SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desean que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

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Capítulo Dieciocho:

El más grande tesoro del Capitán

El barco Shikuro navegaba por la costa de Suramérica, sus remos iban a full velocidad mientras demonios y humanos por igual movían el barco hacia el destino elegido del Capitán. Las olas golpeaban su proa tocando el barco con su intensidad como si estuvieran dándole una fuerte palmada como una manera de demandarla a ir más rápido. En su frente, jugando en esas olas había un grupo de delfines; un buen presagio para un hombre de mar. Las esbeltas criaturas hacían un trabajo rápido en las olas, jugando juegos similares a los niños mientras saltaban alrededor y sobre los otros, conversando felizmente entre ellos, su conversación desconocida.

No había nadie para disfrutar de la hermosa vista, los defines en las olas jugando en las claras aguas del Mar Caribe. La forma en que se movía el barco, la manera en que se tensaban las velas, nadie lo apreciaba, nadie tenía el tiempo. El barco estaba en sobre marcha, los remadores se movían más rápido con cada redoble del tambor de Totosai mientras el hombre los presionaba para andar rápidamente. De hecho, el único hombre a bordo que veía esa olas y les daba un segundo vistazo era el Intendente Miroku que estaba en el timón, sus manos en el timón del barco expectante mientras navegaba por el tranquilo mar.

Sus ojos miraban la escena observando las olas mientras ondeaban alrededor de las proas del barco. Las blancas olas que dejaban atrás eran hermosas para él mientras brillaban con el ponente sol caribeño. "La noche caerá pronto." Comentó para sí observando el sol comenzar a dejar la tierra para darle paso a la noche, la luna ya estaba tomando su lugar, una cuarta parte, eso era todo lo que quedaba en su lugar en el cielo.

Uno por uno, los delfines abandonaron el barco, la manada se separó de las alegres olas para ir a su hora de retiro. La idea hizo sentir a Miroku extrañamente solo. "Realmente han pasado tres días?" Preguntó él a nadie en particular mientras su agarre se apretaba en el timón girándolo unos escasos grados a estribor antes de soltarlo de nuevo. "Tres días desde que la Srta. Dresmont cayó inconsciente?"

Suspiró ante la idea de la mujer que se encontraba bajo sus pies con el Capitán sentado a su lado, inmóvil. Podía ver al hombre en el interior del barco, mirando el pecho de la jovencita, observando cada inhalación y exhalación mientras mantenía vigilia sobre su cuerpo durmiente. Sus ojos fijos en ella, observándola dormir en los confines de una cama que nunca había visto. Podía ver su prono cuerpo viéndose casi sin vida excepto por ese constante movimiento, esa constante subida y bajada—dentro y fuera—uno, dos, tres, cuatro. Podía ver la intensa concentración en el rostro del Capitán, la manera en que murmuraba cada número mientras contaba, como si tuviera miedo de que si se perdía un respiro, el próximo nunca podría llegar.

Miroku cerró sus ojos ante la idea del inmóvil cuerpo de su Capitán, sólo había logrado que el hombre tomara un descanso dos veces en los últimos tres días. Era difícil, Inuyasha se rehusaba a moverse de su puesto a su lado no confiando en nadie con el importante trabajo de vigilar la respiración de la Srta. Dresmont. Miroku estaba casi seguro de que si la mujer moría bajo el cuidado de otro que no fuera el Capitán los culparía y no a la chica. La mórbida idea hizo a Miroku regañarse interiormente. "No debería estar pensando en que la Srta. Dresmont pudiera morir, es joven y saludable y no va a morir pronto." Se sonó ligeramente, la humedad de la noche entró en sus senos paranasales. "Cielos, odio esta región." Gruñó mientras frotaba su nariz sintiendo un estornudo a punto de salir.

Contuvo su respiración por varios segundos mientras la cosquillosa sensación de su nariz aguaba sus ojos antes de comenzar a subsidiar lentamente dejándolo sentir gran alivio.

"Gracias a Dios." Gruñó frotando su nariz una vez más antes de secar su rostro no queriendo que nadie pensara remotamente que tenía los ojos aguados por alguna otra razón además de las alergias. Su mano pausó en su rostro por un segundo mientras su mente regresaba al hombre bajo sus pies, otra idea lo golpeó. "Qué haría si la Srta. Dresmont muriera?" Sintió su corazón pausar en su pecho mientras miraba entre sus dedos la madera del timón del barco cuando el sol finalmente se hundió en el horizonte, desapareciendo en las profundidades de un mundo desconocido.

Sintió el barco desacelerarse mientras los remadores dejaban sus puestos durante la noche, el constante golpe de tambor se detuvo mientras Totosai también se preparaba para dormir dejando el ambiente silencioso excepto por el sonido de las olas a lo largo del barco estrellándose mientras las velas se movían en el viento. Escuchaba cientos de personas moviéndose, yendo a sus quehaceres nocturnos, guiados solo por la leve vista de la luna que colgaba parcialmente en el opaco cielo. Como pequeñas velas, las estrellas pronto se unieron mientras lo último de los rayos del sol desaparecía, permitiéndoles despertar en la noche.

Miroku no vio nada de esto, sus ojos aún estaban fijos en las tablas del piso deseando poder ver a través de ellas para poder tener un vistazo del único padre que había conocido. "Permanecer a su lado por tanto tiempo," Miroku mordió su labio. "Por qué se quedaría a su lado si ella no significa nada." Lamió sus labios y parpadeó unas cuantas veces. "Quedarse junto a ella y luego verla morir," Hizo a un lado la idea no queriendo molestarse más con ella. "No, ella va a estar bien, no hay necesidad para preocuparse por esto."

Resopló y levantó su cabeza apoyada en el timón intentando llevar sus pensamientos tan lejos del Capitán como fuera posible pero entre más lo intentaba más encontraba cosas que eran estresantes como el largo sueño de la joven. Una imagen de la gema que había conocido desde la niñez entró en su mente y frunció sus cejas preguntándose por qué estaba descansando en el pecho de Kagome en vez de en el del Capitán. Después de todo, Miroku sabía de los orígenes de esa piedra contados por el hombre mismo hace mucho cuando había sido un niño curioso.

"Capitán?" El pequeño Miroku estaba sentado en la cama, sus pequeños ojos buscaban el hombre que había llamado mientras aferraba las sábanas a su alrededor. "Capitán?" Intentó de nuevo frotando el sueño de sus ojos.

"Sí, Miroku?" La hosca voz sonó a su derecha y Miroku giró su cabeza para localizarla. Sonrió levemente cuando lo vio recostado en su silla, su camisa abierta y la pequeña joya que normalmente descansaba contra su pecho en su mano, su pulgar frotándola ligeramente. "Qué necesitas?" Presionó pero sus ojos estaban calmados y fijos en esa gema mientras movía lentamente su pulgar sobre ella.

Miroku frunció su pequeño entrecejo y retiró las sábanas mientras se sentaba en la cama sobre sus rodillas antes de gatear para estar más cerca al Capitán en su escritorio. "Qué es eso?" Preguntó suavemente mirando la pequeña joya que brillaba con la luz de las velas.

"Esto?" Respondió el Capitán rudamente pero su voz aún tranquila en el aire nocturno mientras miraba la joya con afecto. Pareció pensar por un momento luego aclaró su garganta. "Nada."

