SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE
Por Inuma Asahi De
Traducido por Inuhanya
Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desean que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).
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Capítulo Veintiuno:
El Inuyasha de cabello negro
Kagome yacía despierta en la habitación de Sango y Miroku, a su lado en la cama donde normalmente dormía Miroku estaba Shippo y Sango, ambos profundos. No estaba segura exactamente por qué estaba en su habitación esta noche lejos de su propia cama pero, de lo que había escuchado, el Capitán y Miroku tenían unos asuntos que atender que podrían tomar una buena parte de la noche (lo que sea que signifique en realidad). Así que, se le había dicho, en orden de no incomodar el sueño de Kagome, Sango y Shippo, se había decidido que Kagome y Shippo durmieran en la habitación de Sango y Miroku mientras Miroku se quedaba con el Capitán.
Permitiéndose divagar en su mente, miró a su alrededor, sus ojos fijos en Sango, concentrados en la mujer por un tiempo. Contra su voluntad, su mente regresó a la noche anterior y a la verdad de la que se había enterado. La verdad de Sango, la razón por la que había venido a un barco pirata fue todo por el lado vil de la propiedad—un lado que hasta ahora, Kagome no había sabido que existiera.
"Cómo pueden las personas con modales—con dignidad—hacer cosas así?" Se preguntó rodando sobre su espalda mirando al techo mientras la imagen de Sango temblando y llorando se repetía en su cabeza.
Kagome tragó y giró su cabeza a un lado para poder ver el tranquilo rostro durmiente de Sango. La mujer no había dicho nada más sobre el incidente dejando como un tabú el tema de la vida de Sango antes de la piratería. Sin embargo, Kagome estaba segura que con el tiempo Sango le diría todo pero podría tomarle un tiempo reunir suficiente coraje. Así que por ahora, era mejor esperar pacientemente hasta que Sango estuviera lista para hablar.
Sonrió cuando Shippo dejó escapar un ronquido, moviéndose en su sueño, los brazos de Sango abrazándolo como un talismán protector mientras el barco se mecía y navegaba hacia un destino del que Kagome no sabía nada además de que estaba en algún lugar de Norteamérica. Se giró hacia su otro costado, hacia la ventana de la habitación, sus ojos miraban en la oscuridad, una noche negra—una noche sin luna.
Con un fuerte suspiro se sentó en la cama sabiendo que no podría dormir y enfocó sus ojos en esa innata oscuridad, intrigada. Perezosamente se movió, una mano retiró la sábana de su cuerpo mientras la otra la empujaba de la cama poniéndola de pie sobre pies desnudos. Cautelosamente, cruzó la habitación hacia la ventana, sus pies apoyándose en el suelo como de pequeña cuando miraba hacia el mar desde su habitación. Alcanzando la ventana, colocó sus dedos en la madera, se sentía diferente a la mellada madera que había conocido en Port Royal. Se sentía bien.
Inhaló un profundo respiro mientras observaba el escenario ante ella, una escena que no podía ver realmente pero podía experimentar con todos sus sentidos, inexplicablemente. El movimiento de la marea, el aire marino en su piel, el sonido del océano golpeando la proa, el sonido de las aves pasando la noche en el mástil, el sonido de las velas mientras la tela se movía por la brisa, y el olor—el olor del aire limpio de este mundo, un sabor que se duplicaba en su lengua. Cerró sus ojos mientras la escena la inundaba, antagonizándola con su hermosura. Aún si no pudiera verlo la experiencia fue suficiente para hacerla pensar que podía ver. Abriendo sus ojos, miró encima de ella, hacia los cielos y vio las millones de estrellas, en la ausente luz de la luna dejando el asombroso trazo de la Vía Láctea por el cielo.
"Asombroso." Susurró ella en la oscuridad mientras una de las estrellas parecía hacer un lento descenso hacia la tierra al igual que la otra que había visto antes en otra noche hace dos días.
Sus ojos se movieron lentamente mientras la contemplación dominaba cada fibra suya. La canción entró en su cabeza, peligrosa para su subconsciente, "Amor mío a dónde te has ido?" Preguntó ella, repitiendo algo que solo había escuchado una vez pero que recordaba vívidamente. "Me pregunto a quién perdió?" Se preguntó mientras continuaba mirando el cielo nocturno. "En realidad no sé nada de él o de su familia o de su vida fuera de este barco." Suspiró fuertemente en el aire de la noche. "Solo comencé a decir su nombre sin los sufijos apropiados."
Kagome se sonrojó ante la noción y retiró sus manos del alféizar para poder cubrir su ardiente rostro. Le tomó solo un momento darse cuenta que el gesto fue inútil y que no había nada ahí para escucharla o verla. Con cuidado, retiró sus manos de su rostro mirando alrededor como si esperara ver la cara de su madre regañándola por sus propios pensamientos. Tragó casi capaz de escuchar la voz de su madre mientras la reprendía fuertemente por pensar en llamar a un hombre por su nombre. Era indecente e irrespetuoso y no de una dama, nunca se hacía, nunca llamabas a alguien por su primer nombre a menos que fuera íntimamente cercano a ti como un esposo o un pariente y sin embargo—
Kagome mordió su labio mientras su pecho subía y bajaba la gema viéndose oscura sin la luz de la luna reflejándose en su superficie. Miró tras ella a Shippo y a Sango observándolos dormir inconscientes de sus pensamientos atrevidos. "Nadie puede escucharme." Se dijo, el rubor en sus mejillas brillante. "Cuál es el daño si nadie puede escuchar?" Se alentó mientras regresaba sus ojos al alféizar colocando sus manos en la dura madera. "Inu—" Susurró ella en el aire como si intentara probar el sonido desnudo. Siseó fuerte apretando más el alféizar. "Inu—u." El sonido flotaba en el aire, hermoso y fascinante, cautivador, antagónico y aun prohibido. "Inu-u-u." Sintió sus mejillas hacerse más rojas mientras comenzaba a inclinarse más en la ventana como si eso la hiciera hablar más fácil. "Inu-u-y."
Se rindió y cerró su boca. Sin importar lo mucho que intentara, simplemente no podía decir más que solo esa única sílaba, no estaba terminado. Resoplando se regañó, había sido capaz de decirlo ayer, lo había dicho en su cara, entonces por qué no podía decirlo ahora! Sintiéndose frustrada por su inhabilidad para repetir su nombre como lo había hecho antes hizo a un lado la idea. Calmándose al permitirse divagar, otras imágenes de esa noche entraron en su consciente.
"Realmente eres así de estúpida?" Dijo él en el aire nocturno llevando una mano para hundirla en sus mechones. "Dije lo que dije y dije lo que quise decir," le dijo, "Nunca te forzaré a hacer nada Kagome." De cierta manera sintió la hipocresía al decir eso. "Soy mejor hombre que eso, pensé que ya lo sabías." Se desvaneció avergonzado y apenado.
