Marvel ni High School DxD son de mi propiedad, pertenecen a sus respectivos autores. Yo hago esto sin ánimo de lucro, solo para pasar el rato. Este fic contiene/contendrá violencia, palabrotas y demás cosas. Leedlo bajo vuestra responsabilidad, que yo ya lo he puesto en categoría M.

—comentarios.

pensamientos.

—*hablando por teléfono, comunicador, etc.*

—[Ddraig, Albion, etc.]


Capítulo 19:

CONFLICTO - PARTE 01


La noche en Japón se desarrollaba con su habitual serenidad, envuelta por un cielo despejado y un aire cálido propio del verano. A lo largo de la prefectura de Kuoh, los hogares dormían sin preocupación alguna, con la ciudad cubierta por un falso manto de tranquilidad. Sin embargo, en lo profundo de una base subterránea, muy lejos del alcance del ruido civil, la calma había comenzado a romperse.

Los monitores parpadeaban con una cadencia irregular. En una amplia sala ovalada, donde predominaban los tonos grises metálicos y la luz azulada de las pantallas táctiles, los técnicos de análisis de campo observaban los datos que se acumulaban en las pantallas con creciente inquietud. Las lecturas energéticas no dejaban lugar a dudas: algo estaba pasando.

—*Director Arakawa —llamó uno de los analistas, con la mirada fija en su monitor—. Confirmamos anomalía energética en la zona noreste de Kuoh. A unos siete kilómetros del centro.*

El aludido, que se encontraba en una sala llena de pantallas y gente frente a ordenadores en la base de Tokio, no tardó en responder al llamado del analista.

—¿Naturaleza de la señal? —preguntó con voz grave, entrecruzando los brazos sobre el pecho.

—*Es... complicada, señor. La forma de onda está dividida, irregular... pero estable. Hay rastros de energía sagrada, y algo más... viejo. Antiguo. No es una firma demoníaca ni mágica estándar. No es Grigori. No es celestial, tampoco infernal. Esto…*

Otro técnico, más joven, se giró desde la terminal contigua para mirar la pantalla donde aparecía el Director japonés..

—*Se asemeja a los registros que tenemos de la fragmentación de Excalibur. Señor, podría tratarse de una reactivación parcial.*

Por un instante, el silencio se apoderó del centro de mando.

El director Arakawa alzó una ceja, visiblemente molesto.

—¿Estás diciéndome que alguien está jugando con Excalibur... en nuestra jurisdicción, y sin que ningún dios o demonio nos haya notificado?

—*No sólo eso, señor —añadió el primer analista, con el rostro pálido—. La frecuencia se está intensificando. Hay acumulación de poder. No parece un simple ritual de restauración.*

—Esto no es una patrulla —declaró Arakawa, dando un paso hacia la mesa central y apoyando ambas manos con fuerza—. Es un ataque inminente.

De inmediato, la sala cambió de ritmo. Las luces se tornaron más tenues, mientras en las paredes emergían hologramas proyectando un mapa tridimensional de Kuoh y sus alrededores. En él, una marca roja latía lentamente en el noreste. Arakawa giró la cabeza.

—Preparen un canal seguro. Quiero hablar con Nueva York. Ahora.

Una agente a su izquierda asintió, ya con el auricular en la oreja.

—Enlace activo en treinta segundos. ¿Aviso al equipo especial?

—Sí. Que Rose y Mercurio estén listos para desplegarse. Y localicen a Barton. Si está en el perímetro, que entre. Esto huele a guerra... y no quiero que nos pille con las botas desatadas.

—¿Y Grigori, señor?

Arakawa frunció el ceño, cruzando la mirada con uno de sus operadores de inteligencia.

—Intentad un contacto encriptado con cualquiera de sus nodos en Japón. Si para dentro de diez minutos no hay respuesta, partiremos del supuesto de que alguien ha cerrado sus canales de comunicación.

—Entendido.

En el aire, una tensión imperceptible se apoderaba del ambiente, como si incluso las paredes contuvieran la respiración. Un murmullo apagado de teclados mecánicos, pasos veloces y órdenes escuetas llenaban el ambiente. El reloj marcaba las doce y cuatro de la madrugada cuando los primeros datos de evacuación comenzaron a organizarse. Pero para Arakawa, el mensaje ya era claro como el cristal.

No hay marcha atrás. Esta noche, alguien ha traído la guerra a nuestra puerta.

Con paso firme, abandonó la sala de control y se dirigió al ala oeste del subnivel, donde ya lo esperaban los tres agentes clave en la operación: Magnus Rose, Christina Mercurio y Clint Barton. Los tres habían sido llamados con un par de días de antelación, cuando empezó a sospecharse que lo que estaba ocurriendo en Japón era de suma importancia. Barton, enfundado ya en su traje de campo, se colocaba el carcaj con precisión automática. Su mirada se levantó al ver llegar al director japonés.

—¿Tenemos permiso completo? —preguntó Barton sin rodeos.

—Si los civiles están en peligro o si somos atacados, tenemos autorización para actuar —repitió Arakawa—. Pero la prioridad sigue siendo la evacuación. Todo lo demás... vendrá después.

Magnus cruzó los brazos, sin necesidad de preguntar nada. Ya sabía qué debía hacer. A su lado, Christina sacó una pequeña tableta de datos que conectó directamente a la red de sensores desplegados por la ciudad. Las lecturas fluctuaban más rápido de lo normal. Fue entonces cuando la gran pantalla del fondo de la sala se iluminó con una videollamada entrante. El sistema de reconocimiento identificó de inmediato el acceso de prioridad máxima: "Director Nicholas J. Fury".

Arakawa hizo un leve gesto, y la imagen del líder máximo de S.H.I.E.L.D. apareció, medio cuerpo visible desde lo que parecía la sala de crisis del Triskelion, en Washington.

—*¿Cuál es la situación en Kuoh, Arakawa?* —la voz de Fury, ronca y seca como un disparo, resonó por la sala.

El Director japonés se irguió.

—Confirmamos la presencia de múltiples entidades hostiles en la zona. Energía sacra y demoníaca, además de una firma inestable que creemos que corresponde a fragmentos de Excalibur. Posibilidad elevada de intervención directa por parte de algún ángel caído de alto nivel.

Fury entrecerró su único ojo visible.

—*¿Grigori ha respondido?*

—Negativo. Creemos que sus canales de comunicación han sido comprometidos.

—*Eso no es un "creemos", Arakawa. Si un Cadre está detrás, ya lo sabías antes de que te lo preguntara.*

El japonés asintió sin orgullo.

—También iniciamos la evacuación de los distritos residenciales más cercanos al instituto. El operativo está disfrazado como una fuga química. Barton está al frente.

—*Barton.*

—Aquí estoy, jefe —contestó Clint, alzando la mano brevemente—. Ya tengo tres cuadrantes en proceso de evacuación. Si esto se pone feo, vamos a necesitar más manos. O una explosión lo bastante grande como para que todos los vecinos quieran correr solos.

Fury no sonrió. Nunca lo hacía. Pero se inclinó ligeramente hacia la pantalla, mirando ahora a Magnus y Christina.

—Rose, Mercurio. Manteneos en la sombra hasta que todo se descontrole. Necesito saber quién está realmente involucrado antes de arriesgar recursos que no podemos reponer. Y si su líder tiene refuerzos, quiero sus nombres antes de que los cuerpos toquen el suelo.

Magnus asintió con firmeza.

—Trazaremos el perímetro y neutralizaremos cualquier amenaza secundaria.

Christina añadió sin apartar la vista de su tableta:

—Y si vemos algo interesante, le guardaremos souvenirs, director.

