SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE

Por Inuma Asahi De

Traducido por Inuhanya

Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).

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Capítulo Treinta y Seis:

La Razón de Jinenji

Inuyasha corría por el bosque, sus pies moviéndose más lentos de lo que estaba acostumbrado, escuchaba los pies de Kagome resonando tras él pero sabía que no podría seguirle el paso por mucho tiempo, aunque fuera humano. Se impulsaba a medida que los gritos se hacían más fuertes adelante, sentía que sus piernas comenzaban a arder mientras usaba sus músculos humanos que protestaban violentamente. Sus ojos escaneaban al frente observando mientras aparecía la pequeña cabaña, una columna de humo casi lo detuvo en seco. No era lo grande suficiente para ser de la cabaña en llamas pero tenía el potencial.

Los sonidos de un motín, los sonidos de aldeanos gritando, lo impulsaron a correr más duro, una constante idea mantenía sus piernas en movimiento. "Los encontraron." Mordió su labio y continuó más rápido de lo humanamente posible, los pasos de Kagome no sonaban más tras él, estaba corriendo demasiado rápido para una mujer que había sido criada solo para caminar airadamente como para soñar en que le seguiría el paso.

Entró al claro casi tropezándose con una pila de leña que se mantenía cerca de la casa, la vista que lo recibió hizo paralizar su corazón.

Una turba de aldeanos había rodeado la casa, detenidos en un semi-círculo de violencia, con antorchas y variado equipamiento granjero en sus manos mientras le gritaban a la alta y tímida figura ante ellos, Jinenji. El enorme mitad demonio estaba intentando levantarse, sus ojos azules llenos de pánico mientras veía varios objetos afilados y armas amenazantes en su rostro. Pero no era Jinenji quien le preocupaba a Inuyasha verdaderamente, era Haniyama quien estaba tras él, su arma de elección (un pedazo de leña) a su lado en el suelo mientras yacía quieta, inmóvil en el frío suelo, un poco de sangre bajaba por su rostro desde donde había sido golpeada.

Uno de los aldeanos se adelantó de la multitud, una horca en su mano dirigida peligrosamente a la zona media de Jinenji. Jinenji gruñó (un sonido que Inuyasha no había sido consciente que pudiera hacer) y estrelló su pie en el suelo tan fuerte que podría causar que la tierra temblara bajo ellos. "Váyanse!" Gritó Jinenji acercándose más a su madre, sus agudos ojos demandantes pero aún asustados, ansiosos.

"No!" Gritó un aldeano valiente, dando un paso, sus ojos furiosos y llenos de odio. "Ustedes váyanse, tú y esa mujerzuela."

Inuyasha sintió hervirle su sangre, un recuerdo distante de mucho tiempo atrás lo golpeó con total fuerza.

"Vete, perra." El sonido de la voz del hombre, una ensombrecida figura de un pasado distante. "Fuera, puta del demonio!"

Antes de saber lo que estaba haciendo, Inuyasha se detuvo en frente de Jinenji, una de las armas que mantenía en su cintura, apuntaba directamente al hombre que amenazaba al aprehensivo mitad demonio. "Dijo que se fueran, bastardos," gritó Inuyasha y gruñó al mismo tiempo, sus oscuros ojos llenos con malicia mientras ladeaba su arma. "O están tan ensordecidos por su propia estupidez que no escucharon?"

Los gritos de la multitud se silenciaron mientras miraban confundidos a Inuyasha, observándolo como si supieran quién era pero no podían ubicar su rostro. Jinenji no tuvo tal problema. "Sr. Inuyasha," identificó correctamente, su voz pequeña, dirigida solo para los oídos humanos de Inuyasha. "Es su momento?"

Inuyasha asintió fácilmente pero no se tomó el tiempo para mirar al otro mitad demonio quien ahora estaba de pie tras él, "Tu madre está bien?"

Jinenji giró su enorme cabeza y miró a su madre, estaba respirando y podía decir por su aroma que el sangrado había aminorado sustancialmente pero aún era una leve amenaza para su salud. Olfateó el aire ligeramente, su nariz ni cerca de buena a la de Inuyasha pero lo buena suficiente para decir que no estaba en riesgo de morir. "Mamá estará bien." Concluyó para Inuyasha. "Despertará pronto—pero su cabeza no se sentirá muy bien."

"Afortunadamente tienes hierbas para eso." Inuyasha intentó bromear mientras miraba a los callados aldeanos. Muchos de ellos estaban tensos, como si trataran de decidir telepáticamente qué iban a hacer ahora que había otro 'humano' defendiendo a Jinenji.

"Debería huir," habló Jinenji desde atrás, su voz aun suave pero ahora comenzaba a sonar más seria. "Aquí está en peligro así como está ahora."

Inuyasha sonrió a pesar de sí mismo y dirigió una mirada en dirección del otro demonio. "No pienses ni por un segundo que me iré por algo tan trivial como eso."

Jinenji frunció profundamente y movió su enorme y pesado cuerpo. "Pero está en peligro."

"A quién le importa?" Maldijo Inuyasha mirando a los aldeanos, una sonrisa se formó en su rostro mientras se acercaba un poco más a Jinenji. Los aldeanos lentamente comenzaron a avanzar como si colectivamente hubiesen llegado a la decisión de prepararse para un ataque. "No voy a dejarte," habló Inuyasha seriamente mientras miraba a los hombres caminando hacia ellos. "Tú no dejarías a otro mitad demonio solo para que enfrentara a estos cabrones, verdad?"

Jinenji lo observó por un segundo, analizando la ancha espalda y los hombros cuadrados del hombre más bajo; observando mientras temblaba ligeramente, su lenguaje corporal negaba sus fuertes y despreocupadas palabras. Este hombre estaba asustado, al menos un poco, sabía que estaba en peligro, sabía que estaba defendiendo a alguien que apenas había conocido y aun—no parecía importarle. Una sensación que Jinenji nunca había sentido lo inundó. Era cálida, esta sensación, cálida y feliz. "No, no me iría."

"Bien, entonces estamos en la misma página." Inuyasha sonrió y lamió sus labios.

"Inuyasha, Jinenji?" Un gritó llegó a su izquierda, un grito muy familiar seguido por el distintivo sonido de alguien jadeando sin aliento.

La sangre de Inuyasha se heló mientras lo llenaba el sonido de la voz de Kagome, golpeándolo hasta el fondo. Giró su cabeza, su arma se bajó levemente mientras la observaba correr y detenerse al borde del claro como si supiera que era peligroso acercarse más. Él, con toda honestidad, por un momento había olvidado a la joven. El torrente de adrenalina lo había sobrepasado, la idea de una inminente pelea cuando estaba en una posición tan adversa había superado todos sus pensamientos—y ahora todo en lo que podía pensar era en Kagome—Kagome y la sensación de total y completo terror. "Kagome, fuera de aquí!" Gritó fuertemente, sus ojos humanos llenos de un pánico que no pudo esconder.

Infortunadamente para Inuyasha, Kagome era una chica que nunca escuchaba, especialmente cuando sus ojos caían en alguien que estaba lastimado. "Sra. Haniyama!" Jadeó ella ignorando completamente a Inuyasha, ignorando completamente su propia seguridad mientras volaba por el claro, toda idea de agotamiento la abandonó. Rápidamente, fijó su rumbo hacia la anciana y se arrodilló, sus manos alcanzaron por la herida en la cabeza, tocando levemente la sangre antes de retractarla para rasgar un trozo de sus pantalones.

"Srta. Kagome." Murmuró Jinenji atreviéndose a darse la vuelta, observando mientras la joven hacía presión en la cabeza de su madre, sus ojos observaban la agitada respiración de la anciana con dolor.

"No es esa la chica de antes?" Dijo uno de los aldeanos lo fuerte suficiente para que todos, aldeanos e Inuyasha por igual, escucharan.

Inuyasha siseó ante la pregunta, una sensación de pavor se incrementó lentamente en él. Rápidamente levantó su arma, apuntando a la multitud, sus ojos fijos en los aldeanos quienes ahora comenzaban a murmurar entre ellos; palabras que normalmente sería capaz de distinguir pero que por su actual estado humano, eran sordas. "Maldición Kagome." Maldijo Inuyasha, "Te dije correr!"

