SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desean que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

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Capítulo Diez:

Consecuencias

Kagome despertó aturdida, sus ojos estaban nublados y su cabeza le dolía como si algo la hubiese golpeado repetidamente en su cráneo. Confundida, cerró sus ojos fuertemente, esperando que el dolor se fuera. Después de varios segundos el dolor comenzó a menguar y abrió sus ojos una vez más intentando enfocarse en sus alrededores. Una neblina marrón cubrió su visión después de un momento y parpadeó mientras miraba lo que pensaba era una pared de madera. Cerró sus ojos de nuevo, esperando aclarar su visión pero cuando abrió sus ojos una vez más se dio cuenta que era inútil, su visión continuaba tornándose más borrosa con cada movimiento de sus párpados. Optando por dejar sus ojos cerrados, se concentró en la sensación de su cuerpo.

Estaba acostada, notó, algo suave tocaba las puntas de sus dedos. "Qué?" Frunció mientras sus dedos lentamente se movían sobre el material, se sentía como algodón, un algodón suave. "Ropa?" Supuso al principio pero de alguna manera supo que estaba equivocada. Este material no se sentía como ropa, se sentía como algo distintivamente familiar para ella, algo que no podía ubicar. Con gran esfuerzo, abrió un ojo y miró el material en el que estaba acostada. "Rojo, una sábana? Estoy," Ella trató de juntar la idea. "Estoy en una cama?"

Confundida, arrugó su nariz y abrió su otro ojo, esta vez todo no era tan borroso y logró enfocar después de un momento. Por un momento pensó en tratar de sentarse pero al segundo de intentar mover sus brazos, un dolor atravesó su hombro haciéndola contraerse. "De acuerdo, ow." Gruñó internamente mientras miraba las sábanas rojas que forraban la cama en la que estaba acostada, parte de ella sentía como si estuviera perdiendo algo en ese color. Desconcertada, miró su cuerpo buscando algo que no estuviera fuera de lo ordinario solo para encontrar (mucha para su propia sorpresa) cosas más ordinarias. "Qué estoy usando?"

Con cuidado, alcanzó y tocó el borde de la chaqueta que cubría su torso superior, sus dedos delinearon los lugares donde los botones no estaban. "Fueron arrancados, todos los botones fueron arrancados," notó ella mientras sus dedos trazaban perezosos los cordones que se supone debían asegurar los cierres de hueso. "Cómo?" Preguntó, perpleja mientras pasaba un dedo sobre los cordones uno a la vez. "Parece como si alguien les hubiese pasado unas tijeras." Aturdida, frunció sus ojos, juntó sus cejas en una fina línea. "Quién hizo esto, quién cortó los botones de mi chaqueta?" Ladeó su cabeza, la sensación de su cabello moviéndose contra una suave almohada pasó desapercibida para ella mientras miraba la extraña ropa. "Por qué estoy usándola en primer lugar?" Ella sintió una ola de mareo llenar su mente y sacudió su cabeza forzadamente.

Se sentía ebria, tal vez había bebido mucho brandy después de la cena (aunque esa no era su costumbre), como fuera sentía como si hubiese estado o aun estuviera intoxicada.

Kagome cerró sus ojos de nuevo, esperando a que la sensación de mareo pasara. Después de varios minutos finalmente lo hizo y exhaló un suspiro de alivio antes de abrir sus ojos otra vez. Inmediatamente, sus ojos se posaron en la chaqueta que estaba usando y bajaron para captar la vista de unos pantalones de hombre así como botas de hombre. "Esto tiene que ser un sueño." Se dijo mientras movía sus pies por curiosidad. Seguro las botas se movieron por la acción, confirmando que sus pies sin duda eran los pies que residían en ellas.

"Oh cielos." Susurró para sí moviendo sus pies una vez más, esta vez sus ojos captaron algo además de las botas de hombre en pies de mujer. "Eso es un campo de pie?" Se preguntó mientras clavaba sus codos en la cama, levantándose para poder ver la madera de caoba de un marco de cama. "Esta es una cama pero no es mi cama," concluyó mirando el hermoso pulido de la costosa madera que no reconoció en lo más mínimo. "Si esta no es mi cama, entonces de quién es?"

Aturdida, se obligó a sentarse en la cama desconocida, sus ojos abiertos mirando alrededor de la habitación nueva y sorprendentemente familiar, en la cual estaba sentada. Su expresión pasó de aturdida a sorprendida cuando los objetos que la rodeaban se tornaban más conocidos con cada movimiento de su mirada. Cortinas rojas, una silla roja, un escritorio de caoba forrado de mapas, armas exóticas y desconocidas cubriendo las paredes, un librero lleno hasta los bordes con libros que había leído y de los que había escuchado. Miró la cama en la que estaba sentada, sus ojos vieron el rojo como si por primera vez la comprensión la consumiera completamente. "Esta es," Sus ojos se abrieron. "La cama del Capitán!"

De repente, como si hubiera sido premeditado, la puerta de la habitación se abrió y entró el hombre mismo, refunfuñando por lo bajo, maldiciendo con casi cada paso que daba. Caminó hacia el escritorio, no notando su presencia mientras murmuraba para sí, resoplando con molestia mientras comenzaba a tamizar la masa de papeles aparentemente desordenados antes de gruñir con frustración. "Maldito mapa," gruñó cerrando sus ojos y su boca. Puso su dedo índice y pulgar en el puente de su nariz, pellizcándolo levemente en un gesto calmante antes de suspirar. "Respira profundo," murmuró y abrió sus ojos de nuevo antes de acomodarse contra el escritorio en frente de él, un dedo golpeteaba fuertemente contra la madera mientras estudiaba intensamente los papeles.

Desde su lugar en la cama, Kagome pudo distinguir su cara cuando se tranquilizó, sus manos apretaban el borde del escritorio firmemente con el dedo aun moviéndose. Confundida por la falta de confianza en su pose, ladeó su cabeza intentando ver la mirada en su cara. Sus labios estaban apretados en una línea, arrugas se formaban alrededor de su boca haciéndolo ver mayor, sus ojos estaban fruncidos, concentrados e intensos, líneas de preocupación se formaban en las esquinas y bajo sus párpados. Ella nunca lo había visto así, como si estuviera dolido.

Kagome mordió su labio, su corazón alcanzándolo por un segundo, alcanzando esa cara confundida y llena de dolor. Trató de abrazarse y levantarse de la cama pero instantáneamente se detuvo cuando el dolor de antes regresó a su hombro. Tentativamente, alcanzó, sus dedos tocaron la marca que sintió en el lugar donde el dolor se había generado. Hizo una mueca cuando sus dedos se movieron sobre la marca en su carne, la sensación casi como la de una cicatriz bajo sus dedos.