Fury chasqueó la lengua, apenas perceptible.

—*Solo si no explotan al tocarlos. —Hizo una pausa, más grave esta vez—. Esto no es una batalla. Es un aviso. Y el mundo estará mirando cuando se levante el humo. No falléis.*

La llamada se cortó sin ceremonia. La pantalla volvió a mostrar los datos del operativo en tiempo real: ubicaciones de evacuación, firmas de energía... y un punto creciente en rojo que se iba acercando al instituto. Arakawa rompió el silencio con voz grave.

—No vamos a impedir que el infierno se abra esta noche. Solo vamos a asegurarnos de que no se trague esa ciudad.

Clint ya estaba girando hacia la salida.

—Entonces será mejor que empecemos a repartir bengalas.

—Señor ¿qué hay del recluta Hyōdō? ¿No está de permiso en Kuoh? —preguntó Magnus.

—Lo está, y por ahora no sabe nada. Hemos estado vigilándole y sospecha.

—¿Por qué no se le ordena que se retire?

—Por ahora veamos cómo se desenvuelve. Pero si el peligro es alto, lo llevaremos a un lugar seguro.

Magnus y Christina se miraron de reojo. Aun con lo poco que conocían al joven recluta, ambos tenían claro que ese chico no se iría así sin más cuando había gente en peligro, y más tratándose de su ciudad natal.

XXXXX

La ciudad dormía, ajena al eco de pasos que no resonaban, a las sombras que se deslizaban entre postes de luz y cables colgantes. No había alarmas, no había pánico. Solo un rumor creciente de movimiento entre calles normalmente tranquilas. Camiones rotulados con logotipos falsos de compañías de gas y mantenimiento urbano se alineaban en las avenidas. Hombres y mujeres con uniformes de electricistas, operarios de alcantarillado y paramédicos falsos descendían de ellos con eficiencia quirúrgica. A simple vista, parecía una operación municipal de rutina. Pero nada en Kuoh esa noche era rutinario. Clint Barton observaba a su alrededor. Mientras avanzaban, daba órdenes a través de un discreto auricular.

—Zona cinco, despejada. Sigamos hacia la avenida principal. Prioridad: evacuar a los bloque antes de la una. No quiero que nadie se despierte con un ala de ángel caído estrellándose contra su cocina.

Del otro lado del canal, la voz de Christina Mercurio respondió:

—*Recibido. Barrera energética secundaria ya activa. Detecto una leve acumulación de sacro en el lado norte. Posible actividad no demoníaca, pero tampoco humana. Enviando coordenadas.*

—*Bien. Que Rose eche un vistazo. —Clint giró una esquina, su mirada repasando los edificios—. ¿Cómo van los civiles?*

—*Algunos colaboran. Otros… no tanto.*

En la azotea de un edificio cercano, Magnus Rose estaba agachado junto a una terminal improvisada. Su chaqueta negra ondeaba con la brisa suave mientras manipulaba un artefacto circular con filamentos de energía que se conectaban a nodos ocultos en el tejado.

—Contención de flujo establecida —murmuró para sí, mientras los hilos de energía azulada se esparcían por la cornisa—. Si algo con alas decide cruzar por aquí, lo sabremos al instante.

Una chispa recorrió el dispositivo. Magnus se puso en pie, tocando el comunicador en su oreja.

—Aquí Rose. Dispositivo de aislamiento número tres listo. Detecto una anomalía sutil en los niveles de radiación sacra en dirección oeste. No parece lo suficientemente fuerte como para ser un nivel alto, pero… podría ser un explorador.

—*¿Quieres que mande un dron?* —preguntó Christina.

—No. Prefiero hacerlo yo mismo. Si me retraso, asume lo peor.

En el suelo, Barton cruzaba una calle donde dos agentes con disfraces de bomberos estaban evacuando a una familia somnolienta.

—No hay de qué preocuparse —dijo uno de ellos con una sonrisa amable—. Solo una fuga de gas. Protocolos de precaución. Estarán de vuelta antes del desayuno.

La madre, desconcertada, abrazaba a su hijo pequeño. El padre asentía, aunque claramente no entendía nada. Clint los vio pasar y murmuró por el canal:

—Si esto se sale de control, toda esta fachada no servirá de nada.

Christina, en la sala móvil de operaciones —dentro de un camión camuflado como unidad médica— revisaba mapas holográficos y niveles energéticos proyectados. Su ceño estaba fruncido, sus ojos bailando entre las cifras.

—Estamos ganando minutos, Barton. Pero eso es todo lo que vamos a conseguir… minutos.

Silencio. Entonces, una leve vibración sacudió el aire. Barton la sintió antes de que el suelo siquiera temblara.

—…Rose, ¿has sentido eso?

La respuesta tardó menos de un segundo.

—*Sí. Algo acaba de cruzar el límite sur. No está tocando tierra, pero vuela bajo. Demasiado rápido para ser humano.*

—*Es hostil. Muy hostil* —dijo Christina.

—Tenemos compañía.

El reloj marcaba doce y treinta y tres de la madrugada. Las luces de la ciudad seguían encendidas. Pero la oscuridad ya caminaba entre ellas. Las luces del alumbrado público comenzaban a parpadear por sectores, no por un fallo técnico, sino por control remoto de los agentes encubiertos. La ciudad seguía dormida en su mayoría, ajena al hecho de que estaba siendo envuelta en una telaraña de operaciones secretas.

—Vecinos, disculpen la molestia. Ha habido una fuga leve de amoníaco en el sistema de climatización central de esta zona. Por precaución, evacuaremos durante unas horas —decía uno de los agentes con voz calmada, amplificada por un altavoz.

Clint Barton, desde un tejado próximo, observaba con sus binoculares. Su auricular vibró levemente.

—*Zona E despejada. Grupo familiar movilizado. Algunos renuentes, pero nada crítico* —informó su segundo al mando.

Clint gruñó levemente.

—Demasiado lento. No tenemos tiempo para una evacuación perfecta. Apuren el perímetro norte. Y atentos al cielo.

En otra zona, Christina Mercurio observaba una tableta con varios patrones energéticos superpuestos al mapa de Kuoh. Cada línea que parpadeaba en rojo marcaba actividad sagrada inusual. No explosiva, pero latente.

—Rose —llamó a Magnus—. Los niveles de frecuencia que estamos captando no son estáticos. Algo se está condensando. Como si estuvieran arrastrando energía hacia un solo punto.

Magnus Rose, arrodillado en plena calle frente a una tapa de alcantarilla, manipulaba un pequeño cubo metálico que se adhería al asfalto con un pulso vibratorio.

—Un campo de contención. Si las cosas se desbordan, esto lo mantendrá en un radio limitado… más o menos —Se incorporó con el rostro tenso—. ¿Dices que se está acumulando energía? ¿De qué tipo?

—*Sacra... y algo más. Algo caótico. Como una espada maldita hecha de piezas rotas.*

Más al este, un equipo de reconocimiento de S.H.I.E.L.D. realizaba un barrido con drones en miniatura. Uno de ellos sobrevoló brevemente los tejados de la zona más cercana a la academia. Apenas había cruzado la línea del patio trasero de un edificio cuando explotó en una chispa de fuego azul.

—*Dron uno eliminado —dijo un técnico por radio—. Algo lo ha detectado… o lo ha sentido.*

—No lo repitan. No comprometan la posición. Retrocedan al punto seguro y dejen los sensores —ordenó Barton.

En una intersección cercana al distrito comercial, un civil, hombre de mediana edad, acababa de cerrar su negocio cuando vio lo que creyó era un "buitre" sobrevolando el cielo. Pero esa cosa… tenía una silueta humanoide, alas, y dejó tras de sí una estela negra. Parpadeó y ya no estaba.

