Capítulo 6

—Así que ¿eres la nueva amiga de la familia? Creo que te has ganado a mis sueños más rápido de lo que me costó a mí —comentó Victoria, dejando escapar una risa tonta mientras se dirigía su mirada a Marie de arriba abajo—. Mucho gusto.

Marie le devolvió una sonrisa tímida y forzada, pero la incomodidad se hizo palpable cuando todas las miradas se dirigieron hacia Edward, esperando que se presentara. Su expresión era tensa, y se notaba molesto.

—Mucho gusto —dijo él, seco y distante. Por alguna razón, esas palabras golpearon a Marie más de lo que esperaba.

— ¿Les parece si vamos al comedor para servir la cena? —intervino Esme alegremente, manteniendo su amabilidad habitual.

—Te ayudo en la cocina —se le ofreció Marie rápidamente, adelantándose para evitar el contacto visual con Edward.

Al llegar a la cocina, se apoyó contra la barra, tratando de calmar su respiración. Esto no podía estar pasando. Parecía un mal sueño del que no podía despertar. Cerró los ojos, llevando una mano a su frente. Los pasos de Esme la hicieron incorporarse de inmediato.

—Cariño, solo hay que llevar estas bandejas y nos servimos en la mesa —dijo, señalando la comida lista—. ¿Te encuentras bien? —preguntó, deteniéndose al ver lo pálida que estaba—. Pareces un poco pálido.

—No te preocupes, estoy bien —mintió, esforzándose por sonar convincente.

Esme ascendió, aunque parecía pensativo, y juntas llevaron las bandejas al comedor. Marie ayudó a colocarlas, pero cuando intentó regresar a la cocina, Esme la detuvo con firmeza.

—Siéntate, querida. Eres una invitada, no mi asistente, yo traigo lo faltante —le dijo con una cálida sonrisa.

Obedeció, eligiendo un lugar junto a Alice y evitando a toda costa cruzar miradas con Edward. Se sentó frente a él y Victoria, quien se entretenía mirando su celular mientras Carlisle y Edward conversaban. De repente el señor Cullen cambió a una conversación más animada sobre las novedades en el pueblo, pero Marie apenas prestó atención hasta que escuchó su nombre.

—María? —preguntó Carlisle, llamando su atención.

—Perdón, ¿decías? —respondió, levantando la vista hacia él.

—Le comentaba a mi hijo y su esposa que llegaste hace unos años a este pueblo con Ethan —dijo Carlisle, dirigiéndose a Edward—. Tu madre le vendió la tienda hace poco. Mañana tenemos la inauguración, esta hermosa chica ha hecho mejoras. Según tu madre y Alice, el lugar ha quedado increíble, espero con ansias verlo con mis ojos.

—Vaya, ¿así que tienes un hijo? —preguntó Edward, con un tono que reflejaba su sorpresa.

—Sí… —murmuró, sintiendo el peso de la tensión en la mesa. Tal vez ella y él eran los únicos que sentían aquella tensión.

—Es un pequeño encantador —intervino Esme, sonriendo al sentarse—. Cuando Marie llegó con él, era una cosita pequeñita, bonita y muy platicadora, tebia casi 4 años. De vez en cuando lo cuidamos. Últimamente hemos pasado mucho tiempo con él, y me hace sentir que la casa es más acogedora con un pequeño corriendo de un lado a otro.

—¿Por qué cuidan niños ajenos? —preguntó Edward sin pensarlo, con evidente molestia.

—No es ajeno. Es familia también. Tanto Marie como Ethan se han convertido en parte de la nuestra —replicó Alice, molesta—. Deberías cuidar tu tono, Edward.

—Lo siento —se disculpó Edward, lanzando una mirada de reojo a Victoria, quien dejó el celular al notar la tensión.

Por unos segundos, lo único que se escuchó fueron los cubiertos y platos. La incomodidad creció, y no podía evitar sentir una mezcla de vergüenza y desconcierto. Victoria parecía indiferente, mientras que Edward se concentraba en su plato. Alice, sentada a su lado, tomó su mano y le dio un apretón reconfortante.

—Así que, Edward —susspiró Alice, rompiendo el silencio mientras terminaba su bocado—, ¿Qué te trae de nuevo por aquí? Pensé que te habías olvidado de nosotros.