"Quieres que huya?" Kagome gruñó entre dientes apretados mientras sostenía delicadamente el improvisado vendaje en la cabeza de Haniyama. "La Sra. Haniyama está herida y quieres que huya?"

Los aldeanos reaccionaron a su voz con más susurros.

"Aquí no estás a salvo." Inuyasha continuó ignorando sus palabras y los murmullos de los aldeanos. "Toma el caballo y regresa al puerto, ahora!"

"No!" Respondió Kagome, su voz cambió sonando desesperada, estaba desesperada. "Él es humano." La idea hizo eco en su mente mientras miraba la turba ante ellos. "No puede encargarse de ellos así, verdad? Tiene que ser más débil de lo normal. Los humanos son más débiles que los demonios así que sin su sangre demonio—," No se permitiría continuar la idea, cerró sus ojos fuertemente y obligó a que sus manos dejaran de temblar mientras hacía presión en la herida. "No voy a dejarte," le dijo lo fuerte suficiente para que la escuchara antes de levantar su cabeza, convicción en sus ardientes ojos. "No cuando estás así!"

"Así que las leyendas son ciertas."

Un silencio se instaló sobre su discusión y la horda de aldeanos mientras un anciano avanzaba de la multitud, una antorcha alta sobre su cabeza, iluminando el claro con su llama intermitente. Se detuvo a una corta distancia de Inuyasha, sus ojos lo miraban viejos y sabios y aun llenos de odio y malicia aprendida.

"Eres el hombre de antes, verdad?" El anciano sonrió, sus ojos parpadeaban con odio y una enferma felicidad.

"Pero Sr. Carver?" Un hombre más joven avanzó tímidamente. "El otro hombre era un demonio, este joven claramente es—" El joven señaló a Inuyasha como si su explicación ya fuera cien por ciento aparente. "Un humano."

El anciano, el Sr. Carver, rió dándole la espalda a Inuyasha para mirar a los aldeanos. "Mi padre alguna vez me contó el secreto de la raza mitad demonio, su más valioso y guardado problema." El hombre lamió sus labios. "El Momento de Vulnerabilidad." Se giró lentamente mientras la multitud comenzaba a murmurar de nuevo, la curiosidad predominaba mientras el anciano se daba la vuelta de regreso con el hombre de apariencia 'humana'. "Una vez al mes," continuó el anciano haciendo contacto visual con Inuyasha mientras una oscura sonrisa llenaba cada rasgo suyo. "Ellos pierden todo rastro de su sangre demonio y se vuelven nada más que un simple mortal." Sus manos se expandieron abarcando a todos los humanos rodeándolo. "Como nosotros."

El corazón de Inuyasha se detuvo en su pecho mientras el claro explotaba en una furia de voces simultáneas.

"No puede ser!" Gritó una mujer irritada.

"No, miren, tiene la misma cara." Otra gritó sobre la ruidosa multitud.

"Sí!" Otro gritó en acuerdo levantando su horca para llamar la atención. "Y esa era la chica con quien estaba." Apuntó directo a Kagome, sus palabras causaron una conmoción más grande mientras las personas aceptaban que tenía razón, y que además el anciano tenía razón.

"Silencio!" Gritó el Sr. Carver con una mano en el aire haciendo que la conmoción se detuviera mientras cada hombre y mujer se callaba, respetando instantáneamente lo que estuviera por decir. "Tengo razón, muchacho?" El anciano dio un paso, nada desalentado por el arma de Inuyasha, ladeada y cargada. "Es cierto, verdad? Eres un mitad demonio en tu momento de vulnerabilidad." Fue una declaración, no una pregunta.

Inuyasha se tensó, su mente corría tratando de pensar en lo que debería hacer, en cómo debía reaccionar. Quería mirar tras él pero sabía que no se atrevería a desviar sus ojos de la turba de gente enojada frente a él. Sin embargo, pensó en mirarla, a Kagome. En verdad quería. Tenía una urgencia, una necesidad, quería verla, ver su cara porque su rostro era consuelo, su rostro era fuerza, su rostro lo haría pensar más rápido, lo haría entender qué demonios debía hacer pero ay, no podía ver su cara. "Qué carajo hago?" Tragó sin atreverse a responderle al hombre ante él. "Estoy bloqueado, soy humano y Kagome—," Se obligó a no girar. "Tengo que protegerla pero mierda," mordió duro su labio. "Cómo la protejo ahora, así?"

"Inuyasha?"

Él sujetó el arma más fuerte ante el sonido del susurro de Kagome, apenas pudo distinguirlo pero aún fue ostentosamente fuerte para sus oídos. Sonaba en pánico, sonaba asustada, su anterior coraje se había ido. "Maldición!" Pensó para sí, había pasado mucho tiempo desde que se había visto en un rincón como este, mucho tiempo, un momento en el que había tenido a Miroku. "Debí haberlo traído." Pensó instantáneamente mientras el nombre palpitaba en su cabeza. "Si lo hubiese traído no estaríamos en este desastre."

"Vas a responderme o a mirarme, mitad demonio?" Musitó el anciano impacientándose por el silencio de Inuyasha. "O puedo asumir por tu silencio que estoy en lo correcto?"

Inuyasha inhaló un profundo respiro y se atrevió a cerrar sus ojos por un segundo. Una onda de choque atravesó la multitud mientras lo hacía, la gente susurraba sobre la extraña acción, hablando tranquilamente entre ellos, preguntándose por qué estaba haciendo algo tan arriesgado cuando estaba en tanto peligro. "Peleo por vivir—." Se dijo Inuyasha, la frase calmó sus nervios levemente como siempre lo hacía. Abrió sus ojos ligeramente mientras se erguía en su altura plena.

En el fondo de su mente una imagen lo invadió, un recuerdo lo llenó, Kagome a la altura de su poder, esos encantadores ojos grises mientras le hacía la condenada pregunta.

"Tienes algo por qué vivir?"

Su voz lo envolvió y sonrió mirando a los ojos al Sr. Carver, desafiándolo a decir una palabra mientras pensaba sólo para sí, "—Vivo por ella." Inhaló un profundo y penetrante respiro. "Peleo por ella." Dejó salir el aire lentamente. "Y ahora es tiempo de pelear."

El Sr. Carver le dio una extraña mirada mientras sus oscuros y penetrantes ojos parecían mirar a través del alma del otro hombre. "Mitad demonio?" Preguntó, enervado por la misteriosa calma que se había instalado en Inuyasha.

"Tienes razón." Le respondió Inuyasha finalmente mientras su mente corría internamente. "Tengo cuatro armas conmigo, y el revolver." Miró dicha arma descansando en su mano, las otras escondidas discretamente en su chaqueta. "Hay siete balas en el revólver y cuatro en las pistolas. Así que tengo once disparos—maldición." Miró a la multitud. "Hay más de once personas aquí, eso es seguro." Sonrió. "He estado peor." Se habría reído ante la idea si su actual situación no hubiese sido una de tanta presión. Ahora no era el momento para reír, ahora era el momento de pelear, mantenerse en pie y de protegerla, era todo lo que podía hacer. "Soy un mitad demonio," llamó a los aldeanos, su voz fuerte. "Y estoy ante ustedes como nada más que un mortal." Las palabras de Inuyasha eran temerosas pero su voz era perturbadora. "Pero mortal o no," miró al Sr. Carver a los ojos, su opaca vista casi maliciosa. "Aun puedo patear tu trasero, anciano!"

Sabiendo que no tenía otra opción, sabiendo que no podría convencer a Kagome de irse aún si lo intentaba, Inuyasha disparó su arma apuntando al hombro del anciano. El disparo resonó en el aire, Kagome gritó en horror mientras el anciano caía de espalda, sus ojos en blanco, sangre brotaba desde el lugar donde la bala entró en su hombro. La horda estalló en gritos y exclamaciones, el chasquido del arma de Inuyasha de nuevo un leve espectáculo entre el caos.