Y entonces, como si hubiese sido golpeada por un rayo de luz, todos sus recuerdos de lo que había pasado entraron en su psique. Recordó decidir huir de casa, recordó cortar su cabello y escapar en el pequeño bote de su familia, recordó esconderse a bordo del barco, recordó los hombres encontrándola en la cubierta inferior, recordó no ser lo rápida suficiente para alejarse y esconderse antes de que la vieran, recordó lo excitados que estaban, recordó a los dos hombres atándola, los recordó arrastrándola a la cubierta principal—donde habían procedido a pelear por ella. Recordó a Pet—Miroku salir a detenerlos, recordó al Capitán aparecerse momentos después. Recordó su confusión cuando la había tratado como basura. Lo recordó sosteniéndola. Recordó a la mujer avanzando. Recordó las burlas de los hombres. Recordó la sensación de sus labios—

Todos los pensamientos de Kagome se paralizaron, su mano tocó su hombro pero no sintió dolor, solo lo recordó mordiendo su cuello.

Rabia caliente se formó en frente de los ojos de Kagome ante la idea. "Cómo se atreve!" Gritó en su mente mientras miraba al Capitán con odio en sus ojos. No estaba segura de lo que había hecho pero sabía que no tenía derecho, ningún derecho a morderla como lo hizo y a decir lo que dijo.

"Esta perra es mía!"

Él no tenía derecho a reclamarla como su perra. Nadie en el mundo tenía ese derecho, lo había probado cuando había dejado Port Royal. Vagamente, tocó su hombro—adivinando de cierta forma por qué la había mordido. Apresuradamente, bajó su camiseta lo suficiente para descubrir su hombro para que sus ojos vieran y miraran en el incómodo ángulo. Ahí en su piel vio el perro mirándola, hermoso y blanco con extrañas marcas debajo, parecían garabatos de un niño solo que muy deliberados para ser al azar. Le sorprendió, ver ese perro mirándola a los ojos, mirándola como si fuera completamente consciente de que estaba mirándolo. Nerviosa, desvió la mirada, dejando que la tela regresara a su lugar. "Por qué un perro?" No pudo evitar preguntarse a pesar de la furia.

Ella lo miró, apreciando su apariencia. Algo en él le gritaba perro, qué era no estaba realmente segura, "Apuesto que es un demonio perro," concluyó mientras lo estudiaba apoyado sobre el escritorio, su rabia subía por su garganta entre más lo observaba. "Su raza no es importante de cualquier manera," apretó sus dientes mientras su mano se levantaba hacia la marca y apretaba la tela que la cubría entre dedos temblorosos. "Por qué lo hizo? Qué simboliza?" Mordió su labio cuando regresó la cara del primer oficial, después de que el Capitán hubiese terminado la marca. El hombre se había visto dolido y apenado, como si deseara poder haber hecho algo para evitar tal atrocidad. "Lo que sea que simbolice esta marca," notó Kagome mientras la imagen de su cara permanecía en primer plano en su mente. "No puede ser bueno, si su cara es alguna indicación."

Con esa idea, miró de nuevo al Capitán, la rabia hervía debajo de su piel mientras miraba al hombre. El hombre que había besado sus nudillos desnudos, que había bailado con ella tan hermosamente, el hombre cuya mano había besado, el hombre que la había besado como un esposo a su esposa, el hombre que verdaderamente la había escuchado—el hombre que ahora no era nada más que un fraude. Le había mentido, no era un oficial de la Armada, no estaba casado, todo fue una mentira. Había logrado llegar a su corazón—viéndola como nada más que un espectáculo pasajero para observar y manipular—y luego, una vez había terminado con ella, había tomado el corazón que se había ganado y lo había destruido.

Una vez más Kagome se sintió completamente estúpida. Se sentía estúpida por caer por él, se sentía estúpida por pensar que debía dejar su hogar y comenzar de cero. Se sentía estúpida por sentirse aceptada por estas personas que la habían usado para su propio bien. Miró la habitación a su alrededor—su amor por el mar estaba menguando mientras pensaba en todo lo que había pasado. Se sentía estúpida, especialmente por creer en ella misma, por ser engañada en creer en ella misma. Y lo odiaba por eso, odiaba a este pirata por lo que le había hecho.

Kagome cerró sus ojos, sintiendo las lágrimas comenzar a formarse tras sus párpados. "Hubiera sido mejor si nunca lo hubiese conocido," se dijo mientras las lágrimas empujaban contra sus pestañas. "Si todo esto aún fuera una idea romántica para mí, en vez de esta desastrosa realidad." Sintió su labio inferior temblar mientras las ideas la cubrían. "Te odio." Le dijo al Capitán en su cabeza. "Te odio por arruinar esto para mí, por mostrarme que soy solo una estúpida niñita con pequeños sueños estúpidos."

Levantando la mirada observó al pirata, culpándolo por todo lo que había salido mal, por cada ideal que había arruinado. Nunca había pensado odiar a un hombre por su posición en la vida o por las decisiones que tomara—pero ahora—veía a este hombre por lo que era. Era alguien que no se preocupaba por otras personas, no era mejor que un violador o un asesino, no se preocupaba por ella, no se preocupaba por nada además de sí mismo. La rabia se encendió de nuevo en su corazón—rabia dirigida a su propia ingenuidad. De nuevo tocó su hombro, la rabia construyéndose desde la ligera caricia de sus dedos en su carne marcada.

Fue entonces que Inuyasha la miró, sus ojos pasaron de sorprendidos a casi afligidos mientras veía su estado. Lentamente, retiró sus manos del escritorio, enderezando su espalda mientras la miraba con sus brillantes y aun cansados ojos dorados. "Estás despierta." Dijo suavemente, su voz ronca y extrañamente arrepentida mientras hablaba.

Kagome ignoró el tono, la rabia nublaba su percepción. Todo su odio elevándose dentro de ella, preparándose para liberarse en la insospechada víctima. "Qué me hiciste?" Le siseó, sus ojos llenos con furia mientras le mostraba la marca en su piel para que entendiera a lo que se estaba refiriendo.

Inuyasha no pudo evitar mirar la marca en su hombro aunque ya sabía a qué se refería. Su corazón se aceleró ante la vista, una pequeña parte de él, una primitiva parte de él, encontró la vista demencialmente deseable. Cerró sus manos en puños apretados mientras miraba la carne, al perro que lo observaba con los brillantes ojos rojos, una sonrisa casi aparecía en su hocico como si estuviera lleno de orgullo por haber sido puesto en una piel de porcelana tan delicada. El demonio dentro de él gruñó con placer, anhelando tocar el lechoso hombro blanco de Kagome, chupar el texto bajo la marca donde símbolos desconocidos se formaban pero, al mismo tiempo, el humano dentro de él se tornaba tranquilo, más contemplativo. El humano se sentía horrible, el humano entendía la mirada de rabia en el joven rostro de la chica—el humano se sentía igual solo que su rabia estaba dirigida a sí mismo. "Te reclamé." Finalmente respondió su pregunta, su voz la de su humano, llena de arrepentimiento.

