SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desean que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

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Capítulo Veintidós:

La naturaleza de Kagome

Kagome se encontraba en la cubierta del timón del barco Shikuro, Sango tras ella apoyada en el timón. Ya habían atracado en el asombroso puerto de La Habana, la capital de la gran isla de Cuba. Desde su lugar en el barco podía distinguir una incalculable cantidad de personas en el muelle. A diferencia de Trinidad parecía que La Habana no era un lugar de comercio ilegal o al menos no se veía así. Desde su ventajoso lugar en el barco podía ver las asombrosas diferencias que sugerían tal cosa.

Primeramente, no vio ninguna de las mujeres inmorales que había visto en Puerto España. De hecho, las únicas mujeres que veía estaban respetuosamente de los brazos de caballeros o vendiendo mercancías en los puestos que estaban localizados alrededor de varios edificios. Esas mujeres parecían ser buenas, decentes y estaban interesantemente vestidas. A diferencia de las mujeres de Puerto España, que usaban más ropa europea, estas mujeres usaban ropa hermosa, colorida y española con cintura baja y volantes de ondeaban en la parte de abajo. Parecía que el color más popular era un rico naranja pero muchos amarillos y azules también se paseaban en el muelle, en los brazos de hombres recatadamente vestidos.

Segundamente, no pudo ver aparentes intercambios de mercancía de mano en mano. En vez, solo veía la descarga de bienes, el intercambio de precios de bienes aparentemente inocentes entre hombres que mantenían sus cigarros en sus dientes. Vio caña de azúcar y tabaco, algunas especias por el aspecto de los barriles y otros pocos productos comestibles, pero nada tan interesante como semillas de amapola.

Parpadeando rápidamente, se dio la vuelta de la extraña vista en el muelle y eligió mirar la extraña vista del barco. Sentado en un escritorio improvisado de barriles de madera estaba Miroku con Shippo sentado a su lado actuando como su asistente mientras medía y pesaba el oro en frente de todos los hombres. Había pergaminos esparcidos frente a él que usaba para tomar notas y una balanza a su derecha, una serie de pesos puestos en una de sus plataformas y tres pilas de oro en el opuesto. Al lado de la balanza estaba sentado el joven Shippo quien, a la señal de Miroku, era responsable de añadir o sustraer pesos de la plataforma izquierda de la balanza.

Los hombres del barco estaban merodeando a unos pies del improvisado escritorio, imitando a las personas de los muelles aunque su merodeo y holgazanería era por propósitos completamente diferentes. De vez en cuando pausaban mirando al Intendente como si esperaran a que hablara y anunciara cuántas piezas de oro y plata recibiría hoy cada individuo. Solo cuando Miroku permanecía en silencio, sus ojos mirando intensamente los cálculos, se comenzaban a movilizar enojados.

Aun, por el rabillo del ojo de cada hombre, observaban mientras se paseaban, casi espumosos de la boca mientras Miroku le indicaba a Shippo remover un peso. El pequeño zorro obedeció, cambiando el peso por uno diferente mientras Miroku cambiaba las piezas de oro por las piezas de plata no queriendo que el niño tocara el dinero pero bien con el hecho de que el niño estaba manipulando los valiosos pesos. Miroku miraba los pesos, los números puestos en su dirección para poder verlos. Gruñó y lamió la punta de la pluma pegada a su mano antes de depositarla en la tinta y escribir un número. Retiró la mano y estudió el pergamino por varios largos segundos antes de asentirse y remover tres piezas de plata en la plataforma.

Algunos de los hombres rodeándolo comenzaron a susurrar, sus voces completamente tranquilas mientras debatían entre ellos la nueva cantidad de plata en la plataforma. Kagome agudizó sus oídos, tratando de escuchar algo de los susurros rodeando la tripulación pero los hombres no estaban lo cerca suficiente para ella escuchar lo que estaban diciendo. Tenía la sensación de que estaban haciéndolo a propósito, ninguno de ellos quería ser escuchado por temor a las consecuencias.

"Muy bien, hombres," llamó Miroku finalmente, todos los hombres se inclinaron hacia él esperando por lo que estuviera por decir. Completamente interesada, Kagome también se inclinó ansiosa esperando por lo que fuera que Miroku estaba por anunciar. El hombre en cuestión miró el pergamino en el que había estado calculando y sonrió—parecía complacido con lo que estaba por anunciarle a la tripulación. "Parece," comenzó él, mirando a todos los hombres con una sonrisa en su rostro. "Que todo el A.B.S recibirá diez monedas de oro y cinco piezas de plata cada uno de acuerdo a su cuota."

El barco comenzó a aplaudir abruptamente haciendo que Kagome saltara desde su lugar en la cubierta del timón mientras los hombres celebraban felices esta información, elogiando a su Capitán y al Primer Oficial por las amplias ganancias. Detrás de Kagome, Sango sonrió observando a la joven mientras miraba a los hombres asombrada por su explosión. Caminando hacia Kagome, Sango alcanzó para tocar el hombro de Kagome para llamar su atención. Kagome saltó levemente en respuesta y rápidamente giró sus ojos interrogantes pero antes de que una palabra pudiera salir de sus labios, Sango habló.

"Es un buen pago," dijo Sango antes de que Kagome pudiera hablar, las dos caminando para detenerse junto a las escaleras, apoyándose contra la baranda para poder mirar el cuarto de cubierta donde Miroku estaba trabajando.

"Lo es?" Preguntó Kagome en respuesta, sus ojos enfocados en la joven más experimentada.

Sango asintió descansando su mentón en su palma, su codo descansaba en el borde de la baranda mientras se inclinaba cómodamente. "Seguro, la marina sólo les da a los hombres de esa posición cinco por libra a lo sumo." La joven sonrió antes de añadir. "Ellos reciben el equivalente de veinte libras y unos cuantos chelines, me aventuraría a decir."

"Veinte libras?" dijo Kagome sorprendida. Sabía que veinte libras era un salario impresionante. De hecho, su padre solo ganaba trecientas libras en un año y esos hombres de clase baja ganan veinte en cuestión de meses. "Asombroso."

"Lo sé, mi padre solo lograba cuatrocientas libras en un año." Dijo Sango mirando pensativa a su esposo. "Y él era un oficial de alto rango bajo el Rey." La joven esbozó una seca sonrisa ante la idea. "Se mataría si supiera que esos hombres hacen más por trabajar mucho menos."

Kagome observó a Sango en silencio mientras la mujer divagaba lentamente, sus ojos distantes pensando en el pasado. Kagome la observó por varios segundos sintiendo que la ola de tristeza que estaba afectando a Sango comenzaba a afectarla. "Desearía que me hablara sobre eso." Pensó para sí, su corazón alcanzaba a la mujer quien había experimentado tanto. "Solo quiero ayudar." Sacudiendo su cabeza, sabiendo que llegaría con el tiempo, comenzó a dejar divagar su propia mente obligándose a desviar sus ojos de Sango en favor de mirar a los hombres abajo. "Esta vida—" Pensó para sí mirando a esos hombres en la cubierta que celebraban con cerveza y grog. "No es así de mala," cerró sus ojos y rió cuando algunos de los hombres comenzaron a cantar en un idioma que no conocía. "De hecho es muy entretenida." Lentamente, Kagome abrió sus ojos mirando a los hombres abajo mientras un sentimiento de envidia le entraba. "Incluso es un poco atractiva." Suspiró fuertemente. "Estos hombres tienen libertad, pueden beber cuando quieran, comer cuando quieran, reciben mucha paga por su trabajo, mucho más que la gente de la costa." Mordió su labio. "Incluso Miroku dijo que ellos elegían a su Capitán y a su Intendente—eran piratas y tenían democracia," Frunció sus ojos tratando de recordar si esa era la palabra. "Esta vida," pensó Kagome para sí haciendo a un lado el vocabulario. "En verdad no suena tan mal."

