Gracias a mi cómplice Li por su lectura previa. Los errores siguen siendo míos.
Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 2
Me abroché las botas con torpeza mientras escuchaba a lo lejos el trote de un caballo. Debía ser Bree. Siempre salía temprano, incluso antes de que el sol pintara de naranja los campos. Me sacudí un poco el vestido de flores, ese que ya tenía el elástico algo vencido en la cintura y que seguía siendo mi favorito. El algodón siempre era cómodo, me hacía sentir quizá más yo.
Bajé las escaleras despacio, escuchando los murmullos provenientes de la cocina. Me detuve un momento junto a la ventana del pasillo, respiré hondo. El aire de la mañana en el campo siempre tenía ese olor a tierra mojada, a vida que era capaz de tranquilizar a cualquiera.
Al llegar al jardín encontré a mamá sentada bajo la pérgola de madera, con su manta en las piernas y el sombrero grande que usaba desde que el sol empezó a hacerle daño en la cara. Me sonrió emocionada y yo le dediqué una amplia sonrisa.
— Bree ya salió —me dijo, como si leyera mi mente.
— Con Seth, ¿verdad?
— Sí. Llevaban galletas —rio con esa risa cantarina, como si todo le hiciera gracia últimamente.
Nana Cope llegó con la bandeja del desayuno justo a tiempo. Su paso lento y seguro siempre me daba una especie de consuelo. Sirvió café, huevos, pan y fruta. Todo olía delicioso como cada mañana.
— Gracias, Nana —musité mientras me sentaba junto a mamá.
— Aprovechen, niñas —murmuró antes de regresar a la cocina con su andar pausado.
Tomé la taza de café entre las manos. El calor que se colaba por los dedos era reconfortante. Suspiré y miré hacia todos lados, me encantaba este momento del día, cuando todo parecía estar en calma y el mundo todavía no exigía nada de mí.
Estábamos en silencio; mi vista perdida en el desayuno y mi madre degustando sin preocupación, cuando de pronto sacudió la cabeza, abrió los ojos muy amplios como si se estuviera atragantando.
― Soñé con Edward anoche.
El café se me fue por el camino equivocado. Tosí, empecé a ahogarme y mis ojos se volvieron lagrimosos. Dejé la taza sobre la mesa mientras trataba de recuperar la respiración. Ella me miraba con un dejo de preocupación.
― ¿Estás bien?
Asentí, aunque sentía el calor invadir mis mejillas. Continué tosiendo mientras el nombre de Edward rondaba mi cabeza, era increíble el poder que seguía teniendo sobre mí que lograba desestabilizarme.
― ¿Qu-qué soñaste? ―balbucee, fingiendo desinterés como si el corazón no me hubiera dado un vuelco en el pecho.
― Soñé que llegaba a la hacienda. Con esa camisa azul que usaba siempre. No decía mucho, se notaba que venía por ti. Tenía esa mirada ¿sabes? Esa forma suya de verte como si fueras lo único importante en la habitación.
Tragué saliva, evitando su mirada. Sentía el estómago revuelto y las mariposas empezaron a sacudirse dentro de mí. No era nostalgia exactamente, quizá era más complicado que eso. Por supuesto que todos en la hacienda supieron que Edward y yo nos amamos, solo que no estaban enterados que terminamos casándonos y el único que lo descubrió, no estaba ya entre nosotros.
― Era un buen chico, Bella ―añadió mi madre sacándome de mis pensamientos―. Ojalá que esté bien, porque se lo merece a pesar de ser tan voluntarioso ―soltó una corta risa―, ¿crees que se haya casado? Ya debe rondar en los treinta, ¿no?
La incomodidad qué provocó su comentario me hizo fruncir los labios. Estaba siendo injusta, mucho. Y es que han pasado diez años desde que se marchó y no miró hacia atrás, era lógico que siguiera con su vida, porque al final era lo mismo que estaba haciendo yo.