Sus ojos se abrieron cuando regresó a ella ese tinte rojo que había estado en sus ojos y que lentamente había desaparecido con cada palabra que había dicho. La vista la perturbaba, por qué sus ojos se pintaban de rojo? Nunca había conocido un perro demonio que tuviera ojos que cambiaran así de color? Por supuesto, sabía que algunos demonios podían transformarse en otras criaturas y cuando lo hacían sus rasgos como cabello y color de ojos cambiaban de cierta forma pero tuvo la sensación de que no fue lo que estuvo pasando la noche anterior.
Kagome suspiró fuertemente ante la idea, un extraño dolor entró en su mente mientras frotaba sus ojos. La curiosidad que estaba alimentándose no fue rival para su cansado cuerpo y adolorida cabeza. Con cuidado le permitió a su cuerpo hundirse hasta que descansó sobre sus rodillas, su mentón descansó en el alféizar bajo sus brazos doblados mientras continuaba mirando el oscuro paisaje. "Quiero saber todo de él." Pensó permitiéndose cerrar sus ojos, su mente apagándose lentamente. "Pero cómo puedo saber todo de alguien si no puedo hacer que me hable?"
Sus ojos se abrieron de golpe cuando la idea entró en su mente. "Eso no es verdad." Se dijo. "Él me dijo muchas cosas: su edad, el violín, sobre su madre enseñándole. Y él—también me mostró, me mostró quién es." Sonrió mientras su joven sonrisa, dulce y encantadora entraba en su mente. "Eso no fue falso."
Lenta pero seguramente estaba mostrándole un hombre que yacía bajo una muy bien elaborada máscara, construida de los mejores materiales y en las más escrupulosas de las maneras. Y mientras colocaba cada pieza, algo se volvía más y más aparente para ella—el Capitán era un hombre bueno y amable. Pero—mezclado había algo que la asustaba un poco, una idea o posibilidad, tal vez algo que simplemente tenía potencial. El Capitán tenía un lado oscuro, un lado que acechaba detrás de sus ojos, profundo en su psique, un tinte de rojo en una vista normalmente dorada. Era el lado del que se hablaba tarde en la noche en las oscuras tabernas, el lado que era su susurro en el viento, el lado que era una atemorizante historia para dormir a los niños, un lado que podía golpear a un hombre inocente, un lado que podía destruir una persona con una afilada garra—ese lado la asustaba, la simple idea era terrorífica. Tenía el potencial para matar a alguien, para matarla. Lo haría?
"Alégrate de ser especial."
Esas habían sido sus palabras en Puerto España, especial, la había llamado especial. Ella era especial, Kagome era especial y eso significaba que no la lastimaría, lo sabía porque él era mejor que eso.
Él era el hombre que le había comprado una cama para que no estuviera incómoda, el hombre que le había comprado zapatos cuando los de su padre eran muy grandes, el hombre que le dijo su edad cuando no le había dicho a nadie más (incluso al de más confianza de sus amigos) y era el hombre que compartió con ella los secretos más profundos—su amor por el violín y la mujer que lo había iniciado. Era el hombre que se ofreció a enseñarle cómo tocarlo. Eso ya había comenzado a hacer bien en esa promesa y en todas sus promesas.
Distraídamente, Kagome levantó su mano para tocar la joya alrededor de su cuello. "Esto también," pensó mientras sus dedos alisaban la superficie. "Me dio esto también pero no sé por qué." Suspiró y miró al piso, su visión humana apenas capaz de distinguir la forma de la madera entre sus flexionadas rodillas, una leve sonrisa se formó en su rostro. "Debajo de su máscara no es hermoso ni horrible." Concluyó para sí retirando su mano de la joya muy cansada para pensar más en ello. "Él es una mezcla de muchas cosas, cosas profundas y cosas confusas. Cosas que no son horribles pero definitivamente no son puras."
Con esa idea Kagome levantó la mirada de las tablas del piso, su cabeza capaz de alcanzar el alféizar para poder mirar el cielo, a las estrellas. Respiró bajo y profundo, su mente vagaba a temas menos estresantes.
"Me pregunto a dónde nos dirigimos?" Kagome llevó una mano a su mentón pensando profundo. "Sango dijo que vamos a Norteamérica pero necesitamos detenernos el algún lugar en el camino." Golpeteó su mentón, pensativa. "Tal vez iremos a La Española?"
"En realidad nunca me gustó La Española."
Kagome casi se sale de su piel cuando una voz le respondió desde la oscuridad. Miró alrededor, moviendo su cabeza de un lado a otro en la oscura habitación. Podía distinguir a Sango y a Shippo en la cama, ambos aparentemente dormidos. No podría haber sido alguno de ellos, además, la voz sonó más masculina que de niño o mujer. Se sintió temblar ligeramente analizando la habitación, entrecerrando sus ojos para ver en todos los rincones, no había evidencia de alguien en la habitación. Reuniendo su coraje se levantó y miró por la ventana, sacando su cabeza levemente, mirando arriba y abajo, izquierda y derecha—no vio nada.
"Lo imaginé?" Se preguntó en voz alta solo para escuchar una risa desde su derecha.
"No fue tu imaginación Srta. Dresmont." Dijo la voz.
Rápidamente miró a su derecha pero no vio nada aparte de la vaga silueta de la ventana abierta de la habitación del Capitán y lo que podría haber sido una pierna colgando de ella. Arrugando sus cejas en confusión entrecerró sus ojos tratando de distinguir alguna forma o figura conectada a esa pierna pero con sus débiles ojos no pudo ver nada. Inhalando un profundo respiro se calmó, aclarando su asustada mente lo suficiente para darse cuenta de quién era quien le había hablado. "Capitán?" Llamó ella en la corta distancia.
"Sí," la respuesta llegó inmediatamente. "Soy yo."
Ella suspiró aliviada, recostando su cabeza contra el marco de la ventana mientras llevaba una mano hacia su palpitante corazón. "No deberías espiar a las personas." Le dijo arrogante, un poco enervada de no poder verlo mientras hablaba.
Él resopló. "Técnicamente no estaba espiando. Simplemente estaba escuchando." Llamó Inuyasha desde su lugar en su propia habitación, sentado en el alféizar, su espalda contra uno de los marcos de la ventana, sus ojos tan nublados a la oscuridad como los de ella.
"Entonces no escuches a escondidas." Murmuró Kagome por lo bajo suspirando profundamente, su ritmo cardíaco finalmente calmado.
"Lo siento." Llamó el Capitán desde su lugar a unos pies, no sintiéndolo realmente por haberla escuchado, había adquirido demasiada información interesante como para sentirlo. Sin embargo, se sintió mal por asustarla. "No quise asustarte."
Kagome sintió su corazón comenzar a palpitar otra vez ante la suave disculpa, fue dulce, casi entrañable la forma en que se disculpó sin pausa, su voz sonaba verdaderamente apenada. Sintió una sonrisa formarse en su rostro y mordió su labio, alegre de que fuera incapaz de verla desde su lugar al lado. "Está bien. No estaba realmente asustada sólo—sorprendida."
"Sorprendida?" Repitió él con una ligera risa en su voz. "Pude escucharte saltar desde aquí, debió ser unos buenos cinco pies en el aire—como un gato."
