SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE
Por Inuma Asahi De
Traducido por Inuhanya
Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desean que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).
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Capítulo Dos:
La Mascarada y la Dote
"Esto es una mierda." Dijo el Capitán mientras conducía el barco hacia Port Royal, sus manos sujetaban el timón como si fuera la cosa más frágil en el mundo y en el momento lo era.
"Lo sé," aceptó Miroku al lado del Capitán dejando caer sus hombros y suspiró fuertemente. "Por qué tenía que ser en este lugar?"
"No eso," dijo el Capitán rudamente mirando su barco con un oscuro frunce. "Odio dirigir este maldito barco." Él señaló el timón con un dedo para reiterar su punto. "Eso es por qué contraté a ese timonel sanguinario en primer lugar."
Miroku prácticamente golpeó a su Capitán en la cabeza pero se detuvo—habían otros miembros de la tripulación en la cubierta y nunca deshonraría al Capitán en frente de los hombres. Además, si los hombres comenzaban a pensar que el Capitán era débil, las probabilidades de un amotinamiento se incrementarían (sin embargo, después de la demostración anterior con el mástil, las posibilidades descendieron a ninguna).
El joven primer oficial sonrió ante el recuerdo de las dementes habilidades de su Capitán de la noche anterior. "Maldición," pensó sacudiendo su cabeza. "Si hablamos de solidificar tu puesto, él va a ser el Capitán para siempre." Miroku rió ante la idea pero sabía que tenía razón en su suposición.
Los Capitanes piratas eran elegidos por su tripulación, no tenía nada que ver con quién poseía un barco o tenía más dinero—no, un Capitán pirata tenía que tener algo más grande que eso. Necesitaba ser capaz de mantenerlos vivos, necesitaba ser capaz de pelear, necesitaba ser capaz de derribar el mástil y tirarlo al mar durante una enfurecida tormenta para que el barco no zozobrara. Y si no podía hacer esas cosas podría ser removido—era el principio de la democracia. Y el movimiento del Capitán para retirar del barco el mástil en llamas solo había incrementado sus posibilidades de mantener permanentemente su posición como Capitán, nadie se atrevería a votar contra un hombre que salvó todos sus traseros, eso sería suicidio.
Además, Inuyasha tenía un buen registro en mantenerlos vivos y eso era por qué el Capitán Inuyasha nunca había tenido un motín en todos sus años sirviendo como Capitán—era muy bueno. Y con suerte, su democracia no requeriría un término límite para cambiar eso.
"Maldito timonel," gruñó Inuyasha devolviendo a Miroku al presente. "Dónde está?" Murmuró girando levemente el timón hacia la derecha.
"Por qué no le preguntas al mar?" dijo Miroku secamente usando las palabras de Inuyasha del día anterior.
El Capitán guardó silencio ante el sarcasmo y miró a su primer oficial por varios segundos. El joven se giró hacia él dándole al Capitán la mirada más protectora que pudo lograr, eso no llamaría la atención de la tripulación trabajando en la cubierta de abajo. Miroku podría estar en desacuerdo con el hombre pero nunca dejaría que fuera sabido por los otros tripulantes. Después de varios segundos, el Capitán se giró y resopló rehusándose a sentirse culpable. El hombre en cuestión había sido tan nuevo para la tripulación que no había sabido el nombre del hombre. Demonios, apenas habían recogido al hombre una semana atrás en La Española que no hubo tiempo de formar ningún tipo de vínculo.
Aún—Inuyasha sintió sus orejas desplomarse ligeramente en su cabeza. "Él era mi tripulación." Pensó Inuyasha para sí moviendo su mano para tocar la pequeña gema que colgaba alrededor de su cuello. "Y le fallé." El sentimiento de culpa se incrementó en su pecho por un segundo antes de que Inuyasha se gruñera y obligara a sus orejas a erguirse en su cabeza mientras soltaba la gema deliberadamente.
A su lado, Miroku sonrió satisfecho antes de mirar hacia la vasta expansión del mar ante ellos. "Y, dime por qué tenemos que atracar en Port Royal?" Preguntó oficialmente re direccionando la conversación, sabiendo que su punto había sido probado.
Si el Capitán se dio cuenta de lo que estaba haciendo su primer oficial, no dio indicios. "Por qué no?" Inuyasha se encogió de hombros mientras hablaba, "Es el puerto más cercano."
Miroku le dio una larga mirada de soslayo antes de exhalar un nombre. "Henry Morgan."
Inuyasha se acalló ante su comentario, sus orejas aún más erguidas en su cabeza ante las palabras de Miroku. "Bueno, esa es una buena razón." Se dijo golpeteando una mano en el timón.
Un siglo atrás, Port Royal había sido un paraíso pirata lleno de mujeres de cuestionable moral y hombres aún más cuestionables. Las personas morían ahí todos los días, heridos de rabia o por un tesoro o solo por un poco de diversión. Las mujeres habían sido fáciles de encontrar y aún más fáciles de llevar adentro. La cerveza corría libre como el agua y era fácil vender carga robada estuviera marcada o no por la corona. Había sido un gran lugar hasta que un demonio Comadreja, Henry Morgan, había sido nombrado teniente gobernador. El demonio había cambiado la ciudad—para el bien de ciudadanos respetables había dicho pero lo peor para los piratas.
Morgan limpió la ciudad de piratas, pasando leyes que sentenciaba a todas las personas acusadas de piratería, prostitución, o incluso el juego para ser colgadas en las horcas que Morgan había construido para eso. Los piratas le habían dado al lugar un apodo 'Punto de las Horcas'—era un nombre que se ajustaba. Muchos piratas habían encontrado su final en las horcas de Port Royal y por esto ahora el pueblo era un puerto respetable en tanto como se ignorara el constante tráfico de esclavos en el área.
A pesar de toda esta información, Inuyasha sabía que no tenía elección. "Tenemos que atracar." Le dijo a Miroku rudamente mirando el roto mástil, una mano conducía el barco mientras la otra tocaba de nuevo y distraído la pequeña gema. "No tenemos opción. No llegaríamos al siguiente puerto."
Miroku asintió, ambos sabían que estaban escasos de comida y agua más importantemente. Si no atracaban aquí, al menos para reabastecerse, entonces morirían en las aguas en cuestión de días. Literalmente muertos. "Entonces qué hacemos?"
Inuyasha respiró profundamente soltando la gema mientras llevaba sus manos al timón, apretándolo fuertemente e intentando pensar en alguna solución. Después de varios minutos de intensa mirada, levantó su cabeza, una sonrisa formándose en sus labios. "Sabes," habló él observaba a Miroku lamer su labio superior. "En Londres, tienen esos bailes en el palacio."
Miroku lo miró extrañamente, una de sus cejas subió hacia su línea de negro cabello. "Qué?"
"Sí," Inuyasha asintió con una gran sonrisa en su rostro. "Ellos se visten y usan disfraces y pretenden ser personas como piratas y mierda como esa."
"Tu punto?" Dijo Miroku calmado, preguntándose si el Capitán había notado que estaban hablando de Port Royal y Henry Morgan.
Inuyasha rió y sacudió su cabeza enérgicamente. "Creo que es momento de que sigamos algo de su buena influencia." Él señaló hacia abajo la bodega de carga.
Miroku siguió la mano del Capitán hacia la bodega de carga, su mente trataba de captar lo que el Capitán estaba indicando. "Espera?" Susurró él, revisando mentalmente el inventario. "Tú no estás—estás loco?" Giró su cabeza de golpe hacia el sonriente Capitán. "Una mascarada?" Adivinó Miroku dándose cuenta de que el Capitán estaba hablando de una serie de 'artículos' muy particulares que habían adquirido unas semanas atrás. "Estás sugiriendo que pretendamos ser parte de la Armada de la Corona?"
"Un hm," Inuyasha sonrió asintiendo cortamente. "Tenemos los uniformes, tenemos los metales, incluso tenemos las pistolas allá abajo." Inuyasha prácticamente gruñó con placer mientras golpeaba su mano en el timón. "Apuesto que podemos lograrlo."
"Um pero—," Miroku sintió fallarle su voz ante su idea y sacudió sus manos. "Qué hay del barco, ella no se ve como un barco de la armada?" Conocía una mala idea cuando la escuchaba. No solo eran piratas llegando a uno de los puertos más peligrosos en el mundo para un pirata, eran piratas que estaban contemplando vestirse como oficiales de la Armada y entrar a uno de los peores puertos en el mundo para un pirata.
