"Extraño lenguaje del amor"
Las luces titilaban sobre los restos de la ciudad, la atmósfera aún cargada de polvo de guerra. Miriya se mantenía firme frente a él, con la mirada dura de quien no está acostumbrada a perder. Sus labios, sin embargo, temblaban levemente, y no por miedo.
—Mátame —dijo con voz baja pero decidida—. Me derroté. Es tu derecho.
Max la observó, confundido y fascinado. Ella era una guerrera impecable, una figura letal y hermosa. Pero bajo esa armadura, algo brillaba… una vulnerabilidad que lo desarmó más que cualquier maniobra en combate.
—No voy a matarte —respondió, con una sonrisa suave—. Eres demasiado hermosa.
Miriya entrecerró los ojos, desconcertada.
—¿Hermosa?
Y antes de que pudiera procesar lo que eso significaba, Max se inclinó hacia ella y la besó. Fue un contacto fugaz, tembloroso. Pero bastó para hacerla sentir como si el universo entero se hubiera congelado.
—Quiero casarme contigo —dijo Max, tan sincero que ella pensó que debía ser otra forma de provocación.
—¿Casarme? ¿Qué es eso? —preguntó, confundida, dando un paso atrás. No había concepto igual entre los Zentraedi. Todo lo que sabía era guerra, jerarquías, obediencia.
Max le explicó con palabras dulces y torpes, mientras caminaban. Le habló de parejas, de unión, de afecto. Le habló de hogares, de compartir una vida. Miriya lo escuchó con atención, como si fuera un lenguaje antiguo, perdido para su especie.
Cuando llegaron a la base donde Max Vive, ya que Miriya le había contado que se quedaba en un edificio en ruinas, le menciono que ellos no sabían de comodidad, no la ocupaban, solo un lugar donde descansar.
Max frunció el ceño. Y decidió que se quedaría con el.
pero Max no sabía lo que le esperaba esa noche.
—Esto es mi hogar… por ahora.
—Los Zentraedi no tenemos hogares —dijo ella, casi con nostalgia—. Solo lugares donde esperar nuevas órdenes. El le dijo bueno acá es algo así. Pero estarás conmigo.
Max le sonó, tocándose el rostro con una delicadeza que la sorprenderá. Ella se inclinó hacia él, buscando otro beso sin saber por qué, solo deseando repetir esa sensación que la sacudía desde adentro.
El beso se volvió más profundo, más desesperado. Max sintió que su cuerpo temblaba contra el de ella. Todo su autocontrol estaba en jaque. Sus manos bajaron por instinto, y al sentir su piel bajo los dedos, supo que debía parar.
—Miriya... si seguimos, no voy a poder detenerme. Estoy... demasiado excitado.
Ella frunció el ceño de nuevo.
—¿Emocionado?
Él tragó saliva, riendo nerviosamente.
—Significa que... te deseo. Mucho. Y eso puede ser... difícil de controlar.
—¿Por qué detenerse entonces? —preguntó con simpleza—. ¿No es eso lo que se hace cuando se quiere... eso de estar juntos? Eso de ser pareja?
Si pero es algo que se hace cuando casado, le explicó un poco nervioso, ella lo miró ¿no podemos besarnos?
El sonrío es que te deseo más que besos, quiero tocar tu cuerpo, tu piel.
Dijo pegando la frente del con la de ella.
Miriya lo vio se alejó un poco y dijo sin ningún tono. esta bien.
Max se quedó helado cuando ella, sin más, se desnudó frente a él. Sus movimientos eran precisos, sin una pizca de vergüenza. Su piel brillante bajo la luz tenue, sus ojos verdes fijos en él con expectación, como si solo esperara nuevas órdenes. Como si no entendiera el impacto de su gesto.
El corazón de Max se aceleró brutalmente. Nunca había visto algo tan hermoso, tan crudo y puro. Y también tan inocente.
—Miriya... tú no sabes... esto es... —Intentó hablar, pero su voz se apagó.
Ella dio un paso hacia él, tranquila. No entendería los códigos humanos. No entendía por qué Max dudaba. Lo veía vulnerable por primera vez. Eso, más que cualquier otra cosa, le provocó una emoción nueva, tibia y vertiginosa.
—Enséñame —susurró—. Como me enseñaste a perder sin morir.
Y Max la amó. Con temor, con reverencia, con fuego. Cada caricia fue un descubrimiento, cada gemido una respuesta a una pregunta que ninguno había sabido formular. Él temía asustarla, pero ella lo guiaba sin saberlo, con sus propias reacciones, con su entrega pura, casi animal, casi sagrada.
Cuando todo terminó, y sus cuerpos seguían enredados bajo las sábanas, Max la miró como si acabara de nacer.
—Te amo —dijo, apenas un murmullo.
Miriya lo miró fijamente, acariciando su rostro con la yema de los dedos.
—Eso... eso tampoco sé lo que es. Pero si se parece a esto... quiero aprenderlo también.
