SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE
Por Inuma Asahi De
Traducido por Inuhanya
Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desean que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).
-.-.-.-.-.-
-.-.-.-.-.-
Capítulo Diecisiete:
Papá
Miroku observaba con curiosidad mientras el pequeño bote regresaba a los muelles. Podía ver al Capitán en sólo su camisa y pantalones, ambos ahora secos por el sol caribeño. En el fondo del bote, a los pies del Capitán, podía distinguir la figura de la Srta. Dresmont, parecía estar dormida, una extraña estola naranja de pelo cubría su cuerpo. "Se ve muy tranquila." Miroku tragó ante la idea, sabía muy bien que la muerte y el dormir se veía muy similar. Había sido privado de esa realidad como un pequeño niño de no más de tres o cuatro años. Fue una vez antes de conocer al Capitán cuando había sido el pobre niño de una pobre madre.
Imágenes de un invierno congelante, de calles congeladas y sucios callejones llenaron su mente. Y dentro de uno de esos callejones, recostada contra una cerca de madera rota podía ver una figura—acostada—inmóvil—congelada como el mundo a su alrededor; su madre congelada en un invierno inglés. Esas imágenes flotaban en su cerebro, era una vista en la que no había pensado en años. Sus ojos vacíos, el azulado de sus labios, su joven mente la había visto sólo durmiendo, durmiendo con ojos bien abiertos. No se había dado cuenta de que había muerto escudando su cuerpo del frío hasta años después cuando su mente finalmente había entendido lo que era la muerte realmente.
Bajando la mirada, inhaló un profundo respiro, suprimiendo el conocimiento de cómo se veía de verdad una persona muerta. Además, sabía que el Capitán se estaría moviendo más rápido si la Srta. Dresmont hubiese muerto. Su sangre demonio lo hubiera alimentado, empujándolo a encontrar a la persona que hubiese cometido tal atrocidad tan rápido como fuera posible. Sí, Miroku sabía, si la Srta. Dresmont estuviera muerta el Capitán se habría movido de inmediato como un hombre en una misión, listo para matar, para derramar sangre sin piedad.
"Ves a Kagome?" Preguntó Sango mientras se levantaba de puntas tras él, intentando tener una buena vista del bote mientras lo remaban lentamente hacia la orilla.
"Sí, está dormida." Respondió él, su voz sonaba más firme de lo que sentía.
"Dormida?" Preguntó la mujer colocando una mano en su hombro. "Estás seguro?"
"Sí, eso es lo que parece."
Sango guardó silencio pero mordió su labio, pensando si debía confiar en las palabras de Miroku en vez de confiar en el ligero temblor de su voz. Sintió su corazón apretarse en su pecho mientras observaba los hombros del Capitán moverse a tiempo con los remos. Kagome estaba viva? Realmente estaba durmiendo? Sango esperaba más allá de toda esperanza que en verdad estuviera dormida.
A unos pies, Shippo también miraba el bote moviéndose hacia ellos, su propio corazón apretado mientras miraba el cuerpo de Kagome en el fondo del bote. No se estaba moviendo, o al menos no podía decir si se estaba moviendo o no. No podía ver bien sus mejillas para decir si tenían color. Gimoteó cerrando sus pequeños ojos verdes, rezando por que la Srta. Dresmont estuviera viva, rezando porque no hubiese sido asesinada por su Amo Manten o que esa luz no hubiese contribuido de cierta forma a su muerte.
Si ese era el caso, entonces sería su culpa, sería su culpa de que hubiese sido capturada, su culpa de que hubiese sido llevada cerca a la luz, cerca de Manten, sería su culpa de que ella hubiese muerto—así como era su culpa que hubiese muerto su padre. Sintió sus mejillas acalorarse, enrojecidas con su propia decepción de sí mismo. "Por favor, que esté bien Srta. Kagome." Gimoteó mientras lágrimas empujaban contra sus párpados y comenzaban a rebosar por sus regordetas mejillas. Las secó rápidamente mientras el bote se acercaba más y más al muelle.
Dentro del bote estaba sentado Inuyasha, sus brazos bombeaban con el esfuerzo que le llevaba remar un bote a la costa, su mente perdida completamente en sus propios pensamientos. "Qué pasó? De dónde vinieron esas otras joyas, por qué se combinaron con la mía? Por qué me hicieron enloquecer!" Se preguntaba mientras sus brazos se movían mecánicamente, después de todo no necesitabas un cerebro para remar. "Esto nunca pasó en mi vida." Sus palabras eran honestas. "He estado cargando esa joya por siglos y eso nunca había pasado." Tragó incapaz de entender algo de lo que estaba pasando en el momento. Su mente estaba sobrecargada intentando ordenar sus recién descubiertos recuerdos de Kikyo, intentando resolver lo que Kagome le había hecho a Manten, intentando resolver por qué ambas mujeres se veían extrañamente igual, tratando de imaginar por qué el recuerdo que su madre le había delegado intentaría tomar control de su mente.
Inuyasha casi deja de remar cuando sintió su corazón apretarse fuertemente en su pecho. Sus ojos viajaron hacia Kagome quien estaba acostada en el fondo del bote cubierta por la estola que había encontrado en la pila de cenizas. En su pecho, el fragmento y la cadena descansaban moviéndose ligeramente con cada respiración que tomaba. Tenía miedo de tocarla ahora, no teniendo idea de por qué la gema había reaccionado como lo hizo o si lo haría otra vez. En toda su vida nunca lo había hecho, desde el primer día que la puso alrededor de su cuello pero entonces, había estado actuando muy diferente últimamente.
Miró a Kagome con cuidado mientras esa idea lo consumía. "Desde que la conocí, ha estado quemándome," frunció sus ojos mientras continuaba remando lentamente. "Estaba haciéndolo porque ella y Kikyo—estaba reaccionando a eso?" Frunció profundamente mientras lo consumían los recuerdos. Después de todo, Kikyo alguna vez usó la joya, tal vez estaba conectada a ella y reconoció su alma en el cuerpo de otra persona.
Inuyasha dejó de remar.
"De ninguna manera." Se dijo resistiendo la urgencia de levantarse en el bote. "De ninguna manera." Miró a Kagome, su corazón palpitaba en su pecho. "De ninguna manera." Repitió de nuevo incapaz de pensar en algo más que decir.
"Capitán!"
Su cabeza se levantó de golpe cuando el llamado de Miroku lo atrapó fuera de guardia. Observó mientras el hombre permanecía junto a Sango quien ondeaba sus manos en un gran arco desde el muelle, el pequeño Shippo estaba a su lado viéndose pequeño y horrorizado. La vista del niño le causó gran sorpresa y rabia haciendo a un lado sus otros pensamientos. "Por qué el niño está aquí todavía?" Sintió el gruñido formarse en su garganta mientras comenzaba a remar de nuevo con más fuerza que antes. "Tiene deseos de morir?" Resopló Inuyasha, ya sabía por qué se había quedado el niño. A este punto probablemente Inuyasha era el menor de los dos males para el niño.
El niño nunca querría regresar voluntariamente con el Capitán Hiten, un hombre que lo golpeaba sin piedad, apenas lo alimentaba y lo trataba no mejor que a un perro (ignoró el juego de palabras). No había duda en la mente del Capitán Inuyasha que el niño se hubiese quedado simplemente porque se sentía más seguro en su compañía que con su propio Capitán.
