SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desean que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

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Capítulo Siete:

Ataque en Port Royal

Kagome estaba acostada en su cama de espalda, sus ojos bien abiertos, parecía que esta noche el sueño estaba evadiéndola. Se giró de costado, su cabello descendía sobre su hombro hacia su brazo. Alcanzó y tocó las puntas de los mechones. Deslizándolos entre sus dedos, suspiró y se giró sobre su espalda, una mano descansaba en su frente mientras miraba al techo en su habitación. Era blanco, plano, ordinario, así como ella y bordeándolo tenía una cenefa fabulosamente grabada de un profundo color borgoña. Estudiaba esa cenefa rodeando el perímetro del techo y suspiró ante la vista. No le quedaba ni era su gusto. Era demasiado elegante y como se esperaba, muy perfecto, todo lo que se supone debía ser.

Moviéndose de nuevo sobre su costado, Kagome cerró sus ojos, rogando porque el sueño llegara. No podía soportar estar despierta mucho más. Pero así como las otras veces en tenía que cerrar sus ojos esta noche para comenzar a caer en el mundo de la inconsciencia, su mente inevitablemente regresaba al lugar al que no quería ir. El lugar detrás de sus párpados, donde se proyectaba su visión y lo veía.

Vio sus hermosos ojos dorados, encapotados y suaves mientras miraban sus propios ojos grises. Aun en su imaginación agobiaban sus sentidos mientras se acercaban más a ella, un rostro cerca frente a su nariz, suspendidos sobre ella en búsqueda de un beso. Podía sentirlo contra su piel, podía sentir la forma en que se habían sentido sus labios en sus manos, la forma como se sintieron sus labios en su frente, el amor que parecía respirar en ella mientras esos húmedos labios tocaban su carne. Estaba todo en su mente—vívido como si fuera real.

"Srta. Dresmont, puedo besarla?"

Los ojos de Kagome se abrieron de golpe y se sentó en la cama, su corazón bombeando en su propio juego imaginario. Llevó una mano a su rostro tocando la ligera transpiración en su piel, lágrimas se formaban en sus ojos por razones que no podía entender.

"Qué pasa conmigo?" Se preguntó antes de mirar por la ventana de su habitación a la luna suspendida sobre el vasto océano. La observó por varios minutos, sus ojos fijos en el objeto, mirándolo, cautivada por el color, estaba tirando de ella, el suave tono dorado. Los ojos de Kagome se abrieron de nuevo y resopló dándose cuenta que incluso la luna le recordaba los ojos del Capitán.

Irritada, Kagome se giró de la ventana, sus manos cayeron a sus costados desde donde estaba sentada en la cama. Apretó las sábanas entre sus dedos y cerró sus ojos fuertemente, temblando mientras se tornaba más confundida. "Por qué?" Se preguntó. "Por qué tenía que ser casado? No es justo."

El sonido de algo rompiéndose la hizo abrir sus ojos apresuradamente. Miró sus manos y las soltó cuando vio la sábana rota debajo de los delicados apéndices. Alisó la tela con un suspiro antes de mirar por la ventana de nuevo. Había una sombra oscura en el oscuro horizonte, curiosa movió sus pies al borde de la cama y los depositó en el suave piso, los talones tocaron el suelo. Con cuidado, caminó hacia la ventana y miró hacia el puerto. Asomado en la distancia estaba el origen de la sombra, el barco del Capitán, el Mar Herido.

Su mente divagó hacia las personas en ese barco, a las mentiras que estaban viviendo. El Capitán, un hombre casado buscando amor en fuentes externas, su esposa, una adúltera confesa que encontraba consuelo en la mano derecha del Capitán, la mano derecha que le mentía al Capitán todos los días sin arrepentimiento aparente. Era una historia de amor engañosa causada por ser obligados a casarse por la propiedad, el dinero y el prestigio. "Es lo que nos hace la sociedad. Nos obliga a una maraña de mentiras?"

Mordió su labio mientras su mente se desplazaba a su propio e inminente matrimonio. Viviría esa misma vida, ese nido de arañas de falsedad y mentiras? Ella tendría una aventura y permanecería al lado de un hombre que no amaba, solo para salir de su cama en la noche para acostarse en la de otro? Era la vida que quería, la vida que la Sra. Smith y el Capitán Smith estaban viviendo, en el mundo de aventuras y apariencias? Kagome desvió su mirada de la vista del mar y se apoyó en el marco de la ventana antes de caer al piso. Llevó sus piernas hacia su pecho y hundió su rostro en sus rodillas mientras unas pocas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

Si ella se quedaba en Port Royal viviría esa vida, notó, y se odiaría por eso. Y si iba a los brazos del Capitán y le permitía la aventura que quería, sabía que también se odiaría. Ella no era esa mujer, la mujer que dormía en la cama matrimonial de otra mujer. Sin importar cómo se sentía por él, lo mucho que le gustaba (posiblemente amaba) sabía que no podía ser la otra mujer. No era justo para la esposa del Capitán, aun si ella ya lo hiciera en la cama de otro hombre, y eso no sería justo para Kagome. Merecía más que eso, sabía que sí, como cualquier otra mujer en el mundo ella merecía ser feliz y amada exclusivamente.

"Solo quiero ser feliz." Kagome encontró lágrimas goteando de sus pestañas mientras secaba su rostro rápidamente. Todo lo que quería era ser ella, estar libre de culpa y remordimiento, de las clases sociales y la venganza. Pero qué podía hacer, qué podía decir? No podía ir con el Capitán y ganar esa libertad—ir con él sería encerrarse en esa vida de engaños, quedarse en Port Royal era encerrarse en esa misma vida con un hombre diferente.

En ese momento, Kagome sintió verdadero odio hervir en su sangre; era una sensación que nunca había sentido antes.

Se odiaba por besar a un hombre casado, se odiaba por ser tan débil para pelear por su derecho a casarse por amor, se odiaba por ser una mala hija, se odiaba por nunca ser lo que quería ser, pero mayormente, se odiaba por no tener el coraje de ser lo que quería ser.

"Yo," Kagome sintió arder la rabia en su corazón. "Quiero ser libre!"

Levantando la mirada notó los primeros rayos del sol asomarse sobre el horizonte, quería ir hacia ellos. Quería averiguar de dónde venía el sol todos los días—quería conocer todo el mundo, quería ver todo. Quería ir a África y ver a los leones, quería ir a Asia y ver un oso panda, quería ir a Australia y jugar entre los coloridos peces en un arrecife gigante. Quería ir a Irlanda, a Gales, a Escocia, a Alemania, a Rusia. Quería ir a todos lados. Quería ver todo pero nunca lo haría—no podía cambiarse, no podía cambiar su destino.

