SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE
Por Inuma Asahi De
Traducido por Inuhanya
Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).
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Capítulo Veintisiete:
La Miko y la Shikon
Kaede despertó en medio de la noche, su garganta seca de dormir con su boca abierta, dejándola en desesperada necesidad de agua. Sentándose en su cama parpadeó adormilada, sus ojos no muy listos para abrirse pero se movieron sin opción. Perezosamente, retiró las cobijas, bajándolas mientras sacaba sus pies debajo de ellas, deslizando esos pies por el costado de la cama antes de depositarlos en las duras tabletas de madera, tabletas que crujieron y gimieron.
Con un profundo bostezo atravesó su habitación, alcanzó la puerta sin recordar cómo caminó para llegar ahí, su mente aún medio dormida, aturdida. Con cuidado, abrió la puerta, sus músculos usaron un recuerdo propio para poder completar la acción. La puerta se quejó con un fuerte crujido que la asustó, despertándola ligeramente un poco más. Parpadeó confundida, espantando algo de la somnolencia de sus ojos antes de estirar un brazo sobre su cabeza, el otro manteniendo entreabierta la puerta.
"Estoy tan dormida." Murmuró para sí levantando su mano hacia su boca para contener otro bostezo justo como le había enseñado su hermana mayor. "Perdón." Su infantil voz hizo eco en el oscuro corredor mientras levantaba todo su brazo, usándolo para frotar sus adormilados ojos. "Soñolienta—," Murmuró ella anhelando regresar a la cama, pero su garganta seca era una necesidad más grande que el sueño. "Sedienta."
Con una ligera sonada de indignación, comenzó a caminar, su pequeño cuerpo no pesaba lo suficiente para hacer que las tablas del piso crujieran mientras pisaba hacia la cocina. Sin hacer ruido, bajó por el corredor, moviéndose de un lado a otro, descoordinada y cansada, su cuerpo pesado mientras pisaba las frías tablas de madera. "Agua." Murmuró saboreando su boca seca con un leve chasquido mientras juntaba y separaba sus labios.
Entró en la taberna mientras lo hacía, yendo hacia la cocina, pasando la puerta de su hermana, una puerta que aún tenía luz penetrando por debajo. Kaede tragó, sabía mejor que dejarle saber que estaba despierta, eso enojaría y preocuparía a Kikyo, por qué, Kaede no lo sabía. "Guarda silencio." Se dijo pasando la puerta de puntillas, hacia la cocina donde sabía que una jarra de agua estaría esperando por ella y su sed.
"Kikyo." Un ligero gemido. Kaede se paralizó.
"Un hombre?" Se preguntó en voz alta. "Ningún hombre ha vivido aquí desde que papá y mamá murieron." Sintió acelerarse su corazón en su pecho ante la realización, el temor la inundó, había un hombre en su casa, un hombre con su hermana. Incluso a los siete años de edad, sabía de los hombres malos, había escuchado las historias de hombres malos, hombres que lastimaban a las chicas—después de todo, su familia poseía una taberna y ahí era donde siempre se originaban las historias.
"Aw."
Kaede tragó, ese grito había sido de lejos diferente, familiar, reconocible. "Kikyo." Susurró ella en el aire mientras escuchaba el sonido de un grito más fuerte, este grito sonó estresado y vulnerable.
"Sí." Llegaron las palabras de Kikyo inmediatamente después, sonando ligera y airosa, extasiada y desenfocada, una contradicción a su sonido.
Con esas palabras, un sensación de petrificado terror dominó a la confundida Kaede, sus brazos se envolvieron a su alrededor, sus ojos enormes y bien despiertos mientras buscaba por algo, cualquier cosa que pudiera ayudarla. Sin embargo, la habitación estaba muy oscura para ver realmente y no tenía una vela con qué iluminarla, y además, nadie podía ver sin una vela en una noche sin luna.
"Qué hago?" Se preguntó en silencio mientras se balanceaba de un pie a otro, sus ojos en la puerta de donde provenían más ruidos extraños. Estaba cerrada, probablemente con pestillo, no podría entrar, y eso significaba, que no podía ayudar a su hermana. "Hermana." Susurró en el aire deseando, esperando que fuera escuchada pero los ruidos solo escalaron. "Qué hago? Qué hago?"
Apretó sus dientes mientras un grito particularmente fuerte penetró el aire, seguido por un gruñido y un bajo gemido—el gemido de su hermana, un gemido de dolor. "Kikyo!" Gritó y se abalanzó hacia la puerta, su adrenalina alimentó el movimiento, su voluntad para proteger a su hermana la llevó a agarrar el pomo y a abrir la puerta (su mente no registró el hecho de que sin duda no tenía pestillo) justo a tiempo para ver a dos personas en shock.
"Qué—qué demonios?" Dijo un joven de cabello negro, su espalda desnuda visible a la luz de una vela en la mesita de noche mientras se suspendía sobre su hermana, la cintura cubierta por una sábana, una sábana que escasamente los cubría a los dos.
"Aléjate de ella!" Gritó Kaede, su coraje impropio para una niña de su edad mientras permanecía de pie, intentando hacerse más grande apuntando un dedo acusador al hombre.
"Oh, dios mío." Vino el sonido de la voz de Kikyo desde su lugar debajo del hombre, su rostro escondido en sus manos.
"Kikyo?" El hombre se dirigió a su hermana, su rostro lleno de confusión.
"Es mi hermana pequeña." Suplió ella entre dedos.
"Tu—," el hombre miró lentamente a Kaede con horror. "Hermana pequeña?"
Kikyo apartó sus manos para mirarlo brevemente. "Sí." Apenas dijo antes de cubrir sus ojos de nuevo. "Mi hermana menor—oh dios."
Kaede frunció sus labios enojada de que no estuvieran escuchándola, ignorándola. Mirando a su hermana y al joven, le dio a Kikyo una mirada fulminante igualando la de una madre. "Kikyo," dijo firmemente regresando la atención de los dos adultos hacia ella. "Quién es ese muchacho?" Cruzó sus brazos sobre su pecho como había visto a su padre hacerlo cuando estaba vivo. "Y—," continuó ladeando su cabeza, su tren de idea interrumpido cuando, por primera vez, notó un detalle muy extraño. "Está desnudo?"
"Muy—bien." Dijo el joven de cabello negro, rodando de su hermana mientras mantenía la sábana en su cintura. Alcanzó el piso para recoger un par de pantalones que se puso rápidamente debajo de las cobijas antes de levantarse. Se giró y miró a Kikyo, sus ojos suplicantes.
"Vete," ordenó suavemente, su rostro aún cubierto por sus manos. "Me ocuparé de esto."
El hombre asintió, sus ojos miraron a Kaede, preocupado, la parpadeante luz de la llama iluminaba las hermosas órbitas marrones que miraban a la pequeña niña analizando cada rasgo. Kaede se movió incómoda bajo la mirada, notando la forma en que el hombre observaba todo, mirando todo como si la comparara con alguien más.
Y entonces, sus ojos se encontraron, el hombre de cabello negro la miró directo a los ojos y mientras lo hacía, se paralizó—su expresión una de asombro mientras estudiaba sus irises. Por un momento desvió la mirada, miró a su hermana quien aún estaba escondida de la vergüenza. Mirando a la otra mujer como si tratara de obligarse a creer que eran parientes. Sacudió su cabeza, un gesto lento, su cabello negro caía como un manto por su espalda, la acción hizo que Kaede sintiera agitarse su corazón, una sensación que nunca había sentido antes, nunca había sabido que podría sentir—y entonces, él se giró.
Esos ojos marrones se fijaron en ella pero diferentemente de antes, no estaban más confundidos e interrogantes, en vez, eran suaves, amables y gentiles, una especie de sonrisa tras ellos. Era una mirada que le decía a Kaede que podía confiar en él, que nunca la lastimaría, era una mirada completa y totalmente segura. Y luego, se dio la vuelta, su espalda hacia ella mientras tomaba su camisa, pasándola sobre su cabeza, dejándola descolgada en vez de meterla en sus pantalones. Sin una palabra o una mirada, también agarró sus botas, poniéndoselas rápidamente sin amarrar sus cordones.
"Adiós." Murmuró mientras sujetaba los costados de la ventana, colocándose en el alféizar, si estaba hablándole a la hermana mayor o a la menor, nunca lo sabrían. Y luego, se deslizó por el marco de la ventana, desapareciendo en silencio, un predador desconocido escondido en la oscuridad pero para ella, para la pequeña niña que lo observó irse, no era un merodeador que cazaba cubierto por el velo de la oscuridad, era una sombra amistosa cobijada segura en la negra noche.
Kaede sonrió levemente mientras el recuerdo se desvanecía, una suave carcajada oculta en su lengua, el humor que se había perdido en ella de niña se amplificó ahora que era adulta. Esa había sido la primera vez que había visto al Capitán Inuyasha del barco pirata Shikuro. E incluso después de todos esos años su primera impresión tuvo que cambiar, aun después de todo lo que había procedido de ese primer e incómodo encuentro, aun veía al hombre de la misma manera—una sombra amigable en una negra noche.
