SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE
Por Inuma Asahi De
Traducido por Inuhanya
Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desean que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).
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Capítulo Cuatro:
La mano del Capitán
Miroku estaba sentado en el camarote del Intendente revisando las finanzas del barco mientras Sango escogía unas enaguas y vestido para el día siguiente. A diferencia de las mayoría de las mujeres, tenía dos vestidos y tres enaguas todo obra de Miroku por supuesto. Cada vez que asaltaban un barco que tenía una mujer a bordo, Miroku se aseguraba de llevarle algo, así fuera un sombrero, guantes, perfume, maquillaje, vestidos, enaguas, joyas, o zapatos, Sango siempre recibía algo como una manera de mantener su disminuida feminidad. En el momento, estaba debatiendo entre el hermoso vestido rojo que había usado el día anterior y un delicado vestido amarillo con el que estaba muy encantada, Miroku lo había conseguido para ella meses atrás.
Miroku desvió su mirada de los libros que estaba revisando para observarla por un momento, una sonrisa se formaba en su rostro al ver la felicidad que destellaba de sus ojos mientras tomaba uno de los vestidos y lo sostenía contra ella mirándose en un pequeño espejo que había comprado con sus propias cuotas. Tomó el vestido amarillo ligeramente en el dobladillo con una mano mientras la otra lo sostenía contra su cuerpo. Con cautela, movió la parte baja del vestido de un lado a otro en un movimiento ondulante como si intentara percibir la sensación de cómo se vería el vestido bailando. Frunciendo, depositó el vestido amarillo sobre la cama y tomó el rojo antes de girar hacia el espejo y colocar el rojo contra su pecho. Después de varios segundos de mirarse en el espejo suspiró y se giró de nuevo, la acción hizo sonreír a Miroku.
En todo el tiempo que había conocido a Sango nunca la había visto actuar como una mujer, eligiendo en lugar de cubrir sus femeninas curvas y características con ropa de hombre. Había sido así desde que subió a bordo tímida y reservada tratando de desaparecer del mundo pero ahora, "Kagome está sacándola de su coraza." Sonrió y se recostó en su silla observando la olvidada parte de Sango que era la niña girando y bailando ante él. "Supongo que ha estado con nosotros por tanto tiempo que olvidó lo que era estar con otras mujeres." Rió lo rápido suficiente para que no pudiera escucharlo. "Me alegra que esté disfrutándose aun cuando extraño su lado masculino." Bajando el libro completamente, Miroku depositó la pluma con la que había estado escribiendo en la caja dejándola olvidada por ahora. "Cuál vas a usar?" Le preguntó recostándose en su silla sobre dos de sus patas mientras la miraba curioso.
"No estoy segura." Murmuró ella mientras se ponía un sombrero rojo en su cabeza y sostenía el vestido rojo antes de sacarle la lengua con disgusto. Mirando el pequeño baúl que había abierto lleno de sombreros metió el rojo antes de alcanzar y agarrar uno púrpura. Lo puso en su cabeza y se giró hacia el espejo, su cara se arrugó con disgusto de nuevo antes de soltar el vestido rojo y alcanzar el amarillo. Sosteniendo el amarillo en su cuerpo con el sombrero púrpura, suspiró, girándose a un lado y otro antes de desplomarse. "El rojo es mi favorito pero el amarillo se ve muy bien en mí pero no puedo encontrar un sombrero apropiado para el rojo." Depositando el sombrero púrpura en el baúl alcanzó el vestido rojo y lo sostuvo en su lado izquierdo mientras mantenía el amarillo en su lado derecho. Resoplando, se giró del espejo hacia Miroku, "Cuál se ve mejor para ti, rojo o amarillo?"
Miroku la miró, sus ojos encendidos en su curvilínea figura, más que todo disfrutando con apreciación la vista que no veía con mucha frecuencia (vestida al menos). "Amo a la Srta. Dresmont," pensó mirando a Sango, "Amo Port Royal, amo a mi linda Sango." Sonrió lobuno antes de inhalar profundamente por sus fosas nasales. "Si solo los hombres en el barco pudieran verla ahora medio desnuda y escogiendo entre dos hermosos vestidos." Su lobuna sonrisa se tornó predadora, "No, ellos sólo la ven en esas enormes chaquetas que esconden cada curva y esos estúpidos pantalones holgados y botas pesadas, soy un hombre afortunado." Sonrió alegre para sí antes de que la sonrisa se desvaneciera levemente, su mente recordó por un momento aquella vez en que Sango no había sido así, pero en vez había elegido vestirse como hombre por la explotación de su feminidad tanto tiempo atrás. Le dolía que ella se pensara así pero nunca la había cuestionado sabiendo que se recuperaría lentamente y que cuando estuviera lista se volvería la persona que podría ser. "Creo que ambos son muy hermosos."
Sango dejó escapar un resoplo y se giró hacia el espejo mirándose y a los dos vestidos frente a ella, "Pero cuál me hace ver más hermosa?"
Miroku resopló y se levantó de la silla haciendo contacto visual con ella en el espejo mientras cruzaba la habitación, "La pregunta debería ser," dijo suavemente mientras se detenía ante ella, envolviendo sus brazos alrededor de su cintura, halándola contra él mientras colocaba sus labios justo detrás de su oreja, besándola suavemente. "A cuál vestido," susurró suavemente en su largo cabello, "haces más hermoso?"
Ella rió y giró solo su cabeza para mirarlo, colocando ligeramente sus labios en los suyos en un beso relajado pero íntimo, el cual duró solo unos segundos antes de separarse y respirar profundamente, "Puedes ser realmente dulce, Miroku."
Él sonrió girándola para encararlo, una peligrosa sonrisa se dibujaba en su rostro. "El nombre es Peter." Respondió él utilizando el nombre que usaba cuando no quería que nadie supiera quién era; su nombre en tierra. Con cuidado, besó sus labios saboreándolos con picotazos lentos y casi inocentes antes de moverse a su mentón, desplazando sus labios por su cuello hacia su expuesta clavícula. Prácticamente gruñó cuando ella siseó ante su contacto, sus dientes rozaban levemente su cuello en un movimiento tentadoramente juguetón.
"Oh, Peter." Llamó ella siguiendo el juego pero terminó riendo cuando sus manos subieron para desplazarse por sus sensibles costados.
"Elizabeth." Disparó él, sus labios subían hacia los suyos capturándolos en un acalorado despliegue de lengua.