"Samuel!" Gritó Miroku buscando por el barco, interrumpiendo a Kagome y a Sango de sus pensamientos. Un hombre de no más de quince se alejó de la multitud hacia el Intendente.

Kagome lo observó desde una distancia, sus ojos fijos en él mientras Miroku contaba una serie de monedas de oro y plata. El joven, Samuel, observaba con cuidado, sus ojos nunca abandonaron las manos de Miroku mientras el Intendente contaba el dinero colocándolo en la balanza para revisar que cada moneda fuera sólida. Mirando alrededor, Kagome notó que todos los hombres del barco estaban concentrados en el conteo de Miroku, observando con completo interés mientras colocaba el dinero en la balanza, observando la balanza subir y bajar hasta que se detuvo ubicándose en una línea recta.

Satisfecho de que el dinero igualara el peso correcto y la cantidad, Miroku asintió y agarró el dinero, empujándolo en dirección de Samuel quien puso el dinero en una pequeña bolsa antes de atarla a su lado. Miroku le indicó a Shippo quien asintió y empujó una lista en frente del muchacho, diciéndole suavemente ubicar sus iniciales junto a su nombre mientras Miroku observaba por cualquier error. Samuel obedeció y luego estrechó la mano de Miroku antes de dejar el barco completamente.

"Anthony!" Llamó Miroku sin más comentarios y esta vez un hombre mayor saltó desde su lugar en un barril e hizo su camino hacia Miroku y su improvisado escritorio, repitiendo el proceso.

"Por qué Shippo está ayudando?" Inquirió Kagome mientras observaba al hombre llamado Anthony recolectar su pago lentamente y firmar su nombre cuando el pequeño grumete le presentó el papel y la pluma.

Sango se encogió. "Miroku dijo que es parte de su educación."

"Su educación?" Kagome frunció sus cejas. No estaba segura de qué tipo de educación estaba recibiendo Shippo si su trabajo era añadir pesos a las balanzas y hacer firmar papeles a los hombres, parecía muy servil.

"Sí, Miroku comenzó de la misma manera," le dijo Sango observando a su esposo. "Aprendiendo a usar la balanza." Señaló el pequeño instrumento. "Aprendes la balanza, aprendes a contar y aprendes a cómo determinar el valor del oro. Es importante si quieres llegar a un rango alto en un barco pirata." Añadió pensativa, "Supongo que el Capitán decidió capacitarlo."

Kagome asintió entendiendo y se giró para mirar al pequeño niño. "Es un buen niño, también muy listo."

Sango asintió en acuerdo. Desde que el niño había llegado a este barco las dos chicas habían sido responsables por su educación o al menos su educación académica. Habían comenzado a enseñarle el alfabeto inglés, un esfuerzo que solo les había tomado dos noches. Después de haber dominado el alfabeto, habían continuado con palabras simples y aprendido el arte de sonorizar las sílabas. Por mucho, solo había sido una semana y ya el niño estaba aprendiendo el arte de leer rápidamente, tanto que Kagome estimaba que el niño sería capaz de leer unas cuantas oraciones y tal vez un libro infantil en solo unas pocas semanas.

"Me pregunto si Inuyasha me dejaría comprarle un libro." Pensó para sí observando al joven Shippo. "Si está interesado en la educación del niño entonces probablemente sí."

Haciendo a un lado las ideas sobre la educación de Shippo, Kagome volcó sus pensamientos hacia su propia educación y sus propias lecciones—lecciones sobre la jerarquía de los barcos piratas. "Y," comenzó Kagome conversadora. "Esos son los A.B.S.?"

"Sí," dijo Sango asintiendo. "En realidad es la forma elegante de decir que no tienen título."

Kagome golpeteó pensativa un dedo en su mentón. "Entonces son solo trabajadores?"

"Manos de cubierta si lo prefieres," Sango se encogió levemente mirando a los hombres. "Pero literalmente A.B.S. significa Cuerpo de Marineros Calificados (Able Bodied Sailors). Son los que hacen cualquier tipo de trabajos, desde fregar y manipular pólvora hasta de aparejador."

"Hm," Kagome tocó sus labios, pensando en las obligaciones en las que había visto a hombres como Samuel y Anthony. "Entonces ellos limpian," comenzó a enlistar mientras miraba hacia arriba pensando. "Y trabajan en el aparejo y los remos," frunció sus labios antes de chasquear sus dedos y mirar a Sango triunfante. "Y los que disparan?"

La mujer esbozó una divertida sonrisa pero asintió. "Eso es," le confirmó antes de voltear a mirar a la multitud. "Algunas veces descargan el barco o cargan las provisiones." Añadió. "Incluso limpian el casco cuando lo necesita."

"Quién sigue," presionó Kagome interesada en el tema. "En la jerarquía?"

Sango sonrió ante su terminología pero no comentó mientras se enderezaba y estiraba. "Los próximos serían todos los compañeros. Tenemos treinta y algo—uno menos desde la tormenta," Sango hizo una mueca y sacudió su cabeza, pensando en el pobre hombre que alguna vez había manejado el timón. Sacudiéndose levantó tres dedos señalando su primer dedo mientras hablaba. "Ellos sirven bajo el Maestre Carpintero Totosai," bajó un dedo. "El Maestre Aparejador Myoga que ya conoces," bajó otro dedo dejando solo uno. "Y el Maestre Cañonero Murphy." Con todos sus dedos cerrados en un puño Sango dejó caer su mano en su costado.

"Cuánto reciben? Es decir," Kagome pensó por un momento reuniendo sus ideas. "Cuántos pagos?"

"Uno y medio." Le dijo Sango mirando de nuevo la cubierta. "Así que recibirán quince piezas de oro, siete de plata y un penique dependiendo del peso." Suspiró frotando su cabeza mientras trataba de explicar. "Miroku puede calcularlo con la balanza," finalmente declaró con un movimiento de su mano. "Es su trabajo."

Kagome sonrió riendo levemente antes de girarse para mirar a los hombres bajo ella, Miroku estaba alcanzándole un pago a un hombre que se veía como un demonio, sus orejas puntudas y su cabello de un extraño color azul—un demonio. "Nunca pensé ver un demonio en un barco pirata." Pensó Kagome para sí apoyándose en la baranda. "Mamá siempre me dijo que los demonios eran de una clase más alta, los gobernantes del mundo—reyes y reinas, duques y condesas—" Se desvaneció observando mientras el hombre de cabello azul retiraba su pago y se dirigía hacia la rampa. "Y aquí otro demonio actuando por debajo de su posición social. Igual que el Capitán e Hiten y Manten." Frunció mirando la multitud. "Y Myoga," añadió antes de que sus ojos aterrizaran en el pequeño niño ayudando a Miroku. "Y Shippo." Kagome mordió el interior de su mejilla. "Es como si todo lo que me dijeron fuera una mentira." Razonó en su cabeza. "Este mundo, no es nada de cómo me lo hicieron creer." Por un momento se sintió inconsolablemente deprimida, deprimida de que le hubiesen mentido por tanto tiempo pero, no había nada que hacer por ahora, todo estaba muy lejos tras ella. Ella no era más la persona que había sido, quien escuchó todo lo que su madre dijo (aunque no así de bien), ahora estaba en una vida diferente. "Una vida mejor." Gruñó ella decidiendo ignorar la punzada de una traición familiar en su corazón, se giró hacia Sango para continuar aprendiendo. "Y después quién sigue?"

