SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

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Capítulo Treinta y dos:

Recuerdos

Las manos de Inuyasha apretaban el timón, su respiración y latidos estaban acelerados. Sus ojos se desviaron hacia el barco que aun venía hacia ellos aunque su progreso se había desacelerado sustancialmente. Tragó, "Vamos." Murmuró por lo bajo mientras miraba del Trueno a los hombres corriendo alrededor, a Kagome cuyas manos aún estaban elevadas sobre su cabeza. "Más rápido." Gruñó mientras sus manos comenzaban a temblar. "Muévanse más rápido!" Gritó ordenándoles a los hombres rodeándolo quienes no se acobardaron ante la regañada orden; en vez respondieron con gritos cortos de obediencia.

"Remos listos!"

Escuchó gritar a Miroku desde abajo, las palabras del joven haciendo eco por el barco. Lamió sus labios, sabía que con los remos serían capaces de moverse rápido, más rápido que El Trueno incluso a toda su velocidad.

"Amanse-en ese apar'jo en la vela-a principal!"

Escuchó gritar a Myoga desde arriba, la voz con acento rechinante golpeó duro sus oídos, haciéndolo hacer una mueca ante la horrible pronunciación. Incluso después de casi cuatrocientos años de estar en el mundo angloparlante, Myoga aún sonaba horrible. Levantó la vista hacia el pequeño hombre que había conocido toda su vida, sus ojos lo estudiaron, miraron, preguntándose por un breve momento qué estaba pensando. Si estaba pensando en Kagome. Tenía que saber, Myoga tuvo que haber reconocido ese poder, verdad? Myoga habría notado a la Miko en Kagome, verdad? Y si eso era cierto entonces, lo había sabido todo el tiempo? Era consciente desde antes de Inuyasha?

"Es más viejo que yo." Admitió para sí, sabiendo que Myoga era unos pocos siglos más viejo que él (bueno, unos pocos en realidad, más como unos pocos cientos). "Me pregunto si conoció a una Miko real, como aquellas en los templos con las Hoshi también?" Inuyasha dejó escapar un suspiro, una especie de nostalgia llegó a él en ese momento, un vago recuerdo de un templo que había visitado de niño con Myoga como uno de sus escoltas. Casi podía ver a Myoga, escondido al fondo del recuerdo, Totosai al lado del hombre, una leve sonrisa en su arrugado rostro. En frente de ellos, otra imagen se formó, una hermosa sonrisa y brillantes ojos marrones. "Okaa-san." Pensó el nombre, permitiéndole hacer eco por su mente mientras pensaba en la mujer que lo había criado.

"Onegai!"

La palabra golpeó la mente de Inuyasha haciéndolo despertar, la voz había sonado extraña, era la voz de su madre pero estaba hablando el idioma de su padre.

Inuyasha tomó un profundo respiro y sacudió su cabeza, alejando el pensamiento. Ahora no era el momento para pensar en esas cosas, o en tales recuerdos, si fueran recuerdos. No era importante ahora, lo que era importante era vivir.

"Estamos listos, Myoga?" Gritó, sosteniendo el timón tan fuerte que pensó podría romperse bajo la presión de sus manos.

"Vela-as listas, Capitán!" Gritó Myoga, el sonido de las velas bramaron en el viento respaldando su declaración, el barco se precipitó bruscamente por la acción mientras atrapaban la brisa.

"Remos, Miroku!" Explotó su voz, sabía sin duda que Miroku la escucharía.

Seguro, el sonido de la orden de Miroku llegó segundos después, seguida por el sonido del agua alrededor del barco siendo perturbada fuertemente por los remos irrumpiendo en su superficie. Apretó el timón, girándolo ligeramente, su mente consciente de que aún estaban en el canal. Cuando Kagome liberó su poder sobre el barco habían llegado a un alto, inmóviles en la desembocadura del Mississippi. La vulnerabilidad de tal posición había pesado fuertemente en su mente, pero ahora que estaban moviéndose le aseguró que iban a escapar. Miró a su costado, hacia el iluminado barco en la distancia, estaba moviéndose más y más lento, inseguro y confundido. Una lenta sonrisa regocijó cada rasgo mientras miraba hacia la joven que estaba causando la ilusión que los cubría de aquellos ojos mortales: Kagome podría haber salvado sus traseros después de todo.

"Mantén tus ojos en la profundidad." Ordenó él, su voz dirigida al frente del barco donde el Sr. Charles le respondió en acuerdo. Inuyasha asintió complacido, sus ojos enfocados en la meta ante ellos: el lugar donde el agua estaba lo clara suficiente a la luz de la luna, reflejando las estrellas y el universo sobre ellos también; la libertad que era el Golfo de México.

El sonido de las velas azotadas en el viento acompañando por los gritos de Myoga hacia los hombres para apretar el brazo, lo hizo sonreír. Para un hombre tan pequeño, seguro Myoga podía ser dominante. Inuyasha sintió el viento llevar el barco mientras cumplían la orden, la combinación de sus hombres remando abajo y las velas de Myoga arriba los hicieron mover a una velocidad incómoda e irreal. Normalmente, moverse a través de la desembocadura de un río era algo que debía hacerse muy lentamente, con paciencia y medida, pero en este momento no tenían el tiempo para paciencias ni medidas.

"Banco de arena," el sonido de la voz de Totosai golpeó el aire desde su lugar al frente del barco ayudando a Charles a checar la profundidad del agua. "Firme a estribor!"

"Sí!" Sin pensarlo dos veces Inuyasha golpeó duro el timón, haciendo que el barco se sacudiera y girara rápidamente. No había otro hombre cuyas manos pudieran cambiar la dirección de un barco tan rápidamente como las de Inuyasha. El barco pareció impulsarse por la acción, una ola en la desembocadura del río los golpeó de costado por el ajuste.

"Capitán!"

Los ojos de Inuyasha se desviaron hacia las escaleras que llevaban a la cubierta del timón, sus ojos se encendieron sobre una agotada Sango escasamente vestida, su cabello suelto, algo que nunca permitía que pasara. "Estoy un poco ocupado en este momento!" Le gritó Inuyasha girándose rápidamente de Sango. Sintió su cuerpo elevarse mientras el barco comenzaba a hundirse en el agua mientras continuaban avanzando peligrosamente, los pequeños bancos de arena e islas en el río empujaban rudamente el agua en un menguante mar contra el barco.

"Qué demonios?" Su voz resonó en el aire, sin duda viendo a Kagome por primera vez. "Me dormí cinco minutos!"

