Capítulo 59
Hospital San Mungo de Enfermedades y Heridas Mágicas
Laurel despertó la mañana siguiente a la batalla con la luz blanca y cegadora de orbes mágicos parpadeando sobre su cabeza. Tenía los miembros entumecidos, la boca seca, y una punzada en el brazo le hizo darse cuenta de que tenía una vía intravenosa. Miró hacia arriba y vio que la bolsa estaba totalmente vacía ¿Dónde estaba? ¿Cuánto tiempo habría pasado?
El pasillo a su alrededor era un caos: Camillas alineadas contra la pared como víctimas silenciosas de otra batalla, apenas dejando espacio para que los medi-magos pudieran moverse entre ellas, retratos de curanderos medievales ladraban diagnósticos desde sus marcos, agujas levitaban sobre pacientes cosiendo heridas con hilo dorado. Algunos gemían en sueños. Otros no se movían en absoluto. Una bruja vistiendo túnicas de color verde-lima pasó corriendo, gritando:
—¡Tres casos más de Sectumsempra en urgencias!
Entonces la realidad la golpeó como una ola. La Casa de los Gritos. Nagini.
—Severus Snape —graznó Laurel, agarrando el dobladillo de la túnica de la sanadora que pasaba—. ¿Está...?
La joven bruja casi tropezó al detenerse junto a la camilla de Laurel. Su placa de identificación estaba manchada de ceniza y sangre.
—Estás despierta —dijo la enfermera, con los ojos abiertos de sorpresa y consultó una tablilla flotante a su lado. —Eres…Noel. La Akardos. Tienes suerte de que contamos con medicina Muggle en el hospital. No te preocupes, estás fuera de peligro, sólo necesitas descanso. Buscaré a alguien para que cambie esa bolsa…
Laurel se aferró a un más al uniforme de la sanadora, atrayéndola hacia sí.
—¿Dónde está Snape? ¿Está vivo?
La joven bruja dudó un momento, luego le dedicó una sonrisa tensa, imposible de descifrar.
—Sigue con vida. Está en observación… —dijo, pero entonces su rostro se endureció, y bajó la voz—. Lo tienen en la sala de vigilancia mágica. Es un área especial, separada del resto del hospital… reservada para mortífagos que, una vez estabilizados, serán trasladados a Azkaban.
—Quiero verlo… Por favor.
La sanadora asintió levemente y la sostuvo por la cintura cuando las rodillas de Laurel cedieron al incorporarse. Removió la aguja con suavidad y conjuró una silla flotante con un leve giro de su varita. Mientras avanzaban por los pasillos del hospital, Laurel alcanzó a ver los rastros que la guerra había dejado: jóvenes mutilados, magos con las manos temblorosas aferrando tazas de té, niños sentados junto a camas donde los padres dormían en comas mágicos. Una habitación había sido encantada para oler a campo de flores. Otra resplandecía con una tenue luz azul, donde fantasmas venían a despedirse de sus seres queridos.
San Mungo era un lugar de milagros… pero también cargaba con sus cicatrices.
Llegaron a un ala tranquila en el último piso, lejos del bullicio de las salas de trauma. La enfermera mostró brevemente su identificación a un fornido guardia de mirada adusta que las dejó pasar.
Aquel pasillo estaba sumido en las sombras y Laurel aguantó la respiración hasta que se detuvieron ante una pesada puerta de madera y la sanadora le indicó que entrara.
Las paredes estaban marcadas con runas curativas que brillaban suavemente. Un encantamiento de monitoreo pulsaba lentamente sobre la cama, como un holograma flotando en el aire. Incensarios exhalaban humo plateado que olía a salvia, a ruda... ¿o era adelfa? Laurel no les prestó atención porque sus ojos se llenaron de lágrimas cuando vio que Severus yacía inmóvil bajo sábanas blancas, la piel aún pálida, pero ya no fantasmal. Las heridas en su cuello estaban cubiertas por vendas manchadas de sangre
Laurel cruzó la habitación en tres pasos tambaleantes y entonces fue cuando se dio cuenta de que de pie junto a la ventana estaban Kingsley Shacklebolt, alto y solemne con su capa de auror, y Tonks, su cabello de un marrón apagado, los ojos hinchados de tanto llorar. Ambos se giraron al verla entrar.
Kingsley inclinó la cabeza en señal de respeto. Tonks se acercó a ella y le dedicó una sonrisa débil, abrazándola.
—Lo siento, Dora. —masculló Laurel con un débil sollozo. —Remus…
—Está bien… —Tonks se limpió las lágrimas con la manga de su túnica, sonriendo con tristeza. —El pequeño Teddy sabrá que su padre es un héroe. Te dejaremos con él.
Antes de que salieran, Laurel se volvió hacia Kingsley, aún con lágrimas empañando su visión.