"Los tres Maestres: Myoga, Totosai y Murphy." Dijo Sango frunciendo sus labios como si hubiese probado algo amargo. "Todos ellos reciben dos pagos completos."

"Dos pagos?" Comentó Kagome con ojos bien abiertos. "Entonces recibirán veintiún piezas de oro."

Sango asintió. "Te hace sentir enferma, verdad?"

Kagome también asintió en acuerdo. "Quién sigue después de eso?"

"El Capitán y el Intendente." Suplió Sango justo cuando el Capitán salía a cubierta, sus pasos firmes mientras llegaba a detenerse en la luz del sol.

Miroku, Shippo y Sango no se inmutaron ante la llegada del Capitán, ni ninguno del resto de los hombres en cubierta quienes estaban concentrados en el conteo de las piezas de oro, Kagome, sin embargo, se encontró concentrada en el hombre bajo ella.

Observaba, sus ojos fijos en el hombre alto mientras su cabello brillaba reflejando la luz del sol con sus hilos plateados. Era una vista perturbadoramente hermosa: el brillante sol del cielo de La Habana reflejando las surreales trenzas de un demonio. La vista de sus orejas moviéndose sobre su cabeza la hizo pasar saliva. Había algo en la manera en que se movían, la forma en que se giraban en su cabeza, de un lado a otro, asimilando rápidamente todos los sonidos alrededor, la simple vista hizo retorcer a Kagome incapaz de profundizar en la monería del acto.

Sus ojos se desviaron de sus orejas cuando levantó su cabeza y se giró hacia un lado, oscureciéndolas de su vista. Observaba encantada mientras se giraba en su dirección, sus ojos cerrados pero su nariz se arrugó en varias ocasiones olfateando el aire. Instantáneamente, sus ojos se abrieron de golpe, los brillantes irises dorados destellaron brevemente en la luz del sol mientras sus pupilas se hacían más pequeñas, ajustándose a la brillante luz en cuestión de segundos y luego, estaba mirándola.

Los dos se miraron por un momento, ambos analizando los rasgos del otro como si no se hubiesen visto en años, cuando de hecho habían hablado apenas esa mañana. Por varios minutos, permanecieron así, observando al otro como si ambos estuvieran debatiendo internamente qué hacer. Kagome se preguntó si debería saludar o tal vez darse la vuelta. Tal vez simplemente debería sonreír o una sonrisa sería muy poco o demasiado. Tal vez era tan simplista que se ofendería?

Al final, sin embargo, Kagome nunca tuvo tiempo de reaccionar, en vez, el Capitán Inuyasha reaccionó primero al sonreírle y entonces, para su sorpresa, le dio un guiño antes de darse la vuelta, sus ojos dirigidos hacia su Intendente.

"Qué demonios significa eso?" Se preguntó Kagome mientras la imagen del Capitán guiñándole se repetía una y otra vez en su cabeza. Kagome mordió su labio, contenta de que Inuyasha no estuviera mirándola más porque si lo hubiese estado vería la mirada de completo aturdimiento en cada rasgo suyo. Después de todo, un guiño era un gesto extraño, podría significar casi cualquier cosa buena o mala, agradable o malvada, feliz o sarcástica. "Quién en el mundo guiña así?" Gruñó ella, irritada por su propia incertidumbre.

"Qué fue eso Kagome?"

Kagome sintió el color drenarse de su rostro mientras se daba cuenta que había dicho en voz alta su último pensamiento. Girándose hacia Sango, quien estaba dándole una mirada inquisidora, sonrió ruborizada hasta la línea de cabello. "Oh, yo estaba—um," rió nerviosamente mientras luchaba por armar alguna mentira, cualquier mentira que pudiera usar en el momento. "Bueno—"

"Sí," presionó Sango viéndose ligeramente molesta o tal vez preocupada.

"Cuántos pagos recibe el Capitán y Miroku?" Dijo Kagome rápidamente, agradecida de que algo hubiese llegado a tiempo.

Sango miró a Kagome por el rabillo de su ojo, su expresión una de incredulidad. Kagome tragó, tal vez Sango no creía que algo más no estuviese pasando pero lo que fuera que pensara o no la mujer, continuó y respondió. "Cuatro."

Kagome sintió su quijada golpear el suelo, el shock de la respuesta borró sus pensamientos previos, "Cu—cuatro?"

"Mm Hm," Sango asintió y miró al Capitán y a Miroku. "Lo escuchaste, cuarenta y cuatro monedas de oro."

"Increíble." Kagome apenas logró decir, "Ese es todo el dinero de las semillas de amapola."

"Lo sé," Sango sonrió ante la incredulidad de Kagome. "También obtuvimos mucho por el tabaco y la ropa de la marina."

"Asombroso," respiró Kagome mirando a los dos hombres, pasmada. "Quién sabe qué harían tanto dinero?"

"Apuesto que no te diste cuenta que estabas escalando en el mundo, verdad?" Sango le guiñó, un guiño que Kagome entendió ligeramente sucio. "Ser la perra de un pirata tiene sus ganancias."

"Qu—Sango—qu-qué?" Tartamudeó Kagome, intentando responderle a la otra chica.

Sango simplemente sonrió antes de empujarse de la baranda y caminar hacia la escalera. "Vamos," dijo comenzando a bajar las escaleras, su espalda hacia la otra chica. "Tenemos que vestirnos para esta noche."

Kagome frunció sus cejas y miró su actual estado de vestuario. Como se había vuelto su norma, estaba vestida con la ropa de un marinero, una chaqueta decente y un par de pantalones de suave algodón, y por supuesto las botas que el Capitán había comprado para ella. "Pero—en qué nos vamos a cambiar?" Llamo tras la joven en retirada.

Sango se giró y la miró con un dedo en sus labios, silenciando a la joven mientras giraba misteriosamente sus ojos hacia el Capitán y Miroku quienes estaban muy distraídos con su trabajo para notar a las mujeres. Kagome frunció sus ojos ante la silenciosa señal, preguntándose por qué la chica querría esconderles a los hombres el hecho de que iban a cambiarse. Sango sonrió ante la confusión de Kagome y le indicó a la joven que se acercara. Kagome lo hizo, girando su cabeza para que Sango pudiera acceder a su oído.

La mujer se acercó más antes de susurrar, "En momentos como este es cuando podemos ser quienes somos realmente."

Kagome se alejó antes de susurrar tranquilamente en el oído de Sango. "Quiénes somos?"

Sango asintió halando a Kagome tan cerca como fuera posible, sus ojos hacia los hombres para ver si se habían dado cuenta, realmente quería sorprender a Miroku. Afortunadamente, los dos parecían estar en su propio pequeño mundo, mucho para satisfacción de Sango mientras se giraba hacia Kagome. "Esta noche, Kagome," dijo con un brillo en sus ojos. "Somos mujeres."

