SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE
Por Inuma Asahi De
Traducido por Inuhanya
Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).
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Capítulo Treinta y Cuatro:
Otro Mitad Demonio
Kagome permanecía mirando hacia los muelles del pequeño puerto francés de La Mobile. De acuerdo a Miroku, alguna vez había sido un puerto mucho más grande localizado más arriba en la costa de la Bahía Mobile. A la vuelta del siglo, una inundación había destruido la colonia y el fuerte original obligando a la gente a moverse más arriba del río, un movimiento que eventualmente había funcionado. La colonia y el fuerte frente a ella ahora eran agradables, si no por el lado pequeño, con hombres acelerados y mujeres visibles en sus muelles vendiendo mercancías, incentivando el comercio.
El fuerte mismo era intimidante, alto, con cuatro cañones en cada esquina de las paredes y centinelas estacionados en cada esquina, armados hasta los dientes con armas, espadas y picas, listos para la batalla si la necesidad lo requería. Kagome se preguntó vagamente por qué los centinelas no parecían estar mirando con más gusto el barco pirata.
Sospechando que se hubiese perdido de algo, miró hacia arriba y vio las velas negras del Shikuro (que ahora estaban amarradas pero aún eran visibles) junto con la ondeante bandera que descansaba sobre ellas, flotando, ondeando en el viento favorable. Gritaba barco pirata y aun—miró hacia los guardias, parecían aburridos. Frunció sus ojos, recordando la conversación de la noche anterior en la habitación del Capitán. El Capitán había mencionado que el puerto francés no parecía molestarse por los piratas pero no había pensado que quería decir que eran así de laxos cuando se refería a la normalmente odiada comunidad de corsarios.
Frunció sus ojos ante la idea, levantó una ceja mientras estudiaba a los guardias, se veían medio dormidos; sus posturas desplomadas mirando al frente, sus sables escondidos en sus hombros balanceándose contra sus oscuros abrigos de lana. Entrecerró sus ojos, mirando los pesados abrigos, instantáneamente sintiendo pena por los hombres de pie en las murallas. Debían estar increíblemente acalorados y aun, permanecían altos, parados apropiadamente, este era su trabajo y si requería esa ropa fuera de estación entonces la usarían sin quejarse. Así era la propiedad.
Kagome parpadeó varias veces mientras su mente parecía aplacarse ante la idea, una imagen de la mejor mujer en etiqueta francesa llegaba a ella. Podía verla con su apretada estancia y su delicado e inmaculado rostro blanco enmarcado por rizos oscuros, labios pintados, sombrero de encaje. Era perfecta, recatada y educada, ninguna otra mujer en todo Port Royal podría lucir el rol de una mujer francesa noble como su madre.
"Madre," susurró Kagome solo para sí mientras se inclinaba sobre la baranda frente a ella, desplomada.
"No te encorves, chérie."
Las palabras hicieron eco en su cabeza haciéndola enderezarse de inmediato, el sonido de la voz de su madre extrañamente discorde. Podía verla de pie con sus hombros atrás y su busto afuera lo suficiente para que aun fuera modesto mientras regañaba a Kagome, diciéndole a la joven que su postura era deplorable.
"Si permaneces así, Kagome," La voz resonó en su mente. "Te volverás jorobada y ningún hombre querrá por esposa a una jorobada."
Kagome sintió su corazón apretarse en su pecho—solo por un momento, solo un momento, Kagome se sintió nostálgica. Casi extrañaba ese escrutinio, casi extrañaba el constante sonido de desaprobación desde el momento en que despertaba en la mañana hasta el momento en que caía dormida de noche, casi extrañaba las pretensiones, las reglas, las regulaciones, casi extrañaba la amabilidad, casi extrañaba la propiedad—pero no por las razones que alguien pudiera pensar.
"Al menos con ella, con la propiedad," pensó Kagome mirando hacia el puerto, sus atormentados ojos desenfocados y dolidos. "Sabía qué esperar, con él, con esta vida—," Desvió su cabeza del muelle, mirando hacia la cubierta del timón donde el Capitán estaba hablando con Miroku, dándole órdenes de último minuto. "Nunca lo sé."
Inhaló profundamente antes de suspirar, sus ojos se desplazaron por el cuerpo del Capitán, mirando cada rasgo mientras lo observaba hablar con Miroku. Sus manos estaban animadas, moviéndose constantemente por su cabeza, indicando de alguna forma que sugería que estaba hablando de levantar algo (podía deducir que estaba dando órdenes sobre el mantenimiento del barco durante su ausencia). Giró sus ojos cuando aplastó a Shippo quien aparentemente había hecho un comentario sobre sus gestos y comenzó a desviar la mirada pero mientras lo hacía el sol salió detrás una nube cercana, dirigiendo un rayo de luz sobre el Shikuro, brillando, resaltando todo a su paso, incluyendo—al Capitán.
Sus ojos se abrieron mientras el sol se reflejaba en su cabello, atrapando cada mechón plateado en un rayo de luz brillante que lo hizo brillar. Mordió su labio, la vista hizo que su corazón palpitara un poco más rápido en su pecho mientras observaba su perfil sonreír ante algo que Miroku había dicho, su fuerte mentón elevándose mientras reía levemente antes de sacudir su cabeza, sus ojos cerrados por un momento antes de abrirlos de nuevo, el repentino vistazo de oro llamó su atención.
Observaba mientras sus irises destellaban, reflejando la luz rodeándolo hasta que parecieron cambiar a oro fundido o miel fresca. Kagome lamió sus labios; podría beber esos ojos, para siempre.
"Disfrutando la vista, Kagome?"
Los ojos de Kagome se abrieron completamente y se giró sorprendida para mirar a Sango. "Sa—an—ngo." Se tropezó con el nombre y se forzó a sonreír a través de un rubor mientras la otra mujer se le acercaba, una sonrisa comprometía la mayoría de sus rasgos. "Solo estaba—um—," Tartamudeó mientras se giraba del Capitán optando por mirar al fuerte. "Mirando el pueblo, es diferente a los otros en los que hemos estado, has estado aquí antes?" Tragó mientras terminaba su improvisada pregunta, juntando sus dos dedos índices en frente de ella inconscientemente, esperando que Sango fuera fácilmente re direccionada.
Sango levantó una ceja pero no dijo nada mientras llegaba a pararse junto a Kagome, apoyándose en la baranda con un codo para girarse hacia la joven mujer, descansando su mentón en su mano. "Sí," dijo la palabra lentamente. "Hemos parado aquí antes."
"Oh, entonces deben reconocerte," Kagome corrió con la admisión de Sango usándola a su ventaja, esperando que desestabilizara completamente a Sango. "Eso es por qué no nos han dirigido una mirada."
"Eso y—," Sango le siguió la corriente moviéndose para apoyar su otro codo en la baranda mirando hacia la ciudad y el fuerte. "En realidad no les importa, solo quieren dinero." Arrugó su nariz. "Triste pero cierto."
"Supongo que algunas personas no tienen criterio." Dijo Kagome encogiéndose de hombro mientras dejaba escapar un aliviado suspiro, feliz de que Sango hubiese dejado tan fácilmente el tema de ella mirando al Capitán.
"Bueno," se encogió Sango. "Son franceses."
Kagome parpadeó secamente, mirando a Sango quien no lo notó, su foco estaba dirigido hacia una magullada sección de la baranda. "Sí, franceses." Murmuró Kagome oscuramente, su tono atrapó el interés de Sango.
La mujer se giró asimilando la oscura postura de Kagome e instantáneamente se dio cuenta de su error, jadeando ante la realización. "Oh, no quise decir eso, Kagome!" Trató de corregir pero Kagome solo se dio la vuelta cruzando sus brazos sobre su pecho.
"El daño ya está hecho." Le dijo Kagome con su espalda girada, su voz sonaba cercana al llanto mientras su oculto rostro trataba de no sonreír.
"No lo dije en serio!" Gritó Sango llamando la atención de algunos hombres trabajando cerca. "Era una broma—ya sabes—una broma jaja, divertido."
"No estoy riendo." Kagome continuó actuando.
"Lo siento Kagome, en verdad." Suplicó Sango no creyendo que hubiese lastimado tanto a la joven pero por el temblor en los rasgos de Kagome supo que sí.
Sintiéndose horrible, alcanzó para colocar sus manos en los temblorosos hombros de Kagome, esperando consolarla con una disculpa más física. Cuando sus dedos hicieron contacto con Kagome, escuchó el ahogado y contenido chillido. Retirando sus manos como si se hubiese quemado, arrugó su rostro y parpadeó rápidamente mientras el chillido se tornaba en una risita y la risita se volvía una carcajada.
