SHIKURO: UN CUENTO DE HADAS EN EL CARIBE
Por Inuma Asahi De
Traducido por Inuhanya
Disclaimer: La escritora no posee ninguno de los personajes creados por Rumiko Takahashi pero todos los demás desearían que sí. Todos los personajes originales o conceptos son de la autora Inuma Asahi De (a excepción de las figuras históricas).
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Capítulo Treinta y Nueve:
Un Interludio
El sol entraba en la pequeña habitación brillando con su matutino esplendor sobre el rostro pacíficamente durmiente de Kagome Dresmont mientras yacía recogida sobre el piso en una improvisada cama. El sol se movía sobre sus rasgos resaltando sus pómulos y sus labios rosáceos separados magnificentemente mientras la brisa soplaba por la ventana abierta tocando su cabello con una leve caricia. Un suave mechón que rozaba sobre su nariz le hizo leves cosquillas con su ligero contacto. Arrugó su rostro por el roce y mordió su labio antes de suspirar y girar su cabeza hasta que el cabello se movió por su propia voluntad dejándola en paz una vez más. "Hm," gruñó antes de hundir su cabeza en la suave almohada debajo, su rostro encantador e inocente, sus mejillas rosadas, delicadas y casi infantiles.
Sentado a su lado, recostado contra la pared con una pierna extendida frente a él y la otra con la rodilla fuertemente flexionada contra su pecho, Inuyasha sonrió suavemente mientras la observaba dormir, su mentón descansaba en su rodilla. "Ella es—" Pensó para sí, su impresión sobre ella se volvió aún más cariñosa mientras ella inconscientemente lamía sus labios y suspiraba. "Hermosa." La idea llegó y pasó mientras sonreía, sus ojos enfocados en ella apreciando la forma en que el aire fluía entre esos labios asombrosamente generosos. Dentro y fuera—dentro y fuera. Su rostro se oscureció, sus ojos se volvieron más fundidos en color y melancólicos. "Yo casi," susurró en el suave aire matutino. "Ella casi—," gruñó y suspiró fuertemente cerrando sus ojos. "Esa respiración casi se detiene." Admitió levantando lentamente su cabeza de su rodilla, sus brazos se elevaron para rodear la extremidad, acercándola más a su pecho mientras su cabeza se echaba para atrás.
La idea lo carcomía con dientes afilados, desgarrando su pecho mientras su expresión se oscurecía más y más, ese momento lo perturbaba. El dolor que había sentido cuando se había dado cuenta que no estaba respirando, el dolor que había sentido cuando Jinenji le dijo que estaba muerta y que no había nada que hacer por ella sino la solitaria oscuridad de lo desconocido, casi lo había (a falta de un término mejor) matado. Distraídamente, alcanzó para tocar su mejilla, recordando la extraña humedad que se había reunido ahí. En el momento, había parecido sobrenatural pero viéndolo ahora sabía lo que había pasado: había llorado. Inuyasha apretó sus dientes por un segundo mientras su corazón revivía brevemente ese momento cuando se había perdido en su propia angustia y dolor. Lentamente, abrió sus ojos mientras la sensación se desvanecía y consideraba su cuerpo ahora durmiendo pacíficamente pero para su borrosa visión todo lo que podía ver era su cuerpo pálido y sin vida, tendido en un campo de hierbas, su pecho ni subía ni bajaba.
"Kago—," Comenzó a hablar pero se detuvo permitiendo que sus ojos se fruncieran como si estuviera adolorido. "Nunca he," pensó agachando su cabeza, descansándola una vez más sobre su rodilla. "Nunca antes he sentido dolor como este. Nunca." Inhaló un profundo respiro conteniéndolo mientras su pecho se apretaba. "Nunca he querido—sentido la necesidad—," siseó y cerró su puño, tronando los nudillos. "Nunca he llorad—." Las palabras murieron en sus labios y gruñó, una parte de él sintiéndose débil por tener las emociones pero sabiendo por qué se había sentido de esa forma. "Es porque era humano." Razonó, el nuevo torrente de filosofía demoníaca fuerte en su mente.
No estaba en la naturaleza de demonio sentir la necesidad de llorar o volverse tan emocional por algo como una muerte, incluso la muerte de un ser amado. El demonio sólo odiaría, se volvería violento, pelearía, y amenazaría como lo había hecho el lado demonio de Inuyasha. Había rugido, gruñido y le había dicho cosas horribles a Jinenji, queriendo nada más que matar lo que la había lastimado y destruir lo que no había sido capaz de salvarla pero ese fue el demonio. El humano en él que lo había controlado en el momento era una historia diferente. Había sentido la falta de conexión, sintió a Kagome alejarse tan vívidamente y aun así no había conocido la rabia, no había conocido la violencia, o incluso el odio. El humano sólo había reconocido el dolor y su respuesta, lo único que había sabido qué hacer, fue llorar. Así que ahora mientras estaba sentado de nuevo como un mitad demonio, con la sangre demoníaca de la razón corriendo por sus venas, no pudo evitar sentirse débil por haber dejado que esa emoción humana lo dominara tan fuertemente.
"Cómo pude?" Se preguntó y una pequeña voz en su mente razonó que estaba bien, tener emociones no te hacía débil, sentir dolor no lo hacía menos fuerte o menos hombre. Sin embargo, dile eso a un demonio y nunca te creerá. Inuyasha llevó una mano hacia su rostro y la frotó en sus ojos, todavía se sentía cansado y levemente abrumado por sus dolorosos recuerdos difíciles de ignorar. Ese pequeño hormigueo en su corazón era demasiado. "Incluso ahora duele." Susurró su mente e Inuyasha no pudo evitar sonreír tristemente. "Cuánto tiempo pasará hasta que el dolor desaparezca?" Murmuró distraídamente, una parte de él no registró que había hablado. Rió levemente y echó hacia atrás su cabeza permitiéndole descansar contra la madera de la pared. "De todos modos no importa," se dijo, esta vez su mente registró sus palabras. "Está viva, verdad? Vivió y es todo lo que importa, Kagome vivió." Un cosquilleo en su estómago lo hizo sentir nauseabundo por un momento, su propia declaración revolvió una sensación irracional de temor.
"Okaa-san!"
Inuyasha parpadeó, el maternal llamado hizo que su pecho sintiera como si hubiese sido perforado. Era la misma sensación que había sentido cuando observó el cuerpo sin vida de Kagome pero incluso peor. "Qué?" Preguntó mientras lo abordaban los recuerdos—recuerdos dolorosos de momentos dolorosos, dolores que se había obligado a olvidar pero que no pudo contener más.
"Okaa-san!" Gritó, sus ojos buscaban por los alrededores mientras las pequeñas casas rodeándolo comenzaban a arder, el olor a humo hizo que su cabeza se sintiera confusa y sus ojos llorosos. "Okaa-san, dónde estás?" Gritó mientras levantaba su manga para cubrir su nariz, esperando que eso pudiera evitar algunos de los efectos que sabía tendría el humo en su sistema.
Saltó cuando el sonido de un techo cercano desplomándose bajo el peso de las llamas golpeó sus oídos, su cabeza se giró de golpe para ver la destrucción con enferma fascinación. Miraba con ojos abiertos, las llamas gigantes se reflejaban en su visión. La casa estaba siendo devorada, consumida. Se estremeció cuando los pequeños y costosos vidrios de la ventana estallaron, los vidrios volaban por doquier mientras el fuego empujaba y devoraba hambriento como un monstruo la madera que los rodeaba.
"Ayúdenme, ahh!"
Cayó hacia atrás por la intensidad del grito que salió de la casa, sus manos apenas tuvieron tiempo para apoyarlo para no lastimarse. Inuyasha observaba con pánico mientras un aldeano corría de la casa ardiendo, su cuerpo cubierto con llamas, su carne prácticamente derretida por el calor de ellas.
"Ayuda," gritó otra vez cayendo de rodillas, rodando en el suelo en un intento por apagar su carne con la tierra del camino. Fue inútil. "Ayu—da—," trató de gritar de nuevo, sus manos estiradas al frente, las llamas aun carcomiendo su piel. "Ah—pr—vor—." Sus palabras murieron en su garganta mientras el fuego lo consumía. "M—."
Su voz se interrumpió al mismo tiempo que su vida.
Inuyasha permaneció sentado ahí por unos segundos con su cuerpo temblando, sus jóvenes ojos miraban al hombre ante él quien estaba claramente inmóvil ahora. Las llamas continuaban consumiéndolo, comiéndose su cuerpo poco a poco, el olor de carne humana nauseabunda para la sensible nariz de Inuyasha. Sintió la bilis subir por su garganta, sintió sus ojos comenzar a aguarse, los secó, lanzándose sobre sus manos y rodillas y prontamente expulsó todo lo que había comido ese día.
Atragantado por el sabor de sus propio vómito, Inuyasha se arrastró tan lejos como pudo del olor a carne quemada, sus aguados ojos apenas registraban el caos rodeándolo mientras toda la aldea comenzaba a arder en llamas; otras personas emergían de sus cabañas, algunos en llamas, algunos vivos pero gritando los nombres de los seres queridos que no lo estaban.
"Por qué?" Se encontró susurrando, sus ojos borrosos mientras miraba el caos rodeándolo. "Nanio?" Toda la aldea estaba ardiendo, hundiéndose lentamente en la inexistencia y todo por la plaga y el miedo del gobierno a que pudiera propagarse. Sintió lágrimas en sus ojos, sintió dolor en su corazón. "Nani?" Susurró de nuevo, su lengua nativa tensa en su garganta.
