SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE
Por Inuma Asahi De
Traducido por Inuhanya
Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).
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Capítulo Quince:
El Secuestro
Inuyasha y Miroku secaban sus frentes mientras miraban el producto de casi cuatro horas de trabajo. Ante ellos estaba la cama ahora ensamblada que Inuyasha había comprado en el mercado junto con un nuevo colchón relleno de plumas en vez de paja, haciéndolo de una calidad más alta. Había decidido que esta cama, la mejor cama en la habitación, sería la cama de Kagome y si Inuyasha se viera inclinado a dormir lo haría en su antigua cama.
Para acomodar las dos camas en la habitación, tuvieron que reorganizar el espacio, colocando las camas contra la pared del fondo donde estaban las ventanas en la parte trasera de la habitación del Capitán. Las dos camas estaban separadas lo más lejos posible, lo cual sumaba no más de cinco pies. En teoría, estaban lo cerca suficiente que si estiraban sus manos, podrían tocar sus dedos. En frente de las camas, contra la pared que solía ocupar la cama de Inuyasha, ahora estaba la mesa del comedor y las sillas, el escritorio (afortunadamente) no tuvo necesidad de ser movido.
Era un arreglo decente, no óptimo pero decente. Esperanzadamente, le permitiría a Kagome estar cómoda siendo la perra del Capitán, sin que los hombres se hicieran ideas y sin que Miroku tuviera que dormir constantemente en el piso del Capitán, algo que al joven no le complacía.
Dicho hombre traqueó su cuello y se sentó en una de las sillas del comedor con un bostezo. Su cuerpo le dolía del trabajo que requirió ensamblar la madera para el marco de una cama. "Por qué no hicimos que Totosai lo hiciera?"
"No quiero que ninguno de los hombres sepa que ella no comparte mi cama." Murmuró Inuyasha mientras se sentaba en la silla de su escritorio tronando sus nudillos. "De esta forma pensarán que compré una cama más grande para ella y para mí y no saben que ahora tengo dos camas en vez de una." El Capitán estiró sus manos sobre su cabeza perezosamente. "Entre menos sepan, mejor."
"No lo olerán?" Preguntó Miroku cerrando sus ojos perezosamente.
Inuyasha se encogió de hombros, "Aun si lo hicieran, no dirán nada." Dijo con burla. "Para todos ellos solo la hago hacer felación."
"La felación es buena." Comentó Miroku mientras continuaba estirándose, un ojo abierto con malicia. "Pero nada le gana al calor de una mujer, si sabes lo que quiero decir." Miroku le guiñó e Inuyasha lo miró secamente.
"No dijiste eso." Murmuró Inuyasha colocando su mentón en sus manos.
"Sí, lo dije Capitán." Dijo Miroku con una sonrisa. "Deberías saberlo, has estado con pocas mujeres en tu vida."
Inuyasha resopló y miró a Miroku con una aburrida expresión. "Eso puede ser pero recuerdo a un muchacho que también ha estado con pocas mujeres en su vida, mujeres de las que cierta joven no sabe nada."
Miroku tragó y miró al Capitán, intentando evaluar lo que podría hacer con esa información. "Supongo que es cierto, sin embargo," Miroku aclaró su garganta. "Solo fueron una o dos."
"Cinco veces." Murmuró Inuyasha con una aguda carcajada. Miroku tuvo la decencia de sonrojarse. "Incluso recuerdo la primera vez que mi pequeño llegó a casa oliendo a ramera."
"Oye!" Gritó Miroku completamente ruborizado.
"La mirada de vergüenza en tu cara," Inuyasha sonrió. "El olor de culpa y confusión. Cielos, qué buenos recuerdos."
"Te odio." Pronunció Miroku recostándose en su silla con sus brazos cruzados sobre su pecho, su cuerpo completamente rojo de cabeza a pies.
"Lo sé." Dijo Inuyasha con una ligera mofa y risa. "Todo el amor del mundo, mi muchacho," añadió. "Tengo todo el amor del mundo."
Miroku se encogió y se hundió más en su silla, ignorando las palabras de su padre adoptivo. Él había comenzado la conversación después de todo, así que era completamente su culpa si le entregaba su trasero.
Con un suspiro Miroku miró al Capitán por el rabillo de su ojo. El hombre tenía sus ojos cerrados y estaba descansando su cabeza contra una de sus manos mientras la otra tocaba distraídamente la gema alrededor de su cuello, eso hizo sonreír a Miroku. El hábito de perderse con esa particular gema había existido probablemente más de lo que Miroku había vivido y verlo, la calma que recaía sobre el hombre normalmente enérgico cuando se perdía en ella era confortante. Inuyasha siempre había sido un maestro enérgico, empujándolo constantemente a hacer lo mejor, a aprender más rápido, y a pelear más rápido y duro pero al mismo tiempo había sido un maestro divertido.
Muchos días jugarían, lucharían o tocarían música cuando Inuyasha estaba dispuesto. Irían a tabernas, se meterían en peleas, beberían y bailarían con mujeres desconocidas. Esos habían sido momentos divertidos y aun—el Capitán también le había enseñado formas más sutiles de diversión. Había aprendido a jugar ajedrez, un juego que, a la fecha, aún disfrutaba, y había aprendido varios juegos de cartas (la mayoría de los cuales involucraban intercambio de dinero de mano en mano). Con frecuencia habían pasado noches en cubierta jugando póker con los hombres o juegos más simples como Truco, el cual habían aprendido de Barba Negra quien fuera cercano a los juegos de cartas de tarot.
