SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

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Capítulo Catorce:

Shippo, el Grumete

Kagome tragó y se acercó más a Inuyasha mientras caminaban por una concurrida calle. Parecía como si la cantidad de borrachos en el pueblo se hubiese duplicado en los minutos que habían estado caminando y ahora se encontraba rodeada por una formación de hombres intoxicados que no podían mantenerse de pie, mucho menos caminar. Tragó cuando notó a un hombre bocabajo en una canal, no estaba moviéndose, no parecía estar respirando.

Mirando al Capitán desde su lugar a unos pies a su lado, observó sus ojos, intentando ver si había notado al hombre inmóvil. Los ojos del Capitán no vacilaron, sin embargo, continuaron mirando adelante, sus ojos de vez en cuando se movían de un lado a otro. Ella miraba al frente, intentando determinar hacia dónde estaba mirando mientras sus ojos se movían de un lado a otro por la calle. Suspiró, incapaz de seguirle el paso, era absolutamente imposible, él podía mirar los alrededores demasiado rápido para ella seguirlo.

Doblaron una esquina, bajando por una calle que sobresalía de la calle principal. Era casi como un callejón, los edificios no más de cinco pies separados. La simple idea hizo tragar a Kagome, no el hecho de que los edificios estuvieran tan cerca sino el hecho de que entre más cerca estuviera un edificio a otro, más cerca era obligada a caminar del Capitán Inuyasha.

Se sonrojó cuando sintió su hombro rozar contra el suyo, el contacto, aunque mínimo, la hizo estremecer—acalorándola hasta el estómago. Miró al Capitán por el rabillo de su ojo, buscando ver si también había vacilado por el contacto. Su rostro no mostraba nada, mucho para su decepción y se giró, justo a tiempo para tropezarse por las botas de su padre que eran muy grandes. Desesperadamente trató de mantener su equilibrio y lo logró solo para golpear su pantorrilla en un barril en frente de una tienda que estaban pasando.

"Ouch!" Siseó ella mientras hacía por agarrar su pantorrilla adolorida solo para darse cuenta que la acción de consolar su golpeado cuerpo le había causado perder el equilibrio. Se sintió comenzar a caer de frente e hizo una mueca esperando por el impacto del barril en su frente. "Esto va a doler." Pensó y entonces se sintió confundida cuando el dolor nunca la golpeó.

Abriendo sus ojos en confusión llegó a ver el barril en frente de ella, como lo había esperado, pero en vez de estrellar su cara se encontró suspendida, como si el tiempo se hubiese congelado antes de hacer contacto.

"Torpe."

Ella escuchó la profunda voz del Capitán y con ese sonido en sus oídos se dio cuenta que alguien estaba sosteniéndola con manos grandes y fuertes—manos que había sentido sostenerla antes. Su aliento se atascó en su garganta notando también que esas manos no estaban soltándola sino halándola más, más cerca de su dueño. Esas manos estaban girándola para enfrentar a su dueño y cuando finalmente estuvo girada casi muere ante la vista de los profundos ojos dorados del Capitán mirándola.

"Estás bien?" Preguntó él dándole un vistazo. "Niña estúpida," murmuró. "Tropezar con un barril, quieres poner más atención."

Kagome sintió enrojecer todo su rostro, de su propia vergüenza y creciente rabia. "No soy estúpida." Suministró ella mientras quitaba sus manos.

"Seguro." Dijo él secamente y ella se sorprendió ligeramente de ver una mirada de irritación en su cara.

Era casi como si estuviera enojado por algo. Podría ser que estuviera enojado porque le hubiese respondido? No—eso no era. Kagome observó intentando discretamente mirar sus manos, observándolas como si estuviera molesto con ellas. Kagome se sonrojó de cabeza a pies cuando se dio cuenta, para su asombro, que él estaba mirando su mano. Estaba haciéndolo porque estaba molesto de que lo hubiese apartado? La simple idea le dio a Kagome un escalofrío—un distintivo escalofrío que no era completamente molesto de sentir.

Mirando sus pies, notó sus enormes botas y suspiró. "Son estas botas." Le dijo firmemente, optando por no causar una pelea.

"Qué pasa con tus botas?" Preguntó él señalando adelante, indicándole que debían comenzar a caminar de nuevo.

Kagome se sonrojó antes de responder, su tono mostraba su vergüenza. "Son las botas de mi padre y—" Se movió incómoda bajo su mirada mientras seguía sus movimientos por el rabillo de su ojo. "Son muy grandes para mí por eso mantengo tropezándome con ellas." Terminó rápido.

Inuyasha asintió mientras la observaba, aunque no la había visto tropezar excepto esta vez, le creyó, podía decir que las botas eran demasiando grandes por el sonido que hacían cuando caminaba. Cuando una persona usaba una bota de la talla correcta, el pie caía haciendo un distintivo sonido, cuando la bota era muy grande, la bota caía y luego el pie adentro, haciendo dos sonidos en vez de uno cuando caminaba. Casi era como escuchar un doble paso con cada pie que apoyaba la persona. Ese era el caso con la Srta. Dresmont, cada pie sonaba como dos en vez de uno—lo cual significaba una cosa, los zapatos de la Srta. Dresmont eran muy grandes.

Él la observó con cuidado mientras caminaba, notando la forma en que se forzaba a alterar sus pasos en orden de evitar tropezarse de nuevo. Frunció, si tuviera que correr en zapatos como esos, era muy probable que se lastimara. No había manera de que pudiera aguantar una persecución en botas así de grandes. "Debería comprarle botas que le queden." Determinó él, "Por su seguridad." Añadió por su cordura.

Su decisión lo hizo detenerse, haciendo que la Srta. Dresmont lo mirara extrañamente. Ignorando su mirada analizó el escenario, estaban en una calle secundaria, o mejor aún un callejón que sabía conducía a un carpintero pero no estaba seguro de si también los llevaría a un tendero. "O al menos a un zapatero." Pensó Inuyasha distraído.

Dejando escapar un respiro contenido caminó hacia un hombre que estaba sentado afuera de una tienda fumando una pipa, Kagome lo siguió detrás confundida. Miró la apariencia del hombre, notando el delantal y la agradable apariencia del rostro del hombre, indicando que se bañaba regularmente. Olfateó el aire, inhalando el aroma de un compañero perro demonio, sonrió ante la idea de que este hombre no era peligroso, simplemente era un tendero y un compañero perro.