Gradualmente, su cabeza miró alrededor como si estuviera aturdido, sus ojos observaban mientras más y más gente caía consumida por las llamas ocasionadas por funcionarios amigos. Su nariz trató de olfatear el aire, trató de encontrar su olor, el aroma de su madre entre el desorden. No olió nada sino fuego y la carne quemada de la muerte.
"Tengo que—," susurró mientras se obligaba a levantarse de sus manos y rodillas, sus ojos abiertos, aún muy joven para vivir semejante shock. "Okaa-san wa—," trató de decir mientras se empujaba hacia adelante lo mejor que podía, sus ojos aturdidos pero aun buscando, tratando de encontrarla. Tenía que encontrarla. Tenía que hacerlo.
Inuyasha se obligó a dar un paso, sus pies temblorosos y su cabeza dándole vueltas mientras trataba de ver en todas direcciones a la vez. "Okaa-san—," trató de gritar pero el sonido salía amortiguado. Cerró sus ojos, mordió su labio, de nuevo contuvo la bilis antes de gritar. "Okaa-san!"
Su voz reverberó en la pequeña aldea pero ninguna dulce voz le respondió. Sintió su corazón desplomarse en su estómago, sintió su mente tornarse más borrosa mientras miraba a su alrededor como si el mundo estuviera andando en cámara lenta. Sintió el dolor y el temor de lo desconocido empujando en su alma. Las lágrimas comenzaron a perturbar su visión—tenía que encontrarla, tenía que hacerlo.
El recuerdo se desvaneció o en realidad Inuyasha lo interrumpió y lo encerró mientras cerraba sus ojos fuertemente. Inhaló un profundo y tembloroso respiro, su mente tembló momentáneamente mientras su corazón se aceleraba. "Okaa-san." Susurró suavemente, su voz sonaba pequeña, joven. Su mano temblaba mientras la levantaba hacia su cabello agarrando fuertemente un puñado de los mechones mientras trataba de recordar su rostro. Cabello y ojos negros—era la única en su familia que los tenía—el aroma a diente de león y un arroyo, un río? Su piel era tan pálida, siempre pálida aun cuando pasaba tiempo en el sol era simplemente hermosa. Inuyasha sonrió levemente pero la expresión no duró.
"Okaa-san!"
Tragó saliva, el resto de ese recuerdo lo empujó tan duro que casi atraviesa su represa de protección pero se rehusó, no podía dejarlo entrar, no podía recordar a la mujer que lo había amado, que había perdido su vida por él. "Cuántos años tenía entonces?" Pensó para sí, su voz interior suave como si no quisiera ser escuchada, no quería recordar. "Doce—trece? Tal vez un poco mayor, o más joven." Su mente pareció responder sin su consentimiento. "Era tan joven, muy joven." Se dijo, su mente lentamente volvía a recordar la culpa. "Si solo Nii-chan—." Gruñó bajo en su garganta, la idea de su hermano hizo erizar su piel. Resopló, los recuerdos se disiparon a favor del tema menos desalentador. "Ese bastardo traidor—" Cerró sus ojos de nuevo, rehusándose a decir lo que venía después. "No importa." Se dijo pero eso no detuvo el dolor asociado con la única otra mujer que lo había aceptado verdaderamente. "Maldición." Maldijo y hundió una de sus garras en su pierna tan profunda como pudo.
"I—ya."
Los ojos de Inuyasha se abrieron de golpe cuando su voz acarició sus oídos. "K—," su voz se congeló en sus labios mientras asimilaba la vista. Se había girado para encararlo en el momento en el que había estado pensando, su chaqueta que había estado fuertemente cerrada para calentarla ahora estaba ligeramente abierta en sus hombros, la suave camisa de algodón que era muy grande para ella también caía, exponiendo su delicado y delicioso cuello junto con la marca que había dejado en su carne tiempo atrás.
Tragó saliva, sus ojos enfocados y su expresión apretada mientras miraba esa marca, esa señal de completa y total aceptación. El perro en su carne lo miraba, sus oscuros ojos rojos alertas e intensos como si lo desafiaran. Debajo brillaba su nombre en kanji, cada caracter un perturbador recordatorio de que Kagome era suya y solo suya—de que era suya para protegerla hasta el día que él muriera.
"Eso no es verdad." Susurró peligrosamente una voz en su interior, era hosca y demoníaca. "La marca se puede desvanecer, no es permanente. Si la reclamamos ahora, la marca se queda para siempre."
Inuyasha estrelló sus orejas en su cráneo. "Ella no es nuestra para reclamarla." Refunfuñó en el aire, respondiéndole a la voz dentro de su cabeza. "Si desaparece tendremos que dejarla i—," de nuevo se interrumpió, incapaz de tratar con sus propios pensamientos.
"La reclamaremos." Murmuró en respuesta, más desvanecida esta vez pero aún fuerte y temperamental. "Entonces nunca se irá."
"Tst." Inuyasha chasqueó su lengua, estirando su flexionada rodilla en frente de él mientras levantaba una mano para frotar el puente de su nariz. "No es así de simple." Se dijo pero la voz no respondió, el demonio en él desapareció por ahora. "No es así de simple."
"Ya." Murmuró Kagome de nuevo haciendo que Inuyasha se volviera hacia su cuerpo. "Sh." Terminó tan suavemente que las orejas de perro de Inuyasha tuvieron que enderezarse para escucharla. "A."
Sonrió ante esa última sílaba, incapaz de detener que su rostro se iluminara con orgullo ante la idea de que pudiera estar diciendo su nombre. "Gracias a Dios soy un demonio." Murmuró, sus orejas retorciéndose, captando cada posible sonido, incluso el sonido distorsionado de su nombre en sus labios. Echó su cabeza hacia atrás, descansándola contra los sólidos troncos de madera de la pared, sus ojos miraban el cielo afuera mientras sus brazos se cruzaban sobre su pecho. "Han pasado dos días." Inuyasha tomó un profundo respiro mientras la idea entraba en su mente. "Dos largos días desde que ella—murió." Una vez más, su mente lo devolvió a su muerte y apretó sus dientes cuando la sensación de ese dolor regresó para perturbarlo de nuevo. "Por qué?" Quería gritar pero en vez lo hizo en su cabeza. "Por qué me afectó tanto?" Echó hacia atrás su cabeza, golpeándola contra la pared. "No es como si fuera mi madre," razonó estrellando su cabeza de nuevo, tratando de no ser muy ruidoso. "Mierda, no me sentí así cuando Kikyo—."
Se paralizó, las palabras murieron. Kikyo. No había estado ahí cuando murió pero cuando lo descubrió no había pensado en llorar. Solo había sido capaz de permanecer en frente de su tumba mientras la pequeña Kaede lloraba de dolor.
"No era humano." Se dijo rápidamente, una parte de él temeroso de pensar que lloró por Kagome y no por la mujer que había amado alguna vez. "Por eso llo-r-é por Kagome, porque era humano." Se estremeció mientras decía la palabra 'lloré' encontrando difícil decirla en voz alta. Inuyasha suspiró, sus palabras sabían más amargas en su boca no sólo porque fue duro para él decirlas sino porque se dio cuenta que estaba mintiéndose. Sabía—verdaderamente sabía que incluso si hubiese sido un demonio, habría llorado cuando vio muerta a Kagome. Asintió para sí pero no presionó el asunto, no estaba listo para tratar con ello realmente.
"Ella te acepta y eso es muy importante como para perderlo. Sabes que por eso lloraste, deja de negarlo."
Inuyasha saltó y miró alrededor, ese no había sido su demonio hablándole, podía haber jurado que esas palabras no estaban en su cabeza pero habían sido dichas en voz alta o tal vez solo fueron un fragmento en su mente que había sido así de claro y significante. Cerró sus ojos otra vez, permitiendo que la idea lo inundara, sabiendo que era verdad. Muy cierta. "Cuándo yo—," susurró mientras abría sus ojos y consideraba su gentil rostro durmiente. "Cuándo llegué a necesitarte tanto en mi vida, Kagome?" Sabía que en verdad era imposible determinar con precisión un momento, parecía que desde siempre, desde el momento en el que sus labios habían tocado su mano.
Inuyasha sonrió ante el recuerdo de su suave piel, ante el recuerdo de cómo se había sonrojado, cómo su aroma había aumentado y sus labios se habían separado. Esos labios, esos labios—los que él había besado, que se separaban tan delicadamente cuando dormía. Esos labios que tarareaban, que cantaban cuando nadie la escuchaba, que hablaban palabras tan frágiles y mundanas. Esos labios que provocaban, que jugaban y bromeaban, esos labios que retaban, que no le temían.
Lamió sus propios labios sintiendo como si aún pudiera saborearla contra ellos y suspiró plácidamente, el dolor en su corazón desapareció. De nuevo, Inuyasha se encontraba en paz o tan tranquilo como pudiera estar realmente. Le dirigió un torcido frunce y recostó de nuevo su cabeza contra la pared mientras cruzaba sus piernas, sus manos descansaron en sus rodillas. "Quiero conservar esta sensación." Se dijo vagamente mientras su cuerpo comenzaba a relajarse por primera vez en días. Curiosamente, se dio cuenta, pero no lo vociferó ni lo pensó, de la idea que para conservar esta sensación tendría que quedársela.
Suspiró y cerró sus ojos, contento de sentarse simplemente y asimilar los aromas y sonidos rodeándolo.
