SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE
Por Inuma Asahi De
Traducido por Inuhanya
Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desean que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).
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Capítulo Veintitrés:
Una taberna en La Habana
Kagome nunca antes en su vida había estado en una taberna. Apenas si había estado por fuera así de tarde en toda su vida, pasadas las once en punto. De hecho, podía contar con una mano la cantidad de veces que le habían permitido quedarse afuera después de oscurecer cuando vivía en la coraza del hogar paterno, en los confines de Port Royal. Una vez había sido por la boda de un amigo de la familia, una ocasión aburrida y pomposa que después tuvo una cena que solo duró hasta las diez de la noche. Otra vez le habían permitido quedarse por fuera hasta las diez y treinta por la boda de su amiga Eri, lo mismo para la de su amiga Yuka y luego para la de su amiga Ayumi. Recientemente le habían permitido estar hasta tarde una vez más, la última vez sus padres habían dictado un toque de queda para ella.
Esa vez, no hubo boda o fiesta, le habían permitido salir por su invitación a cenar con el Capitán de un ficticio barco de la Armada y por consiguiente un Capitán ficticio.
Ese evento había sido respetuoso, solemne y lleno de propiedad, habían comido como damas y caballeros, habían tomado todas las precauciones apropiadas y vestido de la forma más delicada. Pero eso fue en el pasado y a diferencia de esas bodas, a diferencia de esa mesa de su primera cena con esta tripulación pirata, este evento—su actual lugar para cenar—estaba lejos de ser solemne, decente e incluso cortés.
El salón estaba lleno de espeso humo de cigarro que nublaba sus pulmones y visión, flotando en el aire como una niebla de ceniza volcánica venenosa. Estaba lleno junto con el olor a alcohol y el sonido de vidrios estrellándose mientras hombres y mujeres hablaban en voz alta por encima de la ensordecedora música de un extraño cuarteto (el cual estaba tocando instrumentos que no reconoció), sonido que hacía timbrar sus oídos en su cabeza.
El aroma de su comida también estaba suspendido en el aire, acechando y mezclándose con el olor de tabaco y de ron cubano. La combinación ahogaba sus sentidos mientras la gente comía, mientras la gente bailaba en tanto otros aún no habían terminado con la cena, mientras hombres se les proponían a las mujeres, mientras las mujeres se les proponían a los hombres—esas personas—esas personas riendo y bailando felices—no eran como nada que pudiera imaginar o creer ver.
Eran un grito lejano de las personas que había conocido en su hogar. Su hogar había sido un lugar tranquilo para cenar, un lugar lleno de arreglos con servilletas, tenedores alineados en filas, esta cuchara para esto, un cuchillo en la mano derecha y un tenedor en la izquierda, comiendo solo trozos del tamaño de una uña, limpiando solo las comisuras de la boca después de cada bocado, y una copa de vino que era perfectamente distintiva de las copas de agua—sin señales de alguna otra bebida para beber.
Estas personas no comían con esos modales a los que fue acostumbrada, incluso en el barco pirata comían más civilizados que aquí. Usaban servilletas, este lugar no tenía ninguna, la gente simplemente limpiaba sus manos en sus pantalones o las damas en los bordes de sus faldas. En el barco tenían una cuchara, cuchillo y tenedor, en este lugar simplemente había manos, una mano por cuchara y una mano por tenedor, y los dientes por cuchillo. En el barco incluso tenían copas de vino, tenían unas para cerveza y también para agua pero aquí en este bar, esta taberna, no habían copas de vino solo jarras de cerveza y vasos para ron y otros licores.
Y el Capitán, Sango y Miroku—se acoplaban bien aquí.
Kagome los miraba mientras comían, usando trozos de pan como cucharas para poder disfrutar lo que el Capitán se había referido como arroz amarillo y frijoles, aparentemente el festín tradicional de los cubanos. Observaba casi gravemente interesada mientras el Capitán, sentado al otro lado de ella, aplanaba un pedazo de pan con sus dedos hasta alisarlo antes de llevarlo a su tazón y sumergirlo, sacándolo hasta que una cantidad de frijoles descansara encima. Rápidamente, asegurándose de que no se cayera nada, lo metió en su boca, masticando su propia creación con una feliz sonrisa en su rostro.
Con cuidado, Kagome miró su comida sin tocar, su deseo por un cuchillo y un tenedor era tan fuerte que estaba segura de que todos a su alrededor podrían escuchar la idea proyectada en sus cabezas. Respiró profundo y mordió su labio, el deseo por una servilleta también aumentó imaginando la comida en sus dedos—era antihigiénico, estaba mal, no se hacía.
"Psst?"
El sonido la hizo pausar y rápidamente volvió su cabeza en dirección de Sango quien estaba mirándola con una sonrisa gentil. "Sango?" Preguntó suavemente pero aún lo fuerte suficiente para que la joven pudiera escucharla por encima del ruido alrededor.
Sango sonrió y rotó sus hombros. "Las primeras veces siempre son las más difíciles." Le dijo mientras alcanzaba al otro lado de Kagome en la más incívica de las formas y tomaba una pieza del pan de Kagome en la mesa. Con cuidado, lo moldeó de la misma manera que el Capitán, siendo cuidadosa de dejar arriba las puntas como si estuviera haciendo un barco de juguete para flotar en una ola. "Confía en mí," dijo ella mientras continuaba moldeando el pan. "Es comida buena." Murmuró mientras terminaba el pequeño tazón de pan, estirándolo hacia Kagome para entregarle la improvisada cuchara. "Dale una probada."
Kagome miró la pieza de pan en la mano de Sango, sus ojos fijos en las marcas de dedos en la masa amarilla. Tragó saliva, casi temerosa de que algún mundano bloqueo mental atacara su cabeza.
"Nunca toques tu comida, Kagome," su madre estaba sentada en la mesa con toda la platería elegantemente arreglada en frente de ella. "Incluso si se cae de su plato." Levantó una delicada mano reiterando su punto a una pequeña Kagome de siete años. "Se considera incomestible la comida que se toca."
Kagome frunció ante el recuerdo de su madre dándole una de sus primeras lecciones de etiqueta en la mesa. No podía recordar qué ocasión había sido para la que se estaban preparando pero eso no significaba que no recordara la lección de corazón. "Es la verdad, cierto mamá?" Preguntó Kagome a la madre en su cabeza mientras mordía su labio temerosa de tocar la comida que le estaba siendo ofrecida con su desnuda mano.