"Eso es lo que eres, verdad Inuyasha?" Pensó ella mientras una arrugada mano frotaba su muñeca. "Incluso después de saber la verdad." Sintió lágrimas comenzar a formarse en la comisura de su ojo bueno. "Que en realidad eras un demonio," miró a un costado, observando el cabello plateado de un hombre que había conocido la mayor parte de su vida. "Aún después," desvió la mirada, su corazón dolido. "De que Kikyo muriera y tú te fueras, nunca cambié de opinión." Inhaló un profundo respiro, calmando sus emociones, abriendo su ojo bueno para mirar el piso bajo sus pies. "Inuyasha, eres un buen hombre."
Kaede suspiró profundamente con la idea, su ojo se cerró mientras los recuerdos se colaban dentro de ella, las lágrimas se secaron. "Kikyo." El nombre pareció susurrarse en su mente. "Es difícil creer que te hayas ido por cincuenta años o para lo que importa—" la oración quedó suspendida en el aire mientras levantaba su cabeza, abría su ojo, y se permitía mirar abiertamente a la joven Kagome Dresmont. "Que hayas regresado."
"Cómo es eso posible?" El sonido de la voz de Sango golpeó la habitación como una trompeta reuniendo tropas, instantáneamente regresó a Kaede a la situación en mano. "La última vez que revisé nacemos como individuos con almas únicas, no somos remanentes de alguien más." Se infló, sus brazos cruzados sobre su pecho mientras miraba desafiante a la anciana Kaede.
Kaede solo rió en respuesta, el sonido forzado incluso para sus propios oídos, mientras su ojo bueno miraba a Sango lleno de tristeza y alegría artificial. "Alguna vez pensé lo mismo, sí." Su vieja voz retumbó en la habitación, sabiduría con experiencia, seguridad y conciencia, una voz que simplemente sabía la verdad y no veía más la necesidad de mentir. "Entonces alguien me probó lo contrario, me enseñó—diferentes—creencias, creencias demoníacas." Su ojo bueno se dirigió hacia el Capitán, mirándolo con cejas levantadas como si le diera una entrada para encargarse de la conversación.
Inuyasha sólo se dio la vuelta, sin embargo, su cuerpo tenso, enfocado, como si estuviera aprehensivo sobre lo que estaba teniendo lugar frente a él, mientras al mismo tiempo aceptaba, comprendiendo. Era como si ya supiera que iba a estar bien pero no estaba listo para admitirlo como una verdad completa. "Sé que estás escuchando." Susurró bajo, tan bajo que solo Inuyasha y Shippo la escucharon hablar.
Dicho niño miró alrededor, sus ojos verdes parecían gigantes mientras su cabeza se movía entre el Capitán y la anciana. Frunció su pequeño entrecejo, una mirada curiosa se formó en su rostro mientras esos ojos asimilaban la vista del Capitán, de pie firme y alto, sus orejas moviéndose en su cabeza de un lado a otro, la única indicación verdadera de que estaba escuchando a Kaede.
Un tranquilo aclarado de garganta desvió a Shippo de Inuyasha para mirar a Kaede, solo para encontrar a la anciana mirándolo expectante. Muy levemente, sacudió su cabeza de un lado a otro, una señal que Shippo entendió al instante. "No escuchaste una palabra." Dijo.
Shippo asintió con firme entendimiento, su orgullo para guardar secretos y dar confianza alimentó su silencio. "Puede confiar en mí, anciana, no diré una palabra." Pensó para sí mientras hinchaba su pecho. "Sólo escucharé." (La curiosidad es una fuerte influencia en jóvenes zorritos después de todo).
"Debes explicarles esto, merecen saber." Susurró la anciana justo mientras Shippo de nuevo comenzaba a escuchar una conversación unilateral.
El Capitán resopló pero por el contrario, no pronunció una palabra.
Shippo parpadeó ladeando su cabeza, las palabras de la anciana sonaron apagadas, o más precisamente extrañas. "Qué necesita explicar el Capitán? Tal vez esta cosa de la reencarnación?"
"Debes hablarles sobre tu pasado, esa es la única forma de que entiendan." Continuó ella tan tranquilamente que Shippo estaba inseguro de si había hablado, solo captando partes y piezas de lo que podría haber dicho. Sus ojos verdes se volvieron hacia el Capitán, esperando por una reacción, sería la única prueba verdadera de que la anciana había dicho algo.
Infortunadamente para Shippo, esta vez el Capitán no resopló, solo aplastó sus orejas en su cabeza, y no hubo manera de decir si esa fue una respuesta para Kaede o simplemente fue el Capitán moviendo sus orejas, tal vez evadiendo un bicho o reaccionando a sus propios pensamientos internos. "Eso no es justo." Refunfuñó Shippo por lo bajo mientras cruzaba sus brazos sobre su pecho. "Tanto para escuchar, no me estoy enterando de nada."
Miroku frunció mientras miraba al joven Shippo que descansaba en su agarre, había notado el momento en que el zorrito había comenzado a comportarse extraño, llevándolo a darse cuenta de la extraña y sutil interacción entre el Capitán y la anciana. Frunciendo sus ojos, miró entre Kaede e Inuyasha, sabiendo por los movimientos de las orejas del Capitán, y el leve movimiento de los labios de Kaede, que la anciana había hablado y el Capitán había escuchado sus palabras. Qué se había dicho, sin embargo, no tenía idea y eso lo molestó. "Algo está pasando," asintió para sí mientras movía sus ojos entre los dos buscando más señales de comunicación. "Algo más profundo que solo una vieja amistad."
Él apretó sus dientes ante la idea, siempre había sabido todo lo que había que saber sobre el Capitán—sabía cuánto tiempo llevaba en el mar, conocía al primer Capitán del Capitán, conocía cada puesto que el hombre había manejado, sabía de las noches sin luna, sabía que el Capitán era mitad demonio, y aún—nunca había escuchado alguna mención de esta mujer, Kaede, o esta misteriosa Kikyo.
"Qué está pasando?" Se preguntó mientras sus ojos se movían de un lado a otro entre la anciana e Inuyasha. Frunciendo sus ojos, se giró hacia Sango, mirándola por respuestas, esperando que hubiese notado algo que él no después de su arranque. Se encontró con ojos marrones igualmente confundidos. "Sango?" Susurró a pesar de él mismo.
"No sé." Respondió ella antes de alejarse de él, sus ojos regresando a las dos figuras, la primera su Capitán y la segunda, esta misteriosa mujer de la que no sabían nada. "Deja eso," pensó. "Estoy mirando dos personas de las que no sé nada. Absolutamente nada." Frunciendo sus ojos, chasqueó su lengua con molestia antes de girar su cabeza al costado, mirando a la silenciosa Kagome.
La joven no se había movido desde la última vez que había hablado, en vez, permanecía derecha y recta pero con sus desenfocados ojos pegados al piso, como si buscara respuestas en la vieja madera. Si sólo esas tabletas pudieran hablar, entonces tal vez ya habría entendido lo que aún debía explicarse.
"Cómo puede ella ser la reencarnación de alguien?" Se preguntó la joven Sango observando a su amiga, la única otra mujer en el mundo con la que se llevaba bien, la única otra mujer en el mundo que parecía entenderla y aceptarla por quien era y lo que fue alguna vez. "Esto va contra todo lo que me enseñaron."
Lentamente, haciendo a un lado sus pensamientos, Sango estiró y depositó una tímida mano en el hombro de Kagome. "Kagome?" Pronunció suavemente el nombre de la joven, intentando traerla al mundo de la conciencia.
Kagome se movió hacia Sango ante el sonido de su nombre, sus ojos abiertos con leve sorpresa. "Qu—?" Parpadeó varias veces antes de sacudir su cabeza aclarando los pensamientos que no podía comprender. Tomando un profundo respiro, suspiró, largo y fuerte, sus ojos se cerraron fuertemente mientras organizaba su mente, intentando entender lo que estaba pasando. "Soy una reencarnación, la reencarnación del amor de Inuyasha, tengo su alma. Cómo es posible?" Gruñó antes de obligarse a abrir sus ojos.
Sus grises profundidades encontraron fácilmente la oscura habitación mientras inhalaba profundos respiros, lentos y penetrantes respiros que parecían calmarla y ayudarla a enfocarse. "Estoy bien," respondió la tácita pregunta de Sango antes de volver sus ojos al frente, hacia el salón ante ella, sus irises enfocándose en la única persona en la habitación que sabía tenía las respuestas definitivas y que, más importantemente, estaba dispuesta a compartirles. "Kaede," comenzó mientras retiraba gentilmente de su brazo la mano de Sango, alejándose de ella hacia la guardiana de conocimiento que era la anciana. "Soy la reencarnación de Kikyo, tengo su alma, verdad?"
