Marvel ni High School DxD son de mi propiedad, pertenecen a sus respectivos autores. Yo hago esto sin ánimo de lucro, solo para pasar el rato. Este fic contiene/contendrá violencia, palabrotas y demás cosas. Leedlo bajo vuestra responsabilidad, que yo ya lo he puesto en categoría M.
—comentarios.
—pensamientos.
—*hablando por teléfono, comunicador, etc.*
—[Ddraig, Albion, etc.]
Capítulo 20:
CONFLICTO - PARTE 02
El interior de la barrera mágica que rodeaba la Academia Kuoh hervía de tensión. Aunque los demonios eran superiores en número, los ángeles caídos compensaban con una agresividad brutal y un dominio oscuro de la energía sagrada corrupta. El patio del instituto, los pasillos y tejados ya se habían transformado en un auténtico campo de batalla sellado, con explosiones de poder y destellos constantes atravesando la noche.
Tsubaki Shinra combatía con precisión implacable, bloqueando los ataques de un ángel caído con su naginata demoníaca. A su lado, Momo Hanakai y Reya Kusaka coordinaban hechizos de contención para proteger a Ruruko y Saji, que se encargaban de interceptar los movimientos enemigos más veloces.
Koneko Toujou peleaba con la misma frialdad felina de siempre, derribando enemigos uno tras otro con una fuerza descomunal para su cuerpo menudo, mientras Akeno Himejima se elevaba por el aire, sus relámpagos teñían el cielo de un azul violento, desatando tormentas sobre los enemigos como la sacerdotisa letal que era.
Asia Argento permanecía en retaguardia, atenta a las heridas de sus aliados, y Rias Gremory lanzaba explosiones de poder demoníaco, su mirada firme, sabiendo que no podían ceder terreno.
Pero entre todo el caos, en un extremo del patio, una presencia helada se impuso: Raynare.
Vestía el mismo conjunto oscuro que llevaba aquella noche fatídica, aunque su mirada ya no era la de una infiltrada jugando con la inocencia de un chico, sino la de un ser desquiciado que solo encontraba placer en el sufrimiento ajeno.
—No pareces tan valiente ahora, muchacho —dijo con una sonrisa torcida, avanzando entre el fuego cruzado como si nada pudiera tocarla—. Qué pena... Y yo que pensaba hacer esto especial.
Issei la encaró, activando sin dudar la Boosted Gear. El guantelete rojo surgió de su brazo izquierdo, pulsando con energía intensa, como si Ddraig sintiera también la amenaza.
—No eres la misma que me destrozó hace meses —dijo con voz firme, el pulso en calma—. Y yo tampoco soy el mismo idiota que dejaste tirado como basura.
Raynare soltó una carcajada cargada de veneno.
—¿Y qué has hecho? ¿Un cursillo de defensa personal? ¿Una charla motivacional con tu dragoncito interior?
Una onda de energía sagrada se lanzó desde su mano, veloz como un rayo. Issei rodó por el suelo, esquivándola por centímetros, y al reincorporarse, golpeó el aire con su puño reforzado. Un impulso de aura carmesí salió disparado hacia ella. Raynare lo desvió de un aletazo, pero tuvo que retroceder.
—Boost! —entonó la Gear.
Issei no se detuvo. No tenía armas de fuego ni cuchillas ocultas. Solo su puño, su energía, su ingenio... y el legado de los entrenamientos de S.H.I.E.L.D.
Raynare descendió a ras del suelo, alzando una lanza de luz. Issei la esquivó en el último momento, atrapó parte del bastón con su brazo blindado y la hizo girar sobre sí misma. No logró derribarla, pero la obligó a tomar distancia.
—[Otra vez...] —la voz de Ddraig resonó en su mente, poderosa, intensa— [...y otra vez... Y cada vez más fuerte. Haz que lo sienta.]
Issei comenzó a moverse con más decisión. Usaba los obstáculos del terreno a su favor, prediciendo trayectorias, forzando a Raynare a actuar en espacios cerrados. Aunque la diferencia de poder todavía existía, la brecha se reducía cada segundo.
Raynare frunció el ceño.
—¿Dónde está el miedo? ¿Dónde está ese crío que temblaba al verme?
—Ese murió —respondió Issei—. Lo enterré en una celda de SHIELD. Lo que queda... es alguien que no piensa dejarte ganar.
Los dos se lanzaron de nuevo el uno contra el otro. Raynare atacaba con saña, pero Issei no cedía. Era más rápido de lo que ella recordaba, más letal. Por primera vez, su arrogancia comenzaba a flaquear. Y justo cuando iba a elevarse para preparar un golpe final desde lo alto…
—¡No te dejaré volver a tocarle! —gritó una voz desde la retaguardia.
Raynare apenas tuvo tiempo de volverse. Rias Gremory, con los ojos encendidos de rabia, apareció entre las sombras con una esfera de energía pura entre las manos. Sin advertencia, la arrojó con toda su fuerza. Raynare trató de alzar una barrera, pero estaba herida, agotada... y subestimó el poder de una Gremory enfurecida.
La explosión fue breve, brutal y definitiva. Cuando el polvo se asentó, el cuerpo inerte de Raynare yacía entre los restos calcinados del terreno, irreconocible. Issei cayó de rodillas, jadeando. Su puño aún temblaba, no de dolor, sino de pura tensión acumulada. Miró el cielo un instante, dejando que el aire enfriara su rostro. La batalla no había terminado. Raynare estaba muerta… pero la verdadera tormenta aún no había llegado.
El aire aún vibraba con los últimos ecos del combate. Raynare yacía en el suelo, reducida a cenizas y sombras. Issei, aún en tensión, sintió cómo su cuerpo por fin empezaba a relajarse... justo cuando Rias se arrodilló a su lado y colocó una mano firme sobre su hombro.
—Lo hiciste muy bien, Issei —dijo con suavidad, sus ojos aún encendidos, no por la furia del combate, sino por la preocupación que le había invadido durante cada segundo de esa pelea.
Él la miró con un hilo de voz, como si el alma aún no le hubiese regresado por completo. Tanta era la emoción por la batalla y lo de Raynare que prácticamente no se había alterado cuando Rias Gremory le llamó por su nombre en vez de por su apellido.
—No habría podido sin lo que me enseñaron... y sin ti, Rias —y ahora fue Rias la que no se sorprendió por el uso de su nombre, sus mentes estaban demasiado alborotadas en aquel preciso momento.
—Eso es lo que nos hace fuertes —respondió ella—. No peleamos solos.
Pero justo cuando iba a levantarse, una grieta rasgó el cielo. Un sonido agudo, sobrenatural, semejante a un cristal gigante rompiéndose desde dentro, estremeció todo el interior de la barrera mágica. El espacio mismo se curvó por un instante... y luego explotó en luz oscura. Desde lo alto, una lluvia de energía negra descendió como una cascada inversa. Ya no había más barrera. Y entonces, lo vieron.
Un gigantesco círculo mágico flotaba sobre el edificio principal de la academia, reluciendo en un tono plateado y púrpura. Y del centro de aquel portal descendieron dos figuras. Kokabiel. Su sola presencia heló la sangre de todos los presentes. Su cabello negro flotaba con energía densa, y sus pares de alas se extendían como una sombra sobre el campo de batalla.
A su lado, como una deformidad orgullosa, Valper Galilei sostenía una espada brillante y monstruosa. El reflejo de su hoja distorsionada no era el de una Excalibur pura, sino una reconstrucción maldita, una amalgama repugnante de fragmentos reunidos sin respeto ni armonía.
Todos los demonios presentes se reagruparon por instinto. Incluso los ángeles caídos supervivientes del primer ataque retrocedieron unos pasos, como si el propio cielo les hubiese impuesto una pausa involuntaria. Kokabiel descendió con calma, sus pies apenas tocando el suelo de piedra agrietada.
—Oh, qué escena tan conmovedora... —dijo con una sonrisa burlona—. Un chico roto, una princesa demoníaca, un grupo de peones jugando a la guerra.
Su voz era clara, pesada, como un discurso tallado en obsidiana. Resonaba incluso dentro del pecho. Valper alzó la Excalibur pervertida con una risa apagada.
—¡Esto, esto es lo que el mundo olvidó! El poder que construyó imperios, el poder que destrozó generaciones... ¡Y ahora está en mis manos! ¡Me llamaron loco, pero yo y solo yo he vuelto a unir los fragmentos! ¡Que os jodan, Iglesias, ángeles!
Rias dio un paso adelante, firme, aunque sus ojos se clavaban en Kokabiel como dos brasas.
—¿Vienes a terminar lo que empezaste, traidor?