Sango sonrió en su boca permitiéndole varios segundos de exploración antes de separarse. Respiró fuertemente por un momento, sus ojos destellaban con pasión pero también con algo más.
"Sango?" Preguntó él recuperando el aliento y tratando de enfriar su ya adolorido cuerpo.
"Tuve una idea extraña." Murmuró ella antes de morder su labio distraídamente. "Sobre el Capitán."
Algo en sus palabras bajó a Miroku de cualquier altura a la que lo hubiese llevado, sus manos se retiraron de su cintura mientras retrocedía un paso para no sentirse tentado de violarla hasta que se terminara la conversación. "Quieres decir el Capitán y esa chica, la Srta. Dresmont?"
Sango lo miró por un momento antes de encogerse de hombros nerviosa. "Sí, hay algo, no sé," se desvaneció por un minuto, sus ojos se desplazaron alrededor antes de suspirar y mirarlo a los ojos. "Puedo decir que a ella le atrae."
"Cómo?" La cabeza de Miroku se levantó de golpe ante sus palabras.
"Bueno," Sango entrelazó sus dedos inconscientemente. "Ella no deja de mirarme."
Miroku levantó una ceja. "Estoy confundido." Dijo y luego le sonrió sugestivamente. "Supongo que le hablamos de sus miradas y la posibilidad de que yo la mire y tú—,"
Sango prácticamente gruñó mientras levantaba de golpe su cabeza para verlo con una horrible mirada que lo hizo dudar y reír nervioso. "No sabes nada de la forma en que piensan las mujeres." Gruñó antes de girarse y caminar hacia la cama, desplomándose sobre el suave colchón mientras movía sus vestidos. "Está mirándome porque está celosa y se siente culpable."
"Por qué tiene que sentirse culpable y celosa?" Preguntó él con una ceja torcida mientras la seguía y recogía los vestidos del lado de la cama donde los había puesto antes de depositarlos cuidadosamente sobre el espaldar de una silla cercana para que no se arrugaran.
"Sus sentimientos." Sango miró sus manos. "Se siente culpable por tener esos sentimientos por un hombre casado, especialmente cuando conoce a su esposa." Ella suspiró tristemente y colocó sus manos sobre su regazo mirándolas mientras halaba un padrastro que no había logrado remover todavía. "Y está celosa porque tengo al hombre por el que siente algo."
Miroku se giró hacia ella mientras arreglaba el último vestido y tomó un profundo respiro, "Qué crees," comenzó él a preguntar regresando con ella para desplomarse en la cama a su lado. "que está sintiendo el Capitán?"
"No hablaste con él?" Preguntó ella ligeramente sorprendida. Usualmente los dos hombres hablaban de casi todo. Parecían saber todo el uno del otro incluso cosas misteriosas que habían fascinado a Sango durante su tiempo a bordo del barco. Secretos que nadie sabía excepto Miroku.
El Intendente sacudió su cabeza y la colocó en sus manos. "Se fue directo a su habitación," habló entre sus dedos amortiguando su voz. "Cerró la puerta y todo."
"El Capitán ha aceptado antes a una chica?" Preguntó Sango pensativa retorciendo su dedo en un mechón de cabello.
"Así nunca." Respondió él antes de recostarse en la cama mirando al techo.
Sango asintió y mordió su labio pensativa. "Le entra a las mujeres?"
Todo el cuerpo de Miroku se levantó y la miró con una risa visible en su cara. "Cielos, él es bueno."
"Bueno en qué?" Dijo ella resoplando y cruzando sus brazos sobre su pecho.
"Nunca quiso que vieras sus conquistas." Dijo Miroku con una sonrisa ladeada. "No quería que te sintieras incómoda con él."
Ella frunció sus labios ante las palabras y cruzó sus brazos sobre su pecho. "Sus conquistas?"
"Tú sabes," Miroku le dio una extraña e implorante mirada esperando que pudiera captarlo.
"No," dijo ella intentando no reír. "No sé."
Miroku frotó su rostro con sus manos antes de suspirar profundamente. "Las chicas con las que folla, Sango."
"Oh." Dijo ella en una pequeña voz cuando la realización la golpeó. En verdad nunca pensaba en el Capitán teniendo una vida sexual. Era como un padre para ella o un hermano. Él la había llevado a bordo y la amaba de forma platónica, la dejaba vestirse como un hombre, la dejaba hacer lo que quisiera, incluso la dejaba gritarle, la dejaba preocuparse por él, le daba total libertad, lo cual era más de lo que podía decirse de cualquier otro lugar en el que hubiese vivido. Y además de las constantes bromas entre ellos sobre sexo, nunca la había tocado inapropiadamente o incluso insinuado de forma seria. Y en cuanto a otras mujeres, nunca lo había visto con una mujer en cualquier otra forma que ser simplemente amistoso. La mayoría del tiempo parecía evitarlas como la plaga.
Miroku rascó la parte trasera de su cabeza, tratando de no hacer contacto visual con ella mientras hablaba. "No quería que lo supieras," la miró tímidamente, parecía incómodo. "Por las circunstancias."
"Ya veo." Los ojos de Sango se agacharon y sintió su mentón temblar cuando una ola de emoción la golpeó.
Sin una palabra, Miroku la haló hacia él y la abrazó fuertemente. Ella acomodó su cabeza en su hombro e inhaló en un intento por darse seguridad. Se quedaron así por varios minutos, entrelazados en el otro mientras Sango recibía el consuelo que él le había proporcionado por años, desde que era un chico de quince años. Sonrió ante la idea: había conocido a Miroku cuando tenía quince años. Había sido más pequeño entonces, unas dos cabezas por debajo del Capitán, pero tenía unos ojos hermosos y determinados que la habían intrigado desde la primera vez que los notó y aun ahora creía verdaderamente que habían sido esos llamativos ojos negros los que la habían sumergido y la hicieron comenzar a curarse.
Cerró sus propios ojos ante la idea y envolvió sus brazos alrededor de su cintura. Estaba a punto de permitirse desvanecer cuando cayó en cuenta de algo. Sus ojos se abrieron de golpe y se separó de Miroku, mirándolo con total sorpresa. "Si está haciendo esto en frente de mí entonces debe estar—"
"Realmente interesado en ella." Terminó Miroku con un movimiento afirmativo de su cabeza. "Eso es lo que me preocupa. Este no es un barco de paso pero," cerró sus brazos alrededor de sus hombros abrazándola gentilmente mientras fruncía. "Aun si él quisiera que fuera algo más que eso podría no tener opción."
