Crecer era madurar, lo había escuchado centenas de veces. Nuestras vivencias, los valores que adquirimos y los que nos dejan de importar, nos esculpen con los años.
Me había aferrado a esa idea tantas veces, como si madurar fuese solo sobrevivir un año más, aprender a no llorar por lo que no tiene arreglo. Pero ahora, con una vida latiendo dentro de mí, esas palabras pesaban distinto. Tenían un eco más denso, más grave
Esos días, había pensado mucho en la niña que había sido tiempo atrás, en una época que ya veía muy lejana pese a no tener más de veintiún años. Era difícil encontrar en ese periodo la inocencia, la gracia y la ilusión que había aprendido a vivir en la escuela de primaria Teitan. Durante un tiempo había tenido el privilegio de conocer pequeñas pinceladas de un mundo que no acostumbraba a vivir, a una normalidad completamente ajena a la mía y que nunca pensé que envidiaría.
Mi hermana también aparecía en mi mente más que de costumbre. Trataba de recordar sus consejos, nuestras charlas sin importancia, y sobretodo, su sonrisa…pero al final de cada recuerdo, siempre me acababa sintiendo avergonzada con la misma pregunta taladrando mi cabeza. ¿Mi familia quería esto para mí?
Conocía la respuesta, por eso me avergonzaba.
Gin era el hombre que tenía y traía a tu vida todas las cosas que unos padres no quieren nunca para la vida de sus hijas. Era frio, calculador y le faltaba empatía. Y yo todavía me preguntaba como dos personas tan distintas y chocantes habíamos acabado imantadas de esa manera.
—Estamos a punto de llegar —comentó sin dejar de mirar a la carretera, bajando la ventana del conductor antes de poner un pitillo sobre sus labios.
Acerqué mi mano sin dudarlo. Le quité el mechero de la mano y lo cerré con un clic burlón. —Entonces puedes esperarte un poco más para matarte los pulmones —le dije
—Entonces podrás esperarte para fumarte ese cigarro —respondí agarrando el mechero de su mano para impedirle encendérselo a la vez que me ponía a jugar con la tapa con una pequeña sonrisa.
Él rodó los ojos y suspiró. No con fastidio, sino con resignación. Puso el intermitente antes de girar a la derecha para entrar a un aparcamiento.
Podía decir que agradecía romper la rutina esa noche, pero las ganas siempre se me quitaban cuando se trataban de trabajos con la organización, así que no pude evitar suspirar con desagrado cuando Gin paró el motor.
—No va a haber nada de sangre esta noche, Sherry —comentó como si tratase de quitarme la preocupación —. Entraremos, tomaremos algo y nos marcharemos. Solo eres mi acompañante. Estará todo bien, ya me he encargado de ello.
—Qué honor, soy tu adorno de lujo esta noche —espeté con sarcasmo, bajando del coche.
—Te lo compensaré —dijo antes de salir del coche.
Resoplé antes de abrir mi puerta y quité las arrugas de mi blusa al levantarme antes de dirigirme a su lado. Agradecía que la figura de mi cuerpo todavía no hubiese empezado a cambiar, eso me hacía creer que por momentos que esto no era tan real como en realidad era. Me aterraba si me paraba a pensarlo.
Gin me agarró la mano y le dejé guiar mis pasos hasta que llegamos a la entrada de un local. Por fuera no parecía nada extraño ni diferente, pero yo que había vivido rodeada de ellos, notaba en el ambiente la presencia de todos los miembros que solían concurrir su sala. Nunca visitaba los mismos locales que otros miembros, ni me interesaba conocerlos. Todo lo que había visto era por noches como la de hoy, en las que normalmente tenía que agarrar el brazo de Gin o tomar una copa junto algún desconocido mientras él hacía el trabajo.
Aquello apestaba a organización.
Nos acercamos a una mesa algo alejada, y la persona que esperaba Gin no tardó en aparecer. Su cara me quería sonar de haberlo visto recientemente en algún periódico así que a primer vistazo intuí que podía estar relacionado con la política. Le estreché la mano seguidamente que Gin y lo vi sacar un pequeño sobre de su americana para entregárselo a Gin con cuidado y con cierto disimulo.