Miroku sonrió cuando los recuerdos volvieron a él, de un instructor severo pero también un hombre juguetón. Recordó la primera vez que fue al nido de cuervos, el Capitán lo había puesto en su espalda y saltó hasta allá, aterrizando a cincuenta pies sobre el barco con un joven Miroku aferrándose a sus hombros con miedo. En ese tiempo, Miroku había pensado que lloraría (era un pequeño de ocho años) pero entonces el Capitán le había hablado.
"Mira," dijo la amable voz. "Abre tus ojos y observa. Esta es nuestra vida, nuestro mundo, nuestro mar. Nadie puede quitárnoslo, ricos o pobres, poderosos o débiles."
Y él lo hizo—abrió sus ojos y asimiló el mundo desde cincuenta pies en lo alto, el miedo abandonó su corazón cuando sintió las fuertes manos del Capitán sosteniéndolo mientras permanecían juntos sobre el mar.
Esas palabras lo habían perseguido de cierta manera. Eran ciertas, él de todas las personas, entendería su verdad. Los primeros años de su vida—esos primeros ocho años habían sido miserables, colmados con orfanatos y falta de comida, pero entonces el Capitán lo había encontrado, lo había sacado del canal llevándolo a un mundo que nadie podía tocar. Un lugar seguro donde sabía que estaba protegido, donde sabía que podría protegerse.
Esos horribles primeros años de su vida donde había tenido frío y hambre se habían vuelto dignos al segundo que había entrado al mundo del Capitán—al segundo que le había sido garantizada la vida intocable que ahora vivía, la vida bendecida que ahora vivía. Estaba bien educado donde la mayoría de hombres lo estaban, le había sido permitido jugar donde la mayoría de niños no, le habían permitido crecer sin obstáculos por las restricciones sociales, le habían permitido un buen hogar y una familia, una esposa que había elegido por sí mismo y ningún hombre—rey—reina—demonio en ropa de rico podría quitarle eso.
Miroku miró al Capitán y sonrió—le habían permitido un maravilloso modelo a seguir—aun cuando el Capitán pudiera ser rudo y escandaloso y maldijera mucho, era el mejor modelo a seguir que Miroku hubiese podido pedir. Quería vivir como él, intocable, listo y fuerte por el resto de su vida. "Gracias."
"Hm?" Gruñó el Capitán haciendo que Miroku se diera cuenta que había dicho esas palabras en voz alta.
Rápidamente rió estirándose y comenzando una conversación. "Apuesto que las chicas querrán ver los nuevos muebles."
Inuyasha abrió un ojo y asintió levemente antes de estirarse, su boca se abrió y su lengua se curvó como la de un perro. Miroku se contuvo de comentar—había comentado una vez y recibió un gran chichón en su cabeza a cambio.
"Se fueron de compras." Murmuró Inuyasha frunciendo sus ojos.
Había sido contra su mejor juicio, especialmente después del incidente de ayer (o debería decirse múltiples incidentes) pero Sango había insistido que les fuera permitido tiempo juntas. Normalmente era trabajo de Sango ir a los mercados y reunir la comida y el agua; después de todo era la mejor negociando cosas así. Pero llevar a la Srta. Dresmont con ella, le preocupaba, la chica atraía los problemas. Aun así, no tenía mucho de qué preocuparse, si tuviera problemas lo sabría instantáneamente a través de la marca de la Srta. Dresmont. Además, le alegraba que las dos chicas tuvieran tiempo juntas para crear lazos—Tiempo de Chicas lo había llamado Miroku.
Inuyasha se estremeció ante la idea—no quería saber qué implicaba el tiempo de chicas. Al final, las había dejado ir con Myoga de escolta, no es que el hombre pudiera ayudar si llegaban problemas, era más probable que Sango se deshiciera de alguien que las lastimara pero lo hizo sentir mejor saber que había alguien con ella para estar alerta ante el peligro. Esas jóvenes se distraían fácilmente cuando estaban juntas, podían negarlo pero era verdad.
Miroku golpeteó su mentón y miró por la ventana al fondo de la habitación. "Regresarán pronto, se los mostraremos entonces."
"Miroku," dijo Inuyasha apoyando su cabeza en su escritorio. "Recuerdas qué te enseñé sobre las mujeres y las compras?"
Miroku frunció y tomó un profundo respiro sarcástico. "Las mujeres que compran son impredecibles como el viento—" Comenzó, su voz adornada con burla. "Nunca sabes cuándo van a comenzar o cuando van a terminar."
"Y conociendo a esas dos, no hay manera de decir cuándo el viento abandonará sus velas." Dijo Inuyasha con un profundo respiro dándole una dura mirada a la aburrida cara de Miroku. "Recuerdas su viaje de compras en Port Royal?"
Miroku lo miró y fingió inocencia, o en verdad, trató de bloquear los recuerdos del viaje de compras en cuestión.
"Cuánto tiempo fue?" Presionó el Capitán, enviándole al hombre una mirada que le decía no mentir.
Miroku rascó la parte trasera de su cabeza viendo de repente la verdad detrás de la lógica del Capitán pero no estaba dispuesto a admitirlo. "Cinco horas."
"Cuánto tiempo ha pasado?" Indicó Inuyasha, moviendo sus manos en un pequeño círculo como si sacara las palabras de boca de Miroku.
"Sólo tres." Suplió Miroku y llevó una mano a su cabeza para frotarla.
"Entonces qué podemos concluir?"
Miroku gruñó para sí y agachó su cabeza, "Que no regresarán por al menos dos horas más."
