Capítulo 1.
Nota: Por lo visto Jamie y Manon no tienen relación alguna, pero son mis dos personajes favoritos de la nueva entrega y en definitiva no podía quedarme con ganas de escribir algo sobre ellos. Desde ya les digo que esta no es una historia romántica, sino algo como relatos de la vida.
Si alguien lee esto, ¡espero les guste este fic!
El pequeño Jamie se encontró con un cartelón que llamó su atención y el mismo se podía ver en varias partes del pueblo. El mismo anuncio estaba en los postes y en las puertas de cada local. No era normal que en un sitio tan poco concurrido hubiese algo tan llamativo como aquello y desde luego quien hubiese propagado dicha publicidad tenía toda la intención de captar el interés de los muchachos jóvenes como Jamie, quienes tenían el deseo ardiente de demostrar sus talentos.
El muchacho solo había ido al mercado a buscar rábanos, coles y huevos para el almuerzo que prepararía su abuela, no teniendo en mente que volvería a casa con nuevo objetivo. Tan solo arrancó el anuncio de la puerta de un establecimiento, lo dobló y se lo guardó entre la ropa.
Esa misma noche Jamie se veía de tan buen humor que resultaba alertador para su abuela, pues el pobre chiquillo únicamente se ponía así cuando le había dado una paliza a algún brabucón que hubiese osado a provocarle por los rincones del barrio. Sin embargo, lo dejó pasar, diciéndose a sí misma: «Esta vieja ya no está para soportar las travesuras de los niños».
Al terminar la cena el chiquillo se fue a dormir temprano porque tenía en mente madrugar y comenzar a entrenar desde temprano. El cartelón invitaba a todos aquellos que quisiesen participar en un prestigioso campeonato local de artes marciales. ¿La recompensa? No importaba. El tan solo saber que todo el mundo estaría ahí para verle patear traseros y ser respetado por todos era suficiente. Jamie se hacía ilusiones a sí mismo pensando en que sería pan comido salir victorioso del escenario. Además, el evento iba dedicado el talento joven, ¿y cuantos muchachos talentosos podría haber a los alrededores? No muchos, probablemente.
Pese a su confianza, sabía que nunca era bueno correr riesgos y por eso desde antes de que saliera el sol el joven Jamie comenzó a entrenar un poco más y así podría emprender su viaje con calma. Era tan solo un chiquillo de doce años de edad, aunque en sus ensoñaciones ya se sentía como todo un hombre. «Es la oportunidad de mi vida», se dijo. Su abuela, teniendo en mente lo que planeaba y con ninguna intención de detenerle, le observó. Y cuando la noche cayó y supo que no había forma de frenarle —y que en caso de que la hubiera, eso destrozaría sus sueños—, decidió hablarle con calma.
—Sé que estás planeando irte de Lamma.
Sus palabras lo tomaron por sorpresa. Ahí sentando, cruzado de piernas mientras sostenía su plato con una mano y con los palillos se ayudaba a echarse los fideos chow mein a la boca, intentó tomarse las cosas con calma aparentando ignorancia.
—No sé de qué me hablas.
—Está esparcido por toda la isla… —dijo mostrando el cartelón que Jamie arrancó de por ahí.
—¡¿De dónde…?! —Inconscientemente rebuscó entre su chaqueta.
—Es una oportunidad perfecta para que los niños revoltosos como tú se tiren los dientes entre sí.
—No es solamente para tirarnos los dientes entre nosotros.
—¡Ja! Pequeño Jamie, ¿crees de verdad que habrá gente con talento nato como el tuyo en un torneo como ese? Verás que habrá fanfarrones que solo van a jactarse de lo que no pueden alcanzar. No desperdicies tu tiempo en esto, el kung-fu no es para simplemente golpear a un adversario que no odias.
—Sé que puedo ganar.
—De eso hablo. Todos estarán pensando igual que tú. Eres fuerte, mi niño, pero no me gustaría que estuvieras allí.
El chico perdió los estribos por no recibir el apoyo que deseaba de su abuela, aunque, en primer lugar, él no había tenido la suficiente confianza como para comentarle sobre los planes de su partida. Quizá porque en su interior sabía que lo que hacía era imprudente o quizá porque sabía que la mujer era sobreprotectora con él desde que su hija había muerto. Y de cualquier forma ambos casos eran obstáculos para alejarle de aquel importantísimo evento al que no podía faltar por nada del mundo.