"No lo hará." Dijo Sango, sus ojos tristes mientras envolvía sus brazos más fuertemente. "Aunque quisiera estar con ella, no puede venir con nosotros. Es una dama de sociedad," recostó su cabeza contra su hombro. "No querría tener nada que ver con el mar."
"Pero parece," él buscó la palabra correcta. "Tan interesada."
"Déjame enmendar mi declaración." Sango levantó su cabeza una vez más y señaló las armas de Miroku, sus pistolas, sus mosquetes y su sable que estaban colgados en la pared detrás de la puerta. "Ella no querría nada con los verdaderos nosotros." Depositó su mano sobre su pierna, frotándola mientras intentaba explicarse. "En este momento nos ve como sus iguales, al segundo que descubra que somos piratas," su mano detuvo su movimiento y una triste expresión colmó sus ojos. "Se espantará de terror."
"Tú no te espantaste." Clamó Miroku observándola.
Sango se giró y lo miró, sus ojos nublados con recuerdos del pasado. "Soy diferente." Su voz lejana. "Soy una mujer quebrada, echada de la sociedad."
"Tú no estás quebrada." Respondió Miroku suavemente mientras alcanzaba y retiraba cabello de su rostro.
Sango sintió lágrimas tocar sus ojos ante el gesto, "Pero—"
"Eres hermosa," la interrumpió frotando su mano sobre su mejilla. "Eres mía." Susurró bajando su boca hacia sus labios besándola gentilmente mientras la bajaba contra la cama. "Toda mía, hermosa mujer." Susurró débilmente contra sus labios mientras la conversación se desvanecía, tornándose en solo palabras dulces haciendo que cada recuerdo desapareciera de nuevo, removido por sus palabras y sus labios.
Desconocido para ellos, el Capitán había escuchado cada palabra no porque estuviera intentando escuchar su conversación a propósito sino porque las paredes de un barco eran delgadas y sus oídos poderosos.
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El enorme salón de té en el que Kagome había tomado té apenas ayer en la tarde estaba lleno de nobles tomando sus cenas. El sonido de finas vajillas chinas golpeadas por tenedores y cuchillos de plata llenaba el aire así como un ligero ruido de conversación creaba una atmósfera de alta sociedad entre las mesas de blancos manteles y servilletas que se contrarrestaban por una gran formación de vestidos coloridos y personas. La mayoría de los comensales esta noche eran demonios cuyo color natural de cabello era tan llamativo como sus ropas, pasando desde púrpuras a rosas y verdes. Un grupo de humanos podía distinguirse en el concurrido salón, notables por su color de cabello más estándar de negro y marrón.
Dentro de ese grupo estaba Kagome Dresmont, su largo y humano cabello negro estaba recogido en un apretado pero delicado moño escondido bajo uno de sus mejores sombreros verde que hacía juego con su vestido verde favorito. A diferencia de la primera vez que había tenido compañía para cenar, su miriñaque y corsé estaban en su puesto dándole un verdadero aire de propiedad para aquellos que la conocían por ser más indecente. En el momento, estaba sentada al otro lado del Capitán, Sango a su izquierda y el Intendente a la derecha del Capitán. Ellos ya habían consumido la vasta mayoría del amplio menú, el cual (desconocido para Kagome) los otros tres no habían esperado en años o en caso de Miroku, nunca.
Habían comenzado con un plato de sopa blanca, seguido de uno de pichón (un plato que Inuyasha había tenido problema en comer con sus cubiertos habiendo querido desesperadamente arrancar la carne del hueso), y habían tenido un plato consistente en una variedad de vegetales freídas en mantequilla y vino blanco, una alegre delicadeza. Ahora estaban esperando el postre, el cual era una combinación de frutas acarameladas (algo raramente consumidas) y chocolate (algo que nunca se comía por lo costoso que era).
Los platos llegaron a la mesa y Kagome miraba en deleite, habiendo tratado con el chocolate solo una o dos veces en su vida, sus recuerdos eran fantásticos. El plato en frente de ella consistía en algunas frutas cítricas, unas pocas frutas acarameladas que los otros nunca habían visto, y un pequeño brochazo de chocolate fundido.
Tomando delicadamente su pequeño tenedor para postre, Kagome seleccionó un trozo de naranja acaramelada y la sumergió en el chocolate esparcido antes de llevarlo a su boca con práctica elegancia inconsciente de que los otros estaban observándola, esperando. Lo puso en su boca y cerró sus ojos con alegría, el insondable sabor dulce se derretía contra su lengua mientras llevaba una mano para cubrir su boca al masticar, "Delicioso!" Exclamó ella agradeciéndole a su madre un millón de veces por haberle dado una oportunidad para participar en semejante festín esta noche.
A su lado Sango miraba su propio plato y lamió sus labios con anticipación. A diferencia de Miroku e Inuyasha, al menos para su conocimiento, había probado chocolate antes, de niña. Sumergiendo un trozo de su fruta en la mezcla como Kagome lo había hecho, lo depositó en su boca sosteniendo su tenedor levemente contra sus labios mientras el sabor rodeaba sus sentidos. Con un amoroso zumbido miró a Kagome y las dos mujeres se sonrieron felices. "Está delicioso." Susurró Sango en su disfraz como la Sra. Smith. "No he comido chocolate en mucho tiempo."
"Ni yo." Respondió Kagome antes de poner otro bocado en su boca.
Inuyasha la observaba mientras cerraba sus ojos con deleite, la mirada en su cara era una mirada que nunca le había visto hacer a otro ser viviente. Era una mirada de paz, una mirada de alegría; era una mirada de alguien que estaba genuinamente feliz con el momento que estaba viviendo. Miró su propio chocolate y sabía por experiencia que no debía comerlo porque era bien sabido que no iba con su particular raza de demonio. "No tiene sentido enfermarse solo por mantener una apariencia." Sonrió ante la idea y miró a la joven mujer disfrutando su plato, tal vez, podía hacerla sonreír aún más.
"Srta. Dresmont," se dirigió suavemente al otro lado de la mesa, "Tal vez guste de mi porción?"
