SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desean que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

-.-.-.-.-.-

-.-.-.-.-.-

Capítulo Veinte:

Pronunciación

La noche encontró la habitación del Capitán llena con el extraño sonido de garabatear, un ruido de paso rápido que parecía hacer eco en la habitación, suavemente, mientras una pequeña vela proveía la luz, mostrando el origen de los rayones. Eran hechos por la mano del Capitán que estaba instalado en su escritorio, una pieza de pergamino debajo de su mano izquierda y una pluma descansando en la derecha mientras continuaba escribiendo.

Al lado izquierdo del Capitán estaba sentado Miroku, con su propia pieza de pergamino, su propia tinta y su propia pluma. Se movía inquieto en su asiento mientras observaba escribir al Capitán, la mano del hombre creaba símbolos que Miroku no reconoció excepto por su composición—se veían remarcablemente similares al símbolo en el hombro de Kagome Dresmont.

Miroku continuó observando en un alto estado de curiosidad, sus ojos fijos en las extrañas marcas hechas en el pedazo de papel. Era intrigante, los millones de líneas unidas para hacer símbolos, símbolos que sabía representaban letras o tal vez palabras.

De repente el Capitán regresó su pluma al frasco de tinta y se recostó en su silla, sus ojos descansando en Miroku. "Bien Miroku," dijo mientras tronaba su cuello y miraba al joven. "Vamos a comenzar con una pregunta básica."

"Estoy listo." Dijo Miroku con determinación. Había pasado un año y medio desde su última lección y estaba listo para aprender de nuevo, preparado y emocionado.

"Cuántas letras hay en el alfabeto inglés?"

"El inglés?" Preguntó Miroku por clarificación, sus cejas juntas ante la extraña pregunta, Inuyasha asintió para que continuara. "Veintiséis."

"Recítalas." Indicó Inuyasha recostándose en su silla, sus manos juntas detrás de su cabeza, la silla apoyándose en dos patas mientras se mecía adelante y atrás.

"A-B-C-D-," Comenzó Miroku recitando cada letra en el alfabeto inglés con facilidad. "E-F-G-H-I-J-K-L-M-N-O-P-Q-R-S-T-U-V-W-X-Y-Z." Terminando, le dio al Capitán una extraña mirada, parpadeando secamente, preguntándose qué tenía esto que ver con este nuevo idioma que estaba aprendiendo.

"Y de todas esas letras cuántas son consonantes y cuántas son vocales?"

Miroku tragó, no había esperado que el Capitán le hiciera una pregunta como esa. Atormentando su cerebro trató de recordar sus primeras lecciones de gramática, habían tenido lugar casi nueve años atrás cuando había sido pequeño y no había querido prestar demasiada atención a sus lecciones. "Bueno," comenzó él. "Creo, hay tres—no—cuatro vocales?"

"Intenta otra vez," dijo el Capitán con un chasquido de su lengua. "Piensa en eso, no digas por decir una respuesta." Regañó Inuyasha dándole a Miroku una dura mirada. "Nómbralas si te ayuda." Indicó él con un ligero sonido de irritación en su voz que hizo encoger a Miroku. Casi había olvidado cuán severo era el Capitán cuando olvidaba algo tan básico como las vocales y las consonantes.

Apretando sus dientes, Miroku trató de recordar la primera, "A," dijo con limitada confianza en su voz, estaba seguro de que el Capitán lo escuchó. Miró a Inuyasha para asegurarse, bajó su cabeza con pena cuando el hombre le asintió cortamente con ojos fruncidos. "E e I?"

"Está bien." El Capitán incentivó aunque su voz sonó decepcionada.

Miroku agachó su cabeza aún más tratando de desaparecer en su silla. Se sintió tonto por no recordar algo tan básico como esto. Usualmente se hacía una bola con sus lecciones (o al menos lo había hecho desde que cumplió trece y comenzó a entender su importancia) pero de nuevo, todo eso había cambiado tres años atrás. La mente de Miroku divagó hacia la hermosa mujer actualmente relajándose en su habitación con su nueva mejor amiga, hablando sobre quien sabe qué tipo de cosas deliciosas.

Sango había probado ser una buena distracción; lo había sido desde la primera vez que llegó en el bote con su encantador cabello marrón, largo, lustroso y suave, sus grandes ojos marrones tan profundos con afecto, su pecho amplio, sus deliciosas y curvilíneas caderas que se ajustaban bien en sus manos, su trasero que se ajustaba tan perfectamente contra él cuando dormían en cucharita. Miroku cerró sus ojos deleitado mientras dejaba a su mente divagar, olvidando la tarea en mano mientras imágenes de una musa Sango en la cama entraba en su mente.

"Miroku!" Gritó el Capitán sacando a Miroku de su ensueño.

El joven se enderezó de golpe mirando a su figura paterna con una sonrisa avergonzada y culposa. "Sí, Capitán?"

Inuyasha gruñó y giró sus ojos, una mirada en su cara que claramente decía que estaba disgustado e irritado ante la actual situación. "No sé en qué estás pensando," señaló la cabeza de Miroku, su afilado dedo peligrosamente cerca de los mechones de Miroku. "Pero detenlo!" Terminó Inuyasha y luego dio un golpecito en la frente de Miroku a modo de castigo.

Miroku se sonrojó frotando el lugar donde el Capitán lo había golpeado y rió al mismo tiempo, notando que el Capitán debió haberlo olfateado de él. Miró al hombre y se maravilló del sonrojo en la cara del Capitán y la forma en que la vena en su frente estaba pronunciándose, una señal segura de que el Capitán estaba molesto. "Lo siento," se disculpó Miroku sin sinceridad en su voz.

Inuyasha suspiró largo y fuerte antes de llevar una mano para cubrir sus ojos con exasperación. "Me dirás todas las malditas vocales, maldición?"

"Está bien," asintió Miroku con una sonrisa en su rostro que pronto se tornó en un frunce de concentración. "A,E,I—" Golpeó su mentón y miró el techo en un esfuerzo por recordar. "O y U? Cinco vocales," Contó rápido en su cabeza. "Y veintiún consonantes?"

"Muy bien." La voz de Inuyasha resonó mientras se inclinaba en su silla, las dos patas que habían estado en el aire hicieron un distintivo sonido mientras golpeaban el piso en la silenciosa habitación. "Y con esas letras podemos crear cada palabra en el idioma inglés, correcto?"

"Sí," aceptó Miroku observando al Capitán alcanzar por la hoja de papel que había estado escribiendo previamente.

El Capitán le dio la vuelta al papel en la dirección de Miroku, mostrándole los extraños símbolos, señaló el primero, mostrándole a Miroku la extraña línea ondulada. "El idioma que estamos aprendiendo es el mismo. Cada vocal sea A, E, I, O o U se escribe diferentemente, sin embargo, en vez de usar letras se usa en lo que en inglés se refiere como caracteres. Inuyasha señaló un extraño símbolo, あ. "Esta es A." Suplió Inuyasha y luego apuntó a otro símbolo y al de debajo, え y い. "E e I." Señaló los últimos dos símbolos que había escrito, お y う. "O y U."

Miroku asintió, mirando a lado y lado, mirando las extrañas marcas onduladas. "Se pronuncian de la misma manera?"