"Sí y no." Murmuró la anciana, su ojo bueno lentamente regresó hacia Kagome lejos del silencioso Capitán, sus palabras casi inaudibles no lo alcanzaron como había esperado. "Tienes tu propia alma Kagome pero alguna vez le perteneció a Kikyo."
Kagome frunció sus cejas, la confusión evidente en su rostro. "Si alguna vez le perteneció a ella," comenzó levantando una mano para sostener su cabeza, como si alejara un inminente dolor de cabeza. "Entonces es de ella, no mía."
Kaede sacudió su cabeza lentamente de lado a lado, su ojo bueno cerrado. "Está en ti ahora," el ojo se abrió lentamente, casi triste antes de mirar a Kagome directamente a los ojos. "Así que es tuya ahora."
"Pero, no debería—," Kagome mordió su labio intentando reunir sus ideas. "No debería haber ido a algún lado? Cuando morimos vamos al cielo o al infierno, ah—," Gruñó mientras frotaba su sien, intentando masajear el aparente dolor de cabeza. "No regresamos. Cuando mueres estás muerto, eso incluye tu alma."
"No siempre." Comenzó Kaede con una sonrisa sincera y apologética en su cara. Como si estuviera tratando de decir que lo sentía por toda la confusión que había comenzado. "Algunas veces, como es el caso con tu alma, regresas."
La habitación quedó en silencio de nuevo, mientras esta nueva información golpeaba el aire. Parecía imposible para los humanos rodeando a Kaede, que un alma regresara de la muerte, después de todo siempre les habían enseñado que un alma le pertenece a una persona, cuando esa persona muere va al cielo o al infierno, incluyendo su alma. Así que cómo, cómo era posible para un alma no irse a ningún lado sino renacer. Era una enseñanza que ninguno de ellos, con excepción de uno, había aprendido.
Miroku colocó su mano en su mentón, descansándolo entre su pulgar e índice, contemplando lo que ya sabía y lo que le quedaba por aprender. "Por qué?" Preguntó Miroku avanzando, deteniéndose junto a Kagome, sus ojos penetrando el aire mientras su negra mirada observaba determinada a Kaede. "Por qué un alma regresaría a la tierra, por qué se reencarnaría?"
Kaede giró su ojo hacia Miroku, su arrugado rostro esbozó una sonrisa. "Ya lo sabes," declaró sabiamente, su sonrisa nunca titubeó. "Verdad?"
Miroku hizo una mueca ante las palabras, había leído antes sobre la idea de la reencarnación pero no con gran detalle. "Refresca mi memoria, por favor."
Kaede continuó sonriendo, sus ojos cálidos y llenos de un sigilo que no se ajustaba a su avanzada edad. "Las almas no van al cielo directamente." Comenzó mientras se alejaba de ellos, moviendo su viejo cuerpo lentamente con sus manos juntas detrás de su espalda. Con un resoplo alcanzó para sacar una silla para ella, arrastrándola por el piso con un horrible chillido mientras las patas de madera rozaban contra el piso de madera. Gruñendo, se sentó, la silla encaraba hacia el grupo de personas mucho más jóvenes. "Para un alma irse al cielo," comenzó de nuevo. "Primero debe volverse pura."
"Pura?" Susurró Miroku levemente, la palabra perturbadoramente familiar.
"Sí," asintió ella, una señal de confirmación. "Para volverse pura debe vivir muchas vidas y aprender muchas lecciones," sonrió levemente. "Con cada vida se acercará a la paz interior y a la pureza. Podría tomar millones de veces, un millón de vidas antes de que alcance ese santuario interior, pero cada vez se acerca más y más a estar en paz y ser pura."
"Y cuando se torna en paz consigo misma—," murmuró Kagome comprendiendo del concepto en mano. "Se va al cielo?"
Kaede sacudió su cabeza nada gentil. "Se vuelve iluminada," sus palabras fueron suaves y airosas, como si ya hubiese experimentado este gran momento de vida. "Entiende todo, la razón por la que vivimos, la razón por la que amamos, la razón por la que sufrimos, la razón por la que morimos, la razón por la que existimos, el propósito detrás de nuestras vidas, entiende todo esto y mucho más." Sus ojos brillaron mientras hablaba, como si verdaderamente creyera que esta era la verdad definitiva y para los demonios lo era. "En ese momento," pronunció con una sonrisa sincera en sus labios. "Trascenderá la tierra que conocemos y llegará a lo que los humanos conocen como el cielo."
Kagome asintió entendiendo, la teoría y el sistema de creencias que Kaede estaba presentándole tenía perfecto sentido. "Un alma debe ser iluminada para ir al cielo." Declaró mientras asentía confirmando su comprensión consigo misma. "Entonces estás diciendo, el alma de Kikyo no era iluminada, así que tuvo que renacer?"
La sonrisa de la anciana se desvaneció mientras tomaba un profundo respiro, desviando su mirada de Kagome hacia la ventana que daba afuera. Estaba oscureciendo a cada segundo, la suave luz de la noche un inminente recordatorio de la oscuridad del hombre. "Sí." Susurró ella muy levemente, su ojo bueno titubeó observando esa oscuridad. "Kikyo tenía mucho que aprender."
Inuyasha se movió incómodo ante las palabras, una acción no notada por nadie además de Kaede quien captó el leve movimiento por el rabillo de su ojo bueno. Sabía que Inuyasha más que nadie fue bien consciente de los defectos de Kikyo. "Hermana." Susurró Kaede por lo bajo, su voz sonaba afligida. "Si sólo no hubiese estado tan dominada por el odio."
Kagome asintió, mientras se asentaban las palabras previas de Kaede. "Entonces renació en mí—o bueno—su alma, verdad?" Continuó ante el movimiento de cabeza de Kaede. "Para volverse lo pura suficiente para ir al cielo."
Kaede asintió bruscamente una vez más antes de volver su ojo bueno hacia Kagome fijándolo en la joven. "Así fue." Confirmó ella antes de continuar. "Eres la próxima vida, un paso más cerca al cielo."
"Entonces," Kagome trató de concluir. "Soy Kikyo pero renacida."
"No," dijo Kaede inteligentemente, su ojo brillaba con algo parecido a la molestia como si su paciencia estuviera acabándose. "Eres Kagome."
Kagome gruñó ligeramente. "Pero tengo su alma, estoy dando un paso más cerca de la pureza."
"Esa alma ahora es tuya." Gruñó Kaede. "Nunca dije que fueras Kikyo, dije que posees su alma, lo que significa que alguna vez fuiste ella pero ahora eres tú." La anciana miró intensamente a Kagome. "Así como Kikyo alguna vez fue alguien más pero aún era Kikyo."
"Tengo dolor de cabeza." Murmuró Shippo desde su lugar en el hombro de Miroku mientras miraba entre las dos mujeres.
"Igual yo." Respondió Miroku asintiendo.
Un fuerte suspiró llevó todos los ojos hacia el Capitán. El hombre estaba de pie con sus brazos cruzados sobre su pecho, sus ojos fuertemente cerrados, y su boca en una delgada línea—una línea de frustración y rabia, de confusión y aceptación. Lentamente, sus dorados ojos se abrieron girándose para mirar a todos a su alrededor, enfocándose en cada uno de ellos individualmente antes de volver sus ojos hacia Kagome, penetrándola con una mirada que se movía entre anhelante y fulminante. "Un alma no dicta quién eres," dijo firmemente antes de desviar su mirada, su cuello se giró hacia la derecha como si estuviera obligándose a darse la vuelta. "Solo porque tu alma alguna vez fue de ella no te hace ella. Las personas reencarnan todo el tiempo pero eso no significa que sean alguien además de quienes nacieron."
Su voz se desvaneció ásperamente mientras descruzaba un brazo para poder llevarlo a su rostro, frotando el puente de su nariz, sus ojos de nuevo se cerraron fuerte intentando masajear la tensión.
"Tú eres tú y ella era—ella." Continuó, su voz de alguna manera se tornaba más suave mientras hablaba, como si el recuerdo de ella estuviera tomando control de él. "No eres nada como ella." Terminó francamente, sus ojos hacia el piso, mirando las grietas entre cada tabla de madera. "Nada en lo absoluto."
Kagome sintió su corazón apretarse en su pecho mientras hablaba. "No eres nada como ella." Las palabras hicieron eco en su cabeza, una nueva ola de confusión regresó a ella. "Si no soy nada como ella, nada como la chica que amaste y—perdiste—entonces por qué, por qué te gusto o actúas como si te gustara?" Kagome giró su cabeza, llevando una mano a su pecho donde la gema colgaba contra su piel. Sus manos apenas la rozaron y sintió una pequeña corriente de electricidad atravesarla que no entendió más de lo que entendía estaba pasando en este momento. "Por qué todo es tan complicado?"