—Deben ser los nervios —murmuró.

Desde el borde sur del distrito, una sombra se deslizó brevemente sobre los cables de electricidad, moviéndose con la rapidez de un rayo, pero sin emitir energía alguna. Una figura femenina encapuchada, alas negras, ojos fríos. Raynare. Observaba con una sonrisa de depredadora. La caza estaba por comenzar. Y nadie la había visto.

—Tenemos al sesenta y dos por ciento de los residentes de las zonas marcadas en movimiento o en puntos seguros —informó Christina.

—No es suficiente —murmuró Rose, mirando los cielos—. No con lo que viene.

Desde la pantalla holográfica de su comunicador, Barton observaba las señales térmicas y espirituales en los límites de la academia. Las líneas ya no estaban estáticas. Palpitaban como un corazón. Una frase resonó desde la base de operaciones:

—A todos los equipos: intensifiquen el ritmo. Esto no es una evacuación preventiva. Es una carrera contra un reloj maldito.

XXXXX

El silencio que envolvía el patio del instituto era casi irreal, como si la ciudad misma contuviera el aliento. Ni un coche. Ni un grillo. Nada. Issei permanecía quieto, como una estatua viva bajo las sombras del edificio principal. Su cuerpo aún cargaba el calor del miedo contenido, de la adrenalina que se negaba a disiparse tras haber encontrado a Irina al borde de la muerte. Los segundos se estiraban. Y entonces, pasos suaves, casi ceremoniales, resonaron tras él.

—Hyōdō.

Era Tsubaki Shinra, de regreso. Su expresión estaba aún más seria que antes, aunque su compostura no se había resquebrajado ni un ápice. Junto a ella venían dos figuras más, miembros del grupo Sitri: Ruruko Nimura, de semblante inquisitivo, y Momo Hanakai, que mantenía la mano discretamente sobre una baraja de sellos mágicos.

—La presidenta está al tanto. Rias Gremory también. Los equipos están siendo reunidos en este momento. ¿Hay alguna otra información que no hayas compartido?

Issei negó con la cabeza.

—Solo que no vi señales de su compañera. Irina estaba sola... y herida, como si hubiese peleado con un ejército entero.

Tsubaki asintió.

—Entonces has hecho lo correcto. Quédate aquí. No te alejes del instituto.

Pero antes de que pudiera responder, Issei sintió el leve zumbido en su bolsillo. Sacó su teléfono: mensaje codificado. S.H.I.E.L.D. Desbloqueó y leyó en voz baja, el rostro endureciéndose a cada palabra.

—*Evacuación prioritaria activada. Zona residencial sector oeste en proceso. Familia trasladada. Protocolos Delta confirmados. No interferir. Has cumplido. Retírate a las coordenadas indicadas.*

El mensaje le golpeó como una patada al estómago. Su familia... ya estaban evacuándolos. ¿Y él? Él solo se enteraba ahora. Apretó los dientes con fuerza, bajando lentamente el móvil. Tsubaki pareció notarlo.

—¿Algo nuevo?

Issei negó, aunque sus ojos ardían.

—No… solo que todo se está moviendo. Muy rápido.

—Lo sé —admitió la Reina de los Sitri, y por primera vez, su voz sonó ligeramente cansada—. Esto ya no es solo un problema con fragmentos perdidos de una espada maldita.

Como si el universo quisiera subrayar sus palabras, un leve temblor cruzó el suelo, apenas perceptible, pero suficiente para hacer que Ruruko y Momo se tensaran.

—¿Lo habéis sentido? —preguntó Momo, con un tono más alto.

—Sí… —susurró Tsubaki, mirando hacia el norte. Su tono era contenido, pero gélido—. Eso no fue un temblor natural. Algo se acaba de manifestar.

Issei entrecerró los ojos, y de nuevo, esa voz ancestral se deslizó por su mente.

—[Prepárate. La pieza clave acaba de moverse.]

El cielo nocturno se mantenía despejado, estrellado… pero había algo distinto en el aire. Una energía sutil. Un murmullo. Como un canto antiguo repitiéndose desde las sombras del mundo. La tormenta aún no había llegado, pero la primera gota acababa de caer. La tensión se cortaba como papel mojado mientras las sombras se extendían sobre el patio del instituto. Las ventanas de los edificios estaban a oscuras, pero el ambiente era cualquier cosa menos tranquilo.

Issei, aún inmóvil, se volvió al oír pasos múltiples. En cuestión de segundos, el grupo Gremory llegó, encabezado por Rias, y junto a ella estaban Asia, Akeno y Koneko. Sona Sitri apareció casi al mismo tiempo, acompañada por el resto de su séquito. El aire se cargó de una energía palpable al reunir a ambos grupos. Solo faltaba uno.

—¿Dónde está Kiba? —preguntó Rias en cuanto llegó, su tono directo.

—No ha respondido aún —dijo Akeno con un leve gesto de preocupación.

Sona, que ya había recibido el informe de Tsubaki, intercambió una mirada con Rias.

—El Consejo de los 72 Pilares ha sido informado —dijo con seriedad, su voz como hielo quebrándose—. Este incidente ha escalado más allá de lo local. Si lo que Hyōdō ha contado es solo el inicio, entonces esto no es una operación encubierta. Es una declaración de guerra.

Las palabras cayeron como piedras en el suelo. Todos comprendieron lo que significaba: si los Pilares intervenían, las implicaciones eran enormes. Rias miró a Issei con expresión preocupada. Él, por su parte, se mantenía en silencio. El mensaje de S.H.I.E.L.D. aún pesaba sobre sus hombros. ¿Su familia estaba segura? ¿De verdad debía quedarse aquí? ¿Luchar?

—[Muchacho...] —la voz de Ddraig retumbó con gravedad— [...los soldados se retiran. Los luchadores permanecen. Y tú ya has elegido qué eres.]

Issei cerró los ojos un momento, como si buscara algo dentro de sí. Luego los abrió, decididos.

—Me quedo —dijo, más para sí que para los demás—. Si alguien va a dar la cara por esta ciudad, voy a estar aquí.

—Hyōdō —murmuró Rias, esbozando una sonrisa leve, pero cargada de gratitud.

Un nuevo temblor estremeció la tierra. Esta vez más fuerte. Una vibración que recorrió el suelo desde el este, como si algo poderoso hubiese aterrizado... o despertado. Momo y Ruruko se giraron al unísono. Tsubaki entrecerró los ojos.

—Presencias entrantes —dijo, su tono tenso—. No es uno. Son varios.

Sona no esperó más. Levantó una mano, y en un movimiento coordinado, su grupo se desplazó rápidamente, posicionándose en los bordes del terreno.

—¡Erigimos la barrera! ¡Ahora!

El suelo se iluminó con múltiples runas mágicas, extendiéndose en patrones geométricos brillantes que abrazaron el perímetro del instituto. Una cúpula invisible, pero contundente, se alzó sobre la zona. Justo a tiempo. Una carcajada rasposa se escuchó por encima de los tejados.

—¡Qué honorables sois, demonios! ¡Siempre tan disciplinados... justo como nos gusta!

Desde las alturas descendieron varias figuras cubiertas con ropajes oscuros, alas negras extendidas como cuchillas. Uno de ellos soltó una risa chirriante y exagerada.

—¡La fiesta comienza! ¡Y yo traje fuegos artificiales! —gritó Freed Sellzen, blandiendo una espada maldita que emitía un aura enfermiza.