Instintivamente, Kagome bajó su cabeza, cubriendo sus ojos con la manga del vestido de Haniyama cuando otro disparo resonó, Inuyasha disparó su segunda bala. Un hombre gritó, Kagome levantó la vista y jadeó asombrada mientras atestiguaba a un hombre caer al suelo, dos manos sujetaban su pierna, un arma descartada en el suelo a sus pies. A su lado, un hombre gritó con rabia y se abalanzó—hubo un clic—y luego otra explosión, ese hombre también cayó segundos después. Otra herida superficial detuvo su asalto.

Vio a un hombre levantar una escopeta y gritó en advertencia pero el Capitán ya había apuntado, su arma se había disparado. Sus ojos se abrieron mientras el hombre de la escopeta gritaba en agonía, soltando el arma mientras sostenía su costado apretando la ensangrentada carne de una herida de bala.

Más hombres se abalanzaron, tres esta vez, cada uno sosteniendo una horca en su mano. El Capitán no se inmutó mientras halaba el gatillo, ladeaba el arma, halaba el gatillo, ladeaba el arma, halaba el gatillo, y tiraba el arma a su lado permitiéndole caer al suelo mientras sus manos inmediatamente fueron a sus costados, cada mano alcanzaba por otra arma mientras tres hombres más caían al suelo.

La boca de Kagome apenas tuvo tiempo de abrirse mientras dos disparos simultáneos llenaban el aire, derribando a dos hombres quienes venían hacia ellos de dos direcciones diferentes con escopetas en sus manos. Observó pasmada mientras el Capitán rápidamente lanzaba al suelo sus armas usadas donde el revolver yacía antes de sacar dos más tan rápidamente que no estaba segura de dónde las había sacado—una bota, su chaqueta, era imposible de decir. Aun, estaba segura de que las armas se dispararon juntas como el primer par, derribando a dos más desafortunados individuos con heridas superficiales; suficientes para causar un horrible dolor pero no el suficiente para matar.

Y entonces, el Capitán levantó sus manos hacia su rostro, apretó sus puños y tensó su cuerpo, sus codos suspendidos a sus costados como un boxeador. Kagome parpadeó confundida mientras él permanecía a un lado, su cuerpo encaraba hacia la izquierda, sus codos cubrían su estómago, mientras sus ojos permanecían hacia adelante fijos en los hombres frente a él.

"Se quedó sin armas." Kagome lo observaba completamente desconcertada. "Planea pelear con ellos desarmado?"

Ella miró a los hombres en el suelo, los que habían sido heridos, habían once en total. Ninguno de ellos estaba muerto pero todos habían sido sacados de la pelea permanentemente. Todo había pasado en cuestión de diez o quince segundos, veinte a lo sumo. Nunca había conocido a un hombre que desenfundara un arma así de rápido, para incapacitar a otro hombre así de rápido pero sin sus armas, tendría el mismo efecto?

Miró a Jinenji; el hombre estaba tan paralizado como ella, sus ojos azules miraban asombrados mientras el Capitán gritaba de repente, el sonido de su grito de batalla asustó a la multitud lo suficiente para darle una oportunidad para atacar primero, una ventaja. La primera persona que golpeó fue con un puño en su quijada. Fue tan fuerte que incluso en su estado humano el sonido de huesos rompiéndose pudo escucharse sobre los gritos de la multitud. Luego, le asestó una patada al hombre al lado derecho, golpeando tan fuerte las costillas del hombre que se quebraron audiblemente, hacia los pulmones—una posible herida fatal.

Kagome sintió nauseas mientras el hombre escupía sangre antes de apretar su estómago y caer al suelo. Sin otra idea, Inuyasha se giró codeando directamente en la nariz al hombre a su izquierda, rompiéndosela instantáneamente. Luego, Inuyasha agarró el rostro ensangrentado del hombre, su enorme mano nivelando la vista del hombre, dándose suficiente fuerza para mandarlo de espalda, haciéndolo estrellar en otros dos hombres que estaban atacando—los tres aterrizaron en un enredo de extremidades y dolor.

"Oh, Dios mío." Susurró Kagome, sus palabras sonaban casi retrasadas para sus oídos mientras observaba a Inuyasha mandar la palma de su mano hacia la garganta de un hombre haciendo que jadeara y cayera inconsciente instantáneamente. "Cómo aprendió—dónde aprendió—quién le enseñó—?" Trató de formar sus ideas pero no pudo mientras observaba a Inuyasha como si estuviera en trance levantando su pierna más alto de lo que había imaginado físicamente posible y pateó sonoramente a un hombre a un costado de su cabeza, haciendo que la cabeza del hombre se girara de golpe en un ángulo anormal.

Desvió sus ojos, cerrándolos ante la vista, su estómago amenazaba con expeler sus contenidos. Agarró la blusa de Haniyama en sus dedos y jadeó mientras sus oídos distinguían el sonido de más huesos quebrándose y más hombres gritando mientras eran derribados. "Haz que pare." Pensó mientras el sonido de esos huesos rompiéndose la perturbaba profundamente. "No puedo soportarlo—este ruido, este dolor! Es peor que las armas."

Sintió una gentil mano tocarla de repente y jadeó, sus ojos se abrieron de golpe mientras encontraba el azul de los ojos de Jinenji. "Srta. Kagome." Susurró suavemente antes de volver sus ojos hacia Inuyasha y las personas ante él.

Podía ver el dolor mientras observaba y supo que también le molestaba a Jinenji. "Haz que pare." Le suplicó al otro mitad demonio pero Jinenji no habló, en vez sólo susurró.

"Debe pelear." Su voz era gentil, amable y casi paternal y sabia. "Es fuerte así que peleará por nosotros. Así es su método y debemos de estar agradecidos de que sea capaz de ello."

Kagome sintió una extraña sensación en su corazón ante las palabras de Jinenji. "Su método." Repitió la extraña frase mientras sus ojos se desviaban de Jinenji para aterrizar en Inuyasha quien tenía a un hombre en su espalda y estaba volteándolo sobre su cabeza. "Pero—es tan violento," razonó Kagome, "No deberíamos hablar con ellos y lograr el mismo resultado?"

Jinenji sacudió su cabeza tristemente. "Las personas con odio en sus corazones por los mitad demonio raramente quieren hablar con ellos." Sus palabras la cortaron profundo, iba contra todo lo que sabía. "Él—lo sabe—peleará para protegernos de esto, a ti de esto."

"No quiero que personas," susurró Kagome, sus ojos observaban con horror mientras un hombre trataba de enterrar un cuchillo en el estómago de Inuyasha. El Capitán rechazó fácilmente la mano del aldeano, quebrándole la muñeca con un leve giro de su agarre, el cuchillo cayó de la inservible mano. "No quiero que personas resulten lastimadas por mí."

"Ni yo." Susurró Jinenji antes de añadir. "Deseo un mundo donde las palabras hablen más fuerte que las armas y los puños."

Kagome parpadeó sorprendida y miró a Jinenji, sus ojos amplios y abiertos en muchas formas.

"Puede no gustarnos esta violencia, podemos nunca estar de acuerdo con ella pero—," Jinenji miró a su madre tristemente. "Hasta que ese mundo sea creado es necesaria, no hay otra manera de hacerlos escuchar."

"Debe haberla." Murmuró Kagome mientras desviaba sus ojos de Jinenji y de regreso a la consiguiente pelea, sus ojos brumosos, no viéndola realmente. "Pelear no siempre es la respuesta."

"Deseo que tuvieras razón, deseo que las cosas sean diferentes, deseo que estas personas escuchen." Dijo el mitad demonio, su voz sonaba triste. "No quiero que sean lastimados."

Kagome parpadeó rápidamente y miró al mitad demonio. Jinenji no la miró, no le dedicó una mirada mientras continuaba mirando la pelea. Su rostro estaba dolido de cierta forma. "No quieres que sean lastimados pero por qué?"