"Parece algo para mí." Respondió Miroku mientras movía sus pies para tocar el piso y luego caminó la corta distancia hacia el hombre.

Inuyasha siguió sus movimientos con ojos cansados hasta que el niño estuvo justo a su lado, sus pequeñas manos tocaban los brazos de la silla mientras se paraba de puntas para mirar el pequeño fragmento de joya. Después de un momento de ver al niño observar la joya, suspiró pesadamente. "Mi madre me la dio." Susurró en la noche mientras los ojos de Miroku se abrían y su pequeña boca se descolgaba.

"Miroku?"

Miroku saltó sorprendido de escuchar una voz llamar su nombre mientras se removía de su propio recuerdo. "Las únicas personas que me llaman por mi nombre son Sango y," levantó su cabeza y asimiló la vista del hombre de pie en el borde de las escaleras. "Capitán." Ante él, cansado y trasnochado con un pequeño estuche en sus manos no estaba otro que el Capitán Inuyasha. Sus hombros estaban encorvados y de lo que Miroku podía distinguir en la luz de la luna, su rostro pálido. Rápidamente, tomó una soga del lado del timón y la usó para mantener el timón en posición, sus ojos asimilando la vista del hombre cansado y luego el estuche rectangular que sostenía en su mano. Era un estuche que no había visto en años. "Qué estás haciendo aquí arriba, Capitán?"

"Pensé que habíamos superado esa mierda de Capitán cuando estamos solos tú y yo?" Inuyasha intentó bromear pero no había humor en su voz.

Miroku lo miró con ojos que esperaba no estuvieran llenos de compasión. "Cómo está la Srta. Dresmont?" Preguntó suavemente, añadiendo en broma, "Otou-san."

Inuyasha miró a Miroku y suspiró mientras bajaba el estuche, apoyándolo contra la baranda del barco, "Ningún cambio, aún está dormida."

Miroku mordió su labio ante la idea y bajó su cabeza permitiéndole a su cabello cubrir sus ojos para que el Capitán no viera la mirada en ellos: la mirada de preocupación, la mirada de miedo, la mirada de completa simpatía dirigida a la Srta. Dresmont y al Capitán. Era una mirada que sabía que el Capitán podría resentir y detestar. Miró al Capitán y abrió más sus ojos cuando vio que el hombre no estaba más en frente de él sino al otro lado de la cubierta del timón apoyado contra la baranda del barco. Miró hacia donde el Capitán había estado y vio el estuche de nuevo.

"Así que tu más grande tesoro ha salido esta noche?" Se aventuró a hablar estudiando la caja rectangular de cuero desgastado. Había cambiado con los años desde que la había visto la primera vez. La manija estaba ligeramente raída y las hebillas de latón que la mantenían cerrada estaban enverdecidas del uso constante. Había preguntado una vez, cuánto tiempo llevaba con el contenido de ese extraño estuche, el Capitán simplemente había respondido que lo tenía desde que era joven, desde que era un niño—era un tesoro de la niñez. Pero Miroku no sabía cuántos años tenía el Capitán y si el Capitán había recibido ese tesoro de niño, entonces no habría necesidad de decir cuántos años tenía. Miroku miró al hombre, "Qué edad tienes?" Quería preguntar pero se contuvo. "Su leyenda se remonta a varias décadas y aún no se ve mucho mayor que yo." Miroku resistió la urgencia de resoplar. "Eso era de esperarse de un demonio."

"Sí." Respondió Inuyasha cortamente inclinándose sobre la baranda del barco, no ofreciéndole nada más a Miroku mientras miraba el agua negra.

De repente una ráfaga de viento pasó el barco, empujando a Miroku lo suficiente por lo que tuvo que agarrarse del timón una vez más. Cerró sus ojos fuertemente por varios segundos, recuperando su equilibrio y luego los abrió de nuevo. La luna parecía estar más brillante de repente mientras el viento del océano bramaba alrededor. Respiró profundo mientras el viento despeinaba los rizos de su cabello llevándolos hacia su cara y oídos con manos invisibles haciendo que todo su cuerpo se estremeciera. Sacudió la extraña sensación y miró a Inuyasha mientras soltaba la baranda y alisaba su cabello. "Quién está con ella ahora?"

"Con quién?" Dijo el Capitán distraído mientras el viento también jugaba con su cabello mucho más largo. Miroku prácticamente rió cuando el Capitán le gruñó a los mechones en su cara y los aplastaba con sus garras. Malhumorado, resopló y se apoyó contra la baranda del barco, sus brazos cruzados y sus codos descansando en la madera. Descansó su mentón en sus brazos cruzados, sus ojos amargamente tristes mientras miraba hacia el agua.

"La Srta. Dresmont," respondió Miroku asimilando la vista del triste Capitán. "Quién está con ella?"

"Sango." Le dijo el Capitán suavemente mientras continuaba mirando hacia el mar, sus ojos encapirotados.

"Hm," reconoció Miroku asintiendo, tratando de determinar qué más decir o tal vez cómo sacar el tema de la Srta. Dresmont, la misteriosa luz, y la joya que ahora usaba pero antes de poder pensar en cómo formular sus preguntas, el Capitán habló de nuevo.

"Voy a quedarme en el timón, ve a dormir un poco." Le dijo él sin hacer contacto visual, en vez, simplemente continuó mirando hacia el agua con la misma mirada pesimista en su rostro.

Inseguro de qué decir, Miroku obedeció sin otra palabra. El actual comportamiento del Capitán había dicho suficiente: la forma en que se frustró por su cabello, la manera en que se había apoyado contra la baranda, y lo más importante de todo, la mirada en los ojos del hombre. "Está mirando el mar como si estuviera cuestionándolo." Pensó para sí observando esos dóciles ojos, dorados y suaves, cuestionando pero no enérgicos, llenos de curiosidad y aun sin voluntad para responder preguntas sin respuesta.

Miroku nunca había visto esos ojos en ningún hombre, especialmente el Capitán. El Capitán era todo confianza, tranquilo y ruidoso, desafiante a la muerte, era más fuerte que un Dios, y más engañoso en batalla que cualquier otro oficial de la marina. Era inteligente, sabía de todo, y lo que no sabía no tenía miedo de buscar en los mares o en un libro.

Mientras Miroku se acercaba a las escaleras para bajar a su habitación para un muy merecido descanso, escuchó el sonido de ese viejo estuche abriéndose, las hebillas chirriaron juntas mientras el Capitán las abría, retirando el cuero del metal. Escuchó crujir el estuche mientras era abierto y luego un suave sonido mientras el tesoro era tocado por un suave dedo antes de parecer gemir al ser removido. Escuchó el sonido de madera siendo golpeada, el familiar sonido de un ligero trino como alas de pájaros o el sonido de su pico comenzando y deteniéndose abruptamente.

Sin detenerse, Miroku continuó su descenso, el contenido del estuche gruñía más mientras el Capitán lo manipulaba, moviendo clavijas de una forma y otra, un extraño chirrido llenó el aire, resaltado por los suaves trinos de un ave.

Miroku se detuvo al fondo de la escalera y giró su oído hacia el timón. Escuchó murmurar al Capitán, escuchó el sonido de madera en contacto con un hombro. Escuchó la primera pizca de reverberación y luego las acusadoras notas—D—F—E—F—E—

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La luz de la luna entraba en la habitación del Capitán a través de la ventana abierta, un suave rayo flotaba por las paredes. Danzaba por la habitación, iluminando varias armas de metal, captando su apariencia plateada y haciéndolas brillar en la noche, recordatorios de que este era un barco pirata.

