Capítulo 58

Estoy aquí

Las vigas deformadas se agrietaban produciendo un sonido seco y doloroso. La Casa de los Gritos parecía tener vida, moviéndose lentamente; las paredes parecían imitar la respiración exigua del hombre que yacía sobre el suelo de tablas podridas.

El olor metálico de la sangre se mezclaba con el hedor a moho. El escabroso estertor que salía de la garganta de Severus se unía al crudo lamento que desgarraba el pecho de Laurel. La mordida en la base del cuello era monstruosa: la carne colgaba hecha jirones, la piel había desaparecido, siendo corroída por el terrible veneno de Nagini.

—Aguanta, Sev —sollozaba Laurel, arrancando desesperadamente tiras de su larga capa negra para intentar detener la hemorragia. —Por favor… por favor.

Apretó sus manos con más fuerza, pero las telas se empapaban al instante, inútiles contra el flujo implacable. Su mente se fracturó —mantén presión en la herida, comprueba que siga respirando—, pero otra visión se abrió paso: La voz de Severus, el calor de su boca, de su cuerpo.

"Te amo, maldita sea. Te amo, Laurel."

La Akardos no podía creer que aquella voz sedosa en su memoria se había convertido ahora en grotescos resuellos. Se inclinó más hacia Severus, balanceándose levemente, como si el movimiento pudiera retenerlo allí, evitar que el alma se le escapara del cuerpo.

El dolor en su pecho era peor que cualquier cosa que hubiera sentido jamás. Peor que cuando vio a Lupin. Peor que los días que había pasado encerrada. Era un dolor crudo, un dolor que le hacía desear ser ella quien hubiese sido mordida por la serpiente. El mundo se le había reducido a contar cada uno de los jadeos de la persona que amaría por el resto de su vida.

Tenía miedo. Estaba Aterrorizada. Le temblaban las manos, le castañeteaban los dientes. Se maldecía a sí misma por no poder hacer magia, por no conocer algún hechizo que pudiera hacer un milagro.

Entonces, un recuerdo. Lejano pero nítido, atravesó la niebla de su dolor.

"Mantenlo contigo. Puede que te salve. Bezoares, antídotos, ingredientes básicos para preparar remedios…"

Severus le había entregado una pequeña bolsa negra, rozando sus dedos con deliberada firmeza.

"¿Como un botiquín de primeros auxilios?"—preguntó ella, arqueando una ceja.

"Por así decirlo." —Su voz había sido seca como siempre, pero la mirada en sus ojos… esa sí que había sido seria.

—Claro —murmuró Laurel, recobrando el sentido de golpe, sus dedos ensangrentados rebuscando entre la túnica de Severus —Claro… nunca serías tan descuidado… no eres un cabeza de alcornoque, Sev.

Se movió más rápido, buscando entre los pliegues. Sus dedos rozando cuero desgastado:

La cartera.

Se la arrancó, las manos resbalaban nerviosas, mientras abría los cierres, rebuscando entre frascos y bolsas selladas. Bezoares, sí, un puñado envuelto en papel encerado.

Sacó el más grande y se lo metió por la garganta, la misma sangre ayudándole a deslizarlo con facilidad. Pero Laurel no se detuvo allí. Siguió rebuscando en la cartera, su corazón latiendo con fuerza, sabía que Severus, cauteloso hasta el final, debía haber creado algo más. Un antídoto.

El veneno de Nagini no era simple ponzoña. Era pérfido. Mágico. Potente. Pero si alguien podía anticiparlo, si alguien podía estar preparado, ese era Severus: el espía, el maestro de pociones, el hombre más inteligente que Laurel hubiese conocido.

Los diferentes viales brillaban en la penumbra del recinto: esmeralda para el dolor, carmesí para reponer la sangre…

—Vamos, —chilló ella con urgencia—. ¿Dónde está?

Y entonces, en el fondo, envuelto firmemente en una tela de lino con un leve rastro de encantamiento protector adherido a él, lo encontró. Un frasco de poción espesa y de color ámbar oscuro, etiquetado solo con dos palabras:

Antídoto. Nagini.

—Eres brillante—susurró ella al tiempo que destapaba el vial con los dientes, vertiendo la poción en su boca, acariciándole la garganta para obligarlo a tragar. —Vamos, Sev, lucha...

Algunos terribles segundos pasaron. Laurel contó sus latidos:

Uno,

Dos,

Tres…

Su cuerpo convulsionó.