"Me reclamaste?" Repitió ella, su rostro se contorneaba en una mirada de incertidumbre mientras lo observaba comenzar a pasearse de un lado a otro por la habitación. "Qué significa eso?" Aun si tuviera una buena idea, tenía que asegurarse de que entendía completamente lo que significaba ser 'reclamado.'

Inuyasha suspiró fuertemente, su caminar se detuvo lo suficiente para poder hundir su mano en su cabello. "Puse mi marca en ti." Dijo honestamente, su mano bajó de su cabello para alcanzar por un collar alrededor de su cuello, tocándolo nerviosamente. "Soy un demonio perro y marcamos a nuestras perras para que nadie más las toque. Es un reclamo físico, como un," Bajó la mano alrededor de la pequeña gema e hizo un leve gesto con sus dedos mientras pensaba, "Un anillo, es como un anillo de compromiso."

La habitación se quedó en silencio mientras la información llenaba el aire. "Un reclamo, como un compromiso?" Kagome trató de asimilar todo, "Eso significa que estamos comprometidos, una pareja?" Ella tocó la marca preguntándose si podría quitarse como un anillo de compromiso. Rápidamente, lo miró, creyendo que la analogía fuera literal; debía ser capaz de revocar el reclamo. "Quítalo." Dijo ella. "Si es como un anillo puedes quitarlo."

El Capitán dejó salir un profundo respiro que no había sabido había estado conteniendo. "No lo haré." Le informó severamente, su expresión una mezcla entre sentir pena y determinación. "Puede removerse pero no lo haré."

"Cómo te atreves!" Gritó Kagome finalmente, su coraje excedió cualquier temor que tuviera de él. "No soy una—una—" Ella apretó sus manos a sus costados tan duro que sus nudillos se brotaron antes de ser capaz de decir la palabra en voz alta. "Perra que puedas reclamar. Ahora quita este hechizo o lo que sea en este instante!"

Inuyasha la miró, sus mechones escondían sus ojos de su vista pero aún le permitió ver claramente. Había sabido que reaccionaría así, pero entendería, entendería por qué lo había hecho, podría encontrar las palabras para explicárselo?

"Deja de buscar evasivas y quítalo." Comenzó Kagome de nuevo no aceptando su pausa. "Solo, solo," cerró sus ojos fuertemente antes de gritar finalmente las últimas palabras. "Quítalo, bastardo!"

"Wow, no sabía que una dama podía usar ese lenguaje." Comentó Inuyasha secamente mientras la observaba resoplar en frente de él, su rabia irradiaba de ella en ondas. "Lo siento pero así es como tiene que ser," refunfuñó comenzando a pasearse una vez más, sus manos tras su espalda mientras se movía. "Eres mi perra."

"Perdón?" Preguntó Kagome levantándose, sorprendida que de aún no estuviera muy temerosa de él. "Cómo te atreves, no soy la perra de nadie."

"Tenía que ser de esta manera, tenía que reclamarte." Dijo él mientras colocaba una mano en su cabeza, frotando sus sienes una vez más. "Esto no está resultando como quería." Pensó deteniéndose de nuevo junto a su escritorio, apoyando su espalda contra él y cruzando sus brazos sobre su pecho mientras la observaba.

"Tuviste que hacer esto?" Siseó ella entre dientes, su rostro contorneado en una mirada de puro disgusto. "Tenías que tomar tus desagradables colmillos," Mordió la palabra como si quisiera comérsela. "Y morder mi piel," lo señaló, su dedo temblaba mientras lo hacía. "Para marcarme como un bárbaro?"

Algo en su tono, en su rabia alcanzó su sangre de demonio y presionó sus raídos y frágiles nervios. Incapaz de detenerse, volteó sus ojos hacia ella, la rabia lo inundaba comenzando a alcanzar su punto de quiebre. "Por qué no entiende." Sintió las palabras borbotear en su interior, el demonio en él gruñía y suplicaba por tomar el control. "Hice esto por ella, por su protección!" La parte racional de su dolor sabía que como humana, Kagome no entendería por instinto el propósito de semejante marca pero el lado irracional, el lado que estaba asustado de que no lo aceptara por ser prejuiciosa, estaba lejos de llegar a entender eso.

"Escucha, perra," Él escupió las palabras mientras se alejaba del escritorio. "Lo hice para protegerte!" Una combinación de su miedo por su seguridad y su completa rabia sacaba lo mejor de él mientras continuaba gritando. "Con esa marca estarás a salvo en este barco, sin que los hombres te violen," dio un paso hacia ella puntualizando sus palabras con cada paso. "Te maten, te usen como quieran y no hubiese nada," Él acentuó la palabra alcanzando el extremo de la cama. "Que pudiera hacer sobre eso."

Kagome sintió su boca cerrarse ante sus palabras mientras miraba su rostro, viendo la rabia y la angustia en sus ojos. No se veía más humanoide, se veía salvaje, indomable y exótico. Su cabello estaba erizado como un perro cuando era acorralado y sus ojos estaban dilatados, su boca abierta jadeando, su amplio pecho moviéndose con cada respiro profundo.

"Entiendes?" Habló, su voz baja mientras se inclinaba hacia ella, sus penetrantes ojos dorados taladraban su alma.

Girando su cabeza a un lado, intentando alejarse de él, Kagome selló sus labios fuertemente y le dio un corto movimiento de cabeza.

Inuyasha la observó asentir y se sintió relajar un poco, estaba aceptando sus palabras, esa tenía que ser una buena señal. Por dentro, el humano rugió triunfante, algo de su esperanza regresó mientras el demonio gruñía de placer, reconociendo que su potencial compañera estaba comportándose apropiadamente. Inuyasha tragó ante la sensación, ese demonio estaba rogándole, diciéndole hacer un movimiento. "No," le dijo forzadamente, "Ella no es nuestra perra."

"Lleva nuestra marca."

"Cállate." Le dijo Inuyasha sin darse cuenta que había hablado en voz alta y gruñó haciendo que el aroma de Kagome se llenara con temor. Instantáneamente, se calmó, intentando desesperadamente controlar su temperamento, no habría esperanza si no se controlaba.