"Básicamente." Dijo Inuyasha asintiendo. "La A se pronuncia en la larga A de father (padre)."

"Entonces a-a-a." Miroku abrió su boca e hizo el sonido de la pronunciación.

"Um, sí eso es, la E como en bed (cama)," Miroku repitió el sonido, el Capitán sonrió cambiando al siguiente sonido. "La I como en stomping (pisando fuerte)," de nuevo Miroku repitió el sonido y el Capitán continuó con la siguiente vocal. "O como en oval (oval, ovalado)." Miroku repitió y el Capitán sonrió complacido. "Y por último pero no menos importante la U como en huge (enorme)."

Miroku frunció sus labios, formando la boca redonda que era necesaria para hacer el sonido de la U.

"Pareces un pescado." Dijo el Capitán con una sonrisa en su cara.

Miroku automáticamente frunció sus labios y miró al Capitán irónico. "Así que esas son las vocales en tu idioma natal?" Dijo él ignorando completamente el comentario.

"Sí," Inuyasha sonrió y continuó con la lección. "Ellas también son los primeros cinco caracteres en su alfabeto. Para hacer los otros caracteres combinamos esas primeras cinco vocales con los sonidos de las consonantes."

Miroku asintió entendiendo, seriedad cubría sus rasgos. "De acuerdo, entiendo, entonces son sus consonantes como en el alfabeto inglés?"

"No," dijo Inuyasha sacudiendo su cabeza. "Hay cuarenta y uno y los memorizaremos todos."

"Cuarenta y uno!" Dijo Miroku con shock en su cara. Nunca había aprendido un idioma del Capitán con un alfabeto tan extenso y un alfabeto que no se veía como letras para él.

Inuyasha sonrió y alcanzó para alborotar la cabeza de Miroku como si fuera un niño. "Es mucho para ti?"

Miroku lo miró y retiró la mano del Capitán firmemente. "No, puedo hacerlo. Quiero aprender tu idioma."

Inuyasha parpadeó y asimiló la seriedad de Miroku. La boca del joven se cerró en una apretada línea y sus cejas firmemente puestas y fruncidas, sus ojos oscuros y envenenados. "Miroku?"

"Quiero aprender, sin importar lo difícil que sea." La voz sonó tan convincente, tan segura. "Quiero aprender de tu herencia Otou-san."

Inuyasha miró a Miroku genuinamente tocado pero no dispuesto a mostrar lo afectado que estaba en realidad. Con una mano en la parte trasera de su cabeza rascó su cabello firmemente, sus ojos se desviaron del hombre en frente de él. Pasando saliva sonrió y se giró hacia Miroku, sus ojos brillaban en la luz. "Está bien," dijo firmemente mientras golpeteaba el pergamino en frente de Miroku. "Vamos a comenzar con todas las combinaciones de la A, una vez que las memoricemos todas, continuaremos con las combinaciones de la I."

"Y así sucesivamente, verdad?" Preguntó Miroku alcanzando por su pluma, escurriendo el frasco para ayudar a la tinta a adherirse a la pluma.

"Sí."

"Cuántas combinaciones hay de la A?"

"Nueve, comenzaremos con KA." El Capitán alcanzó por su pergamino, tomando el que había usado antes y dibujó el extraño símbolo junto a la a original, か.

Miroku miró el símbolo y sintió algo de su confianza desvanecerse. "Eso no se ve como el caracter A original."

"Lo sé," Inuyasha sonrió. "Eso es lo que hace divertido este idioma."

"Esto va a doler, verdad?" Miroku miró a su mentor, maestro, amigo, hermano y padre, sus ojos iluminados con felicidad. Estaba completamente en contra de la connotación de sus palabras, esa mirada, pero Inuyasha la vio por lo que era. Miroku estaba feliz de estar aprendiendo, porque el hombre siempre había sido amante del conocimiento y porque era feliz de estar aprendiendo algo que era personal para su única familia en el mundo y eso también lo hacía personal para Miroku.

"Será doloroso pero creo que lo valdrá." Inuyasha aclaró su garganta y golpeteó el papel. "Ahora, escribe ese caracter cien veces, cada vez quiero que digas KA, entendido?"

"Sí, señor." Miroku asintió y se volvió hacia el papel, su pluma creaba el mismo sonido que el Capitán había hecho antes, cada vez el símbolo se hacía más y más reconocible, más y más fácil de identificar. Sonrió ante la vista, orgulloso del hombre que había criado, así como con cada idioma anterior Miroku estaba tomándolo con calma. Asimilando fácilmente las letras y cómo escribirlas, había sido igual a cuando Miroku había aprendido a leer y cuando había aprendido a escribir en inglés. Era lo mismo como cuando había aprendido latín y francés, luego alemán y griego.

Sin importar el idioma, las lecciones siempre habían comenzado de esta manera, con el alfabeto pero esta vez Inuyasha sabía que sería más difícil de aprender. Los alfabetos de latín, francés, alemán y griego todos tenían su origen en el romano, haciéndolos aparentemente idénticos si no ligeramente diferentes. Con el japonés sería una ardua tarea porque, primero, Miroku tendría que aprender las estructuras de los caracteres, era aprender verdaderamente un nuevo idioma con una limitada base para comenzar.

Inuyasha tomó un profundo respiro y se recostó en la silla de nuevo, su mente en la otra persona en el barco a la que estaba dándole lecciones. "Qué voy a hacer contigo, Srta. Dresmont?"

Incluso después de esa realización de anoche, que Kagome y Kikyo no eran así de parecidas, aún mantenía la duda. Sus personalidades eran diferentes, eso era innegablemente cierto pero sus caras, sus aromas, eran muy parecidos que sería ridículo pensar lo contrario. Los ojos, el cabello, la nariz, el mentón, el olor a flores, todo de las dos mujeres gritaba que tenían que tener una conexión pero cuál era esa conexión?

"Tal vez son parientes?" Pensó Inuyasha para sí pero frunció rápidamente. "Aún si estuvieran emparentadas de sangre, nunca he visto parientes de sangre con una semejanza tan fuerte especialmente cuando se refiere al aroma." Resopló balanceando la silla adelante y atrás ligeramente. "La única vez en que los aromas son comparables con el otro es si la relación es de madre e hijo y no hay manera de que eso continúe." Inuyasha alcanzó instintivamente para agarrar la joya alrededor de su cuello e hizo una mueca cuando quedó vacía.

La gema era otra historia completamente. La había usado la mayor parte de su vida, solo removiéndola de su cuello en dos ocasiones desde que la había recibido. La primera vez que la había removido fue para poder dársela a Kikyo, un incidente que no había recordado hasta una semana atrás. Había sido un obsequio—una especie de obsequio de cortejo. Inuyasha hizo a un lado la idea. La segunda vez había sido muy diferente, la había removido para dársela a Kagome porque por alguna razón después de haberse combinado con las otras gemas pertenecientes a Manten casi le había robado su cordura.

"Me pregunto si ahora puedo tocarla?" Se preguntó pero sintió una voz en el fondo de su mente gritándole que no. "Sería estúpido intentarlo." Concluyó dejando caer su mano en su regazo y dejó escapar un tranquilo respiro para no molestar a Miroku.