"Siempre usa tu tenedor," su madre levantó el objeto con su mano izquierda. "Y el cuchillo, nunca permitas que tus manos toquen tu comida." La mujer levantó su cuchillo en su mano derecha e indicó que Kagome hiciera lo mismo. "Nunca debes cambiar tus manos." Deliberadamente señaló a Kagome con su tenedor mientras Kagome movía el cuchillo y el tenedor juguetonamente. "El tenedor en la izquierda, el cuchillo en la derecha, nunca al contrario." Su madre continuó hablando con su acento francés mientras observaba la nublada expresión de Kagome. "Estás escuchando Kagome?"
"Infortunadamente," Gruñó para sí la presente Kagome mirando el rostro de Sango.
"Tómalo." Le dijo Sango firmemente moviendo el pan de arriba abajo, su sonrisa paciente y alentadora.
"Pero no puedo." Vociferó en silencio, sus ojos suplicantes. "Yo—no puedo hacerlo, eso no fue lo que me enseñaron." Frunció ante su propia voz interna. "De todas las cosas que tengo arraigadas, tenían que ser los modales en la mesa—" Murmuró internamente.
Como si sintiera los pensamientos de Kagome, la sonrisa de Sango se tornó gentil y comprensiva. "Sé que va contra todo lo que te enseñaron," dijo para asombro de Kagome. "Pero Kagome—te enseñaron a ser tú," enfatizó Sango al colocar su mano libre en el hombro de Kagome. "O a ser alguien que todos querían que fueras?"
La cabeza de Kagome se levantó de golpe y sus ojos se movieron del pan hacia Sango, abiertos con una profunda realización. Aunque sólo fuera comer con sus manos—el simple acto era un desafío a todo lo que le habían enseñado o le habían dicho hacer. Era más que solo tocar su comida con sus manos desnudas—era decirle adiós a una forma de vida que siempre había conocido. Era decirle adiós a ser la hija rica de un hombre acaudalado. Era decirle adiós a su madre, a su hermano, a su padre, a sus amigas—a todas aquellas personas que había extrañado temprano ese día. Pero sería tan malo decir adiós a la opresión y saludar esto? Después de todo, ella no era la chica de Port Royal—nunca lo había sido—pero si no era Kagome Dresmont entonces quién era?
Como si fuera en cámara lenta Kagome vio a las personas rodeándola, riendo, sonriendo, bailando; eran felices, eran legítimamente felices, eran libres. Seguro, podían ser pobres, sí, podrían estar sometidos a horribles condiciones de vida comparadas con su niñez pero qué era una casa limpia con un gran techo cuando podías sonreír y reír tan libremente como sonreían y reían estas personas? Observó mientras dos amantes se besaban en público para que todos los vieran, demostrando afecto sin temor a ser juzgados, observó mientras la banda tocaba instrumentos que no había visto y uno en particular que ahora conocía muy bien. Un mentón lo sostenía fuerte contra un hombro, una pieza de madera entre carne, un arco en la mano derecha y el cuello del instrumento en la otra mientras un hombre tocaba con toda su alma, moviendo libremente sus dedos, moviendo apasionadamente su cuerpo a tiempo con la canción. Todo su movimiento era una descripción feliz.
Como un destello, en su mente vio al Capitán, sus ojos cerrados mientras tocaba, su cuerpo moviéndose de un lado a otro, su rostro dibujado en líneas de completa concentración. Y escuchó la canción y escuchó la voz, era como si estuviera viendo en cámara lenta toda su interpretación una y otra vez. Y entonces la voz se detuvo, la música se detuvo, el mundo regresó a ella y escuchó la voz del Capitán fuerte en su mente—lo fuerte suficiente que juró que estaba gritándole en su oído.
"Te enseñaré."
En ese momento, Kagome supo que aprendería más que solo tocar un violín. Aprendería cómo ser en realidad ella misma—no la chica que le habían enseñado ser.
En un impulso, el mundo se aceleró habiendo pasado un minuto o dos y Kagome estiró su mano hacia la de Sango incapaz de detenerse. Kagome sonrió, de cualquier manera no quería detenerse—después de todo estaba lista para decir adiós—adiós a la ella que no era ella realmente. Tomó el trozo de pan y sin pensar o dudar lo sumergió en los frijoles, llevándolo a su boca justo como el Capitán. Y entonces se halló sumergida en una sensación en sus papilas gustativas que nunca antes había experimentado. Era un sabor de maíz, de harina, y de frijones negros. Era lo mejor que hubiese comido—por qué razón, no estaba segura. Tragó deleitada y justo cuando estaba por alcanzar otro trozo de pan, esta vez lista para moldear su propio bote de pan, esa hermosa voz barítona sonó al otro lado de ella.
"Está bueno?" Dijo el Capitán, su sonrisa amplia en su rostro mientras descansaba su mentón en su mano, su codo apoyado en la mesa. "Me preguntaba cuándo tendrías el valor para comerlo."
Kagome jadeó y se sonrojó furiosamente dándose cuenta que había estado observándola todo el tiempo. "No está mal." Le dijo girando su cabeza, su nariz alta haciendo su mejor esfuerzo por esconder el rubor en sus mejillas.
Inuyasha sonrió y partió un pedazo de pan para sí, aplanándolo antes de servir un poco de su arroz amarillo. "Si te gustó eso," le dijo introduciendo la comida en su boca. "Entonces prueba el arroz," zumbó con placer mientras masticaba. "Me recuerda a casa."
"Casa? Él es, suramericano?" Kagome quería preguntar pero una parte de ella le dijo que era un tema para un mejor momento, un momento cuando estuvieran solos y no rodeados por otros. Así que en vez de preguntar, volvió su atención hacia el arroz del Capitán, parpadeando varias veces mientras miraba al Capitán con curiosidad.
"Toma," empujó el tazón de arroz hacia ella. "Échale un poco y pruébalo."
Ella se sonrojó, nunca antes en su vida había compartido un tazón de comida con un hombre y aún—en realidad, cuando pensaba en eso, no era gran cosa. Con valentía, aplanó un pedazo de pan y le echó el arroz justo como el Capitán le había dicho, comiéndolo como los frijoles. Sus ojos se abrieron y la sonrisa se duplicó en su rostro. "Está realmente bueno!" Comentó alcanzando otro pedazo de pan, moldeándolo más rápido esta vez.
"Pensé que te gustaría." El Capitán rió mientras regresaba a comer.
A su lado, Miroku le hizo señas a una mujer que estaba pasándolos, una camarera de bar vestida en ropa excepcionalmente similar a la de Sango y Kagome. "Señorita, están maduros?" Preguntó señalando una extraña fruta que la chica tenía en un canasto en su cadera.
"Qué?"
Miroku se sonrojó y rascó su cabeza antes de que el Capitán colocara su mano en la frente de Miroku, empujando al hombre hacia atrás hasta que prácticamente cayó de la banca, aterrizó en el piso mientras un grupo de personas se detenía para reír.