"Exactamente." Con eso, Inuyasha se levantó y recogió su largo abrigo rojo de su silla, poniéndoselo rápidamente. "Vamos a buscarlas, tal vez podamos hacer que se apresuren."
Miroku asintió en completo acuerdo, poniéndose de pie y siguió al hombre arrastrando los pies.
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Sango y Kagome caminaban juntas por el mercado, Myoga tras ellas mortificado ante el hecho de que estaba cuidando a dos mujeres vestidas como hombres. El pequeño demonio arrastraba sus pies mirando los alrededores por alguna señal de inminente peligro. Sus ojos se movían de un lado a otro buscando alguna cosa que estuviera fuera de lugar por pequeña que fuera. Hasta aquí nada había estado fuera de lo ordinario. De hecho, todo había salido aparentemente bien. Las dos chicas simplemente habían reunido provisiones para el barco, negociando con los mercaderes locales para obtener precios razonables y luego dirigir la mercancía hacia los muelles donde la mercancía sería recibida.
Ambas parecían disfrutar el proceso, aunque la mitad del tiempo no hablaban el mismo idioma del mercader, y—Myoga tuvo que admitir—lo habían hecho excepcionalmente bien (con la barrera del idioma y todo). Habían reunido suficiente comida seca y en vinagre para algunos meses al precio de unas pocas semanas. Realmente le asombraba, nunca había notado que la mujer del Intendente estuviera tan adaptada a tales cosas pero de nuevo, el Capitán no la pondría a cargo de tan importante trabajo si no tuviera sus razones.
Aun, a pesar de cuán buenas fueran para protestar y cuánta diversión estaban teniendo juntas, Myoga sabía que estaban en constante amenaza de peligros desconocidos. Miró alrededor observando a todos los hombres con armas y cuchillos, si uno de ellos captaba que sus dos encargos eran hembras y no hombres jóvenes, estarían en problemas.
"Si una de ellas resulta lastimada Inuyasha-sama me matará." Pensó la pequeña pulga mientras sudor cubría su frente no del calor sino de su propio miedo. "Por qué puso a Myoga a cargo de algo tan importante como esto?" Myoga agachó su cabeza y suspiró, era un hombre relativamente pequeño, de no más de cuatro pies de alto, Sango y Kagome eran más altas que él. Y encima de eso, era un demonio más viejo. Había vivido cinco mil años. Tenso, el pequeño hombre traqueó su cuello. "Oh Inutaisho-sama, por qué pusiste a Myoga a cargo de Inuyasha-sama?" Inhaló otro profundo respiro y miró a las dos mujeres. "Um, por qué Inuyasha-sama pone a Myoga a cargo de ellas," suspiró fuertemente mientras observaba a Kagome y a Sango reír juntas. "Myoga odia la vida."
En el momento, Kagome y Sango habían terminado de comprar las provisiones para el barco y ahora se habían permitido mirar los diferentes puestos que el mercado tenía que ofrecer. Había alrededor de cien comerciantes en el mercado al aire libre en medio del pueblo, algunos vendían animales como pollos o cerdos, otros vendían especias o mapas y ópticas, e incluso los mercaderes más extravagantes, armas, cuchillos y espadas. Habían explorado la mayoría de ellos, mirando las extrañas baratijas con ávido interés mientras Myoga caminaba ligeramente atrás.
Encontraron algunos puestos que vendían joyería, nada tan fino como el anillo que Sango ahora usaba en su mano derecha pero las gemas habían sido hermosas y habían pasado casi treinta minutos debatiendo si Kagome debería perforar sus orejas. Las de Sango ya habían sido perforadas de manos de Miroku quien también tenía una oreja perforada en varios lugares. Después de largos momentos de pensarlo, Kagome había decidido que sería muy doloroso intentarlo y habían abandonado el puesto, llevándolas a la presente tienda. En el puesto en el que estaban vendían rollos de tela de todo tipo, desde materiales pesados como lonas para mástiles, hasta materiales mucho más ligeros para ropa.
"Srta. Sango, qué piensas?" Kagome sostenía un rollo de tela, dándole la vuelta de un lado a otro. "El Capitán me dio dinero para comprar tela para sábanas y pensé que esta podría ser una buena." La tela era de un azul oscuro, casi índigo.
Sango alcanzó y tocó la tela con la punta de sus dedos. "Es suave pero quedará en la habitación? Todo ahí es rojo."
Kagome golpeteó su mentón y tocó la tela un poco más. "Cierto, pero—" Miró el surtido de telas rojas. "En verdad queremos sumar más a la penetrante cantidad de rojo en esa habitación? Mi cabeza me da vueltas."
"La variedad es buena." Admitió Sango y de nuevo tocó la tela. "Y es realmente suave."
Las dos chicas se miraron, como si estuvieran en otra conversación más silenciosa. Myoga les levantó una ceja a las dos mujeres desde su lugar a una distancia, qué importaba, tela era tela y una habitación un lugar para dormir. Ladeó su cabeza aburrido, sus ojos miraban a las dos mujeres continuar debatiendo sobre el material azul.
"Es muy agradable y de alta calidad, muy sedosa." Razonó Sango frotando su cara contra la tela para ver cuán gentil era con la piel.
"Me pregunto si es seda." Comentó Kagome en voz alta mientras también rozaba su rostro en la tela. "Si lo es, será costoso." Mordió su labio y le dio una larga mirada a la tela.
"Por qué no preguntas el precio?" Recomendó Sango mientras retiraba sus manos y cruzaba sus brazos sobre su pecho pensativa. "No dolerá, verdad?"
