[Nota de la Autora: Ustedes saben lo que va a pasar, yo lo sé también, el mismo título del capítulo lo dice, y si se preguntan porque ese título, investíguenlo ;) Algunas prácticas o situaciones que sucederán aquí son plenamente ficticas y sólo son usadas como recurso narrativo ;) Así que, disfruten el capítulo ;) ]

XXXIX: Nacida de la espuma del mar

Todo lo que Aliceth Bellarose creía comprender, saber y entender sobre el velo de su cuerpo, el recato y la rectitud se crispaban cómo las ramas de los robles en París ante la terrible nevada que justo caía en esa noche.

Todos los conceptos concebidos que tenía del Juez caían a pedazos. Claude Frollo, ese hombre tan rígido con su prestigio, el siervo de Dios más devoto de todos sus seguidores, el respetado y temido Ministro de Justicia, era el mismo hombre que la tenía atrapada entre sus brazos, el mismo que había apoderado sus labios contra los suyos en la neblina púrpura que finalmente los alcanzó, los intoxicó, y sólo era cuestión de tiempo de someterse y corromperse a esta.

A pesar que su espíritu estuviese petrificado, incapaz aún de entender en donde estaba atrapada, su cuerpo reaccionaba por su consciencia, disfrutando de la jaula humana que eran los brazos de Claude. Sus labios posaban pasionalmente sobre los de él, ayudando a su amante a continuar el ferviente beso. En cuanto al Juez, su mano izquierda sostenía la cintura de la joven, su mano derecha atrapaba su cabello curvilíneo.

Las ánimas de ambos desataban una pasión reprimida desde lo más profundo de sus existencias, ambos creyéndose ajenos al deseo que sentían el uno por el otro, arriesgando la reputación que podrían perder si tan sólo un guardia encomendado a cuidar una tediosa biblioteca tuviera ojos curiosos y percibiera algo anormal en la sección prohibida, atrapándolos en la tan bochornosa y comprometedora situación. Pero ambos sabían que ningún guardia custodiaría una solitaria biblioteca a la media noche. Clandestinos, permanecían inmersos en su pecaminoso ósculo, descubriendo las facetas más recónditas y borrascosas que ellos mismos procuraban ocultar, escapando como arena entre dedos. Decidieron explorar sus bocas en el íntimo baile que los privaba de razón y aire por igual. Claude profundizó el beso, adentrándose en la boca de Aliceth sin permiso, ella respondió con un tímido jadeo ante la inesperada intromisión, más replicó uniendo su lengua con la de él entusiasmada, el abrazo más íntimo que jamás hubieran tenido.

El delirio arrastrándolo a nuevos senderos, creyéndose competente con poder manejar grandes cantidades de gozo en su sagacidad, Claude descendió hasta su cuello, cubriéndolo de besos, succionando su piel, mordiéndolo cual deliciosos manjares, arrancando gemidos de su protegida, sonidos más profundos y sensuales de los que ella misma se provocaba con su propia mano. Los sollozos carnales de Aliceth no hacían más que incentivar el arranque agresivo que Frollo luchó por mucho tiempo mantener bajo tierra. Frustrado por los años de auto represión, de castidad impuesta por sus creencias, sus doctrinas y por él mismo, sus manos fueron a la espalda de Aliceth, sus desesperados dedos intentando deshacerse de los lazos entrelazados den los ojales, tirando de ellos con furor. Pero la impaciencia era parte de la lista de defectos del Juez, así que, tiró de su escote con violencia, rasgando la tela verde sin contemplaciones. Aliceth soltó un gemido de temor ante el arrebato eufórico de su Superior, pero el miedo inicial acabó al sentir sus labios descender en su piel desnuda.

Claude se detuvo por un segundo, elevándose para contemplar a su asistente personal, mirándola a los ojos desde el primer ávido beso. La visión de Aliceth ruborizada, con los brazos cruzados sobre su pecho en un ademán pudoroso, su respiración intranquila y sus pupilas brillosas, secretamente pidiendo más, no hizo más que avivar las llamas que abrasaban al Juez en sus entrañas.

Jamás imaginó tener a Aliceth así, a su merced, y sin nada ni nadie que se interpondría en el único y casi culminante objetivo de su largo camino esa noche.