Tranquilamente, el viento atravesaba la ventana abierta, moviendo las cortinas a su entrada, haciéndolas moverse en un patrón similar a un vals. Continuaba por la habitación, explorando cada rincón de ella, desde papeles a mapas, a ropas de cama. Tocaban las sábanas que colgaban de la cama en la que dormía Kagome. Con deliciosa lentitud, subía por su cuerpo, tocando la suave sábana de algodón que apretaba en sus manos, antes de alcanzar finalmente su cabello, cada pequeño rizo se movía ante su demanda, haciendo que las suaves hebras se movieran sobre sus ojos. Tan repentina como esas manos invisibles habían entrado a la habitación, desaparecieron como si sintieran que la joven durmiente ahora estuviera despierta.

Kagome lentamente regresó a la consciencia, volviéndose consciente de despertar por primera vez en días. Sentía como si un fuerte peso estuviera descansando en su pecho y como si un par de manos estuviera cubriendo sus ojos, obligándolos a permanecer cerrados. Gimoteó contra las restricciones imaginarias y trató de forzarse a la consciencia pero sin importar lo mucho que tratara su cuerpo no parecía responder.

Obligándose a usar toda su fuerza y esfuerzo, finalmente removió las manos de sus ojos y lentamente obligó a abrir los pesados párpados. Parpadeó varias veces intentando hacer a un lado la extraña sensación de aun estar dormida, de no querer despertar. Después de unos momentos la habitación pareció aclararse pero la vista la asustó grandemente. Sentándose de golpe en la extraña cama miró alrededor, asustada ante la vista que la saludó, adrenalina pulsaba por sus venas ayudándola a entrar en pánico.

"Dónde estoy?" Preguntó mientras asimilaba la alfombra roja y las cortinas que aún se movían con el viento. Había un escritorio desconocido con papeles esparcidos alrededor, el viento los movía como si estuviera haciendo una travesura. "Por qué estoy aquí?" Sintió su cuerpo comenzar a temblar. "Por qué no estoy en casa?"

Kagome tragó cerrando fuerte sus ojos, pensando que la extraña habitación era solo un mal sueño, un muy mal sueño. Fue solo entonces que notó el ligero vaivén de la habitación, los extraños movimientos arriba y abajo, marea y reflujo, el sonido del mar afuera de la ventana, el sonido de las olas mientras golpeaban la proa, el olor a sal en el aire. Deliberadamente lenta, abrió sus ojos y observó la habitación de nuevo, esta vez reconociéndola por lo que era:

Este era el barco Shikuro y estaba en la habitación del Capitán.

Inhalando profundamente cerró sus ojos, escondiendo la realidad de su mente pero sin importar lo que hiciera no podía mantener los recuerdos acorralados. Podía ver sus ojos dorados, podía sentir sus suaves labios sobre su mano, podía sentir sus manos en su cintura—elevándola en el aire mientras la giraba en un círculo sobre su cabeza, podía saborear su mano en sus labios, saborear sus labios en sus labios. Recordó la sensación que le produjo, la confianza para hacer lo que nunca había pensado hacer antes, podía recordar huir de casa, esconderse en el barco, ser descubierta, ser—marcada.

Abrió sus ojos automáticamente mirando la puerta de la habitación, el lugar donde se había encontrado con el verdadero Capitán, el hombre Inuyasha. Había sido cruel, había gritado, la había amenazado, había sido el completo opuesto del otro hombre, y aun—

"Nunca te haré hacer algo contra tu voluntad. Soy mejor que eso."

Era verdad, no es así, era un mejor hombre? Recordó a Manten, recordó sus manos sobre ella, recordó la vacía sensación, la oscuridad, y luego la vista del Capitán luchando ante ella, peleando contra algo que no conocía, recordó sentirse feliz de que hubiese ido por ella. Recordó la joya.

Instantáneamente, sintió un extraño peso en su pecho. Intrigada bajó la mirada hacia su propio cuerpo hasta que sus ojos aterrizaron en el origen de la extraña sensación.

Ahí, entre la piel de sus dos senos había una joya que reconoció instantáneamente como la que siempre había descansado contra el pecho del Capitán, con la que jugueteaba cuando estaba nervioso, la que frotaba cuando estaba pensando; había una joya de un rosa suave en su pecho. Con cuidado, alcanzó y la tocó con manos temblorosas, intentando recordar cuándo se la había dado pero su mente estaba en blanco. Frotó su pulgar contra la suave superficie y ladeó su cabeza, "Se ve más grande?" Preguntó girándola en su mano. "Parece más grande pero nunca había estado tan cerca de ella."

Gruñó mientras su propia confusión escalaba y se recostó en la cama, su mente devanando mientras trataba de recordar cuándo había pasado la joya a ser su posesión. Ningún recuerdo le llegó, sin embargo, una extraña sensación se originó en su corazón. Kagome mordió su labio y miró la gema levantando sus dedos una vez más para tocarla con solo un dedo. Parpadeó sorprendida cuando la gema pareció brillar por un segundo pero antes de poder comprender el cambio de color desapareció como si hubiese sido producto de su imaginación y no una realidad.

Frunció ante la vista mientras la extraña sensación se duplicaba como si hubiese visto que la joya brillara una vez antes. Su cabeza punzaba ligeramente y cerró sus ojos llevando la mano que había tocado la joya a cubrir su rostro. Vio un destello de recuerdo, el Capitán jadeando con dolor en su rostro mientras sostenía la joya en su mano y así tan rápidamente como llegó, se fue. Retirando la mano de su rostro abrió lentamente sus ojos, el dolor en su cabeza se disipó mientras miraba su palma. "Lo lastimó?" Habló pero sus palabras salían como preguntas.

Aún más confundida, Kagome miró alrededor intentando encontrar una pista que la ayudara. Mientras miraba, notó una pequeña forma en la cama junto a ella, solo a un pie o dos. El cuerpo se movía acostado a su lado, completamente muerto para el mundo. Kagome entrecerró sus ojos en la luz de la luna intentando distinguir quién era la persona en la otra cama. Sabía que no era el Capitán porque si hubiese sido él su cabello plateado hubiese brillado en la luz de la luna.

Acercándose más, vio la curva de una cadera femenina que subía hacia un suave rostro y largo cabello. "Sango?" Preguntó y vio a toda la persona descansando sobre las sábanas. Casi parecía como si simplemente se hubiese recostado para relajarse y luego se quedó dormida. La vista la hizo sonreír sin entusiasmo.

Antes de que Kagome pudiera pensar más en la presencia de Sango, un ruido entrando por la ventana la detuvo. Era un sonido gentil, un profundo y gutural zumbido, junto con el sonido de olas. Se giró hacia la ventana y escuchó mientras se hacía más suave al fondo, desapareciendo tras el sonido de las olas del océano. Por un momento pensó que simplemente había estado escuchando cosas pero entonces el sonido llegó de nuevo hasta sus oídos, esta vez más fuerte y más predominante en el aire. Era melancólica, triste, pero atormentadoramente hermosa.