"Qué agradable." Pensó antes de que repentinamente, un particular y conocido aroma golpeara su nariz haciéndola contraerse. "Sándalo." Identificó mientras el aroma tranquilizante y tímido lo alcanzaba. "Jinenji." Abrió sus ojos y frunció, el aroma estaba alejándose de la casa, "Supongo que va al pueblo otra vez." Dedujo Inuyasha, "Probablemente para darles más medicina." Resopló, recostándose y cruzando sus brazos sobre su pecho. "Él es mucho mejor hombre que yo, yo los habría dejado sufrir." Clavando su mentón en su pecho trató de relajarse pero fue detenido cuando su nariz fue asaltada con el aroma de la madre de Jinenji. Estaba cerca, probablemente habiendo separado caminos con su hijo. Sus orejas se retorcieron en su cabeza al distinguir el sonido de sus suaves pasos y luego su leve quejido mientras ajustaba algo que probablemente era muy pesado para cargarlo desde la distancia en la que estaba. Resoplando, se levantó y estiró, traqueando su cuello distraídamente, "Supongo que veré si necesita algo." Murmuró para sí pero no hubo entonación en su tono.
Gruñendo, alcanzó por su chaqueta que descansaba en una silla cercana y se preparó para ponérsela cuando vio por el rabillo de su ojo a Kagome moviéndose. Mirándola, observó mientras se estremecía y se giraba sobre su otro costado, envolviéndose instintivamente con sus brazos mientras la brisa la bañaba. Aunque no estaba fría, la brisa era ligeramente refrescante, viendo cómo aún era temprano en la mañana.
Gimoteó en su sueño e Inuyasha sintió que sus ojos se suavizaron. "Kagome," pensó su nombre suavemente, sus manos anhelaban alcanzarla, anhelaban rodearla, calentarla pero—frunció. "Sólo porque me acepta no significa que pueda—." Inuyasha hizo a un lado el pensamiento, su corazón palpitaba en su pecho mientras lo hacía a un lado.
Con las dudas guardadas de nuevo bajo llave, Inuyasha agarró fuertemente su chaqueta en sus dedos, sus ojos la observaban mientras se quejaba y escondía sus manos en las mangas de su propia chaqueta mientras la brisa soplaba sobre ellas, enfriándolas. Sin otro pensamiento, aflojó su agarre y se agachó depositando la chaqueta roja sobre su cuerpo con tal cuidado que parecía pensar que estaba hecha de vidrio.
"Duerme bien y cálidamente," le murmuró enderezándose de nuevo, sus ojos fijos en ella y su sonrisa que lentamente se esbozaba en su rostro mientras aferraba más fuerte la cálida chaqueta alrededor de su cuerpo.
Como si fuera un demonio, hundió su nariz en su cuello y para su asombro inhaló inconscientemente un largo respiro, su sonrisa se amplió. "In—sha." Murmuró haciendo que sus orejas se irguieran y sus ojos se abrieran.
Tragó saliva y sacudió su cabeza levantando una mano para depositarla en su cabello y halar, regresándolo al mundo real, el mundo donde ella oliéndolo había sido un evento fortuito y los murmullos de su nombre habían sido un malentendido, no reales, un mundo donde había dicho algo más, algo similar, algo que nadie pudiera malinterpretar y confundir fácilmente con el nombre de Inuyasha. Con un largo respiro se movió para abandonar la habitación, su corazón le rogaba quedarse pero su mente lo pensó mejor.
Alcanzando el pomo de la puerta, apenas la tocó con sus dedos antes de girarse para mirarla una última vez. Estaba acurrucada profunda en su chaqueta, sólo sus ojos, frente, y cabello eran visibles ahora para sus pupilas. Sonrió para sí levemente antes de morder su labio, una extraña idea le llegó mientras olfateaba el aire. "Ahora su aroma estará en mi chaqueta." Lamió sus labios. "Me pregunto cuánto tiempo olerá a ella?" Sacudiendo la idea, abrió la puerta para dejar la pequeña habitación, saliendo en silencio antes de cerrarla tras él con un suave clic.
Los ojos de Kagome se abrieron de golpe ante el sonido solo para cerrarlos inmediatamente cuando una brillante luz la cegó. Siseó y gruñó girando su cabeza antes de parpadear unas cuantas veces, permitiéndoles a sus pupilas el tiempo para ajustarse. Después de un momento su borrosa visión se estabilizó y fue recibida con la vista de una pared de leños, la pared de una cabaña de madera. "Huh?" Gruñó sentándose lentamente, frunciendo su entrecejo cuando la distintiva sensación de una tela (una cobija) cayendo de sus hombros la golpeó.
Con curiosidad, bajó la mirada hacia la tela que ahora rodeaba su cintura, era de un rojo brillante y muy familiar. Tragó saliva, reconociendo fácilmente la chaqueta roja, después de todo la había visto todos los días la mayor parte de un mes y medio. "Inuyasha." Susurró en el frío aire mientras sus dedos rozaban la tela externa de la chaqueta del Capitán. "Tu chaqueta?" Murmuró, su rostro sonrojado mientras retiraba sus manos de la tela dejándolas descansar a sus costados. "Él—me dejó usar su chaqueta como una cobija." El rubor aumentó levemente coloreando sus mejillas.
Con cuidado, se estiró y tocó la suave tela, las puntas de sus dedos recordaban su textura vívidamente. Sus manos temblaban ligeramente mientras las movía en una caricia, sus ojos observaban mientras la tela se hacía más oscura cepillándola hacia abajo y luego se aclaraba cuando subía sus dedos. Mordisqueando su labio, agarró la tela fuertemente en sus dedos aún temblorosos, sus manos se cerraron en el material antes de soltarlo de repente, sus ojos enormes cuando un vago recuerdo la asaltó.
"Srta. Dresmont." Preguntó él en una pequeña voz, sus ojos casi asustados, inseguros. "Puedo besarla?"
"Cuando me besó," recordó envolviendo de nuevo sus dedos alrededor de la tela, esta vez levantando gentilmente la chaqueta para poder estudiarla más de cerca. "Agarré así esta chaqueta." Sorpresivamente, ningún rubor coloreó sus mejillas ante la idea, en vez, otros pensamientos entraron en su mente. "Inuyasha." Susurró el nombre, sus ojos se cerraron mientras halaba la chaqueta en un fuerte abrazo, su mente imaginaba que era él a quien estaba acunando en su pecho.
"Estás viva."
Sus ojos se abrieron de golpe cuando el sonido de su voz de días atrás la alcanzó. "Es cierto." Murmuró para sí mientras retiraba la chaqueta y la miraba con ávida curiosidad. "Él—pensó que estaba muerta?" Frunció su entrecejo. Inuyasha había creído que estaba muerta cuando en realidad—para su conocimiento—su cuerpo simplemente había estado descansando mientras permanecía en el mundo blanco. "Dónde estuve?" Se preguntó Kagome en voz alta mientras permitía que sus manos y subsecuentemente la chaqueta, cayeran en su regazo. "Ese lugar—."
"No es definible."
Kagome hizo una mueca cuando la idea entró en su psique en voz alta como si no la hubiese pensado, si no que en vez, palabras de verdad hubiesen sido pronunciadas por una boca de verdad. Inhalando un respiro tranquilizador, aclaró su garganta y suspiró. "Si no es definible entonces qué es, cómo puede existir algo pero no tener definición?" Su expresión se oscureció mientras su mente se sobrecargaba. "Tal vez, solo fue un extraño sueño." Trató de concluir racionalmente. "Sí—un sueño muy extraño." Vagamente, se dio cuenta que antes había tenido sueños extraños y este no era un sueño extraño.
"Te quedarás quieto?"
Kagome saltó, eso definitivamente no había estado en su cabeza como las otras palabras. Mirando hacia la pequeña puerta, Kagome se fijó en la habitación por primera vez. Giró su cabeza y miró rápidamente la pequeña cama en el rincón, el armario y el escritorio junto con su silla. "Olvida el vacío blanco, dónde estoy ahora?" Musitó en silencio y levantó una ceja.
"Dejarás de tratar de quitarme la ropa, mujer?"
Kagome sintió que sus ojos se abrieron, su rostro se coloreó en un tono brillante de rojo mientras la innegable voz del Capitán llenaba la pequeña habitación así como (suponía) el resto de la casa. Escuchó el sonido de ropa arrugándose y luego algo que sonó parecido a una silla arrastrándose por el piso.
"Oh, calla," gruñó cansadamente la voz de una mujer. "Sólo voy a revisar tus heridas."
Parpadeó, "Esa era la Sra. Haniyama?" Antes de que el pensamiento abandonara su mente, su pregunta ya estaba respondida.
"Por última vez Haniyama," respondió Inuyasha sonando irritado. "No hay heridas que revisar."
Kagome volcó toda su atención hacia la puerta, impulsándose para poder levantarse. Sus rodillas temblaron mientras lo hacía, el acto de levantarse era algo completamente más difícil de hacer de lo que había sospechado. "Cuánto tiempo he estado dormida?" Se preguntó antes de que el sonido de la voz de Haniyama llenara el aire otra vez.
"Te dispararon!"
Kagome inhaló un brusco respiro ante las palabras, su mente regresó en el tiempo no hace mucho (al menos asumió que no había pasado mucho). "Lo olvidé." Se reprimió. "Cómo pude olvidarlo?" Moviéndose hacia la puerta tan rápido como pudo en sus piernas aún rebeldes, Kagome alcanzó por el pomo, intentando girarlo mientras la voz de Inuyasha llenaba el aire una vez más.