Él pudo escuchar el pánico en su voz pero lo ignoró, sus ojos miraban intensamente el amenazante peligro ante ellos. "No es el mejor momento, Sango." Le dijo firmemente mientras giraba el timón de regreso a babor del barco aliviando el movimiento con cuidado. No haría mover el barco demasiado rápido ni lo arriesgaría a inclinarse en el agua. Con una mano enérgica, mantuvo el barco estable hasta que se enderezó sin reducir su actual velocidad. Abajo los remos no se perdieron un simple golpe, justo como Myoga arriba. La pequeña pulga demonio ajustó las velas, reconfigurando el brazo mientras entraban y salían del viento, acompañando fácilmente su nuevo destino. "Mantengan esos ojos alertas!" Ordenó Inuyasha, su sangre corría por sus venas, la adrenalina bombeaba atravesándolo, el demonio en él lentamente comenzaba a emerger de nuevo, esta vez por el placer de la pelea, en vez del temor por la seguridad de Kagome.

"De qué estamos huyendo?" Preguntó Sango mientras se apresuraba para detenerse a su lado, su aparente histeria había pasado en favor de ayudarlo con el timón.

Él miró brevemente sus manos mientras llegaban para agarrar el costado del timón, ayudándolo a mantenerlo en posición mientras el barco era empujado por la marea. No tuvo el corazón para decirle que en realidad no necesitaba su ayuda para mantener estable el barco, entendía su necesidad de ayudarlo. Sango siempre había hecho su mejor esfuerzo para ayudarlos con lo que necesitaran. Pelearía por su barco porque era su sustento, era su vida, y justo como cualquier hombre apoyaría a su tripulación para proteger una preciosa parte de su existencia. Sonriéndole levemente a la joven, giró el timón con cuidado, permitiéndole a sus manos moverse con las suyas mientras le respondía. "El Trueno."

"Qué?" Prácticamente le gritó al oído, su anterior histeria pareció regresar instantáneamente. "Me he perdido de algo?"

"Mucho," le dijo manteniendo estable el timón, sus manos moviéndose naturalmente para sujetar cada lado del timón. "Miroku te pondrá al corriente después, estoy seguro."

Casi pudo escuchar a Sango tragar antes de abrir su boca para hablar de nuevo, esta vez su voz calmada y contenida. "Está brillando?"

Él inhaló un profundo respiro, sus ojos miraban el mar frente a ellos mientras sus manos sujetaban firmemente el costado del timón, manteniéndolos tan estables como fuera posible mientras continuaban en línea recta, dirigiéndose hacia la desembocadura del río. "Sólo un poco." Admitió, casi asustado de cómo podría reaccionar.

"Probablemente debería estar," pausó mirándolo por el rabillo de su ojo. "Más sorprendida de lo que estoy, verdad?"

Inuyasha giró su cabeza para mirarla, su expresión una de confusión, podría Sango aceptar a una joven resplandeciente así de fácil?

"Vamos," resopló ella dándole una sonrisa casi decepcionada mientras interrumpía su mirada. "He estado viviendo contigo por tres años," le dijo francamente antes de darle un coqueto guiño. "Nada me sorprende."

"Que mal que Miroku te tuviera primero." Murmuró Inuyasha con una ligera carcajada, su pánico anterior disminuyó ante su fácil aceptación.

"Enderécelo Capitán." Lo llamó Totosai de repente, el sonido de la voz del anciano irrumpió la calma entre los dos.

Inuyasha obedeció sin cuestionar, Sango también obedeció mientras sus manos se movían juntas, ladeando el barco hacia la derecha, enderezándolo aún más como había ordenado Totosai. Ambos sabían que, en ese momento, tenían que confiar en Totosai; afortunadamente, ambos confiaban en el hombre con sus vidas.

"A estribor!" Llamó de nuevo el hombre, su voz sonó áspera, probablemente no había gritado así en años.

"Hai." Gritó Inuyasha sin pensar, su idioma natural dominaba entre más escuchaba al casi imposible de entender acento de Totosai. Se había sentido más y más normal para él hablar de esa manera desde que había comenzado a enseñarle a Miroku. Tan normal que no notó la extraña o interrogante mirada de Sango.

"Llegando a la desembocadura Capitán, no falta ni un cuarto de legua."

Inuyasha asintió, sus ojos enfocados en el oscuro Golfo ante ellos. Podía ver el cambio en el agua con sus agudos ojos, el cambio del agua de río a agua salada. Era algo que solo los demonios notaban en verdad, un color tan leve que la persona promedio no sería consciente de su existencia. El olor a sal lo asaltó de repente, acelerando su corazón. Estaban cerca, el olor del mar estaba sobre ellos.

Sus ojos miraron hacia Kagome, su lengua salió de su boca para humedecer sus labios, "Mantenlo un poco más." Pensó mientras mantenía el timón estable con la ayuda de Sango a su izquierda. "Sé que puedes hacerlo, Kagome, si alguien puede eres tú."

El viento azotaba su cabello en su cara haciendo que sus ojos se cerraran por un momento. Gruñó sacudiendo su cabeza rápidamente, sabiendo que no podía remover sus manos del timón para nada, ni el cabello. La espesa masa de cabello regresó tras sus hombros y fuera del camino, permitiéndole ver a Kagome una vez más.

"Qué está pasando?"

Escuchó a Sango preguntar pero no pudo pensar en una respuesta, era obvio, su brillo se estaba desvaneciendo, sus manos estaban comenzando a descender, y sus rodillas estaban comenzando a flexionarse. Jadeó mientras el escudo comenzaba a parpadear, una antesala a desaparecer. "Kagome," gritó atrapando al barco fuera de guardia, sus manos aun pegadas al timón inmóvil. "Por favor, si puedes oírme, escucha," le gritó, su voz sonaba severa y dominante, y extrañamente llena de inquebrantable seguridad. "Mantenlo un poco más." Su voz descendió a un nivel que solo ella y Sango pudieron escuchar. "Sólo un poco más Kagome, puedes hacerlo. Sé que puedes, eres fuerte." Ella no respondió: sus rodillas solo se doblaron más mientras sus codos continuaban doblándose. La barrera que los había protegido parpadeaba como una estrella mientras comenzaba a caer, degradándose lentamente mientras Kagome perdía en control.

"Capitán?" Susurró Sango mientras sus ojos se desviaban de Inuyasha a Kagome, sus latidos acelerándose en su pecho. No sabía qué estaba haciendo la joven, por qué sus manos estaban en el aire o por qué estaba brillando pero sabía que era importante, extremadamente importante basada en el suplicante tono del Capitán.

Inuyasha parpadeó rápidamente buscando las palabras correctas, sus ojos se desplazaban por todos lados pasando de abiertos a cerrados. Quería abandonar el timón, correr hacia ella y ayudarla pero no podía. Miró a Sango a su lado, era fuerte pero no experimentada, no podía hacerlo, no podría hacerlo atravesar la desembocadura al menos no a esta velocidad y de noche. Maldijo, deseando haber entrenado mejor a Sango, deseando haber hecho a Miroku pasar más tiempo con ella en el timón. Necesitaba ir con Kagome, necesitaba ayudarla pero, "No me corresponde," notó él, sus manos se aflojaron por un segundo haciendo que el barco instantáneamente saltara hacia estribor.

