Gracias a mi cómplice Li por su lectura previa. Los errores siguen siendo míos.


Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer, la trama pertenece a mi imaginación.

Capítulo 12

Edward

Temblando y con miles de emociones recorriendo al mismo tiempo mi cuerpo, uní mis labios a los suyos. Era un beso suave, delicado que se fue intensificando con nuestra emoción.

Mi carne, mi alma y corazón la deseaban con toda mi alma… pero, no podía pasarme de la línea, debía respetarla, aunque me doliera.

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Bella

Desperté envuelta en un calor que no venía de las sábanas, sino de la memoria. Me tomó un segundo entender por qué sonreía antes de abrir los ojos, por qué el corazón me latía como si hubiera corrido una maratón en sueños. Entonces lo recordé con una estúpida sonrisa.

Sus labios.

Su voz diciendo mi nombre como si fuera una palabra secreta.

Su cuerpo temblando bajo mis manos y su voluntad, esa fuerza absurda que lo obligó a detenerse justo cuando yo había olvidado cómo respirar. Edward se fue. Después de besarme como nadie me había besado en mi vida, después de hacerme sentir como si el mundo se hubiera reducido a nosotros dos y al sofá donde estábamos, se disculpó en susurros y se fue. Dijo que no quería hacer nada que yo pudiera lamentar. Como si besarlo ya no fuera suficiente para volverme loca.

Giré en la cama, busqué a tientas mi celular entre las sábanas y lo desbloqueé. Había un solo mensaje, enviado a las tres de la mañana.

[No puedo dormir. Todavía tengo tu sabor en mis labios. Gracias por confiar en mí. Buenas noches, mi Bella] E.

Y así, sin siquiera estar aquí, volvió a robarme el aliento. Reí como idiota casi una carcajada mientras rodaba por la cama.

La emoción que me invadía no se comparaba con nada que hubiera sentido antes.

Y eso que solo habían sido unos besos, pero ¡qué besos!

Me quedé mirando hacia el techo mientras deslizaba mi dedo índice en mis labios, podía sentirlos hinchados aún.

Sonreí ampliamente.

Me senté en medio de la cama y dejé que la pereza saliera de mi cuerpo.

Me levanté con una energía que no sentía hace siglos. No sabía si era la emoción, la falta de sueño o la idea ridícula de que todavía podía saborearlo, pero andaba por la casa como si estuviera levitando. Me puse una camiseta cualquiera, me recogí el pelo en una coleta mal hecha y salí hacia la cocina casi tarareando.

Rosalie estaba ahí; ya vestida, tomando su café con la eficiencia de una mujer que sabe exactamente a qué hora debe salir para no discutir con el tráfico. Se giró cuando me vio entrar, arqueando una ceja.

— ¿Y a ti qué bicho te picó? —preguntó con esa sonrisa suya. Se veia más animada y me entró la curiosidad.

— ¿Qué? Nada —respondí demasiado rápido, demasiado sonriente.

Ella entrecerró los ojos.

— Estás extrañamente feliz para ser un sábado por la mañana.

— ¿Eso es un crimen?

— No, solo es sospechoso. —Tomó su bolso, dejó la taza en el fregadero y me señaló con el dedo—. Vas a contarme en algún momento, ¿verdad?

— No hay nada que contar —mentí y para mi propia sorpresa no se me notaba tanto.

Rosalie rio divertida. La conocía y podía deducir que ella intuía de qué trataba mi felicidad de esta mañana, pero como era buena cuñada me estaba permitiendo vivir mi emoción a mi manera.

— Voy a buscar a tu hermano ―escupió sin más―. El vuelo sale en dos hora y apenas me da tiempo de llegar al aeropuerto, no destruyas el bonito apartamento, no sería justo ―se burló dándome un guiño.

— Solo si me da tiempo —bromeé.

Ella se fue sacudiendo la cabeza y yo me quedé sola en la cocina, abrazando mi taza caliente como si pudiera contener toda la emoción del mundo en una bebida.

Me apoyé contra la encimera, sonriendo como tonta otra vez.

Tenía algunas tareas por hacer; como ir al supermercado y lavar, sin embargo no tenía ganas de estresarme tan temprano.

