XXXVIII: Segundo círculo del Infierno

Cada noche que transcurría París, era una noche más donde Aliceth perdía su miedo al castigo por la desobediencia a las leyes de Dios, a los mandamientos de Moisés, a las palabras de Corintios, Gálatas, Colosenses y otros más redactores, profetas y evangelistas que pusieron sus letras en las Sagradas Escrituras, y poco a poco, ganaba más confianza en ella misma, más seguridad respecto a su belleza, el sentir de su cuerpo y teniendo a su mejor guía cómo el libro prohibido de la Sección de la biblioteca que jamás debió de entrar.

Tenía que alejarse de esas perversas nuevas necesidades, pero Aliceth no podía alejar de su cabeza las locas visiones que sus párpados mostraban al cerrar sus ojos. En muchos de esos sueños, ella era la Princesa raptada que, a pesar que su máximo deseo era abandonar el infierno del que después se convertiría en la Reina del Averno.

Apenas despertaba de los lujuriosos espejismos, se mordía su labio, sonreía para sí misma y su traviesa mano viajaba desde debajo de su almohada hasta llegar al pequeño punto que le "forzaba" a cometer el pecado del onanismo.

Claro, había noches donde después de que el fuego entre sus muslos cesaba, caía a su cabeza baldes llenos de culpa, arrepentimiento y remordimiento. Esas noches donde su sentido religioso le señalaba el impío acto que hacía contra su cuerpo y cómo lo ensuciaba provocaba a veces noches enteras de Aliceth llorando contra la almohada, intentando lavarse con agua demasiado fría a pesar del invierno, y a rezar por horas en la cama pidiendo perdón a Dios por volver a caer en el pecado.

Pero la culpa sólo duraba un par de noches, a la cuarta (O a veces quinta), Aliceth dejaba de lado su ayuno de la amoralidad y volvía a las pícaras andadas.

Durante la transcripción de los tomos reales (Encomienda Real que ya estaba siendo más fastidio que deber), al caer el ocaso, Aliceth pretendía guardar todo, y arriesgándose a ser descubierta, guardaba entre sus pertenencias su libro prohibido favorito, sólo para continuar su lectura en su habitación, riéndose con las desventuras de la Princesa y el ahora sensible Demonio que sólo la adoraba, la sostenía y la exploraba. Todo volvía a la normalidad al regresar a la biblioteca y dejar el tomo indecente en la estantería correcta, cómo si jamás hubiera salido de ahí. A veces sólo tenía un par de horas de sueño, contando de pretexto sus "malas noches" para explicar las ojeras debajo de sus orbes cafés y los constantes bostezos en el despacho de su Superior.

Otras veces, cuando realmente la tarea Real se volvía más estorbo que trabajo, y Aliceth recordaba que su Superior no se encontraba en el Palacio de Justicia, y el ayuno de la amoralidad se volvía más hambriento y voraz, Aliceth se levantaba de la mesa, se dirigía a la Sección Prohibida, y procurando que nadie llegara, Aliceth se disponía a leer ahí mismo y a dejar que su imaginación se disparará y se atreviera a hacer las cosas indebidas que solían las paredes de su habitación ser testigos. Ahora eran los estantes, los candelabros y los libros de la sección prohibida los nuevos testigos de sus suspiros condenados.

Ya fuera en el diván de la biblioteca, en la tina de su baño personal, o en la cama de su estancia, Aliceth no perdía la oportunidad de acumular el pecado de la lujuria en su cuerpo. O tal vez liberarlo.

El nuevo viaje de Aliceth tenía sus altos y bajos, a veces era la mujer más osada y atrevida de toda Francia, y otras veces volvía a ser más mojigata que cuando era novicia.

Pero quién siempre está en sus bajos era el protagonista de sus fantasías.

Claude Frollo no se la pasaba para nada bien en cuanto se trataba de su propia sicalipsis. Cada vez que, a su creída inocente asistente personal, Aliceth, estaba alrededor suyo, la culpa desgargante rasgaba su pecho, su corazón. Sin decir el calor que corrió por cada una de sus extremidades, calor que tuvo que apaciguarlo por sí mismo.

