SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

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Capítulo Treinta y Tres:

La Flecha Roja Apunta

El Capitán del Shikuro guiaba lentamente su barco, su timón firmemente en sus manos manteniéndolo a paso estable mientras se movían por las corrientes del Golfo de México, guiado solo por la luna y las estrellas. La Desembocadura del Mississippi y New Orleans ahora estaban muy atrás; después de todo, habían remado, por tres horas, el acto mismo dándoles una sustancial (por ponerlo levemente) ventaja sobre el Trueno, si el Trueno decidiera perseguirlos, claro. Los instintos de Inuyasha le decían que no lo harían, la barrera de Kagome les había hecho muy difícil estimar qué dirección seguir, por lo tanto era lógico asumir que el Trueno no intentaría perseguirlos en el momento (al menos no en la oscuridad). Eso habría sido irracional y potencialmente peligroso para la vida, después de todo.

Inuyasha miró los alrededores, sus ojos bien ajustados a la falta de luz. Podía distinguir una isla distante, una que conocía, una que sabía estaba deshabitada. Era pequeña, unos pocos árboles aquí y allá pero era más un glorificado banco de arena que una Isla si era sincero. Gruñó, "Sí, cierto—la verdad."

Suspiró profundo y lento, un sonido que fue fuerte en el tranquilo aire nocturno. Inclinándose, descansó su cuerpo superior contra el timón del barco, sus brazos sobresalían por el otro lado del timón mientras apoyaba su peso al tiempo que navegaba.

"Ella sabe?" Se preguntó ladeando su cabeza, mirando sobre su cabeza al cielo, su conocimiento del mapa celestial diciéndole que probable estaban cerca de las cuatro de la mañana. Tragó, solo había estado en cubierta media hora desde que la dejó en su—en su habitación. Aun, ella no había salido, no había explotado furiosamente con él, golpeándolo en la cara y gritándole, no había gritado o delirado desde la habitación o maldecido e incluso hecho algún sonido. Todo estaba tranquilo, medio se preguntaba si tal vez se hubiese quedado dormida.

Inuyasha lamió sus labios humedeciéndolos; estaban secos, muy secos, culpó al aire nocturno por eso. "Tal vez," gruñó moviendo su cuerpo ligeramente hacia la izquierda, ajustando efectivamente la posición del barco sin usar sus manos. "No lo descubrió." Continuó murmurando para sí antes de bajar su cabeza y golpearla contra el timón, un acto hecho completamente a propósito, destinado a ser áspero y doloroso. "Soy tan idiota!" Lo golpeó otra vez, la sensación de la madera golpeando su frente en verdad lo confortaba.

Tomó una fuerte inhalación de aire apretando sus dientes. Sabía que estaba mintiéndose. Kagome Dresmont era lista, era ingeniosa, y podía pensar rápidamente, lo desafiaba con sus conocimientos (podrían ser conocimientos literarios) pero tenía conocimientos. Había leído Shakespeare, tenía buena gramática, gran retención para la música, y hablaba francés por el amor de Dios!

Sacudió su cabeza ante la idea: hablaba francés. "Debo preguntarle dónde lo aprendió." Resopló para sí, divagando. "O por qué lo aprendió, supongo es mejor pregunta." Asintió para sí en acuerdo con sus propios pensamientos. "Tal vez fue parte de su educación, es una mujer educada."

Sonrió ante la reflexión pero la sonrisa no duró mucho. Se desvaneció de su cara mientras terminaba de divagar y era confrontado con algo más—la realidad. Y esa realidad era que Kagome Dresmont era una mujer educada, una mujer inteligente, una mujer que eventualmente pondría dos más dos juntos.

"Qué está pensando," Susurró en el alba, su voz quebrada, temeroso de lo que podría saber o no saber o pensar o no pensar. "En este momento, qué estás pensando?"

Miró las estrellas, por un momento tuvo la urgencia de contarlas solo para distraerse. Pero una tarea como esa, sabía, sería muy distractora, una distracción infinita. Le sacaría provecho, rindiéndose, huyendo de nuevo.

Quería huir.

Inuyasha cerró sus ojos lentamente, su entrecejo fruncido por la acción mientras dejaba que su cabeza descendiera gradualmente de las estrellas, lejos de la pausa de la realidad que mostraban. "No puedo huir." Se dijo, abriendo sus ojos solo para encontrarse mirando la madera de la vieja cubierta del Shikuro y sus botas. Era un callejón sin salida visual que reflejaba su actual situación—un callejón sin salida.

No había nada que pudiera hacer; supiera o no supiera. Si sabía, tendría que enfrentar sus demonios (literalmente) pero si no entonces estaría a salvo. La extraña idea lo golpeó—estaba a salvo, o no? Estaba a salvo si no sabía, verdad? Todo este tiempo había estado pensando que sabía la verdad, que la había descubierto pero qué si no la sabía, qué si no era tan astuta como estaba imaginándola? Entonces qué, qué debería hacer entonces?

"Debería decirle?" Parpadeó rápidamente ante la idea, sacudiendo su cabeza lentamente, diciendo no mientras su mente continuaba procesando, llegando vagamente a una conclusión diferente—sí. Mordió su labio, apretando su puño al mismo tiempo mientras cerraba sus ojos, sus uñas enterrándose en la carne de sus palmas, sin sacarse sangre pero casi.

Recordó esa noche de tiempo atrás, casi un mes, cuando le había preguntado si nunca antes había conocido un mitad demonio. Su respuesta no había sido muy comunicativa con información, había sido un simple 'no', no había conocido uno, no conocía uno (bueno, sí pero no lo sabía en ese momento).

"Nunca conoció uno." Murmuró Inuyasha, su mente repetía la conversación, repensando y repensando, estudiando cada sutil cambio en su respiración, en sus palabras, inflexiones en su voz, tratando desesperadamente de recordar exactamente cómo sonaba. Había sonado disgustada, había susurrado ese 'no' con alivio o con odio o con contemplación? No podía recordar o en verdad lo recordó normal, como algún otro no que hubiese escuchado.

"Maldición!" Maldijo tratando de alejar los pensamientos, tratando de sacar los recuerdos de su cabeza. De todas formas no importaba, ella sabía, tenía que saber, podía deducir, descontar, podía pensar, era inteligente e ingeniosa, era una aprendiz rápida y una pensadora que se adaptaba. Era hermosa y amable, considerada y amorosa, aceptaba y perdonaba.

"Ella es todo lo que Kikyo no fue." Tragó, sus pensamientos en verdad lo hicieron pausar por millonésima vez mientras era confrontado con los hechos, "No es nada como ella." Confirmó una pequeña voz en el fondo de su cabeza pero la dejó pasar, se rehusaba a escuchar. Ignorados sus recuerdos de comparar a las dos mujeres, su corazón no le permitió que pasara, todavía no había superado el dolor que ella le había causado.

Sacudió su cabeza lentamente, sus recuerdos de Kikyo regresaban a él gradualmente, recordatorios de que ella, sin duda, había sido una mujer totalmente diferente. Recordó su ronca voz primero, la forma en que sonaba cuando él besaba ese lugar justo debajo de su oreja. Después recordó su sonrisa, la sonrisa que le brindaba cuando era humano y pensaba que sus vidas estaban llenas de potencial, promesa y esperanza. Y luego recordó su tristeza, la forma en que siempre miraba anhelante a la distancia.

