SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE
Por Inuma Asahi De
Traducido por Inuhanya
Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desean que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).
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Capítulo Diecinueve:
Hiten y Naraku
Hiten estaba sentado solo en una taberna sin nombre en el corazón de Puerto España. Ante él estaba su licor, un oscuro whisky que le gustaba normalmente por la forma en que quemaba su garganta cuando tragaba. En el momento, sin embargo, permanecía ante él intocado y aun lleno hasta el borde del vaso. Lo palpaba con sus dedos debatiendo si tomaba un sorbo pero cuando lo levantaba de la mesa revelando la oscura marca de agua que dejaba en la madera perdía la poca voluntad que tenía para llevarlo hasta sus labios, incluso para probar el ardiente contenido. No podía, no ahora con la manera en la que su corazón se apretaba en su pecho, no ahora con la forma en que sentía un nudo formarse en su garganta evitando que cualquier líquido entrara en su estómago.
"Manten." Dijo suavemente tocando su cabello, retirando los mechones de sus ojos, revelando oscuros círculos y turbias pupilas. "Mi querido hermano." Sus labios apenas se movieron, pronunciando las palabras con calidad casi acuosa.
Hiten hundió su cabeza en sus manos, halando su cabello, imaginando a su calvo hermano. Con la muerte de Manten, Hiten era oficialmente el último de la gran tribu Relámpago de la parte más baja de Suramérica. Era una idea que apenas podía digerir. Apretó sus dientes, imágenes de su apuesto padre y su fea madre destellaban ante sus ojos, antes se encontró con la fantasmal impresión de su hermano, mirándolo con esos ojos ovalados que eran completamente maternos.
"Hermano." Ahogó él tirando de su cabello en un esfuerzo por mantener la calma. "Carajo! Por qué? Por qué?"
Hiten hundió su cabeza en sus manos mientras revivía las pasadas veinticuatro horas en un tren de recuerdos dolorosos. Recordó la larga espera, su impaciencia finalmente lo hizo regresar a Puerto España, listo para reprender a su hermano y a Shippo. Pero, eso había cambiado todo cuando llegó a los muelles, donde la gente aún estaba hablando del extraño incidente de esa tarde.
Había escuchado mientras demonios jóvenes y viejos recontaban por igual sobre la brillante luz que había destellado hacia el cielo, el Capitán del Shikuro saltando al agua del puerto como un hombre poseído y luego, quince minutos después, regresando con la mujer, la Srta. Dresmont, y sin señales del pirata Manten. Le habían señalado el bote en el que habían regresado, todavía meciéndose en su muelle. Hiten había reconocido ese bote, había sabido que de hecho era el bote de El Trueno, su bote, el mismo que había usado su hermano. Lentamente, se había aventurado hacia ese bote y miró dentro por algún rastro o señales de su hermano.
Al final lo que Hiten había encontrado había sido peor que cualquier evidencia que pudiera haber visto. Era una señal, un rastro que ningún humano hubiera reconocido por lo que era y que solo los demonios con narices poderosas habrían reconocido como restos demoníacos. En el fondo de ese bote había olfateado el aroma de su hermano acompañado por el olor de la muerte, y luego había encontrado un pila de hollín—una pila cremada era todo lo que quedaba de su querido hermano pequeño.
Hiten tragó y apoyó su cabeza en la mesa mientras imágenes de esa pila de hollín llegaban a su mente. Era la única parte de él que había sobrevivido y aunque no estaba seguro de qué había matado al joven demonio, qué había causado su desintegración, sabía una cosa—el Capitán Inuyasha era responsable, ciento por ciento responsable por la muerte de su hermano.
La idea lo hizo apretar sus dientes no solo porque eso significaba que el Capitán Inuyasha había matado a Manten sino también porque sabía, que si el Capitán Inuyasha fuera quien mató a Manten, entonces el Capitán Inuyasha también era quien conocía su secreto mejor guardado.
"Las joyas." Siseó Hiten por lo bajo mientras estrellaba sus manos en la mesa, la rabia aumentó en él tan fuerte que estaba seguro de que su cuerpo estaba produciendo llamas.
A su alrededor, varias personas se alejaron y cambiaron de sillas provocadas por sus miedos. Sabían quién era ese demonio sentado solo en el rincón más oscuro de la taberna. Las personas sabían que pronto mataría a un hombre que conociera su nombre o historia, sabían que pronto vendería una virgen en el tallado negocio e incluso la violaría (era el destino al que casi llevaba a Kagome, un destino peor que la violación y la muerte). Todas las personas de la taberna sabían que debían dejar solo al gran hermano relámpago por su propia seguridad.
Inconsciente del amplio radio que ahora rodeaba su pequeña mesa, Hiten continuó mirando su vaso de whisky, las imágenes del rostro de su hermano danzaban en el turbio alcohol, imágenes del preciado hombre y el preciado contenido de su frente. "Manten." Susurró de nuevo mirando el inmóvil líquido cobrizo. "Shikon, la joya Shikon." Apretó su puño fuertemente sobre la mesa, su rabia brotaba profunda dentro de él. "Capitán Inuyasha, por qué lo hiciste?" Le preguntó a su bebida, la imagen del rostro de su desaparecido hermano lo perseguía. "Por qué mataste a mi hermano y te robaste mi joya!"
Agarrando el vaso, se echó hacia atrás, tomándose todo el whisky de un solo trago. Quemaba su garganta como le gustaba, haciéndolo abrir sus labios, exhalando el aire caliente de su ardiente boca antes de hacer un ruido abrasador mientras sus labios se fruncían. Estrelló el vaso en la mesa, el grueso vidrio se quebró en los bordes por el impacto.
"Otro!" Gritó en la taberna, sabiendo que sería atendido prontamente. Sonrió cuando escuchó al dueño de la taberna gritarle a uno de las camareras, ordenándole ir y servirle. La chica se rehusó, su voz temblaba mientras hablaba en perfecto inglés. Hiten sonrió, amaba la influencia británica que aparecía en el más extraño de los lugares.
"Por favor," rogó ella. "Por favor no me obligue. Ese es el Capitán Hiten." Su voz era un susurro pero aún podía escucharla, sus sentidos nunca se habían nublado como el típico demonio de la era moderna.
"Lo sé," le siseó el tabernero en voz acallada. "Y si no le servimos en este momento nos matará a todos."
"Y si no le sirvo me matará!" Susurró ella, su voz chillona con su propio temor.
Hiten resopló al fondo, girándose para poder ver el rostro de la joven. No era fea, pero tampoco era bonita, solo una perra promedio en uniforme, falda corta, top apretado para hacer que sus senos se vieran más grandes. Era repugnante. "Solo tráeme mi maldito whisky, vaca insoportable!" Gritó por toda la taberna.
La chica chilló como un ratón, su piel palideció cuando se dio cuenta que le había sido dada una orden por el Pirata Capitán Hiten mismo. Sus manos le temblaban mientras tomaba el whisky de su jefe y caminaba hacia él. Toda la taberna observaba en silencio mientras la chica sostenía el vaso, asombrados de que su tremendo temblor no estuviera derramándolo en el piso. Después de lo que debió parecer una eternidad para la joven, alcanzó la mesa y depositó el vaso en ella, retirando el viejo vaso con su temblorosa mano.