—¡No lo entenderías! Nadie en esta aburrida isla hace nada nunca. ¡Yo nací para luchar!
—No hables con la boca llena, muchacho.
—¡Y no pienso quedarme aquí en el olvido! Quiero ir a la ciudad. Entonces todos sabrán de lo que soy capaz. Y no pienso discutirlo, porque definitivamente iré.
—¿Y vas a dejar a tu pobre abuela sola?
—Eso no es lo que… —Carraspeó—. ¡Volveré! Y volveré con el trofeo o la medalla o el cheque o lo que sea que les dan a los ganadores.
La ancianita terminó de comer sus fideos y se quedó tranquilamente bebiendo de su taza de té. El niño esperaba una contestación de ella, no creía correcto irse a su cuarto en medio de la conversación. Entonces, deseándole suerte a su incorregible nieto, dijo:
—Ve a dormir, Jamie. Tu vida será ajetreada en Hong Kong. Al menos hazme saber cuando te vayas.
Así lo hizo. No se fue al siguiente día, sino al siguiente del siguiente. Se llevó sus cosas en una mochila y emprendió el viaje. Lo primero sería encontrar un lugar decente donde pasar la noche en la ciudad, sin embargo, a la vista Hong Kong no se veía muy amigable. No tardó en perder su dirección y de repente todas las calles parecían ser las mismas. Los callejones eran oscuros y ningún alma tenía la intención de ayudar a un pobre muchacho que venía de las afueras para quitarle un poco más de espacio a la ciudad. A un par de bravucones se les hizo cosa fácil ir a echarle bronca y Jamie creyó que era la oportunidad perfecta para calentar un poco. No era que su kung-fu fuese excelente, pero era lo suficientemente decente como para hacer llorar a unos cuantos matones. No obstante, nunca había tenido una pelea de verdad y la sola idea de que era el mejor era seguramente una ilusión, porque en un principio no tuvo problemas en repartir puñetazos y patadas a diestra y siniestra, pero entre más gamberros salían de entre los callejones la sensación de que su derrota llegaría pronto era vivaz. Sus nudillos ardían, tenían rastros de sangre ligeramente. Cuando pateó a algunos de los pobres diablos que amenazaron que arrebatarle lo poco que llevaba de pertenencias fue cuando entonces de verdad hubo dientes tumbados. Pero esos sujetos trajeron más gente consigo y ganar se volvió cosa cada vez más difícil.
Afortunadamente la paz no sería perturbada por mucho más tiempo porque aparecerían los dragones gemelos para interrumpir semejante falta de respeto por su barrio.
El muchacho de blanco fue el primero en lanzarse hacia aquellos que tenían del cuello al chiquillo, logrado romper el agarre y formar un espacio en el que Jamie pudiese recuperar el aire. Por otro lado, estaba el joven de rojo que escoltaba a su hermano de brazos cruzados pegado hacia la pared, cuidando que ninguno de los que estaban fuera del rango de visión de su gemelo intentara pasarse de listo.
Yun se posicionó enfrente de Jamie intentando protegerle de los otros con su cuerpo, pero para entonces el niño ya no sabía quiénes eran enemigos y quienes eran aliados, y al tener al muchacho tan cerca sintió que era la oportunidad perfecta para atacarle por la espalda.
—Oh, ¡no lo harás! —exclamó a la vez que desviaba la mano del niño con un movimiento fuerte y veloz.
—¡Hey!, ¿quién empezó esto? —habló Yang alzando la voz en espera de que el niño o alguno de los matones respondiese a su pregunta—. Saben que no pueden andar por ahí haciendo alboroto, ¿verdad? Este territorio es nuestro. ¡Fuera de aquí!
Los otros conociendo la fuerza de los hermanos no se opusieron y se llevaron lo que le quitaron a Jamie. Era mucho mejor dejar los pleitos para después cuando los gemelos no estuviesen custodiando las calles.
Una vez solos, Yun se dirigió a Jamie aun sin soltarle la mano con la que frenó su débil golpe.
—Fuiste tú quien empezó, ¿cierto?
—¡¿Crees que yo me metería con ese montón de imbéciles porque me divierte hacerlo!? —escupió de mala gana, con un ojo morado y una contusión creciente en uno de sus brazos—. ¡Se llevaron mis cosas!