"Hay algún hombre que haga zapatos en este pueblo?" Llamó el Capitán acercándose al hombre.

"Por supuesto, el Señor Claudio." Respondió el hombre señalando lejos de ellos.

El Capitán miró en la dirección del dedo y asintió. "Dónde está su tienda?"

El tendero se encogió con un bostezo, inhaló su pipa pensando por un momento. "En la calle principal. Tiene una vaca como rótulo."

"Él trabaja con cuero?" Inquirió el Capitán.

El tendero le dio una extraña mirada y luego rió. "Sí, pero puede hacerle un par de zapatos bien finos."

"Genial, gracias por su tiempo." Dijo Inuyasha asintiendo y con una sonrisa dirigida al hombre y se dio la vuelta, regresando por donde habían llegado. Kagome miró confundida entre el tendero y el Capitán antes de girarse y seguir al hombre hacia la calle principal.

"Um, Capitán?" Preguntó ella llegando a su lado. "Qué fue eso?"

"Necesitaba una información." Respondió simplemente mientras caminaba con largas zancadas, zancadas que eran difíciles de seguir para Kagome.

Ella frunció luchando por igualar su paso, sus botas le causaban algunos problemas mientras caían en sus pies. "A dónde vamos, entonces?" Resopló no acostumbrada a moverse tan rápido.

Inuyasha le dio una mirada de reojo antes de desacelerar deliberadamente. Si Kagome notó el gesto, no dijo nada. "De regreso a la calle principal." Le dijo mientras continuaba ajustándose a un paso que fuera fácil para ella igualar. La observó mientras su respiración parecía aminorar comenzando a caminar a un ritmo normal. Girando una de sus orejas hacia ella, escuchó sus latidos y sonrió satisfecho de que estuviera regresando a su tempo regular después de la corta aceleración.

"De acuerdo, pero por qué nos regresamos?" Preguntó una vez que recuperó el aliento. "Íbamos en la dirección equivocada?" Continuó preguntando mientras esquivaba a un borracho que se había acercado mucho. Se estremeció cuando sintió la mano del hombre agarrar su brazo, un accidente pero aún inquietaba.

Un gruñido a su lado la hizo temblar y jadeó cuando el Capitán se movió de su lado de repente para poder quitarle al hombre de encima. "Maldito borracho." Gruñó el Capitán alejándose del hombre quien estaba gruñendo y lentamente se hundía en el suelo. "Necesita usar su nariz y ver por donde va." Resopló fuertemente mientras agarraba la joya y comenzaba a frotarla como si aliviara su temperamento. "Juro, esta estúpida generación está llena de cachorros tontos." Pasó a Kagome que continuaba mirando incrédula, sus ojos fijos en el borracho quien sostenía su cabeza en sus manos, tendiéndose en una canal como el hombre que había visto antes.

"Qué? Por qué?" Observó al Capitán pasándola sin ofrecer explicación. "Capitán?" Dijo en shock mientras se giraba hacia el hombre rehusándose a ir más allá hasta que le prestara atención. "Por qué hiciste eso?"

"Te tocó." Declaró el Capitán soltando la gema, aparentemente suavizó sus poderes al menos por ahora mientras la miraba, su rostro severo e ilegible.

"Sí, fue un accidente, no como el de antes." Kagome le frunció sus ojos al Capitán y cruzó sus brazos sobre su pecho. "No tienes derecho."

Los ojos de Inuyasha se abrieron ante sus palabras. "No?" Dijo incrédulo. "Tengo cada derecho y él lo sabe, aunque sea un cachorro!" El capitán señaló al hombre tras él, su rostro claramente mostraba su propio asombro causado por sus palabras.

"Tienes el derecho a golpear un hombre solo porque me tocó?" Se burló Kagome cruzando sus brazos bajo su pecho. "Eso es absurdo."

"Tú eres absurda." Respondió Inuyasha, sus brazos cruzados por su pecho justo como ella lo había hecho. "Tienes una marca, ningún hombre puede tocarte sino yo y él te tocó, así que lo golpeé—" Señaló entre ella y el hombre que ahora estaba alejándose como si nada hubiese pasado. "Perfectamente está dentro de mis derechos."

"Probablemente no sabía que tenía una marca." Declaró Kagome resoplando y levantó su nariz. "Además, la última vez que revisé no me posees." Puntualizó cada palabra como si clavara su punto más perfectamente en su cráneo. "Así que no tienes derecho a prohibir que otro hombre me toque."

Inuyasha vio rojo por diez segundos, el demonio en él hizo que toda su visión se nublara por las palabras de esta joven. Agarró la gema tan fuerte que la cadena se hubiese roto y contó hasta diez tan lentamente como le fue posible. Por el número cuatro su visión comenzó a volver a la normalidad mostrándola con su nariz elevada y ojos cerrados. Tomó respiros profundos y controlados mientras la gema comenzaba a quemar contra su mano haciéndolo sisear y soltarla expectante. "Por qué continúa haciendo eso?" Resopló en su mente distraído, mirando momentáneamente la gema lo mejor que podía mientras colgaba contra su pecho y suspiró. "Kami-sama." Gruñó obligándose a regresar a su actual problema, la desafiante niña en frente de él. Con una mirada, volvió sus ojos hacia ella y gruñó queriendo nada más que meterle un poco de sentido en su linda cabeza pero sabía que no podría. "No entiende." Se dijo para sí. "Es humana y no entiende." Inhaló otros pocos respiros profundos, enfocándose en mantener una apariencia de control antes de acercarse lentamente. "Entre más pronto entienda, mejor." Se dijo deteniéndose en frente de ella.

Esperó hasta que ella fue consciente de su presencia. Sus ojos se abrieron cuando lo hizo y no pudo evitar amar la vista de su dulce e inocente confusión mientras asimilaba su alta sombra. Alcanzando puso su mano en su hombro derecho, el lugar donde la marca estaba bajo su piel y observó con demoníaca satisfacción cuando jadeó ante el contacto de su marca reaccionando a su roce sobre su piel. Dentro de él, el demonio se movió prácticamente salivando mientras escuchaba acelerar sus latidos y su cuerpo reaccionaba instintivamente al reclamador tocando la marca. Cada latido era delicioso para el demonio en él, absolutamente delicioso.

"De acuerdo a esto," le permitió a sus dedos masajear gentilmente la marca a través de su ropa, un placer para él y para ella. "Tú—eres—mía." Dijo él puntualizando cada palabra con una breve pausa. "Todos los demonios saben esto instintivamente, lo huelen, lo sienten, llega a ellos como un sexto sentido."