"Viste," dijo Hiten recostándose en su silla, "Eso no fue tan difícil, verdad?"
La chica sacudió negativamente su cabeza, sus ojos gachos intentaban desesperadamente no hacer contacto visual con el Capitán Hiten.
"Bien," murmuró antes de echarse hacia atrás con el vaso y estrellarlo de nuevo. "Entonces tráeme otro."
La chica se veía lista para desmayarse pero fue detenida cuando un hombre que había estado sentado en la barra principal se levantó y giró para encararlos. Definitivamente era un demonio que no pertenecía a esta parte del pueblo. Sus ropas eran muy agradables, su cabello estaba bien hecho bajo su sombrero (al menos no era una peluca), y su rostro muy limpio y afeitado.
Era obvio para todos en la taberna que era de la clase más alta de demonios, la clase que dirigía el mundo, a diferencia de los que ahora estaban es este bar. Esos demonios eran clasificados como demonios basura, del nivel más bajo, el nivel que no era mejor que la escoria humana. Los demonios aquí eran los que habían sido expulsados de las clases altas o se había revelado rehusándose a doblegarse a la voluntad de los tiempos cambiantes, optando en vez por mantenerse leales a ellos mismos y no a un rey demonio.
Los clientes del bar miraban en absoluto éxtasis mientras el hombre bien parecido daba un paso hacia el famoso pirata, sus manos apretadas a sus costados, sus ojos miraban al frente completamente sin miedo. "Realmente te gusta andar con gente inocente, verdad?" Su sarcástica voz irrumpió el aire mientras llegaba finalmente junto a Hiten. "Sr. Hiten o debo decir, Capitán Hiten de El Trueno?"
Hiten levantó una ceja, asimilando la apariencia del hombre, olfateando el aire. "Quién eres tú, comadreja?"
El hombre sonrió, como si supiera que lo que iba a decir sería un completo shock para todo el salón. "Henry Morgan, el Gobernador de Port Royal."
Toda la taberna pareció jadear colectivamente, algunos de los clientes automáticamente se levantaron y se fueron sin pensarlo dos veces mientras el peligroso nombre colgaba en el aire. Si afectó a Hiten, sin embargo, no mostró ninguna señal. "Qué quieres?" Gruñó Hiten antes de que el hombre pudiera dar un paso más.
Morgan sonrió mientras retiraba su sombrero y observaba al hombre con oscuro cabello y la apretada trenza en frente de él, sus ojos determinados. "Eres buscado por todo el Caribe por piratería, Capitán Hiten, una ocupación patética para un demonio de tu clase."
Hiten se giró, sus ojos llenos de odio y furia mientras analizaba la apariencia del demonio comadreja, buscando algo que le dijera de la posición del hombre en la sociedad. Sonrió ante la vista, ya sabiendo que este era un demonio que creía en la propiedad y la etiqueta, y en la apropiada convención social—algo de lo que los demonios como Hiten se burlaban y reían. Aun sonriendo, regresó a su bebida, ya sabiendo sin duda que este hombre ante él era un juguete de la sociedad, no un verdadero miembro de las más altas clases de demonios.
"Mejor vete, Sr. Socialité." Dijo arrogante mirando a la camarera, indicándole por otra bebida. La joven se escabulló para cumplir con el silencioso requerimiento. "Este lugar mata hombres como tú."
"Altamente lo dudo—" Comenzó Henry Morgan pero rápidamente fue interrumpido por una lengua más afilada.
"Ves, ese es el problema con la nueva generación de demonios de sociedad, piensan que sus leyes y su orden pueden domar a la bestia dentro de nosotros." La camarera le alcanzó a Hiten su vaso. El demonio lo recibió gruñéndole, haciéndola correr rápidamente a la seguridad del bar. "Pero olvidas que alguna vez, tus leyes y tu 'orden' no eran más poderosas que las pulgas en mi espalda. Y en un lugar como este," Hiten miró alrededor reiterando su punto con un dedo. "Eso es cierto. No tienes poder aquí, tus leyes, tu sociedad, y tu orden son inútiles."
Henry Morgan aclaró su garganta mientras asimilaba la vista del pirata ante él. Hiten tenía razón, las leyes de Morgan no alcanzaban este lugar que estaba lleno de hombres que efectivamente le habían dado la espalda a las nuevas convicciones sociales de los demonios. Ellos eran el pequeño porcentaje de población de demonios que no se habían vuelto sofisticados y en vez, querían vivir todavía de la forma antigua.
Querían quedarse en el tiempo antes de las leyes y el orden, una época cuando cada demonio actuaba por sí mismo y su clan, su raza, su gente pero los tiempos habían cambiado y los demonios se habían vuelto la clase gobernante, sobre todos, incluso de su propia especie. Y aún, a pesar de todo esto, habían demonios allá afuera que continuaban viviendo a la antigua. Y esos demonios no eran ricos, no eran Reyes o Reinas o Emperadores o incluso oficiales de gobierno, algunos eran dueños en los mercados, algunos eran herreros o granjeros, algunos eran comerciantes del mar, algunos eran sirvientes, y aún más increíble, algunos eran piratas. Pero sin importar de dónde vivieran o cuál fuera su ocupación, una cosa era segura, todos ellos eran traidores.
Él sintió la bilis en su garganta, un absoluto y completo odio por este hombre en frente de él se formaba en su estómago. Hiten era uno de esos hombres—esos traidores—pero Henry Morgan sabía que necesitaba su ayuda si quería alcanzar sus propias metas en la vida. "Escuché que recientemente tuviste un encuentro con un colega pirata," declaró Morgan mientras la pequeña camarera depositaba una nueva bebida en frente de Hiten. El hombre tomó un sorbo dejando medio vaso y le indicó a la comadreja que continuara. "Escuché que fue con el Capitán Inuyasha del barco Shikuro. Estoy buscándolo."
El vaso en la mano de Hiten se quebró de la fuerza con la que había estado sosteniéndolo, sangre y whisky goteaba entre los fragmentos por donde los trozos cortaron su carne. Con un gruñido se giró y miró a Henry Morgan con aversión en sus ojos. "Qué quieres con ese perro callejero?"
Morgan sonrió. "Quiero matarlo y recuperar algo que perdí."
"Algo que perdiste?" Inquirió Hiten con una mirada de pura maldad en sus oscuros ojos.
"Sí," dijo el Sr. Morgan con una maliciosa sonrisa. "Una mujer, la prometida de mi hijo."
Hiten sonrió mientras la imagen de la joven, Kagome Dresmont, entraba en su mente. "Déjame adivinar," dijo él con risa en sus palabras, "Cabello negro, extraños ojos grises, una cosita pequeña, esa es tu chica?"
"Sí." Morgan se inclinó acercándose al pirata, intentando no arrugar su nariz ante el hedor a licor, sangre y porquería. "Y si me ayudas a encontrarla, podría estar dispuesto a dejarte ir, limpio de cargos," Él limpió sus manos simbolizando visualmente lo que quería decir con exactitud. "La Armada nunca te tocará otra vez."
