Disclaimer: La última vez que lo consulté, KH Reborn seguía siendo propiedad de Akira Amano... pero en cuanto se despiste le secuestro a Gokudera, a Hibari, a Mukuro y a una larga lista más.

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Capítulo 06

Tsuna hizo una mueca de desagrado en cuanto el chico le dejó el café sobre la mesa.

-¿Me he equivocado, jefe?- preguntó preocupado su joven secretario.

-No, todo está bien, gracias- le tranquilizó, dedicándole una sonrisa lo menos forzada posible.

En cuanto el chico salió del despacho, Gokudera levantó la vista del portátil y enarcó una ceja mientras contemplaba con suspicacia el rostro de Tsuna, que se había puesto casi tan pálido como el papel.

-No sé porque insistes en beber café si te produce nauseas cada vez que le das un sorbo- le dijo con paciencia.

-Me gusta el café- replicó Tsuna con un puchero lastimero. Le había costado años acostumbrarse a beberlo y ahora no iba a renunciar a ello. Acercó una mano a la taza, algo indeciso. Incluso hizo el amago de cogerla, pero en el último momento se rindió a la evidencia. No tenía ganas de salir corriendo al baño con un ataque de vómitos- ¿Lo quieres?-ofreció con aspecto derrotado.

-No me gusta el café- murmuró el peliplateado con aspecto distraído, pues había vuelto su atención al trabajo. El resoplido lastimero de Tsuna le hizo mirarle de nuevo y soltar el aire con pesadez-. Te iré a buscar un chocolate caliente- decidió.

Los ojos de Tsuna brillaron ante el ofrecimiento así que Hayato bajó la tapa del ordenador y se dirigió hacia el exterior. A su jefe le gustaba especialmente el chocolate que preparaban en una pequeña pastelería francesa situada a un par de manzanas, y durante las últimas dos semanas había acudido prácticamente a diario para llevarle una taza tras cada frustrado intento de tomarse un café.

En poco menos de diez minutos estaba de vuelta en la base con la bebida calentándole agradablemente las manos. Yamamoto debía haber llegado durante ese tiempo porque estaba sentado en la mesa de recepción riendo animado con Haru. Hacían una buena pareja, ese par. Eran igual de idiotas y tenían la misma absurda costumbre de malinterpretar las cosas. Levantó una mano a modo de saludo cuando pasó junto a ellos. Su idea era ir directo al piso de las oficinas pero Haru le llamó con demasiadas energías para lo cerca que estaba. Hizo una mueca de desagrado por el grito antes de acercarse a ellos.

-¿Puedes subirle esto al jefe? Lo acaba de dejar un mensajero- dijo, entregándole un sobre con el sello de los Millefiore- Iba a hacerlo yo misma, pero Takeshi ha traído el desayuno- le explicó, levantando un envoltorio de comida para llevar.

Hayato arrugó la nariz cuando notó el olor, fuerte, salado y un poco agridulce.

-¿Qué es eso?- preguntó, intentando contener una mueca de asco.

-Bollos chinos. ¿Quieres?- ofreció Haru, acercándole la bolsa con una sonrisa encantadora y la mejor de sus intenciones.

Por toda respuesta Hayato se llevó una mano a la boca y a la nariz, intentando impedir que le llegara todavía más el olor. Demasiado tarde. Se le había metido en las fosas nasales y en la garganta, y antes de que tuviera tiempo de procesar qué diablos pasaba sintió una arcada de lo más desagradable.

-¡No!- masculló alarmado, y tras dejar el chocolate sobre la mesa salió corriendo hacia la puerta situada a la derecha de los ascensores.

Apenas tuvo tiempo de llegar a los baños e inclinarse sobre el váter antes de empezar a devolver como en la peor de las indigestiones que le provocaba su hermana. Escuchó la puerta de la entrada y a Yamamoto que le llamaba indeciso. No tenía muy claro si decirle que estaba bien o enviarlo a la mierda, pero cualquiera de las dos opciones resultaba complicada entre arcada y arcada. Se pasó varios minutos vomitando, hasta que no quedó nada más que su estómago pudiera expulsar. Cielos, si ero era lo que sentía Tsuna cada vez que estaba ante una taza de café, entendía menos que nunca su insistencia en seguir intentándolo.

Salió del pequeño baño con cara de pocos amigos. Pasó totalmente de Yamamoto y su expresión preocupada y se dirigió al lavamanos, donde se enjuagó la cara y la boca con agua helada.