Curiosa, movió sus piernas por la cama y dejó que las plantas de sus pies tocaran el piso, tan tranquilamente como pudo caminó hacia la ventana abierta y se inclinó ligeramente, esperando a que el sonido llegara de nuevo. Comenzó justo como antes, casi silencioso pero gradualmente haciéndose más fuerte, las melancólicas notas eran gentiles mientras flotaban en el aire. Cerró sus ojos mientras el aire marino acariciaba su rostro, el olor a sal en su nariz un feliz recordatorio de su amor por el mar, y dicha melodía un fuerte dolor en su corazón, formó lágrimas en sus ojos.

"Quienquiera que esté tocando," concluyó para sí. "Debe estar muy triste."

La música se detuvo y se sintió extrañamente decepcionada mientras se inclinaba en el marco de la ventana. Simplemente era triste que una melodía tan hermosa tuviera que terminar. Cerró sus ojos, intentando imaginarla en su cabeza pero no pudo igualarla, sin importar lo que hiciera, su mente no podía recrear la encantadora melodía. Entristecida por la idea, se dio la vuelta para recostarse cuando la brisa trajo de nuevo las notas a sus oídos. Sorprendida, si giró hacia la ventana, mirando mientras la música flotaba hacia ella, invitándola a ir y verla hacer.

Lamió sus labios, preguntándose si debería atreverse. Tragando con determinación decidió que tenía que hacerlo y se giró hacia la puerta de la habitación. Rápidamente cruzó el lugar, sus pies hicieron crujir las tablas de madera mientras se movían. Pausó cuando alcanzó la puerta tocando el pomo con algo de ansiedad pero el sonido de la música cuando alcanzó un crescendo la sedujo, tenía que saber quién la tocaba.

Sin pensarlo más, bajó el pomo y salió al corredor principal, atrás las escaleras que llevaban a la cubierta del timón. Pisando en silencio con años de práctica, giró su oído hacia el sonido, notando que provenía de arriba de ella. Con cuidado, escondió su cuerpo y agachándose hizo su recorrido hacia las escaleras que conducían al violín detrás de la música y al hombre detrás del violín.

El sonido de las olas, el gentil ritmo del barco crujiendo mientras ondeaba en el mar, el continuo sonido de la música mientras el violinista tocaba, todo apretó su corazón en su pecho. Permaneciendo agachada subió por las escaleras de manos y rodillas, algo que nunca podría haber hecho vestida como una mujer. Finalmente se encontró lo arriba suficiente para asimilar la vista del hombre tras el violín.

De pie ante ella, de espaldas, su cuerpo enfrentando el tranquilo mar, estaba el Capitán de Port Royal. Su cabello plateado caía hasta abajo por su espalda, el violín descansaba en su hombro izquierdo mientras el arco estaba listo en su mano derecha. Sus dedos se movían lentos, letárgicamente, temblando levemente al acariciar cada cuerda haciéndola vibrar y cantar ante su contacto, creando la obsesionante melodía mientras su cuerpo se movía a tiempo con el sensacional sonido.

De repente, se giró, sus dedos aun moviéndose, asustada Kagome comenzó a agacharse cuando vio cerrados sus dorados ojos normalmente llenos de vida. Su rostro concentrado, su mentón presionado fuertemente en el violín manteniéndolo en posición, sus cejas fruncidas en atención, su boca en una línea apretada mientras su cuerpo se balanceaba a tiempo con cada roce de su arco.

Sin darse cuenta de lo que estaba haciendo, Kagome se enderezó en las escaleras y miró, observando mientras se movía, todo su cuerpo en perfecto compás mientras tocaba cada nota. Quedó hipnotizada por la vista, hipnotizada por el hombre pero al mismo tiempo, se preguntaba cómo un hombre como él podría tocar música tan innatamente triste? Qué había pasado en su vida para hacerlo tocar de una forma tan afligida?

Lágrimas llegaron a sus ojos, sabía que para que una persona tocara así tenía que conocer la desesperación máxima, la máxima traición o el dolor. El Capitán tocaba como un hombre que había sido apuñalado, como un hombre que estaba sangrando de las heridas que no podían ser vistas ni enmendadas. Tocaba como un hombre cuyo corazón se había roto, cuya vida se había roto, y cuyo hogar no era un hogar. Tocaba en la forma como se sentía Kagome. Llevó una mano hacia su pecho, movida por la carga de emoción en el aire. Sintió un sollozo en su garganta y luego las lágrimas bajar por sus mejillas cuando la voz barítona del Capitán comenzó a cantar, una canción tan triste como su melodía.

Amor mío, a dónde te has ido?

Te has ido al mar?

Te seguiría, mi amor

Pero no puedo navegar esas leguas.

Amor mío, a dónde te has ido?

Has ido al cielo?

Te seguiría si tuviera alas,

Pero un hombre de mar no puede volar.

Amor mío, qué haré,

Si no puedo encontrarte otra vez?

Simplemente navegaré el mar

Y buscaré hasta que la luna decline.

Qué más puedo hacer?

Qué más podría decir?

Si tan sólo pudiera ir,

Al lugar que ahora llamas hogar.

Sintió lágrimas quemar fuertemente su piel mientras su voz hacía eco en la oscura noche, el sonido botaba a su alrededor, rodeándola con un encantadora melodía mientras retiraba el violín de su mentón, moviéndolo lentamente hasta colgar a su lado, flácido en su agarre. Sus ojos aún estaban cerrados y por la luz de la luna Kagome podía ver que las orejas normalmente erguidas encima de su cabeza estaban gachas, quietas, como si estuviera tratando de bloquear el sonido de su propia interpretación mientras continuaba haciendo eco alrededor, una voz incorpórea en el viento.

Finalmente menguó, desapareció en las ondas del viento, atravesando el tranquilo Caribe para ser escuchado en las costas distantes, dejando a Kagome perpleja. Qué debería hacer ahora que había terminado de tocar? Debería irse o debería acercarse y hablar con él? Una parte de ella estaba asustada, asustada por la reacción que podría obtener. Estaría enojado, avergonzado, saldría el pirata en él? Ella ya sabía la respuesta pero antes de poder hablar, la voz del Capitán llenó el aire una vez más.

"Flores?" Murmuró el Capitán girando hacia ella con sus ojos aún cerrados como si temiera de lo que pudiera ver.

Kagome llevó una mano a su pecho rozándola contra la joya justo mientras se debilitaba su resolución, insegura de qué hacer. Dio un paso atrás, su temor inicial regresó. "Debería volver abajo?" Se preguntó pero sus pies no se movieron, en vez, se hundió cuando sus ojos se abrieron; el delicioso dorado la tentó con su triste belleza. "Por qué se ve así, tan triste?" Se preguntó mientras asimilaba su melancólica expresión viéndose como si estuviera recordando a alguien que había olvidado.

"Ese es tu olor?" Preguntó Inuyasha mirándola con ojos entrecerrados. "Flores, es el mismo olor, es tu olor." Lentamente, los labios del Capitán Inuyasha formaron una sonrisa mientras la miraba, todo su cuerpo dibujaba una triste apariencia.

"Mi olor?" Preguntó Kagome, sus ojos parpadeaban confundidos.

"Sí," respondió él observando esos ojos curiosos e inocentes. Incluso después de todo por lo que había pasado aún lo mantenía, ese aire de innegable inocencia y gentileza. Kikyo nunca lo tuvo. Desde el segundo que la conoció, Kikyo se había visto como una adulta, firme y casi regañada, siempre apropiada y prístina. Aun cuando ella fuera esclava de la pasión mantenía esa mirada de completo control y obediencia, esa mirada de propiedad contenida. Inuyasha tragó, de alguna forma sabía que Kagome se vería diferente bajo él.