Ella gruñó bajo en su garganta. "No salté así de alto, tal vez un centímetro del piso si algo."
Él resopló disfrutando la discusión. "Suena mucho para mí."
"Bueno, alguien con orejas como las tuyas sería capaz de escuchar el más pequeño de los saltos y los piensa gigantes." Espetó ella, su rostro arrugado con su desprecio.
Él sonrió levemente en la oscuridad y levantó una de sus manos para hundirla en su cabello sobre su cabeza, tocando el espacio donde esas orejas deberían haber estado. Cerrando sus ojos dejó escapar un largo respiro bajando su mano por el costado de su cabeza, sintiendo los anormales apéndices que yacían ahí. "Sí," susurró él lo fuerte suficiente para que Kagome escuchara. "Supongo que tienes razón."
Kagome pausó, todas sus réplicas se atascaron en su lengua mientras asimilaba el sonido de su voz, sonaba diferente, no en tono o voz sino en emoción. La naturaleza normalmente brusca de su hablar se había ido, en vez sonaba suave, letárgica, casi desanimada. Tragó, no gustándole este cambio—este nuevo Capitán, este Capitán descontento. Quería saber lo que había pasado, qué había hecho cambiar su hablado, qué lo había hecho sonar—deprimido.
Quería saber qué lo hacía sonar como aquella noche en que lo había encontrado tocando el violín en la cubierta.
"Ese es tu olor?" Preguntó Inuyasha, sus ojos mirándola entreabiertos. "Flores, es el mismo aroma, es tu aroma." Lentamente, los labios del Capitán Inuyasha formaron una sonrisa mientras la miraba, todo su cuerpo en una línea triste.
Su voz ahora, sonaba justo como entonces, suave y triste—
"Srta. Dresmont?"
Su cabeza se levantó de golpe mirando por la ventana, queriendo ver su rostro pero incapaz desde su actual posición en la oscuridad. "Sí?"
"Puedo hacerte una pregunta?" Inquirió Inuyasha, su voz de cierta forma contenida mientras hablaba, temeroso de sus propias palabras, temeroso de su propia vida—su propia herencia—temeroso de las velas y las llamas que podían quemar.
Kagome miró alrededor, queriendo ver su rostro desesperadamente, no entendiendo las connotaciones de sus palabras. Sintiéndose arrinconada, envolvió fuertemente sus brazos alrededor suyo deseando poder asentir para que preguntara pero sabiendo que tendría que escucharla de todos modos. "Adelante." Susurró y esperó.
Inuyasha de cierta forma se movió incómodo en el alféizar, también deseando ver su rostro desesperadamente, queriendo ver su expresión en este momento. Quería observar su gesto mientras se contorsionaba, mientras se transformaba y cambiaba de emoción en emoción y sin embargo—miró el mundo iluminado y sintió irritación en él—en esta forma sus sentidos simplemente eran muy débiles. "Um," trató de hablar pero encontró perdida su voz. "Yo—me preguntaba—bueno."
Kagome escuchaba pacientemente, cada fibra de su ser queriendo verlo, queriendo observar sus expresiones para poder tener alguna pista de lo que estaba por decir.
"Yo—" Una pausa, "Alguna vez has," otra pausa, "Quiero decir—mierda." Inuyasha puso una mano sobre sus ojos, escondiendo del mundo sus negras profundidades. Se sentía estúpido, se sentía ridículo, como un niño que no podía hablar sin tartamudear. "Eres un hombre adulto maldición, solo pregúntale lo que quieres preguntarle!" Pero las palabras no llegarían; estaban atascadas en su garganta, atrapadas por grilletes o cadenas.
Al otro lado de la pared, recostada contra el marco de otra ventana, Kagome esperaba pacientemente, escuchándolo mientras murmuraba para sí, maldiciendo de vez en cuando. Era extraño que no pudiera decir lo que quería decir, y era aún más extraño que no tuviera idea de qué quería decir. Pero de nuevo, cuando uno no podía ver el rostro de alguien era mucho más difícil predecir lo que querían expresar. "Capitán?" Llamó ella en la oscuridad.
Inuyasha se paralizó, su voz una suave palma para su agotada mente.
"Adelante y has tu pregunta." Le dijo Kagome mirando el oscuro mundo. "Lo que sea, la respuesta no será horrible. Preguntarás, yo escucharé y decidiré responder o no. El peor escenario es que no responda, así que qué tienes que perder?"
Él sintió su corazón latir en su pecho ante sus palabras. Ella tenía razón, increíblemente pero pensar en algo así de simple no era normalmente como pensaba. Todo era una compleja serie de eventos con respuestas que podrían terminar terriblemente dependiendo de lo que dijera y cómo respondiera ella. Para Kagome era simple; para él era el honrado acto de colocar su mano en una llama abierta. Y quién se quemaría voluntariamente?
"Será diferente esta vez."
Su corazón de demonio hizo eco en su pecho, un conocimiento instintivo en el que confiaba. Inuyasha respiró profundo listo para hundirse de cabeza en las llamas. "Conocido un mitad demonio?" O al menos un pie.
Kagome frunció sus cejas en su frente, parpadeando unas pocas veces mientras la pregunta llegaba a primer plano en su mente. "Un mitad demonio?" preguntó ella. "Como en una persona que tiene un padre demonio y un padre humano?"
Inuyasha aclaró su garganta suavemente, "Sí," continuó él. "Has conocido uno?"
Kagome pensó por un momento, llevando su dedo a su mentón en contemplación mientras mentalmente analizaba una lista de todos los que conocía, cada conocido, cada amigo, cada persona con quien se hubiese topado en una cena o un juego—no podía recordar a ninguno de ellos siendo mitad de nada. Simplemente no se hacía—los demonios y los humanos se casaban, sí, esto era un hecho pero nunca tenían hijos. Matrimonios, uniones del demonio y el humano, no tenían otro propósito excepto formar lazos sociales entre las dos razas; esas uniones eran hechas bajo la suposición de que ningún niño sería engendrado. Así que conocer a un mitad demonio sería raro, un niño nacido fuera de la lógica de la propiedad, de las convenciones sociales, de todo lo que le habían enseñado. Había conocido a un niño así? "No," le dijo ella pero en secreto deseó que sí, porque ese niño habría sido como ella en muchas maneras, un marginado de la propiedad, alguien que entendiera las restricciones que mantenía. "Por qué preguntas?"
Al otro lado de la pared, Inuyasha sintió su corazón palpitar en su pecho. Kagome Dresmont no sabía que él era un mitad demonio, Kagome Dresmont nunca había conocido uno y él—tenía miedo de lo que haría si lo conociera. "Mitad demonio." La palabra misma lo atormentaba, moviéndose en su cabeza traduciéndose en cada idioma que conocía.
"Hanyou!"
"Hälfte dämon!"
"Μισο-δαίμονα!"
"Mediadaemon!"
"El mitaddemonio!"
"Un demi-démon!"
Los sonidos hacían eco en su cabeza, cientos de versiones diferentes de la misma palabra lo atacaban como si fueran un demonio puro que pudiera despedazar su corazón y devorar su alma.