"Capitán!"

Escuchó los gritos de al menos veinte hombres y maldijo mientras sujetaba fuerte el timón de nuevo, sus ojos mirando a Sango.

"Lo siento." Murmuró ella apologéticamente tratando de aferrarse con más fuerza a la vieja madera.

"Maldición." Espetó él pero sus palabras no estaban dirigidas a Sango, estaban dirigidas a sí mismo. Qué podría hacer? Qué podría decir que hiciera pelear a Kagome y la mantuviera luchando un poco más. "Todos en este barco tienen que luchar," se dijo mientras su mente buscaba cualquier cosa que pudiese decir. "Pelear es la única forma en que vivimos." Apretó sus dientes y cerró sus ojos, su lema personal atravesó su cabeza. "Peleamos por vivir." Sus ojos se abrieron de golpe, las palabras finalmente llegaron a él como olas hacia la orilla. "Kagome," llamó otra vez, su voz aún lo fuerte suficiente para sus oídos y de paso los de Sango. "Peleamos por vivir, cierto?" Preguntó retóricamente rezando porque su voz en verdad la alcanzara. "Y esta también es tu vida," su voz era fuerte, confiada y sincera. "Así que lucha por ella."

Nunca sabría de seguro si escuchó sus palabras pero lo que sí supo en ese momento fue que la barrera se tornó más brillante, sus rodillas se enderezaron y sus manos se elevaron de nuevo sobre su cabeza, su cuerpo consumía más y más energía, peleando por ellos.

"El bar-coo está po-or pasar-r el canal." Gritó Totosai de repente interrumpiendo todos sus pensamientos.

Inuyasha sonrió, iban a llegar a la desembocadura y una vez lo hicieran podrían dispararse en línea recta, lo más rápido que pudieran. "Myoga, puedes ver El Trueno?" Gritó hacia arriba, sus ojos aun al frente.

"Myoga lo ve," gritó el hombre en segundos mientras observaba el barco en la distancia. "El bar-co se detuvo-o."

"Se detuvo?" La idea corría por su cabeza, golpeándolo duro. El Trueno no estaba siguiéndolos, el Trueno no podía verlos, Hiten no iba a encontrarlos. "Qué tan lejos estamos de ellos?"

"Al menos a una legua!"

"Una legua, sí." Respiró profundamente, sus latidos se suavizaron por las noticias. "Quiero al menos cinco leguas entre nosotros y ellos y las quiero hace veinte minutos, entendido?"

"Sí, Capitán!" Gritaron los hombres alrededor mientras se enfocaban en sus tareas manteniendo los aparejos y el brazo bajo control, moviendo los remos al tiempo para mantener continua su velocidad.

"Hecho!" Gritó Totosai de repente, la palabra sonó extraña mientras el barco salía del río, saliendo del canal mientras golpeaba mar abierto, las corrientes del océano los llevó instantáneamente, guiándolos hacia afuera. "Estam-os en el Gol-fo." Gritó el anciano animado, el resto de los hombres celebraron del conocimiento de que ahora estaban en aguas abiertas, un lugar mucho más seguro que el canal.

"Salgamos de aquí!" Gritó Inuyasha también, su voz feliz, incluso gustosa. Los hombres obedecieron fácilmente, el barco incrementó velocidad casi de inmediato, yendo más rápido de lo que había ido en el río, una asombrosa hazaña para un asombroso barco. Inuyasha sonrió, sus ojos hacia Sango, sabía que podía navegar en aguas abiertas, sin problema. "Toma el timón," le ordenó Inuyasha. "Te explicaré todo después o—Miroku." Le dijo brusco moviéndose rápidamente para que ella tomara el timón. "Totosai navegará abajo, sólo escúchalo."

"Esta-bien—," Tartamudeó ella pero se movió para tomar el timón a pesar de su falta de confianza, sus ojos abiertos, su expresión una de estar completa y totalmente perdida. "Pero si apenas puedo entenderlo!"

"Estarás bien, Sango!" Aseguró Inuyasha pero su voz ya era distante, no escuchándola realmente. "Ahora, haz tu trabajo!" Ordenó firmemente, su voz sonó contenida mientras se alejaba de ella, su expresión apretada, el ánimo en sus ojos desapareció, reemplazado por duda y miedo.

Caminó lentamente, deteniéndose al otro lado del barco, sus ojos miraban firmemente a Kagome ante él quien todavía estaba de pie, sus brazos extendidos en el aire, el brillo aun asombrosamente fuerte. Hizo una mueca como si esperara a que su poder lo atacara. No lo hizo, no pareció reconocerlo. Tragó, tenía que estar exhausta pero estaban lo lejos suficiente para arriesgar a que desapareciera su protección?

Antes de poder pensar más en la pregunta, la barrera parpadeó atrapándolo fuera de guardia. No era como la primera vez, esta vez fue un brillo, un ligero resplandor que hizo que el escudo pareciera sólido como si estuviera reflejando el mundo como un espejo. Miró hacia la baranda a un costado, sus ojos vieron la vista de él mismo mirándose, un espejo saludando sus ojos dorados. Sus cejas se elevaron, su cabeza se ladeó asombrado mientras asimilaba la vista de su sucia cara, manos y ropa, "Necesito bañarme." Pensó extrañamente por la vista y luego parpadeó sorprendido cuando se oscureció.

Sus cejas se elevaron de golpe, esta vez fue incapaz de verse realizando la acción. Sus ojos lentamente se ajustaron al cambio de espejo a oscuridad, hasta que finalmente se dio cuenta que no se oscureció, había desaparecido completamente. Inuyasha ahora estaba mirando el océano y algunas estrellas titilando en el horizonte. Rápidamente, giró su cabeza, su expresión era una de pánico buscando a Kagome, aún estaba de pie donde había permanecido pero sus manos estaban a sus costados, la luz se había ido, y no estaba brillando más.

Su boca se abrió ligeramente como si fuera a hablar pero ninguna palabra salió así que solo sacudió su cabeza pretendiendo que sacudir su cabeza era lo que había querido hacer. De repente sus rodillas se doblaron, ella se desvaneció y cayó de espalda, sus ojos en blanco. Actuando por instinto, o tal vez intuición, Inuyasha la agarró, atrapándola antes de caer al suelo. Bajándose al suelo con ella acunada en sus brazos, miró su rostro, viendo la manera en que su cabeza se ladeaba, sus ojos cerrados pero no fuertemente, apenas, como si estuviera medio dormida.

"Yo," su susurro lo tomó por sorpresa. "Peleé?"