"Huelo a flores?" Preguntó ella con un leve rubor en sus mejillas mientras le permitía a su triste mirada irse al fondo de su mente.

"Sí, y sal." Él se sintió extraño al decirlo, mientras le hablaba de su aroma. "Hueles a flores y a mar."

"Eso es tan divertido." Respondió Kagome nerviosa mientras sus ojos se tornaban de un color que no podía reconocer. Sí, podía nombrarlo, en más de un idioma, pero el significado detrás la asustaba. La miel derretida—era una mirada de—lujuria. "Eso suena como si oliera mal."

"Huele maravilloso." Dijo Inuyasha antes de poder detenerse.

Los ojos de Kagome se desviaron hacia él, su corazón comenzó a acelerarse en su pecho mientras desviaba su mirada, su pulgar subió a su boca para poder morder nerviosa su uña. No estaba segura de qué debería decirle, no estaba segura de cómo reaccionar, este hombre en frente de ella le recordaba de cierta forma al hombre de Port Royal, guapo y romántico, inteligente y perspicaz. Kagome miró a Inuyasha, sus ojos brillaban en la luz de la luna con su propia incertidumbre.

Él también la miraba, permitiendo que una pequeña sonrisa se formara en su rostro mientras asimilaba sus brillantes ojos. "Kikyo nunca me miró así." Se dijo sintiendo que las comisuras de su boca se elevaban aún más. "Es la misma cara mirándome pero la expresión es de Kagome, Kikyo no me habría mirado tan incierta." Sacudió su cabeza levemente mientras su nariz inconscientemente inhalaba más de su aroma. "Sí, sus rostros pueden ser idénticos en muchas formas pero sus aromas en verdad son diferentes." Cerró sus ojos ante el recuerdo, Kikyo había olido a solo flores, un aroma dulce lujurioso pero Kagome olía a aquello que más amaba, olía como el mar, olía como el viento, olía salvaje, olía libre, olía como el cielo debería oler. Era el aroma de margaritas irlandesas y aire lleno de sal, de lirios mientras florecían a la luz de la luna en un claro estanque, era el olor de las blancas olas en los acantilados cenizos de Dover, un lugar al que alguna vez había llamado hogar, un aroma que había amado desde que era un niño.

Era el aroma de Kagome Dresmont y de nadie más pero aún ese rostro, esos poderes. Inuyasha tragó saliva.

"Reencarnación." La palabra occidental entró en su cabeza antes de poder detenerla. "No he escuchado esa palabra en siglos." Se dijo y aun sabía que era posible. Tenían el mismo aroma base, rasgos faciales similares, la misma habilidad miko, y sin mencionar—bajó la mirada ligeramente hacia la pequeña joya que brillaba contra su piel. La imagen de Kikyo usando esa misma joya llegó a él y frunció profundamente. Eso en realidad no significaba nada, ni una señal de reencarnación pero no pudo evitar pensar que era extraño ver a Kagome usar esa joya después de que Kikyo también la había usado. "Eso no ayuda," se dijo. "Se la di a Kikyo y ahora se la he dado a Kagome." Lógicamente, sabía que se la había dado a cada mujer por razones totalmente diferentes pero eso no hacía más fácil asimilar la impactante similitud al ver a las dos jóvenes usando la misma joya.

"Oh, vaya!"

El grito hizo saltar en pánico a Inuyasha cuando de repente la Srta. Dresmont se tornó muy animada, todo su cuerpo saltaba mientras señalaba algo detrás de la cabeza de Inuyasha. Rápidamente, se dio la vuelta y miró tras él, sus ojos buscaban lo que había visto. Viendo nada sino estrellas, se dio la vuelta y la miró, su corazón se tranquilizó en su pecho dándose cuenta que no había peligro. "Qué demonios?"

"La viste?" Dijo ella ignorándolo completamente mientras cruzaba la cubierta para detenerse tras él, sus manos agarraban fuerte la baranda mientras sus ojos se pegaban al cielo estrellado. "Fue una estrella, cayó del cielo."

"Una estrella fugaz?" Dijo él dándose la vuelta para mirarla.

Kagome estaba apoyándose en la baranda del barco, sus ojos aún enfocados en el cielo, como si estuviera esperando a que otra estrella cayera. Había una felicidad innata rodeándola, notó, y aunque sabía que siempre estaba ahí, hoy se sentía como si estuviera viéndola por primera vez. La sonrisa en su rostro, la gentil mirada en sus ojos, la excitación de una pequeña niña, la inocencia de una también. Brevemente, el rostro de Kikyo destelló en su mente nada parecida a Kagome, los rasgos faciales podrían ser los mismos pero la manera en que sus ojos se iluminaban, lo fácil que sonreía, la arrogancia en su cara cuando estaba enojada, la forma en que se arrugaba su nariz con irritación, la apariencia infantil que tenía cuando se cerraban sus ojos, todas esas cosas eran Kagome y solo Kagome.

"No es de extrañar que no viera la semejanza." Concluyó Inuyasha, sintiéndose mejor ahora que entendía, tal vez fue un hechizo mágico sobre él, tal vez ella había querido que olvidara o tal vez la hermana de Kikyo pero de cualquier forma mientras miraba esa copia de carbón sabía que no era exacta. Esta joven no era ella. Kagome era algo, completamente alguien más.

Con una sonrisa, se detuvo junto a ella en la baranda. El violín aun en su mano junto con el arco. "Parece que te sientes mejor."

"Oh!" Kagome se giró hacia él asustada pero se recuperó rápidamente. "Sí—me siento bien en verdad. Dormí tanto?"

Él sacudió su cabeza, no queriendo decirle cuánto tiempo duró dormida, aun si supiera que debía, simplemente no lo hizo. No quería que esa mirada dejara su rostro. "No del todo," dijo después de un tiempo. "Por qué estás levantada? Es tarde."

"Lo sé, yo—" Miró las tablas bajo sus pies insegura de cómo responder. Quería decirle que había escuchado el hermoso sonido de su violín y que la había sacado de su cama pero, no quería que pensara que estaba metiéndose en su momento de privacidad. Después de todo, si él quisiera que alguien escuchara tocaría a la luz del día, no de noche mientras todos estaban dormidos.

"Espero que no fuera mi interpretación." Habló Inuyasha, interrumpiendo sus pensamientos mientras la miraba con una maliciosa sonrisa.

Una mirada a ese rostro la hizo ver secamente mientras se daba la vuelta. "No, tu interpretación no me despertó." Insistió rápidamente.

"Bien." Dijo él con una sonrisa mientras apoyaba sus codos en la baranda, descansando su mentnó en su mano. "Escuchaste todo?"

Ella lo miró por el rabillo de su ojo, estaba mirándola con una sonrisa ladeada que envió un ligero escalofrío a su cerebro desde su coxis. Pasando saliva solo pudo asentir.

"Jodidamente bueno, no!" Dijo él con una carcajada desviando su mirada arrogante.

Kagome frunció sus ojos y sintió golpearlo pero antes de poder echar hacia tras su mano en un puño, su risa se detuvo. Observó mientras él miraba el viejo violín en sus manos, sus ojos fijos en él, concentrados y—afectuosos.