Aquella mañana después de haber hecho su mayor falta de respeto contra sí mismo y con su adorada protegida presente en sus pensamientos, Frollo había regresado de Notre-Dame después del pequeño acto de autocastigo y su recuerdo al destino. Al subir por la escalinata de piedra y llegar a su despacho, cómo cada mañana desde que había aceptado a María Aliceth Bellarose cómo su asistente personal, estaba ella ahí, trabajando diligentemente cómo siempre, ajena a todo lo que su enferma cabeza anhelaba de ella.

Saludando cómo siempre, Aliceth elevó su cabeza y sonrió con ternura, atravesando la inocencia de su sonrisa a su corazón cómo una cruel daga.

"No te merezco, Aliceth… Que Dios perdone lo que te he hecho, María"

Aliceth notó cómo Frollo sólo respondió a secas su saludó y huyó de ahí. No sorprendiéndole los cambios de humor del Ministro de Justicia, Aliceth se encogió de hombros y volvió a entintar su pluma, debía de acabar de responder toda la correspondencia pendiente antes de seguir con sus labores diarias.

A pesar de que su mayor corrección ese día fue evitar a la pelirroja fue evitarla a toda costa, al final del día, cuando Aliceth salía dichosa de la biblioteca y caminaba por los pasillos el palacio, se topó con su Superior al doblar una esquina.

—Mi Señor… He acabado con un tomo el día de hoy…— Anunciaba con cierto orgullo en su pecho y sus palabras —... Según mis cálculos, sólo faltan 2 tomos por terminar…

—Bien…— Murmuró Frollo entre dientes algo incomodo —No esperaba menos de ti, María…

Aliceth continuaba emanando un aura de honra frente a Frollo, anhelando palabras de aliento o tal vez una muy merecida felicitación por su presteza ante su trabajo. Más Frollo anhelaba irse de ahí antes de que Aliceth notase algo extraño en él.

—¿Mi Señor? ¿Se encuentra bien?— Los pies de Aliceth dieron pasos hasta llegar frente a la figura de Frollo. Claude, en realidad, estaba en su peor momento. Sus orbes oscuros que la evitaron a toda costa se rindieron y sus ansías de contemplarla fueron más fuerte que la culpa que cargó a sus espaldas por todo ese día: Examinaba el rostro de su amada asistente, sus ojos del color de las castañas, sus pecas decorando sus mejillas algo sonrojadas.

"Aléjate Aliceth, aléjate de mí antes de que te arrepientas"

Haberla rehuido fue una completa tortura para él.

Su mano intentó ir a su mejilla, cómo antes, cómo cada oportunidad que tenía en el pasado de tocarla, sentir su piel, su calidez. Pero se detuvo antes de hacerlo. No merecía acariciarla, ni siquiera tocarla.

Atinó a tomar el mechón indisciplinado de Aliceth y ponerlo tras su oreja. Los párpados de Aliceth cerraron dócil ante el gesto del hombre frente a ella, pero al abrirlos de vuelta, lo primero que su vista percibió fue el lazo carmesí del birrete de su Superior danzando en la nada, dándole la espalda, abandonándola en medio del pasillo.

La sonrisa de Aliceth desapareció apenas vio a Claude doblar una esquina, desapareciendo por el resto de la noche. Estrujando sus labios entre sí, Aliceth miró a su alrededor, ¿Sería muy obvio para él que ella había estado haciendo esas cosas indebidas contra su trabajo, su religión y ella misma? ¿Estaba molesto con ella? Se lo hubiera dicho, o eso intentaba autoconvencerse Aliceth, pero, ¿Y si era demasiado casto para reprochárselo?

Aliceth se retiró a sus aposentos, quizá su ayuno moral iniciaría esa noche.