Inuyasha cerró sus ojos y chasqueó su lengua viéndose completamente despreocupado. "También tenemos cosas para eso." Le dijo a Miroku con un movimiento de la mano.
Sin una palabra, Miroku puso su cabeza en sus manos retrocediendo varias semanas al asalto en ese barco de la Armada. En el momento había pensado que era extraño que el Capitán hubiese tomado uniformes y sombreros del barco de la Armada que habían atracado, pero ahora lo veía como parte de la misteriosa suerte de su Capitán. El Capitán había sabido que lo necesitarían, de cierta forma lo había sentido y los llevó—y ahora semanas después, se hallaban con la perfecta oportunidad de usar los implementos adquiridos.
Miroku bajó sus manos hacia sus costados. "Santo dios, cómo te dejo meterme en esto." Refunfuñó él antes de mirar a su Capitán a los ojos. "Traeré la bandera de la armada." Dijo con un profundo y fuerte suspiro.
"Sí!" Siseó Inuyasha elevando un puño en triunfo antes de chasquear sus dedos y volverse hacia Miroku. "Oh, viste a Sango." Añadió él. "Si tenemos a bordo una mujer indefensa nos veremos menos sospechosos."
"A Sango no va a gustarle esto." Dijo Miroku en una melodiosa voz pensando en la única mujer en el barco, su mujer.
Inuyasha simplemente resopló en respuesta. "Fóllala."
Miroku sonrió y rió frente al Capitán, lamiendo sus labios con un sugestivo guiño. "Cada noche."
El Capitán rió a carcajadas, indicándole a Miroku que dejara la cubierta. "Bueno, ve por tu premio, fóllala y vístela." Sus manos volvieron a tomar el timón, girándolo levemente a un lado cuando una ola chocó contra el lado más dañado del barco. "Estaremos en puerto en tres horas a este paso, no hay mucho tiempo para poner en forma el barco." Giró el timón ligeramente, el barco obedeció lentamente. "Escoge a los hombres más limpios y vístelos también. Los otros se pueden esconder abajo."
"Necesito follar a los hombres antes de vestirlos?" Inquirió Miroku sobre su hombro mientras se dirigía hacia las escaleras.
"Eso no me importa," llamó Inuyasha mientras Miroku desaparecía en la cubierta de abajo. "Siempre y cuando se haga."
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Kagome dejó el té un poco después de las tres de la tarde. Valientemente, bajaba sola por la calle habiendo dejado a sus amigas en su conversación sobre hombres guapos que vivían entre sal y aire. Frunció ante la romántica idea en su mente, distraída con su propia curiosidad por las vidas que vivían. "Cómo será," pensó ella mirando el pueblo alrededor, asintiendo respetuosamente a los transeúntes. "Ser uno de esos hombres?" Suspiró ante la idea mientras continuaba su camino, regresando a su casa con una sombrilla puesta cuidadosamente sobre su cabeza para protegerla del ardiente sol jamaiquino. "Creo, que sería maravilloso navegar por el mar toda mi vida." Ella sonrió ajustando la sombrilla para que un poco de sol pudiera golpear su rostro. "Para siempre estar bajo el sol, vivir de nada más que del apetito por la aventura y el viento conduciendo mis velas."
Ella se detuvo en medio de la calle, sus propios pensamientos le causaron una extraña punzada en su corazón mientras giraba distraídamente la sombrilla en sus manos. Con un fuerte suspiro le permitió a la sombrilla caer sobre su hombro por un segundo, exponiendo su cabeza, cuello y hombros a los brillantes rayos del sol que caían sobre ella. Lentamente, giró su cabeza a su derecha observando el paisaje de pequeñas casas cuyos patios traseros estaba hechos de arena y playa hasta que sus irises aterrizaron en el prometedor océano.
Seguía las olas con sus ojos, observándolas menguar y fluir por varios segundos antes de levantar la sombrilla sobre su cabeza, "Pero eso nunca será." Susurró para sí, girándose y regresando por el camino que conocía mejor que a ella misma.
Su familia se había mudado a Jamaica once años atrás cuando aún era una pequeña niña de seis años. Para entonces, Henry Morgan había matado los últimos de los piratas más temerarios, haciendo del puerto lo seguro suficiente para que personas civilizadas establecieran sus residencias. A su padre, un hombre adinerado en Inglaterra, le había sido otorgada una posición por el demonio mismo como Representante Humano o, como lo describía su padre, el camino para las relaciones entre humanos y demonios. Básicamente, su trabajo era mantener el orden entre las dos razas, manteniendo control de sus disputas y asegurando que todo fuera manejado de forma civilizada.
Era un trabajo que demandaba mucho tiempo y esfuerzo, tanto así que Kagome no había visto a su padre en años. Seguro, lo veía salir de casa y regresar al menos unos días pero la mayoría del tiempo su padre simplemente era el proveedor de la casa y nada más, no un padre por decir lo menos.
Su madre era otra historia. Al principio, su madre se había rehusado a aceptar su condición en Jamaica. Habían tenido que, para vergüenza de su padre, bajar arrastrando del barco a la mujer cuando llegaron. Su madre era nacida en Francia, puro y simple. Y aunque se había casado con un inglés al final de la Guerra de los Treinta Años, aún mantenía cierto prestigio por su nacionalidad y ninguna mujer francesa debería ser obligada a vivir en un lugar como Port Royal (de acuerdo a su madre). Aun, a pesar de esto, su madre había hecho un hogar y una vida en Jamaica. Una de la que cualquier mujer en casa estaría orgullosa.
Esto con excepción de una cosa: su hija.
Kagome suspiró fuertemente pensando en la gran decepción que se había vuelto con los años. Cuando las otras chicas habían estado encerradas con muñecas, Kagome había estado afuera con los niños haciendo pequeños barcos de papel y madera que liberaban en el mar. Cuando las otras chicas se habían estado vistiendo para el té con ayuda de sus madres, la madre de Kagome había encontrado a su hija en la arena buscando conchas marinas y dólares en la arena. Cuando las otras chicas habían comenzado a casarse, Kagome había sido la única en no recibir una simple oferta. Kagome había sido el fracaso femenino de su familia. Kagome la chica poco femenina, que nunca había superado su independiente naturaleza infantil no había tenido un simple prospecto de matrimonio, la más grande de las humillaciones para una debutante francesa.
"Soy un fracaso." Kagome sintió la idea en su cabeza salir por su boca mientras volteaba por su calle hacia su hogar, sus pasos más lentos a medida que se acercaba a su prisión. "Todo lo que mi madre quería era una hermosa dama pero yo—qué shock debió haber sido tenerme." Ella mordió su labio, la recorría un sentimiento de sincera culpa por el infierno que debió ser su existencia para su madre. "Aún," sacudió su cabeza y levantó sus ojos para mirar el sol. "Esa vida, es la vida de mi madre." Sintió un escalofrío bajar por su espina. "Esa no es la vida para mí."
Sonrió levemente admitiéndolo en voz alta, su rostro enrojecido mientras pensaba en la vida que hubiese preferido. Buscando sentirse tan confiada como siempre, Kagome miró la calle hacia el modesto hogar de su familia solo para detenerse en seco.
"Un carruaje?" Susurró en la desolada calle mientras sus manos se apretaban en la sombrilla.
En frente de su casa había un lujoso carruaje con caballos perfectamente limpios y un chofer fumando una pipa, se veía muy decente para estar sentado sobre un carruaje e hizo encoger a Kagome. Estaba muy limpio para su gusto; perfecto y decente. Ella era una chica que le gustaba la sutil suciedad de la vida, lo cual añadía sabor y color al mundo. Sin embargo, este carruaje, era como un día sin nubes. Seguro que podría ser hermoso pero dónde estaba la emoción en un cielo vacío? La mitad de la diversión estaba en preguntarse si iba a haber tormenta y la otra mitad estaba en huir de esa tormenta.
Dando un paso, Kagome continuó estudiando el carruaje, una persistente sensación en su cabeza le decía que había algo de qué preocuparse con su presencia. "Me pregunto de quién es el carruaje?" Susurró ladeando su cabeza solo para sentir un apretón en la boca de su estómago. "Oh no, es del Sr. Morgan," susurró sacudiendo su cabeza de un lado a otro, su mano se apretó en la sombrilla mientras su corazón se aceleraba en su pecho. "No puede ser, posiblemente no, qué está haciendo aquí?"