"Por qué no puedo?" preguntó ella, la temprana mañana estaba escasa de estrellas, "Por qué no puedo dejar esta vida y ser feliz? Terminaré como la Sra. Smith sin importar lo que haga!" Lágrimas bajaban por su rostro mientras lloraba, sollozaba en sus manos ya sabiendo la respuesta a su propia pregunta.

No era una opción ir con el Capitán, en vez tendría que apretar sus dientes y exhibirlos en una sonrisa—había nacido mujer después de todo. Y como una mujer tenía una obligación con su familia. Era su trabajo casarse bien, establecer buenos contactos entre su familia y la familia de su esposo. Esa era la dirección del mundo, el camino de ella y la Sra. Smith. Era su trabajo ser para lo que habían sido criadas—la esposa perfecta para el esposo perfecto. Temas de amor o deseos no tenían nada que ver con esa decisión. Sus sentimientos no importaban para su madre o su padre, sus sentimientos no importaban para Henry Morgan o su hijo. Lo único que importaba era que ella era una mujer y como mujer tenía que obedecer—era un asunto de propiedad.

Cerró sus ojos y recostó su cabeza escuchando el océano mientras la marea menguaba y subía afuera. Había tomado su decisión, era aquí, se quedaría y se casaría con Naraku Morgan y sería conducida a una vida miserable. Era un asunto de propiedad, no un asunto del corazón.

"No es un asunto de propiedad, es un asunto de mi corazón."

Los ojos de Kagome se abrieron de golpe cuando el dicho se repitió en su mente, las palabras de la Sra. Smith entraron en su cerebro. "Mi corazón?" Dijo ella en el silencioso amanecer. Sacudió su cabeza, "Mi corazón no importa." Se dijo, no era algo que pudiera considerar, su obligación era todo lo que importaba.

La Sra. Smith estaba equivocada por pensar que su corazón era más importante que su conexión a su familia. El corazón y el deber eran dos cosas diferentes, no debería pensar en lo que su corazón podría querer cuando el deber era el primer plano de su existencia. Aun, Kagome no pudo evitar ser curiosa, jugando con la idea en su cabeza.

"Qué quiere mi corazón?" Preguntó ella mirando su habitación. Estaba llena de agujas de coser, ropa, cepillos, maquillaje, sombreros y otros accesorios. No habían libros, su madre había dicho que una dama no los necesitaba, no había más materiales de pintura, su madre dijo que era innecesario para una dama, no habían instrumentos musicales, su madre dijo que había aprendido suficiente de tocar frivolidades, no había nada más en esa habitación, nada que hiciera feliz a Kagome.

Kagome pensó en el Capitán y sonrió, había sido muy feliz en su corto tiempo con él pero por qué? La respuesta a esa pregunta realmente era fácil de encontrar. Al final, Kagome no tuvo que pensar en eso, simplemente tuvo que cerrar sus ojos y visualizarlo de pie, alto en frente de ella, su boca cerrada y todo su cuerpo animado hacia ella, asimilando cada palabra como si quisiera escuchar lo que tenía que decir. Se había sentido bien pensar que alguien había querido escucharla. La había hecho sentir por primera vez en su vida como que importaba, como que su opinión no era algo para descartar. Estaba contenta de haberlo besado, ese hombre que la miraba como si importara había sido el primer y único hombre en tocar sus labios con los suyos.

Se levantó de nuevo y se giró hacia la ventana—mirando al vasto mar ante ella. Podía ver el barco, había una sencilla luz aun encendida—estaba en la habitación del Capitán. Sintió el amor crecer en su cuerpo mientras miraba esa luz y la observaba titilar. "Fui tan feliz," le dijo al viento. "Estaba tan exaltada de que me escuchara." Tragó y se llevó una mano a su pecho, sus ojos aguados. "Fuiste la primera persona en dejarme ser yo misma."

Pensó en su beso, pensó en la forma en que había besado su mano, pensó en la forma en que habían bailado pero ninguna de esas cosas le dio el mismo estremecimiento que hablar con él. Habían hablado del mar, habían hablado sobre su amor por él, habían hablado de ambiciones y deseos, y él había escuchado, había compartido. No era algo que pudiera decir de cualquier otro hombre.

"Tal vez eso es por qué estoy atraída hacia él," reflexionó en voz alta, su voz suave en la oscuridad. "Porque a él, a sus compañeros de barco, les agradé por quien era."

Kagome hundió su cabeza en sus palmas y trató de controlar la urgencia de llorar. No quería regresar a la vida donde se esperaba que fuese alguien que no era, no quería sentirse no amada, no quería vivir como una persona que no era querida por sus familias, de sangre o política. No quería ser más 'esa' chica. Quería 'cambiar' y quería ser ella por primera vez en su vida. Eso era lo que quería su corazón, más que nada.

Kagome miró al mar y sintió algo despertar en su interior, era la necesidad de dejar Port Royal. Tenía que irse. "No es un asunto de propiedad," dijo con convicción. "Es un asunto de lo que quiere mi corazón. Y mi corazón," tomó un profundo respiro y parpadeó conteniendo las lágrimas. "Mi corazón quiere ser libre, quiere vivir libre en el mar."

Una gentil brisa sopló en la ventana y Kagome cerró sus ojos. Sí, quería una vida donde pudiera ser quien era y nadie más. Quería ser libre, libre del mundo de constantes sociales, aun si eso significara dejar a la única persona a la que se había atado. Cerró sus ojos mientras la sonrisa del Capitán llenaba ese lugar tras sus párpados. Una parte de ella no quería dejar ir esa sonrisa pero al mismo tiempo, sabía que para ser verdaderamente feliz con su vida, tendría que abandonar toda conexión a ese mundo social de comportamiento apropiado y vivir como su propia persona.

Miró a la playa y se preguntó cómo podría lograr tal cosa. Era una mujer y las mujeres no estaban permitidas en el mar, las mujeres no tenían nada que hacer en el mar. Entonces cómo podría viajar por el mar y volverse libre, controlando su propia vida? "Si solo hubiese nacido hombre." Resopló y luego pausó.

"No hubiese sido agradable haber nacido hombre?"

La cabeza de Kagome se levantó de golpe cuando la idea atravesó su cabeza como una bala—tener que haber nacido hombre. No había manera de que pudiera ser un hombre pero había una forma de que pudiera pretender ser un hombre. Había escuchado de piratas femeninas que lo habían logrado, había escuchado de la Coral del mar, la señorita Sango (a quien también había conocido inconscientemente), había escuchado de Anne Bonny y Mary Read. Todas lo habían hecho, vestidas como hombres tan bien escondidas que no se sabía que eran mujeres. Pero cómo hacerlo funcionar en un tiempo tan corto? No había manera de ser contratada en un buque, Port Royal no era el lugar donde la gente iba a trabajar en barcos, así que tenía que haber otra forma.

