SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desean que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

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Capítulo Cinco:

La aventura

Kagome caminaba por el pueblo del brazo de Miroku (Peter, como lo conocía), Sango al otro lado del hombre, sus ojos marrones apreciaban intensamente la ciudad mientras caminaba. Kagome miraba a la otra mujer, viendo el hermoso vestido escarlata que había usado el día anterior. El material se movía a los pies de la joven, escondiendo sus botas altas así como sus medias. En su cabeza había un hermoso sombrero escarlata, ladeado, su cabello recogido debajo muy meticulosamente.

"Ella es asombrosa." Pensó para sí desviando su mirada de la mujer para ver su propio vestido verde, el mismo que usaba casi todos los días. Era muy común para las mujeres usar el mismo vestuario varias veces en la semana porque solo poseían uno o dos. Sin embargo, Kagome deseaba tener un vestido más bonito como el de la Sra. Smith. Deseaba tener un vestido escarlata o uno azul profundo pero su madre no lo permitiría. "Supongo que solo las mujeres decentes merecen un vestido decente."

Ella miró a la Sra. Smith, inconsciente de que esta mujer era igual a ella, exactamente igual.

Desviando la mirada, Kagome pensó en el día anterior, pensó en la noche anterior. Había sido mágica, bailar con un hombre por primera vez en esa forma, realmente quería hacerlo otra vez y aun—sus ojos se volvieron hacia la Sra. Smith, mirando a la mujer por el rabillo de su ojo—no tenía derecho.

Anoche había cometido el último delito, había besado la mano de un hombre, había besado la mano del Capitán, había besado la mano de un Capitán casado en un impulso de recíproca pasión. Kagome no estaba segura de por qué había hecho tal cosa. En verdad no estaba segura por qué el Capitán había besado su mano en primer lugar. En verdad era extraño, la forma en que removió su guante, la forma en que le había quitado su guante, y el largo y delicioso beso que había depositado en su mano.

Por qué haría tal cosa? A menos—que estuviera sintiendo algo muy poderoso, tal vez sintió la misma sensación en su estómago. Tal vez el Capitán sentía las mismas mariposas que había sentido ella en su vientre, batiendo sus alas al tiempo con una emoción que nunca había conocido. Tal vez, tuvo esa misma emoción, tal vez la sentía tan fuerte, y tal vez por eso fue que besó su mano. Había estado sintiendo algo tan fuerte que no podía negarlo y entonces lo dejó salir en la acción más romántica y sensual que hubiese experimentado en sus diecisiete años de vida.

Se sonrojó ante la idea del Capitán siendo dominado por la emoción. La hacía sentir casi, adormecida. Nadie había estado interesada en ella, ningún hombre había besado así su mano. Ella era Kagome, la inadaptada, la hija de mala voluntad, la rebelde, el niño disfrazado en un vestido verde. Nadie la quería, nadie, hasta—que sus hermosos ojos con su profundo y penetrante dorado la habían mirado desde el otro lado del mar.

Aun si así fuera, sin embargo, Kagome se sentía avergonzada y culpable por su repentino interés en hombres, o más ciertamente, por su repentino interés en un hombre casado.

Kagome miró a la mujer por milésima vez, preguntándose si la 'Sra. Smith' había notado la forma en que su esposo y Kagome habían actuado anoche cuando llegaron a la escena del crimen. Estaba muy segura de que el Sr. Woodson y la Sra. Smith no habían visto su beso en la mano del Capitán pero—por alguna razón—aún se sentía como si hubiese sido descubierta. Rezaba por que la Sra. Smith no se diera cuenta ya fuera por proteger los sentimientos de la mujer o proteger los suyos, no estaba segura.

"A dónde vamos, señoritas?" Preguntó el primer oficial llevando a ambas mujeres en cada brazo.

Kagome lo miró, notando lo encantador que era con su rostro afeitado y cabello negro recogido en una pequeña coleta. Aunque su uniforme era muy ajustado a su delgado cuerpo parecía abrazar sus musculosos hombros, eran fuertes, los hombros de un hombre de mar. Estaba sorprendida de que no lo hubiese notado dos días atrás cuando había conocido al grupo—después de todo era muy guapo—pero de nuevo, los penetrantes ojos del Capitán la habían cautivado tan grandemente que había sido incapaz de ver a otro hombre. Incluso ahora, sin el Capitán a la vista, esos ojos aún eran visibles en su mente. Estaban asechándola, deseándola, haciéndola sentir cosas que era mejor ignorar.

Con una sacudida de su cabeza, se giró hacia la esposa del Capitán. "Qué le gustaría ver, Sra. Smith?" Preguntó Kagome antes de que esos ojos pudieran penetrar más en su imaginación.

Sango se giró hacia Kagome y sonrió amablemente—sus dientes asomados, eran sorpresivamente blancos, notó Kagome. "Me temo que no conozco mucho de Port Royal. Tal vez pueda mostrarnos los lugares más impresionantes de su pueblo." Sango desvió la mirada de Kagome, sus ojos enfocándose en la gente del pueblo. "Me gustaría tener buenos recuerdos del área, especialmente después de tan terrible susto en la tormenta."

Kagome asintió y miró para ver a dónde estaban dirigiéndose. Miró las tiendas que alineaban la calle, notando los avisos que colgaban sobre sus puertas. Justo una que leía, Boticario le decía que estaban en la calle principal. Kagome sonrió, conocía el lugar perfecto para llevarlos. "Podemos ir al Fuerte James."