Ella siempre había mirado anhelante, lejos de él, lejos del mar, lejos del único mundo que él podría prometerle. Era un mundo que rechazaba—así como rechazaba a su verdadero ser. Kikyo quería el mundo fuera del suyo, el mundo que yacía en castillos en la antigua Europa, el mundo del dinero y las doncellas, el mundo de los duques y las condesas, las duquesas y condesas, quería propiedad, modales, etiqueta, quería todo lo que Inuyasha no podría darle.

Inuyasha sonrió ante la ironía. Todo lo que Kikyo había querido lo había tenido en su próxima vida—el único problema era que no lo quería más.

Inuyasha dejó ir esa idea de su paisaje mental. Todavía no estaba listo para admitir eso porque para entender ese irónico sentimiento, tendría que admitir que Kagome no iba a tratarlo como Kikyo alguna vez.

"Todavía está inmerso en que Kikyo-sama y Kagome-sama compartan un alma?"

La cabeza de Inuyasha se levantó de golpe, sus ojos se abrieron, el sonido de la voz lo trajo de nuevo a la realidad. "Myoga." Susurró en el aire nocturno, no había escuchado acercarse al pequeño hombre, no había escuchado los suaves pasos de sus pies descalzos o el tenue sonido de su plana respiración. "Así que lo sabías?" Murmuró apoyándose más contra el timón, bajando su cabeza con derrota.

"Por supuesto," asintió el hombre mientras subía el último escalón de la escalera y comenzaba a caminar hacia el Capitán, su pequeño cuerpo jorobado por la edad. Después de todo era un demonio viejo, más viejo que el padre de Inuyasha, habiendo sido el criado de su padre así como el de su abuelo antes de él. "Myoga lo ha visto antes," le dijo el anciano con una leve sonrisa, una sonrisa que parecía decir: he estado cerca una vez o dos. "No era muy difícil de decir."

Inuyasha hizo una mueca pero dejó asentar el conocimiento. Había tenido razón, Myoga lo había sabido, por supuesto que Myoga lo había sabido. Frunció secamente, "Tiene sentido. Es casi tan viejo como la tierra misma así que por supuesto sería capaz de hablar de los orígenes del alma de alguien sin tener que intentarlo." Inuyasha sintió la distintiva urgencia de estrellar su cabeza en el timón pero se contuvo. "Cuándo lo descubriste?"

"Después de Manten." Admitió Myoga usando un dedo para rascar su nariz en forma de zanahoria.

"Ya veo." Murmuró Inuyasha mirando al hombre desde su posición encorvada sobre el timón. La conversación se agotó, ningún hombre se sentía cómodo con la idea de romper el silencio o buscar más conversación.

Myoga suspiró fuertemente, sus viejos ojos enfocados en el hombre ante él. Ahora era tan alto, no tal alto como su hermano o padre pero aún alto, sobre seis pies, un gigante comparado con el pequeño Myoga. Colándose lentamente llegó a detenerse completamente a su lado, su pequeña forma solo alcanzaba la mitad hacia la cintura del Capitán aunque el hombre estaba desplomado con sus rodillas dobladas peligrosamente bajas. Eso hizo sonreír levemente a Myoga mientras lo invadían recuerdos del alguna vez pequeño niño.

"Myoga-jii-jii!" Un pequeño Inuyasha gritó mientras corría hacia Myoga, sus manos extendidas alcanzando por su criado, intentando agarrar la manga del hombrecillo.

"Han pasado muchos años desde que Inuyasha-sama llamó a Myoga-jii-jii." Pensó Myoga con una sonrisa mientras observaba al hombre girar el timón con todo su cuerpo, aun reacio a hablar. Con un fuerte suspiro, rascó su cabeza y se preparó para hablar, un acto que le habría tomado el coraje que en realidad no tenía. "Lo sabe mejor, verdad?"

"Hmm?" Inuyasha resopló mientras desviaba su rostro del hombre, rehusándose a mirarlo a los ojos—rehusándose a admitir que sabía de lo que hablaba Myoga.

Myoga lo miró rígidamente, sabiendo que su señor estaba evadiendo la pregunta. "Esa joven mujer," Señaló a sus pies. "La joven con la que comparte su habitación," Añadió para buena medida disfrutando cuando las orejas del joven Capitán se enrojecieron. "Su alma puede ser la de Kikyo demo," Pausó por un segundo enviándole a Inuyasha una mirada desafiante. "Su corazón y su mente son suyos."

"Lo sé." Respondió Inuyasha mentalmente mirando a Myoga mientras mantenía sus labios cerrados en contraste a sus gritos mentales. No estaba listo para decirlo en voz alta, ni para él ni particularmente para Myoga.

"Inuyasha-sama." Continuó Myoga, aplicando suavemente, el uso de su lengua nativa atrapó a Inuyasha por sorpresa, sacándolo de su estado para mirar a Myoga. "Actúa más y más como Otou-san cada día." Susurró él, como si las palabras hubiesen sido una reflexión a la conversación. "A Otou-sama le preocupaba que a Izayoi-sama no le gustara por lo que era."

Inuyasha ladeó su cabeza sorprendido; nunca había sabido que su padre fuera otra cosa que un hombre orgulloso, alto e intimidante, temerario y confiado, gentil y aun innegablemente fuerte. Pensar que su padre se hubiese preocupado por algo estaba más allá de Inuyasha, más allá completamente.

Myoga rió mientras comenzaba a hablar de nuevo. "Recuerdo la primera vez que Otou-sama y Okaa-sama se conocieron, Otou-sama era muy tímido cerca de ella—."

"Tímido?" Inuyasha frunció sus cejas y rió. "Mi padre nunca fue tímido."

"Con Izayoi-sama, Otou-sama lo era." Le dijo Myoga a Inuyasha. "Ellos eran de dos mundos diferentes. Diferentes—en cada forma: país, raza, linaje, clase social." Myoga se detuvo y se giró hacia Inuyasha dándole una mirada franca y casi severa. "Su Otou-sama con frecuencia pensaba que su Okaa-sama lo odiaría por eso."

"Por lo que era?" Inuyasha repitió las palabras, sus ojos se desviaron de Myoga para estudiar la cubierta del barco.

"Demo a Izayoi-sama nunca le importó." Myoga continuó observando con interés mientras la cabeza de Inuyasha se levantaba de golpe ante sus palabras. "Kagome-sama," continuó Myoga, el honorífico hizo que los ojos de Inuyasha se abrieran. "Le recuerda a Myoga a Izayoi-sama."

Inuyasha parpadeó varias veces, sus orejas se retorcían mientras asimilaba las palabras, sus manos se relajaron en el timón, permitiendo que su agarre se aflojara, haciendo que el barco se ladeara con la marea, virando hacia la orilla distante. Myoga rió ante la acción, alcanzando para tomar el timón en una pequeña mano, dirigiendo el barco de nuevo a su curso mientras una vela se agitaba sobre sus cabezas, chirriando por el cambio en la dirección del viento.

"Myoga?" Inuyasha susurró suavemente, el shock aun escrito en sus rasgos. "Realmente crees, Kagome—" Su voz se congeló en su garganta, esto no era algo de lo que pudiera hablar fácilmente, no era algo de lo que pudiera hablar incluso con Miroku. Era un tema tabú, el tema de sus padres, el tema de Kikyo, el tema de—Kagome. Las orejas de Inuyasha se agacharon en su cabeza. Trató de hablar pero ninguna palabra salió, suspiró.