Una gota de sudor bajó por el costado de su cuello mientras levantaba el borde de su vestido y comenzaba a caminar hacia el carruaje tan rápido como lo permitía su corsé. Se acercó alcanzándolo muy rápidamente y antes de que el chofer pudiera verla, se detuvo y enderezó su falda y cabello esperando no ser regañada por su falta de escolta masculino una vez que entrara a la casa. Con el Sr. Morgan adentro solo había una probabilidad de cincuenta-cincuenta. Por un lado, su madre no querría perturbar su compañía con asuntos familiares. Sin embargo, por el otro, su madre podría sentir la necesidad de regañar a su hija para demostrar que aún intentaban domarla para el matrimonio.
Kagome pasó saliva, de una forma u otra, no quería entrar pero sabía que tenía que hacerlo. Si Henry Morgan estaba adentro entonces algo muy malo estaba pasando. Podría ser su padre o problemas en el pueblo o—sacudió su cabeza—no podía permitirse pensar en qué era peor.
Sobre el carruaje el chofer aclaró su garganta llamando su atención hacia arriba. "Oh, buen día, señor." Susurró ella haciendo contacto visual, dándole al hombre una respetuosa cortesía por su posición.
"Buen día joven Srta. Dresmont." Él habló suavemente mientras le daba una gentil mirada antes de desviar sus ojos hacia la casa. "Será mejor que entre, Señorita."
Kagome lo miró, no sabía su nombre pero tenía un rostro amable, una cara humana y típicas orejas humanas. Esa era una de las distinguidas características entre los humanos y los demonios: sus orejas. Las orejas de un demonio al igual que las humanas estaban ubicadas a cada lado de sus cabezas pero en vez de ser redondas como las humanas, eran afiladas en las puntas como las contrapartes animales a las que estaban vinculados. Este hombre frente a ella, obviamente tenía orejas redondeadas, haciéndolo un humano completo. "Debe ser un sirviente si es humano." Registró ella, mirando sus ropas y su apuesto rostro. Era de común conocimiento que el Sr. Morgan usaba sirvientes humanos sobre los demonios, si consideraba la posición por debajo del patrimonio de un demonio. "Por qué debo entrar, buen señor?"
El hombre inhaló una pipa que había estado sosteniendo en su mano. El aroma a tabaco llenó su nariz—le recordaba a su padre. "Están discutiendo sobre usted."
"Sobre mí?" Ella sintió empeorar el apretón en su estómago.
"Sí," el chofer tomó la pipa, girándola bocabajo y golpeándola para que las cenizas del quemado tabaco cayeran al suelo. "Algo sobre una dote."
Los ojos de Kagome se abrieron, su corazón se detuvo en su pecho. "Pero, el Sr. Morgan está casado," discutió con el hombre, parte de ella dándose cuenta de que no le importaría pero la otra parte prácticamente chillaba con incredulidad. "Por qué discutiría mi dote con mi madre?"
El chofer le dio una gentil mirada, su expresión apologética. "El Sr. Morgan puede ser un hombre casado, Srta. Dresmont," le dijo suavemente como si pudiera quebrarse. "Pero su hijo más joven aún es un soltero elegible."
Kagome palideció de una vez, sintiéndose enferma del estómago mientras la imagen se formaba en su cabeza. "Naraku?"
"Ese mismo." Habló el hombre honestamente guardando la pipa en su chaqueta.
"Oh no!" Rápidamente, sin darle al hombre el más leve reconocimiento o las gracias, Kagome le dio la espalda y corrió casi tropezándose con su vestido cuando llegó al frente de las escaleras. Prácticamente arrastrándose, Kagome llegó a la puerta de la casa casi quitándole las manijas mientras entraba, pausando lo suficiente para dejar el show y poder moverse silenciosamente por el piso de madera.
De puntillas, intentando no hacer un sonido, se dirigió al salón donde su madre recibía a todas las visitas. Notando que la puerta estaba ligeramente abierta, se presionó contra la pared, asegurándose que ni su sombra fuera vista por la puerta mientras se acercaba más y más. Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, hizo su recorrido por el largo corredor y se encontró justo al lado de la puerta. Con extremo cuidado, se inclinó asomándose en el salón con ojos nerviosos.
Sentado al otro lado de su madre, tomando té estaba nada menos que Henry Morgan y su joven hijo, Naraku Morgan. Kagome sintió bilis en su garganta ante la vista. Tenía una apariencia mugrienta, su largo cabello bajaba por su espalda, mojado y enredado. Sus ropas aunque decentes y dignas en características se veían como si se hubiese estado revolcando en el lodo antes de llegar, los puños de las mangas y los pantalones oscuros con tierra.
Kagome arrugó su nariz ante la vista pero no podía culparlo por la apariencia, después de todo él solo era un chico de trece años. "Dios mío, es tan joven." Kagome se estremeció ante la idea y desvió la mirada de las personas en el salón recostándose contra la pared como si tuviera algún dolor. "Mi madre está así de desesperada." Se preguntó arrugando su cara con horror. "Él es cuatro años menor que yo, eso es anormal, y tiene que ser más vergonzoso que tenerme soltera en la casa." Ella miró de nuevo en el salón y vio a Naraku que estaba medio escondido detrás de su padre, sus vacíos ojos negros miraban por la ventana inconsciente del mundo alrededor. "Sin mencionar que es tan, no sé, frío." Kagome apretó sus labios pensando en cada instante en que se encontró con Naraku Morgan.
Él estaba siempre incómodo, en los rincones de los salones durante las fiestas y cuando alguien se aventuraba a hablarle siempre era obtuso, frío y despreocupado en tono. Nunca hablaba por largos períodos de tiempo y su padre y hermanos no parecían importarles. De hecho, siempre parecían ignorarlo en las fiestas, especialmente sus hermanos. Por un momento, Kagome se preguntó por qué, por qué un padre y unos hermanos que eran tan cercanos aislaban a uno de ellos?
"Kagome?"
Kagome prácticamente saltó diez pies en el aire cuando su pequeño hermano se detuvo frente a ella, sus brillantes ojos azules la miraban con curiosidad. Rápidamente, cubrió su boca con su mano en un intento por salvarse de ser notada pero, desafortunadamente para ella, nunca había sido así de afortunada.
Dentro del salón hubo un sonido, como si alguien con enaguas estuviera parándose, "Kagome, eres tú? Por favor discúlpeme, Monsieur." Ella escuchó la voz de su madre. En segundos, su madre estaba en la puerta del salón, mirándola con curiosidad. "Chérie, ya regresaste del té?"
"Sí, mamá." Respondió Kagome en una pequeña voz mirando a su joven hermano, soltándolo antes de que su madre pudiera decir algo de la extraña posición. El niño la miró confundido y la rabia de Kagome se desvaneció, no se había dado cuenta de lo que había hecho, simplemente había querido hablar con ella pero ahora, no podrían hablar hasta más tarde. Gentilmente, frotó la cabeza del niño antes de regresar con su madre intentando parecer como si no hubiese estado escondiéndose afuera del salón sino esperando el momento apropiado para entrar. "Noté a tu invitado Mamá y pensé en no molestarte."
La alta y elegante mujer sonrió ante sus palabras, luciendo altamente complacida ante los suaves y aún impropios modales de Kagome. "Por favor, únete a nosotros, Chérie." Habló tan elegantemente que Kagome se sintió pequeña a su lado. "El Sr. Morgan está en el salón con su encantador hijo, Naraku Morgan."
Kagome tuvo que obligarse a mantener un rostro compuesto ante las palabras de su madre. "Encantador no es la palabra que usaría." Quería decir pero lo sabía y mordió su lengua en vez de hablar como le habían enseñado. "Estaría encantada, Mamá."
"Excelente." Una hermosa sonrisa brotó en el rostro perfecto de su madre antes de girarse hacia el pequeño niño que aún permanecía detrás de una perpleja Kagome. "Souta, ve a jugar afuera, s'il vous plaít, Chéri." Su madre se dirigió de regreso al salón, Kagome titubeó sólo por un segundo mirando a su joven hermano.
El pequeño niño de ocho años le dio una sonrisa poco entusiasta, incluso a tan joven edad entendía lo que estaba pasando en esa brillante y oscura habitación. Él le ofreció un pequeño movimiento de su mano y ella le sonrió tan brillantemente como pudo. "Diviértete." Susurró con falso humor y le dio un alentador movimiento de la mano.
"Buena suerte, Kagome." Susurró él antes de huir, la escena de jugar afuera en la arena y las olas de su patio trasero era demasiado atractiva para resistirse.