El único barco que habían visto en meses estaba en el puerto, era su única opción. Si esperaba a que otro llegara a atracar—había una posibilidad de que ninguno llegara a tiempo para desaparecer antes de su boda. Tenía que llegar al barco del Capitán Smith de alguna manera.

Kagome miró el barco, si el mástil estaba casi terminado entonces se iría pronto y si ese fuera el caso entonces habría perdido su oportunidad. Una repentina idea se le ocurrió a Kagome—qué si abordaba el barco como un polizón hombre? Aún si fuera descubierta, viéndose como un hombre, simplemente la dejarían en Charleston una vez que llegaran ahí. Podría salir—podría dejar este lugar—podría hacer una nueva vida en otro lugar. Aun si no fuera en el océano desde el principio, al menos estaría libre del lugar donde había sido torturada.

Sonrió, si lo hacía bien entonces el Capitán, la Sra. Smith, el Primer Oficial—nunca se darían cuenta de lo que había hecho. Pero, una pequeña parte de ella se entristeció con esa idea. Quería que supieran pero Kagome no podía hacerlo, no podía vivir sus vidas, sabía que no era una adúltera.

Kagome regresó a su habitación y caminó hacia la puerta, su mente ya sabía qué hacer. Estando descalza apenas hacía ruido mientras subía las escaleras—años de práctica le decían cuál escalón saltar. Entró a la habitación de su padre, sabiendo que él ya se había ido y comenzó a examinar sus cosas.

Logró encontrar un gabán, pantalones, medias y un viejo par de zapatos. Poniéndoselos, por primera vez en su vida, se sintió liberada. Sin un vestido que limitara sus movimientos se sentía sorprendentemente libre. Sonriendo con satisfacción se hundió en el armario un poco más, encontrando una empolvada caja de sombreros. Abriéndola, sonrió triunfante cuando un tradicional sombrero de tres puntas emergió de la vieja madera. Lo colocó en su cabeza y se movió para detenerse en frente del espejo, asimilando la vista de ella vestida como un hombre. No le tomó mucho a Kagome ver una falla mayor en su plan. Con cuidado, alcanzó y tocó su cabello, bajaba largo por su espalda, demasiado largo.

"Necesitaré una peluca." Concluyó y se giró para mirar la cómoda de su padre donde su maniquí usualmente sostenía su peluca. Su corazón se hundió cuando lo vio vacío y se dio cuenta que su padre sólo tenía una peluca.

Se giró hacia el espejo de su padre y miró su hermoso cabello cayendo por sus hombros, enmarcándola como una mujer sin importar lo que hiciera no podía guardarlo en su sombrero. Si el sombrero salía a volar, el cabello saldría y sería descubierta, algo peligroso para una mujer pretendiendo ser un hombre. Kagome cerró sus ojos y tomó un profundo respiro, solo había una solución en la que podía pensar y le produjo lágrimas en sus ojos pero sabía que si quería cambiar su vida primero tendría que cambiarse ella.

Rígidamente, cruzó la habitación hacia una pequeña mesa donde había un cuenco de agua, a su lado un afilado cuchillo usado para afeitar. Kagome sabía que si ese cuchillo podía afeitar la barba matutina de su padre, entonces definitivamente podría cortar su cabello. Tragó y miró el filo, estaba fieramente afilado, podía decirlo por la forma en que brillaba en la luz del alba. Con una mano temblorosa lo alcanzó, tomándolo en su agarre. Por varios segundos miró el afilado borde, preguntándose si estaba tomando la decisión correcta.

"Mi deber es con mi corazón," la voz de la Sra. Smith resonó en su cabeza con convicción. No viviría la vida de esa mujer, quería vivir la vida que ella quería.

Girándose hacia el espejo recogió su cabello en una cola de caballo, sujetándolo en una apretada recolección de mechones antes de tomar el cuchillo hacia la base. "Uno," susurró ella colocando el filo contra el inicio de la cola de caballo. "Dos," tocó algunos cabellos con el filoso borde, los sintió desprenderse de su cabeza. "Tres."

Con un rápido movimiento, su cabello cayó al piso en un montón. Kagome cerró sus ojos fuertemente, temerosa de mirar mientras su mentón apuntaba hacia el suelo. Con un precavido respiro abrió sus ojos y vio la pila de cabello esparcido en el piso. Su corazón latía en su pecho, estaba asustada de mirar en el espejo, pero con toda su fuerza de voluntad finalmente se obligó a levantar la mirada y ver su propio reflejo como si fuera la primera vez.

Jadeó incrédula asimilando la vista de la nueva persona en el espejo, la persona de cabello corto mirándola. Por tanto como pudiera recordar su cabello siempre había sido largo, aun de pequeña. Su madre con frecuencia le había dicho que el cabello largo era el mejor cabello para atraer a un hombre. Kagome se encontró sonriendo—ahora no atraería a nadie.

Una pequeña parte de ella se sintió decepcionada mientras miraba el espejo. Aun si cambiara de opinión y decidiera ir con el Capitán, no había manera de que la aceptara ahora. Una parte de Kagome sabía que esto era lo mejor. Esto fortalecería su resolución y la mantendría en el camino correcto para volverse una persona que eventualmente, no odiaría.

Aun, tuvo que preguntarse, cómo habría sido ser la amante del Capitán? Habría sido emocionante, habría sido lleno de amor y devoción? Kagome se entristeció, nunca lo sabría pero al mismo tiempo sabía que no podría haber sido la otra mujer. Si iba a estar con un hombre como el Capitán tenía que ser la única y principal en su mente. Ella tendría que ser el centro de atención, ambos tendrían que estar enamorados. Tembló ante la idea—habría disfrutado mucho ser el centro del mundo de esos ojos dorados y la que más amara esos ojos dorados.

Haciendo a un lado esas ideas, Kagome llevó la navaja a su cabeza y cortó más de su cabello; lentamente asimilaba la vista de su transformación, aparentemente impresionada. De nuevo, colocó el sombrero de tres puntas en su cabeza y alborotó los rizos ahora cortos para que cayeran en su lugar. Parecía un debilucho o un niño de doce años. Tal vez aún más joven que el Sr. Woodson, o al menos su cabello se parecía un poco. Probablemente era un poco más corto. Alcanzando por el cabello en su nuca lo recogió solo para ver si podía hacer una coleta como lo usaba el Sr. Woodson—apenas pudo.

Hizo una mueca de dolor ante la idea pero sacó las dudas de su mente. Así era como tenía que ser y definitivamente era lo mejor. Se alejó del espejo y tomó un pedazo de pergamino que su padre había dejado en la cómoda. Rápidamente, escribió un mensaje para dejarle a su familia y luego salió de la habitación. Antes de irse completamente, sintió un pequeño dolor en su corazón diciéndole darse la vuelta.