"Hai," murmuró Myoga mientras se giraba y comenzaba a alejarse inesperadamente. "Tienen mucho en común: Kagome-sama, Izayoi-sama." Asintió firmemente llegando a la cima de las escaleras, colocó una pequeña mano en la baranda mientras se preparaba para regresar a la cama. Antes de permitirle a un pie golpear la madera, se giró mirando a Inuyasha sobre su hombro. El joven estaba observándolo, sus ojos pegados a Myoga esperando, anticipando las palabras que saldrían de la boca del anciano. Myoga sonrió y sacudió su cabeza dándose la vuelta. "Primero y principal," comenzó dando ese primer paso por las escaleras. "Ambas son," pausó pensando para sí. Finalmente una distante sonrisa se formó en sus ojos como si estuviera recordándola—Izayoi-sama. "Mujeres de mucha aceptación."

Con eso, desapareció por las escaleras, sus pies hacían un suave y casi inaudible sonido mientras desaparecía de vista, la conversación terminó pero los pensamientos que había causado aun corrían en la cabeza de Inuyasha.

Kagome era una mujer de aceptación. Había aceptado todo con el tiempo. Había aceptado una aventura, aceptó la relación de una pareja sin casarse, aceptó la piratería, aceptó ser una mujer reclamada, aceptó vivir en su habitación, aceptó que era una reencarnación, aceptó a Shippo quien casi la hace asesinar, aceptó ser una Miko—ella era una dama de la aceptación.

O en verdad, era una dama que no podía odiar. No podía odiar a Miroku, no podía odiar a Sango, no podía odiar a los piratas, no podía odiar a Kikyo, no podía odiar a Shippo, no podía odiar incluso a los hombres que trataron de violarla, que trataron de matarla. Se disculpó cuando él golpeó a alguien por ella, se sintió mal cuando mató a Manten, cuando lastimó a la tripulación. Kagome podría perdonar al hombre que la matara, así era lo incapaz que era de odiar. Entonces por qué era tan difícil para él admitir que Kagome nunca podría odiarlo? Kagome nunca podría odiar a nadie y él no era diferente pero eso significaba que podría aceptarlo?

Inuyasha sacudió su cabeza casi riendo para sí. Había dos cosas que sabía de seguro sobre Kagome Dresmont, una, que no podría odiar a nadie y dos, podía aceptarlos a todos.

"Su alma puede ser de Kikyo pero su corazón y su mente son suyos."

"Lo sé." Inhaló un profundo respiro mientras lo decía en voz alta. Incluso si fuera para sí, lo había dicho. "Kagome—ella—," Tragó. "No es Kikyo." Continuó admitiendo, las palabras duras de decir en voz alta al principio. Cerró sus ojos, parte de él esperaba que algo se rompiera ante la admisión verbal. Nada pasó. El mundo no llegó a un final. Sabía que no lo haría.

Inuyasha abrió sus ojos, asombrado de que finalmente lo había dicho fuerte, nunca lo había hecho antes excepto en su mente pero ahora estaba al aire libre, lo había dicho, lo había dicho en serio. Kagome no era Kikyo, nunca lo sería, eran muy diferentes y lo sabía. Donde Kikyo había sido fría, había sido mezquina, había rechazado su herencia de demonio, Kagome la había abrazado como los abrazaba a todos. Era—excepcional en ese sentido.

Rascó su cabeza, sus garras afiladas pero no amenazantes para su dura piel y cabello.

"A Kagome no le importaría lo que soy o quién soy." Se dijo, impresionado de que hubiese logrado admitírselo mientras al mismo tiempo era perseguido por una sensación de déja vu. "Qué divertido." Levantó una ceja ante la idea pero la dejó pasar, en vez, se enfocó en el aquí y el ahora. "Aun si no lo sabe, debo decirle." Concluyó para sí, sintiéndose vulnerable. La última vez que le había dicho a una mujer que era mitad demonio había decidido abruptamente que sólo amaría su mitad humana.

Inuyasha frunció mientras golpeaba su cabeza una vez más en el timón con frustración. Kagome sentiría de esa manera, decidiría que no le gustaba la mitad demonio, que sólo querría al humano que podía ser? "Odio mi vida." Murmuró Inuyasha para sí mientras sentía un dolor de cabeza comenzar a despertarse en su sien. Si era por la situación o por el constante golpeteo de su cabeza, no estaba seguro.

Bajando sus orejas hacia su cráneo, le permitió a su frente apoyarse contra el timón, sus ojos medio abiertos, en rajas, mirando al suelo bajo sus pies, imaginando la habitación que yacía bajo él. No la de Sango y Miroku, si no la que estaba ligeramente a su izquierda, la que había llamado su propia habitación durante la mayor parte de su vida en el mar. Ella estaba ahí, justo ahora, haciendo quien sabe qué.

"Tal vez, también está pensando." Miró el aire nocturno. "Me pregunto qué está pensando?"

Es decir: estaba pensando, analizando, preguntándose sobre él, adivinando sobre él, tratando de descubrir lo que había querido decir con sus palabras, o tratando de determinar qué debía hacer ahora así como él?

"Estás pensando en mí, Kagome?" Susurró mientras levantaba sus ojos, llevando hacia atrás su cabeza hasta que pudo ver las estrellas que estaban pegadas en el cielo, trazando lentamente todas las constelaciones que conocía. Delineó cientas, sus ojos conocedores, sabiendo los nombres de las estrellas que las hacían. Abruptamente, se detuvo, sus ojos aterrizaron en la estrella Polar mientras descansaba en el cielo, brillando resplandeciente casi burlona. Moviendo sus ojos hacia las estrellas rodeándola, ignoró las constelaciones que eran notorias ahí y en vez, con cuidado e inconscientemente creó una nueva, una que era suya.

Trazó todas las estrellas en la Osa Menor, creando su sonrisa y oreja antes de saltar hacia arriba moviéndose para observar la constelación vecina de Draco, usando la punta de la cola del dragón para formar la cima de su cabeza y cabello, siguiéndola hasta completar su perfil con el extremo de esa elegante cola de caballo sobre el hombro que alguna vez había usado, esa primera vez que había puesto un pie en su barco—su cabello había estado largo entonces.

Inuyasha parpadeó y luego sacudió su cabeza rudamente mientras su cuerpo se desplomaba más. "Maldición, Kagome, será mejor que estés pensando en mí—" Llevó una mano para hundirla en su cabello, una triste y decepcionada sonrisa en su rostro. "Porque yo no puedo dejar de pensar en ti."

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Kagome estaba sentada en su cama en la habitación del Capitán, sus lágrimas hacía mucho se habían secado, su rostro estaba un poco pálido, rojo y manchado. Sus piernas estaban cruzadas debajo de ella, la brújula que Kaede le había delegado descansaba encima de sus muslos, mirándola, la pequeña flecha roja se movía lenta en círculos, nunca deteniéndose. La observaba, preguntándose vagamente por qué no estaba señalando en una dirección, por qué solo giraba lentamente. Estaba tan confundida como ella?