Hiten resopló y miró su mano, sacando trozos de vidrio de la carne. "Crees que querría eso?" Dijo francamente mientras tiraba uno de los fragmentos, cayendo al suelo, un horripilante eco en el anormal silencio de la taberna. "A ningún pirata le importaría, toda la diversión se acaba cuando no eres perseguido."
Morgan mordió su labio y sus ojos destellaron con rabia. Estuvo a punto de gritar pero se detuvo cuando la ensangrentada mano de repente estuvo en su cara deteniéndolo de decir más.
"Pero, creo que un trato puede arreglarse." Retiró la mano, mirando directamente los ojos de Morgan. "Algo que quiero por algo que tú quieres." Los ojos de Hiten brillaron.
"Un trato?" Preguntó Morgan acercándose más al hombre en cuestión, sus ojos llenos de curiosidad. "Qué tipo de trato?"
"Quiero su cabeza." Hiten lo miró con ojos llenos de odio. "Quiero la cabeza del Capitán Inuyasha." Esos destellantes ojos parpadearon en la vaga luz de la oscura taberna mientras las personas alrededor murmuraban seriamente sobre lo que habían atestiguado.
Morgan sonrió, este sería un buen trato, un trato falso. Después de todo, Henry Morgan sería el único hombre en tomar la cabeza del gran Pirata Capitán aun si fuera lo último que hiciera. Con una ligera risa estiró su mano para que la estrechara el joven pirata demonio. "Tenemos un trato."
"Excelente." Dijo Hiten con una sonrisa mientras aceptaba la mano del demonio observando con gusto cuando el Sr. Morgan hizo una mueca al hacer contacto con el apéndice lleno de fragmentos ensangrentados.
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Kagome regresó a la habitación del Capitán, cerrando la vieja puerta de madera tras ella suavemente para no despertar a Sango. Con la puerta cerrada, se recostó contra ella permitiéndose deslizarse por la robusta entrada mientras su mente regresaba a su primera lección de violín con el Capitán. Aun podía sentir sus manos mientras ajustaba su postura, aún podía sentir la forma en la que había alcanzado por su mano colocándola en la cuerda por primera vez. Kagome casi se derrite recordando la sensación de sus cálidos dedos contra el revés de sus temblorosas manos. Alcanzó el suelo, su espalda apoyada sólo por la puerta de madera, su mente nublada mientras el extraño encuentro se repetía una y otra vez en su mente.
"Quién hubiese sabido que el Capitán, era un hombre así?" Pensó ella mirando su mano donde la había tocado, la misma mano que le había enseñado a tocar toda una escala en el violín, presionando cada cuerda para cambiar su tono antes de que la mano opuesta se hundiera para hacer su sonido. Apretó la mano fuertemente con excitación y sonrió felizmente en la oscuridad, sus pensamientos se alejaron del hermoso instrumento y hacia su igualmente cautivante instructor. Sonrojándose, envolvió sus brazos alrededor de sus flexionadas rodillas y apoyó su cabeza encima de ellas. "Vaya." Susurró en la oscuridad, sus ojos miraban la oscura habitación, el camarote del Capitán, su nuevo hogar.
Por primera vez desde que había llegado a este barco pirata se sentía—feliz—feliz de haber visto lo que había esperado todo el tiempo, el lado del Capitán que fue el hombre de Port Royal o mejor aún, el lado del Capitán que era verdadero y no un acto—era el lado de él que había visto en el callejón en Puerto España por un momento, el chico tímido con la hermosa sonrisa llena de secretos y cosas misteriosas que quería saber más que nada. Quería saber todo de él, todas las cosas que tenía que mostrar y que nunca dejaba que nadie más viera. Y ya había compartido con ella algunas de esas cosas.
Lo había compartido con su edad, algo que admitió no hacer con su amigo más cercano y miembro de la familia, Miroku. Había compartido con ella sus temores de cierto modo, diciéndole por qué nunca le había dicho a nadie sobre su edad y luego—encima de todo esto—la había dejado verlo tocar el violín.
Y lo había amado, había amado cada segundo de verlo tocar, con tal cuidado y belleza, el sonido del instrumento la perseguía incluso ahora mientras pensaba en sus dedos y su arco produciendo la hermosa y triste melodía, seguida por el encantador y conmovedor sonido de su voz. Un escalofrío bajó por la espina de Kagome mientras pensaba en ese estimulante barítono. Ese hombre no había sido el pirata Capitán Inuyasha, el asesino y el violador de las historias para dormir, no, ese hombre había sido algo más completamente. Había sido un hombre emocional tocando desde un corazón lleno de secretos sepultados más profundos que el fondo más profundo del mar.
"Mi madre."
El sonido de su voz llenó sus oídos mientras recordaba el secreto más grande que le había dicho. Sus ojos se abrieron de golpe y miró sus manos, todo su cuerpo parecía dominado con una piedad innata.
"Mi madre me enseñó y me dio este violín."
Ella lo vio, la manera en que miraba el instrumento mientras hablaba, mirándolo como si en realidad fuera su madre y no sólo un obsequio dado por ella. Vio el amor en sus ojos y la tristeza. "Su madre?" Kagome dejó que las palabras hicieran eco en la oscuridad. "Me pregunto qué tipo de mujer fue su madre?"
Parecía extraño pensar en eso, el Capitán teniendo una madre, una madre que le había enseñado a tocar el violín. Incluso las aristócratas no estaban permitidas de aprender a tocar instrumentos, al menos no con mucha frecuencia y especialmente un violín. Aprendían a tocar el piano (el instrumento que Kagome había podido aprender incidentalmente), aprendían a tocar un clavicordio si no había disponible un piano, y si tenían suerte tal vez la flauta o el clarinete pero nunca un instrumento de cuerdas como el violín. Un violín era visto más como un instrumento elegante, como un instrumento que debía ser tocado solo profesionalmente en las grandes sinfónicas, no en las manos de una insignificante mujer.
"Entonces," Kagome concluyó fácilmente, "Si la madre del Capitán le enseñó a tocar el violín talvez le fue permitido aprender pero—quién le habría permitido aprender?" Frunció sabiendo que la madre de Inuyasha no podría haber aprendido al azar en alguna sucia calle por artistas cuestionables. "Los profesores de violín son difíciles de encontrar y no muchas personas saben cómo tocarlos bien a menos que vivan bien." Lamió sus labios. "Quienquiera que fuera su madre o es, una cosa es segura," Miró al oscuro techo. "Era una mujer de influencia, tal vez no una verdadera mujer de sociedad pero definitivamente una mujer de algún rango." Frunció sus labios mientras bajaba su mentón para descansarlo en sus flexionadas rodillas. "Probablemente era un demonio." Pensó en voz alta recordando la herencia del Capitán. Él era un demonio después de todo, así que era seguro asumir que su madre también había sido un demonio. "A un demonio, sin importar la posición o el sexo se le permitiría aprender el violín."
