Disclaimer: Los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es anhanninen, yo solo traduzco con su permiso.


Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to anhanninen. I'm only translating with her permission.


Capítulo 16

—Cullen y yo tuvimos sexo.

Alice suelta el tenedor y abre los ojos como platos.

—Sabía que era solo cuestión de tiempo. ¿Cómo estuvo?

Sonrío.

—Increíble. Nunca había estado tan bien. Tenemos una cita esta noche.

Chilla.

—¡Ay, me alegro tanto por ti! Sabía que lo harían tarde o temprano. Está claro que están obsesionados el uno con el otro y usaron el concurso de repostería como excusa.

—Oye, de verdad que quería ganarle.

—Claro, pero te gustaba tenerlo como rival.

Termino mi almuerzo y asiento con la cabeza. Me gustaba competir contra Edward. Lo hizo más divertido este año, aunque perdiera el concurso de tartas. Pero siempre está el año que viene para darle una paliza.

Mi radio suena —accidente de coche—, así que dejo dinero para el almuerzo y le digo a Alice que la veré más tarde antes de correr a mi camioneta patrulla. No estoy lejos del accidente, así que soy la primera en llegar.

No es tan grave. Ambas partes están ilesas, pero necesitaremos una grúa para los coches. Entiendo ambas historias, y es un incidente de furia al volante. El coche de atrás los siguió demasiado de cerca, y el de delante pisó los frenos a fondo. Qué estúpidos. Los dos reciben multas.

—¡Estaba pegado a mí! —dice el Conductor Uno mientras le entrego la multa.

—Bueno, no se pueden pisar los frenos a propósito. Tienes suerte de no haberte hecho daño.

El Conductor Dos está igual de descontento con la multa, pero me da igual. A los dos les multé por conducción temeraria, lo que les saldrá muy caro y tal vez les haga pensarlo dos veces la próxima.

De vuelta en mi patrulla, llamo por radio y espero a que lleguen las grúas. Por suerte, no tardan mucho, y luego vuelvo a la comisaría a redactar mi informe.

Hay flores en mi escritorio.

—Eric, ¿quién las envió? —pregunto, levantando el jarrón.

—No sé. ¿Tienes un admirador secreto, jefa? —Se ríe disimuladamente.

Regreso a mi oficina y busco una tarjeta. Cuando la encuentro, no me sorprende ver el nombre de Edward. Nadie me había enviado flores antes, pero... me gusta. Son unas rosas arcoíris preciosas, y la tarjeta dice que no sabía mi color favorito, así que eligió todas.

Me derrito.

Oficialmente ya no es un imbécil.

Lo llamo, esperando que no esté demasiado ocupado para contestar. Suena un par de veces, pero contesta.

—Recibiste mi regalo.

Sonrío para mí misma, jugueteando con los pétalos.

—Sí. Un poco excesivo, amigo.

Se ríe.

—Eres un poco excesiva, así que es lógico. Debería irme de aquí alrededor de las seis, así que te recogeré a las siete para nuestra cita.

Asiento con la cabeza.

—Me parece bien a las siete. ¿Y Edward?

—¿Sí, Bella?

—Gracias.

—De nada, preciosa.

Me dejo caer en la silla del escritorio y simplemente sonrío. Parece increíble, pero tengo un chupetón en el pecho que lo demuestra. Anoche nos besamos como adolescentes antes de que me volviera a devorar. Creía que ya había tenido buen sexo, pero él lo hace incluso mejor de lo que jamás hubiera imaginado. Es como si tuviera poderes mágicos en su polla. Una polla enorme. Es una pollactacular.

Ya me entiendes. Me encanta su polla y la quiero para siempre.

Termino el papeleo del día y luego voy a casa a prepararme. No tengo mucha ropa elegante, pero sí un vestido negro que suelo guardar para los funerales o la fiesta de Navidad. Tendrá que servirme.

Es un vestido cruzado y, con el sostén push-up que llevo puesto, las chicas se ven bien. Incluso me maquillo de verdad, no solo rímel y polvo. Me dejo el cabello largo suelto en ondas y me pongo un collar para completar el estilo.