Vagamente, miró los papeles del joven, estaba en el número veintinueve, dejándolo a casi un cuarto del camino. Girando su oreja hacia el hombre escuchaba la pronunciación del muchacho complacido en el hecho de que estaba diciéndola correctamente aun después de haber tenido veintinueve veces para arruinarlo. Complacido por el progreso del hombre, Inuyasha desvió la atención de sus orejas así como de sus ojos distrayéndose de nuevo con la idea de Kagome Dresmont.

"Si no están emparentadas, entonces, por qué son tan parecidas?" Se cuestionó, como antes, la respuesta llegó a él relativamente fácil. "Reencarnación." Inuyasha sintió comenzar un dolor de cabeza. "Es posible?" Resistió la urgencia de alcanzar por la ausente piedra una vez más. "Podría Kagome ser Kikyo cincuenta años después de los hechos? De acuerdo a la manera en que fui criado es posible." Hizo una mueca ante la idea de las costumbres de su propia gente. "Recuerdo a Myoga y a Totosai contándome historias cuando era pequeño sobre personas siendo reencarnadas pero siempre pensé que eran sólo historias." Inuyasha quería golpear su cabeza en la mesa, su frustración en aumento. "No es justo!" Se gritó, su mente luchaba por encontrar una razón, cualquier razón de por qué la reencarnación podría ser una posibilidad verdadera en este caso. "Por qué, por qué Kikyo habría reencarnado y como Kagome! Después de que todo salió mal con Kikyo, por qué querría ser reencarnada y andar conmigo otra vez!" Contuvo un gruñido que se formaba en su garganta. "Y si eso es verdad, si realmente son la misma persona entonces qué demonios significa eso para mí?"

Inuyasha cerró sus ojos ante la idea, su mente en blanco, aclarándose de todo pensamiento mientras imaginaba la relación que había tenido hacía mucho tiempo. Kikyo había sido fría y callosa, había sido despreocupada tal vez incluso abusiva y aun así se había quedado con ella. Nunca había sabido por qué se había quedado con ella y aún así lo había hecho, se había quedado con ella hasta el día que regresó y no encontró su cuerpo esperándolo sino, en vez, una tumba. Recordó estar de pie en frente de esa tumba mirándola con una pequeña niña llorando a su lado, su gema descolgaba de sus dedos.

"Qué haría?" Su corazón se tornó dolido en su pecho y se tomó un momento para colocar su mano sobre el lugar donde se originaba el dolor. "Si Kagome fuera Kikyo en una nueva vida eso cambiaría todo, significaría algo?" Una parte de él pensaba que podría significar mucho: eso significaría que Kagome Dresmont estaba en su mente solo por lo que fue en su pasado.

Abrió sus ojos y se encontró mirando el techo de su habitación, su mente dando vueltas una y otra vez, preguntándose qué haría si Kagome fuera la reencarnación de Kikyo.

"Esto es inútil." Concluyó mirando a Miroku de nuevo, el hombre iba a medio camino, estaba en la setenta y dos. "No estoy seguro de si ella es una reencarnación, sí, probablemente no lo sea." Se dijo eso pero sabía que estaba mintiéndose, incluso se dio cuenta que no debería precipitarse, no quería tomar decisiones sin antes saber la verdad y eso significaba cualquier decisión. Continuaría pasando tiempo con ella, continuaría enseñándole el violín en la noche cuando nadie estuviera despierto para verlo, continuaría estando con ella pero no dejaría que llegara muy lejos—no hasta que estuviera seguro, no hasta después de que viera a la hermana de Kikyo y sus sospechas fueran negadas o confirmadas. "A quién engaño," se regañó Inuyasha cuando una última idea que había estado ignorando últimamente entró en su mente. "Podría no gustarme de esa manera."

Inuyasha sabía que también era una mentira.

"Terminé." Anunció Miroku y le alcanzó la pieza de papel a Inuyasha quien lo tomó aturdido. Miró la escritura, notando lo torpe que era al principio y luego cuán mejor se volvía cada vez, para cuando Miroku había llegado a la cien, podría pasar al menos por diez años de escritura.

"Buen trabajo, la próxima letra es SA." Inuyasha agarró el pergamino en el que había escrito las vocales y su pluma haciendo rápidamente un corto trabajo de dibujar el carácter さ. "Igual que antes, escríbelo cien veces y dilo en voz alta cada vez."

Miroku asintió y aceptó el pergamino cuando Inuyasha se lo alcanzó sin protestar. Lo depositó al lado del pergamino en el que estaba trabajando y miró al Capitán por el rabillo de su ojo. "La luna nueva es mañana en la noche." Mencionó el hijo al padre, colocando su pluma contra el pergamino, escribiendo cuidadosamente el carácter さ mientras pronunciaba la palabra en voz alta.

"Lo sé." Dijo Inuyasha sin pensar mientras se recostaba de nuevo en su silla, balanceándola en dos patas.

"Qué vas a hacer al respecto?" Inquirió Miroku antes de hacer su tarea de nuevo, pronunciando y escribiendo.

"Supongo que," Refunfuñó Inuyasha permitiéndole a sus brazos colgar de las dos patas mientras se recostaba. "la Srta. Dresmont tendrá que tener una noche de chicas con Sango y tú," le dio al hombre una mirada que el diablo habría envidiado. "Te quedarás conmigo."

Miroku soltó su pluma y miró al Capitán, sus ojos abiertos, incrédulos. "Qué?"

"Tú," Inuyasha apuntó a Miroku con énfasis. "Vas a quedarte," señaló la habitación, su rostro claramente mostraba su naturaleza sarcástica. "Conmigo." Se apuntó apenas conteniendo su propia diversión.

Miroku frunció y regresó a la lección sin decir una palabra, las molestas líneas claramente evidentes en su cara mientras hacía el próximo carácter y lo pronunciaba bruscamente.

Inuyasha rió ligeramente y puso sus manos tras su cabeza, su lengua por fuera de su boca con disfrute personal. "Será como en los viejos tiempos."

"Parece que hemos estado teniendo muchos viejos tiempos desde que la Srta. Dresmont llegó a bordo." Murmuró Miroku secamente mientras pensaba en la cantidad de tiempo que había pasado durmiendo con el Capitán en vez de en su propia cálida habitación junto a su propia cálida compañera de trabajo desde que Kagome había llegado.

"Lo siento," Inuyasha chasqueó su lengua mientras mecía la silla en sus propias patas. "Pero vamos a hacer felices a las mujeres."

"Yo quiero hacer felices a los hombres." Dijo Miroku levantando una ceja.

Inuyasha levantó su propia ceja y los dos hombres continuaron mirándose mutuamente mientras Inuyasha asimilaba el comentario. Finalmente rompieron contacto visual simultáneamente, Inuyasha se giró llevando su dedo hacia su rostro donde rascaba su nariz. "De alguna manera tengo la sensación de que no estás hablando 'sobre nosotros'."

"Qué observador de ti." Murmuró Miroku con una maliciosa sonrisa en su cara antes de regresar a la tarea en mano, habiendo escrito sólo quince caracteres.

Inuyasha sonrió ligeramente y luego frunció. "Sabes Miroku," comenzó tranquilamente. "Eres el único humano que sabe de la luna nueva."

