Capítulo 4.

Jamie esperó a pesar de su sentimiento de desesperación. Estaba tan concentrado en las tácticas que emplearía que no prestaba verdaderamente atención a lo que sucedía a su alrededor. El torneo fue tardado. Supuso que dejarían a los mejores para el final, pero el niño se impacientó cuando no le nombraban.
Al cabo de unos cuantos duelos Jamie subió al escenario para otra eliminatoria. Para su sorpresa —o quizás no— la mayoría de los participantes eran parte de dojos reconocidos de la zona y también de aquellos dojos que no habían conseguido hacerse de fama. Supuso que él junto a aquella niña atípica que se atrevió a presentarse, eran los únicos que no formaban parte de un grupo más grande con alumnos y su maestro.
A pesar de no contar con la experiencia suficiente bajo las enseñanzas de un maestro del kung-fu, tenía a su abuela, que, aunque se había propuesto no enseñarle todos sus trucos hasta ganarse su confianza, sí que le proporcionó un entrenamiento estricto para mantener su disciplina, pues sabía que su adorado nieto era un torbellino desatado. Por eso, cuando llegó el momento de enfrentarse con uno de los chicos de uno de los dojos menos privilegiados, sintió que tenía fe en sí mismo, y dicho y hecho, uno por uno fueron derribados. Al principio lograron rozarle con un golpe certero en el rostro y después otro chico de otra escuela de rango superior le propinó una patada fuerte en el estómago que le hizo tambalearse, pero, afortunadamente volvió a ponerse de pie para poder volver a ponerse en pose. El estilo poco pulido —en opinión de Yun— que estaba usando Jamie estaba dando buenos resultados. Antes, cuando Jamie hizo uso de los ataques que más había practicado del Choy Li Fut, sirvieron a la perfección para frenar los rápidos golpes de su oponente e incluso para contraatacar con la mayor precisión.

—¡Ja! Mira, Yun, ¡se parece a ti cuando íbamos en primaria! —exclamó Yang con una sonrisa—. ¿Acaso no peleabas con la misma energía también? Mira, hasta hace las mismas caras que tú.
—¡Claro que no! Y yo era más rápido…
—Vamos, admite que Jamie es bueno. A esa edad, a ti ya te habrían tirado al suelo.
—No digas mentiras, Yang. A los doce años yo era mucho más habilidoso que ese niño.
—Lo que tú digas. —Se encogió de hombros.

De vez en cuando Yang le daba ánimos a Jamie desde el público. No obstante, en medio de la emoción el niño no prestaba atención a sus alrededores. Solo tenía un objetivo: derribar a quien tenía en frente e ir a por el que sigue. Así de simple.
Entre los gritos de Yang, uno de los hombres de entre el público los reconoció. "¡Los dragones gemelos están aquí!", exclamó, a lo que Yang saludó con una mano agitándola tímidamente y Yun ocultó su rostro detrás de la gorra. Pronto los hermanos se robaron la atención del público al cuestionar sus razones para haberse presentado allí. "Solo vinimos por curiosidad", dijo Yun restando importancia y queriendo aparentar naturalidad, pero Yang se lanzó para decir: "Venimos a acompañar a un amigo". Con esas palabras se ganó una mirada de reprimenda de Yun y el aumento de curiosidad de quienes les reconocían al verles proteger las calles. Por supuesto que todos querían saber quién era ese amigo al que se referían. "Jamie", dijo Yang y apuntó al muchacho. Para entonces nadie le despegó el ojo de encima, creyendo que si iba por parte de los gemelos entonces habría de vencer sin ninguna duda.

Una vez solos, Yun se pegó a su hermano para hablarle al odio a causa de que el ruido del gentío no le permitiría hablar con calma.