"Estúpido mocoso." Inuyasha gruñó ante la idea sabiendo que el niño probablemente estaría más seguro en el fondo del océano que cerca de él en ese momento. Prácticamente respirando fuego Inuyasha resopló y desvió sus ojos de Shippo para mirar a la mujer acostada en el fondo del bote. Fue como un balde de agua fría en su cabeza. "Kagome." Lo golpeó instantáneamente el por qué el niño se había quedado a pesar de la presencia de Inuyasha. Recordó a Kagome dándole la manzana al niño, recordó la suave disculpa antes de que Shippo la hubiese atacado, "Se quedó por ella, la única persona que le mostró amabilidad, apuesto que—probablemente se arrepintió de lastimarla," apretó sus dientes. "Qué estúpido hacer eso, podría haberla matado o peor!"
Inuyasha continuó moviendo sus brazos con las conocidas rotaciones mientras llegaba al lado de una plataforma de madera hecha para botes pequeños como este. Observó cuando Miroku bajó apresurado por una rampa cercana, llegando al pequeño muelle en el que estaba atracando en cuestión de segundos. "Capitán?" Dijo mientras se acercaba, sus manos ya extendidas para aceptar la soga que le lanzó el Capitán. Con práctica facilidad Miroku aseguró el pequeño bote al muelle igualmente proporcionado con un nudo ocho.
Cuando terminó levantó la mirada hacia el Capitán y observó cuando Inuyasha levantó a la Srta. Dresmont para acercarla a su cuerpo mientras se ponía de pie, una extraña piel de zorro descansaba en sus hombros y extrañamente la joya del Capitán descansaba contra su pecho. Frunció mirándola, no comprendiendo por qué una gema que nunca había visto por una vez fuera del cuello del Capitán estaba ahora descansando en el cuerpo de Kagome Dresmont. Antes de que pudiera pensarlo más, el Capitán flexionó sus rodillas levemente antes de saltar a unos diez pies en el aire, la Srta. Dresmont en sus manos, aterrizando sin ruido en la plataforma de madera.
"Vaya." Dijo Miroku casi silencioso observando al Capitán comenzar a alejarse. Nunca cesaba de asombrarlo cuán fácil podía moverse el Capitán o lo sigiloso que podía ser. Con frecuencia deseaba haber sido el hijo real del hombre para poder haber heredado esa gracia innata. Apresurado, Miroku corrió tras el Capitán, llegando a su lado en momentos. "Capitán, la Srta. Dresmont está bien?" Preguntó llegando al otro lado del hombre.
Inuyasha miró a Miroku por el rabillo de su ojo antes de asentir levemente, acercando más a Kagome hacia su persona y con cuidado. "Está bien, solo está exhausta." Le informó a Miroku mirando a la mujer, maldiciéndose por dejarla en peligro en primer lugar. Mordió su labio cuando la idea realmente alcanzó su mente por primera vez. No la había protegido, le había fallado—eso le molestaba.
"Qué le pasó a su secuestrador," continuó preguntando Miroku. "El grumete dijo que fue un hombre llamado Manten?"
Inuyasha le dio una mirada de soslayo, una extraña mirada que Miroku no estaba seguro de cómo manejar. La mirada se desvaneció después de unos segundos mientras los ojos del Capitán se desviaban y volvían al camino por el que estaba andando, la rampa que conducía al muelle principal. "Manten está muerto." Dijo cortamente.
Miroku se detuvo y observó al Capitán mientras continuaba caminando, por la madera hacia la calle. No era que le sorprendiera que el hombre estuviera muerto, no, eso no era de sorprender, lo que había hecho pausar a Miroku fue la forma en que el Capitán había dicho esas palabras. Era como si el Capitán se arrepintiera de la muerte del hombre pero eso no tenía sentido. El Capitán no era alguien que se arrepintiera de nada, mucho menos de matar a un hombre horrible que se había llevado a la mujer marcada del Capitán. Miroku miró curioso la espalda del Capitán antes de continuar moviéndose para alcanzarlo rápidamente. "Capitán?"
Inuyasha se detuvo y lo miró esperando a que continuara.
"Cómo murió Manten?"
Inuyasha se dio la vuelta sin responder a la pregunta de Miroku; en vez, continuó caminando, cuidadoso de escudar a Kagome Dresmont del mundo. Fue una acción que confundió a Miroku grandemente. Continuó observando al Capitán marchar, hasta que el hombre llegó junto a Sango y al joven Shippo que estaba escondido tras su pierna en la misma forma que se había escondido detrás de Miroku. Shippo miró al Capitán desde su escondite tras la pierna de Sango, todo su cuerpo temblaba.
"El Capitán Inuyasha realmente es atemorizante," notó Shippo mirando al Capitán de seis pies de altura. Sintió unas pequeñas gotas de sudor bajar por los costados de su rostro, por su espalda, y por sus piernas y brazos, eran señales de su tremendo temor. "Va a matarme, lo sé." Tragó antes de que algo en el cuerpo de la Srta. Kagome captara su atención. Sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, Shippo saltó de atrás de Sango y se movió hacia el Capitán.
Inmediatamente Inuyasha liberó un profundo y amenazador gruñido desde su garganta, deteniendo en seco al pequeño. Fue fiero, amenazador, era un ruido que Miroku nunca le había escuchado hacer al Capitán en sus diez largos años al lado del otro hombre.
Shippo sintió temblar todo su cuerpo mientras ola tras ola de lágrimas de miedo bajaban por su rostro. "Por favor," dijo él con voz temblorosa antes de añadir un pequeño chillido que hizo que las orejas del Capitán se irguieran y se movieran. "Mi papá?"
El gruñido se detuvo e Inuyasha miró la estola reconociendo finalmente lo que era. Esta era la piel de un demonio, un demonio que había sido transformado en esto cuando murió. Miró a Shippo, el pequeño niño estaba alcanzando por la estola, sus ojos nublados por su necesidad de estar con la piel de su padre. Fue algo que Inuyasha entendió vagamente, la estola de su propio padre llegó a su mente. "Otou-san." Dijo tranquilamente recordando la piel, que había decorado los amplios hombros del hombre.
Tras él, Miroku y Sango miraban al Capitán con sus cejas juntas, ninguno entendiendo la extraña palabra que el Capitán había murmurado en respuesta a Shippo. Miroku sintió como si la palabra significara algo para él, como si la hubiese escuchado antes en algún lugar. Por impulso miró a Myoga, una imagen del hombre hablando con él cuando había sido joven y reacio a estudiar llegó a su mente.
"Estudia duro por Otou-san."
Le había dicho Myoga, esa extraña palabra en sus labios. El entonces Miroku de diez años no había pensado nada, simplemente había regresado a sus estudios bajo el ojo vigilante del viejo Myoga o en ese entonces un Myoga levemente más joven. Ahora, la palabra le dio pausa—qué significaba? Lógicamente—pudo dar con una respuesta, "Papá."
Antes de que Miroku pudiera contemplar más esta extraña revelación, Inuyasha se arrodilló, Kagome aun en sus brazos. Con asombroso equilibrio, el Capitán alcanzó por la gema tocando solo la cadena y siendo extremadamente cuidadoso de no tocar otra parte. La acción hizo pausar a Miroku mientras observaba al Capitán levantar la cadena del cuello de Kagome sosteniéndola ahí con sumo cuidado de nunca tocar la gema. "Soy yo o la gema se ve más grande?" Se preguntó Miroku observando al Capitán remover la piel del cuerpo de Kagome antes de alcanzársela a Shippo, quien se la arrebató de su mano con lágrimas. El pequeño cayó sobre la piel murmurando palabras de disculpa y palabras de amor a la piel del animal—a la piel de su padre.