El insomnio y la almohada serían los acompañantes en la noche de vela de Aliceth. Las extrañas visiones de la Princesa y el Demonio querían darle el cobijo para que pudiera darle calma a su cuerpo y cediera al sueño.

Pero era más el extraño agujero en su pecho que el calor entre sus piernas, al grado de que tuvo que extinguirlo al levantarse de su cama.

La chimenea jugaba con las sombras alrededor de su silueta, recreando los fantasmas de su cabeza. Desde la mujer que más disfrutaba sentirse libre de las ataduras a las que siempre fue regida, hasta al de una joven arrepentida de los pecados que estaba cometiendo.

Sentándose sobre su escritorio, la vela iluminó el tomo en blanco que era su diario. Su mano voló de la pluma al tintero, y del tintero a las antiguas hojas. La punta rasgaba contra el papel, dejando su oscura marca atrás.

"El Ministro se encontró demasiado extraño en su comportamiento, al igual que mi misma refiriéndome a él cómo el título que le fue obsequiado por la corte real y no por su verdadero nombre, o si quiera el apellido de renombre que le ha valido todo lo que ha logrado. Trató de evitarme todo el día, cosa que en un principio no me sorprendió. Conozco su temperamento, tan cambiante cómo el clima en verano. Pero no estamos en verano, estamos en invierno, y lo que fue más chocante fue su actitud al despedirse… ¿Despedirse si quiera?

Lo vi hoy antes de pasar a descansar, necio cómo siempre, pero yo sabía que no estaba histérica, noté cómo él recogió el mechón de siempre y lo puso tras la oreja. No lo voy a negar, lo disfruté con mi alma, cerré mis ojos, disfruté el momento, lo disfruté a él. Pero al abrirlos, el ya no estaba ahí. Se había dado la vuelta y se fue. Ni siquiera me dio las buenas noches cómo siempre lo había hecho

¿Acaso iniciaremos otra temporada donde sus demonios internos van a sabotear la amistad que tenemos? ¿O acaso he creído que él era demasiado ingenuo para no darse cuenta los atentados que he estado cometiendo contra mi propio templo sagrado? Su disposición está acorde a la temporada, sus manos eran frías, al igual que su corazón y su actitud

¿Está mal rogar por dentro de que Jehan haga otra desventura escandalosa que requiera nuestra presencia? Sólo así Claude volverá a voltearme a ver y a pedirme ayuda… Quiero… Quiero que me necesite… Como yo a él"

El remordimiento se enredaba en los poros de la ex novicia cual gusanos enroscándose en hoyos de tierra, y como si una enorme gárgola estuviese sobre su pecho aún, asfixiándola hasta dejarla sin respirar.

La última palabra de su pequeño escrito fue arruinada por una gota que cayó de la nada, una gota triste que salió del ojo izquierdo de la pobre joven martirizada.

La asistente del Juez no era la única alma torturada del Palacio. En su propio recinto, el Juez Frollo sufría por igual, o quizás peor.

Volvió a lanzar un pañuelo más al fuego, mirando cómo este se consumía de rodillas. Sin camisa, con sus pantalones desabrochados, su mano derecha un puño de impotencia por haber cedido de vuelta a su deseo prohibido por su protegida, y en su mano izquierda, el camisón de Aliceth.

El suspiro frustrado escapó de su garganta, dejándose caer al suelo, llevándose el camisón ligero a su pecho. Sabía que por más pañuelos que lanzara al fuego, eliminando cruciales pero físicas evidencias no iban a servir de nada, ni siquiera el mismo lanzándose a la ardiente brasa, su alma no podía ser expiara por sus actos penitentes.

Todos estos años al servicio del rey, de su pueblo, de Dios. Años purgando al pueblo de París para que fuese más puro a los ojos de Dios, lavando las calles del pecado. Incluso cuando fue nombrado por el Monarca cómo el Protector de Notre-Dame debido a su inquebrantable moral y fe devota a su dogma.

¿Qué le quedaba si todo eso fue destruido en dos noches continuas?