Kagome sonrió y asintió antes de mirar en lo más hondo del puesto. Miró alrededor, tratando de ver si el comerciante estaba cerca. Frunciendo sus ojos miró el lugar pobremente iluminado. La tienda era como cualquier otra, al menos en estructura. Estaba construida como un stand típico, con un techo de lona en la parte de atrás para que el comerciante conservara los productos. Lo único diferente entre este y los otros era la forma en que los rollos de telas e hilos estaban colgando desde todos los ángulos, lo cual evitaba que algo de luz solar entrara en el recinto.
Kagome parpadeó varias veces, sintiendo una extraña sensación de miedo invadirla mientras hablaba en el espacio semi oscuro. "Discúlpeme, Sr. Comerciante, habla inglés?" Pausó pero nadie apareció. Miró a Sango quien se encogió de hombros. "Um," llamó otra vez. "Discúlpeme?"
De repente, desde la oscuridad del puesto llegaron dos penetrantes ojos azules. Kagome sintió su corazón saltar a su garganta mientras los ojos la miraban, ardiendo en ella con una mirada que podría derretir un diamante.
Su cuerpo comenzó a temblar mientras los ojos se acercaban más, revelando a un pequeño hombre con cabello grisáceo que salía de su cabeza en todas direcciones. Se detuvo en la luz y Kagome casi jadea cuando notó los pares extra de brazos que adornaban su cuerpo, seis en total igualando ocho miembros incluyendo sus piernas.
"Un demonio araña?" Susurró ella mientras el hombre se recostaba contra el marco de madera de la tienda y le gruñía. Parpadeó pocas veces antes de darse cuenta que el gruñido había sido una pregunta no vociferada. "Um, Sr. Comerciante, habla inglés?" Se acercó más a Sango mientras hablaba, la otra mujer bien parada en orden de intimidar.
Tras ellas, Myoga también se paró firme, aunque mucho más corto que Sango y se acercó unos pasos. La araña sólo movió sus ojos, mirando a Sango y luego a Myoga antes de regresar su mirada hacia Kagome. Levantó dos de sus seis manos y alisó su arrugada ropa antes de mirar a Kagome con una sonrisa asombrosamente gentil. "Sí, joven. Qué necesita?"
Los ojos de Kagome se abrieron ante el acento escocés y los ojos gentiles. Todo su miedo se desvaneció mientras este pequeño demonio araña la miraba con amabilidad y sin malicia. Valientemente, se alejó de Sango, llevando la tela hacia el demonio araña se la mostró. "Sr. Comerciante, cuánto vale esta tela?" Preguntó en su mejor imitación de la voz de un hombre.
El demonio araña levantó su anciana ceja, mirándola como si la viera por primera vez. Kagome se sintió nerviosa mientras el demonio araña de nuevo analizaba su apariencia y luego miraba sus manos en el rollo de tela. Parecía estar contemplando algo, sus sabios ojos llenos con un conocimiento que ella no compartía. Después de un momento, desvió sus ojos de sus blancas manos y miró hacia Myoga, su mirada llena de preguntas y comprensión al mismo tiempo.
Myoga tragó saliva, este hombre era un demonio viejo, uno muy viejo, más viejo que él, y estaba seguro de que el hombre había adivinado que el 'él' en frente de él de hecho era una ella. "Qué hará Myoga?" Se preguntó deteniéndose más cerca de Kagome y Sango, su pequeña mano alcanzó en su espalda por el arma que mantenía escondida. No era tan intrépido como el Capitán o el Intendente, no cargaba su arma a la vista pero la escondía en caso de que fuera necesaria. Tocó el arma, esperando ver lo que el viejo demonio haría con su nuevo conocimiento—si de hecho hubiese adivinado que Kagome era una mujer.
Si el anciano sabía, sin embargo, no lo hizo conocido. En vez, simplemente desvió la mirada de Myoga hacia la tela, señalándola y encogiéndose de hombros. "La vendo a una pieza de plata por largo." Murmuró antes de rascar su vieja cabeza, migas de caspa o tierra caían de su cabello.
"Cuánto es su longitud?" Preguntó Kagome razonablemente, cada comerciante de tela tenía una manera diferente de medir longitudes. El anciano señaló una línea en el mesón de madera de su puesto, iba de tres pies de extremo a extremo—el equivalente a una yarda. Kagome sonrió, el precio era bueno. "Puedo llevar siete largos, por favor?"
"Seguro," el hombre dudó, mirando a Kagome con una mirada fija y luego sonrió. "Sí, señor." Tomó la tela de sus manos y sacó un par de cortadores de tela, similares a las tijeras. En poco tiempo había cortado la tela y la había empacado en un material de papel marrón atado con un cordón. "Aquí tiene, que tenga buen día."
"Gracias." Dijo ella con una pequeña sonrisa, tomando la tela de él antes de alejarse. "Eso fue una ganga." Le dijo a Sango quien asintió en acuerdo.
Myoga tomó un profundo respiro relajado tras ellas, agradeciendo al comerciante que no dijera nada. Por ahora estaban a salvo, miró alrededor, tratando de encontrar cualquier peligro—no había ninguno—las chicas estaban a salvo. En silencio, Myoga se giró para mirar el puesto de la araña. El anciano lo miró y le asintió, los dos compartieron una mirada de mutuo entendimiento.