"Onii-san!"
Podía escucharse llamar a un demonio completo en particular, podía verse ante él, una pequeña mano alcanzando el cuerpo más grande del hombre.
"Onii-san, nani ga hanyou?"
Las palabras se formaron con voluntad propia, salieron para formular la fatal pregunta, "No preguntes," le dijo Inuyasha a la pequeña versión de sí mismo, mientras el pequeño niño miraba a su hermano mayor, sus ojos esperanzados, curiosos. "No preguntes!" Vio al hombre darse la vuelta, vio el odio en los ojos del hombre. Quería alcanzar al niño, escudarlo de la horrible respuesta, de la verdad. Alcanzó por él cuando el hombre abrió su boca pero Inuyasha nunca pudo alcanzarlo así de lejos—hacerlo era cambiar el pasado y no podíamos cambiar el pasado.
"Orokana ikimono wa," dijo él mientras el joven Inuyasha sentía su corazón apretarse en su pecho, "Kûki no kachi, sore wa kokyû."
"Capitán?"
El sonido de la voz de Kagome lo alejó del recuerdo, lejos del hombre, lejos de su voz, lejos de sus palabras. Miró alrededor, estudiando la oscuridad con ojos tan negros como la noche que miraban.
"Estás bien?"
Sus palabras eran gentiles, su voz tranquilizadora. Inuyasha miró sus manos, asimilando la vista de uñas humanas normales, sus garras retraídas por ahora. "Estoy bien." Susurró en la oscuridad.
"No, no lo estás." Respondió Kagome con convicción en su voz.
Inuyasha levantó la mirada de golpe, queriendo ver su rostro ahora más que nunca.
"Qué pasa contigo hoy—esta noche?" Continuó ella, su voz genuinamente preocupada. "Pareces, extraño—no suenas como tú? Estás enfermo?"
Su preocupación lo regocijó y eso lo atemorizó aún más, se preocuparía si supiera la verdad, se preocuparía si le decía? Dejaría de preocuparse si lo sabía? La imagen de alguien que había conocido apareció ante él y su corazón se apretó en su pecho. Los tristes ojos de Kikyo, oscuros como la noche, mirándolo, las palabras en sus labios tan bruscas como las líneas de su cara.
"Mitad demonio?"
Su voz era veneno. Inuyasha cerró sus ojos, alejando las imágenes—el hombre alto y la sakura, la hermosa mujer con la boca cruel y luego una imagen diferente—Kagome Dresmont alcanzando por él. Sus ojos estaban llenos de preocupación, su expresión llena de una belleza que la otra mujer nunca había poseído. "Son diferentes." Repitió una pequeña voz en su cabeza.
"Estás seguro?" Le preguntó, temiendo que sus instintos en esta forma estuvieran equivocados. "Qué si no lo son, qué si ellas son la misma?"
"Haz la prueba."
Respondió la voz. Lentamente abrió sus ojos mientras su voz llegaba a él una vez más.
"Capitán?" Ella sonó en pánico. "Estás bien allá? Háblame!"
Él sonrió ante la orden. "Estoy bien." Le dijo. "Prometo que no estoy enfermo, Yo sólo—tienes razón, hoy no me siento yo."
Kagome mordió su labio ante sus palabras, preocupándose con sus dientes. "Estás seguro?"
"Sí, estoy seguro." Respondió él alistándose para obedecer la sugerencia de la voz. "Puedo hacerte una pregunta más?"
Kagome parpadeó, fuera de base por el repentino cambio de paso. "Um—seguro—adelante."
Inuyasha sonrió en la brisa, sus ojos de alguna manera esperanzados notando el tinte del cielo un poco más claro. "Me preguntaba," comenzó él mientras el optimismo comenzaba a llenar su corazón otra vez. "Si te importaría que te llame por tu nombre como la otra noche?"
Kagome sintió su corazón acelerarse en su pecho. "Yo—" Susurró en el aire, sus ojos comenzaba a ajustarse a la luz del alba que estaba filtrándose en el cielo nocturno. Instantáneamente su mente corrió al día anterior, la noche anterior, cuando su nombre se había deslizado de sus labios. En el momento no había sido capaz de pensar en lo que había sonado o si le gustó o no pero ahora mirando la ocurrencia, encontró que fue—la forma en que lo dijo fue—fue agradable. Era completamente inapropiado pero fue agradable. "No, no me—importaría." Le dijo firmemente, no le había importado en absoluto.
Inuyasha sonrió en la oscuridad notando el comienzo de su cambio de humano a medio, la ligera punzada de poder bombeaba dentro de él, el despertar de su fuerte naturaleza mientras el demonio volvía a la vida entre sus venas. "Te importaría, si continúo llamándote así, al menos—" añadió. "Cuando estemos solos? Quiero decir, no sería apropiado en frente de la tripulación, pero—cuando seamos solo tú y yo creo que estaría—bien."
Ella no pudo evitar la sonrisa que se formó en su rostro—y sin embargo—tampoco pudo evitar la sensación de lo incorrecto. No estaba bien. Los hombres llamaban a la mujeres Señorita a menos que estuvieran casadas y las mujeres llamaban a los hombres Señor, así era como era. Las mujeres solteras nunca eran llamadas por ningún hombre en cualquier otra forma que esta, estaba mal—no se hacía—era una cuestión de respeto. "A quién le importa la propiedad?" Le preguntó una pequeña voz, le dijo. Kagome tragó, la excitación aumentaba en ella ante el prospecto de lo que esto podría significar. "No me importaría," le dijo haciendo que su corazón se acelerara. "Pero con una condición."
Inuyasha sintió su corazón detenerse y derrumbarse en su estómago. "Qué pasa con ella y las condiciones?" Refunfuñó mentalmente, "Cuál es la condición esta vez?"
"Puedo," titubeó solo un momento. "Llamarte también por tu nombre?" Terminó rápidamente, su mentón firme en el aire, una acción que él no pudo ver.
Inuyasha casi se cae del alféizar, todo su cuerpo en un estado de shock, no creyendo que había escuchado esas palabras, pero esperando que las hubiese escuchado correctamente. Instantáneamente su mente se aceleró, enviándolo a otra época, a otro lugar.
"Puedo llamarla por su nombre, Srta. Cummings?" Le preguntó a la chica mientras estaba sentada escribiendo en su escritorio, una carta debajo de sus manos.
Ella dejó de escribir y lo miró, sus ojos parecían contemplar lo que había preguntado. La contemplación no duró mucho, y ella se dio la vuelta de nuevo, sus palabras como fuego para sus oídos, quemándolo. "No creo que sea apropiado Sr. Inuyasha."
Parpadeando varias veces regresó en sí, el dolor de la experiencia pesaba en su corazón pero la sensación de esta nueva experiencia lentamente la llenaba al mismo tiempo. Sonrió en la oscuridad y luego rió fuertemente cuando notó el metafórico amanecer comenzar a elevarse, un cambio de la negra noche que tanto lo había atormentado. "Llamarme por mi nombre."