Miroku detuvo su escritura y colocó la pluma de nuevo en el frasco, girándose para mirar al Capitán con ojos expertos. "Lo sé," le dijo sin rodeos. "Entiendo que no confíes en nadie con esto pero—" pausó por un segundo mientras su mente iba hacia las dos mujeres en la habitación de al lado. "No crees que tienes más personas en las que puedes confiar además de mí?"

Inuyasha no miró a Miroku, en vez se enfocó en la vela, la llama que danzaba con la ligera brisa de la ventana abierta. Era una exhibición delicada, la forma en que esa pequeña llama danzaba en la brisa, parpadeando, creando luz para formar y disipar todo al mismo tiempo. "Lo sé pero—" Inuyasha se estiró, moviendo su mano rápidamente a través de la llama, recogiendo su mano rápidamente para no quemarse. "He sido quemado antes por las personas." Dijo él regresando su mano hacia su rostro, estudiando el apéndice. "Si te mueves rápido, no te quemas pero," Inuyasha miró la llama. "Si nunca te acercas hacia la llama entonces no hay oportunidad de ser quemado."

Miroku suspiró, entendiendo la analogía del Capitán. Era simple, si no les dices entonces la información no podrá ser usada contra ti. Resopló y regresó a su lección en silencio mientras el Capitán continuaba mirando su mano ilesa sabiendo que no estaba seguro si estaba listo para confiar en otras llamas en este barco, Miroku había sido alguien difícil de confiar especialmente después de la primera llama, nunca se había atrevido a tocar lo que lo había quemado considerablemente mal.

Lejos de sus pensamientos, Miroku estaba sentado cubriendo su pergamino con garabatos mientras pronunciaba lentamente, "SA," una y otra vez, su voz sonaba más y más triste cada vez que murmuraba el sonido.

-.-.-.-.-.-.-.-.-

En la habitación de Miroku y Sango, las dos mujeres estaban sentadas con un pequeño niño arrunchado en una cama cercana, durmiendo sonoramente. Kagome miró al niño, sonriendo mientras rodaba sobre su espalda roncando suevamente en su profundo sueño. Cuando el Capitán y Miroku habían anunciado que estarían ocupados durante la noche, Sango y Kagome habían decidido que se quedarían juntas también hasta que los chicos hubiesen terminado y todos estuvieran listos para ir a la cama. Así que ahora Kagome se encontraba sola con Sango (si no se contaba al pequeño Shippo), las dos mujeres habían pasado mucha de su noche enseñándole al pequeño su alfabeto, inconscientes de que Miroku estaba teniendo las mismas clases en la puerta de al lado.

Había sido una tarea agotadora, el niño no estaba muy bien educado en inglés pero lo había captado rápido y para el final de la lección había podido recordar la mayoría de sus letras e incluso reconocido un par que habían escrito para que él las viera. Todo el trabajo lo había agotado lo que lo condujo a su actual lugar durmiendo entre las almohadas en la cama de Miroku y Sango.

Kagome sonrió ante la vista antes de girarse hacia su compañera. "Dónde ha estado durmiendo hasta ahora?"

Sango se encogió y estiró, "Donde sea que haya espacio en realidad." Habló mientras apenas lograba contener un bostezo con su mano. "Unas pocas noches durmió en la cubierta y una o dos conmigo." Traqueó su cuello perezosamente. "Los grumetes generalmente duermen donde sea cómodo."

Kagome asintió, aceptando la respuesta pero sin gustarle realmente. "Debería tener un lugar más estable para dormir." Ella frunció pensativa sus labios. "No puede tener una cama abajo?"

Sango sacudió su cabeza y frunció. "Los hombres no lo permitirían," le dio a Kagome una mirada apologética, "No es apropiado."

"Déjame adivinar," dijo Kagome con un suspiro. "Los piratas tienen su propia versión de la propiedad."

"Por supuesto," Sango sonrió ligeramente antes de que su rostro se tornara casi contemplativo. "Aunque es mucho más laxa que en la que fuimos criadas."

Kagome frunció y analizó la apariencia de Sango, observándola mientras la mujer frotaba sus ojos. "Nosotras?" Preguntó ella, sus ojos miraban la ropa desgastada y el rostro sucio. Brevemente recordó ese rostro siendo inmaculado, esas ropas siendo ricas y asombrosas en una perfecta figura socialité, y recordó esa voz siendo fuertemente adornada con todos los modales de la etiqueta y una educación apropiada. "Es verdad, Sango y yo, somos iguales, no es así? Pero entonces, qué la trajo aquí? Por qué está aquí?"

"Tú fuiste criada en propiedad?" Preguntó Kagome llevando una mano hacia su pecho, ya sabiendo la respuesta.

"Hm?" Sango se giró y miró a Kagome confundida, sus cejas fruncidas mientras mirada a la joven.

Kagome miró a Sango, su rostro extrañamente determinado como si hubiese decidido que necesitaba decir algo y sabía que no había vuelta atrás. "Fuiste criada en una casa de alta posición social, verdad Sango?"

Sango se sonrojó y desvió la mirada. "Lo fui," murmuró ella asintiendo y añadió. "Hasta prontamente después de cumplir dieciséis."

Kagome observaba, su curiosidad se asomó mientras asimilaba esta información. Levantándose de su lugar en la silla de Miroku caminó hacia donde Sango estaba sentada con su espalda a los pies de la cama. Sentándose al frente de la mujer trató de hacer contacto visual pero Sango pareció rehusarse a encontrar la mirada de Kagome. Preocupada, Kagome alcanzó y tocó el brazo de la otra chica. Sango saltó y la miró, claramente sorprendida por la acción pero no hizo movimiento por alejarse. "Sango," comenzó Kagome, su voz gentil. "Por qué te fuiste? Qué te hizo querer venir aquí?" Señaló el barco alrededor.

Sango no dijo una palabra, en vez miró su regazo, sus ojos enfocados y no enfocados en sus rodillas flexionadas.

"Algo," Kagome buscó las palabras correctas. "—malo te pasó?" Kagome decidió decir mientras apretaba el brazo de Sango, su agarre levemente más firme, un intento por darle seguridad.

Sango tomó un profundo y tembloroso respiro antes de zafarse de la otra joven, sus ojos aguados para mucha intriga de Kagome. "Kagome," dijo la mujer, su voz más fuerte que sus ojos. "Propiedad, modales, el lugar donde tú y yo crecimos, realmente no es todo tan diferente a lo que es este lugar." Señaló alrededor la habitación donde estaban residiendo actualmente justo como Kagome lo había hecho momentos antes. "Son dos mundos diferentes, lo admito, pero las personas en ellos son iguales cuando llegas a eso."

"De qué estás hablando, Sango?" Dijo Kagome permitiéndole a su agarre aflojarse en la manga de Sango hasta que su mano había caído del brazo de la otra joven.

"Los nobles son algo así como enmascarados," murmuró Sango mientras recostaba su cabeza en el borde de la cama, mirando al techo. "Andan por ahí con sus rostros escondidos tras una máscara que disfrutamos mirar." Sonrió en la tenue luz. "Pero esas máscaras son peligrosas." Frunció profundamente. "Hacen difícil ver—ver a la verdadera persona debajo. Todo lo que podemos ver es la máscara, lo que han elegido mostrarnos."