Cansadamente, siguió su consejo y se encontró mirando un extraño en el espejo de su padre. El adolescente mirándola fue duro de observar para ella y por primera vez en su vida, entendió lo mucho que le gustaba ser una mujer. Cerrando sus ojos, pensó en lo que iba a hacer. La oportunidad de ser un hombre—la habilidad para renunciar a su feminidad—lo valía? A ella le gustaba ser una mujer, le gustaba ser cortejada por el Capitán, pero entonces, él era la primera y única persona que la había hecho sentir remotamente femenina. Entonces qué tenía de malo pretender ser un hombre, qué era diferente?

Su mente divagó hacia la libertad que obtendría. Pensó en la magnitud de cosas que sería capaz de hacer, las cosas que sería capaz de ver. Podría ir a cualquier lado; podría hacer cualquier cosa, en tanto como su disfraz fuera el de un hombre. Eso lo hacía digno; la libertad y el potencial lo valían mucho.

Abriendo sus ojos fue saludada con su infantil rostro en el espejo. Necesitaría frotar algo de tierra para hacerlo más convincente, anotó.

Entonces dejó la habitación, deteniéndose brevemente en la suya para dejar la nota en la almohada, antes de bajar y salir de la casa completamente. Kagome se detuvo en la tenue luz del amanecer y miró hacia el barco del Capitán. Estaba ahí, meciéndose en el océano, invitándola a su cubierta. Miró la luz en el horizonte, el sol aun sin emerger le decía que eran casi las cinco de la mañana. No tenía mucho tiempo.

Rápidamente, caminó hacia la playa. Sus pies pesados en las enormes botas de su padre, llegó a un pequeño bote de remos perteneciente a su hermano menor. Empujándolo al mar, como lo había visto hacer varias veces, saltó en el pequeño bote sin preámbulo, sus ojos aún fijos en el barco. Parecía que la única luz era la de la habitación del Capitán. Ella tragó; esperaba que el Capitán no la viera remando hacia el barco.

De nuevo, alcanzó y tocó su cabello antes de suspirar suavemente, "Lo siento, Capitán." Dijo mientras comenzaba a remar hacia el ondeante barco.

Una parte de ella sabía exactamente por qué lo había dicho.

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Unas horas más tarde se encontraba Inuyasha de pie en el timón de su barco, sus manos se movían lentamente a lo largo del timón. No estaba conduciendo, no, el barco aún estaba estacionado en Port Royal, esperando el momento correcto para atacar. Simplemente estaba perdido en sus pensamientos, perdido en él mismo, pensando en alguien más además de él. "Srta. Dresmont."

Sus ojos miraban mientras el sol continuaba ascendiendo sobre Port Royal, fundiendo un hermoso tono amarillo sobre el paisaje del pueblo costero. Suspiró mientras la luz caía sobre el pueblo, el amanecer había pasado tiempo atrás pero habían decidido esperar un poco más antes de comenzar el ataque. Querían esperar hasta las nueve de la mañana al cambio de guardia, ya que se habían perdido del relevo de las cinco. Era mejor atacar un puerto durante un relevo de guardias cuando la ciudad era más vulnerable. Había hecho esto muchas veces, atacar un pueblo y saquearlo, que sabía exactamente los mejores métodos. Era casi un juego para él, atacar pueblos costeros y aun esta vez, no sentía la misma emoción que normalmente mostraba.

Usualmente, sentía su sangre demonio despertar en él, peleando por el control, desgarrando sus barreras mentales pero esta vez, estaba inactivo aparentando ser completamente dócil. Inuyasha frotó su frente ante la idea, deseando estar perdido en esa sangre de lujuria y rabia. Apretó sus dientes mientras el viento revoloteaba a su alrededor moviendo su larga chaqueta de terciopelo rojo sobre sus muslos.

"Esto es quien soy." Se dijo sintiendo la ropa moverse contra su piel. Sus holgados pantalones empujaban contra sus piernas, su negro material era suave, a diferencia de la lana picante del uniforme de la marina. Su simple camisa blanca también era suave mientras rozaba contra su pecho, ligera mientras se movía. Eran ropas diseñadas para pelear, no restringían ni apretaban. "No puedo ser el hombre que ella quiere, es mejor para ella, mejor si se mantiene lejos."

Estiró todo su cuerpo, sus brazos sobre su cabeza, tronando sus hombros y cuello. Movió sus orejas voluntariamente sobre su cabeza y sonrió ante la sensación del viento tocando los pequeños vellos de su pelaje. Su cabello rozaba su cintura y chasqueó su lengua con placer. Era libre, libre en el mar una vez más, una vez más era libre de ser el hombre que era realmente, el pirata Capitán Inuyasha del barco Shikuro.

Y aun así estaba un poco triste, aunque había una pequeña parte de su corazón que le gritaba, sabía que tenía que ser de esta manera.

Miró al puerto y sonrió, sus pensamientos fueron forzados al fondo de su mente. Sólo había un barco en el puerto, gracias a Dios por eso, y era una simple corbeta. Cuando se refería a una batalla de velocidad, aunque técnicamente era más rápido que cualquier otro Galeón en el Caribe, no le ganaría a su barco. Esa era la razón por la que se había tomado mucho tiempo diseñando y cambiando su barco original. Había sido capaz de adaptarlo para alcanzar una máxima velocidad y sus capacidades de pelea. No había otro barco como este y eso era por qué siempre ganaba.

"Miroku!" Gritó sobre su hombro, el joven subió corriendo las escaleras y apareció a su lado al instante.

"Capitán?" Se dirigió mientras secaba algo de sudor de su frente. Había estado trabajando toda la mañana preparándose para el ataque.

"Anoche raspamos la parte inferior?" Inuyasha estaba refiriéndose a limpiar el fondo del barco, liberándolo de los aciales y trabas que eran típicos de los botes. Un barco que tenía muchas cosas pegadas en su fondo era más lento que un barco limpio. Inuyasha se aseguraba, si podía evitarlo, mantener el fondo limpio antes de las grandes incursiones en tierra o mar, a diferencia del típico barco de la marina que no les preocupaba. Su barco podría ser rápido pero él quería asegurarse de tener cada ventaja posible.

"Sí, estamos limpios." Respondió Miroku mirando a los hombres que estaban ocupados reuniendo armas y municiones. Ya habían cargado la primera línea de cañones y ahora estaban almacenando otras municiones pequeñas junto a los cañones para su fácil acceso.

"Bien." Inuyasha tomó un profundo respiro y lo dejó salir lentamente. "Vamos a destruir el muelle, luego vamos por las Horcas."