Cautelosamente, llevó sus dedos al vidrio que cubría la flecha roja, sus dedos dejaban impresiones, manchas mientras las borraba, arrastrándolas a lo largo de la cubierta perfectamente limpia. "Por qué ocultaría algo así como," se preguntó vagamente. "Un secreto?" Suspiró desviando sus ojos de la brújula para mirar por la ventana, lejos de la flecha en su regazo. Aún estaba oscuro afuera con sólo pequeñas punzadas de luz que atravesaban la ventana, mostrándole que tenía que ser temprano en la mañana, cerca al amanecer.

Sus ojos se sentían anormalmente pesados (o en verdad se sentían pesados por una razón) pero su mente se sentía anormalmente viva, estaba zumbando, con un millón de pensamientos diferentes, circunstancias, preguntas. Miroku sabía el secreto, Sango, Kaede, incluso—Kikyo?

Esa idea la hizo pausar, deteniendo todas las demás. Kikyo sabía que él no era ni humano ni demonio sino que vivía con un linaje que pocos reconocerían o vivirían con ello? Desvió sus ojos del exterior y miró la brújula que Kikyo nunca había sido capaz de abrir. Kaede le dijo que era porque Kikyo estaba nublada, cegada por inseguridades y miedos pero ella—Kagome—era diferente?

Tenía miedo, dudaba de sí misma a cada vuelta, y aun—

Kagome alcanzó para tocar la pequeña brújula con solo la punta de una uña, a pesar de su temor e incertidumbre, había abierto la caja. No estaba asustada de tomar la oportunidad, de intentar, de solo sumergirse y no preocuparse por las consecuencias pero ese solo era un lado de la historia, no?

El escrito en la caja decía que se había abierto por ella por otras razones, "La persona que me abra es pura de corazón y mente." Recitó las palabras como el Capitán las había dicho, como la caja las leía. "Realmente soy más pura que tú, Kikyo? Mi corazón y mi mente son así de diferentes a los tuyos?"

Jugueteó con la tapa de la brújula por un momento, el ligero chirrido de las bisagras hizo eco en el silencio que la envolvía. Tal vez ya sabía que era más pura que Kikyo y tal vez también ya sabía por qué.

"Kikyo sabía." Concluyó suavemente, sin necesidad de pensarlo. "Eso es por qué ella estaba, por qué—," Se desvaneció, una parte de su corazón se quebró por el Capitán, solo por Inuyasha. "Estaba avergonzada, verdad?"

La lágrimas regresaron pero no cayeron, solo se acumularon en sus ojos mientras miraba la brújula en su regazo, la brújula de pudo abrir pero que Kikyo no. Era prueba de que ella era diferente a Kikyo en muchas formas.

"Kikyo," susurró el nombre, su mente trataba de evocar cómo había sido la joven. De acuerdo a Kaede y a Inuyasha se veían extraordinariamente parecidas. Se preguntó si también sonaban igual, era su voz la voz de Kikyo, así como su cuerpo era el cuerpo de Kikyo? Cuando el Capitán la veía, veía a Kikyo otra vez, sentía su odio de nuevo, sentía su vergüenza de nuevo, se sentía inferior otra vez?

Kagome levantó la brújula para acercarla a su rostro, tratando de ver su reflejo en el vidrio, estaba muy oscuro. Cerrando sus ojos, gentilmente la regresó a su regazo, sus manos la soltaron para que pudieran descansar a cada lado de sus piernas mientras tomaba un profundo, profundo respiro de comprensión pero también de dolor.

"Él ve a Kikyo, verdad?" Susurró para sí. "Escucha a Kikyo, verdad?" Apretó sus dientes. "Y recuerda a Kikyo, no soy Kikyo!" Gritó en su cabeza, muy temerosa de que él pudiera escuchar si gritaba en voz alta, sus puños se cerraron a sus costados, la satisfacción de decirle en su cabeza no fue casi tan buena para tranquilizar su ira. Enojada, agarró lo primero que pudiera lanzar, la brújula llegó a su mano mientras la alcanzaba ciegamente antes de lanzarla con violencia por la habitación.

El sonido de ella cayendo al piso cuando hizo contacto con el escritorio del Capitán con un fuerte crujido hizo que sus ojos se abrieran de golpe.

"Mierda," maldijo, el sucio lenguaje del Capitán pegándosele mientras se tambaleaba para levantarse, sus pies se enredaron en las sábanas haciendo que se precipitara, cayendo de lleno sobre su cara. Permaneció ahí en la cama por un segundo, agradecida de haber caído en el suave colchón en vez del duro piso de madera. Lentamente, se sentó antes de tomarse su tiempo, depositar sus pies en el piso, pararse gradualmente antes de atravesar la habitación, sus ojos buscaban en la oscuridad la golpeada brújula.

La encontró sin mucho problema, era lo único en el piso al lado de la silla del Capitán, haciéndola fácil de identificar incluso en la oscura habitación. Con una mano temblorosa la levantó, su corazón palpitaba, temeroso de haberla roto. Sus dedos trazaron la lisa superficie y suspiró aliviada—el vidrio no se había roto.

Kagome se arrodilló una vez más, esta vez en la dura madera del piso de la habitación, la brújula en sus manos, fuertemente contra su pecho como si fuera lo más preciado en el mundo. Su cuerpo temblaba mientras se encorvaba en sí misma, acunando esa conexión que la hacía completa y totalmente diferente a su predecesora. Les permitió a las lágrimas caer, les permitió finalmente brotar de sus ojos mientras hipaba, gimoteaba y lloraba.

"No soy Kikyo." Murmuró, diciendo las palabras en voz alta mientras sacudía su cabeza bruscamente, los rizos de su cabello lo largos suficiente para tocar ahora sus mejillas, pegándose ahí una vez que hicieron contacto con su humedecida piel. Su corazón comenzó a dolerle, un leve dolor que comenzó en su pecho y lentamente se expandió hacia su garganta, haciendo que un nudo se formara ahí mientras trataba de tragar. "No soy Kikyo," repitió sabiendo ahora a lo que Kikyo le temía, la verdadera razón por la que no pudo abrir la brújula, la pureza que le había faltado verdaderamente. "A mí no me habría importado." Susurró al aire. "No me importa lo que seas, en tanto como seas tú."

"A ti, no te importa quién soy, qué soy, verdad? Te g'sta esta forma no c'mo ella y él, v'rdad?"

Los ojos de Kagome se abrieron levemente, el recuerdo retornó a ella de nuevo. Su labio temblaba pero sus lágrimas se detuvieron mientras subía una mano hacia su rostro, tocando la húmeda piel, retirando el cabello que estaba aplastado en sus mejillas. "Lo dijo él mismo, sabe que no me importa." Se dijo levantando sus ojos, mirando el techo sobre ella imaginando al Capitán en el timón. Pero una punzante idea la hizo desviar sus ojos, la hizo mirar la brújula en su mano. "—estaba ebrio."

"... cuando estoy así de ebrio, no 'cuerdo nada."

Frunció profundamente. Había estado borracho, no recordaba nada cuando estaba borracho, probablemente no lo sabía, no se había dado cuenta de que ya le había dicho que podía confiar en ella, de que ya sabía que nunca lo odiaría, no se daba cuenta de que ella—que ella—ella lo—

Los ojos de Kagome se abrieron de golpe y su corazón se detuvo en su pecho. Su boca se secó y todo su cuerpo comenzó a temblar. "Estoy loca." Se dijo mientras un pequeño sentimiento comenzaba a construirse en su pecho, una punzada que nunca había experimentado antes, ni una vez en su vida. Era una sensación completamente nueva, un anhelo, una necesidad—no, algo más profundo que una necesidad. Miró al techo de nuevo, sus ojos brillaban con viejas lágrimas.