"Palabra clave 'fui'," gruñó Inuyasha. "Eso es tiempo pasado como en no me dispararon ahora sino antes. Está curada!"
Kagome logró hacer que sus piernas y brazos igualmente temblorosos giraran el pomo antes de empujar la puerta a tiempo para escuchar y ver protestar a Haniyama, uno de sus largos y viejos dedos empujaban a Inuyasha en el pecho mientras el hombre se apoyaba contra la mesa, brazos cruzados.
"Nadie se cura así de rápido." Le dijo señalando una silla cercana. "Ahora siéntate y quédate quieto."
Inuyasha giró sus ojos y suspiró exasperado. "Hola," le dijo astutamente señalando su cuerpo con una mano mientras la otra permanecía semi cruzada en frente de su pecho. "Sangre de demonio, tienes un hijo con sangre de demonio, deberías entender esto."
Prácticamente, Haniyama gruñó en respuesta, sus ojos brillaban con rabia. "Aun así no se curaría de una herida de arma tan rápido." Razonó lentamente, su voz cortada y filosa.
"Cómo lo sabes," desafió Inuyasha, sus ojos casi luminosos, una ceja levantada en disgusto mientras se inclinaba hacia ella. "Le han disparado?"
El enojado frunce de Haniyama se transformó en una sonrisa casi divertida. "Sí."
El presumido rostro de Inuyasha se desplomó al darse cuenta que su argumento había sido invalidado. "Maldición—," murmuró lo suave suficiente que apenas fue escuchado. Aclarando su garganta, se enderezó, sus ojos cerrados mientras hablaba de nuevo. "Bueno, hay una diferencia, sabes, entre Jinenji y yo." Habló calmadamente pero incluso un tonto crédulo habría visto que solo estaba moviendo los hilos. "Diferentes tipos de demonio tienen diferentes tiempos de curación."
Haniyama cruzó sus brazos imitando su arrogante postura. "Pruébalo."
Sin dudar, Inuyasha respondió tenso. "Por qué debería?"
"Santo Dios, muchacho," gruñó Haniyama tan exasperada con la situación como él. "Eres tímido o algo así?"
"Sólo confía en mi palabra y déjame en paz." Respondió Inuyasha mientras su ojo se contraía.
"No." Dijo firmemente Haniyama, su ojo también contrayéndose.
Silenciosamente, sin ser notada aún, Kagome observó a ambos testarudos. Los dos se miraron por un tiempo más, Haniyama miraba, sus ojos oscuros y traicioneros e Inuyasha igualando su mirada, sus ojos dorados y brillantes mientras el sol entraba en la pequeña área social a través de la ventana.
"Esperen?" Murmuró Kagome, sus propios ojos brillantes mientras un torrente de felicidad la invadió ante la vista de sus dorados irises. Eran realmente dorados, el hecho se registró profundamente en su mente, de nuevo sus ojos eran de ese hermoso dorado fundido. "Inuyasha, cambiaste!" Gritó precipitándose, atrapando a Haniyama y a Inuyasha con la guardia baja.
"Kago—," Inuyasha trató de decir pero sus palabras murieron en sus labios cuando sintió sus pequeños brazos rodear su ancha cintura, su cabeza se hundió en su pecho mientras lloraba con alivio y felicidad. "Me." Terminó, su mentón se desplomó debatiendo lo que debía hacer. Debería abrazarla? Consolarla? En su actual estado realmente era una decisión difícil de tomar, algunas cosas en verdad eran más fáciles con las emociones humanas.
"Estoy tan contenta." Susurró Kagome contra su pecho cubierto de algodón, su felicidad de verlo fuerte y arrogante y de nuevo con ojos dorados la llevó más allá de los estándares de la decencia.
"Sí," respondió Inuyasha mientras miraba la cima de su cabeza sintiéndose incómodo pero secretamente (y abiertamente) deleitado de que estuviera abrazándolo. "Yo también."
Kagome sonrió, sus ojos se abrieron y luego se ampliaron cuando fue recibida con la vista de su pecho cubierto de blanco. Dejando escapar un sonido similar al chillido de un ratón, retiró sus brazos, separándose, sus mejillas muy coloreadas de rojo.
Inuyasha no pudo evitar sonreír ante la vista de ella de pie en frente de él con mejillas espolvoreadas y rizos muy mañaneros. Ella se tensó, sus ojos miraban al suelo, su cabello los cubría levemente pero todavía era muy corto para impedirle verdaderamente ver las tormentosas profundidades de sus fantásticos ojos grises. Abrió su boca completamente preparado para decirle lo asombrosa que era pero perdió su valor cuando lo miró por debajo de sus cortos mechones.
"A—," tartamudeó ligeramente e instantáneamente gruñó, el sonido hizo que Kagome y Haniyama se sobresaltaran. "Lo siento." Murmuró con arrepentimiento, "Maldición, qué demonios pasa conmigo!" Por un segundo, contempló seriamente estrellar su cabeza contra la pared cercana pero se obligó a detenerse antes de hacerlo. "Esta es la única vez que creo extrañar ser un maldito humano. Fue mucho más fácil cuando fui humano ayer." Bufando y cruzando sus brazos nerviosamente, gruñó, "Cómo te sientes?"
Kagome lo miró por varios segundos sin decir una palabra, sus ojos lo estudiaban observándolo como si estuviera tratando de decidir qué estaba mal. Después de un momento, sonrió, la pequeña curvatura de sus labios así, pequeña. "Inuyasha," El nombre fue susurrado en su mente. "Regresaste a la normalidad, verdad?" Se sintió un poco triste ante la constatación. Había estado en lo cierto en su previa deducción hecha justo antes de que Jinenji hubiese comenzado su pelea, el lado humano de Inuyasha simplemente era—más suave—que su lado demonio. "Supongo que es más fácil mostrar emoción con una mente humana, verdad? Los demonios nunca son emocionales." Permitió que la información huyera mientras le respondía tímidamente. "Me siento bien, qué hay de ti?"
"Estábamos a punto de averiguarlo," intervino Haniyama antes de que Inuyasha pudiera pensar en cómo responderle. "Tan pronto como haya terminado con él," dirigió su pulgar en dirección de Inuyasha mientras miraba a Kagome, su ojo crítico ya evaluaba a la joven. Por el aspecto de su ligero frunce, no estaba muy preocupada, lo cual tranquilizó a Kagome grandemente pero Haniyama aún no tenía la mirada de alivio que había esperado. "Hay algunas cosas que necesitamos revisar, niña." Frunció sus labios y chasqueó su lengua. "Has estado inconsciente por un tiempo."
Como si saliera de un sueño, Inuyasha sacudió su cabeza violentamente y avanzó hacia Haniyama, sus manos en frente de él en razonamiento. "Haniyama, revisa a Kagome, yo estoy bien en verdad." Le dijo, su voz ya no era sarcástica sino casi suplicante. Alcanzó y agarró el borde de su camisa, levantándola fácilmente, revelando su carne curada.
Kagome se sonrojó mientras consideraba su tonificado estómago a plena luz del día, notando vagamente que su piel era más pálida donde el sol no llegaba normalmente. Haniyama avanzó inafectada por los firmes abdominales del joven, su expresión oscura mientras se inclinaba y miraba críticamente la vieja herida. En su mayor parte la herida de bala se veía bien, su sangre demonio la había curado rápidamente durante los últimos dos días. Los bordes, aunque ásperos no estaban más rojos y alterados, todas las señales de una posible infección estaban ausentes y los signos de curación aparentes.
Asintiendo distraídamente, Haniyama de enderezó y lo miró, de arriba abajo antes de suspirar pesadamente sonando molesta, como si su mirada estuviera tratando de decir fue-tan-difícil. "Se ve bien," gruñó caminando hacia la alacena para reunir algunas de las cosas que pudiera necesitar durante la revisión de Kagome. "Pero si tienes una infección en esa cosa y mueres, no fue culpa mía," le dijo mientras escarbaba, girándose para mirarlo por un segundo, sus ojos tan incisivos como los de cualquier hábil madre. "Entendido?"
"Sí, sí. No es como si esta fuera la primera vez que me disparan, sabes." Gruñó Inuyasha soltando el borde de su camisa, permitiéndole caer alrededor de su cintura mientras se dirigía hacia la puerta.
"Inuyasha?" Confundida, Kagome dio un paso hacia él, su mano alcanzando ligeramente por él. "A dónde vas?"
"Regresaré más tarde." Le dijo mientras se giraba para mirarla por el rabillo de su ojo. "Para que puedas tener un poco de privacidad."
Sonrojándose por lo que se sintió la millonésima vez ese día, Kagome asintió en silencio observando mientras desaparecía de la habitación, cerrando la puerta tras él. "Por alguna razón," pensó Kagome colocando sus manos en frente de ella juntando sus dedos. "Siento como si no me hubiese importado que se quedara."
"Toma asiento en la mesa, Kagome." Indicó Haniyama mientras continuaba escarbando en su alacena, cada cierto tiempo encontraba algo que necesitaba y lo colocaba en la mesa.
Asintiendo levemente, Kagome obedeció y se sentó en silencio mientras miraba la habitación. Parecía la misma de antes con la pequeña chimenea junto a la alacena y la mesa y sillas; la única diferencia entre su primera sentada y la última era la falta de Inuyasha—la falta de Jinenji. Mirando alrededor, frunció sus labios antes de volver su atención a la anciana en la alacena. "Sra. Haniyama, dónde está Jinenji?"