A su cabeza lloviznaban aquellas escenas de su lectura prohibida que la atormentaban por las noches, y en un pícaro intento de pretender estar en una de esas escenas, Aliceth separó a Claude, y sin dejar de apreciarlo, necesitando ser testigo de su reacción, Aliceth abrió sensualmente la tela de su rasgado corsé a los orbes hambrientos de Frollo, mostrando aquella parte de su cuerpo que procuraba ocultar.

—María…— Escapó un suspiro de sus labios. Ella se preguntó si esa súplica era dedicada para su Virgen Santa o era dedicada a ella. Un beso más, un maldito beso más, la noche estaría llena de besos sin cesar, Aliceth y Claude disfrutaban tocarse, descubrirse, reconocerse.

En el más puro arrebato visceral, su mano entró dentro del rasgado corsé. Aliceth notó el tacto y jadeó contra su boca, sintiendo su palma tomar su pecho y tocarla. Inconscientemente arqueó su espalda contra la pared de piedra, sin saber que invitaba a Claude a más.

Los besos al cuello volvieron, eran los segundos tipos de besos favoritos de Aliceth, o eso creía hasta notar que bajaba más allá de las clavículas y del desgarrado escote. Apenas puso una mano en su boca al sentir los labios y la lengua de Claude sobre sus pechos. Ella no recordaba de que el Demonio hiciera eso con la Princesa, ¿O acaso no había llegado a algún capítulo similar? Un gemido escapó entre sus falanges, perdiendo contra la batalla de placer que su Superior le daba. Su mano libre se enredaba en su plateada melena, aferrándose a sus hebras cuando el placer se volvía insoportable.

—No te atrevas a callar— Ordenó Claude a su protegida al notar que ella misma intenta censurarse —Clama, grita, entrégame tus muestras de gozo — Murmuraba entre dientes contra su piel —No tienes permitido disimular la lujuria que sientes por mí— Y al regresar a su labor, la voz de Aliceth se volvió más evidente.

Claude no sólo saboreaba su piel, reconocía el aroma en esta, el mismo aroma que en el camisón de Aliceth, pero mucho más profundo e intenso en ella. Volvía a su cuello, a su mentón, a sus labios. Estaba embriagándose de ella, envenenándose de ella, cómo en sus sueños más salvajes.

En medio de su delirio, Claude se detenía y sujetaba las mejillas de Aliceth con dos de sus dedos, ambos mirándose a los ojos, sus respiraciones agitadas, sus labios húmedos, apetitosos.

—Veo que la encomienda real que se nos asignó la has usado como una perfecta fachada para burlarte de mis prohibiciones y pecar contra tu propia virtud

Los labios temblorosos de Aliceth no fueron capaces de replicar una defensa ante los ojos intensos y llenos de amenaza de su Superior, fallando todo en su ser, hasta su voz.

—Eres muda, me parece. Te quedas callada justo cuando debes de implorar clemencia...— Dejando libre sus mejillas, sus dedos viajaron a la nuca de la pelirroja —...No habrá clemencia para ti esta noche, vas a obedecerme sin reservas, y cumplirás tu complicado castigo de aplacar el oscuro fuego en mi...

Podía sentirlo tomar un manojo de sus mechones tras su cabeza, más su voz apareció sin tropiezos.

—¿C-Complicado, ha dicho?

El aliento de Claude frenó, la audacia de su protegida, su insolencia reluciendo, pero le dio el beneficio de su "inocencia".

—¿He sido ambiguo con mis palabras? Lo he declarado, aplacaré tus pecaminosos apetitos, y tu nutrirás los míos como tu absolución...

Un beso más, acompañado de un pequeño mordisco que arrancó un sollozo doloso en la pelirroja, casi haciéndola sangrar.

La tomó en brazos, sosteniéndola con fuerzas desde su cadera, levantando hasta darle a entender que tenía que sujetarse de él. Aliceth se sostuvo en sus hombros y sus piernas se pusieron alrededor de él, mientras que sus bocas seguían abrasadas apasionadamente. Los zapatos de Aliceth volaron, quedando finalmente descalza. En la tenue luz que apenas daba la caída vela, Claude distinguió el diván verde donde minutos antes Aliceth cometía onanismo. Cometerían un peor pecado que ese, un divino pecado.