—¿Es cierto...? ¿En verdad será llevado a Azkaban?
Kingsley cruzó los brazos, su rostro impasible por un momento. Luego soltó un leve suspiro, como si llevara demasiadas noches sin dormir.
—No está decidido aún —respondió con tono grave—. Muchos aún lo consideran un mortífago. Su historial… es complicado.
Laurel apretó los labios, incapaz de hablar. Kingsley miró hacia la cama donde yacía Snape, y su expresión se suavizó un poco.
—Pero Harry Potter habló en su favor —añadió—. Dijo que Severus fue leal a Dumbledore hasta el final. Que su sacrificio fue parte del plan. Que sin él, Voldemort jamás habría caído.
Laurel parpadeó. Por un segundo, creyó no haber escuchado bien.
—¿Voldemort… cayó? —susurró, la voz apenas un hilo de aire—. ¿Así que… por fin… la guerra ha terminado?
Kingsley asintió con gravedad.
—Sí. Murió en el Gran Comedor. Harry lo enfrentó ante todos. Esta vez, fue definitivo.
Laurel suspiró, sus piernas empezaron a temblar de nuevo y se sentó sobre la cama. Todo el terror que había cargado durante meses: las terribles noticias en El Profeta, el aullido de Greyback, los callejones oscuros de un Hogsmeade invadido por mortífagos, se disolvieron, como una niebla espesa que de pronto se desvanece al amanecer.
Ya no habría más marcas tenebrosas surcando el cielo. Ya no habría más miedo.
Laurel bajó la vista hacia Severus. Su pecho subía y bajaba en un ritmo constante, frágil pero inquebrantable. Tomó su mano entre las suyas. Estaba tibia. No como antes, cuando había creído que lo había perdido para siempre. No le importaba lo que decidiera el Ministerio, el Wizengamot, ni lo que dijera El Profeta. Solo le importaba él. Solo le importaba saber que Severus se repondría, que abriría los ojos.
Kingsley y Tonks salieron sin decir más. Laurel se inclinó, apoyó su frente sobre los dedos de Severus, y dejó que sus lágrimas cayeran en silencio. La guerra había terminado. Pero la batalla de Severus aún no.
• •
Los días se convirtieron en semanas.
Los heridos de la Batalla de Hogwarts se marchaban poco a poco de San Mungo: muchos caminaban por su propio pie, otros eran empujados en sillas encantadas, y algunos desafortunados salían en ataúdes cargados por sus familias.
Y aun así, el aire se había tornado jubiloso. La guerra había terminado. Afuera, el mundo mágico estalló en celebración: los fuegos artificiales iluminaban el cielo nocturno, y coros de lechuzas encantadas cantaban himnos de victoria sobre las ciudades sin importar que los Muggles pudiesen ver aquel milagro. Dentro del hospital, la risa comenzaba a escucharse en algunos rincones, mezclada con sollozos y conjuros de sanación. La esperanza y la pérdida convivían en cada pasillo.
Poco a poco, habían empezado a llegar regalos y flores. Al principio, solo unos cuantos manojos de hierbas calmantes del personal de Hogwarts, luego cestas de miel curativa, tarjetas firmadas por estudiantes y cartas anónimas de agradecimiento. Laurel se pasaba los días arreglando la habitación de Severus lo mejor que podía: ordenaba los paquetes de regalos, respondía a las cartas de personas preocupadas y se ocupaba de leerle a Severus por las tardes, de lavar y peinar su cabello y de preparar el té para las pocas visitas que eran permitidas.
Una noche en la que todo estaba en silencio y solo se oía el leve silbido de los incensarios que quemaban poderosos ingredientes y el movimiento distante de los sanadores en el pasillo, Laurel tomó su mano entre las suyas y la apretó suavemente. La mujer sintió el impulso de arrancarse el cabello con las manos y gritar al mundo entero su angustia y su desesperado anhelo por él. En su lugar, se acostó junto a él en la cama y le susurró palabras de aliento y amor al oído.
—¿Es verdad, Sev? ¿Dumbledore te hizo prometer que debías asesinarlo? Bueno, eso no me importa, yo también tuve que asesinar a alguien…—la voz se le quebró — Nada importa, Sev. Lo único que quiero es verte sonreír una vez más, eso sería suficiente alegría para el resto de mi vida.
Enterró su rostro contra su cuello y cerró los ojos, deseando que el sueño la alcanzara, pero entonces un golpeteo en la puerta la hizo ponerse de pie.
Harry Potter estaba de pie en el umbral.
Parecía mayor que sus diecisiete años, finas líneas pintaban su rostro de madurez y su mirada verde esmeralda parecía ensombrecida por la guerra, por el dolor de ver la muerte de frente. Aún así, le ofreció a Laurel una leve sonrisa.