—¿Por qué has dicho eso, Yang? Por mucho que lo ayudemos, seguimos sin conocer al chico. ¿Quién sabe si tiene enemigos por ahí? Lo encontramos metido en un lio…
—Por favor, hermano. Es solo un niño. —Le restó importancia. Y su cariño hacia el chiquillo se debía en gran parte a que le recordaba a su hermano. No tenía manera de explicarlo, pero esa facete del Yun de doce años le traía viejas memorias y le encantaba—. Además, ya has visto que no es demasiado fuerte, no puede hacernos daño.
—¡Pff! No faltará mucho para que aparezca alguien que le enseñe una lección.

Las calificaciones sobre la pantalla luego de cada enfrentamiento solo ponían a Jamie en un rango más alto que el anterior y el proceso se repetía una y otra vez. Nadie creía que un muchacho que nunca habían visto antes en la ciudad fuera tan capaz de vencer a otros jóvenes que venían bien preparados de escuelas de renombre. Yang estaba emocionado; obviamente podría esperarse que alguien que era ocho años menor que ellos dos fuera más débil, más inexperto, pero cuando se enfrentaba a otros chicos de su edad era energéticamente audaz y muy capaz. Jamie era veloz, rápido y tenaz, pero carecía de tranquilidad. Desde lejos se notaba que los golpes que lanzaba, aunque eran certeros tendían a llevar consigo una fuerza que podría medirse de una mejor manera.
El hermano menor gritaba palabras de aliento mientras extendía los brazos con los puños agitándose. El kung-fu de Jamie era placentero de observarse. «Sea quien sea que le haya ensenado esos movimientos, lo hizo bien», pensó Yang. Después de percibir que su hermano había estado muy callado durante mucho rato se dio media vuelta para observarle discretamente. Yun seguía de brazos cruzados, aunque a diferencia de antes, ya mantenía la cabeza en alto para que la gorra no le estorbase y por fin se había quitado la capucha. Para el menor fue gracioso ver que, aunque luego Yun no lo admitiría, éste tenía una sonrisa bien dibujada en el rostro, justo como si estuviera orgulloso del chiquillo sobre el escenario. Aunque, para no estropear tan bella escena Yang prefirió no decir nada.

Pronto llegó el momento por el que todos esperaban. La única chica que concursaba estaba a punto de meterse al área de batalla. Hizo unos estiramientos, le dijo algo a uno de sus acompañantes que parecían ser sus tutores y se presentó con una reverencia. Antes de los anteriores enfrentamientos a la chica no se le permitió entrar, pues no encajaba con el estándar que se buscaba para que la batalla fuese una pelea justa. Sin embargo, luego de que ella hiciera una reverencia y su oponente le ofreciera el saludo Bao Quan Li, se pusieron en posición de ataque-defensa y cuando el réferi hizo una indicación, ambos empezaron la pelea. Sorpresivamente para todos, cuando aquel niño le lanzó una patada que cualquiera creería que la derribaría, ella lo soportó bien y con un ágil movimiento de sus brazos lo echó hacia atrás.
«Quizá ha sido suerte», pensó Yun.
«Quizá ese sujeto no está usando todo su potencial», pensó Jamie.
Todos los espectadores sacaron sus conclusiones para justificar la falta de sentido del movimiento que acababan de observar.
Yang se limitó a observar atentamente, pensando: «Puede que Jamie tenga problemas con ella…»

Pero Jamie ni en el más mínimo de los escenarios existentes podía considerar el perder ante una niña.

Para entonces, aquel chico totalmente desesperado y humillado por haber sido detenido por una chica, y además más pequeña que él, volvió a ponerse en pose para equilibrarse. Debía defender su técnica. Y cuando volvió a remeter con movimientos veloces, ella fácilmente le tomó de un brazo y con ayuda de la fuerza de sus piernas y su cadera lo alzó casi sin esfuerzo, arremetiendo con él contra el suelo con una perfecta técnica Hane-goshi. No lo soltó de sus ropas hasta que el réferi indicó que ella era la vencedora de la ronda.

Al separarse la chica se sacudió el uniforme y se retiró a su lugar inicial. No se miraba para nada agitada.