"El Fuerte James?" Inquirió Sango.

"Sí," dijo Kagome con una sonrisa en su rostro. Con frecuencia, había visto a su madre entretener a sus visitantes y sabía que cuando una persona venía a Port Royal quería ver una cosa, lo único que Henry Morgan había hecho para los humanos en su tiempo ahí. "Desde el Fuerte James, pueden ver el Punto de las Horcas."

Miroku se detuvo y miró a Kagome con ojos ilegibles. Sintió a Sango apretar el agarre en su brazo, aunque muy ligeramente. "Punto de las Horcas?"

"Sí," dijo Kagome con la misma animada sonrisa en su cara. "La mayoría de las personas que visitan el puerto quieren ver las horcas. Es la parte más memorable de nuestro pueblo."

"Por supuesto." Miroku le susurró a Kagome retomando el camino. "Supongo que debemos verlo entonces, no es así, Sra. Smith?" Miró a la mujer quien apretaba su brazo. Ella lo miró y apenas asintió permitiéndole a Miroku guiarla, mientras le permitían a Kagome guiarlos.

Dieron vuelta en la esquina de High Street llevándolos a otro camino lleno de gente, la vista del fuerte ya era visible para los ojos de Miroku. Era una pequeña pared fortificada, no un verdadero fuerte, el cual tenía una torre de vigilancia dirigida hacia el continente. Muy probablemente su uso era solo para ubicar problemas y aun, era la mejor vista de las Horcas por las que era famoso Port Royal. Tragó profundo en su garganta mientras recordaba a los piratas que había conocido en los años con el Capitán. Unos pocos de ellos habían conocido su final en esas Horcas y no había habido nada que se pudiera hacer—nada.

Él miró a la pequeña mujer en su brazo. Esta joven, estaba tan animada de mostrarles un lugar tan horrible? Un lugar donde tantas personas habían perdido sus vidas, solo porque habían hecho lo que tuvieron que hacer en orden de vivir en este mundo? Ella estaba de acuerdo con el asesinato de piratas? Los odiaría si conociera sus verdaderas naturalezas?

Observando a la jovencita, mirando su inocente rostro mientras caminaba con él, su brazo entrelazado con el suyo, no podía creer que fuera capaz. No podía ver a esta mujer viendo morir a un hombre con enferma fascinación en su cara, con felicidad en sus ojos, con emoción en ellos mientras el cuello de un hombre se quebraba bajo el peso del lazo. Miró a Sango, hicieron un breve contacto visual y supo que estaba pensando lo mismo:

Kagome Dresmont era otra enemiga de piratas, quien los mataría antes de intentar conocerlos?

Llegaron al Fuerte James y observaron cuando Kagome logró convencer al guardia para dejarlos pasar. No parecía ser así de difícil la tarea pero Kagome lo había hecho bien y rápido. Caminaron juntos como grupo, subieron las escaleras lentamente mientras observaban el océano a la vista. Era una vista maravillosa. El agua era tan clara que se podían ver peces nadando en el mar aun a esta distancia y el mar estaba tranquilo como un espejo reflejando todo lo que se cruzaba a su paso. Las nubes, una gaviota, incluso el fuerte y la orilla de la isla, reflejaban todo, el océano mostraba la más grande de las verdades en ese reflejo.

Miroku sonrió ante la vista, deleitado en el calmado y pacífico mar. Era tan diferente de la semana anterior cuando el océano había estado violento y enfurecido con ellos, intentando hundirlos en el bajo vientre de las olas. Siempre le asombraba—las dos caras del mar—la habilidad para ser tan hermoso y tan mortal a la vez. Y hoy el mar se veía tan asombrosamente sereno y aun—una cosa contrarrestaba su belleza, una cosa destruía el espejo.

En la distancia también se podía ver algo muy terrible en esa hermosa calma. Asomándose, sobresaliendo del mar como un pedazo torturado de piedra, había una pequeña isla vacía de árboles, de vida. Era pequeña—muy pequeña para albergar una casa o algo parecido pero lo grande suficiente para ajustar una plataforma de madera. Miroku miró esa plataforma y vio el fantasma de hombres buenos, el fantasma de hombres malos.

Casi podía ver la cara de uno en particular. Un hombre que había conocido una vez cuando era un niño pequeño escondiéndose detrás de la pierna del Capitán. Recordó ver al hombre con la chaqueta calicó de color, la forma en que él y el Capitán habían hablado como viejos amigos. Recordó a la mujer que estaba al lado del hombre, había estado vestida como Sango en ropa de hombre y le había sonreído gentilmente—preguntándole al Capitán si él era su hijo. El Capitán había reído palpando la cabeza de Miroku, y dijo:

"Él es un hijo, al menos para mí."

Era un cariñoso recuerdo para Miroku, el único Capitán que lo había llamado su hijo y había sido en presencia del Capitán Calico Jack Rackarm, el amigo del Capitán.

"Calico encontró su final aquí." Dijo Miroku en una pequeña voz, ambas mujeres lo miraron.

"Calico Jack?" Preguntó Kagome en una voz similar antes de mirar la escena en la plataforma. Había un total de ocho sogas, meciéndose gentilmente en la brisa como una advertencia para los piratas que entraran al puerto. "Sí, es uno de los hombres más famosos que encontró su final aquí." Ella miró al océano—observaba las olas mientras golpeaban la pequeña isla, eran sorprendentemente gentiles.