—¿Ellos se llevaron tus…? Oh, vamos, debiste decir eso antes en lugar de intentar golpearme, niño. —Entonces volteó a ver a su hermano y dijo—: Yang, ¿crees que puedas alcanzarlos?
—Tal vez, pero el restaurante sigue abierto y nosotros estamos aquí perdiendo el tiempo. Habrá clientes molestos si no volvemos con las cebolletas y el pimiento.
—¡Agh, es cierto!
—Volvamos, Yun. Él ya se encuentra a salvo lejos de ellos. Además, ¿por qué no viene con nosotros?
La sugerencia pareció tentadora para el hermano mayor, además de que realmente no tenían más tiempo para seguir discutiéndolo. Yun soltó a Jamie, quien seguía pegado a la pared con una expresión mezclada entre miedo y perplejidad.
—¿Qué dices? —preguntó Yun dirigiéndose a Jamie—. Eres nuevo por aquí, ¿verdad? Reconozco cada cara en este barrio. Nadie viene aquí sin ninguna razón. Si de verdad vas llegando, podemos ayudarte a conocer la ciudad.
—¡No vengo a pedir caridad! Además, ¿cómo sé que no piensan hacer algo raro conmigo?
—Caray, solo intento ser amigable, ¿okay?
Yang intentó preguntar:
—¿Para qué viniste a Hong Kong?
Jamie dudó un poco antes de responder, pero finalmente habló en un balbuceo.
—El torneo…
—¿Torneo? —preguntó Yun con desconcierto—. Yang, ¿tú sabías algo de esto?
—Ah, se lo oí mencionar a algunos de los clientes… Pero la verdad no sé gran cosa —respondió encogiéndose de hombros.
—¡Podrías habérmelo dicho, hombre! Si participamos podríamos ganar algún premio interesante.
—No lo harán, ¡ese torneo tiene limitaciones de edad no apto para ancianos como ustedes! —exclamó Jamie acomodándose un mechón de pelo rebelde que caía por su frente.
—¡¿Ancianos?! ¡Tenemos veinte!
—Tiene razón, hermano. Probablemente no aceptarán a personas mayores de catorce años. Si fuese lo contrario ya nos habría llegado una invitación directa. —Yang habló con calma.
—¡Hm! Como si nos hiciera falta de todas formas…
Pero Jamie siguió de pie pensando en mil formas de cómo dar con el paradero del lugar en donde sería el torneo dentro de tres días ahora que no tenía su mochila con todas sus pertenencias. No tenía ni dinero ni la solicitud para la inscripción del torneo y tampoco una forma de comunicarse con su abuela. Todo estaba perdido. «¡Fui muy iluso!», pensó.
—Hay espacio en casa. Ahora solo somos Yang y yo. Ven con nosotros —insistió—. Además, mañana podrían aparecer de nuevo esos tipos con tus cosas. No te angusties.
Jame no dijo nada ni tampoco cambio su expresión. Era obvio que el pobre muchacho estaba asustado y cansado como para tan siquiera considerar confiar en un par de extraños que espeluznantemente lucían igual.
—¡Vamos, no te hagas del rogar! Ya no hay tiempo. —Yun lo tomó de un brazo y se lo llevó consigo.
—¡¿Qué haces? ¡Suéltame ahora mismo! —exclamó.
—¿Qué te parece esto? —habló Yang que solo atinaba a ver a su hermano batallando con el chamaco que hacía de todo para zafarse del agarre—. Primero pasaremos a la tienda a comprar los ingredientes por lo que veníamos en primer lugar y luego iremos a la farmacia por algo para curarte. Tranquilo, puedes irte después.
El niño los vio detenidamente e hizo una expresión que denotaba desinterés, aunque luchaba por ocultar su latente desconfianza.
—Solo eso y me iré lejos.
Cumplieron con su palabra. Terminaron rápido los mandados y se dirigieron hacia el restaurante a un paso calmo, ni lento ni apresurado. Yun llevaba una bolsa con las verduras que compraron y Yang llevaba la bolsa que traía consigo el medicamento para tratar a Jamie.