La cubana cubrió su boca con su mano riendo también mientras el Capitán la miraba secamente, ignorando completamente al hombre frotando su coxis en el suelo. "Están maduros?"
La joven parpadeó varias veces, regresando a sus sentidos y mirándolo con ojos confundidos. "Disculpa?"
"Están maduros?" Repitió el Capitán lentamente mientras señalaba la fruta ignorando la mirada de Miroku mientras se sentaba de nuevo en su silla.
"Oh!" Exclamó la joven girando la canasta para encarar al Capitán, mostrándole el contenido amarillo.
Kagome observaba con ojos fruncidos, la fruta se veía muy familiar, como algo que había visto en Jamaica, una banana. Era una comida que sólo comían los pobres y personalmente nunca lo había probado viendo que raramente era servida en su posición. Confundida, golpeteó su mentón y se inclinó hacia Sango a su lado. "Qué son?" Le preguntó a la otra chica tranquilamente, tratando de no llamar la atención del Capitán mientras estudiaba la fruta, inspeccionándola. "Se parecen a la banana y a la vez no se ve como una banana, tú sabes?"
Sango asintió desde su lugar junto a Kagome. "Son plátanos." Suplió ella mientras aplastaba un pedazo de pan usándolo para servir un poco de arroz del tazón comunal.
Kagome asintió entendiendo, había escuchado de la fruta pero nunca la había visto. Igual que la banana, los plátanos no eran consumidos comúnmente en su clase social y cuando lo hacían no los comían en esta forma. En vez, eran freídos o machacados y servidos en formas similares a una patata irlandesa. El sonido del idioma español llegó a oídos de Kagome regresándola al presente.
"Están bien maduros," le dijo animadamente la joven al Capitán mientras Inuyasha bajaba una fruta que había estado olfateando. "Perfectos para comerlos frescos. Cuántos le gustaría, señor?"
Alcanzó en su bolsillo y sacó una moneda de plata con la cabeza de un hombre grabada en ella. "Cuántos puedo tener por una corona?"
La joven cubana golpeteó su mentón con su mano libre, la otra sostenía la canasta a su lado mientras pensaba. "Una corona serían cinco," se encogió y ladeó su cabeza. "Creo."
El Capitán asintió y le alcanzó la corona. "Está bien para mí," le dijo esperando los plátanos a cambio. Ella aceptó el dinero felizmente y le alcanzó un racimo de plátanos pintones. "Gracias."
"Por supuesto. Gracias por su compra!" Con el negocio terminado, se alejó de su mesa, desapareciendo entre la multitud.
"Aquí tienes muchacho, todo tuyo." El Capitán le alcanzó a Miroku una de las frutas mientras tomaba una para él también. Miroku aceptó la fruta aun humeando mientras miraba al Capitán, sus ojos mostraban pura rabia. "Qué pasa contigo?" Preguntó Inuyasha inocentemente comenzando a pelar el plátano lentamente después de pellizcar la punta.
La ceja de Miroku tembló y cerró sus ojos fuertemente. "Así tenía que ser?"
"Síp," respondió el Capitán dándole un mordisco a su fruta, masticándola pensativamente. "Qué vas a hacer al respecto?" Añadió él, parecía como si estuviera tratando de iniciar una pelea.
Sin decir una palabra, Miroku se levantó, sus ojos cerrados y su postura furiosa. Respirando profundamente sus ojos se abrieron de golpe y miró alrededor, escaneando la multitud, buscando algo. Kagome y Sango observaban confundidas, ambas ladearon sus cabezas mientras Miroku se giraba y miraba tras ellos, escaneando en cada dirección.
"Ninguno aquí es de nuestra tripulación." Dijo de repente el Capitán dándole otro mordisco a su plátano, su postura completamente relajada como si supiera lo que estaba por venir. "Me aseguré de venir a una taberna que ellos evitarían."
Miroku se giró hacia él, sus ojos encendidos. "Eso es un hecho?"
Inuyasha le dio otro mordisco al plátano, masticando felizmente los dulces contenidos. "Seguro." Le dijo a Miroku con la boca llena.
"En ese caso," Miroku colocó su mano en el hombro del Capitán. "Jódete, Inuyasha!" Y con eso empujó violentamente a Inuyasha de su banca compartida.
Sango y Kagome observaban con sus bocas abiertas en shock. "Miroku?" Respiraron juntas no creyendo lo que habían visto. Una cosa era jugar en privado pero estaban en público y ese era el Capitán—el temido pirata Capitán Inuyasha!
"Qué?" Respondió Miroku comenzando a pelar su propio plátano, sentándose. "Lo merecía!"
La reveladora risa del Capitán reiteró ese punto mientras una garra sujetaba el borde de la mesa, levantando una cabeza y un par de hombros que temblaban divertidos. "Es lo mejor que puedes hacer?"
"Cállate." Respondió Miroku enojado dándole otro mordisco a su plátano. "Por qué me empujaste?"
"Estabas atravesado." Respondió Inuyasha.
"Podrías haber hablado por encima de mi cabeza!" Gritó Miroku, un ruido que no perturbó a la gente en el bar.
Inuyasha se encogió de hombros mordiendo su propia fruta, "Y dónde está lo divertido en eso?"
Miroku gruñó muy realista, "Te mostraré lo divertido." Amenazó Miroku con un brillo en su ojo.
"Me gustaría verte intentarlo." Respondió Inuyasha con una sonrisa letal.
Miroku abrió su boca para continuar la juguetona discusión pero el momento fue interrumpido por un hombre ebrio estrellándose entre Sango y Kagome, su jarra de cerveza derramándose por un costado—toda sobre el regazo y la ropa de Kagome. El frío instantáneo hizo jadear a Kagome y levantarse de golpe, la mezcla se esparció por su piel, el olor penetrando cada poro. Rápidamente se rodeó con sus brazos, cubriendo su vestido ahora traslúcido.
Al otro lado de la mesa, el Capitán y Miroku se paralizaron, asimilando la vista de Kagome mojada y el hombre apenas manteniendo su cabeza en alto mirando a Kagome con ojos embriagados. Al lado de Kagome y el borracho, Sango rápidamente se levantó, sus ojos abiertos asimilando también la vista, sus manos fueron a su cabeza en un esfuerzo por salvarse de también ser bañada en cerveza.
En un instante, el Capitán pareció descongelarse y prácticamente saltó al otro lado de la mesa gruñendo mientras agarraba al hombre ebrio, sujetando su camisa antes de lanzarlo lejos de su mesa, lejos de la mojada Kagome y la sorprendida Sango. El hombre lanzado de espaldas se estrelló en otra mesa, enviando comida y cerveza, ron y sillas por todos lados. Los músicos dejaron de tocar, la fuerte conversación bajó a un murmullo, y toda la taberna se volvió un lugar tranquilo mientras uno de los hombres de la mesa volcada se levantaba lentamente sacudiendo comida de su ropa. Se giró y miró al Capitán limpiando algunos frijoles y arroz de su cara, sus cejas fruncidas con rabia.