-Hayato...- le volvió a llamar Takeshi.

Gokudera le fulminó con la mirada a través del espejo, dejando muy claro que no quería escuchar una sola palabra al respecto, pero el idiota del béisbol no se dio por enterado.

-No me digas que tú también estás...- empezó a decir, pero el peliplateado le interrumpió al acto.

-Calla, no se te ocurra decirlo en voz alta- advirtió con evidente disgusto. Poco a poco empezaba a hacerse a la idea, pero todavía no estaba dispuesto a aceptarlo con tanta tranquilidad como Tsuna.

Para su sorpresa Takeshi rió, visiblemente contento con la inesperada noticia.

-Vaya, así que vamos a ser tíos dos veces- murmuró, y antes de que Gokudera tuviera tiempo de apartarse, le envolvió en un abrazo.

-Suéltame maldita sea- protestó Hayato, forcejeando. Sin mucho éxito porque su amigo era más corpulento que él...

Antes de liberarlo, Yamamoto le dio un fuerte apretón que incluso consiguió levantarlo del suelo. Luego negó con la cabeza mientras le miraba con actitud reprobatoria.

-Pobre criatura, seguro que tiene alguna clase de trauma infantil con dos padres tan fríos- se lamentó. Luego se agachó para quedar a la altura del vientre de Hayato-. No te preocupes, el tío Takeshi te dará amor suficiente por los dos- dijo hablando ridículamente a la barriga y dando un par de cariñosas palmaditas en ella. Miró al peliplateado y volvió a sonreír, al parecer de lo más ilusionado con la idea.

Alarmado, Gokudera se lo quedó mirando durante varios segundos. Él no le veía la puñetera gracia por ningún lado, y menos después de sus palabras que le habían parecido de lo más preocupantes. No podía ser que supiera…

-¿Qué has querido decir?- exigió saber.

Yamamoto se rascó la cabeza con aspecto despreocupado y una sonrisa de circunstancias.

-Bueno, ni tu ni Hibari sois precisamente lo que se dice cariñosos...

Gokudera se quedó pálido al momento.

-¿Pero bueno, es que va a adivinar todo el mundo que Hibari es el maldito padre?- masculló molesto. No se dio cuenta de que lo había dicho en voz alta hasta escuchar la respuesta de Takeshi.

-Maa... es bastante evidente. Hace tiempo que Hibari dejó de protestar cuando tenía que trabajar junto a ti- afirmó tranquilo, como si aquello fuera alguna clase de explicación.

Por no mencionar que cuando Hayato no estaba, el guardián de la nube hablaba de él como si fuera una de sus mascotas. Una vez a Mukuro se le había ocurrido bromear al respecto, diciendo que tal vez también él tendría que adoptar al peliplateado, y todos habían comprobado lo rápido que era Hibari sacando sus armas y golpeando con ellas. Tanto que ni si quiera Mukuro le había visto venir, dejando claro que el tema no era apto para bromas. Así que el resto de los guardianes había dado por supuesto que mantenían alguna clase de relación y no habían vuelto a hablar sobre ello más.

-No hay nada entre Hibari y yo- aseguró Gokudera con rotundidad.

-Ya...- murmuró Yamamoto, para nada convencido- ¿Y eso lo sabe él?- inquirió con una sonrisa socarrona- Porque yo diría que algo debe haber pasado para que vayáis a tener un bebé- punzó. Que a esas alturas todos conocían a Hibari, si había intimado tanto con Hayato era evidente que le consideraba especial.

Gokudera parecía a punto de estrangularle así que dio un prudente paso atrás con las manos en alto y optó por cambiar de tema.

-Si necesitas algo, sabes que puedes contar conmigo y con Haru-chan, ¿verdad?

-Lo que necesito es que no digas una palabra a nadie- gruñó, de visible mal humor. Maldita sea, ¿es que no podía tenerse un puñetero secreto en aquella familia?

Yamamoto alzó una ceja y de pronto puso cara de horror.

-Hibari lo sabe… ¿verdad?- inquirió. El largo silencio que siguió a su pregunta, junto a la expresión funesta que lucía su amigo, hicieron que se temiera lo peor- ¿Verdad?- insistió, visiblemente preocupado.

-Es complicado- fue la esquiva contestación.

Takeshi le dirigió una mirada de incredulidad antes de carraspear, fruncir el ceño de manera exagerada y poner cara de querer matar a alguien, intentando imitar al idiota que tenía delante.