El enorme demonio apretó su puño antes de responder. "Somos de la misma aldea, nacimos de la misma partera, comemos la misma comida, y bebemos de los mismos ríos." Su voz era consoladora. "Somos vecinos y deseo—," su voz se desvaneció, no dijo nada más en el tema. En vez, la cambió visiblemente. "Mira," Jinenji señaló a los hombres que habían caído. "Ninguno está muerto."

Kagome parpadeó rápidamente y se obligó a evaluar a los peleadores que yacían en el suelo—todos ellos, aunque adoloridos, estaban vivos. Inuyasha había derribado a dos docenas de hombres con solo once balas y sus manos y pies—y ninguno de ellos había muerto. No podía comprenderlo, no podía entender cómo era remotamente posible. Él era humano—y ningún humano que hubiese conocido era así de fuerte o así de moral.

Mordió su labio, los sonidos de huesos rotos y la sangre brotando de los heridos la hizo temblar. Clic—

Kagome fue sacada de los sonidos de dolor, su mente enfocada en ese clic, ese clic mecánico—el mismo clic que había escuchado momentos antes cuando el Capitán había disparado sus armas. Su cabeza se giró, la escena en cámara lenta mientras sus ojos instantáneamente se desviaban hacia el Sr. Carver quien estaba sentándose, su hombro izquierdo dañado más allá del uso pero el derecho perfectamente capaz.

Trató de abrir su boca, trató de gritar, trató de avisarle a quien pudiera escuchar, se levantó, sus pies apenas tocaban el suelo, se abalanzó pero estaba muy lejos y los segundos no eran así de largos.

Su boca se desplomó, el gatillo fue halado y sus ojos instantáneamente se dirigieron hacia Inuyasha justo a tiempo para verlo tambalearse, para ver la sangre brotar, para ver la mirada de dolor, la mirada de shock y sorpresa. El caos pareció pausar, nadie se atrevió a creer que el hombre invencible que había derribado solo a la mayoría de su gente, tenía sangre descendiendo por su mentón desde su boca.

El sonido de una respiración tortuosa la invadió mientras observaba sus oscuros ojos mirar hacia su estómago donde una sustancia carmesí aumentaba lentamente. Con incredulidad, sus dedos alcanzaron por ella, tocando el lugar con una mueca antes de retirar su mano, alejándola de la herida, sus dedos y palma de un profundo y mortal rojo.

"Qué divertido." Dijo el Sr. Carver rompiendo el silencio mientras reía, un sonido histérico. "Siempre pensé que su sangre no sería roja."

Kagome sintió algo reventar dentro de ella, algo profundo—una venganza personal que nunca había pensado tener. Sus manos se cerraron en puños, su corazón se enfrió y por primera vez en su vida, Kagome Dresmont sintió verdadero odio.

"Es suficiente!" Gritó mientras el aire rodeándola se alborotaba, una energía en aumento que sorprendentemente solo hizo que las personas de la turba sisearan mientras explotaba empujando a todos los que estaban a su paso. Los empujó, los lanzó lejos, como una barrera que sacaba todo lo que fuera indeseable. Brotó, creando un domo que ahora solo albergaba a Jinenji, a Haniyama (quien aún yacía inconsciente), a Kagome y a Inuyasha.

Dicho mitad demonio observaba paralizado mientras la energía Miko de Kagome hacía algo que nunca había sabido que una Miko era capaz de hacer. Había sacado a los humanos—y solo a los humanos que estaban tratando de lastimarlos. "Cómo—," pensó mientras una ola de mareo lo golpeaba y caía de cara contra el suelo, sangre brotaba de su estómago herido sobre las hierbas del jardín de Jinenji.

Kagome abrió sus ojos, su furia y rabia se disipó mientras la invadía otra emoción más urgente. "Inuyasha!" Gritó y corrió por él, sin darse cuenta de que la barrera que había creado se mantuvo aun cuando se movió, a diferencia de la primera vez que había creado una.

Cayó de rodillas en frente de su cuerpo caído, lágrimas se formaban en sus ojos mientras sus manos trataban de alcanzarlo pero se detuvo a medio camino, temblando de miedo. Jadeó, un sonido estrangulado siguió y mordió su labio sacándose sangre, su mente incapaz de comprender al caído hombre ante ella.

"Qué—" susurró entre respiros de pánico. "Qué hago—qué—no m-m-mueras!" Dijo finalmente mientras sus manos se estiraban y su quijada temblaba. Agarró el material de su chaqueta y estuvo a punto de rodarlo de espalda cuando las manos de Jinenji la detuvieron.

"No lo muevas!" Habló en un brusco susurro deteniendo sus manos, su lenguaje corporal aun tímido pero su voz llena de propósito. "Nada de movimientos rápidos o se desangrará más rápido." Murmuró mientras gentilmente giraba a Inuyasha de costado antes de rasgar un pedazo de su propia camisa y de presionarla en la herida sangrante. "Debemos detener el sangrado." Le dijo en su suave barítono y alcanzó por su mano, su anterior timidez olvidada momentáneamente en este momento de agobiante temor y crisis. Agarró su mano, halándola hacia Inuyasha, reemplazando su propia mano con la suya. "Sostenga fuerte su costado, ya regreso."

Kagome asintió apenas comprendiendo sus palabras mientras sentía la espesa sustancia de la sangre de Inuyasha humedecer sus manos. Trató duro de no gritar, trató duro de luchar contra la sensación que comenzaba a formarse en la boca de su estómago. Esta era una sensación que honestamente nunca había sentido en su vida. Era más allá de la desesperación, incluso del dolor. Era la innegable sensación de completa y total incredulidad y desesperación. "No mueras." Susurró mientras sus ojos se humedecían al punto de no poder ver pero eso no significaba que no pudiera sentir.

Sintió cuando brotó más sangre entre sus manos, caliente y quemando su piel. Inhaló un ahogado sollozo y presionó su mano y la tela más firmemente en la herida, esperando que la acción ayudara. Su respiración salía en bruscos jadeos mientras su mente comenzaba a correr—mientras sus pensamientos se tornaban innatamente oscuros y extraños.

"No puede morir." La idea se repetía en su mente una y otra vez. "Si muere entonces—yo—nosotros nunca—," Las lágrimas comenzaron a brotar, el borde de sus pestañas incapaces de contenerlas más. "Inu-y-ya-ss-s-ha." Sollozó abiertamente, sus gritos eran lo único que podía escuchar, todo lo demás estaba siendo bloqueado a tal extensión que no fue consciente de que Jinenji había regresado hasta que sintió que sus ensangrentadas manos eran retiradas. "No, alto." Sintió pánico y en su estado lanzó su mano hacia atrás preparada para abofetear a quien se atreviera a alejarla de él pero antes de que su mano pudiera hacer contacto con su asaltante, una voz la detuvo.

"No hay tiempo." Dijo Jinenji calmada y gentilmente mientras su enorme mano detenía el movimiento de la suya. "Debemos actuar rápido Srta. Kagome o la bala lo envenenará."

Kagome miró a Jinenji con sus aguados ojos, su mente apenas registró lo que había dicho. "Veneno?"

"Sí," Jinenji asintió mientras depositaba algunas provisiones junto a Inuyasha, un cuchillo, algunas hierbas, unos pocos harapos limpios, un tazón y la jarra de agua que había estado en el manto de la chimenea. "Esta bala está hecha de plomo." Le informó olfateando el aire para reiterar su punto. "El plomo es veneno para la carne de los humanos, en su actual estado le hará mucho daño." Jinenji terminó su corta explicación mientras alcanzaba rápidamente por la chaqueta del Capitán, removiéndola tan rápidamente que Kagome se lo perdió mientras parpadeaba.

Trabajando rápido, Jinenji rasgó la camisa interior del Capitán revelando la herida y haciendo que Kagome jadeara. Apenas podía ver el agujero por el cual la bala había entrado al cuerpo de Inuyasha por la cantidad de sangre que brotaba de la abertura.

"Hm," musitó Jinenji mientras agarraba la jarra y vertía algo de agua sobre la herida lavando la sangre. Inmediatamente, hizo a un lado la jarra y tomó un trapo para limpiar el agua levemente ensangrentada que rodeaba la herida. Asintiendo para sí, agarró el cuchillo haciendo jadear a Kagome.