"Oh, muy divertido, Kagome." Dijo Sango con un resoplo mientras observaba a la joven continuar riendo.
"San—go." Kagome trató de decir pero fue detenida por un suave asalto de risa, tan suave que los hombres alrededor se aburrieron y desviaron las miradas, regresando a trabajar sin preocuparse más. "Lo siento." Susurró entre de sus ataques de risa, lágrimas brillaban en sus ojos. "Yo sólo—fue muy fácil—y," Puso su mano sobre su boca para ayudar a calmarse. "Necesitaba reír." Le dijo a la otra joven entre sus dedos, el sonido de su voz amortiguado pero aún entendible.
Sango dejó caer su rabia ante las palabras, mirando a la joven aun carcajeada. Había notado los cambios entre Kagome y el Capitán durante el pasado mes, al principio había habido cierta cantidad de temor y odio, rabia que lentamente se había evaporado mientras Kagome llegaba a conocerlos a todos, mientras comenzaba a entender el mundo en el que se había metido, mientras comenzaba a entender al hombre—al Capitán—que inconscientemente la había metido en este mundo.
Había observado mientras Kagome lentamente se acercaba a él, hablaba con él, reía con él, bromeaba con él, se burlaba de él como todos sus amigos cercanos (cuando ningún tripulante estaba presente, por supuesto). Kagome, en un mes y medio, se había acercado más al Capitán que Sango en cuatro años. Parecía tener esta misteriosa habilidad para sonreír y hacer sonreír al Capitán, bajar su guardia y mostrarle que era más que un demonio, más que un pirata, más que sólo un hombre ordinario.
Sango no era estúpida; sabía que Kagome ya conocía más de los secretos del Capitán que ella. La mujer frunció ante la idea, una parte de ella sentía celos pero otra parte (una parte mucho más grande que la celosa) se sentía feliz, quería que Kagome conociera todo de él, quería que Kagome fuera la persona quien finalmente—finalmente rompiera la dura coraza que él mantenía a su alrededor, usada para protegerse.
Miroku la había quebrado substancialmente pero Kagome, tenía el potencial para removerla. Sango esperaba que algún día lo hiciera pero—
Sango lamió sus labios.
Algo estaba mal. Lo había notado anoche, el Capitán la había tratado diferente anoche. No había sido capaz de mirarla, no la había llamado Kagome como fue su hábito en los días pasados, no le había sonreído. Había sido distante, frío y Sango no tenía idea de por qué.
Ella frunció, algo había estropeado su conexión, la parte de su relación que hacía que el Capitán quisiera abrirse y hablar con ella. Mordió más fuerte su labio mientras su corazón alcanzaba por Kagome y el Capitán, esperaba que de alguna manera pudieran arreglar lo que estuviera mal porque Sango sabía más que nada que el Capitán necesitaba a Kagome y Kagome necesitaba al Capitán.
"Lo siento," murmuró Kagome de nuevo ganando control de sí misma, enderezando su encorvado cuerpo mientras una hermosa sonrisa dominaba sus rasgos, una sonrisa que sacó a la otra joven de sus propios pensamientos. "De qué estábamos hablando?"
Sango le dirigió a Kagome una sonrisa ladeada y por ahora abandonó sus pensamientos, después de todo no había nada que pudiera hacer, al menos no hasta que regresaran, entonces podría entrometerse todo lo que quería. "Nada importante." Sango respondió la pregunta de Kagome con un movimiento de hombro. "Estás lista para irte?"
Kagome frunció, su expresión visiblemente desinflada ante las palabras de Sango. Tragó, sus ojos descendieron a sus pies para mirar el pequeño saco que descansaba ahí, en realidad era del Capitán pero la dejó a cargo de él hasta que se fueran. En tanto como sabía, contenía algunos mapas, una pluma y tinta, así como la importante brújula—y nada más. "Sí, no hay mucho que llevar, es decir, en verdad no tengo nada excepto esta ropa," señaló su chaqueta distraídamente. "Y la brújula por supuesto."
Sango asintió. "Cuando regreses tendremos que comprarte una segunda muda de ropa."
Kagome se giró, sus ojos cambiaron de melancólicos a sorprendidos. "Ropa nueva?"
"Sí," Sango sonrió contenta de que la expresión de la joven hubiese cambiado. "Necesitarás una chaqueta más gruesa y pantalones cuando llegue el invierno." Asintió firmemente. "Especialmente si subimos por la costa donde es más frío."
Kagome asintió, a una parte de ella en verdad le gustó la idea de comprar ropa nueva, aunque fuera ropa de hombre. Miró su actual guardarropa, asimilando la vista de la vieja ropa de su padre. Estaban gastada, algunos bordes con raeduras y otras partes rasgadas desde donde había enredado la tela o hubiese sido rota por otros. Tímidamente, bajó su dedo y tocó el material, la imagen de su severo padre llegó a ella ante la vista. Mordió su labio justo como cuando había pensado en su madre. Lo extrañaba. Nunca había pensado que lo—extrañaría, apenas si lo conocía, siempre se había ido antes de despertar y no había regresado hasta después de irse a dormir.
"Kagome?" Susurró Sango mientras estiraba una mano para tocar los hombros de la joven, notando su repentina melancolía. "Te sientes bien?"
Kagome lentamente levantó la mirada, sus ojos brillaban con lágrimas que nunca serían derramadas, incómodamente forzó una sonrisa en su rostro, cerrando sus ojos en espera de que cuando los abriera las lágrimas hubiesen desaparecido. "Sí," frunció, su voz temblorosa. "Sólo estoy—estoy cansada de ayer."
Era una excusa patética pero aún Sango asintió aunque no estuviese convencida. Antes de poder punzar más a Kagome, el sonido de botas golpeando el piso la distrajo. "Miroku?" Preguntó suavemente mientras el hombre se acercaba.
Kagome se giró cuando escuchó el nombre, sus ojos aterrizaron en el esposo de Sango mientras caminaba hacia ellas, su expresión apretada, contemplativa. Miró a Kagome, sus ojos subían y bajaban por su cuerpo como si estuviera evaluándola antes de desviar la mirada, optando por mirar a su esposa. "El Capitán caso está listo." Le informó a Sango y a Kagome por extensión.
"Vas a decirle a los hombres?" Susurró Sango suavemente mientras Miroku se detenía a su lado, el opuesto a Kagome.
"Sí, pero," Miroku rascó distraídamente la parte trasera de su cabeza, un hábito que había desarrollado de su padre. "Vamos ah, vamos a esperar hasta que estemos en un puerto más grande."
"Por qué?" Preguntó de repente Kagome mirando a Miroku a los ojos antes de desviarlos, limpiar su rostro, intentando esconder de él el rastro de lágrimas no derramadas.
Miroku la miró pero no comentó sobre su comportamiento. "Si los hombres quieren irse—," Señaló el pequeño fuerte y el pueblo abajo. "Este no es exactamente el tipo de lugar para dejarlos." Le dijo planamente recostándose contra Sango, una de sus manos la envolvieron despreocupadamente. "Podrían pasar semanas antes de que otro barco venga y les de trabajo."
"Ya veo." Asintió Kagome, su rostro contorsionado en una mirada de entendimiento. Miroku y el Capitán no querían varar a ninguno de sus hombres si esos hombres decidían dejar el barco. Sería injusto dejarlos en un lugar tan desolado y pequeño como este.
Miró alrededor en los muelles, asimilando los pequeños barcos que los rodeaban, notando que el Shikuro era de lejos el barco más grande, en verdad parecía ser el único barco listo para el océano, los otros parecían que probablemente pasaban mucho de su tiempo (si no todo) a lo largo de la costa o en la bahía misma. Dejar aquí a algún hombre era sentenciarlo a una vida en tierra. Solo podía imaginar cómo sería, un hombre de mar atrapado en un suelo implacable.
Kagome mordisqueó su labio, la idea de estar en tierra para siempre era aterradora. La idea de tener que quedarse con su madre y su padre—de tener que quedarse en Port Royal con los dos—la posibilidad de no estar aquí en este momento, con estas personas quienes la veían por lo que era, en verdad la aterraba. Aun con la incertidumbre, aun con la actual confusión de su corazón, no podría haber sido mejor haber estado atrapada en tierra. Sí, siempre había sabido qué se esperaba de ella pero no era esa suavidad, esa falta de excitación la que la había llevado a cortar su cabello y a ser una polizón en primer lugar?