"Este es tu padre?" Preguntó Inuyasha francamente, sus ojos fijos en el niño.
Shippo levantó la mirada a través de su fuente de lágrimas y asintió antes de hundir su nariz en la piel. Hipó antes de responder, "Esto es todo lo que quedó," apenas pronunció las palabras mientras sollozaba. "Huele a Manten, lo odio!"
Inuyasha asintió, entendiendo al niño en cierto grado pero aún no tenía la historia completa, tendría que averiguarla después. Girándose hacia Miroku, Inuyasha movió su cabeza hacia el niño antes de darse vuelta. "Trae al niño." Ordenó mientras caminaba hacia el barco Shikuro.
Miroku asintió, mirando el asustado rostro del niño y luego el cuerpo en retirada del Capitán. Podía ver la cima de la cabeza de la Srta. Dresmont descansando en el hombro del Capitán y pudo ver sus pies desde donde el Capitán la cargaba en el pliegue de sus rodillas. Parecía estar dormida, sonaba dormida en los brazos del Capitán, inafectada por nada de lo que hubiese ocurrido. Lentamente, caminó hacia Sango y el niño, su mente confundida por lo que había pasado. Miró a Sango quien se encogió, sus ojos preocupados e igualmente confundidos. "Tu nombre es Shippo, verdad?" Preguntó Miroku mirando al niño que aún estaba aferrando fuertemente a su pecho la piel.
"Sí," respondió el pequeño mirando al piso, sudor brotaba de su pequeña cabeza, lágrimas humedecían su rostro. "Lo siento." Murmuró en la piel que mantenía en su nariz.
Miroku lo observó por varios minutos antes de asentir y agacharse. Levantó al niño y la estola, sosteniéndolo en sus brazos como el pequeño huérfano que era. Entendía cómo debía sentirse Shippo. Había estado devastado de perder a su madre y nunca conoció a su padre pero había conocido un hogar, había conocido una familia. "No te preocupes Shippo," dijo haciendo que el niño lo mirara en shock. "Ahora estás a salvo, mi Capitán te mantendrá a salvo."
Shippo miró de Miroku al Capitán y de nuevo a Miroku, sus ojos verdes grandes e interrogantes. Se movió ligeramente, un extraño gesto, Miroku pensó y luego abrió su boca. "Él es tu papá?" Preguntó el niño. "Huele como tu papá."
Miroku se congeló ante las palabras del pequeño, sabiendo sin duda que el niño tenía razón. Miroku, aunque era humano, entendía la importancia del olor y sabía que los demonios tenían hábitos de marcar con el aroma. Marcaban sus pertenecías con el aroma, sus territorios fuera en tierra o mar, incluso marcaban a sus familias, esposas e hijos. Miroku dejó esbozar una sonrisa en su rostro, no había duda en su mente que el Capitán había hecho lo mismo con él, fuera intencional o inconscientemente. Sin pensarlo más, Miroku le sonrió al niño.
"Sí, él es mi Papá." Dijo Miroku con una feliz sonrisa mientras la extraña palabra extranjera de antes resonaba en su cerebro. "Otou-san."
-.-.-.-.-.-.-.-.-
Regresaron al barco rápidamente, el Capitán de inmediato desapareció en su habitación, llamando a Sango. La mujer miró a Miroku brevemente, intercambiando temores silenciosos con él antes de desaparecer tras el Capitán, la puerta de la habitación se cerró tras ella cuando entró. Miroku permaneció afuera, mirando la puerta por unos momentos, sus ojos analizaban el marco de la puerta que había visto un millón de veces—por alguna razón esta vez se veía diferente.
Mirando alrededor del barco, Miroku notó que la cubierta estaba relativamente despejada, la mayoría de los hombres todavía estaban vagando en Puerto España y probablemente no sabían que su Capitán había estado involucrado en la conmoción previa. La mayoría probablemente aún estaba durmiendo en una taberna local o en un bar, muertos para el mundo por un poco más de tiempo.
Miró a Myoga, el único miembro de la tripulación a bordo, quien estaba a su lado, el pequeño hombre había removido su sombrero y estaba retorciéndolo en sus manos. Su postura era encorvada y se veía como si hubiese visto mejores días mientras su cabello gris ondeaba ligeramente en la brisa marina, el sol haciéndolo brillar, mostrando su edad.
"No es tu culpa, Myoga." Dijo Miroku girándose del preocupado hombre.
"Myoga debió haberlo visto venir." Dijo el hombrecillo con su extraño acento mientras sus manos temblaban. "Myoga debió haber sabido."
"El Capitán y yo estuvimos ahí y no pudimos detenerlo." Miroku miró al hombre a los ojos. "Si nosotros no pudimos hacer nada entonces tú tampoco."
El anciano miró al Primer Oficial e Intendente con una sonrisa forzada. "Myoga puede entender a Miroku," inhaló profundamente mientras observaba al joven que había conocido por diez años. "Demo, eso no significa que Myoga esté de acuerdo."
Miroku sonrió ante la simple conversación del hombre antes de mirar al niño con quien tenía que hablar en sus brazos. Pensó que Shippo podría haber estado dormido pero cuando vio la apariencia del rostro del niño supo que Shippo estaba muy despierto y atento. Los ojos del niño vagaban en el barco, una mirada de asombro en ellos pero también una de miedo. El niño demonio aún estaba preocupado, asustado de cualquier castigo que pudiera llegarle. Miroku no podía culparlo, había visto la forma en que algunos grumetes eran tratados con los años—golpeados, molestados, usados como carnadas y blancos en prácticas, quemados con pipas, forzados a dormir en las cubiertas todo el tiempo, en todos los climas, y los hacían probar alimentos envenenados o vencidos con propósitos de seguridad.
Ser un Grumete podría ser una vida horrible, suerte para Miroku que la había librado muy bien. El Capitán Inuyasha nunca lo había golpeado—ni una vez—aunque había sido azotado una o dos veces por el hombre cuando se había comportado mal. Nunca había sido forzado a nada que le asustara hacer y el Capitán le había permitido dormir en la habitación del Capitán hasta que le fue dada la habitación del primer oficial a la edad de catorce años. Siempre había cuidado bien de él, había sido tratado como un hijo por el Capitán.
"Otou-san."
Miroku tragó, estaba casi seguro de que sabía lo que significaba esa palabra, y aún la idea lo asustaba. Podría significar realmente lo que quería decir?
Miroku fue sacado de sus pensamientos por el sonido de la puerta del Capitán chirriando mientras se abría. Un crujido sonó en la cubierta y Miroku sintió a Shippo paralizarse en sus brazos mientras salía el Capitán, sus ojos preocupados y dolidos mirando al piso, contemplativo. Después de varios segundos el Capitán suspiró y cerró la puerta tras él, moviéndose hacia Miroku rápido y determinado.
"Miroku," reconoció con un movimiento de cabeza antes de mirar hacia Myoga. "Myoga, necesitamos salir de aquí." Declaró, todo su cuerpo erguido con resolución. "Ve a cada taberna y bar en el pueblo y encuentra a nuestros hombres, tráelos a este maldito barco para que podamos irnos."