El trayecto hacia su destino no fue incómodo para los hermanos que estaban demasiado acostumbrados a hablar entre ellos incluso si ya no existía un tema de conversación sostenible. Jamie solo se mantenía en silencio caminando detrás de ellos con el dolor punzante de las heridas de su rostro magullado y sus brazos moreteados. Se preguntaba qué haría después cuando tuviese que volver a las calles y cumplir su objetivo en esa ciudad: ganar el maldito torneo juvenil de artes marciales. Y desde luego que también pensaba en su abuelita. No había tenido mal sabor de boca hasta ese instante cuando el remordimiento lo carcomió y pensó por fin que dejar abandonada a la anciana no había sido la mejor idea del mundo, pero se repetía a sí mismo que volvería pronto y eso estaba bien para él por el momento.
El restaurante estaba abarrotado de gente. La clientela estaba impacientada y los hermanos tuvieron que ponerse manos a la obra primero con lo que era su deber, dejando de lado sin querer al jovenzuelo que todavía sufría de leves dolores.
Cuando se desocuparon fue entonces cuando uno de ellos tuvo oportunidad para desaparecer de la cocina.
Yun, todavía con la ropa de cocinero, se acercó a Jamie, quien ni siquiera se había atrevido a entrar de lleno al establecimiento y esperaba en las escaleras que estaban en la puerta de la entrada viendo el cielo nocturno. Estaba cabizbajo, con frío y de muy mal humor.
—Adentro es cálido. Puedes esperarnos a Yang y mí en una mesa. Estoy seguro que eso te sentará mucho me…
—Aquí estoy bien.
—¿Seguro? El frío va a hacerte daño.
Jamie ignoró sus palabras y el pobre Yun muy descolocado se puso de pie y volvió a donde su hermano. Al ver el ceño fruncido del chico de trenza, Yang supo que algo no había salido bien. Aun así, se arriesgó a comprobarlo.
—¿Todo en orden? —preguntó Yang con una sonrisa mientras freía el arroz con las verduras, huevo y carne en una sartén a fuego alto.
—¡No puedo con él! Tiene un carácter horrible.
—Me recuerda a alguien que conozco…
—Vamos, Yang, esto es todavía peor. Intento ser buena persona, pero el universo me pone a prueba todos los días.
Yun apretaba los puños y su hermano comenzó a reír ante ello. Yang creía que Yun hacía caras graciosas cuando se molestaba.
Encima, el pobre gemelo mayor estaba devastado porque no había tenido una buena semana. Montones de chamacos le habían provocado molestias durante lo largo del fin de quincena y si sumaba a aquello su solicitud reprobatoria de ingreso a la universidad, se sentía exhausto. Por eso, se limitó a lavarse las manos y a ayudar a su hermano con los últimos platillos que estaba sirviendo. Ya estaba demasiado cansado como para tan siquiera intentar armar más problemas. Normalmente hablaba entre dientes, pero ahora solo atinó a esconder todo en los rincones de su mente.
Yang apagó el fuego, tomó un montón de platos y se los apiló ágilmente. Antes de salir de la cocina, habló con voz segura.
—Esta noche el restaurante cierra temprano.
—¿Quién lo decidió?
—Yo. Ve a recostarte un rato, Yun.
—No puedo hacer algo así.
—¡Claro que sí! Vete ya. Yo me encargo del chico.
El mayor no dijo nada más. Tan solo le dedicó una sonrisa a su hermano, se quitó el mandil y salió de la cocina. Subió las escaleras hasta llegar a la segunda planta para echarse a dormir.
Cuando hizo saber a los clientes que el lugar cerraría pronto, comenzaron a protestar. Nada que Yang no remediara diciendo: "¡en la próxima visita la casa invita el postre!" Así fue capaz de contentar a varios.
Luego, se dirigió a Jamie que seguía en la misma posición que antes, con el rostro hundido entre las piernas y temblando ligeramente.
El niño intentaba engañarse a sí mismo diciéndose que era fuerte y capaz, y aunque lo era, también debería estar consciente de que era tan solo un niño de doce años que tenía todo por perder en una ciudad tan movida como lo era Hong Kong. Sobre todo estando solo.
Y por ello, su infantil comportamiento resurgió cuando intentó ignorar con todas sus fuerzas el espléndido aroma de la comida cantonesa que estaba caliente y recién servida sobre las mesas de los comensales. Era delicioso y de tan solo inhalar un poco sentía el rugir de su estómago pidiendo por algo de alimento. Y de pronto ese aroma se sintió más intenso y más cercano, casi como si hubiera entrado a la mismísima cocina. Y no estaba del todo equivocado, porque al alzar el rostro vio a uno de los gemelos acercarse a él tranquilamente con rostro sereno y movimientos casuales. Llevaba consigo una bolsa de papel con algo adentro que de verdad olía muy bien.
