Introduzco anotaciones.
La primera, que publicaré entorno a un capítulo cada semana. Ya tengo la mayor parte del primer arco. Añado dos, pues el anterior no lo subí como había creído el domingo.
Las segunda, aclaración de personajes inventados aparte de la protagonista, algunos serán terciarios, sin que tengan participación en la historia. Otros tendrán más intervención y se considerarán aliados y seguidores, pero el mayor peso será en aquellos según la trama principal, as misiones secundarias y los seguidores del juego.
- Los soldados son la prefecto Inna(maga), cuestor Arthor(bosmer), soldado Harlan(nórdico) y soldado Nimus(cyrodiano). Y Hadvar, por supuesto, junto a Tiann, mujer nórdica.
- Los rebeldes son Ralof, Torva(aprendiz maga), Brend(el más grande) y los otros dos que no son nombrados en este capítulo; Radon(arquero) y Olaf(guerrero escudo).
Los rayos del atardecer nublan sus ojos. La luz anaranjada con toques dorados asoma entre las hojas de los pinos que envuelven el lugar. Los pájaros cantan ante el atardecer. Eyra asciende hasta la pendiente del terraplén de la cueva. El bosque es frondoso y hay flores azules de montaña. No hay rastros de senderos. La cueva está escondida por el bosque. Se da la vuelta, mirando al grupo ascender desde el pequeño muro de piedra con puerta de hierro que estaba atrancada por dentro. Una puerta que habría necesitado un gran ariete que no cabe por la pendiente.
Se gira hacia el bosque y desciende. El aire fresco y la luz son agradables tras las horas bajo tierra. Han tomado un respiro en la entrada, acostumbradose a la luz, y ahora toca continuar. Eyra se da la vuelta. Los rebeldes pasan por su lado mientras Hadvar y un soldado pesado se despiden de sus compañeros. Pese a ser joven, la prefecto le ha designado como guía en la cueva y ahora hacia Falkereath. No es solo por ser de la región. Tiene valor y honor pese a su poca experiencia.
Los dos voluntarios se acercan a ella. La joven tiene los ojos enrojecidos y el pelo medio cortado en trozos por el fuego. No parece tener heridas, pero ha sufrido una mucho peor en su corazón que mil cortes en la piel.
- Vamos a Falkreath, guerrera. Queríamos saber tu nombre- mira a los ojos claros de ambos, no hay similitud en sus rasgos pero en todo lo demás son familia-.
- Eyra Escudo Negro. Ya no tengo escudo, así que necesitaré otro apodo- el hombre ríe, algo que saca una pequeña sonrisa de las dos mujeres-.
- Woll Ojo Certero. Un día de buena puntería me maldijo con la fama.
Eyra suelta una risa por la ironía, y esté momento otorga una bienvenida paz a los guerreros.
- ¿Cómo se llamaba?
- Erik Seis Dedos. Era uno de los hombres más tercos que he conocido. Y mucho mejor en combate que yo- la mueca evidencia cuán trágico ha sido su muerte por unas arañas-. Un nórdico digno que ha muerto luchando. Y tras una vida larga.
- Entiendo. Gracias por tus palabras- tiende la mano hacia el anciano, quién coge su brazo con fuerza-.
- Gracias a ti por ayudar. Que los Divinos sigan velando por ti.
- Ya han hecho demasiado salvándome de ese infierno.
- Pues rézales, joven. No te confíes por un buen día- Eyra asiente antes de que aparten los brazos-.
- Que te guarden también a ti, anciano.
El hombre se aparta, y la joven se adelanta para tenderle el brazo. Eyra lo acepta mirando a los ojos enrojecidos. Es unos años más joven que ella y el hombre debía ser su abuelo.
- Mi nombre es Brianna. Me refugie junto a los rebeldes en la torre. Vi como te metían dentro; tu espalda ardía envuelta en fuego y se te estaba quemando el pelo pero lograron apagarlo... El lider rebelde estaba presente pero no bajo a los túneles, se quedó para huir en cuanto se fuera el dragón... Suerte, guerrera.