Gin asintió comprobando por lo bajo el contenido del sobre antes de entregarle el mismo teléfono que había visto que le había entregado Bourbon hace ya unos días. La cara de alivio que puso al recogerlo de la mesa me hizo saber rápido que eso se trataba de otro chantaje más y traté de no rodar lo ojos.
—Falta la tarjeta de memoria —comentó el hombre, observando a Gin con cierto respeto antes de parar la mirada sobre mí con algo más de autoridad.
—El trabajo no ha acabado. Ya hablamos sobre esto —respondió Gin sin más.
El hombre apretó los dientes con ganas de contestar, pero la mirada afilada de Gin pareció hacerle retroceder. Yo aproveché el momento para levantarme de la mesa.
—Voy a por algo para beber —comenté sin querer escuchar los temas de los que tuviesen que hablar.
Gin asintió antes de que yo me dirigiese a la barra. Sabía que no estaríamos ahí mucho tiempo y que luego tal vez podría tratar de convencer a Gin para cambiar un poco los planes antes de volver o cualquier otra cosa que no exigiese estar encerrados en un local como este, aun así, no podía evitar sentirme incomoda aquí dentro.
El camarero no tardó en servirme el vaso de agua y una pequeña risa captó mi atención entre la gente que había sentada en la barra.
—¿Agua en un local como este? —me preguntó una voz que me costó reconocer —. Eres Shiho, ¿verdad?
—¿Quién eres? —pregunté entrecerrando los ojos al girar la cabeza, manteniendo la guardia frente a cualquier posible amenaza. Era una mujer que parecía rondar mi misma edad y había algo de familiaridad en su rostro que me recordaba a alguien, pero no sabía bien a quien.
—Perdona la brusquedad —se disculpó apartándose el pelo de la cara con algo de vergüenza —. Soy Naomi, creo que fuimos juntas al colegio en Estados Unidos —explicó brevemente —. ¿Eres tú verdad?
—¿Naomi Argento? —pregunté sin afirmarle nada verbalmente, tratando de recordar los recuerdos que Naomi parecía tener más claros que yo.
—La misma —sonrió removiendo su copa con algo más de alivio —. ¿Qué haces aquí?
—Podría preguntarte lo mismo —sonreí de vuelta esquivando su pregunta. No es que ese local fuese exclusivo para miembros de la organización, pero no era muy común que los oficinistas u otros clientes se perdiesen por aquí.
—He venido a Japón hace pocas semanas. Trabajo como ingeniera informática para una compañía reconocida y vamos a empezar un nuevo proyecto aquí en Tokio —explicó sin abandonar la sonrisa —. Mis compañeros ya se han ido, pero yo quería acabarme la última copa antes de marcharme al hotel —dijo antes de acercar el vino a sus labios para darle un pequeño sorbo a la copa que todavía estaba medio llena.
—Me alegro por ti, estoy segura de que todos nuestros compañeros de primaria se morirían de envidia si volvieran a verte —respondí recordando los malos momentos.
—Siempre he querido darte las gracias por lo que hiciste —comentó de repente con cierta vergüenza mientras yo arqueé la ceja confundida —. Me refiero a cuando me defendiste, sé que no dejaron de molestarte después de ello.
—No tienes nada que agradecer, no tiene importancia. Esos niños eran unos mal educados y unos irrespetuosos, supongo que no serán muy diferentes ahora que son adultos.
—Aún así, quiero dártelas —insistió amablemente —. ¿Tú también estás en Tokio?
Me limité a asentir con la cabeza y bebí de mi vaso para no tener que hablar.
—Entonces, me alegro de haberme topado contigo, Shiho —dijo ampliando su sonrisa —. Podríamos quedar un día para tomar un café, si te apetece.
—Me apetece, pero tengo mucho trabajo y no sé si voy a poder hacer un hueco —respondí intentando no sonar desagradable. Aunque quisiera, no podía quedar con ella, no podía ponerla en la mira de la organización solo por querer volver a entablar aquella vieja amistad.
—Esta es mi tarjeta —comentó ella entregándome una tarjeta con su nombre y su teléfono —. Voy a estar una larga temporada, me haría mucha ilusión volver a verte antes de marcharme.
—Claro, lo intentaré —mentí guardando su tarjeta en mi bolsillo.
