Se suponía que todo era genial.

Había sido una de las victorias más grandes de su vida. De esas que se quedan marcadas para siempre en el pecho, como una cicatriz que no duele, sino que brilla. Wano había quedado atrás entre un mar de despedidas llenas de fuerza —aunque algunos solo se hacían los fuertes al verlos partir—, sus aliados estaban a salvo, el Sunny volvía a navegar a toda vela, y, por si fuera poco, su recompensa había dado un salto descomunal.

Ni hablar del título.

Solo pensar en eso le provocaba un cosquilleo extraño, como si el viento le rozara los huesos de la espalda. Yonkou. Uno de los Cuatro Grandes. No terminaba de creérselo. Era como si, sin darse cuenta, hubiera subido otro peldaño hacia su sueño.

Y, sin embargo, no podía sentir la victoria completa. No del todo.

Y la culpa era de ese idiota.

Desde que ese gusano se había subido al Sunny, el aire del barco había cambiado. Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sentían. Como si un intruso caminara entre ellos con una sonrisa babosa y los oídos bien abiertos.

Luffy frunció el ceño, sentado en la proa del barco con las piernas cruzadas, el sombrero calado hacia atrás para que el viento no se lo volara. Masticaba carne sin mucho entusiasmo, y eso, en su caso, era un mal presagio. Sus ojos, normalmente despreocupados, buscaban algo en el horizonte que no estaba allí.

Y pensar que todo había empezado bien.

La salida de Wano fue épica. Entre despedidas emocionadas, algunas sonrisas forzadas, abrazos rápidos y promesas gritadas al viento. El barco flotaba otra vez sobre mar abierto, y él... él se sentía imparable.

Y entonces, claro, apareció Jaggy con su cara de imbécil y sus provocaciones.

—¿Qué pasa, Sombrero de Paja? ¿Ahora que eres Yonkou te volviste cobarde?

Y eso fue todo.

Y claro, ahí se acabó el juicio.

Ni lo pensó. Sonrió, gritó algo sobre "¡Vamos allá!" y dirigió el Sunny directo hacia la caída libre más brutal de todas: la cascada de salida de Wano.

El barco entero voló. Literalmente.

Los gritos no se hicieron esperar.

—¡LUFFY!

—¡IDIOTAAAAA!

Cuando al fin tocaron agua —milagrosamente sin que nadie saliera volando— el silencio fue tan pesado como el mar.

Excepto por Nami.

—¡¿ESTÁS LOCO?! ¡¿TÚ NOS QUERÍAS MATAR, O QUÉ?! —y ahí vino el golpe. El trueno. La furia.

Y la jaula.

No fue una metáfora. Lo metió literalmente dentro de una jaula. No hubo juicio. No hubo apelación. Solo rejas y resignación.

Y así se quedó, un emperador del mar hecho bolita con la cara hinchada por los golpes, mientras el barco seguía su rumbo y su tripulación —su familia— lo ignoraba olímpicamente.

Ni siquiera Jimbe, con toda su paciencia de santo, logró calmarla.

—Fue una decisión irresponsable, capitán —dijo, y eso dolió más que el encierro.

Horas más tarde, entre súplicas teatrales sobre lo hambriento que estaba, Nami cedió. Le abrió la jaula sin una palabra, con el ceño apretado y la mirada aún ardiente.

Luffy salió sin hacer mucho escándalo. No porque se sintiera culpable —la caída había sido increíble, de hecho—, sino porque ya había aprendido que, cuando Nami estaba así de enojada, lo mejor era no tentar a la suerte. Y porque, en el fondo, quería que se le pasara. No por la paz del barco. Por ella.

Mientras la seguía de regreso a cubierta, pensó en hacer uno de esos gestos que le salían sin planear. No palabras, no disculpas, solo… eso que a veces funcionaba.

Acercarse despacito por la espalda. Apoyar la barbilla en su hombro. Preguntar con voz baja:

—¿Estamos yendo bien… navegante?

O tal vez solo tomarle la mano un segundo. Así, sin más.