Me siento guapa. Es agradable quitarme los jeans y las camisas de franela por una vez.

Claro, estoy lista media hora antes y tengo que evitar a Ulises porque el pelo de gato no está en el menú esta noche. Le doy comida para distraerlo, lo que parece funcionar bien. A las seis y cincuenta, suena el timbre y al abrir me encuentro con Edward. Tiene puesto una camisa azul claro, pantalones negros y un abrigo negro, y vaya si le queda bien.

—Vaya, estás hermosa —dice, mirándome.

—Me limpio bien —bromeo—. Y tú también estás muy apuesto. Déjame agarrar el abrigo.

Me pongo el chaquetón, cierro la puerta y lo sigo hasta su Volvo. Me abre la puerta como un auténtico caballero, camina hacia el lado del conductor y arranca el coche. Le pregunto adónde vamos, pero dice que es una sorpresa. Salimos del pueblo y nos dirigimos a Wheeling, donde nos detenemos en un restaurante elegante donde es casi imposible conseguir reserva.

—¿Cuándo reservaste aquí? ¿Hace dos meses?

Se ríe entre dientes.

—Digamos que conozco al chef y me debía un favor.

—Mis favores suelen ser café y pasteles gratis.

—Vamos. No queremos llegar tarde.

Apaga el coche y da la vuelta a mi puerta. Le tomo la mano al salir de la camioneta y la mantengo en la mía mientras entramos en el restaurante.

—Ah, Dr. Cullen. Lo estábamos esperando —dice el camarero, cogiendo dos menús—. Síganme, por favor.

Hacemos lo que nos dice y nos lleva a un rincón apartado al fondo del restaurante. La mesa está iluminada con velas y Edward aparta la silla para mí. Es todo increíblemente romántico, y me encanta. Se esmeró mucho.

—¿Quieres vino? —pregunta.

Como si yo le fuera a decir que no al alcohol.

—Por favor. Cualquier tinto.

Cuando llega el camarero, pide una botella para la mesa y unos aperitivos. Me interesa sobre todo la mozzarella frita, pero también pide unos rollitos de espinacas que tienen buena pinta.

—¿Qué tal tu día?

—No estuvo mal. Almorcé con Alice y luego tuve que atender un accidente de coche en el que los dos conductores eran unos idiotas. Aparte de eso, tuve que hacer papeleo. ¿Y tú?

—La sala de urgencias no estuvo muy ajetreada. También tenía papeleo con el que ponerme al día.

—Es lo peor del trabajo.

Asiente.

—Es una pesadilla.

—Y bien, necesitamos conocernos, ¿cierto? Empecemos con el interrogatorio.

Se ríe entre dientes.

—Me apunto. Tú empieza.

—¿Cuál es tu color favorito?

—El tono de marrón de tus ojos.

Pongo los ojos en blanco.

—El color favorito de nadie es el marrón. Sé honesto.

—Está bien. Supongo que el verde. ¿El tuyo?

—También el verde.

—¿Y tú eliges el color de mis ojos? No es justo, Swan.

—¡Sí que lo es! Pero yo soy más de verde menta.

—Me parece bien. ¿Qué querías ser de niña?

Sonrío.

—Desde los catorce años, estaba decidida a ser policía, como mi padre. Antes de eso, quería ser escritora.

—¿Escribes algo?

—Dos preguntas. No es justo. Yo primero. ¿Por qué eres doctor?

—Disfruto de ayudar a la gente y me fascina el cuerpo humano. No está de más que mi padre y mi hermana también sean doctores. Volviendo a mis preguntas. ¿Escribes?

Me sonrojo.

—Incursiono.

Arquea la ceja.

—¿Cómo?

Es mi secreto más profundo, pero supongo que si esto llega a algún lado, lo descubrirá.

—Me gusta el fanfiction, ¿de acuerdo? No es raro.

—¿Qué es el fanfiction?

—Tomas los personajes de un libro o una película y escribes una historia sobre ellos. Puede ser canon, seguir los libros, o no canon, donde creas un mundo completamente nuevo para los personajes. No me juzgues.