"Maldito perro callejero." Dijo lentamente en inglés mientras sus ojos rojos con pequeñas rayas negras en las pupilas destellaban en los dorados del Capitán. "Maldito idiota de mala raza."
Kagome observó atónita cuando el comentario pareció tocar un nervio en el Capitán, el hombre echó hacia atrás sus hombros y levantó su mentón, sus ojos brillantes con determinación y—casi un poco de arrogancia. Al otro lado de la mesa Miroku también se había levantado, una extraña y oscura mirada en su rostro, como si algo de información hubiese sido revelada.
Kagome frunció sus ojos pensativa—era realmente extraño, normalmente los insultos no parecían afectar a los dos hombres pero esta vez, se veían absolutamente molestos. El demonio había dicho algo tan terriblemente espantoso? "Maldito perro callejero, maldito idiota de mala raza." Las palabras se repetían en su cabeza, no parecían demasiado terribles, solo insultantes. Entonces qué fue tan ofensivo? Antes de que Kagome pudiera analizar un poco más la idea, Inuyasha se detuvo en frente de ella, separándola del amenazante demonio.
"Al menos no soy una maldita nena." Respondió el Capitán al comentario del gato demonio desde su lugar en frente de ella, una sonrisa claramente presente en su tono.
Cada pelo en el cuerpo del otro demonio pareció erizarse mientras abría su boca y dejaba salir un horrible siseo. Los otros hombres en la mesa también se levantaron, todos ellos mostrando señales de ser de la línea de sangre de los famosos gatos demonio, una raza rara y melindrosa de demonio que casi había sido extinta por su propio exceso de seguridad y malas actitudes.
"Escucha," dijo el gato mientras sus amigos se paraban tras él, sus colas ondeando con irritación, sus hombros cuadrados. "Si quieres limpiar tu nariz y pretender que fue un estornudo le seguiré la corriente, lameculos, pero si dices una palabra más te patearé el trasero!" Siseó el gato demonio avanzando hacia el Capitán, ojos nivelados con el perro de seis pies de alto.
"Keh," Inuyasha le sonrió mientras avanzaba, su nariz casi tocaba la nariz del otro demonio no intimidado en absoluto por el siseo y la amenaza del gato. "Abre tus malditas orejas cazador de ratones y escucha bien." Inuyasha abrió su boca mostrando los peligrosos colmillos mientras la taberna guardaba tanto silencio que si una aguja caía al suelo habría sonado como una roca estrellándose en una avalancha de tierra. "Tú," apuntó al gato. "Eres," dijo lentamente, determinado. "Una," puso un dedo suspendido sobre la nariz del gato. "Maldita." Pausó y la habitación pareció inclinarse esperando por la ya conocida palabra. "Nena." Con eso tocó la nariz del gato y el infierno se desató.
Los otros gatos tras su líder se precipitaron sin dudar atacando al Capitán, tragándose todo su cuerpo en una masa de furia demoniaca. Miroku saltó por la mesa entre Kagome y Sango tan rápidamente que pareció ser nada más que una mancha púrpura y negra. Inmediatamente se unió a la refriega, retirando un gato tras otro del Capitán mientras el Capitán golpeaba y pateaba abriéndose camino a través de seis felinos atacando, todo el tiempo gruñendo mientras ellos siseaban.
Como si esto fuera una especie de señal, los otros clientes de la taberna estallaron en un frenesí de gritos y golpes, llevando a todo el bar a una masa de confusión y violencia.
Kagome sintió pánico atorarse en su garganta mientras observaba la taberna volverse una pelea gigante, la gente que no estaba involucrada en la escaramuza tomaba parte en el alboroto. Las mesas fueron volteadas y las bebidas lanzadas mientras la gente se golpeaba mutuamente, atacantes y receptores muy ebrios para dar un golpe limpio. Aterrorizada, retrocedió contra la mesa, colocando su espalda contra la pared más cercana para poder mantener una buena visual de sus alrededores. Se agachó cuando un vaso voló pasando su cabeza, sus brazos se elevaron para proteger su cuerpo del daño mientras escuchaba el vaso romperse contra la pared.
"Qué demonios!" Gritó ella en su cabeza, su propia habilidad para maldecir no la perturbó mientras observaba el salón estallar en un ataque de increíble violencia. Tragando saliva y retrocediendo más lejos del caos, buscó desesperadamente por el Capitán en el mar de humanos y demonios revoltosos. "Dónde estás?" Murmuró por lo bajo, sus ojos escaneaban la gran multitud de gente rubia, castaña y morena, y los asombrosamente brillantes colores de los demonios. "Plateado," murmuró, "Plateado, dónde estás?" Mordió su labio. "Vamos, orejas de cachorro!"
Y entonces sus ojos captaron un vistazo de él, las orejas erectas en su cabeza llamaron su atención. "Inuyasha!" Gritó su mente, emocionada de que aún estuviera ahí, peleando todavía.
El Capitán estaba golpeando a un hombre en el estómago, sus ojos dorados llenos con una mirada que nunca antes había visto en su cara—absoluto, total y completo gusto, emoción y regocijo.
Se veía extasiado, absorto, ciento veinte por ciento en su elemento mientras un puño se conectaba con su quijada y su cabeza se giraba en un ángulo inhumano antes de que su cabeza volviera a su lugar—su sonrisa aún más grande mientras echaba atrás un puño, pasaba su cabeza y se conectaba directo en la nariz del gato, sangre estallaba como un mar rojo, la cual esquivó fácilmente para que no tocara su persona.
Un hombre saltó en la espalda del Capitán y miró asombrada cuando lo alcanzó, fuertes manos agarraron al otro hombre detrás de su cabeza antes de inclinarse hacia adelante y lanzarlo al suelo fácilmente, el desconocido asaltante aterrizó sobre su espalda, solo para ser pateado en su estómago por el entusiasta Capitán.
Fue entonces que Inuyasha se giró para mirarla, sus ojos atraparon los suyos mientras esquivaba una silla que fue lanzada de un costado del salón hacia el otro. Sus ojos brillaban con infantil entretenimiento, su boca formaba una sonrisa tan amplia que parecía como si estuviera a punto de partirle su cara. Y entonces sus ojos se desviaron, mirando algún lugar a su derecha, ella se giró siguiendo su mirada a tiempo para ver a Sango bloqueando un puño que iba al rostro de la mujer antes de devolver uno de los suyos al estómago de su atacante, doblando al hombre tan fácilmente como cualquier hombre en el salón.