Sango miró a Miroku, conocía las historias de Calico—había sido un amigo del Capitán junto con su moza, Anne Bonny. Para su conocimiento, Miroku lo había conocido solo una vez cuando apenas tenía nueve años. Con frecuencia, le había dicho que era un buen recuerdo—aunque nunca le había explicado por qué.

"Muchos hombres han muerto aquí." Dijo Miroku tristemente mirando el océano. "Muchas mujeres."

"Sí." Aceptó Sango a su lado, observando las olas con la misma fascinación con la que Kagome las observaba. "Una muerte por ahorcamiento," continuó. "Es una horrible forma de morir."

Kagome miró a Sango mientras hablaba, como si estuviera contemplando lo que había querido decir con esas palabras. De nuevo miró hacia las horcas y sintió la tristeza entrar en su corazón mientras miraba ese lugar. El agua clara del mar estaba golpeando la orilla de la isla. Parecía tan pacífico para un lugar que había causado tanto caos y destrucción de vidas. Kagome suspiró ante la idea y se liberó del brazo de la mujer del primer oficial, alejándose de la disfrazada Sango y el disfrazado Miroku.

Con cuidado, removió sus guantes, colocándolos en la cintura de su vestido mientras se acercaba a la baranda del muro del fuerte. Colocó sus manos sin guantes en la baranda, gustándole la forma en que el ladrillo se sentía bajo sus desnudos dedos, deleitándose en el calor que irradiaban bajo sus palmas. "No es triste?" Dijo ella, hablando desde su corazón como lo hacía con frecuencia.

"Triste," repitió Miroku, su voz gentil mientras miraba a la aristócrata mujer. Esta mujer que estaba vestida sin sentido de la moda, esta mujer que se había quitado sus guantes, esta mujer que había nacido con una cuchara de plata en su boca pero que no era capaz de tomar ventaja de eso.

"Sí, es un lugar muy triste." Kagome continuó mirando las horcas. Sus ojos nublados con lágrimas contenidas. "He visto personas morir ahí, chicos y chicas, hombres y mujeres."

Sango mordió su labio ante la idea. Aunque no era común, los piratas mantenían en sus barcos a sus hijos algunas veces. Usualmente, una vez que la moza quedaba embarazada dejaban a la madre en la costa. Luego solo regresaban de forma intermitente para verlas y a los hijos. Una vez que el niño se hacía mayor, si era varón, se uniría al barco como Grumete, aun si su padre fuera el Capitán. En ese momento, si el barco era capturado, el niño también era un pirata a los ojos de la ley como los otros hombres a bordo, por lo tanto, al igual que su padre era colgado. Ella miró a Miroku, notando que esto podría haberle pasado siendo un niño. Le agradeció al cielo que no hubiese sucedido.

"Todos esos hombres lo que hicieron fue vivir sus vidas en la forma en que fueron obligados." Comenzó Kagome mientras continuaba mirando hacia afuera, lejos de Sango y Miroku. "Ellos eran marginados, verdad? Tomaban lo único que podían llamar hogar, el único lugar que los aceptaría sin importarles nada y fueron asesinados por la forma en que fueron obligados a sobrevivir. Puedo entenderlo."

Sango y Miroku se miraron y luego a la mujer apoyándose en la baranda. Sus palabras no eran de una mujer común. La mayoría de las mujeres le temían a los piratas sobre todo lo demás, eran conocidos por violar y saquear, matar antes de hablar, y beber con sus espadas y sus armas en mano. No era algo que la mujer promedio encontraría romántico y aún—esta joven hablaba de ellos como si—como si deseara estar con ellos.

"Los envidio," dijo Kagome en respuesta a los pensamientos de Sango y Miroku. "No sus muertes, sino sus formas de vida." Kagome inhaló el aroma del aire marino, sin darse cuenta de lo peligrosas que podrían ser sus palabras. "Vivir como quieres—vivir sin obligaciones sociales, simplemente navegar los mares por toda la eternidad. Puedo no ser capaz de matar o robar pero me gustaría—me gustaría simplemente ser libre en las olas. Desafiar las convicciones sociales por el bien de mi alma."

"Srta. Dresmont." Susurró Sango, conmovida por las palabras de esta jovencita.

"Pero aquí estoy, hija de un Oficial de alto rango. Forzada a casarme con un hombre que no amo y por prestigio." Kagome miró las olas mientras tocaban el costado del Fuerte James. "Un hombre cuatro años menor que yo. Deseo, deseo poder desvanecerme como la marea—desvanecerme de muchas cosas en mi vida."

"Oh, Srta. Dresmont." Dijo Sango otra vez, sabía muy bien cómo se estaba sintiendo Kagome, ideas así corrían en su cabeza.

La sociedad era una señora desagradable, sus convicciones sociales eran difíciles de tumbar. Las mujeres siempre eran obligadas a hacer lo que no querían hacer—eran forzadas a vivir una vida escogida para ellas, escogidas por sus padres, una vida que no estaba en sus intereses emocionales.

"Habla como si supiera." Añadió Sango mientras su corazón se abría a la chica junto a ella.

Los ojos de Kagome se abrieron y los miró a los dos, su rostro ruborizado y sus ojos en pánico. "Lo siento mucho," dijo ella con un movimiento de su cabeza mientras sus dedos se retorcían en frente de ella. "Mi boca se me ha escapado."

Sango le sonrió a la joven sintiendo su corazón encariñarse aún más con la jovencita. "No se apure." Dijo ella, sus ojos felices de ver a esta chica como algo más que la hija de un rico. "Con frecuencia me pregunto—," pausó para poder decir su oración correctamente. "Cómo sería vivir la vida que mi esposo tiene."