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Estaba por servirme otra taza de café cuando sonó el celular. No un mensaje esta vez, sino una llamada. Edward. Sentí una sacudida en el estómago y sonreí antes de contestar.

— Hola —respondí, tratando de sonar tranquila, como si no me hubiera pasado la mañana flotando por culpa suya.

— Hola, Bella —exhaló él, con esa voz suave que hacía que todo lo demás se apagara. Podía imaginarlo acomodándose los lentes o pasándose la mano por el cuello. Siempre tan dulce y torpe, lleno de nervios—. ¿Dormiste bien?

— Después de las tres de la mañana, sí.

Él soltó una suave carcajada.

— Lo siento por el mensaje a esa hora. No quería despertarte.

— Fue lo mejor que le pudo pasar a mi madrugada.

Hubo un silencio breve. Como si los dos estuviéramos sonriendo al mismo tiempo.

— Quería preguntarte algo —dijo por fin—. Esta noche ¿te gustaría ir al cine conmigo? Pasan una película clásica en un cine pequeño cerca de mi casa. No es nada extravagante, pero pensé que podríamos verla juntos. Si quieres, claro.

— ¿Contigo? Sí, claro que quiero.

No dijo nada al principio, pero sentí su sonrisa del otro lado.

— Paso por ti a las ocho. ¿Está bien?

— Perfecto —susurré.

Colgué con el corazón acelerado. Edward me había invitado al cine. Un plan sencillo. Normal. Pero con él, hasta lo más cotidiano parecía especial. Como si el mundo me estuviera dando otra oportunidad para creer en el amor.

Miré el reloj en el microondas. No quería estresarme yendo al supermercado ni poniéndome a lavar, era mejor invertir tiempo para verme bonita para esta noche.

Ignoré mis deberes y caminé hacia mi habitación.

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La sala era pequeña aunque acogedora con butacas rojas y luces tenues que lucían bastante agradable. Edward me había dejado elegir el asiento, aunque por cómo se movía nervioso, juraría que había calculado todo desde antes.

Nos sentamos en la última fila de atrás, lo suficientemente lejos de la pantalla como para no forzar el cuello y lo bastante lejos de todos para sentirnos envueltos en nuestra propia burbuja personal. Él sostenía el balde de palomitas con una mano y el vaso de soda con la otra, pero en ningún momento dejó de mirarme de reojo, como si no pudiera creer que yo estaba ahí con él.

Fue el gesto más tierno.

Durante los primeros minutos de la película, ninguno dijo mucho. El silencio que prosiguió tampoco fue incómodo, era más bien expectante. Mi brazo rozaba el suyo de vez en cuando y cada mínimo contacto hacía que los dos nos enderezáramos como si acabáramos de tocar un cable eléctrico.

En una escena particularmente lenta, él se inclinó un poco hacia mí. Su voz siendo un susurro.

— ¿Te está gustando?

— Mucho —le respondí, mirándolo a los ojos. Aunque yo no hablaba precisamente de la película.

Edward sonrió, en ese gesto había algo tan sincero, tan vulnerable, que me hizo olvidarme del resto de la sala.

— Bella… —pronunció mi nombre con una calma que no coincidía con la forma en que tamborileaba los dedos sobre sus rodillas—. Sé que esto no es nada espectacular. No tengo frases perfectas ni planes extraordinarios. Me haces sentir cosas que no sabía que aún podía sentir y me encantaría que-que ―tartamudeó― seas mi novia. Si tú quieres.

Me tomó un segundo procesarlo. No porque no lo esperara, sino porque dicho así, con tanto cuidado y tanta ternura, me pareció el gesto más hermoso del mundo.

— Edward… —susurré, acercándome un poco más—. Ya lo soy, desde hace unos días. Solo estaba esperando que tú también lo supieras.

Él soltó una risa casi silenciosa, de alivio y emoción. Me miró como si acabara de encontrar algo que llevaba años buscando. Luego tomó mi rostro con torpeza y cariño, unió sus labios a los míos. Y así nos quedamos ahí tan solo besándonos sin importar nadie más que no fuéramos nosotros dos.

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El camino de regreso fue tranquilo, aunque cargado de silencios que decían mucho más que cualquier conversación. Mi mano aún estaba entrelazada con la suya y de vez en cuando nuestros dedos se apretaban sin razón, solo por el gusto de confirmar que seguíamos ahí.