El cosquilleo de la tela en su pecho hizo que Claude bajara su mirada a la prenda. El tejido era tan suave cómo la piel de su portadora, los rulos de su dueña. Maldijo en silencio su debilidad de hombre, pues era consciente de que Aliceth no era una gitana que pudo haberlo hechizado con algún potingue embrujado, ni tampoco era una bailarina que se posaba en cada esquina danzando por monedas, con pasos que encantarían a cualquiera. Ella simplemente existía, pura de corazón y mente, ajena al tormento que desataba en él.

Frollo se levantó del suelo, dejándose caer a su cama, bajo las cobijas. Llevándose el camisón a su rostro, intentó inhalar su aroma, el aroma lavanda de Aliceth, el cual casi se extinguía. Estaba condenado por haberse sucumbido. Era un maldito hipócrita y el mismo lo sabía.

Toda su vida había cargado con la cruz del asesinato de la Madre de Quasimodo, jamás creyendo que cargaría con una segunda cruz: El acto inmoral dedicado a Aliceth.

Y la culpa, la insoportable culpa, sería su constante compañera en este tormento sin solución.

Y por primera vez en años, sus ojos de humedecieron, mojando el atavió de Aliceth. Frustrado, perdido e incluso asustado.

A la misma mañana siguiente debía de despedir a Aliceth y mandarla de vuelta a Alsacia. Por más que le doliera, por más que quisiera retenerla a su lado. Por más que le diera la espalda a su plan original. Precisamente por eso había convencido a Aliceth de dejar el convento de Notre-Dame, dándole un techo en el Palacio de Justicia de Paris, con vestimenta, enseñanzas y comida, más pequeños lujos que la harían caer poco a poco a la trampa que él quería que cayera.

Pero el cayó primero en esa trampa, y el dolor de las espinas encajando en su espíritu era insoportable.

"No quiero que te vayas de mi lado… Pero si no lo haces antes, te condenaré a lo que yo me estoy condenando"

Su miedo al castigo de Dios y a la fatalidad de su destino pudo más contra la pasión, devoción y amor que sentía por María Aliceth Bellarose.

La noche pasó tan rápido para el Juez, tan pronto que estaba frente al espejo, contemplando su uniforme soberano y sombrío del Ministro de Justicia, siempre pulcro, jamás desaliñado. Listo para dirigirse a su despacho, pero no para tomar la decisión más dura de su vida. Tomando su birrete y acomodándolo en su cabeza, decidió darle prisa al mal tiempo.

Anduvo por los pasillos del Palacio de Justicia, erguido e imponente, todos creían que era un hombre de juicio de hielo, sin dejar que las emociones se interpusieran en sus más grandes decisiones. Todos eran unos tontos ilusos.

Cada paso era cómo caminar sobre mil clavos, acercándose al pasillo donde daba camino a su despacho, acercándose a uno de los momentos más dolorosos de su vida, pero era por el bien de ella, estaba haciendo lo correcto, o al menos, eso era lo que Frollo creía.

Su corazón se detuvo al ver la puerta de su despacho, y antes de siquiera percatarse, su mano izquierda tembló de terror.

—Su Señoría— La voz de uno de sus más fieles soldados lo interrumpió, girando al guardia con su temple sereno —Su caballo está listo

—¿Mi caballo?— Frollo frunció el ceño, confundido ante las palabras del soldado. Este titubeó un poco antes de volver a hablar.

—S-si… Usted ordenó que hoy habría temprano una cacería. Dijo que era mejor emboscarlos cuando estuvieran a punto de iniciar su día…

La voz temerosa del soldado le hizo recordar a Frollo lo que había dicho semanas atrás. El asintió. Al menos pudo atrasar la tragedia que se presentaría entre él y Aliceth.

—De acuerdo, que enlisten también mis botas y mis guantes…— Frollo caminó a la par del soldado, alejándose lo más pronto posible de su despacho, su corazón volviendo a latir con normalidad.