Kagome observó a la Sra. Smith, sus ojos conectados con los de la otra mujer. En ese momento, sintió como si hubiera encontrado un alma gemela: alguien que siempre entendería sus tontas ideas, sus opiniones extrañas, y su amor por el mar. "No sería—," ella pausó y desvió su mirada de Sango al otro lado del puerto, donde el barco del Capitán estaba anclado en aguas más profundas. "No. Habría sido grandioso haber nacido hombre."

Sango sintió su cara ruborizarse bajo el ardiente sol del Caribe pero sonrió de todas formas. "Sí," aceptó ella, la conexión entre ella y la Srta. Dresmont pareció crecer instantáneamente. "Hubiera sido maravilloso."

Al fondo, Miroku observaba y sintió amor llenar su corazón ante la vista de Sango hablando con la joven. Tal vez, esto era bueno para ella, tal vez era bueno para Sango hablar con otra mujer, que sentía de la misma manera. Con frecuencia, Sango se llamaba la marginada—la mujer indeseada por su pasado y el hecho de que tenía una anormal afinidad por el mar. Y aquí, en frente de ella, estaba una mujer que le había admitido el mismo sentimiento, el mismo interés y deseo. Esto hizo arder el corazón de Miroku, pensar que Sango finalmente había encontrado una fémina que podía ser—una amiga.

La comodidad inicial de Kagome y la 'Sra. Smith' desapareció en ese momento y como por arte de magia las dos se volvieron mejores amigas. Sí, habían sido felices juntas ayer pero ahora parecía que había algo más. No solo eran compañeras femeninas en un mar de hombres, eran dos mujeres con una experiencia de vida en común.

Bajaron del Fuerte James felices y despreocupadas, sus brazos entrelazados mientras Miroku las seguía en la distancia. Mantenía sus ojos alertas, buscando los rostros de las personas alrededor, preguntándose si alguno de ellos había sido alertado, si alguno de ellos sabía quién era él y quién era el Capitán en realidad.

Mantenía sus ojos abiertos por el Capitán y no se sorprendió de no ver ni escondite ni un pelo de él. Pero entonces, los lugares que Miroku estaba visitando en Port Royal no eran los mismos lugares que estaba atendiendo hoy el Capitán. Hoy era el momento para tratos deshonestos, en el centro del pueblo. El Capitán estaba en lugares a los que no llevaría a Sango por la calidad de hombres que residían ahí. Miró a Sango reír con Kagome y se alegró de que tuviera la oportunidad para ir con ella en vez de quedarse esperando a bordo del barco.

"Oh mira, es una tienda de telas?" Dijo Sango de repente, caminando hacia la ventana de una tienda llena con telas y materiales, hilos y agujas.

"Sí, esta es la tienda de la Srta. Clarmont. Es una costurera fina y vende material a las señoras que pueden hacer sus propios vestidos." Kagome tocó el vidrio, la mujer en ella salió levemente. Sin embargo, era una persona que le gustaba el océano, y que secretamente también amaba mirar el material. Amaba ver los patrones, el diseño que había sido tan cuidadosamente tejido en cada uno de los rollos de tela. Para Kagome, era como estudiar el cielo. "Le gustaría entrar?"

Los ojos de Sango se iluminaron y Miroku no pudo evitar sonreírle. Ella era hermosa, absolutamente hermosa mientras miraba a Kagome—sintiéndose como una mujer por primera vez en años. "Sí, vamos." Se giró hacia Miroku. "Está bien, Peter?"

"Seguro." Respondió sin darse cuenta de la extraña mirada de Kagome en su dirección.

No era apropiado para una mujer llamar a un hombre por su nombre de pila, eso era a menos que estuvieran emparentados o casados (aunque la mayoría de mujeres casadas aún se dirigían a sus esposos formalmente). Ni a los amigos cercanos les estaba permitido el lujo de referirse al otro por su nombre de pila, a menos que fueran del mismo género y se hubiesen conocido por mucho tiempo.

Miroku rodeó a Kagome, aun sin darse cuenta de su extraña expresión y abrió la puerta para ambas. La mantuvo abierta y agachó su cabeza, una mano extendiéndose para llevarlas adentro. "Señoritas," se dirigió a ellas y luego levantó la mirada, sus ojos destellaron al ver a Sango, quien se sonrojó bajo su mirada.

Con un brazo aun entrelazado con Sango, Kagome le dio a la mujer una divertida mirada, insegura de qué pensar del extraño comportamiento, primero la Sra. Smith se refería al primer oficial por su nombre de pila y luego el extraño intercambio visual entre los dos, fue más bien curiosa—muy curiosa.

Las dos pasaron a Miroku y entraron a la tienda, las dos separaron sus brazos para poder moverse por la tienda. De la parte trasera, una mujer de mediana edad salió de una pequeña puerta que conducía a la parte trasera de la tienda donde se hacían los vestidos. Miró a Kagome, sus ojos nublados de años de mirar agujas e hilos. "Srta. Dresmont," se dirigió formalmente. "Requiere ayuda en algo?"

Kagome se giró hacia ella, dándole a la mujer una sonrisa respetuosa y forzada. "No, Srta. Clarmont, simplemente estamos mirando."

"Muy bien, llámeme si necesita algo." Y con esas palabras la mujer desapareció en la parte trasera de la tienda, para nada preocupada por Kagome.