En el fondo, Kagome sabía que sin importar cuán incierta fuera su vida aquí, sin importar cuánto dolor enfrentara aquí su corazón, era mucho mejor haber sentido la aventura de las mareas a haber quedado atrapada de por vida en una tierra inmóvil y predecible.
"Entonces," Sango y Miroku continuaron su conversación, inconscientes de la ligera epifanía de Kagome. "Supongo que puedes ir con el Capitán, huh, Miroku?"
La cabeza de Kagome se levantó en dirección de Miroku y Sango. Tragó, un temor repentino y anormal punzó su corazón; si Miroku iba a ir con ellos, entonces no sería capaz de pedirle una conversación al Capitán, verdad? No podría ser capaz de preguntarle sobre su herencia, o de Kikyo o de lo que veía cuando la miraba.
"Sí, podría ir." Miroku le dijo a Sango mientras sus manos dibujaban pequeños círculos en su estómago. "Pero creo que me quedaré de todas formas."
"Después de tu arranque de ayer?" Sango sonrió mientras hablaba, recordándole de su berrinche nada característico. "Pensé que querías ir con tu papi."
Miroku frunció secamente antes de hundir sugestivamente su nariz en su cabello. "Eso es historia," le dijo, el sonido de su voz amortiguado mientras sus labios se posaban detrás de su oreja. "Ahora puedo ver la importancia de tener un poco de tiempo lejos del anciano."
Sango rió, ambos cayeron en su propio pequeño mundo, completamente inconscientes del alivio que irradiaba de Kagome a su lado.
"Gracias a Dios." Se dijo la joven mientras sus temores desaparecían, solo para ser reemplazados por temores de una naturaleza diferente. "Cómo voy a hablar con él?"
El sonido de pasos fuertes e imponentes la alejó de su nueva preocupación antes de que comenzara. Se giró de lado, buscando el origen del ruido, pasando a Sango y a Miroku quienes aún estaban abrazados, justo a tiempo para ver a Inuyasha caminando hacia ellos, Myoga a su lado con Shippo colgado en los hombros del hombrecillo.
"Kagome!" Llamó Shippo, su pequeña voz animada mientras saltaba del hombro de Myoga, correteando hacia ella, sus garras haciendo extraños ruidos mientras tocaban las tablas de la cubierta del barco.
Ella sonrió complacida mientras el pequeño se lanzaba hacia ella, sus brazos rodearon su cuello fácilmente abrazándola fuerte. "Shippo." Rió y lo abrazó en respuesta, consintiendo al pequeño como lo había hecho con su hermano tantas veces. El dolor en su corazón regresó pero esta vez Kagome fue capaz de silenciarlo. Podría extrañar mucho a Souta pero esta experiencia, esta vida, era todo lo que siempre quiso y posiblemente más.
Kagome desvió sus ojos de Shippo, mirando a Inuyasha, sus latidos en escalada mientras la idea la invadía. Se sonrojó cuando él la miró, sus ojos en contacto con los suyos. Por un momento pensó que podría sonreír o decir su nombre—su nombre real pero no lo hizo. En vez, se movió incómodo, intranquilo y desvió su mirada hacia Sango y Miroku quienes todavía estaban abrazados, besándose suavemente al fondo. "No pueden esperar hasta que me vaya?" Se quejó mientras agarraba el saco a sus pies, agachando su cabeza para que no pudiera ver su expresión.
"Alguna vez nos hemos detenido por ti?" Espetó Miroku separándose de Sango, una sonrisa en su rostro.
"Infortunadamente no." Gruñó el Capitán olfateando ligeramente el aire, una sonrisa lenta y sospechosa se formaba en su rostro. De repente, sin avisar, comenzó a reír, una mirada de pura alegría cruzó sus rasgos. "Santo Dios, esto es bueno."
"Qué?" Preguntó Sango, su voz casi sonaba amenazante pero sus ojos verdaderamente mortales.
"Oh, nada." Respondió Inuyasha fingiendo inocencia mientras sus ojos danzaban silenciosos.
"Otou-san?" Dijo Miroku con cuidado mientras soltaba a Sango, sus ojos se desviaron de su esposa hacia su padre. "Kanojo wa—," buscó por las palabras correctas, "Imasu ka—?" Se desvaneció no seguro de si estaba armando correctamente la oración.
Inuyasha rió ya bien consciente de lo que Miroku estaba intentando preguntar, aunque el contexto del joven estaba completamente equivocado. "Hai." Informó despreocupado.
"Mierda!" Espetó Miroku mientras el Capitán reía fuertemente.
"En realidad," declaró dicho hombre apuntándole una garra a Miroku. "Eso significaría no follar."
"Qué?" Intervino Sango, su rostro realmente enrojecido, algo que era altamente no característico de ella. Era muy difícil para cualquier hombre hacerla sonrojar hoy en día, después de todo, años de vivir con ellos podría endurecer incluso a la más modesta de las monjas. "Ustedes dos no están hablando de lo que creo que están hablando!"
Alrededor, algunos hombres rieron pero ninguno se atrevió a decir una palabra por temor a la ira del Capitán o del Intendente (o más aterrador todavía, la de Sango).
"Diviértanse en mi ausencia." Dijo Inuyasha francamente mientras se giraba hacia Kagome quien simplemente había seguido toda la conversación con una mirada de mortificación en su rostro.
"Kagome?" Preguntó Shippo llamando la atención no solo del Capitán sino también la de Sango y Miroku. "Estás bien, tu cara está toda roja?"
Kagome no dijo nada, solo sacudió su cabeza lentamente, sus ojos miraban vacíos al frente mientras su rostro se coloreaba de un rojo más y más oscuro.
"Kagome?" Preguntó Sango gentilmente mientras daba un paso más cerca, ondeando su mano en el rostro de su joven amiga. "Ka—a—go—meee?" Canturreó recibiendo solo una ligera reacción de la paralizada joven.
Lentamente, Kagome se volvió mirando a la joven con horror. "El—el—ell—los," Tartamudeó antes de girarse completamente sin molestarse más en hablar.
Sango le sonrió a la espalda de Kagome en completa comprensión, una cosa era hablar de sexo pero una muy distinta era hablar sobre algo como el período de una mujer. Esa era una conversación que nunca tenía lugar en frente de los hombres, apenas involucraba a otras mujeres. Se consideraba sucio, una señal de pecado y la posibilidad de pecado. Cuando Kagome regresara de buscar el fragmento, Sango y ella necesitarían tener una larga conversación sobre diferentes tabúes estúpidos.
De repente, Inuyasha aclaró su garganta, sintiendo que la conversación necesitaba morir. Recordó lo tímida que originalmente había sido Sango con el tema, sinceramente, aún lo era (aunque ahora solo les gritaba por hablar de eso en vez de sonrojarse y caer en coma). "Supongo que debemos irnos." Declaró el Capitán más que preguntar desviando la mirada de Kagome y comenzando a caminar hacia la rampa. "Está lista para ir, Srta. Dresmont?"
El sonido de su respetuoso nombre regresó a Kagome a sus alrededores, su anterior vergüenza la abandonó, reemplazada por una sensación de tristeza. Esa era otra cosa que tendría que preguntarle: por qué estaba llamándola de nuevo por su apellido. Pensaba que habían pasado eso, había sido su idea dejar la formalidad entre ellos. Kagome sacudió su cabeza, librándose de las ideas—pronto lo sabría, pronto.
"Sí, estoy lista." Dijo ella en un susurro, no había querido que sonara tan pequeño y tímido pero no pudo evitar la forma en que había salido.
Las orejas del Capitán se movieron en su cabeza y la miró por el rabillo de su ojo antes de lamer sus labios distraídamente. "Entonces, vámonos." Dijo severamente mientras ajustaba el saco lanzándolo sobre su hombro antes de darse la vuelta para alejarse de ella, agradecido de estar en un puerto que les permitiera usar una rampa en vez de un bote.
"Inuyasha-sama."
Él se paralizó como todos los demás que estaban lo cerca suficiente para haber escuchado hablar a Myoga. Inuyasha se giró haciendo contacto visual con el hombre, sus dorados ojos severos, duros. "Nanio?"
"Wasurete wa ikenai," comenzó lentamente el pequeño hombre, sus viejos ojos se levantaron para mirar al Capitán atrevidamente. "Furui mono to atarashii mono wa tagaini kotonatte iru." Susurró Myoga lo fuerte suficiente para que el grupo rodeándolo pudiera escuchar sus palabras.