Lo justo para que lo mirara. Para hacerla sonreír. Para recordarle que seguía ahí, con ella.

Pero justo cuando dio un paso, Zoro habló:

—¿De verdad vamos a llevar a esa rata con nosotros?

La pregunta cayó seca, como una piedra al agua.

Nadie respondió de inmediato, pero no hacía falta.

No hacía falta aclarar a quién se refería. En la cubierta inferior, bien encadenado dentro de un barril que ya era parte del paisaje, Caribou seguía ahí. Casi invisible. Casi olvidado.

Pero no lo estaba.

Zoro no preguntaba, no en realidad. Eso ya lo habían discutido días atrás.

Caribou los había ayudado. Más de una vez, de hecho. En Wano, cuando el camino era incierto y la sangre corría demasiado fácil. Les había salvado el pellejo en un par de momentos críticos. Y eso, para cualquier pirata que se precie, era una deuda. Una de esas que no se ignoran. Porque el honor entre piratas no se mide por la fama ni las banderas, sino por lo que haces cuando nadie más te ve.

Pero también sabían lo que era.

Una sabandija. Una sombra con sonrisa chueca y lengua venenosa. De esas que no muerden… hasta que lo hacen.

Así que lo mantenían cerca. Encadenado. Vigilado. Y, aun así, Zoro lo recordó en voz alta, porque a veces el silencio afloja los sentidos.

Fue un recordatorio. Una advertencia.

Luffy se detuvo a medio paso, como si el suelo le avisara que ahí no. Que ese no era el momento.

Nami también lo entendió. Lo sintió.

Los dos se congelaron un segundo. Apenas un pestañeo. Pero fue suficiente.

Ella retomó su andar, recta, firme, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada puesta al frente.

Y él se quedó atrás, sin tocarla. Sin decirle nada.

La línea invisible entre capitán y navegante volvió a trazarse, nítida. Y la otra —esa que a veces los acercaba sin razón aparente— se desdibujó de nuevo.

Como siempre.

Por eso ahora estaba ahí.

Molesto.

No estaba vigilando nada. Ni pensando en la ruta. Ni siquiera disfrutando del viento o de las nubes.

Estaba ahí por puro malhumor.

Incluso con un buen trozo de carne entre las manos —de esos que normalmente le robarían toda la atención del mundo—, su ánimo no mejoraba.

Tenía la mandíbula apretada y las cejas fruncidas, como si se enfurruñara porque alguien le había negado algo que, según él, ya era suyo por derecho divino.

Y lo peor es que sí, en el fondo, era eso.

Luffy podía ser muchas cosas —capitán, guerrero, milagro andante—, pero también era egoísta. No por crueldad, sino porque su mundo giraba rápido y directo hacia lo que deseaba. Sin rodeos. Sin permisos.

Y Nami… Nami era su mejor capricho.

Y él quería tenerla cerca, como el timón que lo guiaba sin decir nada, como el viento que le llenaba las velas.

Pero no podía pedirlo como pide carne o aventuras.

Porque no era el momento.

Claro que lo entendía. Como había entendido que Zoro no habló por casualidad.

Pero no significaba que estuviera de acuerdo.

Porque, ¿cómo iba a estarlo?

Desde su despertar en Wano, desde que todo su cuerpo reía de solo estirarse, había sentido una libertad que no se comparaba con nada. Como si su alma se hubiera soltado de una cadena invisible. Como si pudiera hacer cualquier cosa, ser cualquier cosa.

La fruta lo había transformado.

No en otra cosa, no. En más de sí mismo.

Más libre. Más ruidoso. Más él.

Era como haber tirado abajo todas las puertas que nunca supo que estaban cerradas.

Como si el mundo le dijera: "Puedes hacer cualquier cosa".

Y él le creyera.

Porque podía. Porque lo había hecho.

Había reído en medio de una batalla a muerte. Había bailado entre golpes. Había moldeado su cuerpo al ritmo de su imaginación.

No hubo cadenas que pudieran con él.

Y ahora… ahora se sentía preso.

No por barrotes, no por enemigos.