Kagome observó esta batalla atravesar su rostro, no entendiéndolo del todo. Pero entonces, la miró y por un momento vio una mirada que no pudo reconocer. Era como si estuviera mirándola con misericordia, con deseo, con necesidad, con rabia, con odio por sí mismo y con lujuria, todo al mismo tiempo. Pasó por su rostro rápidamente y le gruñó, su expresión cambió a un profundo frunce. Pensó en alejarse de él en la cama pero se detuvo cuando su expresión cambió de nuevo a algo, pensativo y reflexivo.

"Por qué estás en mi barco?" Preguntó él, un frunce en su rostro pero con calidez en sus palabras mientras intentaba ignorar la batalla dentro de él.

Sintiendo latir su corazón contra sus costillas, Kagome clavó sus dedos en la sábana roja y respondió tratando de sonar arrogante y valiente pero falló. "Hui de mi casa."

"Lo supuse," le dijo él mientras se enderezaba alejándose, la gema captó su atención por un segundo cuando se movió en su cadena de oro, "Pero por qué lo hiciste?" La miró a los ojos, desviando su atención de la joya blanca en su cadena.

Parpadeando unas pocas veces, pensó en su pregunta, preguntándose en realidad qué responder. "Estoy aquí," susurró ella, su voz insegura al principio antes de tornarse extremadamente franca. "Porque no quería estar allá. Imaginé que cualquier lugar era mejor que allá." Continuó, su voz fuerte mientras lo miraba, su anterior frunce regresó con facilidad. "Solo que no esperaba estar rodeada de piratas."

Inuyasha la miró inseguro, el miedo se albergó en su pecho recordando lo que Sango y Miroku habían dicho sobre esta joven de nunca ser capaz de aceptarlos porque eran piratas. Qué si Kagome Dresmont lo odiaba, lo odiaba porque él era un pirata? Qué si esta chica era tan pequeña, tan superficial que cambiara todas sus opiniones sobre él, sobre Sango y sobre Miroku simplemente porque eran piratas. "No," se dijo. "Ella no las cambiaría solo por eso, verdad?" Parte de él dudaba de ella y creía que solo era una chica de sociedad para cambiar sus opiniones basadas en su actual ocupación pero, en el fondo de su mente sabía que podría no ser su única razón. Encima de mentir sobre ser un oficial de la Armada, la había lastimado tanto física como mentalmente que ahora lo odiaba. A pesar de ese conocimiento, no sacudió la sensación de temor que se colaba en su alma, la sensación de que era prejuiciosa, de mente estrecha y llena de odio infundado. Inuyasha apretó sus dientes, era una sensación que quería destruir desesperadamente.

Con un profundo respiro, comenzó a construir una ceñida barrera entre él y la Srta. Dresmont, solo en caso de que su temor fuera notado. Era un comportamiento subconsciente que había aprendido tiempo atrás, destinado a guardarlo y protegerlo de los incontables traumas emocionales que había enfrentado desde que había llegado gritando al mundo, un infante recién nacido ya odiado por todos. Frunció ante la idea y dio otro paso hacia ella, la estrecha mirada en su cara se tornaba más profundamente incrustada en su piel protegiéndolo como un foso protege a su rey. "Qué esperabas?"

"Esperaba lo que vi antes." Respondió ella arrogante mientras cruzaba sus manos sobre su pecho. "Los engañaste a todos, llamándote un oficial de la Armada," lo miró, lágrimas amenazaban sus ojos pero las ignoró. "Vestido en ropa de marino, hablando como un hombre educado, y mentiste," pausó y se tragó la palabra como si la hiciera desaparecer. "Mentiste sobre tu estado civil."

"Y qué?" Respondió Inuyasha, el frunce aún en su rostro mientras todo su cuerpo parecía tensarse como si estuviera listo para saltar.

"Y qué?" Dijo ella enojada incorporándose en la cama. "Y qué es todo lo que puedes decir? Hay un gran qué, uno gigante. Si hubiese sabido que eras un pirata egoísta nunca hubiese subido a bordo!" Su rabia sacó lo mejor de ella mientras hablaba pero no le importó. "Eso es todo lo que eres, un pirata rebelde sin respeto por las personas, las leyes o el orden." Comenzó a levantarse de la cama, gritando mientras apoyaba sus pies en el piso para ponerse de pie finalmente, alta y fuerte ante él. "Entraste a nuestro pueblo disfrazado de la Armada de la corona y le mentiste a todos como si tus palabras significaran nada para ellos, como si ellos significaran nada para ti." Kagome estampó un pie en el suelo tan duro como pudo, cerrando sus ojos mientras sacudía de un lado a otro su cabeza con rabia. "Solo eres una escoria pirata."

Así que esto era, pensó Inuyasha para sí, todos habían tenido razón sobre ella. Kagome Dresmont no era diferente a cualquier otra chica de Port Royal, aun si le gustara el mar, aun si amara navegar, era una llorona mujer de sociedad, una niña que les temía a los piratas, que lo odiaba. Sus ojos se entristecieron por un momento mientras pensaba en eso, ella nunca podría estar con un pirata, lo veía como nada más que una escoria mentirosa. Resopló ante la idea—tratando de apagar sus propios sentimientos de decepción. En vez de eso, dejó que la decepción se volviera rabia, rabia y vergüenza. Había pensado que le gustaba a esta chica por quien era pero al final, como todas las demás en su vida, una vez que había sabido la verdad lo había rechazado, lo había odiado. Instantánea, subconscientemente, su mente peleó por protegerlo de otro rechazo, haciéndolo reaccionar con rabia antes sus odiosas palabras.

"Bueno, siento no haber querido entrar a un puerto con la bandera pirata." Dijo sarcástico mientras caminaba hacia la ventana al fondo de su habitación, su corazón retorciéndose en su pecho, era una indicación silenciosa—la única indicación—de que Inuyasha estaba angustiado. "Supongo que querer vivir es más importante para mí que la sinceridad."

Kagome casi fue tomada por sorpresa por este nuevo sonido de rabia en su voz pero inmediatamente reaccionó a ello con la propia. "Mentiste sobre todo, cosas importantes, cosas más importantes que tu mascarada como un oficial de la Armada."

Inuyasha no pudo detenerse de sonreír forzadamente, al menos entendió bien la parte de la mascarada.

"Pretendiste que te gustaba." Acusó ella, su cuerpo destelló con dolor y rabia por un segundo haciendo pausar a Inuyasha. Se dio la vuelta para mirarla, mirar esos ojos grises tan llenos de una emoción que no podía ubicar pero tan pronto como esa emoción había alcanzado la realización, desapareció, reemplazada por un odio innegable. "Y entonces resultó que," habló suavemente, su voz llena con veneno. "Solo eras otro pirata mentiroso, horrible y asesino."

