SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE
Por Inuma Asahi De
Traducido por Inuhanya
Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).
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Capítulo Dieciséis:
La Luz de Kagome
"Dónde estás?"
Los ojos de Kagome se abrieron de golpe y se enderezó sólo para encontrarse atada con sogas y enceguecida por un listón negro. Sintió el material alrededor de su cabeza y asumió que una prenda fue atada fuertemente frente a sus ojos, no dejándola ver. Su corazón latía en su pecho mientras forcejeaba contra las cuerdas y luchaba por recuperar su vista.
"Estoy asustada," Escuchaba decir a su mente una y otra vez mientras su pánico se hacía más y más profundo. "Qué pasó?" Recordó al pequeño niño Shippo, recordó hablar con él, recordó que el Capitán estaba tras ella junto con Sango, Myoga y Miroku. Recordó ofrecerle a Shippo un lugar en el barco, recordó las lágrimas en sus ojos, recordó—su 'lo siento'.
"Shippo," dijo muy tranquilamente sintiendo sus lágrimas formarse bajo el vendaje. Él la había engañado, había usado alguna magia para golpearla, y aun—recordó su pequeño rostro, había estado tan genuinamente feliz cuando le había ofrecido el lugar para quedarse y luego tan genuinamente triste cuando le había dicho que lo sentía.
"Él," se preguntó para sí, "se arrepintió?" Kagome creía que sí, que se había arrepentido de lo que había pasado con todo su corazón. Shippo la había atacado no por voluntad propia, lo sabía sin tener que pensar en eso. Brevemente, su mente regresó a Hiten y Manten, el Capitán y Primer Oficial del chico, estaba segura que ellos tenían algo que ver con todo esto.
La sensación de agua golpeando su piel la sacó de sus pensamientos y Kagome se cerró.
"Dónde estás!"
Los oídos de Kagome parecían concentrarse a un lado de su cabeza, alguien había gritado? Sonaba casi familiar—pero las palabras—venían de su mente, no?
"Mierda."
Buscó alrededor aunque no podía ver, podría haber jurado que había escuchado a alguien maldecir, como si lo hubiesen susurrado en su oído. Con cuidado, tomó un profundo y tembloroso respiro mientras les permitía a sus oídos ser sus ojos escuchando la voz que llamaba su nombre.
"KA—GO—ME!"
Sus orejas casi se mueven como las del Capitán ante el sonido y juró que había escuchado a alguien gritar su nombre. La voz era una que conocía muy bien, era la voz del hombre que había conocido en Port Royal, la voz de un hombre que había bailado con ella y que había besado su mano, un hombre que la había besado, un hombre que la había traicionado, un hombre que la había marcado como suya, un hombre que había salvado su vida, un hombre que le había dado una vida en el mar, un hombre que era mucho más de lo que parecía.
Sintió las lágrimas hacerse más predominantes en sus ojos cuando de nuevo escuchó la voz, gritando su nombre a todo pulmón, frenéticamente. No era el sonido de un hombre buscando su posesión (como una brújula o una mascota) era el sonido de un hombre buscando desesperadamente por algo que era muy preciado para él. Con pánico porque no podía encontrarlo y necesitaba tenerlo desesperadamente.
"Capitán?" Preguntó ella, el aire tranquilo mientras se giraba hacia el sonido, su corazón latía rápidamente con anhelo. "Estoy aquí!"
"Yo no gritaría si fuera tú."
Kagome se congeló cuando la voz golpeó sus oídos y sintió su corazón desplomarse en su estómago. Reconoció la voz, la reconoció bien, era el hombre del otro día, el hombre que había cobrado una deuda en la tienda del carpintero. El hermano menor del Capitán Hiten, el primer oficial del barco de Shippo, el feo y horrible, "Manten."
Escuchó reír al hombre. "Vaya, soy tan privilegiado, me recuerdas, Srta. Dresmont."
Su voz le hizo sentir nauseas, el nauseabundo sonido de ella, y la forma en que parecía enroscar su lengua con su nombre. Sentía como si su nombre hubiese sido violado. Inhaló profundamente acompañado por un trago largo y se giró ligeramente hacia él, sus oídos finalmente reconocieron el sonido del agua siendo golpeada o moviéndose. Frunció sus cejas ante la idea, concentrándose en el rítmico sonido del agua moviéndose o mejor siendo manipulada.
Sintió una pocas gotas de agua golpear su mejilla y mano, como unos momentos antes. Un crujido de madera llamó su atención entonces y el sonido de tela moviéndose, la elevada respiración de su captor; como si estuviera haciendo algo que le causara gran tensión. El sonido de madera golpeando contra madera, el sonido de agua subiendo y bajando, el viento que tocaba su piel junto con las gotas de agua. La respiración de Kagome se detuvo al darse cuenta de dónde estaba.
"Un bote." Respiró fuerte. "Estoy en un bote?"
"Buena suposición, las bonitas usualmente no son lo inteligentes suficientes para notar eso." Su voz era sarcástica mientras hablaba, el rango de sus brazadas se incrementó.
"A dónde me llevas?" Preguntó ella apresuradamente sintiendo el bote mecerse levemente, el sonido de remos siendo depositados en medio del bote ahora aparente para sus oídos.
"A ningún lugar especial." Murmuró Manten. "Sólo vamos por la costa."
"Por qué?" Apretó sus dientes cuando sintió su mano tocarla de repente halándola hacia él. La venda fue retirada de su cabeza y su vista se llenó de luz. Mientras sus ojos se ajustaban vio los grotescos rasgos de su cara, la forma en que sus fosas nasales se abrían mientras la miraba, la forma en que sus pequeñas pupilas miraban las suyas. Hizo una mueca ante la mirada de él, en verdad era un hombre feo, calvo con sólo una coleta colgando en la parte trasera de su cabeza.
Se dio la vuelta cuando su olor la golpeó, estaba acostumbrada al hecho de que los hombres de mar con frecuencia olían, no eran limpios, y típicamente vivían en el más miserable romanticismo pero el Capitán lo había arruinado. Notablemente, el Capitán era un hombre de mar limpio, no tenía olores además de su tosco aroma natural que permanecía en él y la enloquecía, incluso Miroku era un hombre muy limpio. La mayoría de los otros hombres en el barco Shikuro eran muy sucios pero en comparación a los marineros que había visto llegar al puerto en su hogar en Port Royal, eran excepcionalmente limpios—a diferencia de Manten.