Me había gustado encontrarme con ella, pero no iba a acercarme más. Cada una tenía que seguir con su vida por el bien de la otra.
Observé de reojo como el hombre que acompañaba a Gin se levantaba de la mesa para marcharse y le di un último sorbo al agua antes de despedirme definitivamente de ella.
—Ha sido un agradable encuentro Naomi, pero yo debería marchame —dije esperando que no se ofendiera.
—Claro —respondió sin más —. Esperaré tu llamada.
Esbocé una última sonrisa antes de alejarme de la barra y Gin se levantó cuando me vio aparecer.
—¿Nos vamos? —pregunté más alegre.
—Lo estás deseando, ¿no? —preguntó rodando los ojos con una sonrisa casi imperceptible.
Esta vez, fui yo la que le agarró la mano para guiarlo de vuelta al coche. Era tarde, y después de cruzar las puertas hacia el exterior, no quería saber nada más de la organización hasta el siguiente día.
Gin arrancó de nuevo el coche y yo encendí la radio antes de ponerme a mirar por la ventana. El reloj de mi teléfono había marcado las doce hacía escasamente unos minutos, y esa medianoche de mayo me volví a acordar de Shinichi con la entrada de su cumpleaños. Me sorprendía recordarlo entre el laberinto de problemas de mi alrededor, pero a la vez me alegraba. Estaba segura de que iba a ser un día más feliz que años anteriores y por un momento me sentí aliviada de haber podido crear un antídoto para que recuperase su vida. No eran tantas como me gustaría recordar, pero había acciones que habían conseguido mejorar la vida de los demás.
Cuando me di cuenta, Gin ya había estacionado. No estábamos cerca de casa, ni en una zona que conociese, pero aun así salí. Se escuchaba el ruido de los barcos a la lejanía y la luz de un faro chocaba en uno de los edificios cada ciertos segundos así que intuía que estábamos cerca de algún puerto.
—¿Quieres cenar algo? —preguntó Gin cerrando el coche antes de dirigirse hacia mí.
—¿A estas horas? —pregunté con ciertas dudas de encontrar algo decente abierto. Era verdad que no nos habíamos organizado lo suficiente como para tener tiempo a cenar antes de tener que irnos al pub, pero ahora mismo no estábamos en una zona precisamente concurrida.
Me agarró la mano antes de que protestara y caminamos por la acera hasta una terraza con una iluminación algo anticuada. El local estaba vacío y el hombre que parecía dirigirlo estaba al otro lado de la barra, secando la vajilla con un trapo mientras parecía estar atento al programa que emitían en el pequeño televisor que había colgado en una de las esquinas. Gin pidió un par de raciones para los dos y yo me quedé observando el lugar mientras esperábamos.
No tenía claro si nuestra relación había empeorado o mejorado después de lo sucedido, pero Gin no se había marchado. Tampoco es que fuese un hombre de muchas palabras como para entender con claridad como se suponía que estábamos, simplemente me quedaba con que habían desaparecido las miradas de odio y que me observaba con una atención distinta. También notaba como había veces que me miraba con cierta vergüenza, y me entraban ganas de rodar los ojos al ver que ambos parecíamos compartir ese sentimiento por momentos.
—Come antes de que se enfríe —lo escuché comentar aparatándome de mi letargo.
No me había dado cuenta en que momento habían servido los platos, pero la comida todavía humeaba. La apariencia del plato no era la más esmerada ni lujosa, pero olía muy bien y se veía apetitoso.
Ya no hacía un profundo frío en el que te entraban ganas de un ramen extremadamente caliente, pero ese plato sentaba fenomenal en esa noche algo fresca.
Gin acercó los palillos a mi plato para dejar un par de trozos de carne y yo le miré con una ceja alzada y una media sonrisa en la cara.
—¿No los quieres? —preguntó intentando volver a cogerlos antes de que yo le frenase con mis palillos.
—Demasiado tarde, ya han tocado mi plato —excusé con una sonrisa haciendo que apartara la mano.
No entendía como la vergüenza y la culpa desaparecían en esos momentos, pero lo hacían, y yo me sentía bien. Me importaba bien poco que Gin no fuese una persona precisamente habladora.