Los ojos de Kagome se abrieron ante su voz, "Por qué me la ofrece a mí y no a su propia esposa?" Ella miró a la Sra. Smith quien estaba disfrutando tanto el plato que parecía haber apagado completamente la conversación. "Um," encontró su garganta seca volviendo hacia él visiblemente incómoda. "Capitán—yo—"
"Maldición." Maldijo para sí notando su error social. Aclarando su garganta le dio su sonrisa más pintoresca para cubrirlo. "Para compartirla con mi esposa, por supuesto." Añadió él rápidamente a esa sonrisa señalándole a Sango con una gentil mano enguantada. "Querida?" Habló enérgico logrando captar su atención al mover su mano un poco más rápido hacia su rostro pero aún de forma digna.
Parpadeando varias veces, Sango reconoció su movimiento con uno de su cabeza y sonrió ampliamente cuando le alcanzó el plato a ella. "Oh, gracias!" Dijo con alegría arrebatándole el plato de su mano y depositándolo entre ella y Kagome.
Inuyasha se tomó un segundo para mirar a Miroku quien miraba la distracción. Los dos hombres parecían tener una conversación silenciosa que duró varios segundos antes de que Miroku asintiera satisfecho con lo que sea que hubiesen resuelto y continuó deleitándose con la nueva comida. Él estaba muy distraído por el sabor que nunca había experimentado antes para darle a alguien más tanto como una mirada.
Observando el intercambio en silencio, Kagome se movió en su silla antes de lograr recuperar sus modales. "Gracias por su generosidad." Dijo ella mirando la apaciguada mirada del Capitán. Parecía como si estuviera esperando a que la felicidad apareciera en su rostro; como si quisiera verla.
"Es un placer ser tan generoso para una joven tan servicial," dijo él y se detuvo cuando el camarero le llevó una copa de vino. La tomó y asintió hacia el hombre antes de regresar con ellos tomando un pequeño sorbo del vino tinto en sus manos. "Además, este es mi postre." Añadió señalando el vino. "No soy de chocolate."
Miroku lo miró como si estuviera loco mientras resistía la urgencia de lamer el plato. Sango también sentía la misma urgencia cuando terminó su propia porción en el plato que el Capitán le había ofrecido a ella y a Kagome.
"Hay cuatro trozos de fruta Srta. Dresmont," su voz tan suave y animada que automáticamente puso a Kagome a gusto. "Tomamos dos cada una?"
Kagome le sonrió a la otra mujer, su corazón sintiéndose ligero mientras miraba el plato y se obligaba a no lamer sus labios. "Sí, por favor," asintió ella animada antes de captar un vistazo del Intendente quien había bajado su tenedor pero aún miraba el plato con anhelo y se detuvo lo suficiente para inquirir, "Le gustaría un pedazo, Sr. Woodson?"
Miroku la miró muy sorprendido preguntándose por qué una mujer de la alta sociedad pensaría en molestarse con un Intendente con una oferta tan amable? "Qué peculiar." Pensó sonriéndole. "Es tan diferente a lo que se supone debería ser. Es," su mente buscaba una comparación. "Simplemente amable e incuestionablemente dulce." Rió en silencio para no desmotivarla. "No, gracias," dijo mirándola con ojos gentiles: los ojos de hermano mayor de alguien. "Pero aprecio el ofrecimiento."
"De nada." Ella le brindó una brillante sonrisa antes de enfocarse en el plato, la luz en sus ojos sólo era comparable a la de un niño feliz.
Inuyasha le dirigió una mirada a Miroku cuando las mujeres no estaban prestando atención pero Miroku solo lo miró y sonrió, sabiendo que el Capitán estaba celoso con la atención. El Capitán gruñó bajo en respuesta incitando a Miroku a mirar los alrededores para asegurarse de que nadie estuviera observándolo, antes de sacar su lengua por un segundo. El Capitán mordió su labio y lo miró en respuesta, Miroku simplemente le devolvió la mirada.
"Esta fue una cena maravillosa," dijo Sango limpiando delicadamente las comisuras de su boca, sacando a los dos hombres de su duelo mortal de miradas.
"Sí, lo fue." Aceptó Inuyasha y se recostó en su silla. Miraba los alrededores, el instinto de nuevo haciéndolo estudiar el gran número de demonios rodeándolos. Lo hacían sentir un poco nervioso pero parecía que esos demonios estaban muy metidos en ellos mismos para notarlo en el salón. Sus narices probablemente no estaban muy acostumbradas a olfatear individuos o serían capaces de detectar diferentes razas. Probablemente no eran capaces de distinguir la anormalidad en su aroma cuando estaba sentado entre humanos, así que la probabilidad de que uno de ellos sea consciente de su sangre era relativamente mínima. "Gracias a Dios por los pequeños favores." Se encogió mientras observaba algunas de las mesas comenzar a despejarse después de los cocteles, una pista de baile comenzaba a materializarse donde habían estado las mesas momentos antes.
Curioso, notó un pequeño grupo de dos demonios y dos humanos aparecer de la nada y sentarse en unas sillas que habían sido movidas a un lado para hacer espacio para el baile. Con cuidado, cada miembro del grupo comenzó a desempacar sus instrumentos, todos de cuerda.
"Un cuarteto," anotó él observando a uno de los demonios sacar un violín de su estuche para colocarlo en frente de él para afinarlo. Inuyasha sonrió al ver el instrumento, sus orejas entrenadas bajo su peluca escuchaban al demonio afinarlo lentamente. "Estar bajo tanta humedad mató las cuerdas." Notó él con una mueca mientras el demonio intentaba forzar la cuerda al tono.
"Tan pronto como los otros terminen de cenar," dijo Kagome con voz feliz casi excitada interrumpiendo desconocidamente los pensamientos de Inuyasha. "Hay baile si les apetece."
"Baile?" Dijo Sango con tal deleite que Miroku e Inuyasha casi se encogen. Miró al Capitán, sus ojos suplicantes con exuberancia. "Podemos bailar, Capitán?" Preguntó ella, sus ojos llenos de esperanza y expectativa.
Inuyasha la miró y quiso estrellar su cabeza en la mesa, no había manera en que pudiera negarse a una mujer que se veía tan feliz y aun, odiaba bailar, no era de eso y siempre se sentía ridículo bailando entre extraños. Miró a Miroku quien estaba mirando a Sango con ojos felices y sonrió cuando una idea entró en su cabeza. "Peter, sabes que no soy mucho de bailes." Miró al joven quien asintió en respuesta. "Por qué no tomas mi lugar, estoy seguro que Elizabeth se divertiría más con un hombre que no tiene dos pies izquierdos."