Los ojos de Kagome lo siguieron mientras corría a la puerta trasera de su casa, sus hombros se tensaron imaginando su propio patio de juegos al que estaba por entrar. "Deseo poder seguirte afuera." Se dijo suspirando y girándose hacia la puerta se preparó para entrar al salón. "Es mucho más divertido afuera en el sol, caminando descalza en la arena—," Sus pensamientos se desvanecieron mientras seguía a su madre en el salón para sentarse y hablar con el hombre y el joven esperando, sus pies sintiéndose fríos contra la dura madera. "Oh no—," susurró ella, sus ojos se abrieron mientras miraba sobre su hombro el lugar donde descansaban sus zapatos. Era muy tarde para recogerlos.
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"Vamos a morir." Dijo Miroku por quinta vez mirando la bandera que ahora colgaba entre las blancas velas del barco.
"Estaremos bien." Dijo Inuyasha y depositó un brazo alrededor de su primer oficial e Intendente. En frente de ellos solo estaban los hombres lo suficientemente apropiados para pasar como tripulación de la armada o al menos tripulantes de marina que habían enfrentado una fuerte tormenta y que casi se habían hundido o a lo sumo ratas que habían enfrentado una tormenta y casi se habían ahogado. De cualquier forma, tenían los uniformes y sombreros, armas y sables para que sus accesorios fueran efectivos aun si su apariencia no.
"Bien?" Miroku le siseó al oído, intentando mantener algo de la requerida formalidad cuando se dirigía a su Capitán en frente de los hombres. "Crees que ellos pueden hacer esto y que estaremos bien!" Él estrelló una mano sobre sus ojos mientras tomaba profundos respiros sonando casi como si estuviera por hiperventilar. "No saben nada de modales y etiqueta naval." Bajó rudamente su mano por su rostro, sus oscuros ojos abiertos con terror. "Carajo, no pueden ni deletrearlo!"
Inuyasha sonrió levemente aceptando el gran desacuerdo del hombre. Después de haber pasado casi diez años con Miroku sabía que esta solo era una fase. Muy pronto estaría bien con la idea, al menos después de haber pasado un buen tiempo asustado por ella. "Miroku—," trató de interrumpir gentilmente pero el hombre continuó.
"Oye, tú," Miroku señaló a uno de los 'oficiales', sus ojos prácticamente llenos de fuego. "Deletrea Etiqueta!"
"Qué es eso, señor?" Respondió el hombre mientras ajustaba su sombrero de tres puntas en su cabeza intentando determinar cuál debería ir al frente antes de ponerlo en la dirección equivocada para un oficial de la Armada.
Miroku se volvió hacia Inuyasha, sus ojos ardían con el conocimiento de que estaban dirigiéndose a la quinta paila del infierno de Dante. "Ves!" Señaló al hombre con mano temblorosa. "No sabe ni lo que es!"
"En su defensa," dijo Inuyasha con una ligera contracción de sus hombros y sacudiendo su cabeza. "Probablemente la etiqueta no fue parte de su plan de estudios en la escuela."
Miroku pensó brevemente en las implicaciones de intentar estrangular al Capitán pero antes de poder poner un dedo alrededor del cuello del Capitán, una suave y encantadora voz entró rodeándolos.
"Etiqueta." Una femenina y curvilínea figura, bien formada y seductora llevó a toda la tripulación a mirar a la mujer que había emergido a la cubierta. "E-t-i-q-u-e-t-a." Deletreó ella permitiendo que cada letra saliera de sus labios como agua cayendo de una cascada. "Una palabra francesa que significa: las prácticas y formas prescitas para una reunión social o por la autoridad."
Miroku se dejó marear mientras la observaba cruzar la cubierta hacia ellos. "Sango."
Lágrimas comenzaron a formarse en sus ojos asimilando la vista. Usualmente, Sango se vestía como otro miembro de la tripulación—como un hombre—pero ahora estaba frente a ellos en enaguas y vestido escarlata. Su cuerpo contorneado en un amplio miriñaque. Rodeando sus delgados hombros había un cuello de encaje y rodeando su ahora delgada cintura un delantal de seda cubierto con costura de hilo rojo intercalado con dorado. Su cabello estaba arreglado en una delicada moña y en su cabeza había un fino sombrero que Miroku había robado de un barco muchos años atrás solo para ella. Cómo había logrado vestirse en las ropas y arreglar su propio cabello estaba más allá de cualquier miembro masculino de la tripulación, estaba sencillamente impresionante. Ella era Sango.
"Podríamos no morir." Concluyó Miroku mientras ella terminaba de acercarse para detenerse al lado suyo y del Capitán, un abanico en su enguantada mano.
"Tú aún podrías pero no sería ahorcado." Murmuró ella abriendo el abanico de encaje y lo movió lentamente ante su rostro, su fina ropa e interiores ya estaba haciéndola desmayar. "Odio estas ropas." Susurró cerrando sus ojos y colocó una mano en su estómago inhalando varios medios respiros e incapaz de tomar uno lo profundo suficiente para mantenerla de pie en el calor del Caribe. "Santo Dios," refunfuñó antes de abrir sus ojos y darle una mirada fija a Inuyasha. "Por qué estoy vestida así, Capitán?"
El Capitán notó el punto de vista de sus palabras y sonrió antes de alcanzar y tomar su enguantada mano con la suya, la llevó a sus labios en broma y besó la cima con una deliciosa lentitud que hizo sonrojar a Sango. "Porque, mi señora," le dijo él, su voz llena de alma y pasión. "Un Capitán necesita su esposa."
"Qué?" Gritó Miroku antes de cerrar su boca mientras los hombres rodeándolos reían disimuladamente antes de estallar en carcajadas.
Sango retiró su mano como si la hubiera quemado y miró a su Capitán. "Deseo que hubieras muerto en la tormenta." Dijo ella ásperamente mientras cruzaba sus brazos sobre su pecho y resoplaba, su rostro enrojecido no de vergüenza sino de rabia.
Inuyasha ladeó su cabeza y rió ante su obvio malestar antes de mover su mano en un gesto calmante. "Ya, ya. Véanlo de esta forma." Él señaló la ropa de Capitán de la Armada que estaba usando. Estaba puesta expertamente y realmente se veía en cada botón pulido, cada cordón atado, y ambos zapatos brillantes y resplandecientes. Su cabello estaba guardado (lo cual era asombroso) bajo una polvorienta peluca que de cierta forma la cubría su sombrero, una medida desesperada que había tomado para esconder sus anormales orejas. "Si voy a viajar con mi esposa y tripulantes, habrán preguntas." Él levantó sus manos cuando Miroku estuvo a punto de protestar. "Piénsenlo, usamos una historia como, um," pensó por un momento antes de chasquear sus dedos. "Un Capitán de la Armada, ese soy yo y su esposa," señaló a Sango. "Estamos viajando para ver a su madre en un pintoresco lugar como Charleston, cuando chocaron con una tormenta que derribó el mástil de su barco. Quién cuestionaría eso?"
Sango mordió su labio, queriendo preguntar por qué Miroku no podía hacer el papel de Capitán desde que ellos estaban en una relación, sin embargo, mientras estuvo ahí y miraba a la tripulación rodeándola supo que no podía. Una mujer cuestionando la autoridad de un hombre ya era lo malo suficiente más si cuestionaba al Capitán de un barco en frente de sus hombres. Hacerlo era irrespetuoso y aunque sabía que a su Capitán no le importaría o le gritaría o castigaría, no pudo decir una palabra. "Entiendo Capitán." Susurró ella y le dio a Miroku una apologética mirada que hablaba volúmenes.
Ellos podrían no estar oficialmente casados ante la ley pero ella y Miroku bien podrían estarlo. Después de todo, ella era un bien dañado y una mujer dañada nunca podía casarse. Pasó saliva ante la idea y cerró sus ojos en un intento por no recordar los sórdidos detalles de su pasado, en vez, recordó ser salvada después de haber sido repudiada por el horrible deshonor que había llevado sobre su familia.
"Sango?" El Capitán habló suavemente mientras se inclinaba hacia ella extendiendo una mano para tocar su hombro. Saltó en respuesta, sus manos listas para atacarlo pero se detuvo a poco de golpearlo en la cara.