Kagome no podía creerlo, no podía imaginar ser capaz de golpear algo—a alguien—en la forma en que Sango lo había hecho—especialmente en un vestido ajustado y de escote bajo. Se giró de la vista a tiempo para ver al Capitán quitarse del camino de las garras de un gato demonio antes de levantarse y lanzar su pie al rostro del otro hombre. Su mentón se desplomó ante la vista, no atreviéndose a creer que hubiese visto al Capitán patear a un hombre en su mentón—nunca había visto que alguien pudiera patear así de alto, nunca había concebido que fuera humanamente posible.
La vista de algo púrpura por el rabillo de su ojo la desvió del Capitán por solo un momento mientras veía a Miroku saltando sobre la mesa, escapando de las garras de lo que parecía ser otro gato demonio—uno de los hombres del líder, sin duda. Sus ojos quedaron fijos en él, atónitos mientras mandaba su pie sobre la cabeza del hombre, estrellándolo como un hacha en una pieza de madera. Instantáneamente, los ojos del hombre se volvieron hacia atrás en su cabeza mientras caía al suelo, como un montón de peso muerto, apenas para que el resto de la pelea pasara por encima.
La sonrisa en el rostro de Miroku le recordó la del Capitán mientras el hombre vestido de púrpura saltaba de la mesa, esquivando un vaso que había sido lanzado hacia él por otro peleador enfurecido. Tomándolo con calma, Miroku simplemente rió antes de agarrar en jarra la cabeza del borracho y llevarla directo a su rodilla repetidamente, hasta que la nariz del hombre estuvo rota de seguro. Nauseabunda por la sanguinaria demostración, Kagome se dio la vuelta, haciendo una mueca de dolor, girándose a tiempo para ver al Capitán golpear a un hombre en la cara tan duro que estaba segura de que la cabeza del hombre se volteó como la de un búho.
Inhalando un profundo respiro, se escondió más en las sombras, asimilando cada faceta de la pelea, acostumbrándose a la repulsividad e impresionándose con las capacidades de aquellos peleadores que estaban de su lado.
Miró atónita mientras Sango volteaba a un hombre directo sobre su cabeza, enviándolo hacia varios otros tras ella, derribándolos a todos aparentemente con un solo movimiento. Observó completamente sorprendida cuando Miroku bloqueó el puño de un humano con su propia mano antes de agarrarlo, halando al humano hacia él y usó su mano libre para golpearlo en el estómago, lo fuerte suficiente para que el hombre (una vez liberado) cayera de rodillas tosiendo. Y miró completamente asombrada mientras observaba al Capitán—observaba a Inuyasha saltar, patear con ambas piernas al mismo tiempo en un movimiento aéreo, golpeando simultáneamente a dos hombres en el mentón, las cabezas de ambos hombres se volvieron hacia atrás de la fuerza, solo para ser agarrados por el Capitán en el descenso y estrellarlos juntos, sus cabezas golpeándose mutuamente, creando un ruido lo fuerte suficiente que se escuchó por encima del resto del alboroto en la taberna.
Fue con esta técnica que los ojos de Inuyasha se giraron, como si buscara por ella. Y se iluminaron de nuevo, revisándola y mientras lo hacían se abrieron antes de saltar en una mesa cercana, en su dirección.
Confundida por la acción, frunció sus ojos y luego sintió una sensación de pánico cuando se dio cuenta que un hombre musculoso venía justo hacia ella. Antes de poder gritar, sintió que algo sujetó su cintura y jadeó cuando literalmente fue elevada en el aire y luego movida—movida tan rápido que no tuvo idea de lo que estaba pasando. Antes de saberlo, sintió aire frío golpear su rostro y el olor de sal en vez de tabaco y cerveza. Sus pies de repente tocaron suelo sólido y tragó abriendo sus ojos, insegura de dónde estaba o qué había pasado.
Sorprendida, Kagome se dio la vuelta para mirar a su rescatador solo para encontrar el rostro del emocionado Capitán junto a ella, su respiración sorprendentemente apacible y sus ojos destellando con alegría mientras le sonreía.
"Estás bien?" Preguntó él, sus ojos brillantes con la emoción de la pelea.
Kagome tragó mientras sus oídos asimilaban el sonido del gentil barítono; sus ojos observaban, viendo al hombre que había sabido que existía—y aun, solo había sido expuesto brevemente. Este era el hombre de las leyendas, el hombre que sabía cómo pelear, el hombre que sabía cómo matar, este era el hombre—este era el hombre del que su madre le había hablado en leyenda, este era el Pirata Capitán Inuyasha—existía y aún, no era del todo aterrador.
De hecho, su alegre sonrisa, sus emocionados ojos, sus tensos músculos, sus extraordinarias habilidades de pelea, su pose de pelea, el hecho de que la hubiese protegido, protegido del borracho que derramó su bebida sobre ella, protegido del otro que en verdad había apuntado para lastimarla—la hacía sentir—estremecida. "Qué es este sentimiento?" Se preguntó. "Debería estar asustada pero," sintió su rostro enrojecerse. "No lo estoy, es algo completamente diferente."
Rápidamente desvió la mirada, avergonzada y ligeramente apenada, sus ojos fueron llevados instantáneamente al lugar que sus oídos le decían aún estaba lleno de peleadores enfurecidos. Seguro, vio la taberna, la puerta del frente se abrió de golpe permitiéndole ver una variedad de objetos volando de un lado a otro, junto con personas que también volaban o al menos lanzaban puñetazos.
"Siento eso," la voz del Capitán resonó en el aire fresco, su voz nada arrepentida, en vez sonaba entre relajada e hiperactiva.
Se giró hacia él, mirándolo mientras sus ojos se fijaban en la taberna, feliz, casi complacido.
"He estado buscando una manera de quemar algo de energía." Le dijo frotando la parte trasera de su cabeza, un gesto adorable. "Había esperado usar solo a Miroku para eso pero entonces—ese gato demonio fue muy conveniente." Le dio una ladeada sonrisa. "No quise involucrarte en ello."
Kagome lo miró, su corazón comenzó a palpitar en su pecho cuando de nuevo vio al verdadero hombre detrás de las muchas máscaras. El muchacho—el joven de dieciocho años obtuso y presumido, que le gustaba pelear, quien simplemente disfrutaba la sensación de adrenalina que sentía cuando desafiaba a otra persona, cuando ganaba, cuando se probaba a sí mismo al mundo. De cierta forma, era el hombre de las leyendas, pero en otra parecía que el hombre de las leyendas era solo una parte de muchas facetas.