Inuyasha la miró y sintió su corazón desplomarse en su pecho pero hizo a un lado la sensación. No había forma de negarlo: Kagome Dresmont lo odiaba. Era tan evidente en su voz, tan evidente en el hecho de que no podía admitirle que no había sido fingido. Sabía que si lo admitía ahora, probablemente se lo rechazaría en la cara, le diría que eso no importaba más porque era un pirata: un pirata mentiroso, horrible y asesino. Inuyasha sintió al humano en él hacerse más y más pequeño, volviéndose una suave voz al fondo de su mente. Era una voz que estaba dolida, destrozada. "La Srta. Dresmont nos odia," decía esa pequeña voz mientras lentamente se desvanecía en nada. "Ella nos odia como todos los demás, nuestra familia, demonios y humanos. Nos odia por lo que somos." Inuyasha casi pudo ver al pequeño humano, sentado en el rincón proverbial de su mente, rodillas en pecho, diciendo una y otra vez. "Ella nos odia."

"Lo sé." Dijo Inuyasha en voz alta, en acuerdo con ese producto de su imaginación (si eso era lo que realmente era).

Kagome se giró hacia él, "Qué?" Preguntó bruscamente, su rostro mostraba algo de confusión.

Inuyasha la observó por un momento, sus ojos nublados, parecía como si el humano dentro de él se volviera tan pequeño que no podía escuchar más su suave voz. Sin embargo, el demonio se levantó para la ocasión, asumiendo la parte que el humano había dejado atrás. "Siento cualquier inconveniente." Respondió cortamente, casi gruñendo.

Kagome frunció y se alejó ante las palabras. "Este es su verdadero ser?" Ella se aferró a su chaqueta, cerrándola en frente de su pecho, intentando esconder los botones rotos y su piel. Esta no era la reacción que había esperado cuando le había preguntado a Inuyasha si había fingido su atracción hacia ella. En realidad, no estaba segura de qué debió haber esperado pero una parte había esperado que dijera que en verdad le gustaba y que no había sido un juego enfermo o una interpretación digna de un premio. "Al final," se dio cuenta, "No era nada más que un juego, una mentira, una interpretación—un juego que terminó con el premio de mi corazón destrozado." Mirando sus pies, su dolor se asentó en su pecho mientras hablaba suavemente. "Sólo déjame en Charleston."

Inuyasha gruñó por lo bajo en su garganta mientras cruzaba sus brazos sobre su pecho. "No puedo hacer eso."

Kagome prácticamente siseó y marchó hacia él, completamente sin miedo. Fue una acción extraña, pensó Inuyasha. "Entonces ahora que estoy aquí vas a usarme." Acusó ella deteniéndose a unos preciosos pies de él, sus manos en sus caderas mientras lo miraba. "Me marcaste como una perra demonio, así que ahora soy tu perra? Bueno, tengo malas noticias para usted Capitán Smith—"

"Mi nombre es Inuyasha, recuerdas?" Interrumpió él, sus ojos vacíos de cualquier emoción haciéndolo parecer casi despreciativo. "Smith es un nombre falso, querida mía."

Kagome quería gritar. Primeramente porque había olvidado la declaración anterior, segundo porque era otra cosa en la que había mentido y tercero por la palabra 'mía'. "Yo no voy a ser tu nada!" Le gritó ella, su rostro enrojecido por el esfuerzo. "Te odio; te odio; te odio, maldito pirata." Todo su dolor salió mientras gritaba, las palabras brotaban de ella mientras la sensación de traición, la sensación de dolor y vergüenza, la golpeaba con total fuerza mientras clavaba un dedo en su pecho, tocándolo con cada sílaba. "Así que me dejas en Charleston o juro que—" Ella se paralizó cuando Inuyasha reaccionó de repente, alcanzándola y agarrando su mano, sosteniéndola entre sus apretadas garras.

Inuyasha sintió la rabia en su corazón comenzar a aumentar mientras sostenía su mano, el gesto electrizante y nauseabundo en su estómago. A él en verdad le había gustado esta chica y aun—su más grande temor se hacía realidad. Las mujeres no se metían con piratas, a las chicas no les gustaba el tipo pirata, e incluso a una chica como Kagome que le gustaba el mar nunca le gustaría vivir en el mar como un pirata. Ella mantenía un interés romántico en el mar, viéndolo como un lugar hermoso, el lugar de novelas baratas que las mujeres leían con frecuencia cuando sus esposos estaban en el trabajo y no había niños en la casa.

Miroku y Sango habían tenido razón—habían tenido mucha razón y él había sido el tonto más grande de todos por pensar que le gustaría a esta joven aun después de descubrir la verdad detrás de él y su tripulación. Había sido un tonto al pensar que ella estaría bien con él mintiéndole, con él pareciendo encenderla, con él marcándola contra su voluntad—en verdad no podría culparla por odiarlo pero aún, dolía. Realmente quería decirle, decirle que no había querido decir esas duras palabras, que en verdad lo había hecho todo por lo mejor—pero no escucharía, sabía que no lo haría. Él no era más que un pirata mentiroso, asesino, violador, una escoria ante sus ojos.

"Escucha, Srta. Dresmont." Dijo él, su voz como ácido mientras su rabia por la situación se descargaba en ella. "No puedo dejarte en Charleston porque no vamos a ir a Charleston y a menos que quieras que te deje en uno de los puertos piratas más finos y sórdidos en el mundo, podrías querer cerrar tu maldita boca."

"No tienes derecho." Dijo Kagome, sus ojos llenos hasta el borde con furia. "Demando—"

Inuyasha soltó su mano y en vez, decidió agarrar sus hombros interrumpiendo sus palabras, su propia rabia finalmente salió de su corazón como un torrente. Se sentía disgustado consigo mismo, le había gustado la chica que odiaba lo que era en realidad—simplemente lo odiaba porque era un pirata, le hablaba como si fuera basura. Brevemente se preguntó si ella lo odiaría aún más si le admitiera que también era un híbrido (en más de una forma). No había querido saber lo que pensaría de él entonces. Con esa idea en primer plano en su mente, tomó una decisión—si ella quería un asqueroso pirata con mala actitud entonces eso era lo que iba a tener.