Su rostro era la imagen de la sorpresa mientras sus palabras golpeaban sus oídos, "Tanto para nunca saber si escuchó o no." Musitó para sí, las palabras apenas se registraron en su mente mientras la acercaba más, sus ojos anormalmente suaves mientras hablaba, Sango la única persona privada de sus acciones. "Sí, peleaste mu-u-uy bien." Acentuó él, sus dientes expuestos dándole una torcida sonrisa.

"Esa no es una muy buena gramática." Bromeó suavemente, sus ojos parecieron tornarse pesados mientras su respiración se nivelaba y comenzaba a desvanecerse de él. "Para un pirata." Sus palabras se desvanecieron, sus ojos se cerraron completamente, perdiéndose de la sonrisa amorosa y aliviada del Capitán.

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Lentamente Kagome abrió sus ojos, o trató de abrirlos al menos pero era difícil, como si una fuerza invisible estuviera evitando que los pequeños músculos alrededor de sus párpados se movieran. Gruñó, se giró, el sonido de las sábanas golpeó sus oídos mientras se movía, la sensación del suave algodón tocando su piel hizo que su entrecejo se uniera fuertemente confundido. No recordaba acostarse, o dormirse o incluso ir a la cama en primer lugar y aun—

Llevó una mano a su costado, tocando el suave material de la sábana de algodón, la sensación de la complaciente y tentadora tela fue suficiente para hacer que su curiosidad se enfriara y regresara su deseo por dormir. Suspiró contenta, permitiéndole a su cuerpo relajarse en la cama y a su punzante cabeza devanarse mientras se preparaba para dormir una vez más. Podría abrir sus ojos en otro momento, decidió mientras se permitía volver a dormir. Podría esperar para despertarse, esperar por un momento cuando su cabeza no le doliera tanto y sus párpados fueran cooperativos y estuvieran dispuestos a abrirse sin pelear. Sí, podría esperar, podría dormir un poco más, soñar un poco más.

"Maldició-o-n muy caliente."

Sus ojos se abrieron de golpe, el sonido de la mala palabra y la oración apenas comprensible golpeó el aire lo fuerte suficiente para levantarla asustada de la cama. Su corazón palpitaba en su pecho mientras agarraba la sábana aferrándola alrededor para protegerse contra la muy masculina voz que había escuchado. Había sido familiar lo cual era algo bueno, sin embargo, no había hombre en este mundo que fuera lo familiar suficiente con ella para estar durmiendo en la misma habitación mucho menos tan cerca que pudiera escucharlo distintivamente.

Sus ojos se movieron alrededor, aún estaba oscuro y no habían velas encendidas en la habitación para ayudarla a ver. Parpadeó tratando de encontrar el origen del desagradable vocabulario pero falló, sus ojos no se ajustaban apropiadamente a la falta de luz. Los entrecerró en espera de poder ver mejor, frunció, no hacía diferencia en la oscurecida habitación. Sus manos comenzaron a temblar mientras sostenía más ceñida la sábana a su pecho. Tomando un profundo respiro para calmarse, regresó a su búsqueda, esta vez mirando lentamente por la habitación, tomándose su tiempo, estudiando cada oscuro rincón, esperando encontrar el origen detrás del ruido. El sonido de movimiento la asustó, el sonido de sábanas la hizo abrir sus ojos mientras su mente sumaba dos más dos, de repente, como si siempre hubiese sido dolorosamente obvio, supo el origen del sonido.

Nerviosamente, giró su cabeza, un lento y casi doloroso movimiento que le tomó toda su concentración realizar. Seguro, mucho para su shock y horror, había alguien en la otra cama al otro lado de ella, a unos preciosos pies de distancia. Pudo decir instantáneamente que no era Shippo, el cuerpo era de lejos muy grande, y supo que no era Sango porque el cuerpo era, bueno, muy grande. Eso solo dejaba dos opciones, dos personas diferentes quienes podrían estar en la habitación con ella, podría ser Miroku lo cual era altamente improbable o era, más probablemente, la persona que poseía la cama en primer lugar, la persona que siempre dormía ahí y aun no desde que ella había llegado al barco, era por supuesto (notó) el Capitán.

Su corazón comenzó a latir más fuerte en su pecho, la simple idea de que él fuera el que yacía en la otra cama la golpeó en su esencia. Nunca había dormido ahí desde que ella estaba en la habitación, al menos para su conocimiento. Siempre la dejaba sola y pasaba la noche afuera o (como Sango le había dicho alguna vez) el Capitán dormiría en su cama pero esperaba a que ella ya estuviese dormida para acostarse durante la noche y siempre se aseguraba de levantarse antes de que despertara, era un astuto plan, lo astuto suficiente para dejarla inconsciente de su presencia o (realmente) le permitía ignorarlo. Lo que sea que hiciera o donde durmiera, una cosa era segura: ella nunca lo había visto dormir ahí, ni una vez, ni una siesta encima de las cobijas. Nunca lo había visto en la cama, mucho menos sola. Se había sentado en el borde una vez pero eso no había sido por mucho tiempo y ella no había estado en la habitación por mucho tiempo pero, aun, el punto era que él nunca lo había hecho, nunca, jamás, jamás, dormía ahí cuando estaba despierta en la habitación.

"Ni una vez," se dijo Kagome pasando saliva mientras apretaba las sábanas a su alrededor, notando vagamente que aún estaba vestida y no había necesidad de resguardarse. "No puedo creer que esté ahí, dormido." Su rostro se sonrojó ante la idea. "Justo ahí." La idea se repitió, su rostro tornándose más oscuro mientras lo miraba por el rabillo de su ojo. "Sólo—ahí—dormido."

La idea se desvaneció mientras la habitación del Capitán de repente era inundada con una gentil luz de luna mientras el barco se giraba permitiéndole a la luna entrar en la habitación. La luz instantáneamente iluminó los rasgos del Capitán, mostrándolos desde su posición encarándola de costado. Su boca se secó ante la vista de la luz de la luna mientras entraba por la ventana, la luz se reflejaba en su cabello como la luna reflejaba el sol, creando un halo alrededor de su sien que resaltaba su rostro, enmarcándolo entre dos largos mechones resplandecientes y un conjunto de encrespados flequillos. Con una inspección más cercana, se dio cuenta que no solo era su cabello lo que resaltaba la luna, también su expresión, calmada, casi inocente mientras dormía. Nunca había visto así su rostro—

"No," se corrigió mentalmente, "Sí lo he visto."

Lamió sus labios humedeciéndolos mientras los recuerdos regresaban a ella, el recuerdo de él en Port Royal cuando había besado su mano, el recuerdo de él en Puerto España cuando le había dicho su edad, el recuerdo de él después de la pelea en la taberna en La Habana cuando se había disculpado con ella por la pelea misma, el recuerdo de su tímido nerviosismo la noche en la que le había dado el violín, el recuerdo más reciente de New Orleans cuando había regresado ebrio a donde Kaede.