—No digas tonterías, Alice —respondió con irritación—. El trabajo me ha absorbido.

—Claro, el trabajo —murmuró Alice, con sarcasmo evidente.

—Decidió ponerle fin a mi trabajo con la familia de Vicky —explicó Edward, mientras su esposa bebía de su copa de vino con evidente incomodidad—. Quiero explorar nuevos horizontes.

Marie dejó escapar una ligera risa sin querer, y se arrepintió de inmediato al notar cómo todas las miradas se dirigían hacia ella.

—Perdón —se disculpó, sintiendo que el calor subía a su rostro.

—Oh, cariño, no te disculpes. A mí también me resulta gracioso —intervino Victoria con una sonrisa que parecía sincera, pero llena de condescendencia—. Creo que sé lo que piensas: ¿Cómo puede alguien dejar un empleo maravilloso y empezar de cero? Es absurdo, si me preguntas.

—Victoria… —gruñó Edward, claramente molesto—. Ya hablamos de esto. Es necesario.

—Y aunque no esté de acuerdo, lo respeto, cielo —susspiró ella con aire cansado—. Pero no tienes que hacerlo del otro lado de nuestro hogar.

—Creo que nuevos aires son lo que necesitamos —respondió Edward, sirviendo otra copa de vino y mirando a sus padres—. Quiero buscar algo más cerca de aquí. A Victoria ya mí nos vendría bien un cambio.

—Quizás algunos buscamos algo más significativo —replicó Marie, sorprendida por la firmeza de su voz. ¿Lo pensó o realmente lo dijo?

Edward la miro a los ojos, ella le sostuvo la mirada, tomando de su copa.

La explicación dejó claro algo que Marie no había querido enfrentar: ella solo había sido una distracción, y la sensación de dolor en su pecho crecía. Aunque no había sucedido nada físico entre ellos, el extraño lazo que sentía con él ahora parecía una burla.

Edward pareció estudiarla por un momento antes de desviar la mirada y sonreírle forzadamente a su esposa.

La conversación continuó, girando hacia el éxito de la marca de ropa de Victoria, quien no dejó de presumir sus logros y parloteando que dada la decisión y el apoyo que quería brindarle a su esposo, ella tenía la oportunidad de mudar su marca. Marie permaneció en silencio, participando solo cuando era necesario, sintiéndose cada vez fuera de lugar.

Intentando mantener la compostura, se excusó para ir al baño, donde permaneció más tiempo del necesario. Al salir, reunión de fuerzas para disculparse con Esme y marcharse. Sin embargo, al llegar al pasillo, encontró a Edward recargado contra la pared, esperándola.

—¿Por qué mentir? —preguntó, acercándose a ella—. Responde.

Marie se quedó inmóvil, sin mirarlo al principio.

— ¿Hablas en serio? —cuestionó, girándose para enfrentarlo con molestia.

—Respóndeme —insistió Edward, su tono reflejaba un leve enojo.

—Yo no mentí… omití algunas cosas, te estaba conociendo y no es fácil para mi confiar… pero ¿Tu? —replicó, alejándose—. ¡Estás casado!, Anthony… Oh, perdón, Edward —dijo con sarcasmo antes de salir del pasillo, dejando a un Edward inmóvil.

De vuelta en la sala, se disculpó con Esme, diciéndole que tenía un fuerte dolor de cabeza.

—Lo lamento, querida. ¿No quieres alguna pastilla? —preguntó, preocupada.

—Tenemos Ketorolaco, por si lo necesitas —sugirió Carlisle, siempre atento.

—Gracias, pero creo que solo necesito descansar. Ha sido una semana pesada —respondió con una sonrisa débil, notando que Edward pasaba cerca de ellos, tenso.

Alice insistió en acompañarla hasta su auto.

—Mañana iré por ti a primera hora. —Sonrió Alice, intentando animarla—. Tienes que verte reluciente para la apertura. Todos estarán allí.

—Deduzco que me compraste algún atuendo.

—Por supuesto —asintió emocionada.

Después de despedirse, Marie condujo de regreso a casa, sintiendo que los eventos de la noche la habían dejado más confundida que nunca.

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Se observará en el espejo mientras intentaba cubrir con maquillaje las ojeras que marcaban su rostro. Había pasado la noche en vela hasta las tres de la madrugada, ocupándose de trabajo y cursos, tratando de aprovechar su insomnio en algo productivo. Lo hacía para no pensar en Edward y en los sentimientos contradictorios que él despertaba en ella. "No vale la pena", se repetía una y otra vez, intentando convencerse.