La recostó con apresuro sobre este, Aliceth sólo pudo contemplar cómo Claude se quitaba su estorbosa túnica y la tiraba a su suerte, dejando ver la camisa de lino y sus pantalones oscuros. Pequeños fragmentos de la mansión Frollo llegaban a Aliceth, sólo que esta vez, su Superior ansiaba por quebrantar los principios que con terror creyó romper aquella mañana.

La recostó con apresuro sobre este, Aliceth sólo pudo contemplar cómo Claude se quitaba su estorbosa túnica y la tiraba a su suerte, dejando ver la camisa de lino y sus pantalones oscuros. Pequeños fragmentos de la mansión Frollo llegaban a Aliceth, sólo que esta vez, su Superior ansiaba por quebrantar los principios que con terror creyó romper aquella mañana.

Con el dorso de sus dedos, Claude acarició la mejilla de Aliceth, y acercándose a su rostro, estuvieron a punto de compartir un beso, pero apenas sus labios se tocaron, una vil idea vino a la mente de Claude.

Jaló su toga del suelo y rápidamente buscó los escondites de su atavío. Ella se sobresaltó al verlo extraer su distinguida daga de plata. Su pecho se hundió y su corazón se detuvo, más los dedos de Frollo tomaron los jirones de su corsé y del resto para terminar de desgarrar lo que le quedaba de vestido.

Aliceth no pudo evitar hacer otro ademán decoroso cubriéndose con los retazos esmeralda de la que fue su prenda, sin embargo, la mirada oscura de Claude no pudo evitar contemplar los puntos que dicha prenda solía ocultar a su vista, y que seguía ocultando aún más. A su mente llegaron a golpear las primeras oleadas de remordimiento, de que aquello que hacían no era nada correcto.

¿Cómo pudo haber llegado a ese punto con su Protector? ¿Al que le prometió ser recta, íntegra e intachable? ¿En qué pozo profundo se estaba hundiendo junto al Juez? ¿No le temían al infierno al que ya tenían al menos un pie asegurado dentro de este?

Pero, a su vez, ¿Qué no había soñado con esto por tantas noches? Y no sólo refiriéndose a sus más recientes fantasías fatales ¿Su alma no estaba atormentada por que aseguraba de que todo el amor y cariño que sentía por Claude Frollo jamás sería correspondido? Ella se había resignado a una amistad que perduraría con el tiempo hasta el momento en que sus servicios ya no fuesen necesarios para el Ministro, o bien, el momento en que ella encontrase un buen partido y una futura fecha de matrimonio en alguna capilla.

Todo lo que ella creía sobre el recato, sobre sus dogmas y convicciones, e incluso sobre el amor, todo se estaba desmoronado. Todo lo que había creído religiosamente por años se destruía, pero no para su mal o ruina. En realidad, Aliceth sentía que todo eso necesitaba caer, ese derrumbamiento debía de suceder para dar paso a nuevos descubrimientos sobre el deleite, la complacencia... Sobre el amor.

Y ahí estaba Claude Frollo, tendiéndole la mano a descubrir esos nuevos senderos.

Y como el Demonio de su lectura prohibida favorita, quien le tendía la mano a la Princesa antes de entregarse a él... Aliceth imitaría a su parte preferida del libro.

Claude ahogó un resoplido al ver como Aliceth se incorporaba en el diván, sin dejar de verlo a sus ojos, y dejando atrás las ansias y angustias nacientes de su pecho, lentamente retiraba la tela de su piel.

Al verla revelándose sólo para él, Claude sentía como el aire escapaba de sus pulmones, hasta un traicionero suspiro escapó de sus labios —Aliceth...— Sus ojos siempre se habían acostumbrado a la crueldad de sus actos, a los textos sagrados, a las leyes de su pueblo y su país, a las lecturas filosóficas y doctrinas de su fe, y al estar cerrados, a los locos delirios que lo torturaban por hacer el sacrificio de reprimirlos, se abrieron por completo al ver por primera vez la figura desnuda de Aliceth Bellarose. Vagaron por cada curva en ella, cada valle perfecto. La visión frente a él era tan impactante y casi dolorosa.

Esa obsesión por María Aliceth que siempre procuró mantener a raya se desbordó sin control. Y Aliceth, en un arrebato más descarado y libidinoso, separó lentamente sus piernas. Un huracán de emociones lo golpeó en ese instante.