Sango parpadeó unas pocas veces, mirando la puerta por la que había desaparecido la mujer. Miró a Kagome, las dos mujeres hicieron contacto visual. "Ella siempre es así?"

"Conmigo es así." Respondió Kagome con una seca mirada en su rostro antes de regresar a las pilas de telas y carretes de hilos. "Supongo que soy una verdadera desadaptada."

Sango miró a Kagome con ojos tristes. Entendía el sentimiento de ser una completa inadaptada. Sango captó la tristeza de la joven mientras Kagome se movía entre las telas. Instantáneamente, sintió la necesidad de hacer algo o decir algo para cambiar el frunce en el rostro de esa joven. "Mire esta, Srta. Dresmont." Sango levantó un rollo de tela, mostrándole el hermoso color agua. "Creo que se vería maravilloso en usted."

Kagome se sonrojó y asintió estudiando el ondeante material, su mente ahora libre de pensamientos tristes. Realmente se veía como las olas del Caribe, con su gentil cambio de azules, incluso parecía brillar en la luz mientras la Sra. Smith lo sostenía hacia la ventana para que viera. "Es hermoso," comentó Kagome alcanzando para tocar la tela, moviendo el material por sus dedos. "Se siente muy suave también."

La Sra. Smith asintió y devolvió la tela a su lugar, tocando ligeramente la de al lado. Era rojo rubí.

"En verdad le gusta el rojo, Sra. Smith." Comentó Kagome deteniéndose junto a la mujer. "Le queda."

"Sí." Aceptó la Sra. Smith y miró tras ella al disfrazado Miroku.

Él ya se veía completamente aburrido sentado tras ellas en una pequeña silla. Estaba tratando de no quedarse dormido mientras esperaba a que terminaran con su búsqueda de telas. Sango se sintió un poco mal por él pero al mismo tiempo, estaba disfrutando su tiempo con esta chica. Habían pasado tres años desde que había podido hablar con una chica—como una amiga.

Seguro, mujeres subían al barco y se iban, usadas para los servicios que su género brindaba. Pero esas mujeres—Sango miró a Kagome—no eran nada como esta joven. Kagome era inteligente y ocurrente, su lengua era ágil y se avergonzaba fácilmente por ello pero eso no la detenía. Decía lo que pensaba y revoloteaba con la brisa, un suave tono de realidad en una cultura ciega. Sango sonrió ante la idea—esta joven era tan dulce—casi deseaba que—

Sango detuvo sus pensamientos, no queriendo admitirse lo que estaba pensando. Pero como la mayoría de pensamientos eran difíciles de negar una vez que tocaban la mente. Deseaba que Kagome pudiera ir con ellos.

Ellas continuaron recorriendo la tienda, mirando felices las diferentes telas—en el momento los pensamientos de Sango estaban congelados en su mente.

"Debería mandar a hacer un vestido, uno azul." Dijo Kagome filtrándose entre las telas. "Sólo tengo cuatro vestidos."

Sango la miró en shock. "Cuatro, yo solo tengo dos."

Kagome también la miró en shock, sus ojos fijos en Sango. Rápidamente, cubrió su asombro y volvió a mirar la selección. "Sólo uno fue hecho para mí," tocó el vestido que estaba usando en el momento. "Los otros son de mi madre."

Sango asintió y miró el rollo de tela. "Con mi madre muerta—"

"Pensé que su madre estaba viva." Kagome bajó la tela, sus ojos enfocados en Sango con curiosidad.

"Quise decir padre." Cubrió Sango rápidamente. "Con mi padre muerto es difícil comprar vestidos."

Kagome pareció aceptar la respuesta, aún si fuera extraño para una mujer casada apoyarse en su padre para comprar vestidos, y volvieron a mirar las telas. De vez en cuando intercambiaban ideas de diseños de vestidos. Era algo que Kagome nunca antes había disfrutado. Era algo que le gustaba cuando estaba con la Sra. Smith. Con sus otras amigas era muy formal, hablar sobre qué colores eran los mejores para atraer a un esposo, cuales colores eran feos. Con sus otras amigas estaban más concentradas en el chisme, burlándose de los colores que usaban algunas mujeres, burlándose de esas mujeres, sugiriendo cosas sobre ellas. No era para Kagome.

Con Sango todo era sobre la tela, hablaban de los rollos, discutían qué colores les recordaba cosas. Los azules eran para el cielo o el océano, el rojo para el fuego o un atardecer, el verde para el bosque o el pasto. Era divertido—mirar la tela sin la intención de comprarla para un hombre.

Pronto, notaron la luz afuera, se dieron cuenta de la puesta del sol. Sango frunció sintiéndose extrañamente decepcionada. "Supongo que tenemos que regresar," dijo suavemente.

Kagome la miró y suspiró tristemente, en verdad había disfrutado en la presencia de la Sra. Smith. Había sido lo más divertido que hubiese hecho con otra mujer.

"Peter," llamó la Sra. Smith y miró hacia el hombre que estaba casi dormido en una silla en la pared. Sonrió y caminó hacia él, frotando gentilmente su brazo y Kagome levantó una ceja. El gesto, la forma tan suave en que lo tocó—la manera amistosa en que lo tocó. "Despierta, es hora de encontrarnos con el Capitán."

El Primer Oficial murmuró algo que Kagome no pudo escuchar pero vio la sonrisa que iluminó el rostro de la Sra. Smith cuando pronunció su nombre otra vez. Kagome observó cuando sus ojos se abrieron y miró a la Sra. Smith con ojos que Kagome sólo veía en las caras de los esposos. Kagome observó con fascinación cuando el Intendente le sonrió a la esposa del Capitán, observó mientras se incorporaba, observó cuando sus labios encontraron los suyos, observó cuando se besaron—no en la mano, ni en la frente—justo en los labios.