Y eso también explicaría la extraña naturaleza del Capitán (o su extraña mentalidad intelectual, algo muy extraño para un pirata) y explicaría el hecho de que sabía muchas cosas sobre la propiedad y las clases sociales. Explicaba cómo aprendió a bailar, por qué sabía tantos idiomas, y el hecho de que fuera bien educado en asuntos de historia, matemática, y otros temas—temas en los que Kagome no estaba bien educada.
El frunce en el rostro de Kagome se duplicó cuando la idea nubló su mente. "Si su madre era una demonio mujer noble y ella lo educó bien—entonces por qué él," Miró al techo una vez más, confundida. "Por qué está aquí?" Dijo en voz alta en la silenciosa habitación antes de suspirar fuertemente. "Qué estoy pensando, no conozco suficiente de él para asumir todo de su crianza." Se castigó sacudiendo su cabeza firmemente, la acción hizo que la gema en su cuello se moviera y llamara su atención hacia abajo. "Su gema?" Susurró mientras alcanzaba con su mano la pequeña gema, su mente de nuevo regresó a otra pregunta que la había perturbado. "Por qué estoy usando su gema?"
Un movimiento en la cama al otro lado la hizo soltar la joya en shock olvidándola mientras entrecerraba los ojos lo suficiente para distinguir en la suave luz de la mañana una figura sentada, frotando sus ojos. "Sango?" Preguntó en la oscuridad esperando por una respuesta.
"Kagome?" Llegó la adormilada respuesta seguida por una un poco más despierta. "Por qué estás es el piso?" Y luego una asombrada y muy despierta respuesta vibró en la habitación, "Kagome, estás despierta!"
Antes de que Kagome pudiera reaccionar a la declaración Sango estaba fuera de la cama en frente de ella, arrodillándose para depositar una afectuosa mano en la mejilla de la joven. Kagome casi se ruboriza y retira ante el íntimo contacto antes de que Sango le diera una mirada que decía no-te-atrevas. "Lo siento." Murmuró ella pero la otra mujer no respondió a su disculpa muy envuelta en sus propios pensamientos como para escucharla.
"Estúpida." Se dijo Sango mientras colocaba ambas manos contra las mejillas de Kagome revisando temperatura. "Cómo pude dormirme así?" Gruñó por lo bajo mientras miraba a la sonrojada joven a los ojos buscando alguna confusión en sus pupilas. "El Capitán realmente va a despellejarme si se entera de esto." Gruñó mientras gentilmente sentía por debajo del mentón de Kagome revisando alguna inflamación en las glándulas que descansaban ahí. "Todo se siente bien." Frunció sus labios mientras giraba la cabeza de Kagome de lado a lado, la joven apenas protestó mientras le daba a su cara una revisión final. "Cómo te sientes?"
"Me siento bien," ofreció Kagome, su voz baja mientras observaba a Sango sentarse, su expresión dudosa. "Honestamente Sango."
La mujer sacudió su cabeza de lado a lado, sus ojos brillaban en la luz del alba. "Me alegra tanto que estés bien." Susurró ella, su voz un poco agitada mientras hablaba. "Todos estábamos tan preocupados."
"Sango?" Susurró Kagome mientras escuchaba las señales de las lágrimas de la otra mujer. "Oye, está bien." Lentamente alcanzó para halar a Sango hacia ella en un abrazo reafirmante. "Estoy bien," aseguró sintiendo sus propias lágrimas comenzar a formarse en sus ojos tocada por la emoción de esta mujer. "Me siento genial, muy descansada."
"Estuviste dormida mucho tiempo." Le dijo Sango con respiración temblorosa mientras las dos mujeres continuaban abrazándose como si no pudieran dejarse ir por temor a caer.
"El Capitán dijo que no fue mucho." Kagome la refutó sin pensar.
Inmediatamente, Sango la separó y miró el rostro de la joven. "Ya has visto al Capitán?"
"Sí." Kagome se sonrojó sintiéndose extrañamente claustrofóbica mientras Sango la mantenía contra la puerta, no había escape. "Cuando desperté," explicó sabiendo que Sango no iba a dejarla ir hasta que lo hiciera. "Fui a cubierta y estaba en el timón," sintió los dedos de la joven hundirse en su piel. "Hablamos."
"Hablaron?" Presionó con cuidado mientras miraba a la jovencita, analizando sus inquietos ojos y mejillas ruborizadas. "Sí, esa es la mirada de una chica que ha hablado mucho." Pensó sarcásticamente mientras le daba a Kagome una escéptica mirada.
"Sí, um—" La joven rió nerviosa mientras las palabras del Capitán se repetían en su cabeza: "No le digas a Sango o a Miroku." Tragó, no queriendo mentir pero también sabiendo que no podía traicionar la confianza del Capitán. "Me dijo lo que había pasado y luego hablamos sobre esto y aquello," se encogió contra el agarre de Sango. "Y luego regresé aquí para descansar un poco más." Kagome miró su regazo sintiéndose avergonzada por su mentira, un sudor frío cubrió su piel ante la idea. "Me siento tan horrible pero no puedo decirle la verdad," suplicó con su conciencia. "Hice una promesa." Miró a la mujer y sonrió, sus ojos brillosos con falso entusiasmo. "Eso es todo lo que pasó." Su voz se desvaneció y se puso nerviosa bajo el escrutinio de la mirada de Sango.
"Sí verdad." Pensó la joven soltando los brazos de Kagome y depositando sus manos en su regazo. "Bien." Dijo después de unos pocos segundos, su voz diciéndole a Kagome que Sango no estaba convencida.
Kagome suspiró aliviada mientras su mente regresaba a su previo cautivador, imágenes del Capitán se repetían en su cabeza—sus palabras—su madre—su gema. Mirando a Sango reunió su coraje para hablar. "Sango," dijo más fuerte de lo apropiado asustando a la otra chica. Apologéticamente, Kagome mordió su labio antes de hablar de nuevo en una voz mucho más suave. "Puedo hacerte una pregunta?"
"Seguro," asintió la otra mujer mirando a Kagome, observando mientras la determinación se tornaba en un ligero frunce de preocupación en el rostro normalmente infantil y jovial de Kagome. "Por qué me siento incómoda?" Se preguntó mirando los rasgos educados de Kagome encontrándolos extrañamente desconcertantes en el momento principalmente por el actual tema de conversación.
"Qué sabes del Capitán?" Preguntó la joven desviando la mirada de Sango, sus ojos miraban el hombro derecho de la mujer, hacia algo imaginario en algún lugar tras ella. "Digo, sobre su vida antes de que llegaras aquí?"
Sango frunció su propia boca, insegura de cómo responder la pregunta de Kagome. "Qué sé de él realmente?" Se preguntó mientras le permitía a sus manos caer en su regazo. "Era amigo de Calico Jack y Charles Vane." Ofreció tímidamente sabiendo que Kagome no estaba buscando ese tipo de información. "Sé que encontró a Miroku en Londres, tenía ocho años y el Capitán—era mayor."
Kagome rió ligeramente ante la declaración pero ella ya sabía del pasado de Miroku o al menos había sabido que el Capitán lo había recogido de niño.