"Sí." Afirmó Kagome pensando que estaba pidiéndole repetir la condición. "Estaría bien?"
"No." Dijo sin rodeos.
Kagome se infló sorprendida. "Qué quieres decir con no? No te dejaré llamarme por mi nombre si no puedo devolver el gesto. Eso es absurdo—"
"No así," rápidamente trató de corregirse cortando su oración. "Quiero decir, tú—en este momento—me llamarías por mi nombre?"
Kagome parpadeó dándose cuenta de lo que había querido decir, su rostro se ruborizó de inmediato. "Ahora?"
Él asintió rápidamente sintiendo el conocido cosquilleo de su sangre despertando en él. "Estamos solos, no?" Recalcó mientras continuaba sonriendo ampliamente, inclinándose hacia ella tanto como pudo con el alféizar de barrera. "Sólo dilo."
Kagome juntó sus manos sintiéndose positivamente nerviosa. Una cosa era pensar en llamar a alguien por su nombre pero otra muy distinta era hacerlo. Iba contra todo—todo. "Yo—yo—yo no puedo decirlo!"
Él resopló, sus ojos observaban el inminente amanecer mientras el sol comenzaba a asomarse detrás del mar. "Fue tu condición así que cúmplela. Llámame por mi nombre!"
"No," dijo ella con una sacudida de su cabeza, todo lo que le enseñaron la contenía. "No estoy lista!"
"Es fácil, solo dilo, abre tu boca y dilo!" Demandó él mientras su corazón se aceleraba en su pecho, latiendo tan fuerte que estaba seguro que se saldría. Tenía que decirlo, si lo decía cambiaría las cosas—eso probaría que era diferente.
"No voy a hacerlo sólo así." Kagome continuó protestando mientras cada nervio en su cuerpo parecía romperse del estrés de ir contra todo lo que le habían enseñado alguna vez. "No es algo que pueda hacerse por una orden."
"Sólo hazlo!" Presionó él sintiendo el demonio en él moverse, regresar a la vida.
"No!" Protestó de nuevo, sus temores pesaban fuertemente en su corazón.
"Dilo," ordenó él sintiendo la señal indicativa de sus orejas regresando a donde pertenecían. "Sólo dilo."
"No puedo."
"Sí puedes," le dijo mientras se giraba en el alféizar, acercándose a ella, su cuerpo a un peligroso ángulo en el borde de la ventana. "Sólo dilo."
Ella gruñó, la rabia aumentaba mientras sentía la vergüenza, acumulada por años, de contener cada emoción en su mente. Apretando sus dientes trató de contener el nombre pero sin importar cuán duro lo sostuviera, una pequeña voz en el fondo de su cabeza le decía continuamente—déjalo ir—cerrando sus ojos fuertemente hizo lo que le dijo, permitiendo que su nombre dejara sus labios en su susurro. "Inuyasha."
El nombre lo atravesó como una daga, golpeando su corazón, cesando los latidos en su pecho mientras una ola de puro magnetismo lo golpeaba, tirando hilos en su corazón mientras el amanecer cubría el océano Caribe, cambiándolo de humano a mitad demonio, sus orejas de nuevo se movieron en su cabeza, sus colmillos de nuevo punzaban sus labios, su cabello de nuevo de un drástico plateado y sus ojos de nuevo de un dorado hipnotizador. La fuente de energía que lo golpeó fue vigorizante y juró que podría haber corrido alrededor del mundo en ese momento, no solo porque su sangre de demonio hubiese regresado sino también porque su voz diciendo su nombre había sido así de poderoso.
"Kagome." Logró decir, su corazón latía salvajemente, toda su mente emocionada de que hubiese sido capaz de decir lo que la otra mujer no había podido.
A su lado y aún lejos de él, Kagome abrió sus ojos, sorprendida de que el fin del mundo no hubiese llegado en verdad. "Inuyasha." Repitió ella en el aire. "En verdad es así de simple?"
"Lo es, Kagome." Le dijo a través de la pared, mientras inhalaba su aroma habiéndolo extrañado profundamente todo este tiempo. "En verdad es así de simple."
Kagome sonrió, "Me alegra," susurró ella bajamente pero él la escuchó como si lo hubiese gritado. "En verdad lo estoy—Inuyasha."
Su corazón saltó en su pecho. "Kagome."
"Inuyasha." Y con ese último llamado, ambos guardaron silencio mientras una conexión que fue delicada se volvía un poco más fuerte.
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Naraku estaba en la cubierta del timón del barco de su padre, sus ojos miraban a Hiten en frente de él mientras lentamente navegaba el barco justo como su padre le había ordenado. Una sonrisa adornaba su rostro mientras miraba al nervioso Hiten quien actualmente estaba preguntando sobre los fragmentos de la extraña joya que descansaban en la cabeza del demonio, un lento y arduo proceso.
"Shikon no Tama." Las palabras se deslizaron de su lengua, desconocida para sus labios, sus ojos miraban a Hiten mientras hablaba, su voz goteaba con veneno. "Con esos fragmentos, ganas poder?"
"Sí," reconoció Hiten mientras permanecía en frente del hombre al otro lado del timón del barco, todo su cuerpo temblaba con completo y justificado miedo. Naraku Morgan era un hombre de apariencia atemorizante con un demente brillo en sus ojos que hacía estremecer a Hiten, hielo recorría su espina de una mirada a Naraku.
"Por qué los pones en tu cabeza?" Preguntó Naraku girando el barco unos pocos grados a la izquierda, sus ojos buscaban puntos de referencia en el sol de la tarde. Había pasado un poco de tiempo en barcos como un joven muchacho, más joven de lo que era ahora, diez o doce años tal vez, y durante esas veces su padre se había asegurado de enseñarle cómo navegar un barco, cómo leer las mareas, y más importantemente cómo leer el cielo.
Hiten tragó y se movió nerviosamente de un lado a otro. "Cuando las pones en tu carne amplifican tu poder." Lamió sus labios. "Así es como ellos intensifican cualquier habilidad que ya tengas."
Por un segundo, las cejas de Naraku se elevaron hacia su línea de cabello, asimilando esa información tranquilamente, muy tranquilamente. Sonrió pero por el contrario, no hizo movimiento ni dijo palabras referentes a este hecho recién descubierto. Naraku miró la cabeza de Hiten y frunció como si algo hubiese llegado a él. "Tu hermano las tenía también?"
"Sí, tenía dos fragmentos, yo tengo tres." Le dijo Hiten, moviéndose levemente, sus ojos se rehusaban a hacer contacto con Naraku.
Naraku miró a Hiten con ojos confiados. "Ese perro, las tiene ahora?"
"No estoy seguro." Admitió Hiten lentamente, sus ojos se atrevieron a mirar a Naraku, midiendo su reacción. "Todo lo que sé es que él mató a mi hermano, no hubo cuerpo así que no pude recuperar los fragmentos."
Naraku asintió, sus cejas se juntaron recibiendo esta información. "Hm," se encogió, todo en él parecía indiferente. "No hay nada que podamos hacer sobre eso ahora."