"Cómo lo supo?" Susurró Myoga, sabiendo que los oídos del viejo demonio eran mejores que cualquiera de los jóvenes alrededor. Las armas modernas, aunque inconvenientes para pelear, han destruido la audición de los demonios modernos, dejando a las viejas generaciones muy superiores en el área de la acústica.
"Sus manos," dijo la vieja araña comenzando a retroceder de la luz solar. "Ningún chico tiene manos lechosas como las suyas." Con eso desapareció en su puesto, Myoga se agachó levemente ante la desaparecida presencia antes de girarse para seguir a sus dos encargos.
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"Qué piensas, hermano?" Dijo Manten desde su lugar tras un puesto de panadería. "Debemos atraparla ahora?"
Hiten chasqueó su lengua desde su lugar junto a su hermano. "No, esto requiere estrategia, no sabemos de lo que es capaz ese pequeño demonio o su otro escolta." Miró de la Sango disfrazada a Myoga. "Debemos esperar hasta que estén cerca de los muelles."
"Pero, no es peor?" Manten miró confundido a su hermano. Si estaban cerca de los muelles entonces estaban cerca al Capitán del barco Shikuro. Sí, ellos sabían de su localización, sabían de su tripulación, los habían estudiado completamente el día previo en espera de encontrar una debilidad. Había pensado que el viaje de la chica al mercado sería una debilidad y aun—no parecía serlo.
Hiten sonrió mientras las ideas de su hermano se desvanecían. Sabía lo que estaba haciendo, tenía su plan. "Manten," dijo él lentamente mientras observaba la figura de Kagome y sus escoltas desaparecer en la multitud. "Voy a ir al barco para dejar el puerto."
"Hiten!" Dijo Manten en shock. "Qué?"
"Dejaré un bote en el muelle." Respondió él, sus ojos fijos en su hermano menor transmitiéndole la importancia de lo que estaba diciendo. Una vez estuvo seguro de que el hermano menor entendió completamente, sonrió y se giró hacia su joven grumete. "Shippo."
"Sí Capitán?" Dijo el pequeño niño al otro lado del Capitán.
"Distrae a la chica y a sus acompañantes con tu magia a la señal de Manten." Los ojos del Capitán regresaron a su hermano menor. "Manten, agarrararás a la chica cuando todos estén distraídos, entendido?"
"Sí, hermano." Manten miró a su hermano emocionado ante el plan, astuto pero simple. La chica caería fácilmente por la joven apariencia de Shippo y bajaría su guardia, permitiéndole tiempo a Shippo para lanzarle su magia y dejarlo agarrarla, realizando un escape limpio.
"Yo esperaré por ustedes afuera del puerto, remen tan rápido como puedan."
Manten asintió entusiasmado. "Me moveré como un rayo, hermano mío."
Hiten sonrió y asintió. "Ve a esconderte en frente del muelle, que nadie te vea."
"Sí!" Sin más palabras el joven hermano asintió y se alejó, sabiendo que tenía una limitada cantidad de tiempo para ponerse en posición en la entrada de los muelles—el lugar donde la chica tendría que caminar para llegar a su barco. Hiten sonrió en la multitud observando a las personas y demonios pasar ante sus ojos. Sonrió lamiendo sus labios. "Shippo?"
"Sí, Capitán?" Dijo el pequeño, su pequeño cuerpo encorvado con culpa, conocía la orden antes de darla.
"Dile que has huido para que no sospeche nada y cuando Manten dé la señal golpéala con tu fuego, para que pueda agarrarla sin forcejear, entendido?"
Shippo miró a su Capitán y sintió algo en su garganta mientras lágrimas llenaban sus ojos, aguados y llenos de arrepentimiento. "Sí, Capitán." Logró decir mientras el nudo en su garganta se intensificaba.
"Bien." Dijo Hiten y con velocidad sobrenatural aun para un demonio, desapareció de vista. Shippo supo que Hiten llegaría al barco en segundos.
Shippo observó a la gente en frente de él por un momento, sus ojos llenos con indiscutibles lágrimas. "Por qué soy tan débil?" Preguntó al aire rodeándolo mientras cerraba sus ojos, imágenes de un padre que había perdido y una madre que apenas había conocido nublaron su visión. "Mamá, Papá, por qué me dejaron solo?" Una imagen de Kagome entró, la sonrisa en su rostro casi angelical, el cabello corto y los hermosos ojos grises. "Lo siento Srta. Kagome. Desearía ser más fuerte."
Con eso, él también tomó curso por la calle, a lo largo del camino que había visto tomar a Kagome. Sintió su corazón punzar en su pecho, sintió su sangre correr fría en sus venas, sintió su pulso acelerarse en su muñeca y cuello, sintió su mente gritarle mientras imágenes gentiles de una mujer sonriente llegaban a su mente.
"Mi nombre es Kagome y tu nombre es Shippo, verdad?"
"Srta. Kagome." Dijo Shippo con voz suave corriendo en dirección del aroma de Kagome, la vio adelante con dos personas más, un humano y un demonio pequeño. Tragó y desaceleró, observándola mientras se movía en ropa de hombre.
Sintió la manzana en el bolsillo de su chaqueta.
"Tienes hambre?"
Vio su gentil sonrisa cuando le había preguntado, sintió su mano tocar su desordenado cabello rojo, sintió todo como si estuviera pasando justo entonces, como si estuviera repitiéndose tras sus ojos—en un punto especial de su cabeza. De nuevo tocó la manzana mientras su voz se reproducía por su mente.
"Tienes hambre?"
Sus manos se removieron de la manzana sabiendo que era una manzana que nunca se podría comer.