"Sí, Capitán." Aceptó el hombrecillo con una leve inclinación de cabeza antes de salir en dirección de la rampa.
Inuyasha lo miró, su rostro expresaba aprobación antes de regresar con su primer oficial. "Comienza regresando por la costa tan pronto vuelva. Después calcularé un curso."
Miroku asintió y miró al pequeño en sus brazos, como si le indicara a Inuyasha que algo necesitaba hacerse con el niño. Reconociendo esto, Inuyasha miró a Shippo, sus dorados ojos reflejaban la luz del sol mientras consideraba las órbitas verdes de la pequeña criatura. Shippo tragó ante el escrutinio y desvió la mirada haciendo resoplar a Inuyasha.
"Deja al niño conmigo." Comentó él y extendió sus manos.
Miroku miró inseguro al Capitán mientras le alcanzaba al pequeño. Shippo había comenzado a sudar, todo su cuerpo temblaba de miedo mientras sentía las grandes manos del capitán Inuyasha sostenerlo bajo los brazos. El Capitán lo miró, obligando al niño a hacer contacto visual, lo cual hizo Shippo mientras todo su cuerpo trataba de desintegrarse bajo la mirada.
"A tu puesto Miroku." Ordenó Inuyasha severamente mientras continuaba sosteniendo al niño. "Voy a usar tu habitación, entendido?"
"Sí, señor." Respondió Miroku poco firme mientras el Capitán se daba la vuelta y caminaba en dirección de la habitación de Miroku, sus zancadas largas y determinadas.
Inuyasha llegó a la puerta de la habitación del primer oficial, una habitación ligeramente más pequeña que la suya pero aún agradable comparada con las acomodaciones para las otras personas en el barco. Colocando a Shippo bajo su brazo giró el pomo y entró en la habitación, cerrando la puerta tras él. Sin ceremonias, depositó a Shippo en la única silla de Miroku y comenzó a pasearse por la habitación, sus manos cruzadas sobre su pecho mientras se inflaba con rabia.
"Qué demonios." Gruñó él con rabia apenas contenida, su voz suave pero severa.
Desde su lugar en la silla, Shippo intentó hacerse más pequeño pero falló miserablemente. Cerró sus ojos fuertemente mientras pequeñas lágrimas brotaban de sus esquinas, amenazando con bajar por sus mejillas. Sabía que esto iba a pasar al segundo que el Capitán optó por llevarlo con él. No había duda en su mente, todos los Capitanes eran iguales, sin importar lo que Miroku le hubiese dicho, sabía que esto era verdad. Este hombre podía ser el Papá de Miroku y Miroku podría haber sido muy amable con él pero eso no significaba que el padre fuera como el hijo.
"Ella fue buena contigo." Comenzó el Capitán. "Te trató con amabilidad. Te dio una maldita manzana!" Gritó muy consciente de que Miroku y Sango así como alguien más en el barco pudiese escucharlo. "Entonces por qué, no puedo entenderlo, por qué harías algo como eso? Por qué?"
Shippo mantuvo sus ojos fuertemente cerrados mientras sentía la furia del Capitán golpearlo con total fuerza. Podía oler al demonio en el Capitán, podía oler la forma en que lo quería muerto. El demonio estaba más que molesto con él, estaba sediento de sangre, sangre caliente para calmar su furia. La sensación era similar a la que había sentido emanar de su padre cuando habían sido atacados por los Hermanos Relámpago. Su padre había estado furioso, su rabia había salido de él en ondas, casi se había quemado en su intensidad y luego—sin una palabra o rima o razón—esa sensación había desaparecido, consumida por una sensación distinta emanando de su padre, una sensación fría. Había sido la sensación del espíritu dejando el cuerpo de su padre, departiendo del mundo, uniéndose a su madre en la muerte.
"Respóndeme niño!" El Capitán continuó gritando. "Por qué demonios lo hiciste? Por qué?"
Las lágrimas finalmente bajaron por las mejillas de Shippo mientras pensaba por qué había hecho lo que había hecho. Realmente había una razón además del miedo? Había estado asustado; había estado asustado de lo que los Hermanos Relámpago podrían hacer si desobedecía. Lo había aterrorizado. Después de todo, si su padre, un gran y poderoso demonio zorro no pudo derrotar a los Hermanos Relámpagos entonces qué posibilidad tenía el pequeño Shippo? Era débil, mental y físicamente, era débil.
Inuyasha resopló de la fuerza que le tomaba respirar, todo su cuerpo temblaba en su esfuerzo por mantener el control, estaba enojado, estaba tan enojado de que este niño hubiese hecho que Kagome fuera secuestrada. Inuyasha apretó sus ojos ante la idea, era culpa de este niño, era su culpa completamente. Este niño había causado que la lastimaran, físicamente este niño había sido la razón para que Manten la hubiese secuestrado, este niño era la razón de que Inuyasha casi la hubiese perdido. El demonio en él quería sangre, el demonio en él quería la sangre de este niño—era su culpa—todo era culpa de este niño.
"Es un niño."
Una voz en el fondo de la cabeza de Inuyasha detuvo su tren de ideas. Miró al niño sentado en la silla de Miroku. Se veía tan pequeño sentado ahí, su pequeño cuerpo no ocupaba más de un cuarto del cojín azul. Su pequeño puño estaba cerrado, lágrimas bajaban por su bronceada piel, creando líneas blancas a su paso. Era pequeño, casi tan pequeño como otro niño que Inuyasha había conocido alguna vez.
"Los niños hacen lo que los niños deben, de lo contrario mueren."
Lentamente la rabia de Inuyasha se disipó mientras el humano en él salía y tomaba un largo respiro. Su lado humano comenzó a razonar con él, diciéndole la verdad detrás del tema—Shippo era un niño y los niños hacían lo que los niños tenían que hacer en orden de sobrevivir. Este niño no estaba en falta, había actuado como lo necesitaba en orden de vivir. Seguramente Hiten o Manten lo habrían matado si no obedecía sus órdenes—muy en el fondo, Inuyasha lo sabía.
"Shippo," dijo suavemente colocando una mano en su frente, frotando sus sienes. "Por favor, solo dime, por qué ayudaste a Manten? Por qué traicionaste a una mujer que fue tan amable contigo?"
Shippo levantó la mirada sorprendido ante el repentino cambio. Sintió su pequeño cuerpo estremecerse confundido antes de tragar y mirar sus pequeñas garras. Casi podía ver las manos de su padre sosteniendo las suyas, eran grandes, casi tan grandes como todo su cuerpo. Con un tembloroso labio miró de nuevo al Capitán, todo su corazón estaba destrozado en su pecho. "Mi Papá, mi Mamá." Trató de decir pero perdió su habilidad para hablar cuando las lágrimas dominaron todo su ser, su cuerpo temblaba tan fuerte que parecía que pudiera despedazarse.
Inuyasha lo observaba en silencio, su mente se dirigió a un joven Miroku que había despertado en medio de la noche llorando y gritando.
"Mamá!" Había gritado el pequeño, sus ojos cerrados fuertemente.
Inuyasha se dirigió hacia él rápidamente desde su lugar en su escritorio. "Miroku?" Preguntó sentándose junto al niño quien estaba durmiendo en la cama del Capitán después de una larga noche de estudiar griego.