Su presencia sorprendió enormemente a los demonios, pues lo habían matado hacía más de un año, estaban totalmente seguros de ello. A su lado, con el rostro desencajado en una sonrisa cruel, Raynare flotaba como un espectro de odio renacido. Y no estaban solos. Otros cinco ángeles caídos descendieron tras ellos, formando un círculo en el aire.

—Pero si te eliminamos —comentó Rias mientras salía de su asombro.

—¿Cómo era el dicho: hierba mala nunca muerte? —canturreó con una sonrisa demencial, más aún que antes.

Los Gremory se prepararon para combatir con rapidez al tiempo que los Sitri se reagrupaban y preparaban. Issei sintió su pulso acelerarse. Raynare. Ella estaba ahí. Viva. Y parecía incluso más peligrosa que antes. Raynare descendió un poco más, su mirada encontrando a Issei al instante. Sonrió.

—Hola de nuevo, mi pequeño juguete. ¿Me echaste de menos?

Issei no respondió. Su cuerpo temblaba, presa del impacto. Aun con la ayuda psicológica, jamás le prepararon para un reencuentro con aquel horrible ser… pero sus ojos... ya no eran los de un chico asustado.

—[La noche ha mostrado sus colmillos.] —dijo Ddraig, y esta vez, Issei no solo escuchó. Lo sintió rugir dentro de él.

El aire vibraba con energía contenida. Dentro del perímetro de la barrera, las líneas mágicas en el suelo pulsaban con un leve resplandor, como un corazón latiendo antes del esfuerzo. Los ángeles caídos flotaban en una semicircunferencia, oscilando como aves carroñeras, mientras los demonios de Gremory y Sitri se posicionaban en formación defensiva.

Rias dio un paso al frente, su voz firme, autoritaria.

—Este es territorio bajo la protección de la familia Gremory y Sitri. Vuestra presencia aquí es una violación directa de los pactos entre las tres facciones. Retirados ahora o afrontad las consecuencias.

A su lado, Sona completó el mensaje, su tono glacial y preciso.

—Además de esa violación, habeis atentado contra civiles humanos y agentes del orden. El Consejo de los 72 Pilares ya ha sido informado. Cualquier acción hostil será considerada un acto de guerra.

Freed soltó una risotada aguda, como si no hubiera escuchado una palabra.

—¡Consecuencias! ¡Consejos! ¡Blablabla! ¿No os cansáis nunca de hablar con tanto papeleo metido en el culo? —giró sobre sí mismo, blandió su espada encantada y apuntó hacia el cielo—. ¡Nosotros no venimos a firmar tratados! Venimos a segar cuellos, y lo vamos a hacer con estilo.

Raynare descendió unos metros más, como flotando sobre una brisa de crueldad pura.

—Evacuación... barreras... advertencias... Qué desperdicio de esfuerzo. ¿De verdad creéis que servirá de algo? Vamos a cazar a cada humano que se esconda en estas calles. Los que no mueran en los derrumbes, lo harán bajo nuestras lanzas —Sus ojos resplandecieron con un deleite perverso—. Y empezaremos con los que salieron antes. Los que "evacuasteis". Esos serán los primeros. Niños, ancianos, padres... Todos gritarán igual cuando los alcancemos —Raynare descendió unos pasos más, su rostro tan tranquilo como cruel. El tono de su voz se volvió más bajo, más íntimo... más venenoso—. ¿Sabes lo gracioso, niño? —murmuró, dirigiéndose solo a Issei, ignorando por completo a Rias, a Sona o a cualquier otra presencia—. Mientras salíamos volando sobre los tejados, vimos las camionetas de evacuación. Algunas llenas... otras apenas arrancando —Hizo una pausa, ladeando la cabeza, con la sonrisa torcida de quien disfruta desgarrar una herida abierta—. Una mujer llevaba una bufanda roja... bonita. Como la que vi en una foto sobre tu escritorio, ¿sabes? Se parecía mucho a tu madre. Muchísimo.

Issei no respondió. No podía. Su garganta se tensó de golpe. Un nudo se formó en su estómago, y una chispa de miedo primitivo prendió en su pecho. Ddraig rugió en su interior con fuerza.

—[No la escuches, muchacho. Solo quiere quebrarte. No caigas en su juego]

Pero Raynare no había terminado. Dio otro paso.

—No la tocamos... aún. Pero quién sabe. Las carreteras pueden ser impredecibles. Los accidentes ocurren. Y, con tanto caos, uno o dos vehículos podrían perderse entre las sombras. Es fácil. Una ráfaga. Una lanza de luz. Un error de cálculo...

El rostro de Issei cambió. De duda a rabia. De miedo a algo más oscuro. La voz de Ddraig bajó el tono, como un susurro grave, lento, paciente.

—[Esto no es ira sin propósito. Es defensa. Canaliza. Mira con claridad.]

Raynare sonrió aún más al ver su reacción, disfrutando de cada grieta que aparecía en la expresión del chico.

—¿Qué? ¿Vas a llorar otra vez? ¿Como aquella noche? Me acuerdo bien de tus lágrimas. ¿Te dolió más el cuerpo... o que alguien como yo pudiera engañarte tan fácilmente?

Eso fue suficiente para que Rias diese un paso al frente, una chispa de poder demoníaco danzando entre sus dedos.

—Basta.

La voz de Rias no era gritada. No necesitaba serlo. Su energía crepitaba en el aire con una amenaza palpable. Raynare soltó una risa breve, burlona, y se elevó con un ligero impulso de sus alas negras, satisfecha.

—Aww... ¿ya no lo vais a dejar hablar por sí mismo?

Pero esta vez fue Issei quien la interrumpió. Sus ojos, inyectados en una rabia gélida, se fijaron en ella sin titubear.

—No voy a caer dos veces. Ni voy a perdonar dos veces.

Raynare notó el cambio. La burla en sus ojos vaciló apenas un instante, antes de volver a su mueca socarrona. Rias se adelantó, sus cabellos carmesí agitándose con la brisa mágica que crecía a su alrededor.

—Sea lo que haya pasado entre vosotros... no es más que un capítulo viejo de una historia que tú no vas a sobrevivir para terminar.

Sona, por su parte, alzó la voz para dirigirse a su grupo:

—Posiciones defensivas. No tenemos margen para la compasión. Si el enemigo quiere sangre, le daremos acero y fuego.

A su señal, la barrera se reforzó con un nuevo círculo mágico de tonalidad azul celeste. Las figuras comenzaron a moverse. Espadas, hechizos, puños... la batalla estaba a un aliento de empezar.

—[Cuando los pequeños se organizan... pueden derribar gigantes.] —retumbó su voz desde lo más profundo del alma del portador—. [Y esta noche... sus alas negras no bastarán.]

Y Raynare, con una última mirada a Issei, susurró en voz baja:

—Será divertido ver como te rompes... otra vez.

Freed levantó su espada, rabioso.

—¡Habláis demasiado! ¡Hora de haceros tragar vuestras malditas palabras!

Y con aquel grito del clon del Freed Sellzen original... el campo de batalla se encendió. El cielo sobre la Academia Kuoh se iluminó como si el alba hubiera llegado antes de tiempo. Chispas demoníacas, auras mágicas y destellos sagrados convergieron en un estallido inicial que sacudió el perímetro de la barrera. Los Sitri se movieron con precisión milimétrica, ocupando sus posiciones en formación defensiva, mientras los Gremory adoptaban una postura más ofensiva.

—¡Tomoe, flanco izquierdo! ¡Reya y Momo, escudo mágico frontal! ¡Saji, mantente atrás, pero prepárate para contener si alguno escapa! —gritó Sona, su voz firme y clara incluso sobre el estruendo de la energía liberada.