Esta sensación no era una que pudiera hacerla llorar, ni hacerla sonreír, la hacía querer verlo pero—se sonrojó—no podía subir allá como si nada hubiese pasado, como si nada hubiese cambiado porque lo había hecho en más de una forma.

"No puedo," se dijo. "No puedo encararlo, no cuando él me mira y ve," dejó de hablar, las palabras murieron en sus labios. No podía pararse ante un hombre con este sentimiento en su corazón y saber que estaba viendo a alguien diferente, que él temía que actuara como alguien que no era. "Si subo allá, tendré que enfrentar eso y yo—yo sólo—no estoy lista."

Pero quería enfrentarlo, quería enfrentarlo y preguntarle, preguntarle si Kikyo en verdad supo la verdad (estaba segura de que sí pero la claridad es una buena cualidad en cualquier asunto social), quería dejar claro que era diferente a Kikyo (algo que él ya sabía, al menos cuando estaba ebrio) y quería mostrarle que no le importaba quién o qué era en tanto como fuera él mismo (pero sabía que no tenía las agallas para hacer nada de eso).

Kagome suspiró fuertemente desplomando sus hombros mientras pasaba distraídamente un dedo sobre el borde de la brújula. Luz comenzó a llenar la habitación y ella hizo una mueca, ya era de mañana—tendría que enfrentarlo muy pronto. Tragando, miró la brújula y sus ojos se abrieron al darse cuenta de que no era de mañana, esa luz no era del sol, era de la brújula, la brújula que estaba brillando.

Asustada, dejó caer la brújula en su regazo donde aterrizó sonoramente mientras continuaba brillando como esa primera vez.

"Kagome."

Tembló mientras la voz llenaba la habitación igual que antes. "Qué hago?" Se preguntó invadiéndose de temor, no quería pasar por todo ese loco poder otra vez. En verdad podría lastimar a alguien esta vez y no sería capaz de vivir consigo misma si lo hiciera.

"Kagome."

Tembló, sus ojos miraban la brújula en su regazo, analizando sus opciones. Podría sentarse aquí como una idiota mirando la brújula parlante o podría hacer algo al respecto. Su primera idea fue lanzar por la borda el objeto sobrenatural pero la segunda era mucho más coherente: responderle. "Sí?"

El brillo se disipó instantáneamente, la habitación volvió a la semi oscuridad. Kagome parpadeó sorprendida mientras sus ojos se ajustaban de nuevo a la oscuridad, mostrándole algo que no había estado esperando. La flecha de la brújula no estaba girando más sin rumbo, por alguna razón (una razón que nunca podría entender) ahora estaba apuntando firmemente, completa y directa en una dirección.

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Inuyasha yacía acostado de espalda, cantando suavemente por lo bajo mientras miraba el sol comenzando a elevarse a través de los espacios entre las barandas de la cubierta del timón; su hosca voz cantaba una canción que había aprendido tiempo atrás cuando no había sido nada más que un niño.

"Flores de primavera," murmuró, su voz sonaba casi ebria cantando las líneas, vagos recuerdos de alguien a quien alguna vez había amado más que a sí mismo, entraban y salían de su cabeza, "De invierno y otoño," río levemente para sí, cerrando sus ojos mientras continuaba, imaginando a la hermosa mujer mientras tocaba un violín, sus dedos danzaban sobre cada cuerda. "Encajan en mis manos, diminutas y pequeñas." Lamió sus labios y cerró sus ojos deseando ver más claramente la imagen de ella tocando. "Un campo de margaritas-s-s-s," mantuvo el sonido, dibujándolo con cuidado, la mujer en su cabeza se giró hacia él y sonrió, sus hermosos ojos marrones llenos con amor. "Pequeña y torcida." Pausó, la imagen de la sonrisa de la mujer se disipó siendo reemplazada por una fría cara blanca, inmóvil, no más viva. Abrió sus ojos e inhaló profundamente, borrando la vista de su mente mientras terminaba la pequeña melodía. "Me guiará de regreso a ti."

Suspirando fuertemente, miró hacia su derecha, observando mientras el amanecer irrumpía sobre el agua completamente, el sol ahora colgaba bajo pero se empujaba más en el cielo con cada segundo. Pronto estaría suspendido sobre sus cabezas, golpeándolos mientras se movían a lo largo de la costa de la América superior hacia la punta del este de Florida.

"Deseo poder hablar contigo en este momento," pensó mientras desataba la soga que los mantenía en curso, optando por navegar de nuevo mientras ajustaba levemente su dirección, dirigiéndose hacia el continente para cruzar la costa oeste de Florida manteniendo un ojo abierto por alguna posible fortuna que perseguir. "Siempre sabías qué hacer," se inclinó, removiendo una mano del timón para pasarla por su cabello. "Especialmente cuando no podía distinguir mi cabeza de mi propio trasero—"

El sonido de una puerta abriéndose y pasos ligeros llamaron su atención sacándolo de su canto. Sus orejas se movieron mientras captaban el sonido de una puerta cerrándose suavemente como si una mano gentil la hubiese cerrado. Sabía, sin necesitar sus ojos, que esa había sido su puerta. Su boca se secó mientras escuchaba los pasos acercándose a las escaleras, el sonido de algo de madera rozando contra algo más de madera lo hizo contraerse, sus orejas contra su cabeza en protesta.

Escuchó el primer paso golpear el primer escalón, era tímido, inseguro, tan inseguro que no se atrevió a hacer un sonido de nuevo, en vez, optó por ser silencioso, inmóvil, muy nervioso para dar otro paso. Ladeó su cabeza, esperando, no hubo sonido. Lamió sus labios, sus manos que estaban posadas en el timón se tornaron sudorosas con anticipación. Olfateó el aire pero el viento no estaba a su favor, venía desde atrás de él, empujando su espalda, llevándose lejos el aroma de quienquiera que estuviera abajo, fuera de su rango y hacia el frente del barco.

Mordió su labio pero supo lo que tenía que hacer. Alcanzando a su izquierda, agarró de nuevo la soga, atándola con cuidado en el timón, usándola para mantener estable el barco como lo había estado segundos antes. Estaban en algún lugar cerca de los Cayos de Florida así que sabía que estaba bien dejar el barco no tripulado por un rato, lo suficiente para él investigar la fantasmal figura bajo él, aun cuando ya sabía quién era.

Caminando lentamente, se acercó a las escaleras, sus propios pies hacían un ligero crujido mientras golpeaba los tablones que estaban flojos, mentalmente hizo una nota de decirle a Totosai que las reparara. Se detuvo en la cima de las escaleras, sus pasos sonaron tan tímidos como los suyos. Con un profundo respiro miró abajo hacia ella, asimilando la vista de su cabeza gacha, no mirándolo mientras permanecía de pie, la brújula en una mano, su otra mano agarrando la baranda de la escalera, un pie en el primer escalón y el otro paralizado en la madera de la cubierta.

Tragó, el temor lo golpeó hasta el fondo mientras la veía, de pie, paralizada. Por qué estaba así? Por qué estaba mirando su pie paralizado, inmóvil? Por qué no podía mirarlo a la cara? Todos sus peores temores comenzaron a construirse de nuevo dentro de él, cada uno que hubiese tenido, hoy o en días pasados, entraron en su psique como si nunca lo hubiesen abandonado.