Resuelto, apretó su brazo fuertemente con una mano, mientras la otra iba a su mentón antes de mirarla directo a sus ojos, haciendo a un lado sus pensamientos para la presente conversación. "Mientras estés en este barco harás lo que yo diga." Le dijo firmemente, sus ojos llenos de resentimiento. La vista hizo a Kagome perder cualquier confianza que se hubiese tenido. "Así que cállate." Susurró bruscamente. "Te he marcado como mía." Asintió hacia su hombro. "Así que estarás protegida en este barco. Pero si haces tanto como pisar fuera de la raya, removeré la marca y te dejaré a la tripulación o—" Él se inclinó y lamió su mentón levemente, el sonido de su corazón saltándose un latido emocionó sus oídos. "Te castigaré." Se separó de su mentón y besó un rastro desde su quijada hacia su oído.

Con cuidado, se permitió disfrutar de ella una última vez, dejando que su sangre demonio finalmente tomara el control como había querido, así fuera levemente y solo por un minuto. El demonio en él aulló con victoria, feliz de haber decidido finalmente dejarlo con la chica. Después de todo, había puesto un reclamo en ella, el cual hizo que su lado demonio se encendiera ante la idea de poner la marca de pleno derecho en su cuello. También sería una buena amenaza—la amenaza de tener sexo con ella—aun si él nunca hiciera tal cosa, ayudaría a probar un punto y de una forma extraña la protegería más. En tanto como ella lo escuchara, podría protegerla pero si no—temía de lo que podría pasarle en un barco pirata. Aun cuando no pudiera prevenir todos los daños. Así que tal vez, si tenía una amenaza apropiada, ella escucharía y permanecería a salvo. Con esa idea. Besó el lugar bajo su oreja, maravillándose con el aroma que permanecía ahí, su aroma natural.

Kagome sintió su cuerpo encenderse ante el contacto, todos sus deseos sexuales que se habían formado por este hombre en Port Royal traicionaron la forma como se sentía ahora. Gimió involuntariamente cuando sus labios llegaron a su oreja y la chupó levemente y le permitió a su cuerpo doler por él cuando lo sintió morder el lóbulo de su oreja antes de lamer su borde. Regresó su lengua a su mandíbula: la sensación creó una extraña emoción entre sus piernas, un ardor que hizo encrespar sus pies y dedos. De repente, él se separó y la miró atrapando sus ojos con los suyos y sonrió mientras rozaba una mano sobre su mejilla. Volviendo en sí, ella levantó una mano para abofetearlo pero él la atrapó fácilmente entre sus ágiles dedos haciéndola entrar en pánico e intentar zafarse pero él la detuvo con un fiero gruñido. Temblando, miró su rostro y se estremeció cuando notó el tono rojo en su mirada normalmente dorada. Le sonrió y llevó su mano hacia su cadera acariciándola gentilmente.

"Este será tu castigo," le susurró dejando a su lado demonio actuar por impulso, agarrando su trasero y halándola hacia su cuerpo.

Ella jadeó cuando sintió algo tocarla, era duro y firme en su estómago y de cierta forma sabía lo que era sin tener que verlo. Él se rozó contra ella por un segundo y Kagome sintió su cuerpo encenderse ante la sensación. No estaba segura de dónde provenía la sensación pero sabía exactamente lo que estaba causándola. Se separó y ella gimió desesperadamente deseando sentirlo aún más cerca.

"Aunque no creo que sea mucho castigo," él movió su mano tras ella, de nuevo sus dedos rozaron su trasero. Kagome se estremeció ante el contacto e involuntariamente cerró sus ojos mientras su mano regresaba a su cadera, su pulgar acariciaba gentilmente contra la tela de su chaqueta. Parte de Kagome quería que la halara contra él una vez más y se decepcionó cuando no lo hizo, en vez, eligió inclinarse y susurrar en su oído. "Creo que lo disfrutarías." Después de soltarse de ella, Kagome cayó al suelo instantáneamente.

Ella se sentía sofocada y acalorada y fue el conocimiento de esa sensación lo que la hizo darse cuenta de lo que él estaba haciendo. Aun cuando nunca hubiese tenido sexo en su vida, había escuchado de sus amigas lo que era. Habían hablado de eso después de casarse o mejor, todas se habían quejado de eso. Le habían dicho que dolía y era aburrido y que era repugnante y doloroso cuando sus esposos las tocaban.

Kagome miró al Capitán y sintió golpearla una nueva ola de calor, nada de lo que había hecho había dolido o había sido aburrido o repugnante. De hecho, cada acción había sido lo opuesto y esa realización fue lo que la hizo sentir asquerosa y caliente al mismo tiempo. Envolviendo sus brazos para rodearse, cerró sus ojos fuertemente, su voz temblaba mientras hablaba. "Aun sería violación." Dijo sin atreverse a mirarlo. "Tu castigo aun sería violación."

El demonio Inuyasha olfateó el aire, captando la señal de una mujer excitada. "No puedo violar la disposición."

Los ojos de Kagome se abrieron de golpe y lo miró en completo odio levantándose temblorosamente sobre sus pies y alejándose de él mientras envolvía sus brazos más fuerte a su alrededor. Su rostro estaba dispuesto en una delgada línea mientras abría su boca para hablar. "Yo nunca querría dormir contigo."

Inuyasha dio un paso hacia ella y ella se sintió llenarse de temor. Retrocedió y encontró su parte trasera alineada con una mesa, mirando atrás notó las cartas de navegación y mapas y la silla del escritorio—tragó, no había a dónde ir.

Ella lo miró justo a tiempo para quedar cara a cara con sus ojos dorados—se veían diferentes a como habían sido momentos antes, el rojo no dominaba más su visión, solo puntos a los lados. Colocó una mano a su lado, firmemente en el escritorio, y se inclinó. Su corazón palpitaba rápido en su pecho mientras levantaba una mano y tocaba gentilmente su corto cabello. Agachándose, besó sus labios tan ligeramente y Kagome se obligó a no disfrutarlo. Él se separó y la miró mortal a los ojos, sus ojos tomaron un tono diferente—eran casi gentiles, el rojo ahora se había ido completamente de su vista mientras suspiraba y tocaba su mejilla gentilmente, casi parecía arrepentido de sus acciones. Lentamente, juntó sus frentes y la respiración de Kagome se atascó en su garganta. Cada roce de la mano, cada beso y caricia, todo lo que le había hecho sentir no alcanzaba a ser lo que esto la hizo sentir. Esta simple acción hizo latir su corazón más rápido, la hizo sentir como si estuviera cometiendo un enorme error—como si lo hubiese leído completamente mal.

Estaba tan absorta en esa idea que saltó ante la sensación de su respiración rozando su piel cuando comenzó a hablar de nuevo.

"Yo nunca te haré hacer algo contra tu voluntad." Declaró suavemente separándose y besando su cabeza de la misma manera que la última vez que habían estado en esta habitación. "Soy mejor que eso."