—¡Sí, Presidenta! —respondieron al unísono los miembros de su nobleza, ya acostumbrados a actuar como una unidad.

Rias, por su parte, alzó una mano y el sello mágico de Gremory se encendió a sus pies.

—¡Koneko, cuida de Asia! ¡Akeno, abre fuego aéreo y que ninguno se acerque sin mi permiso!

—Je, je... con gusto —rió Akeno, y su magia eléctrica comenzó a chispear entre los dedos como serpientes de tormenta.

Issei, sin esperar órdenes, había activado la Boosted Gear. El guante rojo de escamas brillaba con un resplandor feroz sobre su brazo izquierdo. El primer Boost resonó como un latido vibrante en todo su cuerpo. Tres pulsos consecutivos de poder, amplificando su fuerza. Su cuerpo ardía, no de dolor, sino de voluntad. Sin armas, sin apoyo técnico, sin tiempo para titubear. Solo él, su brazo, y Ddraig.

—¡Vamos allá, Ddraig!

—[Eso quería oír. ¡Llévalos al infierno!]

Raynare lo observaba con una sonrisa torcida desde el aire, rodeada por una danza de luz oscura, como si cada pluma de sus alas fuera un puñal envuelto en blasfemia.

—¿Vas a venir por mí, Ise? ¿Otra vez vas a intentar salvar el día? ¿Y si vuelvo a romperte... pedazo a pedazo?

—¡Cállate! —gritó Issei, impulsándose con un salto feroz hacia el frente, el puño envuelto en energía carmesí. La vibración de cada Boost hacía temblar el aire a su alrededor—. ¡Ya no tienes poder sobre mí!

Freed se lanzó al mismo tiempo, cortando el aire con su espada encantada con fragmentos de luz sagrada, buscando cualquier cuello que cortar. Akeno lo interceptó con una descarga eléctrica devastadora, que el clon apenas logró bloquear rodando por el suelo con una risotada histérica.

—¡Sabeis bien, eh, malditos demonios! ¡El olor a sangre y a poder me pone de humor!

Tsubaki se enfrentó directamente a otro de los ángeles caídos que había descendido, sus ojos afilados como cuchillas, su naginata brillando con magia refinada. A su lado, Tomoe Meguri y Tsubasa Yura abrieron una línea ofensiva que presionó con fuerza el flanco izquierdo de los enemigos.

Genshirou Saji canalizaba su Sacred Gear, Absorption Line, extendiendo cables oscuros hacia los enemigos que osaban cruzar la línea frontal. Uno de los ángeles cayó al suelo con un grito agudo, drenado hasta el colapso, y fue rematado por una onda explosiva de Momo Hanakai.

Los atacantes empezaron a replegarse ligeramente, sorprendidos por la coordinación de ambos grupos demoníacos, pero aún lejos de rendirse. Raynare no apartaba la vista de Issei ni un segundo, y Freed reía como si todo fuera un espectáculo diseñado solo para él. El aire dentro de la barrera se había vuelto denso. El suelo temblaba, el cielo parecía observar con expectación, y la batalla solo acababa de empezar. Y fuera de esa burbuja contenida… la noche aún preparaba sorpresas.

XXXXX

La noche, hasta hacía poco simplemente tensa, se había tornado una pesadilla para los equipos de S.H.I.E.L.D. desplegados por la ciudad. El humo empezaba a alzarse en el horizonte, mezcla de explosiones localizadas y sistemas eléctricos saboteados. El plan de evacuación, tan meticulosamente trazado, ahora debía ejecutarse bajo fuego cruzado.

—¡Están atacando los convoyes! ¡Tenemos bajas confirmadas en los sectores seis y ocho! —informó una voz por radio, entrecortada.

Clint Barton corrió por una de las callejuelas más estrechas del distrito norte, guiando a un grupo de una veintena de civiles—padres, niños, ancianos medio dormidos arrastrando bolsas con lo puesto—. Alzó su arco y disparó sin detenerse; las puntas explosivas hacían de señuelo y defensa a la vez.

—¡Dejad las maletas! ¡Corred o acabaremos todos fritos! —gritó, sin dejar de mirar al cielo.

A pesar de que la gente no le entendía al hablar en inglés, no dejaron de seguirle. Dos figuras aladas descendían a toda velocidad: ángeles caídos, armados con lanzas de luz oscura y expresiones de fanatismo grabadas en sus rostros.

Magnus Rose apareció de pronto, envuelto en una marea metálica que se movía como una criatura viva. El Sacred Gear Unknown Dictator brillaba en su brazo izquierdo, transformado en una plataforma tecnológica flotante. Desde ella, una serie de cañones de aura se desplegaron como pétalos de acero, disparando ráfagas brillantes contra los atacantes.

—No os acercaréis más —sentenció, frío y firme.

Uno de los ángeles cayó envuelto en humo y descargas. El otro esquivó el ataque, pero no llegó lejos.

Desde lo alto de un edificio, Christina Mercurio giró el cuerpo en pleno salto y apuntó con una precisión casi antinatural. Su Sacred Gear ya se había activado, sus ojos brillando como si analizasen el mundo cuadro por cuadro.

—Objetivo… eliminado —susurró.

Dos disparos, veloces y secos, atravesaron el pecho del enemigo con exactitud quirúrgica. El ángel cayó sin emitir sonido.

La joven aterrizó con elegancia junto a Barton.

—Te estás poniendo viejo —dijo sin mirar.

—Y tú demasiado confiada —gruñó él, disparando otra flecha que estalló contra una sombra que se colaba entre los tejados—. ¿Qué tal va la evacuación en los sectores este?

—Comprometida. Uno de los accesos ha colapsado. Las rutas secundarias están infestadas —respondió ella, revisando su visor táctico—. Si no contenemos pronto, esto se convertirá en una masacre.

Magnus, que ya flotaba sobre un grupo de evacuados, descendió para cubrir la retirada. Su armadura improvisada —forjada a partir de farolas, señales de tráfico y restos de chatarra— se reconfiguró, creando unas Alas de Hierro que soltaron una explosión de aire propulsado hacia atrás.

—Tenemos que dividirnos. Barton, tú y yo cubrimos la ruta dos. Christina, protege la columna sur. Cuanto más rápido se muevan, menos bajas tendremos.

—Entendido —respondió ella con profesionalidad.

—Y por cierto —añadió él, mirando de reojo mientras su Sacred Gear comenzaba a reformar otro dispositivo ofensivo—. El Dictador no ha terminado de hablar esta noche.

Los canales de comunicación se entrelazaban en un mar de gritos, órdenes y códigos. Agentes caían. Algunos civiles eran heridos. Y aún así, bajo fuego, con aliados de Kokabiel surgiendo desde alcantarillas, tejados y callejones, el personal de S.H.I.E.L.D. resistía. No eran solo soldados. Eran el muro entre el horror y los inocentes. Y ni uno solo pensaba retirarse.

El cielo sobre Kuoh no mostraba estrellas. Solo fuego. Explosiones, relámpagos oscuros y ráfagas de energía mágica iluminaban los edificios a medio evacuar. El zumbido constante de interferencias mágicas chocaba con las comunicaciones electrónicas, y aún así, el personal de S.H.I.E.L.D. se mantenía en contacto como podía, guiando a los civiles por rutas improvisadas, entre escombros y barricadas. Una patrulla encubierta, liderada por el agente Nakano, tomaba posiciones tras un camión volcado.

—¡Tercera planta, ángel caído con lanza de energía! ¡Necesito cobertura! —gritó mientras el enemigo cargaba otro proyectil.