El niño no reconoció al Capitán en el momento, en vez, llevó sus manos a su rostro, cubriendo sus ojos mientras todo su cuerpo temblaba de miedo. "Mamá," Gritó de nuevo repitiendo la palabra varias veces, hipando y jadeando por aire.
"Miroku?" Trató el Capitán otra vez, sacudiendo los pequeños hombros del niño. "Miroku, Otouto, mírame, aquí estoy." Inuyasha retiró las manos de Miroku para que pudiera ver el rostro del pequeño. "Miroku."
Finalmente, Miroku lo miró, su rostro pálido, sus ojos abiertos con temor. "Capitán?" Preguntó él y alcanzó con una mano, tocando el rostro de Inuyasha con sus pequeños dedos.
"Sí, aquí estoy," Inuyasha intentó asegurar colocando una mano en el pequeño hombro de Miroku.
Miroku se sonó y limpió su nariz con su mano mientras sus lágrimas lentamente dejaban de caer por su rostro. "Mi Mamá," susurró él, "Ella murió, la vi, sus ojos no se cerraron pero estaba azul—azul!" Gritó y miró al Capitán, sus ojos temblando con pánico. "Qué voy a hacer sin Mamá?"
Inuyasha permanecía callado mientras observaba al pequeño niño asustado en su cama. Qué podría decir para hacerlo sentir mejor, qué podría hacer? Qué haría un padre? "Miroku," dijo tan gentil como pudo levantando su mano para desordenar el cabello del pequeño. "No te preocupes, yo te protegeré."
Miroku se sonó e hipó antes de mirar inseguro a Inuyasha. "Capitán?" Preguntó suavemente.
"Estás a salvo conmigo." Inuyasha sonrió mientras regresaba suavemente a Miroku a su posición acostada, subiendo las cobijas para cubrir al pequeño niño. "No dejaré que nada te lastime nunca."
Miroku se sonó una última vez, sus ojos en el Capitán con admiración y calma. "Nada?"
"Nada," respondió Inuyasha observando los pequeños ojos de Miroku volver a dormirse. "Real o imaginario."
Instantáneamente, Inuyasha sintió una punzada en su corazón, una ola de compasión y comprensión lo inundó mientras el recuerdo se desvanecía en el fondo de su mente. "Hiten y Manten mataron a tu madre y padre?"
Shippo asintió pero continuó sollozando, su respiración se volvía irregular con sus hipos. "Ellos mat—aron a Papá y yo—yo lo vi, él murió—como Mamá." Shippo temblaba y frotaba sus ojos desesperadamente con el dorso de su pequeña mano. "Soy débil—soy in—útil." Continuó. "No quería lastimar a la Srta—aa—a Kagome, no sabía-a q—qué más—hacer."
Lentamente, Inuyasha se arrodilló en frente del sollozante niño, sus ojos enfocados en los años de odio que se había fijado dentro del corazón infante de Shippo. El niño estaba llorando por su madre, el niño estaba llorando por su padre, el niño estaba llorando por la Srta. Dresmont, llorando por sus propias fallas y debilidad. Con cuidado, Inuyasha puso una mano en la cabeza del niño, descansando la mano ahí con afecto, o al menos tanto afecto como podía lograr—criar a Miroku no lo había hecho suave después de todo.
Shippo miró a Inuyasha con grandes ojos verdes llenos de lágrimas y esperanza. Por un breve momento el Capitán vio a otro niño en frente de él, un niño con cabello negro en vez de rojo, con ojos negros en vez de verdes. Sacudió su cabeza, desapareciendo la imagen mientras Shippo lo miraba confundido.
"Shippo," pausó por un momento, preguntándose si debía preguntarle al pequeño. Cerrando sus ojos para reunir sus ideas inhaló profundamente, sabiendo que era una pregunta que necesitaba hacerle, abrió sus ojos preparados. "Tienes algo por qué vivir?" Se encontró preguntando mientras miraba en esos jóvenes y asustados ojos verdes.
En ese segundo los ojos de Shippo parecieron madurar, la expresión y determinación en ellos eran los de un hombre en vez del pequeño niño demonio que era. Su pequeño puño cerrado en sus pantalones, las garras creaban pequeñas marcas en el material azul. Apretó sus dientes mientras se forzaba a detener sus lágrimas. "El legado de mi padre." Dijo franco, sus ojos miraban a Inuyasha, oscuros con determinación. "Vivo para matar a Hiten para poder hacer que mi padre se sienta orgulloso de haber nacido como su hijo!"
Inuyasha miró a Shippo en silencio asimilando esa respuesta, su expresión mayormente neutral. "El legado de mi padre." Miró sus manos, miró el piso, miró sus pies. Podía entender la importancia del legado de un padre, "Tetsaiga."
Con cuidado, se levantó y alborotó el cabello del joven Shippo, haciendo al niño juntar sus cejas confundido. "Mi nombre," dijo Inuyasha de repente. "Es Capitán Inuyasha del barco Shikuro. Y prometo ayudarte a hacer orgulloso a tu padre."
Shippo miraba al hombre sorprendido, todo su cuerpo asombrado ante las palabras del hombre. "Pero—" Comenzó pero nunca terminó.
"De ahora en adelante, eres mi Grumete, entendido?"
Shippo tragó, sus ojos fijos tan intensamente en Inuyasha que el hombre se sintió casi incómodo pero luego sus ojos se iluminaron, su rostro se retorció en una maliciosa sonrisa—una sonrisa que el Capitán eventualmente aprendería a despreciar. "Sí, Capitán!"
-.-.-.-.-.-.-.-
Inuyasha miraba a Kagome que aún dormía en su nueva cama, una cama que no había visto pero en la que había dormido por dos días. Su cuerpo estaba tranquilo donde yacía debajo de la sábana de algodón pero su rostro aún estaba ligeramente enrojecido desde el incidente. Incluso había abierto una de las vastas ventanas en el fondo de su habitación para permitir que algo de aire entrara en la habitación para ella, esperando que la circulación ayudara a su cuerpo a enfriarse después de su experiencia, en el momento sólo podía esperar que se recuperara rápidamente.
Miró por la ventana, asimilando el escenario del océano mientras el barco se movía lentamente por la costa, dirigiéndose hacia la América de arriba, la América del Norte. Había decidido al segundo que Kagome subió al barco que sería más seguro para todos ellos si bajaban a puerto rápidamente. Después de todo, no tenían idea de dónde estaba el mayor de los Hermanos Relámpago, Hiten. Al irse rápidamente, podrían cuidar de Kagome sin preocuparse por una pelea, era la mejor opción que tenía y la mejor forma en la que podría protegerla, aun si quisiera ir a matar al hombre que se había atrevido a lastimarla—a llevársela.
Sentándose en su silla junto a su cama, cruzó sus brazos y observó su pecho mientras se movía arriba y abajo bajo la sábana de algodón. No estaba destinada a ser una acción pervertida, tranquilizaba su mente. La imagen de su continua respiración era tranquilizadora, el movimiento rítmico de su pecho le decía, que no iba a morir. Mantuvo sus ojos en su pecho por algún tiempo, contando las inhalaciones de aire mientras respiraba, uno—dos—tres—cuatro—continuaba contando, sin perderse de una subida ni una bajada.