Shippo se detuvo cuando estuvo a pocos pies tras ella, sus ojos fijos en su figura, observándola mientras se movía con los otros dos hombres, casi estaban en el área de los muelles del puerto. Con un escalofrío saltó tras ellos, siguiéndolos no muy lejos. Vio el barco, El Trueno, alejándose del muelle, el viento favorable en sus velas mientras departía como fue lo ordenado. Siempre le asombró lo rápido que Hiten podía conducir El Trueno. Supuso que sería de años de experiencia en escapes rápidos.
Ahora solo estaba a un pie de Kagome, podía alcanzarla y tocarla como quería realmente pero—Shippo no quería. No quería molestarla, no quería detenerla, no quería verla secuestrada, no quería que conociera el dolor de Manten y Hiten. El aura de Manten en las sombras, sin embargo, lo empujó, su miedo hacia el hermano de su Capitán superaba su necesidad de proteger a la joven.
"No quiero lastimarla Srta. Kagome." Pensó Shippo para sí, sus ojos llenos con lágrimas. "Eres la primera persona en mostrarme amabilidad desde que murió mi Papá."
Miró la espalda de Kagome, observándola mientras se acercaba más y más al muelle. No podía dejar que una joven tan amable como ella tuviera el mismo destino que su padre y su madre. Shippo cerró sus ojos mientras veía el rostro de su madre. La mujer que lo había amado, abrazado, que peleó por él cuando llegaron los hermanos Relámpago. Había llorado, gritado, sus ojos vacíos mientras Hiten la destrozaba. Shippo había visto todo desde el escondite que su madre había hecho cuidadosamente en su madriguera. Eso había salvado su vida—le debía su vida a ella.
Su padre se había enfurecido cuando regresó a casa incontrolablemente triste. Recordó las lágrimas de su padre, recordó la angustiada mirada en su rostro, y recordó la venganza declarada a los Hermanos Relámpago del Mar Caribe. Y ahora, recordó la imagen de la piel de su padre envolviendo la cintura de Manten.
"Padre?" Susurró entre sus lágrimas. "Idiota."
Levantó la mirada, secando su rostro mientras buscaba la forma de Kagome, estaba en frente de su muelle, su corazón acelerado. Ahora era el momento de actuar como le habían dicho y aun—se sentía paralizado en su lugar. No quería hacerlo.
"No puedo hacer esto!" Murmuró para sí solo para captar un vistazo de Manten escondiéndose cerca. Sintió todo su cuerpo paralizarse bajo la mirada mientras el hombre lo observaba. Una gota de sudor bajaba por su nariz, goteando en el piso mientras la promesa de muerte parecía destellar de esos ojos.
"Muévete Shippo." Los labios formaron las palabras sin sonido pero Shippo podría haber jurado que escuchó la malvada voz. "MUÉVETE!"
"Srta. Kagome," su voz sonó en sus oídos pero estaba seguro que no se había ordenado hablar.
Kagome se giró ante la voz, la conocida voz infantil. Sus ojos lo buscaron, muy arriba para su pequeña figura y entonces bajó su mentón y sus ojos se abrieron levemente antes de que una hermosa sonrisa iluminara su rostro. "Shippo!" Exclamó ella arrodillándose a su lado. En frente de ella, Myoga y Sango observaban, esperando por alguna señal de peligro del pequeño, sus ojos llenos con un sentido de lascivia.
"Hola, Srta. Kagome." Dijo él tragando largo mirando lentamente a las otras dos personas. "Yo—te vi y—bueno—yo—necesito tu ayuda."
Kagome ladeó su cabeza mirando al niño mientras consideraba sus palabras tartamudeadas con calma. "Por qué necesitas mi ayuda, dulzura?"
Shippo sintió su corazón punzar en su pecho ante la palabra de cariño, se sentía como escoria, absoluta escoria, esta dulce jovencita estaba siendo tan amable, tan—maternal. "Yo—" Dijo suavemente, su voz sonaba confundida y temblorosa. "Hui—y no tengo a donde ir."
Tras ellos, Sango y Myoga se relajaron, sabiendo que el niño no era más una amenaza.
"Qué pasa?" La profunda voz llegó desde atrás, haciendo que ambos, Sango y Myoga, saltaran levemente.
De inmediato, Sango se giró para ver al Capitán y a Miroku acercándose en todo sus atuendo de piratas de finos abrigos y armas. "Ese niño detuvo a Kagome para hablar con ella de algo." Dijo Sango señalando al pequeño niño.
"Ese es el niño de ayer." Comentó Inuyasha cruzando sus brazos sobre su pecho.
"Le dijo a Kagome que había huido de su Capitán." Le mencionó Myoga al Capitán.
Inuyasha parpadeó recibiendo la información con una leve mirada de interés. "Ya veo."
"Es el grumete, Capitán?" Preguntó Miroku observando la apariencia del pequeño demonio. Su cuerpo estaba relativamente sin marcas lo que significaba que probablemente tenía un trabajo decente en el barco y no algo tan mortal para niños como cargar municiones o limpiar el lado inferior del barco. Esos eran los trabajos que con frecuencia mataban niños por disparos accidentales o ahogamiento. Este niño al menos no mostraba señas de cicatrices o golpes aunque estaba extraordinariamente delgado.
"Sí." Dijo Inuyasha sin más explicación mientras Kagome hablaba desde su lugar con Shippo a unos pies.
"Pobrecito." Dijo Kagome suavemente con ojos tristes. "Pero me alegra que estés a salvo," añadió resuelta arrodillándose para quedar a su altura. "Serás mucho más feliz por eso, estoy segura."