Sonríe.

—No te juzgo. Escribir es un buen ejercicio. ¿Alguna vez has considerado escribir tu propia ficción?

—No creo que sea tu turno, pero sí. Estoy trabajando en una ficción original. Ahora me toca a mí. ¿Cuál es tu secreto más profundo y oscuro?

—Mmm, veamos. Diría que mi pasión por la repostería, pero ya lo sabes. Así que supongo que juego a Calabozos y Dragones con James, Eric y Bert. Soy el director de juego.

Me río.

—No me imaginaba que jugaras a Calabozos y Dragones, pero es genial.

—Así que, al parecer, los dos somos unos nerds.

Asiento.

—Eso parece.

Nos traen los aperitivos y pedimos la comida. Sé que se supone que las chicas son delicadas y piden ensalada en la primera cita, pero yo siempre he querido probar un filete de aquí. Edward pide lo mismo, aunque lo pide al punto en lugar del mío poco hecho.

Me rellena la copa de vino y doy otro sorbo, disfrutando del sabor.

—Con razón este sitio tiene una larga espera. Estas mozzarellas fritas están de muerte.

Asiente, mordiendo una.

—Muy buenas. Volvamos a las preguntas. ¿Vamos por la número ocho? Ya perdí la cuenta —dice con una risita—. Pero pregunta lo que quieras.

—¿Cuánto tiempo hace que te gusto?

—Maldita sea, Swan. Pegas fuerte. Y supongo que... han pasado unos meses. Probablemente desde que entraste en urgencias con una conmoción cerebral. Siempre has tenido algo especial.

—No fui amable contigo con lo de la conmoción cerebral.

Sonríe y ríe.

—Eres una mala paciente. Hablando de eso. Todavía no te has quitado los puntos, ¿verdad?

—No. Iba a pedirte que lo hicieras mañana.

—Buena chica.

—No soy tan idiota.

—No, simplemente eres demasiado lista para tu propio bien. Y ridículamente valiente. Me preocupo por ti sin parar.

Sonrío, tomando su mano sobre la mesa.

—Solía meterme en situaciones con rehenes e interrumpir tráfico de armas. Créeme, me he calmado. Simplemente estoy acostumbrada a ensuciarme las manos.

—Estabas en el equipo SWAT, ¿verdad?

Asiento.

—Era teniente.

—¿Y renunciaste porque resultaste herida? Lo siento, pero he notado las cicatrices.

—Sí, me dispararon tres veces, balas perforantes. Necesité cirugía de emergencia y, técnicamente, morí durante unos minutos. De eso es esta cicatriz. —Me paso el dedo por el centro del pecho.

—Esternotomía. Tienes suerte de haber sobrevivido.

—Sí, pero necesitaba dar un paso atrás, así que cuando me ofrecieron el trabajo, lo acepté sin dudarlo. Sabes que mi padre también es jefe de policía de un pueblo pequeño.

—Así que ambos seguimos los pasos de nuestros padres.

Asiento.

—Y no cambiaría nada.

—Yo tampoco. Aunque me formé como cirujano traumatólogo como él, me gusta ser jefe de urgencias.

—Mientras te guste lo que haces, eso es todo lo que importa.

Llegan nuestros platos principales y se me hace agua la boca, mirando mi filete. Nos ponemos a comer y seguimos hablando de nuestras vidas. Rosalie es su única hermana, pero son muy unidos. No tengo hermanos, pero Alice se ha convertido en una hermana para mí. No le cuento su secreto, pero le comento que algún día seré tía honoraria.

—¡Por Dios, este filete!

—¿Está bueno, verdad? —Se ríe, y asiento con la cabeza, dándole otro bocado.

—Muy bueno —murmuro.

Terminamos nuestra comida en un silencio cómodo. Edward toma la cuenta, simplemente metiendo su tarjeta de crédito sin mirarla.

—¿Quieres volver a mi casa? —pregunto con una sonrisa sensual.

—Nada me gustaría más, preciosa.