Miroku asintió, ellos ya habían estado repasando el plan unas cuantas veces. Primero, harían un ataque con cañones a los muelles, seguido por un ataque de fuego para mantenerlos ocupados. Mientras los Oficiales de Port Royal estuvieran intentando apagar los incendios llevarían el barco rodeando la isla hacia el Fuerte James y luego al Punto de las Horcas—que en su momento le harían lo mismo a las horcas. Sonrió ante la idea de destruir las temidas horcas, era algo que había estado esperando.

"Una bala por cada hombre colgado." Dijo el Capitán mientras sus orejas se movían con el viento.

"No tenemos esa cantidad de balas." Miroku lo miró con una sonrisa.

"Entonces los cargaremos con lo que encontremos." Gritó Inuyasha. "Llama a Sango, ella tendrá un cañón."

"Es mi esposa!" Respondió Miroku, su cara enrojecida de molestia y rabia leve.

"Fue mi esposa ayer." Comentó Inuyasha franco, su rostro lleno con una sonrisa.

"Sí, bueno, hoy es mi esposa, así que déjala en paz, pomposo cabrón." Miroku rió disfrutando de la broma.

"Ah, de todas formas quién necesita una mujer," respondió Inuyasha guiñándole a Miroku. "Cuando tienes un barco lleno de buenos hombres."

"Un hombre que quiere follar." Rió Miroku, sus manos cruzadas sobre su pecho. Alrededor algunos hombres rieron.

Inuyasha miró a los hombres y luego a Miroku. Se inclinó, sus orejas con él, los hombres alrededor imitaron su movimiento para que pudieran escuchar también. Una vez que estuvo a unas pulgadas de la cara de Miroku eligió hablar. "Tú puedes follar a un hombre."

Ambos se miraron mutuamente, sus ojos fijos en una batalla. Ninguno quería bajar la mirada, ninguno quería decir algo. Miroku buscaba en su mente un contraataque, un comentario ingenioso pero nada llegó. Estuvo por desviar la mirada, rendirse cuando una voz repicó tras él.

"Pero sólo puede follarme a mí."

Ambos hombres se giraron hacia Sango, quien de nuevo estaba vestida de la misma forma que Inuyasha y Miroku, solo que su chaqueta era verde y usaba un sombrero en su cabeza con su cabello recogido debajo en un apretado moño. Se veía muy en el rol de un pirata hombre, salvo por la tierra en su ropa y su cara.

"Creo que eso es un hombre cuando lo ves así." Murmuró Inuyasha señalándola, sus ojos enfocados en Miroku. "Eso es por qué la haces vestir así, verdad?"

"Lo encuentro extrañamente retorcido." Miroku respondió encogiéndose de hombros. "Algunas veces," se inclinó hacia el Capitán susurrando fuertemente. "La hago dejarse el sombrero."

Ambos hombres estallaron en carcajadas a expensas de Sango. La mujer giró sus ojos y caminó hacia ellos. Deteniéndose al lado de Miroku, miró al Capitán antes de mirar el mar y hacia el puerto. "Cuándo atacaremos?" Preguntó ella, su voz y pregunta devolvió la seriedad a la situación actual.

"Cuando estemos listos." Respondió Inuyasha.

Miroku tomó un profundo respiro, toda su momentánea felicidad lo abandonó ante el prospecto de lo que estaba por pasar. Sabía que esto no iba a terminar bien. Ningún pirata se había escapado de Henry Morgan, ningún hombre que lo hubiese desafiado había vivido. Miró al Capitán, observó la sonrisa en la cara del hombre, la mirada de completa determinación. Deseaba poder ser así de confiado. "Estamos listos ahora. Estamos esperando por el cambio de guardia."

Inuyasha alcanzó en su chaqueta y sacó su catalejo. Poniéndoselo en su ojo miró el puesto del guardia que podía ver fácilmente, no se había movido en tres horas. "El tipo no se ha movido y han pasado tres horas y un poco más. Tendrán que relevar pronto."

Él le alcanzó el telescopio a Sango quien lo aceptó sin preguntar. Tenía unos buenos ojos para un humano y se podía confiar en ella para mantener un ojo en el inevitable cambio de guardia.

"Adelante y leven ancla!" Gritó Inuyasha, la tripulación que ahora estaba vestida en su ropa normal, se apresuró a obedecer.

"Cañoneros a sus puestos!" Gritó Miroku, los hombres corrieron alrededor, preparándose. "El viento viene del norte Capitán."

Inuyasha sonrió. "Siempre viene del norte en el Caribe." Inuyasha llevó su mano a su mentón ante la idea. "Nos dirigiremos a La Española una vez terminemos, de esa manera no tendremos que pelear contra el viento hacia la costa."

"Cuál puerto?" Preguntó Miroku con sus ojos en Sango, esperando a que diera la señal.

Inuyasha se encogió. "Diablos si lo sé, lo veremos más tarde."

Miroku miró al Capitán, retirando sus ojos de Sango para estudiar al hombre. No aparentaba estar triste en la superficie. De hecho, se veía como siempre se veía, feliz y listo para una pelea. Pero, debajo de esa mirada, profundo en los ojos del Capitán, Miroku vio algo que sólo alguien que lo conociera por mucho tiempo podría ver. Había tristeza en sus ojos, cierta opacidad en su color mientras miraba al puerto. Y debajo de eso, había algo que Miroku casi temía—desilusión.

"Cambio de guardias!" Gritó Sango interrumpiendo los pensamientos de Miroku. Se apresuró a pasar a Miroku y le dio a Inuyasha su catalejo antes de tomar el lugar del Capitán en el timón. Todos los maestres en el barco repitieron la señal gritándole a otro hasta que cada maestre supo que estaban a momentos del ataque.

"Estén listos!" Llamó a Miroku mientras los hombres abajo se preparaban para su próxima y última señal antes de eliminar el muelle de Port Royal.

Se apresuraron, agarrando sus piedras y sus rocas—preparándose para el golpe inicial. Tras ellos, la segunda línea estaba, listos para recargar los cañones en un instante.

Inuyasha tomó un profundo respiro de aire salado, estaba listo para esto, no podía esperar otro segundo para eso. Pero en algún lugar—algún lugar en el fondo de su mente—sintió una punzada de arrepentimiento y profundo remordimiento. Imágenes destellaban en su cabeza, su sonrisa, la forma en que ella bailaba, la manera en que había besado su mano, la forma en que sus labios se vieron al segundo antes de besarla, el conocimiento que tenía del barco, la forma en que hablaba de una vida en el mar, la ensoñadora mirada en sus ojos cuando miraba el mundo en la profundidad de sus olas.