"He visto este rostro tantas veces antes." Pensó mientras lentamente sacudía su cabeza, su propia sonrisa igualaba la juvenil suya. "Esa mirada de encanto juvenil—."

Con esa sonrisa en su cara continuó observando, analizando sus rasgos, contenta de que ahora tuviera el tiempo para hacerlo, tuviera el tiempo para mirarlo, mirarlo realmente. Sus ojos estaban cerrados, largas pestañas se agitaban de vez en cuando como si estuviera soñando, sus cejas se meneaban de vez en cuando (eran sorprendentemente delgadas para un hombre, notó por primera vez). Tenía pómulos altos, también notó, bronceados como el resto de su rostro pero también extrañamente rosáceos, algo natural para sus rasgos. Actualmente, sus labios estaban separados, inhalando lentos y profundos respiros.

Se paralizó mientras sus ojos eran arrastrados a esos labios, labios que personalmente había tocado en más de una ocasión. Sabía, de hecho, que eran tan suaves como rojos, tan sutiles como tentadores. Su piel se enrojeció ante la idea, recordó lo que esos labios podían hacer, los lugares que podrían tocar. Él inhaló rápidamente atrapándola fuera de guardia, sus labios inquietos mientras murmuraba algo incoherente en su sueño.

Kagome desvió su atención de él en total y completa vergüenza, girando su rojo rostro hacia un lado, rehusándose a encararlo, mientras una mano volaba a tocar su mejilla, la otra se suspendía sobre su corazón apretando el material de la sábana hacia su pecho. Inhaló un brusco respiro, sus oídos prácticamente se crisparon a los lados de su cabeza, tratando de escuchar algún movimiento que hiciera en caso de que hubiese despertado. Se sintió como horas mientras esperaba pero fueron más como segundos antes de que se atreviera a darle un vistazo.

Su rostro se suavizó ante la vista, había acunado su cabeza en su almohada, su nariz tocaba la tela tímidamente mientras inhalaba la funda de la almohada (al menos eso fue lo que asumió que estaba haciendo). Esbozó una pequeña sonrisa ante la forma en que su nariz se giraba olfateando ligeramente el aire antes de que una relajada sonrisa amenazara la comisura de sus labios. Se veía tan joven, tan calmado y templado. No se veía como un pirata o al menos un poco peligroso, sólo se veía dulce, casi ingenuo.

De nuevo murmuró algo para sí, algo que sonó sospechosamente como su nombre. Frunció sus ojos inclinándose levemente hacia él, esperando captar las murmuradas palabras que eligió hablar en su sueño pero nada llegó. Simplemente alcanzó profundamente dormido, agarrando la sábana, halándola sobre su hombro mientras se recogía en la cama moviéndose de estar desparramado en ella a acostarse en una cerrada esfera, sus manos apretaban las sábanas como un niño, como Shippo. "Me pregunto si la mayoría de los chicos nunca maduran en cosas como esas?" cerró sus ojos sacudiendo su cabeza, intentando controlar sus emociones. "Qué estoy pensando?" Se reprimió. "Cualquiera puede ver que solo duerme como duerme, todos duermen como duermen sin importar la edad."

Pero eso aún no significaba que no fuera notable y fascinante ver la diferencia entre el Capitán despierto y el Capitán dormido. Verlo así, observarlo mientras dormía, era tan diferente que observarlo mientras estaba despierto. Cuando estaba despierto siempre andaba animado, enérgico, su expresión constantemente cambiante, constantemente transformándose y moviéndose con cada sentimiento suyo pero aquí dormido, era diferente. Estaba calmado, pacífico, y le gustaba verlo así porque le recordaba todas las otras veces que lo había visto—visto de verdad—el joven de dieciocho años que era el demonio pirata Capitán del barco Shikuro.

Sonrió, esa idea le dio alivio, no era un gran problema que estuviera en su cama, en lo absoluto. Asintiendo para sí, en acuerdo consigo simplemente dejó ir la sensación de incomodidad, dejó ir el hecho de que estaba ahí hasta que, dijo su nombre.

"Ka-go," Se desvaneció pero terminó fuerte. "Me." Sonrió acomodándose más profundo en la almohada, inhalando su aroma. "Kagome." Repitió, el sonido muy claro, no un murmullo si no una perfecta pronunciación.

Su corazón comenzó a palpitar, una sensación muy distinta comparada a los latidos anteriores, su mente apenas comprendía el hecho de que hubiese hablado pero sabiendo que en efecto había pasado. El shock la envolvió, la sábana cayó de su agarre y se acercó más al borde de su cama queriendo inconscientemente acercarse más a él para poder escucharlo mejor.

"Tú—," gruñó levemente antes de inhalar profundo. "Hueles."

Su rostro cayó por un segundo antes de notar algo extraño, estaba sonriendo, sus labios aún estaban separados, mostrando colmillos que asomaban entre ellos mientras sus labios se juntaban como si se prepararan para hablar otra vez. Se inclinó más cerca, tragando mientras se preguntaba si estaba soñando, preguntándose si en verdad estaba tratando de engañarla o jugarle una broma y en realidad estaba despierto y había estado despierto todo el tiempo. Los latidos de su corazón se volvieron palpitaciones en su estómago mientras notaba sus labios abrirse de nuevo, preparados para hablar otra vez, rezaba en silencio por una palabras dulces en vez de groseras.

"Agradable."

Instantáneamente, su corazón se detuvo en seco en su pecho, sus ojos se abrieron del tamaño de platillos de té mientras su rostro se sonrojaba fuertemente, un profundo rojo brillante, la oración se combinó naturalmente en su mente para completar su involuntaria admisión. "En verdad piensa que huelo agradable." Susurró deleitada, aun cuando sabía que antes le había dicho lo mismo. Las personas eran más honestas en sus sueños que en la vida, así que escucharlo murmurarlo para sí debía significar que era verdad.

Se movió otra vez, para acostarse sobre su espalda, tronando su cuello inconscientemente mientras lo hacía antes de acomodarse, hundiéndose de nuevo en las sábanas, sus orejas llamaron su atención mientras se movían en su cabeza.

Ella mordió su labio, tratando de resistir una repentina urgencia, una urgencia familiar. "Me pregunto," murmuró para sí mientras sus palmas comenzaban a picar, había sentido esas orejas antes, sabía que eran suaves o al menos eso pensaba. Solo había agarrado una por un breve momento pero en Puerto España así que en verdad no sabía si eran tan suaves como lo había pensado.