Todos se quedaron boquiabiertos. La única lógica que podían dar a aquello que ameritaban sus ojos era que, quizá, el dojo del que provenía aquel chiquillo no era tan buena escuela como se decía. Tal murmullo ofendió al maestro que se hizo el sordo.

Y no fue la única vez que aquella niña extranjera dejó a todos con la boca abierta debido a su capacidad de lucha y de reacción, pues, entre todos los participantes hubo alguien además de ella que no luchaba kung-fu. Se trataba de un chico hongkonés que se presentó muy confiado y dispuesto a vencer con el arte del Muay Thai, que, aunque supuso un reto enorme para ella, no tuvo gran dificultad para derribarle bruscamente con otra de sus técnicas.
El muchacho era duro; conocía la técnica de su propio estilo de lucha y usaba sus brazos, codos, rodillas y piernas de una forma estratégica, pero, la joven no solamente era fuerte, sino veloz también.

Se ganó la admiración y respeto de todos para cuando ya llevaba a varios muchachos arrojados contra el suelo.

—Bueno, ¿pero quién es esa niña? —preguntó Yun con curiosidad.
—Leí la lista de invitados que estaba en la entrada del evento. Su nombre es Manon Fontaine —explicó Yang.
—Estoy seguro de que así no se pronuncia —dijo entre risas.
—¡Cállate, Yun! —Suspiró—. Oí los rumores… Dicen que viene desde Mónaco.
—¿Mónaco? ¿Y por qué alguien vendría desde allá para asistir a un torneo tan pobre como este?
—No me lo preguntes… Tampoco lo sé.
—Pero, cuando me pregunto quién es, me pregunto, ¿cómo puede ser tan fuerte?
—Tampoco me lo preguntes.

Ante dicha contestación Yun le dirigió una mirada recelosa a su hermano.
Entonces siguió una lucha en la que no participaba ni Jamie ni Manon. A partir de la salida de la chica el tiempo se sintió más lento porque iban descalificándose todos contra todos de poco en poco hasta que la noche fue avanzando cada vez más, poniendo de nervios a los espectadores. Era increíble ver cómo un duelo que no duraría más de tres horas marcaría para siempre la perspectiva de la competitividad y el ego del ganador y el derrotado.


Llegado el momento de la gran final, de manera inconsciente Yun se descruzó de brazos y Yang estaba que saltaba de la emoción. El kung-fu de Jamie era fuerte y era toda una experiencia verle hacer cada uno de esos movimientos que aparentaban ser el ataque de un feroz tigre. Por otro lado, los movimientos de la chiquilla eran tan bruscos como también lo eran elegantes en una armonía muy poco común.
Los hermanos, así como todo el público, observaban atentos cuando fueron presentados. No habían peleado antes en ninguna de las rondas y había llegado el momento.

Al verse, ambo se sonrieron. Jamie había estado observando minuciosamente sus movimientos y hasta creía haber memorizado todos sus trucos y movimientos más impredecibles, mientras que ella haciendo igual, creía conocer cada una de las fintas del joven.

Cuando se vieron frente a frente por primera vez, ambos adoptaron su posición correspondiente luego del saludo. Ella mantenía una estancia de calma, a diferencia de él que denotaba una desbordante agresividad.

Una vez dada la indicación, el duelo comenzó. Pero ninguno se movió.

Había una especie de instinto en cada uno que gritaba: "¡Esta persona es diferente a las demás!".

Por primera vez Manon habló.

—Je te le demande… S'il te plaît, ne te retiens pas.

Y lo que decía era cierto. "No te contengas, por favor". Pues esa era la única forma en que la que ganaría la experiencia que necesitaba; la única forma en que podría demostrar que ella era verdaderamente fuerte, porque esas palabras se repetían sin cesar en su mente. «Manon, eres fuerte».

A ella poco le importó hacer el intento de hablar en el dialecto de la región o siquiera el utilizar un inglés pobre. Solo quería expresar sus sentimientos, fueran o no entendidos. Detestaba que la subestimaran.
Y, aunque Jamie no comprendió ni una sola palabra, se aseguró de transmitirle sus verdaderas intenciones, esperando que lo que recibió no fuera un insulto. "Discúlpame, pero no voy a frenarme".