Kokabiel sonrió aún más.
—No tan rápido, hija de Gremory. Aún tengo que dar mi discurso. —Entonces giró la mirada hacia sus tropas y, sin gritar, ordenó con una autoridad incuestionable—: Matadlos a todos... pero no toquéis a Rias Gremory ni a Sona Sitri. Esas dos morirán por mi mano... cuando vea al resto pudriéndose en el suelo. Y tampoco toquéis a la hija de Baraqiel —el rostro de Akeno se transformó en uno de pura furia—, ya nos ocuparemos de ella más tarde.
Un estremecimiento recorrió a ambas nobles demoníacas, pero ninguna retrocedió. El campo de batalla, que por un momento se había congelado, volvió a rugir como una tormenta liberada. Los ángeles caídos cargaron otra vez, liderados por los más fanáticos de Kokabiel. Los demonios se reagruparon. El escuadrón de Sona tomó posiciones defensivas en torno a los flancos, mientras Rias se colocaba junto a Issei, Akeno, Asia y Koneko. Y en medio del caos, Xenovia Quarta apareció en un destello de acero azul, su espada en ristre.
—¡Kiba! —gritó al ver al Caballo de Gremory ya corriendo hacia Valper.
Kiba no dijo nada. Solo blandía su espada demoníaca, los ojos fijos en aquel hombre que representaba todo lo que odiaba. Pero antes de alcanzarlo...
—¡Freed! —gritó una voz maniaca.
Freed —idéntico al que había matado— surgió de entre los ángeles caídos, bloqueando el camino con su espada y una sonrisa enferma.
—¿Otra vez tú, chico guapo? Esto va a ser divertido.
Kiba y Xenovia se lanzaron al combate juntos, decididos a cortar el camino hacia Valper… y acabar con todo. Issei, aún jadeando, se puso en pie mientras su Boosted Gear seguía brillando.
—No hay descanso hoy —murmuró.
Rias invocó otra esfera de Poder de la Destrucción..
—Lucharemos —dijo sin mirar atrás—. Hasta que no quede ninguno.
XXXXX
Las espadas cruzaron el aire con un estruendo ensordecedor. Freed rugía de risa, una carcajada aguda que cortaba como su hoja de luz. Su cuerpo era una danza caótica de ataques rápidos, inhumanos, y aunque Kiba era más elegante, la fuerza bruta del clon parecía imparable.
—¡Vamos, vamos! ¿Dónde está ese fuego vengativo, rubito? ¿No que querías partirme en dos? ¡Pues hazlo!
Kiba paró un tajo con una de sus espadas demoníacas, una hoja cubierta en llamas oscuras que chirrió contra la luz de Freed.
—No eres el mismo que maté —escupió entre dientes—. Pero con gusto te enviaré al mismo lugar.
—¡Ah! ¡Mira cómo vibra tu brazo, qué nostálgico! ¿Aún sueñas con esos pobres niños congelados? ¿O con esa chica que gritó hasta que su garganta se partió? —La sonrisa de Freed era un veneno que hervía los recuerdos—. ¿A que sí? ¿A que aún los escuchas?
Kiba empuñó otra espada, esta vez de viento, y desató un tajo cruzado que arrancó parte del uniforme de Freed y lo empujó hacia atrás. Pero el clon no cayó. Todo lo contrario.
—¡Sí! ¡Eso es! ¡Dame más de eso! ¡Haz que valga la pena haber resucitado!
Una ráfaga de azul se cruzó entre ambos. Xenovia Quarta, su rostro serio, su porte impecable, aterrizó entre los dos con un corte que hizo temblar el suelo. Sostenía Excalibur Destruction, la espada capaz de partir edificios enteros con un solo tajo.
—Basta de juegos —dijo, y su mirada se dirigió a Valper, que los observaba desde una elevación cercana, sonriendo.
Valper no pareció sorprendido. En lugar de retroceder, sonrió aún más, orgulloso.
—Oh, Xenovia Quarta, querida. Has venido justo a tiempo para ver el fruto de mi devoción... —levantó la espada en sus manos, una hoja extraña, brillante, como si estuviera hecha de espejos líquidos que cambiaban constantemente de forma—. ¿No es bella?
Kiba frunció el ceño.
—Esa espada...
—Una nueva Excalibur —susurró Xenovia, horrorizada.
Valper rió.
—¡Compuesta por fragmentos de Excalibur Nightmare, Transparency, Mimic y Rapidly! Una joya forjada con poder prohibido. ¿No lo sientes, Xenovia? ¡La locura latente de cada fragmento, al fin unidos bajo mi visión!
Y, sin más, arrojó la espada a Freed.
—Diviértete.
Freed la atrapó con un brillo maniaco en los ojos.
—¡Oh, sí! Esto sí que es un juguete. ¡Ahora sí que puedo mataros a los dos de forma justa!
La nueva Excalibur, en sus manos, brilló con una luz retorcida. En un instante, desapareció. No solo por su velocidad, sino porque Excalibur Transparency le permitió borrar su presencia visual. Xenovia se tensó al sentir el aura de la espada. No era como cualquier Excalibur rota. Esta cosa se sentía mal. Como si algo en el universo estuviese ligeramente fuera de lugar solo por su existencia.
—¡Demonio, cuidado! Esa espada no es solo poderosa. ¡Está inestable!
Kiba apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que una ráfaga invisible le rozara el costado, cortándole ligeramente.
Xenovia cubrió su flanco, pero Freed se movía con un ritmo caótico, apareciendo y desapareciendo. En un momento, blandía dos copias de la Excalibur, gracias al poder de Mimic. Luego, una estocada salió disparada con una velocidad imposible —Rapidly.
—¡No puedo rastrear sus movimientos! —dijo Kiba, jadeando—. ¡Es como luchar contra el aire!
—¡No lo subestimes! ¡Solo está probando sus límites! —gritó Xenovia, clavando Excalibur Destruction en el suelo y liberando una onda expansiva que destrozó el suelo y forzó a Freed a revelarse, esquivando hacia un lado.
Freed desapareció de nuevo, pero esta vez su velocidad había aumentado considerablemente. La habilidad de Rapidly se mezclaba con Transparency para hacerle casi imposible de seguir. El primer golpe vino desde un ángulo imposible, y Kiba apenas logró bloquearlo. El segundo llegó antes de que pudiera recuperarse. Un tajo le abrió el hombro izquierdo. Gritó, retrocediendo. El poder sagrado hacía que el corte fuera aún más doloroso.
—¡No puedes seguirme, ¿verdad?! —se burló Freed—. ¡Esta cosa es una maldita joya! ¡Soy invencible!
Xenovia apretó los dientes. Excalibur Destruction era poderosa, pero requería tiempo para desatar su fuerza. Y Freed, ahora, no daba margen alguno. Kiba se cubrió como pudo, sangrando, forzado a retroceder por la presión asfixiante. Freed se abalanzó otra vez, pero Xenovia se interpuso.
—Esto se acaba.
Xenovia extendió su brazo libre y una grieta surgió en el aire… y de ella surgió una enorme espada con cadenas, las cuales se liberaron nada más atravesar toda la hoja dicha grieta. Durandal. El aire pareció temblar cuando la blandió.
—¿Pero qué…? —dijo Freed, vacilando un instante—. ¡¿Esa es... esa es la jodida Durandal?!
—La verdadera —respondió Xenovia—. Y tú... tú no deberías existir.
La combinación de Excalibur Destruction en su mano izquierda y Durandal en la derecha era algo que solo una portadora excepcional podía sostener. Y Xenovia lo era. El primer cruce hizo temblar el suelo. Aunque Freed usaba múltiples habilidades, no podía competir con el peso puro de poder de la doble empuñadura. Durandal destrozó una copia ilusoria generada por Mimic, y Destruction golpeó tan fuerte que la tierra se agrietó. Freed empezaba a sudar, jadeando.
—¡No, no, no! ¡Yo soy el elegido, yo tengo la espada más rota del mundo!
—Y yo tengo dos que no fueron construidas a base de retazos —replicó Xenovia, empujándolo con una combinación brutal de fuerza y precisión.
Mientras la batalla entre los dos se intensificaba, Kiba se encontraba de pie frente a Valper, jadeante, con la herida aún sangrando en su hombro. El científico sostenía el orbe oscuro en la palma de la mano, con una mueca de satisfacción retorcida. El viejo científico se había mantenido apartado, casi disfrutando del espectáculo. Pero el momento en que Kiba lo miró, supo que había cometido un error al subestimar al chico. Kiba no dijo nada. Solo caminó hacia él, arrastrando la espada eléctrica aún chispeante.