Antes de que la lanza fuera lanzada, una flecha silbó a través del aire con precisión quirúrgica. El ángel no tuvo tiempo de reaccionar: la flecha atravesó su hombro derecho, obligándole a soltar su ataque que estalló contra una farola. Clint Barton, sin decir palabra, ya tenía otra flecha cargada. Giró sobre sí mismo, disparó en un ángulo imposible hacia una calle lateral… y dos segundos después, se oyó el impacto sordo de un enemigo derribado fuera de la vista.

—¿Vas a quedarte ahí a mirar, Nakado? —dijo Clint con una media sonrisa—. Muévete. Llevad a esa familia al punto de extracción tres.

—Sí, señor.

Dos agentes ayudaron a una madre con un bebé y un anciano que apenas podía caminar. Uno de ellos, joven y nervioso, murmuraba por el pinganillo.

—*Esto es una locura… ¿cómo se supone que les vamos a contener?*

Magnus Rose apareció entonces, aterrizando como un cometa metálico sobre una calle aledaña, rodeado de fragmentos de hierro flotante que giraban en torno a su cuerpo. Extendió un brazo y un muro de acero líquido surgió del suelo, bloqueando una andanada de ataques mágicos.

—No los vamos a contener —dijo sin girarse—. Los vamos a aplastar.

Sus Alas de Hierro se expandieron, liberando una ráfaga de empuje que empujó a tres ángeles enemigos contra un edificio. Los cañones de aura se activaron, disparando ráfagas concentradas con un ritmo casi mecánico, abatiendo objetivos a cada segundo. En el tejado de un edificio cercano, Christina Mercurio daba órdenes por canal codificado.

—Delta-5, moved la columna de evacuados por la calle Kanda. Es la menos expuesta —dijo mientras apuntaba con su fusil a un enemigo alado que sobrevolaba la zona.

Disparo. Un ala desgarrada. Otro disparo. Cabeza. Limpio. Saltó al edificio contiguo, rodó por la grava de la azotea, y desde ahí vio cómo uno de sus compañeros caía, herido por una lanza de energía que atravesó su chaleco balístico. Christina saltó sin pensarlo, aterrizando junto al agente y arrastrándolo hasta una furgoneta blindada.

—¡Sanitario! ¡Ahora! —gritó, mientras su rifle seguía apuntando por puro instinto.

Una segunda patrulla de S.H.I.E.L.D., liderada por la agente Fukuda, repelía el ataque de un grupo de sirvientes de Kokabiel en las afueras del parque central. Lanzadores de energía modificados, trampas sónicas y granadas cegadoras eran su arsenal. Usaban los árboles como cobertura, y colocaban barreras portátiles entre cada retirada. Eran cinco contra al menos doce, pero no cedían terreno.

—¡Seguid retrocediendo por tramos! ¡Cada metro cuenta! —ordenó Fukuda mientras disparaba una ráfaga—. ¡No dejéis que lleguen a los civiles!

Al otro lado de la plaza, el agente Shimizu había activado un dron de reconocimiento aéreo, que proyectaba datos en tiempo real en su visor.

—Doce hostiles detectados en la avenida principal, en rumbo directo a la ruta de evacuación oeste —informó—. ¡Necesitamos refuerzos!

Magnus apareció de nuevo, esta vez desde el subsuelo. Había manipulado una red de alcantarillado transformándola en una trampa metálica que se elevó, atrapando a varios enemigos en una prisión de hierros puntiagudos.

—Yo me encargo del oeste. Nadie tocará esa ruta.

Las turbinas de sus alas retumbaron como motores de caza y se lanzó al cielo, seguido por una tormenta de metralla y aura. Mientras tanto, Barton recorría una azotea tras otra, disparando sin detenerse. No necesitaba visión directa: oía, intuía, sentía. Flechas con sensores, otras explosivas, unas cargadas de pulsos eléctricos. Cada disparo era una elección certera. Había estado en guerras, en batallas más allá de la lógica. Y aun así, pocas veces se había sentido tan responsable. Aquí, cada vida que salvaban… era una pequeña victoria contra lo inevitable. El cielo retumbó. Una nueva oleada de enemigos descendía. Los agentes reforzaban posiciones.

XXXXX

Las luces de la ciudad seguían brillando, indiferentes. Pero dentro del edificio el ambiente era cualquier cosa menos tranquilo. Pantallas colgaban del techo como frutos tecnológicos, proyectando imágenes en tiempo real de la ciudad de Kuoh: mapas tridimensionales, líneas de evacuación, puntos de enfrentamiento, y sectores marcados en rojo parpadeante. Las rutas de extracción eran como arterias forzadas a latir en medio de un corazón sitiado.

El Director Hajime Arakawa, con las mangas de la camisa remangadas y el rostro surcado por el sudor, se inclinaba sobre una mesa holográfica mientras deslizaba con dos dedos una sección de mapa que mostraba el sector industrial este.

—Dos rutas bloqueadas... y ahora también el paso por el puente viejo ha caído —dijo en voz baja, aunque tensa—. Las cuadrillas civiles están atrapadas entre un fuego cruzado que no entienden, y algunos no están cooperando. No culpo a nadie... esto parece Beirut, no Japón.

Un operador del centro levantó la voz desde su estación:

—Actualización del distrito comercial: los drones confirman fuego cruzado entre agentes y entidades voladoras no identificadas. Barton sigue activo. Confirmado por canal codificado.

Arakawa apretó la mandíbula.

—Y eso es exactamente lo que me preocupa —susurró.

En la pantalla más grande de la sala, una imagen comenzó a formarse. No por la voluntad del equipo, sino porque él había decidido aparecer. El rostro curtido y oscuro de Nick Fury dominó el espacio con su sola presencia. Sus dos manos estaban apoyadas sobre una consola metálica de su base móvil, en alguna parte del Atlántico.

—*¿Rose, Barton y Mercurio?* —preguntó sin preámbulos, con la voz grave como el estruendo de una tormenta lejana.

—Al límite, pero firmes —respondió Arakawa, sin levantar la vista—. Barton improvisa rutas con precisión milimétrica, Mercurio no ha fallado ni un solo disparo, y Rose ha creado una trinchera flotante en el distrito sur. Literalmente. Una plataforma que se mueve con los evacuados mientras dispara desde el aire. Nunca he visto algo igual.

Fury frunció el ceño.

—*¿Y aún así no basta?*

El japonés negó despacio, cruzando los brazos.

—Estamos reteniendo, no ganando. Y si esto se prolonga, esa línea se va a romper. En veinte minutos, como mucho, tres sectores serán irrecuperables —Una pausa tensa—. Nuestros mejores soldados están luchando contra criaturas que operan fuera de nuestra física conocida, Fury. Y aún así, aguantan. Pero esto… —Se giró hacia la pantalla principal, donde un enjambre de puntos rojos rodeaban uno de los sectores en azul— ...esto es guerra de desgaste.

Fury apoyó una mano sobre su pantalla. Sus ojos, aún a miles de kilómetros, miraban directo al alma del otro hombre.

—*Entonces es momento de poner la mesa completa* —murmuró.

Tecleó algo con la otra mano. En el lateral de la imagen apareció una señal cifrada, y un código de acceso especial parpadeó en rojo.

—*Voy a llamar al único que puede reescribir las reglas en mitad de la partida.*

Arakawa lo miró de reojo, comprendiendo al instante.

—¿Vas a activar el protocolo...?

—*Stark. Quiero a Stark en el cielo de Kuoh antes de que haya una sola víctima más. Y dile que venga con todo lo que tenga. Nada de restricciones. Que esta noche, la magia tiene que aprender lo que significa la palabra tecnología.*

En el fondo de la sala, un operador murmuró con asombro:

—¿Iron Man...? ¿En Kuoh?

