lo necesitas.

— No soy Karl, soy su novia —respondió de inmediato Elieth, sin decir su nombre—. La cual, por cierto, creo que él ya te dijo que tenía y te importó muy poco. Sólo te diré unas cuantas cosas: 1. Es muy poco ético de tu parte que utilices tu puesto administrativo en el club para buscar entre los expedientes de los jugadores sus números privados y utilizar esa información en tu beneficio personal. 2. ¿Acaso tienes tan poca autoestima para seguir molestando a una persona que claramente te ha dicho por lo menos unas diez veces que no le interesas y que te ha pedido que lo dejes en paz? 3. Por último te diré, sé quién eres y más te vale que lo dejes de molestar, borraré este mensaje y él no sabrá que te respondí pero ya he tomado screenshots de toda la conversación que le has enviado a Karl y si me entero de que continúas molestándolo no dudaré en hacerla llegar a la directiva, él es demasiado noble e ingenuo pero yo no lo seré.

P.D. Él está mejor gracias por la preocupación y no, no necesita nada de ti, para eso estoy yo, que soy su novia, para cuidarlo.

Por supuesto, la chica ya no respondió al mensaje y enseguida apareció como desconectada.

— Eso le enseñará —bufó Shanks.

Horas más tarde, Schneider despertó mucho más lúcido y descansado, envuelto en los cálidos brazos de Elieth, por lo que el delantero se giró para mirarla; la joven se hallaba distraída mirando la televisión pero al sentir que Karl se movía de inmediato se giró a verle al tiempo en que le acariciaba el cabello.

— ¡Ya estás despierto! ¿Cómo te sientes? —preguntó Elieth, dulcemente.

— Mucho mejor gracias a ti, Meine Kaiserin —respondió Karl, dejándose apapachar por su novia—. Eli, necesitamos hablar —comenzó a decir después de un pausa en donde se dio el valor para hablar—. Quiero que sepas que lo que crees que pasó no es verdad…

— Lo sé —respondió ella, interrumpiéndolo—. Por cierto, hace rato te habló Marie para saber cómo estabas—comentó, después de una breve pausa—. Me tomé el atrevimiento de contestar y explicarle cómo te encontrabas, ella me dijo que vendría a verte mañana y que si no le abrías la puerta tú, tendría que ser yo quien lo hiciera —rio la joven—. Después de eso, estuve hablando con ella y me confirmó lo que me dijiste hace rato, de que saliste con tu padre y que esa noche estuviste en casa de tus padres hasta muy tarde… —continuó, muy apenada después de una nueva pausa—. También debo confesarte que hice algo que no debía —agregó—. Sé que estuvo mal y que no debí violar tu intimidad pero… —suspiró, antes de continuar—: Mientras dormías te llegó un mensaje de tu "admiradora" y terminé leyendo toda la conversación… —confesó finalmente la joven—. Karl, en verdad que lo siento, debí haberte creído desde un principio.

Contrario a lo que Elieth esperaba, Schneider en vez de molestarse porque ella hubiera visto los mensajes de su celular se mostró muy tranquilo y la miró fijamente con mucho amor, pues él sabía bien que las palabras de ella eran sinceras y esto le bastaba para no querer continuar profundizando más al respecto, dejando que los problemas quedaran en el pasado y enfocándose mejor en el presente.

— Eli, te amo y sé que tú también pues si no, no hubieras venido a cuidarme —aseguró Karl, haciendo que Elieth se sonroja de inmediato.

— ¿Qué te hace creer eso? —respondió, ella bastante apenada.

— Que te conozco lo suficientemente bien como para saber que es así — sonrió Schneider con ternura, acariciando el rostro de la joven— Además, porque tus expresiones te delatan.

— Mejor cállate o me voy —dijo la joven, fingiendo estar molesta.

— ¡No! Por favor, quédate aquí conmigo —suplicó el alemán, abrazándola con fuerza.

— ¡Por supuesto que me quedaré! —le respondió dulcemente la francesa— Siempre estaré a tu lado cuando lo necesites —comentó ella, respondiendo al abrazo con suavidad y cubriéndolo con las mantas—. Porque por más molesta que pueda estar contigo, es verdad, Karl Heinz Schneider, te amo con locura y jamás me perdonaría no estar a tu lado cuando más me necesitas.

Karl sonrió con evidente satisfacción, acomodándose nuevamente entre los brazos de Elieth. Eso era lo único que él necesitaba para realmente sentirse mejor.