Los ojos de Kagome se fruncieron confundidos. Él la había amenazado, dándole avances y aun, estaba declarando que nunca haría nada que ella no quisiera. Por qué diría tal cosa? Cuál era la faceta del Capitán? La había lastimado, le había mentido sobre él, había torturado su corazón, había apoyado su cabeza tan íntimamente contra la suya y luego besado su frente como si fuera una joya sagrada. "Capitán—" Susurró ella suavemente.

Rápidamente se separó, maldiciéndose por la declaración, por la forma en que había perdido el control. Mentalmente se reprendió, queriendo saltar sobre la borda para que el agua pudiera enfriarlo. "Qué demonios estoy pensando?" Se preguntó mientras su aroma de excitación, confusión y temor arruinaba su mente. Nunca en su vida había perdido así el control, nunca su demonio había despertado a esa extensión. Aun podía sentirlo, el demonio dentro empujaba sus sentidos.

"La deseo." Decía una y otra vez, rogándole por el control.

"Nunca debí haberla marcado," refunfuñó internamente pero al mismo tiempo sabía, que era su única opción. Ella estaría a salvo con su marca, bajo su protección, nadie la tocaría, "Estará a salvo, estará a salvo de todos." Lamió sus labios, una extraña realización lo perseguía. "Pero puedo mantenerla a salvo de mí?"

Ignorando esa incómoda idea, se alejó de ella y comenzó a dirigirse hacia la puerta no deseando estar más en la habitación con ella. Pero antes de que pudiera llegar a la puerta, antes de poder alejarse de la ventana en la que estaba actualmente, un aroma golpeó su nariz, un aroma familiar. Lo conocía bien, de hecho lo había olido en más de una ocasión de dos mujeres muy importantes para él. Sango había olido así con frecuencia durante su primer año con ellos pero entonces se había declinado gradualmente dejándole un olor natural a naranja que nunca se fue. Su madre, por otro lado, con frecuencia había olido así durante su niñez que algunas veces era difícil para él recordar cuál era su aroma natural. Especialmente en la noche su nariz había sido plagada por ese aroma emanando del cuerpo de su madre hacia el suyo mientras compartían una cama.

Frunció profundamente ante la idea, levantando una mano hacia la gema que descansaba en su pecho, recuerdos de ella y ese aroma en su nariz hicieron que sus ojos ardieran solo por una fracción de segundo. Apretó sus dientes forzando lejos el recuerdo y apretó fuerte la gema antes de soltarla de su mano por temor a romperla. Rebotó contra su pecho y ardió momentáneamente mientras levantaba su mano para tocar su lisa superficie una vez más. Solo por un momento, no se encontró pensando en su madre o Sango sino en algo lejano de su mente que no podía localizar. Se sentía como si hubiese otra instancia donde hubiese olido este aroma pero qué o cuándo o quién, se le escapaba.

Retirando su mano de la gema contra su pecho, Inuyasha cerró sus ojos asimilando ese inequívoco aroma de infelicidad pero no cualquier infelicidad, del tipo que viene de un dolor profundamente arraigado, el cual nunca pudo ser apropiadamente curado. Con ese aroma en su nariz, se giró y la miró asimilando su cuerpo pequeño y quebrado que estaba en el piso. Una mano soportándola y la otra cerrando el frente de la chaqueta que aún colgaba abierta, la camiseta blanca debajo justo tan traslúcida como había estado en cubierta pero no podía permitirse mirar, mucho menos disfrutar descarado la vista de su pecho a través de la prenda. En vez, miró a un punto, sabía que lo necesitaba, miró su rostro, miró sus tormentosos ojos grises, lluvia parecía caer de esa tormenta.

"Qué quieres de mí?" Sus palabras salieron tan suaves que él tuvo que inclinar sus orejas para escuchar pero al final eligió no escuchar.

En vez, miró por la ventana observando el mar mientras el barco continuaba moviéndose por la costa. Notó una manada de delfines detrás del barco, danzando y jugando en las olas que creaba el barco, la vista lo hizo sonreír levemente. Podía escucharlos, hablando el uno con el otro con pequeños chasquidos y ladridos como los de perro. Un amigo suyo, un demonio nutria, alguna vez le había dicho por su propio requerimiento (o mejor el requerimiento de un Miroku curioso de ocho años) que los delfines eran muy graciosos al hablar, inteligentes e ingeniosos. Tuvo que tomarle la palabra a su amigo, después de todo, él solo podía hablar con perros y ciertas razas de lobo.

Inuyasha desvió sus ojos de la manada y miró a Kagome quien aún estaba sentada, observando en silencio, esperando una respuesta. Suspiró ante la mirada en su rostro, sabiendo que no tenía una en realidad, no sabía qué quería de ella.

"La deseas."

Susurró el demonio dentro, él eligió ignorarlo. Tal vez la deseaba, su humano y su demonio. Esa fue una primicia para él, una absoluta primicia, usualmente el demonio solo querría un rápido revolcón en el heno y el humano quería hablar y coquetear pero en el momento, el humano en él y el demonio habían llegado a un mutuo entendimiento—ambos querían a Kagome Dresmont en cada forma posible.

Inuyasha sacó la idea de su cabeza, aún si la quisiera, no podría tenerla—ella lo había dejado perfectamente claro. Con ese último pensamiento, miró a Kagome, era momento de preguntarle lo que siempre había querido.

"Tiene algo por qué vivir, Srta. Dresmont?" La pregunta parecía extraña.

Kagome frunció sus ojos, olvidando completamente su anterior pregunta, en vez, se enfocó en esta. Ella había escuchado en las leyendas y en las historias para dormir que el temido pirata Capitán Inuyasha siempre le hacía esta pregunta a alguien antes de matarlo y su respuesta era la diferencia entre continuar su vida y terminar su vida. "Tengo algo por qué vivir?" Se preguntó mientras miraba el duro piso de madera pero un segundo antes, se giró y lo miró, sus ojos en él, mirándolo, esperando en él que apareciera. Sacudió su cabeza después de un momento y miró al piso una vez más, la mano apoyándola se abrió para tocar la lisa superficie con la palma antes de mirarlo con convicción. "Usted, Capitán Inuyasha?"

Los ojos de Inuyasha se abrieron, se sintió como un pez fuera del agua. Nadie le había preguntado tal cosa. Nadie lo había cuestionado con su propia pregunta. Mirándola ahora se dio cuenta cuál era su respuesta y lo asustó—por completo lo hizo sentir inseguro y aterrorizado. Manteniendo ahogada esa sensación trató de encontrar una respuesta ingeniosa a su pregunta, trató de encontrar alguna forma de responderle pero sin importar lo mucho que intentó no pudo pensar en una simple cosa además de la conclusión que estaba rondando en su cabeza—lo que nunca querría decirle en voz alta a ella ni a nadie.