"Por supuesto, señor, estaría encantado." Miroku le sonrió al Capitán agradeciéndole en silencio mientras la música comenzaba a sonar. Mientras otros caballeros comenzaban a levantarse para tomar a sus compañeras de baile, lo hizo Miroku. Como era acostumbrado, caminó hacia Inuyasha y se inclinó pidiendo permiso en silencio para llevar a la mujer de otro hombre a la pista. Inuyasha le asintió en respuesta y señaló hacia su 'esposa' quien prácticamente estaba brincando en su silla con excitación. Enérgico, se dirigió hacia Sango sacándola de su silla inclinándose antes y ofreciéndole su mano. Ella la tomó sin pensarlo dos veces y esperó a que él le ofreciera el obligado beso en los nudillos antes de levantarse y levantar su vestido mientras se alejaban de brazos, dejando a Kagome y al Capitán, muy solos.
Inuyasha observaba a Kagome mientras miraba a la multitud de mujeres y hombres bailando un complicado vals. Era positivamente linda mientras los miraba, sus ojos grises brillaban con intriga, "Me pregunto qué está pensando," se preguntaba moviendo gentilmente su muñeca, removiendo el poco vino que aún le quedaba en su copa. Tras ella, captó un vistazo de Miroku girando a Sango levemente antes de atraparla y continuar moviéndose en un rápido trote, el rostro de Sango estaba enrojecido de sus movimientos y el poco vino que había bebido con la cena. "Se ven tan bien juntos," anotó llevando el vino a sus labios y tomó un pequeño sorbo disfrutando del suave sabor de este particular Merlot.
Al otro lado de él, Kagome sentía su corazón iluminarse ante la vista de los hermosos vestidos moviéndose mientras las mujeres danzaban. Bailó vals muchas veces en su vida pero siempre se había sentido rígido y forzado para ella, nunca se había sentido feliz o relajada con un compañero de baile. Sus ojos se desplazaron hacia la presunta Sra. Smith y al Sr. Woodson observando con ávido interés mientras se movían por la pista de baile, juntos y relajados. De hecho, se veían totalmente radiantes sosteniéndose mutuamente y moviendo sus pies a paso rápido con relativa facilidad como si lo hubiesen hecho tantas veces.
Kagome casi se sentía celosa ante la vista pero los celos se tornaron confusión cuando la Sra. Smith desvió sus ojos del Intendente, un rubor en sus mejillas. Observaba la cara de la mujer intrigada por la forma en que los dos se sonreían. Era una sonrisa que había visto muchas veces, la sonrisa que había visto en el rostro de su madre cuando podía bailar con su padre.
Inuyasha la miraba observar a Sango y a Miroku y se sintió completamente fascinado por sus movimientos. Estaba meciéndose en su silla inconscientemente, realizando los movimientos del vals sin notarlo. Sus ojos brillaban en la desvanecida luz de la tarde y no pudo evitar la punzada en su corazón cuando sus labios se curvaron en una suave sonrisa. Su cabello, aunque recogido en su moño aun para él estaba salvaje como el día anterior. Parecía un profundo mar negro en la noche, brillando como si tuviese pequeñas estrellas en sus rizos. Era hermosa, sin refinar, natural y ella misma completamente. Nunca había visto a una chica así, independiente de las convenciones sociales en formas muy sutiles. Miró sus manos mientras la idea atravesaba su mente y se entristeció de ver sus guantes puestos. Había sido embriagador tocar esas manos sin los guantes cubriéndolas y ahora parecía que nunca podría hacer algo como eso otra vez.
Lamió sus labios queriendo sentirla una última vez antes de tener que partir, "Pero cómo?" Frunció tristemente y movió su vino una vez más mirándola franco y abiertamente sabiendo que nadie en la multitud estaría observando en tanto como los bailarines se estuvieran moviendo. "Es respetuoso bailar con ella ahora que rechacé a mi 'esposa'?" Se cuestionó pero sabía que la respuesta era 'no' aún antes de hacer la pregunta. Rascó la parte de atrás de su cabeza mirándola con intensa concentración antes de ver alrededor. "Ya pagué por la comida," se dijo mientras sus ojos se desplazaban por las mesas vacías que los rodeaban, feliz de que la costumbre actual dictaba que uno debía pagar antes de ser servido, desde que todos recibían lo mismo. "Mucho mejor que hace doscientos años." Gruñó. "Entonces estaría aquí clavado esperando para pagar." Su mente se detuvo ante la idea. "Demonios, en ese entonces no habría tenido el dinero mucho menos hubiese querido poner un pie aquí." Frunció sus labios regresando a su idea original notando que no esperar por una cuenta le permitiría un poco de libertad para su próximo movimiento. "Tal vez—sí," lamió sus labios. "Podría ser un poco escandaloso—probablemente más escandaloso que un baile pero—," bebió lo último de su vino. "Será mucho más divertido."
Depositando su copa pesadamente en la mesa, inhaló un profundo respiro y miró a Kagome quien aún observaba a los bailarines, su cuerpo meciéndose en su silla con la música.
"Srta. Dresmont?" Preguntó el Capitán desde su lugar al otro lado de la mesa. "Le importaría dar un paseo conmigo?"
Kagome salió de su aturdimiento y se giró para mirarlo, sus ojos brillantes con sorpresa. "Perdón?"
"Un paseo," reiteró él un poco más nervioso de lo que había estado. "Le gustaría dar uno," aclaró su garganta antes de añadir. "Conmigo?"
"Um—," su voz estaba atascada en su garganta mientras intentaba asimilar sus palabras, su corazón comenzó a palpitar, la sensación era familiar para ella. "Un paseo?" Sabía que no era apropiado, dar un paseo con el esposo de alguien más y sin embargo—
Kagome miró sus ojos perdiéndose en las gentiles profundidades doradas tan radiantes mientras la miraban. Su corazón comenzó a aquietarse ante la visión de su sonrisa notando que tenía colmillos. Había adivinado que era un demonio por sus ojos desde que los humanos no tenían ojos coloreados de oro, su color más exótico era el verde y aún, ver esos colmillos la hacían sentir ligeramente peligrosa. Era común casarse con un demonio pero no era común para un demonio mirarte como si fueras atractiva. Los demonios no parecían sentir atracción por los humanos, ellos se quedaban con los de su propia raza y los humanos permanecían con su propia raza sólo casándose por el beneficio de tener contactos y raramente tenían hijos. De hecho, si un niño demonio nacía de un humano siempre sería un niño del amor, por el contrario, el demonio nunca lo hubiera dejado desarrollar.