-Kyoya, cariño, tengo una buena noticia. Vamos a ser padres- dijo, intentando poner la voz arisca y eternamente molesta de Gokudera. Luego relajó su expresión y recuperó su timbre normal y su aspecto sonriente-. Es un bebé, Hayato. Son la cosa más simple del mundo, no tienen ninguna complicación. Lloran, comen y duermen. Y vuelta a empezar- aseguró, intentando quitarle hierro al asunto. Hayato tenía aquella mala costumbre, la de preocuparse por todo de más.

Gokudera le fulminó con la mirada. No sólo porque en la vida llamaría cariño a Hibari, es que nada era tan fácil. Como se notaba que tenía una relación estable y todo le iba a las mil maravillas. Ni se le había ocurrido que su relación con el moreno fuera problemática. De hecho, era más bien inexistente porque ni siquiera tenían una relación.

-Lo sabrá… cuando lo tenga que saber- sentenció, y el modo en que fruncía el ceño dejaba bastante claro que no iban a seguir hablando del tema.

Takeshi suspiró, negando con la cabeza. Pero bueno, ya sabía que Hayato procesaba las cosas a su ritmo. Uno lento, pero que siempre le llevaba a la respuesta correcta.

-Creo que te estás equivocando pero… en fin, tú sabrás lo que haces. De todas maneras reitero lo dicho. Si necesitas algo, no dudes en contar con Haru y conmigo.

Hayato hizo un leve asentimiento. Suponía que lo mejor era dejar el tema y rezar a todos los dioses para que nadie más se enterase antes de aclarar el embrollo que eran sus propios sentimientos acerca del bebé.

-Tengo que llevarle el chocolate al Décimo- dijo, dirigiéndose hacia la recepción.

Haru les miró con clara preocupación, pero Takeshi le hizo un gesto de lo más elocuente con la mano. Ya se lo contaría luego, dedujo, así que se limitó a darle a Gokudera el sobre y la taza con la bebida.

Cuando entró en el despacho, se encontró con que Reborn estaba también allí. Por su cara de pocos amigos debía llevar un rato y debía haber mantenido un monólogo con el cabezota de su jefe.

-Maldita sea, Tsuna, ¿Cuánto tiempo piensas seguir sin dirigirme la palabra?- preguntó exasperado el hitman.

La única respuesta por parte del castaño fue un hermético silencio. Hayato suspiró y dejó el chocolate junto a él. Llevaban ya dos días así, y la cosa parecía ir a peor conforme pasaba el tiempo. No sabía exactamente porque se habían discutido pero Tsuna había optado por ignorar a Reborn todo cuanto podía. El asesino, por su parte, intentaba comportarse como el adulto de los dos y parecer conciliador, pero a menudo terminaba por perder la paciencia y cabrearse él solito. Como estaba a punto de pasar, a juzgar por el tic nervioso que estaba empezando a mostrar la ceja derecha del hitman.

-Tsuna, no puedes limitarte a ignorarme. Trabajamos juntos, por los dioses- gruñó. Al ver que no obtenía respuesta golpeó con fuerza la mesa y le arrancó de las manos los papeles en los que el castaño mostraba tanto interés.

Tsuna apretó los dientes. A veces le costaba horrores no ceder a sus peticiones. Otras necesitaba toda su fuerza de autocontrol para no acabar tan enfadado como el propio Reborn. Cualquiera de las dos cosas solo traería más problemas así que no estaba dispuesto a darle el placer.

-Hayato, ¿puedes decirle a Reborn que si necesito de sus servicios, uno de mis subordinados se lo hará saber?- inquirió, con una máscara de absoluta frialdad en el rostro.

El peliplateado contuvo un suspiro. Sabía que Tsuna no lo estaba pasando bien con toda aquella situación. Cada vez que Reborn finalmente perdía los estribos y se marchaba airado, a su jefe le resultaba imposible ocultar el pesar. Ya ni sabía la de veces que Tsuna había terminado sollozando, derrumbado entre sus brazos, incapaz de soportar la presión.

-Puede oírte, Décimo- le indicó con paciencia-. Así que lo que tengas que decir, díselo tú mismo- acortó la previsible réplica. No, no iba a darle cuerda para que acabase llorando otra vez.

Su jefe le miró dolido un segundo, como si le traicionara al no seguirle el juego, pero en seguida cambió su expresión por otra distante y ofendida.