Durmió solo unas pocas horas antes de que el sonido del claxon de Alice la despertara. El día se presentaba soleado y fresco, con un cielo azul despejado que invitaba al optimismo. Alice, como era de esperarse, llegó preparada y se horrorizó por la falta de sueño de su amiga. Había elegido para Marie un vestido suelto, de espalda descubierta, con tonos verdes primaverales, perfecto para la ocasión. Marie lo complementó con unos tacones blancos abiertos de plataforma, que le daban un toque moderno pero cómodo.

—Déjame ayudarte con ese cabello—dijo Alice con entusiasmo mientras empezaba a rizar su cabello en ondas suaves.

Al llegar al local, ambas se pusieron manos a la obra. Alice se encargó de recibir a los proveedores del banquete, mientras Marie hacía un recorrido para confirmar que todo estaba listo y en su lugar. La cafetería estaría a cargo de Seth Clearwater, el hijo de Sue, un joven de 16 años que se había ofrecido a ayudar por un pago justo. Angie, por su parte, estaría cubriendo los días posteriores, pero ese día, Marie había insistido en que también disfrutara del evento.

Poco a poco, la gente del pueblo comenzó a llegar. Marie saludaba a cada uno de los asistentes, dedicándoles unos minutos de conversación mientras recibía comentarios positivos sobre el lugar. La emoción era palpable en su rostro.

Jake fue uno de los primeros en llegar, cargando una hermosa orquídea morada.

—Sé que vives de esto, pero nunca está de más regalarte una —dijo Jake con una sonrisa cálida mientras la abrazaba.

—Es hermosa, gracias —respondió Marie, sonriendo de vuelta.

—Eres todo un Romeo, Jacob —se burló Emmett, apareciendo a su lado y dándole una palmada en la espalda—. Hay más gente aquí que cuando inauguramos el bar de Harry.

Las risas resonaron entre ellos, pero la alegría de Marie se tensó al ver a lo lejos a los Cullen, acompañados por Edward y Victoria. La tensión se apoderó de ella, aunque intentó disimularlo continuando la conversación con sus amigos.

—¡Querida, mira cuánta gente! —exclamó Esme, acercándose para abrazar a Marie.

—Hola, Esme —respondió ella con calidez.

—Felicidades, cariño. Espero que este lugar te dé grandes frutos, hiciste un trabajo estupendo aquí —añadió Carlisle con una sonrisa, mientras Jacob aprovechaba para presumir.

—Literalmente. ¿Ya viste el huerto de atrás? Mi chica tiene talento —dijo Jake, estrechando a Marie por los hombros.

En ese momento, Emmett y Edward se encontraron, saludándose con alegría.

—¡Pero mírate! Te ves más acabado que la última vez —bromeó Emmett, riendo.

—Los años no pasan en vano. ¿Ya te miraste a ti? —respondió Edward, rodando los ojos—. Tienes que dejar de comer tantas donas.

—Sí, sí —Emmett hizo un ademán con la mano antes de voltear hacia Victoria—. Un gusto saludarte, Victoria.

—El gusto es mío, Emmett —respondió ella cortésmente, aunque con cierto desdén.

La interacción fue breve, interrumpida por Alice, que apareció radiante.

—¡Esto es un éxito! Creo que tendrás que pedir más insumos para la cafetería, Marie. Hay ventas fuertes hoy —dijo emocionada mientras inspeccionaba la orquídea que Jake había traído—. ¡Qué bonita está!

—Es un regalo de Jake —explicó Marie.

—Lo mejor para mi chica —respondió él, dándole un beso en la coronilla.

Marie notó cómo Edward la miraba con seriedad antes de dirigir su atención a Jake. Intentó ignorarlo y se disculpó para ir a dejar el regalo en su oficina.

Después de saludar a algunos más y registrar algunas ventas, decidió salir al huerto para despejarse un poco. Allí encontró a Ethan junto a Esme y Carlisle, quienes parecían disfrutar de la compañía del pequeño mientras él hablaba entusiasmado. Al verla, Ethan corrió hacia ella con una sonrisa radiante.

-¡Mamá! —gritó, captando la atención de algunos presentes.