― No lo sé ―encogí mis hombros.
― Parece que no te agrada la idea, cariño.
Y ahí estaba la opinión de mamá siendo siempre la más honesta.
― Nunca entenderé porque un día decidiste cancelar su nombre ―continuó mamá― se volvió el innombrable cuando fue el gran amor de tu vida.
― Mamá ―reprendí―. Edward se fue sin despedirse, desapareció con su madre y aparte se llevó dinero que no le correspondía.
― ¡Eso no lo sabemos! ―se exaltó―. Esme jamás hubiera permitido que Edward tomara algo que no le pertenece, la conocía bien.
Mis hombros cayeron. No quería discutir, no me gustaba hacerla enojar. Porque conocía el cariño inmenso que mi madre guardaba para Esme quien siempre fue su confidente y acompañante.
Y es que Esme llegó a la hacienda siendo una adolescente que ya era madre y Edward era un crío de dos años, mi madre acababa de tenerme y ella fue quien cuidó de Renée y de mí, de alguna manera se convirtió en la mano amiga que mamá necesitaba.
Mientras Edward creció entre los muros de casa y los barrancos de la hacienda, aquí de alguna manera se forjó.
― ¿Esme nunca te contó quién era el padre de Edward? ―pregunté, recordando que nunca se habló del tema. Al menos nunca lo hice con Edward, él era demasiado obstinado para indagar.
Mamá juntó las cejas. Bebió lentamente su té de manzanilla y me miró. En su semblante parecía que quería revelar un secreto de estado.
― Esme tenía diecisiete años cuando recién llegó buscando una oportunidad de trabajo ―me explicó―. En realidad aquí no hacía falta, sin embargo sentí tanta pena por el niño; Edward tenía dos años y se veía muy desnutrido, no podía permitir que le pasara algo, así que le pedí a tu padre que le permitiera quedarse, le dije que ella podría fungir como tu niñera porque tenía más experiencia que yo ―me dio un guiño―. Esme era justo como es Bree ―suspiró― tienen esa chispa de ternura que amas desde el primer momento.
Estreché los ojos. Algo dentro de mí me decía que mi madre me estaba dando evasivas para no hablar con la verdad.
― Eso lo sé. Yo quiero saber si alguna vez te hablo del padre de Edward, ¿por qué nunca lo nombraron?
― Era madre soltera.
Rodé los ojos y me incliné hacia ella.
― ¿Por qué no quieres decirme? ―inquirí.
― Hice una promesa.
― Por favor, mamá. Han pasado años, no sé cómo se va a enterar que la rompiste.
Además nadie mantiene una promesa por una década.
Mamá negó con la cabeza.
― Lo siento, señorita, de mí no sabrás nada.
― ¿Y si quiero buscarlo? ―cuestioné desesperada.
Los ojos de mi madre se abrieron desmesurados.
― Pero si es el innombrable ―protestó―. ¿Qué está pasando contigo?
No dije nada. Me concentré en partir el pan, en untarlo con mermelada, en cualquier cosa que no fuera mirar a mamá. Aunque por dentro me temblaba todo, porque tenía en la punta de mi lengua lo que le estaba ocultando y que ella desconocía.
Solté un resoplido. Mamá nunca supo que mi padre me había descubierto haciendo el amor con Edward, yo sabía que no porque seguramente en algún momento me lo hubiese dicho. Tan solo mi padre se llevó el secreto a la tumba.
Me obligué a cambiar de tema, no quería hablar de Edward y tampoco pensar en él.
— ¿Crees que Bree y Seth estén bien allá solos?
Mamá sonrió como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.
— Bree es más lista de lo que todos le damos crédito —respondió—. Y Seth, bueno, si alguna vez hay un ángel en este pueblo, seguro tiene su cara.
Solté una risa. A veces mamá era capaz de leerme como un libro abierto. Sin embargo nunca me presionaba. Solo lanzaba verdades como piedritas al agua y me dejaba decidir si quería mirar las ondas que provocaban o no.