Claude se inclinó sobre ella y la besó bruscamente, atrapado entre la tentación y el temor, entre la pasión y la culpa. Descendió por su mentón, su cuello, sus pechos, dejando dentelladas y marcas por donde pasaba, hasta llegar al vientre. Se detuvo un instante al reconocer el aroma del camisón, mucho más intenso que nunca, sintiendo la tensión expectante de su amada.

Aliceth soltó un fuerte gemido de su boca al sentirse devorada como si un depredador hambriento por fin conseguía su botín. No opuso resistencia, y volvía a tomar las hebras plateadas. Eso era más intenso que simples mariposas en su vientre.

El sabor de María Aliceth era la gloria.

Claude se advertía que no tardarían en caer al abismo más profundo. Mientras una de sus manos sostenía uno de los muslos de Aliceth para evitar que cerrara sus piernas y lo privara de aire, su otra mano estaba desesperada intentando desabrochar sus pantalones tan rápido como pudiera.

Cuando Aliceth estaba al borde, creyendo que llegaría a sentir la exquisita sensación de "morir", Claude se separó de ella, regresando a su boca una vez. Aliceth hizo un refunfuño de frustración al no llegar al placentero espasmo, pero desconocía por lo que experimentaría por primera vez. O tal vez sí, de la forma en la que Claude la miraba detenidamente, él mismo preparándose mentalmente.

—Algo me dice que sabes lo que va a ocurrir

Una pequeña carcajada nerviosa salió de su garganta, Aliceth llevándose sus manos a sus mejillas.

—¿Lo dice por mis... Variables lecturas?

Intentó reír hasta volver a sentir como la sostenían de su barbilla. Esto iba en serio.

—Pero no tienes noción de lo que pasará después

Las palabras resonaban en el corazón de Aliceth, palpitando con una misteriosa emoción y miedo a las desconocidas sensaciones y del incierto futuro.

—¿Q-Que sucederá conmigo después de... Eso?

La sonrisa perversa que procuró ocultar por tanto tiempo salió a la luz.

—… Serás eternamente mía, Aliceth...

La naturaleza de esas palabras, más el atemorizante semblante del Ministro de Justicia, daban el perfecto dúo para sembrar el miedo y ahuyentar a cualquier damisela, temerosa de caer en las garras de un depravado infame.

Más para Aliceth, no había otro sitio en el que aspiraba estar.

Los orbes marrones de Aliceth bajaron al ver como las caderas huesudas de Claude se metía entre sus muslos, notando su pantalón ya desabrochado. Al percibir la mirada de su amante en su entrepierna, Claude bajó para separar sus ropas y liberar su prominente virilidad. La cosa menos esperada de la noche fue la reacción de Aliceth, un dulce deleite escucharla tragar saliva y carraspear, sus ojos ensanchándose como dos lunas llenas y sus pecosas mejillas más rojas que su cabellera.

El nerviosismo, la curiosidad y el deseo se arremolinaron en el pecho de Aliceth, creando el sentimiento más confuso que jamás hubiera sentido, y al ver el rostro de su amado, creció esa chocante sensación en su interior.

Frollo era conocido por muchos como un hombre impaciente en diversos aspectos referentes a su puesto en la corte y en el palacio, y en ese momento tan íntimo y privado, no iba a ser la excepción.

Besando la mejilla de Aliceth y acercándose más a su cuerpo, se adentraba hasta buscar lo que necesitaba sentir, la señal para poder lograr su más oscura y caprichosa aspiración desde que vio a esa mujer por primera vez en su griñón y habito.

Y sin poder más, afanoso de marcar su territorio, de marcarla como suya para la eternidad, Claude entró de una sola estocada, ignorante del cuerpo femenino, se alertó al escuchar un fuerte grito de dolor en lugar de un clamor de placer.

Aliceth tenía conocimiento gracias a la historia de la Princesa y su Demonio que la primera cópula de una dama siempre dolería, pero jamás imaginó que sería tan intensamente dolorosa. El ardor en su carne al sentir su virtud desgarrada fue abrumador. Dos dedos de Claude bajaron a su unión y al regresarlos a la tenue luz después de tentar hizo que sintiera remordimiento, ver sus yemas teñidas de sangre le hizo darse cuenta de lo que ejerció: Había corrompido a María Aliceth Bellarose, mancillado su inocencia, o lo que le quedaba de esta, tal y como lo había fantaseado en sus sueños más solitarios y libidinosos... Y no sentía bien.