"Pero no se supone que vistamos como hombres para estar seguras." Razonó Kagome, su propio sentido de auto preservación entró en juego. "Inu—el Capitán no lo permitirá." Se recuperó rápidamente.

Si Sango se dio cuenta no lo dijo. "A él no le importa," dijo mientras arrugaba su rostro y le movía una mano despreocupada. "Me he vestido como una mujer antes en La Habana, sin ningún problema. A diferencia de Puerto España, este es un puerto seguro. Ves a las mujeres allá," Sango señaló hacia las mujeres bien vestidas quienes caminaban de los brazos de varios hombres y las mujeres en los puestos quienes parecían estar haciendo negocios respetables. "La Habana es muy segura," Sango rió nerviosamente mientras añadía. "Comparativamente hablando."

"Qué quieres decir con compara—" Kagome trató de cuestionar pero no tuvo tiempo de terminar desde que Sango ya había comenzado a arrastrarla por las escaleras hacia la habitación de ella y Miroku.

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"Esa fue una buena historia." La adormilada voz de Shippo hacía eco en el aire de la habitación del Capitán mientras bostezaba, "Pero creo que es tonto que sea un gato normal." Frotó sus ojos arruchándose en las suaves sábanas mientras Kagome las subía más para envolverlo, acomodándolo cómodamente.

"Un gato normal?" Preguntó ella acariciando su cabeza, haciéndolo dormir.

"Sí," murmuró él, sus ojos parecían pesados por el suave movimiento de su mano. "Debe ser un demonio gato."

Kagome sonrió gentilmente, su rostro suavizándose. "Un demonio gato?"

"Sí," su voz se hizo más adormilada. "Actúa como un demonio gato. Los gatos normales no hablan."

"Tienes mucha razón." Dijo Kagome mientras continuaba frotando su cabeza observando sus párpados volverse más y más pesados con cada caricia. "Tendremos que hacerlo un demonio gato la próxima vez."

Shippo bostezó, arruchándose en su mano, un suave gruñido salió de su garganta—un lenguaje que Kagome no pudo entender. "Puede tener," otro bostezo interrumpió su oración. "Dos colas?"

"Dos colas?" Rió mientras se agachaba y besaba su cabeza. "Seguro, la próxima vez haremos del Gato con Botas un gato con dos colas."

"Un demonio—" recordó Shippo cerrando sus ojos, abriéndolos brevemente mientras intentaba permanecer despierto.

"Sí, un gato demonio con dos colas." Sonrió ella mientras hablaba, observando sus ojos cerrarse finalmente para bien, para no abrirlos de nuevo hasta que el sol lo despertara a la mañana siguiente.

"Buenas noches, Shippo," dijo Kagome desde su lugar al lado de su cama, sentándose en el borde, Shippo cayó dormido rápido entre las cálidas sábanas.

Viendo que el niño tenía solo seis años (como les había informado recientemente) decidieron que era mejor para él quedarse en el barco y tener mucho descanso para su cuerpo en desarrollo. Shippo había aceptado el arreglo viendo que después de tantos años de servirle a Hiten y a Manten en varios bares y burdeles, realmente no tenía deseo de salir al vasto puerto y conocer su vida nocturna. Así que, con Myoga en el barco para cuidarlo y vigilar al niño demonio (una misión nueva para él), se había decidido que Shippo se quedaría ya habiendo sido alimentado y escuchado un cuento de Kagome.

Así que ahora yacía en la cama de Kagome sonando dormido, agradable, cálido y feliz—seguro y sonoro. Kagome sonrió ante la vista, deleitándose en la segura inocencia del niño, lejos de los horribles hermanos del barco El Trueno. Dicho niño se movió en su sueño, dejando escapar un pequeño chillido, un gentil y sonoro respiro que hizo que el corazón de Kagome se detuviera en su pecho mientras imágenes de otro niño chillando en su sueño le llegaban. Con cuidado, estiró una mano y tocó el fino cabello en la pequeña cabeza de Shippo, haciéndolo a un lado para poder ver sus lindos rasgos durmientes. Una suave sonrisa se formó en sus labios recordando ese otro rostro durmiente y ese cabello negro de otro niño que también cubría sus ojos mientras dormía.

"Souta." El nombre hizo eco en su cabeza y sintió su corazón apretarse ligeramente en su pecho. "Mamá, Papá," se preguntó internamente. "Qué están haciendo ahora?"

Sus ojos se volvieron a la ventana cerrada sobre la cabeza de Shippo y miró la agonizante luz del Caribe, su mente regresó al lugar que había llamado hogar la mayor parte de sus diecisiete años de vida. Un sombrío dolor comenzó en su pecho y se encontró extrañando cosas que nunca pensó extrañar antes. Extrañaba a su padre, extrañaba a su madre—extrañaba la hora del té con Eri, Ayame y Yuka, extrañaba observar los barcos llegar sentada en un barril en los muelles, extrañaba a su hermano y sus travesuras cuando solían jugar. Extrañaba toda su vida y aun—

Kagome miró el hermoso mar, asimilando la vista de las oscuras aguas del Caribe brillando mientras el sol descendía más, iluminando solo el fondo del cielo en un tono anaranjado rosáceo. La vista de un pequeño pez saltando del agua la regocijó por dentro y parpadeó varias veces mientras pequeñas lágrimas de felicidad tocaban sus mejillas. "Por todas esas cosas que extraño," le dijo al oscurecido cielo. "Hay muchas que no."

No extrañaba a Naraku, no extrañaba su ropa, no extrañaba las leyes por las que era gobernado su género. Este nuevo mundo le mostraba que podía ser ella misma, que amaba el mar honestamente pero eso no cambiaría el hecho de que extrañara a su familia. "Pero entonces," susurró Kagome en la oscuridad pensando en todas esas personas que ahora extrañaba. "Me conocían?" Le preguntó al mar. "Mi madre, mi padre, mi hermano, mis amigas—alguno de ellos me conocía?"

Mirándolos ahora, Kagome estaba segura de que la respuesta era no. Sabían que era diferente, sabían que le gustaba el mar, sabían que no era de reglas, sociedad o propiedad pero conocían a la chica debajo de ese acto inicial de rebelión?

Sintiéndose extrañamente triste, Kagome desvió su mirada del mar hacia el rostro del pequeño Shippo. "No." Dijo ella en la desvanecida luz. "Ninguno de ellos me conocía, sólo veían la superficie." Desviando la mirada de Shippo se giró para mirar la habitación que se había vuelto su hogar en cuestión de pocas semanas.

Asimiló la vista de las cortinas rojas, la alfombra, sábanas y cama, asimiló la vista del escritorio y su silla acolchada, las armas, los 'trofeos', asimiló la vista de todo y luego cerró sus ojos. Y con sus ojos cerrados pensó en todo—pensó en Miroku que la trataba como un ser humano con sentimientos y opiniones en vez de una muñeca de porcelana sin cerebro, pensó en Sango quien la escuchaba, quien compartía con ella, quien era afecta a ella, quien era igual a ella, y entonces sus pensamientos se volcaron al Capitán, la imagen de su rostro se formó vívidamente en su mente.

Inconscientemente, levantó su mano y tocó la gema que ahora descansaba alrededor de su cuello, un accesorio permanente en su persona aun si no supiera por qué. "Inuyasha." Susurró el nombre en la oscuridad mientras imágenes de él la llenaba cuando había estado en Port Royal, sus ojos se cerraron deleitándola. El hombre que le había sonreído y escuchado, el hombre que había bailado con ella, besado su mano. Había sido tan agradable, tan amable, la había visto, en verdad la había visto y aun—ese hombre no era el verdadero Capitán Inuyasha.