Trató de encontrar las palabras, trató de pensar en algo que decir pero nada llegó, aun cuando abrió su boca levemente, encontró palabras muertas en su lengua y en su mente. No tenía idea de qué decirle, aun después de todo lo que Myoga había dicho, aun después de todo lo que había pensado—tenía miedo. Tenía miedo de una jovencita (mujer, se corrigió distraídamente) que no disparaba un arma.

"Eso no es lo que la hace de temer." Se dijo silenciosamente mientras espantaba la idea. No. Era el potencial que yacía en las palabras de Kagome Dresmont lo que era verdaderamente aterrador. Tragó duro, a punto de forzarse para al menos decir su nombre, cuando de repente, su cabeza se levantó y lo miró, sus ojos aún más tormentosos de lo normal como si alguna calamidad mental estuviera sucediendo en su mente.

"Está brillando." Susurró ella antes de que él pudiera decir una palabra, su mano se extendió para mostrarle la brújula que había estado sosteniendo en su pecho. "Y la flecha, está apuntando."

Inuyasha se paralizó, sorprendido, todo pensamiento y palabras murieron en su lengua y mente antes de tener una oportunidad para decirlas. De hecho, la única palabra que Inuyasha pudo permitirse decir fue, "Oh."

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"Entonces la flecha está apuntando?" Preguntó Miroku recostándose contra el escritorio en la habitación del Capitán. Después de que Kagome hubiese emergido y le hubiese dicho a Inuyasha del extraño suceso con la brújula, el Capitán inmediatamente había actuado (después de regresar en sí), despertando a Miroku y a Sango (y a Shippo consecuentemente) para una reunión de emergencia en su habitación.

"Y qué significa eso?" Preguntó Shippo desde su posición en el hombro de Kagome, el pequeño zorro bien despierto a diferencia de los adultos que aún estaban perezosos por la larga noche.

"Hay un fragmento cerca." Supuso Sango mientras se detenía junto a Miroku, apoyándose contra el escritorio con él. Había sido levantada más temprano esa mañana por todo lo que había pasado entre el tiempo que fue a cubierta y el tiempo en el que había estado dormida. Y justo como pasó con Sango—no se sorprendió en lo más mínimo. Ella, después de todo, siempre había sido el tipo de persona que simplemente tomaba todo con calma.

"Sí." Respondió el Capitán y asintió. "Y si hay un fragmento eso significa que necesitamos ir tras él y añadirlo al resto de la joya."

"Eso significa que tendremos que anclar." Habló Miroku suavemente mordisqueando su labio. "Qué le diremos a los hombres?"

Inuyasha frunció profundamente llevando una mano hacia su mentón, rascando los inexistentes vellos. "La verdad?"

Miroku prácticamente se atoró ante las palabras del Capitán. "Eso se vería bien."

"Qué otra opción tenemos?" Respondió Inuyasha, su rostro severo. "No podemos cazar esta joya y no esperar que los hombres sospechen. Esto no es la Armada, es un barco pirata!"

"Y qué?" Intervino Sango. "Les puede gustar o pueden irse."

"Es una democracia, Sango." Administró Inuyasha. "Recuerdas?" Cruzó sus brazos sobre su pecho antes de continuar. "Pueden removerme fácilmente como Capitán si no les gusta lo que estamos haciendo o el hecho de que no les digamos sobre el tesoro en el que tienen parte."

"Si reciben un pago de un tesoro," murmuró Shippo. "Entonces no reciben un pago de una joya?"

"Y ahí yace el problema más grande con el que nos hemos encontrado." Gruñó Miroku hundiendo su cabeza en sus manos.

"Bueno, una cosa es segura." Kagome habló, su voz sonaba casi letárgica. "No pueden recibir una parte de la joya."

Inuyasha asintió en acuerdo con ella pero no la miró a los ojos. "Qué hacemos entonces?"

"Creo que la idea de la verdad es una buena opción." Susurró Kagome mientras jugueteaba con la brújula en sus manos, girándola de un lado a otro, observando mientras la flecha se movía con ella, apuntando en la misma dirección. "Les diremos qué estamos haciendo y les daremos la opción de quedarse y ayudar o irse y encontrar otro trabajo."

"Pero si vamos a buscar la joya," Interrumpió Miroku bajando las manos de su rostro. "No vamos a hacer dinero," puntualizó la oración al clavar un dedo en el escritorio. "Se rebelarán si no les pagamos cada par de semanas."

"Quién dice que no podemos buscar la joya y ser piratas al mismo tiempo?" Señaló Sango secamente, sus ojos miraron de Kagome a Miroku y luego de Miroku al Capitán.

"Ella tiene un punto." Murmuró Inuyasha asintiendo. "Qué si les decimos de la joya, la verdad," se obligó a mirar a Kagome mientras hablaba. "Así como um—," aclaró su garganta antes de ladear levemente su cabeza hacia Kagome, indicando que estaba hablando de ella. "Ella dice pero," continuó observando rápidamente a todos los demás incómodo de mirarla. "Decirles que seguiremos buscando dinero activamente haciendo saqueos—,"

Miroku resopló, "Esa es una forma amable de decir: robando."

"Cállate." Refunfuñó Inuyasha mirando a Miroku. "Lo único que la joya dictará es a dónde iremos, mientras estemos ahí haremos lo que siempre hacemos—" Asintió satisfecho con la idea misma. "No pueden quejarse por eso y si se quejan pueden irse."

"Crees que se amotinarán?" Preguntó Sango, su voz sonaba un poco insegura.

Inuyasha sacudió su cabeza, dejando que la idea le resbalara fácilmente. "Nah, nadie en la tripulación, al menos para mi conocimiento, quiere este viejo barco."

"Además," comenzó Miroku aparentemente de acuerdo con la idea del Capitán. "Ninguno de ellos es lo tonto suficiente para intentar pelear contigo por él." Añadió Miroku despreocupado. "Mierda, probablemente los acabes a todos de una vez."

Inuyasha solo se encogió pero pareció gustarle el halago mientras rotaba sus hombros hacia atrás para hacerse más alto.

"Bueno, si está decidido." Sango se alejó del escritorio estirándose levemente mientras Miroku observaba discretamente por el rabillo de su ojo mientras se levantaba su camisa. "Cuándo se van, chicos?"

"Para qué?" Preguntó Inuyasha con una ceja levantada.

"A traer el fragmento de la joya." Respondió Sango dándole una extraña mirada. "Miroku y tú, cuándo se van a traerla?"

"Miroku no va." Dijo Inuyasha dándole a Sango una mirada igual de extraña.

"Qué!" Exclamó Miroku claramente sorprendido por esta nueva información.

"No puedes ir," le dijo Inuyasha francamente. "Si vamos a anunciarle esto a la tripulación entonces necesito que te quedes y defiendas mi puesto."

"Pero—pero—," tartamudeó Miroku sonando casi perdido. "Siempre voy contigo."

"No esta vez, lo siento cachorro." Le dijo Inuyasha con un despistado movimiento de hombro. "Voy solo."

Antes de que Miroku pudiera protestar más, la callada Kagome se detuvo entre los dos hombres, sus ojos serios mientras miraba al Capitán. "Voy contigo."