Inuyasha no se movió, solo miró a Myoga, sus orejas moviéndose en su cabeza, indicando que había escuchado al anciano. A su alrededor, Sango y Kagome se volvieron hacia Miroku, preguntándose si el hombre que actualmente estaba aprendiendo el idioma había entendido. A juzgar por la forma en que ladeó su cabeza y la sacudió lentamente, no había entendido una palabra.
Sin embargo, cuando el Capitán finalmente respondió, sus ojos se iluminaron con un innegable entendimiento. "Anata no basho o shitte iru, Myoga-jii-jii."
El pequeño grupo volvió sus cabezas para medir la reacción de Myoga a la franca declaración, sus ojos se abrieron colectivamente sorprendidos cuando notaron que el anciano estaba sonriendo, riendo.
"Miroku," susurró Sango mientras sus ojos se movían entre los dos hombres. "Qué dijo?"
"No tengo idea de lo que dijo Myoga," susurró Miroku en respuesta, conspirador, notando vagamente que Kagome también estaba cerca escuchando su respuesta. "Pero el Capitán solo le dijo, creo, 'Conoces tu lugar.'"
"Conoces tu lugar?" Kagome repitió las extrañas palabras haciendo que Miroku y Sango la miraran. "Crees que Myoga estuvo fuera de línea entonces?" Preguntó suavemente, sus brillantes ojos grises miraban a Miroku por respuestas.
Miroku solo pudo encogerse de hombros, "No podría decirte." Administró franco con un frunce. "No hablo lo suficientemente bien."
"Aprendes rápido." Gruñeron ambas mujeres al unísono mientras le dirigían finas miradas, Sango incluso fue más lejos como para cruzar sus brazos sobre su pecho.
"Srta. Dresmont?"
Kagome parpadeó, la mirada cayó de su rostro, reemplazada por un pecho caído, una mirada agotada, una mirada que les dijo a Sango y a Miroku más que cualquier conversación que pudieran tener con ella. "Sí, Capitán?" Apenas susurró pero todos sabían que el Capitán la escucharía.
Él aclaró su garganta, intentando ignorar sus suaves palabras. "Nos vamos, ahora."
"Bien." Asintió, palpando a Shippo en la cabeza desde su lugar colgado en su hombro. "Hora de que te muevas, Shippo."
Shippo asintió sintiendo el extraño cambio en la atmósfera alrededor de los adultos. "Te extrañaré, Kagome." Susurró en su oído mientras le daba un abrazo más antes de saltar fácilmente al hombro de Miroku.
Kagome se forzó a sonreírle al pequeño mientras pausaba momentáneamente, girándose para despedirse con su mano. "También te extrañaré Shippo, sé bueno con Sango y Miroku." Le dijo, su sonrisa se tornó genuina mientras el pequeño inflaba su pecho intentando parecer mayor.
"Estaré en mi mejor comportamiento!" Terminó mientras le daba un pequeño saludo y una sonrisa que mostraban sus infantiles colmillos.
Kagome rió en respuesta. "Bien." Concluyó antes de darse la vuelta, sus ojos aterrizaron en la espalda del Capitán quien había pausado lo suficiente para que ella se despidiera. Lentamente comenzó a caminar hacia él, sus hombros y cabeza se desplomaban con cada paso hasta que llegó al lado del alto y formidable Capitán. Asintió sin mirarla, girándose lo suficiente para darle un similar movimiento de cabeza a Sango y a Miroku antes de continuar caminando, Kagome igualó su paso sin haberle dicho.
Tras ellos, Sango y Miroku observaban ausentes, ambos inquietos por el extraño comportamiento entre los dos.
"Te dijo algo?" Preguntó Sango lentamente, esperando que Miroku supiera lo que estaba pasando con la joven y su Capitán.
"Ni una palabra." Dijo Miroku para su sorpresa.
"De verdad?" Susurró ella, tratando de no sonar como si fuera un gran problema pero sabía que así era para Miroku.
Él era el confidente del Capitán y si Inuyasha no estaba diciéndole algo entonces era el equivalente a decirle a Miroku que no era tan de confianza y digno como pensaba.
Sango sacudió la idea, acercando más a Miroku como consuelo, el suyo y el de ella. "Ella se ve tan—pequeña," comentó Sango, su voz en realidad sonaba preocupada mientras redirigía la conversación, eligiendo enfocarse en los cuerpos en retirada de Kagome y del Capitán. "Y ella—no sabe nada de pelear." Miró a Miroku, sus ojos abiertos y dolidos. "Crees que estará bien?"
Miroku la miró, dándole una aseguradora sonrisa antes de mirar por el mar de personas en el puerto, sus entrenados ojos aun capaces de encontrar fácilmente a su padre. Observó el cabello plateado y las orejas mientras caminaban por la multitud de personas hasta que finalmente voltearon por una esquina desapareciendo de vista. "Él la protegerá." Le dijo a Sango firmemente aunque su propio corazón se apretó levemente en su pecho. "Sabes que lo hará."
Sango asintió pero la expresión preocupada no abandonó su rostro mientras recostaba su cabeza contra su hombro, sus ojos aun fijos en ese infinito mar de personas, el Capitán y la pequeña Kagome Dresmont ahora completamente perdidos para ella. De repente, Miroku se tensó bajo su abrazo. Ella lo miró y observó su rostro pasar de un preocupado frunce a una mirada de pura ansiedad.
"Qué pasa, Miroku?" Preguntó ella separándose, las puntas de sus dedos apenas lo tocaron mientras estudiaba sus alarmados ojos.
Él la miró, su boca ligeramente abierta, viéndose como si fuera a decirle algo, algo importante, pero inesperadamente se contuvo, desviando su mirada hacia el puerto. "Sólo recordé algo, algo realmente importante." Susurró mirando el sol, sus ojos lo observaban mientras comenzaba su gradual descenso hacia el suelo. Aún estaba a horas de ponerse pero eso no borró su horror en lo más mínimo porque a diferencia de cualquier otro día en el ciclo celestial este atardecer no se encontraría con una luna sino en vez con un cielo negro y vacío.
Tras él, Myoga rió, sus sabios ojos llenos con gusto. Si Miroku se diera la vuelta habría notado que Myoga era tan consciente de la situación como él, sin embargo, Myoga sabía que era lo mejor.
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Kagome jadeó con gusto saliendo del puerto de La Mobile, lejos del fuerte y en la hermosa y aun extraña ciudad que descansaba ante ellos. La arquitectura no era como nada que hubiese visto, los edificios una multitud de diferentes colores, pasando del tradicional blanco y amarillo al azul cielo y marino. Eran altos, cada casa al menos de dos o tres pisos con balcones cuyos pórticos estaban hechos de acero.
Observaba maravillada mientras hombres y mujeres por igual estaban de pie en esos balcones o sentados en mesas tomando el té. Se veían exóticos y hermosos sentados sobre el mundo, debutantes en sus sombreros blancos y peinados altos, sus ropas tan ajustadas como lo había sido la suya alguna vez pero en vez de pálidas de color, eran brillantes y extravagantes, admitiendo cierto brillo en sus telas que Kagome nunca había visto antes. Verdaderamente eran de clase alta, la gente que gobernaba toda La Mobile, podía decirlo, simplemente por la forma en que se sostenían y por el hecho de que eran reconociblemente demonios.
Podía decirlo por las puntas de sus orejas, por el discreto pliegue de una cola al costado de unas damas. Podía decirlo por las líneas en sus rostros, gruesas coloraciones en los pómulos, rojas y azules, amarillas y verdes. Y podía decirlo, más distintamente, por el brillo de unos colmillos a la luz de la tarde mientras reían, manos enguantadas trataban de disfrazar el vulgar gesto.
"Es lo mismo a donde vayas, sin importar qué," pensó para sí secamente. "Es un mundo de demonios."
Con ese último pensamiento, los ojos de Kagome regresaron al nivel más bajo de la calle, viendo a las personas menos elaboradas que se sumergían en el mundo con el que ahora estaba haciéndose más familiar. Aún eran hermosas, vestidas tan elegantemente como podían hacerlo con vestidos simples que imitaban los vestidos de las mujeres de clase alta, y con peinados que también eran elaborados, si no tan bien hechos. Los colores de sus vestidos era similares pero no tan ricos (después de todo la tela teñida era de un gran costo).