Sango le dio una leve sonrisa riendo con ella por un momento antes de analizar sus rasgos y continuó. "Sé que le enseñó a Miroku todo lo que sabe, latín, francés, matemática, modales en la mesa," mordió su labio ligeramente. "Pero aparte de eso, no tengo idea de dónde lo aprendió," miró a Kagome apologéticamente. "O de dónde viene o cuál era su vida antes de que Miroku lo conociera." Sango rascó su cabeza. "En realidad no sé mucho de él, Kagome." Concluyó sintiéndose extraña por decirlo. "Para ser uno de mis amigos más cercanos no sé casi nada de él."
"No?" Dijo Kagome decepcionada mientras sus hombros se desplomaban. "Qué hay de Miroku?" Los ojos de Kagome se iluminaron. "Lo ha conocido por diez años, verdad?"
Sango asintió firmemente, "Serán once en unos meses."
"Miroku lo ha conocido por mucho tiempo y en verdad son cercanos tal vez—" Kagome mordió el interior de su mejilla pensando. "Miroku ha conocido a alguien de su familia?"
Sango le dio una críptica mirada y luego sacudió su cabeza con un fuerte suspiro. "Miroku está muy seguro de que no tiene familia." Suplió posándose en sus rodillas pensativa. "El Capitán nunca me ha mencionado alguna familia."
"Nunca ha hablado de ellos, su madre o padre, un hermano, tal vez?" Inquirió Kagome inclinándose hacia Sango, la pequeña gema alrededor de su cuello colgaba y captó la atención de Sango.
"La gema del Capitán—" Reconoció la mujer, sabía que había estado alrededor del cuello de Kagome el último par de días pero no lo había cuestionado sabiendo que el Capitán no diría una palabra aun si preguntaba. "Sé que Miroku dijo que estaba en ella cuando el Capitán la salvó de Manten pero eso no explica por qué." Frunció ligeramente lamiendo sus labios. "No creo haber visto al hombre sin ella."
"Sango?" La voz de Kagome sacó a la otra joven de sus pensamientos. "Nunca los ha mencionado?"
"No." Le dijo Sango sin tener que pensar más en la pregunta mientras observaba a Kagome hundirse pensativa.
"Soy a la única persona que le ha dicho?" La joven contempló, una sensación que no pudo identificar comenzó a entrar en su corazón. "Al menos Miroku debe saber que el Capitán toca el violín." Razonó ella recordando la conversación que había tenido lugar una hora antes. "Me dijo que le había enseñado a Miroku y que Miroku no estaba muy inclinado musicalmente." Sintió sus labios fruncirse ante la idea. "Entonces por qué el Capitán no le diría a su amigo más cercano—su hijo de que su madre le enseñó?" Kagome frunció sus ojos mientras la idea la perturbaba. "Y luego, encima de todo, me lo dice como si fuera nada. Tal vez fue por una gratificación inmediata como lo hablamos pero aun?" Suspiró, "No puede ser así," Se dijo. "El Capitán no es el tipo de persona que comparta algo le guste o no." Inhalando un gran respiro Kagome miró a Sango sacando una conclusión que le preocupó. "Entonces el Capitán nunca le ha hablado a nadie de él?"
"Nop y dudo que lo haga, el Capitán no es alguien que hable de cosas personales." Sango le dio una crítica mirada ante esas palabras. "A qué viene todo esto Kagome?"
Kagome se sonrojó en la luz del alba que ahora se filtraba por las ventanas que alineaban el fondo de la habitación. "Sólo es curiosidad." Dijo en una aguda voz que claramente contradecía sus palabras.
"Basura." Anotó Sango.
Kagome hizo una mueca ante las duras palabras y miró a Sango con cara de culpable.
"Qué pasó entre tú," Sango miró a Kagome diciéndole a la joven con la mirada que fuera honesta. "Y el Capitán, Kagome?"
"En realidad nada." Dijo Kagome con una sonrisa nada convincente. "Sólo hablamos, tú sabes, no me hizo nada, en lo absoluto, en realidad fue muy amable conmigo."
"Será mejor que no haya sido demasiado amable." Dijo Sango con una oscura mirada en su cara mientras observaba a Kagome. "Entiendes lo que quiero decir?"
Kagome parpadeó confundida varias veces mientras Sango la miraba intensamente. En realidad no entendía, después de todo, pensaba que Sango quería que el Capitán fuera amable con ella, sería horrible si el Capitán continuaba siendo malo y superior. Entonces, tal vez Sango estaba refiriéndose a algo más, algo que igualaba su oscuro rostro. Kagome se sonrojó ante la idea y mordió su labio inferior con sus dientes. "De qué estás hablando Sango?" Pretendió ser inocente.
La mujer recibió una oscura mirada en su cara mientras se inclinaba hacia Kagome colocando sus labios cerca al oído de la joven para hablar. Kagome estaba severamente desprevenida para lo que Sango estaba por decir e implicar.
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Afuera, el sol estaba comenzando a elevarse sobre el Caribe lento y continuo sobre las brillantes aguas del océano. Una bandada de gaviotas volaba cerca al barco, aterrizando en la cubierta del timón, rodeando al Capitán que aún estaba ahí donde Kagome lo había dejado tiempo atrás, su primera lección finalizada por la noche. Inuyasha miró las aves con leve curiosidad, una parte de él quería espantarlas, sabiendo que ensuciarían la cubierta, dejando un asqueroso proceso de limpieza a su partida. Otra parte de él, sin embargo, quería dejarlas en paz extrañando la compañía que la Srta. Dresmont le había brindado.
El hombre bostezó y se recostó contra la baranda de la nave observando las aves mientras charlaban aquí y allá. Recordó un amigo suyo que era un demonio ave, un águila si recordaba bien, ese hombre podía entender a las aves y con frecuencia usaba eso a su ventaja en el mar, pidiendo a las gaviotas consejo cuando las situaciones se tornaban muy bochornosas de manejar. Inuyasha sonrió ante la idea, sería muy útil poder hablarle a un ave y pedirle consejo en el clima, las mareas, y en la localización de puertos y barcos cercanos.
"Algunas veces ser un demonio perro es inútil." Se dijo girando sus orejas hacia el hermoso silencio de la temprana mañana en el mar, un deleite para las orejas del joven demonio. "Esta es la mejor hora del día." Le dijo a las gaviotas rodeándolo mientras descansaban en sus palos, las barandas de su barco. "Es tan pacífico, agradable y tranquilo."
Un ave cercana graznó en respuesta.
"Jódete." Le dijo Inuyasha mirando al horizonte, asimilando la vista del sol alzándose sobre el océano, un gigante amarillo, una bola rojiza de fuego que transformaba la azulada agua del mar en un encantador dorado mientras se elevaba en el horizonte. Cerrando sus ojos, Inuyasha se permitió disfrutar de las primeras señales del calor regresando de la fría noche, era vigorizante sentirlo mientras tocaba su piel.