Mientras tanto en el despacho, Aliceth estaba tan sumida en su melancólica tarea de responder de archivar papeleo importante, que había olvidado la caza matutina de Frollo. Aliceth se dio un propio respiro de alivio, por más que odiaba esas cacerías de gitanos, eso de alguna manera ponía de mejor humor a su Superior.

Aliceth se mordió su labio al recordar algo.

"Podre esta noche terminar los tomos… Y si los termino a tiempo, podre terminar la primera mitad de la historia del Demonio y la Princesa…"

Y de ese ligero jugueteo, una sonrisa diabólica nació de sus comisuras.

La cacería de romaníes, la cual se suponía que estaba planteada sólo las primeras horas del día, se había prolongado hasta poco más allá del atardecer. Los soldados exhaustos pero satisfechos, llevaban carrozas llenas de gitanos, ladrones, abusadores y estafadores. Algunos eran realmente delincuentes de los que se les acusaba, otros sólo tuvieron la mala suerte de atravesarse en el camino. La justicia e injusticia golpeó a santos y pecadores por igual ese desafortunado día.

Pero para Frollo, extendió dicha cacería por sus propósitos personales. No era anormal que el Juez saliera y diera persecución a todo aquel que no le pareciere igual o que no fuese acorde a su dogma. Su reputación le precedió y disfrazó la verdadera razón: No tener esa plática de despedida con Aliceth.

"Un maldito cobarde, eso es lo que soy"Frollo se decía a si mismo cuando dejó a Snowball en el establo, dirigiéndose a su cámara. Necesitaba darse un largo baño, estaba sudando y no quería seguir apestando.

Un incómodo cosquilleo de agobio sacudió su estómago al pasar por la puerta de la biblioteca. Sí Aliceth estaba ahí, le ordenaría verla en menos de media hora para notificarle de un aviso sobre sus servicios cómo asistente personal. Sí no estaba, era señal que ya se había marchado a su descanso, por lo cual, tendría la delicadeza de dejarla dormir en paz su última noche en el Palacio de Justicia que fue su hogar por esos largos seis meses.

Los mejores de su vida. Y tal vez los de ella.

Pero incluso hasta ese punto se sentía pusilánime y pasó de largo la puerta de la biblioteca.

Frollo se encaminó a su alcoba, en su baño personal ya estaba la tina llena de agua caliente, jabón y hierbas aromáticas. Él era pulcro hasta en su higiene personal, que el pueblo de París tuviese la costumbre de no asearse por días sólo era sinónimo de lo vulgares que eran, disfrutando apestar cómo las ratas de la ciudad.

Un jadeo estruendoso salió desde su garganta cuando su cuerpo se adentró en el agua, suspiró desde lo más profundo de sus pulmones, el día fue bastante pesado que su cuerpo lo resintió. Relajándose, Frollo cerró sus ojos, intentando formular de vuelta el pequeño discurso que le daría a Aliceth al día siguiente, si debía de ser comprensivo, secar sus lágrimas y abrazarla durante esa despedida, o darle la espalda e ignorar sus súplicas. O en dado caso de que la histeria femenina fuese desbordada, tomar la posibilidad de hablar a los guardias y echarla de ahí.

"No… No podría hacerle eso… Maldición…"

Era tanta su agonía, que antes de darse cuenta, Frollo abrió los ojos de golpe. Se había quedado dormido. Exhausto y hastiado, salió de la tina y se dispuso a secarse y a ponerse sus ropas para dormir, creyendo que ya era demasiado tarde para descansar, cuando escuchó golpes secos a su puerta. Una mueca de desagrado, ¿Que sucedía? El ya moría por enredarse en sus cobijas y dormir.

Al abrir la puerta, era uno de sus guardias. Después de hacer el saludo a su Señoría, estiró su mano a este. Frollo reconoció el sello real y en sus adentros hizo un reniego silencioso.

—Su excelencia, una carta del Rey Louis XI— Anunció el guardia, tendiéndole el sobre a este.