Kagome estaba demasiado aturdida para decir una palabra. Al segundo que la había tocado, que había tocado el lugar sobre su marca, había sentido algo dentro de ella comenzar a formarse. Era una sensación asombrosa y aterradora, cálida en su estómago, formándose contra su voluntad. Le recordó a la forma como se había sentido antes cuando la había tocado en su habitación—era la misma sensación asombrosa y placentera.

"Si esta marca no estuviera en tu carne." Le dijo franco. "Entonces todos los demonios a tu alrededor se volverían conscientes de tu presencia." Se inclinó, su mano subió desde la marca hacia el resto de su cuello. "Matarían por tenerte."

Sus palabras despertaron a Kagome y tragó saliva, mirándolo con ojos abiertos, su mente apenas registraba los dedos que descansaban contra su piel. "Pero—" Ella trató de hablar pero su mano regresó de su cuello a su hombro, la corriente de electricidad que estremeció su cuerpo mientras su mano se movía sobre la marca detuvo las palabras de salir de sus labios.

"Así que a menos que quieras que ese cachorro haga más que solo golpear tu hombro," la miró, sus palabras duras pero necesarias. "Tendrás que aceptar esta marca y lo que significa para ti y para mí." Retiró su mano de su hombro una vez más permitiéndole subir hacia su cuello y garganta de tal forma que ella tembló ante la extraña sensación hasta que la mano alcanzó su destino: su mentón, el cual sujetó en un fuerte agarre. "Eres mi perra y ningún hombre puede tocarte sino yo—"

Una parte de Kagome quería patearlo, esto, hasta que terminó su oración.

"Y yo no te tocaré como ellos lo harían—" Sus ojos atraparon los suyos entonces, cautivándola mientas continuaba. "No te lastimaré." Su voz bajó a un octavo tornándose gentil. "Te lo dije, soy mejor que eso." Terminó y soltó su mentón, separándose de ella con un resoplo mientras rotaba sus hombros y se daba la vuelta para caminar en dirección de donde había llegado antes. "Ahora cállate y déjame protegerte." Llamó sobre su hombro.

Kagome no se movió para seguirlo en el momento mientras sus palabras hacían eco en su cabeza:

"Soy mejor que eso."

Para ella esas palabras eran inquietantes mientras las escuchaba en su mente. Entre más las escuchaba, más las creía. Le ayudaron a darle sentido a todo. El Capitán la protegió porque ella era su reclamo y no era eso mejor que ser dejada a los lobos? Kagome suspiró comenzando a seguir al Capitán, aun insegura de hacia dónde se dirigían. "Sin embargo, no necesitabas golpearlo." Murmuró acercándose a la espalda del Capitán. Notó las orejas moverse en su cabeza y su corazón casi se detiene ante la vista. "Esa es la cosa más linda que he visto." Chilló para sí.

"Sí." Le respondió el Capitán caminando con su mirada fija adelante.

Kagome parpadeó saliendo de su inducida neblina. "No, no lo necesitabas." Respondió ella.

"Lo merecía." Le dijo el Capitán arrogante. "Te tocó, sabe las consecuencias."

"Estaba ebrio." Respondió Kagome, su anterior argumento regresó con total fuerza.

"Entonces tal vez no debería beber." Respondió el Capitán, sus manos reiteraban su punto.

"Tú bebes?" Preguntó ella con su entrecejo fruncido.

Él la miró arrogante. "Qué tiene que ver eso con todo?"

Ella sonrió sarcástica mientras apoyaba un dedo en su pecho. "Bueno, si tú tocaras a alguna chica reclamada mientras estuvieras borracho y resultaras golpeado," Dijo la palabra sardónicamente. "Cómo te sentirías?"

Él miró el dedo en su camisa por un segundo antes de retirarlo suavemente. "Me sentiría como que lo merecía porque no me di cuenta del reclamo." Con eso comenzó a caminar otra vez, dejando atrás a una Kagome hirviendo.

Kagome prácticamente gruñó y fue a pararse en frente de él, deteniéndolo de continuar caminando. La miró con una ceja levantada pero no hizo movimiento por rodearla. "Aun así no tenías que golpearlo," continuó ella sin desanimarse. "Podrías haberle—" Luchó por encontrar una buena alternativa. "Dicho o algo."

Inuyasha hizo el show de pensar en eso pero luego lo desechó. "Mucho trabajo, es más divertido golpear."

Kagome dejó salir un chillido frustrado y luego para sorpresa del propio Capitán y la suya, echó hacia atrás sus manos y trató de empujarlo, sus manos haciendo contacto en su pecho. Ambos se paralizaron ante la acción pero por dos razones completamente diferentes. Kagome se congeló porque había tratado de empujar a un hombre que tenía toda su existencia en sus manos con garras e Inuyasha se congeló porque esta chica tenía las agallas para golpearlo—algo que sólo Sango había hecho sin ser reprendida severamente por eso.

Lentamente Kagome subió sus ojos para mirar al hombre en frente de ella, no estaba moviéndose, sus ojos estaban escondidos por sus mechones. Tragó, "Va a matarme."

Inuyasha levantó sus manos haciendo encogerse a Kagome. Cerró sus ojos esperando a que él la golpeara pero entonces los abrió en shock cuando en vez sintió sus enormes manos cubriendo las suyas.

"Srta. Dresmont." Dijo él firmemente apretando sus manos.

Kagome abrió sus ojos y miró su agarre, su corazón palpitaba en su pecho por el contacto de sus manos rodeando las suyas. "Sus manos," pensó para sí, todo su cuerpo enrojecido. "Son mucho más grandes que las mías."

"Srta. Dresmont, mírame." Ordenó suavemente sacando a Kagome de su propio pequeño mundo. "Ese cachorro merecía lo que recibió." Habló tan suavemente que Kagome sintió toda tensión dejarla y sus oídos finalmente se abrieron. "Necesitaba saber su lugar y además," le dijo el Capitán ahora que sabía que lo estaba escuchando. "Te mantiene a salvo."

Kagome asintió entendiendo de alguna forma las palabras del Capitán y el extraño cariño. "Él me quiere a salvo." La idea la regocijó, la idea la hizo pensar que el Capitán no era un hombre tan malo como pretendía ser. Aún una parte de todo esto la confundía—cachorro? "Ese hombre," dijo Kagome en una pequeña voz atrapando la atención del Capitán. "Por qué lo llamas un cachorro?"