- Suerte a vosotros.
Ambos le dan una última mirada y se alejan hacia los soldados. El jarl logró escapar, lo único que podía hacer. Si los soldados le hubieran visto, podría haber habido otra masacre en los túneles. Observa a Hadvar levantar la mano y despedirse. Le responde con un asentimiento. Sobrevivir a un infierno, a un dragón surgido de las leyendas y un enjambre de arañas puede unir rápidamente a las personas. Un vinculo temporal para sobrevivir. Eyra se gira para mirar a Ralof y sus compañeros por delante, bajando la suave pendiente del bosque hacia el norte.
Se encamina en la misma dirección. Sus pasos a buen ritmo; cada hora que pasa se encuentra mejor. Echa de menos sentir el escudo a la espalda y el roce del mago de su hacha. Duda que encuentre armas tan buenas, con tanto significado. Lleva la mano al cuello. Lamenta aún más la pérdida del colgante.
Los pinos son altos y frondosos, hacia la derecha observa la pared rocosa y la ladera de la montaña sobre ellos, en algún punto conforme avancen verán Helgen destruida. Un fuerte que ha aguantado el tiempo y las incursiones.
Durante muchos pasos, camina en el silencio del bosque; sonidos de animales, el roce y chirrido de las armaduras y armas del grupo, las respiraciones y ocasionales conversaciones entre los rebeldes por delante. Parece que está en medio de la formación. Cinco rebeldes por delante y cuatro soldados por detrás. Sin Woll y la joven Brianna para acompañarla, se encuentra en medio. Que ironía tan extraña.
Las flores y mariposas se hacen más habitual al haber descendido por las laderas boscosas, y se intuye un camino de piedra a un centenar de metros. Un viaje que le recuerda a los primeros que hizo junto a sus padres o su primo. Pero ya no es una joven aprendiz, y no tiene compañeros de confianza a su lado. Al descender hasta el camino de piedra, observa en el horizonte los Tres Picos siempre nevados, donde se alzan las ruinas del Túmulo de las Cataratas Lúgubres que puede verse a larga distancia.
Los rebeldes se han detenido para contemplar el paisaje, y Ralof gira la cabeza para mirarla, con una sonrisa y señala hacia los picos.
- ¿Conoces ese lugar?
- Las ruinas de un antiguo santuario del culto de los dragones- Ralof asiente, cierta sorpresa pese a su sonrisa-.
- La mayoría dirían que es un túmulo como tantos otros. Solo los nativos de la zona sabemos... O bueno, creía que solo nosotros sabíamos su historia.
- He viajado mucho. Y leído. Aunque tampoco es que podamos saber mucho del culto. Ni siquiera los eruditos.
Los demás rebeldes continúan el camino, y escucha las botas de los soldados a su espalda. Ralof hace un gesto y se acerca para acompañarlo. Empieza a notar el olor del humo, que estaba camuflado por el bosque.
- Es exagerado vuestro desdén y rencor, Ralof.
- No creo que sepas lo que sucede. Quiero decir, llevas un tiempo sin pisar Skyrim, ¿verdad?
- ¿Eso explica que gruñáis tanto cuando sois libres?
- ¿Tu no siente el rencor, la rabia? Te iban a ejecutar, estuvieron a punto de cortarte la cabeza.
- Cumplían con su deber. Soy una criminal. Mi odio permanece en los thalmor. Son el enemigo. Y ahora ese dragón.
- El Imperio nos ha fallado.
- Ocupémonos del dragón, Ralof. Nada más.
Se quedan en silencio. En otro momento, estaría dispuesta a hablar y debatir incluso para intentar la hazaña de hacer pensar a un nórdico terco. Lo ha logrado un par de veces. Su abuelo fue el primero, aunque comparado con otros, era razonable y sensato, sin que ningún rencor le cegara. Igual que sus padres.