"Casi la pierdo," susurró en la noche observando su pecho moverse, subir y bajar. "Casi hice que dejara de respirar." Llevando sus manos a su cara de repente, cubrió sus ojos para cegarse al movimiento, luchando consigo mismo para detener que ocurriera de nuevo. "Fui descuidado." Se dijo mientras hundía una mano en sus mechones, la otra aun cubría sus ojos, oscureciéndola de vista. "Si tan sólo hubiese reaccionado más rápido o mejor no hubiese dejado que pasara. Por qué dejé que Sango la llevara al puerto? Por qué fui tan estúpido!"
Inuyasha gruñó con frustración y hundió su cabeza en sus manos, sus orejas en su cabeza se movieron, escuchándola respirar desde que sus ojos no podían verla. Casi había muerto después de que prometió protegerla, así como Kikyo había muerto después de que le hubiese prometido protegerla también. Inuyasha sonrió, "En realidad soy incapaz de mantener a salvo una mujer?" Abrió sus ojos y miró el pecho de Kagome de cerca, no quería mirar nada más, no quería ver ninguna otra parte de ella—tenía miedo de mirar. "Sé lo que vi antes," sintió las ideas correr por su cabeza. "Pero tal vez estaba equivocado, tal vez vi mal—" Gruñó. "A quién engaño? No sé lo que estoy diciendo."
De nuevo miró el pecho de Kagome observándolo subir y bajar, la joya descansaba contra su pecho subiendo y bajando con cada respiro. Ese era otro asunto con el que tenía que tratar completamente. Sólo no entendía lo que estaba pasando, cómo una joya que había usado por gran parte de su vida podría combinarse con otra que se veía horrible y luego casi hacerlo perder la razón.
"Qué está pasando?" Se preguntó sentándose en su silla y desviando la mirada de Kagome por un minuto. "Cielos," gruñó mientras sus ojos le comenzaban a arder una vez más de usarlos por tanto tiempo. Aún si no durmiera generalmente descansaba sus ojos de vez en cuando durante el día—para entonces, no lo había hecho en dos días. Había tenido miedo de no mirar a Kagome por un segundo. Inuyasha resopló, "Y también asustado de desviar la mirada, muy asustado para ver su cara de verdad."
Su voz se desvaneció en la habitación obligándose a desviar sus ojos del techo y de nuevo hacia el pecho de la joven donde descansaba la joya.
"No creo que pudiera soportar si tuvieran la misma cara." Pensó para sí frotando sus sienes con su dedo índice y pulgar, su propio gesto nervioso. Suspiró y cerró sus ojos tragando largo. Respiró profundo, continuó contando su propia respiración mientras sus orejas se movían ante el sonido—uno—dos—tres—cuatro—continuaba contando, sin perderse una simple inhalación o exhalación, como antes.
Su mente comenzó a divagar contando esa gentil respiración; podía ver en su mente su rostro sonriente. Podía ver la felicidad en sus ojos, podía ver la rabia, la fiera personalidad, podía ver su confusión, podía ver su audacia, podía verla y sólo a ella. "Tal vez," pensó para sí. "Tal vez no se ven iguales. Tal vez estoy viendo cosas, tal vez estoy equivocado." Se forzó a razonar una vez más mientras reunía su coraje y ponía todo su corazón en girar su cabeza con sus ojos cerrados. "Abre tus ojos." Murmuró para sí, sintiéndose medio loco de sus propias acciones pero no podría hacerlo, no podía abrir sus ojos y enfrentar la posible verdad. "Por qué no puedo abrirlos?" Llevó sus manos a sus orejas, bloqueando el sonido de su respiración, en su frustración. "Por qué!" Gritó en su cabeza. "Por qué tengo tanto miedo de lo que podría o no podría ver? Y qué si ella se ve como Kikyo? Eso no significa nada."
Pero podría, razonó su psique, podría significar mucho.
Con un respiro aún más profundo Inuyasha se forzó a abrir sus ojos lentamente. Estaban borrosos por la fuerza que había usado para cerrarlos. Parpadeó varias veces antes de que su visión se aclarara y cuando lo hizo se encontró mirando su angelical rostro. Se paralizó.
Sus labios estaban ligeramente abiertos, separados tomando cada respiro que había contado. Sus mejillas no estaban más enrojecidas, simplemente estaban en su color natural, profundo y rojas, aunque ligeramente más bronceadas de lo que habían estado días atrás. Le sorprendió, cuán bronceada se había puesto en sólo una semana o más en el mar, en Puerto España. Su corto cabello se movía ligeramente de la brisa que entraba por la ventana abierta y observaba asombrado mientras los pequeños rizos danzaban ante sus ojos. Cuando había visto la primera vez su corto cabello se había sentido engañado y decepcionado por razones que no podía explicar pero ahora, mientras miraba esos sensuales rizos se sintió afortunado, afortunado de ver la forma en que se movían.
Flotaban en su cabeza como una nube de negro profundo, el tipo de nube que lo desafiaba en las tormentas, el tipo de nubes capaces de lanzar un rayo que podría matar. Le quedaba, era fuerte como ella, era descomplicado como ella, era—era tormentoso como ella. Ligeramente triste, ligeramente feliz de estar vivo, pero aún peligroso.
Cerró sus ojos y pensó en Kikyo, era la misma? Kikyo había sido delicada, había sido estoica, había sido toda modales y propiedad, había sido decente, había sido su primera amante. Y aun, no había querido tener nada que ver con él, tenía miedo del lado de él que contenía sangre demonio, tanto que nunca había estado verdaderamente con él. Sí—se había acostado con él, sí, los dos habían disfrutado cada encuentro pero esos encuentros habían sido pocos y distanciados, solo cuando había podido regresar a su pueblo en el momento correcto, solo esa vez al mes ella permitiría tal contacto entre los dos.
Abrió sus ojos y miró a Kagome acostada durmiendo en la cama. Kagome estaba atraída a su demonio, podía asegurar eso, el cuerpo de Kagome parecía reaccionar a él contra su voluntad. El cuerpo de Kikyo nunca había tenido tal reacción, incluso contra su voluntad. Siempre había peleado contra eso, llamándolo repugnante, sin atractivo, era malo, implacable.
En realidad, Kagome era diferente? Se preguntó. Ella también estaba asustada de él, pero no era por una razón diferente? En Port Royal no le había mostrado temor y había sabido que era un demonio, ningún humano tenía ojos dorados, eso era obvio. No le había temido a ese demonio, había besado su mano, bailado con él, e incluso—besado sus labios. La parte que Kagome parecía temer era al pirata y aun—
Pensó en sus reacciones a él, la forma como había ido con él sin miedo a Puerto España, la forma en que le había gritado, desafiándolo—tal vez no era el pirata el que la asustaba, tal vez había algo más, tal vez temía lo que ella no sabía, tal vez estaba asustada porque no sabía qué hombre era en realidad. Era el Capitán que la había conocido en Port Royal o era el pirata sediento de sangre de las leyendas—incluso Inuyasha no lo sabía en realidad.
"Capitán?"
Se asustó por la voz y miró tras él donde Miroku estaba, mirándolo desde el marco de la puerta. No había escuchado la puerta abrirse, no había escuchado el acostumbrado llamado de Miroku. Eso le sorprendió enormemente, había estado tan sumergido en sus pensamientos que no se había dado cuenta que alguien estaba en la puerta? Sonrió—no—inconscientemente debía haber sabido que era Miroku. A su lado demonio no le importaba Miroku, confiaba en el joven que había criado, sabía que era de la manada y que no sería una amenaza para él o la Srta. Dresmont. "Qué pasa Miroku?"