El hombre respiró en su cara y se sintió nauseabunda por el olor. Sus ojos se aguaron y Manten sonrió mostrándole sus deteriorados dientes, otra cosa que el Capitán no poseía.
"Estamos llevándote por dinero." Le dijo con una viciosa sonrisa. "Una virgen vale su peso en oro en el mundo de los demonios."
Kagome sintió todo su cuerpo estremecerse con absoluto temor, toda su confianza de hace un momento se fue completamente. Toda su vida le habían enseñado que su virginidad era su más grande tesoro, algo para ser guardado con todo lo que tenía. Si la perdía fuera de su lecho matrimonial, sería una completa deshonra, no sería más una mujer—no sería más una persona. "Por favor," susurró ella mientras lágrimas llenaban sus ojos y bajaban por sus mejillas. "No hagas esto, yo—por favor—no me la quites."
Manten levantó una ceja con leve interés. "Tu virginidad?" Resopló y la empujó de regreso a su lugar en el bote, girándola hacia el muelle que aún estaba envuelto en caos. "Nadie tomará eso," dijo él en un susurro acercando sus labios a su oreja. "Ellos quieren tu sangre, tus tripas, tus ojos; el cuerpo de una virgen tiene poderes que una mujer manchada nunca podría dar."
Los ojos de Kagome se abrieron ante sus palabras, un tórrido entendimiento envolvió su ser. Ellos no iban a violarla. Iban a hacer algo peor que violarla. Iban a recoger sus órganos, reducirla a pedazos por cada ingrediente virgen necesario para hacer hechizos mágicos y remedios míticos, matándola lentamente, dolorosamente.
"Es algo bueno que te separáramos de ese maldito perro callejero antes de que te violara." Manten echó hacia atrás su cabeza con una carcajada ante sus propias palabras mientras colocaba de nuevo los remos en sus agarres para comenzar de nuevo.
Kagome sintió temblar su labio, su mente incapaz de formar una enfurecida respuesta por su actual estado de completa incredulidad. Iban a usar su cuerpo virgen para algo peor que el sexo. Para cuando esas personas terminaran con ella nunca sería capaz de llegar al cielo, su alma nunca sería salvada, se la arrebatarían junto con cada órgano valioso que tenía. Era una nauseabunda idea saber que si la violaban habría sido mejor. Cerró sus ojos fuertemente, las sogas en sus brazos cortaban su carne mientras pensaba en las atrocidades que iban a hacerle.
Había escuchado las historias. Esas personas querían despedazarla viva, en orden de preservar por más tiempo sus propiedades mágicas. Sacarían sus ojos de sus cuencas, cortarían su lengua, removerían sus orejas de su cabeza, tal vez sus labios y nariz si los creían valiosos, y luego abrirían su pecho, sacarían sus órganos, uno por uno, todo mientras estuviera viva y continuarían así hasta que su cuerpo se apagara y soltara su última exhalación.
Kagome sintió las lágrimas deslizarse por sus mejillas, era una horrible forma de morir. "Qué tan malo habría sido?" Se preguntó para sí. "Haber perdido mi inocencia con el Capitán en vez de esto?"
Recordó la forma en que se había sentido cuando la vio por primera vez. La manera en que sus ojos se habían sostenido por tanto tiempo. Recordó el calor que había llenado su cuerpo la primera vez que tomó su mano sin guante. Recordó la absolutamente maravillosa sensación de su estómago cuando había besado sus nudillos desnudos. Recordó el baile, la forma en que la elevó, recordó la manera tan rápida en que removió su guante, la forma temeraria en que había besado su mano de nuevo, la forma atrevida en que ella había besado su mano en respuesta. Recordó el beso en su habitación, la forma en que le había pedido su permiso.
Pero ese fue el Capitán de Port Royal, no el Capitán del barco pirata Shikuro. Kagome cerró sus ojos ante la idea, esos dos hombres aunque eran la misma persona en cuerpo no eran la misma persona en lo absoluto—
"Por qué estoy mintiéndome?" Preguntó Kagome en silencio recordando la suave sonrisa del joven de dieciocho años. "En realidad no son así de diferentes, verdad?"
Abrió sus ojos y miró hacia los muelles, buscando el cabello plateado y el abrigo rojo pero estaba muy lejos para verlos. El hombre en los muelles le había causado gran dolor, física y mentalmente. La había traicionado, le había mentido, le había dicho cosas horribles y aun—ese no era quien era—ese era un hombre diseñado para ser una máscara, no el hombre que vivía detrás.
Los ojos de Kagome se cerraron, todo su cuerpo parecía entrar en trance mientras recordaba a los dos hombres diferentes que había encontrado, uno gentil el otro no. Recordó la forma en que el pirata la había agarrado, la fuerza de su energía sexual exudando en ella. Recordó sus labios, más forzados que los del Capitán de la Armada en Port Royal pero casi tierno. Recordó la forma en que se había alejado de ella, sus ojos parecieron más gentiles por solo un momento mientras la miraba profundamente como si mirara en su alma.
"Nunca te haré hacer algo contra tu voluntad."
Kagome sintió su corazón acelerarse ante el recuerdo. Ese hombre entonces, el de ojos gentiles y apariencia infantil—ese hombre era el Capitán—verdad? Ese era el verdadero, verdad?
"Perder mi virginidad con ese hombre, quienquiera se sea en realidad, habría sido mucho mejor que ser mutilada." Concluyó en silencio mientras agachaba su cabeza, desviando sus ojos de los muelles que estaban envueltos en caos, cerrándolos al mundo con una sonrisa que rápidamente cambió a un frunce.
Era muy tarde para eso, ahora nunca sabría cómo se habría sentido, cómo podría haber sido. Habría sido como Sango lo describió o sería como sus amigas le habían dicho? De alguna manera, Kagome sabía que hubiera sido agradable, que se habría sentido bien, que habría sido todo lo que Sango le dijo que era. De cierta forma lo sabía—que aun si no hicieran el amor—habría sido sensacional.