Kagome frunció, incluso las marcas en sus mejillas eran comparables—
"Marcas?" Ella dejó de caminar y se giró hacia el grupo de mujeres que había visto. Todas ellas tenían marcas en sus rostros, profundas y coloridas, una roja con una raya en cada mejilla, una azul con una raya en solo un lado de su cara, una verde con tres rayas en ambos lados, una incluso en forma de luna en sus cabezas, amarilla y brillante.
"Son demonios?" Susurró en el aire solo para saltar ante la sensación de una mano en su hombro.
"Estás sorprendida." Vino la profunda y fuerte voz del Capitán mientras la giraba rudamente hacia él urgiéndola a continuar caminando.
Ella siseó mientras una garra accidentalmente lograba pinchar su chaqueta apenas esquivando su delicada piel, la sensación de la afilada garra una sensación extraña en su suave carne. Rápidamente la mano del Capitán se retractó y le dio un apologético frunce antes de suspirar profundamente. Observó mientras miraba su brazo, estudiando la pequeña marca en la vieja chaqueta, sus ojos intensos. Levantó una ceja mientras olfateaba el aire, su rostro contorsionado mientras inhalaba unos rápidos respiros.
"No hay sangre." Murmuró más para sí enderezándose. "Vamos." Le dijo firmemente mientras colocaba una mano en su pequeña espalda, incitándola con una leve presión a continuar hacia adelante, su anterior preocupación de que la hubiese lastimado, ahora nublaba su juicio.
Muy sorprendida como para pelear, Kagome se permitió ser guiada, sus ojos se desviaron para mirar al Capitán, no pareció reconocer sus acciones, en vez, miraba al frente como antes. Lo encontró extraño, lo encontró—casi raro. Desvió la mirada y lentamente movió su cabeza arriba y abajo, con qué estaba de acuerdo, no estaba segura. Finalmente, después de algunos minutos de silencio recordó su indagación original y comenzó a mirar de nuevo los alrededores, buscando más señales de demonios dentro de la clase más baja.
Seguro, vio más demonios vestidos en ropa común, de pie, entretenidos en las tiendas que alineaban la calle. "No lo entiendo," habló suavemente más para sí que para Inuyasha pero eso no detuvo sus orejas de moverse en su dirección. "Me dijeron—me dijeron que los demonios solo eran de la clase alta pero—," Kagome llevó una mano a su cabeza, sosteniendo su entrecejo confundida. El movimiento fácilmente seguido por los agudos ojos de Inuyasha. "Adonde quiera que vamos son—personas normales." Terminó atreviéndose a dirigirle una mirada a Inuyasha, como si intentara suplicar por alguna explicación.
Inuyasha la miró, una punzada de color en sus mejillas mientras hacía contacto visual. Pareció lamer sus labios distraídamente antes de encogerse de hombros. "Tu punto?" Preguntó franco mientras continuaba empujándola, su mano una cálida presencia en su baja espalda. "Te mintieron, la mayoría lo son. Los demonios—pueden gobernar todo pero al igual que los humanos, tienen sus clases bajas."
Kagome recibió esta información en silencio, su cuerpo se desplomó de los hombros mientras pensaba en lo que eso significaba. Parecía que entre más permanecía con estas personas, más salía al mundo que siempre había imaginado, del que siempre quiso ser parte; más se daba cuenta de que el mundo del que provenía y el mundo que había imaginado eran grandes piezas de ficción. Eran mentiras que su madre había tejido para ella, creadas por razones desconocidas.
"Por qué esconderían algo así de mí?" Se preguntó, su mente agotada dándose cuenta de que esa otra faceta de su crianza, esa otra parte de sus lecciones sociales en normas sociales había sido una gran mentira. "Demonios—no son mejores ni peores, solo son como nosotros, tienen sus altas y sus bajas." Kagome sonrió levemente ante la idea. "Es lo mismo que la propiedad, solo existe si elegimos dejarla ser."
Fue con esta idea que Kagome se volvió verdaderamente consciente de la leve presión en su espalda. El ligero cosquilleo de unas garras mientras empujaba en su piel conduciéndola por la concurrida calle. Tragó, desde la otra noche el Capitán no se había acercado así mucho menos tocarla. Tampoco le había hablado. Lo miró por el rabillo de su ojo, tratando de evaluarlo, tratando de imaginar lo que estaba haciendo y por qué, qué estaba pensando y qué significaba para ella.
Se encontró con la vista de su apuesto rostro, su fuerte mentón alto y firme, sus ojos concentrados y alertas, mirando al frente, de un lado a otro estudiando a las personas rodeándolos. Sintió su rostro ruborizarse mientras la movía para esquivar a un hombre que cargaba una especie de mercancía—qué, no estaba segura. Estaba muy concentrada en su rostro, en sus altos pómulos y labios fruncidos. Estaba mirando muy intensamente sus ojos dorados como para preocuparse por cualquieras otros hombres alrededor. Ninguno de ellos se comparaba a este hombre ante ella con esa mirada en sus ojos, esa mirada de determinación, esa mirada que decía que no se preocupada por nadie más en el mundo.
Frunció ante la idea—esa mirada contradecía lo que había llegado a conocer como verdad. Le importaba el mundo; le importaba su opinión, la opinión de toda la gente, demonios y humanos, clase alta y baja. Se escondía de todos ellos, detrás del pirata, la cuidadosa máscara que había creado con él. Escondía todo, una mayor parte de él con ello—su herencia, su madre y su padre, el demonio y el humano—los mantenía escondidos detrás de esos determinados ojos dorados. Una pequeña punzada de dolor la invadió, quería ver bajo la máscara, quería ver al hombre cuando esos ojos eran sinceros y no mantenían la mentira.
Kagome frunció y tragó. Era imposible. No podía—no era el momento—no podía preguntarle, "Por qué me mentiste?" Las palabras hicieron eco sólo en su mente. "Por qué no querías que supiera?" El eco rebotó, esta vez garantizándole una respuesta.
"Kikyo."
Cerró sus ojos, agachando su cabeza, desviando su mirada, ese nombre, cada sílaba la golpeaba duro. Sabía por qué no le había dicho, en realidad esa no era la pregunta que necesitaba hacer más. No—ahora era el momento de preguntar qué veía cuando la miraba. Mirándolo de nuevo por el rabillo de su ojo, parpadeó, su nueva pregunta se formaba lentamente en su mente mientras estudiaba su mentón y la comisura de su boca. "Cuando me ves," la pregunta comenzó a tomar forma. "La—ves a ella?"
De repente, él la miró, sus ojos abiertos con sorpresa mientras se alineaban con los suyos. Ella se congeló, su mirada de soslayo se tornó una mirada completa de nuevo, sus ojos se fijaron juntos, ninguno capaz de desviar la mirada, ambos sonrojados dándose cuenta de que habían sido atrapados dando rápidas miradas.
Él la miraba, sus labios se abrieron levemente mientras la analizaba, sus ojos pasaron de severos y enfocados a abiertos y receptivos. Parpadeó, parecía como si fuese a decir algo, sus labios pasaron de ligeramente separados para formular palabra pero antes de poder vociferar cualquier desconocida idea que lo hubiese invadido, las palabras murieron en su garganta.
"Fait gaffe!" Gritó un hombre atravesándose entre ellos, empujando al Capitán a un lado, el olor a ron en su aliento rebotó los destemplados sentidos de Kagome.
Inuyasha agarró a Kagome instintivamente, acercándola a él, presionando su mano en la parte trasera de su cabeza, escudándola mientras permanecía firme, sus ojos encendidos con rabia mientras los giraba para encarar al otro hombre. "Dégagez!" Gritó y observó con satisfacción en su rostro cuando el rostro del hombre palideció y se alejó sin otra palabra. Inuyasha resopló antes de reír para sí. "Aún lo tengo."
Contra el pecho de Inuyasha, Kagome se sonrojó por el contacto de su piel contra su mejilla. Era cálido y su respiración fuerte hacía que su cabeza subiera y bajara en el patrón de su enojado jadeo y risa. Inhaló un profundo y tembloroso respiro, tratando de decidir qué hacer pero estaba paralizada, completamente paralizada en sus brazos. "In—," trató de hablar pero sólo logró decir la primera sílaba de su nombre, las otras murieron en su garganta.
Él escuchó el ruido que intentó hacer, y rápidamente la soltó, su rostro coloreado de rojo al igual que el suyo. Ella pensó que lo escuchó murmurar 'lo siento' pero la palabra fue difícil de escuchar habiendo sido susurrada tan suavemente en la ruidosa calle. No pudo mirarlo, así que en verdad no lo supo.
"Vámonos."
Esta vez escuchó de seguro y asintió, sus ojos aun enfocados en sus inmóviles pies.