Dejó su lengua humedecer sus labios, mientras se retorcía levemente desde su posición en su cama. Cómo sería agarrar esas peludas orejas por más de un segundo? Cómo sería frotarlas, acariciarlas, verdaderamente—familiarizarse con ellas?

"Está dormido—," razonó en silencio moviéndose en la cama, haciendo a un lado la sábana para que sus pies pudieran deslizarse debajo de las cobijas hacia el piso. La madera era más fría bajo sus pies y su corazón estaba salvaje en su pecho mientras se le acercaba, un millón de pensamientos la golpeaban a la vez. Qué si despierta? Qué si la atrapa? Qué haría, qué diría, cómo reaccionaría ella a lo que hiciera o dijera?

Hizo a un lado los pensamientos mientras alcanzaba por él, su mano temblaba ligeramente acortando la distancia a su cama, arrodillándose a su lado sin palabras mientras sus dedos alcanzaban titubeantes sobre su cabeza, preparados para asaltar sus orejas o al menos sentir el pelaje para ver si eran tan suaves como recordaba.

"Hm—grrr."

Se paralizó, el sonido de su refunfuño y gruñido detuvo más movimientos que pudiera hacer. Sus ojos se cerraron por reflejo, golpeada por la paranoia. "Por favor que no despierte, por favor que no despierte, por favor que no—," recitaba mientras lentamente abría un ojo para verlo, no estaba despierto pero estaba algo, algo tan maravilloso y suficiente para detener de inmediato la investigación en sus orejas.

Él estaba—tranquilo, se veía inocente, inofensivo y (se atrevía a decir) vulnerable. Se veía tan abierto, tan honesto, tan inocente, tan joven, tan dulce, tan sincero. Si hubiese estado despierto, Kagome estaba segura de que podría haberle preguntado cualquier cosa y él le hubiera dado una respuesta directa a cualquier pregunta que pudiese hacerle—

"Pregunta?" Kagome frunció sus ojos, la idea la golpeó extrañamente mientras recogía su mano, colocándola sobre su pecho en un puño cerrado. "Una respuesta? Una pregunta? Por qué eso parece tan importante de repente?"

Parpadeando se alejó, acomodándose sobre sus talones al lado de la cama, su mente dándole vueltas ligeramente. Cerró sus ojos fuertemente mientras la habitación comenzaba a girarle alrededor, su mano subió para tocar su frente como si intentara contener el dolor de cabeza o los recuerdos que amenazaban con salir.

Había algo, algo sobre una pregunta, algo en la respuesta a esa pregunta, había algo ahí, algo importante, algo que necesitaba recordar. Sus ojos se cerraron fuertemente, una imagen se proyectó en sus párpados, borrosa y difícil de ver. Podía ver una luz, estaba brotando de ella, podía sentirla atravesándola por cada nervio, cada parte de ella se sentía—poderosa como si no fuera nada más que energía pura. Podía recordarla formándose en ella, comenzando en algún lugar escondido en su estómago antes de viajar a través de cada miembro, llegando a descansar en la punta de sus dedos donde toda se acumuló, se recogió.

"Por favor."

La palabra hizo eco en su mente pero no la liberó del poder del recuerdo. Aun podía sentir ese poder moviéndose dentro de ella, recordándole lo que había pasado no hacía mucho. Recordó la sensación de ese poder construyéndose, más y más energía extendiéndose por su cuerpo desde su centro hacia sus dedos donde creó, una esfera de puro poder formándose en sus manos.

"Detente."

Vacío, ella recordó vacío. El poder se desvaneció, lo recordó desvaneciéndose pero no desapareció, estaba contenido, abrió sus ojos pero no estaba más en la habitación del Capitán, estaba mirándose sosteniendo una esfera de luz en su propia mano como si estuviera observando el recuerdo repetirse ante sus ojos.

"Tienes algo por qué vivir, Capitán Inuyasha?"

Era su voz pero no había hablado, era su pregunta pero ella la había hecho. Miró a Inuyasha quien estaba al otro lado de la Kagome del recuerdo, se veía confundido, se veía sorprendido, estaba mirando a la otra Kagome con un temor escondido casi anormal. Su boca se abrió, sus ojos miraban de un lado a otro y entonces habló, sonando tímido (la asustó):

"Tengo algo por qué vivir?"

Los ojos de Kagome se abrieron de golpe mientras la voz del Capitán parecía llenar la habitación despertándola de su sueño—de su recuerdo.

Instintivamente, sus ojos se dirigieron hacia su cama pero su rostro era el mismo, su expresión igual de relajada, su apariencia tan gentil y calmada como lo había estado momentos antes. Su respiración comenzó a cambiar, tornándose apretada e irregular. El dolor de cabeza comenzó a intensificarse y su corazón de repente comenzó a apretarse en su pecho. "Qué está pasando?" Susurró en la oscuridad, perpleja y aterrada por sus propios recuerdos.

Temerosa, llevó una mano a su frente, levantándose de su lugar a su lado, retrocediendo hacia su propia cama agarrándose la cabeza con una mano mientras la otra se movía para agarrar su camisa, tocando el lugar donde un leve dolor se formó en su corazón. Había algo en ese dolor, así como había algo en esa pregunta, en su respuesta.

"Tú?"

Su voz golpeó el aire justo como lo había hecho momentos antes y gritó, el dolor la invadió hasta lo más hondo de su ser.

"Ah!"

El sonido la abandonó antes de esperar poder controlarlo, el dolor se extendió desde su corazón hacia su cabeza. Llevó una mano a su boca, la otra permaneció en su cabeza mientras caía en la cama, su mente gritaba del dolor que estaba atravesándola. Sintió lágrimas comenzar a formarse en sus ojos, el dolor se tornó tan intenso que tuvo que morder su mano en orden de evitar gritar de nuevo. "Por favor, basta." Suplicaba consigo misma, las lágrimas ahora bajaban por su rostro mientras mordía más duro su mano, el sabor de la sangre llenó su boca. "No puedo soportarlo!"

Vagamente registró el sonido de sábanas, el sonido de los pies de alguien golpeando el piso, y luego la sensación de una mano en su espalda, la sensación de otra mano retirando la mano de su boca.

"Duele!" Dijo ella sin preámbulo, sin importarle quien estuviera ayudándola, el dolor era tan intenso que no le importó. "Haz que pare."

"Concéntrate," llamó una voz severa, suave y familiar, dominante y gentil. "Sólo escucha el sonido de mi voz y enfócate en ella." Pausó por un segundo, aclarando su garganta mientras trataba de pensar en algo que pudiera calmarla. "Sólo um—enfócate en lo que voy a decir—y no pienses en el dolor."

Ella casi sonríe cuando lo escuchó sisear.

"Lo siento, no quise recordártelo pero," sonó rendido, era entrañable. "Sólo enfócate en mí, de acuerdo."