Una sonrisa se formó en el rostro de Kagome, una sensación de claridad cubrió su corazón, se sentía genial, se sentía feliz, se sentía deleitada, sentía también esa adrenalina. "Eso fue divertido." Logró decir mientras una brillante sonrisa adornaba su rostro. "Es decir, no tanto el ser bañada en cerveza y la pelea es un poco aterradora, pero la comida y el baile incluso la broma, eso fue divertido." Comenzó a reír, una acción que rápidamente estaba volviéndose una constante faceta de su personalidad.
El Capitán la miró sorprendido, sus ojos fijos en los suyos, como si se diera cuenta de que realmente estaba ahí, que él realmente estaba ahí—que los dos estaban solos. De repente, el aire rodeándolos se tornó denso y pesado, suspendiéndose sobre ellos como una nube cargada.
"Um," trató él mirando sus grandes ojos grises, el turbulento mar en ellos cambiaba a algo más—a algo entre confundido y aceptador al mismo tiempo. "Esos ojos," se halló pensando. "Son hermosos los ojos de Kagome."
Inuyasha sintió una sonrisa formarse en su cara, una sonrisa que sólo pocas personas en todo el mundo habían visto—Kikyo, su madre, Miroku, tal vez incluso Sango, Totosai, Myoga la habían visto o más probablemente habían sido privilegiados con un indicio de ella. Era una sonrisa tímida, con un colmillo rozando bajo su labio, sus ojos mirándola directamente medio cerrados—aprobadores—aceptadores. "Kago—" Trató de decir pero falló mientras sus mejillas se enrojecían, revelando verdaderamente lo joven que era. Por cada cosa temeraria que decía, por todas sus insinuaciones, cuando se refería a Kagome Dresmont él sólo era de dieciocho años.
Kagome sintió sus mejillas sonrojarse y su corazón comenzó a latir en su pecho, golpeando su caja torácica, había algo en este hombre, algo en la persona, la persona exacta en frente de ella que era extraordinario.
"Mierda," el sonido de Miroku gritando los sacó a ambos de su extraño trance. "Capitán, será mejor salir de aquí. No voy a desperdiciar balas en esta pelea!"
Inuyasha observó mientras Miroku salía corriendo del edificio, Sango siguiéndolo, junto con un muy enojado gato demonio con una pistola empuñada. Imperturbado, Inuyasha simplemente respondió "Nunca huyo de una pelea."
"Entonces por qué estás aquí afuera?" Le gritó Miroku mientras se giraba y miraba al gato quien estaba tratando desesperadamente de correr y cargar. "Estar afuera de una pelea es huir de ella!"
"Estaba salvando a la Srta. Dresmont!" Gritó Inuyasha cuidadoso de llamarla por su nombre 'apropiado', sus rodillas flexionadas hacia el suelo, mientras llevaba sus puños hacia su cara, chasqueando sus nudillos. "No estaba huyendo."
Miroku lo ignoró. "Te ocuparás de esto ya?" Gritó mientras esquivaba cuando el sonido de un arma siendo disparada atravesó el aire, apenas rozando su cabeza, unos hilos de cabello se separaron de los otros mientras la bala lo rozaba, pasando en frente de su cara. "Capitán!"
"Qué cachorro tan llorón." Murmuró Inuyasha saltando de repente, aparentemente volando sobre la cabeza de Miroku, y aterrizando ante el gato demonio. "Oi, deja en paz a mi cachorro." Gruñó traqueando su cuello de un lado a otro.
"Tsst," el gato escupió a su lado recargando la pistola tan rápido que fue difícil decir qué había hecho hasta que fue escuchado el sonoro seguro del cañón siendo deslizado. "Ese es un humano y tú eres un maldito perro callejero, ese no es cachorro tuyo."
Inuyasha sonrió, mirando al gato desde atrás de sus mechones. "Entonces eres un gato que solo mira la superficie." Gruñó Inuyasha mostrando sus colmillos, sus orejas aplastadas en su cabeza. "Sankontessou." Gritó mientras sus garras atacaban al gato demonio, una brillante luz amarilla le siguió en una peligrosa bola de fuerza arremolinada.
El gato apenas lo esquivó, sus bigotes se quemaron mientras las largas ondas doradas giraban en frente de él, casi alcanzando su cabeza pero en vez sólo alcanzaron la pistola, partiéndola en dos fácilmente.
Los ojos del gato se abrieron enormes, sus labios temblaban mirando el arma ahora en dos partes. Temblando, miró al Capitán quien simplemente sonrió, elevando sus cejas—desafiando al gato a intentar un movimiento, "Santa mierda," dijo el gato mirando a Inuyasha con completa incredulidad, paralizado en su lugar.
"Tengo mucha de esa." Respondió Inuyasha, "Pero apuesto a que puedo hacerte decir cosas peores." Abrió sus manos, chasqueando sus nudillos mientras acomodaba sus dedos en la misma formación de las garras de un cóndor. "Lo averiguamos?"
El demonio sacudió violentamente su cabeza de un lado a otro antes de correr rápidamente sobre sus manos y rodillas, sus garras apartaron la arena para poder hacer un rápido regreso hacia la taberna, donde tenía lugar una pelea mucho más segura.
"Demonios occidentales." Murmuró Inuyasha sacudiendo su cabeza lentamente, sus palabras una gran fuente de confusión para las personas rodeándolo. "Han olvidado cómo usar sus garras."
Girándose hacia los otros, sonrió, su expresión una de absoluto orgullo consigo mismo. "Vámonos al barco."
Ninguno de ellos protestó, pero todos se preguntaban, qué había querido decir con la palabra 'occidentales.'
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Una gentil calma flotaba sobre el Caribe mientras el sol se elevaba lentamente, tocando el agua, la isla de Cuba y el barco Shikuro, todo a la vez. Lentamente, el barco se calentaba balanceándose metódicamente en el mar mientras la marea tranquila, menguaba lejos de la madera y luego golpeaba contra ella, elevando el barco antes de hundirlo de nuevo, un ritmo lento y conocido para cualquier hombre que fuera permanentemente parte del mar.
Dentro de la habitación del Capitán, Inuyasha se encontraba mirando el mundo que despertaba, su mente y cuerpo ya alertas mientras permanecía junto a la cama en donde no había dormido anoche o la noche anterior o la noche anterior a esa. De hecho, no había dormido en su propia cama sino dos veces desde que Kagome Dresmont había abordado su barco y ambas veces ella no había estado en la habitación sino Miroku. Inuyasha suspiró, levantando una mano para frotar el puente de su nariz antes de girarse gradualmente olfateando el aire mientras lo hacía, inhalando el aroma de la chica que dormía a solo unos tres pies de donde él estaba.
