- Me llamo Ralof. Te arrastre dentro junto con otro hombre. Estabas envuelta en fuego pero seguías viva.

Pasan la puerta para internarse en el pasillo, siguiendo a los soldados. El hombre a su lado, con una sonrisa y dureza acorde a sus brazos, parece considerarla una buena compañia aunque acaben de conocerse. Aunque teniendo soldados delante tampoco es una sorpresa.

La bolsa en su hombro hace presión sobre las hombreras ligeras de cuero, provocando un dolor latente. Lleva la mano izquierda a la espada en la vaina del cinturón. Ha usado muchas armas en estos años pero prefería el hacha que le regaló Dokk y el escudo de ébano.

- ¿Quién de los tuyos me curó?- el rebelde camina a su lado; las pisadas de los guerreros resuenan en las paredes de piedra-.

- Nadie. Te metimos dentro. Tuviste la bendición de Akatosh. Tenías la espalda y un hombro abrasado, la piel y carne hasta el hueso pero seguías respirando. Te arrastramos a los túneles y encontramos a los soldados. La prefecto te sano, o te dio algo bastante útil.

Eyra se queda en silencio. Delante, la prefecto lidera a los seis soldados. Detrás de ellos, tres voluntarios y cinco rebeldes les siguen. No es solo que se haya curado milagrosamente por una poción y un poco de magia. Debería haber muerto en la plaza, abrasada por el fuego como les ha pasado a muchos.

Empiezan a bajar unas escaleras. El silencio está cargado de tensión; el halo contenido que precede a la batalla. Las antorchas que llevan la mitad del grupo definen sombras en las paredes, y las armaduras y armas resuenan en largos ecos.

- Admito que tenemos pocos magos de experiencia y poder en nuestras filas. Nos vendría bien alguien como tú.

- Soy mercenaria, en el mejor de los casos.

- Necesitas un refugio. Tienes a los thalmor y el Imperio tras tus pies...

- Tenemos un dragón sobre nuestra cabeza.

Sus palabras parecen haber sido oídas por todos. El silencio se tensa aún más. Como si notarán el aliento del monstruo en la oscuridad hacia la que se adentran. La magia del dragón, el terror, entre las sombras que les rodean; una pesadilla sin forma que atenaza las mentes de todos.

Las escaleras terminan, y se extiende una amplia sala que las antorchas desvelan las jaulas y equipos de tortura. En el espacio central hay rastro del desgaste de muchos años, las manchas de la acumulación de sangre en la piedra.

- Listas y torturas- dice Ralof alzando la voz-. ¿Te gusta tu trabajo, Hadvar?

La voz burlona esconde odio, algo que solo puede ser personal. Ya les ha visto mirarse con rencor. El joven soldado no responde y continúa por delante de la prefecto, claramente conoce este lugar y está siendo el guía. Le siguen y entran a un pequeño pasillo. Ralof la deja pasar primero. Es exagerado está tensión entre humanos cuando un dragón ha resurgido del pasado y quemado un fuerte. Delante suya, hay un soldado bosmer, con armadura ligera, y el largo pelo castaño largo recogido en una coleta. Tiene un carjac lleno de flechas de acero y un arco elegante de roble. Las celdas a ambos lados se hunden ligeramente y tienen el espacio de dos hombres a lo largo y mucho más estrecho. La tortura, el castigo y la crueldad son necesarias, y una herramienta valiosa para el control en cualquier cultura.

- Mujer, ¿de donde eres?- Ralof esta justo a su espalda-.

- De Rio Verde, en la zona central de La Grieta.

- En esa región hay muchas aldeas madereras- los pasos resuenan en el silencio-. Pasamos por Paraje de Ivar antes de detenernos, donde te subieron al carro del jarl. Los thalmor y vigilantes estaban muy tocados, y los soldados habían sufrido un buen golpe también...

Las voces delante hacen guardar silencio al hombre. Hay un bloqueo en el pasillo; un gran derrumbe de rocas encajonadas y los soldados empiezan a descender en un hueco. Debe haber algún pasadizo o grieta. Algo tan habitual en las cuevas como peligroso de utilizar.