Sus ojos se abrieron ante la idea y su mano cayó de la gema pensando, en vez, en el hombre que había escuchado de las historias para dormir; el violador, el asesino, el malvado Capitán que podía matar y profanar, el hombre que alguna vez había llevado temor a su corazón mientras escuchaba de su legado en las historias para niños. Kagome se sacudió, llevando sus dedos a su frente para aliviar un inminente dolor de cabeza, ese tampoco era el verdadero hombre.

"Él es mejor que eso." Repitió las palabras mientras veía al hombre de dieciocho años arrodillado en la tierra, calculando su edad en el polvo en aquel callejón. "Es joven." Susurró viéndolo en su mente, volviéndose para mirarla desde su lugar en el suelo, la infantil sonrisa en su rostro.

Cerró sus ojos de nuevo, la imagen del Capitán se proyectó en sus párpados mientras ese lado gentil se repetía una y otra vez para que lo viera. Lo vio mientras hablaba de Miroku, "Miroku era mi grumete pero—ellos tratan a ese niño como un esclavo," la forma en que pausó entonces, su rostro cubierto de gruesos mechones, vio todo de eso como una película en su mente, "Yo traté a Miroku como mi—como un hijo."

La imagen del Capitán cambió y fue reemplazada por otra versión de él que había visto. Ahí estaba, sosteniendo el violín en su hombro, colocándolo bajo su fuerte mentón mientras sus cejas se fruncían en concentración, su cuerpo moviéndose en tándem a un compás propio—una canción propia. Una triste y depresiva canción que la llenó con pena de algo de lo que no sabía nada. Y entonces, su rostro, mientras se giraba silenciosamente hacia ella, "Flores?" Su voz flotaba en el aire mientras asimilaba la vista de su fachada con los ojos cerrados, "Ese es tu olor?"

Entonces todo su cuerpo se había visto triste, un aire de dolor envolviéndolo como un sudario para muertos y duelo. "Un hombre endurecido," respiró ella en el aire nocturno, esa imagen en primer plano en su mente. "No puede verse así." Era verdad, esas expresiones, esa apariencia juvenil, la forma en que hablaba de Miroku, la forma en que tocaba el violín, todo su cuerpo una sinfonía de tristeza, la forma en que la miraba, incluso el guiño de esta tarde, ninguna de esas acciones, ninguna de sus palabras habían sido falsas y si lo fueron—entonces era una ingenua.

Cerrando sus ojos levemente, deteniendo cualquier nueva visión acechando en su mente, trató de imaginarlo como en su leyenda, un asesino, un violador, un criminal. Trató de encontrar algún ejemplo de él en la vida real que soportara al hombre en las leyendas. El primer día en que lo había visto vestido como un pirata llegó a su mente y rápidamente se desvaneció. Había estado actuando en su mejor interés, protegiéndola de un enemigo que acechaba muy cerca en las sombras del barco haciendo lo que sabía la protegería incluso si no le gustaba, lo entendía mucho.

"Aunque no había necesidad de amenazarme." Murmuró para sí recordando la forma en que la había agarrado, el castigo que le había prometido si no obedecía. "Bueno—tal vez debí escucharlo, estaba siendo—" No pudo terminar su idea, en vez, se volcó a otras circunstancias donde una parte más oscura del Capitán había sido revelada.

Se volvió a Puerto España, los dos hombres que había atacado, incluso entonces había sido por ella, por su seguridad. Todo lo que hizo fue para protegerla; marcarla, golpear a un hombre en la cara, empujar a un borracho, comprar sus zapatos para que no se cayera, gritarle porque había saltado frente a un demonio sediento de sangre para salvar a un hombre (aun si pensara que estaba en lo correcto—todo había sido para protegerla).

Parecía que el Capitán era más bueno que malo, su leyenda era solo eso, una leyenda. El verdadero hombre era de lejos más complejo, era educado, era escolarizado, era sabio, era astuto, era ingenioso, era un lingüista natural, era violinista. Y era arrogante y terco y temerario y tenía un temperamento volado—y—y—había leído a Shakespeare.

"Partir es una dulce pena."

Una sonrisa irrumpió en su cara mientras la línea hacía eco en su cabeza. Había leído a Shakespeare—no sabría la línea o entendería su broma si no lo hubiese hecho. En ese momento, pensó que podía verlo, verlo realmente, la persona escondida muy debajo de la superficie que muchos pensaban no existía pero ella sabía—sabía que ahí había un hombre escondido con un pasado desconocido y un intelecto incierto.

"Dónde leíste Shakespeare?" Le preguntó al aire marino que la envolvía, una sábana en la inminente oscuridad de la habitación del Capitán. "Por qué aprendiste?" Sacudió su cabeza y exhaló bruscamente mirando alrededor de esta habitación, viendo las cartas de navegación y mapas, preguntándose dónde mantenía los libros, dónde había escondido a Shakespeare. "Por qué lo escondes?" Le preguntó al hombre ausente. "Quién eres?" Sus palabras fueron una pregunta franca que encendió su curiosidad. "Quién es Inuyasha—" Se paralizó, su lengua inmóvil mientras parpadeaba. "Cuál es su apellido?"

La alarmante revelación la sacó completamente de sus pensamientos poniendo una mano en su mentón, sus cejas una línea de confusión.

"Tiene un apellido?" Se preguntó moviéndose en la cama usando una de sus manos para apoyarse. "Nunca he escuchado su apellido en ninguna leyenda y nunca me lo ha dicho—" parpadeó varias veces. "Aunque quién no tiene un apellido?" Golpeteó pensativa su mentón. "Debería preguntarle, o tal vez a Miroku, Miroku debe saber." Permitiéndose dejar la idea, se levantó de la cama y arrugó su nariz, desacostumbrada a la ropa que estaba usando actualmente. Ropa que no había usado en un mes. Con un suspiro se miró en el espejo que descansaba junto al escritorio del Capitán y analizaba su forma, su mente olvidó momentáneamente su pregunta anterior, dejándola atrás por ahora—algo en lo que pensaría después.

Estaba vestida de la misma manera como las mujeres que había visto en los muelles de La Habana excepto que su traje era de un verde brillante y vibrante con encajes azules que alineaba cada arandela de su parte inferior y en las mangas del vestido. Tenía que admitir que el traje era hermoso, brillante y alegre, elegante en una forma extraña y exuberante. Alcanzó y tomó el vestido subiéndolo ligeramente, sosteniendo la tela lejos de su cuerpo para poder moverlo de un lado a otro. Era extraño usar un vestido sin miriñaque o corpiño debajo. Se sentía libre y aun femenina. Nunca en su vida se había sentido ambas cosas al mismo tiempo. Lentamente, Kagome se permitió mecerse de un lado a otro, viendo su manifestación en el espejo, maravillada por su propio movimiento.