Inuyasha sacudió su cabeza violentamente y miró a Port Royal. Donde fuera que estuviera la Srta. Dresmont, esperaba que estuviera a salvo, preferiblemente en su casa. Miró hacia las casas que alineaban la costa de Jamaica, sabiendo muy bien en cuál casa vivía Kagome con su madre y padre. Todos los hombres estaban bajo órdenes directas de no apuntar a ningún lugar cercano a esa casa o a cualquier otra. No era su estilo matar inocentes; a la Armada sí, los 'oficiales' de gobierno sí, pero mujeres y niños, personas inocentes—nunca. El único lugar por el que apuntarían era los muelles y una vez que cambiaran de dirección, las horcas.

"Fuego a discreción!" Gritó Miroku y el barco se sacudió cuando quince cañones bien dirigidos dispararon al tiempo.

Observó cuando los muelles parecieron explotar en una masiva bola de madera y proyectiles volando. Sus sensibles orejas se irguieron ante el sonido de hombres gritando. Afortunadamente, las únicas personas en los muelles eran los hombres de mar, ninguna mujer o niños podrían verse afectados por la acción—al menos no a esta hora del día.

Escuchó los cañones ser recargados, esta vez con algodón empapado de petróleo, el favorito de su barco. De hecho, él había sido el primer pirata en hacerlo en 1680. En ese entonces había sido muy joven y no un Capitán todavía, simplemente era un joven timonel. Le había sugerido la idea a su propio Capitán, el Capitán Sharp, y al hombre le había gustado. Justo antes de que fueran disparados hacia el puerto fueron encendidos, creando una mortal bola de fuego, haciendo que dos cosas pasaran al contacto. Primero, el blanco se incendiaría y segundo, dependiendo del blanco, podría explotar.

Los cañones comenzaron a disparar de nuevo, esta vez no a uno sino a varios individuos. Como se esperaba, algunos de los cañoneros eran más nuevos que otros, era muy difícil para ellos recargarlos tan rápido como las manos más viejas. Observó cuando los muelles se incendiaron, el fuego propagándose tan rápidamente que comenzó a verse como una masa de naranja y amarillo. Era obvio para alguien que viera esas envolventes llamas que los muelles de Port Royal iban a arder en el mar.

"Icen bandera!" Gritó Inuyasha, la única orden que necesitó dar. Le había enseñado a Miroku tan bien que con frecuencia dejaba a Miroku dar todas las órdenes, sin importar si eran de batalla o no. Su trabajo, al final, era tomar en cuenta las cosas grandes—las cosas que Miroku con frecuencia olvidaba ver. Eso era por qué era el Capitán, porque podía pensar en arrancar el mástil del barco y porque era lo fuerte suficiente para hacerlo.

Inuyasha observaba mientras su bandera era izada sobre el barco. Era negra, una bandera negra con un sólido perro plateado en ella, con brillantes ojos rojos y pupilas azules. Miró ese perro y vio a su padre. Nunca le había dicho a nadie, nunca se lo había mencionado a nadie. "Shi, muerte, kuro, negra." Dijo mientras miraba sus colores y luego a su barco. "Espero haberte hecho orgulloso con Shikuro, padre." Golpeteó el costado del barco, pronunciando su verdadero nombre por primera vez en una semana.

"Remos, listos!" Gritó Miroku y recibió el reconocimiento de otro hombre unos momentos después. "Remen!"

Comenzaron a moverse en dirección de las horcas, Sango en el timón conduciéndolos.

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"Qué demonios?" Susurró Kagome en el fondo del barco cuando escuchó un fuerte boom sobre su cabeza.

Había llegado al barco prontamente antes del amanecer y escaló una pequeña escalera de soga que había sido dejada colgando en el costado del casco. Desde la cubierta no había sido difícil escabullirse abajo. Muy pocos hombres habían estado afuera, de hecho las únicas personas en cubierta habían estado trabajando en el trinquete, muy preocupados con sus tareas para prestarle atención a Kagome mientras trepaba el costado del barco. Tuvo que admitir que era mucho más fácil hacerlo en pantalones que en un miriñaque y enaguas.

Después de haberlo logrado sin obstáculos se había apresurado a las escaleras y corrió abajo, el recorrido con el Capitán había sido útil. Conocía todo el barco por eso.

Una vez que no vio a nadie mientras se dirigía a las escaleras del barco, las había bajado en silencio, años de evadir a su madre finalmente pagaron. En total, le había tomado treinta minutos abordar y esconderse en el barco, fuera de vista y fuera de mente.

(O al menos fuera de la mente de alguien más menos de la del Capitán.)

Había recordado el lugar donde se estaba escondiendo por su recorrido, era la cubierta inferior, un lugar debajo de la cubierta principal del barco y fuera en una esquina donde almacenaban contenedores extra de carnes curadas y agua que necesitaban para mantener a su tripulación. Muy pocas personas se aventuraban a la cubierta inferior innecesariamente, así que era el escondite perfecto entre los barriles. Aún si alguien bajaba al almacén no podía verla si se mantenía en la parte posterior de la bodega. E incluso un demonio no la olería por el alto olor a sal en la habitación.

Ahora, acomodada entre los barriles sintió cierta cantidad de temor. Aunque no había escuchado el sonido en unos años, estaba segura que sabía lo que era. "Fuego de cañón." Susurró antes de buscar alrededor por un pequeño agujero para mirar. Rápidamente se dio cuenta de la desventaja de estar en la cubierta inferior, no había forma de mirar afuera.

Kagome tragó mientras el barco se mecía con más disparos. "A quién le están disparando?" Se preguntó en voz alta, su mente devanándose. Estaba casi segura de que no habían comenzado a moverse y aún si así fuera no había manera de que estuvieran en aguas seguras. Parecía ridículo. Tal vez alguien se había aventurado al puerto y estaba atacando Port Royal?

"No," Kagome sacudió su cabeza ante la idea. Ningún hombre sería tan estúpido. Aun si Henry Morgan perdiera la pelea inicial él te cazaría y se aseguraría de que tuvieras una muerte dolorosa. Kagome respiró profundo y miró alrededor a los barriles. Si aún estaban en puerto, asumiendo que ningún otro barco había entrado, entonces a quién estaban atacando?

Kagome mordió su labio, el único lugar lógico sería el puerto mismo, este era un barco de la Armada, no tenían razón para atacar el pueblo.

El sonido de fuertes pasos llenó sus oídos y Kagome sintió su corazón saltar en su pecho. Levantó la mirada pero no podía ver arriba de ella por lo juntas que estaban las tablas del piso y también por el hecho de que la vela en la habitación estaba apagada. El sonido de pasos se detuvo y escuchó el sonido de madera raspando contra madera.

"Muy bien hombres, remen!" El sonido de la voz de un hombre gritó sobre ella. Un tambor comenzó y el tempo era rápido mientras, de repente, se sacudía hacia delante.

Los ojos de Kagome se abrieron moviéndose con los barriles. "Qué demonios!" Maldijo fuertemente.