- En Ventalia serás bienvenida, Eyra- mira de reojo al hombre, quién asiente-. Ulfric y yo te recordaremos.
El hombre se adelanta. Ni aunque grite la estupidez del asunto lograría algo. El camino asciende ligeramente mientras el bosque empieza a despejarse. Escucha las botas a su espalda. De poco sirve odiar a los soldados. Tampoco a los rebeldes. Y esa es la tragedia que sentirá mirando a los ojos de su pueblo. La verdad reside en que ha elegido volver a su tierra natal. No tenía ningún plan brillante, solo la necesidad de huir de Cyrodill y la ventaja del terreno conocido. Probablemente habrían acabado siendo bandidos en las montañas; solitarios, enfurruñados, y S'nia habría terminado marchándose para regresar a tierras cálidas. Victus habría muerto en unos años por alguna fiebre. Dokk habría seguido a su lado, feliz de luchar y vagar por cualquier lado. Espera volver a ver al resto de sus compañeros, de encontrar a S'nia. En cuanto lleguen a Carrera Blanca conseguirá un caballo y provisiones, y en menos de una semana a buen ritmo sin incidentes podría llegar a Paraje de Ivar.
Los árboles disminuyen, y las montañas se muestran en su grandeza a la derecha; las laderas del flanco oeste del Paso Norte, donde se asienta la fortaleza de Helgen, ahora envuelta en una capa de humo denso y todavía oscuro. Sigue habiendo zonas ardiendo. Las murallas se han medio derretido, convertidas en masas negras y grises que parecen ceniza acumulada que se desmorona lentamente.
Se detiene para contemplar la destrucción.
¿Cómo ha sobrevivido?
Se arrastró por sus propias manos durante un tiempo en la plaza convertida en un infierno. Luego la arrastraron a la torre, todavía envuelta en las llamas de un dragón. La prefecto tiene razón. No debería estar viva. Y menos en tan buen estado. Los principes daedricos ofrecen y quitan, pero tal vez no puedan hacerlo de golpe, o no quieran por alguna razón. Aunque haya sido derrotada, no ha perdido la capacidad de invocar dremoras. Eso debe significar algo.
- Era un símbolo del Imperio- la prefecto está a su derecha, una profunda tristeza en sus palabras-. Uno de los fuertes imperiales más antiguos de la provincia. Un enclave entre dos comarcas.
Escucha botas. Los rebeldes se habían detenido y reanudan la marcha, siempre por delante. Eyra vuelve la mirada a la fortaleza; cuando el fuego se apague, serán ruinas, como tantas otras que salpican Skyrim y el continente. Botas de acero y de cuero resuenan a su espalda, los otros tres soldados. Eyra da un último vistazo a las murallas, a la piedra negra derretida. Se gira para continuar el camino, que se junta con otro que desciende de Helgen. Cuando llega al cruce, empieza el descenso hacia el valle entre las montañas. En el horizonte, el Túmulo se alza casi en la misma linea; una extraña casualidad que le hace sentir un escalofrió, como si el pasado se burlara del presente. El Túmulo fue un santuario del culto del Dragón... Esté día está plagado de ironías y sucesos extraños que dan aliento a la tragedia. Recuerda las lecturas en la biblioteca de Bruma; los viejos poemas nórdicos, en uno se decía que Alduin regresaría para devorar el mundo y entonces, surgiría el Último Sangre de Dragón. Espera que ya haya sucedido, que quién sea el héroe esté preparado.
El camino da un rodeo, y sigue el descenso. El olor húmedo del bosque es intenso, igual que el rastro del humo. Se concentra en respirar y observar el bosque cada vez más denso a los lados del camino. Pinos, a diferencia del otro lado de las montañas, donde domina el abedul de tronco blanquecino en el bosque que tan bien conoce de su infancia.