—¿Tú eres… el niño del experimento fallido? —preguntó Valper, casi con un dejo de decepción—. No esperaba que sobrevivieras tanto tiempo. Pero no importa. No vas a llegar muy lejos.
Valper observó que Kiba miraba el orbe, así que levantó la esfera, un orbe cargado con una energía que no pertenecía a ningún sistema de magia conocido. Una aberración mágica.
—Este orbe contiene el último fragmento del alma de tus antiguos camaradas —musitó Valper—. Un recuerdo que guardé por puro capricho... pero ya no lo necesito.
Lo alzó como si fuese a destruirlo con un simple chasquido. Y entonces, todo se congeló para Kiba. El rugido de la batalla entre Xenovia y Freed se desvaneció. El calor de la noche, la presión mágica que llenaba el aire... todo se volvió distante, borroso. En su mente, una luz suave comenzó a brillar. Y voces. Voces de niños y adolescentes. Risas... y llantos.
—¿Kiba... estás ahí?
—Siempre creímos en ti...
—Lucha por nosotros... Kiba.
Una tras otra, las voces llegaron a él como ecos desde un lugar lejano pero familiar. Las siluetas de aquellos que compartieron con él el infierno de los experimentos aparecieron frente a sus ojos. No fantasmas, no visiones: presencias. Algunos sonreían. Otros simplemente lo miraban, con tristeza... y esperanza. Una energía desconocida pero cálida brotó desde el interior de su Sacred Gear, Sword Birth. El campo se estremeció.
Su brazo brilló. La espada que empuñaba desapareció, deshecha por la energía que manaba de su alma. Un torbellino de luz y sombra giró en su palma, hasta que tomó forma: una nueva hoja, estilizada, elegante, más delgada que las anteriores, pero con un filo que parecía cortar incluso la realidad. Blanca y negra, la espada pulsaba con vida propia. En perfecta armonía, uniendo lo divino y lo infernal. El Balance Breaker de Kiba se había manifestado. La Espada Sagrado-Demoníaca.
Valper retrocedió.
—¡No… no es posible! ¡Ese Sacred Gear no puede evolucionar así!
Freed, desde la distancia, sintió el cambio y se giró con alarma.
—¿Qué coño…? ¿¡Qué cojones es esa energía!?
Xenovia se detuvo también, contemplando con los ojos muy abiertos la transformación que se desplegaba frente a todos. Kiba alzó su nueva espada, una manifestación de su voluntad, su dolor y su venganza.
—Este es mi Balance Breaker.
Kiba levantó la mirada. Sus ojos ya no temblaban. Ni por el dolor, ni por el pasado. En ellos solo había determinación.
—Gracias por recordármelo, Valper. Gracias... por mostrarme que aún puedo hacer algo por ellos.
Apretó el puño en torno al mango de la nueva hoja. Su aura se expandió con una estabilidad y presencia que no había tenido jamás.
—Y lo primero será destruir esa abominación de espada.
Sin dar margen a respuesta, Kiba desapareció en un destello. Ni siquiera Freed pudo seguirlo con la vista. Valper gritó, intentando alzar alguna defensa mágica... demasiado tarde. Un solo tajo. Limpio. Silencioso. La espada sagrada-demoníaca cortó el orbe como si fuese mantequilla. El fragmento de alma en su interior se liberó, y con él, una oleada de energía espiritual envolvió a Kiba como una bendición. Valper cayó de rodillas, atónito.
—No... no... mi obra...
Kiba lo miró sin rabia. Solo con final. Valper se arrastraba hacia atrás sobre la hierba maltratada del campo de batalla, sus manos temblorosas dejando rastros de sangre en el suelo.
—¡Espera... espera! ¡Podemos negociar! ¡Tengo conocimientos! ¡Tú, tú los quieres, ¿verdad?! ¡Soy útil!
Kiba avanzó sin apartar la mirada. Su nueva espada oscilaba suavemente a su lado, emitiendo un leve zumbido casi sereno.
—Ya no eres útil para nadie —dijo con calma gélida.
Una risa despectiva resonó en el cielo. Kokabiel, que observaba desde las alturas con los brazos cruzados y el aura arremolinándose a su alrededor, habló con desprecio:
—Haz lo que quieras con él, mocoso. Ese despojo ya ha servido su propósito. No necesito basura.
Valper se giró hacia Kokabiel con desesperación.
—¡Tú me prometiste protección! ¡Yo te di la Excalibur! ¡Yo…!
Kiba le interrumpió.
—Y tú nos arrebataste todo.
Sin más palabras, la espada descendió. Un corte limpio. Silencioso. Valper desapareció con un último grito ahogado, como si el mundo lo hubiese tragado por completo. Silencio. Por un breve instante, todo se detuvo. Xenovia se colocó al lado de Kiba.
—Has hecho lo correcto —dijo sin mirarle—. Su existencia no merecía perdón.
Kiba bajó la espada, sin responder. No necesitaba palabras. Pero el momento no duró mucho. Un chillido salvaje rasgó el aire, y Freed, completamente fuera de sí, los encaró con la nueva Excalibur fusionada temblando entre sus manos.
—¡Voy a reventaros, cabrones! ¡Vosotros no entendéis! ¡Esta espada está viva! ¡Es como yo! ¡Maldita, indomable! ¡Y os va a atravesar hasta el alma!
Su aura se desbordó. El caos de los fragmentos fundidos de Nightmare, Transparency, Mimic y Rapidly se manifestaba en un resplandor irregular, inestable, pero peligroso.
—Cúbreme —dijo Xenovia.
Kiba asintió. Ambos se lanzaron al unísono.
El combate fue brutal. La Excalibur Hereje creaba ilusiones con fragmentos de Transparency, ataques fugaces con Rapidly, y hasta copias ilusorias gracias a Mimic. Cada ataque de Freed era caótico, impredecible, violento. Pero Kiba y Xenovia, unidos en combate, fluían como un solo cuerpo. Las espadas chocaban y chispeaban, el terreno era devastado a su alrededor.
Kiba creaba espadas de hielo para bloquear caminos ilusorios. Xenovia, con Destruction y Durandal, deshacía cualquier trampa mágica. Freed gritaba insultos y carcajadas, cada vez más desesperadas. Hasta que cometió un error. Se confió. En medio de un asalto, cargó de frente. Kiba se desvió a un lado justo a tiempo, mientras Xenovia levantaba las espadas.
—¡Freed Sellzen! —gritó, canalizando toda su energía en la hoja—. ¡Tú no mereces sostener el nombre de una espada sagrada!
Las hojas de Destruction y Durantal impactaron directamente sobre la empuñadura de la falsa Excalibur. Un estallido ensordecedor rasgó el aire. Como si el mismo cielo se partiera. La espada hereje se rompió, desintegrándose en fragmentos de luz corrupta que se disiparon lentamente, como ceniza. Freed se tambaleó, atónito.
—No... ¡no! ¡Era mía...!
Kiba se adelantó. Con un giro rápido, su espada atravesó el pecho del clon, esta vez sin dejar dudas. Freed escupió sangre y rió por última vez.
—Jodido... final de mierda...
Y se deshizo en polvo, su existencia anulada. Kiba y Xenovia permanecieron en silencio, jadeando, mientras la niebla mágica se disipaba poco a poco a su alrededor. No quedaba nada del clon, ni de la Excalibur corrompida. Solo su determinación. Y la sensación, por fin, de que algo había sido saldado.
XXXXX
Durante unos minutos que parecieron horas, la barrera de la academia Kuoh se convirtió en un infierno. Issei, cada vez más hábil con su Sacred Gear, desplegaba su poder acumulado con una puntería y determinación que sorprendían incluso a los demonios más veteranos. Derribó a dos ángeles caídos de clase media con un impulso de energía carmesí, usó el entorno con inteligencia y protegió a Asia en más de una ocasión. Pero incluso su poder tenía límites.
Por cada enemigo que caía, otros dos tomaban su lugar. Algunos, reforzados con magia prohibida por Kokabiel, eran más resistentes, más agresivos. Volaban en formaciones que arrasaban los cielos con lanzas de luz y hechizos sagrados, hostigando sin tregua a los de Gremory y Sitri.
Koneko cayó de rodillas, herida en un costado por una lanza. Tsubasa Yura fue lanzada contra un muro por el impacto directo de un hechizo, inconsciente. Ruruko apenas podía mantenerse en pie, y incluso Akeno, normalmente imponente, respiraba con dificultad, la sangre bajándole por el cuello tras bloquear un ataque dirigido a Rias.
