LOS PERSONAJES SON DE LA SAGA TWILIGHT Y DE BANDAS RECONOCIDAS.

LA HISTORIA ES DE UNA AUTORA ANONIMA.

DISFRÚTENLA

CAPITULO 2

—Jess vendrá por ti a las 3. ¿Sí, mi amor? —Me agacho, acomodo el uniforme de mi niño y beso su mejilla.

—Sí, mami. Está bien —Contesta sonriéndome.

—Pórtate bien y diviértete mucho —Billy pone sus bracitos alrededor de mi cuello y me abraza con fuerza.

¡Owww, amaba cuando hacía eso!

—Te amo, mami. Tú también diviértete en el trabajo —Sonrío de lado, haciendo un mohín con los labios, y vuelvo a besar su mejilla, esta vez sonoramente.

—¡Mua! Trataré de hacerlo, pequeño. Ve, tus amigos te esperan —Señalo a sus compañeritos que lo esperan en la puerta del colegio.

—¡Adiós, mamá, te amo! —Grita mientras corre hacia ellos.

—¡Y yo a ti, tesoro! —Lo observo entrar al establecimiento y, una vez que me aseguro de que ya está adentro, me dispongo a ir al trabajo.

Afortunadamente las calles no están muy congestionadas, y llego a la oficina 15 minutos antes de mi horario. Aparco en el estacionamiento asignado para empleados, paso por el molinete marcando mi tarjeta y me dirijo a la zona de ascensores.

Apoyo mi espalda en la pared y suspiro largamente. Mi cabeza es una maraña de pensamientos, todos girando alrededor de una sola cosa... En unos meses perderé mi visa y seré deportada.

El ascensor llega, sacándome de mis pensamientos. El día apenas comienza y ya quiero que termine. Entro al cubículo y sigo enredada en mis preocupaciones. ¿¡Qué se supone que iba a hacer!?

Justo cuando las puertas están por cerrarse, unos brillantes zapatos negros las bloquean, haciendo que se abran de nuevo.

Contengo con todas mis ganas el deseo de resoplar cuando veo entrar a un hombre alto, atlético, con un traje negro elegantísimo —de seguro de diseñador— y la cabellera dorada totalmente alborotada. No puedo ver sus ojos porque lleva unas estilosas gafas de sol.

Lo observo detenidamente y me toma solo dos segundos reconocerlo: Edward Cullen. El jefe de mi jefe… O sea, también mi jefe.

El tipo es sumamente guapo, exitoso —Obviamente, si es uno de los cantantes del momento— ¡Y muy seguro de sí mismo!

¡El maldito es un perfecto Adonis!

Aunque debo reconocer… No es mi tipo.

!JA¡

¿Por qué mi maldito subconsciente se burla de mí?

En fin...

—Buenos días —Saludo con educación. Después de todo, es mi jefe...

El tipo aparta la vista de su celular, baja apenas sus gafas y me observa de una manera que no logro descifrar. Me dedica una sonrisa torcida y, debo admitirlo, por unos segundos me cautivó por completo. ¡Está muy bueno, no lo voy a negar!

Se ríe más ampliamente y luego se da vuelta, dándome la espalda.

—Será hijo de… —Murmuro entre dientes, saliendo de mi estúpido momento de embriaguez.

¡Lo que tiene de lindo lo tiene de maleducado!

Acomodo mi ropa y me miro en el muro espejo del ascensor, dándome cuenta de que ni siquiera me había tomado el trabajo de maquillarme un poco esta mañana.

Muerdo con fuerza mi labio inferior y trato de no mirarlo. Pero, como mujer curiosa que soy, suspiro y fijo la mirada en su espalda… y en su bien formado trasero.

¡Okey, suficiente Isabella! ¡Mirá el techo! ¡Mirá el reluciente y brillante techo!

Intento concentrarme en una canción que tengo en la cabeza, pero el embriagador olor de su colonia no me facilita la tarea.

—Cuatro, cinco… —Susurro, fijando la vista en la pantalla que marca los pisos como táctica de distracción.

¡Fueron siete! ¡Siete pisos de tortura hasta que el ascensor se abrió dejándome libre!

Paso a su lado tan rápido como mis piernas me lo permiten, rozando apenas su hombro, y escucho a mi ex compañero de elevador gritar:

—¡¿Pero qué mierda...?!