Inuyasha se levantó ante el silencio de Kagome y rodeó la mesa ofreciéndole su enguantada mano. Ella lo miró y luego a sus ojos supernaturales no sabiendo lo que estaba haciendo mientras colocaba su mano en la suya y le permitía levantarla. Sus cuerpos se acercaron instantáneamente, sus rostros a sólo un pie de distancia mientras permanecían pecho con pecho, ambos paralizados en los ojos del otro.
"Caminaría," dijo él tan suavemente que ella tuvo que afinar sus oídos. "conmigo?"
"Sí," respondió ella, su voz no estaba bajo su control mientras él le sonreía y daba un paso en dirección de la puerta del frente lejos del ruido, la música, el baile y la seguridad de Sango y Miroku que estaban atrapados en el otro para darse cuenta de las espaldas en retirada de dos individuos desiguales.
Salieron a la oscura luz y él entrelazó su brazo con el suyo antes de avanzar en una dirección al azar. Ella no sabía a dónde iban pero sabía que no importaba en tanto como estuviera del brazo del Capitán. Pasaron a otras personas que conocía en el puerto, algunos los miraban con curiosidad, otros la ignoraron completamente sin preocuparse por la solterona ahora que estaba comprometida. La idea la hizo preguntarse por qué no la miraban escandalizados? Miró a Inuyasha debajo de sus largas pestañas mientras los conducía por la calle. "Qué importa?" Pensó para sí caminando un poco más cerca de él. "En tanto como esté de su brazo eso importa?"
Cerró sus ojos, dejándolo conducirla sin miedo a lo que pudiera caer a su paso, simplemente quería disfrutar el momento, quería sentir como si estuviera caminando con su esposo, un esposo que había elegido, aún si fuera sólo por un momento. Era una fantasía agradable: caminar con un hombre que la miraba con admiración en vez de obligación, un hombre que la miraba como si fuera la cosa más hermosa en el mundo. Nadie la había mirado así. Todos la pensaban como la chica extraña que nunca se casaría, Kagome Dresmont, la sucia chica poco femenina que le gustaba creerse un marinero.
El Capitán Smith fue el primer hombre, la primera persona en realidad, que la había escuchado cuando hablaba del mar, el primer hombre en mirarla como si fuera hermosa, el primero en pedirle dar un simple paseo. Era una sensación maravillosa tener un hombre encantador mirándola como si ella valiera la pena, como si fuera bonita e interesante.
El sonido de las olas llegó a sus oídos y el olor a sal, la combinación la hizo abrir sus ojos llegando a un alto. Él no la había llevado muy lejos, solo al otro lado del restaurante donde había una pequeña playa. Sonrió ante el agua y el sonido que hacía al llegar a la orilla. El sol estaba comenzando a ponerse aunque habían cenado a las cuatro, el evento había tomado tres horas, algo común para su clase. Ahora era un poco después de las siete y el sol, por la época del año, partía temprano.
Pintaba el horizonte en una formación de diferentes colores, brillantes y hermosos. La música del restaurante flotaba por la calle hacia ellos y Kagome sonrió cuando el gentil vals sonando ahora entraba en su mente. El sonido del mar y las olas casi era demasiado para sus sentidos y se permitió sentirse increíblemente relajada, completamente contenta y feliz por primera vez en más años de los que podría contar.
"Le gusta el atardecer?" Preguntó el Capitán tranquilamente.
Ella se giró para mirarlo y fue sorprendida por una vista que nunca había experimentado antes. Sus ojos habían atrapado la desvanecida luz y parecían brillar mientras se concentraba en el mar reflejándose en su mirada, sus ojos reflejaban todo a su alrededor, asimilando una óptima cantidad de luz para poder ver mejor.
"Sí." Dijo ella suavemente, sus ojos enfocados en los suyos, eran unos ojos maravillosos y estaban mirándola. "Es hermoso."
Él le sonrió y extendió una mano enguantada hacia su mejilla posando sus nudillos y rozándolos sobre su piel. Sus ojos se cerraron, sus labios se abrieron ligeramente. Respiró profundo conteniendo el aire en sus pulmones mientras intentaba ganar control de su cuerpo asimilando la visión. Era la cosa más maravillosamente sexual que hubiese visto. La vista de esta hermosa joven con su cabeza elevada, sus ojos cerrados, sus mejillas enrojecidas del aire marino y sus labios de un rojo deliciosamente natural, ligeramente separados y deseando por algo que probablemente nunca había conocido. Él quería besarla ahí y ahora pero se contuvo con otra ingesta de aire sobre la que ya estaba conteniendo.
"No puedo apegarme." Pensó para sí soltando el aire lentamente. Sus ojos se abrieron, sus labios se cerraron y la sensación se enfrió en la boca de su estómago. Escuchó la conversación de Sango y Miroku de la noche anterior repetirse en su cabeza y supo que tenía que mantener algo de distancia. Habían tenido razón en que no podía estar con ella y que sería malo para ella si él continuaba. No podía arruinarla.
"Capitán." Dijo ella gentilmente, el sonido de su voz casi lo hizo entrar en pánico pero se detuvo cuando el sonido de un solo de violín llegó a sus orejas bajo su sombrero y peluca.
La melodía era encantadora casi tan encantadora como sus ojos. Suspiró internamente y miró los profundos pozos grises encontrando que contra su voluntad no podría negarlos. "Srta. Dresmont." Reconoció él suavemente, alejándola brevemente antes de tomar su mano en la suya, su otra mano en su cintura. Naturalmente, ella puso su mano en su hombro, sus dedos agarraron el material de su chaqueta como si fuera una cuerda de salvamento y estuviera ahogándose. Él la miró por unos segundos, el violín sonaba en el fondo, un fondo para sus ardientes ojos y entonces, sin molestarse en pedir permiso, dio un paso a su izquierda.
Ella lo siguió y en un lento conteo comenzaron a seguir el vals al sonido del violín en el restaurante. Era un vals lento al principio, sus pies se movían en la arena desplazándose en perfecta armonía. Kagome sintió derretirse todo su cuerpo mientras él la halaba más cerca, la respetuosa distancia con la que habían comenzado, se borraba con cada círculo lento que hacían en la playa y luego el tempo de la música cambió. Se miraron brevemente antes de él sonreír, sonreírle literal.