Terminamos el desayuno hablando de cosas triviales. Sin embargo, por dentro no podía dejar de pensar en el sueño de mamá. En ese sueño que tenía nombre.
En la posibilidad absurda de que un día regresara. ¿Por qué lo haría? Él nos olvidó, nos desterró de su vida, así qué.
— Buenos días bebé
La suave voz de Jacob me hizo mirar hacia la entrada del jardín. Ahí estaba él con su inconfundible camisa de cuadros gris, la que usaba siempre y esos jeans desteñidos que parecían vivir en su cuerpo. Se quitó el sombrero con una sonrisa amplia, como si el día recién comenzara solo porque me veía, caminó alegremente hacia mí y besó sonoramente mi cabeza y saludó efusivamente a mi madre como si llevara semanas sin verla.
Le sonreí, al menos eso intenté. Tal vez no lo logré del todo porque mamá me lanzó una de esas miradas que dicen más de lo que deberían.
Y es que Jacob era un tipo tolerante. Que me ofreció su amistad desinteresada por años, estuvo conmigo en mis momentos más dolorosos, caóticos y destructivos y fue paciente por largos años. Él supo esperar cuando yo no quería saber nada del amor, entonces, cuando creí que debía darme una oportunidad, acepté, nuestro noviazgo apenas llevaba dieciocho meses y ya tenía un anillo de compromiso adornando mi dedo anular.
En ocasiones pensaba que estábamos yendo demasiado aprisa. Después, meditaba y yo misma aceptaba que solo me estaba dejando llevar por su bondad, porque era quien siempre nos sacaba de problemas y quien nos daba esas palabras de ánimo que a veces necesitamos para seguir.
Él se sentó junto a mí, tan cerca que su pierna rozó la mía. Su perfume siempre fuerte me rodeó de inmediato. No era desagradable, solo era demasiado.
— Estás preciosa con ese vestido, ¿te lo he dicho ya? —preguntó, acariciando con un dedo mi hombro descubierto—. Aunque tú te ves bonita con todo, incluso con las botas llenas de barro.
Jacob comenzó a hablar sin parar, como si no notara que mi mente ya había empezado a divagar.
— Estuve pensando en los centros de mesa, ¿recuerdas que Emily dijo que podían ser hortensias blancas? Pero luego tu mamá sugirió que mejor lirios.
— Fue solo un comentario, Jake —expresó mamá—. No fue nada para que lo tomes tan en serio.
— Para mí es importante tu opinión, Renee.
Los miré con atención a los dos. Ellos siempre se habían llevado bien, pero era imposible que Jacob se llevara mal con alguien, era demasiado dulce, tibio, amable y servicial para tener enemigos y caer mal.
Mi madre sonrió ensimismada. Podía adivinar que ella estaba pensando lo mismo que yo.
— Debemos ver lo del pastel de bodas —murmuró Jacob.
Asentí, mientras mi mente se disociaba nuevamente. No había opción, debía partir esta misma noche hacia el sur, necesitaba reunirme con Jasper y averiguar el paradero de Edward.
Pestañeé cuando sentí la mirada de mi madre.
—…y podríamos hacer una mesa de dulces, ¿no crees? —sugirió él con ese entusiasmo exagerado—. Como esas que salen en las revistas. Quizá Bree quieras ayudarnos y encargarse de eso. ¡Ah! Y pensé que podíamos bailar aquella canción que escuchamos en la feria el mes pasado, ¿te acuerdas? La que decía algo de promesas eternas o no sé qué cosa…
Traté de sonreír, pero la sonrisa se me quedó a medio camino. En realidad no tenía idea de qué canción hablaba.
Jacob era tierno. Tenía buenas intenciones, eso nadie podía negarlo. Era de esos hombres que aún abrían la puerta del coche, que siempre preguntaban si tenía frío o si ya había comido. Pero esa misma ternura, ese cuidado constante, empezaba a pesarme.