No debe faltar mucho para llegar a las Piedras Guardianas que se alzan en un risco que mira hacia el Lago Azul y desde donde se contempla el fluir del rio Blanco. El camino vuelve a girar y el descenso se hace más pronunciado. Las piedras tienen evidente desgaste, pero no hay huecos ni daños que ponga en peligro un carro o un caballo. Las Tres Cimas se muestran en el horizonte al otro lado del río, con una pared rocosa sobre el bosque. A la izquierda, en el risco ante el lago, se alzan las Piedras Guardianas, el único conjunto de tres menhires de toda Skyrim
Se detiene para contemplar a los rebeldes; los cuatro hombres se arrodillan ante las piedras mientras la mujer, la joven aprendiz maga, se adelanta frente a la piedra del ladrón. Escucha a los soldados detenerse a su espalda. Recuerda sus viajes por los pantanos donde está la piedra del Atronach; cerca de su hogar pero peligroso por los vapores y los nigromantes.
Las luces de la piedra fluctúan y en el cielo, destellean los puntos difusos que son las estrellas de la constelación. Algo tan ilusorio que solo mirando directamente puede observarse durante el día. La mujer rebelde permanece arrodillada con las manos en la piedra mientras la energía bendecida de Kyne se adentra en su cuerpo. Seguramente, si llega hasta los malditos pantanos, la piedra la otorgará una gran bendición.
- En Cyrodill son distintas. ¿Funcionan igual?- pregunta la prefecto a su espalda-.
- No. Aquí cada piedra responde solo ante los nacidos bajo ese signo- dice uno de los soldados pesados, el nórdico veterano con algunas canas que lleva puesto el casco desde que salieron de la cueva-.
- Sucede lo mismo en Bosque Valen- Eyra se gira, encontrándose la mirada del bosmer-.
- Nunca había oído de estos menhires, y que funcionarán a la luz del día- en una simple frase, la prefecto ha revelado que es parte de los refuerzos enviados junto al general hace unos meses para capturar a Ulfric-.
- Son una bendición de Kyne, mientras que las leyendas dicen que las piedras de Cyrodill son una bendición de Magnus.
Los cuatro soldados la miran fijamente, tan sorprendidos como curiosos. Tal vez debería morderse la lengua y no dar más motivos de suspicacia de sus conocimientos, por sencillos que sean. El hombre nórdico se rasca el cuello, y el bosmer gira la cabeza pero no aparta su atención de ella. El otro hombre, cyrodiano, ha sido tan silencioso como su compañero nórdico. No parece tan veterano pero tiene experiencia, y sus ojos castaños desvelan claramente su preocupación y alerta cada vez que la mira.
Los dos soldados pesados se giran, intercambian unas palabras y descienden por el camino. La prefecto y el bosmer miran más allá, a las piedras. Se da la vuelta, viendo a la mujer rebelde levantarse mientras sus compañeros siguen rezando a los Divinos.
- ¿Cuál es el tuyo, guerrera?- el bosmer se coloca a su lado-.
- Atronach, en los pantanos que bordean La Grieta- el elfo sonríe con evidente diversión-.
Eyra continúa el descenso. Cada palabra que dice aumenta la inquietud de la prefecto. Pero tampoco le sirve mentir o engañar. Ha hecho una promesa y la mantendrá. Le inquieta la atención del bosmer; a veces parece suspicaz y otras veces divertido de sus conocimientos o actitud. Ya no importa pues no puede intentar fingir ser una guerrera bruta.
Mientras desciende, la mujer rebelde echa una mirada hacia los soldados que se acercan y continúa el camino hacia el río. Los cuatro hombres se levantan, susurran brevemente y Ralof da una palmada a un compañero. Vuelven a ponerse en marcha. La verdad que no ha dado importancia a estar en medio de soldados y rebeldes, y tener una promesa hacia dos oficiales. Eyra se adelanta por el camino, descendiendo hasta los menhires, donde se detiene, respirando profundamente. Las piedras son muy antiguas; un tono viejo grisáceo y verdoso pero libres de musgo, cuidadas por los viajeros y la propia magia que emana de la tierra.