—對唔住,我會冇障礙噉打。

Manon arrugó la nariz al escuchar el cantonés del chico.

El fuego en la mirada de ambos fue suficiente para entender que, aunque las palabras no les eran suficientes para mantener una buena comunicación, el amor que ambos sentían por la lucha era suficiente para no distanciarles; para hacerles comprender sus deseos.

Teniendo claro que definir si serían amigos o enemigos era una tarea imposible, se concentraron en detectar algún movimiento ofensivo del otro, pero Jamie no tenía intenciones de moverse primero. Había visto ya todas las rondas en las que la chica había vencido y siempre, siempre, siempre, el derrotado era aquel que se atrevía a atacar primero. Ante tal comportamiento Manon se desesperó. ¿Debería ella arremeter contra él primero?
Mantuvo sus piernas separadas con los pies bien puestos sobre el suelo, lo cual, en ocasiones efectuar sus técnicas le suponía un problema porque no había tatami, sino que tenía que liárselas con el duro suelo.
Extendió sus manos para calcular un agarre perfecto, pero Jamie no era de quedarse quieto y ante cada movimiento menor de la chica él enseguida cambiaba de posición.

«Se mueve como el maestro Fei Long», pensó Yun.

Normalmente Jamie creería que derribar a la chiquilla e irse con la victoria sería muy fácil. ¿Por qué? Quizá porque él era más alto que ella y con los brazos y piernas más fornidos, claro estaba. Pero, de no ser porque había visto cómo se deshizo de los otros muchachos sobre el ring como si fuesen frágiles plumas de ganso, no pudo deshacerse de la idea de que era mejor no subestimarla. Después de todo, incluso si la teoría de que la chica fuera débil fuese cierta, subestimarla sería un grave error. Con esa técnica suya no podía correr el riesgo de creerse superior por tener más fuerza, pues sabía, que el judo era especialista en derribar a aquellos que son más fuertes. Para hacer un poco peor el asunto, Manon era buena con lo que hacía.

La mayoría estaba esperando a que el combate empezara, pues ninguno de los dos se atrevía a moverse. Sin embargo, solo fueron los gemelos quienes se dieron cuenta de que el combate ya había comenzado hace mucho tiempo. La tensión se sentía en el aire, y los gritos y bullas del resto no hacían más que agudizar los sentidos de los chicos o entorpecer sus ideas.

El primero en hacer un movimiento fue Jamie, pero fue en vano porque ni él pudo acertar un golpe ni Manon pudo detenerlo. Apenas movió una pierna, ella se pudo en posición de defensa pero él no se atrevió a ir mas allá y se echó hacia atrás también. Y cuando ella quiso ir a por él con un agarre simple Jamie de inmediato le desvió el agarre con un movimiento veloz y preciso.

«¿Pero quién ha sido el infeliz que aceptó poner a competir a una niña entre varones?», pensó Yun.

—Pues, así como la ves, ella ha derrotado a todos aquí.
—¿Yang? ¿Pero cómo…? —El hecho de que le leyera el pensamiento lo sorprendió.
—¡El único que falta es nuestro Jamie! Entonces, ella podrá llevarse el trofeo de la noche.

El padre de Manon fue muy estricto con la orden que dio al jurado: "Mi niña es fuerte. Nada de trampas, tampoco la subestimen ni se contengan. Den todo lo que tengan. Que no les dé miedo que ella sea una mujercita, pero puedo asegurar que les vencerá".
Y, siguiendo esa orden, no hubo quien se echara para atrás. Si las artes marciales de la región podrían regresar a un extranjero llorando a su país no tenían entonces nada que perder y encima los periodistas lugareños tendrían un buen artículo sobre el cual escribir en el mañanero del siguiente día. ¡Perfecto!