Su agarre se apretó en su cintura y haló su calor contra él mientras la miraba a los ojos retándola a rechazarlo. Kagome no pudo pensar en una razón para eso, así que se presionó en él ruborizaba cuando gruñó en respuesta. Se sintió curiosa cuando una mirada de casi dolor tocó su rostro pero antes de poder preguntar, él comenzó a moverlos de nuevo, terminando el vals en favor de un rápido polka. Sus pies se movían en la arena saltando en cuatros mientras se desplazaban en un círculo. Sus cuerpos alineados y él ignoró la urgencia que parecía estar llenándolo mientras ella se acercaba más y más. Buscando algo de alivio le dio una vuelta y la alejó respirando profundamente antes de traerla de nuevo en sus brazos, su cuerpo solo una pequeña fracción de color.
Su falda giraba alrededor solo para detenerse cuando él la sujetó de nuevo fuertemente. Sintió su corazón acelerarse en su pecho, "Esto debe ser lo que hace a todos querer bailar." Notó ella mientras él guiaba un cambio de dirección. "La oportunidad de sentirse así, la oportunidad de moverse así, la oportunidad de girar," sintió una risa vibrar en su pecho cuando él la giró hacia afuera otra vez en un cerrado y rápido círculo antes de regresarla con tal fuerza que pensó por un segundo que podría estrellarse contra él. "La oportunidad para saltar, la oportunidad para estar segura de la atención de un hombre," ella lo miró cuando la atrapó, su rostro brillaba con sudor y un dulce rubor color vino. "Nunca antes he sentido algo como esto."
Ella miró a Inuyasha inconsciente de que era Inuyasha, sus mejillas tornándose rojas mientras se movía con ella. Estaban cerca el uno del otro, innegablemente cerca y aun, Kagome no podía decir algo. Era impropio, era indecente, era absolutamente escandaloso y aun, no podía negarse la atención, no ahora, no después de haber sido el centro del universo de un hombre así fuera por un segundo. Cerró sus ojos y rió cuando sintió sus manos en sus costados elevándola mientras continuaba girándolos. Ella se aferró a sus brazos sosteniéndose fuerte mientras sus armoniosas carcajadas llenaban el aire nocturno. No había sido girada así desde que era una niña pequeña por su padre. La sensación del viento rodeándola la había hecho sentir ligera y alegre, la hacía sentir como si estuviera en el mar; este hombre la hacía sentir como si estuviera en el mar.
Podía sentir el sabor salado en el aire, podía sentir el viento golpeando contra su piel, podía sentir el agua de las olas golpearla. Sonrió más mientras sus dedos se clavaban en sus brazos al tiempo que los giros se aminoraban. Él la acercó más y más mientras los círculos se volvían más y más lentos, sus ojos se abrieron cuando lo hizo y observó maravillada mientras sus dorados ojos la miraban, sonriéndole tan brillantemente que juró que eran el sol.
Finalmente, la bajó por completo en frente de él pero en vez de soltarla la haló más cerca, envolviendo sus brazos fuertemente a su alrededor. Ella le sonrió, su pecho presionado contra su estómago haciéndola sentir cosas que nunca había sabido podría sentir y luego antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, recostó su mejilla sobre su amplio pecho, sus oídos presionados en su corazón, risitas escapaban de ella en ese momento y luego distinguió el sonoro golpeteo.
Inuyasha sintió su pequeña forma contra él, sintió su mejilla en su pecho, escuchó su corazón latir en su pecho bajo en sonido del fuerte jadeo de su cansado cuerpo y la suave risa que soltó de felicidad. Con cuidado, él la acercó más apoyando su cabeza sobre la de ella mientras inhalaba su aroma natural de mar y flores, su mente casi completamente en blanco. Quería estar cerca de ella, quería tomar más de ella, quería sentir su piel bajo sus dedos, quería sentir su cuerpo arqueándose bajo sus caricias, quería besar sus labios, sus mejillas, cada dedo, cada pestaña, solo la cima de su mano y ya—
Inuyasha se separó de ella, intentando mantener su rostro neutral. Lo miró confundida, sus ojos abiertos y sus labios separados con preocupación. Su confusión lo molestó pero lo escondió bien mientras se sonrojaba a la luz de la luna. El leve color en sus mejillas casi lo hace pensar dos veces su decisión anterior pero sabía que no podía involucrarse con una joven como ella, sabía que ella nunca entendería la vida que fue obligado a vivir.
"Capitán?" Susurró ella y él sintió ceder su resolución.
"Srta. Dresmont." Habló gentilmente mientras su corazón le gritaba en su pecho.
Ella lo miró, sus ojos esperanzadores y su expresión una de absoluta adoración. Sabiendo que no podría verlo así de bien en la luz de la luna, él mordió su labio e intentó detener sus rodillas de doblarse. Nunca en su vida había querido abrazar a una mujer en la forma en que quería abrazarla a ella. No quería follarla o usarla como lo hacía usualmente con las mujeres de la costa; sólo quería abrazarla otra vez. Quería sentir su pequeña forma en sus brazos, quería sentir su cabello contra su mejilla, quería sentir la forma en que sus labios se sentían en sus manos.
Él sólo—quería besar su mano una vez más.
Tomando una decisión de último segundo, Inuyasha retiró uno de sus guantes, llevándolo a su chaleco. Lo guardó dentro y luego extendió su mano sin guante para tomar la suya. Él la escuchó jadear ante el repentino contacto pero lo ignoró mientras removía el guante de su mano.
Kagome no tenía idea de lo que estaba haciendo hasta que sintió su piel desnuda tocar la suya. El shock que la recorrió fue electrizante pero nada comparado al shock que recibió cuando se inclinó y besó su mano, sus húmedos labios hicieron el más simple de los contactos con sus nudillos.
Su corazón se detuvo en su pecho, su mente se ponía en blanco y pensó que iba a desmayarse mientras sus suaves labios permanecían en su piel. Su respiración salía en cortos jadeos hasta que se retiró mirándola mientras ella lo observaba aun sosteniendo su mano. Kagome mordió su labio queriendo devolver el gesto y ofrecerle la misma sensación pero estaba asustada, asustada de lo que pudiera decir, de lo que pudiera pensar.