Eyra se arrodilla. Nunca ha sido una devota ni ha rezado habitualmente a los Divinos pero desde niña aprendió la gratitud hacia la tierra, y tuvo su periodo de devoción por desesperación hacia ellos tras el pacto con Boethian.
Se concentra en recordar las plegarias sencillas de sus padres, en aquellas que dedicaban a Kyne y Shor, a Akatosh y Talos.
"Os doy gracias por perdonarme, Divinos. Por una segunda oportunidad de vivir. No olvidaré vuestras enseñanzas y lucharé cuánto pueda por salvar Skyrim de la amenaza de los dragones".
El silencio empieza ser tan inquietante como la oscuridad. Los relatos y bromas entre los rebeldes, con alguna intervención de los soldados y ella misma, habían hecho ameno el viaje tras el parón para cenar. No debe quedar mucho para llegar a Cauce Boscoso pero la noche tan cerrada, los aullidos y el ulurar de búhos junto al cansancio han tensando profundamente al grupo. Eyra está en la mitad, su lugar habitual desde que salieron de los túneles. Ralof se ha adelantado tras haber caminado a su lado un buen rato. El hombre es buen guerrero, tiene potencial para tener algún rango, tal vez sea de los guerreros de confianza del jarl Ulfric.
Un extraño crujido la hace mirar hacia el bosque en lo alto del camino. Oscuro y sombrío, se extiende bajo las laderas de las montañas, habiendo cada vez menos extensión, ya que Cauce Boscoso se ubica en el único paso transitable hacia la llanura de Carrera Blanca, junto al curso del río Blanco. Por esas laderas, recuerda que le contaron que había muchas minas, más de la mitad están abandonadas. Se concentra en escuchar el bosque, pues cualquier sonido puede suponer una amenaza. Pero el sonido no se repite, y puede ser que el cansancio éste nublando su mente. Aún curada por la magia, su agotamiento es el mismo que sus compañeros. Cuando lleguen al pueblo, descansarán bajo un techo y cogerán caballos; en el mismo tiempo que han necesitado para llegar hasta el pueblo, llegarán a la ciudad y podrán avisar. Estará cumplido y podrá partir hacia Paraje de Ivar. Y antes verá a su primo Sigurn, que hace seis años de cuando le visitó.
- ¡Luces!
- ¡La muralla, hemos llegado!
Los rebeldes se detienen, señalando y susurrando con emoción, apoyándose entre ellos. Eyra contempla las luces de las antorchas en lo alto, sobre una muralla en penumbras con la parte central cubierta por algún toldo o techo. Vuelven a caminar, notando el cambio de ánimo en el grupo; pasos más rápidos y la conversación de Ralof hablando de su familia.
Conforme se acercan, puede ver guardias en la muralla, que alzan antorchas y hablan entre ellos. Al menos cinco. La muralla de piedra es baja y robusta. La prefecto se adelanta por su lado, algo que agradece, pues siendo plena noche y recibir guerreros harapientos no presagia algo bueno. Menos mal que los rebeldes no llevan cuero azulado.
La prefecto alza las manos, y se coloca delante del grupo.
- ¡Soy la prefecto Inna, de la Cuarta Legión, traigo noticias de Helgen!
Los susurros y la rapidez sin preguntas de los guardias indican que ya conocen el peligro. Eyra se coloca juntos a los rebeldes y a su derecha, aparece el bosmer. Mientras esperan, agradece la quietud y haber llegado. Le bastará cualquier rincón para tirarse y dormir.
La puerta se abre. El grupo camina sin dudar y varios guardias les reciben. Los rostros bajo la luz de las antorchas muestran alivio y emoción, probablemente no esperaban recibir supervivientes. Puede que hayan visto el dragón o alguna persona haya llevado la noticia.