Kagome observaba perpleja a la otra mujer, no entendiendo lo que Sango estaba diciendo.

"Al final," Sango levantó su cabeza de la cama y luego miró sus manos que habían caído en su regazo. "Esas máscaras son tan reales que es todo lo que podemos ver, la fachada que ha sido cuidadosamente grabada para ser vista por nosotros." Apretó sus puños en su regazo antes de abrirlos lentamente mirando sus palmas, fijamente. "Se disfrazan tan bien que no puedes ver a la persona debajo y entonces comienzas a confiar en esa persona falsa, en esa máscara," Lágrimas comenzaron a formarse en los ojos de Sango. "Y luego un día la persona finalmente se quita la máscara y muestra su verdadera cara y es—horrible."

El labio inferior de Kagome se descolgó levemente mientras su corazón se aceleraba en su pecho ante esas palabras. Entendía exactamente lo que Sango estaba diciéndole, ella había experimentado la falsedad de un enmascarado de primera mano. Kagome miró sus manos y se preguntó si la experiencia de Sango había sido la misma de la suya. Había sido engañada, le habían mentido, había sido lastimada tanto por ello que no sabía cómo tratar con el dolor? Kagome tragó y elevó sus ojos sin mover su cabeza, asimilando la vista de Sango completamente. El labio inferior de la joven estaba temblando, lágrimas acumuladas en sus pestañas—estaba realmente herida, tan lastimada que no podía soportar el dolor.

"En verdad fui tan lastimada?" Se preguntó Kagome imaginando a su propio enmascarado, había usado una máscara y cuando se la había quitado—

"Nunca te haré hacer algo contra tu voluntad." Declaró suavemente separándose y besó su cabeza en la misma forma como lo había hecho la última vez que habían estado en esta habitación. "Soy mejor que eso."

"Él no es tan horrible." Se dijo Kagome justo cuando el rostro de Sango se arrugó y rompió en sollozos.

Con cuidado, alcanzó y tomó firme a la mujer en su abrazo, acercándola y abrazándola fuerte. El rostro de Sango había visto lo que debió ser horrible; debió haber sido muy malo. Kagome mordió su labio, los enmascarados que había conocido podrían haberla engañado pero sus verdaderas caras—las caras debajo de la máscara—no eran de temer. Sango no era aterradora, ni lo era Miroku y el Capitán—

Una imagen de su sonrisa infantil mientras la miraba a través de una ola de revoltosos mechones plateados llegó a su mente, como un destello de luz durante una tormenta de verano, cambió a una imagen de él sosteniendo el violín en su mentón, su cuerpo meciéndose levemente de un lado a otro, sus ojos cerrados, gentiles como—como un cachorro.

Kagome sonrió a pesar del continuo llanto de Sango. "No—el Capitán no es horrible del todo," se dijo mientras se mecía, abrazando fuerte a Sango. "Tal vez un poco atemorizante a veces pero—" Kagome dejó la idea desvanecerse en su cabeza, no estaba lista para admitirse que no era horrible del todo, de hecho pensaba que era lo opuesto.

Kagome se paralizó cuando sintió una humedad golpear su hombro y frunció, las lágrimas de Sango tocaron algo en su interior. "No tienes que decir más si no quieres, Sango," le susurró a la joven suavemente. "Entenderé."

La mujer sacudió su cabeza lentamente, su rostro hundido en el hombro de Kagome. Finalmente, se separó y secó sus ojos con su manga antes de continuar. "Vi el verdadero rostro del Virrey." Le dijo a Kagome con ojos rojos mirando directo al frente de ella, al piso de madera. "Estaba tan oscuro—" susurró apretando a Kagome fuertemente, "Estaba completamente negro."

"Sango," susurró Kagome mirando los perdidos ojos de la otra joven. "Qué te hizo?"

Sango continuó mirando a la nada, sin hablar, sin hacer contacto visual con Kagome. Parecía tan lejana, como si estuviera perdida, perdida en algún lugar donde Kagome no podía alcanzarla y luego, abrió su boca y con una vacía voz le dijo a Kagome la verdad, la verdadera cara del Virrey de Cerdeña, la verdadera razón de por qué Sango estaba aquí en el barco Shikuro. "Él me violó."

Kagome sintió su corazón apretarse en su pecho, toda su mente se nubló ante la idea. Era la peor palabra en el lenguaje de una mujer respetable, una palabra que nadie se atrevía a pronunciar, una palabra cuya connotación era tan fiera, tan peligrosa, aquellos pocos que se atrevían a pronunciarla era dentro de las más cercadas conexiones.

"Mi madre—" Comenzó Sango mientras sus perdidos ojos miraban al frente, una perturbadora calma en las caóticas profundidades. "Mi madre," lentamente sus ojos comenzaron a brillar con lágrimas. "Lo descubrió y se enojó conmigo. Dijo que fue mi culpa, todo culpa mía." Como compuertas las lágrimas brotaron por los ojos de Sango mientras hipaba y continuaba. "Me llamó una desgracia para el nombre de la familia y luego—luego—me dijo irme de su casa," Sango llevó una temblorosa mano hacia su rostro, cubriendo un ojo mientras limpiaba un brote de lágrimas. "Dijo que era una hija inútil si no podía proteger el honor de la familia o mi herencia."

"Sango?" Kagome quedó conmocionada, sus propias lágrima nublaban su visión mientras observaba a la mujer derrumbarse. Haber sido violada, haber tenido a su familia rechazándola, haber tenido a su familia clamando que había llevado deshonra a la casa cuando no había sido su culpa—quién—quién le hacía algo así a su propia hija? "Personas de propiedad." La idea llegó a su mente antes de que pudiera pensar en controlarlo. Esa era la verdad, a las personas de propiedad no les importaba si no hubiese sido culpa de la hija, sólo les importaba el símbolo entre las piernas de la hija y el hecho de que ese símbolo ahora estuviera roto—era inútil para ellos.

Kagome alcanzó por Sango, queriendo llorar con ella, decirle que todo estaría bien pero antes de poder consolarla, el pomo de la puerta se giró e Inuyasha y Miroku entraron a la habitación sin golpear, una fuerte voz golpeó las cuatro paredes, una horrible intrusión.

"Hola señoritas!" Gritó Miroku, el Capitán sonriendo tras él. "Cómo está todo—" se desvaneció asimilando la vista de su amante jorobada de tal forma que no había visto en años. "Sango?" Preguntó brevemente antes de apresurarse al lado de la mujer.

Kagome observó mientras Miroku halaba a Sango hacia él en un fuerte abrazo, la mujer se aferró a él una vez se dio cuenta de quién era. Se aferró a él como un salvavidas, llorando en la chaqueta del hombre, cada uno de sus respiros salían como duros jadeos de aire.

"Está bien," le decía Miroku una y otra vez acariciando su cabeza. "Te amo," susurró en su cabello y ella sollozó más fuerte mientras hundía su cara en el cuello de Miroku. "Está bien amor, está bien," hablaba gentilmente mientras frotaba su espalda con sus ojos cerrados y sus hombros tensos con rabia por el hombre que le había causado tal dolor tiempo atrás. "Llora," susurró él. "Tanto como quieras, sabes que no me importa."