Frollo, de mala gana, tomó el sobre y ordenó al guardia retirarse. Cerró la puerta tan pronto este se fue y voló a buscar una de sus dagas, destruyendo el sello para abrir la carta, bufando con fastidio, preguntándose que demonios quería el Rey a esas horas. Al leer la carta, gruñó de fastidio.

El Rey encomendaba otra transcripción de tomos reales, pero esta vez, el Rey no estaba tan seguro que existieran en la biblioteca del Palacio de Justicia… Pero por supuesto, debía de investigar e interpretar para Su Real Majestad.

Se sentía harto, esa noche en especial, hastiado de las interminables responsabilidades de su puesto. Anhelaba tanta paz, sólo un momento de paz. Demasiados problemas personales tenía, para aún lidiar con las necias encomiendas de su Rey. Pero eso al parecer estaba vedado de él. El mismo lo hizo años atrás, su vida pertenecía al servicio de Dios y al mandato del Rey, no tenía derecho a reclamar nada para sí mismo. Ni siquiera una noche para él, una hora para reflexionar lo que haría con su vida personal. Con su protegida.

Resignándose a ser un peón más de la Corte Real, Frollo buscaba en su armario alguna de sus togas limpias para ponérsela y un par de botas para salir a buscar a la biblioteca, atavíos para no ir en sus ropas de descanso por el Palacio de Justicia, y poner una daga entre sus escondites, nunca se sabía cuándo podría aparecer un traidor en sus filas. Optó por no usar su birrete, de cualquier manera, presentable ya era su apariencia.

Mientras cruzaba algunos pasillos, dio con la puerta de la alcoba de Aliceth. Un escalofrío, ¿Debía de despertarla para pedirle ayuda con la necia encomienda? Se acercó a esta y sus dedos enroscados entre sí, estuvieron a punto de tocar la puerta, pedirle que lo ayudara en la búsqueda y transcripción de esos nuevos tomos, fuera la hora que fuese. Ella era su más virtuosa y diligente trabajadora, la mejor asistente que cualquiera desearía tener, y jamás se negaría a cumplir con su deber.

Pero se detuvo titubeante apenas sus nudillos estaban a milímetros de la madera. La idea de despertarla y verla en camisón le causó mil sensaciones en la piel, sumando al remordimiento de que ese vínculo entre ambos él estaría a punto de romperlo, y maldita sea su suerte, probablemente tendrían otro acercamiento más, y no soportaría arruinarlo todo para al día siguiente. Además, posiblemente Aliceth estaría adentrada a su sueño y le daba pena interrumpirlo.

No podía permitirlo, proteger el descanso, virtud y amistad de Aliceth era su deber, por más que lo último terminaría de quebrarlo cómo mazo contra el mármol. No podía hacerlo más difícil de lo que era, pero tenía que liberar a Aliceth de su obsesión enfermiza que amenazaba con devorar el poco buen juicio que le quedaba.

Alejándose de su más grande tentación, Frollo se encomendó a sí mismo a hacer esa tarea por su cuenta. No se había detenido a analizar que la misiva no era urgente, pero era más su orgullo de demostrar que los tomos reales que el rey pedía ni siquiera existían.

Llegando a la biblioteca, tomó un candelabro y al encenderlo de las antorchas, se dispuso a vagar entre los estantes silenciosos. Refunfuñando cómo cascarrabias, Frollo registraba estante por estante.

"Necio, la corona te queda grande, Su Majestad"Pensaba Frollo mientras que su dedo índice buscaba los dichosos libros que el rey exigía. Esta tan seguro que esos no existían, y de estar en lo correcto, el mismo escribiría la carta a su Majestad para explicarle que los tomos que pedía sólo se podían hallarse dentro de su vacío cráneo.

No, no podía escribir eso, pero cómo anhelaba hacerlo.

Su dedo viajaba entre los tomos de cuero, y era tanta su concentración que todos sus sentidos se agudizaron, incluyendo su oído. Y gracias a eso, escuchó un desconocido sonido a lo lejos. Un sonido que lo hizo detenerse en seco y olvidar la encomienda real por completo.