"Kagome." Suspiró en la luz del alba mientras los rayos del sol atrapaban su cabello haciéndolo brillar, una hermosa apariencia sedosa, tentadora y exótica. Le sonrió aprovechando la vista de su cabeza recostada de costado en su almohada, su mejilla derecha apoyada por su otra mano que soportaba su cabeza mientras dormía sonoramente. Su cuerpo se giró ligeramente de costado, mostrándole curvas deliciosas que existían debajo de la blanca sábana de algodón. No pudo evitar la leve presión que sintió en su entrepierna y mordió su labio, apresurándose a darse la vuelta, casi molesto ante su propia reacción.
Nunca en su vida había estado tan atraído a alguien como lo estaba a ella. Kagome le hacía cosas que no deberían pasar. Todo lo que le tomaba era una mirada, una inocente mirada a su figura o a su rostro durmiente o despierto y se encontraba deseándola fuertemente. La forma en que trataba a los extraños, la forma en que sonreía, la manera en que reía, la forma en que mimaba al pequeño Shippo, demonios, la manera en que lo desafiaba. La forma en que parecía saber todo lo que él sabía, su conocimiento en literatura como Shakespeare, sus conocimientos en barcos, su amor por el mar, prácticamente todo lo hacía gritar con innegable deseo.
"Qué pasa conmigo?" Murmuró él sentándose en su cama, mirando su cuerpo. "Estoy actuando como una perra en celo."
Gruñó para sí, subiendo una mano para tirar de su cabello como una manera de autocastigarse. El sonido de un cachorro murmurando en su sueño lo devolvió al cuerpo de Kagome y levantó una ceja cuando vio el cabello rojo del bebé zorro que se escondía debajo de la sábana, acunado contra el pecho de Kagome. Gruñó otra vez—esta vez molesto de que cualquier otra criatura además de él tuviera el privilegio de estar tan cerca de la curva y redondez de sus senos. "Mocoso afortunado." Pensó dándose la vuelta de Shippo y Kagome optando por mirar afuera al mundo iluminado. Sin su consentimiento, la imagen de un amor del pasado lentamente comenzó a formarse en su visión, otra joven de una época que parecía de mucho tiempo atrás entró en su mente. Podía verla durmiendo de la misma forma que Kagome estaba ahora pero el recuerdo, aunque hermoso, aún hacía punzar su corazón en su pecho mientras veía los ojos de Kikyo, mirándolo con lástima y odio reunidos en una.
"Qué quieres, demonio?" La mujer se sentó en su cama, llevando la sábana alrededor de su cuerpo, su largo cabello liso caía hasta su cintura mientras esperaba por su respuesta.
Inuyasha mantuvo su boca cerrada, sabiendo que se enojaría de que hubiese venido en una noche donde permanecía demonio, en vez de transformado en un humano.
"Por qué estás aquí?" Declaró ella aferrando más fuerte las cobijas alrededor de su cuerpo, sus ojos cautelosos. "Te dije no venir a menos que fuera en luna nueva."
Él la miró, asimilando su acurrucada forma, su corazón punzaba fuertemente en su pecho. "No puedo venir a verte, Srta. Cummings?"
Ella mordió su labio y desvió la mirada, sus ojos inquietos en la sombría luz de una luna menguante. "No así."
Sus palabras fueron como una daga a su corazón, girándose lentamente en un cruel y doloroso círculo, matándolo lento sólo con el dolor emocional que causaba. "Por qué no?" Preguntó en la oscuridad, sus ojos llenos con pesar y dolor.
"Eres un demonio en este momento." Le dijo francamente mirándolo a la cara, sus ojos lo decían todo. Ella no confiaba en él, no así, lo veía como algo digno de odio, digno de destruir, sólo merecía vivir si estaba en una forma humana.
Inuyasha sintió su corazón apretarse en su pecho, no sabía que el cambiar el cuerpo de la persona no cambiaba la mente de la persona? "Pero," susurró en la oscuridad, esperando que sus palabras pudieran cambiar su opinión. "Aún soy yo."
Silencio. Ella no había sido capaz de negarlo pero eso no había hecho una diferencia. Inuyasha sintió algo picar en el rabillo de sus ojos, algo que se rehusaba a dejar que continuara más, rehusándose a sentir otra vez el dolor. No había permitido que ese sentimiento lo venciera desde la muerte de su madre trescientos noventa años atrás. Después de todo, esa mujer fue la única mujer por quien había sido digno derramar lágrimas.
Sin embargo, no pudo detener la ola de depresión que lo golpeó mientras todo su cuerpo caía en un lugar en el que no había estado por cincuenta años. Un lugar de rabia, un lugar de dolor, un lugar de desamor, un lugar que solo quería olvidar y el mundo no lo dejaba—nunca sin importar cuánto lo quisiera. Cerrando sus puños a sus costados se giró hacia Kagome, sus ojos arrastrados hacia su pecho, hacia su gentil respiración. Uno—Dos—Tres—Cuatro.
"Respiran igual." Se dijo mientras sus ojos subían hacia su rostro, estudiando cada curva ahora que todavía tenía sus ojos cerrados. "Se ven iguales." Sus ojos recorrieron sus caderas, la gentil curva que lentamente formaba su pierna. "Se curvan igual." Inuyasha cubrió sus ojos con una mano, "Por qué no puedo superarlo?" Murmuró en el ligero aire. "Sé que ella no es ella pero—no puedo evitar notar cada similitud a pesar de las diferencias. Por qué?"
"Porque tienes miedo."
Los ojos de Inuyasha se abrieron de golpe absolutamente aterrorizado de haber escuchado una respuesta. Miró alrededor, medio esperando ver a Kagome sentándose o a Miroku o a Sango en la puerta o incluso a Shippo despierto en la cama y aun, no había nada. La voz había sonado tan real, como si viniera de una persona de pie justo al lado de su oreja pero todos sus sentidos le dijeron que estaba solo, o al menos solo en vigilia. Tragó—sabiendo sin tener que saber que la voz había provenido desde su interior.
"Tengo miedo?" Se preguntó Inuyasha de nuevo, ya sabiendo la respuesta. Sí, tenía miedo, tenía miedo de que si se veían iguales entonces actuarían igual. Temía que Kagome lo rechazara así como ella lo había hecho—que lo odiara cuando descubriera sobre sus orígenes, sobre su padre—sobre su madre. Ahora que todos los recuerdos de ella estaban regresando, se encontraba más y más temeroso, temeroso de que estuviera equivocado, temeroso de que Kagome—de que ella y ella fueran más iguales que solo de cara.