La sorpresa iluminó su rostro y el del Capitán mientras permanecía congelada en shock. "Lo—lo—siento mucho, no sé qué me pasó," luchó por decir mientras bajaba sus manos y alisaba su vestido, sus ojos miraban el piso. No era como si Sango lanzando un puño fuera un gran problema. La chica podía pelear junto con los mejores de ellos pero el hecho de que hubiera entrado en acción en lo que se refería al Capitán estaba muy fuera de lugar. Sango no era alguien que comenzara a golpear a los demás porque simplemente la hubiesen asustado.
Preocupados, Inuyasha y Miroku compartieron una mirada antes de que cada uno se detuviera a cada lado suyo. Miroku tocó su brazo débilmente con las puntas de sus dedos. "En qué estabas pensando?" Inquirió gentil, sus dedos frotando su piel.
"Sólo—," comenzó a decir pero se detuvo mirando a la tripulación antes de ver a los dos hombres. "Nada."
Inuyasha frunció ante el despido y la agarró por su brazo alejándola de los hombres a donde no pudieran ser escuchados por humanos o demonios. "Qué está pasando?" Presionó girándose para mirarla, su mano en su hombro.
"Sí?" También preguntó Miroku llegando tras ella, su mano alcanzó su cintura en un gesto de consuelo.
"Dios! Ustedes no dejan a nadie tranquilo, verdad?" Murmuró ella zafándose de ambos hombres, un frunce se formó en su lindo rostro. "Sólo estaba pensando en cuando me encontraron," continuó hablando en un impaciente murmuro mirando al océano, distinguiendo el creciente puerto que era Port Royal. "No sé por qué—sólo fue un pensamien—. "
"Recuerdo esa noche," habló Inuyasha cortándola mientras se recostaba contra la baranda y miraba por el costado. "Estabas en esa taberna, no puedo recordar el nombre."
"Eso no es importante." Le dijo Sango franca mientras cruzaba sus brazos bajo sus senos.
"Eso no significa que no se recuerde." Miroku le dijo a Sango con una sonrisa mientras la empujaba con su hombro. "Hannagins era el nombre, estaba en un mal sector del pueblo."
"Eso poniéndolo suavemente." Repicó Inuyasha alejándose de la baranda y levantando su brazo para descansarlo en los hombros de Sango. La chica le dio una seca mirada pero no se movió para remover su brazo, en vez eligió codearlo discretamente en las costillas. Él sonrió ante el gesto pero no se movió. "Estabas bebiendo sola y este hombre—"
"No yo." Interrumpió Miroku pero el Capitán lo silenció.
"Dónde estaba?" Hizo el show de levantar su mentón pensativo. "Sí, este hombre llegó pidiendo tus," él golpeaba suavemente su mentón y se giró hacia Miroku. "Cómo puedo decirlo?"
Miroku frunció por un segundo mientras se recostaba contra la baranda aun mirando al Capitán y a Sango. "Servicios," asintió él ante la palabra. "Me iría con esa."
"Me gusta." Inuyasha complementó antes de continuar solo para que Sango lo cortara.
"Oh, suficiente!" Gruñó ella pero una sonrisa comenzaba a aparecer en su rostro. "Conozco la historia, yo estaba ahí."
Inuyasha sonrió finalmente removiendo su brazo de su hombro. "Sé que estabas ahí." Admitió con ideada lentitud antes de añadir bruscamente. "Sólo me gusta contarla."
Ella resopló en respuesta, el sonido completamente contrario a su vestuario actual. "Te gusta contarla porque ustedes dos," los señaló mientras ambos la miraban inocentemente. "Golpearon a ese hombre hasta casi matarlo cuando me levantó."
"Ah," Inuyasha suspiró casi ensoñador. "Estoy tan orgulloso de eso."
"Yo también." Aceptó Miroku con una carcajada.
Ambos hombres reían mientras Sango los miraba con no poca admiración y amor. "Dónde estaría sin ustedes dos?" Pensó para sí mientras el brazo de Miroku rodeaba su cintura una vez más, acercándola más antes de plantar un dulce beso en el costado de su cabeza. Esa noche tiempo atrás, había hecho lo mismo mientras la sacaba de la sucia taberna en que se encontraba quebraba, golpeada, manchada y sola.
Ahora era un gesto dulce pero entonces había sido aterrador y lloraba tan fuerte que ambos hombres habían sabido que algo malo le pasaba, algo mucho más grande que simplemente estar bebiendo. Su embriaguez había funcionado a su favor y en su estado les había contado su historia, de su falta de honor, de ser rechazada. En el momento había pensado que ellos también la botarían al segundo que lo descubrieran como todos los demás y en un apresurado estado de depresión había caído al suelo con lágrimas. Quedó en shock cuando el Capitán se arrodilló ante ella y tomado su mano la frotó como si la suavizara antes de susurrar:
"Tienes algo por qué vivir, señorita?"
No había sabido quién era en el momento, no se había dado cuenta lo aterradoras que esas palabras eran normalmente para las personas. No había registrado la mirada de completo pánico que mostraba la cara de Miroku mientras observaba el intercambio. De hecho, sólo había sido capaz de pensar una cosa a la vez y esa había sido su respuesta:
"No. Quién puede vivir cuando su cuerpo es violado?"
Esa había sido la única respuesta que su destrozada mente y corazón pudieron dar. Miroku se había visto aún peor entonces, como si estuviera tratando de salvarla de un destino que no sabía estaba por venir pero para su sorpresa, como para la de Miroku, el Capitán sólo la había agarrado más fuerte y puesto de pie, tomando su brazo la condujo al barco, Miroku caminaba confundido. Una vez ahí le había hablado suavemente, era una de las pocas veces que el Capitán se mostraba como un hombre amable:
"Si no te importa la piratería, puedo darte una razón para vivir."
Sola, confundida, e insegura, se había subido a ese barco y en cuatro años nunca había mirado atrás. Con el tiempo Miroku había comenzado a curar sus viejas heridas y los dos se habían vuelto lo único íntimo que podían ser en un barco como este—se había vuelto la mujer del primer oficial. Ningún otro hombre estaba permitido a tocarla, e incluso mirarla—excepto el Capitán.
Si el Capitán quisiera podría tomarla sin explicación, llevarla a la cama, matarla, usarla, estaba en libertad como Capitán pero Inuyasha era un buen hombre y nunca había hecho tal cosa, aunque habían habido muchas bromas con los años, lo que implicaba menos que actos morales entre los dos. Con excepción de eso, el Capitán nunca había interferido con Miroku o Sango, dejándolos llevar prácticamente una vida como marido y mujer, aunque no ante los ojos de la ley pero al menos ante los ojos del Capitán.
Al final, la única condición que el Capitán les había dado referente a la relación había sido "Nada de niños." Su única explicación: "No quiero tener que corretearlos a bordo."
Con los recuerdos desvaneciéndose en su mente, Sango hizo una reverencia para el Capitán y Miroku, sacándolos de su ataque de risa. "Bueno," habló ella objetando. "Supongo que entonces debo llamarlos a los dos mis queridos esposos."
"A los dos?" Inuyasha soltó una carcajada mientras hablaba. "No creo que eso sea muy apropiado."
"Nunca he sido una chica respetable." Respondió Sango abriendo de nuevo su abanico, abanicándose lentamente con un máximo de coqueteo en sus ojos. "Sin embargo, no creo que la gente de Port Royal trate amablemente a una chica con dos esposos en su cama."
Inuyasha y Miroku se miraron y ambos hicieron una mueca de desagrado. "No creo que me guste tener que compartir." Dijo Miroku observando a Sango acelerar su abaniqueo de una forma que era considerada increíblemente indecente.
"Oh, no compartir." Dijo Sango con un guiño mientras cerraba de golpe el abanico y lo sostenía en su pecho. "Estaba pensando más dentro de las líneas de los tres," ambos hombres levantaron sus cejas mientras pronunciaba sus palabras sensualmente. "Juntos."
Por varios segundos ambos hombres se callaron, mirando a Sango como si estuviera loca antes de reaccionar de diferente manera.
"Ah." Miroku gritó instantáneamente escudando sus ojos, viéndose tan perturbado como lo estaría considerando las circunstancias. "Está en mi cabeza."
El Capitán prácticamente gritó con carcajadas, doblándose mientras se apretaba su costado. "Mierda, Sango!"
"Estás desnudo en mi cabeza!" Miroku continuó gritando y señalando acusador al Capitán, mientras el otro hombre prácticamente se revolcaba de la risa. "Cómo puede divertirte esto? No es justo!"