"Inuyasha tiene razón, Kagome." Intervino Kaede observando a la estresada joven, su ojo vagamente registró el objeto con el que estaba jugando. "No te pareces en nada a mi hermana. Tu alma podrá ser la misma pero sus personalidades son muy diferentes."
Kagome apretó sus dientes, la rabia la dominaba mientras dejaba caer su mano de la gema y cerraba un puño. "Si somos tan diferentes entonces cómo sabes que mi alma es suya?" Gruñó ella, su voz apenas a unos decibeles de gritar.
"Lo vi." Respondió Kaede. "Fue fácil de decir porque tú y mi hermana tienen una cosa muy en común."
"Y qué es?" Preguntó Kagome sarcástica mientras cruzaba sus brazos sobre su pecho, casi como si estuviera tratando de consolarse al protegerse.
"Ambas son Miko y las almas de las Miko son fáciles de identificar." Llegó la respuesta del Capitán.
Kagome levantó su ceja ante la extraña palabra. "Miko?" Susurró en voz alta, su rostro lleno de confusión. "Qué es una Miko?"
"En la sociedad occidental podrías decir que son sacerdotisas." Informó Kaede gentil, la expresión en su rostro suave y tranquilizador para la confundida Kagome. "Tienen poderes sobrenaturales y están conectadas muy cerca de Dios."
"Entonces son unas monjas con poderes místicos?" Murmuró Sango mientras ladeaba su cabeza, levantando una ceja en el proceso.
Kaede sonrió divertida antes de reír profundo en su garganta. "No exactamente. Son mujeres espiritualmente poderosas pero no completamente por su fe, algunas no tienen fe pero retienen sus poderes. Es algo con lo que nacen."
"Eso no—," comenzó Sango pero fue interrumpida instantáneamente.
"Cómo," todos en la habitación se paralizaron cuando las palabras de Kagome atravesaron el aire llamando la atención de todos hacia su cuerpo que permanecía rígido y sarcástica. "Cómo sabes que soy una—," Se detuvo como si fuera incapaz de decir la palabra. "Una Miko?" Terminó, sus ojos miraban a Kaede, suplicando con ella.
"Manten."
Kagome parpadeó sorprendida mientras sus ojos se desviaban de Kaede hacia Inuyasha, la única persona a la que había tratado desesperadamente de ignorar a través de toda la experiencia, y la persona que le había respondido. Ahora estaba a unos pocos pies de ella, pero se sentía como a millas. Tragó ante la vista, tomando un profundo respiro mientras dirigía sus preguntas hacia él. "Manten." Susurró ella, luego aclaró su garganta antes de comenzar de nuevo, esta vez con más confianza. "Qué pasa con él?"
El Capitán inhaló profundamente, respirando como si su vida dependiera de ello antes de girarse hacia ella, sus ojos encontraron sus profundidades grises, asimilando la tormenta que brotaba en ellos. Por un segundo, fue todo lo que pudo ver, esa hermosa y asombrosa diferencia entre Kagome y Kikyo. "Esos ojos—sus ojos," Su mente corría. "Son tan—diferentes." Y como si no pudiera decirlo, incluso para sí, supo que amaba eso de ella. "Recuerdas," comenzó finalmente haciendo a un lado sus pensamientos. "Cómo murió Manten?"
Kagome parpadeó confundida, mientras chupaba su labio inferior en su boca perpleja. En verdad no recordaba mucho del encuentro, recordó el temor, recordó su conclusión—el Capitán era un mejor hombre—recordó que todo se tornó borroso después y recordó la oscuridad pero después de eso no había nada. O, al menos, había algo, algo que no podía comprender, enterrado profundo en su mente. Un destello de un rostro, ojos rojos, un gruñido, y luego silencio, oscuridad, y lo siguiente que supo fue que despertó en la habitación del Capitán.
Kagome sacudió su cabeza lentamente haciendo a un lado la borrosa recolección. "Todo lo que recuerdo es lo que pasó mientras estuvo vivo."
"Y qué fue eso?" Preguntó Inuyasha mirando a Kagome, analizándola mientras lo hacía, enfocándose en ella, viéndola, no creyendo que ella y Kikyo en realidad fueran la misma persona y sabiendo que era la verdad. "No puede ser posible." Susurró en su mente. "Para alguien tan frío como Kikyo volverse alguien tan dulce y cálida como Kagome. Cómo es posible que dos mujeres sean tejidas de la misma tela?" Quería alcanzar por ella, halarla hacia él para mirar cada pulgada de su carne para poder encontrar su respuesta. Había más diferencias físicas además del ondulado cabello y los brillantes ojos grises. Debía haber una prueba, prueba que necesitaba sentir, necesitaba ver—algo que le asegurara lo que ya sabía.
Inconsciente de los pensamientos del Capitán, Kagome se perdió en su pregunta. "No puedo decirle. No puedo decirle lo que hizo Manten, se enojaría pero—," Detuvo su tren de ideas, sus ojos se levantaron para mirar al Capitán perdido en los suyos. "Por qué le importaría?" Preguntó ella. "Le importaría porque soy Kagome, soy yo, o porque—alguna vez fui Kikyo?" La respuesta a esa pregunta la asustaba, no quería saber. Sacudiendo la idea de su mente regresó al incidente, forzándose a enfocarse en el encuentro con Manten en vez de los sentimientos del Capitán. No eran mucho mejores.
Aún podía sentirlo, la sensación de sus manos en sus caderas, masajeando más y más abajo, la sensación de sus labios rozando la parte trasera de su oreja, húmedos y desagradables mientras tocaban cada pulgada de su cuello, y luego su cuerpo empujando contra su trasero, frotándose en círculos mientras gemía. Tartamudeó involuntariamente, la bilis subió a su garganta mientras recordaba el horrible encuentro.
De pie a unos pies, Inuyasha olfateó el aire en orden de medir los sentimientos de Kagome solo para fruncir sus cejas cuando un clavo atravesó el aroma de Kagome, el aroma del miedo, el aroma del disgusto, un aroma que había olfateado de Sango en los viejos días antes de que Miroku hubiese curado su delicada alma. Apretó sus dientes mientras el olor se hacía más fuerte, la importancia de ello y el significado detrás encendió cada instinto, diciéndole matar a Manten otra vez, regresar de la muerte al bastardo y patear su trasero.
"Lastimó a mi mujer." Gruñó el demonio en él desde lo más hondo de su mente. "Tocó a mi mujer!"
"Está muerto," respondió Inuyasha intentando controlar ambos lados de él pero lo encontró difícil desde que estaba igualmente molesto de que no hubiese sido quien hiciera sufrir al hombre. "Ella lo mató, así que no hay nada que podamos hacer!" Gruñó sin darse cuenta que por primera vez no había negado que Kagome era su mujer.
"Recuerdo—," Comenzó Kagome de repente deteniendo la pelea interna de Inuyasha con su temblorosa voz. "Estaba amenazándome—amenazándome con—um—," Titubeó con un profundo respiro, Sango se detuvo a su lado ofreciéndole una tranquilizadora mano en su hombro. Kagome sonrió levemente ante el gesto. "Amenazó con matarme."
Inuyasha gruñó por lo bajo, sabía que estaba mintiendo.
"Y yo—me enojé," continuó Kagome, su voz ahora un poco más fuerte. "Recuerdo sentirme mareada por un segundo y luego totalmente tranquila." Kagome ladeó su cabeza mientras revivía de nuevo esa sensación. "Mi corazón se desaceleró, todo lo hizo, como si el mundo se paralizara y luego todo se desvaneció como si mi mente quedara en blanco." Kagome pausó mientras una idea cosquilleaba el fondo de su mente. "Hay más, siento como si hubiese más." Parecía decir pero no podía precisarlo, era todo borroso como destellos de algo más. Subconscientemente, alcanzó por la joya alrededor de su cuello, el gesto captó los viejos ojos de Kaede.
"Curioso." Pensó la anciana observando a Kagome titubear para tocar la gema. "Podría ser—ha pasado tanto tiempo." La anciana miró a Inuyasha frunciendo levemente. "Supongo que eso explica por qué está aquí sin ella—definitivamente lo sabe."
"De qué me estoy perdiendo, por qué siento que estoy perdiéndome de algo?" Se preguntó Kagome, su mente incapaz de comprender qué estaba tratando de hacerla recordar. Sacudiendo su cabeza, Kagome se forzó a concentrarse en el aquí y el ahora. "Lo próximo que supe," habló, la sensación en el fondo de su mente comenzó a disiparse. "Fue que desperté en el barco."
Kaede asintió mientras escuchaba, mordiendo su labio antes de girarse y mirar a Inuyasha, sabiendo sin tener que preguntar que él había sido quien la llevó al barco, y que él había sido testigo de lo que sea que hubiese pasado después de que Kagome entró en el trance de Miko. "Qué viste?" Preguntó prontamente, su viejo ojo dominante, diciéndole a Inuyasha que no era un buen momento para mentir.