Él nunca discutía. No me llevaba la contraría. Nunca me daba un no como respuesta.
— ¿Estás bien, amor? —preguntó de pronto, interrumpiendo su propia verborrea—. Te noto distraída.
Lo miré a los ojos y sentí culpa. Porque no era su culpa ser como era. Porque yo no era mala, no era cruel, tan solo me sentía sofocada.
— Sí, Jake. Estoy bien. Solo pensativa —me limité a decir.
Él sonrió satisfecho con esa respuesta, como si con eso bastara y volvió a hablar con esa misma emoción; de su día, de los planes para el próximo domingo, de cómo el perro ladraba toda la noche. Era increíble la forma en que gastaba su saliva.
Yo solo asentía. No podía evitar pensar que esa conversación la podríamos repetir mañana, palabra por palabra y no cambiaría nada.
Porque Jacob era eso. Predecible. Seguro. Bueno.
Detuve mi monólogo interno; ¿y si lo estaba usando? ¿Si solo estaba con él por su insistencia y paciencia?
Sacudí la cabeza.
Suspiré de forma ruidosa llamando su atención, me incorporé.
— Iré a montar y hacer un par de cosas que tengo pendientes —expliqué—. Vuelvo para la cena, mamá —me giré hacia Jacob y le sonreí sin decirle nada.
.
Caminé sin rumbo fijo, guiada solo por la necesidad de alejarme.
Llegué hasta el arroyo, ese donde solía venir de niña cuando quería estar sola, cuando deseaba pensar sin que nadie me interrumpiera. Me quité las botas, dejé que mis pies descalzos se hundieran en la hierba húmeda y me dejé caer sobre el césped mirando el cielo azul que se divisaba entre las ramas de los árboles.
Cerré los ojos un momento, arrullada por los sonidos de la naturaleza.
Estaba ahí otra vez, en el granero. Su piel contra la mía; mi cuerpo temblando por la mezcla de miedo, deseo y amor. Edward me acarició con una dulzura que me arrancó lágrimas. Mis dedos se enredaban en su cabello mientras me besaba, como si quisiéramos grabarnos el uno al otro en la piel.
— Te amo —me susurró cuando se derramó dentro de mí.
Asentí con mi cuerpo temblando. No tenía voz, solo podía vivir el momento porque yo lo amaba con la misma intensidad que él lo hacía.
Pero un portazo lo rompió todo.
— ¡¿Qué demonios es esto?! —rugió la voz de mi padre.
Me separé de Edward de golpe. Asustada busqué algo con qué cubrirme mientras Charlie cruzaba el lugar como un toro embravecido. Su rostro estaba desfigurado por la ira, sus ojos inyectados de decepción.
Era la primera vez que lo veía tan mal.
— ¡Papá, escúchame! —grité desesperada, mostrándole el certificado de matrimonio—. ¡Nos casamos! ¡Edward es mi esposo!
No sabía cómo ni cuándo me había puesto la camisa de Edward y corrí hacia papá. Toqué sus brazos, tratando de tranquilizarlo, sin embargo no me escuchó.
Su mano cruzó el aire y chocó contra mi mejilla con un sonido seco que me dejó paralizada. El certificado cayó a mis pies desnudos.
Edward se interpuso furioso, cubriéndome con su cuerpo.
— ¡No vuelva a ponerle una mano encima! —le gritó a mi padre, con una voz que nunca antes le había oído.
Charlie le lanzó una mirada de odio.
— ¡Te llevaste a mi hija como un cobarde! ¡Solo la deshonraste porque es lo único que querías!
— ¡La amé! —respondió Edward sin retroceder—. ¡La amo! ¡Y nos casamos porque no quería seguir escondiéndome, porque quería hacer las cosas bien!
— ¡Tú no tienes idea de lo que es hacer las cosas bien! —bramó Charlie, y dio un paso hacia nosotros, sin embargo Edward se mantuvo firme—. Vámonos, Bella.