"Estamos llegando al cabo de Jamaica," le dijo Miroku mientras el joven inspeccionaba la habitación, sus oscuros ojos aterrizaron en la tranquila figura de Kagome Dresmont. Por un momento, miró la pequeña joya que estaba alrededor de su cuello descansando contra el bulto de su seno y mordió su labio. "Por qué está usándola?" Se preguntó frunciendo sus ojos para ver un poco mejor en la oscura habitación. "Hm, se ve diferente—más grande tal vez?"
"Bien y estás diciéndome esto por qué?" Murmuró Inuyasha mirando impacientemente a Miroku.
"Oh!" El joven regresó al presente retirando sus ojos de Kagome Dresmont por un segundo mientras volvía a la razón de por qué había entrado a la habitación originalmente. "Necesitamos evadir Port Royal pero no sé a dónde vamos," le dijo a Inuyasha poniéndose nervioso bajo la cansada mirada del hombre. "Y no puedo decidir qué curso tomar mientras lo hago."
Inuyasha frotó la parte trasera de su cabeza antes de hacer sonar su cuello de derecha a izquierda. "Ya veo." Apenas logró decir mientras llevaba su mano a su cara frotando sus cansados ojos con un gruñido. "Vamos para New Orleans."
Miroku parpadeó sorprendido. "América?"
"Louisiana." Dijo Inuyasha permitiéndole a su mano caer a sus costados y recostarse en la silla tratando de ponerse más cómodo. "Puedes trazar el curso, verdad?"
"Sí, señor." Dijo Miroku asintiendo mientras analizaba la mirada del cansado rostro de su Capitán. "Está comenzando a afectarlo." Pensó dándole al hombre una mirada de compasión apenas contenida. "Por qué vamos a New Orleans?"
"Para ver a una vieja amistad."
"Más vieja que yo?" Inquirió Miroku sabiendo que el Capitán entendería el significado tras las palabras. No estaba preguntando la edad de la persona, estaba preguntando si Miroku la conocía.
"Mucho más vieja," suplió Inuyasha con un gruñido mientras se estiraba traqueando su espalda. "No la he visto en cincuenta años." Levantó una mano para masajear sus tensos hombros. "Tanto tiempo ha pasado?" Pensó Inuyasha mientras pensaba en los recién reintegrados recuerdos de la mujer de su pasado. Frunció ante la idea de ella, aun inseguro de por qué había olvidado todo sobre Kikyo. Simplemente parecía improbable olvidar toda la existencia de una mujer y aún lo había hecho. Había olvidado todo sobre ella, olvidado todo de su hermana, olvidado todo hasta el momento en que Kagome había liberado sus poderes por primera vez. Brevemente, Inuyasha miró a Kagome observándola mientras dormía—casi sentía como si fuera otra pista.
"Por qué vamos a verla?" Miroku interrumpió sus pensamientos, ligeramente confundido de por qué el Capitán de repente querría hacer una visita social a una amistad. "Cuál es su motivo?"
"Ella podrá darme algunas respuestas," pausó brevemente mientras miraba a Kagome, miró la joya alrededor de su cuello y suspiró. "Sobre la luz que vimos."
"La luz?" Miroku recordó la luz que había aparecido, disparándose en el cielo como un faro gigante, hacia el cielo.
"Sí," Inuyasha asintió firmemente y luego se giró para mirar a la Srta. Dresmont una vez más como señal de que la conversación estaba terminada.
"Ya veo." Miroku se movió de un pie a otro en el marco de la puerta, ignorando la información en favor de algo más: la apariencia del Capitán. El Capitán se veía absolutamente horrible, encorvado en la dura silla, su ropa desaliñada y su cabello desgreñado más de lo normal. Podía ver las bolsas bajo sus ojos, y la mirada de completo agotamiento. El hombre estaba exhausto, completamente cansado y aun inquebrantable.
Inuyasha lo miró, sus ojos parpadearon varias veces de su propio cansancio antes de hablar. "Hay algo más, cachorro?"
Miroku hizo una mueca ante el término pero lo vio por lo que era. El Capitán estaba físicamente cansado y mentalmente agotado, estaba poniéndolo maniático. Con cuidado, Miroku entró en la habitación mientras hablaba. "Quería chequearte." Dijo Miroku cerrando la puerta tranquilamente. "Han pasado dos días, has dormido?"
"No." Respondió Inuyasha cortamente.
"Has comido?" Empujó Miroku verbalmente.
"No tengo hambre."
Miroku suspiró y asintió antes de halar otra silla para sentarse al lado del Capitán. "Quieres que la cuide para que puedas tomar un descanso?"
"No necesitas dirigir el timón?"
"Myoga puede hacerlo por un rato."
"Tienes que establecer el nuevo curso." Insistió Inuyasha.
"Eso no necesita hacerse en este momento, ve a descansar, dile a Myoga si quieres. Sólo, descansa un poco." La voz de Miroku era casi suplicante, no le importaba si sonaba quejica, necesitaba que el Capitán lo escuchara.
Inuyasha resopló en respuesta a las preguntas y desvió su atención de él. "Estoy bien aquí. Regresa a cubierta."
Miroku suspiró de nuevo y cruzó sus brazos sobre su pecho, estuvo por intentar algo, algo que podría salir muy mal—muy, muy mal pero tenía que llamar la atención del Capitán. Tenía que hacer que el hombre lo escuchara, estaba cansado (podía decir Miroku), tenía hambre (Miroku sabía de la experiencia que el hombre necesitaba comer mucho), y estaba preocupándose mucho (Miroku podía decirlo por lo pálido que se veía el hombre normalmente bronceado). Reuniendo todo el coraje necesario colocó sus manos en sus muslos, inclinándose levemente en su silla, mirando la forma en que sus dedos tocaban la tela de sus oscuros pantalones de algodón.
Tomó un respiro y se giró hacia el Capitán, sus ojos fijos en el otro hombre, ardientes en el rostro del Capitán hasta que Inuyasha no tuvo elección sino mirarlo. Los dos hombres hicieron contacto visual. Miroku serio y el Capitán casi irritado. Aclarando su garganta Miroku colocó una mano en el hombro del Capitán, Inuyasha levantó una ceja y miró entre su mano y su cara. "Miroku qué estás—"
Miroku lo interrumpió. "Por favor descansa o al menos come algo," comenzó suavemente mirando a Inuyasha directamente a los ojos. "Por favor, Otou-san."
Inuyasha se paralizó, sus ojos fijos en los suplicantes de Miroku. Los dos hombres continuaron mirándose, Miroku se ponía más nervioso a cada segundo. El Capitán solo lo miraba como si algo hubiese salido terriblemente mal en los pasados segundos. Miroku tragó y retiró su mano frotando su cabeza nerviosamente muy al estilo de Inuyasha.