«¿Qué pasa? He llegado hasta aquí con suma facilidad. ¡El gran Jamie Siu no puede rendirse así de fácil!»
Y lo sabía bien… Sabía que Manon esperaba la más mínima oportunidad para tirarle al suelo sin ninguna clase de compasión. Las imágenes de los duelos anteriores volvían a la mente del chico y sabía que, si no tomaba las precauciones necesarias, la historia se repetiría con él.
Para la sorpresa de muchos, resistió bien y fue de los oponentes que más duraron de pie en presencia de la chica. Aunque el asunto ahora era más emocionante porque quien quedara de pie sería el ganador definitivo de la noche. ¡Y qué gran respeto recibiría el ganador! Sin mencionar aquella victoria en su historial de vivencias que les acompañaría para toda la vida.
«Después de esta victoria, ¡me volveré más fuerte!», pensaron ambos.

Jamie fue el siguiente en lanzar una patada teniendo la intención de derribarla por sus frágiles tobillos. Manon resistió bien y lanzó un gancho el cual él logró evadir rápidamente. Ella se aproximó a él por debajo y lo tomó con ambas manos de uno de sus brazos; Jamie le dio una patada en el torso que le hizo hacer una mueca de dolor. Cuando el niño trató de nuevo con un lanzamiento de puño ella lo atrapó y con toda su fuerza logró lanzarlo por el aire hasta la otra esquina del ring, del cual, Jamie se incorporó de inmediato porque no logró ser una caída con todo lo que respecta el nombre. Al ponerse de pie la miró consternado, pero ya era demasiado tarde para poder hacer algo porque ella se aproximó a él tan rápido como pudo aprovechándose del desconcierto del lanzamiento y le tomó de entre el brazo y la pierna, para después volver a alzarlo y tirarlo. Al intentar actuar rápido, Jamie la sujetó del judogi y arremetió contra ella con movimientos rápidos de su kung-fu, pero Manon de nuevo tomó el control de la situación y se alzó con el cuerpo de él aferrado a ella. Luego, desorientándole de sus sentidos, le tomó de las extremidades y selló el movimiento con un lanzamiento aturdidor que lo dejó tendido boca arriba con un terrible dolor en la espalda.

Los movimientos de Jamie habían sido rápidos, sí, pero Manon llevaba tiempo estudiando a la perfección los ágiles golpes del kung-fu y el resultado fue inevitable. Hubo una diferencia que selló el destino del pobre Jamie, y era que, a diferencia de la chica, él jamás había luchado contra nadie en un torneo con todo y sus reglas. Fue inevitable.

El réferi indicó que la chica había ganado la competencia final, tomándole la mano y alzándosela muy alto para gritar: "¡Manon Fontaine es la ganadora!"
De ese modo, Manon se llevó el premio de la noche; un trofeo y una suma de dinero que si bien no era basta, tampoco era pobre. Y aunque Jamie se hizo con el segundo lugar y una cantidad menor —pero igualmente satisfactoria— de dinero, no pudo quedarse quieto. Cuando anunciaron a aquella chiquilla como la ganadora, el corazón le palpitó a mil por hora y se mantuvo ahí sentado sobre el suelo del ring intentando recapitular lo que había pasado. Su vista estaba perdida en la nada, sudando a mares y todavía con las manos y piernas temblando por el impacto. ¿Qué era lo que había sucedido? No encontraba manera de explicárselo, pues no podía entender cómo una niña le había ganado.

Antes de retirarse, Manon se volteó hacia él y le tendió la mano para ayudarlo a ponerse de pie.
A pesar de sus buenas intenciones, la chica seguía siendo presumida por su preciosa y limpia victoria.

C'est mon judo, chérie.

Pero Jamie ni siquiera tuvo la intención de tocar su frágil mano. Se puso de pie por cuenta propia e hizo una mueca de desagrado antes de retirarse hacia el otro lado para ser anunciado como ganador en segundo lugar.

Esa fue la última vez que la vio de cerca.