"Una luz," respondió Inuyasha sin dudar, sus ojos iban de un lado a otro, no atreviéndose a fijarlos en alguien en el salón. "El mismo tipo de luz—," Levantó una mano para rascar su nariz, un gesto que todos en la habitación sabían que significaba que estaba incómodo con lo que iba a decir. "Que usaba Kikyo."
Kaede asintió comprendiendo, conocía bien este poder, lo había visto con sus propios dos ojos. "Energía de purificación?" Habló en un rápido susurro. "Suponiendo que Manten fuera un demonio."
"Sí," respondió el Capitán, esta vez roncamente como si encontrara difícil hablar.
"Y lo purificó?" Sostuvo Kaede mientras señalaba a Kagome quien miraba entre los dos con perplejos ojos grises.
"Hice qué?" Preguntó ella, sus ojos una turbulenta tormenta de incertidumbre y temor. "Lo purifiqué?"
"Sí," Kaede le asintió a la joven. "Lo más básico que puede hacer una Miko, es purificar un demonio hasta que no queda nada sino una pila de cenizas. Es la única manera en que un demonio puede irse al infierno."
Instantáneamente, Kagome llevó una mano sobre su boca, sus ojos enormes y aterrorizados, su respiración se tornó laboriosa mientras sacudía su cabeza, una sensación de mareo la inundó. "Lo maté?" Susurró ella, su respiración se aceleraba con cada segundo. "Maté un hombre?"
"Kagome," intervino Sango antes de que Kagome pudiera hiperventilar, sujetando a la joven por ambos hombros manteniéndola de pie para que sus rodillas no cedieran. "Lo merecía! Él iba a—," Lamió sus labios incapaz de decir la palabra que todos sabían era la verdad. "Iba a matarte. Si no hubieses hecho algo él lo habría logrado y tú—," Lágrimas se reunieron en los ojos de la joven mientras halaba a Kagome hacia ella, cobijando a la joven en un fuerte abrazo para calmar los propios forcejeos de Kagome.
"Pero maté un hombre, maté a alguien," gritó Kagome horrorizada de haber hecho tal cosa, horrorizada de que hubiese lastimado a otro ser viviente. Era, desconocido para ella, otra diferencia entre ella y Kikyo.
Sango cerró sus ojos fuertemente ante el sonido de las palabras de Kagome, rehusándose a soltarla mientras forcejeaba, en vez, la mantuvo más cerca, halándola tan cerca que pudiera susurrar en su oído, una sentencia dirigida sólo a los oídos de Kagome. "Si no lo hubieses hecho, habrías terminado como yo."
Kagome se paralizó, el forcejeo la abandonó mientras las palabras de Sango la golpeaban con total fuerza, como un baldado de agua fría vaciado sobre su cabeza. Se sentía horrible, sabía por lo que Sango había pasado, sabía que Sango habría tomado cualquier oportunidad para matar al hombre que la había violado. Sabía que Sango estaba envidiosa, estaba feliz de que Kagome tuviera la oportunidad de salvarse, y eso la hizo sentir aún peor. "Sango." Tragó ella, lágrimas llenaron sus ojos mientras rodeaba a su amiga con sus extremidades, devolviendo el abrazo con remordimiento. "Lo siento."
"Está bien." Llegó la temblorosa respuesta de Sango mientras la joven se aferraba a Kagome, cambiando de papeles. "Solo me alegra de que estés a salvo."
Kaede les sonrió levemente a las dos jóvenes desde los costados, sabiendo ahora sin ninguna duda que Kagome era una Miko, que era la única forma en que una luz como esa pudiera venir de una humana. "Una Miko." Susurró Kaede mirando a Kagome. "Realmente es una si puede purificar un demonio." Kaede inhaló un profundo respiro, parpadeando varias veces, conteniendo las lágrimas con sus pestañas antes de girarse y mirar a Inuyasha, sus ojos brillantes. "Ahora—," Comenzó fuertemente llamando la atención de todos los demás. "Te gustaría decirme la otra razón por la que estás aquí?" Señaló hacia Kagome, un gesto que nadie entendió.
"Um?" Apenas respondió Inuyasha mientras miraba entre Kagome y Kaede con confusión en su rostro. "Ya hablamos de eso," le dijo levantando una ceja e inclinándose levemente como si le diera un mejor vistazo a la anciana. "Te estás volviendo senil?"
Kaede le dio una extraña mirada mientras miraba hacia Kagome quien aún estaba aferrándose a la otra mujer intentando calmarse. "No lo sabes?" Susurró suavemente, aparentemente desconcertada.
"Saber qué?" Dijo Inuyasha girándose lentamente hacia ella, mordiendo su labio inferior con sus dientes. Abrió su boca para hablar pero fue detenido por la mano levantada de Kaede. "Kaede?" Susurró perplejo pero la anciana solo sacudió su cabeza mientras colocaba sus brazos a cada lado de la silla en la que todavía estaba sentada y se puso de pie antes de comenzar a dar pasos lentos lejos de él y hacia Kagome.
Poco a poco, Kaede se detuvo ante la joven Kagome, su ojo gentil mientras miraba a la jovencita. "Kagome," pronunció el nombre lentamente, segura. "Puedo ver la joya alrededor de tu cuello?"
"La joya?" Murmuró Kagome mientras se separaba ligeramente de Sango y tocaba la pequeña gema que colgaba de su cuello. "Quieres decir esta?" Ofreció lentamente mientras mordía su labio sintiéndose extrañamente protectora de la gema que descansaba alrededor de su cuello.
"Sí," susurró Kaede tranquilamente mientras Inuyasha la observaba con extasiada atención. "Puedo verla?"
Kagome miró al Capitán por permiso y observó mientras él lamía sus labios antes de darle la más ligera inclinación de su cabeza. Ella mordió el interior de su mejilla ante la seña y se giró para mirar desconfiada a la anciana. "Qué querrá con ella?" Se preguntó mientras alcanzaba por la joya con manos tímidas, sujetando la joya firmemente antes de retirarla de su cuello y sostener la gema limpia por su vieja cadena para que la anciana pudiera verla.
Kaede asintió solemnemente, su ojo fijo en la joya en completa contemplación antes de darse la vuelta, dirigiendo su foco hacia el Capitán tras ella, su expresión una de compasión. "Es la misma que le diste a Kikyo, verdad?" Le preguntó llamando la atención de todos en la habitación.
Las orejas de Inuyasha se aplastaron en su cabeza mientras se giraba lejos de la anciana, sus ojos ilegibles para todos alrededor. Finalmente, asintió, un gesto rápido y corto desviando la mirada de todos, eligiendo enfocarse en la pared al otro lado.
"La que recuperé," continuó Kaede gentil. "Después de su muerte?"
Inuyasha resopló y llevó sus manos a sus costados, cerrando sus puños fuertemente, su cuerpo temblaba ligeramente. "La misma."
Desde su lugar detrás de Kaede, Kagome observó el intercambio con un corazón destrozado. "Fue un obsequio para Kikyo?" Pensó ella mientras observaba la joya mecerse en la cadena que aún sostenía en el aire, su cuerpo paralizado e incapaz de moverse. "Un obsequio que devolvió cuando murió—una especie de regalo de muerte." Tragó y lentamente regresó la joya hacia su corazón, sosteniéndola fuertemente contra ella mientras un sentimiento de completa y total confusión entraba en su pecho. "Por qué me la dio y me hizo usarla?" Sacudió su cabeza, sus ojos nunca dejaron el extraño cristal rosáceo. "Me la dio a mí porque se la dio a Kikyo y eso tenía sentido? Es como si estuviera tratando de convertirme en ella." Gruñó ella, rabia alimentó su anterior indignación. En ese instante quiso tirar la gema lo más lejos posible de ella, tal vez tirarla en la cara de su dueño pero algo la detuvo, un lado más racional de su cerebro. "Qué si tuvo otra razón?" Gruñó internamente mientras colocaba una mano en su frente. "Por qué no puedo tener algo de paz y no estar confundida?"
Kagome no tuvo tiempo para preguntar más, porque de nuevo la conversación había progresado a algo completamente nuevo y confuso para todos, no solo para ella.
La anciana aun mirando a Inuyasha apretó sus labios en una delgada línea observando intensamente al perro demonio. "Cuándo," habló ella, su ojo bueno fruncido. "Regresaron tus recuerdos, Inuyasha?"
La habitación pareció paralizarse mientras las palabras de Kaede se suspendían en el aire. Sango y Miroku se miraron mutuamente como si le preguntaran al otro qué estaba pasando aun sabiendo que ninguno tenía una respuesta. Kagome apretó su agarre en la gema, sus ojos miraban entre Inuyasha y Kaede como si tratara de descifrar lo que estaba pasando.
Inuyasha permaneció callado por varios minutos mientras las palabras de Kaede permeaban el aire, una de sus manos alcanzó y tocó el lugar ahora ausente en su pecho donde la joya descansaba normalmente, una gesto nervioso que ahora era inútil. "Mis recuerdos?" Logró murmurar en el aire, su voz vacía de alguna emoción.