Inuyasha la observó, observó la forma en que su cabello cubría sus hermosos ojos normalmente cautivadores. Sintió su corazón contraerse fuertemente en su pecho, sintió la inquietud de tenerla demasiado cerca abandonarlo momentáneamente. "Es hermosa." La idea hizo eco dentro de él, fuerte y vibrante en su mente mientras imaginaba su sonrisa—su sonrisa no existente. "Yo—maté esa sonrisa?" Se preguntó mientras el ruido de la calle se desvanecía, sus orejas fácilmente se giraron hacia lo único importante para él en ese momento.
Se veía pequeña, se veía—triste. Nunca se había visto pequeña, ni triste para él—no así. Seguro, la había visto asustada, la había visto mirarlo como si odiara todo de él pero eso había sido antes de introducirla a este mundo, su mundo. Y ahora, "Estoy apagándola."
Tragó mientras la rabia aumentaba dentro de él, la había hecho sentir de esta forma, inconscientemente estaba alejándola porque—tenía miedo. Tenía miedo de enfrentarlo, de enfrentar ese desamor de nuevo, de enfrentar esa mirada de odio, rabia y malicia. No quería que las palabras lo golpearan otra vez, no quería escucharla decir que no era lo bueno suficiente. No quería enfrentar de nuevo lo que había enfrentado antes. Sabía todo esto y aun—aun empujaba, aun alejaba, aun la llamaba Srta. Dresmont.
"Ella es de aceptación." Escuchó las palabras de Myoga.
"Lo sé." Escuchó su propia admisión.
Pero qué si estaban equivocados? Qué si ella no era como su madre, qué si no era mejor que Kikyo? Qué pasaría si le dijera, si la dejaba entrar y resultara ser todo lo que pensaba que no era?
Inuyasha gruñó para sí, "Qué sí?" Gritó en su cabeza. "Qué sí? Qué sí? Qué demonios sí!" Se sacudió duro mentalmente. "Estoy enfermo de los malditos qué si! Sólo mírala," se dijo y se obligó a ver a la pequeña mujer en frente de él con ojos gachos. Había sido vibrante, había sido hermosa y fiera, ruidosa, dulce y amable—y él había matado esa chispa en ella. Su propia duda había hecho esto y eso más que nada lo molestaba.
"Ella no es Kikyo, tonto, supéralo!"
Parpadeó sorprendido, no completamente seguro de qué parte de él había dicho eso.
Lentamente, rascó la parte trasera de su cabeza y asintió para sí. Sabía que esto era estúpido, sabía que no debería alejarla. Kagome y Kikyo, Kikyo y Kagome, sin importar cómo lo viera sabía la verdad, eran dos chicas muy diferentes—mujeres. Y estaba mintiéndose si pensaba que eran la misma.
"Kagome." Susurró sin su consentimiento.
Ella parpadeó y levantó su cabeza, mirándolo. Instantáneamente, él se sonrojó y bajó la mirada hacia sus botas intentando esconder su cara tras sus flequillos como siempre lo hacía cuando se sentía vulnerable pero así desviara su mirada, vio la mirada de felicidad que la había inundado cuando dijo su nombre—cuando dijo su verdadero nombre, no el de su familia.
"Vamos—," comenzó de nuevo antes de mirarla, sus mechones aun ocultaban su expresión pero no lo suficiente como para no poder verla. Llegando a una rápida conclusión, de nuevo abrió su boca, incluso mientras el temor pesaba en su corazón. "Kagome."
Kagome sintió la sonrisa expandirse hacia sus ojos mientras la atravesaba un calor que honestamente podía decir que palideció en comparación al sol. La forma en la que dijo su nombre, la hizo arder, la forma en la que la miró, sus ojos mayormente cubiertos por un plateado brillante la hizo estremecer. De alguna manera supo que estaba dándole una disculpa y una tímida súplica. Su nombre en sus labios la había dicho y su cabello en sus ojos lo había confirmado.
"Me llamaste Kagome." Las palabras se deslizaron de su boca pero extrañamente no se arrepintió de ellas mientras era recompensada con su cabeza elevándose, revelando ojos tímidos y astutos.
"Qué hay con eso?" Declaró bruscamente mientras comenzaba a caminar metiendo una mano en un bolsillo de la chaqueta mientras la otra apretaba más fuerte las cuerdas de su bolsa.
La sonrisa de Kagome sólo se amplió mientras una sensación de normalidad la llenaba. Kikyo podría esperar, decidió entonces, así la inminente discusión de su herencia y el esconderlo, por ahora sentía que debía apreciar esta gran ocasión. Sí, la había llamado por su nombre antes pero esta vez fue diferente. Esta vez fue una disculpa, una inmensa, y encima de eso, esta vez su nombre había sonado diferente—no podía explicarlo pero lo había hecho.
"Oi!" Gritó a una docena de pies adelante. "Vamos Kagome o te dejo atrás."
Ella contuvo una risa y corrió para unírsele—sabiendo que nunca la dejaría atrás.
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Kagome apretaba a Inuyasha más fuerte alrededor de la cintura mientras el caballo galopaba bajo ellos. Habían dejado el pueblo de La Mobile una o dos horas atrás después de adquirir un caballo barato que el Capitán le había dicho que simplemente venderían cuando regresaran.
Kagome, ella, no era muy afecta a los caballos, habiendo tenido una pobre experiencia en la niñez a expensas de los animales grandes. Había pasado antes de mudarse a Port Royal, cuando aún vivían en Inglaterra con sus abuelos. Había estado con su abuelo practicando un simple trote mientras sostenía las riendas dirigiendo el caballo. Por alguna razón, (una razón que había sabido alguna vez pero que por su vida no pudo recordar más) su abuelo había soltado las riendas, tal vez distraído, y el caballo había tomado total ventaja de eso escalando el trote a galope—asustando instantáneamente a la pobre Kagome.
A este día, no recordaba el caballo deteniéndose o a su abuelo levantándola del suelo donde había aterrizado al desmayarse pero recordaba despertar en su cama en casa ante el sonido de su madre gritándole a su abuelo por su imprudencia. De más estaba decir, Kagome había decidido que desde ese momento en adelante nunca se subiría de nuevo a un caballo, sin embargo, todo eso cambió una hora atrás cuando el Capitán le había informado que montarían.
Afortunadamente, después de casi haber tenido un ataque cardíaco, había aceptado comprar solo un caballo para que ella no tuviera que conducir sola uno de los animales. Una acción que le había dicho que solo terminaría en más llanto. Él había (aunque muy 'reluctantemente') aceptado que los dos deberían montar juntos. Por eso, Kagome estaba agradecida.
"En qué dirección está apuntando la brújula?" Gritó Inuyasha sobre el sonido de los cascos. A la luz de los acontecimientos actuales, Kagome se presionó más cerca del Capitán, su necesidad de sentirse protegida y a salvo superaba sus ansiedades.
"No puedo decirlo." Le respondió secamente. "La brújula está en tu bolsa así que no puedo verla en el momento."
Inuyasha la miró sobre su hombro pero asintió llevando el caballo a un ligero trote. Kagome respiró aliviada mientras el caballo desaceleraba y buscaba alrededor por la bolsa que había amarrado al caballo.
"Bueno," llamó el Capitán, más suave ahora que no estaba compitiendo con los cascos del caballo. "Sácala."
"Es más fácil decirlo que hacerlo." Respondió ella girando sus ojos mientras señalaba el caballo que estaban montando. "Detenlo completamente."
"Está bien." Gruñó Inuyasha y tiró de las riendas haciendo que el caballo se detuviera completamente después de unos segundos. Se deslizó hacia atrás en la silla y observó mientras ella se inclinaba ligeramente, una de sus manos se apoyaba en su hombro mientras la otra agarraba la bolsa, jugueteando con ella para abrirla. Después de un momento, la soga se aflojó y sonrió triunfante mientras alcanzaba dentro sintiendo la brújula entre las piezas de papel, plumas y fuentes.
Con cuidado, llevó la brújula hacia su pecho, sentándose más firmemente en el caballo antes de abrir la tapa con manos temblorosas. Un ligero brillo llenó inicialmente la brújula mientras se abría antes de apagarse revelando una flecha roja, dirigida hacia adelante de ellos y a la izquierda, hacia la costa.
"Desearía que esta cosa diera direcciones." Gruñó Inuyasha suspirando largo y bajo. "O un mapa o algo, no hay forma de decir cuán lejos estamos."