-Sé que puede oírme, Hayato. Pero no quiero molestarle con mi presencia. Ya suficiente carga he sido para él durante todos estos años- respondió sarcástico.

Al parecer, aquella era la gota que colmaba el vaso de la paciencia de Reborn porque cruzó los brazos y le dedicó una mirada más irritada aún.

-¿Oh, en serio?- inquirió el moreno, y se giró hacia Gokudera- Dile que ni con una vida entera lejos de mí podría compensarme todos los quebraderos de cabeza que me ha dado- soltó enojado.

Gokudera ladeó la cabeza y les miró a uno y a otro, perplejo.

-¿Que sois, críos?- inquirió frunciendo el ceño. Cogió algunos papeles de su parte del escritorio y se dirigió hacia la salida, ante la mirada de desconcierto de ambos por la evidente manera de ignorarlos. Finalmente se detuvo ante la puerta y les observó fijamente a uno y a otro-. Voy a bajar a hacer unas pruebas con los ingenieros. Por el bien de toda la familia, espero que cando vuelva hayáis arreglado el problema que tenéis, sea el que sea- ambos hicieron una mueca y parecieron dispuestos a replicar, pero Hayato siguió con su sermón sin darles opción-. No me obliguéis a encerraros aquí con llave hasta que se acabe esta absurda guerra de tozudez- sentenció, y sin más salió de allí con un enérgico portazo.

Por un segundo, Tsuna y Reborn temieron escuchar el sonido de la llave dejándoles encerrados pero parecía que por ahora había decidido posponer las medidas drásticas porque no se escuchó el característico sonido de una llave al cerrar.

-Y lo dice el más cabezota de todos- protestó Tsuna.

No podía creerlo… Acababa de llamarles críos el más crío de todos, se sorprendió Reborn, dejándose caer sin ningún cuidado sobre la silla que había frente a la mesa de Tsuna.

Durante unos minutos eternos, ambos permanecieron en caustico silencio, limitándose a ignorar deliberadamente al otro mientras se obcecaban en que no era él quien debía dar el brazo a torcer. Finalmente fue Reborn el que emitió un suspiro hastiado y rompió el silencio.

-¿Tan mal nos estamos llevando?- preguntó. Es decir, era evidente que la situación entre ellos era tensa. Más que de costumbre. Pero desde siempre habían tenido diferencias importantes y nunca había tenido que intervenir uno de los guardianes. Que Hayato decidiera hacerlo le hacía darse cuenta de que algo estaba terriblemente mal. Todavía quería mantener su fachada de frialdad, de dominación, de ser el que debía estar al mando de la situación, pero no a costa de destrozar para siempre su relación con Tsuna.

-Creo que incluso peor- fue la cansada respuesta de Tsuna. Ya ni siquiera sabía a qué venía toda aquella situación. Evidentemente, sabía que todo había empezado por su embarazo y porque quería proteger sus sentimientos de la crueldad de Reborn, pero ya no estaba tan seguro de que aquello mereciera el precio de perderle completamente.

-¿Tregua?- ofreció al final Reborn, tendiendo una mano para recalcar su proposición. Estaba incluso dispuesto a ceder con tal de que todo volviera a ser como antes.

Tsuna se mantuvo dubitativo unos segundos. No quería dejarse arrastrar por las manipulaciones de Reborn, que esperaría a que bajara de nuevo la guardia para atacar donde más doliera, pero... ¿qué otra cosa podía hacer? No era capaz de imaginar su vida sin él.

-Tregua- concedió, estrechando la mano que le ofrecía-. Supongo que no podemos cargar a la familia con nuestros problemas personales. Aunque no nos guste, tendremos que aguantarnos- añadió, en un intento de parecer despreocupado y no dejar traslucir como de importante era para él aquella decisión.

La sonrisa que había empezado a esbozar Reborn se congeló en ese instante. La familia… Esa tregua no era porque le echara de menos a él, sino por el bien de la familia… No podía reprocharle por ello porque eso era lo que había intentado inculcarle desde que le conoció la primera vez: que entendiera que la importancia y la unidad de los Vongola estaban por encima de sus intereses personales. Como tutor, se sentía orgulloso de él. Como persona, tenía que reconocer resultaba tremendamente doloroso. Hasta ese momento no había entendido todas las protestas, los reproches y acusaciones de que era un demonio insensible por parte de sus subordinados. En cambio ahora… al que ahora le dolía tantísimo esa indiferencia era a él.