Cuando llegamos al departamento, él me acompañó hasta la puerta. Pero yo no quería que la noche terminara todavía.

— ¿Quieres pasar? —pregunté con una sonrisa apenas contenida.

— ¿Estás segura? —dijo, como si esa pregunta le costara más que cualquier otra cosa en la vida.

Asentí sin hablar, abriendo la puerta y dejándolo entrar.

La sala estaba en penumbras, apenas iluminada por la luz tenue que entraba desde la ventana. Me quité los zapatos y me dejé caer en el sofá, mientras él se quedaba de pie, dudando, como si no supiera si debía sentarse o salir corriendo.

— Edward —lo llamé, divertida—. No muerdo. A menos que me lo pidas.

Él soltó una carcajada suave y se sentó a mi lado, un poco más cerca de lo que lo había hecho antes en el cine. Sin embargo no era suficiente para mí, nunca iba a ser suficiente.

Me incliné hacia él buscando sus labios con una urgencia que no había sentido en años. Su cuerpo cedió tumbándose en el sofá y yo encima del suyo. Él respondió sin dudar, sus manos en mi cintura, sus labios firmes pero temblorosos. Cada beso era más profundo, más intenso, más sincero. No éramos adolescentes, éramos dos personas adultas que sabían perfectamente lo que querían.

Al menos yo sabía que lo quería esta noche.

Mis dedos se enredaron en su cabello mientras nuestros cuerpos se buscaban como si el tiempo jugara en contra. Él soltó un gemido suave cuando lo besé detrás de la oreja, y esa pequeña reacción me hizo perder el control por completo. Su pecho subía y bajaba tan rápido como el mío, y mis caderas se movieron instintivamente contra las suyas, buscando más que solo besos.

Sus manos me recorrían la espalda, dudosas al principio, luego decididas, hasta que una de ellas quedó justo debajo del dobladillo de mi camiseta. Me ardía la piel donde me tocaba, como si su palma llevara fuego.

― Bella ―susurró contra mi boca―. Si seguimos así…

― ¿Qué? ―indagué con la respiración agitada, mis dedos jugando con los botones de su camisa.

― Voy a perder la cabeza, pero no quiero ―negó― no quiero que pienses que solo te deseo. Quiero que sepas que también te respeto.

Me detuve un segundo, procesando sus palabras y lo besé de nuevo, esta vez con dulzura.

― No pienso eso, Edward. Sé quién eres y por eso te deseo aún más.

Él apoyó su frente contra la mía, respirando hondo. Su pulso iba tan rápido como el mío.

Se aclaró la garganta.

― ¿Quieres qué me quede?

El deseo en su mirada me desarmó. Él deseaba tanto este momento como yo.

― Quiero que te quedes ―admití, acariciando su mejilla―. Sin embargo, también quiero que lo hagamos a tu manera, cuando estés listo.

Él asintió con una ternura. Nos abrazamos, como si el mundo pudiera desaparecer con solo ese contacto. Y esa noche, aunque no hubo nada más que besos profundos, caricias temblorosas y suspiros contenidos, supe que algo había cambiado.

No necesitábamos correr. Lo que estábamos construyendo tenía cimientos demasiado valiosos como para apresurarlo.


El pasado capítulo festejé que ya eran novios, lo siento, pero fue una confusión valida, ya que esta historia está muy avanzada en mis documentos. De hecho es muy corta y solo porque ya estoy por terminarla si no les prometo que ya la hubiese abandonado, ya que son bien pocas lectoras involucradas, así que gracias por estar.

Aquí los nombres de quienes comentaron el capítulo anterior: Deniz,Rosemarie28, Ary Cullen 85, Pepita GY, Andrea, Car Cullen Stewart Pattinson, ALBANIDIA, Dulce Carolina, Flor McCarty-Cullen, Smedina, Jocelyn jazrodriguez, Maryluna, Cassandra Cantú, saraipineda44, Antonella Masen, Daniela Masen, Noriitha, Diannita Robles, Tata XOXO, Adriu, Lili Culle-Swan, marisolpattinson y comentarios Guest

Gracias totales por leer 💕