"Seriamente," comenzó él en una voz llena con hermosos recuerdos. "Este es mi más grande tesoro." Le dijo, inseguro de por qué estaba diciéndole tal cosa. Parecía extraño pero tenía que decirle. Tal vez era su actual estado de melancolía o, más probablemente, era ella quien lo llevaba a hablar sin censurar su boca.

"Tu más grande tesoro?" Repitió Kagome, yendo contra su propia regla de nunca repetir lo que decían otras personas pero ahora, necesitaba escucharlo, un tesoro, el más grande tesoro de una persona, un tesoro que no era oro ni plata ni tabaco o semillas de amapola, un tesoro hecho de madera, de bigotes de gato y un arco de un caballo—nunca había escuchado a alguien llamar algo como eso un tesoro. Sus ojos permanecían en él, asimilando la vista de esos ojos dorados, los ojos dorados del Capitán Smith, del Capitán Inuyasha del barco Shikuro—no, ese tren de ideas estaba equivocado, defectuoso. Esos ojos no le pertenecían a la Armada o a la piratería; no eran identificables de esa manera. Esos ojos simplemente pertenecían a Inuyasha—eran los ojos dorados del hombre Inuyasha. Sonrió levemente, no queriendo más que mirar esos hermosos ojos para siempre.

"En verdad eres un mejor hombre." Susurró ella en la oscura noche, sus palabras salieron de su boca con voluntad propia, sin embargo, encontró que no le importó haberlas dicho.

Inuyasha la miró confundido, sus ojos desviados de su violín mientras levantaba una ceja. "Mejor hombre?"

"Sí," dijo Kagome con una sonrisa brillante en su cara y sus ojos cerrados de felicidad.

Inuyasha asimiló la apariencia, su corazón latía rápidamente en su pecho ante la vista. "Hermosa." Pensó para sí mientras le permitía a sus ojos suavizarse, detallando su dulce inocencia. Aún si fuera la reencarnación del pasado, no era el pasado mismo. Era algo nuevo, algo que podría atesorar para siempre.

"Y," dijo Kagome inconsciente de su extraña epifanía, sus ojos se abrieron rápidamente, asustándolo. "Dónde aprendió a tocar así un hombre como tú?" Señaló de él hacia el violín en turno.

"Un hombre como yo?" Dijo él con un ligero frunce en su rostro.

"Sí, no creí que un pirata pudiera tocar como un noble." Ella colocó un dedo en su mentón en contemplación. "A menos que obligaras a un noble a enseñarte pero es extraño obligar a un noble a enseñar."

Inuyasha parpadeó secamente varias veces. "Para tu información, Srta. Dresmont, no aprendí esto de un noble."

"Oh?" Preguntó sorprendida, sus ojos se giraron para mirarlo con ojos bien abiertos. "Entonces quién te enseñó?"

Inuyasha miró alrededor, sus ojos lejos de ella, rehusándose a hacer contacto visual. "Bueno," no quería decirle la verdad, era algo que nunca había compartido con nadie, ni con Miroku. Recurriendo a su antigua posición cuando no quería revelar algo suyo, resopló fuertemente decidiendo re direccionar su curiosidad con irritación. "Pst, no tengo que decirte ni mierda."

"Bueno, no tienes que ser grosero por eso." Murmuró ella con un resoplo. "Sólo pensaba que fue impecable."

Sus orejas se movieron en su cabeza mientras su voz apenas las alcanzaban. "Piensas que fue impecable?"

"Sí, mucho." Dijo Kagome con sus ojos gachos y sus labios en pucheros. "Siempre he amado la música y tocar pero—nunca me dejaron." Su rostro se tornó triste ante las palabras.

"Hm?" Inquirió Inuyasha levemente observando el cambio en su postura. "Por qué no te permitieron tocar?"

Kagome lo miró sorprendida de que hubiese preguntado. La mayoría de las personas nunca tenía interés en ella con excepción de Sango, Miroku y el Capitán de Port Royal. Girándose hacia él otra vez, Kagome asimiló su apariencia, la forma en que estaba inclinado hacia ella, sus orejas inclinadas levemente hacia adelante, sus ojos abiertos con curiosidad. Ella le sonrió imperceptiblemente, muy en el fondo sabía que fuera Smith o Inuyasha, aún era él mismo, un hombre complejo, único y el mismo.

"Mamá decía que no era apropiado o necesario para una dama." Kagome miró alrededor, inhalando el aire de la noche mientras se giraba. No podía ver muy lejos, la luna solo le daba un poco de luz, pero podía escuchar todo. Cada ola, cada ligero ronquido, una tranquila conversación abajo, el viento gentil empujando las velas, Kagome podía escucharlo todo. "Siempre quise aprender." Admitió en una voz apenas audible.

Observándola, Inuyasha fue incapaz de controlar las palabras que dejaron su boca. "Te enseñaré."

"Perdón?" Dijo Kagome casi atorándose con sus palabras, sus ojos abiertos ante la sugerencia. Este no era difusamente el pirata Capitán Inuyasha—el demonio del mar.

"Puedo enseñarte, si quieres." Ofreció de nuevo, gritándose en su cabeza, "Qué demonios estoy diciendo?"

"En verdad me enseñarías?" Preguntó intrigada, su mente acelerada ante las posibilidades.

Él la miró, en pánico, por qué le había ofrecido tal cosa? No podía hacer algo así, ella lo odiaba, odiaba a todos los piratas, nunca podría querer aprender a tocar el violín del Scrooge del mar. Bruscamente, trató de cubrirse. "Sí, es decir, le enseñé a Miroku, y a él le gustó pero el pequeño sodomita no está inclinado musicalmente y tú podrías, es decir—no sé en realidad para qué eres buena o mala pero no puedes ser tan mala como él así que—quiero decir, si quieres no me importaría mostrarte algunas cosas, tú sabes, esta es A, puntéala y haces música—" la miró claramente ruborizado. "Aw, mierda."

Ella miró al hombre tartamudear y sintió su corazón iluminarse e inflarse en su pecho y entonces comenzó a reír. No las pequeñas risitas que una joven de sociedad debería permitirse cuando se entretenía sino verdaderas y profundas carcajadas que llenaban sus pulmones. Sus manos fueron a su boca intentando cubrirlas pero sin importar lo fuerte que mantuviera la risa por dentro, parecía encontrar una salida.

Inuyasha sintió sus orejas aplastarse contra su cabeza, bloqueando el ruido mientras la miraba, "Por qué te estás riendo?"

Ella trató de contenerse pero solo rió más duro para su irritación, pequeñas lágrimas se formaban en sus ojos.

"Ya basta," dijo él, su rostro rojo mientras continuaba. "Maldición, es una orden!"

La risa aminoró a una risita y abrió sus ojos, pequeñas lágrimas estaban reunidas en sus pestañas. Hipó unas cuantas veces antes de alcanzar y secar algunas lágrimas. "Lo siento mucho." Logró decir finalmente, pequeñas carcajadas interrumpían sus palabras.

"Será mejor que sí." Resopló Inuyasha, cruzando sus manos sobre su pecho, sus orejas planas en su cabeza.

"Lo estoy, es sólo que," rió de nuevo detrás de su mano. "Fue tan divertido."

"Qué fue tan divertido?"