Yang se sentó a su lado y le tendió la bolsa.
—Come algo primero.
A juzgar por lo que Yun había dicho y lo que había observado, esperaba que el remilgoso Jamie dijera algo como: "¡claro que no!, ¡ni loco!, ¡ustedes quieren envenenarme!" Pero para su sorpresa no lo hizo. Rápidamente estiró su mano para tomar la bolsa y rebuscar lo que había en ella. Agarró uno de los shaobings calientitos y le dio una mordida con todas las ganas. Luego tomó otro y se lo zampó rápidamente. Comía con rapidez, hasta el punto en que Yang soltó una risa al ver al niño con las mejillas infladas.
—Tranquilo, podrías ahogarte. —Le tendió una botella con agua de la cual Jamie bebió con la misma prisa y siguió comiendo. Yang lo observó comer un rato hasta que se hubo saciado la vista. Compartir un momento de silencio no estaba mal, aunque antes había pensado en dejarlo solo—. Shaobings con extra de carne. ¿Qué tal? Es lo que más se vende últimamente. Los cocinamos todo el tiempo.
Jamie habló con la boca llena como usualmente hacía. Le restó importancia a sus palabras, sin embargo, con algo cayéndole en el estómago estaba notablemente de mucho mejor humor.
—No están nada mal —dijo y se zampó otro bollo.
Yang sonrió. Saber que las recetas de la familia eran apreciadas de dicha forma calentó su corazón.
Poco a poco Jamie comió más lentamente; el mayor tenía razón: comer de prisa le hizo doler el estómago.
Para entonces los últimos clientes ya estaban retirándose. Se despidieron de Yang y salieron a las calles. Ya que el local se había quedado solo por fin, el muchacho sintió que era la oportunidad perfecta para que el quisquilloso niño accediera a tener un poco más de interacción con él. Además, sentía pena y no podía dejarlo más tiempo con las heridas sin sanar, por lo que volvió a insistir en que entrara a la casa. Jamie pensó en negarse a entrar, pero su abuela le había enseñado buenos modales y sabía que no podía seguir siendo grosero luego de que el joven le hubiera dado de comer y encima se ofreciera a curarle. Por ello accedió, y con precaución, por supuesto, porque su abuela también le enseñó a interpretar la reconocida frase: "caras vemos, corazones no sabemos".
No subieron a la segunda planta, sino que se sentaron en una de las mesas del restaurante. Yang se sentó a su lado todavía sin quitarse la ropa que usaba al cocinar, sacó el botiquín con escasos recursos que tenían y también tomó el medicamento que compraron de paso para poder dárselo. Le tendió una pastilla y luego de tomársela con mucho cuidado le untó una pomada en las partes magulladas de su rostro y también en el hombro y brazo para terminar poniendo gazas y curitas. «Con esto deberá estar bien» dijo Yang para sus adentros. Le pareció curioso ver que el joven chico estuviera tan atento a cada movimiento que hacía, como un cachorrito temeroso. Fue entonces cuando supo que el niño comenzaba a replantearse la idea de quedarse porque las noches en Hong Kong eran más ajetreadas de lo que hubiese imaginado, pero no le dijo nada. Simplemente dio por hecho que tenía un nuevo invitado.
—Por cierto, soy Yang Lee —dijo al cabo de un rato cruzándose de brazos sobre la mesa—. Y mi hermano es Yun. ¿Cómo te llamas?
Ser dubitativo era parte de su persona. El niño tardó unos segundos en dar una contestación con voz tenue.
—Jamie. Jamie Siu.
Yang sonrió abiertamente.
—Bueno, Jamie, siéntete libre de quedarte. Imagino que fue una noche difícil, pero tienes algo importante que hacer así que puedes irte mañana cuando gustes hacerlo. No te estoy obligando… —Sonrió al recordar la graciosa cara angustiada de Yun—. Sé que a veces mi hermano puede ser algo tosco, así que te entiendo bien.
—Yo… No era mi intención. Tal como dices, pasé un mal rato.