Eso no fue muy de una dama.

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Inuyasha miraba muy emocionado mientras el Punto de las Horcas aparecía a la vista. Era el fin de una era, aun si fuese reconstruido no sería el mismo que mató a Charles Vane o a su viejo amigo Calico Jack. Su destrucción sería un símbolo para las personas del Caribe, un pirata no podía ser detenido, un pirata no podía ser amenazado, la vida de un pirata solo era de los piratas—y si te metías con un pirata, entonces te metías con todos los piratas. Y a nadie le gustaba un pirata enojado.

Lentamente, regresó al timón, mientras observaba a las personas en la orilla reagruparse para la retaliación. El intento lo hizo sonreír, Miroku le había dicho que el Fuerte James no estaba bien hecho y que no estaba bien armado. Inuyasha resopló ante la idea—esas personas era idiotas. No había cañones en un fuerte? Merecían lo que tenían.

Su sangre de demonio comenzó a palpitar en sus venas, emocionándolo mientras escuchaba el indicador pulsando en sus orejas. Estaba haciéndolo sentir mareado, haciéndolo olvidar. Lamió sus labios, disfrutando la sensación de dejar ir sus pensamientos mientras se detenía al lado de Sango. Ella estaba conduciendo con facilidad, algo que, con frecuencia, hacía muy bien pero que no le gustaba. A Sango no le gustaba estar en cubierta cuando hacían este tipo de cosas o peleaban de esta manera.

A Inuyasha nunca le había importado en verdad lo que hiciera durante las incursiones y ataques pero algunas veces se preguntaba por qué le molestaba. No lo hacía ningún otro aspecto de la vida pirata, entonces por qué esta? Supuso que estaba en su crianza, la parte de ella en la que había sido una dama. Una dama podría no lastimar una mosca—ni Sango podía—esto, a menos que la mosca fuera una avispa. Sango no tenía problema con peleas de piratas, no tenía problema con una pelea de bar en un salón o taberna pero cuando se refería a asaltar barcos de pasajeros o disparar a los puertos, no era capaz de hacerlo.

Lentamente se detuvo a su lado y colocó una garra sobre su mano en el timón. Ella lo miró sorprendida. "Por qué estás peleando, Sango?" Le preguntó con voz suave.

Ella lo miró y vio algo en sus ojos, como si estuviera recordando a alguien. "Este es el Punto de las Horcas que mató a Calico Jack, que mató a Charles Vane."

Inuyasha asintió, recordando con afecto a ambos hombres. Sango había conocido a Charles Vane pero nunca conoció a Calico Jack, solo lo escuchaba de las historias de Miroku e Inuyasha. Pero había conocido a Charles Vane—siempre había sido amable con ella e incluso le había dado un regalo de 'bodas' cuando descubrió que ella y Miroku se estaban volviendo exclusivos. Había sido un hermoso collar que estaba seguro en su cuello.

"Estas son las horcas," asintió Inuyasha, su propia mente pensaba en los dos hombres que había conocido por muchos años antes de morir. "Que mataron a nuestros amigos."

"Quiero destruirlas, por ellos." Ella lo miró solo por un momento, como si lo desafiara a contradecirla.

Él sonrió y retiró su mano, mirando a donde se dirigían; ella iba a llevarlos a las horcas. Miró abajo a la cubierta principal donde Miroku estaba esperando el momento adecuado para disparar. Era una estrategia de ataque bien planeada y peligrosa—o al menos habría sido peligrosa si el Fuerte detrás de las horcas hubiese estado equipado con cañones. Inuyasha rió—las horcas estaban muertas.

"Tienes algo por qué vivir?" Habló tan suavemente que Sango estaba casi segura de haberlo imaginado.

Cuando Inuyasha se giró para mirarla expectante, sin embargo, ella cedió al hecho de que en verdad había hablado. Mirando el timón por un segundo pensó—cuál era el motivo por el que ahora vivía, tenía muchos. Tenía tantos desde que el Capitán la había recibido. Cuando la había traído aquí, todos esos años atrás, no había estado segura de qué implicaría su nueva vida. Al final había sido mucho mejor que cualquier vida que pudiera haber confeccionado. Era respetada, amada, deseada, le era permitido ser lo que siempre había querido ser: ella misma.

"Tengo algo," dijo ella al viento mientras se acercaban al puerto. "Te tengo a ti." Susurró y lo miró con una sonrisa, "Tengo a Miroku," miró al primer oficial abajo quien estaba contando los segundos hasta que pasaran las horcas. "Tengo este barco." Golpeteó el timón con afecto. "Tengo una vida maravillosa, una vida que quiero continuar viviendo."

Inuyasha le sonrió y depositó una mano en su hombro cubierto, dándole al pequeño brazo un apretón. "Eres una buena cuñada o nuera, en verdad no sé cómo llamarlo." Rió levemente y la miró con una sonrisa ladeada.

Ella sonrió y lo miró de reojo. "Hermana de un perro? Hija de un perro?" Resopló y giró unos grados el timón. "Es una vida pirata para mí."

Él rió sincero y se agachó, besando su mejilla con un suave sonido. Ella pretendió atragantarse pero rió al mismo tiempo. Separándose, él alcanzó por el timón, girando el barco unos grados en la otra dirección. Estaban llegando rápido a las horcas, la ventaja de tener algunos tripulantes demonios. "Después de que pasemos las horcas, golpea duro el timón, quiero que nos gires y zarpemos con el viento inmediatamente."

"Crees que nos sigan?" Preguntó preocupada de cierta forma ante su necesidad por una rápida retirada. El Capitán era alguien de relamerse y hacer teatro, huir al segundo de hacerlo no era su estilo.

"Podrían. Tienen un barco y Henry Morgan es un bastardo arrogante." Comentó antes de girar hacia ella. "No quiero que tenga una oportunidad."

Ella asintió, sus ojos fijos en la inminente vista de su blanco.

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"Qué demonios está pasando!" Gritó Henry Morgan levantándose de su cama.

El demonio se puso de pie, el sonido de cañones disparando llenaban sus oídos. Se precipitó a su ventana a tiempo para ver todo el muelle colapsar bajo el peso de quince balas de cañón. "Mierda." Susurró mientras veía el muelle desaparecer. La gente estaba corriendo, personas que habían sido desafortunadas de estar ya despiertas.

Cayó de rodillas, mirando por la ventana desde su posición en el piso. No podía creer lo que estaba viendo, no podía creer la cantidad de madera dañada que volaba por los aires.

"Amo Morgan!" El sonido de la voz de su mucama lo hizo levantarse y girar hacia la puerta. La mucama, una vieja mapache estaba jadeando en el marco, sus ojos abiertos con temor y pánico. "Ese barco, ese barco del puerto, está atacando el puerto, señor."