"En Port Royal nunca me hubiesen permitido usar algo tan brillante y colorido," pensó moviendo la tela al tiempo con su propio vaivén, observando los colores ondear juntos, el azul volviéndose verde y el verde tornándose azul. Sonrió ante su propia imagen y luego frunció cuando notó la pequeña gema colgando sobre la parte del vestido que se escotaba bajo. Cautelosamente, levantó su mano observando sus propias acciones en el espejo mientras tocaba la gema con cuidado. "Inuyasha." Le permitió al nombre salir de sus labios mientras tocaba la gema con sus dedos. "Deseo poder recordar cuándo me diste esto?" Observó la gema brillar. "Tuvo que ser justo después de Manten." Concluyó ella. "Pero no recuerdo exactamente lo que pasó." Resopló y soltó la joya de su mano, sus ojos observaban mientras descendía lentamente a su pecho en el reflejo del espejo.

Algo destelló ante sus ojos, de repente unos ojos rojos, furiosos y atemorizantes, todo al mismo tiempo, colmillos caninos enlarguecidos, un destello de plata, un grito, un gruñido y luego silencio.

Kagome parpadeó varias veces regresando en sí, insegura de lo que había experimentado. Parpadeando lentamente, alcanzó la joya una vez solo para titubear y retirar su mano como si no deseara ver otra vez. Respirando profundo, cerró sus ojos y mordió su labio mientras la confusión envolvía su corazón. "Qué fue eso?" Se preguntó abriendo un poco sus ojos y mirando la joya. "Estoy loca o eso," dejó desvanecer su pensamiento por un momento observando el reflejo de la gema. "En verdad pasó?" Sacudió su cabeza y rió. "No, solo soy tonta." Dijo al aire mientras miraba su reflejo en el espejo ignorando deliberadamente la joya en favor de mirar el vestido. "Oh dios," Dijo en voz alta mientras le daba un buen vistazo a la cantidad de espacio separando la joya y el comienzo de la tela. "Siempre fue así de bajo?" Jadeó llevando una mano para tirar la porción de arriba del vestido, la sensación de timidez desvaneció por ahora el desconocido recuerdo.

Tiró hacia arriba la tela tratando de darse algo más de modestia pero sin importar lo que hiciera aún se sentía ligeramente expuesta por el bajo corte en el cuello del vestido. Sonrojándose levemente, solo para sí, suspiró y envolvió sus brazos alrededor de su pequeño cuerpo, mientras miraba en el espejo, más arriba, lejos del vestido y también su rostro—hacia su corto cabello. Alcanzando con una mano, la otra aun abrazando su cintura ligeramente, tocó la punta de uno de sus mechones. Tenía que confesar, su cabello era más largo que hace un mes cuando lo había cortado pero aún, era corto llegando hasta debajo de sus orejas, rizado en las puntas. Sango había hecho su mejor esfuerzo por hacer que su cabello se viera más femenino, añadiendo una corona de flores a su cabeza (de dónde había conseguido las flores Sango, Kagome no estaba segura).

En general, Kagome tuvo que admitir, se veía como una mujer pero aún, la falta de cabello la hacía sentir menos femenina, menos hermosa. De cierta forma, deseaba estar vestida con la ropa de un hombre, había estado más cómoda en ella. Cuando uno estaba vestido como hombre, se dio cuenta, nadie tenía que preocuparse por cosas como el cabello largo o el estilo perfecto o los vestidos perfectos o incluso tener zapatos en sus pies—una idea que todavía la hacía sonrojar de vergüenza del previo incidente en Port Royal.

"Los hombres la tienen fácil." Concluyó ella con un suspiro haciendo a un lado el incómodo recuerdo.

Mirando sus pies, vio sus zapatos, no eran los zapatos a los que estaba acostumbrada—no eran los zapatos de un hombre y definitivamente no eran los zapatos de una mujer inglesa. Eran algo a lo que Sango se había referido como sandalias. Había visto algunas de las jamaiquinas nativas usando algo similar pero nunca se había aventurado a usar el extraño calzado, optando en vez por el tradicional inglés de amarrar ya que sentía que las sandalias la harían sentir expuesta si las usaba. Moviendo sus pies, hizo una mueca, parte de ella le gustaba la sensación de los pies libres y otra, una parte más grande, lo resentía, extrañando estar vestida normalmente—o al menos tan cerca de lo normal como podía.

Estaba por ajustar su vestido por lo que se sintió una centésima vez cuando la puerta se abrió de repente, el sonido de la voz de alguien llegó con ello asustándola.

"Ya estás lista?" Dijo irritado. "Anda, si vamos a comer será mejo—" la voz se desvaneció, muriendo en el aire, evaporándose en nada mientras el Capitán permanecía en el marco de la puerta, sus ojos fijos en ella. Parpadeó varias veces, como si no le creyera a sus propios ojos. "Kago—me?" Inuyasha aclaró su garganta y se giró con leve shock. Sango le había dicho que Kagome y ella iban a vestirse como mujeres para la noche. En el momento no había pensado en nada de eso pero ahora, viéndola vestida en la ropa colorida y de cierta forma reveladora de las mujeres cubanas lo dejaba sintiéndose de cierta forma—fascinado.

Kagome se sonrojó de cabeza a pies, dándose la vuelta del Capitán sus ojos buscaban dónde enfocarse excepto en él. "Sí—?" Se desvaneció no queriendo decir 'Inuyasha' por temor a avergonzarse pero definitivamente no queriendo llamarlo Capitán.

Inuyasha tragó saliva, sus pensamientos continuaban mientras la miraba, apreciando totalmente el trabajo de Sango. Kagome estaba absolutamente hermosa, sus curvas aparentes en el vestido tradicional de Cuba, los colores brillantes una impresionante similitud con su brillante personalidad, el azul resaltando su amor por el mar, el verde ejemplificando su gentil cualidad terrestre. Y su cabello—sus cortos rizos eran maravillosos con la pequeña corona de flores colocada sobre ellos. Sus pequeños rizos negros sobresalían sobre el amarillo de las hermosas heliconias como si fuera una enredada parra buscando algo en qué enredarse. El rubor en sus mejillas solo añadió a esa innata inocencia tosca una sexy cualidad en ella, mostrando su juventud y salubridad. Era una mirada que solo Kagome podía tener—ser tan sexual y curvilínea y deliciosa mientras mantenía aún una apariencia tan pura y delicada. Simplemente era asombrosa, absolutamente maravillosa y aparentemente hermosa.

Él le sonrió mientras sus ojos descendían y se paralizó cuando notó la pequeña joya brillando contra su dulce y bronceada piel. Tragó mientras sus recuerdos se dirigían a otro par de hombros desnudos y a los de Kagome. También podía verla de pie mientras se colocaba su vestido, esa gema colgando alrededor de su cuello, cerca al seno que había tocado. Sacudió su cabeza alejándose del recuerdo mientras miraba a la joven en frente de él, queriendo verla solo a ella. "Kikyo nunca usó algo tan brillante." Frunció ante su primer pensamiento incapaz de detenerse mientras aparecían más. "Siempre fue tan oscura, profunda y depresiva." Frunció su mirada. "Siempre parecía tener esta perturbadora y sombría perspectiva de la existencia desde el primer momento en que la conocí. Kikyo nunca conoció la misma alegría que Kagome naturalmente sí."

Con cuidado, como si temiera lo que pudiera ver, Inuyasha miró los ojos de Kagome medio esperando ver ese mismo perturbador conocimiento que Kikyo siempre había escondido en lo más hondo de sus ojos. Pero cuando miraba en los ojos de Kagome Dresmont, no veía ese mismo conocimiento oscuro, no—esos ojos grises eran un mar, un mar vasto y cautivador. Los miraba, casi inhalando mentalmente la vista de la tormenta que yacía dentro de ella. Era tan diferente de los ojos negros que recordaba de la otra chica tanto tiempo atrás. Los ojos de Kikyo habían sido como una noche sin luna, un lugar sin esperanza, de desesperación, de muerte, de destrucción, de infelicidad. No había habido luz en sus ojos—ninguna.