Abrió sus ojos, mirando hacia abajo para ver el agua calmada, claramente visible a la hora del amanecer. Ya estaba reflejando las nubes encima, un vidrio en medio del mar ancestral. Sonrió mientras veía bajo él su reflejo a cincuenta pies o más, sus agudos ojos capaces de ver un brillo de rojo y plata.
Un crujiente sonido captó su atención y bajó la mirada hacia la izquierda a tiempo para ver la cortina de su habitación moverse en la ligera brisa. Sonrió pensando en la Srta. Dresmont, qué rápido había aprendido su primera escala. Había estado tan emocionada cuando terminó, orgullosa de sí misma y feliz, la sonrisa en su rostro deslumbrante mientras le hablaba de todo lo que ya había atestiguado.
Con esa idea en su mente se desvió a otras cosas que había dicho, sobre no permitírsele aprender música, que le había sido prohibido. Le parecía ridículo, absolutamente estúpido detener a alguien de aprender música cuando parecía amarla tanto. Inuyasha suspiró y miró las nubes encima de él, analizando las blancas y esponjosas formas. Era una parodia horrible no dejar que una persona como la Srta. Dresmont tocara el violín solo porque era una mujer. Y Kagome Dresmont tenía un verdadero oído para la música, ya podía decirlo.
Echándose hacia atrás, desviando la mirada de la cortina roja sonrió imaginando enseñándole más. Una vez que lograra perfeccionar tocar todas las escalas mayores tendrían que moverse al arco y comenzaría a enseñarle cómo moverlo sobre las cuerdas creando hermosas melodías, "Sostener un arco puede ser engañoso," se dijo, la sonrisa se tornó más sucia en su rostro. "Probablemente tenga que ajustar de nuevo sus manos por ella."
Inuyasha se sonrojó mientras sus propios pensamientos se hundían y se regañaba en silencio, queriendo golpear su cabeza en la cubierta de madera pero sabía que no era una buena idea. Permitiéndose caer al piso, se sentó, sus piernas cruzadas y obstruida su vista del mar. Con un resoplo se acostó en la cubierta estirándose, mirando al cielo que estaba pasando de un negro estrellado a un azul nublado. Tendría que mantener sus ojos atentos a las tormentas en los próximos días, era la temporada.
Cerrando sus ojos, decidió que era tiempo de tener una pequeña siesta, el timón estaría bien por un tiempo, había amarrado el timón en posición así que se mantendrían en línea recta y sabía que estaban en una región sin barreras de arena o islas, solo océano abierto. Con esa idea en mente comenzó a desvanecerse, arrullado por el zumbido de las olas y el suave piar de las gaviotas descansando. "Qué tranquilo." Susurró justo mientras oficialmente caía en un sueño ligero.
La siesta fue corta, sin embargo, cuando un desgarrador grito de completa vergüenza llenó el aire mañanero y espantó todas las aves a su alrededor. En su estado de pánico volaron, dejando toda clase de plumas y mierda a su salida, la mayoría sobre Inuyasha mismo quien se sentó de golpe, cubriendo su cabeza, protegiéndose de sus patas palmeadas y picos afilados.
"Qué demonios fue eso!" Gritó tan pronto como estuvo seguro, sus orejas alertas en su cabeza, reconocieron los orígenes de ese grito, conocían muy bien a la persona. Moviéndose tan rápido como pudo, saltó de la cubierta del timón a la cubierta principal, aterrizando justo como un mes atrás, aunque esta vez no iba a arrancar un mástil de la cubierta, estaba investigando un sonido que desgarró su corazón.
Solo podía imaginar lo que había pasado. Uno de sus hombres se volteó contra él, decidiendo tomar a la Srta. Dresmont como suya? Había resultado lastimada por una espada o un arma que había dejado en su habitación, se había caído o tropezado, estaba siendo asaltada? Su corazón palpitaba en su pecho mientras cada peor escenario se formaba en su cabeza, proyectándolo en su visión, como una horrible obra que terminaba en una desconsoladora tragedia.
Rápidamente, hizo su recorrido hacia la puerta de su habitación justo a tiempo para ver a un Miroku escasamente vestido saliendo de la suya. "Capitán!" Reconoció el hombre terminando de amarrar sus pantalones. "Qué fue ese grito?"
"La Srta. Dresmont." El Capitán apenas tuvo tiempo de decir mientras alcanzaba la puerta de su habitación, sus manos tomaron el pomo en un agarre tan fuerte que lo rompió abriendo la puerta para entrar. Antes de poder llegar al rescate de Kagome, sin embargo, se topó con dos figuras muy avergonzadas sentadas en el piso en frente del marco de la puerta. Asustado, rápidamente giró su cuerpo, perdiendo su piso y cayendo llano de cara a su lado en un esfuerzo por no caer encima de ellas.
Miroku corrió tras el Capitán, viendo la escena en la puerta de la habitación del Capitán. Ahí en el piso a la izquierda estaban ambas, la Srta. Dresmont y Sango. Los ojos de Sango estaban enfocados en el Capitán, quien yacía a su derecha, su cara plantada en la alfombra que cubría el piso de madera, todo su cuerpo cubierto en lo que parecían ser plumas de aves. La Srta. Dresmont, mientras tanto, no estaba enfocada en nada, su rostro se escondía de todos ellos, sus manos apretaban sus pantalones, su cuerpo estaba encorvado y temblando ligeramente. Miroku rascó su cabeza ante la vista, inseguro de qué decir de la mujer desde que no podía ver su expresión.
Con una sacudida de la cabeza, miró al Capitán que aún no se movía he hizo una mueca. "Eso no fue muy agraciado, Capitán." Dijo Miroku mientras observaba al Capitán hirviendo desde su lugar en el piso.
"Qué está pasando?" Preguntó Sango desviando sus ojos de la forma prona del Capitán para mirar a Miroku. El hombre apenas estaba vestido en sus pantalones que descansaban en sus caderas. Miraba los firmes abdominales de su estómago y los firmes pectorales en su pecho, su mente quedó un poco vacía ante la vista de su esposo medio desnudo.
"Escuchamos un grito y vinimos corriendo." Le dijo Miroku, inconsciente de que ella estaba comiéndoselo con los ojos. "Qué demonios pasó?"
"Eso es lo que me gustaría saber." Gruñó Inuyasha y Sango y Miroku se giraron para verlo sentarse, su cara roja de donde la alfombra se había rozado, quemando su piel y cuerpo definitivamente cubiertos de plumas de aves y—a falta de un mejor término—mierda de pájaro.
"No fue nada." Dijo Sango calmada intentando desesperadamente no reír. "Kagome solo se sorprendió un poco y se avergonzó."
"Debió estar muy avergonzada para hacer ese ruido!" Gritó el Capitán mientras plumas volaban por todos lados del movimiento de sus manos. Resopló cuando su temor inicial dio paso a una enervante rabia y vergüenza ante su propia torpeza pero antes de continuar gritándoles un pequeño grito de un tipo distinto los alertó en la puerta, incluyendo el ruborizado rostro de la Srta. Dresmont.
"Srta. Kagome!" Gritó la pequeña voz mientras su dueño se lanzaba a los sorprendidos brazos de Kagome Dresmont.