"Está en el pueblo," su amortiguada respuesta llegó desde la alacena. "El Sr. Carver y él están haciendo acuerdos."
"Acuerdos?" Pensó Kagome y levantó una ceja colocando sus manos en su regazo, años de etiqueta aparentes en su postura. "Si no le importa que pregunte, qué acuerdos están haciendo entre ellos?"
Finalmente, Haniyama sacó de la alacena una pequeña taza de barro. Miró a Kagome brevemente, sus ojos parecían brillar. "Están haciendo arreglos para que Jinenji venda sus medicinas," informó ella, una aprobadora sonrisa en su rostro. "Y para convertirse en el doctor del pueblo, así como su padre lo fue mucho tiempo atrás."
Kagome sonrió mientras la información se asentaba, "Qué cambio." Susurró, sus ojos abiertos con incredulidad. "Sólo así?"
La anciana movió la taza en sus manos, sus viejos ojos bajaron la mirada mientras apretaba sus labios en una línea que lentamente se transformó en una suave sonrisa. "Jinenji me dijo—," susurró ella, sus dedos aun toqueteando un poco la taza. "Lo que hiciste, Kagome." Haniyama continuó, sus ojos lejanos, recordando mucho de lo que Jinenji le había dicho; recordando instancias y sufrimientos que ahora sólo serían recuerdos oscuros, todo por la joven frente a ella.
"Qué hice?" Kagome juntó sus cejas y pensó por un segundo. A diferencia de todas las otras veces que había usado sus poderes, recordaba exactamente lo que había pasado al instante. Estaba casi sorprendida de que no hubiese sido lo primero en lo que pensó cuando despertó. Pero de nuevo, probablemente podría culpar por eso a cierta chaqueta roja.
No obstante, recordaba todo, recordaba la luz, recordaba la sensación del mal y odio en el aire, incluso recordaba cómo el odio se había vuelto púrpura mientras se disipara en el cielo. Recordaba los gritos, el dolor de ese mal siendo arrancado de las almas de las personas. Había sido horrífico y aun—Kagome supo que había sido necesario. Si no hubiese extraído ese odio de sus cuerpos entonces Jinenji y su madre aun serían odiados por una patética e infundada razón. Después de todo, el mundo es verdaderamente hermoso cuando uno lo mira con ojos despejados de odio, bien abiertos y pueden ver en realidad todo lo que tiene que ofrecer.
Sin embargo, de todos sus recuerdos del suceso en verdad no tenía idea de qué lograrían sus acciones en el momento, solo había sabido que debía hacerse, por Jinenji, por su madre, tenía que remover el odio. "Así que eso es lo que pasa." Pensó con una sonrisa en su rostro. "Cuando remueves el odio de alguien."
Jinenji finalmente tendría lo que siempre había querido, aceptación de las personas que eran sus vecinos, de las personas que había conocido toda su vida pero por las que nunca había sido reconocido. Ahora, sería visto, sería apreciado, sería capaz de seguir los pasos que siempre había deseado seguir. "Estoy tan feliz." Susurró suavemente en el aire. "Estoy tan feliz de que Jinenji sea aceptado, que no le rehúyan más."
La anciana asintió, sus viejos ojos brillosos como si estuviera a punto de llorar. "Igual yo." Su voz se quebró un poco y llevó una mano hacia su cara para secar las lágrimas. "Gracias, por—por eso. Sin ti, aun seríamos odiados," su voz tembló ligeramente mientras hablaba, un suave gimoteo apenas audible mientras le dirigía una amplia sonrisa a Kagome, su expresión una de completa admiración. "Eres una joven asombrosa, Kagome Dresmont."
Kagome se sonrojó suavemente y desvió la mirada, su expresión la imagen de la humildad. "Yo no—sólo hice lo que—natu—."
La suave carcajada de Haniyama detuvo a Kagome de hablar más mientras la anciana se giraba, sumergiendo la taza que sostenía en su mano en el cántaro al lado de la chimenea. "Sólo acepta el cumplido, querida." Reprimió suavemente, su voz no contenía malicia sino más agradecimiento.
"Gracias." Respondió Kagome con su cabeza gacha y el leve rubor aun coloreando sus mejillas. "Um," ella se agitó nerviosa por un momento, queriendo desesperadamente cambiar de tema y desviar la atención hacia algo más. Pensando rápidamente, buscando algo para cambiar el tema, Kagome brincó levemente mordiendo su labio mientras una antigua pregunta saltaba en su cabeza. "Sra. Haniyama." Preguntó suavemente esperando a que la anciana se diera la vuelta hacia ella. "Cuánto tiempo estuve desmayada?"
"Dos días." Le dijo Haniyama regresando hacia la mesa, sentándose en la silla más cercana a Kagome, la taza aun firmemente en su mano mientras miraba la variedad de hierbas y raíces e incluso tallos que había esparcido.
Internamente, Kagome suspiró con alivio cuando el tema anterior se olvidó. En general, no estaba realmente sorprendida de que hubiese estado dormida tanto tiempo. En instancias previas donde usó su poder, había estado inconsciente por mucho más que solo dos días, así que era más una sorpresa que hubiese despertado en solo dos días a que hubiese estado dormida relativamente por más tiempo. De cierta manera, eso hizo de este caso uno extraño. Ladeando su cabeza, se preguntó en silencio si tal vez el vacío blanco hubiese contribuido a su rápida recuperación, asumiendo que no hubiese soñado su existencia.
"Dos días." Repitió suavemente, su expresión tranquila y sin trabas por la información. "De qué me perdí?"
"De nada en realidad." Suplió Haniyama mientras bajaba la taza y alcanzaba con una mano para tocar la muñeca de Kagome sintiendo su pulso, contando por lo bajo cada palpitación contra sus bien afinados dedos. Después de un minuto, la retiró satisfecha de que todo estuviera normal y puso sus manos debajo del mentón de Kagome, sintiendo su cuello revisando por alguna hinchazón u otras anormalidades. "Hemos estado realizando nuestras rutinas diarias." Le dijo a Kagome mientras continuaba sintiendo. "Es casi el final del verano así que estamos preparando los campos para el invierno. Terminando la cosecha y cosas por el estilo."
"Oh," murmuró Kagome mientras Haniyama miraba intensamente uno de sus ojos antes de moverse al otro. "Ese debe ser un trabajo difícil."
Haniyama asintió mientras giraba de lado la cabeza de Kagome, analizando su perfil por un segundo, antes de regresarla y abrir su boca para mirar dentro. "El Sr. Inuyasha ha estado ayudándonos en los campos." Continuó Haniyama retirándose, permitiéndole a Kagome cerrar su boca mientras se acomodaba de nuevo en la silla buscando una de las hierbas que había puesto en la mesa, agarrando su mortero y majadero.
Con cuidado, añadió la hierba en el mortero, sosteniendo el majadero en su mano izquierda antes de ir a triturar la pequeña hoja seca, haciéndola rápidamente un sólido polvo. Alcanzando por la mesa con su inutilizada mano derecha agarró otra hierba, metiéndola en el mortero antes de moler con la otra. El sonido de las dos piezas de piedra golpeando contra la otra llenó la habitación por un momento mientras Haniyama se concentraba, su rostro enrojecido mientras trabajaba, sus ojos enfocados observando las hierbas mientras eran molidas, esperando por la consistencia correcta.
Sus manos se detuvieron abruptamente y bajó el majadero, llevando el mortero hacia su rostro, inspeccionando la mezcla. Asintiendo para sí, alcanzó de nuevo la taza de agua y añadió el polvo antes de alcanzar por una pequeña jarra. Destapando la jarra, añadió algo de su espeso contenido tan rápido que Kagome no pudo asegurar qué había en la jarra. Hábilmente, Haniyama mezcló la preparación con una cuchara antes de alcanzársela a Kagome.
"Ese Sr. Inuyasha en verdad es un buen granjero." Comentó ella distraídamente como si la conversación nunca se hubiese detenido.
Kagome parpadeó rápidamente, deteniendo la taza antes de poder llevarla a sus labios sin cuestionar. "De-e-ver-dad?" Tartamudeó ella, el conocimiento de que el Capitán fuera bueno en algo que sucediera en tierra, era sorprendente.
"Bébelo, querida." Le dijo Haniyama mientras golpeaba el fondo de la taza, su expresión casi igualaba la que le había dado antes a Inuyasha.
Kagome asintió apresurada antes de colocar la taza en sus labios y darle una probada, sus ojos se abrieron sorprendidos cuando la retiró por un momento. "Sabe a miel." Comentó y Haniyama rió.
"La miel encubre el sabor de la amarga medicina." Le dijo a Kagome, la risa aun presente mientras se giraba hacia la mesa agarrando la jarra de lo que definitivamente era miel y colocó el corcho dentro.
Kagome se bebió el resto de la taza, el dulce sabor de la miel se disipó hacia el final, tornándose en algo de sabor muy amargo. "Puaj." Exclamó sacando su lengua ligeramente. Haniyama asintió, su rostro de cierta forma empático mientras le alcanzaba a Kagome otra taza, esta de solo agua. Kagome sonrió apreciativamente, aceptando la taza y bebiéndola rápidamente para quitarse el sabor de su boca. "Entonces, supongo que debí haber preguntado antes," comenzó Kagome tontamente. "Pero, para qué es la medicina?"