Ella sintió la gentil caricia de su mano en su espalda, sintió el dolor comenzar a menguar; sintió su mano apretar la suya más fuerte y luego la sensación de la cama hundiéndose levemente a un lado como si alguien se hubiese sentado a su lado. Con cuidado, para no agitar más su cabeza, abrió sus ojos para mirarlo. Lo primero que vio fue oro, brillante y hermoso oro, mirándola, preocupado, angustiado, esperanzado.

Sintió su corazón detenerse en su pecho cuando se dio cuenta de lo cerca que estaban esos ojos, de lo cerca que estaba el resto de su cara, de lo cerca que estaban sus labios. Se alejó asustada por el contacto cercano, sus brazos envolviéndola fuertemente, sus hombros intentando retirar sus manos. "Estoy bien." Le dijo sinceramente antes de levantar su cabeza, un rubor en sus mejillas. "Gracias."

"De nada." Respondió él, sus propias mejillas sonrojadas con su propia vergüenza. "Usaste mucha energía, así que es normal que tu cuerpo tuviera un momento difícil al despertar más tarde."

Parpadeó ante la declaración, sonaba extraño, y aun, sabía, sabía de cierta forma a qué estaba refiriéndose. Parpadeó, parte de ella enervada con sus propios recuerdos, rehusándose a creer que lentamente se estaban haciendo más claros. "Son sueños." Se dijo ciegamente. "No era real." Continuó no queriendo admitirlo. Sacudió su cabeza, pretendiendo no tener idea. "Qué quieres decir?"

Él le dio una extraña mirada, una mirada que claramente le decía que no le creía. "No recuerdas la barre—um—lo que hiciste?"

Ella se paralizó, sus ojos escanearon la habitación, de un lado a otro rápidamente, asimilando todo sin enfocarse realmente. En verdad era un recuerdo? Recordaba algo, algo sobre hacer una pregunta y recibir una respuesta—una luz brillante, un poder incrementándose. Había recordado eso antes pero había algo más que recordaba, algo distante, como si hubiese pasado mucho tiempo atrás y aun sabía que no era verdad.

Exhaló, sus cejas se fruncieron, su mentón se desplomó levemente sacudiendo su cabeza lentamente como si tratara de meterle algo de sentido. Casi podía verlo, estaba en la punta de su mente, la flecha, podía ver la flecha, había estado apuntando, la flecha de la brújula, había brillado y apuntado. Recordaba eso, lo recordaba pero qué había pasado después, qué debía recordar después? Había construido ese poder, había hecho esa pregunta?

Sus ojos se dirigieron hacia Inuyasha, mirándolo como si tuviese la respuesta, sabía que no.

"Kagome?" Comenzó a hablar pero ella levantó su mano silenciándolo con el gesto.

"Recuerdo algo." Le dijo ladeando su cabeza, su mano cayó para descansar en su regazo con su compañera. "Es vago y borroso."

"Dime," presionó desde su lugar junto a ella en la cama. "Aún si parece inútil."

"La brújula." Comenzó ella parpadeando lentamente, sus manos retorciéndose con la otra. "La flecha apuntó, como lo hizo con los fragmentos de Shikon y—brilló." Lo miró, sus ojos suplicantes con él, pidiéndole explicarle lo que había pasado.

"Qué pasó después que brilló?"

Ella se sonó y desvió su mirada, levantando una mano para pasarla por su corto cabello, retirando algunos mechones de su rostro. "Yo—," Se detuvo, paralizada, algo en su mente llamó su atención. La brújula había brillado, sí, recordaba eso pero cuando había brillado había escuchado algo, algo llamándola.

"Kagome."

Saltó, Inuyasha saltó con ella asustado por su repentino movimiento. "Qué demonios!" Gruñó, enojado consigo mismo por asustarse.

"Me habló!" Se giró para mirarlo, su rostro alarmado. "Algo llamó mi nombre, creo que fue la brújula, me llamó."

"Te llamó?" Repitió Inuyasha incrédulo.

"Sí," asintió rápidamente, sus ojos abiertos mientras el recuerdo comenzaba a golpearla. "Llamó y llamó y recuerdo sentirme asustada y un poco loca y entonces—," pausó, las palabras murieron en sus labios mientras se giraba lentamente para mirarlo.

Él miraba preocupado mientras analizaba la bruma turbulenta que estaba en sus ojos, la luz de la luna tras él se reflejaba en ellos, atrapando pequeñas escamas marrones que honestamente nunca había notado antes. Eran difíciles de ver, indetectables también cuando atrapaban el sol muy brillante, o las sombras proyectadas por la luz de una lámpara, eran de un tono que podría verse solo en la cercana oscuridad, tan escondida del mundo como ellos. Sonrió a pesar de sí mismo, las escamas marrones casi doradas regocijaron su corazón a pesar de su actual apariencia caótica.

"Todo se oscureció."

Sus palabras lo sacaron de sus reflexiones, haciéndolo enfocarse en ella en vez de solo sus encantadores ojos.

"Todo estaba oscuro," continuó, sus ojos comenzaron a verse casi distantes mientras los recuerdos regresaban a ella haciendo que sus manos se retorcieran en su regazo. "Pero—no completamente como en las veces anteriores."

Él levantó una ceja mientras la observaba moverse ligeramente en la cama. "Qué quieres decir?"

"Recuerdo."

Sus ojos se fruncieron y la miró confundido. "Kagome?"

"Recuerdo." Su voz se atascó en su garganta.

Recordó todo, recordó la brújula, su nombre siendo llamado, recordó caminar a la cubierta, subir las escaleras, recordó prometerle hacerlos invisibles, recordó el poder, recordó los gritos y los gruñidos, recordó al Capitán rogándole pidiéndole detenerse, recordó ignorarlo hasta que sus súplicas casi habían muerto. Lágrimas comenzaron a formarse en sus hermosos ojos mientras llevaba sus manos a su rostro pero no las levantó para tocar sus mejillas, en vez, les permitió suspenderse a centímetros de su piel y lágrimas.

"Eso es lo que es el poder de una Miko?" Preguntó de repente, las lágrimas se deslizaron por sus mejillas, sus manos se posaron para atraparlas pero no se movieron para realizar el acto. "Matan demonios sin importarle?"

"No." Le dijo rápidamente alcanzándola instintivamente, ella golpeó su mano, él se paralizó, sus ojos abiertos, en verdad parecía (se atrevía a decir) lastimado.

Lo miró, ignorando la oscuridad y la tristeza en sus ojos dorados, sus brazos la envolvieron, mientras lo miraba como una coneja asustada y arrinconada por un lobo hambriento. "Podría matarte."

Él resopló levantando sus manos en el aire, no creyendo que hubiese rechazado su mano por eso. "No podrías!" Le dijo francamente.