Miró los muelles, anhelando tener un vistazo de alguien con apariencia conocida. No vio la ropa roja del Capitán, no vio el distintivo sombrero de Sango, no vio la chaqueta púrpura de Miroku o el pequeño cuerpo de Myoga. Estaba muy lejos, demasiado, estaba perdida. Estaba forzada a un lugar en el que nunca quiso estar. Y estaba segura de que el Capitán no vendría por ella, aun si le hubiese mostrado que era un hombre decente, sería mucho problema para él rescatarla ahora, ahora que estaba tan lejos.
"KA—GO—ME!"
Su cabeza se levantó de golpe ante el sonido del grito—sonaba igual que antes, era la voz de antes. El Capitán todavía estaba llamándola, después de todo este tiempo. Estaba llamándola desesperadamente, eso significaba lo que pensaba que significaba? Este llamado en realidad era el sonido de un hombre tratando desesperadamente de encontrar algo que atesoraba, que no solo poseyera? Era el Capitán ese tipo de persona, era ese tipo de hombre? La había salvado, la había protegido, había preguntado por su seguridad, le había dado una cama para que no tuviera que dormir con él, le había prometido que nunca la obligaría a nada.
Le había mentido.
Había compartido con ella.
Le había dicho cosas que nunca le había dicho a un alma.
"Qué tipo de hombre es el Capitán?" La pregunta aún la perturbaba pero, sin importar qué tipo de hombre fuera, sabía una cosa:
"Deseo que me hubiera tomado, aun si no fuera su novia. Yo sólo, no quiero morir." Dijo ella mientras las lágrimas se reunían en sus pestañas, incapaz de contener el dolor por dentro. "Sé que, habría sido mejor haber sido su mujer de verdad, que haber sido mutilada viva."
Manten miró a la joven en cuestión con una ceja levantada que pronto se tornó en una retorcida sonrisa. Estaba mirando lejos, observando los muelles pero sus palabras habían sido claras para sus oídos. Agachó su cabeza soltando los remos, acercó su rostro a su cuerpo expuesto. Lamió sus labios y entonces, a pulgadas de ella sacó su lengua y la deslizó por el lóbulo de su oreja.
En pánico, Kagome se echó para adelante, casi cayendo del bote antes de que Manten pusiera sus brazos a su alrededor, acercándola más, sintió algo duro tocar su espalda y esperaba, rezaba a Dios por que fuera un arma.
"Sé mi mujer." Le dijo Manten en su oído. "Y no morirás." Besó todo el largo de su cuello, sus manos tocaban su cintura pero lentamente se desplazaban más arriba, acercándose más y más a sus senos. "Puedo tomar tu virginidad donde ese perro no lo hizo."
"Sería tan malo," se preguntó Kagome sintiéndose llena de miedo y confusión. Todas sus emociones hicieron que su mente se tornara desordenada y perpleja. "Sería tan mala idea ser la mujer de este hombre si eso significa vivir?"
Eso era todo lo que quería—quería vivir. Sus ojos se abrieron y miró al frente, hacia los muelles. Podía ver el lugar donde habían estado las prostitutas antes, parecía que habían huido por el ataque de Shippo. En ese momento, la mano izquierda de Manten rozó el borde inferior de su seno, su otra mano descansaba sobre su estómago mientras chupaba y lamía la piel en su cuello y oreja.
"Esas mujeres," pensó, "sus ojos vacíos," la mano derecha de Manten se movió a su cadera, deslizándose al frente para tocar su muslo, "La forma en que los hombres las tocaban." La mano se movió cerca de su sexo. "Manten está tocándome así, eso me hace igual?"
Recordó su conversación con Sango sobre las prostitutas en los muelles, había preguntado si eran como ellas, si ella y Sango y las prostitutas tenían una experiencia de vida similar. Entonces Sango había dicho que no, había dicho que no eran como las mujeres del muelle, que sus estilos de vida eran una elección, que nunca serían forzadas, que eran "mujeres permitidas a vivir libremente en un barco pirata."
Manten movió su mano para cubrir su seno completamente. Sus dedos lo masajeaban gentilmente a través de su ropa. Cerró sus ojos, lágrimas brotaban por debajo de sus largas pestañas. "Ahora, no tengo elección. No soy libre, si quiero vivir debo hacer esto." Abrió sus ojos, la luz del sol la cegó momentáneamente. "No tengo elección."
Manten deslizó su mano hacia abajo por sus caderas, halándola contra él, frotándose contra ella de una manera que le decía que la dureza tocando su espalda definitivamente no era un arma. Sintió las lágrimas reunirse en su mentón, recolectándolas como un recaudador de impuestos recoge deudas. Sintió sus manos alcanzar el frente de ella, sus dedos tiraban de los cordones de sus pantalones, se tensó y trató de alejarse instintivamente de su contacto pero él solo la agarró con más fuerza.
"No tengo elección." Se decía a sí misma. "Este es mi destino."
"Tienes elección."
Los ojos de Kagome se abrieron de golpe mientras las palabras de Sango entraban en su cabeza.
"El Capitán nunca te forzaría a su cama."
La idea le dio pausa a Kagome, la voz la llevó lentamente a una conclusión. "No lo haría, verdad?" Se preguntó Kagome, sus ojos iluminándose.
"El Capitán nunca te forzaría a hacer algo contra tu voluntad y lo sabes."
Y ella lo sabía, Kagome sabía que lo que Sango había dicho, era verdad, no es así? Era verdad. "El Capitán no lo haría." Admitió Kagome para sí. "El Capitán nunca me forzaría así."
"Vamos perra," las palabras de Manten fueron exhaladas en la parte trasera de su cuello mientras sus colmillos rozaban el punto donde el Capitán la había marcado días antes. "No tienes elección."
La mente de Kagome se paralizó ante sus palabras, todo su cuerpo se tornó rígido en brazos de Manten mientras el Capitán aparecía en su cabeza, su imagen llenaba su mente, sus suaves ojos dorados, sus labios curvados en una leve sonrisa.