"Pero no tengo a dónde ir." Dijo él sonándose, muy real para haber sido falso. Por dentro, Shippo estaba sintiendo verdadero temor por su vida—quería ir contra su orden pero sabía, sabía que no podía. Estaba atrapado en este trabajo, estaba atrapado en su obligación para secuestrar a Kagome, pero, él no quería, no quería lastimarla. Lágrimas caían una por una por sus mejillas ante la idea.
Kagome frunció ante las lágrimas y alcanzó para secarlas con una mano gentil. "Por qué no vienes conmigo, a mi—al barco del Capitán Inuyasha? Estoy segura de que te dejará abordar."
Kagome se sonrojó mientras hablaba; casi se había referido al barco como suyo—como su hogar. Tragó ante la simple idea, ese barco no era su hogar, era un lugar de piratas, y su hogar estaba en Port Royal—sacudió esa idea de su cabeza, y sus ojos casi cerrados, tristes, ese lugar no era su hogar, ningún lugar era su hogar—nunca había tenido un hogar verdaderamente.
Más allá tras ella, Inuyasha tuvo una reacción similar, qué había dicho? Qué significaba su tartamudeo? Sintió su rostro ruborizarse y luego gruñó levemente para sí, tartamudeo o no, no había dicho nada además de la palabra 'mi', no podría decir lo que habría querido decir con leer su mente—así que por qué molestarse en pensar en eso. Resopló ligeramente ante la idea y volvió sus orejas hacia la conversación.
"Ir contigo?" Preguntó Shippo en una pequeña voz. "Puedo ir?" La idea hizo pausar a Shippo, alejarse de los Hermanos Relámpago, escapar de ellos, ser libre de ellos. Miró el confundido rostro de Kagome y frunció. No sería agradable si pudiera hacer lo que estaba implicando. Sintió una sonrisa formarse en su rostro. "Srta. Kagome, lo dices en serio?"
"Por supuesto." Dijo ella con una suave sonrisa en su rostro. "Me encantaría tenerte ahí."
Shippo sintió lágrimas picar sus ojos ante la felicidad que sintió pero entonces, a la derecha de Kagome captó un vistazo de un arma, un arma que él reconoció—el arma del hermano menor Manten. Dejó caer su cabeza contra su pecho; dejó que las lágrimas cambiaran de unas de felicidad a unas de tristeza y temor. Recordó que todo esto era una mentira, recordó su misión y aun—aunque todo era una farsa, aunque sabía que en cualquier segundo él obtendría la señal de esa arma, se sentía bien escuchar que alguien lo recibiría, que alguien se había preocupado por él como su madre y padre alguna vez.
Tras ellos, Inuyasha y los otros permanecían en silencio ante el intercambio. Observaban intensamente mientras el niño y Kagome hablaban, mientras el pequeño demonio se reducía a lágrimas. Emocionó sus corazones pero al final regocijó más el de Inuyasha. Observó a la mujer mientras alcanzaba y tocaba el cabello del niño. Sus lágrimas aminoraron mientras le hablaba gentil, palabras de afecto materno y amor. Lo golpeó hasta la médula cuando le prometió a Shippo una vida feliz a bordo de su barco.
"Cómo," dijo él en una pequeña voz, sin darse cuenta que estaba hablando en voz alta. "Puede ser tan amable?" Terminó suavemente, incapaz de formar palabras.
"Ano—la Srta. Dresmont es una persona extraordinaria." Le dijo suavemente Myoga al Capitán mientras observaba a la mujer alisar el cabello del pequeño. "Como otra mujer humana que Myoga recuerda." Myoga se giró e hizo contacto visual con el Capitán mientras decía esas palabras.
Los dos hombres se miraron por unos segundos pero se sintió como horas para Inuyasha cuando se dio cuenta de quién estaba hablando Myoga. Desviando la mirada del anciano, Inuyasha sintió su mano moverse por voluntad propia para tocar la joya alrededor de su cuello, palpándola tan ligeramente mientras la imagen de la mujer de la que hablaba Myoga entraba en su mente. "Okaa-san."
"Sí," la Sango disfrazada aceptó devolviendo a Myoga y a Inuyasha a la conversación presente. "Realmente es una persona extraordinaria."
"Sí," Miroku asintió con una sonrisa. "Igual que ayer cuando se disculpó con los hombres que golpearon tú y el Capitán."
"Lo merecían." Ambos, el Capitán y Sango dijeron al unísono. Los dos se miraron sorprendidos pero asintieron en acuerdo.
"En verdad lo merecían." Dijo Sango resoplando. "Ningún hombre debe pensar que puede tomar a una mujer solo porque es conveniente." Su puño se cerró a su costado ante sus propias palabras.
"Tienes absoluta razón." Dijo Miroku asintiendo firme, sabiendo que las palabras de Sango contenían más importancia de lo que implicaban. "Completamente."
"Miroku—" Su voz se desvaneció mientras le sonreía al hombre y luego desviaba su mirada para ver a la Srta. Dresmont y el pequeño niño cuyos ojos aún estaban llenos con lágrimas.
"Estoy tan contento." Dijo su pequeña voz sin ningún control, mirando a los piratas tras Kagome. "Haber escuchado esas palabras, estoy tan contento." Shippo dejó que sus ojos fueran hacia el lado derecho de Kagome por un segundo mientras escuchaba el sonido de un disparo, un hecho común en Puerto España pero esta vez—era una señal muy importante. "Gracias, Srta. Kagome." Dijo él en una pequeña voz mientras su cabeza se desplomaba en su pecho donde latía su corazón. "Y—lo siento."