Tan sólo las primeras lágrimas de Aliceth hicieron que el arrepentimiento sacudiera sus entrañas.

Yacía bajo él, llorando y temblando, aferrada al diván. Su parte maldita y egoísta se regodeaba de ello, de finalmente había tomado la pureza de ella, pero la parte que la amaba...

Intentaba recabar lo poco que sabía, el poco conocimiento sobre la coyunda, lo que ignoraba de las conversaciones de Jehan cuando contaba con mucho orgullo como desfloraba a hermosas doncellas a escondidas en la Mansión Frollo o de lo poco que escuchaba entre otros hombres de la corte después de que estos se casaran y pasaran su noche de bodas con sus esposas.

—Aliceth...— Bajó su rostro al de ella, tomándolo con ambas manos, limpiando sus lágrimas con sus pulgares. Ella abría sus ojos ante tal inesperado acto de ternura. Sus húmedas pestañas revoloteaban, necesitando sentirse protegida y cuidada —No llores... Pasará el dolor... Ya pasó lo peor, mi niña...— Seguía susurrando, besando sus lágrimas —...Pasará el dolor, te lo aseguro…— Aliceth hipó, incapaz de hablar, más cuando un destello del egoísmo de Frollo relució en la intimidad —Ahora eres mía...me perteneces por completo...

Claude continuó limpiando sus lágrimas, la besó profundamente, insistente, hasta que sintió cómo comenzaba a relajarse y responder tímidamente. Descendió de nuevo por su cuello, succionando su piel hasta dejar marcas, y se entretuvo en sus pechos mordiéndolos y lamiéndolos hasta endurecer sus pezones. Ella comenzó a gemir, y para su sorpresa sintió que el dolor remitía, reemplazado por una extraña sensación de calor que se expandía desde su vientre hasta el resto de sus extremidades, desde su cuero cabelludo hasta la punta de sus pies. El dolor la abandonaba, o tal vez se mezclaba con un nuevo tipo de placer, uno que era más profundo, mejor que el placer que cuando ella misma se tocaba o que le dio la lengua de Frollo minutos atrás.

La volvió a embestir, lentamente, estudiando sus reacciones, pero su intento de cultivarse de la novedad fracasó al momento que el gozo lo empezó a golpear, al sentirla palpitante alrededor de su masculinidad. Aliceth, descubriendo más misterios que su cuerpo le regalaba, arqueó su espalda, pidiéndole más a su Juez. Poco a poco, el dolor comenzó a templarse, transformándose en un cosquilleo placentero con cada movimiento.

No tardaron mucho en caer en el pecado de la lujuria, las piernas de Aliceth rodearon las caderas de Claude, y sus manos se metían bajo la camisa de lino, acariciando su espalda, tocando la piel de su superior por primera vez.

El gemía roncamente en su cuello, contemplando los bellos sonidos de su amada protegida, como se abandonaba por completo en el infierno que el prometió alguna vez en sus delirios obsequiarle.

—¡Mi Señor!— Clamó Aliceth entre jadeos, sus uñas enterrándose en la piel de su espalda.

—Sí, repítelo...— Le ordenó entre gruñidos —Quiero oírte, quiero escucharte decir a quién le perteneces ahora...

—A usted... Mi Señor...— Aliceth sollozó, abrazándose con más fuerte a Claude. Frollo gruñó de satisfacción, devorando su boca mientras se hundía en ella una y otra vez.

—Así es...me perteneces. Eres mía, para usar y profanar a mi antojo— Dijo él sin dejar de embestirla —Y te aseguro que pienso explotar esta nueva propiedad mía al máximo...Te haré gritar de dolor y éxtasis por igual, mi dulce niña…

Aliceth, a pesar de que todo su mundo se removía con regocijo, tenía que hacer una aclaración en la nueva evolución de su relación.

—No, por favor, no me más diga así… Usted sabe muy bien que ya no soy eso…— La mano de Aliceth salía de la camisa de Claude, buscando una de sus manos para entrelazarla —...No quiero ser vulnerable o tonta en esto… Quiero que me trate cómo a una mujer….