"Qué tipo de hombre es el Capitán?" Se preguntó ella, era un hombre como Manten? Era un hombre que la lastimaría, era un hombre que tenía esa capacidad? Era un hombre que podía violar, que podía saquear, que podía matar al inocente? "No."
"Srta. Dresmont?" El Capitán en su mente le sonrió gentilmente, la sonrisa que le había dado en el callejón, la sonrisa que le había dado a Sango y a Miroku el día anterior, una sonrisa llena de amor y felicidad. Una sonrisa que decía que era un hombre complicado pero un hombre que nunca la lastimaría. "Kagome—," Susurró él, un suave barítono que llenó su cabeza, haciendo eco con necesidad y deseo. "Te necesito."
"Inuyasha." Dijo Kagome en voz alta haciendo que Manten detuviera su progreso en la unión entre sus muslos.
"Qué fue eso, perra?" Dijo el desagradable hombre dándole la vuelta, encarándolos. Kagome no lo miró, no podía verlo, todo lo que veía era la cara del Capitán y aunque la había lastimado y aunque sentía que aún no podía confiar en él con su corazón y aunque no sabía si el hombre que había conocido en Port Royal había sido falso o si el hombre que estaba llegando a conocer era real, sabía una cosa y ese conocimiento la hizo confundir por primera vez en días, se sentía perfectamente calmada, se sentía como si hubiese llegado a una gran verdad.
"Soy mejor que eso." Su voz hizo eco en su mente, tocando su alma.
Lentamente, Kagome se permitió sonreír. "Eso es verdad, el Capitán," declaró (solo para sí) mientras sus ojos parecían tornarse en blanco, "Es mejor hombre."
Sus ojos murieron, la visión pareció dejarlos mientras su cuerpo brillaba de un color suave, un color rosa, el color de luz pura. Las sogas alrededor de sus muñecas se encendieron abruptamente por el brillo rosado, ardiendo instantáneamente con una caliente llama blanca dejando liberadas sus manos en su regazo.
Manten saltó en completo temor mientras sentía su piel comenzar a estremecerse, como si también se estuviera incendiando. "Qué demonios!" Le gritó pero Kagome no podía escuchar sus palabras.
Ella separó sus manos, levantándolas y lejos de su lugar de descanso. Las extrañas llamas rosa desaparecieron lentamente y Manten sintió todo su cuerpo comenzar a temblar con miedo mientras sus ojos lo miraban, oscuros y vacíos, sin un rastro de emoción.
"Qué pasa contigo?" Preguntó él, su voz temblando con absoluto terror mientras la joven sin emociones lo miraba. Levantó su mano lentamente, llevándola hacia su rostro. "Qué estás haciendo?" Preguntó con pánico alejándose de ella tan lejos como pudo en el pequeño bote.
Sus manos comenzaron a brillar, del mismo color del fuego que la había liberado de sus amarres. Sus desenfocados ojos miraban pasándolo mientras el brillo se hacía más y más intenso. Manten sintió cada nervio en su piel gritar en completa agonía del calor detrás del brazo. Su carne comenzó a burbujear, su sangre demonio intentaba huir de su propio cuerpo mientras la sustancia pura comenzaba a entrar en él.
La luz parecía destellar de su cuerpo, alcanzando todo en el bote en un misterioso resplandor. Manten pareció incendiarse cuando hizo contacto con él, una sustancia púrpura lentamente lo dejaba como una bruma.
"Hermano!" Gritó mientras la ardiente sensación derretía su piel. "Hermano, ayúdame!"
Los vacíos ojos de Kagome se volvieron para mirarlo, la falta de color en ellos era extrañamente perturbadora mientras levantaba su mano más cerca de su cara. Manten la miró, todo su cuerpo temblaba de miedo mientras sus dedos parecieron abrirse a pulgadas de sus ojos.
"Qué eres?" Preguntó él mientras su piel le picaba. "No puedes ser humana."
Kagome no respondió, solo liberó un rayo de luz que brotó por sus dedos hacia su cara. La energía concentrada lo golpeó con total fuerza y Manten gritó tan fuerte que estaba seguro de que estaba muriendo. Los gritos desaparecieron tan rápidamente como habían comenzado y Kagome bajó su mano, sus ojos vacíos miraban todo lo que quedó del demonio Manten.
Se redujo a nada más que una pequeña pila de ceniza encima de la cual yacían dos pequeños fragmentos de una joya.
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Shippo estaba escondido tras un barril, mirando los muelles con lágrimas en sus ojos. "Lo siento." Dijo él mientras sus ojos albergaban gruesas lágrimas. "Lo siento tanto Srta. Kagome." Cubrió sus ojos con un brazo hipando con cada respiro profundo. De repente, sin advertencia se sintió siendo elevado en el aire. Shippo chilló y forcejeó. "Lo siento, lo siento, lo siento, déjame ir, por favor no me maten, solo soy un niño!"
"Estate quieto!"
Shippo tragó y obedeció, años de abuso lo hicieron caer flácido, sabía que era mejor que forcejear.
Miroku resopló sosteniendo al pequeño grumete. "Agradece que no soy nuestro Capitán." Murmuró sosteniendo al enano en su cara. "Qué hiciste?" Siseó él, su calma desaparecía lentamente mientras ideas horribles pasaban por su cabeza sobre lo que le había pasado a la Srta. Dresmont. "Dónde está la Srta. Dresmont?"
Shippo lloró más fuerte y puso sus manos sobre sus ojos. "Ellos se la llevaron." Le admitió el niño a Miroku mientras lo sostenía fuertemente.
"Quiénes?" Dijo Miroku sacudiendo al niño lo suficiente para instalar más temor.
"Mi Capitán y su hermano!" Gritó el niño, todo su cuerpo se estremeció con sus palabras. "Ellos la querían, querían usarla."
"Usarla?" Miroku se sintió aflojar su agarre levemente. Esas palabras eran palabras peligrosas. "Usarla para qué?" Llevó a Shippo hacia su rostro, obligando al pequeño a mirarlo a los ojos.
"El comercio en Brasil." Suplió el niño y desvió sus ojos de Miroku.