"Porque es un cachorro," dijo el Capitán a modo de explicación mientras se encogía de hombros, sus manos aún en las suyas. "El muchacho no podría tener más de unos cuantos siglos."

Kagome parpadeó y luego ladeó su cabeza. "Capitán, cuántos años tienes?"

El Capitán soltó sus manos ante la extraña pregunta, sus ojos claramente mostraron el cambio de humor dándole una interrogante mirada. "Depende," le dijo, su postura parecía casi nerviosa.

"De qué?" Preguntó ella comenzando a caminar de nuevo, como si la acción hubiese sido planeada por ambos.

"Bueno, depende de cómo midas el tiempo. Como un humano o como un demonio." Suplió él con un movimiento de sus hombros.

"Hay alguna diferencia?"

"Sí, los demonios y los humanos tienen diferente comprensión de cuán largo es un año." Le dijo saliendo del callejón a la calle principal. Miró alrededor, como si buscara algo, Kagome supuso que estaba buscando la tienda del carpintero. "Los humanos llaman un año a trescientos sesenta y cinco días por el sol o algo así, los demonios lo piensan diferente.

"Sí?" Preguntó Kagome caminando al lado del Capitán por la calle. Una vez en el otro lado comenzaron un paso relajado, caminando con el tráfico peatonal. "Nunca supe eso."

"No es algo que anunciemos." Dijo mientras revisaba los letreros de la calle.

Ella asintió, "Entonces, cuánto es un año demonio?"

"Cien de tus años humanos." Le dijo el Capitán mirando alrededor, continuando su búsqueda.

Kagome se detuvo en seco, mirando al Capitán como si le hubieran crecido alas y hubiese alzado vuelo. "Cien años?"

"Sí," dijo él asintiendo firme. "Parece mucho para un humano, lo sé, pero en realidad no lo es."

"Dios mío," dijo Kagome tragando largo, intentando aplastar el nudo formándose en su garganta. "Entonces, cuántos años tienes?"

"Años humanos o demonios?" Preguntó él mirándola finalmente, su postura se tornó un poco ansiosa mirando alrededor como si estuviera aprehensivo o incómodo por algo.

Kagome lo observó con ojos brillantes, debatiendo en qué debería preguntar primero. Al final, decidió preguntar la que entendía mejor. "Humanos."

Él giró sus ojos, "Seguro." Miró alrededor antes de sujetar su brazo, ella chilló sorprendida pero la calló y la sacó de la calle hacia un pequeño callejón que no tenía ninguna tienda.

Pánico envolvió el corazón de Kagome pero rápidamente menguó cuando la soltó y se arrodilló en el suelo. Curiosa, observó mientras colocaba su dedo índice en la tierra y escribía 1782 en el suelo, el año actual y luego debajo el año 1378. Los ojos de Kagome se abrieron mientras él comenzaba a hacer el cálculo.

"Y tenemos," dijo él cuando terminó. "Tengo 404 en tus años humanos."

Kagome jadeó mientras la idea lentamente se asentaba en su cabeza. Por cada cien años, envejecía un año, eso significaba—"Solo tienes cuatro años!"

Sus orejas se aplastaron ante el agudo sonido de su voz. "Maldición, te das cuenta de lo ruidosa que eres?"

"Tienes cuatro años." Repitió ella no habiéndolo escuchado mientras se deslizaba lentamente al suelo.

Él le levantó una ceja y frunció. "No exactamente, es más complicado que eso."

Ella sacudió su cabeza como si aclarara sus pensamientos. "Pero está ahí en el piso, no?" Señaló la operación matemática en el suelo. "Por cada cien años humanos es uno demonio, cien en cuatrocientos, cuatro veces, así que ahí está. Es exacto si me preguntas."

"Me veo de cuatro años para ti, mujer?" Dijo él con una seca mirada en su cara.

Ella frunció sus ojos, sintiéndose levemente ridícula cuando esa idea la golpeó. Definitivamente no se veía de cuatro años, eso era seguro.

"Por nuestros primeros quince años de vida envejecemos como un humano, después de eso nuestro envejecimiento se desacelera, ahí es cuando cada cien equivale a un año." Respiró profundo cuando terminó, levantándose del suelo le ofreció una mano.

Ella miró sorprendida la mano extendida y la tomó sin dudar. Él la puso de pie inocentemente antes de soltarla.

"Así que haz la matemática, Srta. Dresmont, cuántos años tengo?"

Ella frunció ante la pregunta, pensando en eso intensamente. Por los primeros quince años envejecen como los humanos, por cada cien después de eso añaden un año, él tiene cuatrocientos cuatro años—pero eso significa. Kagome lo miró, sus ojos abiertos cuando algo la golpeó, algo muy desconcertante. La realización fue aumentando cuando él la miró desde su visión periférica. La mirada en su cara decía claramente lo que ya pensaba—era realmente joven. "Solo tienes dieciocho." Susurró ella en el sombrío callejón.

Sus orejas se aplastaron en su cabeza y le dio un corto movimiento de cabeza, "Baja la voz." Dijo él bruscamente. "No es algo que todos deban saber, ni Miroku lo sabe."

"Por qué no?" Le preguntó ella, aún perpleja.

"Soy joven," dijo bruscamente. "Si eso sale al viento y la gente lo descubre, mi reputación sería destruida." Le dio una implorante mirada, sus cejas se elevaron y sus ojos se abrieron. "Ningún joven como yo puede dirigir un barco pirata realmente. Si los hombres supieran," pausó por un segundo inhalando profundamente. "Se amotinarían."

Kagome arrugó su nariz con sorpresa. "Sólo porque eres joven?"

"Sí," asintió con un fuerte suspiro. "Tengo experiencia limitada comparada a algunos piratas demonios. Sólo he estado en el mar sesenta años." Él levantó la mirada entre los tejados asimilando la vista del sol con un profundo respiro. "Eso es como seis meses y medio para un demonio."

"Parece tanto."

"Comparado a cuánto tiempo voy a vivir," dijo él dándole una sonrisa casi infantil que envió una embestida de tremores por su espina. "Es simplemente un balde de agua comparado a los siete mares."