Las cejas oscuras de Frollo se elevaron ante la petición de Aliceth, pareció dudar un momento, ya que no tenía otra forma de referirse a ella de forma cariñosa, sin saber responder, aunque después de una pequeña pausa, aceptó su nueva condición:

—Tienes razón, mi…— Se detuvo, no sin antes volver a nombrarla de esa forma, desconociendo cómo debía de referirse a ella, sobre todo en ese momento tan intrínseco cómo aquel. Buscando entre sus posibilidades, Frollo dudó por un momento, rascándose la nuca mientras buscaba las palabras apropiadas. Entonces, una chispa de reconocimiento cruza por su mirada —Mi querida… Tendré algunos dulces apodos para ti cuando estemos así, pero el principal será ese… Mi hermosa Afrodita…

Durante el avance de su obscena unión, Claude se aseguraba de dejar en claro a Aliceth que ella ya le pertenecía a él, pero él también le pertenecía a ella, por más que se negara a admitirlo. Estaba obsesionado con ella desde el primer momento en que la vio acomodando el altar de Notre-Dame, y no descansaría hasta corromperla por completo y adueñarse de cada parte de su ser. Esa noche solo era el principio, aún quedaba mucho por enseñarle y muchas formas de pecar que mostrarle… Ella sería su perdición, pero antes se aseguraría de arrastrarla consigo en un torbellino de lujuria y depravación del cual jamás podría escapar.

Aliceth gimoteaba cada vez más sonoro, incapaz de articular palabra alguna. Abrumada por las nuevas evocaciones prohibidas, el placer obsceno que aumentaba cada vez más, se abandonaba dócilmente ante los impuros deseos de Frollo sin oponer la menor resistencia.

—Eres mía para usar cuando se me antoje, para saciar cada pensamiento impío que haya albergado— Continuó diciendo Frollo a su oído entre jadeos, aumentado la velocidad y fuerza de sus embestidas, listo para confesar su mayor secreto —Y deseaba tomarte así desde el primer día que te vi, tenerte de rodillas y sometida a mí mientras te reclamo por completo…

Los ojos de Aliceth se abrieron, pequeñas memorias de su primer encuentro trataban de dejarse ver, intentando sentirse en peligro, que se estaba metiendo en las fauces del lobo, más sorprendiéndose a sí misma, descubría que sus palabras el excitaban tanto cómo su acto. Se frotó instintivamente contra él, anhelando más, y Frollo río entre dientes ante su desamparo

—Que mujercita más depravada estas hecha— Murmuró antes de morder su lóbulo con saña, ganándose otro gritillo —Pero no te preocupes, yo me encargaré de alimentar tus nuevos… Apetitos. Para cuando acabe contigo, no quedará nada de la inocente jovencita que eras… Sólo una cortesana ansiosa de pecar

Aliceth sabía que debía de sentirse escandalizada por esas palabras, pero lo único que podía pensar era en pedirle más, más caricias brutales, más de su vehemente goce, más del placer prohibido que le brindaba sin medida.

—Dime, ¿Desde cuándo has estado leyendo ese libro prohibido que tanto te fascina?— Exigió saber sin dejar de embestirla. Sabía que llegaría ese interrogatorio, pero no esperó que fuese en ese momento.

—¡Ah! ¡Ah!— Aliceth intentaba articular alguna respuesta coherente, pero resultaba difícil concentrarse mientras que las caderas de Claude chocaban contra su vientre una y otra vez —P-Poco después de que… Empecé a transcribir… Los tomos reales— Gemía su contestación. Frollo gruño y una mano se posó sobre su cuello, apretando dócilmente, pero lo suficiente para que Aliceth estuviese alerta.

—Traviesa— Masculló entre dientes —Así que todo este tiempo has estado desobedeciendo mis órdenes a mis espaldas… Leyendo herejías y llenando tu cabeza de ideas pecaminosas… Debería castigarte por tu insolencia...

Dicho esto, aumentó el ritmo de sus embestidas hasta casi rayar en la ferocidad, arrancando gritos de dolor mezclado con placer de Aliceth que se retorcía bajo él, incapaz de escapar de sus garras.