Y viendo los ojos de Kagome ahora, llegó a una extraña revelación. Los ojos de Kagome no eran el opuesto de los ojos de Kikyo pero tampoco eran lo mismo. Eran grises, una mezcla de lo que es negro y blanco, los ojos de Kagome eran una tormenta turbulenta, moviéndose entre un estado de paz y felicidad a otro estado de caos y desamor. Ellos eran ojos que veían dos lados de una moneda. Veían lo bueno de las cosas, veían lo malo de las cosas pero lo que sea que vieran bueno o malo siempre querían ver si ese bien podría cambiar, si eso malo podría cambiar. Era como si, Kagome pudiera ver ambas, lo malo en las personas y lo bueno en las personas y como si supiera que ambos, un hombre malo y un hombre bueno pudieran cambiar fácilmente y volverse su opuesto.

Los ojos de Kagome sabían la verdad, sabían una verdad absoluta que los ojos de Kikyo nunca habían sabido. Kikyo solo podía ver lo malo, solo podía ver mucho en la vida y no crecer más allá de eso. Kagome—Kagome—sabía que podía cambiarlo, se dio cuenta que nada estaba grabado en piedra, que el mundo era algo maleable, tangible e incluso cambiante y todo eso yacía profundo dentro de sus nebulosos y tormentosos ojos grises.

Como si saliera de un trance, Inuyasha sacudió su cabeza, alejando de él las complicadas ideas. "Sólo son ojos." Se dijo a sí mismo sarcásticamente antes de mirar de nuevo a Kagome, esta vez enfocándose solo en la expresión del rostro de la joven—se veía dudosa como si estuviera preocupada de que hubiese permanecido en silencio por mucho tiempo. "Um—nos vamos a cenar. Shippo está en la cama?" Su voz sonó como un chico preadolescente para sus propios oídos—ese conocimiento lo hizo fruncir.

"Sí," respondió ella moviéndose incómodamente de un pie a otro. "Cayó dormido al segundo que tocó la almohada."

"Bien." Dijo Inuyasha, sonando más varonil esta vez. Los dos permanecieron en silencio por unos momentos, el Capitán rascando la parte trasera de su cabeza y Kagome meciéndose ligeramente, sus manos juntas en su espalda. "Bueno," finalmente habló mientras sus ojos miraban algo al otro lado de la habitación, en la dirección opuesta desde donde estaba Kagome. "Supongo, que debemos ir al pueblo, Miroku y Sango están hambrientos y—nosotros—" La miró por un momento, sus ojos intensos mientras la analizaba como si debatiera algo para sí. Luego lamió sus labios y se dio la vuelta, sus orejas presionadas en su cabeza mientras se movía—aparentemente nervioso. "Debemos irnos."

Kagome habría reído ante su nerviosismo si no se hubiese sentido tan nerviosa. "Sí, deberíamos." Con valentía, caminó hacia la puerta, hacia él—pasándolo y hacia el corredor, su corazón palpitaba contra su caja torácica cuando hizo breve contacto con su hombro. Antes de poder avanzar hacia la habitación de Sango y Miroku, su suave voz acarició sus oídos.

"Kagome."

Ella se detuvo, paralizada mientras la llamaba, su voz no una pregunta ni una demanda o declaración. "Sí?" Preguntó ella, girándose de lado para poder verlo.

Él tragó visiblemente, haciéndola pausar. "Te ves," se congeló y ella observó mientras desviaba sus ojos en cada dirección posible excepto hacia ella, un hábito nervioso que llegaría a asociar con la alta incomodidad con sus propios sentimientos. Levantó su mano y rascó la parte trasera de su cabeza, otro hábito nervioso que llegaría a reconocer mientras las semanas se volvían meses. "Bueno," tomó un profundo respiro y se obligó a mirarla. "Te ves—" Su resolución pareció debilitarse desviando la mirada, sus labios apretados mientras le fallaba su coraje. "Como una chica."

Kagome permaneció inmóvil, sus ojos miraban al Capitán, insegura de lo que significaba. "Um," trató de hablar pero en realidad no encontró las palabras. Los ojos del Capitán finalmente dejaron de moverse y aterrizaron en ella como si la retara a enojarse con él o a decir algo negativo. "Gracias—supongo." Añadió tranquilamente, sus ojos parecían confundidos e incluso felices mientras miraban los suyos, un turbulento mar que para el momento estaba en calma.

Él asintió y luego su rostro pareció como si pudiera haberse sonrojado mientras se movía de un pie a otro pero Kagome nunca estaba segura. "Como sea, vámonos." Con eso, la pasó apresuradamente, cerrando la puerta a su salida caminando hacia la puerta de Sango y Miroku.

Kagome permaneció paralizada en su lugar insegura de cómo reaccionar pero sabiendo que no debería molestarse. Toda la situación era irreal para ella, completa y totalmente irreal. Este era el hombre que se supone era un pirata sanguinario y aun, otra vez, estaba probándole que solo era un muchacho como cualquier otro—torpe y tímido. La idea la hizo sonreír, sólo era un chico normal, un buen chico, que era reservado e inseguro al punto de ser casi compasivo. Comenzó a reír—era loco, el gran pirata Capitán Inuyasha, cuya leyenda decía que te mataría antes de mirarte—simplemente era como cualquier otro hombre, un hombre típico, un hombre como cualquier otro, "Qué es un nombre? Aquel por el que llamamos una rosa, cualquier otro nombre olería igual de dulce." Recitó en su cabeza, "Cuánta razón tenías, Shakespeare."

Sus labios se fruncieron y una risita más fuerte se escapó de su garganta haciendo que el Capitán se detuviera y la mirara.

Sus orejas se presionaron contra su cráneo, lo que hizo más grande su diversión. Él arrugó su nariz, un ligero gruñido salió de su garganta mientras la irritación brotaba de él por olas. "Oi, por qué te ríes esta vez?" Ladró (literalmente, al final de la oración) y luego cruzó sus brazos sobre su pecho, resoplando con irritación. "Oye! Me escuchaste? De qué te ríes?"

Kagome asimiló la vista de él de pie con sus brazos cruzados sobre su pecho, su nariz apuntando arrogante y sintió sus labios moverse. La situación realmente estaba golpeándola ahora, tomando control de ella de la cabeza a los pies. Este hombre—este hombre alto, fuerte y temido, este hombre que podía matarla sin pensar en una razón, cuya leyenda solía asustarla de niña—este hombre estaba justo en frente de ella, orejas presionadas en su cabeza y labios apretados con irritación. No era del todo malo, era un hombre normal con reacciones normales. La simple idea hizo que la sonrisa finalmente explotara en su cara, las suaves risitas se volvieron carcajadas mientras cubría su boca con una mano y apretaba su estómago con la otra.

"Oi?" Cuando ella no respondió, él descruzó sus brazos y ella juró ver el vello en sus orejas erizarse. "Kagome." El sonido terminó en un gruñido, un gruñido muy agudo.

Kagome respiró profundo mientras pensaba de un ruido como ese viniendo de un corsario violador y asesino. Las carcajadas comenzaron a hacerse más fuertes, contenidas tras su mano—era imposible.