Hiten prácticamente suspiró con alivio, su temor inicial dejaba su cuerpo.
"Probablemente ese perro sea muy estúpido para usarlas." Murmuró él girando de nuevo el timón, su rostro inquisidor mientras miraba a Hiten. "Esos fragmentos," preguntó Naraku mientras la vista de su padre llegando a la cubierta bajo ellos captaba sus ojos haciéndolo gruñir. "Alguna vez fueron parte de una joya?"
"De acuerdo a la leyenda," murmuró Hiten notando también al Sr. Morgan. "Sí, alguna vez fueron un todo."
"Y cuál es la historia de la joya?" Preguntó Naraku concentrándose en la vista de su padre y el Sr. Dresmont en la cubierta. No quería que ellos se acercaran por temor a que pudieran escuchar la conversación. "Por qué ahora está en pedazos?"
Hiten tragó. "La leyenda dice que la Shikon no Tama fue creada por un demonio poderoso en orden de controlar el mar."
Naraku frunció aún más sus ojos, sus labios curvados en una extraña sonrisa. "Ya veo, entonces qué la rompió?"
Hiten se movió incómodo de nuevo, mirando al anciano Morgan y al hombre Dresmont, parecían estar hablando suavemente, tomando aire marino. No parecía como si fueran a acercarse a la cubierta del timón. Volviéndose hacia Naraku rascó su cabeza antes de continuar su historia de la legendaria joya. "Bueno, fue asesinado por un grupo de hombres quienes la tomaron y pelearon por ella. Eventualmente la rompieron en pedazos para no pelear."
"Qué triste que un demonio hiciera algo tan—cívico." Murmuró Naraku chasqueando su lengua. "Cómo obtuviste tus fragmentos, Sr. Hiten?"
"Los encontré," admitió honesto. "Accidentalmente."
"Accidentalmente?" Repitió Naraku, sus ojos moviéndose para poder ver a Hiten, todo en él parecía curioso y mortal.
"Sí," tartamudeó Hiten mientras hablaba, "Mi hermano y yo fuimos a buscar un tesoro que habíamos enterrado en la América de arriba y encontramos esos fragmentos en vez."
"Hm," Naraku frunció, si los fragmentos habían sido encontrados por accidente entonces su plan se alteraría grandemente. Necesitaba encontrar esos fragmentos, necesitaba encontrarlos todos tan rápidamente como pudiera pero no había manera fácil de encontrarlos, ninguna herramienta segura que pudiera usar o un mapa, entonces eso sería imposible.
"Dime rápido," gruñó Naraku cuando notó a su padre comenzar a caminar hacia las escaleras que llevaban a la cubierta del timón. "Has escuchado de alguien que sepa cómo encontrarlas?"
"Bueno," murmuró Hiten mirando al padre del joven acercándose rápidamente. "Hay—un rumor."
"Un rumor?" Inquirió Naraku intrigado mientras sus ojos permanecían fijos en su padre que había subido las escaleras.
"Sí," dijo Hiten apresurado en un susurro. "Una anciana que vive en New Orleans, dicen que su familia sabe mucho de la joya."
Esta información sorprendió a Naraku grandemente, mostrándolo brevemente en su rostro antes de fruncir profundamente. "Una familia que sabe de la joya?"
"Sí," Hiten asintió firmemente. "Algunas personas creen que ellos podrían tener un método para verlas."
"De verdad?" Naraku sonrió lentamente ante las palabras. "Si saben cómo encontrarlas," Informó tranquilamente para que su padre no escuchara mientras se acercaba. "Y ese perro las tiene," la sonrisa se tornó en una maliciosa. "Entonces puedo encontrar al perro y los fragmentos."
Con esas palabras suspendidas en el aire, Henry Morgan llegó a detenerse en la cubierta del timón, mirando entre Naraku y Hiten con ojos casi paranoicos. Tras él, aun esperando en las escaleras, estaba el igualmente sospechoso Sr. Dresmont, sus ojos fijos en el joven de catorce años, desconfiado. El Sr. Morgan frotó su nariz extrañamente y dio un paso hacia su hijo quien continuaba navegando como si nada. "Qué están haciendo aquí ustedes dos, Naraku?" Preguntó el hombre, sus ojos mirando entre los dos, de un lado a otro.
"Parecería que estoy navegando, padre." Respondió Naraku despreocupado, sus hombros se encogieron de una manera muy adolescente. "Y por el Sr. Hiten, simplemente estaba haciéndome compañía."
Henry Morgan miró a su hijo, mordiendo su labio levemente mientras veía la apariencia del muchacho, la respuesta no comprometedora, la forma en que sus manos continuaban agarrando el timón manipulándolo lentamente para que el timón debajo diera la vuelta. Parecía desafiante en una forma no verbal como si estuviera emitiendo un desafío. "Ya veo." Morgan dejó salir las palabras de su lengua lentamente no queriendo que Naraku pensara que había aceptado la respuesta tan fácilmente. "Bueno, Sr. Hiten." Él se giró hacia el otro hombre, preparado para hablar con él como originalmente planeó al ir a la cubierta del timón. "Hemos salido de las aguas de Trinidad, a dónde sugiere que vayamos?"
Hiten frunció sus cejas pensativo y miró hacia las aguas, su mente buscando cada posible lugar adonde el Capitán Inuyasha podría dirigirse. Fue entonces que sintió el escalofrío en su espina, cada instinto había dominado su mente. Sintió la urgencia de correr, como si algo increíblemente peligroso estuviera cerca, era la misma sensación que sus ancestros debieron haber sentido cuando se enfrentaron con una cobra—quería volar, los instintos de pelea y vuelo fuertes en dirección de volar pero sabía, que al corretear la cobra florecería y moriría.
Lentamente, Hiten miró el origen de su instintivo temor, el joven Naraku Morgan estaba mirando hacia abajo, transmitiendo a través de unos ojos malvados, ojos llenos con un fuego que erizaban cada vello en la nuca de Hiten.
"Creo que el Sr. Hiten solo estaba ofreciéndome una sugerencia hace un momento, padre." Dijo Naraku aparentando abrasar para transmitir su mensaje.
"De verdad?" Respondió intrigado Henry Morgan mirando expectante de su hijo a Hiten.
"Sí," respondió Naraku por él, desviando la atención de su padre para él. "El Sr. Hiten estaba diciéndome que podrían haber obtenido algo de su hermano, algo valioso que solo puede comercializarse en un área del mundo, cuál era Sr. Hiten?" Naraku volvió su mirada hacia el demonio, sus ojos transmitían un oscuro mensaje—diles o mueres.
Hiten tragó, el calor de la mirada de Naraku descansaba en su rostro, sobresaliendo en su alma. "Sí, yo—um—es—New Orleans. Creo que se dirigen hacia New Orleans. Es el único lugar para comercializarlo." Miró a Naraku, esperando por la aprobación del hijo del Capitán, cuando el hombre sonrió sintió una sensación de alivio, sus instintos le decían que la cobra no atacaría—por ahora.