Jamie no traía consigo el premio que quería, pero peor era haberse ido sin nada. A pesar de ello, no estaba contento.
Tenía el cuerpo adolorido a causa de los golpes que había frenado impulsivamente y por aquellos golpes que no fue fácil esquivar.

Durante el largo trayecto hacia la casa de los gemelos no encontró el mejor momento para tranquilizarse porque el solo rememorar su derrota ante una adversaria que había considerado más débil que él a simple vista le suponía un problema emocional enorme. Por eso iba callado, viendo con el ceño fruncido sus propios pies que avanzaban rápidamente esperando encontrar un refugio pronto. Estaba abrazado a su abrigo, pues el calor del momento pasó y el frío de la noche le atacó.
Yang iba dándole ánimos al jovenzuelo, aunque éste no se enfocara en escuchar ninguna de sus palabras.

Yun se había quedado embelesado. No creyó que el verle pelear de una manera tan vivaz atraería a él tantos recuerdos que creía haber dejado enterrados.
Esa noche vio algo en el joven Jamie que hacía mucho nada ni nadie le había transmitido: la chispa de la fuerza. Porque en el escenario a Jamie de verdad se le veía vivo; se notaba que amaba luchar, que sabía cómo luchar y que deseaba ganar. Yun creyó que alguien que era capaz de luchar así se merecía, aunque en un grado menor que hacia sus maestros, su respeto. Fue hasta entonces que se olvidó del niñato malcriado y vio de verdad al Gran Jamie Siu que había en su interior.

Estando ya en casa pasaron por el restaurante y al subir a la segunda planta hicieron que Jamie descansara en una de las sillas de la sala principal. Estaba todavía muy agitado y aunque sentía frío el color de su cara seguía siendo rojo intenso. El sudor le empapaba la ropa, sus manos y piernas temblaban y los ojos parecía que se saldrían de sus orbitas. Tan solo miraba al suelo intentando aceptar la realidad de lo que había ocurrido.

—…mie. ¡Jamie! —le llamó Yang.

Al darse por fin cuenta de que le habían estado hablando y no había contestado, alzó rápidamente la cara.

—¿S-Sí?
—Ten. Es té de jengibre. Aliviará un poco tu dolor muscular.

Jamie tomó la taza rápidamente. Se olvidó incluso de dar las gracias y se empinó la bebida hasta no dejar ninguna gota. Seguía respirando con agitación.

Por recomendación de Yang se levantó a darse una ducha. Creyó que quizás el agua fría le permitiría despejar sus pensamientos y emociones, pero estaba equivocado, pues entre más pasaba el tiempo la noche iba envejeciendo y sus recuerdos recientes seguían torturándole una y mil veces más.
Luego de peinarse y vestirse volvió a reposarse sobre el sofá en el cual había estado durmiendo durante sus días de estadía en casa de los hermanos Lee.

Meditar luego de una pelea estaba bien, pero sobrepensarlo ya no era correcto y ambos hermanos se dieron cuenta de que Jamie comenzaba a tener un serio problema de introspección.

No pudiendo soportarlo más, Yang llegó y se sentó a un lado suyo. Solo la luz cálida de la lamparita de noche alumbraba la habitación.

—¿En qué piensas, Jamie?
—Yang, yo… —Se retorcía los dedos a causa del nerviosismo—. ¿Lo hice de verdad tan mal? Creía que era fuerte, pero…
—Lo sé. Nadie sale de casa y se dirige a un torneo teniendo en mente que perderá. Sabía que querías ganar.
—¡De verdad deseaba ganar! Pero…
—Lo hiciste, Jamie. Ganaste.
—¡Segundo lugar!
—Entonces, ¿preferirías haber quedado fuera del podio?
—No lo sé…

Yang suspiró luego de inhalar profundamente. El chico tenía una personalidad que ya conocía muy bien.
Tan solo le puso una mano sobre el hombro cálidamente y siguió hablándole.

—Está bien perder a veces, Jamie. No siempre necesitas que otros te digan que eres el mejor para creer de verdad que eres el mejor.
—Yang…
—No dejes que lo que pasó hoy te frene. Lo sigo en serio.