"Tenemos que estar muy cerca." Le dijo Kagome con un movimiento de hombro mientras guardaba la brújula en el bolsillo de su chaqueta para un acceso más fácil. "Si no fuera así la brújula estaría girando como antes."
Inuyasha resopló pero no discrepó mientras la observaba cerrar la bolsa de nuevo, sus manos llegaron a descansar alrededor de su cintura para poderse sostener cuando se movieran. Inhaló un firme respiro ante la sensación de esas pequeñas manos alrededor de su medio y se forzó a permanecer calmado mientras su delicioso pecho se presionaba ligeramente contra él. "No se da cuenta." Se dijo pateando los costados del caballo incitándolo a continuar. "No lo está haciendo a propósito." Casi gruñe mientras también presionaba su rostro en su espalda, hundiéndolo en su cabello mientras gimoteaba de miedo. "Por qué a mí?"
Un repentino, y fuerte disparo lo sacó completamente de sus pensamientos y de regreso al mundo de la conciencia. En total alerta, detuvo el caballo, sus ojos se movieron de un lado a otro buscando alguna señal de peligro.
"Inu—?"
"Silencio!" Ordenó bruscamente, sus orejas moviéndose en cada dirección. Otro disparo a un costado de su cabeza y sus ojos se abrieron mientras se giraba siguiendo el ruido, intentando ver de dónde había provenido. Mientras se giraba, sus orejas comenzaron a distinguir el sonido de gritos furiosos, el sonido de gente gritando, gritando violentamente, frunció sus ojos, otro disparo. "Qué demonios, un motín?"
"No queremos a tu raza aquí!"
Sus orejas se retorcieron mientras escuchaba el fuerte grito, sonó como a un hombre.
"Regresa al infierno de donde viniste!"
Él tiró de las riendas del caballo hacia la izquierda, girándolos para poder enfrentar el ruido, sus ojos entrecerrados buscando el origen.
"Escuchaste eso?" Murmuró Kagome tranquilamente desde atrás mientras miraba sobre su hombro, tratando de ver lo que sea que estuviese buscando.
"Sí." Comentó él mientras incitaba al caballo a moverse otra vez, haciéndolo caminar en dirección del sonido.
Olfateó el aire en un intento por averiguar lo que estaba pasando y de qué dirección provenía. Instantáneamente, pudo oler humo, desde el este, giró el caballo hacia el olor inhalando un profundo respiro mientras aceleraba su paso a un trote moderado. Inhaló otro gran respiro y frunció, podía oler humanos, muchos de ellos—el aroma de su furia y su rabia conocido para su nariz. Pero con qué estaban enojados, por qué estaban amotinados y en una gigante multitud?
Se encogió, alistándose para girar el caballo y simplemente dejar sola a la multitud. Eran humanos, después de todo, y no tenía derecho a meterse en asuntos de humanos. Sin embargo, mientras giraba el caballo, un último aroma golpeó su nariz, un aroma que detuvo todas sus acciones. Sus ojos se abrieron amplios y volvió a girar el caballo, olfateando el aire profundamente, tratando de evaluar el olor. Era el aroma del miedo, el aroma de un animal callejero asustado.
Pateando los costados del caballo lo forzó a un total galope haciendo que Kagome gritara con pánico pero lo ignoró. El aroma que había olido en la brisa le traía muchos recuerdos. Era el aroma de algo entre demonio y humano, el aroma de una madre, y el aroma de sus lágrimas.
"Basta, dejen en paz a mi hijo!"
Escuchó su voz, reconociendo de inmediato el sonido de una mujer suplicando por la vida de su hijo. Sintió su corazón acelerarse en su pecho mientras recuerdo tras recuerdo lo inundaba.
"Sólo es un niño!"
Inuyasha apretó sus dientes, apretando aún más fuerte los costados del caballo, obligándolo a ir más rápido que un galope si fuera posible. El aroma de humo y rabia llenó su nariz, las lágrimas de la mujer y los gritos ensordecieron sus agudos sentidos. El humo acumulándose, las llamas encendidas entraron en su visión, llenando su mente con una horrible retrospectiva.
"Corre Inuyasha! Corre!"
Sintió un peso golpear su pecho mientras obligaba al caballo a detenerse, halando las riendas tan abruptamente que retrocedió, escuchó a Kagome gritar en completo y total horror mientras sus manos casi lo hieren al apretar su agarre alrededor de su medio a niveles casi inhumanos. Se tomó suficiente tiempo para asegurarse de que ella estaba a salvo antes de soltarla y tan gentilmente como pudo la dejaba en el suelo antes de saltar, un salto gigante en el aire, aterrizando en el mero centro del caos de los aldeanos.
Jadeos de sorpresa y gritos de temor lo recibieron mientras sus botas tocaban el suelo tan suavemente que ningún hombre lo habría escuchado aterrizar; como si fuera un fantasma.
"Qué está pasando aquí?" Gritó, su dominante voz llenó el aire, deteniendo todas las protestas antes de que pudieran comenzar. Nadie dijo una palabra, los hombres retrocedieron, horquillas, armas, y antorchas cayeron de sus manos mientras lo miraban como si fuera algún dios—para ellos lo era—para el ojo no entrenado, Inuyasha se veía como la parte de un demonio de sangre pura, no el híbrido que era. "Dije," comenzó de nuevo Inuyasha cuando ningún hombre habló. "Qué demonios está pasando aquí?"
De nuevo, no hubo una palabra. Inuyasha gruñó por lo bajo mientras estudiaba a los hombres quienes momentos atrás habían estado atormentado a alguna criatura oculta, ahora prácticamente estaban arrastrando sus barrigas en el suelo, sometiéndose a él sin palabras.
"Son unos llorones cobardes." Dijo Inuyasha en una voz tan baja que solo los hombres más cercanos lo escucharon. "Fuera de aquí, ahora." Las palabras eran tranquilas pero eso no detuvo el miedo que impregnaba a cada hombre rodeándolo.
Un hombre valiente se adelantó, los ardientes ojos de Inuyasha se giraron para mirarlo mientras exhibía sus colmillos. El hombre tembló visiblemente pero no retrocedió intentando hacer contacto visual con Inuyasha. "Señor," dijo suavemente, su dialecto muy diferente al dialecto de los hombres en el barco y en el Caribe, diciéndole a Inuyasha que este hombre probablemente era de una clase más alta y bien educado. "Nosotros solo—um—estamos ocupándonos de algunos asuntos."
"Asuntos?" Preguntó Inuyasha suavemente, sus ojos comenzaban a teñirse de rojo. "Qué tipo de asuntos?"
El hombre aclaró su garganta antes de levantar un dedo, señalando la casa ardiendo y a la mujer de pie frente a ella. Junto a ella, arrodillado en el suelo hecho una pequeña bola había un hombre grande, de lo que parecía probablemente deforme de nacimiento. Su rostro estaba cubierto por sus manos, manos que exhibían un millón de cicatrices y quemaduras profundas y penetrantes, igualando la piel bronceada.
Inuyasha escuchó a Kagome jadear desde algún lugar tras él, su voz llena de pena y lástima mientras asimilaba la vista del torturado hombre. Por un segundo pensó que podría estar sorprendida simplemente porque era extraño y grotesco para una persona que nunca había sido expuesta a una criatura como un verdadero mitad demonio pero entonces escuchó su suave murmuro.
"Cómo pudieron?" Susurró en el aire.
Él olió sus lágrimas y sintió su corazón aligerarse momentáneamente en su pecho antes de comenzar de nuevo. "Qué crimen han cometido?" Preguntó, su voz dura aun sintiendo un gran sentido de alivio por las palabras de Kagome.
"El hombre, señor," murmuró el pequeño humano. "Es un mitad demonio."
Escuchó la fuerte inspiración de Kagome, esta era información que ya había sabido. Inuyasha tragó, la creciente rabia en él tan fuerte que pensó podría explotar pero se contuvo mientras la escuchaba, cada sentido suyo enfocado en ella, lo que escuchó lo sorprendió.
"Eso es?" Gritó Kagome haciendo que cada hombre, mujer y niño, junto con el mitad demonio y su madre se giraran. "Hicieron esto porque es mitad demonio?" Chilló ella, sus ojos encendidos con pura rabia. "Eso es todo lo que ha hecho? Por favor díganme que al menos mató a alguien o robó algo equivalente a un millón de piezas de oro?" Se adelantó, sus ojos casi suplicantes, esperando que hubiese una explicación más lógica, no le fue dada ninguna así que continuó. "No pueden destruir la vida de alguien solo porque sea mitad demonio!" Continuó, "Él no les ha hecho nada, nada sino haber nacido! Qué hombre enfermo condenaría a otra pobre inocente criatura solo por nacer?"