Fury levantó ligeramente la voz, con tono severo:

—*No. Iron Man está bien. Pero si viene él, esta noche lo necesitamos como algo más. Lo necesitamos como arma estratégica de disuasión total.*

—Suerte que viniera de visita para lo de Stark-Fujikawa —murmuró uno de los operarios, pensando que quizás Iron Man podría cambiar la balanza.

XXXXX

La ciudad se extendía bajo los ventanales como un océano de luces. Tokio nunca dormía, y esa noche parecía aún más despierta: drones comerciales danzaban entre rascacielos, las azoteas brillaban con luces de neón, y una música suave flotaba por el aire desde los altavoces ocultos del salón privado. Copas de cristal, vestidos de gala, risas y brindis. Una celebración tras el cierre de uno de los acuerdos tecnológicos más ambiciosos de Stark-Fujikawa, y una nueva alianza con el Ministerio de Innovación japonés. Todo iba viento en popa.

Tony Stark estaba en su elemento. Vestía de negro con una camisa ligeramente desabrochada, copa en mano, sonrisa fácil. A su lado, Pepper Potts —impecable incluso a medianoche— charlaba con un par de ministros japoneses, mientras Happy Hogan, con traje y corbata, intentaba mantener un perfil bajo junto a la barra. Tony se apartó unos pasos del grupo principal, dirigiéndose hacia uno de los ventanales con vista al Rainbow Bridge. Apenas alzó la copa para dar un sorbo cuando su reloj proyectó una notificación con un zumbido seco.

PROTOCOLO EMERGENTE – PRIORIDAD ALFA

El tono cambió en su cara. No se volvió serio de golpe, eso no era su estilo. Pero algo en su mirada afilada dejó claro que el aire había cambiado. Pepper lo notó.

—¿Otra alerta nuclear de esos satélites tuyos? —dijo acercándose, con media sonrisa.

Tony deslizó el dedo por la superficie del reloj. Apareció el rostro del Director japonés de S.H.I.E.L.D. y en un diminuto holograma azul. Solo decía dos palabras:

—*Kuoh. Ya.*

Tony parpadeó, alzando las cejas.

—¿Dónde demonios está Kuoh...? —murmuró, más para sí que otra cosa.

Happy apareció justo entonces, con un vaso de soda en la mano.

—¿Qué pasa? No me digas que hay otro atentado o ataque de Los Anillos.

—No es eso. Es... un ataque enemigo. —Tony sonrió como si acabara de descubrir que la fiesta tenía una piñata sorpresa—. Lo típico de los viernes por la noche.

Pepper lo miró con seriedad, sabiendo que ese tono ligero escondía otra cosa. Ya lo había oído antes. Lo conocía demasiado bien.

—¿Es grave?

Tony giró sobre los talones, dirigiéndose con paso rápido hacia el extremo de la sala. Una puerta metálica discreta se deslizó a un lado, revelando un ascensor oculto. Mientras caminaba, hablaba como si diera una rueda de prensa improvisada.

—Cuando llegue y vea la fiesta te diré si es grave o no. —Hizo una pausa y giró un dedo en el aire—. Aunque, con suerte, solo sea una noche loca con fuegos artificiales. Ya sabes, martes en mi vida.

—Tony... —insistió Pepper.

Él se giró un momento, mirándola con una chispa mezcla de afecto y sarcasmo.

—Vuelvo antes de que se acabe el champán. O cuando terminen de reconstruir media ciudad. Lo que ocurra primero.

Happy tragó saliva.

—¿Quieres que prepare el coche?

Tony se volvió hacia él mientras el ascensor se cerraba a su alrededor.

—¿Coche? Happy, por favor… Esto es Japón. Aquí se viaja con estilo. Y además… —Justo cuando las puertas del ascensor se cerraban, su voz resonó desde dentro— ...tengo una cita con el apocalipsis. Y pienso llegar volando.

XXXXX

Un compartimento oculto, apenas disimulado bajo una losa de seguridad en el suelo del laboratorio privado de Tony en Stark-Fujikawa, se deslizó con un chasquido mecánico. Un leve vapor se escapó por los bordes antes de que la plataforma comenzase a elevarse. Allí reposaba la Mark IV, brillante bajo la luz blanca de las lámparas halógenas del techo, como una obra de arte blindada.

A diferencia de futuras versiones más compactas, aquella armadura dependía de un sistema de ensamblaje asistido, con brazos mecánicos extendiéndose desde la base como si fueran los dedos de un titán metálico. Rojo cereza con detalles dorados, con acabados más pulidos que su predecesora.

Tony, con la corbata desajustada y la copa de sake todavía a medio terminar, se acercó al pedestal con una sonrisa ladeada.

—Parece que nos vamos de fiesta a Kuoh.

La armadura, como si le respondiera con orgullo, emitió un leve zumbido de energía al activarse. J.A.R.V.I.S habló con su tono habitual, ligeramente altivo:

—Señor Stark, recalibrando los estabilizadores de altitud para condiciones atmosféricas niponas. Propulsores listos. Misiles en espera. Armamento no letal cargado.

Tony sonrió.

—Traducción: no tengo ni idea de qué me espera ahí fuera, pero... cuando ha sido distinto.

La armadura comenzó a ensamblarse desde el soporte: manual, más ruidoso, como una vieja maquinaria poniéndose en marcha. Cada pieza se encajaba con peso, con fuerza. El proceso tardó más de lo que le gustaría, pero cumplía. El reactor arc en su pecho se encendió con un zumbido grave y familiar. Cuando el casco bajó finalmente sobre su rostro, su voz sonó más baja, más directa:

—Iron Man listo.

Las compuertas del techo se abrieron, y el frío aire nocturno entró como un suspiro del cielo japonés. Un zumbido de repulsores llenó el silencio.

—*Destino fijado: ciudad de Kuoh. Vuelo estimado: catorce minutos a velocidad máxima. Activando protocolos de combate urbanos.*

Tony despegó con una explosión de aire y energía, ascendiendo en vertical a una velocidad brutal. Las luces de Tokio se hicieron pequeñas bajo sus pies.

—Fury, aquí Stark —comunicó mientras se ajustaba la trayectoria—. Estoy en el aire. Si esto es una trampa y me estás haciendo volar hasta un karaoke con sorpresas, juro que te programo una calculadora que solo diga "idiota".

Una pausa. Luego llegó. Nick Fury, desde la línea segura de S.H.I.E.L.D.:

—*Si lo fuera, Stark, te estaría dejando ganar.*

Tony chasqueó la lengua.

—Vale. Pues que empiece la fiesta.

La ciudad quedó atrás. El cielo se abrió como un telón sobre un escenario en guerra.

XXXXX

Las luces parpadeaban con un tono tenue y enfermizo. Alarmas internas que no deberían activarse jamás iluminaban los pasillos con destellos rojos, como si el mismísimo corazón de Grigori palpitara con pánico.

El Consejo de Grigori se había reunido de emergencia, pero no en la sala habitual: esta vez, estaban en la Sala de Contención Épsilon, una cámara reforzada contra infiltraciones, traiciones... y catástrofes. Pero ni siquiera eso parecía suficiente esta noche.

Azazel, el Gobernador General, se mantenía de pie ante una proyección holográfica distorsionada que apenas mostraba el mapa del mundo conocido. La mayoría de los canales estaban muertos. Las líneas de comunicación con la Tierra, con S.H.I.E.L.D., con los clanes demoníacos y hasta con el Cielo… silencio absoluto.