—Pero descuida, por hoy, con esta lección que te estoy dando te debe de ser más que suficiente— Murmuraba jadeando, sus manos apretando sus caderas —Pero tendré que vigilarte de cerca en el futuro, no vaya a ser que te gané la desobediencia y vuelvas a burlarte de mí. Pero sí lo haces… Bueno, digamos que habrá más noches cómo esta… ¿No es eso lo que te gusta?

Aliceth gimió audiblemente, para sorpresa de Frollo y vergüenza propia. La sola idea de volver a experimentar el tormento de pecado que él le infligía resultaba perturbadoramente excitante.

—Tomaré eso como un sí— Rio Frollo antes de morderle el hombro y dejar libre su cuello —Eso es, mi hermosa Afrodita, disfrútalo— La instaba Frollo con voz ronca en su oído. Aliceth echó la cabeza hacia atrás contra el respaldo del diván y se entregó por completo a las sensaciones que la embargaban, cerrando sus parpados, sus piernas apretándose más a sus caderas. Ya nada importaba salvo Su Superior y lo que le hacía sentir. Se había adentrado bajo su piel, obsesionándola, convirtiéndose en su perdición… Y Aliceth ansiaba arder en ese infierno una y otra vez. Sabía que debía arrepentirse, que lo que hacían estaba mal y era un pecado, una aberración… Pero sí Dios la condenaba por ello, sí había de ser juzgada por entregarse a ese Demonio que la poseía en cuerpo y alma, que así fuera. Valía la pena arder en las llamas eternas a cambio de permanecer a su lado, siquiera por esa noche.

Le haría honor al personaje de la Princesa, que aceptó el infierno con tal de vivir al lado de su amado Demonio.

—Eres mía...— Gruñó Frollo, aumentando la velocidad y fuerza de sus embestidas — Este es el lugar donde perteneces… Donde siempre perteneciste. A mi lado… Sometida a mis deseos...

—Sí...— Gimió Aliceth, perdida en la vorágine de placer y dolor que Frollo desataba en su ser —¡Suya…! ¡Para siempre!

Aliceth gimió con las pocas fuerzas que le quedaban, sucumbiendo a su propia muerte, la dulce muerte más adictiva, su alma siendo arrastrada al abismo del que jamás quería escapar, y por supuesto que Claude la pudo sentir. Pudo sentir cómo su amada sucumbía a esa sensación que la hacía sentir viva y aterrada al mismo tiempo. Tomando su mejilla con delicadeza, el buscó su propia exaltación, sin dejar de verla a los ojos, embistiendo con urgencia y apresuro, procurando llegar a la par del placer que su querida protegida. Marcándola como suya una y otra vez hasta alcanzar el clímax juntos en una vorágine de éxtasis y depravación.

Al sentir la calidez de Claude inundar su interior, Aliceth había caído en el más oscuro de los abismos esa noche… Y descubrió con horror y deleite que no quería ser rescatada. El infierno nunca había parecido tan placentero como en los brazos de aquel Demonio que la reclamaba por completo para sí… Y no tenía la menor intención de escapar.

Había encontrado su perdición… Y se negaba a renunciar a ella.

Yacieron así durante largo rato, jadeantes, bañados en sudor e incapaces de moverse. No le daban permiso a la culpa, el arrepentimiento y el martirio de entrar a la sección prohibida. No, todavía no.

Aliceth nunca se había sentido tan viva y completa cómo ese momento, su cuerpo aún vibraba a pesar del cansancio, el torrente de sensaciones que había desatado en ella era tan vívido aún. Ella se acurrucaba en su pecho, rememorando todo lo ocurrido sólo minutos atrás.

Él tampoco podía dejar de lado su sentir, se había adentrado en las profundidades del cuerpo y alma de Aliceth para corromperla del placer, y lo más deleitoso fue saber que toda su oscuridad era correspondida por su objeto de deseo por todos estos meses. No mentía, Aliceth era toda una caja de sorpresas, y Claude quería explorar cada una de ellas.

Al pasar su palma por la espalda de Aliceth, frunció el ceño al no sentir una piel tersa y sedosa. Haciendo el ademán de abrazarla más, Claude asomó su rostro, para percatarse de que en la espalda de Aliceth albergaba aún cicatrices de aquella terrible noche en la abadía de Notre-Dame cuando fue castigada injustamente. Sus dedos tentaron cada una de esas marcas, si por nada su pena fue atroz, ¿Que sería si descubrieran que ella ya no era inmaculada?