Kaede asintió, su viejo rostro se veía casi dolido. "Fue antes o después de quitarte el collar?"
"Antes." Le dijo honestamente tratando de comprender lo que estaba insinuando Kaede. "Qué está pasando?" Pensó para sí mientras sentía sus emociones comenzar a liberarse de su contenido control. "Sabía que algo los había bloqueado pero no sabía que ella lo sabía." Aclaró su garganta fuertemente. "Qué sabes, Kaede?"
"La verdad." Habló la anciana, su voz casi apologética para todos en la habitación. "Creo que tú también lo sabes."
Inuyasha levantó una mano, su otra mano fue a su rostro para tocar su sien, como si mantuviera su rabia bajo control. "Estás sugiriendo que ese collar," ondeó distraídamente su mano hacia Kagome. "Bloqueó mi memoria?" Su voz temblaba mientras hablaba. "Nunca hizo eso antes!" Espetó mirando a la anciana, sus ojos prácticamente trataban de fusilarla mientras sus manos temblaban con su propia rabia encendiéndose dentro de él.
Kaede asintió, encogiendo sus hombros como si dijera: Sabía que esto no saldría bien. "Ella no quería que recordaras."
Inuyasha apretó sus dientes, retirando su mano de su cabeza en el proceso. "Ella puso un encantamiento en él antes de morir y luego te dijo devolvérmelo?" Presionó mientras apretaba sus manos a sus costados, sus ojos destellaban con furia mientras miraba a la anciana. "Quería joderme la cabeza?"
"Fue su último deseo," informó Kaede con una voz tranquilizadora intentando controlar el temperamento que vio brotar. "Me dijo devolvértelo porque tú eras su dueño. No descubrí que lo había encantado sino hasta después." Continuó ella, sus manos se extendieron en un aplacador gesto de buena fe. "Cuando el poder de Kagome se activó, el encantamiento debió haberse roto." Lo miró apologéticamente. "Lo siento pero ella no quería que la conocieras, quería que olvidaras."
"Maldición!" Gritó Inuyasha, la rabia lo rebasó mientras estrellaba su puño en la mesa a su izquierda, haciendo que se rompiera en leños y astillas.
Sango y Kagome saltaron por reflejo mientras pequeños trozos de madera caían alrededor. Instintivamente, Miroku se detuvo al lado de Kagome colocando una gentil mano en el hombro de la joven. Sorprendida, Kagome miró al hombre captando sus tensos ojos negros que parecían decirle que estaría bien y que no debía temer. Ella asintió temblorosa que entendía justo cuando Sango llegó a detenerse a su otro lado, el pequeño Shippo se veía aterrorizado en sus brazos.
"No era su decisión." La voz del Capitán irrumpió de nuevo en la habitación, sacándola de la barrera protectora de personas a su alrededor.
"Pero fue la decisión que tomó." Valientemente, Kaede dio un paso, sus manos aun extendidas hacia él en una señal de paz. "No puedes cambiar el pasado, Inuyasha." Continuó suavizando. "Lo que está hecho está hecho, lo único con lo que puedes tratar es lo que está en frente de ti ahora y el poder que posee esa joya."
"Sólo es una maldita joya," Gritó Inuyasha, su temperamento rebosado mientras lo inundaba la rabia. La verdad era que no era solo una maldita joya; fue un obsequio que le dio tiempo atrás una mujer por la que se había preocupado más que nadie en el mundo. "Madre." Pensó mientras la rabia brotaba en él, rabia por Kikyo quien se había atrevido a meterse con una posesión tan valiosa. "Por qué se la di?" Se preguntó mientras recordaba estar sentado en la cama de esa mujer mirando su desnudo hombro mientras jugueteaba con la gema alrededor de su cuello.
"Es hermosa." Susurró Kikyo en la oscura habitación mientras su cabello negro caía libremente frente a uno de sus lechosos senos.
"Te gusta?" Respondió Inuyasha con una sonrisa, sus ojos negros fijos en ella mientras movía la gema entre sus dedos.
Kikyo rió suavemente y lo miró, sus ojos cálidos en una forma que no se ajustaba a su expresión diaria. "Por supuesto." Susurró ella soltando la gema y se acercó más a él, sus labios buscaban los suyos en la habitación escasamente iluminada.
Él inhaló bruscamente mientras la probaba y la halaba más cerca, permitiendo que sus pechos se presionaran, la joya acuñada en medio. Con un gruñido, se separó de ella y se recostó en la cama llevándola con él hasta que su cabeza descansaba en su pecho. "Vas a matarme, mujer." Murmuró en su cabello mientras inhalaba su aroma florido.
Kikyo rió, un sonido que era extraño viniendo de su fachada normalmente dura y luego, así como la risa emergió se detuvo mientras se tornaba seria de nuevo. "Pronto será de mañana."
Su respiración se atascó en su garganta. "Me iré antes de que salga el sol." Le dijo aunque su corazón ardió en su pecho ante la idea.
"Pasará mucho tiempo antes de verte otra vez, verdad?" Susurró ella en la fría noche. "Me preocuparé."
Su corazón palpitó ante sus palabras, nunca antes le había dicho que se preocuparía. "Siempre regresaré a ti." Le dijo honestamente en la oscuridad mientras su corazón se hinchaba con sentimientos arrolladores por la desnuda mujer descansando en su pecho.
Ella se sentó, sus dedos se movieron gentiles contra su desnuda piel mientras sus oscuros ojos lo miraban expectantes. "Lo prometes?"
Nunca entendería por qué alcanzó por la cadena alrededor de su cuello o por qué sonrió ante su mirada de completa sorpresa mientras la depositaba sobre su cabeza para descansar entre el valle de sus senos. Colgaba ahí meciéndose entre sus pálidos senos de un lado a otro, la luz de la luna reflejándose en ella mientras lo miraba incrédula, "Lo prometo." Susurró él en la noche y le dio una mirada que confirmaba cada palabra que había dicho. "Lo prometo." Susurró una última vez mientras se inclinaba y tocaba sus labios con los suyos.
Inuyasha sintió su mente salir del recuerdo, su corazón no ardía más con preocupación o amor no correspondido sino con rabia, traición y odio. "Después de todo eso, se metió con ella." Sintió sus manos temblar violentamente mientras todo su cuerpo comenzaba a tensarse como si estuviera a punto de entrar en una pelea. "Devolvérmela a su muerte con un encantamiento para dañarme la cabeza, borrarse ella y cada recuerdo que tuve con ella!" Inhaló profundamente mientras veía rojo. "No tenía el derecho!" La idea se repetía, gritándose una y otra vez en su mente. "No tenía el derecho a meterse con mi cabeza, no tenía el derecho a meterse con la joya de mi madre!"
"Inuyasha, escúchame," Kaede habló fuerte, su voz un don de razón en la bruma en la que estaba la mente de Inuyasha. "Ella tuvo sus razones pero eso fue hace cincuenta años. No hay nada que podamos hacer para cambiar el pasado."
"Pero—," Él trató de resaltar la importancia de lo que su hermana había hecho, trató de decirle que esto no era solo sobre la manipulación de sus recuerdos sino que no podía—no podía permitirse admitir que lo que más le dolía era que usara esa joya sagrada para un propósito tan superficial. "Ella," Dijo usando las únicas palabras que podía. "Se metió con mi mente." Continuó hablando Inuyasha, paseándose de un lado a otro, los vellos de su nuca erizados. "Qué le da el derecho para jugar con mi cabeza?" Desconocido para los otros, se refería a eso en más formas que esa.
De pie a un costado, Kagome observó la rabia cruzar el rostro del Capitán, sus ojos estudiándolo, estudiando la forma en que se paseaba de un lado a otro, sus orejas aplastadas en su cráneo, los pequeños pelos en ellas erizados mientras se movía, todo su cuerpo tenso y enojado con la mujer que era su encarnación, la mujer que había amado. "Por qué haría eso?" Se preguntó mientras observaba al Capitán llevar sus manos hacia su cabeza, pasando una por su cabello mientras la otra buscaba algo destructivo que hacer. "Estaba protegiéndolo?"
"Ella siempre hizo esto," Continuó balbuceando Inuyasha, respondiendo inconscientemente las preguntas de Kagome. "Siempre quiso borrarlo, mantenerlo oculto, y bien que encontró una manera!"
"Inuyasha," resonó la voz de Kaede, esta vez sonó casi como una advertencia.
"Sabes que es verdad." Gritó él mientras estrellaba su puño sobre otra mesa, esta vez no la rompió pero la usó para mantenerse en pie. "Ella había querido olvidar, para no tener que admitirlo."
"Sé que lo ocultó pero no fue—," La mujer suspiró cerrando sus ojos. "No fue por maldad."
"Por maldad, no—," Gruñó Inuyasha sarcástico mientras giraba de golpe su cabeza para mirarla con furia destellando en sus ojos. "Más como práctico."