Kagome sonrió forzada y lo miró con ojos determinados. "Si no puede responder su propia pregunta," dijo ella con una convicción que casi temió. "Entonces por qué debería hacerlo yo?"

Ganando algo de compostura, respiró profundo y le sonrió. Ella se echó un poco para atrás un poco confundida ante su repentina confianza y observó mientras caminaba hacia ella. Alcanzándola, la presentó con su mano, ofreciéndola de tal manera que no pudo rechazarlo. Titubeante, la alcanzó y le permitió a sus callosos dedos envolver los suyos para ponerla de pie en un dulce movimiento. "Ganas esta." Concedió él y para su sorpresa besó sus nudillos gentilmente, sus labios tocaron su piel tan ligeramente que estaba casi segura de que nunca pasó. "Srta. Dresmont." Se separó, tocó su corto cabello y sintió una punzada ante la vista. "Por qué cortaste tu cabello?" Preguntó de repente.

Ella alcanzó y tocó los cortos rizos, un rubor se formó en sus mejillas por el beso mientras desviaba su mirada. No podía creer lo que había hecho y a pesar de su rabia hacia él, encontró que no pudo negar la sensación. No podía pelear contra ella. "Quería mezclarme para no ser descubierta."

Él aceptó la respuesta con un bufido. "Mejor suerte la próxima vez." Caminó hacia la puerta, queriendo alejarse de ella ahora más que nunca. El suave beso que le había dado a su mano había reiniciado muchos sentimientos en su mente humana y el hecho de que no lo rechazara lo hizo aun peor. Tal vez, podría recuperarla—con el tiempo cambiar su opinión sobre piratas. Rió internamente para sí, preguntándose cómo podría ser tan optimista.

"Sí, la próxima vez." Dijo ella en una pequeña voz.

Sus orejas se movieron en su cabeza tratando de captar sus palabras y Kagome las vio moverse por primera vez. Sintió toda su mente en blanco ante la vista. Sencillamente eran las cosas más tiernas que haya visto en su vida. La urgencia por tocarlas se disparó dentro de ella como un virus, la urgencia de ver si realmente estaban cubiertas de pelo la sacudió en cada rincón. Quería correr desesperadamente hacia él, para tocar esas orejas, acariciarlas, mientras sus labios tocaban los suyos, mientras sus manos recorrían su espalda y bajaban más hacia su—

Los ojos de Kagome se abrieron ante sus pensamientos y se sintió furiosa consigo misma. Ella odiaba a este hombre, este hombre era un pirata que la había marcado en contra de su voluntad y había amenazado con violarla por alguna desobediencia que le demostrara. Kagome lo miró y trató de ver al hombre de Port Royal pero él era muy diferente de este hombre frente a ella—todo en él era diferente, no sólo las adorables orejas.

Mirándolo ahora, pensó divertido que hubiese reconocido tan fácilmente al Capitán sin el uniforme de la Armada. Con su largo cabello y orejas no se veía como el mismo hombre, que había usado la peluca y el sombrero de tres puntas. De hecho, se veía casi como una persona completamente diferente, especialmente con el cambio de ropas en mente. Y aun, notó, había sabido quien era de inmediato, aun antes de que hablara en cubierta. Al segundo de haberlo visto, al primer momento cuando lo había mirado, había sido capaz de decir quién era el hombre de chaqueta roja. "Me pregunto por qué, por qué pude reconocerlo si se ve tan diferente?"

Inuyasha pausó comenzando a buscar el picaporte y se giró para mirarla a los ojos una vez más para ayudarlo a ganar su punto final, "Quédate en la habitación donde estás a salvo."

Mientras, sus ojos la penetraban sumergidos en cómo lo había reconocido sin haber visto otras características o incluso escuchado su voz. "Sus ojos, fueron sus ojos. Esos ojos color miel—los reconocería a millas."

Sin molestarse en obtener una respuesta de Kagome, Inuyasha agarró el picaporte y lo giró con un mecánico chasqueo antes de salir de la habitación, la figura de un hombre más pequeño lo rodeó sin molestarlo mientras desaparecía en el corredor.

"Srta. Dresmont?" Preguntó el hombre mientras entraba en la habitación, asimilando la vista de la Kagome aún sorprendida. "Oh Dios mío, Srta. Dresmont!" La voz repitió su nombre desviando la atención de Kagome hacia el hombre que era la Sra. Smith o a quien le habían presentado como la Sra. Smith.

Viendo el reconocimiento en el rostro de Kagome, la mujer la envolvió en un fuerte abrazo, diciendo las palabras 'lo siento' una y otra vez pero Kagome no estaba escuchando, ella aún estaba mirando la puerta cerrada preguntándose qué tipo de hombre era el Capitán en realidad. Él no era el hombre de Port Royal pero no negaba que siempre había verdad en la ficción, un indicio de verdad siempre existe en la falsedad. Este hombre pudo haber estado actuando pero incluso los actores interpretaban las partes que mejor se le ajustaban.

Entonces quién era él? Quién era el Capitán Inuyasha, qué tipo de hombre era él? Era el Inuyasha de los cuentos y las historias para dormir o era el hombre que sostuvo su mano, bailó con ella, habló del mar?

"Soy mejor que eso."

Las palabras hicieron eco en su cabeza mientras la mujer la abrazada fuertemente y se disculpaba una y otra vez, su voz amortiguada por el hombro de Kagome mientras lloraba. El sonido de esas lágrimas debilitó toda la resolución de Kagome mientras encontraba sus propios brazos envolviéndose alrededor de la desconocida, aferrándose a ella mientras se abrían las compuertas y Kagome se permitía llorar y preguntarse si el Capitán Inuyasha sin duda era un mejor hombre.

Fin del Capítulo

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Nota de Inu: Hola a todos! Espero se encuentren muy bien. Antes que nada quiero pedirles disculpas por la demora en actualizar esta historia pero en verdad han sido dos semanas tremendas para mí y mi familia con la salud de mi hermana, además de dejar en pausa el trabajo para atenderla y ayudarla me ha tenido corriendo de un lado a otro y viviendo más en su casa que en la mía, jejeje. Pero bueno, muchas gracias por la paciencia, por el apoyo y me alegra enormemente que siempre estén pendientes y esperando por más, espero que este capítulo haya valido la espera porque en verdad esto se pone intenso y emocionante. Un millón de gracias a su autora por haber creado una historia tan maravillosa como esta y a ustedes por su tiempo para leerla y disfrutarla tanto como yo. Hasta la próxima!

PD: Mil disculpas por los errores que se me puedan escapar, jejeje…