Inuyasha la miró en shock, estaba enojada—no—estaba molesta, al borde de matar a alguien. Sintió todas sus dudas disiparse mientras miraba a los aldeanos rodeándola, sus ojos incrédulos, su voz sonaba más que enfurecida.
"Cállate, mujerzuela estúpida!" El hombre que había estado hablando gritó mientras la despedía con un movimiento de su mano.
Inuyasha vio rojo. Antes de que alguien se pudiera mover, el representante del pueblo voló por el aire, el puño de Inuyasha se había conectado sonoramente con su cara. "Si quieren vivir," gritó mientras sus ojos cambiaban completamente de dorados a un rojo oscuro con brillantes pupilas azules. "Entonces fuera de aquí!"
Instantáneamente, todos los aldeanos corrieron, un rastro de polvo los siguió mientras desaparecían por una colina cercana (con el hombre inconsciente), donde Inuyasha pudo suponer que se asentaba la aldea. Bufó, la rabia aún lo inundaba mientras los veía irse, honestamente podía decir que había querido matar a ese hombre pero—algo lo contuvo.
Se giró, sus ojos rojos se posaron en Kagome mirándola, analizándola, una voz en el fondo de su cabeza gritaba por ella, la deseaba, la necesitaba. "Mujer." Se escuchó gruñir en la lengua demonio de su padre pero era incapaz de parar, incapaz de detener la emoción, el humano en él se hundió en algún lugar profundo llamándolo desesperadamente.
"Inuyasha?"
Su voz llegó hasta él, suave y asustada. Sintió sus cejas fruncirse, sintió algo dentro de él tirar más fuerte de su consciente. Fue difícil escuchar al principio pero lo sabía, el humano en él se hizo ruidoso.
"Ahora no!" Dijo y el demonio, por alguna razón escuchó.
Supo, al segundo que sus ojos volvieron a ser dorados porque una mirada de alivio cubrió sus propios irises grises y dio un paso hacia él solo para detenerse y mirar hacia su derecha. Confundido, también se giró y jadeó asustado cuando vio a la anciana y a su hijo mirándolos. El hijo acobardado de miedo y la anciana armada con una tabla de una cerca rota.
Instantáneamente, Kagome tomó acción, avanzando hacia la anciana con sus manos levantadas. "No se preocupen," dijo gentilmente, sus ojos de un suave gris que hizo saltar el corazón de Inuyasha. "No queremos hacerles ningún daño."
"No eres tú quien me preocupa." Le dijo la anciana bruscamente mientras observaba a Inuyasha, mirándolo de arriba abajo.
"No se preocupe," le dijo Kagome rápidamente, sus manos moviéndose en frente de su rostro antes de señalar a Inuyasha. "Él también es mitad demonio." Ella se paralizó, el Capitán se paralizó, la anciana les dio a ambos una extraña mirada mientras Kagome se daba la vuelta y miraba a los ojos al Capitán. Abrió su boca como un pescado fuera del agua antes de tragar lenta, audiblemente. "Ahh," comenzó a decir pero las palabras no se formaron. Rió levemente incómoda y se alejó de él, su rostro preocupado tratando de medir su reacción.
El Capitán no dijo nada, ella se sintió más incómoda, sus ojos se movieron hacia la madre, hacia el hijo, luego al Capitán. "Qué hago?" Contempló mientras lo miraba, él no estaba mirándola, sus ojos estaban fijos en el suelo, difíciles de ver desde tan lejos. Finalmente, levantó la mirada y sus ojos se encontraron. Y todo lo que pudo pensar en decir fue, "Ups."
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Naraku miraba a Kaede sospechosamente mientras rodeaba el mesón, sus viejas y arrugadas manos sostenían un vaso del que tomó un sorbo. Él se mordía cautelosamente el interior de su labio mientras lentamente bajaba el vaso, el sonido de él golpeando la mesa fuerte en la tranquila y vacía taberna. Distraído, se preguntó por qué no tenía clientes—en verdad parecía como si hubiese estado esperándolo. Sonrió, en verdad sonrió antes de tronar su cuello con un simple giro de izquierda a derecha, "Supongo que mi reputación me precede." Comenzó, su voz suave, mortal.
"No tu reputación, querido," respondió Kaede casualmente. "Eres demasiado joven para haber desarrollado una todavía."
Naraku sintió temblar su ceja pero mordió su labio; tenía que mantenerse tranquilo si quería obtener algo del viejo fósil ante él. "Entonces cómo supiste que iba a venir?"
Kaede ladeó su cabeza como si estuviera pensando mucho su respuesta antes de encogerse. "Un pajarito me lo dijo."
Si Naraku hubiese podido enfrentar una falla lo habría hecho, aclaró su garganta, inspiró fuertemente antes de tocar su pistola. "Entonces, debes saber por qué estoy aquí, verdad?"
"Tengo mis sospechas," comenzó Kaede crípticamente mientras levantaba su vaso, bebiendo el desconocido contenido oscuro. "Pero sólo tú puedes probarlas." Terminó, mirándolo por el rabillo de su ojo, como si lo retara a hablar.
Por un momento, Naraku se sintió incómodo con la mirada de la anciana pero solo duró un momento. "Eso puede arreglarse." Le dijo francamente. "Tal vez con una bebida?"
"Lo siento, Naraku." Dijo ella mientras gentilmente bajaba su taza, su mano moviéndose lenta. "Pero como puedes ver, estamos cerrados. Tendrás que llevar tus asuntos y preguntas a otro lado."
Naraku gruñó y apretó su puño, sus nudillos crujieron fuertemente. "Si sabes por qué estoy aquí," comenzó lentamente, cada rasgo suyo se tornó sarcástico. "Entonces no puedo obtener esa información de nadie más sino de ti."
"Oh," dijo Kaede parpadeando pocas veces. "Eso es muy malo." Tomó otro sorbo, un sorbo largo, un sorbo burlón antes de bajar la taza, sus manos no soltaron el vidrio esta vez, jugueteando con él así como jugaba con él. "Entonces qué harás?"
Naraku apretó sus dientes mientras avanzaba, deteniéndose justo en frente de la anciana. "Escucha, vieja murciélago!" Gruñó mientras agarraba el frente de su vestido, halándola bruscamente, su agarre en el vaso se aflojó. "Dime lo que quiero saber o te mueres." Siseó alcanzando por el arma que ahora descansaba a su costado, asegurando lo que seguiría y escucharía a pesar de su pequeña estatura y su joven edad.
Kaede miró el arma con su ojo bueno, observándolos a todos en la taberna como si verdaderamente estuviera pensando en decirle todo al furioso Naraku. Pero pronto la mirada cambió, se transformó en su cara, pasando de contemplativa a tranquila. "Un amenaza ideal hecha por manos ociosas." Le dijo a Naraku lentamente, señalando con solo un ojo del arma hacia su cara.
"Te mataré, anciana." Espetó Naraku mientras sacaba el arma de su cinturón, empujando a Kaede y haciéndola caer al piso, el vaso también cayó derramando el licor mientras apuntaba el arma directo al rostro de Kaede.
Ella sonrió levantándose lentamente, su ojo cerrado, una ligera risita o carcajada salió de sus labios. Naraku gritó, en verdad gritó furioso, sus ojos se tornaron rojos, su rostro cambió a una mirada mortal mientras ladeaba el arma apuntando para matar.
"No." Apenas susurró el Sr. Dresmont tras él. Una cosa era ver morir una anciana pero ver a una mujer, una pequeña anciana con un parche en el ojo y jorobada? Dio un paso al frente, alcanzando por Kaede, sin conocerla pero sabiendo que no merecía morir. La anciana levantó su mano, una orden silenciosa. Su cansado ojo lo miró mientras sus arrugados labios formaban una sonrisa casi sarcástica.
"Haz lo peor." Fue todo lo que dijo antes de disparar el arma.
Fin del Capítulo
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Traducciones del japonés:
Otou-san? Kanojo wa imasu ka: Padre, la mujer está—?
Wasurete wa ikenai furui mono to atarashii mono wa tagaini kotonatte iru: No lo olvide, la antigua y la nueva son diferentes.
Anata no basho o shitte ire, Myoga-jii-jii: Sabes tu lugar, anciano Myoga.
Traducciones del francés:
Fait gaffe: Cuidado!
Dégagez: Lárgate!