"Has estado dormida por un tiempo," le dijo Haniyama mientras retiraba la taza de agua de Kagome y la depositaba en la mesa. "Y como estuviste dormida fuimos incapaces de alimentarte con algo más que caldo y darte nada más que un poco de agua." Aclaró su garganta levantando lentamente todo su cuerpo crujiente por la acción. Con un cansado suspiro caminó hacia la chimenea donde estaba la enorme garrafa de agua, agarrando una de las tazas de la mesa, la metió en la garrafa antes de regresar a su asiento, alcanzándosela a Kagome mientras se sentaba lentamente, sus viejos huesos ahora agrietados. "Esa mezcla de hierbas está llena de nutrientes que le ayudarán a tu cuerpo a recuperar su fuerza más rápido."
"Interesante." Comentó Kagome mientras tomaba otro sorbo de agua antes de continuar donde la conversación se había quedado. "Y, dijiste que Inuyasha estuvo ayudando en tu granja?"
"Oh sí," Haniyama asintió recostándose en su silla, relajándose por un momento mientras Kagome bebía. "Puede usar el arado y cosechar las plantas, no le importa que sus garras se ensucien en eso." Sonrió levemente, las pequeñas líneas alrededor de su boca se acentuaban entre más estiraba las comisuras de sus labios. "Mencionó que le enseñaron de niño."
"Qu—," murmuró Kagome retirando la taza de sus labios con obvio shock. "Sí?"
"Lo hizo de paso." Haniyama asintió pero la sonrisa se fue mientras le daba a Kagome una interrogante mirada. "Realmente no sabes," se apoyó contra la mesa mientras hablaba, sus ojos estudiaban a Kagome con interés. "Mucho de él, verdad?"
"No—," admitió Kagome mientras miraba por la ventana, no queriendo ver a Haniyama a los ojos. Hizo una mueca cuando el sol la cegó de cierta manera, parpadeó varias veces cuando una raya de plateado captó su visión. El Capitán estaba arrodillado, una canasta junto a él, llena con hierbas (de qué tipo, no lo sabía). A un paso continuo estaba sacándolas del suelo, sacudiendo la tierra, examinándolas y luego depositándolas en la pequeña canasta como si fuera algo que siempre hubiese sabido hacer.
Kagome frunció mientras observaba. "En verdad no conozco, nada de ti, verdad?"
Era verdad, sabía tan poco. Sabía que era un mitad demonio, que su madre era la humana y su padre era el demonio, sabía que era un perro demonio, sabía que se volvía humano en la noche de la luna nueva, sabía que tenía más de cuatrocientos años, sabía que podía tocar el violín, y que había amado a una mujer llamada Kikyo (un hecho que rápidamente pasó e ignoró).
Sabía que hablaba francés, español, inglés, y el idioma desconocido que estaba enseñándole a Miroku. Sabía que había leído a Shakespeare; sabía que había encontrado a Miroku y que había salvado a Sango de la soledad de una vida de rechazo. Sabía que era fuerte, imposiblemente hábil con los puños y los pies así como con las armas.
Sabía que era una buena persona, que era amable, que era decente, que era—todo lo que había pensado que era en realidad. El Capitán Inuyasha era el hombre de Port Royal, ese hombre amable con la sonrisa cautivadora. Ahora se daba cuenta que esa no había sido una actuación sino una exhibición, mostrando lo que yacía debajo de la superficie del hombre duro que había conocido después.
Pero por todo lo que sabía, por cada pequeño detalle que había aprendido de su vida, aún había mucho que le quedaba por conocer. Dónde aprendió a hablar tantos idiomas, sabía más de los que sólo había escuchado, y de dónde era el que le estaba enseñando a Miroku, era un idioma desconocido de Europa o Suramérica o África o incluso más exótico? Tal vez era de Asia o de un lugar en la Tundra de Rusia de la que había leído. En realidad no había forma de saberlo y el hecho de que él lo conociera solo generaba más preguntas.
De dónde era, dónde nació? Quién le enseñó propiedad y filosofía, a leer y a escribir? Quién le dio a Shakespeare? Por qué le gustó? Qué otro novelista, escritores y poetas había leído? Por qué era un pirata si era tan sabio? Había tenido otros trabajos antes de llevar una vida en el mar y si lo tuvo qué lo había llevado a trabajar en un barco pirata por encima de una posición más segura en tierra?
Tal vez había sido un marinero capturado durante un asalto o uno que se había ido por voluntad propia como alguna vez le había explicado Miroku que pasaba con frecuencia con los marineros? Cuánto tiempo había sido un capitán, qué otros cargos y títulos había tenido? Dónde había estado? Qué había visto? Había viajado por todo el mundo, más allá del límite pagano? Nació aristócrata, fue hecho un paria por su sangre? Lo fue su madre, lo fue su padre? Alguno de sus padres aún estaba vivo? (Eso lo dudaba altamente). Quién era Sesshomaru, el nombre en la brújula que lo había lastimado tanto? Qué había hecho Sesshomaru para merecer tal odio?
Kagome humedeció sus labios con su lengua. "Él es un misterio." Se dijo mientras bebía un sorbo de agua, su mente apenas registró el mecánico acto. "Quién es Inuyasha?" Se preguntó mientras sus ojos lo recorrían mientras continuaba agarrando hierbas, halando y tirando gentilmente de ellas, tratando desesperadamente de cosecharlas del suelo.
"Quiero saber," susurró Kagome, si era para Haniyama o para sí misma fue difícil de decir. "Quiero saber más de él para que no sea un gran misterio." Sus palabras se desvanecieron mientras Inuyasha finalmente se levantaba sacudiéndose antes de agarrar la canasta y perderse de vista, ahora cosechando hierbas que no estaban frente a las ventanas. "Quiero saber todo de él." Se giró de la ventana mirando sus manos, aun sosteniendo la pequeña taza. "Todo," repitió antes de mirar a Haniyama. "Haz querido saber todo de alguien, Haniyama? Quiero decir, todo, cada detalle, tanto que quieres conocerlo mejor de lo que se conocen a ellos mismos."
La anciana sonrió levemente, sus viejos ojos brillaban mientras asentía nítidamente. "Sí, querida," respondió sinceramente levantándose de su silla y gentilmente tomó la taza de los dedos de Kagome, moviéndose para llenarla con más agua, "Todos tienen a alguien así en sus vidas, creo." Habló cautelosa mientras sumergía la taza en la garrafa, su movimiento lento mientras recordaba lo propio.
Ondeante cabello blanco, esos suaves ojos castaños—Jinenji tenía esos ojos. Por un momento, Haniyama pensó honestamente que podría llorar mientras imaginaba lo que su esposo hubiese pensado del mundo que había sido creado aquí y ahora por esta extraña y caprichosa mujer sentada en su mesa. Estaría feliz, estaría sorprendido, incluso creería que era real y no un sueño.
De alguna forma, Haniyama sabía que habría estado conmovido, escéptico pero muy emocionado.
Girándose en silencio hacia Kagome, sin atreverse a decir lo que estaba pensando, Haniyama se sentó en la silla a su lado, una sonrisa en su rostro que contenía profundidades de tristeza lo cual detuvo a Kagome de hablar más.
"Pobre niña." Pensó Haniyama mientras le alcanzaba a Kagome la taza de agua, observando mientras la joven tomaba un sorbo, su expresión desconcertada mientras observaba a Haniyama esperando por una respuesta que nunca recibiría. "Un día te darás cuenta, que esas personas, las que llegamos a conocer mejor, son las que tendemos a amar."
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Kagome salió de la pequeña cabaña, sus ojos recorrían levemente el paisaje. Había terminado su revisión con Haniyama momentos atrás, una prueba que le había tomado unas dos horas completar. Después de recibir la extraña miel, había sido obligada a recostarse mientras Haniyama revisaba todo su cuerpo con tal detalle que había hecho que el rostro de Kagome casi mantuviera un permanente color rojo. Incluso pensar en eso ahora hizo que las mejillas de Kagome se acaloraran.
Haniyama era la única persona viva que había visto su cuerpo adulto completamente desnudo, un hecho que en realidad la hacía sentir ligeramente sucia. Como una joven que había sido criada en una sociedad que anunciaba el cuerpo femenino como una fuente de vergüenza para las jovencitas, le era increíblemente difícil permitirse ver su desnudo cuerpo mucho menos a alguien más. Aun cuando se había vestido con Sango antes de su viaje a La Habana, discretamente se había dado la vuelta, vistiéndose apresuradamente para no ser vista.
Suspirando, en parte por su muerta modestia pero también para aliviar su corazón, Kagome miró alrededor buscando por Inuyasha sin tratar de encontrarlo en realidad. "Estoy tan contenta." Susurró para sí mientras mordía su labio, "De que decidiera irse." Sacudió su cabeza levemente mientras hablaba, como si estuviera de acuerdo consigo misma. "Nunca hubiese sido capaz de vivir a eso."
Levantando una mano para escudar sus ojos del sol, miró alrededor, entrecerrando sus ojos mientras trataba de distinguir a Inuyasha en los vastos campos. Efectivamente, después de solo un segundo ubicó un brillo en frente de ella, como una moneda que brilla en el suelo. Una sonrisa llegó a su rostro y se sonrojó por razones completamente diferentes cuando una extraña idea cruzó su mente como un rayo. "Qué pasaría si me viera desnuda?"
Kagome se congeló, la idea murió y salió apresuradamente mientras rodeaba con vergüenza su cuerpo con sus brazos. Inhalando un tembloroso respiro comenzó a regresar a la casa incapaz de encararlo pero se detuvo cuando escuchó una suave voz.
"Srta. Kagome?"