Agudizó sus oídos, y el sonido desconocido era una voz femenina clamando algo entre jadeos.

Frollo giró en redondo, pasmado con lo que escuchaba, dándose cuenta que el origen de esa voz era en la Sección prohibida de la biblioteca.

Caminó en pasos lentos, casi a hurtadillas, mantuvo firme el agarre de su candelabro. Cada vez que se acercaba, la voz se hacía más notoria, más sonora, y una parte de él creyó reconocerla, pero se negaba aún a aceptarlo. Al estar prácticamente a una esquina de la Sección Prohibida, notó cómo las velas de ahí seguían encendidas, entre las pocas sombras, Claude se escondió y se asomó cautelosamente, cerrando sus párpados.

Al abrirlos, quedó petrificado al ver la escena de la que sus ojos eran testigos.

Aliceth estaba contra el respaldo del diván de la sección prohibida, con un libro abierto cercano a ella. Una de sus manos estaba ocupaba deshaciendo la malla intrincada que aprisionaba su cabellera que anhelaba ser libre, la otra mano… Estaba oculta bajo sus faldas. Aliceth gemía audiblemente mientras leía ese libro, sus mejillas más rojas que nunca que ni siquiera sus pecas lograban notarse, y sus ojos con un brillo especial del que Frollo jamás había contemplado en el pasado.

Claude quedó inmóvil, apreciándola en absoluto silencio. Una parte de él le decía que no debía de ver eso, pero la otra parte… Era incapaz de apartar la vista de ella, de la visión de su cabello suelto y desordenado, de sus labios tan ardientes y magullados de haberlos mordido tanto… Y de adivinar de lo que hacía su mano oculta bajo su vestido para arrancarse esos sonidos de placer.

Se sentía paralizado de haberla descubierta en esa faceta tan íntima, tan privada, pero su corazón sentía alivio… Aliceth no era tan inocente cómo el creía, Aliceth era una pecadora… Como él lo era.

Aliceth continuaba leyendo y gimiendo, sin sospechar que tenía un testigo secreto que para su pecaminoso deleite no podía dejar de verla. El torbellino de emociones contradictorias que atacaban a su ser, perturbado y excitado a partes iguales, y la dulce melodía que escapaba de los labios de Aliceth, grabándose a fuego a su memoria. Grabándose a fuego a su Aliceth entregarse al pecado sin remordimientos. Grabándose a fuego que ambos compartían la misma naturaleza pecaminosa.

Notó cómo Aliceth de repente dejaba escapar un gemido profundo, mientras su cuerpo se enroscaba en el diván y se dejaba caer en este, Claude vio las piernas de Aliceth temblar y cómo ella echaba la cabeza hacía atrás, incluso un par de lágrimas corriendo por sus mejillas. Aliceth abría sus ojos hacía al cielo, cómo si buscara la voz de Dios en medio de su pecado.

Aliceth se tomaba su pequeño tiempo para disfrutar la sensación placentera. De sus faldas salió su mano. María la observaba, la evidencia muda de lo que había hecho apenas segundos atrás. Mordiendo su labio, Aliceth se dejó llevar por un impulso de curiosidad y se llevó un dedo a su boca, probando su propia esencia, cosa que a Claude le pareció casi un sacrilegio, que el mismo tuvo que morder su labio para que su voz no le traicionara y lo delatara.

La traviesa pelirroja seguía recostada en el diván, mientras le daba el tiempo a su cuerpo de recuperarse, dándole tiempo a las pequeñas ondas placenteras esporádicas que todavía colisionaban en su piel. De todas las veces que había descubierto el cosquilleo que le hacía "morir y volver de vuelta a la vida", esa había sido la más intensa de todas. Cerraba sus ojos y su respiración iba al compás de los latidos de su corazón. Los dos últimos tomos los había acabado tan rápido que, apenas puso el punto final, corrió a la sección a terminar la primera mitad del libro. Más no esperó haberse quedado tan obsesionada con la historia, que lo leyó por casi todo el día hasta esas altas horas de la noche.