El Sr. Morgan asintió, sus ojos firmes pero complacidos. "Supongo que es un buen comienzo." Dijo mirando a Hiten con una sonrisa. "Adelante y ajusta nuestro rumbo, nos detendremos en La Española para reunir provisiones." Con eso el Sr. Morgan se giró y bajó las escaleras, el Sr. Dresmont quien había estado callado tras él todo el tiempo se giró y lo siguió, su postura encorvada como si también hubiese sabido que algo increíblemente peligroso estaba acechando en las sombras.
Naraku sonrió desde su lugar en el timón, ajustando su rumbo justo como su padre le había dicho. Fue muy fácil.
A su lado, Hiten miraba, sintiéndose increíblemente pequeño junto a este niño. Era una sensación extraña para él, toda su vida había sido un demonio pirata poderoso, había dominado el sur del Caribe con su leyenda, la gente le temía a su nombre aún sobre su rostro. Miró tras él, asimilando la vista de El Trueno siguiéndolos de cerca. Con su aguda visión podía distinguir a su timonel en cubierta, dirigiendo su barco para seguir al Hopewell exactamente. Cómo deseaba estar en ese barco, donde las cosas eran conocidas, donde él era temido, donde sus víctimas eran los paranoicos y no al contrario. Con un profundo respiro Hiten miró a Naraku Morgan y frunció, sudor bajaba por su entrecejo mientras una idea continuaba repitiéndose una y otra vez en su cabeza:
Cómo un muchacho tan joven podía sentirse tan malvado?
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Varias horas más tarde, encontró a Kagome en el frente del barco Shikuro, apoyada contra una de las barandas mirando el agua bajo sus pies. El barco estaba moviéndose a notable velocidad, apartando el agua como una espada bien afilada por el papel. En la superficie podía ver delfines jugando, saltando del agua como balas de cañón brillantes mientras surcaban las olas. Sonrió felizmente mientras zigzagueaban ante ella, parecían bailar mientras se movían. "Hermoso." Pensó, una sonrisa aun en su rostro mientras el cálido sol de la tarde caía desde el cielo calentando su piel deliciosamente. En ese momento el viento golpeó fuerte y Kagome encontró algunos de los pequeños mechones de su cabello entre sus ojos. Con un resoplo retiró los mechones, aplacándolos con su mano, su irritación clara en su rostro. "Estúpido cabello." Gruñó inconsciente de que estaba siendo observada.
A varios pies, Inuyasha detuvo su aproximación para poder disfrutar de la vista, su mente reflexionaba con interés sobre los mechones de cabello. "Su cabello, ha crecido." Notó con una sonrisa, mirando el cabello ahora levemente más largo, no podría haber sido más que un centímetro o dos y aun—era profundo—mostraba que ella había sido parte de su vida por algún tiempo—casi tres semanas. Brevemente su mente regresó a la noche anterior, a su conversación.
"También puedo llamarte por tu nombre?"
La simple idea de sus palabras lo regocijó hasta lo más profundo, ella había dicho su nombre, había roto la barrera de las clases sociales—lo había hecho cuando dijo su nombre, había cambiado su dinámica. Probó que era diferente a la otra joven. Sonrió ante la idea antes de captar un brillo con su ojo. Siguiendo el resplandor, encontró sus ojos en la gema que colgaba del cuello de Kagome. "No lo ha mencionado." Comentó para sí mientras observaba la pequeña joya moviéndose de un lado a otro mientras el viento la balanceaba así como el cabello de Kagome. "Sé que sabe que es mía," frunció su entrecejo. "Pensarías que preguntaría por qué la está usando," cruzó sus brazos sobre su pecho. "Estoy casi seguro que no recuerda nada sobre Manten—al menos así parece." Resopló sintiéndose cansado de repente. "Mucha mierda a la vez."
"Me pregunto qué isla es?" Preguntó Kagome interrumpiendo sus pensamientos.
Parpadeando varias veces se obligó a continuar dirigiéndose hacia ella hasta que estuvo junto a ella en su lado izquierdo. "Es Cuba." Le informó bruscamente mirando la costa cercana.
Kagome saltó levemente, girándose rápido y sorprendida hacia él. "Qu—" Trató de decir pero sintió un nudo formarse en su garganta mientras asimilaba la vista de su cabello plateado brillando en el brillante sol y sus ojos dorados parecían resplandecer mientras reflejaban la luz alrededor. "Qué guapo." Apenas logró pensar antes de que su rostro se llenara de color y se volteara tímidamente. "Hola," susurró, su voz temblorosa. "Cap—Inuya—Ca um," Se movió nerviosa no sabiendo cómo debía llamarlo. "Esto es um, quiero decir," Tartamudeó ella y cerró sus ojos sintiéndose absolutamente humillada. "Capi—tán."
"Kagome," respondió muy bajo disfrutando de su dulce inocencia mientras se movía de un lado a otro viéndose positivamente adorable y tímida.
Kagome sintió su corazón apretarse en su pecho ante el sonido de su velado susurro, la intimidad de la acción la regocijó mientras sus ojos la miraban con una textura suave y feliz. Inhalando un profundo respiro y dándole una tímida sonrisa, respondió. "Inuyasha," su rostro se acaloró aún más ante la falta de formalidad en su propia voz y miró al piso rehusándose a mirarlo por temor de lo que esos gentiles ojos pudieran hacerla sentir.
"Cómo estás hoy?" Preguntó él, su voz aun suave como si no quisiera ser escuchado.
"Bien y tú?" Preguntó ella en favor de las formalidades si nada más.
"Simplemente genial," le dijo honestamente observándola por el rabillo de su ojo. "Estoy emocionado de ir a Cuba."
Kagome pareció salir de su estupor ante sus palabras, levantando sus ojos para mirarlo sorprendida. "Dijiste Cuba?"
Él ladeó su cabeza levantando una ceja. "Sí."
"Vaya!" Pronunció en shock antes de mirar a la isla. "Vamos así de lejos?"
"Sí," le dijo presumiblemente. "Ese es el poder de mi barco." El orgullo por su tripulación se mostró en su rostro cuando terminó.
Kagome se giró y lo miró recordando toda la conversación que habían tenido alguna vez. Parecía de tiempo atrás—esa primera conversación en Port Royal pero los recuerdos aún estaban frescos y en primer plano en su mente. La forma en que le había hablado del barco, el orgullo que había mostrado al diseñarlo por sí mismo, había sido entrañable entonces así como lo era ahora. "Los hombres están remando?"
"Esa es la única manera de que entremos rápido a puerto." Dijo Inuyasha asintiendo para reiterar su punto. "Casi todas las manos están abajo, excepto los aparejadores y Sango." Movió su cabeza hacia atrás hacia la chica que estaba trabajando en el timón. "Incluso Shippo está abajo ayudando a Miroku; tiene que aprender de alguna manera."
Kagome asintió entendiendo y miró tras ella a Sango en el timón vestida como siempre, con su chaqueta y sombrero de cuatro puntas. Era adecuado, ella de pie en esa ropa en el timón del barco, guiándolos, dirigiéndolos hacia la isla de Cuba.