Inuyasha parpadeó mirándola como si misteriosamente le hubiese crecido una segunda cabeza. "Qué demonios, de ninguna manera en el—,"

Ella levantó la brújula, silenciándolo con la herramienta. "Tengo que ir o has olvidado," bajó la brújula, sus ojos grises parecieron estar en llamas. "Soy la única que puede ver dónde están los fragmentos, sin mí deambularás perdido por días."

Inuyasha cerró su boca fuertemente, sus ojos la miraban intentando encontrar un argumento, cualquier argumento que la hiciera quedarse. No pudo pensar en uno, tenía razón, tenía que venir. No tenía idea de dónde estaba este fragmento además del hecho de que estaba en algún lugar en el este de la Florida en dirección de las colonias. Esa no era suficiente información para encontrar un fragmento. Con la brújula, sin embargo, señalándoles constantemente la dirección correcta no habría que pensarlo; prácticamente podría encontrar el fragmento con sus ojos cerrados. Pero la única manera en que eso podría pasar era si—Kagome iba con él.

"Estúpida brújula." Reprimió mentalmente. "Sólo tenías que trabajar para una Miko, preferiría llevar a Sango en el momento por encima de Kagome." Suspiró, eso no era totalmente cierto. Una parte de él (una parte mucho más grande de lo que le gustaría admitir) estaba emocionado ante la idea.

Estar solo con Kagome, sin distracciones, una hermosa joven viajando con él, dependiendo de él, apoyada por él. El demonio dentro se emocionó ante la idea mientras lamía sus labios, sí, estar solo con ella, esta hermosa criatura que llevaba su marca en su cuello, era un sueño hecho realidad. Y aun—

Si estaba solo con ella, en realidad tendría que enfrentar sus demonios, como lo había prometido. "Maldición." Murmuró mentalmente. "Maldición, maldición, maldición."

"Entonces, cómo va a ser?" Preguntó Kagome finalmente, impacientándose por su silencio, su falta de delicadeza en sus palabras atrapó a Inuyasha fuera de lugar por un momento. Sólo había pasado un mes y medio y él ya estaba influenciándola.

Sonriendo, su orgullo inflándose ante sus palabras, el Capitán mitad demonio habló finalmente. "Está bien, supongo que no tengo opción."

Kagome también sonrió, la expresión extraña para un rostro tan gentil mirándolo. "Y cuándo nos vamos?"

"Esperen un minuto!" Intervino Miroku finalmente, interrumpiendo la conversación. "Ella va a ir?" Extendió su pulgar señalando a Kagome mientras su labio se curvaba hacia arriba, claramente molesto o tal vez disgustado. "Cómo es eso justo?"

"No te pongas celoso." Le dijo Inuyasha, sonando como si estuviera hablándole a Shippo en vez de Miroku. "Pasaré tiempo contigo cuando regrese."

"No tengo cuatro años," dijo Miroku secamente. "No me conocías cuando tenía cuatro años."

"Bueno, lo siento." Le dijo Inuyasha encogiéndose de hombros mientras empujaba a un lado a Miroku dirigiéndose hacia el escritorio. Retiró un par de papeles, agarrando su mapa de New Orleans y Louisiana, sus ojos miraban la costa, deduciendo su actual posición basado únicamente en sus recuerdos de la noche anterior. Ladeó su cabeza cuando se dio cuenta que no estaban más en ese mapa. Maldiciendo por lo bajo, alcanzó debajo del escritorio una pila de mapas de descansaban ahí. Gruñendo para sí, sacó uno tras otro, buscando el que tenía de la Florida.

"Qué estás haciendo?" Se quejó Miroku cruzando sus brazos sobre su pecho en un claro puchero.

"Tratando de encontrar mi mapa de Florida."

"Por qué?"

"Para saber por dónde vamos a bajar a tierra." Habló bruscamente agarrando el mapa correcto, sacándolo para ponerlo en su escritorio. Lo desenrolló, colocando dos grandes pesos a cada lado para detenerlo de enrollarse mientras señalaba con una garra lo que pensaba era su posición actual más probable. "Estamos en algún lugar de aquí en el momento, la brújula está apuntando directo a tierra lo cual significa," Levantó la mirada pensativo por un segundo antes de señalar la Bahía Mobile. "Podemos anclar aquí, hay un puerto francés, será un buen lugar. Los franceses tienden a ignorar a los piratas."

Miroku asintió, tenía que admitir que era una buena elección, la Bahía Mobile era un área calmada y el asentamiento francés era muy indulgente. En tanto como no atacaras y te metieras en tus propios asuntos, no parecía importarles.

"Incluso podríamos conseguir algo de trabajo honesto si preguntas." Concluyó el Capitán alcanzando dentro de uno de los cajones del escritorio para sacar una pluma y un frasco de tinta. Abrió el frasco rápidamente antes de lamer la punta de la pluma y meterla en la tinta. Removiéndola, miró el mapa antes de marcar lentamente algunas leguas en el mapa.

"Nosotros honestos? No—o." Miroku arrastró la palabra pero asintió nada menos, tenía razón, los franceses siempre estaban buscando a alguien con quien hacer negocios. Si pudieran conseguir algo de piel o tabaco barato podrían elevar el precio y venderlo en la costa con una ganancia. Era trabajo honesto pero algunas veces el trabajo honesto pagaba las cuentas.

"De cualquier forma tan pronto como lleguemos ahí comenzaremos a buscar la joya."

Sango miró sobre el hombro del Capitán, observando mientras continuaba marcando cada legua, en verdad no había muchas. "Cuán lejos estamos del fuerte?"

"A una hora o dos a lo sumo." Concluyó Inuyasha moviendo su hombro. "He estado manteniéndonos cerca a la costa." Le dijo marcando la última legua. "Tenemos que comenzar a dirigirnos a tierra para llegar ahí."

"Iré a girarnos." Informó Miroku mientras caminaba hacia la puerta, dejando la habitación sin más órdenes.

Inuyasha asintió antes de girarse hacia Kagome, preparándose para también darle una orden. Sus ojos se encontraron y él rápidamente desvió la mirada antes de hablar, su voz brusca y áspera. "Mantén un ojo en la brújula, si hay un cambio de dirección dile a Miroku o a Sango."

Kagome asintió pero no respondió verbalmente moviéndose de un lado a otro incómoda.

Sango levantó una ceja ante el extraño intercambio, sintiendo como si fuera momento para irse. "Voy a ayudar a Miroku, vamos Shippo." Les dijo mientras miraba entre Kagome y su Capitán. Supo, sin más palabras, que algo no estaba muy bien entre los dos. Estaban actuando incómodos y tímidos, no queriendo mirarse, no queriendo hablarse. Tal vez este viaje sea algo bueno para ellos, tendrían tiempo para resolver todo lo que había pasado—Kikyo, la joya, el principio de la reencarnación, la Miko en Kagome—todo.

Ella asintió para sí sintiendo el conocido peso del pequeño Shippo saltando sobre su hombro, el pequeño niño se inclinó hacia su oído para susurrar, "Qué pasa con ellos?"

En silencio, sacudió su cabeza, poniendo un dedo en sus labios para silenciar más preguntas del pequeño. "Nada, vamos a ayudar a Miroku." Con eso abrió la habitación y desapareció dejando solos a Kagome y al Capitán.