Laurel lo sostuvo con fuerza, manteniendo una mano sobre su pecho, sintiendo como sus músculos se volvían al mismo tiempo rígidos y temblorosos. Emitió un grito ronco—un sonido ahogado, animal, que brotó de su garganta mientras la poción se abría paso por su sangre. Cada nervio parecía reaccionar al mismo tiempo, como si fuego hubiera reemplazado la médula misma de sus huesos.

Los bordes de la herida chisporroteaban con un sonido húmedo. El tejido ennegrecido, corrompido por el veneno de Nagini, comenzó a burbujear y a retraerse como papel chamuscado. Su carne se desprendía en capas—deslizándose en tiras rojo oscuro, viscosas, que se pegaban a los dedos de Laurel mientras intentaba limpiarlas. El olor era insoportable: hierro caliente, podredumbre, y una punzante esencia de magia oscura disipándose en el aire como ozono quemado.

Las venas cerca de la herida se abultaban, marcándose bajo su piel traslúcida como si su cuerpo estuviera expulsando cada rastro de veneno. Laurel apretó los dientes, susurrando una y otra vez entre lágrimas:

—Está funcionando… está funcionando…

La mandíbula del hombre estaba tan apretada que parecía que sus dientes iban a romperse. Sus manos, temblorosas a los lados, se cerraban en puños que arañaban débilmente el suelo. El sudor le corría por la frente, empapando su cabello, mezclándose con la suciedad y la sangre.

Entonces llegó la fiebre. Una ola de calor emanó de su cuerpo con tal intensidad que Laurel se estremeció. Su piel se enrojeció con un tono tan profundo que rozaba el púrpura, la poción acelerando su corazón a un ritmo aterrador. Podía sentirlo bajo su mano, agitándose como las alas de un pájaro atrapado, errático y demasiado rápido.

Apoyó su frente contra la de él.

—Respira, Severus. No te rindas ahora…

A medida que pasaban los minutos, los espasmos empezaron a disminuir.

Sus extremidades, que antes se sacudían tensas, comenzaron a aflojarse una por una. Sus puños se abrieron. Su respiración, todavía entrecortada, comenzó a tomar ritmo. Cada inhalación un poco más profunda. Cada exhalación un poco más larga.

La herida se había estrechado, roja y húmeda pero cerrada, la carne envenenada reemplazada por tejido nuevo, fresco.

La mano de Laurel no abandonó su pecho. Esperó y esperó, conteniendo el aliento.

Uno...

Dos...

Y finalmente, Severus exhaló con un largo y tembloroso suspiro, como si el aire hubiera sido arrancado desde lo más profundo de sus pulmones. Todo su cuerpo se desplomó en los brazos de ella. Su ceño se relajó. La tensión en su mandíbula cedió. La fiebre se había apagado, pero aún temblaba levemente.

Y en ese silencio repentino, roto solo por el lento, áspero ritmo de su respiración, Laurel vio como Severus habría sus ojos.

—Lily…

La voz de Severus era apenas un suspiro, pero despertó algo profundo en el pecho de Laurel. La miraba sin verla realmente. Sus ojos, vidriosos y brillantes, estaban fijos en un lugar más allá de la habitación, más allá de ella, más allá del presente. Había visto esa mirada antes: en el último día de Tobías, cuando el dolor de la culpa lo castigaba:

Severus… — susurró Tobías abriendo los ojos de repente.

Laurel detuvo su lectura y miró preocupada el rostro crispado de Tobías. Conocía aquella mirada nítida que a veces le hacía pensar que el anciano estaba mucho más consciente de la realidad de lo que admitían los doctores. Sus ojos se humedecieron y unas cuantas lagrimas fueron a parar a su almohada. Laurel dejó el libro a un lado y tomó su mano como tantas veces lo hacía, reconfortando al pobre viejo cuando este recordaba aquel hijo que había abandonado hacía tanto tiempo.

Shhh —susurró ella de vuelta dándole palmaditas en el hombro y apretando sus manos callosas —. Soy yo, Laurel. Severus no está, pero si quieres podemos ver las fotos del álbum juntos.

Laurel extendió la mano para tomarle la suya.

—Lily no está, amor —susurró, con voz firme, aunque le dolía la garganta por las lágrimas contenidas—. No está, pero no estás solo.

Su piel estaba fría, demasiado fría, y Laurel frotó sus dedos entre los suyos, intentando devolverle el calor, intentando mantenerlo junto vivo junto a ella. Su respiración era superficial, frágil. ¿Habría sido inútil el antídoto? ¿Habría actuado demasiado tarde?