Asia no paraba. Sus manos temblaban, el sudor cubriéndole la frente mientras conjuraba hechizo tras hechizo curativo.
—¡Aguanta! —gritó, aplicándole un aura sanadora tras un corte profundo en el pecho que lo había dejado tambaleante—. ¡No te mueras, por favor…!
—Estoy bien… —gruñó él, alzando el puño enguantado—. No dejaré que te toquen.
Pero no estaba bien. Los ataques no cesaban. El enemigo era persistente, fanático. Raynare había sido solo un peón. Ahora estaban enfrentándose a soldados mucho más peligrosos, y cada vez eran menos los que podían seguir en pie.
Sona Sitri y Rias mantenían su línea, pero incluso ellas empezaban a fallar. Sus ropas estaban desgarradas, sus hechizos perdían intensidad. La situación se volvía desesperada. Una sensación helada se extendía por el campo de batalla. La certeza de que estaban perdiendo. Y entonces, como un relámpago, una explosión de luz atravesó el campo.
Las figuras de Kiba y Xenovia, envueltas en humo y energía mágica, surgieron desde uno de los flancos. Su entrada fue brutal: Kiba con su nueva espada, aún centelleante de oscuridad y pureza; Xenovia con Durandal y Destruction, una fuerza casi viva rugiendo desde sus hojas. Se lanzaron directamente al corazón del caos.
Kiba partió en dos a un ángel caído que había estado a punto de decapitar a Momo Hanakai. Xenovia desvió tres lanzas de luz con un solo movimiento y destrozó el suelo bajo un escuadrón enemigo. Su llegada devolvió algo de esperanza.
Pero solo por un instante. El enemigo era demasiado. Más de lo que esperaban. Los ángeles caídos combatían sin miedo, sin límites. Sabían que Kokabiel los observaría. Algunos estaban dispuestos a morir si con ello arrastraban a los demonios con ellos.
Asia cayó de rodillas, pálida, agotada. Su magia se deshacía antes de completar los hechizos. Sus labios murmuraban oraciones entre lágrimas.
—No… puedo… seguir…
Issei corrió a protegerla, su cuerpo herido volviendo a ponerse delante como escudo. Y entonces, todos lo sintieron. Un cambio en el aire. Un estremecimiento que no venía de sus enemigos… sino de algo más.
Kokabiel, desde lo alto, detuvo momentáneamente sus carcajadas. Sus ojos brillaron.
—Interesante…
Issei alzó la vista, el sudor resbalándole por el rostro ensangrentado. Y en ese preciso instante, cuando la desesperación había alcanzado su clímax… algo pasó.
XXXXX
El cielo nocturno de Kuoh se rasgó como un telón de ópera, cuando una estela de luz roja y dorada descendió a velocidad supersónica. La onda expansiva sacudió el suelo, haciendo que varios ángeles caídos retrocedieran al instante.
—¿Eso es... Iron Man? —preguntó un agente de S.H.I.E.L.D. mientras recargaba su rifle con manos temblorosas.
Un estruendo metálico confirmó la respuesta cuando Tony Stark aterrizó entre fuego cruzado, los estabilizadores brillando con potencia. La Mark IV se erguía reluciente entre las ruinas, y el visor se iluminó con el reconocimiento de múltiples objetivos.
—[Zona de combate detectada. Hostiles identificados. Alas negras, armamento energético, hostilidad confirmada hacia aliados.] —informó J.A.R.V.I.S. en tono preciso.
Tony se permitió una pausa.
—¿Ángeles caídos, J.A.R.V.I.S.? Vale, oficialmente he visto todo.
Uno de los enemigos se abalanzó con una lanza de luz. Stark apenas se movió. Su repulsor le atravesó el pecho antes de que pudiera llegar a dos metros.
—Supongo que no sois los angelitos del Belén —dijo, mientras el humo de su disparo se disolvía—. ¿Dónde está la música celestial, chicos?
Magnus Rose, con sus Alas de Hierro desplegadas, pasó como un rayo por encima de Tony, lanzando una lluvia de proyectiles metálicos manipulados con su Sacred Gear. Al aterrizar cerca, le echó una rápida mirada.
—¿Stark?
—Sí, sí, soy yo. ¿Los malos son los del cosplay con alas negras?
—Correcto.
—Perfecto —gruñó Iron Man mientras lanzaba un microcohete entre dos enemigos que emboscaban a un grupo de evacuados—. Odio las sectas con uniforme.
A pocos metros, Clint Barton disparaba flechas desde una posición elevada, cada una encontrando su blanco con precisión letal. Se movía rápido, reubicándose mientras protegía a civiles.
—¿Por fin vienes a jugar, Stark? Pensábamos que llegarías con champán y confeti.
—Lo tenía preparado, pero cambié de idea cuando una de esas cosas intentó arrancarle la cara a un niño —respondió Tony, abatiendo otro ángel caído con un disparo doble.
Christina Mercurio, oculta tras una barricada improvisada, se levantó con su rifle listo, el ojo izquierdo brillándole por la activación de su Sacred Gear. Disparó sin pestañear, atravesando el ala de un enemigo que descendía sobre un transporte de evacuación.
—Van con todo. Y ya no se están conteniendo —dijo, recargando—. Tenemos que cerrar esto antes de que lleguen más.
—[Actividad creciente en dirección noreste. Detección de entidad con firma energética desconocida en aumento exponencial.] —añadió J.A.R.V.I.S.
Stark giró la cabeza. Su HUD mostró un marcador que indicaba distorsión justo en el perímetro de la barrera de la Academia.
—¿Y eso es...?
Un trueno resonó en la distancia.
—Lo sabremos en breve —dijo Magnus, clavando una rodilla en el suelo mientras formaba un nuevo conjunto de cañones que disparaban ráfagas sónicas.
Un ángel caído se abalanzó sobre un grupo de evacuados. Tony reaccionó al instante, disparando un repulsor al suelo frente al enemigo para desestabilizarlo, y luego otro directo al pecho.
—Pues venga. No he volado hasta aquí para quedarme fuera del espectáculo.
Mientras los aliados de Kokabiel comenzaban a retroceder ante el contraataque liderado por los agentes de S.H.I.E.L.D. y la presencia intimidante de Iron Man, la situación se agravó.
Un pequeño grupo de civiles se tambaleaba entre escombros. Dos ángeles caídos los habían rodeado. Antes de que alguien más pudiera reaccionar, Tony voló hacia ellos, giró en el aire y lanzó un misil desde el antebrazo izquierdo. Impacto limpio.
—[Nuevas firmas energéticas detectadas cerca del perímetro de la barrera.] —anunció J.A.R.V.I.S.
Tony frunció el ceño. En su visor apareció un foco creciente de poder... justo donde comenzaba la anomalía que S.H.I.E.L.D. había marcado como "zona sellada".
—¿Eso se supone que es normal?
—Nada de esto es normal —respondió Magnus, retrocediendo mientras disparaba desde su brazo derecho transformado en un cañón giratorio—. Pero eso es peor.
Entonces ocurrió. Un relámpago oscuro rasgó el cielo. La barrera que rodeaba la academia se estremeció como si algo desde el otro lado intentara desgarrarla. Y luego... se rompió.
Una fuerza descomunal hizo trizas los sellos mágicos. El impacto derrumbó estructuras a varios metros a la redonda. Varios agentes volaron por los aires. Christina se cubrió con una pared de energía mientras Clint se lanzó detrás de un coche blindado. Tony se quedó en pie, el humo subiendo por su casco.
—J.A.R.V.I.S…
—[Contacto visual con entidad primaria. Nivel de amenaza: extremo.] —alertó J.A.R.V.I.S.
Tony alzó la vista justo a tiempo para ver cómo un nuevo enemigo se abría paso en escena, descendiendo sobre la Academia hasta desaparecer de su vista junto a otra figura, más pequeña, a su lado. Estaba por ir allí, pero aún tenía que echar una mano para proteger a los civiles que estaban siendo evacuados, así que se puso en marcha con ello.
Los restos humeantes de una fábrica tapaban la vista de la calle. Un rugido metálico estalló en medio del caos cuando Iron Man atravesó una pared para embestir a uno de los ángeles caídos, empotrándolo contra un tanque de agua.
—Otro fuera. ¿Cuántos quedan, J.A.R.V.I.S.?
—[Aproximadamente catorce hostiles en Sector B-3. Refuerzos avanzando desde el lado oeste.]
Tony giró sobre sí mismo y lanzó dos repulsores hacia un par de figuras aladas que se ocultaban tras las sombras. Sus alas negras apenas asomaron antes de ser alcanzados por el destello cegador de energía.