"Tú," dijo ella mientras le sonreía en esa misma forma con ojos entrecerrados que lo hizo sonrojar. "Quiero decir, el gran pirata Capitán Inuyasha, el hombre más mortal del Caribe—no—de todo el Atlántico, le ofrece a una chica lecciones de violín."

"No veo qué es lo divertido en eso." Resopló Inuyasha pero tuvo que admitir que sonaba algo incómodo. Era conocido más por matar que por instrumentos clásicos.

"Lo siento, fue divertido para mí, no quise reírme así es sólo que," lo miró, sus ojos destellando con infinita alegría. "Nunca he sido libre de reír así antes y yo—supongo que tomé ventaja de la situación."

Él la miró en silencio mientras al fin se componía completamente, alisando su ropa y retirando unas pocas hebras de cabello de su rostro. "Ella nunca ha reído así antes?" Se preguntó sintiendo una ola de compasión inundarlo. "No le permitían reír?" Su mente divagó a algo que Sango le había dicho alguna vez en una noche similar a esta cuando había abordado el barco la primera vez.

"A las mujeres de sociedad no les permiten mostrar emociones, Capitán. No somos dignas de la habilidad de tener emociones sean dolorosas o incluso risibles."

Fue igual para Kagome? A esta hermosa e inocente jovencita no le permitían mostrar en su cara cuando estaba feliz o triste o cuando encontraba algo divertido? Por un segundo su mente viajó a un lugar en el que no había pensado en años. A una similar realización que alguna vez había tenido sobre la dignidad de una persona.

Un Inuyasha mucho más pequeño corría por un patio, un jardín de arena y rocas a lo largo con un arroyo lleno de peces brillantemente coloreados. Ignorando la vista, continuó, su destino estaba decidido en su cabeza mientras se dirigía hacia una figura alta en el patio. La figura de pie, largo cabello plateado bajaba por su espalda ondeando ligeramente en el viento elevándose sobre todo en el jardín (o al menos le parecía para un niño tan pequeño).

"Onii-san!" Gritó el pequeño Inuyasha corriendo sobre el puente que estaba sobre el arroyo. "Onii-san?" Dijo más tranquilamente cuando llegó a unos pies del hombre en cuestión.

"Nani-o?" Respondió el hombre mientras alcanzaba hacia arriba tocando una rama en un árbol que estaba cubierto con pequeñas flores rosadas.

"Onii-san," repitió Inuyasha moviéndose de un pie a otro acercándose al hombre alto, su rostro oscurecido por la luz del sol que flotaba en el jardín. "Nani ga hanyou?"

La mano del hombre lentamente regresó a su costado mientras continuaba mirando al árbol, observándolo calmadamente antes de que sus ojos se giraran para mirar al pequeño niño a sus pies. Resopló asimilando la vista del niño mucho más joven antes de darse la vuelta de nuevo, mirando el árbol otra vez, su boca abriéndose levemente para responder la pregunta. "Orokana ikimono wa," dijo él mientras el joven Inuyasha sentía su corazón apretarse en su pecho, "Kûki no kachi, sore wa kokyû."

El recuerdo se desvaneció rápidamente, la imagen del hombre desapareció en una puerta sellada en su mente. Un lugar que desesperadamente no quería mantener abierto. Con un profundo respiro, pensó en ese hombre por un momento más, pensó en sus poderosas palabras de odio por un momento más.

"En verdad no soy digno del aire que respiro, hermano?" Preguntó en silencio mientras sacaba esa idea de su mente tan fuerte como podría.

Miró a Kagome comprendiendo de cierta forma lo agradable que debió sentirse reír para ella. También había sido agradable para él, la primera vez que había sido llamado digno y se sintió llenarse en su propia existencia, la primera vez que alguien le había dicho no avergonzarse de quien era—aun si esa persona hubiese sido su propia madre. Con una lenta sonrisa, habló, "Quieres que te enseñe, Srta. Dresmont?"

Kagome lo miró sorprendida de que le hubiese ofrecido de nuevo la oportunidad, en verdad hablaba en serio y más, de dónde venía este hombre? De dónde venía este hombre agradable e intelectual, sus palabras ingeniosas cuando no un poco adornadas con terquedad? Dónde había aprendido a tocar tan bellamente, con tal emoción? Kagome lo miró, sus ojos intentando ver dentro al hombre y no su coraza exterior. Sabía que los piratas no eran todos malos, algunos eran violentos de crianza, sí, pero la vasta mayoría eran buenas personas, el Capitán, no podría ser diferente, verdad? Tomando la oportunidad, Kagome se alejó de la baranda, encarando al Capitán, continuó.

"Quiero aprender." Le dijo sinceramente, como siempre sus ojos desafiándolo a denegarla aparentemente en un reto inexistente.

Él la miró sorprendido, sus ojos analizaban su rostro, como si le pidiera la silenciosa verdad.

"Por favor, enséñame." Dijo otra vez, todo su cuerpo determinado mientras los miraba. "Quiero aprender."

Inuyasha se separó de la baranda, el violín en su mano vociferaba su propia opinión mientras tocaba las cuerdas. Miró el viejo instrumento, recuerdos corrían rampantes en su mente una vez más.

Él veía su rostro dulce, suave y maternal, era una mujer hermosa con largo cabello negro que alcanzaba su cintura y una gema en un cadena de oro alrededor de su cuello. "Aquí pequeño." Susurró inclinándose hacia él, la gema brillaba mientras colgaba de su cadena. En sus manos descansaba un extraño instrumento en forma de ocho. "Tómalo." Lo incentivó gentilmente mientras sus suaves manos le ofrecían el artefacto de madera.

Con cuidado, sus garras alcanzaron y tomaron el extraño instrumento mientras sus ojos lo estudiaban pequeños y curiosos, mientras el joven dorado de sus irises reflejaban la pulida madera. Alcanzando, tocó las extrañas cuerdas plateadas con un dedo y tiró de ellas. Un vibrante zumbido llenó la habitación y casi deja caer el instrumento, asustado.

"Es un violín, Inuyasha." Suplió la mujer mientras tocaba su cabeza, alborotando su cabello, un gesto que llevaría con él de por vida.

"Violín." Repitió la nueva palabra observando la cuerda continuar vibrando con ojos fascinados.

"Será tu más grande tesoro." Dijo la mujer, "Con él, puedes estar en el mar."

Él parpadeó y miró a la mujer sorprendido ante sus palabras. Brevemente, sus ojos captaron la joya alrededor de su cuello y sonrió ante la familiaridad de ella. Alcanzando, la tomó en sus pequeños dedos, pasándolos sobre su lisa superficie antes de repetir sus palabras. "El mar?"

"Sí," respondió ella removiendo gentilmente su mano de la joya devolviendo sus ojos al instrumento mientras golpeteaba sus dedos contra él levemente. "Un hombre que puede tocar siempre es bienvenido a navegar en un barco sin importar su sangre o sus orígenes," Habló tan suave como siempre. "Todo Capitán lo encuentra digno."

"Srta. Dresmont," dijo él mientras el recuerdo se desvanecía, su mano inconscientemente alcanzó para tocar la ausente joya alrededor de su cuello. Se asustó cuando al principio no la sintió y luego tranquilizó sus rasgos mientras la miraba observando la gema alrededor de su cuello por unos segundos antes de sacar todos sus pensamientos de su mente y hablar de nuevo. "Te enseñaré con una condición."

"Una condición?" Respondió aprehensiva.