—¿Ya estás en casa? —preguntó Kudo mientras conversaba por teléfono con su mujer —. No tardaré mucho más en llegar, pero no hace falta que me esperes despierta. Mañana podemos ir a desayunar y ya me cuentas como ha ido el concierto, ¿te apetece? —preguntó sin dejar de mirar por el retrovisor del asiento copiloto —. Claro, podemos ir a ese sitio sin problema. Descansa, te quiero —se despidió antes de colgar la llamada.
—Te has vuelto más atento desde que te has casado —sonrió Akai al ver como Shinichi endulzaba su tono cuando hablaba con Ran.
—Puede que tú debas buscar a alguien con quien compartir tu vida, lobo solitario —respondió Kudo guardando su teléfono en su americana.
—Estoy bien como estoy, pero gracias por el consejo —contestó Akai apagando su colilla en el cenicero del coche antes de bajar el volumen de las noticias de la radio —. Creo que es ella.
Shinichi giró la cabeza y entrecerró los ojos para ver mejor antes de que Shuichi quitase el seguro de las puertas. La puerta trasera se abrió segundos después y una mujer ocupó el asiento antes de que Shuichi arrancase el motor para salir del aparcamiento.
—¿La has visto? —preguntó Shinchi volviendo a voltearse hacia el asiento trasero, un poco más impaciente que su compañero.
—La he visto —repitió afirmándolo —. He hablado con ella —comentó con el rostro pensativo.
—¿Te ha reconocido? —preguntó esta vez Akai.
—No, nada de eso. En realidad he tenido que llamar su atención para entablar una conversación con ella…me ha sorprendido mucho verla —comentó con algo de preocupación en el rostro.
—Naomi, aceptaste a colaborar con nosotros —le recordó Akai al ver que su rostro no se veía tan seguro a la primera vez que se habían reunido —. Sabes que Shiho es el único hilo del que podemos tirar, y tú querías ayudarla ¿no?
Naomi asintió todavía callada, pensando en ese breve encuentro mientras trataba de buscar en la mujer que acababa de ver los rasgos de aquella niña seria que recordaba de su infancia. Su color de pelo era el mismo, demasiado peculiar como para olvidarlo, pero otros rasgos habían madurado y cambiado.
—Iba acompañada de un hombre, el mismo que me enseñasteis —explicó recordando —. Pero no hemos hablado más de dos minutos, me evitaba la conversación.
Shinichi resopló intentando no rodar los ojos al recordar lo escurridiza que recordaba a Haibara cuando no quería entrar en una conversación o estar en algún lugar. Siempre le había dicho que era una borde y una antipática actuando de esa manera, pero ahora, con la distancia palpable que había entre ellos, entendía más que era reservada y que no siempre era capaz de compartir palabras si eso también significaba compartir alguna vivencia.
—Le he dado una de las tarjetas que me disteis y le he insistido en que quería volver a verla.
—No te llamará —respondió Kudo apoyando el codo en la ventana mientras maldecía interiormente a su exmejor amiga.
—Puede que sí lo haga…démosle algo de tiempo —comentó Akai con el rostro pensativo.
—¿Qué te hace pensar eso? —preguntó Shinichi menos convencido a la vez que se tiraba el pelo hacia atrás como gesto nervioso, intentando evitar suspirar otra vez —. Está cegada. Deberíamos haber intervenido nosotros esta noche como te dije, conocíamos su posición.
—No podemos volver a actuar de manera impulsiva, cualquier movimiento puede servir como una chispa que haga explotarlo todo…una masacre acabaría con los mejores agentes que nos quedan —explicó con un tono serio.
Shinichi cerró la boca al recordar toda la gente que había muerto hasta llegar a donde estaban y aunque sabía que en sus manos no estaba el poder de salvar a todo el mundo, no podía actuar irresponsablemente por sus simples ganas de atraparles. Pero estaban tan cerca, que sus ganas de enfrentarla le hacían querer apresurarse de una manera algo peligrosa.
Miré el reloj y observé el metro que se veía cruzar a la lejanía, como una serpiente de acero, deslizándose entre estructuras grises teñidas por los últimos destellos anaranjados del sol. El viento mecía mi cabello y silbaba entre las barandillas metálicas, como si el edificio entero respirara conmigo.. La brisa que corría a esa altura parecía silbar contra la estructura metálica de las escaleras de emergencia y el sol iluminaba sus últimos rayos con una tonalidad rojiza.