- ¿Y tú de donde eres, Ralof?- se da la vuelta, el hombre sonríe orgulloso-.

- De Cauce Boscoso.

- ¿Hadvar también? Se nota vuestra enemistad- el hombre asiente-. ¿Debemos temer que haya un conflicto entre vosotros?

- No.

Eyra aprecia la simpleza de la respuesta. Se gira y camina al borde. El bosmer se ha quedado esperando. Hay un riachuelo que fluye hacia la izquierda, donde hay una apertura estrecha por donde se ven las sombras de las antorchas. Se agacha y desciende, agradecida y algo confundida por seguir sanando a tan buen ritmo.

Las botas salpican el agua. La grieta puede pasarse fácilmente. El soldado bosmer avanza primero, sin haber pronunciado palabra, con rapidez y elegancia. En cuanto cruza, escucha los chapoteos, los ecos metálicos y la respiración de los demás reverberando en el pasadizo.

Avanzar. En un camino, o en la oscuridad. Un paso tras otro, volviendo a levantarse; sea de las cenizas, de una paliza o de la tragedia.

- Soldado. ¿Sabes que ha sido de mis pertenencias?

- Iban en un carro. Se dejó junto al cuartel- el bosmer tiene una voz grave y sin el acento rasposo de los nativos de Bosque Valen-. Los thalmor discutieron con el general por la custodia de los rebeldes y tuya. Decidió ajusticiaros a todos pese a la amenaza de la embajadora.

Hay una bifurcación un poco más amplia, donde otro riachuelo surge de la izquierda para continuar hacia la derecha por donde el grupo ha seguido. El sonido del rio calma el entorno opresivo del túnel. Eyra se queda en silencio mientras los chapoteos y chirridos de las armas dominan el ambiente, y escucha las botas delante y detrás de ella. Las palabras del bosmer esconde algo que no puede comprender. El general debía resolver de forma rápida y pública el asunto con el jarl rebelde. Matarlo era un duro golpe aunque no terminará la guerra. En su caso, debieron ser los vigilantes quiénes intervinieron, ofreciendo misericordia al matarla rápidamente pese a la exigencia que habrán expuesto los thalmor para poder torturarla otra vez.

Que inesperado e irónico puede ser el destino.

Dan otro giro, hacia la izquierda. Un pasillo más amplio y alto, con musgo en los recodos de las piedras. Escucha murmullos. Hay telarañas en el techo y pequeños huesos dispersos. Los soldados se detienen. El bosmer se adelanta para reunirse con la prefecto. Las arañas congeladoras pueden suponer un auténtico reto cuando hay un nido. Eyra saca lentamente la espada de acero; robusta y corta, el estilo regular de la Legion. Se amolda a su mano. Se gira para observar a los rebeldes, que sacan las armas. Hachas, espadas y martillos de hierro y acero, solo uno de los hombres lleva arco. Los dos hombres y la mujer voluntarios llevan una mezcla de equipamiento; peto de cuero o acero, arcos de caza, espadas regulares y escudos redondos de hierro.

Delante, los soldados han formado; tres con escudos rombales delante, Hadvar y el bosmer con arcos en segunda línea junto a la prefecto con una espada en la mano. La mujer se gira para mirarla. Siente la pregunta en sus ojos. Eyra se acerca, y se mira la mano derecha. Chispazos de magia salen entre sus dedos. Está preparada.

- Adelantaos, guerreros- dice la oficial hacia los rebeldes, que se acercan. Una mujer rebelde, joven, de pelo castaño, se coloca a su lado, con una mano libre. Una maga, aprendiz por la actitud-.

El pasillo se abre, descendiendo en una cuesta suave hacia una sala con una tenue luz y nidos. Maldición. Habrá bastantes. Los soldados llevan los cascos, eso le recuerda el suyo sujeto al cinturón. De cuero y hierro, ligero, por suerte justo en tamaño. Deja la espada en el suelo y se coloca el casco sin apartar la mirada del frente. Las arañas ya están preparadas, agazapadas en el techo, esperando un movimiento.