Sango solo hipaba contra su piel antes de contener otro sollozo mientras apretaba las mangas de Miroku más fuerte en sus dedos, rogándole con sus manos que la abrazara fuertemente.

"No te dejaré ir." Le aseguró abrazándola más fuerte hacia su pecho sabiendo sin palabras lo que estaba pidiendo.

Sintiendo que su tiempo para irse se había vencido, Kagome se levantó de su lugar y comenzó a dirigirse hacia la puerta y al callado Capitán. Se paralizó ante la vista de sus ojos preocupados, los cuales estaban enfocados en Sango tras ella. Una especie de asustada anticipación llenó su corazón ante la vista dándose cuenta que cuando ella dejara esta habitación esta noche, los dos estarían solos. Hasta este punto, los dos nunca habían estado solos en la habitación del Capitán desde Port Royal (al menos para su conocimiento). Ahora, mientras lo encaraba, sabía que estarían durmiendo a solo cinco pies de separación. Una sensación de miedo la inundó, un temor de lo que posiblemente podría o no podía pasar, y eso la llevó a una extraña sensación de anticipación acompañada con miedo nervioso. Tragó saliva, disponiéndose a continuar pero su cuerpo estaba paralizado en lugar de reacio a moverse.

"Srta. Dresmont?" La voz de Miroku interrumpió los pensamientos de Kagome.

Girándose hacia el hombre abrazando el tembloroso cuerpo de Sango, mordió su labio esperando a que hablara.

"Llévese a Shippo, por favor?" Dijo él, sus ojos suplicantes.

Kagome asintió y se apresuró a la cama, el miedo anterior olvidado mientras levantaba al niño durmiente. "Duerme como una roca, este." Comentó para sí acomodándolo en sus brazos y apresurándose hacia la puerta, pasando rápidamente al Capitán con sus ojos mirando directo al suelo.

Inuyasha la observó pasar y miró a Miroku una vez más. El hombre estaba meciendo a Sango suavemente susurrándole palabras dulces en su cabello, diciéndole que estaba bien, que estaba segura, que ningún daño le ocurriría mientras él respirara. Con esas palabras en sus orejas, Inuyasha lentamente cerró la puerta de la habitación de Miroku y Sango, sabiendo que Sango estaría bien en la mañana después de que Miroku se tomara un tiempo consolando a la chica. Esta era, después de todo, no la primera vez que Sango sucumbía a una recaída. Pensó en lo difícil que había sido al comienzo, cuando Sango con frecuencia había llorado por cosas más pequeñas. Ese primer año había sido tan difícil que con frecuencia había pensado que había cometido un error, que esto no era lo mejor para Sango, que ella necesitaba estar rodeada de mujeres—tal vez ir a un convento y volverse monja. Pero—había sabido que no podía hacer tal cosa—sus instintos le habían dicho que Sango pertenecía a ellos y así nunca se había rendido con ella—no podía porque en ese entonces había sabido que Miroku la amaba y que él, Inuyasha mismo, ya la había reclamado inconscientemente como parte de su manada.

Inuyasha resopló ligeramente ante la idea, una sonrisa en su rostro mientras comenzaba a caminar por el corredor hacia su habitación. "No es extraño, que la manada que he elegido es tan diferente a la manada que conocí alguna vez?" Musitó para sí mientras un breve destello de un hombre aparecía ante sus ojos: una versión suya más alta y majestuosa. Resopló otra vez, esta vez el sonido más rudo. "Onii-san-" Murmuró en el aire mientras el recuerdo destellaba en primer plano en su mente, una imagen destacada por flores de cerezo cayendo que eran de un peligroso rojo sangre de color.

"Hanyou—" Se dirigió el hombre mirando a Inuyasha con desprecio.

Como si despertara de un sueño la fantasmagórica imagen del hombre se desvaneció e Inuyasha se encontró mirando la pared de madera del barco en vez del hombre. Por un momento no se movió, todo su cuerpo aun enfocado en ese punto donde el hombre había estado. Llevó una mano a su frente, frotando un lugar en su sien que estaba comenzando a punzar. Con un fuerte suspiro, caminó hacia la puerta de su habitación, sus pies pesados, sus ojos llenos de cansancio. Frunció profundamente alcanzando por el pomo sorprendido de que la puerta estuviera bien abierta.

"Ella no la cerró?" Murmuró para sí mientras agarraba la madera del marco de la puerta y miraba dentro de su habitación. Estaba relativamente oscura, solo la pequeña luna plateada afuera proporcionaba luz, la vela hacía mucho se había apagado. Parpadeando varias veces, esperó a que sus ojos se dilataran, asimilando la óptima cantidad de luz en orden de ver. Fue recompensado con una vista que por siempre atormentaría su mente.

La Srta. Dresmont estaba acomodando a Shippo en su cama, el niño aún dormido, como si nunca hubiese sido movido. Continuó observando mientras Kagome gentilmente tocaba los brillantes mechones rojos del pequeño, retirándolos de su rostro antes de agacharse para besar con amor y afecto la pequeña frente expuesta.

La simple vista provocó un delicioso dolor en su corazón que nunca se pensó capaz de sentir. Era casi perturbador, el dolor que sintió profundo dentro de él. Nubló su visión, creando una extraña y retorcida fantasía donde la cabeza de ese pequeño niño no era roja sino plateada y sus pequeñas orejas eran dos triángulos anidados en su línea de cabello en vez de a los lados de su cabeza. Y al lado de ese niño estaba su madre Kagome, revolviendo sus mechones mientras lo miraba con tal ternura que él, como el padre, se enamoraría de ella una vez más.

Inuyasha se abofeteó en la cara, una acción que nunca había hecho en toda su vida. En frente de él la Srta. Kagome saltó y se giró para mirarlo inmóvil en el marco. Sus ojos se encontraron e Inuyasha sintió todo su corazón contraerse en su pecho ante la vista de su expresión con ojos abiertos, sus labios ligeramente separados como si quisiera decirle algo pero estaba muy asustada para formar una oración coherente. En ese momento, la luz de la luna la tocó mientras el barco ondeaba en el agua y vio todo su cuerpo brillar, como un ángel con brillante cabello y sonrosadas mejillas. La gema que descansaba alrededor de su cuello también atrapó la luz y por una vez no pensó en eso como algo extraño, no pensó en lo que había ocurrido días antes, no pensó en su madre o en Kikyo, solo pensó en la hermosa mujer en frente de él. Se veía tan bien en su cuello como si perteneciera ahí sobre cualquier otro lugar en la tierra. "Kagome." El nombre se deslizó antes de poder detenerse.

"Perdón?" Respondió ella, sus ojos fruncidos en confusión, sus hombros encorvados ligeramente mientras se recogía en una apretada coraza de defensa.

Él se sonrojó y se giró, no dispuesto a repetir su nombre, no podía hacerlo, no podía porque sabía que si lo hacía comenzaría a decir muchas otras cosas—cosas que necesitaban permanecer escondidas hasta que supiera la verdad detrás de los orígenes del alma de Kagome Dresmont.

"Capitán?" Su suave voz revoloteó hacia él mientras hablaba, una pequeña onza de temor en su aroma y tal vez aprehensión. Era como si estuviera preocupada por las posibilidades de lo que podría pasar justo donde él estaba.