Miroku soltó al niño ante las palabras, su mente horrorizada con esta información. Todos los piratas sabían sobre el tráfico en Brasil. Era un negocio peligroso y horroroso llevado por los hombres más despreciables, tráfico de órganos humanos. Secuestraban vírgenes porque se rumoraba que los órganos de vírgenes cuando se usaban en medicinas tenían asombrosas propiedades curativas. Tomarían los órganos de la joven mientras estuviera viva, removiendo los órganos uno por uno hasta que sucumbiera a la muerte. Era una horrible forma de morir, dolorosa, larga, agotadora y todo en nombre de los remedios homeopáticos.
En el suelo, Shippo continuaba chillando, sus ojos cubiertos con sus pequeñas garras. "Lo siento, no quise hacerlo. Nunca quise lastimar a la Srta. Kagome."
Miroku miró al niño, inseguro de cómo sentirse. Sabía cómo podrían ser tratados los grumetes, sabía lo atemorizante que podía ser tratar con un demonio asesino. Y este niño era tan joven, de no más de cinco o seis años, era razonable asumir que había atacado porque no pensaba que tuviera otra opción.
"Lo siento tanto." Repitió el pequeño mientras frotaba sus ojos y miraba a Miroku, estaban enrojecidos e hinchados. "Todo es mi culpa. Debí haber sido más fuerte." El niño miró su pequeño cuerpo tembloroso. "Es como con Papá otra vez."
"Papá?" Le preguntó Miroku al niño suavemente. El pequeño Shippo lo miró y asintió.
"Ellos mataron a mi Papá." Dijo tristemente. "Y no pude hacer nada, solo me quedé atrás y observé."
Un sentimiento de piedad entró en el corazón de Miroku. Sin importar lo enojado que estuviera de que el niño hubiese causado que esto le pasara a la Srta. Dresmont, sabía que el niño no era completamente responsable. Era pequeño, muy joven, huérfano como él, y con miedo del mundo. Este niño no tenía tiempo para pensar en negarse a su Capitán, todo lo que podía pensar era en tratar de seguir con vida. Miroku no podía culparlo por eso.
"Cuál es el nombre del barco de tu Capitán?" Preguntó Miroku arrodillándose al nivel del niño.
Shippo lo miró sorprendido, las lágrimas aminoraron mientras observaba el amable rostro del hombre. Nunca había visto un hombre mirar así de bondadoso, excepto por su propio padre. Sintiéndose un poco mejor habló tímidamente. "El Trueno."
Antes de que Miroku pudiera responder a esta nueva información, una fuerte onda de choque atravesó el muelle. Desvió la mirada de Shippo incrédulo cuando una luz gigante se formó a una corta distancia de ellos, a solo unos cien tal vez doscientos pies, en las aguas del puerto.
"Vieron eso?" Gritó Miroku mientras observaba el gigante faro de luz, disparado en el cielo. Era más brillante que el sol y más imponente que nada que haya visto realmente.
"Una luz?" Dijo Shippo desde su lugar al lado de Miroku, igualmente confundido por la vista. "De dónde viene?"
"No lo sé." Respondió Miroku a la retórica pregunta mientras se acercaba. La luz parecía crecer con el paso del tiempo volviéndose más brillante y más predominante en el cielo hasta que la apariencia inspiradora fue destruida por el sonido más aterrador que hubiesen escuchado en sus vidas. Sonaba como a un hombre muriendo, siendo despedazado desde el interior por fragmentos de vidrio.
Miroku tragó ante el ruido, terror inundó su corazón y mente ante el sonido del decapitado grito. Retrocedió con miedo, sus ojos abiertos mientras el grito se hacía más y más terrorífico. "Quién?" Se preguntó en voz alta mientras observaba la luz tornándose más concentrada o tal vez más densa. "Quién está haciendo eso?"
Sintió al pequeño Shippo aferrarse a su pierna con miedo, su pequeña voz gritaba mientras hundía su cabeza en el pantalón de Miroku. "Qué es eso?" Gritó Shippo mientras sus pequeñas garras se hundían en los pantalones de algodón de Miroku. Corriendo a su lado, Sango también se aferró a él horrorizada por el ruido. Brevemente, miró al niño pero estaba muy asustada por el grito para hacer preguntas sobre el niño. Alentadoramente, Miroku le dio un abrazo mientras miraban la luz, Shippo aún aferrado a su pierna.
"Ese sonido?" Preguntó Sango casi inaudible mientras sentía su estómago retorcerse del ruido.
"Muerte." Le dijo Miroku acercando más a Sango. "Ese grito es muerte."
Sango colocó una mano sobre su boca. "Tenemos que encontrar a Kagome." Dijo ella separándose de Miroku. "Tenemos que encontrarla, rápido!"
"Ella está—" Dijo Shippo antes de que los dos pudieran hacer un movimiento. Sus ojos estaban enfocados en la luz, sus garras clavadas en la pierna de Miroku, casi sacando sangre. "Está en el agua."
Miroku y Sango miraron incrédulos al niño mientras él miraba con ojos aguados al origen de la luz, un pequeño bote.
"Ella está en ese bote." Terminó Shippo y hundió su rostro en la pierna de Miroku.
Miroku y Sango sintieron sus cuerpos volverse pesados con la revelación. "Kagome?" Susurró Sango mientras caía al lado de Miroku, una mano en su boca. "Kagome!"
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A una distancia de ellos, el Capitán Inuyasha irguió sus orejas en su cabeza ante el sonido del grito. Conocía ese sonido, lo conocía muy bien, era el sonido de alguien muriendo con una horrible y dolorosa muerte. Girando su cabeza hacia el ruido que ahora se había disipado, Inuyasha sintió su corazón detenerse en su pecho mientras asimilaba el brillante rayo de luz que parecía dispararse sobre sus cabezas hacia las puertas del cielo. Su mentón se desplomó y sus pupilas se dilataron asimilando cada onza de energía que brotaba hacia el cielo. "Qué es?" Logró pensar para sí mientras su mente se sobrecargaba sabiendo y no sabiendo lo que estaba viendo al mismo tiempo.