"Sí," dijo él mirándola, la tristeza escondida tras la malicia de sus ojos.

"Y cuál es la condición?"

"Las lecciones sólo serán en la noche y siempre estaremos solos," sonrió mientras hablaba. "No le digas a Sango ni a Miroku."

Kagome apretó sus dientes, debió imaginar que querría que las lecciones no fueran vistas por los otros hombres y aún, "Por qué tenemos que estar solos?" Sintió su estómago saltar ante el prospecto. "No confía en Sango y Miroku?" Resopló ante la idea pero al final en verdad quería aprender, era una de esas cosas que siempre había querido hacer libremente. Con su mentón firme en posición, habló, "De acuerdo, pero también tengo una condición."

Él torció sus cejas ante la vista firme de su mentón y ojos. "No creo que funcione de esa forma."

"Tú fuiste quien ofreció enseñar," señaló ella con una sonrisa de zorra en sus labios rosados. "Así que eres quien más quiere que esas lecciones comiencen," le apuntó un dedo mientras la sonrisa se hacía más y más malvada. "Entonces es natural que también obtenga algo más del trato."

Inuyasha se hubiera ido de cara si no estuviera tan anclado al suelo por sus pies. "Vas a aprender a tocar violín," le dijo, su expresión seca. "No es suficiente?"

"Nop," ella levantó su nariz en el aire mirándolo con un ojo abierto. "Quiero algo inmediato, gratificación inmediata si gustas."

Él no podía creerle a esta chica, era casi molesta. Aquí estaba ofreciéndole una oferta de una vez en la vida, le enseñaría a tocar el violín, algo que siempre había querido hacer (de lo que podía decir) y estaba poniéndole una condición? "Está bien," dijo girando sus ojos. "Para mi propia entretención, cuál es tu condición? La gratificación inmediata que tanto quieres?"

"Quiero saber," dijo y él se sorprendió de escuchar su corazón acelerarse en su pecho y su aroma cambiar con nerviosismo. "Quién te enseñó a tocar el violín?"

Él se paralizó, sus ojos apenas miraron la gema alrededor de su cuello antes de darse la vuelta incapaz de hablar. "Por qué quiere saber?" Se preguntó pasando una mano por su cabello. "Dios, quiere saber que ahora lo usa como condición!" Era extraño pero se encontró obligado a decirle. Quería decirle y aún no quería decirle al mismo tiempo. Tras él la escuchó moverse, su peso de un pie a otro inquietándose.

"No importa," susurró ella con una risa nerviosa en su voz. "No tienes que decirme—"

"Mi madre," la interrumpió él antes de poder pensar realmente lo que estaba diciendo.

"Capitán?" Susurró confundida mientras se giraba lentamente y lo miraba, sus ojos gachos y una extraña y triste sonrisa en su rostro.

"Mi madre me enseñó y," levantó el violín para que lo viera. "Ella me dio este violín."

Kagome lo miró, no segura de cómo tomar esta información, su madre le había enseñado? Nunca había pensado en un pirata teniendo madre pero, tenía sentido. Nadie acababa de existir, ni el gran pirata Capitán Inuyasha.

"Entonces." Dijo él desviando la mirada, hacia el mar. "Tenemos un trato?"

"Sí," dijo ella firmemente pero tragó al mismo tiempo. Extendió su mano y le dio una divertida mirada. "Tenemos que sellar el trato Capitán, así que estrechemos manos."

Él frunció ante la extraña costumbre pero de todos modos alcanzó por ella. Sus dedos se tocaron y ambos ignoraron la corriente que sintieron mientras sellaban su trato. Ambos se soltaron, tratando de parecer inafectados, sorprendentemente, ambos tuvieron éxito.

"Cuándo comenzamos?" Dijo Kagome valientemente, sus dedos aun estremecidos.

"En este momento." Sugirió el Capitán y le alcanzó el violín. Ella lo aceptó con una sorprendida mirada en su rostro.

"Ah," dijo ella suavemente mirando el instrumento temerosa de moverse. "Qué hago?"

Él resopló, "Pon esta parte bajo tu brazo," señaló en su cuerpo. "Y el cuello en tu mano izquierda, eso es."

Ella se movió hacia donde su brazo derecho estaba sosteniendo el violín como una guitarra. Los dedos de su mano derecha en las cuerdas sobre el puente y su mano izquierda en el cuello del violín posicionada para tocar las cuerdas. "Así es cómo lo sostienen en la sinfónica." Dijo ella honestamente, Inuyasha resopló.

"Así es como lo sostienes para aprender, ahora cállate y escucha." Instruyó él. "No te preocupes por la mano izquierda por ahora. Solo vamos a mirar la derecha. Así entonces—um," la miró confundido antes de alcanzar su mano derecha. Tembló mientras tomaba su dedo índice y lo llevaba hacia la primera cuerda, forzándola a moverlo contra ella. Un sonido los rodeó, un zumbido de tono alto. "Esta es E."

Dijo él retirando su mano. Ambos se miraron mientras retrocedía, sus manos sostenían fuerte el violín, sus ojos enfocados en el otro. Por un momento, él pensó, ella pensó—ambos pensaron que deberían moverse, acercarse más al rostro del otro, para poder encontrar ese mismo lugar que habían conocido antes, ese lugar que habían descubierto juntos en Port Royal pero los dedos de Kagome arruinaron el momento cuando de nuevo rozaron inconscientemente contra E. El sonido los regresó a una extraña realidad.

"Um," él se inquietó desviando la mirada, el hechizo roto por ahora. "Si tocas la próxima cuerda, será A."

Kagome se obligó a desviar la mirada hacia la cuerda, con cuidado colocó su dedo de la misma forma que la había hecho hacer antes. Ligeramente un—muy ligeramente, tono más bajo en sus oídos. "A" repitió ella. "Y cuál es la próxima?"

Él le sonrió, sintiendo su corazón apretarse en su pecho, al menos esto era un comienzo, qué más podría pedir? "D."

"Es un violín, Inuyasha. Será tu más grande tesoro."

Fin del Capítulo

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Traducciones:

Onii-san, nani ga hanyou?

Hermano, qué es un hanyou?

Orokana ikimono wa, kûki no kachi, sore wa kokyû.

Una estúpida criatura indigna del aire que respira.

Notas:

El Solo de Violín de Inuyasha – La música que inspiró el solo es Kyoudai o Hermanos del anime Full Metal Alchemist, uno de mis animes favoritos de todos los tiempos y, en mi opinión, el anime con el mejor OST que he escuchado. Si no lo han visto, lo recomiendo altamente. Kyoudai lo pueden encontrar en YouTube. Busquen, Full Metal Alchemist OST 3 – Kyoudai.

La Canción de Inuyasha – La letra de la canción en este capítulo fue escrita por mí con el solo de violín como inspiración. Si escuchan la versión en violín de Kyoudai podrán juntar la poesía a la música.

Hecho divertido – Los barcos piratas usualmente tenían músicos a bordo para el entretenimiento, era requerido que tocaran todas las veces excepto los domingos. Usualmente eran reclutados de barcos de la Armada y 9 veces de 10 si podías probar que conocías un instrumento, un pirata no te mataría sino en vez, te usaría para el entretenimiento en su barco. Muchos hombres que querían ser marineros (piratas o no) aprendían a tocar un instrumento para que sus posibilidades de ser contratados y bien remunerados/alimentados se incrementaran.