—¿Por qué siempre se esconden como vampiros adolescentes con traumas?
—¡Stark! —gritó Christina desde la esquina contraria de la calle—. ¡Siguiente punto de control, cruce de Nakamura y Oi! ¡Rose ya está adelantado!
Clint, apostado en lo alto de un edificio parcialmente derruido, se comunicó por radio.
—Hecho. Tengo visual de al menos cinco más acercándose por el sur. Están usando el humo como cobertura. Tengo una flecha de fragmentación lista.
—[Recomendación táctica: Stark, colabore con el agente Rose para abrir paso. Agente Barton puede contener el flanco sur.] —añadió J.A.R.V.I.S.
—Voy, voy. Ya oí al mayordomo con láser.
Tony despegó con una ráfaga sónica, cruzando una calle bloqueada por coches calcinados. En medio del humo, Magnus Rose canalizaba su Sacred Gear, manipulando los restos de una retroexcavadora para formar una especie de dron volador hecho de acero vibrante que disparaba ráfagas de aura.
—¿Tú lo hiciste con una pala mecánica?
—Y algo de fe en la ingeniería improvisada —replicó Magnus, sin dejar de atacar—. Estos bastardos han estado atacando los centros de evacuación. Si no los detenemos aquí, llegarán al hospital de campaña en Sector D.
—Pues a apretar el acelerador.
Con un giro, Tony voló al frente, usando su unirrayo frontal para despejar una línea directa hasta el cruce. Una columna de energía barrió la zona, abatiendo a varios enemigos y abriendo paso a los agentes que seguían tras él.
Clint disparó su flecha. La explosión vibró en la calle contigua. Un edificio comenzó a colapsar, y justo antes de que cayera sobre un grupo de civiles atrapados, Christina saltó entre los escombros y disparó a una viga, redirigiendo la caída.
—¡Edificio estabilizado! ¡Muevan a los civiles ya! —gritó por radio.
Minutos después, Tony aterrizó junto a un puesto de evacuación improvisado. Las tiendas estaban destrozadas, los escaparates rotos y manchados de sangre. Un agente de S.H.I.E.L.D., herido, le hizo un gesto débil.
—Aún quedan dos nidos al norte... están bien armados.
—Nos encargamos —dijo Tony, mientras Christina y Magnus llegaban a su lado.
—Último sector —murmuró ella, recargando su arma mientras el aura de su Sacred Gear parpadeaba con fuerza.
Magnus miró hacia el cielo, donde un remolino mágico se había formado sobre la Academia Kuoh, visible a kilómetros.
—La tormenta está ahí. Esto es solo la lluvia.
Tony observó ese mismo cielo. Su HUD brilló, destacando la anomalía.
—Vamos a hacer limpieza. Luego toca derribar al jefe.
—[Alerta. Nueva actividad. La barrera ha caído.] —informó J.A.R.V.I.S., justo cuando una onda expansiva lejana estremeció el suelo.
Todos quedaron en silencio.
—Eso fue... la barrera —dijo Christina en voz baja.
—Kokabiel —murmuró Magnus.
Tony bajó su visor. Su voz fue firme, más que nunca.
—Hora de entrar al castillo. Barton, ¿cúbreles la espalda?
—¿Acaso tengo opción?
Y con un rugido sónico, Iron Man se alzó hacia el epicentro del caos.
El edificio principal estaba destrozado, como si un rayo hubiera golpeado cada uno de sus pasillos. Pabellones colapsados, paredes abiertas como heridas en carne viva, sangre sobre el mármol. El aire olía a ozono, magia corrompida… y cenizas.
Los demonios luchaban en formación dispersa, agotados. Y entonces, el cielo tembló. Un zumbido sónico rasgó el aire y una estela roja cruzó la oscuridad. Iron Man cayó como un meteorito entre los combatientes, aplastando a un ángel caído con una explosión cinética que lanzó a los demás por los aires.
—¡¿Qué demonios…?! —exclamó Sona, sorprendida.
Issei abrió los ojos, desconcertado, mientras Rias mantenía su hechizo de contención a duras penas. Tony se enderezó en medio de la nube de polvo, el reactor de su pecho palpitando con luz dorada.
—¿Perdón? ¿Alguien pidió una intervención divina? Porque a mí me mandaron los impuestos y una muy mala señal de Wi-Fi.
—Iron Man —murmuró Issei totalmente asombrado, pues jamás pensó que podría ver al mismísimo Tony Stark con su armadura en persona.
Uno de los ángeles caídos cargó hacia él desde arriba. Tony levantó la mano.
—Oh, no. No toques mi traje nuevo.
Un repulsor explotó contra el pecho del enemigo, mandándolo a estrellarse contra el edificio de gimnasia.
—[Diez objetivos restantes en esta zona.] —informó J.A.R.V.I.S.
—Casi aburrido.
Pero entonces, otra ráfaga de energía lo obligó a cubrirse. Uno de los ángeles de rango superior descendió como una sombra en llamas.
—Interesante. Tienes juguetitos —escupió el enemigo con desprecio.
—¿Y tú tienes alas que parecen salidas de un desfile gótico compensando algo?
El combate estalló con furia renovada. Rias observaba, sorprendida. Por primera vez en la noche, el flujo cambió. Y no estaba solo. Flechas volaron desde un tejado cercano. Clint Barton apareció en la cima de un aula derruida, disparando sin cesar. Dos enemigos cayeron sin saber siquiera qué los golpeó.
—¿Ya empezaste la fiesta sin mí? —dijo por radio.
Desde el flanco sur, Magnus apareció entre el humo, su Sacred Gear manipulando fragmentos de piedra y acero para convertirlos en un escudo rotatorio que impactó a dos enemigos más. Christina, justo detrás, descargó una ráfaga de disparos de energía mágica que derribó a otro ángel alado.
—Refuerzos en camino —anunció Magnus.
—Y justo a tiempo para robarme el crédito —replicó Tony mientras esquivaba una lanza de luz y contragolpeaba con una explosión centrífuga—. Ya saben el plan: yo hago que me disparen, vosotros disparais mientras están distraídos.
Christina, con la cara ensangrentada pero firme, asintió con gesto serio.
—Una estrategia tan estúpida que sólo tú podrías hacerla funcionar.
Rias, sin saber por qué, se sintió aliviada. Por primera vez en toda la noche… no estaban solos. Las alas negras cayeron una por una. Con la precisión letal de un bisturí, Barton desintegró al penúltimo ángel caído con una flecha de punta explosiva. Una explosión de luz blanca cubrió brevemente el cielo antes de desvanecerse en silencio.
Magnus levantó una columna de hierro desde los escombros, manipulando sus partículas hasta convertirla en una lanza vibrante. La arrojó sin esfuerzo. El último enemigo, que intentaba huir por el aire, cayó como una piedra al recibir el impacto en el pecho. No hubo gritos. Solo la gravedad. Christina bajó su rifle, el cañón aún humeando. Iron Man flotó a un par de metros del suelo, iluminado por el azul de su reactor. Los sistemas mostraban silencio en los escáneres. Nada más. Ni movimiento ni interferencias.
—[Área asegurada.] —dijo J.A.R.V.I.S.
Tony se giró hacia el campo, cubierto de cadáveres y polvo arcano.
—¿Eso era todo? Qué decepción. Me dijeron que los estos tipos eran unos rebeldes con causa.
—Tal vez solo queda el que la causó —murmuró Christina, alzando la vista.
Un rayo de energía pura atravesó el cielo. La barrera demoníaca, ya resquebrajada, se desintegró con una descarga de luz antinatural. No fue magia, fue autoridad. Poder en su forma más violenta. Y entonces lo vieron. Kokabiel. Suspendido en el aire como un dios cruel, sus alas negras extendidas al máximo, envueltas en relámpagos púrpura. Los ojos de Kokabiel brillaban como carbones encendidos. Sonrió. Despacio. Tranquilo. Como si todo hubiera salido según lo previsto.
—Admirable —dijo, con voz profunda, modulada por siglos de arrogancia—. Humanos. Mortales. Y, sin embargo, capaces de derribar a mis soldados. Incluso a los elegidos. Esto ha sido… hermoso.
Descendió levemente, dejando que su aura se extendiera como una onda expansiva. Los escombros flotaron, el aire vibró.
—Pero es inútil.
Su mirada se clavó en Stark, como una lanza invisible.
—Tú… el hombre de hierro. La leyenda de otro mundo. Veniste a salvar una ciudad que ya estaba condenada. Qué fascinante. Serás el primero.
—¿Siempre hablas tanto antes de lanzar rayos? —dijo Tony, con una ceja alzada dentro del casco—. Porque te aviso que yo también puedo hablar durante horas.