—Alguien me extrañó —dijo Marie, agachándose para recibirlo con los brazos abiertos y dándole un beso en la cabeza.

—Un poco, sí —respondió Ethan, sonrojándose mientras sacaba algo de su mochila—. Te hice esto.

Extendió un pequeño frasco transparente con un esqueje de monstera dentro.

—La corte esta semana de una maceta de la señora Bertha, la vecina de Max. Pero no te preocupes, le pedí permiso. Busqué un frasco reciclado y la puse ahí.

Marie lo miró conmovida.

—Es encantadora, cariño. Muchas gracias —dijo, abrazándolo con fuerza.

La tarde transcurrió entre charlas, asesorías y ventas. Cuando el evento comenzó a disminuir, decidió guardar algunas cosas en su oficina. Al abrir la puerta, escuchó voces acaloradas.

—¡Te dije que no! —la voz de Edward resonó con enojo.

—No tiene caso, Edward. Me diste una oportunidad. ¿De qué sirve seguir con esta farsa? —Respondió Victoria, su tono cargado de frustración—. Ambos sabemos que es absurdo tratar de buscar algo aquí. Me quieres castigar.

Marie retrocedió, pero antes de que pudiera irse, la puerta se abrió.

—¿No te han dicho que escuchar detrás de las puertas es de mala educación? —espetó Victoria, pasando a su lado con un ligero empujón.

Edward la miró, su expresión era una mezcla de vergüenza y enojo.

—Lo siento, yo solo venía a dejar esto... —dijo, entrando con cautela.

—No te preocupes. —suspiro, pasándose una mano por el cabello—. Lamento que escuches eso.

—Está bien. Creo que necesitas un momento a solas, así que me iré…

—No, por favor, quédate un momento —pidió, su voz sonaba más suave.

Un silencio incómodo se instaló entre ellos hasta que Edward habló nuevamente.

—Ese chico, Ethan... es un buen niño. Es conversador.

—Ah, sí que lo es —respondió, sorprendida por el giro de la conversación.

—Se parece a ti. A excepción del cabello.

—Sí, algo hay de eso —admitió Marie con una sonrisa.

—Lamento mis comentarios de la cena. No deberías hablar de esa manera.

—No pasó nada —respondió ella, aunque sus palabras no borraron el peso de las emociones que sentía.

La conversación quedó interrumpida cuando Jacob apareció en la puerta, llamándola.

—¡María! Angie te busca —anunció, dándole un pequeño susto.

Cuando notó la presencia de Edward, Jake lo miró serio antes de tocar suavemente el hombro de Marie.

—¿Todo bien? —preguntó, observándola con preocupación.

—Yo solo necesitaba un respiro de toda esa gente —respondió Edward con tono neutral.

—Bien. Vamos—dijo Jake, ignorándolo mientras tomaba su mano para salir juntos.

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Casi todos los invitados se habían ido, y el bullicio del día comenzaba a desvanecerse. La cafetería y el vivero quedaron envueltos en un silencio que se sintió como un respiro después del caos del evento. Alice y Angie estaban ocupadas con la corte de caja en la oficina, lo que le dio a Marie la excusa perfecta para salir y verificar que todo estaba en orden.

Caminó hacia el huerto con las llaves en la mano, disfrutando del aire fresco de la noche. Sus pasos sobre la grava eran el único sonido que interrumpía la calma. Al llegar, pensó que estaría sola, pero lo vio.

Edward caminaba lentamente entre los surcos, las manos en los bolsillos y la mirada perdida en un punto distante. Su postura reflejaba una tensión que no lograba ocultar. Sintió el impulso de darse la vuelta para no interrumpirlo, pero justo en ese momento, sus ojos se encontraron.

Él intentó sonreírle, pero su esfuerzo fue débil, como si le costara encontrar alegría en medio de lo que sea que lo estuviera atormentando. Había algo en su mirada que la desarmó: una tristeza profunda, casi palpable.

—Estaba por cerrar, lamento interrumpirte —dijo con suavidad, sintiéndose algo intrusa en ese momento tan íntimo.

Edward negó con la cabeza, su expresión suavizándose.

—No te disculpes, estoy esperando a mi hermana, quede de llevarla a casa, decidí dar una vuelta por el lugar —respondió en voz baja.