Por lo que no podía decir. Por lo que no podía hacer.

Y eso lo enfurecía más que cualquier herida.

Más que el hambre, más que el dolor.

Por eso permanecía ahí.

En la proa del Sunny.

Porque lidiar con todo eso —con esa rabia absurda, con ese nudo en el pecho— era más fácil si se mantenía lejos.

Si no la miraba.

Si no la escuchaba.

Si no sentía ese tirón invisible que siempre, siempre, lo llevaba a ella.

Porque Nami era eso: una especie de imán disfrazado de navegante.

Una brújula que no apuntaba al norte, sino a algo peor. Algo que él no podía evitar seguir.

Y si la tenía cerca… bueno. Entonces el capricho dolía más.

La cuerda tiraba más fuerte.

Así que se quedó ahí, mordiendo carne sin ganas y frunciendo el ceño como un niño al que le escondieron su juguete favorito.

Solo había que esperar hasta la siguiente isla.

Solo eso.

Caribou se iría, con su mirada rastrera y su lengua venenosa.

Con sus secretos susurrados y sus amenazas silenciosas.

Y entonces todo podría volver a ser como antes.

Podría reclamar nuevamente sus rincones del barco —sus espacios, sus momentos— sin que nadie los pusiera en peligro.

Sin ojos al acecho. Sin silencios incómodos.

Ella volvería a sentarse junto a él en la cubierta, como siempre.

Él volvería a dejarse caer a su lado, como si el cuerpo le pesara menos cuando la tenía cerca.

Y no haría falta pensar.

No haría falta decidir.

Porque todo estaría bien.

Como siempre.

O al menos, eso se repetía a sí mismo.

Como si pensando en ello con suficiente fuerza, el tiempo lograra pasar más rápido.


La luz dorada de la tarde entraba por las ventanas de la cocina del Sunny, tiñendo las paredes con un calor apacible. El barco se mecía con suavidad y, por una vez, no había gritos, carreras ni explosiones.

Jimbe dejó su taza sobre la mesa con una expresión pensativa.

—Debo admitir… imaginaba que este barco era más ruidoso.

Franky soltó una carcajada desde su asiento en la barra, con una botella de cola entre sus manos de metal.

—¡¿Más ruidoso que tirarse por una cascada a ciegas?! ¡Jefe, denos un respiro! ¡Este es nuestro descanso!

Usopp se encogió de hombros desde su rincón, donde ajustaba el resorte de su tirachinas.

—No es que me queje por tener algo de paz… pero sí, está todo demasiado tranquilo. Casi inquietante.

—Será inquietante, pero es agradable no tener ningún idiota por aquí fastidiando con que ya quiere cenar. —Comentó Sanji junto a los fogones.

Jimbe asintió, pensativo.

—Ahora que lo dices… nuestro capitán está más sereno de lo que lo he visto nunca.

—Sereno no —corrigió Usopp, con una risita—. Está molesto. Por eso está en la proa del barco haciendo pucheros en vez de dar vueltas por todo el barco.

Chopper inclinó la cabeza.

—¿No estará enfermo?

—¡¿Qué va?! —exclamó Franky, agitando una mano metálica— Enfermo no está. Yo lo vi cuando Nami lo dejó salir de la jaula… Estaba de lo más bien hasta que Zoro lo interrumpió allá fuera. Desde entonces se le bajó toda la energía.

—Ah, cierto —añadió Usopp—. ¿No fue justo cuando sacaron a Caribou de la bodega?

—Sí —confirmó Franky, apoyando los codos en la barra con aire más serio—. Ya saben que tenemos que andar con cuidado con ese tipo. Aunque esté encerrado, escucha. Y con lo que sabe… es mejor no darle más razones para abrir la boca.

—Afortunadamente, solo será hasta la siguiente isla —intervino Robin, alzando la voz por primera vez, sin apartar la mirada de las páginas de su libro—. Después de eso, será problema de otro puerto.

Sanji resopló, apoyando los codos en la barra con expresión hastiada.