- Soy Haddo, el segundo de la guardia, señora- se adelanta un hombre con bastantes canas y más bajo que sus compañeros-. Cazadores y pescadores nos han informado... Vimos al dragón ascender sobre el túmulo de la cima. Una mujer ha acudido al galope a informar a Carrera Blanca.
Eso es algo que ninguno habría esperado. El silencio se alarga, lo que genera inquietud entre los guardias, que mantienen la atención en los rebeldes y ella. Eyra admite que es una grata noticia pese a que lo único que piensa es dormir. Ahora tendrán más tiempo para descansar.
- Esa noticia es muy grata, Haddo- la prefecto se acerca, en su voz auténtico alivio-. Estamos agotados de este largo día.
- Por supuesto. Descansad, desayunar, lo que necesitéis. En la posada habrá algunas habitaciones libres y en el cuartel os dejaremos camas.
- Gracias- la prefecto se gira hacia ellos, su rostro cansado bajo las luces titilantes-. Quedaos en la posada. Descansad y hablaremos... Más tarde.
Pasan entre los guardias. La calle tiene pocas lámparas o antorchas; varias puertas se han abierto, con personas saliendo intrigadas, algunas somnolientas y otras bien despiertas, preparadas para trabajar. No hay gritos ni saludos, solo la simple presencia y las inclinaciones de algunos hacia los soldados.
- ¿Hay más supervivientes, oficial?- pregunta un hombre, corpulento, con delantal y martillo en el cinturón-.
- Si. Muchos bajo los túneles del fuerte- susurros y plegarias, mujeres y hombres a lo largo de la calle, con algunos niños y perros-. Os contaremos cuando hayamos descansado, ciudadanos.
Ante esas palabras, las personas mantienen la distancia, ofreciendo espacio para que continúen el camino.
- ¿Ralof?- el hombre que ha preguntado a la prefecto se acerca al rebelde. Ralof se detiene y el hombre le coge del hombro-. Por los Divinos... Bienvenido.
Le abraza, y los murmullos de reconocimiento se extienden. La prefecto hace un asentimiento, y continúa el rumbo junto a dos guardias y los soldados. Eyra mira a los compañeros de Ralof, agotados y distantes, tan forasteros como ella.
- Seguidme- dice Ralof, quién recibe los saludos de sus antiguos vecinos-. Os llevo a la posada.
Ralof saluda a algunas personas pero continúan en linea recta. Los edificios a los lados parecen tiendas por el tamaño, carros y letreros. Los primeros rayos del sol asoman por algún lado en el horizonte, donde no está la montaña más alta del mundo tapando el este. Eyra siente los músculos adormecidos, el cansancio que empieza a tirar de ella tras toda la noche y parte de la tarde caminando. Han llegado. Y no tendrán que darse prisa si ya hay una mensajera en camino.
Un edificio destaca entre las casas de madera amontonadas en el lado derecho del camino. La montaña se alza hasta el cielo, una imagen más sobrecogedora que en Paraje de Ivar.
- El herrero es Alvor, un buen hombre, y tío de Hadvar.
Incluso Ralof se queda en silencio, pues el cansancio devora las palabras y la energía. El camino continúa hasta la entrada norte, al lado hay unos establos grandes junto al rio. Al otro lado, sobre cimientos se alza la posada entre las casas de madera y paja. Algunos perros y gatos pululan entre las callejuelas, tan silenciosos y atentos como las personas que les observan.
Siguen a Ralof en silencio, adormecidos. Se pregunta hace cuánto que no duerme. Duda que cuente haber estado horas inconsciente. La posada, cerca de la puerta que lleva hacia el norte, al camino del borde que desciende a la amplia llanura, es considerable para la poca gente que parece tener la aldea. El edificio tiene tiene doble altura como es habitual en las posadas de la provincia. Un hombre ancho y de largo pelo castaño baja las escaleras, saludando a Ralof.