"Inuyasha." Llamó Kaede exasperada, sus viejos hombros se desplomaron.
"No quería manchar su agonizante reputación," levantó sus manos en el aire, su voz tan sarcástica como la mirada en su rostro. "Al decirle al mundo sobre mí, el maldito," se detuvo en seco de decir lo que quería. "Pirata demonio con el que se acostaba!"
Kagome no tuvo tiempo de admitir el significado tras esas palabras cuando la realización la golpeó. "Eso es." Pensó que todo se juntó justo cuando las palabras dejaron la boca del Capitán. "Eso es por qué—ella—se avergonzaba." Dijo Kagome en voz alta, de inmediato su mano cubrió su boca con horror.
El aire se tornó denso de inmediato, denso con remordimiento, denso con rabia, denso con horror, denso con temor, denso con confusión y duda. A su lado, Sango retrocedió un poco, soltando a Kagome completamente temerosa por la furia del capitán. Miró a Miroku quien también había retrocedido, mirando a su esposo con ojos abiertos como si preguntara si tenía alguna idea de lo que estaba pasando. Miroku se encogió antes de alcanzar y depositar una mano en su codo echándola más hacia atrás. Podían preocuparse por Kagome pero el temor por su vida sopesaba incluso esos sentimientos de protección y preocupación.
El Capitán se giró lentamente hacia Kagome, sus ojos aterrizaron en ella, su rabia anterior pareció disiparse y amplificarse mientras sus dorados irises la miraban con absoluto horror. "Supongo que estás de acuerdo con—," Comenzó él pero Kagome lo interrumpió.
"Lo siento." Dijo rápidamente ondeando sus manos en frente de su rostro. "No quise decir que ella lo estaba, solo dije que no era—no era eso, que estabas implicando que ella se—e-e," Ella aclaró su garganta y miró al piso. "Avergonzaba pero—no creo—quiero decir, yo no me avergonzaría, un pirata es una—interesante elección para la mujer que le guste ese tipo de hombre—no estoy diciendo que sea un mal tipo de hombre solo que no a todas," sus ojos se movían de un lado a otro. "Les gusta un hombre que mata y roba y viola pero tú no haces eso, eres bueno quiero decir—," Rió incómoda mientras juntaba dos de sus dedos en frente de su rostro. "Quiero decir, bueno—no hay razón para avergonzarse de ti. No eres el pirata promedio, sabes, no violas, eso lo sé, y robas pero como una especie de Robin Hood y eres más amable que todos los otros piratas que he conocido y eres más guapo y—," Su rostro se tornó rojo mientras sus palabras se registraban en su cabeza. "Dejaré de hablar ahora." Susurró mientras sus enormes ojos se movían de sus manos para mirar sus pies avergonzada.
Inuyasha sintió su corazón regocijarse en su pecho, el temor que lo había plagado cuando habló la primera vez se fue, menguando como una indeseada ola. "Ella no está de acuerdo." Pensó él. "En verdad eres diferente de Kikyo, no es así, Kagome?"
Viendo una clara oportunidad, Kaede avanzó, hacia Inuyasha, sus manos a sus costados en vez de en frente de su cara. "Inuyasha," dijo suavemente, desviando la atención de Inuyasha de Kagome y hacia ella. "Dónde obtuviste la joya?"
"Yo—," Comenzó a hablar pero su voz se atascó en su garganta por la extraña pregunta. "Qué?"
"Dónde," Kaede habló lentamente esperando que se distrajera con el nuevo tópico. "Conseguiste la joya?"
Inuyasha parpadeó asimilando sus palabras mientras todos los pensamientos de Kikyo cambiaban a pensamientos de otra mujer. "Okaa-san." Tragó mientras la palabra llenando su cabeza era la única persona en este mundo que sabía de dónde había venido la gema. "Miroku," miró hacia el joven quien permanecía un poco atrás de Kagome mirándolo con una expresión de reproche en su rostro. Incluso con ese hecho en su cabeza abrió su boca antes de tener el tiempo para pensar más. "No sé." Dijo mirando a su hijo a través de sus mechones. "La he tenido por tanto como puedo recordar." Le envió al joven una mirada discreta diciéndole en silencio no decir una palabra.
Miroku frunció ante la silenciosa orden pero asintió con igual discreción. "Tienes personas en quien confiar." Pensó tratando de no suspirar. "No te matará decirles." Dejó desplomar sus hombros sabiendo que era inútil, el Capitán era un hombre de secretos que se había quemado muchas veces antes. "Por ahora, respetaré tu decisión pero algún día vas a tener que comenzar a confiar en la gente, no puedes ser un gran misterio para siempre, especialmente—" Desvió la mirada del Capitán hacia la cabeza de Kagome y sonrió.
"Hm." Kaede aceptó la información con un ligero frunce. Miró largo y duro al hombre que había conocido desde que era una niña pero Inuyasha simplemente permaneció ante ella erguido e inmóvil. Después de unos momentos, suspiró y le dio una ligera sonrisa que pareció sugerir que no le creía una palabra. "Es extraño que tengas algo," Señaló la joya con una mano. "Tan valioso como esto."
Inuyasha levantó una ceja mientras hablaba. "Sólo es una gema." Le dijo franco con su ceja aun alta. "No tiene valor."
"Estás seguro?" Kaede habló tan suavemente que los hombres y mujeres se reunieron alrededor para escuchar. Levantando su cabeza hacia Kagome que aún mantenía la joya alrededor de su cuello, suspiró, estudiándola por varios minutos con su ojo bueno. "Esa no es una joya ordinaria, Inuyasha."
Inuyasha sintió su corazón detenerse ante sus palabras. "Qué," Inuyasha tragó tratando de controlar sus palabras. "Qué quieres decir?"
"Esa joya es parte de algo mucho más grande que tú o que yo." Continuó ella, su vieja voz rasposa mientras hablaba. "Es mucho más antigua que tú o que yo." Le dio una mirada diciéndole cuán significante era su edad realmente. "Se remonta a los comienzos de la piratería."
Inuyasha frunció tratando de imaginar a dónde iba Kaede con sus palabras.
"Los comienzos?" Inquirió Miroku con un paso adelante, metiéndose en la conversación.
Kaede se giró hacia el joven y le dio un corto movimiento de cabeza. "Los comienzos mismos," le dijo firmemente. "Alrededor de doscientos años atrás."
"La piratería ha existido tanto tiempo?" La voz del pequeño Shippo llegó desde su lugar en los brazos de Miroku.
"Sí," Kaede asintió gentilmente, dándole al niño una suave sonrisa. "Así como esta joya o debería decir, este fragmento de la joya."
"Fragmento?" Repitió Sango interviniendo justo como Miroku momentos antes.
Kaede asintió por millonésima vez antes de mirar a Kagome, a la joya que descansaba sobre el pecho de la joven. "Alguna vez perteneció a una joya mucho más grande, la Shikon no Tama."
Las orejas de Inuyasha de irguieron de inmediato en su cabeza, mirando a la anciana con sorprendidos ojos dorados. "Shikon no Tama, la Shikon no Tama." Se giró y le dio a la joya una extraña mirada mientras descansaba contra el pecho de Kagome.
"Sabes de ella?" Preguntó Kaede asombrada, sus cejas elevadas en shock.
"He escuchado de ella," reconoció Inuyasha mientras pasaba una mano por su cabello. "Es una vieja historia que me contaron de niño." Dejó caer su mentón como si intentara recomponerse. "Madre, por qué nunca me lo dijiste?"
"Una historia para dormir." Susurró Miroku, interrumpiendo los pensamientos de Inuyasha mientras llevaba una mano a su mentón. "Espera, solías decirme," chasqueó sus dedos mientras hablaba, sus ojos fijos en el Capitán. "Cuando era pequeño, me contaste la historia, la historia de la Shikon no Tama, la joya creada para dominar los mares."
"Es verdad," aceptó Inuyasha mirando a Miroku, su rostro nublado con nostalgia. "Había olvidado que te la conté."
Kaede miró entre los dos, notando la forma en que sus auras parecían alinearse, un suave calor entre ellos, el calor de un padre e hijo. "A él siempre le gustaron los niños," pensó con una sonrisa. "La prueba es que reclamó uno."
"Cómo dice la leyenda?" Preguntó Kagome finalmente lo valiente suficiente para hablar sin morir de vergüenza por su anterior desliz.
"Fue creada por un pirata poderoso," comenzó Miroku sin más instigación. "Hace dos mil años en orden de controlar el mar. Era un demonio nutria y la joya fue diseñada para amplificar su poder natural, haciéndolo invencible a tormentas y tifones. Pero después de unos años de esto, se volvió ambicioso—"
"Siempre lo hacen." Murmuró Sango desde su lugar junto a Kagome, brazos cruzados sobre su pecho.