Inuyasha tragó, esta noche, se quedarían juntos en esta habitación por primera vez (con ella estando consciente claro está) y esta noche no habría nadie para detener algo de lo que podría pasar entre ellos, ni una simple alma en la habitación. La idea se derrumbó de la cabeza del Capitán como plomo ardiente de una mano quemada. Sus ojos se desviaron hacia el pequeño niño en la cama de la Srta. Dresmont y se sintió listo para explotar con rabia. "Por qué está aquí?" Dijo entre irritado y con un resoplo señalando al pequeño.

"Miroku me pidió que lo trajera." Dijo Kagome, una mirada de completo desconcierto en su cara ante el giro de ciento ochenta grados que había mostrado en su personalidad.

Inuyasha se sonrojó y bajo su dedo viéndose atrapado mientras su mente volvía a unos momentos atrás cuando había escuchado muy claramente a Miroku decirle a la Srta. Dresmont llevarse al niño: "Srta. Dresmont, llévese a Shippo, por favor." La voz de Miroku hizo eco en su cabeza y sintió sus orejas agacharse contra su cráneo. "Él dijo eso, verdad? Maldición!" Inuyasha llevó una de sus manos abiertas hacia su cabeza antes de levantarla para frotar su cuello mientras miraba el techo, tratando de encontrar algo apropiado para decir.

"Lo recuerdas, verdad?" La voz de cierta manera desafiante de una Kagome Dresmont golpeó sus oídos e Inuyasha gruñó con irritación. "Por la mirada en tu cara diría que no."

Él duplicó su gruñido. "Lo recuerdo, solo se resbaló de mi mente por un momento."

"Ya veo." Dijo Kagome levantándose y cruzó sus brazos sobre su pecho incómodamente. Se sentía nerviosa mientras permanecía ante él, moviéndose de un pie a otro, asustada y preocupada. Miró al pequeño niño durmiente, no quería que se fuera, era su única protección si algo fuera a pasar. "Pero sería tan malo si algo pasara?" Acusó una atrevida voz en el fondo de su mente, Kagome rápidamente calló la idea.

Inuyasha gruñó bajo en su garganta y cruzó la habitación, cerrando la puerta firmemente tras él. Se sentía irritado y avergonzado, sin mencionar lo interesante que había sido la visión de Kagome con un hijo—su hijo para ser preciso. Sintió un gruñido formarse en su garganta, los instintos de demonio pateaban mientras la imagen lo perseguía, lo dominaba, y se imponía en su psique, una profunda perturbación en su mente normalmente calmada. Sin control de su cuerpo, comenzó a moverse, hacia Kagome, alimentado por un instinto, un deseo del que había sido inconsciente dentro de él.

En frente de él, Kagome observaba mientras venía hacia ella, sintiendo por primera vez en varios días que estaba absolutamente arrinconada. "Qué si estaba equivocada, qué si él no es un buen hombre?" Sintió una sensación de impotencia entrar en su corazón. "Qué si el hombre bajo la máscara realmente es horrible—qué si nunca lo he visto, tal vez todo es una bien armada mentira. Qué si él es horrible como el hombre que vio Sango?"

Ella tragó mirando alrededor por algún medio de escape, sabiendo que no había ninguno. Asustada retrocedió, mirando a Shippo quien estaba dormido en su cama. "Despierta!" Gritaba en su cabeza mientras continuaba retrocediendo, el Capitán Inuyasha continuaba avanzando. "Shippo, por favor despierta!"

Inuyasha no tenía idea de lo que estaba haciendo, todo lo que sabía era que la necesitaba, el demonio en él estaba deseándola, diciéndole que ella era perfecta, justo para él en cualquier forma.

"Malditos instintos." Pensó él pero no podía controlar sus acciones mientras se acercaba más y más a su embriagante aroma. Entre más se acercaba más pateaban los instintos, haciéndolo querer acercarse más a ella, tan cerca que pudiera sentir el calor de su cuerpo a través de su ropa, tan cerca que pudiera presionarse contra ella, quería estar tan cerca que pudiera besar esos labios—esos rojos—curvos—rechonchos—labios—que estaban moviéndose? "Qué?"

"No te atrevas a acercarte más!" Esos labios le gritaban, sus ojos destellaban mientras levantaba sus manos en un apretado puño, puños de niña que sabía nunca podrían lastimarlo.

El demonio dentro de él se burló ante la idea, gustándole la idea de una compañera de voluntad fuerte pero el humano en él sabía diferente, gritaba que estaban asustando a la pobre chica, que necesitaban echarse para atrás. Infortunadamente, los instintos de demonio ganaron sobre la lógica humana e Inuyasha encontró su cuerpo dominado por su propio poder, moviéndose hacia ella sin una onza de control, sus propios labios moviéndose contra su voluntad. "Y qué harás si me acerco más?"

Él vio una mirada en el rostro de Kagome Dresmont, una mirada que lo detuvo completamente, era una mirada de total y completo terror—una mirada que había visto antes en algún lugar.

"No hagas esto!" Suplicó ella.

"Sango—" Gritó el humano en él, gritó, arañó y peleó en su psique, despertando el control del lado humano "Es como Sango! No eres mejor que el hijo de perra que la violó!"

Inuyasha se paralizó, horrorizado, mientras la voz se registraba en su cabeza. El demonio dentro de él gruñó y se encontró gritándose enojado en su mente. Quería saltar por la borda del barco, quería golpearse en la cara pero en vez de eso, simplemente parpadeó rápido, haciendo que su visión se aclarara completamente. Mientras lo hacía, registró en su mente lo cerca que estaba a ella, casi estaban tocándose, su espalda contra una de las ventanas y él a un pie o dos de ella, dejándole sin forma de correr desde su lugar entre las dos camas.

"Por favor," Kagome se deslizó de rodillas, sus manos sobre su cabeza escudándose de él. Sintió lágrimas reunirse en sus pestañas mientras la dominaba su temor, había estado equivocada, era horrible bajo la máscara, era horripilante. "Por favor, te lo ruego." Susurró ella como último recurso antes de que una gentil voz llenara el aire.

"Kagome?"

Kagome se paralizó, abriendo sus ojos y moviendo sus manos para poder mirarlo. "Huh?"

Inuyasha miraba su rostro viendo sus brillantes ojos, su enrojecida piel, su humedecido mentón, donde algunas lágrimas goteaban, aterrizando en sus rodillas. Tragó horrorizado de que hubiese causado esa cara, que hubiese hecho que la hermosa Kagome se viera tan asustada, tan dolida, tan destrozada. Una ola de ira lo atravesó, rabia consigo mismo, rabia ante toda la situación, abrió su boca para disculparse pero se encontró incapaz de decir lo siento, optando en vez por hablar simplemente de un lugar que sabía era honesto.

"En verdad eres así de estúpida?" Dijo en el aire de la noche llevando una mano para hundirla en sus mechones. "Dije lo que dije y dije lo que quiero decir," le dijo él, "Nunca te forzaré a hacer nada Kagome." De alguna manera se sentía hipócrita por decir eso. "Soy mejor que eso, pensé que ya lo sabías." Se desvaneció avergonzado y apenado.