"Me estoy arriesgando demasiado si me sigo quedando aquí. Debo volver antes de que me descubran"

Aliceth reflexionó, y regresando la moral a su cuerpo, se levantó aprisa, debía dejar todo en orden antes de salir de ahí.

Para entonces, Frollo estaba a medio pasillo, escapando del deseo de hacerse notar ante ella y participar en su prohibida aventura. Pero la obligación de marcharse y fingir no haber sido su testigo fue más fuerte. Debía de escapar de ahí antes de que el tormento obsceno en su pecho se hiciese cada vez más vigoroso y fuese incapaz de hacerle frente.

Pero necesitaba verla… Verla sólo una vez más.

Aliceth guardó el libro, acomodó su cabello de vuelta, se arregló sus ropas, volvió a ponerse sus zapatos y apagó todas las velas excepto una. Se encaminó a su escape, a volver a habitación y volver a darse otro baño frío de la tina de su baño. Pero al cruzar el umbral de la sección prohibida dio un gritó ahogado y la vela se resbaló de sus manos.

—¡M-Mi Señor!

—¿A dónde crees que vas, pequeña sucia pecadora?

Apoyado contra la pared, cruzado de brazos, estaba Claude Frollo esperándola.

Aliceth se ruborizó violentamente y las lágrimas llenaron sus ojos. Sintió todo el peso de la vergüenza sobre su cuerpo entero, el temblor dentro de su alma.

—Leyendo libros prohibidos que van contra la palabra del Señor a horas intempestivas, ¿No es así?— Frollo se acercaba a ella, la severidad en su voz era tan profunda que Aliceth no era capaz de verle su cara, su bochorno era tan grave que no se había dado cuenta del fuego que ardía en el interior de su Superior.

—M-Mi Señor…— Aliceth murmuraba con su voz quebrada, sus manos intentando cubrir su rostro, aún sin atreverlo a verlo a su cara. —Lo siento tanto… Lo lamento mucho Mi Señor…— Fue tanta la vergüenza que Aliceth no pudo más y se quebró a llorar —Por favor, Mi Señor, perdóneme, fui… Fui débil, yo no… Fui débil y cedí al pecado… ¡No debí mi Señor, lo lamento tanto!

Sin embargo, cuando estuvo a punto de pedirle de rodillas que no la echara del Palacio, sintió dos dedos sostener de su mentón, forzándola a ver su cara, a que sus ojos finalmente se encontraran.

—María…— La voz agitada de Claude hizo que todos los sentidos de alarma de Aliceth se detuvieran y se confundieran, y un gruñido apasionado de su ronca garganta hizo que todo en su mundo se detuviera en conmoción —... Todo este tiempo creyéndote inocente, pura, pía… Y eres una pecadora… Una pecadora al igual que yo… Has despertado al demonio que me habita Aliceth… — Susurró cada vez más cerca de su rostro, el cuerpo de Aliceth cediendo, al igual que su alma —... Y ahora tendrás que pagar el castigo que tengo preparado para ti…

Y antes de que Aliceth pudiera responder, los labios de Claude posaron sobre los de ella en un beso exigente, hambriento y apasionado. Ella forcejeó débilmente, para al final dejar de lado sus miedos, su moralidad e incluso a su fe, correspondiendo su beso con la misma pasión, arrodillándose a su Dios falso.

Habían cruzado el punto de no retorno, el umbral de la moral y la religión y ya no había vuelta atrás para ello, la única solución para eludir la pasión que los consumía era entregarse a los deseos del otro. Creyéndose ajenos a lo que sentían entre ellos mismos, se despojarían de la culpa y se someterían a sus sentimientos prohibidos, a lo que hipócritamente ambos luchaban por no desatar.

Esa noche, Frollo le mostraría a Aliceth todo el infierno que había cavado en él… Y se adueñaría por completo de su inocencia para siempre.

Y ella le mostraría todo el paraíso que Claude casi había perdido… El paraíso que había temido por años caer.