—Como sea… disfruten esta paz mientras puedan. Ustedes no lo vieron corriendo detrás de Nami-swan por todo el barco como si no tuviéramos nada más que hacer. — se estremeció como si el solo recuerdo aún lo ofendiera — Un día más y me tiraba por la borda.

Chopper asintió con energía, recordando como sus compañeros se desaparecían en los momentos más inoportunos.

—¡Sí! Nunca podía encontrar a Luffy cuando necesitaba revisar sus vendajes, ¡era muy molesto!

Brook inclinó ligeramente el cráneo, como si reflexionara con profundidad, antes de soltar con entusiasmo:

—¡Ah, la pasión juvenil! Tan intensa, tan caótica… ¡me sonrojo de solo pensarlo! O bueno, lo haría si aún tuviera sangre o rostro. ¡Yohohoho!

Robin giró una página con calma antes de comentar, sin despegar la vista del libro:

—Nami también ha estado inusualmente callada hoy. Desde el almuerzo no ha salido de la biblioteca.

Sanji se detuvo un segundo, su expresión hastiada suavizándose apenas al escuchar su nombre.

—Sí… lo noté. —Bajó la voz un poco, casi en un murmullo—. No me gusta verla así. Pero tampoco hay mucho que hacer. Los usuarios de haki como ese Caribou son un fastidio. No necesitan ver para enterarse de cosas. Hasta encadenado da mala espina.

Usopp bajó por fin su tirachinas y, por un segundo, su voz sonó más seria.

—Bueno, al final de cuentas… ellos siempre han sido muy cuidadosos. Desde lo que Trafalgar les dijo…

Jimbe, que había estado bebiendo en silencio, frunció ligeramente el ceño, como si se hubiera perdido un detalle importante.

—Entonces… lo que están diciendo es que… ¿pasa algo entre Luffy y Nami?

Brook soltó una risita musical desde el rincón.

—¡Yohohoho! ¡Diría que el ambiente tiene más tensión que las cuerdas de mi violín!

Usopp se encogió de hombros, como resignado.

—Bueno… algo así. Pero oficialmente nadie sabe nada. No, si no quieres hacer enojar a Nami.

Chopper asintió con toda la seriedad que podía reunir su pequeña figura.

—Así es, jefe. Si dices algo frente a Nami… se desatará una tormenta. Y no hablo de mal tiempo.

Hubo un breve silencio, como si todos recordaran simultáneamente algún episodio en el que la navegante había hecho valer su autoridad.

Entonces, para sorpresa de todos, Jimbe soltó una carcajada. No una de cortesía, sino una risa profunda y auténtica que resonó por toda la cocina.

Los demás lo miraron extrañados.

—Ah… lo siento —dijo el timonel, secándose una lágrima imaginaria del ojo—. Es solo que… ahora entiendo muchas cosas. Pobre Hancock...

Un silencio incómodo se apoderó de la sala.

—¿Hancock? —repitió Franky, confundido.

—¿La Shichibukai? —murmuró Usopp, abriendo mucho los ojos.

Chopper, al escuchar el nombre de Hancock, se estremeció, como si el simple recuerdo de aquella mujer le causara un pequeño malestar.

—¡Ugh! ¿No era ella la que puso cartas con perfume en la comida? — comentó frunciendo el rostro como si hubieran ofendido su sensibilidad olfativa.

El resto de la tripulación pensó en ese momento, recordando a la emperatriz de Amazon Lily y el incomodo momento que los había hecho pasar mientras se dirigían a la isla gyojin.

—¿Y qué tiene que ver ella en este momento? —preguntó Robin, alzando una ceja, intrigada.

Jimbe se recostó en su silla, dejando escapar un suspiro divertido.

—Pues, en un momento, le propuso matrimonio a Luffy —dijo con un tono ligeramente burlón—. Y Luffy la rechazó. Sin inmutarse ni un segundo.

Todos se quedaron en silencio por un momento, con expresiones de incredulidad tan marcadas que hasta Brook parecía haberse quedado sin palabras.

—¿¡Quéeeeeé?! —exclamaron al unísono Usopp, Franky y Chopper.