"Qué estás haciendo?" Gritó ella alcanzando la mano de Jinenji, deteniéndola antes de que pudiera cortar la carne la Inuyasha.

"Srta. Kagome." Jinenji se sonrojó ligeramente mirando su mano en la suya pero rápidamente sacudió el color de su rostro. "No tenemos mucho tiempo." La urgió con su suave voz mientras hacía a un lado su mano. "Debemos actuar rápidamente o no llegará al amanecer." Los ojos azules de Jinenji le suplicaron. "Debe soportar al menos hasta el amanecer."

"Amanecer?" Repitió Kagome cuando la información finalmente la golpeó. "Regresará entonces?"

"Eso creo." Jinenji asintió firmemente mientras regresaba con Inuyasha, estudiando al hombre. "Esta herida," le dijo honestamente preparando el cuchillo. "Mataría a un humano pero—no a un demonio."

Kagome tragó y se giró mientras el cuchillo entraba en la carne de Inuyasha, el sonido de su piel siendo rajada era remarcablemente audible incluso para sus oídos. Se encogió, se sintió enferma y entonces Inuyasha gritó. Su cabeza se giró y ella jadeó mientras el valiente hombre que había conocido gimoteaba de dolor aun inconsciente. "Estás lastimándolo." Logró susurrar.

"Vivirá." Respondió Jinenji sin detener su trabajo, sus enormes ojos estaban enfocados en la tarea de buscar la bala. "No ha golpeado nada vital." Notó mirando a través de la herida, el brillo de la ensangrentada pieza de metal captó su visión desde su lugar incrustada justo debajo de una de las costillas de Inuyasha. "El cuerpo ha hecho su trabajo, las costillas han protegido lo que es vital." Jinenji maniobró su cuchillo, empujándolo detrás de la bala antes de halarla y sacarla de la carne mucho para su alivio. La herida rebozó con sangre, la sustancia comenzó a brotar previsiblemente. "Aun así, un humano normal fácilmente podría morir de esto." Notó Jinenji mientras observaba la sangre saliendo, no coagulaba como debía hacerlo instantáneamente si el Capitán hubiese estado en su forma demonio. "Debo mantenerlo vivo hasta el amanecer." Juró Jinenji en silencio. "Al menos hasta entonces."

"Aún está sangrando." Le susurró Kagome a Jinenji observando al hombre bajar la bala antes de agarrar la jarra y verter más agua sobre la herida.

Jinenji no le respondió, en verdad no tenía nada que decir sobre la hemorragia. La verdad era que, los humanos y los demonios coagulaban diferente. A los humanos les podría tomar horas coagular de una herida de esta extensión, a un demonio le tomaría cuestión de minutos pero ahora—el Capitán era un humano, su sangre demonio estaba en algún lugar profundo dentro de él, escondida hasta la luz de la mañana. Y sin esa sangre, no había nada que Jinenji en verdad pudiera hacer para detener el sangrado más rápido de lo que haría naturalmente, pero podría aliviar el dolor. Aun moviéndose rápidamente, Jinenji alcanzó las hierbas que había llevado, colocando las hojas en una enorme mano.

"Qué son?"

"Esta," indicó la hoja en su mano. "Es la hoja de un árbol de té, ayudará con la infección."

Las enormes manos de Jinenji trituraron fácilmente la hierba mientras hablaba, haciendo que las hojas se redujeran a pedacitos sin el uso de un majar o mortero. Sin más, Jinenji presionó la mezcla en el costado de Inuyasha haciendo que el inconsciente mitad demonio gritara una vez más y jadeara por respirar. El demonio lo ignoró fácilmente mientras frotaba la mezcla presionándola más y más profundo mientras el Inuyasha humano apretaba sus dientes de dolor pero permanecía inconsciente.

Jinenji frunció retirando su mano. Había imaginado que Inuyasha despertaría durante la remoción de la bala y aún permanecía inconsciente y jadeando—eso no era bueno. Suspirando, agarró su siguiente hierba o más específicamente raíz y la levantó para que Kagome la viera, sabiendo que querría saber. "Esto es raíz de jengibre, para el dolor y la inflamación." Le dijo mientras tomaba un pequeño tazón y trituraba la raíz en su mano, haciendo que algo del jugo en ella goteara en el pequeño recipiente. Agarró la jarra y añadió un poco de agua con la raíz antes de mezclarla con su dedo. "Levante su cabeza, Srta. Kagome."

Kagome parpadeó ante la gentil orden y tragó antes de asentir y gatear la corta distancia hacia Inuyasha. Sus ojos se abrieron cuando alcanzó su lado y finalmente fue capaz de distinguir claramente los rasgos de su cara. Estaba blanco, blanco como una sábana, su entrecejo lleno de sudor a pesar de la templada temperatura. Sus manos temblaban mientras alcanzaba por él y movía su cabeza hacia arriba permitiéndole a Jinenji abrir la boca del Capitán y forzar la mezcla por su garganta.

Inuyasha tosió instantáneamente y por reflejo tragó antes de, para sorpresa de Jinenji y de Kagome, abrir sus oscuros ojos. "Qué demonios." Fueron las primeras palabras en salir de su boca mientras miraba a Jinenji aun tosiendo levemente. "Qué demonios crees que estás haciendo?"

"Te dispararon." Le dijo el enorme demonio parpadeando sus grandes ojos. "Te di medicina para dormirte."

"Por qué demonios debería creer—," Las palabras de Inuyasha se detuvieron en seco mientras su costado se adormecía ligeramente, el dolor aun ahí pero no tan intenso. "Seré condenado." Murmuró para sí mientras su respiración parecía hacerse un poco más fácil. "Qué me diste?"

"Una especie de raíz de jengibre." Le informó Jinenji con un movimiento de hombro.

"Jengibre?" Inuyasha levantó una ceja y Jinenji asintió antes de mirar a Kagome enviándole un mensaje silencioso. "De acuerdo, probablemente no cualquier jengibre ancestral." Pensó Inuyasha para sí pero no presionó el tema, si no podía sentir el dolor de la bala entonces estaba mejor apagado, sin importar cuál fuera el agente adormecedor.

"Aun estás en peligro." Le dijo Jinenji honestamente mientras el enorme demonio se sentaba cruzando sus piernas con un movimiento de cabeza. "Pero puedo hacer que vivas hasta la mañana."

Inuyasha asintió entendiendo, una mirada de calma cubrió su rostro antes de registrar totalmente el hecho de que su cabeza estaba descansando en algo suave. Mirando hacia arriba, sus ojos se abrieron mientras veía los preocupados ojos de Kagome. "Kago-me?" El nombre se desvaneció mientras sentía algo húmedo golpear su rostro, como una gota de lluvia.

"Estás vivo."

Él la escuchó susurrar y su corazón casi se rompe ante el sonido de su dolor. "Sí," hizo una mueca de dolor intentando estirar su mano hacia ella pero el dolor golpeó su costado. "Mierda." Maldijo levemente y dejó caer su mano. "Esta cosa adormecedora no funciona una mierda." Le sonrió contradiciendo sus palabras de dolor, intentando calmar sus preocupaciones.

Ella trató de sonreír pero la imagen era forzada y llena de lágrimas contenidas. "Ten cuidado." Le dijo gentilmente.

"Las hierbas maquillarán el dolor," susurró Jinenji desde el costado, desviando la atención mutua de Inuyasha y Kagome y hacia su voz controlada y doctoral. "Pero no te protegerán si empeoras la herida."

Inuyasha asintió entendiendo, sus ojos se fijaron tras Jinenji cuando algo captó su mirada, un resplandor. "Barrera?" Reconoció con sorpresa. "Kagome, creaste una barrera?" La miró justo a tiempo para verla asentir.

"No sé cómo pero lo hice." Miró el extraño domo.