Laurel, con el corazón en la garganta, le tendió una mano para invitarlo a pasar. Había oído de sus anteriores visitantes que tal vez vendría.
Harry entró lentamente. En sus manos sostenía un pergamino atado con una cinta color ciruela oscuro con el sello del Wizengamot y una caja de madera pulida.
—Espero no ser intempestivo.
Laurel negó con la cabeza en silencio. Miró a Severus, y luego de nuevo al chico que de un día a otro parecía haberse transformado en un hombre.
—Traje esto —dijo Harry, colocando la caja suavemente a los pies de la cama—. Es la Orden de Merlín, Primera Clase. Para él. Y una para ti también.
Laurel parpadeó, incrédula.
—¿Para mí?
Harry asintió.
—Se corrió la voz. La cura. Lo que hiciste por Lupin. Lo que hiciste por la Orden. —Hizo una pausa—. Solo quería darte las gracias.
—Y esto —continúo Harry, extendiéndole el pergamino—. Es del Wizengamot. Es oficial: ha sido indultado. Por completo. No habrá Azkaban. Ni juicio. Tuve que pelearlo un poco, pero después de que vieran los recuerdos, lo han perdonado todo.
Laurel bajó la mirada, repentinamente tímida. No sabía muy bien cómo preguntar, pero la duda flotaba entre ellos, y Harry pareció leerla en sus ojos.
—Sí —dijo en voz baja—. Los vi. Los recuerdos. Todos.
Laurel contuvo el aliento.
—Sé que la amaba —continuó Harry con suavidad—. A Lily. Mi madre.
El joven suspiró, rascándose la cicatriz distraídamente. Miró a Severus, cuyo pecho subía y bajaba con suavidad bajo las sábanas blancas.
—Solía pensar que me odiaba. Quizá un poco, sí —dijo con un dejo de humor—. Pero también creo que tenemos más en común de lo que imaginé. Lo entiendo, ¿sabes? Yo también fui víctima de abuso desde pequeño. Cuando alguien te muestra un poco de bondad cuando te estás ahogando... bueno, te aferras a esa persona. Pero… no creo que eso haga menos real lo que tú y él tenían... tienen —se corrigió. —Creo que Snape es alguien que ama profundamente. Así es él.
Vaciló un momento antes de decir lo siguiente.
—Pero también creo que… al final, lo que lo movió no fue solo mi madre. Fuiste tú. La idea de un mundo en el que tú pudieras ser libre. Un mundo donde Voldemort no pudiera tocarte. Eso le importaba. Quizá más que nada.
Laurel apretó los labios, abrumada por el peso de todo aquello. Harry retrocedió hacia la puerta, con una última inclinación de cabeza.
—Me despido. —dijo, con una media sonrisa —No quisiera aguantar su malhumor cuando despierte.
—Gracias, Harry—dijo Laurel antes de que cerrara la puerta — Gracias por todo.
• •
El pequeño árbol de laurel en el alféizar de la ventana agitó sus hojas verdes mientras Laurel pasaba los dedos distraídamente por sus ramas.
"Es solo cuestión de tiempo,"—le había dicho la sanadora esa mañana, ajustando los encantamientos de monitoreo sobre la cama de Severus.—"Su cuerpo está en perfecto estado. Podría despertar en cualquier momento."
Esas palabras debían haberla llenado de esperanza. En cambio, se enredaron como un nudo en su pecho, porque ella sabía qué nombre había escapado de los labios de Severus en sus últimos momentos antes de que cayera en un coma profundo
Lily.
El laurel tembló cuando una brisa se coló por la ventana entreabierta, y Laurel exhaló, apoyando la frente contra el cristal frío. Afuera, el sol de media tarde bañaba los jardines del hospital en tonos dorados, pintando el mundo de calidez. Pero dentro de ella, su corazón oscilaba entre la esperanza y el temor.
¿Qué pasaría cuando despertara? ¿La miraría y seguiría viendo a otra?
Un suave golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos.
—¿Puedo pasar?
Minerva McGonagall entró a la habitación, sus vestiduras de tartán escocés impecables, con un paquete envuelto bajo el brazo y un libro en la otra mano. Las líneas severas de su rostro se suavizaron al notar la expresión cansada de Laurel.
—Minerva—dijo Laurel, levantándose rapidamente para recibirla.
—Laurel, querida, he traído galletas—dijo Minerva con dulzura, mientras dejaba el paquete sobre la mesita de café y le daba alcanzaba el libro —Y otro libro para ti. Pensé que te gustaría esta edición deLos Cuentos de Beedle el Bardo. A Albus le encantaba.
Laurel tomó el libro, pasando los dedos sobre la cubierta grabada.
—Gracias —murmuró.—Se lo leeré. Quizás le dé una razón para despertar solo para regañarme por ser tan sentimental.