Comenzó a levantarse, preparado para dejar la habitación, dejar sus pensamientos, después de todo, sólo sabría la verdad una vez que viera a su hermana. Ella sabría—era una Miko después de todo y ellas sabían cosas, las conocía mucho mejor que él. Cruzó por el piso de madera, listo para ganar un muy necesario descanso antes de partir para Louisiana pero se detuvo cuando unas conocidas palabras llenaron su mente.
"Srta. Dresmont, puedo besarla?"
Se giró rápidamente, mirando el lugar exacto donde había permanecido y dicho esas palabras casi un mes atrás. "Le pregunté?" Inuyasha permaneció congelado en su punto mientras el recuerdo entraba en su mente, la imagen de ella cuando le preguntó, mientras él hacía su pregunta, inseguro de por qué la había hecho. "Por qué pregunté? Cuál era el punto?" No hubo punto o propósito, le dijo su mente. Había preguntado simplemente porque era apropiado y él estaba interpretando el papel de un hombre respetuoso—un hombre respetuoso besando una mujer comprometida mientras pretendía estar casado—"De acuerdo, esa no es la razón pero—entonces—cuál es?" Por qué le había preguntado? Por qué era tan importante para él conseguir su permiso? "Porque ya antes fuiste quemado." Respondió su mente mientras un recuerdo lo inundaba por completo.
"Puedo besarte?" Preguntó él mientras se acercaba, alcanzando para tocar a la mujer ante él, su mano casi hacía contacto con su mejilla.
Ella se alejó, evitándolo, envolviendo sus manos alrededor en una señal de protección. "No."
Lentamente, Inuyasha llevó una mano a su cabeza, agarrando su cabello mientras todo su rostro se llenaba de confusión, pensativo. Había olvidado, había olvidado ese momento, ella lo había rechazado, le había dicho no, le había dicho que nunca besaría a un demonio. Pero, la Srta. Dresmont—
"Sí."
"Ella dijo sí." Inuyasha miró entonces a Kagome, sus ojos apreciándola—viéndola como Kagome y nadie más, y era hermosa y enérgica. Podía verla sonreír. Podía verla sonrojar cuando besó su mano. Podía sentir latir su corazón mientras bailaban. Podía ver el gusto en su sonrisa cuando permanecía en la cubierta disfrutando de la brisa. Vio el brillo en sus ojos cuando vio por primera vez un mástil, cuando los vio atracar en el muelle, cuando fue al puerto. Vio su absoluto éxtasis cuando vio el violín. Vio su divertido asombro cuando probó los frijoles y el arroz. Escuchó su reacción a su primera pelea de verdad.
"Eso fue divertido."
Kagome era diferente de Kikyo, cada vez que tenía una duda eso se volvía más aparente. Ella lo había besado siendo un demonio, había dicho sí sin pensarlo. No lo había rechazado, al menos no en la forma que lo había hecho la otra joven anterior a ella. Tomando una decisión que no había sabido que estaba debatiendo, Inuyasha se levantó y agachó para besar la frente de Kagome, un gesto silencioso en una habitación ahora iluminada. Salió de la habitación, cerrando la puerta lentamente con el pomo ahora reparado antes de caminar hacia la habitación de Miroku y Sango. Golpeó la puerta levemente, sus nudillos contra la madera lo fuerte suficiente para despertar al flojo hombre adentro. Escuchó el movimiento y el murmullo y la ligera maldición y rió levemente, "Miroku despierta." Llamó a través de la madera.
Irguió sus orejas para captar la casi silenciosa respuesta de, "No quiero."
Colocando sus labios en la puerta, Inuyasha respondió. "No me importa, voy a dejar el barco y necesitas cuidarlo."
Escuchó el sonido de Sango murmurando en su sueño y luego un fuerte suspiro que llegó de ninguno otro que de Miroku antes de tropezarse y el sonido de ropa siendo puesta antes de que pasos llegaran a la puerta y el pomo temblara abriéndola una fracción, un Miroku descamisado y con pantalones puestos estaba mirándolo con ojos que podrían matar. "Ahora qué?"
"Cuida el barco, voy a salir." Dijo franco intentando no reír ante el actual estado de Miroku.
"Sí," reconoció Miroku notando ahora que no estaba hablándole a su padre, estaba hablándole a su Capitán. "A dónde vas, Capitán?" Preguntó Miroku mientras se estiraba y bostezaba antes de rascar la parte trasera de su cabeza.
Inuyasha levantó una ceja ante el estirón del hombre pero lo ignoró. "Al pueblo."
"Por qué harías eso, no hay nada abierto?" Señaló Miroku recostándose en el marco de la puerta, usándolo como apoyo.
Inuyasha solo sonrió en respuesta, encogiéndose de hombros mientras se giraba para irse. "El lugar al que voy está abierto, su dueño nunca duerme." Le dijo a Miroku comenzando a alejarse. "Apostaría dinero en eso."
"Me iré a mi puesto después de vestirme Capitán." Miroku esperó por el movimiento de aprobación de Inuyasha antes de rápidamente regresar a su habitación, tomando el resto de su ropa y vistiéndose rápidamente, para cuando terminó, el Capitán ya se había ido, ya viajaba por las empolvadas calles del pueblo costero solo en el vacío mundo antes de amanecer, La Habana aún dormía.
El lugar al que Inuyasha se dirigía, sin embargo, ya estaba despierto, un viejo y cansado hombre dentro, trabajando en su negocio, elaboraba con cuidado una extraña pieza de madera de ocho cuerdas, sostenidas por un pequeño puente con cuatro inconfundible cables.
Fin del Capítulo
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Notas:
*No soy experta en Cuba, solo investigué un poco, si alguien tiene alguna inquietud por favor déjenmelo saber*
Música – Cuba está ampliamente influenciada por música tradicional africana y española. Por lo tanto la mayoría de sus instrumentos están influenciados por ambas culturas. Es por esto que Kagome no reconoce algunos de los instrumentos.
Comida – Igual que su música, la comida de Cuba estuvo influenciada por la española y la africana (esta la más grande por la esclavitud) y también de Holanda. Los frijoles negros y el arroz amarillo son materia prima en la cocina cubana junto con carnes en tiras y marinadas, sin embargo esto habría sido mucho más costoso, así que es más probable que las personas en las tabernas hubiesen consumido platos más baratos. Los plátanos también habrían sido populares, servidos generalmente como una papa en América, frita o triturada, aunque cuando estaban muy maduros se comían como una banana.
Cenas – Cuba prefiere una comida comunal, toda la familia comiendo al estilo familiar. En los 1700 la mayoría de tabernas por el mundo habrían servido así pero no ofrecían cubiertos de plata porque era fácil robarlos y muy valiosos. Por lo tanto, era común comer con las manos o construir tus propios cubiertos como Inuyasha lo hizo en este capítulo.