Se quedó en silencio durante unos segundos, mirando a su alrededor como si buscara algo entre los recuerdos. Finalmente, habló, su tono cargado de una nostalgia que la hizo quedarse inmóvil.

—Este lugar... tiene más historia de la que imaginabas —dijo, casi para sí mismo.

Marie levantó una ceja, intrigada, pero decidió no interrumpirlo. Había algo en su postura y en su voz que la hacía sentir que necesitaba dejarlo hablar.

Edward finalmente continuó.

—Era de mi tía abuela. Mi madre trabajó con ella aquí cuando era joven. Pero cuando Alice llegó... —hizo una pausa, su mirada alzándose hacia el cielo como si reviviera un momento del pasado—, tuvo que dejarlo todo. Fue un embarazo complicado, de alto riesgo.

Sus ojos vagaron por el huerto, como si estuviera viendo una versión de ese lugar que solo existía en su memoria.

—Recuerdo que de niño jugaba mucho aquí. Corría entre los surcos, me escondía detrás de los árboles, podrían pasar horas y no tenía suficiente... —sonrió apenas, la expresión en su rostro suavizándose—. Era uno de mis lugares favoritos.

Marie lo miró en silencio, sintiendo que estaba compartiendo algo profundamente personal. Entonces, Edward la miró directamente, y su sonrisa se ensanchó un poco, esta vez genuina.

—Es bueno que este lugar haya quedado en buenas manos. Hiciste un buen trabajo.

Sintió que sus mejillas se calentaban ante el halago, pero antes de que pudiera responder, él comenzó a acercarse. Había algo en su mirada que la atrapaba, haciendo imposible que apartara los ojos. Su respiración se volvió más pesada, como si estuvieran compartiendo un momento que ninguno sabía cómo detenerlo.

Edward alzó la mano lentamente, rozando el espacio entre ambos con una intención clara: tocar su mejilla. El corazón de Marie martilleaba en su pecho, tan fuerte que temió que él pudiera escucharlo.

Sin embargo, justo antes de que pudiera hacerlo, un grito agudo rompió el momento.

—¡Marie! ¿Dónde estás?

La voz de Alice resonó desde el interior del local, como un balde de agua fría entre ambos. Dio un paso atrás de inmediato, al igual que él, quien bajó la mano, dejando que cayera a su lado.

—Tengo que irme —murmuró torpemente, girándose hacia la voz de Alice.

Caminó apresurada hacia el local, sintiendo que su corazón seguía desbocado. Cuando se atrevió a mirar por encima del hombro, Edward seguía ahí, de pie, con una expresión que no pudo descifrar.

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Esa noche, al llegar a casa, Marie y Ethan se acomodaron en el sofá para disfrutar de una noche tranquila. Se sintió que había pasado demasiado tiempo desde que tuvieron un momento así, solo ellos dos, y Marie lo valoraba más que nunca. Eligieron Mulan , una de las películas favoritas de ambos. Entre charlas ligeras, risas y palomitas, disfrutaron de la película hasta que Ethan comenzó a quedarse dormido. Lo observo por un largo tiempo, ya no tenia aquel rostro de un pequeño infante, a sus 7 años la gente aseguraba que era un poco mayor, y es que aquel niño estaba creciendo más rápido de lo que podía aceptar.

Lo arropó con cuidado y dejó que su pequeño cuerpo se acurrucara en el sofá. Justo cuando la película estaba por terminar, el sonido del timbre rompió el silencio.

Con el ceño fruncido, se puso de pie y caminó hacia la puerta, deseando que no fuera Alice. No estaba de humor para una noche de chicas y esperaba que su amiga lo comprendiera. Pero al abrir la puerta, la sorpresa la dejó sin palabras.

—Oh, por Dios... —murmuró, su voz apenas un susurro.

—Ya era hora, Isabella —dijo aquel hombre con una sonrisa tensa y su voz profunda, como una bofetada de realidad que el golpe de lleno.

El corazón de Marie se detuvo por un instante. La presencia de aquel hombre era como un recordatorio de un pasado que había intentado enterrar, un peso que creía haber dejado atrás.


¿Qué tal les pareció? Se que hay muchas preguntas por resolver, pero les pido que tengan paciencia. Mientras tanto: ¡Hay dobla actualización esta semana!

El día viernes actualizare, estén atentas.

¡Las leo!

:)