Ella lo miró mientras decía esas palabras y por primera vez lo vio como algo completamente diferente a quien había pensado que era. Ante ella no estaba el pirata Capitán Inuyasha, quien podría matarte con un movimiento de su muñeca, ante ella no estaba el hombre que había conocido en Port Royal dos semanas atrás. No—ante ella, en este momento, estaba un joven, su rostro se veía casi infantil mientras la luz del sol jugaba con sus apuestos rasgos. Sintió su corazón entibiarse mientras un nuevo conocimiento la envolvía, él había confiado en ella con esta información—estaba confiando en ella con algo que podría destruir la frágil reputación que había estado construyendo a tan joven edad. Una sonrisa se formó en la cara de Kagome, "No le diré a un alma." Juró desde el fondo de su corazón.

Él la miró, sus orejas alertas en su cabeza. Una pequeña sonrisa se formó en su rostro, sus ojos parecían mostrar su joven edad en ese momento, abrió su boca para decir algo pero se detuvo y sonrojándose desvió la mirada. Rápidamente, llevó sus manos a su cuello, un audible ruido golpeó el aire antes de sacudirse firmemente, como un perro húmedo con la lluvia. Se giró hacia ella y le ofreció una sonrisa casi tímida. "Vamos, tenemos muchas cosas que hacer y no queda mucha luz."

Ella sonrió mientras salían juntos del callejón, su rostro iluminado por el hecho de que él la había dejado entrar—mostrándole un hombre que muy probablemente nadie más conocía, excepto Miroku, probablemente conocía a ese hombre un poco y tal vez Sango—bueno, al menos estaba en el club. "A dónde vamos?" Preguntó ella moviéndose a su lado, sus manos escondidas tras su espalda mientras caminaba con él.

"Al zapatero." Fue su corta respuesta, sus ojos miraban al frente como si no quisiera mirarla.

Ignorando ese extraño gesto, Kagome se detuvo cuando la idea de visitar a un hombre que reparaba zapatos recorrió su cabeza. No estaban buscando a alguien que hiciera muebles? "Por qué?" Preguntó ella siguiéndole el paso de nuevo, su cabeza inclinada intentando mirar su rostro.

"Necesitas un par de botas, no?" Dijo él señalando las enormes botas en sus pies.

Ella miró las botas, parpadeando varias veces antes de mirarlo. "Vas a comprarme botas nuevas?"

"No puedes estar cayéndote por todos lados, no?" Dijo bruscamente rascando su cabeza. "Sería un dolor mayor."

De alguna manera, Kagome supo que eso no pretendía ser insultante, así que sólo sonrió y asintió antes de continuar caminando a su lado, hombro con hombro.

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Kagome estaba sentada en una pequeña silla esperando, observando mientras el Capitán negociaba con un comerciante local. Habían llegado a la tienda veinte minutos atrás y ya habían encontrado lo que quería. Tuvo que decir que no fue una mala elección—una cama grande que armaría una vez que llegaran al barco. Parecía que fácilmente podrían caber dos personas. Kagome se sonrojó ante la idea y desvió su mirada de las negociaciones.

Inhaló un profundo respiro y alcanzó para agarrar un mechón de su cabello, solo para quedar con la mano vacía. Frunció ante la realización y suspiró. Sus ojos se desviaron hacia los nuevos zapatos en sus pies asimilando el cuero nuevo. Habían conseguido los zapatos por suerte, pura suerte. Usualmente el zapatero solo reparaba zapatos pero este también podía hacerlos. Sin embargo, ahí no terminó su suerte.

Normalmente, el zapatero tomaba las medidas del pie y luego hacía el zapato especialmente para esa persona, esto podría tomar días o incluso semanas dependiendo de cuántas órdenes pudiera tener el zapatero. Pero cuando entraron, el zapatero tenía un par de botas extra que eran casi de su talla y amablemente se las había dado cuando el Capitán le había dicho el precio 'correcto'. Al principio había estado un poco aprehensiva de que el Capitán hubiese gastado tanto dinero en ella pero sabía que no debía discutir, después de todo no quería sacudir el bote—no después de haber hecho algo de progreso—no después de que hubiese confiado en ella con algo tan importante para él. La idea la hizo sentir bien por dentro, aunque todavía se estaba sintiendo ligeramente asustada, sabía (aun si solo fuera un leve entendimiento) que el Capitán no era una persona completamente horrible—qué tipo de persona era, no lo sabía realmente.

Con un fuerte suspiro, desvió sus ojos de sus pies y hacia la ocupada calle observando a los hombres y mujeres pasar por la ventana. Eran personas de todas formas y tamaños—personas que sabía habían vivido vidas que no podía comprender.

Kagome golpeteó su mentón—qué tipo de vida hacía a un pirata? Sabía que Miroku era un huérfano pero qué hay de Sango? La mujer podría ser decente—era de la alta sociedad, era evidente en su voz, en sus manierismos. Entonces cómo terminó aquí? Qué la llevó a este mundo?

Kagome cerró sus ojos e imaginó a Sango conociendo a Miroku en la misma forma en que había conocido al Capitán. "Apuesto a que él la cortejó en el barco y nunca se fue." Pensó Kagome para sí con una risita antes de inclinarse, su mentón en sus manos.

Se tornó pensativa mientras veía el reflejo del Capitán en las ventanas. Había escuchado las historias para dormir; había escuchado las leyendas sobre este hombre pero eran verdaderas—había visto que necesariamente no eran precisas pero aún, qué lo había llevado a esta vida, qué le había pasado en sus cuatrocientos cuatro años de vida?

Ella frunció sus ojos ante esa idea, cómo había sido su vida antes de ser un pirata? Al igual que Sango, el Capitán podía actuar como de una clase alta, podía bailar muy bien, podía interpretar el papel de caballero, y parecía que le hubiesen enseñado de propiedad, así como a ella—estaba casi segura de eso.

"Pero fue criado para ser un caballero," se preguntó, "Y si lo fue entonces qué lo llevó a una vida de piratería? Qué lo hizo un hombre de dos caras—una un pirata, otra un caballero, e incluso esta nueva que estoy comenzando a ver?"

Kagome puso su cabeza en sus manos, un dolor de cabeza se desarrollaba de todas sus preguntas sin responder.

"Quién eres en realidad Capitán Inuyasha?" Ante la idea, la mente de Kagome regresó a su rostro cuando había golpeado al borracho. Qué hace a un hombre reaccionar así, qué hace a un hombre perder el control? Qué aleja a un hombre de las obligaciones sociales? Tal vez, era lo mismo que la había alejado a ella, la necesidad de libertad, de explorar.