—El monte Fuji se ve muy bien desde este edificio.
Me giré con rapidez al reconocer esa repentina voz y abrí los ojos con sorpresa.
—¿Bourbon? —di un paso al frente, entre sorpresa y alivio—. ¿Estás bien? —pregunté observándolo de arriba abajo. Llevaba su típico traje oscuro y unos finos guantes sobre sus manos, tal y como lo recordaba.
No me había atrevido a preguntar por él después de aquel malentendido, no quería escuchar que lo habían matado y tampoco había escuchado a nadie volver a hablar de él. Era un alivio saber que mis problemas no le habían quitado la vida.
—Estoy bien —respondió con una leve sonrisa, cruzándose de brazos.
—Siento lo que pasó…—hablé con la cabeza baja por la vergüenza, sintiendo la tensión en mi garganta.
—Recibí un disparo limpio, no tocó ninguna arteria así que no fue grave. Puedes ver que todavía estoy entero —respondió con cierta amabilidad.
Su tono tenía esa cortesía educada que usaba cuando intentaba restarle importancia a las cosas, como si nunca fuera el que se quiebra.
—Entonces, me alegra verte de vuelta —dije, más honesta de lo que habría querido.
—No solo he venido a visitarte, también he venido a buscarte —añadió Bourbon poniendo sus manos dentro de los bolsillos de sus pantalones —. Te tengo que llevar a un sitio antes de devolverte a tu casa. Órdenes de Ron —especificó mientras yo fruncía el ceño.
Le seguí hasta la planta baja y me subí a su Mazda blanco antes de que arrancase el motor. No sabía si iba a ver a Ron o no, pero me apetecía bien poco y me incomodaba su presencia hasta dentro de mi cabeza. Odiaba sentirme vulnerable así que últimamente prefería estar callada y mantenerme al margen todo lo que podía.
—Entiendo que no quisieras compartirlo conmigo —dijo finalmente, sin apartar la vista de la carretera—. Pero es algo que tampoco puedes esconder mucho tiempo más.
—¿Entonces, lo sabe todo el mundo? —pregunté mordiéndome el labio con una incomodidad aplastante.
—No todos. Al menos no todavía —respondió saliendo de la autovía para alejarse de la zona céntrica —. Vermouth y yo escuchamos vuestra conversación desde la sala de al lado a la que me llevaron. Vermouth parecía estar encargada en no dejar de apuntarme por si escuchaba algo raro que le reclamase apretar el gatillo y hacerme un agujero en el cráneo.
—Entonces, se tuvo que llevar una agradable sorpresa cuando se enteró de la verdad —dije yo sabiendo que la había enfurecido.
—No deberías tomarte su enfado a la ligera. Vermouth irá a por ti, aunque tenga que hacerlo a escondidas —comentó recordando como había apretado los dientes con rabia.
—Me importa una mierda Vermouth —respondí sin filtros, sintiendo el mismo desprecio hacia ella.
—Tampoco deberías olvidar que, en el pasado, ella también estuvo un tiempo con Gin.
—Nosotras no tenemos nada que ver la una con la otra —interferí con cierta molestia.
—Eso no quita que sea una mujer letal. Deberías tener cuidado con ella —dijo haciéndome fruncir el ceño.
No me importaba lo que hacía o dejaba de hacer Vermouth, pero era consciente de que Gin había sido un romance en su vida del cual no había querido pasar página por voluntad propia. Era una mujer preciosa con una figura de escándalo y nunca había necesitado utilizar muchos trucos para llevarse al hombre que quisiera a la cama, hasta que se había topado con Gin, que había entrado en su vida para recordarle que él también conocía todos esos juegos retorcidos.
No la culpaba por tener algún tipo de sentimiento hacia él, pero no la iba a dejar matarme fácilmente por unos simples celos.
Seguí a Bourbon cuando bajó del coche y me sorprendí al ver que reconocía esa sede.
—Este lugar…
—La organización te hizo creer que habían hecho desaparecer este edificio, pero sigue siendo una de las sedes operativas —me cortó él antes de que yo continuase hablando —. Ha habido algún que otro cambio, te sorprenderá cuando entremos.