Los ojos de Kagome se abrieron desorbitados como los de Sango. "Miroku!" Gritó ella y el hombre se despertó completamente.

"Qué?" Respondió confundido, solo para mirar más allá de ella, pasándola, al sorprendido rostro de ninguna otra que de Kagome Dresmont—hija del Representante Humano de Port Royal.

"Ustedes," dijo Kagome, sus ojos abiertos enmarcados por sus enrojecidas mejillas. Levantó una mano para cubrir sus mejillas encendidas. "Tienen una aventura."

Miroku tomó un profundo respiro. Ella no había comentado el uso de su verdadero nombre, tal vez no lo había escuchado. Eso significaba que simplemente podrían seguir con su suposición. Era lo más seguro de hacer. Miró a Sango y se sorprendió de ver el rojo en sus propias mejillas.

"Srta. Dresmont," dijo la joven suavemente poniendo una mano en su pecho. Miró al suelo, sus ojos llenos de lágrimas.

"Qué hay de su esposo?" Dijo Kagome con sus propios ojos llenos de lágrimas. "Es su esposo, cómo puede ir en contra de él así?"

"No entiende." Dijo Sango y Miroku la observaba, sorprendido cuando verdaderas lágrimas caían de sus mejillas.

"Es un asunto de decencia." Respondió Kagome sintiendo que su corazón se enfermaba. Una mujer teniendo una aventura era una mujer peligrosa. Sus hijos nunca podrían ser reconocidos, su estatus nunca podría ser reclamado y aun, Kagome sintió su corazón saltar por la Sra. Smith. Sintió su corazón saltar por lo que esto significaba para su propio bien.

Miroku frunció ante la palabra 'decencia', entendía lo suficiente, sabía lo que quería decir, el Capitán le había enseñado muy bien pero—algunas veces olvidaba, olvidaba que Sango alguna vez había sido como esta mujer, la Srta. Dresmont. Alguna vez había sido una mujer de riquezas. Sango debía saber lo horrible que era esto, la idea de que una estuviera teniendo una aventura.

"No, Srta. Dresmont." Sango habló de repente, sus ojos rebosados con agua salada, una mezcla muy similar a la del mar. "Esto no es un asunto de decencia," dijo mirando directo a los ojos de Kagome. "Es un asunto de mi corazón."

Kagome se paralizó ante las palabras de Sango, su mano fue a su corazón, sujetando el material de su vestido que cubría su pecho. La idea—las palabras—las connotaciones. "Pero," dijo Kagome en una pequeña voz comenzando a hacer algo que nunca pensó haría: Repitió las palabras de su madre. "Somos mujeres—nuestros corazones no están por encima de nuestras obligaciones o nuestra sangre—nuestra familia."

Sango miró a Kagome, sus ojos brillaban con lágrimas mientras se movía hacia la joven. Tomó la mano de Kagome con la suya y miró en las profundidades de sus ojos. "Puedo ser una mujer pero eso no significa que tenga que ser infeliz."

"Sra. Smith." Susurró Kagome y una pequeña lágrima cayó por su mejilla. Pensó en su propio matrimonio, pensó en Naraku, pensó en cuánto lo odiaba, pensó en cómo quería huir de la vida que le había sido dada. Miró a Miroku y se preguntó si—tendría una aventura. Eventualmente se enamoraría de alguien con quien no podría estar y dormiría con él en el abrigo de la noche? Sería obligada a vivir la vida que vivía la Sra. Smith? Sintió las lágrimas cubrir su rostro ante la idea, vivir una vida que era una mentira, tener un matrimonio que era un fraude, una pen—

No era la vida que quería. Quería una vida donde llamara a las oportunidades y tomara las decisiones. Quería una vida llena de amor y felicidad con quien ella amara de frente y no escondiéndose en las sombras.

"Lo siento tanto, Srta. Dresmont." Sango habló por encima de los pensamientos de Kagome. "Esta es la forma que he sido obligada a vivir. Me casé con un demonio para hacer feliz a mi familia, hice lo que me dijeron y luego—" miró a Miroku. "Conocí al hombre que amo." De nuevo miró a Kagome y con ojos suplicantes. "Por favor, se lo imploro, no le diga a nadie."

Kagome no tuvo que pensar en una respuesta. "Nunca me atrevería."

Kagome la miró con ojos que sorprendieron a Sango. Había esperanza en esos ojos, y tal vez, nostalgia. Era como si esta mujer estuviera mirando a Sango, pensando para sí, cómo deseaba poder ser lo valiente suficiente para hacer lo que Sango estaba haciendo—lo que era la ficticia Sra. Smith.

"Gracias, Srta. Dresmont." Dijo Sango con una feliz sonrisa de alivio. "Le debo tanto."

Una idea entró en la cabeza de Kagome ante las palabras de Sango y la miró con una sonrisa. "Entonces tengo un favor que pedirles, uno por su gratitud."

Sango miró a Miroku, a ninguno le gustó a dónde iba esto.