- Aloja a mis compañeros, Orgnar. Me alegra ver que todo sigue igual.
- Seguía, muchacho. No sé que sucederá ahora- Ralof se gira hacia ellos-.
- Descansad, amigos. Voy a ver a mi hermana y su familia.
Ralof da una palmada a Brend, y se encamina hacia una calle que debe llevar al interior de la aldea. El hombre, Orgnar, supone que el posadero, les insta a seguirle. Al subir las escaleras, un anciano les abre la puerta y al lado tiene un niño con un perro lobero sin una pata. El animal emite un gruñido tan bajo que apenas se escucha y el niño abraza al animal. En cuanto se acercan a la puerta nota el calor del interior, y cuando se adentran, respira profundamente al aroma de la madera quemada y la mezcla de olores de alimentos y bebidas que hay en cualquier posada; es una decente pues no hay exceso de alcohol ni humedad.
- Tengo disponibles dos habitaciones con dos camas, también puedo apañar unas mantas abajo.
Todos empiezan a desenganchar las armas y cinturones, suspirando mientras el posadero se dirige a la barra al fondo de la estancia.
- Yo dormiré en las mantas- dice Brend-. Podre dormir con una estampida de toros.
- ¿Queréis beber o...?
- Dormir por mi parte- dice Torva-.
- Elegid vosotras la habitación- dice uno de los hombres, el arquero, de perilla rojiza y pelo corto-.
- Lo que esté más cerca- dice Torva, el posadero señala la segunda puerta de la pared izquierda, cerca de la barra. La mujer se dirige hacia allí-.
Brend sigue al posadero hacia abajo y los otros dos hombres caminan hasta la siguiente habitación que les indica el posadero. Eyra se queda quieta y se sienta en un banco. Mira el fuego del hogar crepitar, y el eco del rugido del dragón resuena en sus oídos con la misma fuerza que el dolor atenaza su espalda y brazo. Endereza la espalda, apretando la madera del banco. El dolor remite rápido, volviendo a dejar en silencio sus oídos. Eyra respira profundamente, mirando a su alrededor para comprobar que no vuelve a repetirse el dolor. Vuelve a mirar el fuego. Ha sobrevivido a algo tan imposible como el laberinto de sombras. En ese momento, un capricho de un príncipe daedra decidió su vida. ¿Acaso ha sido lo mismo? ¿Los Divinos la han salvado por un capricho, por casualidad o por una razón?
Eyra siente el profundo cansancio tirar de ella. Se levanta del banco, caminando hasta la puerta por donde ha entrado la mujer rebelde, que ha dejado abierta. Dentro, hay dos camas con un par de cofres y un armario. Torva se ha tumbado en la cama derecha tras quitarse el cinturón con las armas y las botas. Eyra se quita la vaina de la espada y la daga, dejando el cinturón sobre el baúl del pie de cama. Deja la mochila que había olvidado que llevaba, con algunas provisiones todavía y la mitad del odre de agua. Saca el odre y da un trago. La mujer rebelde se remueve dándose la vuelta para quedar de lado hacia la pared.
Guarda el odre, deja de lado la bolsa y se acerca a la cama. Se sienta y quita las botas. Su brazo derecho tira por el dolor de la herida sufrida en la emboscada. De alguna forma, la magia está enfocada en las quemaduras y en la herida más grave que tenía en el muslo, que se ha curado casi totalmente pues ha podido caminar decentemente y soportar el dolor.
Eyra deja junto a la mesita las botas, se levanta para colocarse junto al cofre y desabrocharse las tiras de las hombreras. Las saca para dejarlas sobre el cofre. Luego el peto, que al ser ligero no necesita mucho esfuerzo. Lo deja apoyado en la pared, y se quita la última parte, los brazaletes.
Al dejarlos sobre el cofre, se gira hacia la puerta para cerrarla, dejando la habitación a oscuras.