"Shippo?" Preguntó la joven sosteniendo al pequeño en sus brazos, su anterior vergüenza aparentemente olvidada.
"Escuché que gritaste así que vine a protegerte," el niño la miró, sus ojos iluminados en su confundido rostro, la mirada debió haber disparado algo en su delicada mente porque comenzó a llorar. "Sé que—no tengo derecho de pro—t-t-egerte pero quiero." Le dijo firmemente. "No quise que nada te pas—ara Srta. Kagom-e-e y lo siento y—para compensar lo—qu-e hice voy a protegerte, para siempre!"
"Oh Shippo." Dijo Kagome palpando la espalda del pequeño. "No llores."
El niño continuó llorando más fuerte hundiendo su pequeña cabeza en su pecho. "Lo siento tanto!" Repitió pensando que aún estaba en problemas. "Estaba sig-uien-do órdenes y me asusté y lo siento y no quise y—y—y." La pequeña voz cayó en un hipo.
"Está bien." Dijo Kagome halando el pequeño cuerpo en un fuerte abrazo, hundiendo su propio rostro en la suave melena de cabello rojo. "Entiendo pequeño Shippo y te perdono, en verdad."
El niño se separó de Kagome, mirándola a los ojos, sus propios ojos verdes llenos con lágrimas. "Sólo así?"
"Sólo así." Kagome sonrió asintiendo, su sonrisa especial de ojos cerrados y con el dulce movimiento de sus labios que sólo Kagome podía lograr esbozar en su rostro.
Desde su lugar a unos pies Inuyasha observó esa sonrisa formarse en sus labios, su corazón punzó con celos por un momento, deseando ser el receptor de esa hermosa expresión y no ese pequeño mocoso Shippo. Resoplando se levantó y comenzó a caminar hacia la puerta.
"Um—Capitán?" Llamó Shippo desde los brazos de la Srta. Dresmont.
"Qué?" Refunfuñó Inuyasha mirando al pequeño niño, las llamas del infierno en sus ojos.
"Um—nada." Apenas dijo Shippo mientras todo su cuerpo temblaba en completo terror.
Inuyasha gruñó y marchó unos pies en dirección de Kagome y el niño. "Si tienes algo que decir será mejor que lo digas porque eso es lo que todos harían en este barco de," la ironía de la declaración no pasó desapercibida para Inuyasha. "Mierda. Así que adelante, dilo!"
"Bueno," comenzó Shippo aun ligeramente temeroso. "Por qué estás cubierto de plumas?"
Inuyasha miró al niño, luego a la Srta. Dresmont quien parecía estar conteniendo la risa y luego a Sango y a Miroku que imitaban su expresión. Cerró sus ojos y sin una palabra tomó a Miroku por el brazo. "Vamos cachorro."
"Qué hay de la pregunta de Shippo?" Recordó Miroku con una carcajada mientras zafaba su brazo del Capitán.
Inuyasha se giró hacia él, sus ojos haciendo que todos en la habitación se sintieran pequeños. Era una mirada que claramente declaraba que todos deberían callarse. Miroku se estremeció ante la mirada pero sonrió ampliamente caminando hacia la puerta, abriéndola, el pomo cayó al piso a sus pies.
"Vas a arreglar ese pomo más tarde." Le dijo Inuyasha con una sonrisa evidente en su rostro mientras salía de la habitación dejando a dos divertidas mujeres y un escondido zorro a su salida.
"Por qué tengo que arreglarlo, tú lo rompiste!" Respondió Miroku dejando la habitación también, mirando a las chicas con una mirada en su cara que claramente decía que todo estaba bien. Sango se despidió con su mano y le envió un beso.
Miroku gruñó en respuesta y le guiñó un ojo antes de hacer un gesto con sus caderas que hizo a Kagome casi gritar otra vez. Con eso Miroku se agachó a recoger el pomo de la puerta antes de cerrarla tras él. Incluso con la puerta cerrada, escucharon la discusión continuar.
"Qué hay de todas esas plumas, quién va a limpiarlas?"
"Tú porque soy el Capitán y yo lo digo." Escucharon la voz del Capitán mientras se dirigía hacia la habitación de Miroku y Sango.
"Eso es mierda y lo sabes." Respondió Miroku, el juego de palabras hizo reír a Kagome y Sango mientras el joven Shippo se veía confundido.
"Entonces por qué no pones a alguien más a hacerlo, eres el primer oficial, tienen que escucharte."
El sonido de una puerta abriéndose pudo escucharse y luego el pánico de Miroku. "Oye, esa es mi habitación, no entres ahí así!"
"Es mi barco, es mi habitación."
"Oye, oye, piensa en Sango!" La voz de Miroku finalmente se silenció mientras escuchaban el sonido de la puerta de Miroku y Sango cerrándose bruscamente.
Sango miró a Kagome, quien a cambio miró a Sango, ambas mujeres se miraron mutuamente, antes de estallar en incontrolables carcajadas.
"Qué es tan divertido?" Preguntó Shippo confundido desde su lugar en el abrazo de Kagome. Ninguna chica respondió mientras apretaban sus estómagos. "Los adultos son extraños." Concluyó Shippo mientras las dos chicas continuaron riendo por varios minutos.
Finalmente ambas se calmaron, sus carcajadas solo aparecían en ocasionales lapsos de risita hasta que finalmente murieron cuando Sango le dio a Kagome una mirada que claramente decía que la otra mujer no estaba fuera del tema. "Entonces, qué tan amable fue?" Preguntó Sango sus ojos fruncidos, no dejando espacio para discusiones. "Tan amable como mencioné?"
Kagome se sonrojó, sudor bajaba por su rostro mientras resistía la urgencia de gritar otra vez, las imágenes que Sango había creado en su cabeza muy indecentes. "Bueno—"
"De qué están hablando?" Vociferó Shippo desde su lugar en el regazo de Kagome.
Kagome regañó al niño, sosteniéndolo cerca de su rostro con una mirada que claramente decía que tenía la victoria a su alcance. "No podemos hablar de esto con Shippo, eso sería inapropiado."
Sango suspiró y envolvió su pecho con sus brazos, dándole a Kagome otra mirada que le decía a la chica que estaba salvada—al menos por ahora.
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Hiten se detuvo a bordo del barco El Hopewell, el barco personal de Henry Morgan. Era un barco grande, o al menos era de un tamaño decente comparado a la mayoría de los barcos de la marina. Miró a los hombres, viendo calmado a los bien decorados oficiales mientras seguía al Sr. Morgan despreocupadamente.
"Este es mi barco Sr. Hiten." Se dirigió a él caminando hacia el Camarote o habitación del Capitán que estaba localizada bajo la cubierta del timón. Abriendo la puerta cortésmente, le permitió entrar a Hiten.
El demonio analizaba la habitación, notando que estaba muy elegantemente decorada. Las cortinas eran de un color crema y los tapetes de un borgoña que las contrastaba de forma extraña. El escritorio estaba puesto directamente en frente de las ventanas por la óptima luz y estaba hecho del roble más fino que pudiera encontrarse en Londres, al menos Hiten lo supuso por su olor. Alguna vez había contrabandeado una madera de muy alta calidad que olía igual a la madera del escritorio de Henry Morgan y había sido un fino roble de Londres.