Uno de los soldados lanza un cuchillo hacia la sala. Y los chillidos se alzan furiosos en respuesta.

Eyra coge la espada y prepara la magia en su mano derecha. El fuego es la mejor opción contra las arañas. Salvo que sea una reina, las demás arden si logras darles varias veces. El problema siempre es el número y velocidad.

La anticipación de la lucha hace arder la sangre y la magia; devora el dolor, el miedo y las dudas para tener la fuerza de mirar fijamente al enemigo y responder.

Surgidas por el techo y paredes, las arañas corretean con rapidez. Las flechas son lanzadas. Dos arañas caen, una todavía viva. Una oleada mayor ocupa su lugar. Eyra da unos pasos hacia la izquierda y observa la mujer rebelde lanzar bolas de fuego. Eyra aporta el mismo hechizo mientras amplía el espacio que la separa de la joven.

Una. Dos. Tres veces. Antes de que las arañas caigan contra los tres soldados, y una nueva oleada cubra el techo y suelo. El chillido de una reina surge. Los soldados pesados aguantan en formación cerrada y las flechas vuelan certeras. Tres rebeldes y dos voluntarios avanzan y quedan en segunda fila, ofreciendo respaldo a los soldados. Apenas hay espacio entre las formaciones. La prefecto lanza un orden para que los rebeldes retrocedan y evitar estar apelotonados. Eyra avanza y lanza una amplia ráfaga de fuego hacia las arañas que rodean a los rebeldes, que acatan la orden y retroceden mientras los arcos siguen silbando con certeza.

La reina aparece por la cuesta. No es la más grande que ha visto pero viene con otra oleada por el techo. Se elevan una cacofonía de chillidos y cargan como una temible marea. Las flechas y magia derriban a la mitad, y la reina se adelanta a la carga con un chillido que retumba en la roca y hace que sus súbditas suban a las paredes. La reina carga directamente contra los tres soldados, que se apartan justo a tiempo para dejar espacio de disparo a los arqueros.

Otro aluvión de flechas y bolas de fuego alcanzan a la reina pero no se detiene. Los soldados arqueros y la prefecto se retiran. Eyra alza una ráfaga de manto en amplio rango y prepara la espada. La araña se gira hacia ella con un chillido y unas mandíbulas abiertas salivan escupiendo veneno. Eyra gira la cabeza, hace una finta baja y corta una pata de la araña. Mientras chilla, se abalanza contra ella pero una marea de magia y flechas la hacen retroceder. Avanza y corta dos patas, esquivando por poco las pinzas de la araña. Alza un manto protector que le rodea y la araña retrocede. El grupo de rebeldes ha formado junto a los tres soldados y reanudan el ataque. Eyra se aparta ante el ataque feroz de los guerreros y soldados contra la reina; cortes, tajos, golpes de martillo. Escucha algo y se gira a tiempo de ver un par de arañas. Lanza una ráfaga de fuego y evita que lleguen hasta la joven aprendiz que retrocede. Una araña cae ardiendo y otra carga contra ella. Alza un manto a su alrededor y aprovecha el momento de retroceso del animal para hacer dos tajos rápidos en la cabeza. Realiza otros dos para cortar las patas y lanza otra ráfaga.

La reina suelta un chillido agónico. Eyra gira la cabeza; el grupo forma un amplio espacio y el animal ha caído, arrinconado contra la roca, la mayoría de las patas cortadas, aunque siguen teniendo espasmos. La sangre negruzca fluye en la piedra. Todos los guerreros retroceden y empiezan a limpiar con trapos las armas. Ralof apoya su martillo y uno de sus compañeros le palmea el hombro.