Sus orejas se aplastaron en su cabeza y gruñó levemente, sus manos se desplomaron a sus costados, frustrado antes de dejar escapar un gimoteo, un verdadero gimoteo como un pequeño cachorro rogando una galleta. "Basta!"

Esas palabras fueron como un estallido y comenzó a reír, su voz resonando alrededor, como una campana chillando en sus oídos. La observó, su primera reacción fue gritar, obligarla a dejar de reírse de él, agarrarla y sacudirla hasta que la risa se detuviera pero mientras alcanzaba por ella, mientras comenzaba a dejar que su rabia tomara el control, la vio abrir sus ojos.

Esa turbulenta calma estaba llena con una emoción que había visto en su rostro solo un puñado de veces—absoluta alegría, innata felicidad, una actitud despreocupada que solo Kagome Dresmont podría tener.

La llenaba, dominando esos ojos grises haciendo que pequeñas chispas de luz tocaran sus pupilas y entonces—una sonrisa se formó en su rostro, tan brillante que hizo que esos ojos parecieran brillar como si creara una inherente alegría. Esa alegría se expandió sobre ella, tocando cada parte. Y todo eso, la alegría en sus ojos, esas chispas en sus pupilas, esa absoluta ovación en sus labios—todo eso—fue causado por él, dirigido hacia él, era por causa de él.

Por primera vez en mucho tiempo, Inuyasha sintió que había hecho algo bueno. Haberle causado esa sonrisa, haber causado esos ojos brillosos, haber causado ese placer eufórico—nadie podría ser indigno si podía causar eso.

"Lo siento." Dijo Kagome a través de esa nube de felicidad. "Toda la situación me golpeó." Secó sus ojos, limpiando lágrimas que habían comenzado a reunirse ahí. "Es tan extraño."

Inuyasha observó mientras esos alegres ojos se iluminaban en él, llenos de líquida alegría mientras manos gentiles removían los rastros de ellas. Su corazón se sintió un poco más ligero en su pecho ante la vista y le permitió menguar a la rabia.

"Tú eres extraño." Le dijo finalmente, la sonrisa expandiéndose, sus ojos cerrados, su cabeza ladeada mientras otra pequeña carcajada se le escapaba.

La espalda de Inuyasha se tensó con irritación ante sus palabras pero no se permitió enojarse de verdad. "Tú eres la extraña." Le dijo alcanzando para golpear la puerta de Sango y Miroku, el sonido hueco para sus orejas. "No sé por qué te soporto." Le dijo secamente. "Siempre riendo por estupideces." Gruñó y golpeteó su pie, esperando impaciente a que alguien respondiera la puerta.

Miroku abrió la puerta de su habitación y la de Sango. Miró entre la sonriente Kagome y el tenso Inuyasha y sonrió. "Qué es esto?" Preguntó él con un inusual acento británico.

"Justo lo que parece." Dijo el Capitán con leve irritación en su voz (un gesto forzado para mantener su dignidad) mientras cruzaba sus brazos sobre su pecho y miraba al joven Miroku.

"Exactamente qué es lo que parece?" Miroku pareció pensar por un minuto, cerrando sus ojos mientras echaba hacia atrás su mentón y lo golpeteaba con su dedo índice. De repente, sus ojos se abrieron de golpe y chasqueó sus dedos haciendo que todos levantaran una ceja. "Una joven mujer riéndose de ti?"

Inuyasha miró a Miroku. "Jódete." Le dijo con un gruñido.

Miroku rió junto con Kagome mientras pasaba a su figura paterna y le sonreía a Kagome Dresmont, sabiendo ahora más que nunca que esta joven mujer iba a encajar muy bien con su improvisada familia. Con esa idea, estiró una mano, tomando la de Kagome en la suya, la malicia de ser el hijo de su padre fuerte en su corazón. "Vaya," dijo él dándole la vuelta una vez para darle un buen vistazo. "Si no fuera por mi adorable Sango, me atrevería a decir que me habría interesado en ti, hermosa dama."

"Sr. Miroku!" Kagome se sonrojó toda pero rió al mismo tiempo mientras el Capitán gruñía bajo en su garganta.

"Mueve esa mano o la pierdes, cachorro." Gruñó Inuyasha con sus ojos fruncidos.

Miroku simplemente rió mientras Sango llegaba tras él. La mujer cruzó sus brazos sobre su pecho, alcanzando para sujetar la oreja de Miroku. "Vamos, amante bandido," ordenó sacándolo de la habitación.

"Sango, eso duele!" Se quejaba Miroku mientras la mujer lo arrastraba por el corredor.

Kagome observó con su brillante sonrisa aun fija en su rostro, la risa aun resonaba en su interior. Y a su lado, observando con ojos fijos estaba el Capitán. Permaneció en silencio mientras veía su incandescente sonrisa, la manera en que ladeó su cabeza ligeramente, y la forma en que su rostro se iluminaba con todo su deleite.

Sin su consentimiento, una lenta sonrisa comenzó a formarse en el rostro de Inuyasha, una sonrisa tan pequeña que era difícil decir si estaba ahí pero era una sonrisa nada menos. Y mientras continuaba observándola, mientras la veía caminar hacia Sango y Miroku, encontró su corazón aligerándose aún más en su pecho. Incluso después de tantos pensamientos conflictivos y emociones turbulentas que había estado teniendo en los pasados días, aún lo sintió más ligero.

Porque, al final, era fácil sonreír; después de todo, Kagome Dresmont—su alegría—su felicidad—su dicha—su naturaleza—todo eso era contagioso.

Fin del Capítulo

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Pagos en un barco pirata – no hay mucha evidencia que nos diga el estándar para los pagos de los piratas, sin embargo, Bartolomeo Roberts, también conocido como "Black Bart" o "Black Barty", incluyó en su Código de Conducta para los miembros de su tripulación una descripción detallada de cuántos pagos recibía cada hombre.

ARTÍCULO X – EL Capitán y el Intendente deben recibir cada uno dos pagos de una recompensa, el maestre artillero y el contramaestre, un pago y medio, todos los otros oficiales uno y un cuarto, y los demás un pago cada uno.

Por supuesto, lo modifiqué en este fanfiction, considérenlo como libertad de autor o algo así.

El Gato con Botas es un cuento que fue publicado originalmente en Francia por Charles Perrault en el primer libro infantil, "Histoires ou contes du temps passé (Cuentos e historias del Pasado con Morales)" en 1697, mejor conocida como el original Cuentos de Mamá Gansa. Fue traducido al inglés en el año 1729 por Robert Samber.

Hecho divertido: la razón de que tengamos a Mamá Gansa es porque en la impresión original en Francia por Charles Perrault, la ilustración de la portada del libro era una mujer leyendo los cuentos a tres niños. Debajo de la ilustración estaba la inscripción "Contes De Ma Mere Loye" o "Historias de Mamá Gansa."

Un vestido de rumba, la Bata Cubana, es un traje tradicional de las mujeres usados en fiestas y otro tipo de celebraciones en Cuba. Los colores, los volantes y el material son una mezcla de influencias africanas, españolas e incluso francesas (Esto es lo que Kagome y Sango están usando.)

"Qué es un nombre? Aquel por el que llamamos una rosa, cualquier otro nombre olería tan dulce," es de Romeo y Julieta de William Shakespeare, Acto II, Escena II, Líneas 45-46.