Sanji escupió el humo del cigarro de golpe.

—¿¡Está loco!?

Usopp se echó hacia atrás con una mano en la frente, como si intentara procesar la información.

—¿Rechazó a una emperatriz... así como así?

Jimbe se encogió de hombros, como si no comprendiera la sorpresa.

—¡Eso sí que lo hizo! —confirmó Jimbe, con una risa suave—. Pero ahora, pensándolo bien, no me sorprende. Luffy es alguien muy sincero después de todo.

Sanji bufó con un deje de celos.

—Pues más le vale ser así, porque si lastima a Nami-swan yo mismo lo haré picadillo

Usopp se frotó la barbilla, pensativo.

—Pero… eso es raro. Digo, raro raro. Porque si rechazó a Hancock antes, eso fue hace varios años. Y lo de Luffy y Nami… empezó después de la isla Gyojin, ¿no?

—¡No, no, no! —intervino Franky, levantando un dedo como si defendiera una tesis—. ¡Ese tipo estaba loco por ella desde antes! Creo que fue cuando estábamos cerca de llegar a la red line ¡Siempre iba detrás de ella!

Robin sonrió por lo bajo sin apartar la vista de su libro.

—A decir verdad… yo lo noté desde que me uní a ustedes. El interés de Luffy por Nami siempre fue particular. Aunque él mismo no parecía darse cuenta.

Chopper ladeó la cabeza, con admiración en los ojos.

—¡Guau, Robin! ¡Tú sí que eres buena notando esas cosas!

Pero Usopp frunció el ceño, cruzándose de brazos mientras una idea le atravesaba la mente.

—…Un momento. ¿En Arabasta, entonces? —murmuró, como si de pronto todo encajara—. O sea, si tú lo notaste ahí, entonces… ¿eso empezó antes? ¿Todo ese tiempo lo mantuvieron en secreto?

El ambiente se congeló por un instante.

La risa ligera de hace unos segundos se esfumó como si nunca hubiera existido. Los tripulantes, que estaban pasando un buen rato con las anécdotas y el chisme, de repente intercambiaron miradas, sus expresiones perdiendo brillo lentamente.

Brook dejó el violín a un lado con delicadeza, ahora más serio.

—¿Estás diciendo que… llevan años arrastrando eso?

Franky, que al principio había estado disfrutando del cotilleo, se recostó en su silla y dejó escapar un suspiro.

—¡Eso es raro! ¡Es raro pensar que Luffy se ha estado guardando todo eso! ¡Ese tipo no es de callarse! —dijo, con su típica manera de exponer todo con una energía exagerada.

Sanji, que había estado distraído entre la tensión y la rabia interna sobre Nami, ahora parecía más pensativo.

—Sí… no lo había pensado así. Es cierto que… todo lo que hicieron durante ese tiempo… fue por algo. Y eso… me hace sentir mal por ellos, si no podían ser libres de decir lo que pensaban —dijo en un tono que evidenciaba algo más que su usual tono celoso.

Chopper asintió con seriedad, como si al fin comprendiera lo que había estado pasando sin darse cuenta.

—Debe haber sido muy difícil para Luffy y Nami. Siempre tratando de ocultar lo que sentían... ¡y nosotros sin darnos cuenta!

Robin giró lentamente la página del libro, pero sus ojos ya no estaban en las letras. Esta vez, sí alzó la mirada, más seria que antes.

—Puede que para nosotros haya sido solo una sospecha, una ocurrencia divertida… pero para ellos… probablemente ha sido una batalla constante. Guardar silencio, esconder miradas, tragarse palabras… durante años.

Jimbe, que hasta hace un momento se reía, ahora mantenía una expresión serena, incluso apesadumbrada.

—Qué peso tan grande para un par de corazones jóvenes… —murmuró, pensativo.

El silencio se extendió un poco más, hasta que fue Brook quien habló, con su voz usualmente alegre ahora teñida de ternura.

—Yohoho… Me hace pensar en todas las veces que bromeamos o interrumpimos sin querer… sin saber lo que estaba en juego para ellos.