Una imagen entró en su mente entonces, esa misma luz de una época diferente entraba y salía de su propia cabeza mientras mordía su labio y trataba de comprender lo que estaba viendo. Sintió todo su cuerpo estremecerse mientras el rayo se disipaba lentamente como humo, pequeños residuos de energía permanecían sobre el agua del puerto mientras uno por uno se apagaba como pequeñas llamas en el viento. Un dolor comenzó a originarse en su cabeza mientras se extinguían lentamente y gruñó llevando una mano para hundirla en sus mechones mientras el dolor empeoraba más y más. Jadeando, cayó de rodillas mientras cientos de imágenes comenzaban a inundar su mente.
Alrededor de su cuello, la gema comenzó a arder y siseó cuando la sensación casi le ampollaba la piel. Alcanzando, agarró la gema con una mano mientras la otra lo mantenía equilibrado en sus rodillas, sus dedos apenas lograron sujetarla antes de que una imagen entrara en su mente: era un rostro; un hermoso rostro. Una mujer con brillantes ojos negros y largo cabello negro, sus pómulos altos y frágiles, sus pestañas largas y fastuosas, sus labios gruesos y rojos con el maquillaje que usaba en sus pálidas mejillas. Sintió su corazón golpear en su pecho cuando un recuerdo atravesó su mente, de esa mujer de pie detrás de una barra en una taberna, un vaso en su mano que había bajado mientras lo miraba con ojos fríos y despreocupados.
"Kikyo." El nombre salió de sus labios como si tuvieran mente propia y jadeó mientras imagen tras imagen atravesaba su mente, recuerdo tras recuerdo de una mujer en la que no había pensado en varias décadas.
Él la vio en la barra con vaso en mano, la vio con una pequeña niña sin sonrisa en su rostro pero con felicidad aparente en sus oscuros ojos, la vio en su tocador mientras cepillaba gentilmente su cabello, su reflejo en su espejo, la vio bajo él, sus mejillas enrojecidas y su blusa deshecha, la vio de pie en una ventana, su rostro inexpresivo y de cierta forma enojado, la vio frunciendo, la vio con sus cejas juntas, vio su entrecejo, vio su sonrisa, escuchó su risa, escuchó su llanto, escuchó su grito, y entonces vio su tumba.
"Kikyo!" Esta vez reconoció el nombre cuando lo dejó, entendió su significado, sabía quién era y no sabía por qué. "Por qué ahora?" Jadeó mientras su mente se le escapaba pero luego otro recuerdo más reciente golpeó su cerebro. Vio la luz en el cielo sobre su cabeza. "Miko." Dijo suavemente sintiendo su cuerpo temblar con miedo. "Esa energía era la energía de una miko." Se dijo con pánico ante las repercusiones de esa idea. Las miko era peligrosas para los demonios, tenían poderes que fácilmente podían borrar a un demonio de su existencia. "Kikyo era una miko." Sintió las palabras dejarlo mientras se giraba hacia donde la luz se había producido.
Tomó un profundo respiro mirando hacia el puerto en busca del origen, preguntándose quién había producido la luz de una miko. Entrecerró sus ojos cuando vio un punto en las olas; era un pequeño bote, meciéndose en el océano. Sintió erizársele todos sus vellos en su nuca, sintió su corazón acelerarse en su pecho, sintió sudor bajar por su espalda—lo supo sin tener que saber.
"Kagome." Su nombre se deslizó de sus labios justo como el de Kikyo pero esta vez algo aún más fuerte atravesó su mente. Podía verla, Kagome Dresmont, con su rizado cabello negro y sus ojos grises casi junto a Kikyo Cummings con su liso cabello negro y profundos ojos negros. Tan diferentes y aun algo en ellas era completamente igual. Sus cabellos y ojos podían ser diferentes pero sus mejillas, sus pestañas, sus labios, sus cejas, sus hombros, sus cuellos, sus mentones eran idénticos.
Inuyasha sintió su estómago golpear sus rodillas, rehusándose a creer lo que parecía obvio en ese momento. La joya quemaba contra su piel como diciéndole que tenía razón en confiar en sí mismo, saber que era verdad pero de alguna manera en su cabeza otra voz lo negaba y gritaba con mentiras. Era imposible pero tenía mucho sentido. Kagome, Kikyo—Kikyo, Kagome, ambas mujeres eran innegablemente similares en apariencia pero no en personalidad pero todo lo que importaba eran las apariencias. Y si eso era así entonces—
"Inuyasha!"
Su voz resonó en su cabeza (aunque no estaba seguro si realmente había gritado) y salió de cualquier estupor en el que se hubiese encontrado. Giró su cabeza de golpe hacia el área de donde había venido el rayo de luz y se deshizo de todo mientras una idea corría una y otra vez por su mente. "Fue Kagome." Se dijo. "Kagome hizo esa luz." Todo su cuerpo se tensó mientras se deshacía apresurado de su abrigo corriendo hacia la orilla del agua. Rodeó a Sango, Miroku y Shippo a quien no le dirigió un segundo vistazo, la adrenalina lo empujaba a hacer lo que sabía que necesitaba hacer. Los tres lo observaron asombrados mientras le lanzaba su abrigo a Miroku antes de quitarse sus armas y botas, todo mientras corría hacia el borde del muelle. Sus armas cayeron al suelo, las balas que habían sido aseguradas se dispersaron con pequeños ruidos metálicos mientras una de sus botas caía con un fuerte golpe en el pavimento mientras saltaba en un pie para quitarse la otra.
Miroku apenas tuvo tiempo de atrapar la chaqueta antes de darse cuenta de todo lo que el Capitán estaba despojando de su persona sin cuidado. "Capitán?" Llamó el joven luchando entre recoger las cosas del Capitán e ir tras el hombre mismo. "Capitán!"
Inuyasha no estaba prestándole atención, su mente estaba enfocada en una cosa y solo una: "Kagome."
"Capitán, vas a ir por la Srta. Dresmont?" Gritó Miroku esperando que el Capitán pudiera escucharlo.