Lo miró y sacudió su cabeza rápidamente. "Sentiste ese poder, te recuerdo," sus ojos divagaron pensativa. "Me dijiste detenerme, estabas—estabas muriendo!"

Él mordió su labio y se dio la vuelta girando sus ojos. "Ese poder no puede matarme." Le dijo firme comenzando a sentirse incómodo. Era verdad, su poder no podría matarlo, solo a una parte de él, al demonio en él.

"Por qué no?" Desafió ella, sus ojos ardientes. "Eres un demonio y una Miko purifica demonios, como—como lo hice con Manten," tartamudeó un poco las palabras, temerosa de admitir lo que había hecho realmente, antes de continuar. "Y también podría haberte hecho lo mismo a ti."

"No, no podrías." Refutó de nuevo.

"Me estoy perdiendo de algo aquí?" Dijo severamente. "Eres un demonio, así que es así como funciona esto." Insistió ella, sus manos moviéndose libremente intentando ayudar en su explicación.

Él apretó su puño. "Maldición, Kagome, déjalo, no me habrías matado así que no te preocupes por eso, se acabó."

"No!" Le dijo firmemente. "Quiero una explicación así que te importaría explicar por qué no te mataría," continuó presionándolo mentalmente. "Porque la última vez que recuerdo, un demonio completo—"

Él la interrumpió elevando enojadamente sus manos en al aire—molesto. "Es porque no soy un demonio comp—," Las palabras se congelaron en sus labios, murieron completamente, sus ojos se abrieron horrorizados mientras veía su mirada ahora confundida, sus manos aún posadas sobre su cabeza, inmóviles.

"Qué quieres decir?" Preguntó ella tímidamente. "No eres—"

"Nada." Sus palabras salieron duras, injustificadas. "No es nada," se levantó de la cama, alejándose de ella como si fuera una leprosa. "No deberías preocuparte por mierda como esa. Nos salvaste," su respiración salía en jadeos mientras hablaba, salvaje. "Sin tu barrera habríamos tenido que pelear con ese hijo de puta de Hiten y no me sentía para hacerlo hoy." Cruzó la habitación rápidamente, su espalda encarándola mientras agarraba su chaqueta en el espaldar de la silla, su espalda rígida mientras se la ponía sin hacer contacto visual. "Duerme un poco," le dijo precipitándose hacia la puerta. "Lo necesitas después de consumir tanto poder."

"Inuyasha?" Ella trató de llamarlo pero sus palabras cayeron en oídos sordos mientras la puerta se cerraba de golpe. Hizo una mueca ante el fuerte ruido, preguntándose si alguien se había despertado por ello pero la idea se deshizo rápidamente mientras una más insistente golpeaba su mente. "Iba a decir—completo."

Sus ojos se fruncieron y su cabeza se ladeó, su nariz se arrugó y de repente todo su rostro se iluminó con una clara realización. "Es porque no soy un demonio completo." Susurró su oración, los recuerdos la atravesaron, recuerdos más poderosos que cualquiera de los otros que hubiese experimentado hoy.

"A ti," Continuó interrumpiendo sus pensamientos. "No te importa quién soy, qué soy, verdad? Te 'usta esta forma no c'mo ella y él, v'rdad?"

"Su forma," susurró ella, su mentón temblaba ante la idea. "Como si tuviera diferentes formas, diferentes partes del mismo ser."

"Nee-chan, él qu'ría que fuera un demonio." Le dijo suavemente como si estuviera contándole un gran secreto, inconsciente y sinceramente lo estaba. "Kikyo—ella od'aba al demonio, deseaba, tú sabes 'eu no fuera un demonios, 'ue yo—qu'ría que fuera un humano."

"Una forma demonio," concluyó lentamente. "Y una forma humana, ambos lo querían en diferentes mundos, porque es de dos mundos—." Miraba al espacio, incredulidad la envolvía por encima de sus otras emociones. No había manera, era imposible, esto no probaba nada. Sacudió su cabeza incrédula.

"Maldito perro callejero, maldito tonto de mala raza!"

Otro recuerdo la golpeó, este más poderoso. Recordó la mirada en su cara, la forma en que había parecido legítimamente lastimado, recordó pensar que las palabras mismas no habían sido así de horribles solo insultantes a menos—a menos.

"Un perro callejero," repitió ella en voz alta, todo de repente cayó en su lugar, lenta pero seguramente. "Es ofensivo porque es un perro callejero, no es completo es—mestizo. Mitad." Lentamente su cuerpo se desplomó en la cama, sus piernas cedieron mientras algo encajaba finalmente, golpeándola completamente, y confirmando las respuestas a sus desconocidas preguntas.

"Has conocido a un mitad demonio?"

Ella dejó que las palabras la inundaran por un momento, analizándolas, su significado. Estaba leyendo demasiado en esto, eran demasiadas coincidencias de una vez? Probablemente no, después de todo, por qué alguien haría una pregunta que de cierta forma no estuviera relacionada con ellos?

"Sólo preguntas algo si es significativo, si," detuvo sus manos de retorcerse pensativa, pensando, adivinando, tratando de suponer a dónde estaban llevándola sus pensamientos. "Tiene un propósito." Murmuró. "Entonces, cuál es su propósito? Cuál era el propósito detrás de la pregunta?" La idea se desvaneció, una extraña sensación se incrementó dentro de ella en ese instante. Sabía el propósito, lo supo sin tener que responder a su propia pregunta, la sabía bien, su intención, su—todo—literalmente.

"Has conocido a un mitad demonio?"

Sintió nuevas lágrimas formarse en sus ojos, brotando sobre su carne. Temblando levemente, llevó una mano hacia su mejilla, atrapando la primera ola de gotas invasivas en su dedo, retirándolas para estudiarlas como si le sorprendiera que hubiesen caído realmente.

Sus lágrimas eran comprensibles, aun si no fuera consciente de su natural necesidad. Después de todo, era una extraña sensación, un momento sobrecogedor de comprensión cuando uno se da cuenta, que sí, ellos habían—ella había conocido a un mitad demonio antes y no había sido al menos un poco consciente (hasta este mismo momento) de que, de hecho, conocía a una las criaturas más despiadadas en la tierra pero eso no era el por qué estaba llorando.

No, la razón de sus lágrimas no tenía nada que ver con el prejuicio, no tenía nada que ver con el odio o incluso la compasión. Lloraba porque no podía imaginar por su vida, el por qué él no quería que supiera.

Fin del Capítulo

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Hecho divertido:

El título de este capítulo tiene una referencia/significado dual, como muchos otros de mis títulos. Aplica para Kagome por recordar estar en el 'Estado Miko' por primera vez así como por reunir todas las pistas (sus recuerdos) sobre el secreto de Inuyasha por primera vez y, por ende, descubrir que él es un hanyou.