Mi padre intentó tirar de mi brazo, pero yo me rehusé y Edward no le permitió que se acercara.
El rostro de mi padre era algo completamente ajeno a lo que conocía de él.
— ¡Esto no se quedará así! —rugió—. ¡Ese matrimonio no es real y haré todo lo posible por invalidarlo! Lo juro por mi vida que lo haré.
Desperté con el corazón latiéndome en la garganta, la piel húmeda y la cara manchada de lágrimas secas. El recuerdo se sentía tan claro que dolía.
Llevé una mano a mi pecho mirando hacia todos lados que la oscuridad empezaba a cubrir el paisaje.
.
Era de noche. Habíamos procurado salir sigilosas para no llamar la atención de nadie, estábamos seguras que era una escapada ideal, en eso estábamos cuando escuché su voz.
— ¿Segura que no quieres que las lleve yo? —insistió Jacob, apoyado en el marco de la puerta del garaje, con esa sonrisa de eterno optimismo que me daban ganas de guardar en una caja.
— No, Jake. Estaremos bien —respondí, subiéndome a la camioneta con más determinación que entusiasmo.
Bree se metió al lado del copiloto con una rapidez que solo podía significar arranca antes de que se arrepienta. Nos habíamos inventado una excusa lo suficientemente creíble; una reunión con unos ganaderos del sur. Sonaba importante y real.
Jacob se acercó para abrir la puerta de la cochera y aproveché para encender el motor que no tardó en rugir al ser de diésel.
— ¿Llevas suficiente gasolina? —indagó, siempre atento, siempre preocupado. El tipo de persona que llevaría un paraguas a un desierto, por si acaso. Pero olvidando que la camioneta no usaba gasolina.
— Sí —mentí. No quería discutir lo obvio.
Él asintió y me guiñó un ojo, como si acabáramos de hacer un trato de negocios. No pude evitar pensar que si supiera adónde iba en realidad, estaría abrochándome el cinturón él mismo y metiéndome un tupper con comida en el bolso.
— Suerte con los ganaderos —musitó con una sonrisa.
— Gracias —murmuré, intentando no rodar los ojos.
Cuando por fin salimos a la carretera de grava, el polvo se levantó tras nosotras como una nube de liberación. Bree soltó un suspiro largo, de esos que sacan el alma.
— ¿Sabes que vamos directo al infierno por esto, verdad? —dijo sin mirarme.
— Sí. Pero iremos en camioneta. Así que llegaremos lentas, pero seguras.
Ella se rio y yo sonreí sincera. No podía dejar de sentir esa avalancha de emociones que me estaba consumiendo la barriga; ese nerviosismo cargado de culpa y la punzada de emoción desbordada que implicaba reunirme con un viejo amigo después de años.
Y aunque dijera que buscaba a Jasper por un motivo en particular, en realidad quería ver a Edward y saber qué fue de él.
Aquí tenemos el capítulo 2. Apareció Jacob y tuvimos un pequeño flashback ¿Creen que vamos lentos? Necesito saber si les interesa seguir leyendo.
Nos leemos el próximo miércoles.
Para quienes les interesa ver imágenes les invito a unirse al grupo de Facebook, Li siempre nos regala fotos*
Agradezco a quienes comentaron el capítulo anterior: marthaioriz76, Adriana Molina, Pepita GY, Mapi, stefanny93, Ary Cullen 85, Flor McCarty-Cullen, Daniela Masen, Adriu, Smedina, Diannita Robles, Sheei Luquee, saraipineda44, Antonella Masen, Cassandra Cantú, Rosemarie28, Jade HSos, Tata XOXO, may Johnson D, Iza, Car Cullen Stewart Pattinson, ALBANIDIA, Cinthyavillalobo, Lili Cullen-Swan, Mariana, Cary, Noriitha, Valeria Sinaí Cullen, Maryluna, The Vampire Goddess, y comentarios Guest
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