"El barco?" Preguntó en una pequeña voz. Había visto el barco, había estado en el puerto por una semana pero de acuerdo a los reportes simplemente era el barco privado de un Oficial de la Armada. Los hombres en los muelles le habían dicho que el hombre y su esposa estaban viajando para ver a unos parientes cuando perdieron un mástil en una tormenta pero, ningún barco privado tiene cañones.

Morgan agarró sus pantalones de una silla cercana, poniéndoselos rápidamente junto con su chaqueta, ignoró a la mucama mientras lloraba y señalaba los muelles destruidos. Estaba por correr afuera cuando el sonido de más disparos entraron en sus oídos y luego el grito de la mucama.

Se giró hacia la ventana a tiempo para ver el ataque violento de proyectiles en llamas. Se apresuró al panel y miró los muelles de Port Royal, estaban bajo fuego.

"Amo," balbuceó la mucama mirando los muelles ardiendo. "Amo, van a incendiar todo a su paso, señor." Cayó de rodillas, abrazándose.

"Padre?"

Él se giró ante la vista de su hijo más joven. "Naraku, quédate con la Sra. Weston." Señaló a la mucama. "No salgas por nada!"

El joven asintió y caminó vagamente hacia la mucama, colocó una mano en su hombro mientras miraba el puerto en llamas. Porque su padre se fue, porque los ojos de la mucama estaban llenos de lágrimas—nadie vio la sonrisa en su cara mientras observaba el dolor de Port Royal, las llamas que amenazaban su destrucción.

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Morgan se encontraba en la calle y en una escena de caos al mismo tiempo. La gente estaba gritando, algunos heridos y otros simplemente en un estado de completo pánico. Bajando rápido observó el barco del pirata mientras seguía la línea del puerto. No estaba disparando más pero eso aún preocupaba.

"Sr. Morgan!"

Un grito golpeó sus oídos y se giró para recibir a la persona viniendo hacia él. "Sr. Dresmont!"

El humano llegó a su lado corriendo con él, aunque era mayor y humano, logró ir al paso de Henry. "Sabe lo que está pasando, señor?"

"El barco en el puerto atacó."

El Sr. Dresmont lo miró en shock. "Atacó?"

"Sí," respondió Morgan mientras continuaba siguiendo al barco fuera de la costa, era muy aparente de que el barco se dirigía hacia la punta del Fuerte James. La idea lo hizo preocupar instantáneamente, el Fuerte James no tenía cañones en el momento, habían sido re direccionados a otro Puerto unos meses atrás, protegiendo la isla externa en vez de la isla interna.

"Mi hija ha pasado tiempo con el Capitán y su esposa."

Morgan lo miró en shock, sus ojos abiertos ante la idea. "Sí!" Exclamó él mientras ideas entraban en su cabeza, ninguna buena.

"Sí, mi esposa dijo que se volvieron amigos en los días que atracaron." El padre de Kagome continuó, jadeando ligeramente del cansancio. "Estuvo cenando con ellos aquí en el puerto y el barco y los ayudó a comprar en el pueblo. Mi esposa dijo que el primer oficial era un hombre muy amable así como la esposa pero nunca conoció al Capitán."

Morgan procesó todo esto. Si la prometida de su hijo había pasado tiempo con ellos y los conoció, entonces tal vez ella podría ayudar con la situación. "Trae a tu hija, necesitaremos su ayuda!"

"Sí, señor," con eso el Sr. Dresmont dejó el lado de Morgan, dirigiéndose por una hija, que no estaba más en casa.

Henry alcanzó el Fuerte James después de unos minutos y miró el Punto de las Horcas. Rodeándolo, varios hombres estaban listos, esperando órdenes pero no tenía ninguna que darles. Sin cañones eran patos sentados. Aun si dispararan un arma lo máximo que podrían matar sería uno o dos hombres de la tripulación pero el barco aún navegaría sin obstáculos.

Sus ojos estudiaron el barco mientras se dirigía hacia ellos, sus remos se movían rápido, acelerándolo. De repente, sus ojos se abrieron cuando una bandera fue izada sobre las velas, un perro blanco, ojos rojos, pupilas azules.

"Capitán Inuyasha." Dijo al viento. Él había escuchado de este pirata, había escuchado de su bandera. Este era el hombre responsable de miles de muertes, el Capitán demonio que había navegado el mar por sesenta años. Era un trofeo para el oficial que lo matara, era un premio para el hombre que lograra amarrar una soga alrededor de su cuello. Su muerte era la más buscada en el Caribe.

Mirando a su izquierda notó a un hombre con catalejo. Precipitándose hacia él, quitó al hombre de su camino, tomando el catalejo de sus manos. Lo puso en su ojo y miró por el mar, observando al hombre en el timón, otro hombre dirigiéndolo a su lado. La vista de cabello plateado captó su atención y lentamente bajó el catalejo, mirando con ojos desnudos el hombre en el timón. Sonrió.

"Oye, tú." Llamó él al hombre del que había tomado el catalejo.

"Sí, señor!"

"Preparen el barco en la bahía." Sonrió aún más. "Tenemos un hombre para colgar en las Horcas."

El hombre a su lado asintió y corrió en dirección del muelle destrozado, no completamente seguro de cómo iba a lograr la hazaña de tener un barco listo cuando no podía alcanzarlo. Después de todo, los cañones del Shikuro casi habían destruido ambos muelles y todos sus botes ahí.

La feliz naturaleza de Morgan no duró mucho, sin embargo. De hecho, su naturaleza feliz llegó a fallar cuando vio los cañones echarse hacia atrás y luego la siguiente explosión. De hecho, toda la felicidad que Morgan conoció desapareció cuando vio al primero impactar en el Punto de las Horcas. Observó en completo horror cuando una bala fuera de curso golpeó el borde del Fuerte, los hombres se dispersaron ante la vista.

Cayó de rodillas cuando uno de los cañones disparó otra bala en llamas. Golpeó la isla, destruyendo la poca madera que quedaba del impacto. Sus agudos ojos se giraron hacia el barco, encontrando el timón en segundos, y encontrando al Capitán en el timón aún más rápido. Pudo distinguir la figura del Capitán y el hecho de que el Capitán estuviera saludándolo.

Morgan no necesitó un catalejo para saber que había una sonrisa en la cara del Capitán.

Fin del Capítulo

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Notas:

Charles Vane – otro pirata que vivió a comienzos de 1700 y fue colgado el mismo año de Calico Jack. Estoy moviendo su muerte, para que Sango pudiera conocerlo.

Capitán Sharp – otro pirata que vivió a comienzos de 1600 en el Caribe.

Dato curioso – Calico Jack recibe su apodo de su chaqueta favorita, un abrigo de terciopelo color calico, era bien sabido que la usaba todo el tiempo.