No le hacía falta decírselo para saberlo, en el pasado, había trabajado mucho tiempo en los laboratorios de ese edificio, pero ahora todo material científico parecía haber sido remplazado por material médico y yo fruncí el ceño mientras trataba de observar cada detalle. Me erizó el vello la idea de lo proyectos que podían estar haciendo en ese tipo de instalaciones y me revolvió las tripas el olor a antisépticos y otros medicamentos que se pronunciaba al adentrarnos por los pasillos.
Bourbon tocó mi hombro cuando notó que ralentizaba el paso e inclinó la cabeza para hacerme saber que tenía que cruzar una de las puertas.
Las paredes blancas y la luz fría del fluorescente me hacían recordar al laboratorio, pero la mobiliaria el olor a hospital me chocaban en los sentidos.
—Tú eres Sherry, ¿verdad? —preguntó una mujer entrando a la sala desde el otro lado del pasillo. No parecía tener que tener más de treinta años, tenía el pelo de color violeta, una telaraña tatuada en el cuello y los ojos de un oscuro casi negro.
—¿Tú quien eres? —pregunté desconfiando instintivamente.
—Me llamo Marsala, soy tu doctora —respondió como si fuese obvio.
—No, no lo eres —respondí cruzando los brazos con una sonrisa irónica.
—¿Es que la has traído aquí como si se tratase de una encerrona? —preguntó Marsala girándose para mirar a Bourbon.
—¿A qué se refiere, Bourbon? —pregunté frunciendo el ceño.
Él suspiró lentamente cerrando la puerta de la habitación antes de girarse a mirarme —. Solo es una revisión —explicó brevemente—. Ni si quiera sabes de cuanto estás, ¿no? Estamos aquí para eso.
—Estamos aquí para que Ron lo sepa —le corregí, sintiendo cómo se me endurecía el pecho—. ¿De verdad es necesario?
—Lo es —interfirió Marsala—. Durante el primer trimestre suele haber riesgo de aborto, así que es importante comprobar que todo va bien —intervino ella encendiendo una de las máquinas antes de sentarse en la silla —. ¿No quieres verlo? —preguntó extrañada.
—No —respondí secamente, girando la cabeza para no tener que mirar a la cara ninguno de los dos.
No me sentía cómoda compartir con eso con dos personas que no tenían nada que ver con eso y que tenían nombres de alcohol para ocultar sus identidades. Era surrealista.
—Será rápido. No estoy aquí para hacerte daño, Sherry —comentó Marsala girando la silla para verme de frente —. Sé que estas cosas no son muy agradables aquí dentro y yo estoy trabajando aquí porque tengo un carácter de mierda para trabajar en un hospital, pero mi potencial es muy grande como para no trabajar aquí. Puedes intuir que mi trato con las personas es diferente con las cosas que trabajamos en este edificio, pero ahora estoy aquí contigo y soy la encargada de acompañarte en este camino para asegurarnos de que todo vaya bien.
—No necesito acompañante, gracias.
—Sherry...
Bourbon dijo mi nombre tratando de apaciguar la molestia que crecía dentro de mí.
Me molestaba lo mucho que parecían desear los mandos de arriba que ese niño naciese en el mejor estado, pero me aterraba todavía más pensar en todas las cosas que iban a empezar a tramar una vez estuviese en este mundo. Yo solo deseaba que fuese una persona completamente normal, sin ninguna cualidad destacable de la cual ellos pudiesen tratar de sacar provecho. No quería que lo enviasen a estudiar fuera para explotar su potencial académico, ni que le hiciesen aprender cinco idiomas o dar clases militares para una formación que acabara haciendo mella en la vida. No quería un nombre en clave para mi hijo, ni mucho menos una muerte segura finalizada con un tiro en la sien.
—Te esperaré fuera —comentó Bourbon tratando de darme algo de privacidad.
Resoplé tratando de no parecer una adolescente en pleno berrinche y me acerqué a Marsala para estirarme en la camilla con intención de conseguir marcharme rápido de ahí. Marsala no me pareció desagradable, no iba a juzgar sus motivos para trabajar en la organización porque sabía bien que cada uno teníamos el nuestro. Agradecí su silencio y el cuidado y la rapidez con la que hizo su trabajo.