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"Qué?!" Gritó el Capitán mientras él, Miroku y Sango estaban en su camarote, ambos culpables mirando al piso sabiendo que estaban en terribles problemas después de haberle dicho al Capitán lo que había pasado en tierra con la Srta. Dresmont. "Qué si ella habla, qué si le dice a alguien, el adulterio es un gran escándalo para las personas de la alta sociedad." Se paseaba de un lado a otro en su habitación, Sango y Miroku viéndose culpables en frente de él. "Si acusan a Sango de eso, van a comenzar a pensar en cosas más grandes," se detuvo y estrelló su mano sobre el escritorio con un gruñido. "Y entonces saben lo que va a pasar?" Gritó levantando las manos en el aire e hizo un lazo imaginario. "—un lazo alrededor del cuello y estamos muertos!"

Miroku hizo una mueca de dolor ante el fuerte golpe del puño de Inuyasha en la pared. "Eso debió haberse roto." Pensó vagamente notando la abolladura en la madera. "Totosai está mejorando en hacer cosas a prueba del Capitán."

"Mierda, qué vamos a hacer!" Gimió Inuyasha mientras se desplomaba en su silla y agarraba la cadena alrededor de su cuello jugueteando distraído con la pequeña joya.

"Bueno," Miroku aclaró su garganta viendo una tregua en la furia del Capitán, supo que era momento para hablar. "Hicimos un trato con ella," habló él tan serenamente como pudo mientras el Capitán lo miraba.

"Continúa." Dijo el hombre con una sonrisa casi sádica.

"Un favor," continuó Miroku mirando a Sango quien le brindó una sonrisa alentadora. "A cambio por su silencio," continuó él, su voz titubeaba mientras se retiraba lo más lejos del Capitán como fuera posible, mientras Sango a su lado y vestida en su traje y enaguas también aprovechaba la oportunidad para alejarse.

"Y exactamente qué implica el favor?" El Capitán Inuyasha los miró con ojos fruncidos y una sonrisa muy asustadora en su cara que les recordaba a ambos de un gato a punto de atrapar un ratón y comérselo.

"Um, bueno fue un," Miroku aclaró su garganta una vez más y se meció de un pie a otro. "Un recorrido por el barco," logró decir tan rápido que su voz chilló. "Y un almuerzo a bordo." Miroku intentó sonreír con una risa forzada pero el Capitán se abalanzó hacia él haciéndolo jadear y esquivarlo.

"Idiota," gritó Inuyasha mientras lo perseguía en la pequeña habitación. "Si ella viene al barco lo sabrá." Él quitó a Sango del camino mientras Miroku intentaba esconderse tras ella.

"No teníamos muchas opciones!" Miroku trató de gritar mientras las manos del Capitán se movían alrededor intentando agarrar el cuello del joven para estrangularlo.

"Este no es un barco de la Armada!" Continuó gritando mientras Miroku lograba usar a Sango como un escudo humano al que el Capitán se rindió por su inhabilidad para lastimar mujeres. "El exterior puede pasar pero el interior no!" Estrelló su cabeza con su mano antes de alejarse de los dos y golpear su cabeza en la pared. "No tenemos un cocinero, Sango es la cocinera!" Movió su mano señalándola y golpeando de nuevo su cabeza.

Sango exhaló profundo mientras observaba a los dos hombres, sentía como si no fueran hombres sino niños incompetentes. "Tenemos tres días antes del recorrido," habló ella, su voz casi irritada. "Podemos arreglarlo un poco y yo puedo cocinar como siempre." Levantó su mano para detener los ya protestantes labios de Inuyasha. "Le diré que es un pasatiempo." Suplió ella mientras continuaba suavizando la situación. "Es normal para las chicas de sociedad tener pasatiempos, lo entenderá."

Inuyasha gruñó bajo en su garganta. "No quiero escucharlos hablar ahora, malditos adúlteros." Inuyasha se alejó de ella y cruzó sus brazos sobre su pecho.

Sango mordió su labio ante el comentario y sintió toda su rabia ascender a su garganta, toda su compostura anterior le falló en ese momento. "Idiota!" Gritó ella haciendo que el Capitán girara su cabeza y la mirara en shock. "Primero que todo, Miroku me besó," apuntó su dedo hacia el hombre aun cubriéndose tras ella. "Así que él es el adúltero y segundo," movió su dedo para dirigirlo hacia él logrando estrellarlo duro contra su pecho. "Todo esto fue tu maldita idea, así que no quiero que me culpen ni por un segundo por tu estupidez."

"Era por las apariencias." Respondió Inuyasha empujando su mano muy gentilmente. "Qué hombre obligaría a su esposa a esperar en un barco por días?" Movió su mano en frente de su cara como si rogara con ella por una respuesta que no quería en realidad. "Era más responsable encontrarte una compañía femenina."

"Bueno," Sango cruzó furiosa sus brazos sobre su pecho. "Si estamos hablando de apariencias," su voz atravesó la habitación goteando con sarcasmo y desprecio. "Hablemos de ti y de tu extraño interés en la Srta. Dresmont cuando estuvimos ayer en la costa."

"Esto no es sobre ella y yo." Gritó Inuyasha enojado comenzando a pasearse de nuevo por la habitación.

"Entonces hay un ella y tú?" Comentó Sango triunfante con un resoplo y frunciendo sus labios.

"No, no lo hay." Gritó él dándose la vuelta para mirarla. "Ella solo es una niñita viviendo bajo el paraguas de Henry Morgan." Gritó y liberó su mal genio extendiendo sus brazos en dirección del pueblo. "Además, no es como si anunciara en público una aventura, solo bailé con ella."

Miroku y Sango miraban al Capitán en shock antes de voltear y mirarse con curiosidad como si le preguntara al otro si habían escuchado correctamente. "Bailaron?" Dijo Sango separándose de Miroku para darle al Capitán un frunce confuso. "Bailaste con ella?"