Silencio llenó la habitación, un ensordecedor sonido que incomodó a Kagome y al Capitán. Inuyasha se movió lentamente de un pie a otro, inseguro de qué debía decirle a la mujer ante él o si debía decir algo.

"Ka—," Su voz murió extrañamente en su garganta mientras comenzaba a decir su nombre. Se sentía natural llamarla Kagome, tenía su permiso, sabía que ya lo había dicho en frente de todos durante sus más recientes pruebas pero por alguna razón, en este momento, se sentía incómodo decirlo aún si estuvieran solos. Agachando su cabeza, escondiendo su expresión detrás de sus mechones comenzó otra vez. "Srta. Dresmont, reúna algunas provisiones, lo que crea que necesite, tan pronto como toquemos tierra vamos a—ya sabe—buscar la joya." La miró a través de su cabello pero infortunadamente no pudo ver su expresión.

"De acuerdo." Susurró ella sonando sedada.

"De acuerdo." Repitió sus palabras antes de soltar la pluma que había estado usando sobre el escritorio mientras enderezaba su espalda. "Será en una hora o dos, así que mejor dese prisa." Terminó rápidamente mientras avanzaba hacia la puerta, girándose para salir de la incómoda situación tan rápido como fuera posible (no tenía idea cómo sobreviviría a estar en tierra con ella a solas por una desconocida cantidad de tiempo).

"Inu—," Ella comenzó a llamar pero su voz se paralizó igual que la suya.

"Sí, Srta. Dresmont?" Preguntó casi tímido girándose para encararla, su expresión la sorprendió.

Se veía petrificado, sus ojos un poco salvajes y su respiración irregular. Estaba asustado porque iba a hacerle la pregunta, estaba asustado de que fuera a decir algo de su herencia, estaba reviviendo a Kikyo y su prejuicio una y otra vez mientras la miraba a la cara? Si los ojos eran la ventana de las emociones, entonces sí, lo estaba. "Nada." Optó por decir, sus manos cayeron a sus costados en semi derrota. Sabía ahora que no era el momento, ambos estaban muy toscos, muy heridos. Ahora era el momento para las paciencias, pronto estarían solos y solos podría hacerlo rendirse.

"Está bien, la veré en un rato," dijo suavemente, casi sonando decepcionado mientras caminaba hacia la puerta, abriéndola rápidamente. "Srta. Dresmont."

Kagome sintió su corazón apretarse en su pecho mientras escuchaba la puerta cerrarse tras él, la formalidad hacía eco en su cabeza mientras permanecía en medio de la habitación, molesta de no haber podido decir algo. Su labio temblaba y otra vez sintió lágrimas en sus ojos. Enojada, levantó su mano hacia su rostro y las secó, ahora no era el momento para llorar, ahora era el momento de prepararse. Caminó hacia su lado de la habitación mirando alrededor, tratando de pensar si había algo que en verdad necesitara llevar—sinceramente no tenía idea. Lo único que poseía aquí era su ropa y zapatos, entonces qué podría llevar?

Respiró profundamente, su respiración se atascó en su garganta mientras volvían las lágrimas. No eran de su confusión, o incluso de su propia frustración con la actual situación. Estas lágrimas se formaron por el nombre que aún hacía eco en su cabeza.

"Me llamó," susurró para sí. "Srta. Dresmont." El labio de Kagome temblaba, por alguna razón, cuando lo dijo ahora, hizo que su nombre sonara sucio. Era como si todo lo que alguna vez tuvo en Port Royal, cada apropiado matiz al que alguna vez se adhirió estuviera siéndole devuelto en su cara. Era como si estuviera diciendo—aun eres esa chica, nunca cambiarás. Eres Kikyo.

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Las botas de Naraku Morgan golpeaban duro la tierra mientras caminaba por las calles de New Orleans con una misión. A su lado, lo seguía Hiten, junto con el milagrosamente aún vivo Sr. Dresmont. Ambos hombres lo flanqueaban, la cabeza de Hiten en alto tratando de pretender que no estaba siendo mandado por un niño y la del Sr. Dresmont gacha rezando en silencio una y otra vez porque Naraku viera conveniente mantenerlo vivo un poco más.

"Y dónde vive ella, Sr. Hiten?" Preguntó Naraku, su voz recalcaba el señor que usaba con el nombre de Hiten. Para la mayoría de las personas habría sido como una palabra cortés dicha por un joven cortés anormalmente pálido pero para Hiten era un insulto—un golpe a su orgullo—Naraku no lo consideraba digno del título de Capitán.

"Los rumores dicen que es dueña de una taberna." Respondió Hiten calmadamente mientras apretaba su puño a su costado.

"Una taberna?" Naraku resopló levantando una de sus manos señalando la calle rodeándolos, viva con personas, viva con tabernas y cafés. "Alguna idea de cuál?"

"Cunnings." Le dijo Hiten hábilmente, sus ojos dirigidos hacia la taberna que estaba hacia abajo por la calle, al otro lado de una pequeña librería. "Me dijeron que es dueña de la Cunnings, señor."

Naraku rió mientras una sonrisa se formaba en su rostro. "Qué conveniente." Habló suavemente solo para sí comenzando a caminar de nuevo. El Sr. Dresmont e Hiten lo siguieron sin objeción—sabían mejor antes que pensar en objetar. "Ya sabes, Sr. Hiten," comenzó Naraku casualmente mirando al hombre a su derecha. "Si estás equivocado, no dudaré en matarte."

Hiten tragó, tragó visiblemente, de alguna forma supo que si Naraku Morgan no tenía arma (como la había usado contra su padre) aún lo mataría fácilmente. "Sí, señor." Confirmó con un corto movimiento de su cabeza, su paso no aminoró mientras hacían su recorrido hacia la taberna. Sus manos comenzaron a sudar de nervios mientras ideas atravesaban su cabeza. Qué si el rumor estaba equivocado, qué si la mujer había muerto, qué si todo era una farsa? Miró al levemente más bajo Naraku—esperaba por Dios que no fuera una farsa.

Alcanzaron la taberna, el pequeño y humano Sr. Dresmont corrió a abrir la puerta para ellos, su cabeza aún gacha—sabía cómo sobrevivir, podía ser humano pero tenía utilidad en educación y en su habilidad para ser un apropiado sirviente.

"Gracias." Dijo Naraku por hábito entrando en la Taberna de Cunnings, sus ojos ajustándose rápidamente a la falta de luz en la habitación.

"Naraku Morgan."

Él escuchó una vieja voz, una llena con sabiduría y edad, áspera del uso.

"He estado esperándote."

Fin del Capítulo

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Notas:

Para el tiempo de esta ficción, 1778, la Florida estaba dividida en dos mitades. Primeramente, la Florida Este la cual es donde está Florida en el presente y segundo, la Florida Oeste la cual sería donde están los estados de Mississippi y Alabama en la actualidad.

Los Cayos de Florida – Una cadena de islas localizadas en la punta de la Florida moderna.

Nota de Inu: Hola a todos! Espero que les haya gustado este nuevo capítulo. Muchas gracias por el apoyo, por sus reviews y por esperarla con gusto e interés, son maravillosos! Nuevas aventuras aguardan, nuevas revelaciones y muchas cositas más, así que sigan pendientes de esta historia porque esto se pone cada vez mejor, jejeje. Cuídense mucho y hasta la próxima!