—Bloqueo completo en todos los canales —gruñó Penemue, con su voz grave templada por una furia contenida—. No hay tráfico de datos, no hay energía saliente ni entrante. Es como si Grigori hubiera desaparecido del mundo.

Shemhazai entrecerró los ojos, observando las pantallas negras.

—No es una desconexión… Es un secuestro. Un cierre controlado desde dentro. Kokabiel sabía exactamente cómo tapar cada vía de respuesta.

Armaros, con el ceño fruncido, golpeó con fuerza la mesa de comunicación.

—¡Dejamos que ese loco tuviera acceso a nuestros sistemas por respeto a su rango! ¡Y lo ha usado para encerrarnos como a ratas!

Baraqiel, más sereno, aunque con los músculos de la mandíbula tensos, habló en voz baja:

—Esto fue planeado desde hace meses. Tal vez años. Ha liberado a los suyos, ha reunido fanáticos, ha saboteado nuestro núcleo de comunicaciones y ha salido con un objetivo claro... y no es solo provocar un conflicto.

Sahariel miró de reojo a Tamiel, que se mantenía en silencio hasta el momento.

—¿Y qué pasa con Vali? ¿Y con el equipo de Tobio Ikuse?

Azazel negó con la cabeza. Su tono era áspero.

—Aislados, como nosotros. He revisado el código de contención... están todos sellados por los protocolos antiguos que él mismo ayudó a diseñar. Esos bastardos no están destruyendo Grigori. Solo nos han paralizado para actuar sin que podamos intervenir.

La tensión era densa como plomo. Incluso en su historia manchada, Grigori nunca había estado tan vulnerable. No por un enemigo externo… sino por uno de los suyos.

Penemue alzó la voz, esta vez con un matiz de desesperación que no solía permitirse.

—Y si no podemos advertir a nadie… si el Cielo, los demonios y S.H.I.E.L.D. no saben lo que ocurre… esto va a desencadenar otra guerra.

Azazel guardó silencio unos segundos. Luego se giró lentamente hacia el resto del consejo.

—No... algo peor. Esta vez no será una guerra santa. Será una guerra sin reglas. Sin frentes. Sin dioses que la detengan.

Todos guardaron silencio. Los antiguos ángeles caídos, con siglos de historia a sus espaldas, con poderes que sacudirían la Tierra si se liberaran sin control, estaban... inútiles. Atrapados en su propia casa, con el eco de las antiguas guerras aún resonando en sus corazones. Azazel murmuró, como para sí mismo:

—¿Y si esta vez... no ganamos ninguno?

Las paredes vibraban levemente, como si un pulso sordo latiera desde las entrañas de Grigori. Los generadores de respaldo trabajaban a contrarreloj, intentando restaurar mínimamente las redes internas. A través de las pantallas que aún respondían, se veían cámaras en bucle, pasillos apagados, terminales congeladas… y rostros expectantes tras puertas blindadas.

El Consejo se había activado, movido, actuado. Las pantallas holográficas comenzaban a responder a comandos directos. Azazel había tomado el control de una de ellas, reconfigurando protocolos manualmente mientras los demás compartían información en voz baja.

—He conseguido acceso a los archivos de segundo nivel —murmuró Shemhazai, los dedos danzando sobre una consola auxiliar—. El cierre es total, pero hay puntos vulnerables... lugares que Kokabiel ha evitado borrar completamente.

Penemue se acercó, analizando los fragmentos de código que iban surgiendo.

—Porque los necesita. Para mantener el aislamiento funcional. Si los rompe del todo, alguien podría rastrearlo desde fuera... y no quiere eso. Aún no.

Baraqiel alzó la mirada desde un archivo desplegado ante él.

—Entonces debemos pensar como él. No como un traidor, sino como un comandante. Está ejecutando una guerra preventiva, no un suicidio. Todo esto está diseñado para durar justo el tiempo que necesita para completar su plan.

Azazel asintió. Su voz sonaba diferente, más afilada que de costumbre.

—Lo que significa que todavía podemos forzar una brecha temporal. No una reapertura total, pero sí lo suficiente para liberar a nuestras piezas... y redirigir recursos.

Tamiel, que hasta ahora observaba en silencio, habló finalmente con su tono neutro y analítico:

—¿Los equipos de campo?

Sahariel respondió con rapidez:

—El equipo Slash/Dog ha sido reubicado automáticamente en celdas de contención, bajo protocolo de contención mágica Clase IV. Kokabiel no se arriesgó a tenerlos sueltos. No los eliminó, porque no podría... pero los confinó donde no interfieran.

Armaros chasqueó la lengua.

—Maldito loco. Hasta el último detalle...

Penemue interrumpió con un suspiro.

—Y sin embargo... no lo cerró todo. El sistema no bloqueó al quien mantenemos en la cámara 0-7.

El silencio fue inmediato. Todos sabían a quién se refería. Nadie pronunció su nombre. No hacía falta. Azazel, sin apartar la vista del panel de control, dejó escapar una leve sonrisa. No era alegre.

—Porque él también forma parte de la ecuación de Kokabiel. Lo provocó. Lo desafió. Lo retó a salir. Y lo hizo encerrándolo con cadenas que él mismo forjó... solo para ver si podía romperlas.

Tamiel asintió con lentitud.

—Nuestra arma secreta. La carta final... si decide usarla.

Azazel soltó un suspiro y se frotó la cara.

—No lo hará por nosotros. No todavía. Pero lo conozco. Si ve que el tablero merece la pena, si el caos alcanza el nivel suficiente… lo intentará. Romperá el sello. Lo convertirá en un juego.

Sahariel añadió:

—Y si lo logra... puede desequilibrar todo el tablero. A nuestro favor… o en nuestra contra.

…..

En una celda blanca como un quirófano, iluminada con runas selladas, se hallaba Tobio Ikuse, cabizbajo, respirando hondo. Podía sentir el aire cargado de tensión más allá de la celda. Su Sacred Gear, Canis Lykaon, vibraba inquieto. Sabía que algo no iba bien. Desde otra celda, Natsume Minagawa golpeaba con frustración los controles mágicos que los mantenían dentro, sin éxito.

—¡Vamos! ¡Esto es una maldita broma! ¿Por qué estamos encerrados cuando todo fuera se va al infierno?

Una tercera voz, Kouki Samejima, bufó desde la otra ala del pasillo.

—Porque alguien ha decidido que no merecemos estar en el campo de batalla. O que somos un peligro si salimos.

Tobio no decía nada. Solo mantenía la mirada en alto. Sentía... algo. Algo que hacía tiempo que no sentía… o más bien a alguien que hacía tiempo que no sentía. Él también estaba como ellos, aunque en su caso seguramente le divertía la situación, lo vería como un reto, y no sabía qué era peor.

…..

Las manos de Azazel se cerraron con fuerza sobre la consola. Miró a los suyos.

—Quiero que preparéis el Rastro Sombrío. Si conseguimos reactivarlo, podremos rastrear la señal residual de la energía de Raynare. Puede darnos su localización exacta, y si está cerca de Kokabiel… sabremos dónde se encuentra el epicentro del ataque.

Penemue se acercó, cruzando los brazos.

—¿Y si aún no es tarde?

Azazel la miró con determinación.

—Entonces, que lo sepa el mundo: Grigori aún respira. Y no vamos a dejar que un lunático nos arrastre a otra guerra estúpida.


Bien, pues aquí está la primera parte del enfrentamiento entre Kokabiel y sus aliados vs Gremory, Sitri y S.H.I.E.L.D. Espero que su desarrollo haya estado a la altura.

Zitfeng: espero que te guste ja, ja, ja.

Y sin más que decir, me despido.

¡Nos leemos!