La habitación quedó en silencio mientras sus palabras flotaban en el aire. Kagome sintió su miedo desaparecer mientras observaba la transformación en él. Se veía completamente diferente a lo que se vio momentos antes, cuando sus ojos se habían teñido de rojo y sus mejillas habían mostrado unas extrañas líneas púrpura. Había sido completamente atemorizante pero ahora—el rojo se fue, las marcas púrpuras habían desaparecido y todo lo que quedaba era el hombre que se había acostumbrado a ver—eso no era verdad—ella había visto esos ojos, esas marcas púrpuras antes en Puerto España—estaba segura aún si su memoria estuviera borrosa.

"Inuyasha?" Susurró en la oscuridad, sin darse cuenta de que lo había llamado por su verdadero nombre, haciendo que el rostro del Capitán se encendiera.

Él tragó, no creyendo que hubiese dicho su nombre, solo su nombre, en el aire nocturno. No podía profundizarlo pero mayormente no podía creer el poder que tuvo sobre su cuerpo el solo sonido de su nombre en sus labios. Se estremeció, se estremeció verdaderamente de cabeza a pies, sus manos y palmas se tornaron sudorosas mientras lo miraba, los labios que habían dicho esa palabra, aun separados de formar los sonidos. Donde el demonio había sido excitado por la necesidad instintiva de procrear con una mujer fuerte y hermosa, el humano estaba excitado por la mujer misma, sentada ante él—diciéndole sólo una palabra, su nombre.

Quería alcanzarla entonces, quería agarrarla y ponerla de pie, quería besarla duro en la boca, quería lanzarla a la cama, quería reclamarla, reclamarla de verdad pero se detuvo, sabiendo que no podría—sabiendo que no era posible. Rápidamente retrocedió, su intención era dejar la habitación, tener un poco de aire fresco pero se detuvo cuando escuchó el movimiento de alguien poniéndose de pie tras él. Lentamente, miró hacia atrás contra su mejor juicio, sus ojos iluminados en su forma mientras lo miraba—ojos hermosos en la suave luz de la noche.

"A dónde vas?" Susurró Kagome en el aire, su voz diferente a la que había usado un minuto atrás, sonaba confundida, estaba confundida.

"Afuera." Respondió cortamente, su corazón palpitaba en su pecho. No estaba seguro de qué era lo que le había pasado en ese momento pero algo había cambiado entre Kagome y él. Algo había pasado cuando había dicho su nombre—una conexión aparentemente se había formado donde antes solo había sido algo potencial.

Desvió su mirada hacia su cama ante la corta respuesta, sus manos retorciéndose en frente de ella. "Pero, tu cama está aquí."

Él tragó. "Lo sé."

"Entonces deberías quedarte y dormir." Se giró hacia él con esas palabras y lo miró, sus ojos expectantes y tímidos.

"Srta. Dresmont, no puedo, tú duerme, estaré en cubierta." Murmuró para ella dándose la vuelta y alcanzando el estuche de su violín, lo levantó mientras hacía su rápida retirada, su sangre demonio salió a la superficie ante la idea de dejarla sola. Quería estar cerca de ella pero no podía hacerlo, no ahora, no con tantas cosas sin respuesta.

Kagome se movió en sus pies y vio el desgastado estuche. "Tocarás como anoche?"

Él se detuvo, girándose de lado para verla. "Sí." Le dijo simplemente mientras su mano tocaba el pomo, bajándolo pero no empujando la puerta.

"Tocarás, de nuevo esa canción?"

Él se paralizó, su corazón golpeaba un poco en su pecho. "Quieres que la toque?"

"Sí, es como una canción de cuna." Le dijo suavemente. "La última vez me despertó pero esta vez—creo que podría dormirme."

Él observó mientras la luna tenue entraba por la ventana, resaltando su figura de pie, sus ojos gachos como si temiera mirarlo. La luna tocaba su piel, haciéndola brillar, tocaba su cabello, haciéndolo brillar, se veía positivamente angelical, un verdadero ángel del mar. "Srta. Dresmont," la llamó. "La tocaré, escucha hasta que te duermas."

Antes de poder responder, abrió la puerta y salió de la habitación, cerrándola tras él. Kagome se sentó en el borde de la cama, sus ojos pegados a la puerta, sus pensamientos acelerados en su cabeza. No podía detener la confusión, no podía detener los extraños sentimientos en su pecho. Qué había comenzado a cambiar, se preguntó, qué la había hecho ver de repente lo que había temido ver antes? Qué había hecho, qué había cambiado?

"Kagome?"

Podía escucharlo, podía ver sus labios formando su nombre en ellos. Lo vio protegiéndola de los borrachos, lo vio en la tierra del callejón revelándole que solo tenía la tierna edad de dieciocho años, lo vio tocando el violín, todo su cuerpo una orquesta, escuchó su dulce voz barítono que tocó su corazón y luego sus recuerdos cambiaron hasta que se encontró mirando una escena que nunca había presenciado. Había una luz, las cenizas de Manten en el fondo de un bote: cenizas a las cenizas y polvo al polvo. Y entonces todo quedó negro, el recuerdo visual se volvió solo un sonido y una sensación, el bote meciéndose, agua chapoteando, humedad en su piel, goteando en su rostro salado, una mano en su mejilla y luego la presión en sus labios—presión y labios que eran tan familiares.

Kagome llevó su mano a sus labios, tocándolos mientras algo tocaba su corazón. "Soñé eso?" Preguntó al aire de la noche, su voz temblorosa dándose cuenta de cómo había llegado el cambio de—

Finalmente había determinado que Sango y sus experiencias eran totalmente diferentes. Donde el enmascarado de Sango había sido horrible, el de Kagome había sido profundo. Sí, él era atemorizante, sí era fuerte y difícil, sí podría matar y asesinar pero esa no era la pura verdad—había más en él, había un hombre que nadie—nadie en el mundo conocía y ese hombre, era un buen hombre, uno joven.

"Quiero conocerlo." Dijo Kagome con convicción en el aire nocturno. "Quiero conocer todo de él." Kagome llevó una mano a su corazón y la sintió rozar contra la gema que descansaba ahí. Jadeó ante el contacto, su mente de inmediato voló hacia Inuyasha quien estaba afuera probablemente ya sentado encima de su cabeza. "Por qué?" Se preguntó tocando esa preciosa gema con sus dedos. "Por qué me la diste a mí? Sé que no recuerdo pero tuviste que ser tú, verdad?" Susurró en el aire. "Pero por qué, la usabas todo el tiempo hasta ahora—por qué me darías algo que usabas todo el tiempo?"

Su mano se desplomó abruptamente de la gema y sus pensamientos se desvanecieron mientras la suave música de un violín parecía rodearla, como una delgada sábana destinada a consolarla. Y lo hizo, la consoló tanto que lloró.

Fin del Capítulo

Dejen sus Reviews

-.-.-.-.-.-.-.-.-

Notas:

Lecciones de japonés: esta lección es de un libro que tengo y está basado en el alfabeto hiragana. Es un alfabeto fonético donde cada combinación alfabética representa un sonido. Además cualquier palabra japonesa puede escribirse de forma que pueda leerse sin tener que recordar cómo se pronuncia la palabra.