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Kagome entró al salón siguiendo a su madre en un estado de pánico perfectamente aceptable. "Qué hago, qué hago, qué hago—?" Se preguntaba una y otra vez pero no recibía respuesta alguna de su psique. Sentía las tablas de madera, frías y recientemente pulidas bajo sus pies y casi se desmaya. Si la veían sin sus zapatos puestos, qué pensarían? Oh—sabía lo que pensarían, "Ahí va Kagome, la única chica en el mundo que es lo extraña suficiente para andar por ahí sin sus zapatos puestos," la voz en su cabeza sonaba tan loca como las palabras. "Probablemente eso es por qué su madre no podía casarla. Mantengan lejos a sus hijos, ella está loca!"
Kagome pasó saliva cuando se detuvo ante los dos hombres en la habitación quienes se habían levantado a su entrada. Tratando de parecer solemne a pesar de su terror interior, Kagome levantó su mentón y esbozó una brillante sonrisa que habría hecho orgullosa a cualquier madre excepto a la suya y primero le ofreció su mano al invitado más viejo.
"Hola, querida mía." Dijo el Sr. Morgan mientras tomaba su mano, besando levemente sus nudillos. "Me alegra que pudieras venir a vernos."
"Oh, sí." Respondió ella educadamente haciendo una reverencia para él, teniendo cuidado extra en cubrir sus pies mientras la hacía. "Estoy tan honrada con su visita, Sr. Morgan."
El hombre sonrió ante sus palabras y modales respetuosos, se giró hacia su madre y le hizo un movimiento de aprobación como si Kagome no estuviera en la habitación. "Lo ha hecho muy bien, Sra. Dresmont." Susurró él haciendo sonrojar a Kagome pero no de vergüenza sino de rabia. Sabiamente, eligió contenerse, mientras el Sr. Morgan señalaba al pequeño niño a su lado. "Este es mi hijo, Naraku."
El chico la miró, sus extraños ojos oscuros se veían aburridos al darle un segundo vistazo. Después de varios segundos críticos se dio la vuelta sin una palabra, sus ojos buscaban la ventana por la que había estado mirando antes y procedió a ignorarla completamente en favor de observar el paisaje.
Kagome sintió su boca comenzar a desplomarse, sorprendida ante el comportamiento del niño. En realidad se sintió insultada.
"Naraku!" Dijo su padre bruscamente desviando la atención de Souta que estaba jugando afuera. "Saluda a la Srta. Dresmont."
El chico miró a su padre de una manera que Kagome nunca había visto a nadie mirar antes. Era casi como si hubiese fuego en sus ojos por un segundo antes de volverse hacia ella una vez más, su expresión hermética y nada convincente. Esta vez, no la miró de cerca, en vez frunció y suspiró cerrando sus ojos pesadamente. "Hola," dijo él simplemente pero las palabras sonaron como si fueran muy forzadas.
"Hola, Sr. Morgan." Repitió Kagome amable ofreciéndole una reverencia al hijo antes de extenderle su mano. Él le dio una extraña mirada al gesto, casi una mirada de disgusto antes de tomar su mano por obligación y plantar un rápido beso en sus nudillos. La soltó casi a la misma velocidad antes de alejarse de ella. Con la obligación cumplida, tomó asiento, cruzó sus piernas con su codo apoyado contra su rodilla y su mentón contra su mano antes de que sus ojos de nuevo se desviaran hacia afuera.
A su lado, Henry Morgan se veía listo para cometer homicidio y por un minuto Kagome sintió como si fuera algo bueno. Había alguien más allá afuera que era una mayor decepción para sus padres, "Tal vez somos una pareja hecha en el cielo," pensó con sarcasmo.
"Siento mucho su grosero comportamiento." Dijo el Sr. Morgan con arrepentimiento permaneciendo de pie.
Kagome miró a su madre que había tomado asiento y observó que su madre le indicaba con sus ojos que se sentara también. Kagome sabía que si se sentaba, su madre, el Sr. Morgan y el mocoso Naraku podrían ver sus pies, sus pies descalzos. "Qué hago, qué hago, qué hago—," la voz comenzó a hablar de nuevo moviéndose nerviosa donde estaba.
"Srta. Dresmont, por favor, tome asiento." Insistió el Sr. Morgan aún de pie a pesar de los malos modales de su hijo.
Kagome pasó saliva, sabía que era de buena etiqueta que todos los hombres en la habitación permanecieran de pie hasta que todas las mujeres estuvieran sentadas pero aquí estaban—Kagome sin zapatos, no dispuesta a humillar a su madre en frente del Gobernador de Port Royal. Pero no estaba humillándola lo suficiente al rehusar sentarse, obligando a su invitado a permanecer de pie o parecer grosero si decidía sentarse antes que ella, como su hijo?
Kagome quería golpear su cabeza en la pared—odiaba esto, odiaba la autoridad, odiaba los modales, y la etiqueta y el comportamiento apropiado. Todo lo que quería era correr y dejar este lugar de reglas y órdenes, quería estar afuera, quería estar en el mar donde pudiera hacer lo que quisiera, quería estar en cualquier lugar en el mundo menos aquí.
"Srta. Dresmont?" Preguntó de nuevo.
Kagome lo miró y sonrió plácidamente. No había nada que pudiera hacer—'Lo siento, madre.' Se susurró mientras se agachaba, intentando al menos esconder sus pies tanto como fuera posible al cruzar sus tobillos. Sorpresivamente, funcionó, no parecía que alguien notara su falta de zapatos. "Gracias a Dios!" Kagome se sintió más feliz que en mucho tiempo, "Tal vez estoy teniendo más suerte."
"Kagome," su madre se dirigió a ella desde su lugar a su lado, una de sus enguantadas manos señalaban a sus invitados. "El Sr. Morgan ha venido a hablar sobre tu dote."
Kagome sintió su corazón hundirse, tal vez no era tan suertuda.
"Mi dote?" Preguntó civilizadamente enderezando su espalda en el ángulo designado. "Por qué un hombre tan importante como el Sr. Morgan se preocuparía con la prosperidad financiera de mi futuro esposo?" Kagome podría haber sido una muchachona mientras crecía (aún ahora era una debajo de sus enaguas) y como niña habría preferido andar por ahí tonteando en vez de estudiar o aprender—pero eso no dignificaba que no fuera inteligente y bien educada.
"Bueno," dijo el Sr. Morgan con una sonrisa en su dirección, complacido ante la manera tan delicada en que había hecho la pregunta. "Estoy preocupado con la prosperidad financiera de tu futuro esposo," le repitió él, "Porque pasa que es mi hijo."
Kagome se puso de pie, sus faldas moviéndose alrededor de sus pies descalzos. "Qué!" Al diablo la etiqueta, pensó. Había esperado esto pero escucharlo—escucharlo en voz alta—no podía creer que su madre estuviera de acuerdo con esto.
"Kagome, Vous Vous assiérez, s'il Vous plait." Su madre le dijo sentarse en un idioma que su compañía no entendería, su mano firmemente en el codo de su hija pero Kagome se zafó.
"No me casaré con un niño." Dijo ella directo en la cara del Sr. Morgan. "Aunque sea su hijo."
"Kagome!" Su madre se levantó y la empujó en la silla. "Lo siento mucho Monsieur, no sé qué le pasa."
"Es comprensible." Dijo el hombre mientras su hijo continuaba mirando afuera imperturbable por la conmoción. "La sorpresa la ha puesto ansiosa, es natural cuando uno se entera que va a casarse."
"No," dijo Kagome a pesar de los urgentes ojos de su madre. "Es natural cuando te enteras que vas a casarte con alguien mucho mayor o," ella señaló a Naraku, "extremadamente joven!"
"Kagome, ven conmigo, s'il Vous plait." Dijo su madre bruscamente, la palabra francesa para por favor salió en su idioma mientras arrastraba a Kagome de la habitación, cerrando la puerta tras ellas. Estaban afuera, su madre prácticamente sosteniéndola contra la pared antes de comenzar la conversación. "No podemos rechazar esta unión." Habló ella bruscamente, su acento francés regresó después de años de desuso entre más agitada se ponía. "Esta es la única oferta que has tenido. Sé de chicas que recibieron ofertas a los diez años Kagome y tú solo has tenido una y a los diecisiete!"
"Pero madre, escucha—"
"No, tú escucha," el acento francés de su madre llenó el corredor. "Él es un demonio, Kagome, un demonio. Lo necesitamos, podemos ser tan ricos—piensa en eso, mi hija casada con un demonio—un demonio que es gobernador de Port Royal, el puerto más hermoso en el Caribe."