Me congelo unos segundos en mi lugar y lucho con todas mis fuerzas para no girar y mostrarle mi dedo del medio.

¿Él me gritó? Quiero decir… ¿Se atrevería a semejante cosa solo por chocar conmigo?

Aunque… ¡Está bien!

Lo hice a propósito, pero se había comportado como un idiota hace unos segundos y...

Cierro los ojos un momento, respiro hondo, y siguiendo el consejo de mi subconsciente, me dispongo a ir a mi escritorio.

—Inhala oscuro, exhala rosa, Bella…

.

.

.

—Que tengas un buen día, Isabella —Una chica desconocida me saluda con una sonrisa lastimera. Frunzo el ceño por la situación.

—Ok... Emmm, ¿Gracias? —¿¡Pero qué carajos?! Era la quinta persona extraña que me saludaba "amigablemente" al entrar a mi lugar de trabajo.

Sigo caminando por los cubículos como si nada, ignorando las miradas furtivas de mis compañeros.

¿Qué le pasaba al mundo hoy?

La oficina está en completo silencio, algo raro considerando que siempre es un completo lío.

Cuando por fin llego a mi cubículo, me siento bajo la atenta mirada de Alec.

—Tú —Lo señalo con el dedo índice, frunciendo el ceño—. Tú me vas a decir qué mierda le pasa a toda esta gente. ¿Sabés? Me saludaron como seis personas que ni siquiera sabía que trabajaban acá. ¿Qué demonios sucede?

Dije lo último en un tono un poco más alto de lo normal, para que los chismosos escuchen y se metan en sus propios asuntos.

—Mi querida Isabella, lo siento tanto... —Alec arrastra su silla hasta la mía—. Podés contar conmigo para lo que sea, no tengas miedo de decirme las cosas.

Me toma la mano entre las suyas y la aprieta suavemente.

—¿Alec? ¿Qué demonios?

—Ignorá al resto —Dice, mirando por encima del hombro—. ¿Querés hablar sobre lo de tu visa?

¿¡Cómo demonios sabía sobre eso!?

—¿Mi... mi visa? Yo no tengo problemas con... —Me clava una ceja alzada. Resignada, suspiro—. ¿Cómo te enteraste?

—Lauren, de Recursos Humanos, recibió una carta de un abogado de migraciones y, bueno... —Alec me da una palmadita en el hombro—. Ya sabés cómo es: se lo cuenta a alguien, pidiendo que no diga nada, sabiendo perfectamente que se va a enterar todo el mundo igual.

¡Oh, Dios! ¡Todos sabían que me van a deportar! ¡Estoy en boca de toda la maldita oficina!

Joder.

—¡Dios! ¡Era lo único que me faltaba! ¡Estar en boca de todo el puto edificio! —Apoyo los codos en el escritorio y me tapo la cara con las manos.

—¡Oh, ahí viene el jefe! —Alec se gira a su escritorio, cortando la conversación—. Lo siento mucho, Bella.

Ruedo los ojos con una pequeña sonrisita y asiento.

—Sí... yo también lo siento.

.

.

.

El día se me estaba haciendo completamente difícil. A donde fuera que iba, en cada rincón de la empresa, era tema de cuchicheos: "Isabella Swan está por ser deportada."

Sentía que me faltaba el aire, y cada vez me sofocaba más.

—Necesito respirar aire fresco —Murmuro. Pero salir del edificio no era una opción. No quería que pensaran que abandonaba el trabajo. ¡Faltaba más!

Frustrada, hago una mueca de disgusto. Me levanto de mi cubículo y camino rápido hasta divisar lo que estoy buscando: la terraza.

Subo las escaleras de dos en dos. Cuando llego, abro de golpe la puerta y dejo que el aire fresco me golpee en la cara. No me había dado cuenta de que estuve conteniendo la respiración todo el camino.

Exhalo con fuerza y vuelvo a inhalar el aire frío de la mañana.

Camino hasta una de las esquinas y me aferro al barandal. Cierro los ojos mientras el viento me golpea la cara y me despeina. Trato de no pensar, pero me resulta imposible. Ni siquiera aquí podía dejar de pensar.

Exhalo e inhalo, aferrándome con más fuerza al metal. Las lágrimas empiezan a caer. Una tras otra, sin freno. Lloraba por no saber qué hacer. Lloraba por lo imbécil que fui. Por lo que iba a perder. Mi vida en Nueva York. Mi trabajo. Pero sobre todo… lloraba porque podía perder a mi hijo.