Magnus dio un paso al frente. Christina ajustó su rifle. Barton colocó otra flecha en el arco.
—Oh, sí —continuó Kokabiel, abriendo lentamente los brazos—. Moriréis aquí. No ahora. No en un segundo. Sino cuando haya acabado de demostraros lo insignificantes que sois. Después, mataré a Rias Gremory y a Sona Sitri. Con mis propias manos —Hizo una pausa. Los relámpagos se intensificaron alrededor de sus alas—. Y entonces… ya no habrá nadie que conserve la ilusión.
—¿Y ahora qué te ha dado? Estás demasiado parlanchín —comentó Tony con cierto aburrimiento.
Xenovia, aún con la empuñadura de Durandal temblando en su mano, frunció el ceño. Kokabiel la miró, divertido.
—¿No te lo han dicho, caballero sagrado? ¿Nunca te lo preguntaste, Asia Argento? ¿Por qué no desciende Dios? ¿Por qué no detiene esta guerra absurda?
Todos se tensaron. Los demonios dejaron de respirar. Asia giró lentamente el rostro, sus labios ya temblando antes de escuchar la verdad.
—Porque está muerto.
El silencio fue tan absoluto como si el mundo se hubiera apagado.
—Murió en la gran guerra —susurró Kokabiel, como un secreto cruel—. Vuestra oración no encuentra respuesta porque no hay nadie que la escuche. El cielo es una farsa. El sistema funciona por inercia. Los ángeles... están solos.
Xenovia dio un paso atrás, los ojos clavados en el suelo, como si le hubieran arrancado el alma.
—Eso... no...
Asia cayó de rodillas.
—No... eso no puede... eso...
—Negadlo si queréis —sonrió Kokabiel—. Pero la verdad no cambia porque la odies. Yo estuve allí. Yo vi cómo caía.
Tony intercambió una mirada rápida con Barton.
—Vale —murmuró dentro del casco—, esto escaló muy rápido.
Kokabiel alzó una mano. La electricidad crepitó a su alrededor como un latido. Volvía a empezar.
—Y ahora, volvamos al espectáculo.
Una nueva tormenta se formó sobre Kuoh. Y los cuatro humanos se prepararon para enfrentar a una leyenda viviente. El primer impacto fue como una detonación nuclear contenida. Kokabiel descendió como un relámpago, chocando contra Iron Man con tal fuerza que la onda expansiva barrió escombros, cuerpos y columnas mágicas a su alrededor. El estruendo retumbó por toda Kuoh. Tony fue lanzado hacia atrás, estrellándose contra una pared reforzada con runas demoníacas que se resquebrajó bajo la presión.
—[Daños estructurales en un 17%. Recomiendo maniobras evasivas.] —avisó J.A.R.V.I.S.
—Tomo nota —respondió Tony, volviendo al aire con un impulso de sus propulsores—. Muy bien, "Gabriel en esteroides", veamos cómo aguantas esto.
Lanzó una ráfaga de micro-misiles en espiral. Kokabiel los bloqueó con un gesto de su mano, manipulando el aura con una facilidad escalofriante. Uno logró alcanzarle, pero para sorpresa de todos los presentes, la herida pronto comenzó a regenerarse.
—¿Puede hacer eso? ¡Oh vamos, es hacer trampa! —se quejo Tony.
—Eso son… ¿Cómo ha conseguido Lágrimas de los Phenex? —cuestionó Sona con incredulidad.
—Algo ha hecho con esas Lágrimas —murmuró Rias.
Kokabiel respondió al ataque de Tony con una lluvia de esferas negras de energía celestial corrompida. Magnus apareció desde un lateral, emergiendo entre una torre de escombros metálicos. Extendió su mano, y el hierro se reconfiguró en una red que interceptó parte del ataque, descomponiéndose en chispas al contacto. Christina disparaba sin descanso. Clint Barton se desplazaba por los tejados en línea recta, cubriendo puntos ciegos, lanzando flechas especiales que ralentizaban brevemente la regeneración de Kokabiel. Pero no era suficiente.
—¡Esto es ridículo! —gritó Magnus, jadeando—. Cada vez que lo herimos, se regenera.
—No está luchando en serio —añadió Christina, frunciendo el ceño—. Solo está jugando.
Desde la retaguardia, los demonios observaban. Y en medio del campo, de rodillas, Issei Hyödö miraba a Kokabiel como si su alma ardiera.
—¿Así que esto es… el poder de un Cadre?
Su Boosted Gear palpitaba con un tono rojo intenso. Cada latido, un rugido en sus oídos. Boost. Boost. Boost. El guantelete pesaba como una piedra, pero su determinación lo aligeraba. Una idea había llegado veloz a su mente, y decidió ponerla en práctica.
—[Si no mueres, podrías lamentarlo luego.]
—Y si no lo hago moriremos todos.
Rias se acercó rápidamente.
—¡Issei! No puedes sobrecargarte tanto. Vas a...
—Lo sé. Pero si ese tipo gana, todos vamos a morir —dijo, sin mirarla.
Miraba a Iron Man, que esquivaba como podía los ataques aéreos de Kokabiel, intentando buscar aperturas, cubriendo a sus compañeros. Estaba aguantando… pero por poco. Boost. Boost. Boost. Issei se puso en pie, jadeando, con la sangre bajándole por el labio. Su aura se disparó de forma brutal.
—¡TRANSFER!
Una descarga de energía atravesó el campo de batalla como una bala roja, impactando directamente en Iron Man. J.A.R.V.I.S. casi se reinicia por el torrente de poder.
—[Fuente de energía no identificada… potencia al 457%… estabilización en proceso.]
El reactor del pecho de Stark brilló con una intensidad que cegó momentáneamente a todos. Las líneas del traje se volvieron más marcadas, más vibrantes. Los propulsores rugieron como motores de caza. Tony giró la cabeza ligeramente hacia Issei y murmuró con media sonrisa:
—Eso sí fue una recarga.
Volvió a mirar a Kokabiel.
—¿Listo para la segunda ronda?
Y se lanzó. El impulso otorgado por Issei transformó el campo de batalla. Iron Man se convirtió en un cometa rojo y dorado, dejando estelas incandescentes mientras esquivaba los ataques de Kokabiel con precisión quirúrgica. Sus repulsores rugían como turbinas de guerra, y sus golpes eran verdaderos impactos sónicos cargados con la potencia aumentada por la Boosted Gear.
Magnus se deslizó a su lado, aprovechando cada segundo de distracción. Su armamento tecnológico resonaba con el flujo de energía del entorno, lanzando esferas comprimidas de metal vivo que devoraban la materia al contacto.
Christina se adelantó, su cuerpo envuelto en una danza de luz blanca y azul. Su aura era pura, sólida, como una lanza lanzada por voluntad. Cargó hacia el flanco de Kokabiel con una andanada de disparos concentrados. Clint, sereno, como si todo lo demás no existiera, extrajo una flecha de cabeza opaca.
—Un regalo de Viena —susurró.
Kokabiel rugió, por fin herido. La regeneración que proporcionaban las Lágrimas estaba siendo superada. Sangre negra brotó de su costado tras un ataque combinado de Tony y Magnus. Sus alas se agitaron violentamente, una rota, otra quemada por el último impacto repulsor directo al pecho.
—¡INSOLENTES! —gritó Kokabiel, liberando una descarga masiva de energía negra que devastó el suelo a su alrededor.
Iron Man se lanzó al frente, recibiendo el impacto o.
—[Daño en niveles críticos. Contención al 45%.] —avisó J.A.R.V.I.S.
—¡Cállate y dale más potencia! —rugió Tony, elevándose a toda velocidad para golpearlo desde arriba.
Christina y Magnus se flanquearon. Ella congeló el aire mismo a su alrededor, ralentizando los movimientos de Kokabiel, mientras Magnus concentraba una lanza compuesta de cientos de nanocuchillas afiladas como bisturís arcanos. Clint esperó... y soltó. La flecha voló con una estela de plata, y atravesó justo el hombro derecho de Kokabiel, rompiendo su escudo. Entonces llegó Tony. Repulsor a máxima potencia. Un haz de energía amplificado por la energía del Boosted Gear, disparado directo al pecho del Cadre. Kokabiel gritó. No de rabia. De dolor.
Magnus lo remató con la lanza, que se expandió dentro del cuerpo del ángel caído como una explosión interna de cristal y metal, rasgando órganos espirituales y carne celestial. Christina fue la última. Apareció justo frente al enemigo ya tambaleante, su pistola cargada con una sola bala forjada a partir de los restos de un meteorito sagrado.