Sonrió pensando en el hombre de Port Royal, el que había hablado del mar de la misma forma que ella—el que parecía tan afecto a él, tan enamorado de él.

"Las aguas son claras y los peces fáciles de ver. Una vez, mientras estuvimos en tierra, mi compañero y yo, escalamos hacia un monasterio que estaba posado en la cima de un gran acantilado en Grecia. La vista era absolutamente lo más hermoso que haya visto en mi vida."

Esas palabras habían sido honestas. Ese monasterio era real. Kagome cerró sus ojos y contuvo su aliento para calmar su corazón—incluso la idea de él como lo fue en Port Royal la hacía sentir mareada—de nuevo, el chico con el que se estaba familiarizando ahora, el que había conocido por primera vez una hora antes, la hacía sentir extrañamente mareada también.

El sonido de la campana sobre la puerta de la tienda la hizo abrir sus ojos y miró hacia ella, ligeramente nerviosa. Dos hombres entraron y con un pequeño niño tras ellos—era pequeño con orejas puntudas—un niño demonio.

"Arthur."

Sus ojos se dirigieron hacia uno de los compañeros adultos del niño, al que había hablado. El hombre era guapo, con una sonrisa maliciosa que erizó su piel levemente. A su lado estaba otro hombre, gordo y feo, una estola de zorro rodeaba su gran cintura.

"Me debes algo, Arthur." El bien parecido de los hermanos dijo en una inquietante voz suave.

"Sr. Hiten." El dueño de la tienda rodeó el mesón, rodeando a Inuyasha mientras retorcía sus manos.

Inuyasha torció una ceja y observó al pequeño dueño mapache dirigirse hacia los dos hombres, el niño atrás.

"No tengo su dinero pero lo tendré," él señaló a Inuyasha temblando levemente. "Tan pronto como haga su compra yo—"

El hombre apuesto, Hiten, resopló y abofeteó al pequeño mapache demonio en la cara. Kagome sintió su corazón dar un tumbo mientras el hombrecillo caía al suelo. "Quiero mi dinero ahora." Espetó el hombre llamado Hiten dirigiéndose hacia Arthur, el tendero. Alcanzándolo, Hiten levantó al hombre en su agarre, sosteniéndolo cerca de su cara.

"Lo siento pero yo—no he tenido muchas ventas este mes." Dijo el hombre temblorosamente.

"Bueno, eso es muy malo." Dijo el otro hermano caminando, su extraño rostro sonreía malicioso. "Porque necesitamos nuestro dinero ahora."

"Sr. Manten, solo deme cinco minutos, lo tendré en cinco minutos, lo prometo." Arthur estaba temblando con miedo, su voz temblorosa mientras hablaba. "Por favor, se lo ruego, por favor!"

Hiten miró al hombre, su rostro contemplativo. "Qué piensas querido hermano, debo darle cinco minutos?"

Manten rió tras él y acarició el pelaje de la estola en su cintura. "Mostrar piedad? Te has vuelto suave, hermano?" Rió él.

Hiten sonrió como respuesta y sin avisar golpeó al mapache directamente en la cara, de inmediato sangre brotó de la nariz del mapache mientras Hiten reía observándolo deslizarse al piso.

Al margen, Kagome jadeó. Ella nunca había visto a alguien golpear sin razón. Esto no era como el hombre que la había asaltado en la calle, este hombre no merecía ser golpeado aun si les debiera dinero a los dos hermanos. Kagome apretó sus dientes y se levantó de su silla desafiante, sus puños apretados a sus lados. Antes de saber lo que estaba haciendo, cruzó la habitación, su cuerpo se detuvo en frente del empleado mapache—sus ojos revolucionarios miraban a Hiten, desafiándolo a moverse.

"Déjenlo en paz!" Dijo ella duramente, su repentina valentía era completamente nueva para ella. Esto era diferente a tratar con el Capitán. Muy en el fondo, sabía que el Capitán nunca la lastimaría (al menos no gravemente) pero este hombre—no sabía qué esperar de él—con esa idea en mente, sin embargo, Kagome supo que tenía que proteger a esta persona indefensa.

Hiten la miró en shock, sus ojos llenos de asombro. "Bueno, eres un hombre valiente." Dijo resoplando.

Kagome frunció sus ojos y colocó sus manos en sus caderas. "Adivina qué." Dijo ella sarcástica, su rostro formaba un frunce antinatural.

Él inhaló profundo el aire y le sonrió como un predador le sonríe a su presa. "Eres una mujer." Dijo él inhalando otro profundo sorbo de aire.

"Sí, pensé que su cara era muy bonita para ser un hombre." Dijo Manten tras él, sus ojos llenos con lujuria mientras la olfateaba también. "Huele valiente y arrogante."

Kagome palideció levemente cuando notó la inhalación—este hombre era un demonio que podía oler emociones—eso realmente cambiaba el juego. Miedo se coló en ella mientras Manten lamía sus labios y la miraba de arriba abajo.

"Qué dices, vienes conmigo y mi hermano?" Hiten caminó hacia ella, su mano extendida para tocar su rostro. "Sé cómo hacerte—"

"Mueve la mano o la pierdes, tú eliges." De repente Inuyasha estuvo en frente de ella, sus ojos retando al otro hombre a dar otro paso.

"Como si pudieras matar a mi hermano." Dijo el hermano más feo con burla.

Inuyasha gruñó y Kagome sintió todo su cuerpo estremecerse ante el ruido, no de miedo sino de algo más. Hiten de nuevo olió el aire y luego levantó su mano en rendición. "Ya, ya, no quiero problemas. No sabía que era tuya."

"Usa tu nariz la próxima vez."

Kagome jadeó cuando Inuyasha de repente puso su brazo a su alrededor, halándola hacia su torso. Toda su cara se enrojeció y sintió su corazón palpitar en su pecho cuando sus dedos la acercaron más hacia él. Su mejilla ahora estaba descansando en sus pectorales y casi se desmaya ante la sensación del duro músculo apretarse bajo su mejilla. "Oh dios mío." Pensó vertiginosa mientras los músculos se tensaban y apretaban, haciéndola querer tocarlos con sus manos, preguntándose si le gustaría que lo hiciera. Si fuera posible, Kagome se sonrojó aún más.

"Lo siento mucho. Seré más cuidadoso la próxima vez que vea algo tan—delicioso." Dijo el guapo demonio con una sonrisa predadora. Tras él su hermano rió. "Pero estoy aquí para recoger una deuda así que si me perdonas—el querido Arthur y yo tenemos negocios."