En el escritorio había un antiguo catalejo, hecho de bronce por lo que se veía y al lado un globo terráqueo, definitivamente hecho de marfil y toda clase de gemas raras como perlas y esmeraldas para marcar países y continentes. Muchos papeles también estaban esparcidos en ese escritorio, algunos mapas y otros reportes. Hiten sonrió ante la vista, preguntándose qué tipo de documentos importantes mantendría en su escritorio un hombre como Henry Morgan, mientras era dirigido hacia una silla.
"Por favor, espera aquí un momento." Pidió el Sr. Morgan inclinándose cortésmente. "Debo llamar a mi socio el Sr. Dresmont y regreso."
"Pero por supuesto." Respondió Hiten recostándose en la silla, planeando guardarse un par de valores en sus bolsillos mientras el hombre se ausentaba.
El sonido de la puerta cerrándose lo hizo sonreír y se levantó de su silla, caminando en frente del escritorio donde cuidadosamente comenzó a hurgar en los cajones. Examinó entre papeles y basura, cartas familiares y alguna que otra basura antes de toparse con una linda tabaquera al fondo. Sacándola la estudió momentáneamente antes de comenzar a deslizarla en su bolsillo.
"Yo no haría eso si fuera tú, Sr. Hiten."
Hiten se paralizó, la tabaquera aun en su mano, antes de girarse para mirar atrás. De pie al lado de la ventana (Hiten no tenía idea de cómo había llegado ahí) había un niño no mayor de trece años tal vez catorce. El niño tenía cabello grasiento y descuidado, negro como una noche sin luna, atado en la base de su cuello, sus ojos eran penetrantes casi maliciosos mientras miraban a Hiten haciendo que el demonio se sintiera distintivamente incómodo. "Y quién podrías ser, niño?"
"Qué, no vez el parecido familiar?" Preguntó Naraku mientras se acercaba más a Hiten, estirando su mano hacia él. El pirata depositó la tabaquera en la extendida mano del niño y observó mientras el joven la estudiaba abstraídamente.
"Me temo que no." Le dijo al joven, sus ojos fijos en la forma como el niño movía de un lado a otro la tabaquera en su mano.
"Inobservante veo." El joven Naraku tronó su cuello. "Mi nombre es Naraku Morgan," informó mientras sostenía la tabaquera en el rostro de Hiten. "Soy el hijo del dueño de esta tabaquera."
Hiten sintió un nudo formarse en su garganta, había algo desesperadamente mal con este muchacho, muy mal. "Bueno, entonces estoy aquí para ayudar a tu padre." Le dijo a Naraku, intentando mantener su tranquilidad mientras cada instinto en su cuerpo empujaba contra su lógica, diciéndole correr cuando sabía que eso sería la muerte segura.
"Ya veo," dijo el joven deslizando la tabaquera en su bolsillo. "Qué interesante." Naraku no sonó nada sino interesado mientras le indicaba a Hiten que se sentara en la silla en la que había estado un segundo antes. "Pero eso ya lo sabía."
Hiten rodeó el escritorio sentándose en la silla que le había indicado, sus ojos observaban a Naraku cuidadosamente mientras el joven tomaba asiento en la silla de su padre al otro lado de Hiten, al otro lado del escritorio. Sintió los vellos en su nuca erizarse cuando el joven lo miró directamente, su lengua lamían sus labios con una lentitud escalofriante.
"Y," comenzó él. "Si estás tan interesado en ayudar a mi padre, entonces por qué robar algo de él?"
Hiten trató de no agitarse pero lo encontró difícil. "Ya sabes—cómo es-" Rió ligeramente.
"Dime, cómo es?" Naraku sonrió revelando afilados dientes blancos.
"Yo sólo—" comenzó Hiten, "Estaba tratando de ganar alguna—anticipada—" luchó por una palabra.
"Ganancia?" Suplió Naraku mientras se recostaba en la silla de su padre y cruzaba sus piernas.
"Sí." Hiten rápidamente aceptó su demoníaca pelea o respuesta ligera con deseo de huir.
Una extraña mirada atravesó el rostro del joven, era una mirada tan llena de absoluta malevolencia que Hiten pensó que podría ser quemado físicamente con la mirada. "Desde este momento en adelante, si quieres ganancias, te quedarás conmigo."
Hiten no supo qué decir, así que simplemente permaneció en silencio, sus ojos observando a Naraku Morgan con incertidumbre y temor.
"Sé que estás aquí por mi padre," comenzó Naraku de nuevo, su voz goteaba odio. "Para ayudarnos a atrapar a ese bastardo Inuyasha y a esta estúpida perra Kagome," le dijo a Hiten quien se movió en su silla, intentando ponerse cómodo—fue inútil de conseguir. "Pero hay algo en lo que estoy más interesado que en esos dos idiotas y si me ayudas," Naraku se inclinó hacia él. "Lo haré digno de tu tiempo."
Hiten observó a Naraku sorprendido, preguntándose por qué el joven diría algo tan horrible de la mujer que se supone iba a desposar y tras de qué podría estar que no hubiera aquí, qué podría ser tan valioso para este niño. "No quieres recuperar a tu prometida?" Preguntó por pura curiosidad.
Naraku prácticamente se atragantó ante las palabras de Hiten y estrelló su puño en el escritorio, haciendo que el antiguo catalejo cayera y rodara por la mesa. "Quién querría a esa vieja?" Preguntó mientras extendía su mano justo a tiempo para atrapar el catalejo antes de que cayera al piso.
"Qué es eso en lo que estás tan interesado?" Hiten se atrevió a preguntar mientras observaba al joven Naraku girarse en la silla, encarando la ventana abierta, llevando el catalejo hacia su ojo para mirar el vasto mar.
Lentamente el joven retiró el catalejo de su ojo, maniobrándolo levemente antes de girarse, encarando a Hiten. Sonrió, una repugnante vista que hizo temblar a Hiten con un desconocido instinto de temor. Este no era un chico ordinario, esto era algo peor, algo atemorizante, algo que todos los instintos demoníacos de Hiten sabían debía ser altamente temido, este no sólo era el hijo de un demonio comadreja—pero qué era él?
"Las joyas," dijo Naraku sacando a Hiten de sus pensamientos, el demonio relámpago sintió verdadero terror por primera vez en su vida. "Las que están incrustadas en tu frente," Una de las fantasmagóricas manos de Naraku apuntó hacia la brillante cabeza, los cuatro fragmentos reflejaban la luz. "Quiero saber exactamente qué son y cómo puedo obtenerlas."
Fin del Capítulo
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El Hopewell es el nombre de uno de los barcos personales de Henry Morgan.
El Clavicordio – un instrumento musical tocado por medio de un teclado. Produce sonido al tirar de una cuerda cuando una tecla es presionada y es un precursor del piano.
Camarote – en los barcos de la marina esta sería la habitación del Capitán o un lugar donde todos los asuntos del barco también eran atendidos.