¡Me siento tan triste y tan malditamente sola!

Suelto una sonora bocanada de aire cuando escucho un ruido. Miro hacia la puerta, pero sigue cerrada.

Niego con la cabeza y cierro los ojos otra vez.

Decidida a irme, me separo del barandal, pero en ese momento siento que alguien me agarra de la cintura y me tira hacia atrás.

—¡No! —grita el tipo mientras caemos al suelo.

Quedo atrapada entre el piso y su cuerpo, nuestras respiraciones agitadas. Me mira intensamente con unos ojos verdes hermosos. Su rostro está a centímetros del mío.

Es Edward Cullen.

¡Sí! ¡Mi jefe!

—Por favor, señorita... Por lo que más quiera, no lo haga.

¿No lo haga? ¿De qué mierda me está hablando?

—¿¡No haga qué!? —Me remuevo bajo él, molesta—. ¿¡Podría, por favor, salir de arriba mío!?

—Lo haré si promete no saltar.

Oh, Dios... su aliento es exquisito.

—¿Saltar? —Pregunto confundida.

—Sí, cualquier problema que tenga, seguro tiene solución.

Ahí caigo. ¡Pensó que me iba a tirar!

Bueno... si yo encontrara a alguien llorando como desquiciada en la terraza de un edificio, también pensaría lo mismo.

—Ok... no voy a saltar —respondo, sonriendo de lado—. Se lo juro.

Duda unos segundos, pero finalmente se levanta y me ofrece su mano para ayudarme. Me pone de pie.

—Gracias... qué amable —digo sarcástica, sacudiéndome la ropa.

—¿¡Qué hacía ahí, parada en el borde del edificio!? —grita. Me sobresalto.

¡¿Y a él qué le importaba si me tiraba o no?!

Bueno… sí. Prensa, escándalo, abogados... ok, tenía motivos.

—Solo estaba tomando aire —Respondo, limpiando mis lágrimas.

—¿Aire? —camina nervioso—. ¡¿Tomando aire en el borde del maldito edificio?!

¡Ya me harté!

—¡Sí! ¡Estaba tomando aire en el borde del maldito edificio! —Grito. Se detiene y me mira sorprendido—. ¡Desde ayer tengo un día de mierda! ¡Y hoy no fue la excepción! ¡Estoy en boca de toda la empresa! ¡Me estaba sofocando ahí adentro!

—¿Tú trabajas aquí? —Pregunta.

¿¡Qué carajos!?

—¡Por supuesto que trabajo aquí! ¿Qué más haría en este maldito edificio?

—Ok, tranquilícese. ¿Puede decirme qué le ocurre?

—¿Quere saberlo? ¡Está bien! ¡Se lo voy a decir! ¡Antes de que lo sepas por las víboras que tiene de empleadas! —Lo miro como loca, y él me mira como si tuviera tres cabezas—. ¡Están a punto de deportarme!

Y empiezo a llorar otra vez.

—¡Porque la maldita visa me fue denegada! ¡Y no entiendo por qué! ¡Entregué todos los papeles! ¡Incluso Aro y Cayo presentaron documentación!

—¿Aro y Cayo...? —pregunta confundido.

—¡Sí! ¡Mis malditos jefes!

Retrocede asustado.

—¿Y sabe qué dijeron? ¡Que no podían hacer una mierda! ¡Que lo resolviera sola!

Edward me escucha, frunciendo el ceño.

—Seguro hay una solución.

—¡Sí, la hay! ¡Pero no puedo usarla!

—¿Por qué?

—¡Porque la solución es casarme! ¡Y ese alguien con quien podría casarme ya está comprometido con otra!

—¿Casarte...? —repite.

—¡Sí, casarme! ¡¿No me está escuchando?!

—Ok... dejame pensar un poco —Dice él, caminando como loco de un lado a otro.

—Ya da igual. ¡Olvidá todo lo que te dije! —Digo, avanzando hacia la puerta—. ¡Y si quiere despedirme, hacelo! ¡De todos modos ya no...!

—Espera...

No le hago caso, pero entonces lo escucho decir:

—Cásate conmigo.

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Hola!

Les dejo de regalo este segundo capítulo. Espero que les haya gustado!

Espero sus comentarios y corazones

Que tengan un hermoso día!