Había pensado que tendría más tiempo.

—Me quedaré contigo —dijo, acercándose poco a poco hasta que su frente descansó suavemente contra su sien—. No te dejaré ir solo.

Su boca se movió ligeramente, formando un nombre silencioso.

—Lily…

Una punzada de dolor se clavó en el pecho de Laurel. Siempre había conocido la sombra que proyectaba Lily. Ella estaba grabada en las líneas de su rostro, ella llenaba el vacío del peso de sus silencios, Lily era todo el dolor que él nunca expresaba en voz alta. Y ahora, mientras los últimos hilos de vida se deshilachaban, Severus la estaba buscando.

—Te amo, Sev. —le dio un beso en la frente, sus palabras entrecortándose — Sé que tu corazón le pertenece. Siempre lo supe. Y si… si quieres ir con ella, no te lo impediré. Te tomaré de la mano. Me quedaré aquí. No estarás solo.

Los ojos de Severus parpadearon lentamente y un destello los recorrió: consciencia, tal vez. O reconocimiento. O tal vez un breve instante de paz. Su mano apenas apretó la de ella.

—Hace frío —susurró, con voz apenas audible.

Laurel tragó saliva y lo cubrió lo mejor que pudo con lo que quedaba de su larga capa negra. Lo acunó, acercándolo mucho más a su pecho.

—Lo sé —murmuró. —Pero estoy aquí.

• •

Laurel no sabía cuánto tiempo había pasado encogida sobre su cuerpo, meciéndolo suavemente.

Le dolía la espalda. Sus brazos temblaban de fatiga. La adrenalina que la había sostenido durante las últimas horas se desvanecía, dejando solo el punzante dolor que se irradiaba desde sus hombros y el frío que le trepaba por la columna. Sentía cómo su cuerpo se rendía, poco a poco, sus piernas entumecidas la asaltaban cada cierto tiempo con espasmos musculares, pero se negaba a soltarlo.

El amanecer aún estaba lejos.

La respiración de Severus se había estabilizado en algo apenas perceptible: superficial, irregular, pero presente. Y eso era todo lo que necesitaba para seguir luchando.

Hundió el rostro contra su cuello, su piel seguía fría. Demasiado fría.

—Te amo, Severus. —susurró con voz ronca, rota—. No te dejaré nunca.

La visión se le nubló y parpadeó con fuerza, luchando por permanecer despierta. Pasaron unos minutos… o quizás horas. El tiempo parecía retorcerse y deformarse cómo lo hacían las columnas de la Casa de los Gritos.

Cuando sus ojos se cerraron de nuevo, no fue por voluntad propia. Su mente se deslizaba hacia un vacío brumoso donde el dolor y el agotamiento se confundían. Y entonces:

Pasos. Voces.

Gritos.

Abrió los ojos entre la niebla, apenas registrando la luz que se filtraba a través de las ventanas tapiadas. Figuras que se movían en medio de la penumbra. Varitas alzadas. Aurores.

—¡Aquí están! ¡Los tenemos! ¡Traigan una camilla—por Merlín—él no respira bien—!

—¡No! ¡No lo toquen! —la voz de Laurel estalló desde su garganta, áspera y desesperada. Sus brazos se cerraron con fuerza alrededor del cuerpo de Severus, arrastrándolo más cerca con la poca fuerza que le quedaba.

—¡Tiene frío! —siguió balbuceando ella.—. ¡Tiene frío!...no pueden…él sigue vivo…¡ha tomado el antídoto!

Uno de los aurores se agachó a su lado, hablándole con una voz tranquila que ella no podía comprender, intentando separar sus dedos de él. Ella luchó, salvaje, incoherente.

—¡No se lo lleven, no se lo lleven!

Su fuerza se desvaneció. Su cabeza cayó hacia adelante, apoyándose contra el hombro de Severus. Su cuerpo temblaba incontrolablemente, el entumecimiento arrastrándose por sus manos y piernas. Apenas podía respirar.

—Tiene frío… —susurró de nuevo, con la voz apagándose, mientras su cuerpo se desplomaba, finalmente cediendo.

La oscuridad la envolvió, ahogándola en un mar de inconsciencia tan profundo que no notó como Kingsley la levantaba del suelo y la sacaba de la destartalada cabaña, mientras las primeras luces del amanecer teñían de oro su rostro ensangrentado