"Pero—no puedo casarme con alguien que no amo," respondió Kagome sacudiendo sus manos furiosamente. "Mucho menos con alguien que no parece tolerarme!"
"Kagome," dijo su madre en tono obstinado. "Somos mujeres—nuestros corazones no están por encima de nuestro deber con nuestra familia, con nuestra sangre…" La mujer tomó un profundo respiro componiéndose antes de continuar, su voz baja para no ser escuchada. "Ahora aceptarás esta propuesta y punto."
Kagome sintió su cuerpo hundirse en el piso. Su madre no la escuchaba ahora, esto no era por Kagome, esto era por su familia, como siempre lo ha sido. Nunca sería sobre lo que quería Kagome—era lo mejor para su madre y su estatus social. Y Kagome no importaba cuando se refería a eso. "Entiendo." Susurró ella sintiendo cálidas lágrimas arder en sus ojos pero se rehusó a dejarlas caer.
Su madre retrocedió y miró a Kagome con una sonrisa que se tornó un frunce y luego una mirada molesta. "Kagome, dónde están tus zapatos?"
Kagome tomó un profundo respiro y se sonó antes de sacudir su cabeza tristemente. "Por ahí en algún lugar con mi dignidad."
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"Muy bien hombres, los Oficiales vienen para acceder a nosotros, actúen natural." Dijo Inuyasha de pie en su barco, todos los hombres habían sido ordenados por Miroku, en la típica formación de la Armada inglesa. Estaban bajo estricta orden de no moverse o hablar, o pensar. Un movimiento en falso y su verdadera identidad podría ser descubierta y si pasaba, estarían jodidos.
Al lado de Inuyasha estaba Sango en toda su gloria. Era real, sus ojos miraban a Miroku y a Inuyasha mientras esperaban pacientemente a que el barco alcanzara aguas de anclaje. "Esto va a salir bien." Le susurró ella a ambos hombres manteniendo su mentón firme con una bonita sonrisa en sus labios pintados.
Miroku agarró otro puñado de cabello tirándolo levemente antes de obligarse a soltarlo. "Voy a perder mi cabello por esto." Murmuró mirando unos cuantos hilos que había logrado arrancar accidentalmente antes de soplarlos de su mano.
"Por favor, no." Susurró Sango dándole una seductora mirada mientras se aferraba al brazo del Capitán por las apariencias. "El sexo no sería divertido a menos que yo tenga un puñado de tu cabello."
"Ven conmigo." Dijo Inuyasha con una sonrisa mientras se inclinaba hacia ella y le susurraba misteriosamente. "Tengo toneladas."
"Tan pronto como esto termine te mataré." Dijo Sango con una gentil sonrisa en dirección del Capitán.
"Debidamente anotado." Respondió él mirando hacia adelante, el pequeño bote navegaba hacia ellos con las autoridades portuarias de Port Royal dentro y preparadas para inspeccionarlos. "Miroku, dale a los hombres las últimas órdenes."
Miroku miró a su Capitán, una gran parte suya quería adelantarse y matarlo ahora. Con un resoplo se giró hacia los hombres y vio a los piratas formados como Oficiales de la Marina. "Esto nunca va a funcionar." Murmuró.
"No con esa actitud, ahora a trabajar, cachorro." Dijo el Capitán Inuyasha con una sonrisa.
Miroku le devolvió la sonrisa con una estrecha mirada ante su apodo de infancia. Sabía que en la cultura de los demonios llamar a alguien 'cachorro' era considerado un término de cariño, al menos hasta que llegaban a la edad de quince en donde era considerado un insulto. "Cielos, he querido matarte antes pero tantas veces en un día, vaya." Pensó para sí dejándolo pasar por ahora, eligiendo en vez volverse hacia la tripulación. "Muy bien." Dijo Miroku dirigiéndose una vez más a los hombres en el barco. "Una vez que dejemos el barco quiero que se dispersen, vayan a sus obligaciones normales, si sienten que no pueden mantener el engaño de la Marina entonces, por el amor del mar, vayan bajo cubierta donde nadie pueda verlos!" Él señaló la bodega de carga donde esperaban la mayoría de los tripulantes sin disfraz. "El Capitán y yo iremos a tierra con la Srta. Sango. Nadie puede dejar este barco, ni por un segundo." Puntualizó cada palabra con ojos destellantes para reforzar su punto. "Recuerden que esto es Port Royal," pausó para hacer contacto visual con tantos hombres como le fuera posible. "Y las horcas siempre están abiertas."
Los hombres tragaron visiblemente cuando la realidad de la situación los golpeó pero ninguno se atrevió a decir una palabra, todos permanecían de pie atentos, esperando su encuentro con el infierno.
"Si algo sale mal, escapen." Miroku miró al segundo al mando, un hombre mayor, que hacía de aparejador y marinero, Myoga. "Myoga navega a la orilla sur, los encontraremos ahí." Él lamió sus labios deteniéndose de añadir, si sobrevivimos, antes de continuar. "Dennos dos semanas. Si no lo logramos para entonces, el barco es de ustedes."
"Haré mi mejor esfuerzo, señor." Aceptó el anciano con su extraño acento, su cara muy paranoica mientras hablaba. No sabía si podía tomar el barco, había la probabilidad de un motín si lo intentaba pero—dudaba que esos dos murieran, especialmente con una mujer como Sango con ellos.
"Entendieron?" Dijo Miroku severamente.
"Sí, Señor!" Respondieron los hombres, algunos más fuerte que otros pero todos obedecieron a su primer oficial nada menos.
Miroku se alejó de los hombres hacia Inuyasha y Sango quienes permanecían formalmente, tomados del brazo. "Gran discurso." Elogió Inuyasha, sus ojos miraban sin parpadear observando el punto hacerse más y más grande.
Miroku asintió en respuesta llegando junto al otro hombro de Sango, sus manos apretadas a sus costados. "Aprendí del mejor."
"Quién podría ser?" Inquirió Inuyasha con una ladeada sonrisa.
"Sango."
Hubo una mofa e Inuyasha miró a su 'esposa.' "Otra vez has estado jugando con los hombres?" Dijo él en voz suave, su mano masajeaba la suya ligeramente. "Sabes que no me gusta eso."
Sango lo miró y habló en una voz tan calmada que solo Miroku pudiera escuchar. "Puedo y te mataré."
Inuyasha retiró su mano aflojándola ligeramente mientras sujetaba su brazo. "Todas esas amenazas de muerte, mierda." Sacudió su cabeza antes de darle un guiño juguetón. "Eso establece que no voy a dormir contigo esta noche, podrías matarme mientras duermo."
Sango rió y abrazó en brazo del Capitán, había encontrado un gran Capitán.
Un bote largo llegó al lado del barco unos momentos después, dos tripulantes luchaban por realizar sus tareas enviando una escalera para que las autoridades del puerto subieran al barco. Los dos oficiales humanos de Port Royal subieron la escalera uno tras otro, sus caras con ceñido escrutinio mientras abordaban el barco. "Hola," dijo uno de los hombres cargando un libro mientras se dirigía hacia el Capitán, Intendente y Sango. "Les importaría dar sus nombres, barco, y negocios, por favor."
"Mi nombre es el Capitán James Smith," dijo Inuyasha formalmente. "Ella es mi esposa, Elizabeth Smith y mi primer oficial," señaló a Miroku. "Peter Woodson."
"Muy bien." Dijo el hombre anotando sus nombres mientras el otro caminaba por el barco lentamente, inspeccionando cosas aquí y allá. "Nombre del barco, por favor."
"Mar Herido." Respondió Inuyasha sin titubear, el verdadero nombre de su barco sería muy fácil de reconocer por las autoridades como un nombre de un barco pirata.
La autoridad del puerto desvió sus ojos del libro que había estado escribiendo por un segundo dándole una extraña mirada al Capitán. "Triste nombre para un barco."
Con cuidado, Inuyasha removió su sombrero para depositarlo dramáticamente sobre su corazón. "La nombramos por aquellos perdidos en el mar en la Guerra de los Treinta Años."
El hombre frente a él también removió su sombrero colocándolo sobre su corazón ante la explicación. "Un nombre honorable entonces." Dijo él con verdadero acuerdo en su voz antes de ponérselo de nuevo como Inuyasha, o el Capitán James Smith. "Y por favor cuál es su motivo?"