Eyra mira a su alrededor, respirando agitadamente, con la ferocidad en su alma y sangre, la energía vivaz de la magia serpeteando. Un soldado pesado está apoyado en la pared, sin el casco y sonriendo hacia sus compañeros. Tiene sudor pero no parece herido. En la otra pared, uno de los hombres voluntarios está desplomado, con el rostro pálido y los ojos rojizos con lágrimas mientras la joven mujer arquera tiene una mano en el hombro y su cuerpo tiembla por el llanto. El otro hombre voluntario está al otro lado. Se acerca hacia ellos, sacando un trapo de la bolsita del cinturón para limpiar la hoja de la espada. Se detiene, comprobando que no hay veneno. Se quita el casco y se palpa el rostro. No hay gotas de veneno. El hombre moribundo no ha tenido esa suerte; tiene varios mordiscos profundos en el brazo de donde sale sangre y otra herida en el cuello. El veneno paralizante requiere una magia poderosa o una poción confiable para removerlo y habiendo herida en el cuello es complicado. El hombre levanta la mirada hacia ella. Una súplica evidente. El otro hombre, situado a la derecha, susurra algo, y la mujer joven de pelo rojo inclina la cabeza. Eyra se da la vuelta, mirando a la prefecto, que se coloca a su lado. Observa en la palidez de la mujer su negación.

Eyra mueve la mano en el mango de la espada y se sitúa frente al hombre; el otro se levanta, y aferra de los hombros a la joven, que se niega a levantarse. El moribundo sonríe con tristeza y alza la mano, agarrando a la joven. Su rostro todavía no está pálido.

- Iros al sur. A Bruma. Gracias por tanto, viejo amigo. Te quiero, Brianna. Cuidad a los demás.

La mujer llora pero accede a levantarse y ambos miran al hombre moribundo. Eyra se acerca aún más, y los ojos del hombre se alzan para mirarla. Arrugas profundas en los ojos y manchas bajo la barba blanca, ojos azules vidriosos que están preparados y suplican sin palabras. Eyra alza la espada con las dos manos, colocándola sobre el corazón del hombre, que asiente con lágrimas en los ojos. La palidez empieza a surgir en el rostro. Unos parpadeos de los ojos que se graban en su mente. Gratitud y alivio, saber que evita la parálisis que ya recorre su sangre. Eyra clava la espada en el pecho, hasta atravesar el corazón.

- Que camines por Svongarde, anciano. Que Shor te conduzca hasta Tsun y prueben tu valor.

El hombre abre la boca, su cuerpo se estremece, y sus ojos reflejan el camino hacia la muerte que comienza su alma. El silencio se extiende. La despedida de conocidos y compañeros tras la batalla. Saca la espada, bañada en sangre, con pocas gotas del veneno. Mira la hoja por los dos lados. Las arañas son un peligro que ha devorado a multitudes en los rincones de Skyrim.

- Sigamos.

La voz de la prefecto resuena en la cueva. Y le sigue el sonido de armaduras y armas, de murmullos y los llantos de la joven. Guarda la espada en la vaina. Y al darse la vuelta, su mirada se encuentra con la mujer y el guerrero. Le asienten con los ojos llenos de lágrimas y la tristeza contenida. Eyra pasa por el lado. Una despedida breve e íntima para ellos hacia el compañero caído.

Eyra sigue a los rebeldes, esquivando los cadáveres de las arañas. Todos pueden morir al girar una esquina. Ella debería estarlo. Los soldados la salvaron de los thalmor. Un dragón la salvó de que la corten la cabeza. ¿Y que le ha salvado de morir por el fuego? ¿Qué ironía ha sucedido en Helgen? ¿Es posible que haya sido una casualidad, o los dioses han provocado esto? ¿Y de que sirven un líder rebelde y una criminal derrotada?

Nunca ha podido rendirse. Lucha por seguir viva. Siempre lo ha hecho, al precio necesario. Su instinto es más fuerte que la razón o el honor. Eso le dio la victoria en el maldito laberinto. Eso le hizo seguir viva muchas veces. Pero estaría muerta, sin importar su alma, su fuerza o su magia.

Algunos cadáveres todavia tienen estertores y el veneno sale de sus colmillos. Bestias repugnantes y valientes, dispuestas a sacrificarse por el nido y la reina. La sala está llena de telarañas y nidos de huevos, con capas de huesos y algunos cadáveres colgando. El grupo marcha por la izquierda.