Inuyasha le sonrió al otro hombre, acercando más a Kagome para más vergüenza suya e ignorado deleite. "Bueno, verás, tengo un pequeño problema. Estaba por completar una transacción con el querido Arthur cuando entraron. Si fueras tan caballero como para dejarme terminarla, me quitaré de tu camino y nadie saldrá lastimado."

Kagome lo miró en shock. La diplomática respuesta asombrosa de escuchar salió de labios de este pirata, este mentiroso, este estafador y aun—su mente volvió al hombre que había conocido hacía una hora. La mirada infantil, los ojos gentiles—por qué este hombre era tan doble cara!

Hiten consideró a Inuyasha por un momento y sonrió, un colmillo se asomó de sus labios. "Seguro, esperaremos afuera para que su transacción sea completada."

"Gracias." Inuyasha sonrió, sus propios colmillos se asomaron por sus labios—una amenaza no verbal.

El otro hombre asintió y luego se dio la vuelta. "Shippo!" Gruñó y el pequeño niño chilló antes de correr tras los dos hombres.

Kagome lo observó irse, notando la tupida cola con una pequeña sonrisa—era casi del mismo tamaño de su pequeño cuerpo. Lentamente fue consciente de la mano alrededor de su cintura y el posesivo agarre en su cadera. Su cuerpo se sonrojó ante el contacto y rápidamente se separó para sorpresa del Capitán, la cual fue cubierta rápidamente por rabia.

"Por qué te metiste?" Apenas contuvo el grito.

Kagome sintió desvanecer su vergüenza hacia su enojo natural. Subió por su garganta amenazando con desbordarse y explotar pero la nueva comprensión contuvo su furia. Él quería protegerla—no era eso por qué estaba molesto? Quería protegerla y ella estaba haciéndolo difícil—no era por qué estaba enojado?

"De todas las cosas estúpidas que haces, te paras en frente de dos demonios sedientos de sangre, maldita perra."

Kagome apretó sus dientes sintiendo que la sobrecarga en su mente comenzaba a desbordarse con días de frustración y rabia contenida—no importaba si ese era su problema, no tenía derecho a gritarle por hacer algo que necesitaba hacerse. Ese tendero había necesitado protección y alguien tenía que dársela.

"Seriamente, primero un hombre te agarra en la calle—eso casi puedo entenderlo. No puedes controlar a un bastardo ebrio, luego otro tropieza contigo y lo dejas pasar como si fuera nada cuando realmente es un gran problema. Puedo incluso entender ese incidente, eres ingenua, pero esta vez te metes en problemas." Se golpeó en la cabeza y gruñó. "Mírenme," él imitó su voz. "Voy a pelear con dos demonios puros por un mapache." Dejando la mala interpretación añadió gruñendo. "Dios, eres más problemática de lo que vales."

Kagome lo tuvo, sintió su temor desvanecerse, sintió su nuevo entendimiento derretirse, y mientras lo hacía, dio paso a la ira—completa e incontrolable ira. "Perdóname por querer proteger a alguien." Gritó ella sin preámbulo. "Obviamente eres un idiota egoísta para notar cuando alguien necesita ayuda!" Le gritó en su cara, todo su cuerpo se enrojeció con irritación y furia. "Dios te perdone por hacer algo para ayudar a otro ser humano—demonio—lo que sea, pomposo cabrón."

Ella casi estaba nariz con nariz con él cuando terminó, su cuerpo temblaba inflado. Él aspiró su aroma por impulso y se sorprendió de no encontrar evidencia de temor en ella, solo confianza y rabia.

"Tal vez la próxima vez puedas tener los cojones para hacerlo tú mismo." Terminó ella con un jadeo.

Inuyasha sintió su boca abrirse ligeramente, no tenía idea de que una mujer como ella con su educación conociera palabras como 'cojones.'

Kagome sintió la rabia comenzar a abandonarla con ese último insulto. Tomó un respiro profundo y tranquilizante antes de que su mente le dijera exactamente lo que había hecho. Sus manos volaron a su boca y miró a Inuyasha con horrible realización. Le había gritado e insultado al hombre que prácticamente la poseía. Podría hacerle algo, cualquier cosa y estaba indefensa para detenerlo. Literalmente estaba a su merced. Pero de nuevo—recordó empujarlo en el pecho, no había reaccionado mal entonces—así que tal vez—tal vez ahora no?

El Capitán Inuyasha se encontró contando hasta diez por segunda vez ese día, una vez su sangre se calmó, la miró, todo su cuerpo tenso. Una cosa era gritarle en privado, otra hacerlo en frente de personas. Personas que si sabían que era una debilidad para él la tomarían y la usarían para llegar a él. "Nadie nunca me ha gritado así y ha vivido," dijo él sintiendo sus dientes rechinar, forzándose a mantener algo de control, su rabia ante la situación salió, humeando de él.

"Yo—um—yo," trató de hablar pero las palabras se atascaron en su boca, sus ojos lo miraban asustada, el aroma de su miedo emanaba de ella en olas. En el suelo, el mapache observaba con sus manos cubriendo su cabeza, esperando por el castigo o asesinato.

Inuyasha cerró sus ojos y se tomó un momento para componerse antes de abrirlos de nuevo y mirar a Kagome firmemente. "Eres afortunada, eres especial." Fue todo lo que dijo antes de girar hacia el tendero en el suelo y levantarlo.

Kagome vagamente lo escuchó decirle al hombre que le daría suficiente para su deuda—un precio que era ligeramente más elevado que el valor de la cama. Nada de eso se registró en su mente mientras se desplomaba en el suelo. Lo que realmente la golpeó fue la palabra, 'especial.' Ella era especial y no la había lastimado por gritarle.

Cerró sus ojos y permaneció completamente en silencio hasta que sintió una mano en su antebrazo. La haló fácilmente sobre sus pies, un gesto gentil comparado al otro día en la cubierta del barco. Miró a Inuyasha, buscando alguna pista que pudiera encontrar en su rostro de cómo se estaba sintiendo—no había ninguna.

"Ve afuera y sostén la puerta." Le ordenó sin rodeos, ella asintió y obedeció.

Afuera, Hiten, Manten y el niño Shippo estaban sentados esperando—sabía sin dudar que habían escuchado toda la conversación o los gritos entre ella e Inuyasha, eran demonios después de todo. La idea la hizo desplomar su cabeza, sonrojándose levemente.