"Shh," Reprimió Shippo firmemente con un dedo sobre su boca desde los brazos de Miroku, sus pequeños ojos animados mientras escuchaba la historia. "Escucha, no hables," dijo el niño franco antes de volverse hacia el cuentista. "Continúe Sr. Miroku."
"De acuerdo," dijo Miroku ladeando su cabeza. "Se volvió ambicioso y comenzó a tomar posesión de barcos que le pertenecían a los imperios más poderosos en el mundo. Los demonios a cargo de esos imperios se enojaron y decidieron hacer a un lado sus diferencias para poder matarlo. Esperaron y esperaron, hasta que cometió un error, fue a tierra donde sus poderes se debilitaban y lo atacaron. Mataron al demonio pero crearon un problema nuevo."
"Pelearon por la joya." Infirió Kagome asintiendo.
"Sí," aceptó Miroku con un corto movimiento de cabeza. "Pelearon y pelearon hasta que sus reinos casi fueron destruidos. Finalmente, con sus imperios en desorden y sus súbditos listos para revelarse se reunieron y llegaron a un acuerdo. Romperían la joya y cada uno obtendría una porción para que todos pudieran compartir su poder."
"Con los años," continuó Kaede donde él la había dejado. "La joya continuó siendo fracturada, pasando de emperador a hijos guerreros en orden de evitar familiares rivales, hasta que llegó a miles de piezas." Gentilmente, alcanzó agarrando la pieza que ahora descansaba contra el pecho de Kagome. "Esta es una de esas piezas."
"Hay tres piezas actualmente." Inuyasha la corrigió en un intento por acortar más el camino.
"Tres?" Preguntó Kaede juntando sus cejas.
"Sí, Manten tenía dos." Exhaló un respiro mientras hablaba. "Cuando encontré a Kagome estaban en el montón de cenizas que fue Manten—y—cuando las recogí ellas," miró a Kagome por debajo de su espesa capa de cabello, preguntándose si recordaba la forma como había reaccionado, la forma como se había perdido por un momento, la forma en que ella lo había traído de vuelta. Por la vacía mirada en su rostro mientras hablaba, estaba seguro de que no. "Se combinaron con la mía." Mintió.
Kagome frunció su entrecejo ante la historia. "No recuerdo eso." Se dijo pero no pudo evitar la sensación de que algo en las palabras del Capitán no había sido verdad, sin embargo, no tenía modo de saberlo.
"Extraordinario." Susurró Kaede sorprendida. "Si pueden combinarse, eso significa que la joya puede reconstruirse y ser restaurada a su forma original."
"No es eso algo bueno?" Preguntó Miroku. "Si podemos reconstruir la joya entonces podemos obtener su poder."
"Miroku," intervino Inuyasha sacudiendo su cabeza. "Sabes lo que pasó originalmente en la leyenda, la gente peleó por ella y murió por ella, si tuviéramos la joya y alguien lo descubre vendría tras ella, nunca nos dejarían en paz."
"Eso es verdad." Miroku asintió comprendiendo, sintiéndose un poco tonto. "Pero, no podríamos decir lo mismo de alguien más?" Levantó su cabeza mientras la idea llegaba a él, una sensación de pena entró en su corazón. "Si alguien más conoce la leyenda y encuentra un fragmento de la joya, podrían buscar también y si la combinan—"
"Podrían usarla como lo hizo el hombre de la leyenda." Sango terminó por él, su cuerpo incrédulo. "Podrían usarla para controlar todo, a todos."
"Deben completar la joya." La voz de Kaede hizo eco alrededor.
"Completarla?"
"Sí," asintió la anciana. "Si pueden completarla, entonces, tal vez puedan destruirla y evitar que eso pase de nuevo."
"Cómo?" Preguntó Sango levantando sus brazos con desconcierto. "No puedes destruirla, se haría una pieza más y más pequeña."
"Tal vez podrían derretirla?" Sugirió Shippo. "Como el oro?"
"No creo que eso funcione." Murmuró Miroku sacudiendo su cabeza. "No es lo mismo que el oro, es como un diamante y esos no se derriten."
"Siempre he pensado," todos se giraron hacia Kaede, escuchando mientras la anciana hablaba de nuevo. "Que la joya podría ser purificada como un demonio una vez que estuviera completa."
"Es posible," murmuró Inuyasha en acuerdo. "Ellos tienen energía espiritual similar, la joya y un demonio." Él miró la pequeña joya que aún colgaba de los dedos de Kagome. "Si son similares entonces tal vez puedan ser destruidas de la misma manera."
"Sólo hay un problema." Interrumpió Miroku, su rostro casi apologético mientras miraba a todos. "Cómo las encontramos?" La pregunta quedó en el aire por varios segundos. "No es como si podamos verlas, digo, no sabíamos que Manten las tenía hasta después de que murió y dios sólo sabe cómo las consiguió."
"Kagome puede rastrearlas." La respuesta llegó de la nada, inesperada y ofrecida por una Kaede igualmente sorprendida.
"Qué?" Kagome comenzó a mirar incrédula a la anciana. "No, no puedo!"
"Sí puedes," la anciana asintió como si tratara de convencerse. "Sólo debes tener la herramienta apropiada."
"Una herramienta?" Preguntó Sango por todos los demás en el grupo.
"Sí," Kaede asintió rápidamente. "Algo que ha estado pasando de generación en generación en mi familia." Kaede frunció sus labios mientras terminaba, su viejo ojo miraba hacia la habitación donde había visto por primera vez a Inuyasha cincuenta años atrás. Con un profundo respiro se alejó de todos, yendo lentamente hacia la puerta sus manos en su espalda mientras caminaba. "Nunca he sido capaz de usarla pero creo que Kagome puede." Llamó sobre su hombro mientras alcanzaba la puerta, colocó una vieja y arrugada mano en el pomo, girándola, y abrió la puerta.
Por un segundo desapareció en la habitación, el sonido de sus pies y sus manos era el único recordatorio de que estaba ahí con ellos. Y luego, como si nunca se hubiese ido, regresó, un pequeño objeto de madera en su arrugada mano. Caminando rápidamente sobre sus cansadas piernas, alcanzó a Kagome, su mano extendida hacia la joven.
"Tómala." Ordenó suavemente aun con dureza en su rostro.
Kagome titubeó un momento antes de alcanzarla, tocando la extraña caja de madera con manos temblorosas. Sus dedos primero rozaron la madera, un brillo rosado irradió de ellos. Como si la quemara, Kagome se alejó, llevando su mano hacia su pecho asustada, sus ojos miraban el objeto completamente aturdida.
"Está bien," le dijo Kaede, su voz gentil y segura. "Tómala."
"Pero—," La voz de Kagome no sonó convencida.
"Sólo hazlo. No te lastimará." Presionó Kaede.
Kagome asintió tímidamente antes de alcanzar de nuevo, esta vez sin molestarse en tocarla con las puntas de sus dedos sino tomándola de la mano de Kaede sin preámbulo, luchando con su propio miedo. Una brillante luz rosada llenó la habitación instantáneamente, tocándolos a todos y a todo, fue un brillo puro asombroso, un resplandor que notablemente no lastimó a nadie, demonio o humano por igual, en vez se sentía cálido, confortante, como el abrazo de una madre y luego, tan rápidamente como apareció, desapareció, recogiéndose en los dedos de Kagome.
"Qué fue eso?" Shippo fue el primero en hablar, su infantil voz resonó en la habitación. "Todos vieron esa luz?" Preguntó mirando a los adultos quienes estaban muy sorprendidos para responder.
"Ábrelo." Ordenó Kaede ignorando al niño, dirigiéndose a Kagome. "Ábrelo y dime qué ves."
Kagome frunció sus cejas, volviendo la atención de todos hacia la pequeña caja en su mano. Ladeó su cabeza, estudiando la lisa y vieja madera, era oscura, la madera más oscura que hubiese visto, tan oscura que solo sus dedos pudieron distinguir el intrincado grabado que había sido hecho meticulosamente en ella. Con cuidado, la acercó a su rostro, entrecerrando sus ojos hasta que pudieron ver lo que sus dedos habían sentido. Un círculo, una gema grabada en la mitad, rodeada por una escritura que apenas reconoció.
"Es como el escrito en mi hombro." Asintió en silencio continuando su inspección, sus ojos ahora enfocados en las bisagras que mantenía cerrada la caja, eran de un dorado oscuro, más oscuro que los ojos del Capitán y mientras tocaba el metal notó que era suave. "Es oro." Pensó para sí colocando sus dedos en posición, alistándose para abrir el pequeño recipiente de madera.
A su alrededor, todos observaban, preguntándose ansiosos qué podría haber dentro, acercándose más y más mientras veían los dedos de Kagome halar la tapa de la base de la caja.
"Qué es eso?" Se preguntaron al unísono, inconscientes de que sus pensamientos eran el mismo. "Qué hay dentro?"
Todos se paralizaron cuando la tapa de la caja se abrió completamente y Kagome jadeó. "Es una brújula."
Fin del Capítulo
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