—Por todo lo que arruinaste —murmuró.
Disparó. La bala le atravesó el cráneo. Kokabiel cayó de rodillas, la oscuridad de su aura colapsando sobre sí misma. Y luego se desplomó… sin alas, sin poder, sin gloria. Muerto. Todo quedó en silencio. El campo de batalla, antes rugiente, ahora era un páramo donde el eco de la destrucción se sentía más que el ruido. Fragmentos de muros caídos, el suelo agrietado, los árboles desgajados… y sangre. Demasiada sangre. Clint Barton se llevó la mano al comunicador en su oído.
—Agentes de campo, informe. ¿Estado de evacuación? ¿Contención?
Una breve pausa. Luego, las voces comenzaron a llegar, entrecortadas por interferencias, el cansancio palpable incluso a través de las ondas.
—*Evacuación completada, señor. Todos los sectores de Kuoh asegurados.*
—*Todos los hostiles identificados han sido eliminados o neutralizados.*
—*...pero las pérdidas son graves. Tenemos muchas bajas. Civiles y nuestros.*
Barton bajó la mirada, soltando un suspiro. Asintió levemente, aunque no hablaba con nadie. Luego guardó el arco y se acercó al resto. Magnus Rose y Christina Mercurio ya se habían arrodillado junto a Issei. El joven yacía inconsciente, con el rostro empapado de sudor y el cuerpo convulsionando levemente, como si aún siguiera luchando dentro de su mente. Su respiración era errática, sus dedos crispados, apretando el suelo como si se aferrara al mundo.
—No es solo agotamiento físico —murmuró Christina, colocando una mano sobre el pecho de Issei—. Está completamente sobrecargado. Su cuerpo está colapsando para salvarse a sí mismo. Si no fuera por su Sacred Gear, ya estaría muerto.
La joven sacerdotisa demoníaca temblaba, los ojos bañados en lágrimas, pero a pesar de su cansancio, seguía usando su habilidad para curar a Issei. Tony observaba a unos metros. La armadura brillaba tenuemente, la pintura quemada, los sistemas aún en modo de enfriamiento. No decía nada. Solo miraba a su alrededor: los jóvenes, el campo de batalla, los escombros, las marcas de lucha que se extendían más allá del terreno visible. Kokabiel había caído. Pero la pregunta que Tony no lograba apartar de su mente era: ¿a qué costo? La IA rompió el silencio con suavidad:
—[Análisis preliminar completo, señor. Cuadrante este: sin actividad hostil. Cinco unidades S.H.I.E.L.D. fuera de servicio confirmadas. Pérdidas civiles... elevadas.]
Tony cerró los ojos un momento. No era la primera vez que ganaba una batalla. Pero sí una de las pocas en las que la victoria no sabía a nada. Finalmente, Christina asintió con gravedad.
—Se estabilizó —murmuró—. Vivirá.
—Por poco —añadió Magnus, con un gesto cansado—. Este chico tiene un alma como pocas. Pero no puede seguir así mucho tiempo.
Tony asintió, recuperando algo de compostura. Miró a los jóvenes caídos, a las figuras de Rias, Sona, Akeno, Koneko… todos visiblemente heridos, agotados, pero vivos. Ninguno había muerto. Y eso, en medio de todo aquello, era una pequeña victoria.
—Vamos —dijo Tony con la voz más grave de lo habitual—. Hay más gente que necesita ayuda.
Christina y Magnus se pusieron en pie. Barton ya se adelantaba, dando órdenes mientras se dirigía hacia la zona urbana. Los tres agentes, junto a Iron Man, se alejaron de la Academia, dejando atrás a los jóvenes… a sus aliados temporales. El cielo comenzaba a aclararse al este, tímidamente. Pero sobre Kuoh, aún pesaba la sombra de lo ocurrido.
El estruendo de la batalla había desaparecido. Solo quedaban respiraciones pesadas, murmullos rotos, gemidos ahogados. El viento arrastraba polvo, y los escombros de la academia crujían bajo el peso de la noche. Sona caminó lentamente entre los cuerpos. Su uniforme estaba rasgado, la sangre seca en su mejilla. Rias la acompañaba, igual de agotada, sus pasos torpes, pero decididos. Ambos grupos estaban vivos. Malheridos. Pero vivos.
—Genshirou... —susurró Sona, arrodillándose junto a Saji, quien se retorcía inconsciente, pero respirando—. Está estable. No tiene heridas profundas.
A su alrededor, las chicas del grupo Sitri hacían lo que podían con la magia curativa que conocían. Momo temblaba al canalizar la energía, pero no se detenía. Reya y Tsubasa daban apoyo donde podían, con las manos firmes aunque los ojos mostraban el terror aún reciente. Rias se inclinó junto a Akeno. Su reina no se movía, salvo por el ascenso y descenso débil de su pecho. El golpe de un ángel caído la había alcanzado de refilón. Aun así, vivía.
—Gracias a Satán... —susurró Rias.
En el centro del campo de ruinas, Asia estaba de rodillas. Temblaba, su rostro pálido, bañado en sudor. Había usado cada fragmento de su fuerza para estabilizar a Issei, cuyas convulsiones al fin se habían detenido. El chico estaba inconsciente, el cuerpo aún brillando débilmente por los residuos del Boost Transfer.
Xenovia se acercó, aún sosteniendo los fragmentos rotos de la Excalibur Hereje entre las manos. La hoja ahora no era más que una amalgama sin alma, derrotada y muda. Miró a Asia, y sin decir nada, la atrapó justo cuando la rubia se desplomó hacia un lado, inconsciente, pero viva.
—Ha hecho más de lo que nadie le pidió —dijo con voz baja, depositándola con cuidado junto a Issei.
Rias se sentó entre los restos del suelo arrancado, jadeando, la cabeza gacha.
—Está viva. Todos lo están. ¿Eso… cuenta como victoria?
Sona no respondió. El silencio fue su única contestación. Tsubaki, con el rostro bañado en polvo, miró a Xenovia.
—¿Qué era lo que dijo Kokabiel? Sobre... Dios.
Todos se quedaron en silencio. Solo el susurro de la noche se colaba entre las piedras.
—Que está muerto —respondió Xenovia, sin levantar la voz ni suavizar el impacto.
Saji se removió levemente al oírla, los ojos apenas abiertos.
—Táctica de distracción... Quería rompernos —murmuró él, con la voz ronca.
Xenovia negó con la cabeza, muy despacio.
—No. No mentía. No podía mentir sobre eso. Lo vi en sus ojos. En su voz. No era una burla... era un juicio. Un epitafio.
Momo se detuvo en seco al oírlo. Las manos le temblaban más que antes.
—Entonces... todo esto... la fe, los milagros...
—El sistema sigue funcionando —dijo Xenovia, más para sí misma que para los demás—, los milagros aún ocurren. Las oraciones aún canalizan el poder sagrado. Pero es como un tren sin conductor. Una maquinaria que no entiende a quién sirve, solo que debe continuar.
Rias no pudo evitar mirar a Asia. Dormida. Inconsciente. Inocente.
—¿Y ella? ¿Cómo puede seguir creyendo si...?
—Porque lo necesita —dijo Xenovia, sin apartar los ojos del cielo—. Igual que yo. Pero ahora... ya no sé en qué exactamente.
Sona se frotó la frente, cerrando los ojos.
—Entonces es verdad. Todo lo que hemos hecho, lo que somos, ha sido sobre un legado vacío. Un cielo sin rey.
Tsubaki murmuró:
—Y aún así, la guerra continuó.
Un largo silencio se instaló entre ellos. Uno denso, más doloroso que cualquier herida. Pero entre tanto dolor, el sonido de la respiración estable de sus compañeros les recordaba una cosa: habían sobrevivido. Y eso, por ahora, bastaba.
El cielo, aún teñido de rojo por los últimos vestigios de la batalla, se quebró con una explosión sorda. Una figura descendía a gran velocidad, envuelta en luz azulada, con un zumbido que partía el aire. Una armadura plateada, elegantemente esculpida como la de un caballero arcano, brillaba con un fulgor etéreo. Las alas se extendían desde su espalda, y en su visor danzaban líneas de información que analizaban la devastación debajo.
—Tsk... Llegué tarde.
Los pocos que pudieron se pusieron alerta ante la llegada del extraño. Se mantuvo flotando a unos metros sobre Kuoh. Desde allí, la visión era clara: edificios dañados, humo elevándose en columnas finas, los cuerpos de los ángeles caídos esparcidos como hojas negras. Y en el centro, el cadáver de Kokabiel. El Cadre, uno de los grandes, yacía inmóvil.