El niño permaneció con la vista clavada al suelo. Entonces no pudo resistirlo más y se echó a llorar. Eran amargas lágrimas de desesperación. Se cubrió el rostro con ambas manos mientras empezaba a gimotear, ya ni siquiera pudiendo formular más palabras.
Yang le sobó la espalda cariñosamente. Sonrió con dulzura, pues sabía que el pobre chico se había estado aguantando el llanto desde hace mucho tiempo atrás cuando la derrota le tomó desprevenido. Supo entonces que llorar era lo que le hacía falta para liberar su estrés y por eso se quedó apoyándole.

—De verdad quería probar que yo era fuerte, hermano Yang… —habló con la voz entrecortada entre gimoteos.
—Lo sé, Jamie. Y lo hiciste bien.
—Fui tan tonto… No creí que mi kung-fu fuera tan débil…

Yang pasó uno de sus brazos para rodearle al chico por los hombros. Lo abrazó de forma sincera para brindarle su apoyo.

En ese momento llegó Yun que presenció la escena al principio muy intrigado. ¿De verdad Jamie estaba llorando? Sí, era lo que veía y oía.
Cuando los hermanos chocaron miradas apenas Yang se encogió de hombros con media sonrisa y Yun torció el labio. Antes de siquiera decir algo, el mayor se volvió a la cocina por unos bollos que habían sobrado de la comida que sirvieron a la clientela por la tarde. Al volver a donde Jamie y su hermano, tan solo le puso la bolsa con los bollos sobre las rodillas al mayor, diciendo: "Come".
Pero a Yang no le pareció buena idea.

—Yun, no creo que sea momento de…
—¿Por qué no? Seguro que le sienta bien. —Se cruzó de brazos. Al captar la atención de Jamie, se dirigió a él, tomó uno de los bollos y se lo puso en la mano—. Anda, niño. Come. Yang me digo que te gustaban mucho.
—No seas tan rudo —le reprendió el otro.
—¡No lo soy! —exclamó. Volviéndose al menor otra vez, dijo—: Hay que entender que la vida sigue… Y que perder no es malo. Y que aprender de lo que se obtiene de las derrotas es lo que más importa. ¡Y sobre todo hay que comprender que la vida es este constante revoltijo de altibajos y que hay que intentarlo muchísimas veces más!

Jamie alzó la mirada tan solo para observar con sus rasgados ojos vidriosos al chico de trenza.

—Cuando te vi luchando ahí arriba de verdad me cautivé por ti. Hacía mucho que no miraba una técnica tan fluida… Solo necesitas pulirte un poquito, justo como a un jarrón de barro que pretende ser de porcelana. —Y decidió repetir sus palabras—. Me cautivé en serio.

Entonces, retomando un poco mejor las fuerzas le dio una mordida a uno de los shaobings que tenía en mano y siguió comiendo con ganas sin importar que las lágrimas siguiesen saliendo de sus ojos.
Esa fue la forma de Yun para empatizar con el chico, pues, de alguna manera debía intentar levantarle el ánimo luego de permitirle presenciar con toda meticulosidad su kung-fu. Se sentía agradecido profundamente con Jamie por haberle permitido tener esa clase de conexión consigo mismo después de tanto tiempo.
Y Jamie siguió comiendo con gran apetito porque al igual que el día que recién llegó, solo necesitaba un empujoncito para seguir adelante. Y, de nuevo, el sabor de la comida caliente tuvo un sabor más exquisito, pues se sintió en casa otra vez. Estaba reconfortado entre sus dos hermanos que le rodeaban en el sofá para brindarle el apoyo que necesitaba.

—Lo hiciste muy bien, Jamie —dijo Yun con una sonrisa sincera.

Yang se asombró de que, por primera vez, su hermano llamara al chico por su nombre. Ya iba siendo hora de admitir que en muy poco tiempo ambos se habían encariñado con el diablillo.