Inuyasha no podía creer lo que había hecho y para empeorarlo no estaba reaccionando. Se había condenado y lo sabía. Sabía que se había lanzado por la borda del barco con el gesto. Ella iba a matarlo—no físicamente sino con palabras. Iba a ir y a decirle a alguien e iban a investigar e iba a ser atrapado y terminaría como Calico Jack en las horcas. Él comenzó a alejarse de ella entrando en pánico.
"Capitán." Susurró ella sintiendo su mano comenzar a deslizarse, sintió escabullirse el único hombre que le había mostrado verdadero interés. Actuando de la misma forma que él, alcanzó por su mano. Halándola hacia ella hizo la cosa más atrevida que hubiese hecho en su vida.
Besó su mano.
El corazón de Inuyasha se detuvo en su pecho mientras la observaba, inclinada en la luz de la luna, esos asombros labios rojos besando su mano, correspondiendo a su gesto. "Srta. Dresmont." Apenas dijo, el sonido de su voz devolviéndola a su ser.
Ella se separó y lo miró en shock, sorprendida por su propio comportamiento.
"Capitán!" Un grito llegó del otro lado de la calle. "El baile se terminó por esta noche. Sería oportuno llevar a la Srta. Dresmont a casa!"
Inuyasha retiró su mano como si quemara y acortó la distancia hacia Miroku. "Por favor, llévala, debo regresar al barco."
"Seguro." Dijo Miroku sosteniendo el brazo de Sango. El Capitán comenzó a alejarse sólo para escuchar el sonido de un decepcionado suspiro de Sango cuando Kagome la alcanzó.
"Supongo que tendremos que despedirnos entonces."
Él se giró y observó mientras las dos mujeres se hacían reverencia, la reverencia de Kagome un poco más tembleque. Se preguntó si se sentía culpable. Sabía que no debería pero, Kagome sólo conocía al Capitán Smith y su esposa, no sabía del pirata tras la máscara.
Inuyasha se sintió estúpido, se sentía un idiota y un bastardo. "Qué estoy haciendo?" Se cuestionó mirando a la joven Srta. Dresmont de no más de diecisiete años, comprometida en matrimonio, confundida porque estaba dándole señales mezcladas. "Un hombre 'casado' prácticamente cortejando a una mujer comprometida. Soy el peor tipo de bastardo que existe."
"Siento mucho no verla otra vez." Dijo Kagome dirigiéndose a la Sra. Smith. Se sentía horriblemente culpable por lo que había pasado, había besado la mano de un hombre, la mano de un hombre casado, y ahora estaba hablando con su esposa quien probablemente era inconsciente de eso. Era una horrible persona, lo sabía.
"Fue agradable tener cerca otra mujer." Dijo Sango con voz suave. De verdad había disfrutado su tiempo con la Srta. Dresmont, había sido agradable hablar con otra mujer cuando constantemente se contenía en un mar de hombres, sin juego de palabras. "Pero así es la vida, verdad?"
"Sí," aceptó Kagome sintiendo algo más en su pecho además de culpa, una parte de ella empatizaba con esta mujer mayor. No tenía compañía femenina en el barco y probablemente estaba terriblemente sola y a diferencia de otras mujeres, la Sra. Smith parecía ser genuinamente agradable y atenta. No alardeaba de su esposo, no alardeaba de sus enaguas o riquezas, simplemente sonreía y hablaba con Kagome, como una amiga o una hermana mayor. "Es triste," concluyó mirando a la primera mujer que había sido verdaderamente amable con ella. "Pero cierto y necesario."
Inuyasha observó a las dos mujeres y se sintió aún peor, se sintió mal por separarlas, por alejar a la única amiga femenina que Sango había tenido en años. Con un frunce, se perdió en sus pensamientos. Iban a estar en puerto al menos por otros cuatro o cinco días, por qué no dejarlas tener algo de tiempo juntas y tal vez, sólo tal vez podría ver a la Srta. Dresmont unas pocas veces más antes de tener que separar caminos para siempre. Era una idea egoísta pero por alguna razón la Srta. Dresmont lo hacía egoísta.
"Elizabeth," llamó él manteniendo la farsa. "Por qué no sales mañana con la Srta. Dresmont? No puedo tomarme el tiempo para ir pero Peter puede acompañarte y puedes tener algo de tiempo para comprar y hacer turismo."
Sango miró al Capitán, no segura de qué decir. Él era muy complaciente de sus necesidades femeninas pero nunca hacía las cosas así. Siempre tenía que ser ella convenciéndolo de dejarla hacer las cosas. "Lo dice en serio, Capitán?" Le respondió ella.
"Por supuesto," dijo él y comenzó a alejarse, su corazón enredado de confusión pero también con felicidad por su buena acción. "Puedes tener toda la tarde juntas."
Sango y Kagome se miraron mutuamente emocionadas y comenzaron a hablar ante la idea de pasar más tiempo juntas. Miroku, sin embargo, no estaba del todo distraído. Sus ojos estaban puestos en el cuerpo en retirada del Capitán, la forma en que el hombre se encorvaba ligeramente, una de sus manos rascaba su cabeza. Miroku frunció, juntando sus cejas. Aunque no podía estar seguro con sus ojos humanos, habría pensado que la Srta. Dresmont estaba besando la mano del Capitán cuando salió.
Miroku sacudió su cabeza y volvió con la Srta. Dresmont y Sango, planeando escoltar a la joven a casa. Las observó conversar por un momento, detallando la forma de la Srta. Dresmont. Era tan inocente, tan dulce, resopló y cerró sus ojos.
"Fue una tonta idea a largo plazo." Concluyó acercándose a las dos mujeres y ofreciéndoles a cada una un brazo. "Después de todo, qué mujer besaría la mano de un hombre?"
Fin del capítulo
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Notas:
Calico Jack fue un pirata muy famoso en el Caribe que fue colgado en Port Royal por órdenes de Henry Morgan.
Hecho divertido: En este fanfiction, Inuyasha de verdad conoció a Calico Jack antes de que muriera. Fueron amigos.
La cena en esta época de la clase social de Kagome y Sango era un evento elaborado, usualmente consistente en varios platos y un baile. Podía durar de tres a seis horas. También se hacía más temprano en el día, comenzando tan temprano como el mediodía o tan tarde como a las cuatro.
El postre en esta época usualmente era una especie de fruta, algunas veces acarameladas. A veces también se comía chocolate pero muy escasamente. De hecho, la mayoría de los hombres, no comían chocolate, en vez bebían vino después de cenar (primariamente uno rojo), brandy, u oporto como Inuyasha.