Minerva esbozó una sonrisa.
—No me cabe duda de que se quejará. Severus nunca ha sido aficionado a los cuentos de hadas.
Miró hacia la figura inmóvil de Severus, y sus labios se fruncieron levemente.
—Se le ve mejor. Menos pálido. ¿Hay avances reales?
Laurel asintió, dejando el libro a un lado.
—Dicen que es solo cuestión de tiempo. Cualquier día de estos. —Titubeó—. Pero eso dijeron también la semana pasada.
—Ah, la parte más difícil de sanar siempre es la espera.
—Lo sé —respondió Laurel, moviéndose hacia la mesa lateral para preparar el té. Muy pronto el aroma del jazmín y la bergamota llenó rápidamente el aire, cálido y reconfortante.
Mientras Laurel servía, el vapor se elevaba en espirales perezosas, la luz del sol se filtraba por la ventana, dibujando patrones en el suelo, y a pesar de la calma que reinaba, a dentro, en el corazón de Laurel aquel pinchazo no se aliviaba.
—Supongo que es una tontería… tener miedo de lo que viene después. Debería estar agradecida de que esté vivo. Y lo estoy. Pero… no puedo dejar de pensarlo.
Suspiró, pasándole la delicada porcelana a la bruja.
—Minerva, —dijo sonrojándose —.¿Y si... cuando despierte...? ¿Y si siempre soy la segunda?
—¿Segunda después de quién?
Laurel revolvió su té con dedos temblorosos antes de contestar:
—Él… llamó a Lily cuando pensaba que iba a morir. Ese fue el último nombre en sus labios. Creo… creo que siempre estaré en segundo lugar respecto a ella.
—Escúchame, Laurel —dijo McGonagall dejando su taza con un suave clic sobre el plato. —El amor no es una competencia. Y ciertamente no se mide por qué nombre se pronuncia al final. — Tomó un aliento lento, como si se preparara. —Déjame contarte una historia.
—Cuando era joven, más joven que tú, me enamoré de un Muggle. Se llamaba Dougal McGregor. Era amable, gentil, y muy inteligente. Lo conocí antes de venir a enseñar a Hogwarts. Me propuso matrimonio, y por un tiempo… pensé que aceptaría. —Sonrió con melancolía, la mirada perdida en la ventana—Pero tuve miedo. Miedo de lo que significaría atar mi vida a alguien que nunca podría entender mi mundo. Así que lo dejé ir.
Laurel abrió los ojos, sorprendida. Nunca había imaginado que Minerva McGonagall, la fuerte, inquebrantable Minerva, llevara tal pesar.
—Me dije que era lo mejor, que el amor era un lujo que no podía permitirme. Pero la verdad era que fui una cobarde. —Miró a Laurel a los ojos.—Tú, querida mía, eres todo menos eso.
Laurel dejó salir un suspiro que tenía atorado en la garganta.
—Has luchado por él, —continuó Minerva.—Te has quedado a su lado cuando muchos otros se hubiesen ido. Lo has amado a pesar de su pasado, a pesar de sus defectos. Eso es más que suficiente. No tienes que demostrar nada más. Has hecho más de lo que cualquiera esperaba. Si realmente estás en segundo lugar frente a Lily, es solo porque has dejado que ese pensamiento habite en tu mente. Pero los corazones, los de verdad, no funcionan con jerarquías. Se expanden. Hacen espacio.
Minerva extendió una mano, tomando la de Laurel.
—Ahora es su turno de demostrar que eres la más importante en su corazón. Y si no lo hace...—Su voz se transformó de vuelta a su típico tono severo.—Entonces es un tonto.
Las palabras se asentaron sobre Laurel como un bálsamo.
Afuera, el sol descendía, tiñendo la habitación de ámbar y rosa. El laurel encantado brillaba, sus hojas atrapando la luz, y por primera vez en semanas, Laurel sintió algo cálido y frágil echar raíces dentro de ella.
Esperanza.
Minerva bebió un sorbo de té, con una mirada satisfecha.
—Ahora dime, Laurel ¿Has escrito a tu familia últimamente? Estoy segura de que piensan en ti cada día. Deberías visitarlos pronto. Te haría bien. Te necesitan, y tú también necesitas un respiro del Hospital San Mungo y… de la incertidumbre.
Laurel miró hacia Severus, indecisa.
—Pero si despierta mientras no estoy…
—Sobrevivirá —le cortó Minerva, —Si él te ama (y creo que lo hace) entonces déjalo que te lo demuestre. Dale el espacio para tomar esa decisión, ahora que tiene una nueva oportunidad.
Laurel bajó la vista, sabiendo que tenía razón.
—Tal vez lo haga —murmuró.
Y en la cama junto a ellas, sin que ninguna lo notara, los dedos de Severus Snape se movieron.