Saber que S'nia sigue viva no calma su dolor ni su rabia. Habían vencido a los thalmor y vigilantes pero aparecieron los soldados. Dos veces que debería haber muerto. Tras cortarle la cabeza en el ritual, habría quedado vagando enfurruñada por los salones de Arkay. Una perspectiva tan lamentable como graciosa.

Delante, Hadvar se ha detenido justo en el túnel, ajustándose un brazalete. Se miran mientras ella se acerca hasta estar a su lado.

- ¿Estás herida?

- No. ¿Y tu?

- Tampoco, pude esquivar a la reina- continúan hacia el túnel, los pasos resuenan en la roca-. Tu magia es fuerte, y tienes la endereza de una veterana.

- Ese hombre ya estaba muerto, Hadvar. Acabar con el sufrimiento es lo mínimo que podemos hacer los que seguimos vivos.

El murmullo del agua revela otro riachuelo, y al girar el recodo, ven a la prefecto esperándoles. Los demás deben haber seguido avanzando. Hadvar se adelanta. Eyra se acerca a la mujer, y junto a ella observa el curso del riachuelo que sigue recto hacia un espacio donde asoma luz en una alargada abertura en la pared rocosa. Hay vegetación, así que están cerca de la salida. Los soldados y rebeldes caminan por el otro lado, faltan dos rebeldes y un soldado que habrán quedado atrás con los voluntarios. Hadvar marcha para alcanzar al resto.

- El fuego de manto tan equilibrado es propio de magos experimentados. Y el valor y habilidad certera contra las patas evidencia tu experiencia- Eyra gira la cabeza para mirar a los ojos oscuros y críticos de la mujer-. Espero que cumplas tu palabra.

- Lo haré.

Se miran fijamente. La mujer se debate entre el miedo y su deber, pensando sin duda en su lista de crímenes, en lo que supone tener un adalid de un príncipe daedrico entre ellos.

- El pacto se rompió en cuanto me derribaron, en cuanto fui derrotada en el sur hace meses. Los vigilantes lo han confirmado. No fue la única vez, prefecto. Boethian no escuchaba mis plegarias- no menciona las pocas veces que las ha hecho, ni lo extraño de su culto hacia la diosa de la sangre y las sombras-.

- Pese a esas palabras, estás curándote de forma imposible. Por ello, te suplicó que cumplas tu promesa, por tu pueblo.

- Lo haré, prefecto. He dado mi palabra.

La mujer asiente, y continua el estrecho sendero hasta cruzar sobre unas rocas. Eyra la sigue unos pasos por detrás. Nadie puede creer sus palabras. Hacer un pacto con un príncipe daedrico condena tu alma, y te hace impredecible. Hasta los dummer saben del peligro de pactar con sus diosas y temen al resto de príncipes.

Eyra se mira su mano izquierda. La quemadura de la magia se ha reducido en estás horas, el moratón de la derecha ha desaparecido. Es lógico el temor de la maga pero ella sabe que no funciona así el pacto. Mientras vencía y entregaba sangre en su honor, las sombras y las invocaciones ligadas a Boethian estaban a su disposición. Pero eso acabó cuando se rindió y luego fue derrotada al intentar escapar de la prisión thalmor.

Sombras y fuego. Poder primordial. Un príncipe daedrico y un dragón antiguo. ¿La magia del fuego puede absorberse cómo las sombras conjuradas, cómo si fuera un portal del que emana el poder de Oblivion? Incluso la destrucción puede sanar a los siervos. Recuerda con dolor las sombras arrastrándose por su cuerpo para sacarle el veneno de los vampiros, cuando sus heridas se curaron en el santuario de Chorrol.

Eyra aparta esos recuerdos. Boethian no volverá a responder y ella no pronunciará ninguna plegaria a la diosa de la sangre y la traición. Y si hay rastros de la magia de ese dragón que han curado su cuerpo, se lo agradece a Akatosh...

Akatosh y Alduin. El Dios Padre del panteón y su primogénito creado para renovar el mundo. Puede que haya llegado el final, que Alduin devore el mundo. Y ella sólo haya sobrevivido para morir otro día.