"Um," dijo él con voz asustada. "Siento si dije algo malo. Sólo pensé—tú sabes, después de todo lo sucedido con ese niño y dijiste—y Myoga me dijo algo alguna vez—e imaginé que sabía lo que significaba—tal vez me equivoqué y estoy—"
Él se detuvo cuando Inuyasha rió, rió de verdad y luego jadeó sorprendido cuando el hombre hizo algo que no había hecho en años—alborotó el cabello de Miroku con todo el afecto que tenía por el joven presente. Miroku quedó boquiabierto ante la mirada en el rostro del Capitán, la mirada de amor paterno, de admiración, y de agradecimiento. "Está bien, por ti iré a traer algo de comer, cachorro."
Miroku no pudo molestarse ante la palabra 'cachorro'. "Entonces Otou-san significa—?"
"Padre." Suplió Inuyasha levantándose de la silla. "Sé que no hablamos de mierda como esta pero—" Inuyasha le dio una mirada gentil, casi hizo sentir incómodo a Miroku. "Myoga y Totosai siempre te han llamado mi hijo, supongo que es apropiado."
"Myoga y Totosai también conocen ese idioma?"
"Sí," dijo Inuyasha y miró sus manos. "Y supongo que es tiempo de enseñarte."
"Qué idioma es?" Preguntó Miroku mirando al hombre que había conocido la mitad de su vida.
Inuyasha le dio una extraña mirada, como si contemplara lo que iba a decir, si debía decir algo. "Simplemente es un idioma como cualquier otro, muchacho." Suplió igualmente y Miroku supo que esas eran las únicas palabras que obtendría en el tema y que era de su interés no preguntar por más información.
"Cuándo puedo comenzar a aprender?" Preguntó Miroku en vez de inquirir más sorprendiendo a Inuyasha levemente.
El Capitán lo miró, su cara mostraba algo de alivio y Miroku supo que había tomado la decisión correcta. "Tan pronto como la Srta. Dresmont esté mejor y fuera de la cama, las lecciones comenzarán de nuevo."
"Entendido," dijo Miroku asintiendo firmemente. "Ahora ve a traer algo de comer y yo cuidaré a la Srta. Dresmont por un tiempo."
"Hai." Dijo Inuyasha levantándose.
"Qué?"
"Lección número uno, Hai significa sí, entendido?" Dijo con una sonrisa, así era como cada lección en idiomas había comenzado entre ellos.
"Hai." Miroku rió y se giró, sus ojos cerrados de felicidad mientras asumía el trabajo de su Capitán, su papá, su Otou-san.
Inuyasha caminó hacia la puerta pero se detuvo antes de girar el pomo y miró al hombre que había criado, habían pasado tanto tiempo juntos, prácticamente nunca se habían separado por más de una noche de sueño desde que había encontrado a Miroku. Entonces, había sido un pequeño niño de ocho años que había escapado de un orfanato en Londres. Había sido un encuentro por pura suerte, un encuentro casual. Inuyasha había estado en la ciudad para reunir las provisiones necesarias para la tripulación, agua y comida, cuando se había topado con el pobre niño, el pequeño al costado de una sucia calle.
Recordó los grandes ojos negros y el desaliñado cabello, recordó los sucios harapos que había llamado ropa, recordó la pequeña mano que le había extendido, una taza sostenida fuertemente entre sus temblorosos dedos.
"Monedas, señor, por favor?"
Recordó los ojos apagados, los apagados ojos negros que lo miraban y contaban una triste historia, una historia que era muy común. Recordó arrodillarse para mirar al niño, el niño se había sorprendido, sus ojos cobraron algo de vida cuando Inuyasha alcanzó y alborotó su cabello. La acción había resultado en una sonrisa del niño, revelando un faltante diente de leche en su boca.
A este día, Inuyasha no estaba seguro de qué fue, pero algo lo había llevado a esa cara sucia, algo lo había hecho amarla instantáneamente. Tal vez fue el diente ausente o el mugre en su nariz. Tal vez la forma en que sus ojos se cerraron cuando le sonrió esa primera vez, o tal vez fue la forma en que las pequeñas manos se habían retraído hacia su pecho, aferrando la taza fuertemente en sus pequeños dedos. Lo que sea que fuera, había sabido al instante que quería proteger a ese niño para siempre, quería proveer para él sin pensarlo dos veces, quería preocuparse por él, criarlo, adoptarlo. En ese milisegundo de tiempo había sabido todo eso.
En ese momento, el demonio en él había reclamado subconscientemente al niño como su hijo.
"Cuál es tu nombre, pequeño?" Preguntó Inuyasha mirando al pequeño.
"Miroku." Respondió el niño, sus ojos miraban a Inuyasha como si ya estuviera muerto. Lentamente, Inuyasha alcanzó y depositó una mano en la cabeza del pequeño, golpeteándolo como un cachorro.
"Es un buen nombre."
Miroku miró al Capitán en shock. "Señor?" Preguntó pero Inuyasha solo sacudió su cabeza antes de mirar al niño a los ojos, arrodillándose para no verse tan atemorizante.
"Tienes algo por qué vivir, niño?" Preguntó Inuyasha revolviendo el cabello de Miroku con un afecto que nunca había sabido que tenía antes.
Ese pequeño rostro se llenó con esperanza, sus oscuros ojos brillaron mirando al hombre mucho más grande. Miroku no le tenía miedo, el niño no mostraba temor mientras sostenía la taza en su pecho y miraba las nuevas monedas dentro. Las sacudió en la taza y luego miró a Inuyasha con ojos determinados. "Vivo por un mañana."
"Daisuki yo, segare." Dijo Inuyasha mientras se desvanecía el recuerdo.
Miroku levantó una ceja, reconoció la extraña frase como el idioma que aprendería pronto pero no tenía idea de qué significaba. "Qué significa?"
Inuyasha sonrió decidiendo confundir la cabeza del joven. "Te amo, dulzura." Dijo Inuyasha dándole a Miroku la mejor sonrisa de soy-un-bastardo que podría lograr.
Miroku se giró y lo miró, esos mismos ojos de hace diez años lo miraban absolutamente horrorizado. "Um—de acuerdo—" El hombre se movió incómodo, su cuerpo parecía hacerse más pequeño mientras llevaba una mano a la parte posterior de su cabeza, sus ojos se movían por la habitación. Miraba a todos lados menos a Inuyasha antes de que finalmente dejara caer su mano y suspirara frustrado. Miró sus manos, le recordaba al pasado, cuando finalmente levantó la mirada, sus ojos eran determinados como lo habían sido tantos años atrás. "También te amo," dijo honestamente, "Supongo." Añadió incómodo.
Inuyasha bramó de risa sosteniéndose en el puerta. "Eres un maldito molly."
"Tú eres un cabrón." Respondió Miroku con desprecio que pronto se transformó en una sonrisa y una carcajada. Los dos hombres se sonrieron antes de que Miroku regresara con la Srta. Dresmont y el Capitán saliera por la puerta.
Miró atrás una vez más viendo la cabeza de Miroku, "Daisuki yo, segare." Dijo de nuevo tan suavemente que Miroku no pudo escuchar sus palabras.
"Te quiero, hijo mío."
Fin del Capítulo
Dejen sus Reviews
-.-.-.-.-.-.-
Nota de traducción: Daisuki yo en japonés significa "Big Like". El literal "Te amo" en japonés es Aishiteru, sin embargo, se considera inapropiado usar Aishiteru entre personas que no sean verdaderos amantes incluso entre esposos y esposas no se usa esta palabras a la ligera, en vez prefieren decir Daisuki yo que es muy poderoso pero no tanto. En conclusión, decir Te amo en japonés no es una broma.