No, ella seguiría siendo su protegida, y lo sería hasta que el muriera. No dejaría que extraños se acercasen a ella, menos galantes cortejantes. Además, esa noche se había asegurado de que Aliceth fuera suya de por vida, y es lo que haría.

Un pequeño bostezo le hizo regresar a su presente, Claude contempló a su Aliceth agotada sobre el diván, al borde del sueño. No la podía culpar, no le había dado tregua alguna. Sin poder contenerse, se inclinó sobre ella y la besó con delicadeza, casi ternura.

Al acabar su caricia, Aliceth cruzó miradas con él hombre del que ahora era su amo, ¿Su amo? ¿Esa sería la palabra correcta? No podrían ser amigos después de lo que compartieron, mucho menos volver a su relación laboral de Superior y Asistente Personal, así que, ¿Que eran ahora? ¿Que era ella en la vida de Claude?

El cansancio la atacaba, su mano fue a la mejilla de su Protector, y en un tenue suspiro, Aliceth susurró.

—Claude…

Todo en el mundo de Claude se detuvo.

Escucharla pronunciar su nombre de pila le produjo un chocante escalofrío, sensaciones desconocidas vibraron en su piel. Jamás había permitido que, ni en la corte, ni en el palacio, ni en redadas, ni en ningún otro lugar nadie se dirigiera a él de una forma tan íntima

Pero en los labios de Aliceth sonaba diferente,tan correcto.

Su lengua se detuvo, sin saber que decir. Toda su vida se había esforzado por inspirar temor y respeto, más lo primero que lo segundo, él era el temible Juez Frollo, el hombre más temido por todo París, el hombre más poderoso de Francia sólo por debajo del Rey.

Y que de pronto, una de las almas más puras de la existencia se dirigiera a él por su nombre, con esa familiaridad, con esa intimidad, cómo si tuviese algún derecho alguno para tomarse esa confianza.

Le resultaba desconcertante… Pero no desagradable.

En el fondo, anhelaba aquella cercanía que se le había sido negada desde su más tierna infancia, aquella coraza de hierro que le obligaron a forjar a muy temprana edad. Una parte de su alma anhelaba ser "Claude" para alguien, y por un segundo, deseó con todas sus fuerzas abandonar esa coraza y tirarla a su suerte, correr y permitirse ser vulnerable en los brazos de su adorada amante.

Pero ese no era su destino.

Había inmolado cualquier indicio de benevolencia y piedad en pro de servir a Dios, a la Corte Real y al pueblo de París en nombre de limpiar las calles de su ciudad, eliminar cualquier rastro de empatía y compasión. No podía echarse atrás ahora, su deber era lo único que importaba, y no había lugar para sentimentalismos de ninguna clase.

De una manotada separó la mano de Aliceth y se irguió bruscamente, tomando distancia. La frialdad y dureza volvieron a su semblante, provocando mil confusiones en Aliceth.

—Nadie debe de referirse a mí de forma tan vulgar— Le dijo con cruel dureza —Para ti, siempre seré Tu Señor y nada más, ¿Entendido?

Aliceth parpadeó, sorprendida por el cambio de actitud. Demasiado exhausta para replicar o iniciar una discusión, ella asintió en silencio, sintiendo la familiar pero mal acogida sensación en su pecho, de su corazón romperse.

—S-Sí, Mi Señor…— Murmuró Aliceth, la curvatura de sus labios detonando tristeza, sus hombros encogiéndose.

Frollo asintió con brusquedad, levantó sus defensas nuevamente, empeñado en alejar cualquier atisbo de emoción que amenazaría con colarse en su relación estrictamente laboral con la Señorita Bellarose.

O tal vez su relación podía a avanzar a algo meramente físico.

La deseaba, pero nada más, no podía permitirse otra cosa. Su meta finalmente estaba lograda, la había tomado y ella era al fin suya para usar cuando le placiera y nada más.

O eso se intentaba de convencerse, cuando algo en lo más recóndito de su interior protestaba silenciosamente sobre sus palabras y actos contra María.

Su María.

Que la Madre de Dios lo perdonara, pero él era devoto de su nueva María.

...