Inuyasha escuchó a Miroku gritar pero lo ignoró mientras corría a la orilla del muelle, saltando de cabeza en el océano, sumergiéndose. Regresó a la superficie a veinte pies de los muelles, su cuerpo moviéndose rápido en el agua, nadando más rápido de lo que cualquier humano podría esperar moverse.
"Inuyasha!" Gritó Miroku esperando que al usar su nombre lo haría escuchar. No lo hizo. Miroku gruñó, lo habría seguido pero no podía esperar nadar como el Capitán, era imposible.
Inuyasha continuó ignorando a Miroku mientras nadaba apresurado hacia el bote, su cuerpo se movía con una velocidad que no sabía que poseía. Sus brazos se movían dos veces más rápido que los de Manten cuando estaba remando el bote, y sus piernas pataleaban más fuerte que un demonio nutria macho. Varios minutos pasaron durante los cuales Inuyasha sintió su corazón latir más y más rápido en su pecho, sintió el pulso en su cuello moverse al mismo paso que sus brazos y piernas. Sintió la sangre demonio emocionarse en su interior—estaba gritando, gritando con rabia, de nuevo quería su reclamo, quería a su perra de regreso, quería a Kagome de regreso. Sacudió su cabeza ante la idea y se presionó más, ignorando su sangre, ignorando la incómoda sensación en su corazón.
Haciendo todo a un lado, decidió enfocarse en un asunto diferente, uno que era más alarmante que su rostro: esa luz. Había visto esa luz muchas veces cuando había sido un niño pero eso había sido al otro lado del mundo con mujeres que nacieron con poderes espirituales de otra religión. No habían sido occidentales y eso era lo más alarmarte para Inuyasha. "Kikyo," su nombre entró en su mente de nuevo, un nombre que no había pronunciado y recordado remotamente en cincuenta años. "Ella también tenía ese poder, podía usarlo como las mujeres en los templos."
Sintió su mente comenzar a sobrecargarse de tantas cosas golpeándolo al tiempo. Recordó a Kikyo usando ese poder, recordó la forma en que había sostenido el rosario frente a ella para canalizarlo. Recordó los demonios que mató con él, esa misma luz haciendo todo el trabajo mientras retrocedía y observaba con esos vacíos ojos negros. Y ahora, después de cincuenta años, de nuevo había visto esa luz y la recordó otra vez.
"No sé lo que está pasando." Se dijo mientras se esforzaba más para alcanzar el bote que lentamente se adentraba en el mar. "Pero ellas—ellas se ven iguales, tienen el mismo poder, la misma cara—y eso, qu-e-e-e significa?" Vagamente en el fondo de su mente la respuesta se estrelló en su psique pero rápidamente la despidió no gustándole a dónde iba y qué estaba implicando.
Precipitadamente, Inuyasha hizo a un lado todos sus pensamientos sacándolos de su psique como si no existieran. Miró por fuera del agua y vio el bote balanceándose en el mar mientras se acercaba pero parecía estar vacío. Su sangre bombeó en sus oídos ante la idea. Estaba seguro, absolutamente seguro de que Kagome había estado ahí, estaba seguro y aun el bote estaba vacío. Se impulsó más fuerte, forzándose a llegar a su destino rápidamente. Tenía que alcanzar al bote, tenía que ver si estaba dentro, tal vez estaba escondida, tal vez se había caído o desmayado. Con esperanza, sí.
En segundos se encontró junto al bote, levantó sus brazos, agarró el borde y ladeó el bote hacia él. Con la fuerza que le quedaba en sus brazos se subió, no molestándose en ser cuidadoso con su peso y prácticamente se volcó en el barco. Apresuradamente, levantó la mirada desde donde cayó y le permitió a sus ojos dirigirse al frente, al otro extremo del pequeño bote. Tirada en el piso, a dos pies de él no había otra que Kagome Dresmont, su pecho subía y bajaba mientras inhalaba y exhalaba. Desesperadamente, olió el aire buscando sangre y otras cosas horribles, pero para su alivio olía igual, exactamente igual, a flores y mar.
"Gracias a Dios." Dijo Inuyasha con tono áspero mientras le permitía a su cabeza agacharse junto a la de ella. Sintió su respiración salir en jadeos mientras la fuerza de su vigoroso esfuerzo lo encontraba. Abrió sus ojos y miró su gentil rostro durmiente, su mente se dirigió a otro rostro durmiente sin su consentimiento. Podía verla acostada en su cama rendida de las actividades que era mejor dejarlas no dichas, sus labios separados y pequeños puffs de aire entrando y saliendo mientras respiraba gentilmente en su sueño. Había sido más hermosa cuando estaba dormida. "Qué demonios." Inuyasha no tuvo la energía de decirlo en voz alta. "Por qué se ven iguales?" Se preguntó abriendo sus ojos para analizar a Kagome y ver las similitudes con Kikyo. "Esa es?" Sintió su corazón punzar en su pecho, "Esa es la razón de por qué me gusta tanto?" Cerró sus ojos fuertemente y mordió su labio, "Podría ser la única razón? Estaba viendo a Kikyo en ella?" Sus ojos se abrieron aún más. "Pero no lo sabía—por qué no lo supe hasta ahora, por qué no lo recordé hasta ahora?"
La confusión le hizo homenaje a todos sus sentidos mientras trataba de armar un rompecabezas tan complejo de terminar en cuestión de minutos. Su respiración comenzó a aminorar mientras su anterior esfuerzo comenzaba a flaquear. Cerró sus ojos y contuvo su respiración por un momento en un intento por controlar sus jadeos. Con cuidado, abrió sus ojos una vez más y se giró para mirarla otra vez esperando ver ante él el rostro de Kikyo una vez más. En vez, para su sorpresa no se encontró con un recuerdo de Kikyo dormida en su cama sino más bien pudo ver solo a Kagome frente a él.