Asustada, saltó y se giró hacia su derecha, sus ojos grises abiertos con sorpresa por la repentina aparición de Jinenji. "Sr. Jinenji." Susurró y entonces curvó sus labios, esperando que sus pensamientos previos no estuvieran escritos en sus rasgos. "Regresó del pueblo tan pronto?"
El hombre asintió y frotó la parte trasera de su cabeza, el gesto le recordó a Inuyasha haciendo que aumentara su vergüenza. "Sí, el Sr. Carver es muy—," desvió la mirada, un rojo coloreaba sus mejillas de forma dulce. "Ahora es amable conmigo."
"Eso es grandioso." Kagome le dijo honesta al mitad demonio, su sonrisa genuina y no solo por mostrar. "Me alegra que estés resolviendo todo."
"Es por ti." Le dijo Jinenji sin dudar justo como su madre mientras se sonaba, el sonido le recordó a Kagome de un potro mientras gimotea. "Eres—," susurró el hombre, su voz gruesa con emoción. "Asombrosa Srta. Kagome, tan asombrosa. Gracias, muchas gracias. Yo—," se interrumpió y agachó su cabeza, cerrando esos profundos ojos azules. "Deseo que hubiese algo—cualquier cosa que pudiera hacer, algo para retribuirte por—."
"Sr. Jinenji," Kagome lo interrumpió tranquilamente. "El saber que estás a salvo y que eres feliz y aceptado son todo el agradecimiento y la recompensa que necesito."
Jinenji se vio como si no tuviera idea de qué decir. En verdad no la tenía. "Justo cuando creo," le dijo con una deslumbrante sonrisa. "Que eres tan—asombrosa como puedes ser—tú—haces algo como esto—y me pruebas que eres la persona más—." Parecía buscar la palabra correcta. "Admirable que he conocido."
Kagome se sonrojó ante sus palabras, su corazón palpitaba en su pecho. "Nadie me ha elogiado así en toda mi vida." Se dijo mientras se ruborizaba hasta las orejas. "Sr. Jinenji," comenzó a decir pero se detuvo mientras trataba de controlar sus emociones. "Gracias." Dijo finalmente. "Gracias."
"Si sigues diciendo cosas como esas, Jinenji, va a crecerle la cabeza."
Los ojos de Kagome prácticamente se salieron de su cabeza mientras el llamado del Capitán golpeaba sus oídos. Girándose rápidamente, miró sorprendida mientras caminaba hacia ellos, aun a unos buenos cincuenta pies lejos.
Su ojo le tembló mientras consideraba la distancia, completamente incrédula de que los hubiese escuchado. "Aparentemente sus oídos son realmente buenos." Pensó para sí con un suspiro, sus hombros se desplomaron. "No es justo."
Acercándoseles, Inuyasha le sonrió a Kagome, su rostro casi juguetón haciendo que su corazón se aligerara en su pecho. "Pero supongo que en este caso lo merece." Le informó a Jinenji llegando a pararse al lado del otro demonio dejando caer a su lado la canasta de hierbas que había recogido antes de estirarse, su camisa blanca se levantó alrededor de su cintura, mostrando su duro estómago mientras bostezaba. "Ese fue un trabajo duro." Refunfuñó mientras levantaba sus brazos sobre su cabeza y arqueaba su rígida espalda.
Kagome no pudo evitar observarlo mientras lo hacía, sus ojos estudiaban su estómago bien trabajado y la herida mayormente curada que descansaba ahí. "Bien," pensó ella asintiendo, feliz de que casi hubiese desaparecido. "Estaba muy preocupada."
Con la preocupación aun en el primer plano de su mente, aprovechó la oportunidad para mirarlo, sus ojos viajaron sobre su cuerpo chequeando distraídamente algo que pareciese mal. Sin darse cuenta, sus ojos descendieron más y se abrieron cuando captó una vista que nunca había visto antes. Sus pantalones estaba descolgados, su cinturón suelto, tal vez se desató cuando estuvo encorvado trabajando, descansando en sus caderas, a una brizna de distancia de descansar en el suelo. Tragó saliva distinguiendo un extraño trazado simétrico que seguía sus caderas en ambos lados, descendiendo más abajo debajo de donde los pantalones aun cubrían. Algo brilló en él por el sol y no pudo evitar enfocarse y mirar tratando de descifrar qué era. Instantáneamente, pudo distinguir la obvia vista de pequeños vellos plateados moviéndose en la brisa. Se sonrojó recordando su propio vello que crecía a lo largo de una leve línea por encima de sus piernas pero debajo de su ombligo. "Los chicos también tienen vello ahí?" Su mente dedujo mientras su cabeza momentáneamente se mareaba un poco. "Qué estoy pensando?"
Inuyasha terminó su estiramiento, permitiéndole bajar a sus brazos y consecuentemente su camisa. Con otro bostezo se sacudió como un perro y miró a Kagome, sus cejas fruncidas mientras consideraba sus ojos vacíos y su expresión aturdida. "Oi?" La llamó e inmediatamente saltó unos dos pies hacia atrás.
"S-í-i-i?" Tartamudeó mientras colocaba sus manos en frente de ella como si tratara de crear más distancia entre él y ella.
Inuyasha le dio una extraña mirada ante su repentino vuelo y ladeó su cabeza. "Te sientes bien?" preguntó franco y Kagome asintió tensa en respuesta. Frunciendo, Inuyasha olfateó el aire, su nariz muy capaz de detectar mentiras. Lo que detectó, sin embargo, casi hizo detener su corazón. "Excitación." Eso era, reconocería ese olor en cualquier lado. Era embriagador y travieso, un aroma picante que hizo que cada vello en su cuerpo se erizara. Su mente tambaleó y su cabeza se sentía confusa mientras su aroma asaltaba fuertemente su nariz. "Por qué?" Pensó para sí apenas registrando su propia voz en su cabeza. "Qué—?" Detuvo la idea ya sabiendo exactamente lo que la había causado. Inmediatamente su orgullo se infló y sonrió. Podría no saber si a ella le gustaba o no, pero definitivamente sabía que se sentía atraída por él.
Antes de poder presionar más el asunto, sus pensamientos fueron puestos en espera por Jinenji a quien aparentemente había olvidado que estaba ahí.
"Srta. Kagome?" Susurró suavemente el enorme demonio para ganar su atención.
Aun ruborizada y sintiendo un poco de hormigueo, Kagome se giró y aclaró su garganta. "Sí, Sr. Jinenji?"
El enorme demonio imitó su sonido y calmadamente señaló su cuello. "Estás usando un collar, Srta. Kagome." Inquirió inocentemente, bajando su mano mientras observaba a Kagome levantar sus propios dedos hacia la cadena.
"Casi lo olvido." Murmuró ella tocando la cadena distraídamente, en el caos de los días pasados había dejado ir completamente la joya de su mente y ahora aunque no estaba segura cuándo (probablemente cuando se revistió) la había dejado por fuera de su camisa, la cadena dorada era claramente visible pero la joya escondida por su chaqueta. Sacando el collar de su chaqueta, tocó la joya antes de levantarla levemente para que Jinenji la viera. "Había olvidado que estaba usándola." Rió levemente mientras su rostro se sonrojaba.
Jinenji no respondió, sus ojos miraban intensamente la joya que descansaba en su palma con una expresión de incredulidad y asombro cubriendo su rostro. "Ese es un fragmento de la joya?" Se preguntó mientras miraba la irregular pieza de cristal en su mano. Brillaba con el sol, destellando en la luz de la tarde. "Dónde conseguiste eso?" Susurró sombríamente, su expresión apretada e intensa.
Kagome parpadeó y miró a Inuyasha, el perro demonio levantó una ceja en respuesta antes de responderle a Jinenji en vez de Kagome. "Matamos un demonio hace un tiempo y los fragmentos estaban con él." Inuyasha mantuvo su voz monótona esperando que Jinenji aceptara la respuesta. "No quiero que sepa que originalmente yo tenía un fragmento de ella." Mantuvo su rostro deliberadamente tranquilo mientras pensaba. "Kagome las usa en su cuello desde entonces." Señaló el cristal, la mitad estaba hermosamente redonda mientras el otro lado estaba horriblemente irregular.
Jinenji frunció levemente, sus ojos miraban tan intensamente el collar que Kagome casi se sintió incómoda de tener sus ojos sobre ella. Desvió la mirada levemente mientras el mitad demonio la estudiaba en su palma, sus ojos se dirigieron hacia Inuyasha quien observaba a Jinenji, todo su cuerpo plantado como si estuviera listo para cualquier cosa. El dorado de sus irises destellaba en la luz mientras la miraba brevemente antes de permitirles regresar a Jinenji. Suspiró, lamió sus labios y le dio una mirada más, su expresión extraña y protectora—era como si estuviera diciéndole prepararse para lo peor.
Kagome desvió su mirada, sus ojos se dirigieron hacia Jinenji. "Piensa, que Jinenji podría—podría quererlas, que podría tomarlas y usarlas como Manten?" Se preguntó también esperando, cierto nerviosismo entraba en ella. "Jinenji no haría eso, verdad?" Sintió la sensación de la duda, la odiaba. "No, Jinenji no es este tipo de hombre. Lo sé bien, es una buena persona, nunca haría algo como eso, así como Inuyasha," lo miró y sonrió segura. "Nunca haría algo así."
"Conseguiste esto de un demonio?" Susurró Jinenji girándose para mirar a Inuyasha de nuevo.