Jinenji frunció sus ojos cuando finalmente fue capaz de relajarse lo suficiente para notar la extraña barrera rodeándolos. Parpadeó antes de entrecerrar sus enormes ojos para poder ver afuera del extraño brillo rosáceo. Podía distinguir a los aldeanos, estaban gritando y levantando enojadamente sus antorchas, armas, y equipos granjeros y aun entre esas extrañas paredes no escuchaba ninguno de sus insultos.

"La Srta. Kagome hizo esto?" Habló, su voz titubeante. "Pero cómo? Eres humana, verdad?"

Kagome asintió. "Sí, soy humana."

"Tienen chamanes en las tribus por aquí?" Preguntó Inuyasha de repente, ya preparado con una explicación fácil para que Jinenji entendiera.

Jinenji asintió afirmativo rápidamente preparado para una explicación.

"Kagome es una chamán," explicó Inuyasha sin esfuerzo mientras inhalaba unos pocos respiros. Su costado estaba comenzando a doler un poco menos, mucho para su alivio. "Es una muy poderosa, sólo que no está bien entrenada."

"Oh!" Reconoció Jinenji fácilmente, el conocimiento lo iluminó. "No había notado que Kagome era una nativa." La miró tímidamente, un rubor coloreaba sus mejillas. "Eso explica el color de tu cabello y piel."

Kagome alcanzó y tocó su cabello ante el comentario pero se obligó a no hablar. Con su piel bronceada y su cabello naturalmente oscuro, no era de extrañar que la gente la identificara mal como una nativa.

"Cuánto tiempo durará su barrera, Srta. Kagome?" Inquirió Jinenji girándose para atender a su madre, ahora que todo de cierta forma estaba calmado.

Kagome frunció sus labios y trató de pensar en una respuesta para Jinenji pero no tenía ninguna. De hecho—miraba confundida la barrera—no estaba segura de cómo estaba sosteniéndola realmente. La última barrera que había creado la había forzado a sostenerla en su lugar pero esta estaba casi desconectada de ella. "No estoy segura," admitió finalmente, su voz temblorosa. "No sé cómo estoy manteniéndola en su lugar, mucho menos cuánto permanecerá así." Se giró para mirar a Inuyasha, esperando que tuviera algunas respuestas. "Esta no es como la última vez."

"Este es un tipo diferente de barrera." Respondió Inuyasha, inhalando un profundo respiro antes de obligarse a sentarse de su regazo. El dolor tiró de su costado pero no era más insoportable, la 'raíz de jengibre' de Jinenji realmente había hecho el truco. Con un profundo respiro se acomodó a su lado, cruzando sus pies mientras mantenía una mano en su herida como apoyo mental.

"Inuyasha?" Su voz era preocupada mientras hablaba haciéndolo sonreír para sí, feliz de que estuviera preocupada por él.

"Estoy bien." Le dijo seguro antes de continuar su explicación. "Cuando creaste esta barrera," señaló hacia el domo con su mano libre. "La desconectaste de ti."

Kagome frunció sus cejas ante sus palabras y arrugó sus labios. "Puedo hacer eso?"

"Aparentemente." Asintió secamente mientras señalaba de nuevo la barrera con sarcasmo.

Si Kagome notó el sarcasmo en su voz no lo mencionó. "No estoy secundándola?" Lo miró por confirmación, él gruñó asintiendo. "Entonces cuánto durará."

Inuyasha se encogió ligeramente, la acción lo hizo estremecer. "Durará tanto como pueda durar la cantidad de energía que pusiste en ella."

Kagome parpadeó con cuidado, tratando de comprender sus palabras pero quedó corta de entendimiento. "Qué significa eso?"

"Piénsalo como una lámpara de aceite." Comenzó a explicar Inuyasha, esperando que esta analogía tuviera sentido para ella y para Jinenji, quien estaba escuchando mientras limpiaba y atendía el rostro de su madre. "La lámpara solo dura en tanto haya aceite en ella, verdad?" Esperó a que una mirada de comprensión cruzara por su rostro, cuando lo hizo continuó. "Entonces el cuánto arda la lámpara de aceite depende de la cantidad de aceite que pongas en la lámpara en primer lugar." Señaló la barrera. "Tu energía Mi—de chamán es el aceite y la barrera es la lámpara. Así que depende de cuánta energía pusiste en ella, cuánto 'aceite', así durará la barrera."

Jinenji dejó que la cabeza de su madre descansara en su regazo, su vendaje terminado por ahora. Había estado escuchando la conversación y sintió tener una buena idea de los poderes de la Srta. Kagome pero aún, la explicación del Capitán no les ofreció un tiempo límite y el tiempo era su necesidad más importante en el momento. "Entonces," murmuró. "Cuánto pasará antes de que el 'aceite' se queme?"

Inuyasha frunció, en su actual estado—como humano—no tenía forma de decir cuánta energía espiritual estaba rodeándolo. Sin embargo, de cierta forma era consciente de los poderes de Kagome. Era fuerte, muy fuerte pero inexperta e inconsciente de cómo usar sus poderes sin que los alimentara las emociones. Era muy probable que sólo hubiese puesto energía en la barrera para detener el ataque inmediato de los aldeanos y si ese era el caso—la barrera no duraría mucho tiempo.

"Diría que no más de una hora a lo sumo." Concluyó finalmente mirando hacia la pared que detenía a los aldeanos de atacar, podía distinguir a los aldeanos a través de la barrera, en el momento observaban con curiosidad, algunos de ellos levantando armas para dispararle. Sonrió, ninguna bala podría penetrar una energía espiritual de este calibre.

La sonrisa abandonó su rostro mientras sus pensamientos continuaban. "Tal vez pierdan el interés," razonó consigo. "Si la barrera al menos durara una hora entonces probablemente se vayan, a atender a sus heridos." Inhaló un profundo respiro. "Si lo hacen tendría suficiente tiempo para curarme y cambiar." Frunció oscuramente e hizo una mueca. "Grasa posibilidad." Sabía que era altamente improbable de que los aldeanos los dejaran en paz, no cuando sabían que habían herido a un mitad demonio y que ahora tenían una buena posibilidad de matar no sólo a Jinenji sino también al herido.

"El sol no saldrá por un tiempo." Susurró Jinenji mientras acunaba a su madre a unos pies, regresando a Inuyasha a la conversación. "La barrera no durará hasta entonces, verdad?"

"Probablemente no." Les dijo Inuyasha honestamente.

"Qué haremos entonces?" Preguntó Kagome, su expresión dolida.

"Puedes crear otra barrera?" Sugirió Jinenji esperanzado.

Kagome frunció profundamente y desvió su mirada hacia su regazo antes de susurrar, "No sé cómo." Sus manos temblaban mientras las cerraba en sus pantalones. "Yo—no es así de simple—bueno, verás—la," Cerró sus ojos fuertemente, una sensación de inutilidad la inundó. "La única razón por la que pude levantar esta barrera fue porque," señaló el campo mientras brillaba ligeramente cuando un aldeano le disparó desde afuera. "Estaba enojada."

"Oh," Jinenji asintió. "Entonces no estás lo suficientemente bien entrenada para hacerlo por voluntad propia?"

"No." Admitió Kagome suavemente. "Si tan solo pudiera controlarlo, podría protegerlos a todos pero yo—cómo se supone que aprenda? No hay una escuela para esto!" Por un segundo pensó en su predecesora, pensó en Kikyo. "Quién te enseñó, Kikyo?" Preguntó ella, el nombre haciendo eco en su cabeza. "O sólo eras—más lista que yo." Sus ojos flamearon tratando de contener lágrimas inútiles. "Probablemente podías hacer una barrera sin pensarlo, verdad?" Algo dentro de Kagome, una pequeña voz de inseguridad, le dijo que 'sí', por supuesto que Kikyo había sido capaz, Kikyo era diferente a ella en ese sentido.