—Puedes volver a comenzar mañana cuando tus heridas hayan sanado y cuando él no esté muy agobiado por el trabajo, ¿sí?
Jamie quiso decir "intentaré", pero no era cosa de intentarse, sino de hacerse. No quería tener más problemas antes del torneo, el cual era la principal razón por la que se encontraba allí. Y sabía que para evitarse problemas no le convenía merodear por las calles.
—Yang.
—¿Sí? —Se sintió aliviado de ver al chico con mucho mejor semblante.
—¿Podría…? Eh…
—Dímelo.
El chico suspiró. Puso una de sus manos en su barbilla para ocultar con pena parte de su rostro.
—¿Puedo quedarme unos días?
—Claro. No es ningún problema. Aunque Yun y yo lo propusimos antes y entonces tú…
—Lo sé. Lo siento —dijo con sinceridad en voz baja—. Debí haberme sabido comportar.
—Está bien, hombre. No nos supone problema a ninguno de los dos. Quédate cuanto gustes.
El pequeño Jamie se sonrojó sutilmente y añadió:
—Gracias.
Yang sonrió, provocando que el otro se girase al no soportar la mirada ajena por sobre de él. El mayor se puso de pie, se quitó el uniforme del trabajo y se estiró de lado a lado para aligerar un poco el dolor de espalda que pese a su juventud le atormentaba de vez en cuando.
—Vayamos arriba, Jamie. Estoy seguro de que ya quieres dormir. Voy a preparar una cama para ti.
La casa no era muy grande, así que tendría que decidir si querría dormir en la sala de estar o en la habitación del muchacho, porque seguro que no se sentiría a gusto durmiendo con Yun.
Al final, la sala fue perfecta para Jamie. El menor de los hermanos Lee se encargó de hacer que el chiquillo se sintiera cómodo, no solamente ocupándose de arroparlo adecuadamente sino también asegurándose de que las heridas no le molestaban de gravedad. "Estoy bien" dijo Jamie y Yang confió en esas palabras. Por la mañana siguiente sería capaz de ver si no mentía.
La sala de estar era pequeña, pero era cómoda. Había un televisor con antena que agarraba bien la señal de todos los canales. También había una alfombra de mimbre debajo de la pequeña mesa del centro en donde estaba puesto un adorno tradicional de cerámica con forma de cerdo y lo que parecía ser un cenicero que ahora era utilizado para depositar monedas. Había una planta en la esquina cerca de la ventana que lograba darle un toque cálido a la habitación, y, en lugar de cortinas, tenían una persiana que no conseguía cerrarse muy bien.
Con todo y todo el lugar era bello y el tapiz color guinda rojizo ayudaba a conciliar bien el sueño para echar una siesta en el sofá donde ahora Jamie reposaba.
Yang se encaminó a la puerta y echó un último vistazo al chiquillo.
Sintió alivio al verlo tan cómodo cuando momentos atrás había estado tiritando de frío. Y de repente no quería admitirlo, pero era así: añoraba una familia numerosa. Amaba a su hermano y eso no podía negarlo de ninguna manera, pero el tan solo imaginar que Jamie se quedara viviendo con ellos le daba una extraña sensación de bienestar. Ello le llevó a sacar conclusiones en las que se daba por única explicación que Jamie Siu le recordaba enormemente a su hermano cuando ambos todavía eran unos niños y los únicos problemas que tenían eran esos que se armaban ellos mismos a causa de sus travesuras, su inmadurez y su inocencia.
Recordó la sensación de querer ser fuerte, el deseo de querer ser alguien, la necesidad de superarse, y dichos sentimientos los vio encarnados en el niño recién llegado.
Yang sintió que quería cuidarlo como nunca pudo cuidarse a sí mismo y como nunca pudo proteger a su hermano. Lo tomó como una segunda oportunidad.
«Aunque Yun seguirá diciendo que solamente es un niño malcriado y ya» pensó y resopló con media sonrisa.
Jamie intentaba dormir, ganas no le faltaban, pero estaba distraído pensando en su abuela y de repente, más allá de sus ganas de verse victorioso en una rigurosa batalla, quiso volver con ella y dejar todo a un lado.
—Mañana iremos a comprarte un cepillo de dientes —dijo Yang antes de apagar la luz—. Buenas noches, Jamie.
El muchacho salió de la habitación. Iría a acostarse, estaba muy cansado también.