"Sí." Inuyasha asintió bruscamente mientras cruzaba sus brazos con fuerza sobre su pecho como si retara a Jinenji a desafiar sus palabras.
Jinenji levantó una mano hacia su cabeza permitiendo que un dedo rascara su sien antes de inhalar un profundo respiro como si él también estuviera preparándose para algo. "La has tocado?" Preguntó extrañamente, sus grandes y brillantes ojos le dieron a Inuyasha una mirada igualmente extraña.
"Sí." Respondió Inuyasha lentamente, su rostro intrigado mientras le dirigía a Jinenji una mirada contemplativa. "Por qué preguntas?"
"La joya," Jinenji señaló con una garra la palma de Kagome. "Cuando la tocaste, no se volvió negra?"
Las pupilas de Inuyasha se dilataron, su respiración y el recuerdo de esa vez lo asaltaron.
Alcanzándola, recogió la joya de la pila de cenizas que había sido Manten y la sostuvo a la altura de su rostro, estudiándola con ojos confundidos y curiosos. Levantó su otra mano hacia su camisa y tocó la pequeña joya que estaba escondida debajo de la tela. Buscando dentro de la camisa, la sacó y la puso al lado de la otra pieza. Las dos joyas brillaron cuando las acercó y de repente, antes de poder detener la reacción, aparentemente se combinaron volviéndose una en la cadena dorada de Inuyasha.
"Qué demonios!" Gritó Inuyasha soltando la cadena y permitiéndole a las joyas balancearse en su cuello, el resplandor se detuvo ahora que se combinaron. Las miró, sin tocarlas por temor a su reacción. Con cuidado, levantó una tentativa mano y tomó en sus manos la joya ahora más grande. "Ellas son," razonó en voz alta, "de la misma joya?"
La joya original que había permanecido en la cadena por casi cincuenta años ahora era dos veces su tamaño y de un color borgoña más profundo de lo que recordaba. Parecía estar oscureciéndose a cada minuto y entre más oscura se ponía más mareado se sentía.
"Qué está pasando?" Se preguntó sintiéndose más y más mareado, su mente se tornaba blanca mientras la joya se volvía púrpura. Sus ojos comenzaron a cerrarse mientras su cabeza se sentía irracionalmente ligera. Los forzó a abrirse una y otra vez pero cada vez se volvía más y más difícil lograrlo.
Finalmente, se dio cuenta de lo que estaba pasando cuando su rostro comenzó a calentarse. Esta joya lentamente estaba sacando su lado demonio, estaba obligando al demonio dentro de él a despertar. Sus manos comenzaron a temblar mientras la mareante sensación lo dominaba, su mente se tornó en blanco mientras su demonio comenzaba a luchar por tomar el control. Empujaba sus barreras mentales, tratando de salir y con cada empujón sentía aparecer otra seña característica de su demonio. Primero sintió las marcas en sus mejillas, luego sintió sus garras comenzar a alargarse y también sus colmillos.
"No," gritó él forcejeando, tratando de mantener la presencia de su lado humano, su voz de la razón. "Alto, maldición!"
Su cuerpo no respondió, simplemente continuó transformándose, mientras su visión se nublaba y supo que sus ojos habían cambiado. Los cerró fuertemente, tratando en vano de detener la transformación.
"Inuyasha."
Sus ojos se abrieron y se paralizó cuando vio los ojos grises de Kagome, sin miedo. Lo miraban, calmados y gentiles mientras su mano se estiraba hacia él. "Kagome no," trató de rogar pero ya había perdido la habilidad para hablar, en vez, se escuchó gruñirle. "Por favor," suplicó, pero su mano continuó moviéndose hacia él mientras su lado demonio gruñía y gimoteaba, gimiéndole en un lenguaje que no entendía.
"Inuyasha." Repitió la joven, sus tormentosos ojos lo miraban, viendo a través de su alma. "Regresa."
"Inuyasha!"
Inuyasha abrió sus ojos de golpe, cuándo los había cerrado no tenía idea. Parpadeando rápidamente miró a Kagome quien ahora estaba de pie en frente de él, sus ojos preocupados mientras permanecía a su lado, una de sus manos se estiró hacia su mejilla, suspendida como si se hubiese preparado para tocarla pero en el último segundo decidió no hacerlo. "Kagome." Murmuró él, los latidos de su corazón disminuyeron mientras consideraba sus preocupados ojos grises.
"Lo hizo, verdad?" La voz de Jinenji sonó oscura. "Se volvió negra ante tu contacto y tú—te perdiste por un momento, verdad?"
"Inuyasha, de qué está hablando?" Preguntó Kagome tratando de comprender la conversación. "Tú," comenzó a decir que siempre había tenido la joya antes de dársela y nunca antes había tenido alguna reacción frente a ella pero antes de poder un extraño recuerdo que la había plagado por semanas resurgió en su mente.
Vio los ojos rojos, vio los alargados colmillos, escuchó el gruñido, captó el brillo del fragmento Shikon colgando de una palma resguardada por garras afiladas. Kagome sintió la bilis en su garganta mientras su cabeza se mareaba cuando el recuerdo la golpeó. Pudo escuchar su grito, ver el temor mientras se apoderaba en sus ojos rápidamente cambiantes.
"Qué?" Kagome sintió la palabra salir de ella mientras caía al suelo, lágrimas brillaban en sus ojos, escondidas entre sus pestañas.
"Kagome!" La voz de Inuyasha sonó en su cabeza.
"Qué fue—," la voz de Kagome temblaba mientras las lágrimas finalmente descendían por su rostro.
"Kagome?" Inuyasha se arrodilló a su lado, su mano fue hacia su hombro y lo apretó fuertemente mientras el miedo envolvía su corazón, flashbacks del día anterior golpearon su alma. "Kagome, háblame."
"Recuerdo." Dijo Kagome finalmente mientras todo en su cabeza caía en su lugar. "Con Manten," hablaba tan suavemente que Jinenji tuvo que agacharse a su nivel para escuchar. "Cuando me salvaste, la joya," se giró y miró a Inuyasha, sus ojos grises llenos con misericordia. "La tocaste y presentaste mucho dolor."
"Kagome." Inuyasha habló suavemente pero ella sacudió su cabeza interrumpiéndolo mientras sus rizos rozaban contra sus mejillas con cada sacudida.
"No!" Gritó ella deteniendo su cabeza y agarrando su manga con una mano. "Te hizo algo y estabas—nunca te he visto así." Su labio tembló. "Con tanto dolor y tus ojos no eran tus ojos," su agarre lentamente se desplomó de su brazo mientras ladeaba su mentón para mirar el suelo, las lágrimas caían libremente de sus ojos. "Es como si te cambiara y no fueras más Inuyasha."
"Kagome, está bien." Inuyasha levantó su mano para aliviarla pero se encontró dudoso de no saber dónde poner su mano en realidad. Finalmente, la acomodó en su hombro una vez más donde aún permanecía su marca. Le dio un gentil apretón, el cual la hizo jadear y girarse para mirarlo. "Tú me salvaste." Le dijo él mientras su mano caía de su hombro hacia su antebrazo apretándolo también. "No tienes de qué preocuparte, me salvaste." Susurró de nuevo con la esperanza de superar su confuso recuerdo al malinterpretar lo que había sucedido.
"Te salvé?" Kagome parpadeó varias veces tratando de recordar esa parte del incidente. "No recuerdo—."
"Créeme que pasó," Inuyasha habló uniformemente queriendo que escuchara sus palabras sobre sus propias dudas. "No mentiría."
Kagome hizo un suave sonido en su garganta antes de mirarlo una vez más. Las lágrimas se habían detenido y se vio mucho más calmada. "Lo prometes." Susurró suavemente mientras su labio temblaba un poco.
"Sí." Él le ofreció una sonrisa reafirmante o tanta sonrisa como pudo lograr.
"Y tú," habló ella suavemente, sus ojos tristes. "Aún no puedes tocarla?"
Inuyasha le dio una dolida mirada y suspiró. "No lo he intentado exactamente," le dijo honestamente mirando la joya que colgaba alrededor de su cuello. "No quiero tentar el destino."
Kagome asintió ante sus palabras, sus previos recuerdos abrieron camino para una nueva realización. "Eso es por qué," sus ojos se abrieron amplios mientras hablaba. "No me la dio porque le recordara a Kikyo y se la hubiese dado alguna vez." Levantó su cabeza lentamente para mirarlo. "Me la dio porque no podía tocarla. No tenía nada que ver con ella ni nada—fue práctico." Parte de su corazón se regocijó al saberse separada de su predecesora a los ojos del Capitán pero otra parte de ella se sintió fría después de todo, solo se la había dado por necesidad y no por ninguna otra razón. "Me la diste porque no querías arriesgarte?"
"Parecía lo más inteligente de hacer." Le dijo Inuyasha rascando la parte trasera de su cabeza.
"Sr. Inuyasha." Jinenji intervino de nuevo, su mente no parecía comprender la otra conversación que se desarrollaba cerca de él—no, estaba más concentrado en algo que encontró mucho más importante. "Cuando yo toqué la joya pasó lo mismo."
Inuyasha y Kagome giraron sus cabezas, sus ojos enormes, del tamaño del sol mientras miraban a Jinenji. "Espera," Inuyasha sacudió su cabeza rudamente mientras se levantaba para alejarse de Kagome. "Has tocado una de esas joyas antes?"
"Sí," admitió Jinenji lentamente, sus ojos azules brillantes—casi—perturbados. "Mi padre tenía una."
Fin del Capítulo
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