"Bueno," la voz del Capitán la sacó de sus pensamientos. "No te preocupes por eso. No hay nada que podamos hacer ahora Kagome." Le dijo Inuyasha firmemente, sacándola de sus pensamientos auto despreciativos. "En este momento necesitamos enfocarnos en nuestro problema actual." Les dijo sosteniendo su estómago, algo de sangre brotó entre sus dedos mientras temblaba de un dolor al que no estaba acostumbrado. "Odio ser humano." Gruñó para sí inhalando unos profundos y controlados respiros. "No puedo pelear así pero—podríamos no tener opción." Miró a Kagome y a Jinenji, el único de ellos capaz de pelear era Jinenji pero era demasiado gentil para algo tan sangriento. Inuyasha desvió la mirada ante la idea, sus ojos se posaron en una de sus armas que no estaba muy lejos y en los confines de la barrera, "Tienes algunas balas, Jinenji?"

"Lo siento," murmuró el enorme demonio mientras sus grandes ojos se agachaban. "Mamá y yo no tenemos un arma."

"Espera." Kagome detuvo la conversación. "No estás pensando en pelear, verdad?"

"Bueno—"

"No puedes pelear así!" Protestó Kagome antes de que pudiera mencionarlo como una idea.

"Sí," aceptó Jinenji instantáneamente, sus enormes ojos se abrieron con conocimiento. "Si peleas antes de que salga el sol morirás." Su voz era demandante pero también un poco atemorizada. "Pensaremos en algo más, ti-e-ene que haber algo más."

Inuyasha se calló entonces, su expresión contemplativa mientras pensaba—qué harían si no podía pelear? Jinenji y Kagome tenían razón, razonó mientras el dolor en su costado lo golpeaba. Inuyasha sabía que no estaba en condición para pelear, pero si no peleaba entonces quién? Inuyasha respiró profundamente, sus ojos aterrizaron en Jinenji, su única opción. "Pero Jinenji no es un peleador." La parte racional de su mente habló pero Inuyasha la ignoró. Sabía que Jinenji no era un peleador, Jinenji nunca sería un peleador pero si querían salir de esto con vida, entonces Jinenji necesitaría enfrentarlos por ellos.

E Inuyasha sabía que era perfectamente capaz de hacerlo. El mitad demonio era fuerte, lo había visto de primera mano cuando rompió la rama de un árbol con sus manos. Sí, su cuerpo era capaz pero qué había de su alma?

Inuyasha dejó que la idea siguiera su curso, empujando sus emociones. El alma de Jinenji no era capaz de una pelea. No era lo fuerte suficiente para pelear, no estaba diseñada para pelear. No estaba en su naturaleza a pesar de su sangre de demonio. Pero eso no importaba. La habilidad natural y el amor por pelear no eran necesarios en este caso. No—no eran necesarios en absoluto. Aun si alguien no amaba pelear, aun si a alguien no le gustaba o incluso lo odiaba, podía ser persuadido de hacerlo. Sí, podrían ser convencidos por el bien de algo digno por qué pelear, o más importantemente, digno de vivir.

"Mi hijo y yo tenemos este dicho." Inuyasha habló de repente, su voz suave y reflexiva. "Peleamos por vivir." Miró a Jinenji, sus ojos de un negro gentil. "Pero para hacerlo, tienes que tener algo por qué vivir, si no hay razón para vivir entonces no tienes razón para pelear por tu vida." Sin pensar en eso, miró a Kagome quien observaba la conversación con interés.

Por un momento pensó en decirle a Jinenji que Kagome era por lo que vivía pero el indicio solo duró un momento antes de desaparecer por completo. Ahora no era el momento. Obligándose a desviar sus ojos de los hermosos ojos grises de Kagome miró los enormes ojos azules de Jinenji que estaban estudiándolo, esperando el resto de sus palabras.

Inuyasha le dio al joven una mirada severa y confiada, como era su marca. "Tienes algo por qué vivir, Jinenji?" Añadió para sí en silencio. "Algo digno por qué pelear?"

El demonio pausó, su mente trabajaba en todos los prejuicios, todo el odio, cada cicatriz en cada parte de su cuerpo. Había sido atormentado, quemado y golpeado, toda su vida había sido una habitación negra en la cual estuvo atrapado sin nadie para ayudarlo, para darle una luz. Desde que era un niño había sido desdeñado, había sido burlado y odiado. Era dos caras de una moneda en el aire, una moneda que nunca aterrizaba y nunca le decía a qué raza pertenecía. Así como Inuyasha, nunca podría ser uno o el otro—era ambos, un demonio y un humano.

Jinenji bajó la mirada ante la idea, la ironía no se le escapó. Tenía la sangre de dos razas, una conexión a dos razas y aun esa conexión también era su ruina. Los demonios odiaban al humano en él y los humanos odiaban al demonio en él. Esto siempre sería verdad. Él siempre sería odiado, despreciado por algo o en verdad había una parte de él que no podía controlar. Así que por qué vivir? Por qué vivir por esto, a través de este sufrimiento sin fin, a través de esta larga vida donde nunca, nunca sería aceptado.

Cerró sus ojos ante la idea, una sonrisa triste en su cara. No tenía nada por qué vivir—no tenía nada en absoluto, sólo dolor y tortura y personas que siempre lo odiaban por algo que no podía controlar. Era odiado por todos, despreciado; lo querían muerto—todos en el mundo deseaban que no existiera. Estuvo por hablar, por decirle a Inuyasha que no tenía nada por qué vivir pero antes de poder abrir su boca se dio cuenta de que el Capitán no estaba mirándolo más. El Capitán estaba mirando a la Srta. Kagome, sus oscuros ojos la miraban como si fuera una diosa.

Jinenji frunció, sus propios ojos azules enamorados por la mirada de amor en el severo rostro del hombre. Se preguntó si le había dicho a Kagome, si ella sabía que estaba enamorado de ella. Se preguntó si Inuyasha se lo había admitido a sí mismo. "Probablemente no." Pensó Jinenji, sus labios formaron una sonrisa. "Pero ha admitido algo más, verdad?" Parpadeó sus grandes ojos. "Él vive por ella, no es así?" Pensó para sí, "Vive por su aceptación, por su gentil sonrisa, por su ingenua inocencia. Pelea para protegerlo para que pueda vivir para verlo a salvo." Los ojos de Jinenji se entristecieron y se giró para mirar su regazo solo para ver el gentil y durmiente rostro de su madre.

Ella gimió suavemente de dolor y sintió apretarse su corazón. "Mamá." Susurró para sí, sus ojos azules abiertos con una sorprendente realización. "Ella me acepta, sonríe por mí." Pensó mientras observaba arrugarse el entrecejo de su madre. "Si muriera quién protegería esa sonrisa?" Alcanzó una mano hacia el entrecejo de su madre, retirando sus mechones grises de su sudorosa piel. "Quién la haría reír, quién aliviaría su dolor si yo no estuviera aquí?"

"Jinenji." De repente, susurró la anciana mientras sus ojos se abrían. "Jinenji, estás bien?" Su voz con un tono áspero.

"Sí, mamá." Le dijo suavemente y tragó.

"Gracias a Dios." La anciana sonrió pero la gentil mirada se desvaneció lentamente. "Me siento tan cansada."

"Duerme, mamá." Animó Jinenji suavemente. "Todo estará bien cuando despiertes."

"Sí-i-i, bie-en." Murmuró la anciana mientras su cabeza se ladeaba y se desvanecía una vez más.

Por varios momentos, Jinenji miró a su madre, sus enormes ojos azules la estudiaban con tal escrutinio que casi parecía como si estuviera tratando de ver a través de ella. "Tu vida," pensó mirándola. "Renunciaste a tu vida por mí, para amarme y criarme. Lo diste todo por mí." Pasó sus largos nudillos sobre el dorso de su rostro. "Tengo que protegerte, proteger tu felicidad y sonrisas. Eso es lo menos que puedo hacer a cambio por amarme, por aceptarme como soy, un mitad demonio."

Un calor brotó en Jinenji, una calidez causada por una conexión que nunca había hecho. Tenía a alguien, alguien por quien vivir, alguien más importante que nada, alguien que lo amaba así como era él sin importar la sangre. Después de todo, como su madre le había dicho con frecuencia, para que un mitad demonio naciera debía haber amor.