Inuyasha sacó las cuatro piezas que hacían la cama en un movimiento y le asintió a Hiten quien sonrió y entró en la tienda con su hermano.

"Quédate Shippo." Ordenó calmadamente mientras se deslizaba por la puerta.

Una vez adentro, Kagome soltó la entrada de madera y la observó cerrase lentamente. Sus ojos se desviaron sólo cuando escuchó el cierre en su lugar. Miró hacia el Capitán, esperando que le diera alguna señal o indicación de qué había querido decir con 'especial' pero todo lo que vio fue un rostro vacío.

"Vamos, Srta. Dresmont." Le dijo el Capitán en una voz monótona, sus ojos atravesándola.

Extrañamente, Kagome sintió sus hombros desplomarse ante su falta de atención y asintió. Estuvo por seguirlo, derrotada, cuando sus ojos cayeron en el pequeño niño que los dos hermanos habían dejado afuera. Estaba vestido en harapos y se veía muy delgado, demasiado delgado incluso para su pequeño tamaño. Sintió su corazón punzar en su pecho mientras lo observaba jugar en la tierra con una uña.

Inuyasha la miró cuando no lo siguió y observó con asombro cuando lo ignoró y se movió hacia el niño. El anterior aroma de temor que había tinturado su aroma se había ido y ahora—su nariz estaba llena con el aroma de la piedad y el desamor. Frunció sus ojos ante la realización y frunció cuando alcanzó el lugar donde el niño estaba dibujando en la tierra.

Se arrodilló en frente de él, los ojos del niño subieron a su rostro con cautela. "Hola," dijo ella con una sonrisa que hizo que el corazón de Inuyasha saltara. "Mi nombre es Kagome y tu nombre es Shippo, verdad?"

El niño la miró sorprendido pero asintió.

Inuyasha reconoció la mirada que el niño estaba dándole a Kagome. Era la mirada de un huérfano, un niño que había sido abandonado y tirado al sucio mundo. En el fondo de su mente vio a un niño similar, un pequeño de ocho años sin dos dientes, cabello negro, y unos grandes ojos vacíos.

"Tienes hambre?" Preguntó Kagome gentilmente mientras alcanzaba y tocaba el cabello del pequeño.

Los ojos del niño se iluminaron y él le sonrió mostrándole sus colmillos de bebé. Kagome sonrió ante la reacción y buscó en el bolsillo de su abrigo, donde Sango había insistido que mantuviera una manzana en caso de que no pudieran almorzar en el pueblo. Aparentemente, encontrar un lugar para comer en Puerto España era difícil—especialmente si querías uno que no hiciera comida envenenada.

Kagome le alcanzó la manzana al niño y frotó su cabeza gentilmente. Shippo miró la comida ofrecida y pequeñas lágrimas se formaron en sus ojos pero rápidamente las secó. "Gracias." Susurró él mientras la miraba, sus ojos llenos de una emoción que Inuyasha conocía muy bien—asombro y gratitud.

En ese momento, Hiten y Manten salieron de la tienda, riendo y bromeando, una bolsa en las manos de Hiten llena de lo que podría ser el pago de Arthur. Sin mirar al niño bajaron por la calle, hablando fuertemente.

Los ojos verdes de Shippo los observaron antes de levantarse y esconder la manzana seguramente en su camisa. Comenzó a dirigirse tras ellos pero se detuvo abruptamente, girando para ver a Kagome que aún estaba arrodillada en el suelo. "Adiós, Srta. Kagome." Dijo él, mirándola con ojos tiernos. Sin otra palabra, se dio la vuelta y corrió tras los hombres.

"Adiós, Shippo." Dijo Kagome suavemente mientras se levantaba, observando al pequeño correr tras los hombres mucho más grandes.

Tras ella, Inuyasha observaba, sus ojos nublados, con recuerdos del pequeño niño que había criado. Con un profundo respiro se detuvo al lado de Kagome, las cuatro tablas para la cama aun en sus manos. "Es un grumete." Dijo, inseguro de si estaba hablándole a Kagome o a sí mismo.

Kagome lo miró por el rabillo de su ojo. "Un grumete—el Sr. Miroku fue tu grumete, verdad?" Dijo ella mientras continuaba mirando a Shippo, hasta que desapareció.

Inuyasha asintió levemente y se dio la vuelta para alejarse, Kagome lo alcanzó rápidamente, no queriendo quedarse sola. "Miroku fue mi grumete pero—ellos lo tratan como un esclavo."

Kagome miró al Capitán, esperando a que terminara. Se sorprendió cuando todo lo que vio fue una masa de cabello en frente de los ojos del Capitán. Era como si estuviera escondiéndose de ella, como antes.

"Yo—" Comenzó después de un momento. "Traté a Miroku como mi propio—como un hijo."

Kagome miró al Capitán en shock ante la admisión. Sus palabras la golpearon, directo en su corazón. Trató de ver sus ojos al agachar su cabeza para mirar su rostro pero no lo logró, sus mechones eran muy largos y espesos para ver a través.

Tras ellos, Hiten y Manten observaban desde un callejón cercano. Hiten sonrió forzado mientras ella desaparecía de vista. "La oliste?"

"Sí, hermano, huele tan dulce." Dijo Manten lamiendo sus labios. "Una virgen, una virgen marcada. Ese perro no sabe lo que tiene."

"Oh sí." Dijo Hiten con una sonrisa en su rostro. "Ya sabes lo que dicen; no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes." Los dos hermanos rieron, agrietando sus voces en el aire.

Al lado de ellos, mirando a Inuyasha y a Kagome, estaba Shippo, miedo envolvía su corazón mientras pensaba en la mujer de dulce sonrisa y voz gentil, quien le había dado la manzana que ahora escondía en su camiseta.

"Srta. Kagome." Dijo él en una voz apenas audible mientras el temor en su corazón aumentaba diez veces ante el sonido de Hiten diciendo su nombre.

"Shippo," dijo el hombre con una sonrisa coloreando sus palabras. "Es tiempo de recoger otra jovencita."

Shippo tragó.

Fin del Capítulo

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Notas:

Hiten y Manten son personajes cannon del anime y el manga, mejor conocidos como los Hermanos Relámpago en la versión en español.

Cobbler (Zapatero) es un término arcaico para un hombre que repara zapatos.

Cordwainer es un término en inglés británico arcaico para un fabricante de zapatos.