"Sango es una buena timonel pero odia el trabajo." Le dijo Inuyasha con una risa aireada mientras se inclinaba cruzando sus brazos sobre la baranda antes de descansar su mentón encima de sus antebrazos.
Kagome se giró para mirarlo, dándole una extraña mirada. "Está siendo tan," Luchó por encontrar la palabra correcta. "Diferente, tan familiar como si fuéramos amigos o—" Ella sintió el rubor llegar a sus mejillas una vez más. "A este paso voy a quedar roja permanentemente." Gruñó internamente optando por ignorar su extraño manierismo y se quedó en el tema de Sango. "Por qué lo odia?"
"Es un trabajo horrible." Dijo el Capitán inhalando un profundo respiro de aire salado. "No te puedes mover, solo permanecer ahí todo el día en el timón, dirigiendo el barco, arraigado en un punto." Suspiró fuertemente como si trajera a casa su exasperación con el trabajo. "Yo lo odio."
Kagome asintió en comprensión. "Supongo que debe ser un—um—trabajo horrible." Dijo sintiéndose un poco extraña, no queriendo decir una palabra tan mala. "Entonces vamos para Cuba?" Cambió de nuevo el tema.
Inuyasha la miró por el rabillo de su ojo como si supiera que una vez más estaba cambiando el tema a propósito. Si lo supo, no dijo nada, solo asintió y continuó con la conversación. "Vamos a La Habana, la capital." Le dijo desviando la mirada hacia la isla que estaba formándose ante ellos, "Es uno de mis lugares favoritos en todo el Atlántico."
"La Habana?" reconoció suavemente, "Por qué te gusta tanto La Habana?"
"Una palabra Kagome," Dijo el Capitán, los dos corazones saltaron cuando dijo su nombre. "Ron."
Si Kagome pudiera haber caído de cara en shock, lo habría hecho. "Ron," preguntó ella con una ceja levantada. "Como en el alcohol?"
"Entendiste," dijo Inuyasha con una ligera sonrisa en su cara. "La Habana tiene el mejor ron en el mundo." El Capitán lamió sus labios como si ya estuviese saboreando el sabor. "Créeme, lo sé."
"Esa es la única razón por la que vamos a atracar ahí," preguntó Kagome secamente antes de añadir tímida. "Inuyasha?"
El Capitán la miró, ambos mirándose mutuamente mientras el nombre permanecía en el aire. Una cosa era para el Capitán decir Kagome pero era completamente diferente cuando Kagome reunía el coraje para decir Inuyasha. Casi sonaba sucio cuando el nombre dejaba los labios de la decente mujer pero más importantemente se sentía liberador para ambos. Sonrió tímidamente, la misma sonrisa de dieciocho años que le había dado en Puerto España mientras escribía en la tierra y sacudió su cabeza. "El ron no es la única razón," le dijo enderezándose, estirándose, sus manos arriba de su cabeza y ojos cerrados.
Kagome observó mientras bostezaba, su lengua salió de su boca como la forma de un perro. Vagamente, registró que su lengua era muy larga, más larga que cualquier lengua que hubiese visto. De repente, dándose cuenta de lo que estaba pensando, se sonrojó y desvió la mirada.
El Capitán abrió sus ojos, traqueando su cuello y hombros antes de regresar sus garras a la baranda, aferrándolas ligeramente. "Los hombres necesitan una salida a tierra en vista de que salimos tan rápido de Puerto España." Le dijo, sus ojos firmes mirando al frente. "Y este puerto es un lugar agradable para bajar."
"Es un puerto de diversión?" Inquirió Kagome viendo la isla acercándose rápido.
El Capitán frunció sus labios y miró su perfil, sus ojos captaron los suyos. Se miraron mutuamente por varios minutos, sus ojos fijos, su cabello ondeaba alrededor de su cabeza y cuerpo, el de ella ondeaba solo alrededor de sus sienes y ojos. Lentamente, esa infantil sonrisa pareció hacerse más grande y maliciosa, un pequeño colmillo se asomó debajo de su labio superior.
Kagome sintió su corazón comenzar a latir en su caja torácica, para entonces una sensación familiar. Llevó su mano hacia su pecho, fijándola en el material de su ropa, intentando verse despreocupada pero fallando miserablemente. Por qué era esa mirada? Por qué estaba dándole una sonrisa tan dulce y hermosa, con un colmillo tan adorable?
El Capitán se giró de repente, sosteniendo la baranda fuertemente para poder echarse hacia atrás, su cuerpo suspendido sobre la madera del barco, su cabeza hacia atrás captando la brisa antes de enderezarse rudamente. "Kagome, es una isla llena de ron, el ron automáticamente equivale a diversión."
Kagome podría haber golpeado su cabeza en la baranda pero el sonido de Sango gritando detuvo la acción.
"Capitán!" Gritó la mujer desde atrás y el Capitán se giró para mirar expectante a Sango.
"Qué!"
"Necesito tu ayuda!" Gruñó la mujer, su rostro ligeramente molesto.
"Bien!" Gritó él y luego miró a Kagome con una sonrisa en su cara. "Parece que hemos sido interrumpidos." Dejó escapar un largo suspiro antes de sonreír ampliamente. "Bueno, partir es un dolor tan dulce." Bromeó dándose la vuelta hacia Sango y el timón.
Kagome parpadeó mientras la conocida línea llenaba sus oídos, cada fibra de su ser perseguía su importancia, sólo para llegar a un alto cuando una ironía la golpeó. "Romeo—" llamó ella, "Por qué dices las líneas de Julieta?"
Inuyasha se paralizó y giró su cabeza para mirarla, sus cejas en una apretada línea mientras estudiaba su rostro con interés, como si contemplara una verdad profunda y desconcertante. Finalmente, sonrió y llevó una mano hacia su cabeza, frotando los finos vellos en su nuca.
"Capitán!" Gritó Sango de nuevo, demandando fuertemente atención desde su lugar. "Necesito tu pericia, ahora!"
Él miró a Sango y luego volvió a Kagome otra vez, viéndose extrañamente sorprendido pero aparentemente emocionado. "Estás llena de sorpresas, no es así, Kagome?" Logró decir antes de girarse y alejarse de ella, su deber con el barco y la impaciente Sango lo grandes suficiente para hacerlo dejar su lado.
Kagome sonrió tímidamente mientras lo observaba saltar con practicada facilidad desde la cubierta principal a la cubierta del timón, aterrizando junto a la humeante Sango, "Parece," susurró ella en el aire marino que sacudía las velas, creando un gentil sonido mientras avanzaban hacia su destino actual. "Que estamos llenos de sorpresas, Inuyasha."
Fin del Capítulo
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Los idiomas (en orden de aparición) eran japonés, alemán, griego, latín, español y francés. Esos no son los únicos idiomas que puede hablar Inuyasha ^^
Notas:
"Partir es un dolor tan dulce," es de Romeo y Julieta de Shakespeare, la frase aparece en el Acto 2 Línea 184 y es dicha por Julieta.
La Habana es la ciudad capital y el puerto más grande de Cuba.