"Estamos en desesperada necesidad de provisiones y reparaciones." Inuyasha señaló el mástil mientras hablaba, sus ojos intentando transmitir la verdadera necesidad de ello. "Como pueden ver hemos pasado por momento difíciles. Una tormenta destruyó nuestro trinquete."
"Sí, lo veo." Aceptó el hombre mirando hacia el faltante mástil. "Se perdió completamente?"
"Sí, tuvimos suerte de que no cayera sobre nosotros." Inuyasha tomó la cintura de Sango acercándola, la mujer se tensó ante su contacto pero pronto se relajó para mantener las apariencias. "Estaba tan asustado por mi esposa, es su segunda vez en el mar."
"Pobre señora." Dijo el hombre y tomó su mano, besándola. "Sé que mi esposa le tiene miedo al océano, dice que puede hacer cosas terribles—" Pausó por un segundo bajando su cabeza ligeramente. "Mató a su madre."
"Qué triste." Respondió Sango en una suave y hermosa voz que Miroku e Inuyasha estaban seguros no le pertenecía. "Mi padre murió en el mar." Continuó ella y llevó una mano a su cara, secando lágrimas imaginarias. "Lo extraño mucho."
El hombre le dio una enfermante expresión de lástima mientras extendía su sombrero en señal de respeto. "Pobrecilla."
"En realidad nos dirigimos hacia Charleston," dijo Inuyasha mientras 'consolaba' a su esposa ofreciéndole un pañuelo de su bolsillo en el pecho. "Para ver a su madre."
"Qué bonito." El Oficial anotó algo y luego miró alrededor una vez más. Hizo contacto visual con el otro oficial que había abordado con él y le señaló con su mentón el barco. El otro hombre simplemente asintió y fue hacia la escalera de cuerda sin una palabra. "Bueno, todo parece estar en orden."
Inuyasha sonrió mientras el hombre miraba sus papeles. "No me pidió mi identificación." Casi gruñe complacido pero se detuvo, en vez eligió tomar la mano de Sango y apretarla un poco más. La chica lo miró en respuesta y él simplemente le sonrió antes de darle un leve guiño de seguridad. "Eres un amuleto de la suerte Sango, un buen amuleto de la suerte."
"Bueno, entonces," dijo el hombre terminando de escribir algo en el libro antes de levantar la mirada. "Podemos darles las provisiones pero el mástil es difícil." Sacudió su cabeza apologéticamente. "Tenemos la madera pero nuestro carpintero está ocupado con mucho trabajo."
"Nosotros tenemos un carpintero." Proporcionó Inuyasha sinceramente mirando a Totosai, quien estaba a unos pasos de Myoga. Hicieron contacto visual y el pequeño anciano le dirigió una pequeña sonrisa antes de levantar cinco dedos, indicándole que solo le tomaría cinco días hacer la reparación que Inuyasha estaba implicando. "Si podemos darle la madera," Inuyasha regresó con el hombre. "Él puede hacer el nuevo mástil sin problema."
"Él solo?" Preguntó la autoridad portuaria asombrado.
Inuyasha abrió su boca para decirle al hombre que no era problema para su carpintero demonio pero pausó antes de que las palabras pudieran salir de su boca. La autoridad portuaria de Port Royal no necesitaba saber que el carpintero del barco era un demonio y uno extremadamente bueno en este trabajo. Eso sería sospechoso. Tradicionalmente, los demonios no se unían a la Marina por algo tan bajo como ser un carpintero, trabajos como esos estaban reservados para los humanos. "Bueno, otros en el barco pueden ayudarlo." Evadió expertamente.
El Oficial lo miró por un momento y luego sonrió. "No es asombrosa la marina? Tantos hombres en tantos trabajos."
El hombre rió—Inuyasha, Sango y Miroku se le unieron, como una manera de mantener las apariencias.
"Bueno," el hombre miró con franqueza a Inuyasha. "También está el asunto del pago. Esto será muy costoso, estoy seguro que lo sabe."
"Sí," respondió Inuyasha aún en el personaje. "Tenemos dinero más que suficiente para pagar por las provisiones necesarias y la madera."
"Bien." El hombre asintió cerrando el libro y sosteniendo su pluma lejos de su cuerpo para no derramar tinta sobre él. "No se les cargará una tarifa en tanto como permanezcan aquí en aguas más profundas." El hombre le alcanzó a Inuyasha una pieza de papel. "Este es su permiso. Al menos les tomará un mes hacer las reparaciones."
Inuyasha sonrió, ya sabiendo que una vez tuvieran la madera sólo sería cuestión de cinco días.
"Estoy extremadamente apenado de que se retrase para ver a su madre, mi señora. Sé que debe ser difícil." Dijo el Oficial con una reverencia hacia Sango.
"Gracias por sus palabras de consuelo, señor, es muy amable." Ella le dio una reverencia y el hombre se fue para abandonar el barco.
"Por favor, preparen mi bote." Inuyasha habló al momento en que los dos hombres estuvieron fuera de vista. Los tripulantes se movieron inmediatamente en respuesta a la orden viendo que la orden fuera cumplida rápidamente para que su Capitán, Intendente y la encantadora Srta. Sango pudieran atracar y comenzar el agotador proceso de atravesar el pueblo para encontrar provisiones y madera tan rápido como fuera posible. "Myoga." Añadió Inuyasha suavemente una vez seguro de que la tarea estaba en marcha.
El anciano apareció a su lado casi instantáneamente. "Sí Capitán?"
"Nos vamos a tierra a arreglar todo, ten listo a Totosai cuando regresemos." Ordenó él, su voz aún baja para no ser escuchado por los dos humanos del puerto. "Quiero este mástil construido en una semana, entendido?"
"Capitán—?"
"Está," Inuyasha le habló despacio al hombre, sus ojos intensos. "Entendido?"
"Sí, señor." Myoga asintió tragando suave y se fue para continuar con su orden temporal. Inuyasha, Sango y Miroku abordaron el pequeño bote, sus hombres los bajaron expertamente y al golpear las tranquilas aguas de la costa comenzaron a seguir al otro bote hacia el puerto.
"Eso estuvo bien." Dijo Miroku mirando a su viejo amigo mientras remaba.
Inuyasha asintió en acuerdo mientras tocaba nerviosamente la gema en su cuello. "Con optimismo nuestra suerte durará."
"Con optimismo." Miroku asintió, la seriedad en las voces de Inuyasha y Miroku molestaron a Sango.
"Ustedes dos. Vamos a estar bien." Dijo ella desde su lugar junto a Inuyasha, mientras Miroku remaba el bote. "Cayeron por nuestra apariencia." Ella extendió una mano para tocar el hombro de Inuyasha. "Convenciste a dos Oficiales de la Marina de que eras un Oficial de mayor rango en la Armada." Habló sincera, su voz divertida. "Son idiotas. Vamos a estar bien."
"Espero que tengas razón, Sango," dijo Inuyasha desde su lugar a su lado, su hombro cálido y confortante donde descansaba su mano.
"Vamos a estar bien." Dijo ella por tercera vez, ambos hombres le dieron una extraña mirada. "Vamos," dijo resistiendo la urgencia de empujarlo por la borda. "Peleamos por vivir, cierto?"
"Sí." Dijo Inuyasha con una ceja elevada.
"Esto es lo mismo que cualquier otra pelea en la que hayamos estado antes," Sango dejó caer su mano eligiendo abrir el abanico cuando una pequeño hilo de sudor comenzó a bajar por su nuca. "Sólo que en vez de usar armas o cuchillos o garras, estamos usando nuestras cabezas."
"Me gustan mis garras." Dijo Inuyasha estudiando sus manos.
Sango gruñó antes de golpearlo en el brazo.
Fin del capítulo
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Notas:
Henry Morgan era el actual Teniente General de Port Royal en los 1700 y responsable de incontables muertes de piratas en un intento por limpiar el pueblo.
Naraku Morgan por otro lado solo es un tonto de un anime que vi alguna vez (al menos el nombre).
Nota de Inu: Hola a todos! Muchas gracias por leer esta historia, traducida especialmente para su disfrute. Espero estar haciendo un buen trabajo y que se entienda perfectamente. Me disculpo por los errores que se me puedan escapar luego de hacer las correcciones requeridas. Sólo como una aclaración, en el texto original Inuyasha se refiere al barco como 'ella', en femenino aunque en la traducción aparezca en masculino. Por eso habrá momentos en los que lo escriba como 'ella' aunque escriba 'el barco'. No sé si me explico bien, jejejeje… cosas de la historia original y el inglés, ya saben… Bueno, sin más, hasta la próxima!