—Sí —añadió Chopper en voz baja—. Tal vez por eso a veces se alejaban. No era que estuvieran de mal humor… solo estaban… cansados.

Franky apretó los puños con fuerza, el gesto más contenido de lo habitual.

—¡Entonces ya basta! ¡Nada de hacerlos sentir que tienen que esconderse! —dijo, con una mezcla de rabia protectora y firmeza—. Si ellos quieren estar juntos, tienen que saber que nosotros los apoyamos. ¡Eso también es SUPER ser un nakama!

Robin asintió levemente, con una pequeña sonrisa que ya no era irónica.

—Un poco de espacio, y tal vez algo de paz, podría ser justo lo que necesiten.

Sanji, que hasta ahora había estado luchando con sus celos en silencio, suspiró profundamente. Luego, apagó el cigarro en el cenicero con más calma de lo habitual.

—Nami-swan merece ser feliz. Y si ese idiota de Luffy es quien puede darle eso... entonces... —hizo una pausa, mordiéndose el orgullo—. Me tragaré mis celos. Solo... que no la haga llorar, ¿sí?

Usopp se acomodó el bandana como si con eso se diera valor.

—Creo que deberíamos hacer que se sientan cómodos, como parte del equipo… no como si estuvieran en el centro de atención. Nada de chistes pesados. Nada de meter las narices donde no debemos.

Jimbe sonrió, satisfecho de ver cómo el grupo había dado ese paso sin que él lo pidiera.

—Ese es el verdadero espíritu de una tripulación. No solo navegamos juntos… también nos cuidamos.

Robin se inclinó un poco hacia el centro de la mesa.

—Entonces, ¿acuerdo silencioso? Nada de miradas curiosas, ni insinuaciones… solo apoyo, cuando lo necesiten.

—¡Acuerdo! —dijeron varios a la vez, levantando las manos con determinación.

Y aunque sabían que, con Caribou aún a bordo, la calma total era poco probable, al menos se habían puesto de acuerdo en algo más importante: si Luffy y Nami estaban listos para dejar de esconderse, ellos también estaban listos para recibirlos sin juicio. Sin bromas. Como verdaderos nakamas.

Siempre.

-000-

Dios, este capítulo provocó algo en mí, fue una de esas veces que empiezas a escribir (la escena en la cocina iba a ser pura comedia) y luego los personajes terminaron haciendo lo que querían fuera de mi control, así que el final me dejó conmovida, encima disfruté por una vez escribir más sobre el resto de la tripulación dejando un poco a la parejita de lado aunque el capitulo al final si es bastante cortito, jo.

Adicionalmente, al fin metí un poquito del Gear 5 que pienso extender en el siguiente capitulo, pero desde mi perspectiva he ahí la visión de Luffy sobre su nueva libertad, es uno de los power up que más me han gustado y por eso mismo quiero darle más relevancia (no como el g2, g3 y g4 que no mencione en el fic, no porque no me gusten si no porque no aportaban mucho más que habilidades de batalla) ya que creo que tiene un peso mayor en la obra a nivel emocional.
Raddiswritter: Cómo siempre un gusto recibir tus review, y primero que nada, para nada te disculpes por escribir tanto, al contrario, me encanta saber todas las opiniones, así sean línea por línea, de verdad es un gusto.
Ahora bien, respecto al final del fic, planeo dejarlo hasta el punto en el que va el manga (es decir Elbaph) más que nada porque como se ha visto, me apoyo muchísimo en la obra original para escribir estos momentos así que al menos este fic llegará hasta ese punto, aunque por supuesto no descarto en unos años continuar o escribir una continuación del mismo, también espero mantenerme activa en la plataforma mucho tiempo.
Leí tu review y gracias a eso comence a hacer los borradores del reto de Mayo, por lo tanto a partir del día primero estaré subiendo una nueva serie de One shots, centrados en Luffy, pero con LuNami, así que te hago la cordial inviación a leerlos si llegan a ser de tu gusto.
Finalmente quedó atenta a tus impresiones de ete capitulo.