"Ahora quién es el adúltero." Murmuró Miroku saliendo detrás de Sango para detenerse hombro a hombro con ella, una presumida mirada en su cara. "Te gustaría explicar, hm?"

Inuyasha se sonrojó al darse cuenta que también lo había admitido. "No es importante." Les dijo a ambos intentando cubrir su vergüenza al rascar su cabeza solo para darse la vuelta y mirarlos una vez más. "Y dejen de cambiar el tema, es más importante que su aventura ahora está en su cabeza." Los señaló acusador. "Estamos jodidos porque ustedes dos no se pueden contener por un día."

"Entonces debiste haber llevado a Miroku contigo," desafió Sango enfermándose de los gritos. "Y dejarnos solas a la Srta. Dresmont y a mí así esto no hubiera pasado." Terminó ella mirándolo, el comentario del baile hecho a un lado en su mente para hacer espacio para la discusión.

"Bueno," dijo Inuyasha con fuego en sus ojos. "Es inapropiado dejar solas a dos mujeres o has olvidado tu educación de rica?" Inuyasha le apuntó un dedo acusador. "Si las hubiera dejado solas, habrían sabido que algo estaba mal." Estrelló su mano en el escritorio una vez más, esta vez haciendo que la madera se quebraba bajo la fuerza del golpe. "Un hombre no deja a su esposa y a una dama solas caminando por las calles sin un escolta adecuado!" Les gruñó él de rabia y su anterior vergüenza. "Carajo! Esta es la última vez que hago algo bueno para ti."

Sango guardó silencio. "Tiene razón." Se dio cuenta sintiéndose ligeramente enferma. "Es decencia y tiene razón—tiene ciento por ciento de razón. Si él nos hubiese dejado sin escolta habrían desafiado su crianza." Sorprendida y con incredulidad, se desplomó en una silla cercana y hundió su cabeza en sus manos mientras su rabia se desvanecía a culpa. El Capitán sólo había estado tratando de dejarla pasar un buen momento en compañía femenina y de acuerdo a la etiqueta les había ofrecido algo de asistencia masculina. Todo lo que había hecho era lo correcto y ellos lo habían arruinado dolorosamente. "Qué hacemos?" Preguntó al aire en frente de las visiones de las horcas en su mente. "No podemos rechazarla, tiene la ventaja."

Inuyasha tomó un profundo respiro y pensó en la Srta. Dresmont. En verdad, no podía decir que estaba completamente enojado con Sango y Miroku después de todo, lo que él había hecho era peor y además incluso sus acciones habían hecho que algo mágico pasara. Había una oportunidad real ahora de poder verla otra vez, estar cerca de ella y hablarle de nuevo.

Su mente pasó a sus manos, a su suave contacto y a la forma en que sus labios se sintieron cuando tocaron esa mano si guante, la forma en que sus labios se habían sentido cuando ella hizo lo mismo. Pensó en su pequeño cuerpo presionado contra el suyo, la mirada en su rostro cuando él había gemido, la inocente curiosidad y el osado atrevimiento. Cerró sus ojos, intentando controlarse pero justo la idea hizo que algo pulsara en su interior. "No sería tan malo verla otra vez," pensó mientras su mente formaba un muy clara imagen de su rostro. "No sería malo del todo." Esa fue una de las razones por las que había hecho a Sango ir con ella—extrañamente había esperado que algo pasara que la hiciera regresar, así podría verla una última vez. Había esperado que no fuera algo tan perjudicial para su plan.

"Qué hacemos?" Preguntó Miroku espantando por el momento los pensamientos del Capitán.

"No podemos cambiar lo que está hecho." Dijo Inuyasha tomando asiento en una silla. Alcanzó y agarró una pipa de la mesa llenándola con tabaco antes de sacar un fósforo de una caja. Encendió el fósforo con su piel, haciendo que Sango y Miroku hicieran una mueca y luego lo llevó a la cabeza de la pipa, soplando para encender el tabaco. Con la pipa encendida, sacudió el fósforo hasta que se apagó y lo soltó en la mesa. "Tendremos que traerla al barco."

Sango y Miroku se miraron en shock. "Traerla aquí?" Lo cuestionó Miroku. "Seriamente vas a continuar con esto?"

"Tenemos tres días, no?" Inuyasha retiró la pipa de su boca y les sonrió a ambos, apenas mostrando sus escondidos colmillos. "Esta es una mascarada," dijo con una sonrisa evidente en su rostro. "Y tenemos tres días para prepararnos para el baile."

Fin del Capítulo

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Notas:

Calico Jack – históricamente Calico habría muerto mucho más antes del tiempo de este fanfiction. Murió en 1720 (el fanfiction tiene lugar en los 1780's) en las horcas, fue colgado, bañado en alquitrán y emplumado, luego pasado a la horca.

Anne Bonny – una de las mujeres del barco de Calico Jack (esta es parte de las razones por las que fuera famoso, llevaba mujeres a bordo), era su mujer y la madre de su hijo. Desapareció de los registros después de ser perdonada ante el ahorcamiento de Calico Jack. Fue perdonada porque declaró estar embarazada.

Puntos de las Horcas – aunque no fueron creadas por Henry Morgan, fue un lugar en Port Royal y fue el sitio de muchas muertes piratas por ahorcamiento o bañados en alquitrán y emplumados antes de ser colgados (colgados para exhibición).