Se giró de ella, sus ojos aterrizaron en el Capitán. "Tengo algo—," comenzó lentamente, su voz suave, un gentil barítono. "Por qué vivir."

Inuyasha sonrió en respuesta motivándolo a continuar.

"Por ella." Le dijo a Inuyasha, su voz fuerte y preparada. "Vivo por ella, por su felicidad, por su aceptación y su amor."

Inuyasha sonrió. "Es algo bueno por qué vivir."

"Sí," aceptó Jinenji mientras gentilmente movía a su madre a un lado y se levantaba a todo su alto, su cabeza casi tocaba la cima de la barrera. "Es digna de vivir por ella, digna de pelear!"

La barrera parpadeó ante las palabras de Jinenji como si sintiera que ahora era el momento para levantarse, para pelear finalmente. Inuyasha observó mientras el brillo comenzaba a derrumbarse lentamente en la cima de la barrera, no duraría mucho ahora, tal vez cinco minutos a lo sumo antes de que la barrera se desplomara. Con un profundo respiro se levantó, haciendo una mueca cuando el dolor en su costado volvió por un segundo antes de disiparse.

"Una planta mágica buena." Murmuró para sí sosteniendo la herida, presionando contra el vendaje para ayudar a soportar el dolor.

"Inuyasha?" Kagome también se levantó moviéndose para detenerse junto a él, sus manos tocaron su brazo como si fuera lo más natural en el mundo. "No vas a pelear, verdad?"

Inuyasha apretó sus dientes. "No puedo prometerte nada, Kagome." Le dijo honestamente. "Pero—confío en Jinenji," se giró mirándola con ojos oscuros y determinados; ojos que casi le recordaban a Miroku, profundos y encantadores. "Él no nos fallará y en tanto como sea verdad, no pelearé."

Kagome no habló pero asintió entendiendo. "Debemos mover a Haniyama."

Inuyasha miró a la anciana y asintió, girándose rápidamente hacia la anciana quien yacía en el suelo a unos pies. "Sujeta sus pies." Le ordenó a Kagome quien actuó rápidamente.

Ella agarró los tobillos de la anciana mientras el herido Capitán colocaba sus brazos bajo sus axilas, levantándola. Apretó duro sus dientes mientras el dolor lo inundaba instantáneamente pero por el contrario lo ignoró hasta que lograron mover a Haniyama más cerca a la casa, no queriendo ponerla dentro si los aldeanos lograban prenderle fuego.

"Quédate con ella." Le ordenó Inuyasha mientras se movía hacia Jinenji quien estaba parado alto y firme, sus ojos enfocados en la barrera derrumbándose lentamente.

"Pero—" Kagome comenzó a hablar pero fue detenida cuando la gentil voz del Capitán golpeó sus oídos.

"Kagome," susurró, el tono de su voz diferente a lo normal, sonando casi—amoroso en vez de severo o demandante. "Yo nunca—," pausó, su espalda todavía hacia ella, sus hombros rectos y desafiantes, llenos de tensión. "Nunca me perdonaría si fueras lastimada en esto, Kagome." Sus palabras flotaban en el aire mientras se daba la vuelta para mirarla, sus ojos llenos de tanta emoción que Kagome se vio completamente paralizada, maravillada por la enorme cantidad de deseo, amor y preocupación que le permitió ver.

Él nunca le había mostrado este lado de sí, nunca le había mostrado cuánto—aparentemente—se preocupaba por ella, cuánto le importaba. Pero en este momento, mientras permanecía de pie asimilando sus palabras, pudo ver todo tan claro como el día. Estaba en esos encantadores ojos oscuros, estaba en su naturaleza humana. "Podría ser que—el humano en él es más—," buscó la palabra correcta. "Emocional?"

"Así que por favor," su voz le llegó otra vez, una mirada de dolor que no tenía nada que ver con su costado era evidente en su rostro mientras le hablaba. "Quédate aquí, donde estás a salvo."

Ella tragó, una hormigueante sensación comenzó en la boca de su estómago mientras contemplaba sus suplicantes y apuestos rasgos, sus palabras causaron dolor en su corazón. Cómo podría decirle 'no' a una cara como esa, a palabras como esas? No había manera, ninguna en lo absoluto. Asintió y él sonrió, su corazón casi se detiene en su pecho mientras la misma calidez que siempre había hecho fluir por ella llegaba con diez veces más de fuerza. "Me quedaré aquí pero—," se encontró diciendo. "Tienes que prometerme que tendrás cuidado."

Él asintió, su rostro pareció relajarse con sus palabras. "No te preocupes por mí, he pasado por cosas peores que esta," levantó una ceja. "No puedo pensar en algo peor en este momento," rió para sí. "Pero regresaré contigo si pienso en algo."

Ella rió ligera, verdaderamente divertida por sus palabras antes de que su expresión cambiara a una de contemplación. "Lo harás, verdad?"

"Haré qué?"

"Regresar a mí?" Le dio una llorosa sonrisa. "Me hablarás sobre eso, después, de acuerdo?"

Inuyasha le dio una extraña mirada por un segundo antes de que la realización lo inundara. Había un significativo duelo en sus palabras, un significado que entendió, un consuelo que sabía que necesitaba. "Mañana," ofreció llanamente. "Te hablaré de eso mañana."

Kagome asintió, las palabras del Capitán calmaron levemente su asustado corazón. "Me contará mañana." Se aseguró. "Porque tiene que vivir durante esta noche."

Fin del Capítulo

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-.-.-.-.-.-.-.-.-

N/A: Bueno, espero que lo hayan disfrutado! Este capítulo fue un poco difícil de escribir desde la perspectiva de intentar retratar a Jinenji pero espero tener el escenario adecuando para la batalla que está por suceder. Promete ser de mucha acción. Vamos, Inuyasha fue herido, Kagome no sabe cómo usar sus poderes, Jinenji está dispuesto a pelear pero en realidad podrá hacerlo y encima de todo eso—qué está pasando con Kaede y Naraku… OMG, está sucediendo tanto! Qué demonios va a pasar, el suspenso está matándome—bueno, en realidad sé lo que va a pasar pero estaba canalizando sus emociones.

Notas:

Árbol de té: la planta del árbol de té con frecuencia es usada como un aceite esencial y no una hoja. Es nativa de Australia pero es posible que Jinenji pudiera adquirirla durante este período de tiempo. Aunque la posibilidad es pequeña. El árbol de té es conocido como un desinfectante natural así como una cura milagrosa para cualquier cosa, desde raspaduras hasta dolores de cabeza. Algo interesante, si ingerir árbol de té es venenoso para los humanos como para los demonios, no tengo idea.

Raíz de jengibre: la raíz de jengibre es conocida por sus cualidades curativas en las culturas nativas americana y asiática. Es tomada oralmente como es conocida para ayudar con la inflamación de las articulaciones así como para aliviar dolores menores cuando se administra apropiadamente. Como podrían suponer, en este fanfiction Jinenji no está usando una raíz de jengibre ordinaria sino una forma más poderosa.

Mortero y Maja: el equipamiento usado para triturar hierbas en polvo. Es un pequeño tazón hecho generalmente de piedra y un utensilio que tiene un extremo redondeado hecho de piedra.

Nota de Inu: Hola a todos! Espero se encuentren bien. No suelo escribir notas en esta historia pero quería tomarme el atrevimiento para agradecer a todos los queridos lectores por el apoyo y la paciencia que me tienen entre las actualizaciones. Me alegra mucho que los haya atrapado tanto esta historia y que se tomen el tiempo para dejarme sus lindos y motivadores comentarios. En verdad es un gusto traducir este fic, tanto que me gusta tomarme mi tiempo para corregir cada capítulo y releerlo varias veces hasta dejarme satisfecha. Espero me entiendan pues el compromiso con ustedes es grande y la historia bastante compleja como para echarla a perder por algún error en la traducción, jejeje. Bueno, sin más, espero que les haya gustado y los haya dejado picados con lo que pasará en el siguiente capítulo. Hasta pronto!

P.D: Siiiiiiiii, el Capitán es lo máximo! ::babas::