—Así que incluso él cayó —murmuró la persona tras la armadura, su voz modulada por la resonancia de su Sacred Gear.
Una parte de él lamentaba no haber podido enfrentarlo. Otra, más práctica, reconocía el valor de la información. Si alguien había derrotado a Kokabiel, debía tenerse en cuenta. Iba a girar, dispuesto a marcharse de aquel lugar sin revelar su presencia… cuando lo sintió. Una vibración sutil. Un rastro de energía dracónica, inconfundible. No un simple poder mágico. No un aura demoníaca. Un eco antiguo, familiar.
Descendió un poco, moviéndose entre los tejados con precisión quirúrgica. Y entonces lo vio: Issei Hyödö. Desnudo de armadura, inconsciente, cubierto de sangre seca y polvo, pero con el guante rojo aún visible en su brazo izquierdo, ligeramente resplandeciente.
—¿Él es…?
La persona tras la armadura frunció el ceño, deteniéndose justo sobre el borde de un edificio. Durante un instante, el mundo pareció calmarse. Y entonces, dentro de sus respectivas Sacred Gears, las dos voces despertaron.
—[Oh… qué interesante]. —La voz grave de Albion, el Dragón Blanco de la Supremacía, retumbó dentro de la armadura—. [Parece que el portador de Ddraig sobrevivió.]
—[Albion…] —la voz de Ddraig surgió desde el guante rojo de Issei, cansada, pero firme—.[ Tu anfitrión llega tarde como siempre.]
— Y tú sigues eligiendo idiotas testarudos.] —respondió Albion con un deje de ironía gélida—, [aunque admito que este se ve más resistente que el anterior. Debió ser un combate digno.]
—[Lo fue… aunque él aún no está listo para ti.]
—¿Él es Ddraig? —preguntó la persona de la armadura
—[Sí] —dijo Albion—. [Y ese muchacho es el actual portador. Parece… inexperto. Pero su voluntad es fuerte. Lo suficiente como para llamar tu atención.]
—No parece gran cosa —murmuró la persona desconocida—. Pero si tú lo respetas, Albion, no debo subestimarlo.
—[Un día lucharán] —dijo Ddraig, su voz ya desvaneciéndose—. [Y ese combate… resonará en la eternidad.]
—[Esperaré ese día] —respondió Albion.
El portador de Albion observó a Issei unos segundos más y procedió a acercarse. Pero no estaban solos. A pesar del caos, algunos de los demonios yacían de pie. Heridos, agotados, algunos aún tambaleantes, pero vivos. Kiba sujetaba una espada astillada con la poca fuerza que le quedaba. Saji estaba medio en pie, jadeando con los ojos encendidos. Tomoe y Tsubaki se mantenían a flote, listas para conjurar un nuevo hechizo si hacía falta. Xenovia, con sus espadas cruzadas sobre el pecho, no apartaba los ojos del intruso. El portador de Albion los miró a todos sin emoción, como quien contempla insectos particularmente obstinados.
—No sois lo que me interesa —murmuró, apenas audible, casi decepcionado.
Entonces, Rias Gremory se interpuso entre él e Issei. El viento ondeaba su cabello carmesí, y su cuerpo estaba envuelto en un aura violenta y fluctuante. Poder de la Destrucción. El mismo que fluía en la sangre de su clan. Sus ojos, aún nublados por el cansancio y la tensión, ardían con una mezcla de furia contenida y protección inquebrantable.
—No des un solo paso más —advirtió con voz firme, proyectando su poder como una barrera invisible.
El tipo de la armadura se detuvo, inclinando apenas la cabeza. Aunque su rostro estaba oculto por el visor, cualquiera podía sentirlo sonreír detrás del casco. Una sonrisa que no mostraba alegría, sino interés... y peligro.
—Ah. Así que la famosa Rias Gremory protege al Dragón Emperador Rojo. Interesante.
Rias estrechó los ojos. ¿Dragón Emperador Rojo? Eso no tenía sentido.
—No me importa quién seas —espetó Rias, firme—. Si representas una amenaza para él, te detendré. Aquí y ahora.
Vali extendió levemente un brazo hacia el cadáver de Kokabiel, como si lo señalara de forma casual.
—¿Tú? ¿Después de haber quedado al borde de la muerte contra eso? No deberías hablar tan alto, demonio.
De inmediato, más miembros de los grupos Sitri y Gremory se posicionaron alrededor del dragón blanco. Aunque estaban exhaustos, no vacilaron. Todos sintieron el peso de esa nueva presencia. Inmensa. Abrumadora. Pero ninguno retrocedió. El extraño observó el gesto colectivo. No con desprecio… sino con cierto respeto.
—No teméis. Eso es bueno —Hizo una leve pausa—. Dile al chico, cuando despierte, que su rival ya lo ha notado. Y que la próxima vez que nos crucemos… será entre rugidos, no entre ruinas.
Rias apretó los puños, pero no se movió. La armadura dio un paso atrás, centelleó con un resplandor azul pálido, y con un rugido sónico, el portador de Albion se alzó en el aire. Nadie intentó detenerle. Su velocidad superaba toda posibilidad de reacción en su estado actual. Desde lo alto, el extraño contempló por última vez los cuerpos de los ángeles caídos, el cadáver de Valper y el campo de batalla manchado de muerte y revelaciones. Y se marchó. El rugido de su vuelo se desvaneció entre las nubes, pero la tensión quedó flotando como una niebla pesada. Una advertencia. No había acabado.
El zumbido de la energía residual se disipó lentamente, y el aire pareció recobrar su peso habitual. Nadie habló al principio. Los escombros seguían humeando. El olor a ozono, sangre y destrucción se mezclaba con la brisa suave que empezaba a soplar, como si el mundo respirase de nuevo… solo para descubrir que la amenaza no había terminado. Sona fue la primera en romper el silencio.
—Ese… era el portador de Albion, ¿verdad?
Su tono era frío, calculador. Pero una sombra cruzó sus ojos. No por miedo… sino por lo que implicaba. Kiba bajó su espada. Sus brazos temblaban levemente.
—La otra mitad… del mito de los Dragones Emperadores.
Xenovia apretó los dientes. Aún sujetaba Excalibur Destruction y a Durandal, aunque ya no brillaban con el mismo poder.
—Lo sentí. No solo su fuerza, sino… la de su dragón. Era como si me atravesara el alma. Es él. El Dragón Emperador Blanco.
Genshirou Saji tragó saliva con dificultad. A pesar de tener uno de los cuatro fragmentos de Vritra, no había punto de comparación
—Y vino… solo a mirar.
Koneko se mantenía cerca de Asia, quien seguía inconsciente. Observaba el cielo, seria, en silencio.
—Solo miró. Y nos midió.
Rias no respondía. Seguía con la mirada clavada en el lugar donde el portador había estado. Su poder de la destrucción había comenzado a calmarse, pero su expresión seguía tensa. No era solo preocupación: era una certeza.
—No vino por nosotros —dijo finalmente, su voz firme—. Vino por él.
—¿Por Hyödö? —repitió Reya, desconcertada.
Todos observaron a Issei, y muchas dudas se aclararon. Issei no era un simple usuario de Sacred Gear, no. Él era el portador de Ddraig, el Dragón Emperador Rojo, una de las Longinus.
—Es igual que él. Un poseedor de un Longinus. Pero no uno cualquiera —explicó Rias, sus ojos aún clavados en el horizonte—. Él es el opuesto. El rival natural. Como el día y la noche. Como fuego y hielo.
Tsubaki, siempre racional, asintió despacio.
—La leyenda de los Dragones Celestiales. Ddraig y Albion. Se repite. Solo que ahora… está aquí.
Kiba miró a Issei, que seguía inconsciente, el cuerpo apenas sostenido por la respiración entrecortada.
—¿Él lo sabe?
—Estoy segura de que sí —murmuró Xenovia.
El ambiente volvió a pesar sobre todos. Por un momento, la muerte de Kokabiel, la derrota de los ángeles caídos, todo… pareció menos relevante. Porque algo nuevo había comenzado. Algo inevitable. Saji habló, más para sí mismo que para el resto:
—¿Y si… esto solo fue el prólogo?
Nadie respondió. Solo el susurro del viento, barriendo los restos de una batalla que, en apariencia, había terminado… pero cuya verdadera consecuencia acababa de mostrarse en forma de alas blancas y ojos como hielo.
Espero que haya gustado esta segunda parte del conflicto. He intentado que todos tuvieran sus respectivos momentos, espero haber acertado.
Y sin más que decir, me despido.
¡Nos leemos!