"Vaya." Susurró mientras su rostro llenaba sus ojos, su corto cabello hermoso mientras se movía ligeramente, las rizadas puntas ondeaban con la brisa del Caribe. Sus mejillas naturalmente rosadas y redondas con un rostro de bebé que parecía ajustarse a su dulce personalidad. Sus labios estaban separados tan ligeramente mientras inhalaba delicados respiros que podía escucharlos con sus sensibles oídos. Estaban hinchados y de un rosa oscuro, un color propio de ella en vez de pintura o maquillaje. Ella era natural, hermosa y estaba asombrosamente bronceada. No se veía nada como Kikyo en ese momento, solo se veía como ella misma y para Inuyasha era, "Hermosa." Con ese susurro alcanzó por ella, su mente nublada mientras le permitía a una mano tocar gentilmente su mejilla. Se acercó a ella, sus ojos fijos en ella, sus labios moviéndose con voluntad propia mientras besaba gentilmente su figura durmiente.
Como si saliera de un sueño, Inuyasha se dio cuenta de lo que estaba haciendo y se separó rápidamente. Enderezándose, retiró sus manos y respiró con profundos jadeos.
"Mierda," murmuró intentando calmar su ritmo cardíaco. Con un largo suspiro les permitió a sus manos caer a sus costados.
Fue entonces que Inuyasha sintió la textura arenosa bajo sus dedos. Lentamente bajó la mirada a la pila de polvo en el que estaba situado. Instantáneamente, supo lo que era, con disgusto saltó de ahí y también alejó a Kagome. Miró los restos de su secuestrador y sintió una extraña sensación de admiración, Kagome había destruido fácilmente al secuestrador. Lo había desintegrado literalmente. Justo como Kikyo podría haberlo hecho. Un brillo captó su atención antes de poder sopesar la similitud cuando el sol salió detrás de una nube. Ladeó su cabeza mientras sus ojos captaban algo brillando entre la pila de restos cremados. Lentamente, alcanzó y descubrió el objeto brillante.
"Qué demonios?" Murmuró viendo el pequeño fragmento de una joya.
Alcanzándola, recogió la joya de la pila de cenizas y la sostuvo en su rostro, estudiándola con ojos confundidos y curiosos. Llevó su otra mano a su camisa y tocó a través de la tela la pequeña joya que estaba escondida debajo. Buscando dentro de la camisa, la sacó y la puso al lado de la otra pieza. Las dos joyas brillaron mientras las juntaba y de repente, antes de poder detener la reacción, aparentemente se combinaron volviéndose una en la cadena dorada de Inuyasha.
"Qué demonios!" Gritó Inuyasha soltando la cadena y las joyas. Se balancearon en su cuello, el resplandor se detuvo ahora que se combinaron. Las miró, sin tocarlas por temor a la reacción que podrían tener. Con cuidado, alcanzó con una tentativa mano y tomó en sus manos la joya ahora más grande. "Ellas son," razonó en voz alta, "de la misma joya?"
La joya original que había permanecido en la cadena por casi toda una vida ahora era dos veces su tamaño y de un color borgoña más profundo de lo que recordaba. Parecía estar oscureciéndose a cada minuto y entre más oscura se ponía más mareado se sentía.
"Qué está pasando?" Se preguntó sintiéndose más y más mareado, su mente en blanco mientras la joya se tornaba púrpura. Sus ojos comenzaron a cerrarse mientras su cabeza se sentía irracionalmente ligera. Los forzó a abrirse una y otra vez pero cada vez se volvía más y más difícil lograrlo.
Finalmente, se dio cuenta de lo que estaba pasando mientras su rostro comenzaba a calentarse. Esta joya estaba sacando su lado demonio lentamente, estaba forzando al demonio dentro de él a despertar. Sus manos comenzaron a temblar mientras la mareante sensación lo dominaba, su mente se tornó en blanco mientras su demonio comenzaba a luchar por tomar el control. Empujaba sus barreras mentales, tratando de salir y con cada empujón sentía aparecer otra marca de su demonio. Primero sintió las marcas en sus mejillas, luego sintió sus garras comenzar a alargarse y también sus colmillos.
"No," gritó él forcejeando, tratando de mantener la presencia de su lado humano, su voz de la razón. "Basta, maldición!"
Su cuerpo no respondió, simplemente continuó transformándose, mientras su visión se nublaba y supo que sus ojos habían cambiado. Los cerró fuertemente, intentando en vano detener la transformación.
"Inuyasha."
Sus ojos se abrieron y se paralizó cuando vio los ojos grises de Kagome, sin miedo. Lo miraban, calmados y gentiles mientras su mano se estiraba hacia él. "Kagome no," trató de rogar pero ya había perdido la habilidad para hablar, en ves sólo se escuchó gruñirle. "Por favor," suplicó, pero su mano continuó moviéndose hacia él mientras su lado demonio gruñía y gimoteaba, gimiéndole en un lenguaje que no entendía.
"Inuyasha." Repitió la joven, sus tormentosos ojos lo miraban, viendo a través de su alma. "Regresa."
Él sintió todo su cuerpo paralizarse ante sus palabras. Los gruñidos cesaron y así los gimoteos. "Kago-me." Apenas dijo en voz alta y ella sonrió, la sonrisa iluminó sus ojos mientras alcanzaba hacia su pecho. Él juntó sus cejas confundido hasta que sintió y escuchó la cadena romperse alrededor de su cuello.
Instantáneamente, como un ataque de agua fría, sintió el calor y el mareo abandonarlo, sintió sus garras contraerse, sintió sus colmillos regresar a su tamaño normal, vio el cambio en su visión, y sintió desaparecer el peso en su corazón. Parpadeando varias veces se enfocó en Kagome quien sostenía la cadena dorada con los fragmentos de la joya. La llevó hacia su pecho sin mirarlo, sus ojos cerrados mientras el mismo poder que había visto antes brotaba por su cuerpo hasta que alcanzó sus manos. Cuando tocó el fragmento de la joya pareció brillar, cegándolo con un golpe de energía de purificación.
Tan rápido como comenzó, se detuvo, permitiéndole ver el fragmento en su mano ahora blanco. Sus ojos se abrieron ante la vista y observó asombrado mientras sus ojos se abrían para verlo, el brumoso gris parecía cansado. Ella trató de sonreír pero antes sus ojos se giraron hacia atrás en su cabeza y se sacudió solo para caer en segundos, aterrizando en sus brazos, inconsciente de su propio poder.
Fin del Capítulo
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