"Lo sientes por qué, Shippo?" Dijo Kagome confundida mientras el niño levantaba sus ojos de nuevo, estaban inyectados de sangre.
"Fuego mágico!" Gritó de repente, el muelle fue llevado a un fiero mundo ante las palabras, todo se vio envuelto en las falsas llamas.
Tras ellos, Inuyasha se enrojeció con pánico, a través de la cantidad de llamas no podía ver a Kagome, no podía olerla por el extraño aroma que emanaban las llamas. "Miroku!" Gritó y el hombre a su lado se movió de inmediato, sabiendo exactamente lo que su Capitán estaba pidiéndole.
En segundos, Miroku había trepado sobre la multitud, sobre el techo de una tienda cercana, sus ojos buscaban en todas direcciones, buscando alguna señal de Kagome. Se movían, mirando a la izquierda y a la derecha, arriba y debajo de los muelles. "Mierda." Gritó al aire, no podía verla por ningún lado. "Capitán, no puedo ver nada!"
"Maldición." Gritó Inuyasha desde su lugar en el muelle mientras corría hacia las llamas, sabiendo que no se quemaría aun si fueran reales, la ropa que usaba secretamente bajo su abrigo lo evitaría. "Srta. Dresmont!" Gritó en el flameante fuego. "Srta. Dresmont, respóndeme maldita perra."
A pesar de sus rudas palabras, Inuyasha estaba en total pánico inducido por el miedo. Sus ojos estaban dilatados y su corazón palpitaba tan fuerte en su pecho que le estaba siendo difícil para escuchar el caos con claridad. Su respiración salía en duros jadeos sintiéndose gruñir profundo en su pecho. Estaba enojado, enojado consigo mismo por permitir que el pequeño niño lo engañara. Había supuesto que el niño era incapaz de una magia tan fuerte y aun—aquí estaba envuelto en llamas que solo un demonio de clase alta podría hacer.
"Mierda." Dijo en las llamas, "Mierda!" Su voz asustó a las personas alrededor quienes estaban en sus propios estados de terror. Inuyasha sintió su corazón latir en su pecho mientras pensaba en ella, la primera vez que había sido presentado a ella.
"Ella es la Srta. Kagome Dresmont, es la hija de nuestro Representante Humano en Port Royal."
Inuyasha la vio en su mente, la forma en que había estado tan impropia, sus manos sin guantes, sin miriñaque. Había parecido una niña desafiante la primera vez que la había visto y aún, había estado hermosa. La forma en que esos mechones sueltos de cabello habían atrapado la luz, la forma en que sus grandes ojos grises lo habían mirado, la forma en que habían brillado, la forma en que bramaban como el mar.
"Mierda," dijo mientras la rabia entraba en su corazón diez veces, "Dónde estás?"
"Ella es la Srta. Kagome Dresmont." La presentación se repitió en su cabeza, otra vez.
"Dónde estás?" La voz de Inuyasha se tornó más pequeña mientras miraba alrededor de los caóticos muelles, todo fluía alrededor en cámara lenta, incluso su corazón parecía latir más despacio, incluso su respiración parecía tornarse más lenta.
"Srta. Kagome Dresmont."
"Srta. Dresmont!" Gritó él mirando alrededor del puerto, sus agudos ojos fallaban en verla mientras imágenes suyas se repetían en su cabeza, la forma en que hacía reverencia, la forma en que su mano se había sentido contra sus labios.
"Kagome Dresmont."
El rubor que cubría sus mejillas cuando hablaron. La forma en que hablaba del mar, la forma en que lo había rechazado cuando le preguntó si tenía algo por qué vivir. "Usted?" Sus palabras hicieron eco en su cabeza.
"Sí," respondió él sintiendo una humedad en sus ojos. Era ridículo, solo la había conocido por una semana, apenas diez días y aun—su demonio ya lo sabía—el demonio dentro de él reconoció lo que él no podía. Ella necesitaba estar a su lado.
"Kagome."
El nombre pareció reverberar en su mente, una ola lenta que golpeó la turbulenta orilla de su psique.
"Kagome."
"Kagome." Suavemente repitió el nombre en voz alta por primera vez mientras una imagen de su desafiante rostro se formaba en él gritándole por el hombre que había empujado ayer. La vio cruzando sus brazos sobre su pecho. La vio inclinándose para disculparse con los hombres que Sango y él habían golpeado el día anterior. La vio mientras se apoyaba en la baranda cuando entraron al puerto y a los muelles. Vio su corto cabello ondear en su rostro, vio su alegría cuando vio los delfines en el agua.
Vio su shock, vio su sonrisa, vio su vergüenza, olió su excitación, olió su miedo, olió su confusión—la olió. Ese hermoso aroma de flores y mar.
"Kagome."
"Kagome." Al principio se sintió extraño en sus labios pero entre más lo decía, mejor se sentía decir ese nombre, ese extraño y exótico nombre que igualaba a tan asombrosa y exótica joven. "La necesito." Admitió para sí, el demonio en él gruñó en aprobación. "Kagome—dónde estás?" Miró alrededor, ignorando el pánico de la gente, su mente sólo estaba enfocada en una cosa, en un pensamiento:
"KA—GO—ME?"
Fin de Capítulo
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Notas:
Truco es un popular juego de cartas del siglo XVII que se juega con cartas de tarot y era el juego favorito de Barba Negra, el famoso pirata del Caribe.
